14 mar 2018

Salmo 34 Súplica contra los perseguidores injustos

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Salmo 34

Súplica contra los perseguidores injustos

Pelea, Señor, contra los que me atacan, 
guerrea contra los que me hacen guerra; 
empuña el escudo y la adarga, 
levántate y ven en mi auxilio; 
di a mi alma: 
"yo soy tu victoria". 

Y yo me alegraré con el Señor, 
gozando de su victoria; 
todo mi ser proclamará: 
"Señor, ¿quién como tú, 
que defiendes al débil del poderoso, 
al pobre y humilde del explotador?". 

Se presentaban testigos violentos: 
me acusaban de cosas que ni sabía, 
me pagaban mal por bien, 
dejándome desamparado. 

Yo, en cambio, cuando estaban enfermos, 
me vestía de saco, 
me mortificaba con ayunos 
y desde dentro repetía mi oración. 

Como por un amigo o por un hermano, 
andaba triste; 
cabizbajo y sombrío, 
como quien llora a su madre. 

Pero, cuando yo tropecé, se alegraron, 
se juntaron contra mí 
y me golpearon por sorpresa; 
me laceraban sin cesar. 

Cruelmente se burlaban de mí, 
rechinando los dientes de odio. 

Señor, ¿cuándo vas a mirarlo? 
Defiende mi vida de los que rugen, 
mi único bien, de los leones, 

y te daré gracias en la gran asamblea, 
te alabaré entre la multitud del pueblo. 

Que no canten victoria mis enemigos traidores, 
que no hagan guiños a mi costa 
los que me odian sin razón. 

Señor, tú lo has visto, no te calles, 
Señor, no te quedes a distancia; 
despierta, levántate, Dios mío, 
Señor mío, defiende mi causa. 

Que canten y se alegren 
los que desean mi victoria, 
que repitan siempre: "Grande es el Señor" 
los que desean la paz a tu siervo. 

Mi lengua anunciará tu justicia, 
todos los días te alabará.

13 mar 2018

Santo Evangelio 13 de marzo 2018


Día litúrgico: Martes IV de Cuaresma

Ver 1ª Lectura y SalmoTexto del Evangelio (Jn 5,1-3.5-16): Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: «¿Quieres curarte?». Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo». Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar. 

Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla». Él le respondió: «El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’». Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor». El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.


«Jesús, viéndole tendido (...), le dice: ‘¿Quieres curarte?’»

Rev. D. Àngel CALDAS i Bosch 
(Salt, Girona, España)

Hoy, san Juan nos habla de la escena de la piscina de Betsaida. Parecía, más bien, una sala de espera de un hospital de trauma: «Yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos» (Jn 5,3). Jesús se dejó caer por allí.

¡Es curioso!: Jesús siempre está en medio de los problemas. Allí donde haya algo para “liberar”, para hacer feliz a la gente, allí está Él. Los fariseos, en cambio, sólo pensaban en si era sábado. Su mala fe mataba el espíritu. La mala baba del pecado goteaba de sus ojos. No hay peor sordo que el que no quiere entender. 

El protagonista del milagro llevaba treinta y ocho años de invalidez. «¿Quieres curarte?» (Jn 5,6), le dice Jesús. Hacía tiempo que luchaba en el vacío porque no había encontrado a Jesús. Por fin, había encontrado al Hombre. Los cinco pórticos de la piscina de Betsaida retumbaron cuando se oyó la voz del Maestro: «Levántate, toma tu camilla y anda» (Jn 5,8). Fue cuestión de un instante.

La voz de Cristo es la voz de Dios. Todo era nuevo en aquel viejo paralítico, gastado por el desánimo. Más tarde, san Juan Crisóstomo dirá que en la piscina de Betsaida se curaban los enfermos del cuerpo, y en el Bautismo se restablecían los del alma; allá, era de cuando en cuando y para un solo enfermo. En el Bautismo es siempre y para todos. En ambos casos se manifiesta el poder de Dios por medio del agua.

El paralítico impotente a la orilla del agua, ¿no te hace pensar en la experiencia de la propia impotencia para hacer el bien? ¿Cómo pretendemos resolver, solos, aquello que tiene un alcance sobrenatural? ¿No ves cada día, a tu alrededor, una constelación de paralíticos que se “mueven” mucho, pero que son incapaces de apartarse de su falta de libertad? El pecado paraliza, envejece, mata. Hay que poner los ojos en Jesús. Es necesario que Él —su gracia— nos sumerja en las aguas de la oración, de la confesión, de la apertura de espíritu. Tú y yo podemos ser paralíticos sempiternos, o portadores e instrumentos de luz.

Salmo 33 El Señor, salvación de los justos

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Salmo 33

El Señor, salvación de los justos

Bendigo al Señor en todo momento, 
su alabanza está siempre en mi boca; 
mi alma se gloría en el Señor: 
que los humildes lo escuchen 
y se alegren. 

Proclamad conmigo 
la grandeza del Señor, 
ensalcemos juntos su nombre. 
Yo consulté al Señor, y me respondió, 
me libró de todas mis ansias. 

Contempladlo, y quedaréis radiantes, 
vuestro rostro no se avergonzará. 
Si el afligido invoca al Señor, 
El lo escucha 
y lo salva de sus angustias. 

El ángel del Señor acampa 
en torno a sus fieles y los protege. 
Gustad y ved que bueno es el Señor, 
dichoso el que se acoge a El. 

Todos sus santos, temed al Señor, 
porque nada les falta 
a los que le temen; 
los ricos empobrecen y pasan hambre, 
los que buscan al Señor 
no carecen de nada. 

Venid, hijos, escuchadme: 
os instruiré en el temor del Señor; 
¿Hay alguien que ame la vida 
y desee días de prosperidad? 

Guarda tu lengua del mal, 
tus labios de la falsedad; 
apártate del mal, obra el bien, 
busca la paz y corre tras ella. 

Los ojos del Señor miran a los justos, 
sus oídos escuchan sus gritos; 
pero el Señor se enfrenta 
con los malhechores, 
para borrar de la tierra su memoria. 

Cuando uno grita, el Señor lo escucha 
y lo libra de sus angustias; 
el Señor está cerca de los atribulados, 
salva a los abatidos. 

Aunque el justo sufra muchos males, 
de todos lo libra el Señor; 
El cuida de todos sus huesos, 
y ni uno sólo se quebrará. 

La maldad da muerte al malvado, 
los que odian al justo serán castigados. 
El Señor redime a sus siervos, 
no será castigado quien se acoge a El. 

12 mar 2018

Santo Evangelio 12 de marzo 2018



Día litúrgico: Lunes IV de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 4,43-54): En aquel tiempo, Jesús partió de Samaría para Galilea. Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue donde Él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir. Entonces Jesús le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creéis». Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo». Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive».

Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre». El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia. Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.

«Jesús partió de Samaría para Galilea»

Rev. D. Ramon Octavi SÁNCHEZ i Valero 
(Viladecans, Barcelona, España)

Hoy volvemos a encontrar a Jesús en Caná de Galilea, donde había realizado el conocido milagro de la conversión del agua en vino. Ahora, en esta ocasión, hace un nuevo milagro: la curación del hijo de un funcionario real. Aunque el primero fue espectacular, éste es —sin duda— más valioso, porque no es algo material lo que se soluciona con el milagro, sino que se trata de la vida de una persona.

Lo que llama la atención de este nuevo milagro es que Jesús actúa a distancia, no acude a Cafarnaúm para curar directamente al enfermo, sino que sin moverse de Caná hace posible el restablecimiento: «Le dice el funcionario: ‘Señor, baja antes que se muera mi hijo’. Jesús le dice: ‘Vete, que tu hijo vive’» (Jn 4,49.50).

Esto nos recuerda a todos nosotros que podemos hacer mucho bien a distancia, es decir, sin tener que hacernos presentes en el lugar donde se nos solicita nuestra generosidad. Así, por ejemplo, ayudamos al Tercer Mundo colaborando económicamente con nuestros misioneros o con entidades católicas que están allí trabajando. Ayudamos a los pobres de barrios marginales de las grandes ciudades con nuestras aportaciones a instituciones como Cáritas, sin que debamos pisar sus calles. O, incluso, podemos dar una alegría a mucha gente que está muy distante de nosotros con una llamada de teléfono, una carta o un correo electrónico.

Muchas veces nos excusamos de hacer el bien porque no tenemos posibilidades de hacernos físicamente presentes en los lugares en los que hay necesidades urgentes. Jesús no se excusó porque no estaba en Cafarnaúm, sino que obró el milagro.

La distancia no es ningún problema a la hora de ser generoso, porque la generosidad sale del corazón y traspasa todas las fronteras. Como diría san Agustín: «Quien tiene caridad en su corazón, siempre encuentra alguna cosa para dar».

Salmo 32 Himno al poder y a la providencia de Dios

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Salmo 32

Himno al poder y a la providencia de Dios

Aclamad, justos, al Señor, 
que merece la alabanza de los buenos. 

Dad gracias al Señor con la cítara, 
tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; 
cantadle un cántico nuevo, 
acompañando los vítores con bordones: 

Que la palabra del Señor es sincera, 
y todas sus acciones son leales; 
el ama la justicia y el derecho, 
y su misericordia llena la tierra. 

La palabra del Señor hizo el cielo; 
el aliento de su boca, sus ejércitos; 
encierra en un odre las aguas marinas, 
mete en un depósito el océano. 

Tema al Señor la tierra entera, 
tiemblen ante El los habitantes del orbe: 
porque El lo dijo, y existió, 
El lo mandó y surgió. 

El Señor deshace los planes de las naciones, 
frustra los proyectos de los pueblos; 
pero el plan del Señor subsiste por siempre, 
los proyectos de su corazón, de edad en edad. 

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, 
el pueblo que El se escogió como heredad. 

El Señor mira desde el cielo, 
se fija en todos los hombres; 
Desde su morada observa 
a todos los habitantes de la tierra: 
El modeló cada corazón, 
y comprende todas sus acciones. 

No vence el rey por su gran ejército, 
no escapa el soldado por su mucha fuerza, 
nada valen sus caballos para la victoria, 
ni por su gran ejército se salvan. 

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, 
en los que esperan su misericordia, 
para librar sus vidas de la muerte 
y reanimarlos en tiempo de hambre. 

Nosotros aguardamos al Señor: 
El es nuestro auxilio y escudo; 
con El se alegra nuestro corazón, 
en su santo nombre confiamos. 

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, 
como lo esperamos de ti. 

11 mar 2018

Santo Evangelio 11 de marzo 2018


Día litúrgico: Domingo IV (B) de Cuaresma


Texto del Evangelio (Jn 3,14-21): En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. 

»Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios».

«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único»

Rev. D. Joan Ant. MATEO i García 
(La Fuliola, Lleida, España)

Hoy, la liturgia nos ofrece un aroma anticipado de la alegría pascual. Los ornamentos del celebrante son rosados. Es el domingo "laetare" que nos invita a una serena alegría. «Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis...», canta la antífona de entrada.

Dios quiere que estemos contentos. La psicología más elemental nos dice que una persona que no vive contenta acaba enferma, de cuerpo y de espíritu. Ahora bien, nuestra alegría ha de estar bien fundamentada, ha de ser la expresión de la serenidad de vivir una vida con sentido pleno. De otro modo, la alegría degeneraría en superficialidad y majadería. Santa Teresa distinguía con acierto entre la "santa alegría" y la "loca alegría". Esta última es sólo exterior, dura poco y deja un regusto amargo.

Vivimos tiempos difíciles para la vida de fe. Pero también son tiempos apasionantes. Experimentamos, en cierta manera, el exilio babilónico que canta el salmo. Sí, también nosotros podemos vivir una experiencia de exilio «llorando la nostalgia de Sión» (Sal 136,1). Las dificultades exteriores y, sobre todo, el pecado nos pueden llevar cerca de los ríos de Babilonia. A pesar de todo, hay motivos de esperanza, y Dios nos continúa diciendo: «Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti» (Sal 136,6). 

Podemos vivir siempre contentos porque Dios nos ama locamente, tanto que nos «dio a su Hijo único» (Jn 3,16). Pronto acompañaremos a este Hijo único en su camino de muerte y resurrección. Contemplaremos el amor de Aquel que tanto ama que se ha entregado por nosotros, por ti y por mí. Y nos llenaremos de amor y miraremos a Aquel que han traspasado (Jn 19,37), y crecerá en nosotros una alegría que nadie nos podrá quitar.

La verdadera alegría que ilumina nuestra vida no proviene de nuestro esfuerzo. San Pablo nos lo recuerda: no viene de vosotros, es un don de Dios, somos obra suya (Col 1,11). Dejémonos amar por Dios y amémosle, y la alegría será grande en la próxima Pascua y en la vida. Y no olvidemos dejarnos acariciar y regenerar por Dios con una buena confesión antes de Pascua.

Salmo 31 Acción de gracias de un pecador perdonado



Salmo 31

Acción de gracias de un pecador perdonado

Dichoso el que está absuelto de su culpa, 
a quien le han sepultado su pecado; 
dichoso el hombre a quien el Señor 
no le apunta el delito. 

Mientras callé se consumían mis huesos, 
rugiendo todo el día, 
porque día y noche tu mano 
pesaba sobre mí; 
mi savia se había vuelto un fruto seco. 

Había pecado, lo reconocí, 
no te encubrí mi delito; 
propuse: "confesaré al Señor mi culpa", 
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. 

Por eso, que todo fiel te suplique 
en el momento de la desgracia: 
la crecida de las aguas caudalosas 
no lo alcanzará. 

Tú eres mi refugio, me libras del peligro, 
me rodeas de cantos de liberación. 

- Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir, 
fijaré en ti mis ojos. 
No seáis irracionales como caballos y mulos, 
cuyo brío hay que domar con freno y brida; 
si no, no puedes acercarte. 

Los malvados sufren muchas penas; 
al que confía en el Señor, 
la misericordia lo rodea. 

Alegraos, justos, y gozad con el Señor; 
aclamadlo, los de corazón sincero.