11 jun 2015

San Bernabé, 11 de Junio


SAN BERNABÉ
11 de junio
(†  s. I)

Pocas son, relativamente, las noticias que nos ha conservado la historia de este apóstol de Jesucristo, procedente de la diáspora e incorporado tempranamente al número de los que fueron los pilares de la Iglesia primitiva. Nada sabemos de los años de su infancia, que pudo haber pasado en Chipre o en Jerusalén, ni del tiempo en que entró a formar parte de la comunidad cristiana. San Clemente de Alejandría y Orígenes creen que la conversión del levita José —llamado más tarde Bernabé por los apóstoles— fue en vida de Jesucristo, siendo del número de sus setenta y dos discípulos. Con todo, otros Santos Padres y autores antiguos y modernos opinan que Bernabé se convirtió en discípulo de Cristo en los días que siguieron inmediatamente a la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, en la festividad de Pentecostés.

 Reunidos los apóstoles y sus inmediatos colaboradores en el Santo Cenáculo, descendió sobre ellos el Espíritu Santo, tal como Jesucristo se lo había profetizado en vísperas de su pasión y muerte. La acción del Espíritu se dio a conocer por un conjunto de prodigios que anunciaron su venida y dejaron constancia de la profunda transformación operada en los apóstoles. "Hombres religiosos de toda nación de las que están debajo del cielo" (Act. 2,3), que habían ido en peregrinación a Jerusalén, quedaron pasmados al oír a los apóstoles hablar cada uno en su propia lengua. Algunos se mofaron de aquella súbita transformación, achacando al vino lo que era obra divina; otros, en cambio, intrigados, se preguntaban: "¿Qué querrá ser esto?" (Act. 2,12). San Pedro tomó pie de la interpretación torcida que se daba al hecho para señalar la verdadera naturaleza del milagro que se había obrado, logrando una conversión en masa. Entre los espectadores de aquel milagro se contaba muy probablemente Bernabé, de familia levítica, originario de Chipre y radicado de tiempo en Jerusalén, quien, tocado por la gracia, abrazó el cristianismo y se convirtió muy pronto en íntimo colaborador de los apóstoles.

 Entre los miembros de la primitiva comunidad cristiana reinaba la caridad hasta el extremo de que se dijese de ellos que tenían todos un solo corazón y una sola alma (Act. 4,32). Una importante modalidad de esta convivencia fraternal aparece en la decisión de los propietarios de enajenar sus bienes de fortuna y depositar su producto a los pies de los apóstoles para que lo distribuyeran equitativamente entre todos los miembros de la comunidad. En virtud de este desprendimiento heroico "ninguno decía ser propia suya cosa alguna de las que poseía, sino que para ellos todo era común" (Act. 4,32). Este movimiento en favor de la comunidad de bienes vigía entre los esenios que residían en el desierto de Judá. Pero ni el ejemplo de estos sectarios ni su legislación influyeron directamente en la conducta de los primeros cristianos, sino el consejo de Cristo a un joven que le pedía mayor perfección: "Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres... y ven y sígueme" (Mt. 19,21). Aligerado el apóstol de la carga de los bienes materiales, podía entregarse de lleno al servicio de Cristo. Lo que no hizo el joven aludido lo practicó Bernabé, como nos lo atestigua el texto de los Actos de los Apóstoles, al decir: "José el apellidado por los apóstoles Bernabé, que traducido es lo mismo que Hijo de la consolación, levita, chipriota de linaje, como poseyese un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles" (Act. 4,36-37).

 La venta que hizo Bernabé debió de causar sensación entre los primeros cristianos de Jerusalén, tanto por el valor del campo enajenado como por el total desinterés demostrado, al entregar a los apóstoles el precio íntegro de la venta. Esta generosidad de Bernabé, junto con su compasión por los indigentes, movieron a la comunidad cristiana de Antioquía a confiarle la misión de ir a Jerusalén para distribuir entre los fieles menesterosos las limosnas para este fin recogidas en aquella ciudad (Act. 11,30). Acaso por ser él de espíritu generoso, caritativo y abnegado recibió de los apóstoles el sobrenombre de Bernabé, término derivado de dos palabras aramaicas: bar nebuah, que significan “Hijo de la profecía" o "Hijo de la consolación". Efectivamente, José era para la primitiva Iglesia a la vez consolador y profeta, es decir, predicador inspirado. Además de un corazón sensible poseía una palabra fácil, dulce y persuasiva, con la cual ganábase inmediatamente el favor de todos. De él dice San Lucas que era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de la fe (Act. 11,24). Por estas cualidades temperamentales o adquiridas con su cooperación a la gracia, unidas a una extensa cultura lograda en la escuela de Gamaliel, llegó a desempeñar un papel preponderante en la organización de la Iglesia primitiva.

 Tenemos una prueba del prestigio de que gozaba entre los apóstoles en el incidente ocurrido a San Pablo con ocasión de su primer viaje a Jerusalén, pocos días después de haber sido derribado del caballo en el camino de Damasco. Refiere el libro de los Actos que, habiendo Pablo llegado a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos; mas todos recelaban de él, no creyendo que fuera discípulo. Bernabé, que lo había tratado en Tarso, o había sido su condiscípulo en la escuela de Gamaliel en Jerusalén, le sacó de aquella situación embarazosa al tomarlo consigo y llevarlo a los apóstoles, a quienes declaró cómo en el camino de Damasco había Pablo visto al Señor y le había hablado, y cómo en Damasco se había despachado bien en el nombre de Jesús (Act. 9,26-27). Bernabé, que conocía la entereza de su amigo Pablo, sabía que éste no mentía al referirle su conversión y no dudaba de la sinceridad de la misma y de la perseverancia de Pablo en el camino de la verdad. Bastó que Bernabé intercediera a favor de Pablo para que los apóstoles y discípulos depusieran su actitud recelosa y admitieran sin vacilación en el seno de la Iglesia jerosolimitana al que poco tiempo antes había sido su acérrimo enemigo. A Bernabé cabe la gloria de haber descubierto el genio de Pablo y de haberle encaminado hacia las obras de apostolado.

 Otro ejemplo de la reputación de que gozaba Bernabé entre los apóstoles se manifiesta en la incorporación de los gentiles a la Iglesia en tierras de Siria. La tribulación sufrida por la Iglesia de Jerusalén, que culminó con la lapidación de San Esteban, indujo a muchos a dispersarse hacia Fenicia, Chipre y Antioquía, anunciando únicamente a los judíos la palabra de la buena nueva. Pero algunos de entre ellos, chipriotas y cirenenses, llegáronse a Antioquía y, contra la costumbre, anunciaron la buena nueva a los griegos, convirtiéndose muchos al cristianismo. La noticia de la conversión de gran número de gentiles llegó a oídos de los apóstoles, quienes se interesaron por las condiciones en que se efectuaba aquella innovación. Para cerciorarse enviaron los apóstoles a Bernabé a Antioquía, el cual, al llegar y ver la gracia de Dios, alegróse en gran manera y exhortaba a todos a perseverar fieles al Señor. Al sancionar Bernabé aquel movimiento proselitista, contribuyó eficazmente a derrumbar el muro que cerraba a los gentiles el acceso a la religión del que, según Simeón, era “luz para iluminación de las gentes" (Lc. 2,32). Durante su estancia en Antioquía "se agregó crecida muchedumbre al Señor" (Act. 11,24), de tal manera que Bernabé juzgó conveniente recabar la ayuda de su amigo y recién convertido Pablo de Tarso para atender al servicio espiritual de los convertidos. Por espacio de un año ambos apóstoles trabajaron juntos en Antioquía, dedicados a instruir en la fe a los conversos del paganismo. Por aquel entonces, y por primera vez en la historia, los discípulos de Cristo residentes en Antioquía comenzaron a llamarse “cristianos". ¿Fue esta palabra invención de Bernabé No lo sabemos. La historia únicamente nos refiere que el apostolado de Bernabé fue muy fecundo en Antioquía.

 Ante el éxito conseguido en Antioquía, Bernabé y su amigo Pablo juzgaron que las tierras de la gentilidad estaban sazonadas para recibir la siembra de la buena nueva, y de ahí su propósito de emprender la evangelización del mundo pagano para dar testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra. La decisión de los dos apóstoles fue trascendental y revolucionaria. Hasta entonces la Iglesia se nutría preferentemente de judíos conversos y por alguno que otro prosélito procedente del paganismo, en adelante, las fuentes de salud se irán cerrando a los judíos a causa de su dura cerviz y fecundarán el corazón humilde de los que durante siglos anduvieron por las sendas del error. Al llamamiento interno que sintieron los dos apóstoles siguió el testimonio público y solemne del Espíritu Santo al declarar en un acto litúrgico en honor del Señor por boca de los profetas de la comunidad: "Segregadme a Bernabé y a Pablo para la obra a que los llamo" (Act. 13,3). Entonces los profetas y doctores de la comunidad, después de orar y ayunar, les impusieron las manos para conferirles la misión de predicar a los gentiles, invocando sobre ellos la bendición del Señor a fin de que cumplieran dignamente su cometido. Con esta ceremonia solemne salía la Iglesia de su aislamiento y se lanzaba, por decisión de Bernabé y Pablo, a la conquista del mundo pagano.

 Chipre fue el primer campo de apostolado de Bernabé y Pablo. La isla era famosa en la antigüedad por la feracidad de su suelo, sobre todo el de la amplia llanura que corre de un extremo a otro del territorio regado por las aguas del Pediacus y flanqueado a los dos lados por dos montañas que se extienden en dirección Este-Oeste, Producía Chipre vino, aceite y trigo en abundancia; las lomas de sus montañas estaban recubiertas por frondosos bosques y en sus entrañas se albergaban minas de cobre. Desde los tiempos macabaicos (1 Mach. 15,23) existía en Chipre una colonia judía que se incrementó extraordinariamente con la adjudicación por Augusto de las mencionadas minas a Herodes el Grande. Aunque expatriados, los judíos de Chipre se mantuvieron fieles a sus creencias religiosas, tratando de ganar prosélitos para su causa. En los grandes núcleos urbanos disponían de sinagogas adonde acudían los sábados para oír la lectura de la Ley y de los profetas. Bernabé, de ascendencia judía, y su compañero Pablo frecuentaban estas reuniones, aprovechando la coyuntura para predicar la palabra de Dios a los judíos y a los prosélitos procedentes del paganismo. En este apostolado viéronse asistidos por Juan Marcos, primo de Bernabé, y por algunos cristianos residentes en la isla (Act. 11,20). En su obra de apostolado los dos apóstoles atravesaron la isla y llegaron a Pafos.

 Aunque Chipre fuera pagana en su inmensa mayoría y sus habitantes se entregaran al culto licencioso de Afrodita, había, sin embargo, almas selectas que sentían necesidad de una religión más perfecta. Entre éstas cabe mencionar al procónsul de la isla, Sergio Paulo. Tan pronto como tuvo noticia de la presencia de los dos nuevos apóstoles mandó llamarlos, deseoso de oír de sus labios la palabra de Dios. Vencida la oposición de un sabio llamado Elimas, el mago, por la enérgica actitud de Saulo, y en vista de la ceguera con que fue castigado por Dios, el procónsul Sergio creyó en el mensaje cristiano.

 Bernabé y Pablo —nombre que adoptó Saulo en honor del procónsul Sergio Pablo— embarcaron en Pafos, rumbo a Perge de Panfilia. Ante las dificultades de la empresa Juan, que les había acompañado, se separó de ellos volviéndose a Jerusalén. De Perge marcharon a Antioquía de Pisidia, en donde los judíos tenían una sinagoga. A la invitación que se les hizo de decir una palabra de exhortación al pueblo improvisó Pablo un discurso por cuyo efecto "muchos de los judíos y prosélitos adoradores de Dios siguieron a Pablo y a Bernabé, que les hablaban para persuadirlos que permaneciesen en la gracia de Dios" (Act. 13,43). Al sábado siguiente acudió gran concurso de pueblo; pero, envidiosos los judíos de aquel éxito, contradijeron a Pablo y a Bernabé, los cuales valientemente contestaron: “A vosotros os habíamos de hablar primero la palabra de Dios, mas puesto que la rechazáis y os juzgáis indignos de la vida eterna, nos volveremos a los gentiles" (Act. 13,46). Sintiéronse éstos muy halagados al oír tales palabras, y se alegraban y glorificaban la palabra del Señor, creyendo cuantos estaban ordenados a la vida eterna (Act. 13,48). Un tumulto promovido por los judíos obligó a Bernabé y Pablo a marcharse a Iconio, "mientras los discípulos quedaban llenos de alegría y del Espíritu Santo" (Act. 13,52). También de esta ciudad escaparon a uña de caballo a causa de un tumulto de gentiles y judíos con sus jefes, que pretendían ultrajar y apedrear a los dos apóstoles. Pero también en Iconio "creyó una numerosa multitud de judíos y griegos”, confirmándose en la fe por las señales y prodigios que obraba Dios por sus manos.

 El celo por la gloria de Dios les llevó a Listra, ciudad donde existía una reducida colonia judía carente de sinagoga y célebre por la colonia de soldados establecida allí por Augusto en el año 6 antes de Cristo. Un milagro obrado en la persona de un paralítico de nacimiento puso en efervescencia a toda aquella población, que clamaba en dialecto licaónico: "Dioses en forma humana han descendido a nosotros", y llamaban a Bernabé Zeus y a Pablo Hermes, porque éste era el que llevaba la palabra" (Act. 14,12). Los mismos sacerdotes de los ritos paganos se contagiaron de aquel entusiasmo hasta el punto de que “el sacerdote del templo de Zeus trajo toros enguirnaldados y, acompañado de la muchedumbre, quería ofrecerles en sacrificio" (Act. 14,11-13), homenaje que los dos apóstoles rechazaron enérgicamente, haciendo ver a aquellos infelices que eran hombres iguales a ellos, que habían ido a sus ciudades para convertirlos de las vanidades terrenas al Dios vivo y verdadero. Tampoco en Listra viéronse libres los dos apóstoles de la persecución de los judíos, que soliviantaron a las muchedumbres que antes les habían conceptuado como dioses, apedreando a Pablo y arrastrándole fuera de la ciudad, donde le dejaron por muerto. A pesar de estas contrariedades Bernabé y Pablo volvieron a visitar las comunidades de las ciudades que habían evangelizado, "confirmando las almas de los discípulos y exhortándoles a permanecer en la fe, diciéndoles que por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de Dios" (Act. 14,22).

 De regreso a Antioquía de Siria encontraron a aquella comunidad envuelta en una grave discusión provocada por los cristianos judaizantes de Jerusalén, que proclamaban la necesidad de la circuncisión para ingresar en el seno del cristianismo. Bernabé se opuso rotundamente a tales pretensiones y, junto con su compañero de fatigas y de ideales, Pablo, se incorporó a la embajada que marchó a Jerusalén para conocer la mente de los apóstoles en esta cuestión. La influencia de Bernabé en el debate fue decisiva, tanto por su predicamento como por la narración que hizo de las señales y prodigios que había hecho Dios entre los gentiles por medio de ellos (Act, 15,12). La contienda promovida por los judaizantes fue resuelta a favor de Bernabé y Pablo. Vuelto Bernabé a Antioquía, permaneció allí algún tiempo confirmando a los hermanos en la fe.

 Cuando se planeó el segundo viaje de evangelización de los gentiles determinó Bernabé acompañar a Pablo, pero quería al mismo tiempo llevarse consigo a su pariente Juan Marcos, que se había separado de ellos en Panfilia. San Pablo se negó a admitir en su compañía al que no tuvo valor para sobrellevar las incomodidades anexas al apostolado entre infieles. Acaso por haberse enfriado las relaciones amistosas entre San Pablo y Bernabé a consecuencia de haberse dejado arrastrar este último por el ejemplo de San Pedro en lo que se refería a comer con los gentiles (Gal. 2,13), o por simples razones de parentesco, Bernabé renunció a aquel viaje, quedándose con su primo hermano Juan Marcos (Col. 4,10). Mientras Pablo y Silas marcharon rumbo al Asia Menor con ánimo de visitar allí a los hermanos que habían sido evangelizados en el primer viaje, Bernabé y Marcos se embarcaron en dirección a Chipre, en donde, desde este momento, se pierde la memoria histórica de Bernabé. Según 1 Cor. 9,6, trabajó Bernabé con Pablo en la evangelización de Corinto.

 La epístola Seudo Clementina se ocupa del apostolado de Bernabé en Alejandría, Roma y Milán, y de su martirio en Chipre. Las tradiciones conservadas en esta isla tienen una base histórica más sólida, aunque no pueden aceptarse en todos sus pormenores. En las Actas y martirio de San Bernabé, apóstol, que escribió cierto chipriota llamado Alejandro, se dice que Bernabé murió en Salamina, lapidado por los judíos. Cuenta asimismo dicho autor que el Santo se apareció al obispo de Salamina para indicarle el lugar de su tumba. Abierto el sepulcro, encontróse su cadáver, sobre cuyo pecho descansaba un ejemplar del Evangelio de San Mateo, que Bernabé, siempre según el mencionado autor, había escrito con su propia mano. Sucedía esto en el año 488, en tiempos del emperador Zenón. El obispo aprovechó el hallazgo para defender los derechos de la Iglesia de Chipre contra los proyectos de anexionarla al patriarcado de Antioquía. El Evangelio de San Mateo que se halló en la tumba fue enviado por el obispo Antemas al emperador Zenón, quien mandó que se conservara en su palacio y se construyera una espléndida basílica en su honor.

 San Bernabé fue considerado por muchos Santos Padres como verdadero apóstol de Cristo, con todos los privilegios inherentes a dicho cargo. Por este motivo se le atribuyó una epístola, que muchos Santos Padres consideraron como canónica, en la cual se contiene una apología contra los judíos. En el códice sinaítico dicha epístola figura a continuación de los libros canónicos del Nuevo Testamento, lo que induce a pensar que la iglesia de Alejandría la consideraba como inspirada. También se le atribuye un evangelio en el catálogo gelasiano de libros sagrados —que nada tiene que ver con el Evangelio de San Mateo hallado en su sepulcro—, lo que debe rechazarse por tratarse de un evangelio herético y de sabor gnóstico.

 La Iglesia latina y la griega celebran la fiesta de San Bernabé el 11 de junio. La Iglesia católica lo ha tenido siempre en gran estima y veneración, como lo atestigua el hecho de que su nombre figure desde muy antiguo en el canon de la misa. En la liturgia ocupa Bernabé un rango casi igual al de los apóstoles y su oficio litúrgico es sacado del común de los mismos apóstoles.

 En su breve paso por el mundo dejó San Bernabé constancia de su recia personalidad. Espíritu abierto a la verdad, abrazó prontamente la doctrina de Cristo y se alistó en el número de sus discípulos. Deseoso de entregarse al servicio del Señor, vende todos sus bienes y se consagra de lleno a la evangelización del mundo pagano. Con su ejemplo nos enseña a que busquemos en primer lugar el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se nos entregará por añadidura.

 LUIS ARNALDICH, O. F. M.

10 jun 2015

Corazón de Jesús en Vos confío


Santo Evangelio 10 de Junio de 2015


Día litúrgico: Miércoles X del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 5,17-19): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».


Comentario: Rev. D. Miquel MASATS i Roca (Girona, España)
No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento

Hoy escuchamos del Señor: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; (...), sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). En el Evangelio de hoy, Jesús enseña que el Antiguo Testamento es parte de la Revelación divina: Dios primeramente se dio a conocer a los hombres mediante los profetas. El Pueblo escogido se reunía los sábados en la sinagoga para escuchar la Palabra de Dios. Así como un buen israelita conocía las Escrituras y las ponía en práctica, a los cristianos nos conviene la meditación frecuente —diaria, si fuera posible— de las Escrituras.

En Jesús tenemos la plenitud de la Revelación. Él es el Verbo, la Palabra de Dios, que se ha hecho hombre (cf. Jn 1,14), que viene a nosotros para darnos a conocer quién es Dios y cómo nos ama. Dios espera del hombre una respuesta de amor, manifestada en el cumplimiento de sus enseñanzas: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14,15).

Del texto del Evangelio de hoy encontramos una buena explicación en la Primera Carta de san Juan: «En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados» (1Jn 5,3). Guardar los mandamientos de Dios garantiza que le amamos con obras y de verdad. El amor no es sólo un sentimiento, sino que —a la vez— pide obras, obras de amor, vivir el doble precepto de la caridad.

Jesús nos enseña la malicia del escándalo: «El que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos» (Mt 5,19). Porque —como dice san Juan— «quien dice: ‘Yo le conozco’ y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él» (1Jn 2,4).

A la vez enseña la importancia del buen ejemplo: «El que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos» (Mt 5,19). El buen ejemplo es el primer elemento del apostolado cristiano.

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Beato Juan Dominici 10 de Junio


BEATO JUAN DOMINICI
10 de junio
(† 1420)
 
¡Ignorante y tartamudo! No son éstas, padre prior, las mejores cualidades para un dominico.

Y Juan fue rechazado. Aquella noche Paula y Domingo lamentaron su pobreza. Su hijo era un obrero y cualquier otra aspiración fracasaría por la escasez de medios económicos. Aquel muchacho tendría que continuar partiendo el pan áspero con sus duras manos. Sin embargo, en aquel hogar pobre ardía una llama inextinguible y poderosa: Dios. Y lo llenaba todo, y todo lo envolvía y transformaba. El trabajo, duro y necesario, era un paréntesis que se abría, de madrugada, en la iglesia de los dominicos de Santa María-Novella, y se cerraba allí mismo con la tarde.

 Su carácter viril y la voz de Dios vitalmente sentida le determinan a pedir nuevamente el ingreso en la Orden de Predicadores. Los Padres comprendieron que aquel joven tenía en su vida un camino único, que nacía allí, en Santa María-Novella. Y, sin querer parar mientes en su aspecto rústico y la torpeza de su decir, Juan fue admitido.

 El año de noviciado fue una línea ascendente: desde los primeros días en que su estilo torpe constituía motivo para la sonrisa vana, hasta el respeto y la admiración por el hombre esforzado y por el religioso entregado a Dios plenamente. El silencio, la oración, el ascetismo de su vida, la amabilidad entregada, el amor absoluto a Dios y a los suyos constituyeron la meta ganada con la gracia de Dios y el esfuerzo continuo y vigilante. Desde el principio dio con la clave que transforma lo mínimo e insignificante. El detalle delicado, la palabra cálida, el gesto y la mirada reprochando dulcemente, todo habla de amor. La observancia exacta, la rúbrica sentida, la disciplina cruel, el sueño domeñado y la entrega absoluta y sencilla, todo habla de amor. Y Dios con él, impulsando aquel brío irresistible. Fray Juan tenía una misión difícil en la Orden: vitalizar la observancia. Por eso convenía que él probase hasta dónde puede el hombre y en qué punto ha de esperar.

 La profesión constituyó para él la autonomía de la austeridad y de la exigencia. Frecuentemente era pan y agua su única refección. Dormía escasamente sobre un saco y vestía muy pobremente, pero con limpieza.

 El estudio, tan sagrado en la Orden de Predicadores, constituyó su pasión. Hombre inteligente y fino terminó la carrera, siendo propuesto para graduarse académicamente. Renunció, sin embargo. Se lo sugirió una humildad sencilla y cierta.

 La fatiga del estudio busca compensaciones. Fray Juan es artista. Y llenará los libros corales con sus delicadas y sugestivas miniaturas. Así comenzó su predicación. El dibujo cariñoso y sugerente de la vida de Cristo y sus milagros orientaba la salmodia hacia la meditación. Esta preocupación por el arte al servicio de Dios le acompañará más tarde a los conventos que visite y funde.

 Con la ordenación sacerdotal el amor a las almas culmina en un anhelo impetuoso por la predicación. Sólo una pena ensombrece el gozo de su vida. Su lengua sigue torpe y ridícula. Estando en Siena le invadió la tristeza. Se sintió inútil. Lloró. Las lágrimas dieron transparencia a su mirada y aquella noche se arrodilló ante una imagen de Santa Catalina. Y le pidió un milagro. Se lo exigió por amor de Dios y el prodigio se realizó. Su lengua se torna ágil y expedita.

 Florencia girará en torno de este extraordinario y súbito predicador. Su ciencia, su prodigiosa memoria, su pasión avasalladora y serena se conjugan en un decir limpio y cautivador. Predicará durante muchas Cuaresmas en Florencia. Habrá días que suba al púlpito cinco y seis veces. Nunca el cansancio en él. Siempre el interés en los que le escuchan. "El hombre tiene un alma generosa y se deja convencer más difícilmente por la dulzura que por el rigor." Eso dijo y así obró. Recorre las principales ciudades y villas de Italia. Censura los vicios con un patetismo profético e invita a los pueblos a una renovación de la vida cristiana. El flagelo en su palabra suscita el rencor hasta el punto de ser amenazado con el exilio. Por amor de la paz abandona Venecia y se retira a Florencia. Allí conjuga el aislamiento monástico con la predicación cíclica en los tiempos litúrgicos, San Vicente Ferrer renuncia a predicar en Florencia: "¿A quién queréis oír teniendo al padre Juan Dominici?"

 Una idea le obsesiona: la restauración de los conventos. La terrible peste de 1348 y los cinco años siguientes arrasó los monasterios. El de Santa María-Novella vio morir en cuatro meses a setenta de sus frailes. Los supervivientes se retraían y se sentían incapaces del rigor primitivo. Juan Dominici predicaba. Los jóvenes eran su presa. Necesitaba muchachos generosos y decididos, y los tuvo en gran número después de su predicación.

 Acepta el priorato de varios conventos con el ánimo de imponer la reforma ansiada. La labor es dura y surge la oposición. Santo Domingo de Venecia, el convento de Cittá di Castello, el de Fabriano y otros recibieron el impulso de su espíritu emprendedor. Posteriormente es elegido vicario general de los conventos observantes en los Estados de Venecia y de la provincia romana. Ha llegado el momento. Comprende que la labor es áspera y lenta. Por eso dedica su vitalidad y esfuerzo a la creación de una Casa Noviciado. Es la clave. Que el espíritu y la vida no se improvisan. Es preciso nacer y respirarlo para que se haga sangre en cada uno. Con este fin nació el convento de Cortona, situado en un paraje delicioso, donde el clima y el cielo empujan hacia Dios.

 Las religiosas, pensó el padre Juan, están íntimamente vinculadas a nuestra vida dominicana. Con este convencimiento restauró el convento del Corpus Domini y el de San Pedro Mártir, de Florencia. En este monasterio su anciana madre terminó sus días. La labor tenía sólidas bases.

 Una labor gigantesca exige un hombre fabuloso. El cisma de Occidente estaba enconado.

 A la muerte de Inocencio VII es elegido Gregorio XII. Este y Benedicto XIII pudieron llegar a un acuerdo e intentaron reunirse en Saona. Tal entrevista no llegó a realizarse. Siete cardenales de Gregorio XII le abandonan. Lo mismo le sucede a Benedicto XIII. Ambos grupos convocan un concilio general en Pisa y allí eligen nuevo antipapa a Pedro Philargi, que toma el nombre de Alejandro V. A éste sucede Juan XXIII.

 La labor diplomática del padre Juan Dominici en el cónclave de elección de Gregorio XII fue tal que el nuevo Papa a quien hizo prometer la renuncia al Papado en el momento conveniente, le mantuvo junto así. Fue elegido arzobispo de Ragusa y posteriormente cardenal. La critica se cebará en él. "Acepto esta dignidad como Cristo aceptó su corona de espinas.”

 Gregorio XII le envía a Alemania para tratar con el emperador Segismundo el modo de terminar con el funesto cisma. Fiel a Gregorio, le convence de la urgencia de renunciar a la dignidad papal por el bien de la Iglesia. Por fin el Papa convoca el concilio de Constanza, en el que los tres papas renunciarán a su pretendida dignidad. Juan XXIII promete su asistencia. Benedicto XIII anuncia un representante suyo y Gregorio XII delega en Juan Dominici, quien, con la renuncia escrita, envolverá hábilmente a los presuntos papas. Anuncia que Gregorio XII abdicará si los otros dos lo hacen igualmente. Juan XXIII aceptó. Fue el momento. Juan Dominici leyó con gran emoción la renuncia escrita de Gregorio.

 La huida de Juan XXIII y la rebeldía de Benedicto XIII fueron suficiente razón para que aquellos hombres perdieran el prestigio.

 Juan Dominici convoca nuevamente el concilio en nombre de Gregorio XII y el 11 de noviembre de 1417 es elegido verdadero papa Martín V. Pero antes un gesto generoso de Juan Dominici emocionó a los cardenales. El, que había aceptado la púrpura cardenalicia para el bien de la Iglesia, renuncia ahora humildemente. Ahora que su labor parecía ya terminada. Despojándose de los distintivos fue a sentarse entre los obispos. Aquel gesto hizo que los cardenales volvieran a incorporarle al Sacro Colegio.

 La unión anhelada ha sido conseguida. El prestigio de Juan Dominici no disminuye, como tampoco se apaga su dinamismo y trabajo por el bien de la Iglesia. Ahora es el encargo de extender en los reinos del Norte los decretos del concilio y vencer las herejías de Wiclef y de Hus. Acompaña a Martín V hasta su nombramiento de legado apostólico en Hungría y Bohemia.

 Cuando trabajaba en el proyecto de una grandiosa obra apostólica y de evangelización de aquellos reinos, el Señor le llamó cariñosamente a su gozo.

 Murió a los setenta años, el día 10 de junio de 1420. En plenitud de vida y santidad, dedicado entusiásticamente, juvenilmente, a la salvación de los hombres.

 El ha muerto. Ahí quedaba su obra, su testimonio, su martirio, su figura como un hito sublime. Murió un hombre perfecto, un religioso terminado, un dominico íntegro. Un santo. Que, al fin, fue su máxima obra.

 JOSÉ LUIS GAGO, O. P.

9 jun 2015

Corazón de Jesús en Vos confio


Santo Evangelio 9 de Junio de 2015


Santo Evangelio 9 de Junio de 2015



Día litúrgico: Martes X del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mt 5,13-16): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».


Comentario: Rev. D. Francesc PERARNAU i Cañellas (Girona, España)
Vosotros sois la sal de la tierra. (...) Vosotros sois la luz del mundo

Hoy, san Mateo nos recuerda aquellas palabras en las que Jesús habla de la misión de los cristianos: ser sal y luz del mundo. La sal, por un lado, es este condimento necesario que da gusto a los alimentos: sin sal, ¡qué poco valen los platos! Por otro lado, a lo largo de los siglos la sal ha sido un elemento fundamental para la conservación de los alimentos por su poder de evitar la corrupción. Jesús nos dice: —Debéis ser sal en vuestro mundo, y como la sal, dar gusto y evitar la corrupción. 

En nuestro tiempo, muchos han perdido el sentido de su vida y dicen que no vale la pena; que está llena de disgustos, dificultades y sufrimientos; que pasa muy deprisa y que tiene como perspectiva final —y bien triste— la muerte.

«Vosotros sois la sal de la tierra» (Mt 5,13). El cristiano ha de dar el gusto: mostrar con la alegría y el optimismo sereno de quien se sabe hijo de Dios, que todo en esta vida es camino de santidad; que dificultades, sufrimientos y dolores nos ayudan a purificarnos; y que al final nos espera la vida de la Gloria, la felicidad eterna.

Y, también como la sal, el discípulo de Cristo ha de preservar de la corrupción: donde se encuentran cristianos de fe viva, no puede haber injusticia, violencia, abusos hacia los débiles... Todo lo contrario, ha de resplandecer la virtud de la caridad con toda la fuerza: la preocupación por los otros, la solidaridad, la generosidad...

Y, así, el cristiano es luz del mundo (cf. Mt 5,14). El cristiano es esta antorcha que, con el ejemplo de su vida, lleva la luz de la verdad a todos los rincones del mundo, mostrando el camino de la salvación... Allá donde antes sólo había tinieblas, incertidumbres y dudas, nace la claridad, la certeza y la seguridad.

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