19 ago 2014

Santo Evangelio 19 de Agosto de 2014

Día litúrgico: Martes XX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 19,23-30): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos». Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dijo: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible».

Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?». Jesús les dijo: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros».


Comentario: Rev. D. Fernando PERALES i Madueño (Terrassa, Barcelona, España)
Un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos... Entonces, ¿quién se podrá salvar?

Hoy contemplamos la reacción que suscitó entre los oyentes el diálogo del joven rico con Jesús: «¿Quién se podrá salvar?» (Mt 19,25). Las palabras del Señor dirigidas al joven rico son manifiestamente duras, pretenden sorprender, despertar nuestras somnolencias. No se trata de palabras aisladas, accidentales en el Evangelio: veinte veces repite este tipo de mensaje. Lo debemos recordar: Jesús advierte contra los obstáculos que suponen las riquezas, para entrar en la vida...

Y, sin embargo, Jesús amó y llamó a hombres ricos, sin exigirles que abandonaran sus responsabilidades. La riqueza en sí misma no es mala, sino su origen si fue injustamente adquirida, o su destino, si se utiliza egoístamente sin tener en cuenta a los más desfavorecidos, si cierra el corazón a los verdaderos valores espirituales (donde no hay necesidad de Dios).

«¿Quién se podrá salvar?». Jesús responde: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible» (Mt 19,26). —Señor, Tú conoces bien las habilidades de los hombres para atenuar tu Palabra. Tengo que decírtelo, ¡Señor, ayúdame! Convierte mi corazón.

Después de marchar el joven rico, entristecido por su apego a sus riquezas, Pedro tomó la palabra y dijo: —Concede, Señor, a tu Iglesia, a tus Apóstoles ser capaces de dejarlo todo por Ti.

«En la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria...» (Mt 19,28). Tu pensamiento se dirige a ese “día”, hacia ese futuro. Tú eres un hombre con tendencia hacia el fin del mundo, hacia la plenitud del hombre. En ese tiempo, Señor, todo será nuevo, renovado, bello.

Jesucristo nos dice: —Vosotros, que lo habéis dejado todo por el Reino, os sentaréis con el Hijo del Hombre... Recibiréis el ciento por uno de lo que habéis dejado... Y heredaréis la vida eterna... (cf. Mt 19,28-29).

El futuro que Tú prometes a los tuyos, a los que te han seguido renunciando a todos los obstáculos... es un futuro feliz, es la abundancia de la vida, es la plenitud divina.

—Gracias, Señor. ¡Condúceme hasta ese día!

San Juan Eudes, 19 de Agosto

19 de Agosto

SAN JUAN EUDES

(†  1680)


En la noche de Navidad de 1625, en la capilla del Oratorio de París, capilla y altar dedicados a la Santísima Virgen, decía su primera misa un joven sacerdote normando. Aquel mismo día hizo el voto de perpetua servidumbre a Jesús y María.

 No habían pasado aún dos años desde que, atraído por la doctrina espiritual y prendado por los planes apostólicos del célebre cardenal De Bérulle, había ingresado en el Oratorio. ¿Quién podía vislumbrar en aquellos momentos cuál fuera el futuro brillante, aunque doloroso, del novel sacerdote?

 Su vida sería larga: ochenta años. El voto de servidumbre que acababa de recitar la resumiría perfectamente. Juan Eudes no viviría para sí, sino para Jesús y María. Necesitaría todo su tesón normando para no cejar en aquella batalla continua y dura, que cubriría toda su vida sacerdotal. Habría de luchar y sufrir por la salvación de sus hermanos y la gloria de Jesús y María. Ello sólo le interesaba.

 Quiso la Providencia que viviera en los días de mayor esplendor de la historia de Francia. No le faltaron contactos con los principales personajes y actores de él. Pero a Eudes nada le interesaban los triunfos temporales y descansaba en la abundante cosecha de sinsabores y amarguras que siempre le acompañó. Por doquiera le surgieron enemigos enconados. De entre los que debieran ser sus amigos, como servidores del mismo Dios, y de entre los separados por el hondo foso de las diferencias ideológicas. En su propia casa le acecharía la traición. En aquella cruz constante, cruz dura y dolorosa, Eudes veía el sello del beneplácito divino que, contra el parecer de los hombres, refrendaba su apostolado y sus obras. Fiel a la voluntad del Señor, su siervo caminaría hasta el fin.

 Había venido al mundo en un pueblecito normando, de la diócesis de Séez: Ri. Era el 14 de noviembre de 1601. Pocos años antes la peste lo había asolado. De la familia Eudes sólo sobrevivió un varón: Isaac. Para que no pereciera la familia, Isaac, a punto de ordenarse de subdiácono, renuncia a la carrera eclesiástica, vuelve a la heredad paterna, la cultiva y con su esfuerzo logra crearse una posición desahogada. En las postrimerías del siglo XVI contrae matrimonio con Marta Corbin, mujer de ejemplares virtudes y de una probada y no común energía de carácter.

 De Isaac Eudes, que, casado y padre de siete hijos, rezaba diariamente el oficio divino, y de Marta Corbin nació Juan Eudes. Era el mayor de los hermanos.

 Próximo a cumplir sus catorce años, fue encomendada su educación a los padres jesuitas que, en Caen, regentaban el Real Colegio del Monte. Allí cursó los estudios de humanidades y filosofía. Muchos años después, en la conclusión de su libro El corazón admirable, Eudes recordará con agradecimiento a su antiguo colegio y a su congregación mariana. En septiembre de 1620 recibió la tonsura y las órdenes menores.

 Dos años después, cuando ya adelantaba en sus estudios de teología, se creó en Caen una casa del Oratorio, instituto recientemente fundado, en París, por el padre De Bertille. Conoció Eudes a los oratorianos e inmediatamente simpatizó con ellos.

 El cardenal De Bérulle fue una de las grandes glorias religiosas de la Francia del Siglo de Oro. Enamorado de su sacerdocio, añoraba los días antiguos en que el clero "no respiraba más que cosas santas, dejando las profanas a los profanos, y llevaba profundamente grabado en sí mismo la autoridad de Dios, la santidad de Dios y la luz de Dios". Pero, ¡qué distinto espectáculo presentaba el clero de sus días! Se ha podido escribir que "el nombre de sacerdote había llegado a ser sinónimo de ignorante y libertino". De Bérulle quiso rehabilitarlo. El Oratorio tendrá como misión santificar al clero secular.

 ¿No era la santidad lo que desde su niñez anhelaba Eudes? En su Memorial dejará anotado: "Fui recibido y entré en la congregación del Oratorio, en la casa de Saint-Honoré, de París, por su fundador el reverendo padre De Bérulle, en el año de 1623, el 25 de marzo". En 1625 fue ordenado de presbítero y en 1627 volvió a su tierra, cuando nuevamente se ensañaba en ella la peste. Adscrito a la casa de Caen, el padre Eudes atiende a los apestados, se dedica al estudio y a la oración e inicia la predicación de misiones populares, apostolado que constituirá una de las grandes tareas de su vida.

 Toda la vida del padre Eudes había de ser un martirio continuado, por lo que no podemos olvidar el voto que hiciera al Señor en 1637: "Me ofrezco y me entrego, me dedico y consagro a Vos, oh Jesús mi Señor, como hostia y víctima para sufrir en mi cuerpo y en mi alma, según vuestro agrado y mediante vuestra santa gracia, toda clase de penas y tormentos, incluso el derramamiento de mi sangre y sacrificio de mi vida con cualquier género de muerte. Y esto, sólo para vuestra gloria y por vuestro puro amor".

 En 1640 fue nombrado superior del Oratorio de Caen. Poco tiempo lo sería.

 El padre Eudes había comprobado el bien inmenso que las misiones realizaban en la población; mas una preocupación le inquietaba: ¿Era posible que el fruto perdurase sin un clero que acogiera y alimentara los buenos propósitos?

 El clero. Al padre Eudes le preocupaba el clero. "¿Qué se puede esperar de estos pobres hombres con disposiciones excelentes —decía refiriéndose a los seglares— si están bajo la dirección de tales pastores como por doquier vemos?. ¿No es lógico que, olvidando pronto las grandes verdades que les impresionaron durante la misión, caigan en sus anteriores desórdenes?"

 Pensando en ello había dedicado en algunas misiones conferencias especiales a los eclesiásticos. No bastaba. Eudes comienza a pensar en una congregación que tuviera por primera finalidad el crear y regir seminarios para la formación y santificación del clero. Su pertenencia al Oratorio es un obstáculo para sus proyectos.

 En 1642 es llamado a París por el cardenal Richelieu y cambia impresiones con él sobre sus planes. El cardenal le comprende perfectamente; él también sueña con la erección de seminarios y le promete su apoyo. El cardenal muere a fines del mismo año, pero la autorización real para la fundación de la nueva congregación es firmada en el mes de diciembre.

 El padre Eudes está resuelto a abandonar el Oratorio. Ningún obstáculo canónico existe, pues en el Oratorio no hay votos religiosos que vinculen a sus miembros con el instituto. Entretanto, para evitar posibles complicaciones, las letras reales se expiden a nombre de monseñor D'Angennes, obispo de Bayeux, amigo y protector del Santo.

 A principios de 1643 el padre Eudes vuelve a Caen. Todo está decidido. Abandona el Oratorio y el 25 de marzo nace la Congregación de los Seminarios de Jesús y de María.

 La congregación nació en la fiesta de la Anunciación, porque pretendía "continuar el trabajo y las funciones del Verbo Encarnado y debía estar consagrada por entero a Jesús y María". Sus finalidades, tal como se concretan en las letras de Luis XIII, son: "Trabajar con el ejemplo y la instrucción por establecer la piedad y santidad entre los sacerdotes y aquellos que aspiran al sacerdocio, enseñándoles a llevar una vida conforme a la dignidad y santidad de su condición, y desempeñar convenientemente todas las funciones sacerdotales, como también emplearse en la enseñanza de la doctrina cristiana por medio de misiones, predicaciones, exhortaciones, conferencias y otros ejercicios".

 Seminarios y misiones. Pero, en primer término, seminarios.

 Seis años hacía que el padre Eudes había firmado con su sangre el voto martirial; ahora, separándose del Oratorio, desencadenaba el inacabable séquito de dolores, persecuciones y calumnias que no le abandonaría jamás.

 En todas sus negociaciones, tanto ante las autoridades regionales como en París, tanto ante los obispos como en las Congregaciones romanas, el padre Eudes tropezará con una enemiga tenaz y poderosa, abierta unas veces, solapada otras, que no reparará en dificultades ni en la licitud de los medios y tratará de hacerle fracasar y con frecuencia lo conseguirá. Si en 1648 logró en Roma la aprobación del seminario de Caen, en noviembre de 1650 el obispo de la misma ciudad, monseñor Malé, sucesor de monseñor D'Arigennes, llegará a clausurarle la capilla.

 Eudes no desiste. En 1652 ultima las constituciones de su congregación. En 1653, muerto monseñor Malé, la autoridad diocesana permite la apertura de la capilla del seminario de Caen. Tendrá que luchar para aclarar malentendidos y refutar calumnias. El sigue adelante. Tras del seminario de Caen vendrán los de Coutances en 1650, Lisieux en 1653, Evreux en 1667 y Rennes en 1670.

 Su apostolado entre los sacerdotes se intensifica. A ellos dedica retiros especiales en sus misiones; para ellos escribe diversos libros que los ayuden en su vida espiritual o pastoral. Y su enamoramiento del sacerdocio halla expresión magnífica y bella en su oficio del sacerdocio de Cristo y de los santos sacerdotes, que le fue aprobado por la autoridad eclesiástica en 1652.

 La Congregación de Jesús y María había de dedicar una atención primordial a la fundación de seminarios y a la formación del clero. Por tal motivo, el padre Eudes había abandonado el Oratorio. Ella nació en el laborar misional del Santo, al contacto con las necesidades espirituales de los pueblos misionados. San Juan había nacido misionero y jamás dejaría de serlo; la congregación que él fundara sería también misionera. En el Oratorio comenzó el misionar del padre Eudes y continuó toda su vida, con gran éxito visible y espiritual. Cruzó en todas direcciones su provincia natal de Normandía. Las poblaciones de gran parte de Bretaña, Picardía, Ile-de-France, Perche, Brie y Borgoña se apiñaron cabe su púlpito. Ciudades populosas como Caen, Rouen, Autun, Beaune, Versalles y París escucharon su predicación.

 Recorriendo el Memorial en que el Santo recogió los principales recuerdos de su vida hallamos mencionadas unas ciento diez misiones predicadas desde 1632 hasta 1676, y no puede olvidarse que la duración mínima ordinaria de una misión era de seis semanas y algunas, como la de Rennes, en 1667, se prolongó durante cinco meses.

 Su predicación era ardorosa y vibrante. Dotado de un temperamento ardiente y apasionado, sus palabras brotaban directamente del corazón. Le llamaron "león en el púlpito y cordero en el confesonario". Tronaba sin compasión contra los vicios y con espíritu de caridad hacia los pobres pecadores, cuya suerte le acongojaba. Su palabra se alzaba enérgica y libre, con la santa libertad de los apóstoles. Buen ejemplo de ello dio en la misión de Saint-Germain-des-Prés (1660), en presencia de la reina de Francia y de la corte. Poco antes el fuego había destruido, en parte, el palacio del Louvre, y de ello tomó pie el Santo para recordar a sus oyentes que, si a los príncipes les está permitido edificar Louvres, Dios les manda aliviar a sus súbditos desgraciados; que no pueden pasar los días y los años en diversiones, pues no es ése el camino del cielo; que si el fuego temporal no había respetado la mansión real, tampoco el fuego eterno respetaría a los reyes y príncipes que no vivieran como cristianos; que causaba grande pena, finalmente, ver a los grandes de la tierra asediados por una multitud de aduladores sin que casi nunca se les diga la verdad y que él se consideraría por muy culpable si ocultara estas cosas a su majestad.

 De las misiones nació la Congregación de Jesús y de María; de ellas nacería también la de Nuestra Señora de la Caridad, dedicada a la rehabilitación de las desgraciadas víctimas del vicio. Nació esta obra del padre Eudes en los mismos días en que abandonaba el Oratorio y, como todas las suyas, nació y creció en medio de las mayores dificultades exteriores, a las que aquí se sumaron las más penosas interiores. En la consolidación de la nueva congregación tuvieron gran parte las religiosas de la Orden de la Visitación, que, a petición del fundador, se encargaron de la formación de las primeras postulantes. La primera toma de hábito fue la de la señorita Taillefer, en la Orden sor María de la Asunción, el 12 de febrero de 1645. Monseñor Malé, obispo de Bayeux y no afecto al Santo como vimos, aprobó la fundación de la casa de Caen, en 1651. El papa Alejandro VII dio la bula de erección de la nueva Orden el 2 de enero de 1666.

 Aún nacientes sus dos congregaciones, el padre Eudes las consagró, en 1643, a los Sagrados Corazones de Jesús y María. Esta devoción llena su vida y su apostolado. Ella aparece pujante en todas sus manifestaciones: misiones, cartas, libros... Desde 1643 o, a más tardar, 1644, la Congregación de Jesús y de María celebraba ya la fiesta del Sagrado Corazón de María. Entre 1668 y 1670 el padre: Eudes compuso su oficio del Sagrado Corazón de Jesús, que inmediatamente fue aprobado por varios obispos. Desde 1672 celebra su instituto la fiesta del Corazón de Jesús el día 20 de octubre, día en que aún la celebran por concesión de la Santa Sede, en atención a los méritos de su fundador, a quien San Pío X no dudó en calificar, en el decreto de beatificación, de padre, doctor y apóstol del culto litúrgico de los Sagrados Corazones. Al año siguiente de disponer el padre Eudes la celebración de la fiesta, se manifestó por primera vez el Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque.

 El último decenio de la vida de nuestro Santo, como toda su vida, fue abundante en tribulaciones y persecuciones. Su Memorial repite año tras año: "En este año (1670) quiso el Señor favorecerme con diferentes cruces, por lo que sea eternamente bendecido... En este año (1671) me acompañaron las cruces por todas partes. Eternas gracias sean dadas al amabilísimo Crucificado... En el año de 1672 estuve rodeado de cruces casi sin, interrupción..." Y así continúa. Sus enemigos tradicionales, oratorianos y jansenistas, a los que ahora se sumarán los lazaristas, no cejaron en su empeño de sembrarle de dificultades todos los caminos. En Roma impidieron que llegara a buen término la aprobación canónica de la Congregación de Jesús y de María; en París le hicieron caer en desgracia de Luis XIV, que le desterró de la corte.

 Por su parte los jansenistas atacaban su ortodoxia. "Me cargan con trece herejías —escribía la víctima—. El motivo de toda su cólera está en que me opuse en todas partes a sus novedades, que sostengo en alto la fe en la Iglesia y la autoridad del Romano Pontífice y que he quemado un libro detestable compuesto contra la devoción a la Santísima Virgen." Llegaron a sobornar a su secretario para que le traicionase. En numerosas cartas expresa el padre Eudes la compasión que siente hacia sus calumniadores y el perdón que rebosa de su corazón. Pero no podía menos de defenderse. El rey encargó del asunto a la asamblea episcopal de la región, reunida en Meulan a fines de 1674; ella le declaró inocente de cuantas acusaciones se acumulaban contra su persona y su doctrina. A mediados de 1679 Luis XIV volvió a acoger en su gracia al Santo, le recibió en audiencia, alabó sus afanes apostólicos y le prometió su apoyo.

 Ya la vida del infatigable misionero tocaba a su fin. Consciente él más que nadie de la precariedad de su salud, convocó en junio de 1680 la primera asamblea de su instituto y en ella presentó la dimisión de su cargo de superior general. Dos meses no habían transcurrido cuando la enfermedad le rindió en el lecho. A sus hijos, que ansiosos le rodeaban, les habló de las alegrías del paraíso y de la eternidad, y de su gran indignidad. Les exhortó a la paz, les consoló de su muerte, les recomendó a Dios y les puso en manos de la Santísima Virgen.

 El 19 de agosto entregó su alma a Dios. Eran las tres de la tarde. Se consumaba el sacrificio de un hombre cuya vida entera fue un ascender a la cumbre del Calvario.

 ANDRÉS ELISEO DE MAÑARICÚA

18 ago 2014

Santo Evangelio 18 de Agosto de 2014

Día litúrgico: Lunes XX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 19,16-22): En aquel tiempo, un joven se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?». Él le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». «¿Cuáles?» —le dice él—. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?». Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme». Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.


Comentario: Rev. D. Óscar MAIXÉ i Altés (Roma, Italia)
¿Qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?

Hoy la liturgia de la palabra pone ante nuestra consideración el famoso pasaje del joven rico, aquel joven que no supo responder ante la mirada de amor con que Cristo se fijó en él (cf. Mc 10,21). Juan Pablo II nos recuerda que en aquel joven podemos reconocer a todo hombre que se acerca a Cristo y le pregunta sobre el sentido de su propia vida: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?» (Mt 19,16). El Papa comenta que «el interlocutor de Jesús intuye que hay una conexión entre el bien moral y el pleno cumplimiento del propio destino».

También hoy, ¡cuántas personas se hacen esta pregunta! Si miramos a nuestro alrededor, podemos quizá pensar que son pocas las personas que ven más allá, o bien que el hombre del siglo XXI no necesita hacerse este tipo de preguntas, ya que las respuestas no le sirven.

Jesús le responde: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19,17). No es solamente legítimo el preguntarse acerca del más allá, sobre el sentido de la vida, sino que... ¡es necesario hacerlo! El joven le ha preguntado qué tiene que hacer para alcanzar la vida eterna, y Cristo le responde que tiene que ser bueno. 

Hoy día, para algunos o para muchos —¡qué más da!— puede parecer imposible “ser bueno”... O bien, les puede parecer algo sin sentido: ¡una tontería! Hoy, como hace veinte siglos, Cristo nos sigue recordando que para entrar en la vida eterna es necesario cumplir los mandamientos de la ley de Dios: no se trata de un “óptimo”, sino que es el camino necesario para que el hombre se asemeje a Dios y así pueda entrar en la vida eterna de manos de su Padre-Dios. En efecto, «Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor» (Juan Pablo II).

Beato Nicolas Factor, 18 agosto (Valencia) y 19 septiembre (Madrid-Alcalá)

18 agosto (Valencia) y 
19 septiembre (Madrid-Alcalá)

 BEATO NICOLÁS FACTOR

(† 1583)


Pedro Nicolás Factor vio la luz en Valencia en la festividad del Príncipe de los Apóstoles del año 1520. Es, por consiguiente, un lustro más joven que la madre Teresa de Jesús y viene al mundo cabalmente un año antes que el gentilhombre Íñigo de Loyola colgara su espada y su daga ante la Virgen de Montserrat, dando otro cauce a sus ambiciones de gloria.

A los diecisiete años ingresa en la observancia franciscana, siendo ordenado de sacerdote en 1544, a poca distancia del concilio de Trento, que se inauguró al siguiente año. Fray Nicolás pertenece al movimiento de la restauración católica que, a raíz de aquel famoso concilio, cobra un impulso poderoso y de larga significación. La España de Cisneros, que ya conoció esta inquietud reformadora, vive ahora la era gloriosa de su mística. Como densa cordillera de altas cumbres, abundarán los santos de temple, de perfil acusadamente enérgico. Pero es indiscutible que en el horizonte de toda la Iglesia destacan como figuras señeras Ignacio y Teresa —fundador y reformadora—, que en medio de una actividad increíble practican y enseñan las doctrinas más elevadas de la vida espiritual al alcance de todos. Brilla también el austerísimo fray Pedro de Alcántara, que infunde renovado vigor en el viejo tronco franciscano, al par que dirige a Teresa de Jesús, a Luís de Granada, a Juan de Avila, a Francisco de Borja... En tanto, el maestro de Andalucía promueve la regeneración del clero y del pueblo, ayuda a la naciente Compañía y da por buenas las "locuras" del hermano Juan de Dios. Desde 1544 fray Tomás de Villanueva, asceta y teólogo, difunde entre su grey valentina aromas de subida caridad y predica el Evangelio en sermones de clásica factura.

En esta constelación gloriosa brilla con luz propia el extático Nicolás Factor. Tiene rasgos comunes con éstos y los demás santos contemporáneos. Mas su vida toda semejaba ya desde la infancia una réplica afortunada del probrecillo de Asís, sin menoscabo de su personalidad inconfundible. Como una estrella difiere de otra estrella.

El primer escenario de sus virtudes fue Valencia, su ciudad natal. Yendo de niño a la escuela, vio a la puerta de la parroquia de San Martín un pobre leproso. Arrebatado por superior impulso, se arrodilló y le besó pies y manos con mucha humildad. Repitió la escena con una enferma a las puertas del hospital de San Lázaro, y con parecidas muestras de caridad servía a los enfermos Pobres. Ayunaba cada semana y con toda naturalidad agradeció a un falso delator su solicitud en corregirle, no obstante haber seguido a la acusación un azote del maestro.

Siendo religioso hubo de aceptar bien pronto prelacías, juzgando los superiores que el mejor estímulo para los religiosos sería proponerles el ideal seráfico en un modelo de carne y hueso. Así fue guardián de los conventos de Santo Espíritu, Chelva, Val de Jesús, Murviedro (Sagunto), de los recoletos de Bocairent y también maestro de novicios. Cada vez que esto ocurría, entraba en duro conflicto su voto de obediencia con su humildad. Cuando se le encomendó el monasterio de la Val de Jesús en 1568, antes de aceptar, como de costumbre, consultó en la oración la voluntad de Dios. Y con la violencia del amor divino quedó arrebatado en éxtasis, del que no podían despertarle los absortos religiosos, oyéndole repetir: "Mi corazón está aparejado, Dios mío, aparejado está mi corazón". Todos los días tomaba tres disciplinas de sangre, especialmente antes de celebrar la santa misa. Su ordinaria comida era a pan y agua, con pocas excepciones; le bastaba una sola túnica y caminaba a pie descalzo. El sueño, sobre ser brevísimo, lo tomaba en dura tabla y por cabecera acomodaba un leño o una piedra. Era el primero en acudir a los actos de comunidad, en servir al hermano. En la oración se le veía atentísimo y perseverante, de modo que ninguna ocupación le distraía de la presencia y trato con Dios.

Su caridad necesitaba más campo y desbordábase más allá del claustro. Anunciaba el reino de Dios, aconsejaba, fue confesor ordinario de las religiosas de la Trinidad de Valencia, de las clarisas de Gandía y, por mandato de Felipe Il, de las Descalzas Reales de Madrid. Atendía a los apestados y cuando el cielo negaba el agua a los campos, como aconteció en Chelva, interponía su oración y penitencias con las de la comunidad.

Este pueblo y su comarca gustaron los primeros ensayos de su predicación. Dicción sencilla y breve, palabras de fuego, la fuerza irresistible de su ejemplo y las mejores gracias con que la naturaleza puede favorecer a un orador. He aquí los elementos que conjugaban su celo ardiente y su ingenio agudo para conmover y convertir.

También sintió impulsos incontenibles de derramar su sangre en defensa de la fe, e instó para ir a tierra de infieles. Predicando en Segorbe a unos mahometanos obstinados, ofreció, como San Francisco al sultán, arrojarse entre las llamas, dejando a su voracidad la decisión sobre la verdad o falsedad de la religión.

Los pobres y los enfermos seguían siendo sus predilectos. En la olla de caridad dejaban los religiosos su limosna, que fray Nicolás recogía y aumentaba, gozando en distribuirla por sí mismo. Allegaba otros recursos más pingües, y, cuando menos podía, se desprendía de su capa y hasta de su túnica, como aconteció en Játiva. Ningún pobre marchó defraudado, incluso en tiempos de hambre y de peste. La fe del guardián superaba las urgencias de tantos infelices sin que la despensa menguara sus existencias.

La madre más tierna no trataría mejor a sus hijos que fray Nicolás a los enfermos del hospital, promoviendo con su ejemplo este género de caridad entre la misma nobleza. En los pobres llagados le parecía ver a Jesucristo llagado por nuestros pecados, y sin poderse contener les besaba pies, manos y llagas. Estas muestras de fuerte religiosidad penitencial no podían menos de herir la sensibilidad de aquellos hombres pulidos y cargados de perfumes. Eclesiástico hubo que le advirtió se guardase de aquellas demostraciones, calificándolas de virtud grosera. Pero qué razones no le diría el bendito fraile que se creía por sus pecados y su ingratitud para con Dios digno de mayores humillaciones, siendo así que el Señor había sufrido tanto por él que el prudente monitor quedó edificado y corregido. Un canónigo que le advertía lo mismo no pudo menos de conmoverse ante una de estas escenas a la puerta de la Seo, y dio su limosna al pobre. Animole Nicolás a mejorar su disposición, y lo inaudito fue que el impresionable canónigo se arrodilló y besó al pobre por amor de Cristo. En cambio, a un religioso compañero le contuvo en otra ocasión, excusándole por lo delicado de su estómago. El hospital de San Lázaro contempló extremos mayores con los horrendos leprosos, seguidos de arrebatos extáticos.

Si San Ignacio hubiese juzgado el espíritu de fray Nicolás, hubiera dicho que estaba en el tercer grado de humildad —el más excelente—. En las moradas teresianas se hallaría sólo por lo que va dicho muy adentro de la sexta. Para San Francisco, este imitador fiel de Jesucristo había alcanzado la perfecta alegría. Realmente la locura de la cruz había hecho presa en él.

No obstante, este hombre extraño, que parecía encontrar sus delicias todas en la penitencia y en la humillación, poseía en alto grado el sentimiento de la bondad y de la belleza. La creación le extasiaba, gustaba infinito de la música, componía versos y manejaba con destreza los pinceles. Nada más agradable que gozar de su trato.

Su sensibilidad exquisita le inclinaba al cultivo de la amistad, buscando y comunicándose con los santos de su siglo. Viéndole sus frailes en cierta ocasión muy determinado a tomar viaje, le preguntaron adónde iba: "Voy, dijo, a ver a aquel grande santo rector de la Alcora, que es de las almas que hoy más agradan a Dios". Así era el venerable Juan Bautista Bertrán. En la ciudad que, promediado el siglo XVI, semejó a Pérez de Ayala una Babilonia, y lo demás —su reino— tierra de infieles, no todo era corrupción de costumbres e hipocresía morisca. Florecían los franciscanos Beato Andrés Hibernón y San Pascual Bailón, el mínimo Beato Gaspar Bono, San Luís Beltrán, el patriarca y arzobispo Juan de Ribera y una pléyade de almas de vida integérrima. A muchos de éstos conoció y trató nuestro Beato, y los que de ellos le sobrevivieron fueron testigos excepcionales en su proceso de canonización.

Mas el amigo entrañable e íntimo fue el dominico San Luís Beltrán. De nuevo el abrazo del hábito blanco y negro con el sayal y la cuerda. La luz y el fuego fundiéndose en la misma llama. Ambos se conocían, mejor dicho, cada uno veía la santidad del otro sin reconocer la propia. En los dos la misma ambición y los mismos temores. A no ser por fray Nicolás, el austero y melancólico dominico hubiese acabado sus días en una cartuja, al paso que éste hubo de sostener la esperanza del franciscano, que le preguntaba angustiado una y otra vez: "¿Qué os parece, Luís, me salvaré?" Esta debió ser su cruz mental, la noche oscura, el contrapeso de las gracias extraordinarias durante toda su vida, que se hizo sentir más pesadamente desde la muerte del amigo (octubre 1581). Seis meses después, Nicolás Factor, anhelando mayor perfección seráfica, pasaba al convento recoleto de Onda. Y al disolver Felipe II esta provincia tarraconense, el atormentado religioso emigró a los capuchinos, recién llegados a Barcelona, que por aquellos días renovaban la vida eremítica y las estrecheces de los primeros franciscanos. Mas en junio de 1583 decide el retorno a la observancia y a su primer convento de Santa María de Jesús. Este humano fracaso lo atribuía a su carácter voluble, mientras respondía con mansedumbre edificante a los impertinentes: "Vine de santos, fui a santos y he vuelto a santos".

Tenía el humilde franciscano éxtasis frecuentes. La hermosura de la creación, una conversación espiritual, las grandes solemnidades litúrgicas eran motivo para sus arrebatos místicos. Sabía esto el famoso arzobispo de Tarragona, Antonio Agustín. Habiendo logrado hospedarle en su palacio, cuando su regreso de Barcelona, quiso obsequiarle con un rato de música. Entonaron los cantores el salmo "Laudate pueri Dominum", y no bien llegaron al segundo verso, "Sit nomen Domini benedictum", se elevó el siervo de Dios con su semblante encendido. Hizo el devoto prelado que le retratase un pintor y él mismo compuso unos versos latinos como pie del cuadro, que luego, puestos en música, se complacía en oír.

Fácil sería recoger en esta semblanza episodios reveladores de sus virtudes heroicas, del don de profecía y milagros, de sus luchas titánicas contra el enemigo de nuestra salvación, de su devoción profunda a los sagrados misterios de la Trinidad, Eucaristía, Pasión... de su amor inefable a la Santísima Virgen, cuyas imágenes reprodujo tantas veces su devota inspiración. Estimaba en tanto su fe, que escribió una profesión de ella con su propia sangre, colgando esta cédula ante la imagen de Nuestra Señora de la Vela, en el monasterio de la Trinidad. Valga por todas las anécdotas el siguiente testimonio de San Luís Beltrán, nada amigo de lisonjas. Decía muchas veces que "Nicolás, aun estando aquí en la tierra, había llegado a amar y gozar del Sumo Bien, casi como le aman y gozan los bienaventurados".

Las cartas y opúsculos que escribió fueron breves y no forman un cuerpo de doctrina. Sin embargo, bien hubiera podido hacerlo, porque era buen escritor, gran maestro de espíritu y sabía declarar la teología espiritual con símiles maravillosos. Un tratadito que ha quedado sobre Las tres vías refleja la capacidad de su magisterio.

Cuando el 13 de diciembre llegó a Valencia, enfermo y extenuado, la carrera del Beato Nicolás tocaba a su fin. El día 23, fortalecido con los sacramentos y puestos los ojos en el crucifijo, dio el último aliento, pronunciando estas palabras: "Jesús, creo", que resume los ideales de su vida: el amor entrañable a la Santa Madre Iglesia y al Hijo de Dios humanado.

Había rogado que le enterrasen en un muladar, "porque no debía ser colocado entre sus hermanos un hombre tan ingrato a su Dios y Señor". En cambio, su cadáver exhalaba un perfume celestial los nueve días que permaneció insepulto, como lo atestiguan cuatro informaciones jurídicas. Aún duraba la suave fragancia cuando en 1586 Felipe II mandó abrir el féretro para venerar los sagrados despojos de su bienaventurado amigo.

VICENTE CASTELL MAÍQUES

17 ago 2014

Santo Evangelio 17 de Agosto de 2014

Día litúrgico: Domingo XX (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 15,21-28): En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Ella los alcanzó y se postró ante Él, y le pidió de rodillas: «Señor, socórreme». Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija.


Comentario: + Rev. D. Joan SERRA i Fontanet (Barcelona, España)
Señor; (...) también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos

Hoy contemplamos la escena de la cananea: una mujer pagana, no israelita, que tenía la hija muy enferma, endemoniada, y oyó hablar de Jesús. Sale a su encuentro y con gritos le dice: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo» (Mt 15,22). No le pide nada, solamente le expone el mal que sufre su hija, confiando en que Jesús ya actuará.

Jesús “se hace el sordo”. ¿Por qué? Quizá porque había descubierto la fe de aquella mujer y deseaba acrecentarla. Ella continúa suplicando, de tal manera que los discípulos piden a Jesús que la despache. La fe de esta mujer se manifiesta, sobre todo, en su humilde insistencia, remarcada por las palabras de los discípulos: «Atiéndela, que viene detrás gritando» (Mt 15,23).

La mujer sigue rogando; no se cansa. El silencio de Jesús se explica porque solamente ha venido para la casa de Israel. Sin embargo, después de la resurrección, dirá a sus discípulos: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15).

Este silencio de Dios, a veces, nos atormenta. ¿Cuántas veces nos hemos quejado de este silencio? Pero la cananea se postra, se pone de rodillas. Es la postura de adoración. Él le responde que no está bien tomar el pan de los hijos para echarlo a los perros. Ella le contesta: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos» (Mt 15,26-27).

Esta mujer es muy espabilada. No se enfada, no le contesta mal, sino que le da la razón: «Tienes razón, Señor». Pero consigue ponerle de su lado. Parece como si le dijera: —Soy como un perro, pero el perro está bajo la protección de su amo.

La cananea nos ofrece una gran lección: da la razón al Señor, que siempre la tiene. —No quieras tener la razón cuando te presentas ante el Señor. No te quejes nunca y, si te quejas, acaba diciendo: «Señor, que se haga tu voluntad».

Santa Beatriz de Silva, 17 de Agosto


17 de Agosto


SANTA BEATRIZ DE SILVA

 († 1491)


Estamos ya en el último siglo de la Reconquista. Los reinos cristianos de la península Ibérica se van extendiendo hacia el sur y pasan al Africa. Una de las últimas plazas ganadas a los árabes para el reino de Portugal fue Ceuta (1415). El capitán de esta hazaña y primer gobernador de la ciudad conquistada fue don Pedro Metieses, conde de Viana y descendiente de los reyes de Castilla. En la conquista de esta plaza había intervenido también el caballero don Ruy Gómez de Silva, cuyo ejemplar comportamiento le mereció el aprecio de su capitán, hasta el punto de ofrecerle en matrimonio a su hija Isabel.

 El año 1422 se formó el nuevo hogar Silva-Meneses, en el que vería la luz Beatriz. Su padre fue este aguerrido caballero, don Ruy Gómez de Silva, tan distinguido en la cruzada contra los árabes. Su madre, doña Isabel Meneses, procedía de ilustre sangre real y era la segunda de los cuatro hijos de don Pedro Meneses.

 La vida del nuevo matrimonio transcurrió entre Ceuta y Campo Mayor, cuya alcaidía le fue concedida a Ruy Gómez de Silva por el rey portugués. Campo Mayor es una ciudad fronteriza con España, del distrito de Portalegre y diócesis de Evora. Aunque no faltan historiadores antiguos que dan a Beatriz por nacida en Ceuta. la tradición del primer convento concepcionista de Toledo considera a Campo Mayor como la patria de su madre fundadora y en esta villa portuguesa se conservan los mejores recuerdos de la infancia de Beatriz. Como fecha de su nacimiento se señala el año 1424.

 La madre de Beatriz, siguiendo la tradición familiar, era muy devota de la Orden de San Francisco y por ello encomendó la educación religiosa de sus once hijos a los padres franciscanos, que sembraron en sus almas un amor especial a la Inmaculada Concepción. El quinto de los hermanos de Beatriz, llamado Juan y luego Beato Amadeo de Silva, tomó el hábito de San Francisco y fundó la asociación llamada de los "amadeístas".

 Hay una tradición conservada en Campo Mayor, que es todo un símbolo de la belleza angelical que distinguía a la joven Beatriz. En una de sus iglesias se venera un cuadro de la Virgen con la cabeza inclinada y los ojos cerrados, sosteniendo sobre sus rodillas al Niño. A su lado están arrodillados San Francisco y San Antonio. Las facciones de esta Virgen, según la tradición, son copia del rostro candoroso de Beatriz. Su padre quiso tener un cuadro de la Virgen para la capilla de su residencia y con este fin mandó venir a un pintor italiano. El artista expuso al padre que el mejor modelo para la Virgen sería su misma hija. Esta, por obediencia, accedió a ello, pero, poseída de un inocente pudor en servir de modelo para un cuadro de María Inmaculada, no abrió sus ojos ante el pintor Así resultó una imagen de la Virgen sumamente expresiva y delicada, conocida con el nombre de la "Virgen de los ojos cerrados".

 En 1447 Juan II de Castilla contraía matrimonio con Isabel, princesa de Portugal. Esto dio lugar a que la nueva reina de Castilla pidiese al alcaide de Campo Mayor a su hija Beatriz como primera dama. Tenía ya entonces veintitrés años, y, al decir de la Historia manuscrita de 1526, "allende venir de sangre real, era muy graciosa doncella y excedía a todas las demás de su tiempo en hermosura y gentileza". La corte de Castilla residía por entonces en Tordesillas, al oeste de Valladolid, en plena meseta castellana, junto al río Duero. El ambiente palaciego estaba dominado por intrigas y frivolidades cortesanas de la época. Estas fueron las espinas que encontró Beatriz en Tordesillas, haciendo más bella y fragante la flor de su virginidad.

 Fuese por intrigas de algún caballero resentido ante la negativa de Beatriz a sus pretensiones, fuese por celos de la reina, que llegó a ver en ella una amante rival, cayó en desgracia de ésta. "Viendo la grande estimación que todos hacían de la sierva de Dios, la reina hubo celos de ella y del rey, su marido, y fueron tan grandes que, por quitarla de delante de los ojos, la encerró en un cofre, donde la tuvo encerrada tres días, sin que en ellos se le diera de comer ni de beber". Fue todo un torbellino de pasión, que quiso tronchar la vida de esta delicada flor, pero acudió en su defensa la Reina del cielo.

 "La Virgen María se le apareció con hábito blanco y manto azul y el Niño Jesús en brazos, y, luego de haberla confortado con cariño maternal, le intimó que fundara en su honor la Orden de la Purísima Concepción, con el mismo hábito blanco y azul que ella llevaba. Ante tan señalada merced de su Reina y Señora, Beatriz se ofreció por su esclava y le consagró, rebosante de gratitud, el voto de su virginidad y le rogó confiadamente la librara de aquella prisión. La Reina celestial accede sonriente y desaparece.

 La intervención de don Juan Meneses, tío de Beatriz, hizo que la reina Isabel abriese el cofre pasados tres días, esperando que su dama fuese ya cadáver. La sorpresa de todos fue impresionante. Beatriz apareció con más belleza y lozanía que antes de ser encerrada. Todos adivinaron que la bella dama portuguesa había sido favorecida en aquellas horas obscuras y tenebrosas con alguna luz especial del cielo. La Santísima Virgen la había escogido para dama suya. Era preciso cambiar de palacio. "A los tres días de verse libre del encierro, sin más dilación, pidió salir de Tordesillas, dirigiéndose a Toledo, acompañada de dos doncellas, "

 Camino de Toledo tiene lugar, al pasar por un monte, la aparición de dos frailes franciscanos. Beatriz pensó que eran enviados por la reina para confesarla antes de morir a manos de un verdugo. "Entonces, declarando ella su pena y temor, díjole un fraile de aquéllos, que parecía portugués, que no llorase, porque no solamente no eran ellos mensajeros de su muerte, mas antes la venían a consolar y la hacían saber que había de ser una de las mayores señoras de España, y que sus hijos serían nombrados en toda la cristiandad. A esto respondió que era doncella y que, con el emperador que la demandase, no se casaría en ninguna manera, porque tenía hecho voto de limpieza a la Reina del cielo. Y dijéronle ellos: "Lo que hemos dicho ha de ser". Sigue describiendo la Historia anónima de 1526 cómo, después de consolarla, al llegar a una posada y disponerse para comer, desaparecieron aquellos dos frailes misteriosos, "y Beatriz creyó firmemente que el Señor le había enviado para consolarla e instruirla a San Francisco de Asís y a San Antonio de Padua, a los cuales celebró fiesta en adelante todos los años".

 En Toledo florecían por esta época numerosos monasterios de todas las principales Ordenes, especialmente cistercienses, dominicas y clarisas. Razones que la historia no nos ha transmitido hicieron que Beatriz escogiese el monasterio cisterciense de Santo Domingo de Silos (vulgarmente "El Antiguo"); tal vez relaciones muy personales con alguna de las religiosas de este monasterio, perteneciente a la nobleza portuguesa o castellana; tal vez el haber encontrado en este monasterio las condiciones más a propósito para la vida retirada que ella pensaba llevar, sin ser religiosa.

 En este vetusto solar de Toledo buscó Beatriz su casita de Nazaret, como "señora de piso", y en él vivió treinta años dedicados a la oración, al sacrificio y al desprecio del mundo. "La sierva de Dios fue muy humilde en sus acciones, despreciando su persona en actos exteriores; ...era su vida heroica y ...vivió treinta años en Santo Domingo, ejercitándose en toda virtud." Hay un dato muy significativo que revela su enérgica decisión de romper con el mundo: "Dende que salió de la corte del rey Don Juan hasta que murió ningún hombre ni mujer vio su rostro enteramente descubierto, si no fue la reina Doña Isabel (la Católica) y la que le daba de tocar, porque, aun para comer delante de solas sus criadas, apenas descubría del todo la boca".

 A la mortificación y vida retirada unía la práctica de la oración prolongada y una liberalidad magnánima para emplear todos sus bienes en dar culto a Dios y socorrer al pobre. Con sus rentas hizo labrar un nuevo claustro y la sala capitular del monasterio donde residía; con ellas favoreció también a cuantos pobres solicitaron su ayuda. Con el trabajo de sus manos, hilando o bordando, santificó también los ratos libres.

 Mientras tanto la Providencia iba preparando los acontecimientos para que Isabel la Católica se interesase por la fundación de la Orden concepcionista. Había sido proclamada reina en 1474 y algún año después entraba en Toledo; venía a cumplir la promesa hecha en la batalla de Toro de edificar un templo a San Juan Evangelista. El lugar escogido está próximo al monasterio donde residía Beatriz. En todos estos años turbulentos, en medio de campañas guerreras, cuando la reina venía a Toledo buscaba tiempo para ir a conversar con Beatriz, la dama que la había mecido en sus brazos cuando niña. En 1479, "con la ayuda de Dios y de la gloriosa Virgen María, su Madre", se firmó la paz definitiva entre Castilla y Portugal. Esto pudo ser un motivo especial para que la Reina Católica, tan devota de la Inmaculada, apoyase la fundación de la Orden concepcionista, que la Virgen había confiado a Beatriz. Por estos años "se dice que se le apareció (a Beatriz) la Madre de Dios otra vez, distinta de la referida del cofre, volviéndola a mostrar cómo había de ser el hábito que traerían sus monjas".

 El año 1484 Isabel la Católica concertaba con Beatriz la donación de unas casas de los palacios reales de Galiana, junto a la muralla norte de Toledo. Le donaba también la capilla adjunta, dedicada a Santa Fe por la reina Doña Constanza, esposa de Alfonso VI. Con doce compañeras (entre ellas una sobrina) pasó Beatriz a ocupar esta nueva mansión toledana. "En esta casa entró tan desacomodada con gran alegría, y dio orden de irla fabricando al modo necesario para que pudiese ser convento de religiosas."

 Cinco años pasó Beatriz echando los cimientos de la Orden concepcionista, bajo la protección de Santa Fe. El nombre de esta santa francesa decía muy bien con la fe que había demostrado Beatriz desde que salió de Tordesillas. Isabel la Católica se serviría del patrocinio de esta misma Santa en la conquista de Granada, con una fe paralela a la de Beatriz.

 La aprobación de la Orden concepcionista, pedida al Papa por mediación de la Reina Católica, era firmada por Inocencio VIII el 30 de abril de 1489. En este mismo día se presentó en el torno del convento provisional de Santa Fe un personaje misterioso, preguntando por doña Beatriz de Silva y comunicándola la firma de la bula por el Papa. "De esta manera lo supo ella en Toledo, cuando se otorgó en Roma, por revelación divina y creyó, sin duda, que este mensajero era San Rafael, porque desde que supo decir el Avemaría le había sido muy devota y le rezaba cada día alguna cosa en especial.

 Tres meses más tarde llega a Toledo la noticia de que la bula se había ido al fondo del mar, por haber naufragado la nave donde venía. "De esto recibió grandísima tristeza, y con mucha ansia de su corazón no hizo tres días sino llorar. Al cabo de ellos fue a abrir un cofre para cierta cosa necesaria, y, no sin mucha maravilla, halló allí la dicha bula encima de todo." Toda la ciudad de Toledo se asoció con gran júbilo a la procesión en que se trasladó la "bula del milagro" desde la catedral al convento de Santa Fe. Tuvieron lugar todos estos festejos en los primeros días del mes de agosto de 1491. Actuó en la procesión, misa pontifical y sermón el insigne padre franciscano Francisco García de Quijada, obispo de Guadix, y anunció que a los quince días tendría lugar en la capilla de Santa Fe la toma de hábitos y velos por Beatriz y sus compañeras.

 Pero... "a los cinco días, estando (Beatriz) puesta en muy devota oración en el coro, aparecióle la Virgen sin mancilla..., la cual le dijo: "Hija, de hoy en diez días has de ir conmigo, que no es nuestra voluntad que goces acá en la tierra de esto que deseas". El mismo día 16 de agosto, que se había acordado para la toma de hábitos, tuvo lugar la tranquila muerte de Beatriz. El mismo padre confesor le impuso el hábito y velo concepcionistas y recibió su profesión religiosa.

 "Al tiempo de su muerte fueron vistas dos cosas maravillosas: la una fue que, como le quitaron del rostro el velo para darle la unción, fue tanto el brillo que de su rostro salió que todos quedaron espantados; la otra fue que en mitad de la frente le vieron una estrella, la cual estuvo allí puesta hasta que expiró, y daba tan gran luz y resplandor como la luna cuando más luce, de lo cual fueron testigos seis religiosos de la Orden de San Francisco". Había sido escogida como estrella para guiar a generaciones de vírgenes, que consagrarían a Dios su amor y su pureza, en honor de María Inmaculada. Se iba al cielo para guiarlas mejor desde allí.

 "Siendo viva esta señora doña Beatriz y yendo una vez a maitines, según acostumbraba, halló la lámpara del Santísimo Sacramento muerta, y poniéndose en oración. vióla manifiestamente encender, no viendo quién la encendía; tras esto oyó una voz, según ella después lo descubrió, que bajamente le dijo: "Tu Orden ha de ser como esto que has visto, que toda ha de ser deshecha por tu muerte, mas como la Iglesia de Dios fue perseguida al principio, pero después floreció y fue muy ensalzada, así ella florecerá y será multiplicada por todas las partes del mundo, tanto que en su tiempo no se edificará casa alguna de otra Orden".

 Así sucedió, en efecto. Recién fallecida, se apareció Beatriz en Guadalajara al padre fray Juan de Tolosa, franciscano, diciéndole que se encaminase a Toledo para defender su Orden. Las religiosas de Santo Domingo pretendían que fuese enterrado en su monasterio el cuerpo de Beatriz y que se fusionasen con ellas sus compañeras, en vez de llevar adelante la nueva Orden concepcionista. La intervención del padre Tolosa evitó la extinción de la incipiente Orden. Cuatro años después surgió una nueva tempestad al fusionarse el vecino monasterio de monjas benedictinas de San Pedro de las Dueñas con el de Santa Fe y tener lugar grandes desavenencias. La abadesa de Santa Fe, madre Felipa de Silva, sobrina de Beatriz, resolvió abandonar su convento y trasladarse al de religiosas dominicas de la Madre de Dios, en la misma ciudad, llevándose consigo las reliquias de su venerable tía. Otro fraile franciscano, el cardenal Cisneros, volvió a encender la lamparilla de la Orden concepcionista, trasladando el convento de Santa Fe al que habían ocupado los padres franciscanos, muy próximo a él, y apoyando la fundación de nuevos conventos concepcionistas.

 A este último convento fueron trasladadas definitivamente las venerables reliquias de Beatriz, comenzando a recibir culto público poco después de su muerte. El afán por poseerlas es una buena prueba de ello. Los menologios de la Orden franciscana, cisterciense y benedictina la dan el título de "Beata". Abundan los relatos de favores milagrosos obtenidos por su intercesión. El año 1924 el papa Pío XI confirmó el culto inmemorial tributado a Beatriz como a Beata, con lo que nuevamente podía recibir culto público después de las normas prohibitivas de Urbano VIII en el siglo XVI. Reanudada la causa de canonización por Pío XII, todas sus hijas esperan venerarla pronto como Santa. Después de más de cuatro siglos de existencia y a pesar de las grandes pruebas por las que ha tenido que pasar la vida de clausura, aún conserva la Orden concepcionista más de 120 conventos diseminados por Europa y América Latina: de ellos corresponden a España más de 90. Esta es la gran gloria de la Beata Beatriz de Silva, adalid de la Inmaculada varios siglos antes de su definición dogmática.

 IRENEO GARCÍA ALONSO

16 ago 2014

Santo Evangelio 16 de Agosto de 2014

Día litúrgico: Sábado XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 19,13-15): En aquel tiempo, le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos». Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.


Comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían

Hoy nos es dado contemplar una escena que, desgraciadamente, es demasiado actual: «Le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían» (Mt 19,13). Jesús ama especialmente a los niños; nosotros, con los pobres razonamientos típicos de “gente mayor”, les impedimos acercarse a Jesús y al Padre: —¡Cuando sean mayores, si lo desean, ya escogerán...! Esto es un gran error.

Los pobres, es decir, los más carentes, los más necesitados, son objeto de particular predilección por parte del Señor. Y los niños, los pequeños son muy “pobres”. Son pobres de edad, son pobres de formación... Son indefensos. Por esto, la Iglesia —“Madre” nuestra— dispone que los padres lleven pronto a sus hijos a bautizar, para que el Espíritu Santo ponga morada en sus almas y entren en el calor de la comunidad de los creyentes. Así lo indican tanto el Catecismo de la Iglesia como el Código de Derecho Canónico, ordenamientos del máximo rango de la Iglesia (que, como toda comunidad, debe tener sus ordenamientos).

¡Pero no!: ¡cuando sean mayores! Es absurda esta manera de proceder. Y, si no, preguntémonos: —¿Qué comerá este niño? Lo que le ponga su madre, sin esperar a que el niño especifique qué es lo que prefiere. —¿Qué idioma hablará este niño? El que le hablen sus padres (de otra manera, el niño nunca podrá escoger ninguna lengua). —¿A qué escuela irá este niño? A la que sus padres le lleven, sin esperar que el chico defina los estudios que prefiere...

—¿Qué comió Jesús? Aquello que le puso su Madre, María. —¿Qué lengua habló Jesús? La de sus padres. —¿Qué religión aprendió y practicó el Niño Jesús? La de sus padres, la religión judía. Después, cuando ya fue mayor, pero gracias a la instrucción que había recibido de sus padres, fundó una nueva religión... Pero, primero, la de sus padres, como es natural.