29 ene. 2017

No dejemos pasar la oportunidad de hoy



NO DEJEMOS PASAR LA OPORTUNIDAD DE HOY

Por Ángel Gómez Escorial

 1.- Las bienaventuranzas producen una especial atención entre los fieles. Lo he observado muchas veces. No digo yo que nunca haya cuchicheos mientras que se proclama el Evangelio en cualquier eucaristía. No, desde luego. Pero en el caso de las bienaventuranzas el silencio es total mientras la voz del sacerdote desgrana, una tras otra, las promesas que hace Jesús de Nazaret desde lo alto del Monte. Ha ocurrido hoy aquí también y acontece siempre. Son dos mil diecisiete años escuchando un mensaje enigmático en principio, pero de una belleza considerable, que como otras muchas cosas de la vida de Cristo tienden a la paradoja. Parece como si todo lo que estuviera ofreciendo fuera negativo porque nadie quiere ser pobre, ni perseguido, ni hambriento, ni llorar en espera de consuelo…

2.- Y, sin embargo, en el fondo de todas esas cosas enunciadas está la felicidad total. Hay que no reparar en los bienes y riquezas y hacerse pobre de verdad. Se ha dicho muchas veces que quien se considera pobre en el espíritu termina siéndolo en la práctica. Los perseguidos por ser justos --por su justicia— acrisolaran aún más el seguimiento al Señor que eso es la justicia que "exige" Cristo. Y a su vez, aquellos que esperan que el mundo les haga justicia la encontraran en el aliento fraternal de otros hermanos que, como ellos, esperan la llegada de Jesús y la conversión de todos los hombres. Dice también Jesús que nos perseguirán por ser amigos y seguidores de Él. Y que debemos estar contentos. Y tengo la impresión que según, cada uno, avanza en la conversión más realidad se hacen las bienaventuranzas, más se acercan a la vida cotidiana. Más cerca están –claramente— de cumplirse en nuestra vida. No debemos quedarnos en la superficie o en su especial belleza concretada en el lenguaje. Ni siquiera sentirnos satisfechos por la escena de la predicación: Jesús en lo alto y los Apóstoles, discípulos y seguidores escuchándoles sentados en la jugosa hierba.

3.- Cristo nos dio un mensaje dirigido directamente a nuestro corazón y debe ser la llave que vaya abriendo las compuertas más secretas de nuestra comunión con el Señor. Pero no es fácil ese convencimiento que inunda de luz el enigmático mensaje de las bienaventuranzas. Hemos de rezar mucho y pedir que nuestro corazón y entendimiento se abran a la eficacia vivificadora de la Palabra del Señor. Un día, no muy lejano las palabras que forman el discurso de las Bienaventuranzas tomaran vida y comenzaremos a comprender mejor lo que Jesús quiere de nosotros. Y hay ejemplos vistos con mis propios ojos. Una persona rica, sin duda, con muchos posibles, cuando el espíritu de pobreza termina adueñándose de ella se convierte en un pobre de verdad. Pierde lo reverencial ante el dinero y curiosamente llegado ese punto el dinero comienza a separarse de él y él del dinero. La limpieza de corazón que también se consigue, sobre todo, si se reza mucho, si se pide a Dios con ahínco, transforma, a la persona, asimismo, en profundidad y con signos visibles. Lo he visto, también y afortunadamente en una persona que yo conocí hace años y cuya vida cambió hasta niveles imposibles de creer poco tiempo antes. ¿Y la mansedumbre… la afabilidad permanente? Es un camino de vivir constantemente en comunión con la tierra, con el paisaje, con los hermanos, con los hechos corrientes, aparentemente poco importantes… Pero hay más personas entregadas al Reino que son ejemplos de las bienaventuranzas. Repito, es cuestión de observar con atención nuestro entorno.

4.- Nuestro mayor error sería escuchar las bienaventuranzas como un mensaje imposible, como una cuestión que, tal vez, pueda cumplirse en la vida futura o que, por otra parte, es una utopía de imposible realización. No son así. Y podemos, como decía, observar su existencia y sus efectos en la vida cotidiana, en personas que tenemos cercanas. Pero, claro, hay que fijarse un poco. No pasar de largo. Todo el contenido de las bienaventuranzas se convierte en realidad.

5.- Pero ya en el Antiguo Testamento se nos marca el camino de perfección de las bienaventuranzas, aunque muchas personas –como hoy— estaban de espaldas a ellas Sofonías habla de la búsqueda que los humildes hacen del Señor. Añade palabras como justicia, moderación. Aconseja el no contar mentiras... El texto de Sofonías configura y dirige el pensamiento para mejor escuchar las bienaventuranzas. Y San Pablo, a su vez, dibuja la sencillez de los seguidores de Cristo. Ni los sabios, ni los poderosos están en la asamblea del Señor. Y, probablemente, eso sigue ocurriendo en nuestras Iglesias. Los ricos y poderosos están de paso. No se puede profundizar en el mensaje de Cristo sin humildad, sin el reconocimiento de nuestra pobreza personal --y colectiva-- y sin, por supuesto, el deseo de ser pobres. Primero, en el espíritu; después, en la realidad.

6.- No debemos de dejar pasar la oportunidad que nos ofrece este domingo cuarto del Tiempo Ordinario. Y así “enfrentarnos” al contenido profundo de las bienaventuranzas. Hemos de meter en nuestro corazón esos mensajes que Jesús nos da. Son fundamentales para nuestro crecimiento como seguidores de Cristo y aliviadores de las dificultades que sufren los hermanos.

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