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29 abr 2018

¿Teléfono sin Linea?

Resultado de imagen de paisajes naturales


1.- ¿TELÉFONO SIN LINEA?

Por Javier Leoz

Atrás quedó el domingo del Buen Pastor con esa llamada del Papa Francisco a entregarnos, unos y otros, generosamente en pro de Cristo. Ahora, a un día con el mes de mayo, contamos con una “aliada especial”: María. Ella también es Divina Pastora que alienta nuestros trabajos y nos anima en este camino de fe que, desde el día de nuestro bautismo, hemos de cuidar con la mano siempre cierta de Dios.

1.- ¿Qué es una fe sin Dios? ¿Y una fe sin contrastar con la Comunidad Eclesial? ¿Y una fe descafeinada u oportunista? En este quinto domingo de la Pascua comprendemos algo que, a veces, sufrimos y sentimos en las carnes de nuestra vida cristiana: sin Jesús es imposible perseverar, seguir adelante, creer y manifestar públicamente el “humus” de nuestras vivencias cristianas. Quien diga lo contrario es porque, su fe, está sometida a un personalismo, individualismo u orfandad. Y, eso, no es bueno. Sin Jesús, nada. Si nos soltamos de su persona nuestros frutos, además de tendenciosos y fatuos, serán diminutos, risorios o incluso también oportunistas y sectarios. Es imposible permanecer como testigos de Cristo sin nuestra unión con Él. Es, por poner un ejemplo, como pretender tener línea telefónica en casa sin estar unidos a una red. Haremos como que hablamos…pero no estaremos hablando con nadie: no hay línea.

2.- Quien persevera junto a Jesús sabe que, el amor, es algo que brota espontáneamente y sin recompensa alguna. En definitiva, como sarmientos fundidos a la vid que es Jesús, estamos llamados a colocarnos en esa primera división cristiana: dar frutos que sean reflejo de nuestra comunión íntima con Cristo.

Como cristianos no estamos llamados a deslumbrar por los grandes dones y carismas que el Señor nos ha regalado. Y, por el contrario, sí que somos urgidos a dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza poniéndolos en práctica.

--¿De qué sirve un cántaro si nunca entra en contacto con el agua?

--¿De qué sirve una lámpara si nunca se enciende?

--¿De qué nos sirve la vida cristiana si, tal vez, la dejamos mediatizada por muchos preceptos y desvinculada de la persona de Jesús?

3.- Por ello mismo, al releer el evangelio de este domingo de Pascua, caemos en la cuenta que –tal vez— muchas de las alteraciones que se dan en nuestro mundo son consecuencia de querer ser sarmientos sin vid; agua sin fuente; vida sin más límites que los que uno se marca. ¿Es bueno? Por supuesto que no.

Toda casa necesita de unos cimientos y, toda persona, también requiere de unos principios o de unos valores que sean modelo, guía irrenunciable para entender la vida y para defender la de los demás.

Jesús, en ese sentido, nos advierte de que una existencia sin Dios, una vida con excesivos atajos está abocada al fracaso, a la sequedad, a la esterilidad. A la falta de ilusión o apatía. Y ¡cuánta escasez de optimismo en nuestro mundo! ¡Cuánto déficit de esperanza en nuestro vivir! ¿No será por qué nos hemos aislado de esa vid que es la fe en Jesús? ¿Podremos aguantar mucho más tiempo en esa orfandad?

4.- Que nuestra alianza con Jesús nos aporte esa fuerza que anhelamos para seguir compartiendo, viviendo y proclamando los ideales cristianos. No será, desde luego, por falta de voluntad del labrador (Dios) que espera pacientemente a que demos fruto: nos hizo sus hijos por el Bautismo, nos da frecuentemente el pan de la Eucaristía, nos perdona en la Penitencia, nos anima por la Unción de Enfermos, nos guía con su Palabra… ¿y todavía queremos más de Dios para ofrecerle algún que otro buen fruto de nuestra vida?

Si la unión hace la fuerza, nuestra fuerza – la de los cristianos – será nuestra unión con Jesús. Sin fisuras y con todas las consecuencias.

25 may 2017

Espíritu Santo, verdadero protagonista de la Iglesia


Espíritu Santo, verdadero protagonista de la Iglesia

Reflexiones Pascua

Las raíces de nuestro ser y de nuestro actuar están en el silencio sabio y providente de Dios.

Por: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net 


En el día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió con potencia sobre los apóstoles; de este modo comenzó la misión de la Iglesia en el mundo. Jesús mismo había preparado a los once para esta misión al aparecérseles en varias ocasiones después de la resurrección (Cf. Hechos 1, 3). Antes de la ascensión al Cielo, «les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre» (Cf. Hechos 1, 4-5); es decir, les pidió que se quedaran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo, en espera de este acontecimiento prometido (Cf. Hechos 1, 14).

Permanecer juntos fue la condición que puso Jesús para acoger el don del Espíritu Santo; el presupuesto de su concordia fue la oración prolongada. De este modo se nos ofrece una formidable lección para cada comunidad cristiana. A veces se piensa que la eficacia misionera depende principalmente de una programación atenta y de su sucesiva aplicación inteligente a través de un compromiso concreto. Ciertamente el Señor pide nuestra colaboración, pero antes de cualquier otra repuesta se necesita su iniciativa: su Espíritu es el verdadero protagonista de la Iglesia. Las raíces de nuestro ser y de nuestro actuar están en el silencio sabio y providente de Dios.

(...)

El Espíritu Santo, hace que los corazones sean capaces de comprender las lenguas de todos

El Pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, se amplia hoy hasta superar toda frontera de raza, cultura, espacio y tiempo. A diferencia de lo que sucedió con la torre de Babel, cuando los hombres que querían construir con sus manos un camino hacia el cielo habían acabado destruyendo su misma capacidad de comprenderse recíprocamente, en el Pentecostés del Espíritu, con el don de las lenguas, muestra que su presencia une y transforma la confusión en comunión. El orgullo y el egoísmo del hombre siempre crean divisiones, levantan muros de indiferencia, de odio y de violencia. El Espíritu Santo, por el contrario, hace que los corazones sean capaces de comprender las lenguas de todos, pues restablece el puente de la auténtica comunicación entre la Tierra y el Cielo. El Espíritu Santo es el Amor.

...no les dejará huérfanos

Pero, ¿cómo es posible entrar en el misterio del Espíritu Santo? ¿Cómo se puede comprender el secreto del Amor? El pasaje evangélico nos lleva hoy al Cenáculo, donde, terminada la última Cena, una experiencia de desconcierto entristece a los apóstoles.

El motivo es que las palabras de Jesús suscitan interrogantes inquietantes: habla del odio del mundo hacia Él y hacia los suyos, habla de una misteriosa partida suya y queda todavía mucho por decir, pero por el momento los apóstoles no son capaces de cargar con el peso (Cf. Juan 16, 12). Para consolarles les explica el significado de su partida: se irá, pero volverá, mientras tanto no les abandonará, no les dejará huérfanos. Enviará el Consolador, el Espíritu del Padre, y será el Espíritu quien les permita conocer que la obra de Cristo es obra de amor: amor de Él que se ha entregado, amor del Padre que le ha dado.

Este es el misterio de Pentecostés: el Espíritu Santo ilumina el espíritu humano y, al revelar a Cristo crucificado y resucitado, indica el camino para hacerse más semejantes a Él, es decir, ser «expresión e instrumento del amor que proviene de Él» («Deus caritas est», 33). Reunida junto a María, como en su nacimiento, la Iglesia hoy implora:

«Veni Sancte Spiritus!» - «¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos fel fuego de tu amor!». Amén.


Homilía de Benedicto XVI en la misa de Pentecostés, domingo, 4 junio 2006.

24 may 2017

Espíritu Santo, verdadero protagonista de la Iglesia



Espíritu Santo, verdadero protagonista de la Iglesia

Reflexiones Pascua

Las raíces de nuestro ser y de nuestro actuar están en el silencio sabio y providente de Dios.

Por: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net 


En el día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió con potencia sobre los apóstoles; de este modo comenzó la misión de la Iglesia en el mundo. Jesús mismo había preparado a los once para esta misión al aparecérseles en varias ocasiones después de la resurrección (Cf. Hechos 1, 3). Antes de la ascensión al Cielo, «les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre» (Cf. Hechos 1, 4-5); es decir, les pidió que se quedaran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo, en espera de este acontecimiento prometido (Cf. Hechos 1, 14).

Permanecer juntos fue la condición que puso Jesús para acoger el don del Espíritu Santo; el presupuesto de su concordia fue la oración prolongada. De este modo se nos ofrece una formidable lección para cada comunidad cristiana. A veces se piensa que la eficacia misionera depende principalmente de una programación atenta y de su sucesiva aplicación inteligente a través de un compromiso concreto. Ciertamente el Señor pide nuestra colaboración, pero antes de cualquier otra repuesta se necesita su iniciativa: su Espíritu es el verdadero protagonista de la Iglesia. Las raíces de nuestro ser y de nuestro actuar están en el silencio sabio y providente de Dios.

(...)

El Espíritu Santo, hace que los corazones sean capaces de comprender las lenguas de todos

El Pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, se amplia hoy hasta superar toda frontera de raza, cultura, espacio y tiempo. A diferencia de lo que sucedió con la torre de Babel, cuando los hombres que querían construir con sus manos un camino hacia el cielo habían acabado destruyendo su misma capacidad de comprenderse recíprocamente, en el Pentecostés del Espíritu, con el don de las lenguas, muestra que su presencia une y transforma la confusión en comunión. El orgullo y el egoísmo del hombre siempre crean divisiones, levantan muros de indiferencia, de odio y de violencia. El Espíritu Santo, por el contrario, hace que los corazones sean capaces de comprender las lenguas de todos, pues restablece el puente de la auténtica comunicación entre la Tierra y el Cielo. El Espíritu Santo es el Amor.

...no les dejará huérfanos

Pero, ¿cómo es posible entrar en el misterio del Espíritu Santo? ¿Cómo se puede comprender el secreto del Amor? El pasaje evangélico nos lleva hoy al Cenáculo, donde, terminada la última Cena, una experiencia de desconcierto entristece a los apóstoles.

El motivo es que las palabras de Jesús suscitan interrogantes inquietantes: habla del odio del mundo hacia Él y hacia los suyos, habla de una misteriosa partida suya y queda todavía mucho por decir, pero por el momento los apóstoles no son capaces de cargar con el peso (Cf. Juan 16, 12). Para consolarles les explica el significado de su partida: se irá, pero volverá, mientras tanto no les abandonará, no les dejará huérfanos. Enviará el Consolador, el Espíritu del Padre, y será el Espíritu quien les permita conocer que la obra de Cristo es obra de amor: amor de Él que se ha entregado, amor del Padre que le ha dado.

Este es el misterio de Pentecostés: el Espíritu Santo ilumina el espíritu humano y, al revelar a Cristo crucificado y resucitado, indica el camino para hacerse más semejantes a Él, es decir, ser «expresión e instrumento del amor que proviene de Él» («Deus caritas est», 33). Reunida junto a María, como en su nacimiento, la Iglesia hoy implora:

«Veni Sancte Spiritus!» - «¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos fel fuego de tu amor!». Amén.


Homilía de Benedicto XVI en la misa de Pentecostés, domingo, 4 junio 2006.

1 may 2017

VER A JESÚS Y NO RECONOCERLE



 VER A JESÚS Y NO RECONOCERLE

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Impresiona el cuadro de Rembrandt sobre el episodio evangélico de los discípulos de Emaús. Es la silueta de Jesús lo que muestra la pintura ante el rostro de asombro, bien definido, del discípulo. Efectivamente, el día ya acababa y Jesús había aceptado la invitación de sus compañeros de camino. Le reconocieron a partir el pan… El comentario de los textos evangélicos de la Resurrección no es fácil porque todos ellos abren muchas posibilidades de interpretación. Por un lado queda claro que los seguidores del Maestro de Galilea sólo se convencieron de quien era Jesús cuando resucitó y se les apareció. La semana pasada asistíamos a la incredulidad de Tomás. Y este domingo, ciertamente, a la incredulidad de Cleofás y de su acompañante. Relatan que habían oído hablar a las mujeres de “apariciones de ángeles” y de que “algunos de los nuestros” encontraron el sepulcro vacío. Desde luego, no eran certezas, pero también esas posibilidades de que se cumpliera lo que Jesús había anunciado les podrían haber inspirado. Pero no. Marchaban, huían más bien, a su pueblo, totalmente hundidos y desilusionados.

2.- Se produce, además, ese ver a Jesús y no reconocerle, como le había pasado a María Magdalena. De ahí surge la idea de un nuevo aspecto del Maestro que le hace irreconocible. Aunque más bien habría que pensar que le iban a reconocer cuando creyeran, realmente, en él. Y es la voz de Jesús, en caso de la Magdalena y las manos y su forma de partir el pan para los de Emaús. Realmente, Jesús pudo mostrarse a todo el pueblo. Y su sola imagen de Resucitado en medio de la explanada del Templo habría producido algo así como un cataclismo. Muchos habrían creído en Él. En estos tiempos habría dado una rueda de prensa… Pero no era eso lo buscado. Dios no se impone. Dios busca lo más hondo del corazón de cada uno. Intenta ayudar, intenta convencer. “Nuestro corazón ardía”. Eso es.

3.- Pero es obvio que cuando Jesús, ya glorificado, decide permanecer junto a sus discípulos es porque a estos les quedaba mucho camino por recorrer. Siempre me hecho la siguiente pregunta: ¿fue imprescindible que el Señor resucitara para que sus discípulos se convencieran de que no era un rey temporal, ni un caudillo político? Pues, me parece que sí. A pesar de su enseñanza de muchas horas, de muchos días en sus tiempos de vida en la tierra. Y el ejemplo está en la muy significativa narración de San Lucas respecto a los de Emaús descubre que esos seguidores de Jesús sólo esperaban su triunfo político. Además, el evangelio de San Juan narra, al final, la pregunta de los Apóstoles sobre "si va a ser ahora cuando restablezcas el Reino de Israel". No parece muy adecuada esa pregunta cuando ya discípulos y seguidores se "enfrentan" a un Jesús prodigioso con capacidad para atravesar barreras físicas y temporales. Y, sin embargo, el planteamiento del "gran sueño" sigue en pie. No debemos extrañarnos de ello. Nosotros nos hemos acostumbrado a la Resurrección de Cristo y a su condición de Dios desde el principio. La enseñanza de la Iglesia así lo dice.

4.- Los coetáneos esperaban el triunfo del Mesías que, entre otras cosas, se pensaba que era un camino emancipador, al modo del de los Macabeos, y frente al invasor romano. No obstante, los temores de Caifás respecto a "que muriera un solo hombre por el resto del pueblo" aclara bastante la situación. También la religión oficial judía y en especial fariseos y saduceos siempre vieron a Jesús como a un líder social y político. Es cierto que el mensaje espiritual de Jesús era concluyente y que preconizaba un reino de paz y fraternidad, pero probablemente la alta magistratura judía pensó que el nuevo profeta buscaba hacerse con el poder que residía en ellos. No fueron capaces de entender que "el reino de Jesús no era de este mundo". Es obvio que tampoco lo habían visto sus seguidores y que tuvo que llegar el Espíritu Santo para darles a conocer la auténtica realidad. Aunque durante esos días posteriores a Resurrección todos --apóstoles, discípulos y seguidores— sintieran que "ardía su corazón mientras hablaba por el camino y explicaba las Escrituras".

5.- Será, pues, muchos meses y años después de la Ascensión cuando el recuerdo del periplo terrestre de Jesús comience a inscribirse en esa capacidad transcendente, espiritual, religiosamente propiamente dicha… y no política. Pero haría falta tiempo, insisto. En toda conversión hace falta ese tiempo y, al fin al cabo, la historia del cristianismo no es otra cosa que un conjunto continuado de conversiones. Y es esa cercanía del Dios "ya ausente" --en forma del Espíritu— lo que ayudará a mejor entender todos los matices. Y también en nuestro propio periplo actual, no podemos dejar de invocar al Dios altísimo para que nos ayude a mejor comprender lo que su hizo quiso hacer en los tiempos de su presencia terrestre. Es fácil asimilar la idea de que todos los cristianos de todas las épocas tenemos un gran parecido entre sí y dicha identidad se completa por la presencia de la Santísima Trinidad en nuestras almas, en nuestro espíritu, que nos enseña e ilustra, como lo hizo el Señor Jesús en esos tiempos posteriores a la Resurrección, con sus discípulos.

6.- Pedro, vicario de Cristo en la Tierra y primer Papa de la Iglesia, es protagonista de las otras dos lecturas. La segunda lectura es, precisamente, un texto sacado de su primera carta y que da una excelente referencia a la creación de nuestra fe. Dice: "Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza". La gran novedad que ofreció Jesús a los hombres es un conocimiento más certero de cómo era Dios Padre y de cómo conocida su "imagen invisible" sabemos que todo el amor y la ternura procede del Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Pero, a su vez el relato de los Hechos de los Apóstoles da la misma doctrina que la Carta de Pedro y, en su contenido, parecen --casi-- el mismo texto. Lo que se intenta es profundizar sobre la muerte y resurrección de Jesús en un contexto histórico determinado, para al superar dicho contexto testimoniar la fuerza de Dios y el poder de su Hijo. Poco importa ya como fueron aquellos hechos terribles de la muerte del Salvador, lo que queda es la prueba de su divinidad y del hecho fehaciente de que reina a la derecha de Dios.

7.- Hemos dicho muchas veces que este tiempo de Pascua hace más propicia, más profunda nuestra conversión. Y también que con la mirada del corazón puesta en estas escenas del tiempo posterior a la Resurrección podemos incrementar nuestra fe y nuestra esperanza. La importancia de la enseñanza de la Escritura ofrecida como liturgia en la misa de cada domingo es enorme. Hoy el episodio de los de Emaús en sencillamente impresionante. Se nos grava fuerte en nuestra conciencia. Y sus imágenes nos inspiran… El Señor camina a nuestro lado y no lo reconocemos. Muchas veces nos habrá pasado esto. Ver a Jesús, sin verlo, en cualquier episodio de nuestra vida. Y luego, al recapacitar un poco, descubriríamos que nos ardía el corazón en torno a ese hermano nuestro que sufría y nos necesitaba. Sin duda, era Jesús, pero no sabíamos verlo.

25 abr 2017

¡Madre, Yo Soy!



¡Madre, Yo Soy!

La sonrisa de María ha vuelto a su rostro, una sonrisa que jamás se volvería a ir. Es la sonrisa de la Alegría Pascual.


Por: Sergio Rosiles, LC | Fuente: Catholic.net 


El Shabbat había quedado atrás…

María finalmente fue presa del sueño. La noche anterior le había sido imposible dormir. Su corazón oprimido por el dolor y su mente confundida por pensamientos venidos de todas direcciones le habían impedido alcanzar el mínimo de serenidad necesario para conciliar el sueño.

Pero a la noche siguiente el agotamiento la venció. Cayó rendida en el cómodo diván que el bondadoso Nicodemo le había ofrecido al acogerla en su casa después de la apresurada sepultura del cuerpo de Jesús.

Dormía plácidamente, recostada sobre su costado izquierdo. Sería la tercera vigilia de la noche cuando Jesús se hizo presente en aquella espaciosa habitación sin hacer el menor ruido. El Señor se acercó al diván y se arrodilló ante María en profunda contemplación. Así pasó varios minutos. No solo las madres observan extasiadas a sus bebés; también los hijos agradecidos disfrutan velando el sueño apacible de sus padres. Era Dios admirando a la más excelsa y pura de sus creaturas; era el Hijo contemplando a la más tierna y generosa de las Madres.

El rostro de María aparecía lívido, como descolorido por tantas lágrimas que habían corrido por él y, sin embargo, no perdía su belleza virginal.



Jesús se acercó y depositó un beso en su sien derecha al mismo tiempo que acarició reverentemente la cabeza de su madre con su mano gloriosa. Y le susurró: “Madre, aquí estoy”.

¿Podía haberlo hecho de otra manera?

Este fue el momento de la Resurrección de María. Una claridad enrojeció la cortina de sus párpados aún cerrados, hasta que comenzó a abrirlos y vio el rostro radiante y sonriente de su hijo. Era una claridad que no hería. No se sobresaltó; acaso pensara que todo era un sueño, pero muy pronto se percató de que no lo era y se incorporó de golpe, quedando sentada en el diván con los ojos bien abiertos. Jesús seguía de rodillas, con la más hermosa de las sonrisas dibujada en su rostro sereno y luminoso.

“Madre, Yo Soy” (Ex 3, 14; Jn 8, 28), le dijo Jesús, tomándola de las manos. El rostro de María resucitó y recobró su color rosáceo como por arte de magia. Instintivamente María liberó sus manos de las de Jesús para llevarlas al rostro de su hijo y lo acarició. Hasta ese momento la emoción le había robado las palabras. Sólo pudo decir: “mi niño”. Las lágrimas desbordaron los diques de sus párpados y comenzaron a deslizarse por su rostro; eran lágrimas de un sabor muy distinto a todas las que había derramado el día anterior.

Finalmente María rompió el éxtasis: “¿Pero, cómo…?”  Jesús se limitó a responderle: “Madre, para esto he venido, para hacer nuevas todas las cosas. He triunfado para siempre sobre la muerte y sobre el pecado. Todo empieza de nuevo...”

Ella no necesitaba explicaciones lógicas o teológicas. Le era suficiente ver a su hijo vivo nuevamente. Fiel a su misión de intercesora, comenzó a hablarle de la tristeza de Pedro, del abatimiento de María Magdalena, del fin de Judas… de cómo se encontraban todos los demás. “No te preocupes –le dijo Jesús, iré a buscarlos a cada uno de ellos, ahí donde se encuentren. Y Judas… ten fe, está bien...”

Rayaba el alba y Jesús le dijo que debía irse a buscar a sus amigos, pero se volverían a ver más tarde. Los dos se fundieron en un abrazo que duró varios segundos; María recostó su cabeza sobre el hombro de su hijo y Él la acarició nuevamente con nobleza y ternura. Jesús se fue separando poco a poco, tomó el rostro de María con sus manos y la besó en la frente. María tomó las manos de su hijo y por primera vez vio las huellas de su pasión; reverentemente las besó como hace toda madre con las manos de su hijo sacerdote. Jesús se puso de pie, se apartó un poco, y con una sonrisa pícara, sin moverse, fue desapareciendo lentamente de su vista, ante la sorpresa de María. Ella entonces cayó de rodillas y comenzó a orar como solía: “Magnificat Anima mea Dominum…”

La sonrisa había vuelto a su rostro, una sonrisa que jamás se volvería a ir. Era la sonrisa de la Alegría Pascual.

Sí, el Shabbat había visto su ocaso, y esta vez para siempre. Había cedido su lugar al Dies Domini*…

Comentarios al autor P. Sergio Rosiles, LC


24 abr 2017

Jesucristo, muestra de la misericordia del Padre



Jesucristo, muestra de la misericordia del Padre

No te preguntes ya, oh hombre, por qué tienes que sufrir tú; pregúntate más bien por qué sufrió él.

Por: De los sermones de San Bernardo | Fuente: www.la-oracion.com 


Dios, nuestro Salvador; hizo aparecer su misericordia y su amor por los hombres. Demos gracias a Dios, pues por él abunda nuestro consuelo en esta nuestra peregrinación, en éste nuestro destierro, en ésta vida tan llena aún de miserias.

Antes de que apareciera la humanidad de nuestro Salvador, la misericordia de Dios estaba oculta; existía ya, sin duda, desde el principio, pues la misericordia del Señor es eterna, pero al hombre le era imposible conocer su magnitud. Ya había sido prometida, pero el mundo aún no la había experimentado y por eso eran muchos los que no creían en ella. Dios había hablado, ciertamente, de muchas maneras por ministerio de los profetas. Y había dicho: Sé muy bien lo que pienso hacer con ustedes: designios de paz y no de aflicción. Pero, con todo, ¿qué podía responder el hombre, que únicamente experimentaba la aflicción y no la paz? "¿Hasta cuándo - pensaba- irán anunciando: «Paz, paz», cuando no hay paz?" Por ello los mismos mensajeros de paz lloraban amargamente, diciendo: Señor, ¿quién ha dado fe a nuestra predicación? Pero ahora, en cambio, los hombres pueden creer, por lo menos, lo que ya contemplan sus ojos; ahora los testimonios de Dios se han hecho sobremanera dignos de fe, pues, para que este testimonio fuera visible, incluso a los que tienen la vista enferma, el Señor le ha puesto su tienda al sol.

Ahora, por tanto, nuestra paz no es prometida, sino enviada; no es retrasada, sino concedida; no es profetizada, sino realizada: el Padre ha enviado a la tierra algo así como un saco lleno de misericordia; un saco, diría, que se romperá en la pasión, para que se derrame aquel precio de nuestro rescate, que él contiene; un saco que, si bien es pequeño, está totalmente lleno. En efecto, un niño se nos ha dado, pero en este niño habita toda la plenitud de la divinidad. Esta plenitud de la divinidad se nos dio después que hubo llegado la plenitud de los tiempos. Vino en la carne para mostrarse a los que eran de carne y, de este modo, bajo los velos de la humanidad, fue conocida la misericordia divina; pues, cuando fue conocida la humanidad de Dios, ya no pudo quedar oculta su misericordia. ¿En qué podía manifestar mejor el Señor su amor a los hombres sino asumiendo nuestra propia carne? Pues fue precisamente nuestra carne la que asumió, y no aquella carne de Adán que antes de la culpa era inocente.

¿Qué cosa manifiesta tanto la misericordia de Dios como el hecho de haber asumido nuestra miseria? ¿Qué amor puede ser más grande que el del Verbo de Dios, que por nosotros se ha hecho como la hierba débil del campo? Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Que comprenda, pues, el hombre hasta qué punto Dios cuida de él; que reflexione sobre lo que Dios piensa y siente de él.

No te preguntes ya, oh hombre, por qué tienes que sufrir tú; pregúntate más bien por qué sufrió él. De lo que quiso sufrir por ti puedes concluir lo mucho que te estima; a través de su humanidad se te manifiesta el gran amor que tiene para contigo. Cuanto menor se hizo en su humanidad, tanto mayor se mostró en el amor que te tiene, cuanto más se abajó por nosotros, tanto más digno es de nuestro amor. Dios, nuestro Salvador -dice el Apóstol-, hizo aparecer su misericordia y su amor por los hombres. ¡Qué grande y qué manifiesta es esta misericordia y este amor de Dios a los hombres! Nos ha dado una grande prueba de su amor al querer que el nombre de Dios fuera añadido al título de hombre.


23 abr 2017

LA PRESENCIA VIVA DE JESÚS EN LA COMUNIDAD



LA PRESENCIA VIVA DE JESÚS EN LA COMUNIDAD

Por José María Martín OSA

1.- El ideal de vida de la comunidad cristiana. El texto del Libro de los Hechos, que proclamamos hoy, frecuentemente se utiliza como una descripción histórica de la primera comunidad cristiana. A partir de ahí se sacan consecuencias, a veces polémicas o desalentadoras, comparándolo con las comunidades cristianas actuales. Pero esa interpretación es demasiado idealista. Parece claro que Lucas no pretende tal descripción histórica y que, de hecho, las cosas no pasaron tal como están presentadas aquí. Todo ello no quiere decir que el texto en cuestión no sea útil. Todo lo contrario. Lucas quiere mostrar cuál es la comunidad cristiana ideal, a dónde ha de tender todo grupo cristiano en la convivencia y cómo ha de repercutir la fe en los aspectos materiales y económicos. Lo cual sería, por otra parte, el mismo mensaje que se desprendería del posible hecho histórico. El contenido sigue siendo el mismo. Pero no nos desanimemos ante la situación actual de las comunidades, pensando que no hemos hecho sino ir hacia atrás. Más bien pretendamos acercarnos a esta meta: conseguir la comunidad de amor, comunidad de vida y comunidad de bienes. Vivir unidos en la oración y en la celebración de la Eucaristía (fracción del pan).

2.- Dios no abandona a sus fieles. El canto del Salmo 117 revela claramente un uso litúrgico en el interior del templo de Jerusalén. En efecto, en su trama parece desarrollarse una procesión, que comienza entre las "tiendas de los justos", es decir, en las casas de los fieles. Estos exaltan la protección de la mano de Dios, capaz de tutelar a los rectos, a los que confían en él incluso cuando irrumpen adversarios crueles. Al ser liberado de ese peligro, el pueblo de Dios prorrumpe en "cantos de victoria" en honor de la "poderosa diestra del Señor", que ha obrado maravillas. Por consiguiente, los fieles son conscientes de que nunca están solos, a merced de la tempestad desencadenada por los malvados. En verdad, Dios tiene siempre la última palabra; aunque permite la prueba de su fiel, no lo entrega a la muerte. Para expresar la dura prueba que Jesús ha superado y la glorificación que ha tenido como consecuencia, le compara a la "piedra que desecharon los arquitectos", transformada luego en "la piedra angular".

3.-La fidelidad a Jesús produce alegría. La primera Carta de Pedro destaca que el seguimiento de Jesús es vivido con alegría aun en medio de la dificultad. Podríamos decir que se asume con estilo deportivo. El evangelio es siempre buena noticia y nunca amarga la vida. Es lo contrario de un cristianismo de cumplimientos mínimos o de actitud resignada. Será precisamente esta satisfacción interior la fuerza psicológica que moverá espontáneamente a la evangelización de los demás. La diferencia entre el obrar por amor y el obrar por obligación no sólo tiene repercusiones en el interior del sujeto, sino también en su talante exterior.

4. Jesús resucitado ha vencido las ataduras de la muerte. Los discípulos, que habían comenzado su éxodo siguiendo a Jesús, se encuentran desamparados en medio de un ambiente hostil. No tienen experiencia de Jesús vivo. Pero están en la noche en que el Señor va a sacarlos de la opresión. Jesús viene a liberar a los suyos. Su primer saludo de paz recuerda a los discípulos su presencia anterior en medio de ellos y su victoria, eliminando el miedo y la incertidumbre. Se les da a conocer como el que les demuestra su amor hasta la muerte, con las señales que indican su poderío (manos) y la permanencia de su amor (costado). Ante el testimonio de amor que la comunidad tiene que dar, sucederá lo mismo que sucedió con Jesús: habrá quienes lo acepten y den su adhesión y quienes se endurezcan en su actitud hostil al hombre. Como Jesús, pues, la comunidad es mediación de salvación o de condena, no porque ella enjuicie a nadie, sino porque la actitud que se adopte ante ella refrendará lo que cada uno es y decide de por sí.

5.- Jesús resucitado está presente en la comunidad. La fe en Jesús vivo y resucitado consiste en reconocer su presencia en la comunidad de los creyentes, que es el lugar natural donde él se manifiesta y de donde irradia su amor. Tomás representa la figura de aquél que no hace caso del testimonio de la comunidad ni percibe los signos de la nueva vida que en ella se manifiestan. En lugar de integrarse y participar de la misma experiencia, pretende obtener una demostración particular. No quiere aceptar que Jesús vive realmente y que la señal tangible de ello es la comunidad transformada en la que ahora se encuentra. La comunidad transformada es ahora lo importante: ella es el medio que las generaciones posteriores tendrán para saber que Jesús vive realmente.

22 abr 2017

Jesucristo, muestra de la misericordia del Padre



Jesucristo, muestra de la misericordia del Padre

No te preguntes ya, oh hombre, por qué tienes que sufrir tú; pregúntate más bien por qué sufrió él.

Por: De los sermones de San Bernardo | Fuente: www.la-oracion.com 


Dios, nuestro Salvador; hizo aparecer su misericordia y su amor por los hombres. Demos gracias a Dios, pues por él abunda nuestro consuelo en esta nuestra peregrinación, en éste nuestro destierro, en ésta vida tan llena aún de miserias.

Antes de que apareciera la humanidad de nuestro Salvador, la misericordia de Dios estaba oculta; existía ya, sin duda, desde el principio, pues la misericordia del Señor es eterna, pero al hombre le era imposible conocer su magnitud. Ya había sido prometida, pero el mundo aún no la había experimentado y por eso eran muchos los que no creían en ella. Dios había hablado, ciertamente, de muchas maneras por ministerio de los profetas. Y había dicho: Sé muy bien lo que pienso hacer con ustedes: designios de paz y no de aflicción. Pero, con todo, ¿qué podía responder el hombre, que únicamente experimentaba la aflicción y no la paz? "¿Hasta cuándo - pensaba- irán anunciando: «Paz, paz», cuando no hay paz?" Por ello los mismos mensajeros de paz lloraban amargamente, diciendo: Señor, ¿quién ha dado fe a nuestra predicación? Pero ahora, en cambio, los hombres pueden creer, por lo menos, lo que ya contemplan sus ojos; ahora los testimonios de Dios se han hecho sobremanera dignos de fe, pues, para que este testimonio fuera visible, incluso a los que tienen la vista enferma, el Señor le ha puesto su tienda al sol.

Ahora, por tanto, nuestra paz no es prometida, sino enviada; no es retrasada, sino concedida; no es profetizada, sino realizada: el Padre ha enviado a la tierra algo así como un saco lleno de misericordia; un saco, diría, que se romperá en la pasión, para que se derrame aquel precio de nuestro rescate, que él contiene; un saco que, si bien es pequeño, está totalmente lleno. En efecto, un niño se nos ha dado, pero en este niño habita toda la plenitud de la divinidad. Esta plenitud de la divinidad se nos dio después que hubo llegado la plenitud de los tiempos. Vino en la carne para mostrarse a los que eran de carne y, de este modo, bajo los velos de la humanidad, fue conocida la misericordia divina; pues, cuando fue conocida la humanidad de Dios, ya no pudo quedar oculta su misericordia. ¿En qué podía manifestar mejor el Señor su amor a los hombres sino asumiendo nuestra propia carne? Pues fue precisamente nuestra carne la que asumió, y no aquella carne de Adán que antes de la culpa era inocente.

¿Qué cosa manifiesta tanto la misericordia de Dios como el hecho de haber asumido nuestra miseria? ¿Qué amor puede ser más grande que el del Verbo de Dios, que por nosotros se ha hecho como la hierba débil del campo? Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Que comprenda, pues, el hombre hasta qué punto Dios cuida de él; que reflexione sobre lo que Dios piensa y siente de él.

No te preguntes ya, oh hombre, por qué tienes que sufrir tú; pregúntate más bien por qué sufrió él. De lo que quiso sufrir por ti puedes concluir lo mucho que te estima; a través de su humanidad se te manifiesta el gran amor que tiene para contigo. Cuanto menor se hizo en su humanidad, tanto mayor se mostró en el amor que te tiene, cuanto más se abajó por nosotros, tanto más digno es de nuestro amor. Dios, nuestro Salvador -dice el Apóstol-, hizo aparecer su misericordia y su amor por los hombres. ¡Qué grande y qué manifiesta es esta misericordia y este amor de Dios a los hombres! Nos ha dado una grande prueba de su amor al querer que el nombre de Dios fuera añadido al título de hombre.


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17 abr 2017

El Amor, más fuerte que la muerte



EL AMOR, MÁS FUERTE QUE LA MUERTE


 Era todavía de noche y todo estaba a oscuras. Era muy de madrugada cuando María Magdalena, empujada por su amor a Jesús sale hacia el sepulcro, junto con las otras mujeres, que como ella estaban ansiosas de ultimar el sepelio del cuerpo del Señor, de rendirle el último servicio. La muerte no les arredra porque el amor es más fuerte. El cariño, en efecto, pervive aún después de la muerte del ser querido. El amor intuye que el ser amado sigue presente de alguna forma, cercano y entrañable como siempre, e incluso más aún.

El hombre, a pesar de su condición humana, que a menudo se niega a creer en el más allá, en la existencia de otra vida diversa de ésta, a pesar de su "si no lo veo no lo creo", tiene como un misterioso sentido que le hace intuir que no todo termina con la muerte, y que en un sepulcro, donde sólo hay restos mortales, existe algo de ese ser querido que merece todavía el cariño y el recuerdo que encierran unas flores, una oración o simplemente una lámpara encendida.

Por eso las mujeres caminaban presurosas al rayar el alba, deseosas de honrar después de la muerte a quien tanto habían amado cuando estaba vivo. Por otra parte reflejaban con su conducta ese culto a los difuntos, tan arraigado en el judaísmo, y en las demás religiones. Es un fenómeno que indica la clara conciencia que tienen los hombres de una vida, la que sea, después de la muerte.

De hecho, la resurrección de Jesucristo es una confirmación de esa verdad sobre la vida eterna. Es este un motivo de esperanza y de gozo para cuantos estamos destinados a morir, viendo cómo la muerte nos ronda, o nos roza incluso con su fría y terrible guadaña. También es, sin duda, un motivo de gran consuelo el saber que nuestros seres queridos, esos que atravesaron el muro de la tumba, siguen vivos en alguna parte, capaces de seguir queriéndonos y de protegernos, necesitados quizá de nuestra ayuda, esa que le podemos prestar con una oración, con la aplicación de una Misa, con la entrega de una limosna, o de cualquier otra buena acción.

Por eso para un cristiano no tiene sentido la tristeza ante la muerte, no se entiende el miedo y la angustia. Hoy, fiesta de la Pascua, cuando celebramos la Resurrección de Jesucristo, el corazón debe llenársenos de esperanza, de ánimo y de buenos deseos, de ganas de vivir de tal forma que no nos importe morir. Vivir con esa fe es dar contenido y valor a toda nuestra existencia, infundir optimismo y esperanza permanente.