11 ago. 2015

Santa Clara de Asìs, 11 de Agosto


11 de agosto

SANTA CLARA DE ASÍS

(† 1253)

"Preciosa es en la presencia del Señor la muerte de sus santos" (Ps. 115,15). Musitando estas palabras subía Santa Clara de Asís, "verdaderamente clara, sin mancilla ni obscuridad de pecado, a la claridad de la eterna luz", en la augusta hora del atardecer del día 11 de agosto de 1253.

 Cabe el pobre camastro, permanecían llorosas sus hijas, transidas de dolor por la pérdida de la amantísima madre y guía experimentada. Allí estaban los compañeros de San Francisco. Fray León, la ovejuela de Dios, ya anciano; fray Angel, espejo de cortesía; fray Junípero, maestro en hacer extravagancias de raíz divina y decir inflamadas palabras de amor de Dios. Allá arriba, los asisienses seguían conmovidos los últimos instantes de su insigne compatriota. Prelados y cardenales y hasta el mismo Papa habíanla visitado en su última enfermedad. Y todos tenían muy honda la persuasión —Inocencio IV quiso en un primer momento celebrar el oficio de las santas vírgenes, que no el de difuntos— de que una santa había abandonado el destierro por la patria. Solamente ella lo había ignorado. Su humildad no le había dejado sospechar siquiera cuan propiamente se cumplían en su muerte aquellas palabras del salmo de la gratitud y de la esperanza, que sus labios moribundos recitaban. Muerte envidiable, corona de una vida más envidiable todavía, por haber ido toda ella marcada con el sello de la más absoluta entrega al Esposo de las almas vírgenes.

 Porque Clara Favarone, de noble familia asisiense, oyó desde su primera juventud la voz de Dios que la llamaba por medio de la palabra desbordante de ¿mor y celo de las almas de su joven conciudadano S. Francisco de Asís. Con intuición femenina, afinada por la gracia y la fragante inocencia de su alma adivinó los quilates del espíritu de aquel predicador, incomprendido si es que no despreciado por sus paisanos, que había abandonado los senderos de la gloria humana y buscaba la divina con todos los bríos de su corazón generoso. Y se puso bajo su dirección. Los coloquios con el maestro florecieron en una decisión que pasma por la seguridad y firmeza con que la llevó a la realidad. Renunciando a los ventajosos partidos matrimoniales que le salían al paso y al brillante porvenir que el mundo le brindaba, huyó de la casa paterna en la noche del Domingo de Ramos de 1211. Ante el altar de la iglesita de Santa María de los Angeles, cuna de la Orden franciscana, Clara ofrendó a Dios la belleza de sus dieciocho años, rodeada de San Francisco y sus primeros compañeros. Se vistió de ruda túnica, abrazóse a dama Pobreza de la que a imitación de su padre y maestro haría su amiga inseparable y se dedicó a la penitencia y al sacrificio.

 No tardó en llegarle la ocasión de probar que su empeño no era capricho de niña mimada o fantasía de jovencita soñadora, sino resolución de carácter equilibrado y alma movida de inspiración divina. Apercibidos sus parientes de la fuga de la joven, salieron en su busca. Y descubierto su retiro, trataron de quebrantar su propósito por todos los medios, alternando las muestras de cariño y suavidad con la violencia más insolente. Viéndose en peligro, Clara se acogió como a seguro a la iglesia e hincándose de hinojos junto al altar, con una mano se asió de la mesa sagrada, mientras con la otra se destocaba la cabeza, mostrándosela desguarnecida de su deslumbradora cabellera. La decisión que había tomado, era irrevocable. Sus familiares vencidos la dejaron en paz.

 "Superada felizmente esta primera batalla, para poderse dedicar a la contemplación de las cosas celestiales se refugia entre los muros de San Damián y allí "escondida con Cristo en Dios" (Col. 3,3) por espacio de cuarenta y dos años nada encontró más suave, nada se propuso con más ahínco que ejercitarse con toda perfección en la regla de Francisco y atraer a ella, en la medida de sus fuerzas, a otros" (Pío XII).

 Se adivina más fácilmente que se describe el empeño que la Santa puso en el ejercicio de todas las virtudes y sus progresos en la perfección. Es sabido que la mujer está dotada de un sentido innato de la belleza —cosa estupenda y buena— y que defiende y aprovecha ese don con habilidad e ingenio, tarea en la que muchas veces excede por loca vanidad las fronteras de la licitud y de la prudencia. Santa Clara lo sabía, pero nunca pensó matar tendencia semejante, sino que en seguimiento de su maestro y padre, que de todas las criaturas hacía escala para subir a Dios, la puso al servicio de lo único necesario, de la salvación y santificación del alma, sobrenaturalizándola. Con sicología y elegancia muy femenina ofrece al alma un espejo y la estimula con palabras inflamadas a que se mire y remire cada día para engalanarse, no con las vanidades y riquezas caducas, sino con las bellísimas flores de las virtudes, ya que el espejo no es otro que Cristo Jesús, cuya imitación constituye el nervio de toda auténtica santidad. Allí verá el alma la pobreza bienaventurada, la santa humildad y la caridad inefable, el sacrificio hasta el anonadamiento por amor nuestro. La vida y pasión de Jesús debe ser el objeto preferido de su meditación. Jesús-Eucaristía. Jesús-Niño en el pesebre. Y junto a Jesús, su bendita Madre, a la que profesará una devoción sin límites.

 No son las enseñanzas que la Santa ha consignado en sus cartas retórica sonora. "Son, por el contrario, la afirmación tajante y absoluta de una realidad vivida con plenitud de convicción" (Casolini). La Leyenda de su vida, escrita por Tomás de Celano, biógrafo del padre y de la hija, y su Proceso de canonización en que sus compañeras e hijas declararon, con la emoción de lo vivido, lo que habían observado en su santa madre, nos hablan con la voz de la verdad de sus penitencias increíbles: de su amor a Jesús, de su meditación de los dolores de Cristo, de su inalterable paciencia y alegría en medio de sus crónicas enfermedades y continuas mortificaciones, de su intenso amor a Jesús-Eucaristía, que a sus ruegos salvó de la profanación a las religiosas y a la ciudad del pillaje, de su corazón de madre y maestra; en fin, de las gracias extraordinarias con que Dios la regaló en el destierro.

 Es sorprendente "cómo esta mujer que se había despojado de toda preocupación humana, estaba llena de los más abundantes y copiosos dones de celestial sabiduría. A ella, en efecto, acudía no sólo una multitud ansiosa de oírla, sino que se servían de su consejo obispos, cardenales y alguna vez los Romanos Pontífices. El mismo Seráfico Padre, en los casos más difíciles del gobierno de su Orden, quiso escuchar el parecer de Clara; lo que de modo especial sucedió cuando, preocupado y dudoso, no sabía si dedicar a sus primeros compañeros tan sólo a la contemplación o prescribirles también trabajos de apostolado. En tal circunstancia acudió a Clara para mejor conocer los designios divinos y con su respuesta quedó totalmente tranquilo. Estando así dotada de tan grandes virtudes se hizo digna, de que Francisco la amara más que a las demás y encontrara en ella un poderoso auxiliar para afirmar la disciplina de su vida religiosa y fortalecer su Instituto; confianza que los acontecimientos vinieron a confirmar felizmente más de una vez" (Pío XII).

 Con acierto insuperable, pues, se llama la misma Santa en su testamento "Plantita del bienaventurado Francisco". Y lo fue por haberla él transplantado del mundo al jardín del Esposo, por la entrañable amistad que los unió de por vida y por ser ella genuina heredera y copia fiel del espíritu del maestro. Conservaba muy vivo el recuerda del ejemplo del Pobrecillo de Cristo y de sus palabras de que vivieran siempre en la santísima pobreza y no se apartaran de ella por consejo o enseñanza de nadie. Tan entrañablemente amó la santa abadesa la pobreza total y absoluta en seguimiento de Cristo pobre, que rechazó una y otra vez con sumisión y reverencia, pero con viril energía, las posesiones que los Papas le ofrecieron repetidamente y las mitigaciones que en la práctica de esta virtud le proponían. Su tesón santo llegó a triunfar de los escrúpulos de la curia y del Papa, que finalmente confirmó dos días antes de que la Santa muriera, la regla para su Orden, en que se profesa la altísima pobreza que ella había aprendido del padre San Francisco.

 El bello gesto de Clara a los dieciocho años repicó en el pecho de la juventud femenina de Asís con sones de alborada invitadora a seguir las huellas de Jesucristo pobre. Primero su hermana Santa Inés, cuya entrada en religión a los pocos días de la salida de Clara provocó en la familia Favarone una tempestad más fiera aún, calmada milagrosamente, luego una multitud de doncellas de la nobleza y del pueblo, más adelante Beatriz, su hermana mayor, e incluso su propia madre, la noble matrona Ortalona, buscaron raudales de pureza, de luz y sacrificio en el conventito de San Damián bajo la obediencia y maternal dirección de Clara, que aceptó el cargo de abadesa obedeciendo el mandato de San Francisco. No fue el monasterio, como podría pensarse con mentalidad errada, sepulcro de juventudes tronchadas en flor, que trataran de ocultar tras los muros conventuales su blandenguería o cansancio de la vida. Fue, por el contrario, activísimo taller perfeccionador de almas, que con la potencia irradiadora de su intensa vida espiritual reportó a la sociedad incalculables beneficios, aun materiales. Aquella entrañable hermandad sobrenatural en el amor y la pobreza entre personas salidas de distintas capas sociales, destruyó con la fuerza arrolladora del ejemplo muchas impurezas de prejuicios sociales, odios banderizos e ídolos de oro y corrupción.

 Pronto brincó las fronteras de Umbría y de Italia la fama de la virtud de Santa Clara y sus Damas Pobres, sembrando Europa, antes de 1253, de monasterios que la juventud femenina de los países cristianos pobló rápidamente, atraída por el ideal de pureza y sacrificio vivido por las damianitas de Asís. La vida y obras de las clarisas, a ejemplo y por mandato de su santa fundadora, como aguas vivas que regaran el campo de la Iglesia, fluyeron en el decurso de siete siglos en beneficio espiritual del pueblo de Dios. Y aun hoy el mensaje de Clara Favarone de Asís no ha perdido su sugestiva atracción ni ha agotado su eficacia renovadora. No es estéril recuerdo histórico, sino vida palpitante en la multitud de monasterios, más de seiscientos, y de religiosas, más de doce mil, que pese a casi dos siglos de revoluciones y despojos, y pese al desinterés e incomprensión de los mismos hijos de la Iglesia, nos es dado encontrar en todos los ángulos de la tierra. Son más de doscientos los monasterios que hay en España, donde desde el año 1228, en que se abrió el primero, ha alcanzado tal florecimiento la obra de Clara de Asís, que supera a la misma Italia.

 Santa Clara fue canonizada el 15 de agosto de 1255 por su amigo y protector el papa Alejandro IV. En la bula de canonización hace un bellísimo panegírico de la virgen asisiense, que servirá de colofón a esta semblanza de la Plantita del padre San Francisco. "Fue alto candelabro de santidad —dice Alejandro IV—, rutilante de luz esplendorosa ante el tabernáculo del Señor; a su ingente luz acudieron y acuden muchas vírgenes para encender sus lámparas. Ella cultivó la viña de la pobreza de la que se recogen abundantes y ricos frutos de salud... Ella fue la abanderada de los pobres, caudillo de los humildes, maestra de continencia y abadesa de penitentes".

 JUAN MESEGUER FERNÁNDEZ, O. F. M.

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