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29 nov 2022

Sobre el Tiempo de Adviento

 



Sobre el Tiempo de Adviento

Ha llegado, amadísimos hermanos, aquel tiempo tan importante y solemne, que, como dice el Espíritu Santo, es tiempo favorable, día de la salvación, de la paz y de la reconciliación; el tiempo que tan ardientemente desearon los patriarcas y profetas y que fue objeto de tantos suspiros y anhelos; el tiempo que Simeón vio lleno de alegría, que la Iglesia celebra solemnemente y que también nosotros debemos vivir en todo momento con fervor, alabando y dando gracias al Padre eterno por la misericordia que en este misterio nos ha manifestado. El Padre, por su inmenso amor hacia nosotros, pecadores, nos envió a su Hijo único, para libramos de la tiranía y del poder del demonio, invitarnos al cielo e introducimos en lo más profundo de los misterios de su reino, manifestarnos la verdad, enseñarnos la honestidad de costumbres, comunicarnos el germen de las virtudes, enriquecernos con los tesoros de su gracia y hacernos sus hijos adoptivos y herederos de la vida eterna.

La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos.

La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.

Por eso, durante este tiempo, la Iglesia, como madre amantísima y celosísima de nuestra salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y otras palabras del Espíritu Santo y de diversos ritos, a recibir convenientemente y con un corazón agradecido este beneficio tan grande, a enriquecernos con su fruto y a preparar nuestra alma para la venida de nuestro Señor Jesucristo con tanta solicitud como si hubiera él de venir nuevamente al mundo. No de otra manera nos lo enseñaron con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo Testamento para que en ello los imitáramos.

De las Cartas pastorales de san Carlos Borromeo, obispo

(Acta Ecclesiae Mediolanensis, t. 2, Lyon 1683, 916-917)

21 dic 2021

El mundo entero espera la respuesta de María



 El mundo entero espera la respuesta  de María


Has oído, Virgen, que concebirás y darás a luz un hijo. Has oído que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta: ya es tiempo de que vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, condenados a muerte por una sentencia divina, esperamos, Señora, tu palabra de misericordia.

En tus manos está el precio de nuestra salvación; si consientes, de inmediato seremos liberados. Todos fuimos creados por la Palabra eterna de Dios, pero ahora nos vemos condenados a muerte; si tú das una breve respuesta, seremos renovados y llamados nuevamente a la vida.

Virgen llena de bondad, te lo pide el desconsolado Adán, arrojado del paraíso con toda su descendencia. Te lo pide Abraham, te lo pide David. También te lo piden ardientemente los otros patriarcas, tus antepasados, que habitan en la región de la sombra de muerte. Lo espera todo el mundo, postrado a tus pies.

Y no sin razón, ya que de tu respuesta depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación de todos los hijos de Adán, de toda tu raza.

Apresúrate a dar tu consentimiento, Virgen, responde sin demora al ángel, mejor dicho, al Señor, que te ha hablado por medio del ángel. Di una palabra y recibe al que es la Palabra, pronuncia tu palabra humana y concibe al que es la Palabra divina, profiere una palabra transitoria y recibe en tu seno al que es la Palabra eterna.

¿Por qué tardas?, ¿por qué dudas? Cree, acepta y recibe. Que la humildad se revista de valor, la timidez de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal olvide ahora la prudencia. Virgen prudente, no temas en este caso la presunción, porque, si bien es amable el pudor en el silencio, ahora es más necesario que en tus palabras resplandezca la misericordia.

Abre, Virgen santa, tu corazón a la fe, tus labios al consentimiento, tu seno al Creador. Mira que el deseado de todas las naciones está junto a tu puerta y llama. Si te demoras, pasará de largo y entonces, con dolor, volverás a buscar al que ama tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por el amor, abre por el consentimiento. Aquí está —dice la Virgen— la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.De las Homilías de san Bernardo, abad, Sobre las excelencias de la Virgen Madre

(Homilía 4, 8-9: Opera omnia, edición cisterciense 4 [1966], 53-54)


6 dic 2021

Meditación sobre el Adviento

 


Meditación sobre el Adviento

1. Nuestro encuentro de hoy nos brinda ocasión para la cuarta y última meditación sobre el Adviento.

El Señor está cerca, nos lo recuerda cada día la liturgia del Adviento. Esta cercanía del Señor la sentimos todos: tanto nosotros, sacerdotes, rezando cada día las maravillosas «antífonas mayores» del Adviento, como todos los cristianos que tratan de preparar el corazón y la conciencia para su venida. Sé que en este período los confesionarios de las iglesias de mi patria, Polonia, están asediados (no menos que en Cuaresma). Pienso que ocurra también así en Italia y dondequiera que un profundo espíritu de fe hace sentir la necesidad de abrir el alma al Señor que está para venir. La alegría mayor de esta espera del Adviento es la que viven los niños. Recuerdo que precisamente ellos iban deprisa, muy contentos, a las parroquias de mi patria para las misas de la aurora (llamadas «Rorate...» por la palabra con que se abre la liturgia: Rorate coeli, «gotead, cielos, desde arriba» (Is 45, 8). Ellos contaban día tras día los «peldaños» que todavía quedaban en la «escalera celeste» por la que Jesús bajaría a la tierra, para poderlo encontrar en la Nochebuena sobre el pesebre de Belén.

¡El Señor está cerca!

El pecado

2. Hace ya una semana hablábamos de este acercarse del Señor. Efectivamente, éste era el tercer tema de las reflexiones del miércoles, elegidas para el Adviento de este año. Hemos meditado sucesivamente, trasladándonos a los orígenes mismos de la humanidad, es decir, al libro del Génesis, las verdades fundamentales del Adviento. Dios que crea (Elohim) y en esta creación se revela simultáneamente a Sí mismo; el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, «refleja» a Dios en el mundo visible creado. Estos son los temas primeros y fundamentales de nuestras meditaciones durante el Adviento. Después, el tercer tema puede resumirse brevemente en la palabra: «gracia», «Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4). Dios quiere que el hombre se haga partícipe de su verdad, de su amor, de su misterio, para que pueda participar en la vida del mismo Dios. «E1 árbol de la vida» simboliza esta realidad ya desde las primeras páginas de la Sagrada Escritura Pero en estas mismas páginas nos encontramos también con otro árbol: el libro del Génesis lo llama «el árbol de la ciencia del bien y del mal» (Gén 2, 17). Para que el hombre pueda comer el fruto del árbol de la vida, no debe tocar el fruto del árbol «de la ciencia del bien y del mal». Esta expresión puede sonar a leyenda arcaica. Pero profundizando más en «la realidad del hombre», como nos es dado entenderla en su historia terrena —tal como a cada uno nos habla de ella nuestra experiencia humana interior y nuestra conciencia moral—, nos damos cuenta mejor de que no podemos permanecer indiferentes, moviendo los hombros antes estas imágenes bíblicas primitivas. ¡Cuánta carga de verdad existencial contienen acerca del hombre! Verdad que cada uno de nosotros siente como propia. Ovidio, el antiguo poeta romano, pagano, ¿acaso no ha dichode manera explícita: Video meliora proboque, deteriora sequor: «Veo lo que es mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor» (Metamorfosis VII 20)? Sus palabras no distan mucho de las que más tarde escribió San Pablo: «No sé lo que hago; pues no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (Rom 7, 15). El hombre mismo, después del pecado original, está entre «el bien y el mal».

«La realidad del hombre» —la más profunda «realidad del hombre»— parece desenvolverse continuamente entre lo que desde el principio ha sido definido como el «árbol de la vida» y «el árbol de la ciencia del bien y del mal». Por esto, en nuestras meditaciones sobre el Adviento, que miran a las leyes fundamentales, a las realidades esenciales, no se puede excluir otro tema: esto es, el que se expresa con la palabra: pecado.

La dimensión ética de la vida humana

3. Pecado. El catecismo nos dice, de manera sencilla y fácil de recordar, que es la transgresión del mandamiento de Dios. Indudablemente el pecado es la transgresión de un principio moral, violación de una «norma» —y sobre esto todos están de acuerdo, aun los que no quieren oír hablar de «los mandamientos de Dios»—. También ellos están concordes en admitir que las principales normas morales, los más elementales principios de conducta, sin los cuales no es posible la vida y la convivencia entre los hombres, son precisamente los que nosotros conocemos como «mandamientos de Dios» (en particular, el cuarto, el quinto, el sexto, el séptimo y el octavo). La vida del hombre, la convivencia entre los hombres, se desarrolla en una dimensión ética, y ésta es su característica esencial, y es también la dimensión esencial de la cultura humana.


Querría, sin embargo, que hoy nos centráramos sobre aquel «primer pecado» que —a pesar de cuanto se piensa comúnmente— está descrito con tanta precisión en el libro del Génesis, que demuestra toda la profundidad de la «realidad del hombre» encerrada en él. Este pecado «nace» al mismo tiempo «del exterior», es decir, de la tentación, y «de dentro». La tentación se expresa con la siguientes palabras del tentador: «Sabe Dios que el día en que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal» (Gén 3, 5). El contenido de la tentación toca lo que el mismo Creador ha plasmado en el hombre —porque, de hecho, ha sido creado a «semejanza de Dios», que quiere decir «igual que Dios»—. Toca también al anhelo de conocer que hay en el hombre y al anhelo de dignidad. Sólo que lo uno y lo otro se falsifica de tal manera, que tanto el anhelo de conocer como el de dignidad —es decir, la semejanza con Dios—, en el hecho de la tentación, son utilizados para contraponer al hombre con Dios. El tentador coloca al hombre contra Dios, sugiriéndole que Dios es su adversario, el cual intenta mantener al hombre en el estado de «ignorancia»; que pretende «limitarlo» para subyugarlo. El tentador dice: «No, no moriréis; es que sabe Dios que el día en que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal» (según la antigua versión: «seréis como Dios» (Gén 3, 4?5).

Es preciso meditar, más de una vez esta descripción «arcaica». No sé si aun en la Sagrada Escritura se pueden encontrar otros muchos pasajes en los que se describa la realidad del pecado no sólo en su forma de origen, sino también en su esencia, esto es, donde se presente la realidad del pecado en dimensiones tan plenas y profundas, demostrando cómo el hombre haya utilizado contra Diosprecisamente lo que en él había de Dios, lo que debía servir para acercarlo a Dios.

Viene el Señor

4. ¿Por qué hablamos hoy de todo esto? Para comprender mejor el Adviento. Adviento quiere decir Dios que viene, porque quiere que «todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4). Viene porque ha creado al mundo y al hombre por amor, y con él ha establecido el orden de la gracia. Pero viene «por causa del pecado», viene «a pesar del pecado», viene para quitar el pecado.

Por eso no nos extrañamos de que, en la noche de Navidad, no encuentre sitio en las casas de Belén y deba nacer en un establo (en la cueva que servía de refugio a los animales).

Pero lo más importante es el hecho de que Él viene.

El adviento de cada año nos recuerda que la gracia, es decir, la voluntad de Dios para salvar al .hombre, es más poderosa que el pecado.

Catequesis del Papa Juan Pablo II

20 de diciembre de 1978

1 dic 2021

La grandeza de lo pequeño



La grandeza de lo pequeño
Reflexiones Adviento y Navidad

Un par de peregrinos tocarán a la puerta de nuestro corazón pidiendo un lugar para que el Hijo de Dios pueda nacer.

Por: Christian David Garrido F. L.C. | Fuente: Catholic.net 


En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: « Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. »
Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: « ¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron. (Lc. 10. 21-24)

“Yo te alabo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y las revelaste a los pequeños.” Estas palabras encierran un misterio y una paradoja para la lógica humana. Los más grandes acontecimientos de su vida, Cristo no los quiso revelar a quienes, según el mundo, son “los sabios y prudentes”. Él tiene una manera diferente para calificar a los hombres.

Para Dios no existen los instruidos y los iletrados, los fuertes y los débiles, los conocedores y los ignorantes. No busca a las personas más capaces de la tierra para darse a conocer, sino a las más pequeñas, pues sólo estas poseen la única sabiduría que tiene valor: la humildad.

Las almas humildes son aquellas que saben descubrir la mano amorosa de Dios en todos los momentos de su vida, y que con amor y resignación se abandonan con todas sus fuerzas a la Providencia divina, conscientes de que son hijos amados de Dios y que jamás se verán defraudadas por Él. La humildad es la llave maestra que abre la puerta de los secretos de Dios. Es la gran ciencia que nos permite conocerle y amarle como Padre, como Hermano, como Amigo.

El adviento es tiempo de preparación, un momento fuerte de ajuste en nuestras vidas. Esforcémonos, pues, por ser almas sencillas, almas humildes que sean la alegría y la recreación de Dios. Cristo niño volverá a nacer en medio de la más profunda humildad como lo hiciera hace más de dos mil años. Un par de peregrinos tocarán a la puerta de nuestro corazón pidiendo un lugar para que el Hijo de Dios pueda nacer. ¿Cómo podremos negarle nuestro corazón a Dios, que nos pide un corazón humilde y sencillo en el cual pueda nacer?


“Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven, porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron, y oír lo que oyen, y no lo oyeron.”


22 dic 2019

Y con María...La esperanza se hizo niño



Y CON MARIA… LA ESPERANZA SE HIZO NIÑO

Por Javier Leoz

1. Poco margen tenemos, en el presente año, entre el IV Domingo de Adviento y la Natividad del Señor. Pero, incluso en ese corto espacio, María emerge como la gran figura de esta liturgia que nos llevará, mañana ya, a la Solemne Misa del Gallo.

No podía faltar, María Madre de Dios, como aquella que nos trae al Salvador en este tiempo de adviento que es periodo de espera y de esperanza.

Y, con María, llegó la expectación. ¡Todo está a punto de cumplirse! El “sí” de aquella mañana en Nazaret, nos traerá en las próximas horas al Dios con nosotros. Creyó, esperó y se brindó a todo lo que Dios le pidió. ¿Se puede aguardar más de una mujer que fue un cheque en blanco para el Señor?

María, la mujer que se vació totalmente para Dios, está llena a rebosar del Espíritu. Colmada de las promesas que nuestros antiguos confiaban en ver. Seremos nosotros los que en el día de Navidad, contemplemos cara a cara lo que ha germinado en el interior de una Virgen.

A Ella, y no lo olvidemos, le debemos la primera Navidad. ¿Cómo celebrar cristianamente estos próximos días? ¿En dónde poner el acento? ¿Cómo conseguir que Dios siga naciendo en nosotros?

No lo dudemos, en María, tenemos la respuesta. Sus actitudes, su forma de ser, su personalidad y su figura, nos dan el tono para desarrollar la melodía que a Dios más le gusta.

No lo dudemos, en María, se dan una serie de virtudes y de gracias que, al imitarlas, a la fuerza damos con el secreto y en el clavo para complacer a Dios y para hacer el Evangelio realidad.

¡Sí! Con María llegó la esperanza. No podemos dejar de lado a ninguna de las dos: ni a Maria, porque es fuente de esperanza, ni a la esperanza, porque es la mejor radiografía de una mujer que amó en su corazón y con locura a Dios, mucho antes que recibirlo en sus propias entrañas.

2. ¡Qué gran pórtico el de la Navidad! ¡María Virgen! Celebremos con gozo santo estos próximos días. Dejémonos guiar por esta estrella que ilumina los senderos que conducen a Belén. Miremos a esta mujer que, siendo pequeña, es grande y confidente en cuanto que nos enseña a renovar nuestras personas para que Dios pueda también en nosotros nacer.

Miremos hacia el cielo ¿No la veis? ¿Quién ha dicho que solo aparecerá una estrella en el amplio universo? Hoy, en este cuarto domingo de adviento, María es también un destello que marca los compases del caminante que quiere marchar sin detenerse hacia Belén.

Que apuremos estas últimas horas. Preparemos, por supuesto, el encuentro familiar: la mesa, los dulces, el calor, el belén o el árbol. Pero, que entre todo ello, no olvidemos lo más importante. Dios para nacer necesita de un corazón bien dispuesto. Que cuando llegue en las próximas horas encuentre también una oración en nuestras casas. Que los villancicos sean un distintivo musical de estas jornadas, que además de familiares, son días de fe. En definitiva, ya que Dios sale a nuestro encuentro en un Niño que se mueve en los fondos de Santa María, que salgamos también nosotros alegres, llenos de fe, preparados, convertidos y dispuestos a que sean unas navidades santas y cristianas.

15 dic 2019

Preguntemos a Jesús



PREGUNTEMOS A JESÚS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El Evangelio de este Tercer Domingo de Adviento plantea uno de los aspectos más difíciles de todo el relato de la Buena Nueva. Juan, el Bautista, hace preguntar a Jesús por la autenticidad de la misión como Mesías. El tema contrasta con las afirmaciones inequívocas que Juan ha hecho del mismo Cristo. El Bautista ya está en prisión y, probablemente, a pesar de su austeridad y de su escasa búsqueda de satisfacciones, siente la incertidumbre ante que no sea ese el camino de ambos: de Jesús y el suyo, el más adecuado. No es difícil imaginar la inquietud que sufre Juan cuando envía a sus discípulos con tal embajada. Quien había anunciado hasta el heroísmo la llegada del Salvador, duda en los últimos momentos. No es raro porque la psicología humana vive y lucha en un mundo de realidades inseguras y de creencias sometidas, siempre, a la duda. Ahí es donde hace falta el apoyo del Señor para no perder el camino.

2.- En la vida de los creyentes existen esos periodos de duda permanente, de vacilación. Parece como si Dios nos hubiese abandonado, aunque también ocurre que nosotros mismos somos capaces de crear unas expectativas que nada tienen que ver con el camino trazado por Dios. Sea como sea, con momentos terribles. Y dicha situación nos sirve para presentar aquí el frecuente camino de discrepancia que parece inundar todo el ambiente cristiano en muchas ocasiones. No es bastante con las separaciones, cismas o lejanías entre los seguidores de Cristo. En el mismo seno de la Iglesia Católica acontecen esas continuas acciones de discrepancia que, en la mayoría de los casos, no sirven para mucho. ¿Podría Dios librarnos de ellas y conseguir que el Espíritu Santo velase, siempre, por nuestra unidad de criterio? ¿Es eso lo deseable? No. Parece que no. En el trasfondo de cada discrepancia aflora la libertad de cada uno para pensar y opinar. Y Dios nos ha creado libres, aunque a veces reneguemos de esa libertad por lo costosa que es para nosotros ante, precisamente, esas posibilidades de cambios.

3.- Y ante la duda, ¿qué hacer? Pues lo mismo que hizo el Bautista: preguntar a Jesús. Y ante eso, sin duda, llegará la respuesta. Hay que aceptar la discrepancia, pero no hay que sacarla del ámbito de nuestra fe, ni tampoco intentar que nuestras posiciones sean las que ganen. Hay una necesidad permanente de conversar con el Señor --eso es la oración-- y ante lo que pedimos siempre nos llegará respuesta. Es necesario tener abiertos los ojos del corazón para recibir y discernir esa respuesta. En cualquiera de los casos, una nueva duda traerá otra petición de conocimiento a Dios y así sucesivamente. No hay más camino que el de la oración como posición final de nuestras dudas. Ciertamente, que será necesario estudiar y documentarse y, por supuesto, meditar en los caminos ya trazados por el Magisterio de la Iglesia.

4.- La experiencia demuestra que las convicciones humanas, sociales, históricas o ambientales influyen a veces más que las estrictamente religiosas. Hay una tendencia muy actual a valorar las posiciones en la Iglesia como progresistas o conservadoras. Y, en realidad, ambas definiciones suelen ser utilizadas como arma arrojadiza. Hay un ejemplo muy extendido en algunos medios de comunicación al referirse al actual Pontífice y tildarle de muy progresista. No es aceptable la idea de que Francisco sea un Papa revolucionario, pues es, a su vez, muy de los tiempos contemporáneos, muy de lo que la gente espera ahora de la Iglesia. Y unos temas pueden ser muy conservadores y otros. muy progresistas.

5.- El Evangelio habla de vida, paz, pacíficos, amor a los enemigos, humildad, mansedumbre y todo eso es lo contrario a la justicia inapelable, al castigo ejemplar, a soluciones últimas. Se supone que si nosotros somos buenos, nuestros enemigos serán los malos, los asesinos, los desalmados, los que merecen la pena de muerte. Y si les amamos, tenemos que perdonarles. Además solo Dios es propietario de la vida y eso afecta a todos los casos de destrucción de la misma, no hay diferencias particulares. La guerra --que tampoco es justificable-- solo puede estar permitida por la defensa propia. La pena de muerte planteada en el interior de un conflicto bélico llega –si es correctamente administrada— tras un juicio y es ese un acto de reflexión –en el tiempo y en la valoración del delito— en el que los hombres buscan una decisión justa. La única decisión justa respecto a la destrucción de la vida solo está en las manos de Dios. El seguimiento del Evangelio tiende a producir un posicionamiento de la conciencia que repudia toda violencia, incluso que la pudiera justificarse por hechos lícitos. Y esa paz y mansedumbre ha de marcar también los comportamientos sociales y políticos.

6.- Es sabido que la Iglesia condenó a Galileo por sus teorías ciertas sobre la obvia –hoy— redondez de la Tierra. Y Santa Teresa dijo que se sentía satisfecha por morir en el seno de la Iglesia. La frase contiene la idea de que, a pesar de su santidad, era fácil que la apartasen de la misma. Pero ahí está el límite. Antes de salir de la Comunión, de la opción a recibir “legalmente” los sacramentos, es mejor callarse. Aplicar un principio de humildad basado en que la verdad prevalecerá finalmente en el seno de la Iglesia por la presencia continuada del Espíritu. La dificultad aparece, no obstante, en la capacidad actual para difundir mensajes en medios masivos --como Internet--, los cuales pueden producir dudas o escandalizar. Eso es muy digno de tenerse en cuenta y, además, obrar en consecuencia.

7.- La Comunión de los Santos, la condición de la Iglesia como cuerpo del que Cristo es la cabeza nos va a ayudar. No estamos solos. Y una misteriosa relación superior entre todos los miembros del Cuerpo de Cristo nos apoya. En estos tiempos, necesitamos, asimismo, presentar a nuestra Iglesia como un camino actual, fuerte y sincero que pone en lo más alto el amor a Dios sobre todas las cosas y desde ese mismo amor irradia la ternura --en forma de servicio-- dirigida a nuestros hermanos. Sabemos, además, que Jesús quiere que todos los hombres se conviertan, pero para conseguirlo hay que llegar a ellos. Juan, el Bautista, tuvo dudas. Nosotros, hombres de hoy, también. Pero la respuesta de Jesús llegará enseguida. Y, sobre todo, en estos días del Adviento.

8.- Pablo pide paciencia a los creyentes. Es una virtud difícil. El hombre tiene instinto de superviviente y siempre está intentado cambiar, para su provecho, el curso de las cosas. En muchos casos eso será una acción interesante y, en otras, un auténtico suplicio. La serenidad de esperar no parece que sea una virtud muy extendida. Pero, sin embargo, es necesaria. Los momentos de duda e inquietud --los modernos agobios, el estrés, el bombardeo de noticias, etc.-- producen mucha ansiedad. Y la ansiedad es mala consejera. Jesús nos pide serenidad cuando dice "que cada día tiene su afán" e Ignacio de Loyola habla de que "en tiempo de desolación no hacer mudanza. Seria, precisamente, el santo fundador de la Compañía de Jesús, quien mejor iba a definir –en sus "Ejercicios Espirituales"— esas variaciones internas dentro de la vida espiritual. La "consolación" y la "desolación" definen momentos muy habituales del devenir religioso y condensan tantos cambios internos de carácter que, incluso, producen estupor. Pues, frente a esos cambios, hemos de ejercitar la paciencia, el comportamiento pacifico ante los avatares de la vida.

Qué la oración constante y humilde nos guíe. Ella nos ayudará a entender al camino para no estar diariamente preguntándole a Jesús si Él es el Mesías.

1 dic 2019

Dejemos de una vez esa vida ramplona




DEJEMOS DE UNA VEZ ESA VIDA RAMPLONA…

Por Antonio García-Moreno

JUSTICIA Y MISERICORDIA. - Después de los duros castigos con que aflige Dios a su pueblo, siempre sigue una época de perdón y de florecimiento. Jeremías ha predicado la ruina de Israel y de Judá, los dos estados hermanos que vivían separados. La época que se refiere fue terrible por sus incendios y por la sangre vertida por las calles y campos. Dios había castigado con mano dura a los rebeldes.

Ello nos recuerda que también ha habido guerras entre nosotros que han llenado de cadáveres los campos y las ciudades. Las últimas de Afganistán e Irak, con sus secuelas aún punzantes... Sin embargo, todo se va olvidando. Las heridas se cierran. Pero el peligro no ha pasado. Los hombres seguimos empeñados en no escuchar el mensaje de paz del Evangelio, sin darnos cuenta de que pueden soltarse de nuevo los jinetes del Apocalipsis.

Dios nos habla hoy de esperanza, nos recuerda el cumplimiento de las antiguas promesas. De nuevo ha llegado el Adviento, tiempo de espera gozosa, de vigilancia. En el alma brota el anhelo, el deseo vivo de que Jesús llegue hasta nosotros. Por eso repetimos como los primeros cristianos: ¡Maranatha, ven, Señor Jesús!

David, el rey pastor, el rey poeta. De sus ramas brotará un vástago escogido. Se llamará Jesús Manuel y nacerá de una Madre Virgen. Su dignidad superará a la de todos los reyes de la historia, es más excelsa que la de los mismos ángeles. Será el Mesías, el Redentor, el nuevo Moisés que librará a su pueblo de la esclavitud. Implantará el derecho y hará triunfar a la justicia. Barrerá todos los desafueros, los que han cometido los de arriba y los que puedan haber cometido los de abajo. Cada uno recibirá lo que es justo, lo que realmente ha merecido. Ya no habrá miedo a la mentira, al engaño alevoso, al fraude premeditado, al latrocinio simulado.

Temiendo y deseando estamos, Señor. No podemos pedirte que hagas la vista gorda y que pases por alto la justicia. Pero sí te suplicamos misericordia, mucha misericordia. Porque ¿quién puede considerarse justo ante ti? ¿Quién puede saberse inocente ante tu tribunal? Haz que la esperanza de tu misericordia, sin embargo, no nos haga olvidar tu justicia. Y que junto a la confianza que nos inspira tu bondad, florezca el santo temor que debe inspirarnos tu bendita justicia.

2.- DIES IRAE. - De nuevo la Iglesia nos transmite uno de los discursos escatológicos del Señor. El canto del Día de la ira se repite, las estrofas del "Dies irae", vuelven a tronar con sus terribles y cósmicos acentos en estas palabras del Señor. En ese día los hombres se llenarán de angustia ante el anuncio del final apocalíptico del gran teatro del mundo. Todas las explosiones atómicas, habidas y por haber, serán una pálida sombra en comparación con la hecatombe de aquel día. La gente, sigue diciendo el Maestro, enloquecerá ante el estruendo del mar y su oleaje, quedarán sin aliento a causa del miedo.

Son palabras escuetas en las que no hay retórica alguna ni afán por cargar las tintas. Son expresiones lacónicas que sólo pretenden ponernos en guardia y sobre aviso, para que vivamos vigilantes y siempre preparados por si el Señor llega. Adviento es lo mismo que advenimiento, acción de venir, preludio de una llegada. Es tiempo de espera, son momentos en los que preparar los caminos interiores, para dar paso al Gran Rey. Son, pues, días de conversión y de penitencia, de mortificación, de plegaria, en los que prepararnos para recibir dignamente al Señor.

Tened cuidado y que no se os embote la mente con el vicio, o con la preocupación por el dinero, y se nos eche de repente aquel día. Con estas palabras el Señor pone el dedo en la llaga. Ese es nuestro mal, olvidarnos de lo más importante y decisivo, vivir inmersos en cuatro tonterías. A veces nos ocurre que sólo pensamos en lo más inmediato, en lo que resulta placentero, en nuestro bienestar presente. Sin pensar que no todo termina ahí, sin darnos cuenta de que la meta final nos espera después de la muerte. Caminamos entonces con torpeza, dando tumbos y acercándonos a nuestra perdición. Despertemos de nuestro absurdo sueño, sacudamos con energía la modorra que nos embota y entorpece. Dejemos de una vez esa vida ramplona que nos hace insensibles y ciegos para las cosas de Dios, incapaces de avanzar hacia el puerto de la salvación.

Pidamos al Señor que nos ayude, que nos dé fuerzas para luchar con denuedo en esta batalla, quizá la última, en la que estamos metidos. Roguemos que nos abra los ojos para ver el peligro que se avecina, que cure nuestra sordera y podamos escuchar el grito de alerta que da la alarma y nos avisa para que nos preparemos, con la debida antelación, a la venida del Señor.

16 dic 2018

Razones para la alegría

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RAZONES PARA LA ALEGRIA

Por José María Martín OSA

1.- ¡Gritad jubilosos! Hoy es el domingo "Gaudete", domingo de la alegría. ¿Cuál es el motivo de nuestra alegría? Pablo en la carta a los Filipenses nos da la respuesta: "El Señor está cerca". Y el salmo nos invita a la confianza y a evitar el temor porque el Señor es "nuestra salvación. La alegría que sentimos se fundamenta en nuestra esperanza de que otro mundo va a nacer porque Jesús va a hacer posible lo imposible. Su mensaje es de reconciliación y de paz, un regalo de Dios que nos ama hasta el punto de compartir nuestra suerte y hacerse uno de nosotros para elevarnos hacia Él. Dejemos la tristeza y las caras largas y escuchemos el consejo del Apóstol: "Estad siempre alegres"

2.- Razones para la alegría. Es el título de un libro de José Luis Martín Descalzo lleno de diversión y consejos para afrontar la vida con “alegría”; no hay como afrontarla con sentido del humor. Cristianos, ¿qué habéis hecho del gozo que os dieron hace 2000 años? J. L. Martín Descalzo escribió muchas de sus mejores páginas durante la enfermedad que padeció durante muchos años. Hoy su testimonio y su obra siguen vivos. A José Luis Martín Descalzo, al que yo un día visité en su casa como vecino que era de mi comunidad, se le ocurrían unas cuantas “razones para la alegría”,

– Valorar y reforzar las fuerzas positivas de nuestra alma. Descubrir y disfrutar de todo lo bueno que tenemos. No tener que esperar a encontramos con un ciego para enterarnos de lo hermosos e importantes que son nuestros ojos. No necesitar conocer a un sordo para descubrir la maravilla de oír.

– Asumir después serenamente las partes negativas o deficitarias de nuestra existencia. No magnificar las pequeñas cosas que nos faltan. No sufrir por temores o sueños de posibles desgracias que probablemente nunca nos llegarán.

– Vivir abiertos hacia el prójimo. Pensar que es preferible que nos engañen cuatro o cinco veces en la vida que pasarnos la vida desconfiando de los demás. Pero buscar también en todos más lo que nos une que lo que nos separa, más aquello en lo que coincidimos que en lo que discrepamos. Ceder siempre que no se trate de valores esenciales.

– Tener un gran ideal, algo que centre nuestra existencia y hacia lo que dirigir lo mejor de nuestras energías.

– Creer descaradamente en el bien. Tener confianza en que a la larga -y a veces muy a la larga- terminará siempre por imponerse. No angustiarse si otros avanzan aparentemente más deprisa por caminos torcidos. Creer en la también lenta eficacia del amor. Saber esperar.

– En el amor, preocuparse más por amar que por ser amados. Tener el alma siempre joven y, por tanto, siempre abierta a nuevas experiencias. Estar siempre dispuestos a revisar nuestras propias ideas, pero no cambiar fácilmente de ellas.

– Elegir, si se puede, un trabajo que nos guste. Y si esto es imposible, tratar de amar el trabajo que tenemos, encontrando en él sus aspectos positivos.

– Revisar constantemente nuestras escalas de valores. Cuidar de que el dinero no se apodera de nuestro corazón, pues es un ídolo difícil de arrancar de 61 cuando nos ha hecho sus esclavos. Descubrir que la amistad, la belleza de la naturaleza, los placeres artísticos y muchos otros valores son infinitamente más rentables que lo crematístico.

– Descubrir que Dios es alegre, que una religiosidad que atenaza o estrecha el alma no puede ser la verdadera, porque Dios o es el Dios de la vida o es un ídolo.

– Procurar sonreír con ganas o sin ellas. Estar seguros de que el hombre es capaz de superar muchos dolores, mucho más de lo que el mismo hombre sospecha.

3- Dios es alegría. Dios no quiere la tristeza, Dios es optimista, Dios es posibilidad de todo lo bueno, Dios es omnipotencia para hacer el bien. ¿Quién puede estar triste con la presencia de un Dios que lo llena todo? La alegría equivale a la paz de Dios. En medio de la crisis saber que Dios tiene la clave de la historia en su mano y sabrá sacar a flote toda esa tremenda situación, nos da paz. Y así dice San Pablo: "que ella custodie vuestros corazones, y vuestros pensamientos en Cristo Jesús". No es una alegría de mundo, de placeres, las falsas alegrías que los hombres llaman felicidad y que no son más que amargura y zozobra. La alegría auténtica es la que produce paz de Dios en el corazón. Alegría que se puede tener aun en medio de las tribulaciones, porque es una alegría que dimana de la redención. No es conformismo porque el conformismo tampoco es alegría. La alegría debe dar ánimo y debe de ser impulso de acción en el hombre

3.- Necesidad de conversión. El camino por donde podemos adquirir esa alegre liberación que debe disfrutar ya todo cristiano no es otro que la conversión. Conversión hacia Dios ¿Qué hacemos?, le preguntaba la gente a Juan Bautista. Él contestó: "El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene y el que tenga comida, haga lo mismo". Se le acercan de todos los ambientes y Juan a nadie rechaza Y así iba señalando a cada categoría sus propios deberes, la conversión. Al hombre que de veras se convertía le llevaba a las aguas del Jordán y le bautizaba. Era un signo de purificación pero que expresaba una actitud interior. Si un hombre no quería dejar sus malos caminos no podía bautizarse. Juan Bautista, pues, predicaba y bautizaba, daba un signo de conversión. Llama Juan a todos y les exigía un compromiso personal de justicia. Sólo tiene que purificarse un hombre cuando se arrepiente y busca los caminos de la justicia. No bastan mensajes y proclamas de buena voluntad. Juan sólo bautizaba a los hombres que de verdad habían roto con el pasado. La conversión lleva a compartir: el que tenga dos túnicas, debe dar al que no tiene; y el que tiene que comida, debe compartirla. Esto es una sociedad solidaria, es la que la Iglesia promueve, preocupada por dar a todos lo necesario. No podemos aceptar ciegamente la diferencia nacida del dinero o de la fuerza. Dios quiere que compartamos el bien que ha dado para todos. La conversión será duradera y profunda si somos capaces de criticar nuestra falsa manera de contemplar el mundo y los hombres. Una característica de la conversión de Juan es que no sólo es personal sino que va buscando una renovación social.

2 dic 2018

Prepararos para la venida del Señor

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PREPARARNOS PARA LA VENIDA DEL SEÑOR

Por Francisco Javier Colomina Campos

Con la celebración de este domingo damos comienzo al tiempo de Adviento, un tiempo de espera y de preparación. Durante estas próximas semanas iremos preparando la venida del Señor que nace hecho niño en Belén. Esperamos su venida, la deseamos, pero además nos vamos preparando para ella. Pero además, el tiempo de Adviento es tiempo de recordar la segunda venida de Cristo, cuando vendrá lleno de gloria y majestad al final de los tiempos. También hemos de esperar esta nueva venida del Señor y nos hemos de preparar para ello.

1. “Suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra”. La primera lectura, del libro del profeta Jeremías, nos habla de futuro. Por tres veces anuncia el profeta lo que sucederá “en aquellos días”. Se trata de una promesa de futuro, la promesa del Mesías. Este Mesías, nacido del linaje de David, traerá la justicia y el derecho a la tierra, pues traerá la salvación. La promesa hecha desde antiguo se cumple en Jesús, el Hijo de Dios, descendiente de David, y el día de Navidad adoraremos a ese niño nacido del seno de la Virgen y colocado en un humilde pesebre. Ese niño, sencillo y humilde, es el cumplimiento de las promesas de Dios. Se trata de la primera venida de Cristo que nace como hombre para traer la salvación a los hombres. En el tiempo de Adviento preparamos no sólo nuestros hogares, sino sobre todo nuestra vida para que Dios venga a nosotros, para que Cristo vuelva a nacer de nuevo en nosotros. Él nos trae la salvación. Y como hace más de dos mil años, Él vuelve a buscar un corazón dispuesto para acogerle.

2. “Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación”. Jesús, durante su vida en la tierra, antes de su muerte y resurrección, anunció su vuelta al final de los tiempos. Es la segunda venida de Cristo. El Señor ha prometido volver de nuevo, y el Adviento es tiempo de recordar esta segunda venida del Señor. En el Evangelio de este primer domingo, siguiendo con el lenguaje apocalíptico de domingos anteriores, Jesús anuncia una serie de signos en el cielo y de angustia en las gentes. Será entonces cuando veremos venir al Hijo del hombre “con gran poder y majestad”. Y es en ese momento cuando el Señor nos da una palabra de esperanza: en medio del sufrimiento y de las dificultades hemos de levantarnos y de alzar la cabeza, pues se acerca nuestra liberación. Cuando el Señor nos llama a levantarnos es porque andamos en la vida tantas veces postrados, quizá a causa de nuestro pecado, de nuestra inconstancia. Como a aquel paralítico del Evangelio a quien Jesús le dice “levántate, coge tu camilla y echa a andar”, también a nosotros nos llama a ponernos de pie, a levantarnos cuando nos caemos. Cuando el Señor nos llama a levantar la cabeza es porque andamos en la vida tantas veces con la cabeza agachada, mirándonos a nosotros mismos, metidos en nuestros propios problemas. Cristo nos llama a mirarle a Él, pues es el Salvador que viene a traernos la libertad.

3. “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo, que así os fortaleza internamente, para que cuando vuelva os presentéis santos e irreprensibles ante Dios”. Mientras que en este tiempo de Adviento nos preparamos para celebrar la Navidad, y mientras que recordamos que Cristo ha de venir de nuevo, Jesús nos invita a llenarnos de amor para estar preparados para cuando Él vuelva. Durante todo el año, en cada momento, hemos de ir preparándonos para la llegada del Señor. Pero especialmente en Adviento hemos de disponer nuestra vida para encontrarnos un día con Cristo. Y lo que el Señor quiere de nosotros es que nos llenemos de amor hasta rebosar, de amor a todos, un amor que nos fortalece interiormente. Para poder levantarnos y alzar la cabeza es necesaria la fuerza del amor. Esto nos hará fuertes. Y así podremos presentarnos santos ante Dios, irreprensibles por nuestra conducta. La vida cristiana es un progreso en el amor, es vivir en la tensión evangélica en espera del encuentro definitivo con Dios. Sólo el amor nos prepara para ello.

Que en este tiempo de Adviento que hoy inauguramos el Señor colme nuestro corazón de amor, nos fortalezca interiormente, para que mientras preparamos las celebraciones de la venida de Cristo en la humildad de la carne, alcemos nuestra cabeza hacia el horizonte para ver a Cristo que vuelve de nuevo lleno de gloria y majestad. Adviento es espera y es también preparación. Dios viene a salvarnos. Salgamos con alegría a su encuentro cogidos de la mano de María, la Madre de Dios, que nos acompaña a lo largo de este camino. Buen Adviento.

24 dic 2017

María, la mujer creyente


MARÍA, LA MUJER CREYENTE

Por José María Martín OSA

1.- La promesa mesiánica de Dios se hace realidad. Estamos ya tocando la Navidad, tiempo de gracia en que se hacen realidad las promesas mesiánicas. Dios advierte a David por medio del profeta Natán que no urge en absoluto la construcción de un santuario de piedra, de un templo, y que nunca ha pedido tal cosa. Se subraya en este segundo libro de Samuel que lo característico de Yahvé es caminar delante de su pueblo, sacarlo una y otra vez de todas las esclavitudes y conducirlo a la verdadera tierra prometida en la que, al fin, habite la justicia. El Dios de los nómadas que no tienen ciudad permanente nunca podrá confundirse con los dioses que consagran un territorio y un orden establecido. Por eso no será David el que construya una casa, un templo, para Yahvé, sino que Yahvé construirá la casa de David; es decir, lo hará padre de una dinastía. El profeta Isaías precisará que el Mesías ha de nacer de la casa de David y anunciará la eternidad de su reinado. Pero este reinado será universal y para todos en el Mesías, Jesucristo, en quien el Hijo de Dios planta su tienda en medio de nosotros. Jesucristo será el descendiente de David y será también el verdadero templo de Dios no construido por manos de hombre.

2.- La fe, respuesta al Evangelio, compromete al hombre entero. Por eso la fe en la Carta a los Romanos es concebida como obediencia. Ella implica, efectivamente, que el hombre acepte libremente comprometer su vida y su persona al Dios que se revela a él como fiel y veraz y que, renovando al hombre, le permite y posibilita obedecer a su voluntad. Si la contemplación del misterio revelado ahora en Jesús no nos lleva a una acción solidaria en favor de los más desprovistos del pueblo, tal vez estemos vaciando de contenido lo más específico de nuestra fe. Esta es la verdadera obediencia: amar al hombre entero. Tal vez ésta sea la mejor manera de poder acercarse al misterio de Jesús entre nosotros.

3.- Fe y entrega sin condiciones de María. En la escena de la Anunciación se pone la última piedra de la casa prometida por Dios a David. Se pone, a su vez, la primera piedra del verdadero templo de Dios entre los hombres. El cielo se acerca a la tierra. La tierra escogida para levantar este santuario es María, una joven desconocida de Nazaret, un pueblo insignificante. Ahora las promesas hechas a David se cumplen: "El Señor Dios le dará el trono de David, su padre... y su reino no tendrá fin". Al oír las palabras del ángel María “se turbó..." Hay en ella pues, una primera reacción de desconcierto. En María, la esclava del Señor, tenemos una verdadera creyente. Al sentirse favorecida del Altísimo, no le responde que la deje pensar más despacio a fin de calcular mejor los riesgos. María reproduce el gesto de Abraham, padre de los creyentes, cuando deja su patria para irse hacia lo desconocido. La persona de fe se confía en Dios como el bebé en su madre. María-madre es a la vez María-niña, que no pone objeciones. Es la entrega sin buscar recompensa, la servidora a cualquier riesgo. María cierra la escena con unas palabras que son paradigma de la actitud del creyente: disponerse confiadamente a ser instrumento de la acción de Dios: “Hágase en mí según tu palabra”

17 dic 2017

Mensaje de consuelo y alegría



MENSAJE DE CONSUELO Y ALEGRIA

Por José María Martín OSA

1.- Domingo “gaudete”. Toda la Palabra de Dios de hoy nos habla de alegría y esperanza. El profeta Isaías anuncia los tiempos mesiánicos. Se venía anunciando la figura de un gran "Ungido", que en griego se dice "Cristo" y en hebreo "Mesías". El hombre necesita urgentemente un Salvador, pero un salvador que no sea ángel ni extraterrestre, sino hombre entero y verdadero, pero que sea también un Dios. Necesita un Salvador que aporte luz a sus pasos inciertos, que lo cure de muchas enfermedades, que le dé razones para vivir, que le enseñe lo que es la vida, que entone el himno de la libertad y de la alegría. Un Salvador que nos diga dónde está la verdad del hombre y de Dios. Será maestro del consuelo, dará "buenas noticias" a los pobres y a todos los que sufren; sus palabras llegarán al corazón de todos los que esperan. Nadie junto a él se sentirá triste o decaído. Hace suyos los sufrimientos de todos. Sus palabras alientan a los pusilánimes y hasta resucitan a los muertos. Regala a los suyos una alegría que nada ni nadie les puede arrebatar. Será profeta de libertades, enemigo de toda esclavitud. Derramará la gracia generosamente, proclamará "el año de gracia del Señor". Se dará comienzo a un régimen de gracia, un año de gracia que no se termina, un tiempo en que todo será misericordia y benevolencia, júbilo y generosidad. Dios se hace gracia por un año sin término, gracia para siempre.

2.- ¡Estad siempre alegres! Pablo resume la actitud del espíritu cristiano tal como corresponde a la voluntad de Dios: alegría, oración y agradecimiento. "¡Alegraos constantemente!", o sea, incluso en las horas bajas y de sufrimiento, pues esos momentos no afectan al fundamento en el que descansa nuestra alegría; la certeza de la salvación en Cristo. "Orad sin cesar". Naturalmente, no con palabras, sino con la conciencia de la unión con Dios, porque en el descanso del alma en Él se encuentra precisamente la verdadera oración, sin palabras y de pleno valor. "¡Dad gracias por todo!". Incluso en las pruebas y sufrimiento. Aquí es donde tiene que mostrarse la fe fuerte en que todo lo que viene de la mano de Dios es para nuestra salvación.

3.- Testigo de la luz y voz que grita en el desierto. Juan Bautista da testimonio de su misión. Nos es la luz, sino “testigo de la luz” ¿Puede haber vocación más bonita? Decir a todos que no siempre es de noche ni todo es tinieblas. Llevar un rayo de esperanza a los corazones entristecidos. Una sonrisa gratuita en una sociedad violenta. Pronosticar que la verdad terminará imponiéndose. Descubrir valores ocultos y carismas no apreciados. Apreciar el lado bueno de las cosas y personas. Entender que no todo es relativo. Encontrar el sentido de la vida. Testigo de todas las luces. Testigo del que es todo luz. Juan es consciente de que es el instrumento que Dios utiliza para que lleguemos a Jesucristo. Su misión es preparar el camino al Señor ¿Puede haber una vocación más humilde y más grande? No es Mesías, ni profeta, ni quiere ser personaje. Es una voz, un mensaje, una llamada. Está hecho para gritar, para proclamar, para anunciar y para denunciar. Si deja de hablar, se muere. Si deja de gritar, deja de ser. Si deja de anunciar su mensaje, se condena. Una voz, pero hija del viento, del Espíritu. Una voz solamente, pero que no se puede acallar, y que empezará a renovar el mundo. ¡Cuánto vale su palabra! Cuando falten estas voces, el mundo habrá perdido su conciencia.

4.- Tú, ¿quién eres? Una pregunta que todos tenemos que hacernos. ¿Cuál es nuestra verdadera vocación? No el montaje que nos hemos preparado, o la rutina a la que nos hemos acostumbrado, o la obligación a la que nos sentimos forzados. ¿Quién eres?, sin caretas ni tapujos. No lo que piensan, o dicen, o esperan de ti. Ni lo que tú mismo has llegado quizá a creerte. ¿Quién eres, de verdad? ¿Podrías adivinar el nombre escrito en la piedra blanca que al fin te darán? Ojalá puedan escribir también algo parecido a "testigo de la luz" y "voz que grita". Para comprender mejor la misión de Juan Bautista, pueden tenerse en cuenta estas frases de un sermón de San Agustín, que se leen en el Oficio de Lectura del tercer domingo de Adviento:

"Juan era la voz, pero el Señor es la Palabra que en el principio ya existía. Juan era una voz provisional; Cristo, desde el principio, es la Palabra eterna. Quita la palabra, ¿y qué es la voz? Si no hay concepto, no hay más que ruido vacío. La voz sin la palabra llega al oído, pero no edifica el corazón (...). Y precisamente porque resulta difícil distinguir la palabra de la voz, tomaron a Juan por el Mesías. La voz fue confundida con la palabra: pero la voz se reconoció a sí misma, para no ofender a la palabra. Dijo: No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Y cuando le preguntaron: ¿Quién eres?, respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto: `Allanad el camino del Señor'. La voz que grita en el desierto, la voz que rompe el silencio; pero ésta no se dignará venir a donde yo trato de introducirla, si no le allanáis el camino".

10 dic 2017

Cambio de la mente y el corazón

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CAMBIO DE LA MENTE Y EL CORAZÓN

Por José María Martín OSA

1.- Mensaje de consuelo y fortaleza. En el libro de la consolación de Isaías recibimos un mensaje maravilloso: son palabras de consuelo y fortaleza. Nada de amenazas y desventuras. ¡Qué distintas a los mensajes catastrofistas de algunas supuestas apariciones! Sus palabras son todas de consuelo y de gracia, como las de Jesús. Sus anuncios son todos de liberación y recompensa, como los de Jesús. Sus imágenes son todas sugestivas y entrañables, como las de Jesús. Y como las de todos los mejores profetas de todas las edades. Los que saben leer los signos de los tiempos, los que están convencidos de que Dios no castiga porque es un pastor que ama a su rebaño, los que encienden la esperanza, los que sueñan y predican utopías, los que saben que el futuro no es el coco, sino él. Son palabras de fe: a pesar de la situación angustiosa: sin patria, sin rey, sin ley, sin templo, "aquí está vuestro Dios". Y el Señor viene con la ternura de la madre, con la fuerza del libertador.

2.- Paciencia y esperanza, nos recomienda la Segunda Carta de Pedro. Son dos virtudes que se necesitan mutuamente, y mutuamente se engendran y se sostienen. La paciencia es impensable sin una esperanza en el horizonte. La salvación ya está aquí, "está ya cerca de sus fieles", nos dice el salmo 84. La esperanza alegra y dinamiza la paciencia, llevándola hasta límites insospechados. Dios, por ejemplo, “tiene mucha paciencia con vosotros”, porque espera “que nadie perezca”. Tengamos también paciencia nosotros, sin límites, y crezca nuestra esperanza también sin límites hasta que consigamos “un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia”. Esta feliz expresión recoge todos nuestros sueños y utopías. ¡Cómo añoramos este mundo, la verdadera tierra prometida! Asumamos este mensaje: “esperad”. El tiempo no importa -un día o mil años-, lo que importa es la intensidad y la calidad: esperemos confiando en “la promesa del Señor”, esperemos con “una vida santa y piadosa”, esperemos siendo “inmaculados e irreprochables”. La misericordia de Dios y la fidelidad del hombre se encuentran, segura el salmo de hoy.

3.- Llamada a la renovación de vida. Dios sigue viniendo hoy, a pesar de todo. Nos pide que colaboremos con El: "preparad un camino al Señor.... que las colinas se abajen…” Resulta sorprendente que el “evangelio de Jesucristo” comience con las obras y palabras del Precursor. La razón es que en el Bautista han ido a parar todas las palabras y promesas del Antiguo Testamento, que ahora alcanzarán en Jesucristo su última expresión y su cumplimiento. Hay una coherencia entre lo que dice Juan y lo que hace, entre su mensaje y su vida. Aparece en el desierto llevando una vida nada convencional; aparece solo frente a todo el pueblo. Así es el profeta. Abajar las colinas es limitar nuestro orgullo y amor propio y pensar primero en los demás. Juan llama a penitencia, que quiere decir cambio de la mente y del corazón, del hombre y de su contorno cultural. El que hace penitencia se sumerge en el futuro de Dios, que está viniendo, y deja atrás un hombre viejo y un mundo viejo. Esto es lo que simbolizaba el bautismo de Juan.

19 dic 2016

¡La Navidad es un encuentro!



¡La Navidad es un encuentro!

Y caminamos para encontrarlo: encontrarlo con el corazón; con la vida; encontrarlo vivo, como Él es; encontrarlo con fe.

Por: SS Francisco | Fuente: Catholic.net 


Fragmento de la homilía del Papa Francisco en Santa Marta el 2 de diciembre 2013

Prepararse para la Navidad con la oración, la caridad y la alabanza: con el corazón abierto para dejarse encontrar por el Señor que todo lo renueva.

En el Adviento empezamos un nuevo camino, un "camino de la Iglesia ... hacia la Navidad". Vayamos al encuentro del Señor, porque la Navidad no es sólo un acontecimiento temporal o un recuerdo de una cosa bonita.

La Navidad es algo más: vamos por este camino para encontrarnos con el Señor. ¡La Navidad es un encuentro! Y caminamos para encontrarlo: encontrarlo con el corazón; con la vida; encontrarlo vivo, como Él es; encontrarlo con fe. El Señor, en la palabra de Dios que escuchamos, se maravilló del centurión: se maravilló de la fe que el tenia. Él había hecho un camino para encontrarse con el Señor, pero lo había hecho con fe. Por eso no sólo él se ha encontrado con el Señor, sino que ha sentido la alegría de ser encontrado por el Señor. Y este es precisamente el encuentro que nosotros queremos: ¡el encuentro de la fe!

Pero más allá de ser nosotros los que encontremos al Señor, es importante "dejarnos encontrar por Él"

Cuando somos nosotros solos los que encontramos al Señor, somos nosotros –digámoslo, entre comillas – los dueños de este encuentro; pero cuando nos dejamos encontrar por Él, es Él quien entra en nosotros, es Él el que vuelve a hacer todo de nuevo, porque esta es la venida, lo que significa cuando viene Cristo: volver a hacer todo de nuevo, rehacer el corazón, el alma, la vida, la esperanza, el camino. Nosotros estamos en camino con fe, con la fe del centurión, para encontrar al Señor y, sobre todo, ¡para dejar que Él nos encuentre!

Pero se necesita un corazón abierto:¡para que Él me encuentre! Y me diga aquello que Él quiere decirme, ¡que no es siempre aquello que yo quiero que me diga! Él es Señor y Él me dirá lo que tiene para mí, porque el Señor no nos mira a todos juntos, como una masa. ¡No, no! Nos mira a cada uno a la cara, a los ojos, porque el amor no es un amor así, abstracto: ¡es un amor concreto! De persona a persona: el Señor persona me mira a mí persona. Dejarse encontrar por el Señor es precisamente esto: ¡dejarse amar por el Señor!

En este camino hacia la Navidad, nos ayudan algunas actitudes:

La perseverancia en la oración, rezar más;
La laboriosidad en la caridad fraterna, acercarnos un poco más a los que están necesitados;
La alegría en la alabanza del Señor.
Por tanto: la oración, la caridad y la alabanza, con el corazón abierto para que el Señor nos encuentre.


18 dic 2016

Dios va a venir a nuestras vidas



DIOS VA A VENIR A NUESTRAS VIDAS

Por Pedro Juan Díaz

1.- Comenzamos un nuevo Adviento, un tiempo de esperanza, un recorrido espiritual, interior, para vivir con intensidad la presencia de Dios en medio de nosotros. Eso es la Navidad. Y el Adviento nos prepara, nos ayuda a tomar conciencia, a romper el ritmo ordinario y ponernos en alerta, en vigilancia, porque Dios va a venir a nuestras vidas, una vez más, a ver si de una vez por todas consigue hacerse un hueco en nuestro duro corazón. Y no queremos que nos encuentre dormidos, ¿verdad?

2.- Por eso la primera invitación del Adviento que nos hace el evangelio es “velad”, es una vigilancia activa, que va dando calidad a lo que hacemos cada día. Velar es la mejor manera para trabajar nuestro interior, purificando nuestro corazón y limpiándolo de malas intenciones, para que Dios “tome posesión” de nuestras vidas, de nuestras familias, de nuestros pueblos, de nuestras comunidades cristianas.

3.- ¿Por qué velar? La razón primera es nuestra confianza en Dios. Así lo hemos dicho en la primera frase de la primera lectura de hoy: “Tú, Señor, eres nuestro padre”. Y más abajo lo hemos vuelto a repetir: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano”. No es habitual atribuirle a Dios el título de “padre” en el AT, pero la situación de destierro del pueblo requiere una confianza total en un Dios Padre que se va a hacer responsable de su pueblo. Esa confianza es la fe. Confiamos porque creemos. Y en el Salmo responsorial, ese Dios que va a hacer brillar su rostro y nos va a salvar, se convierte en “Pastor de Israel”, que visita “su viña” y la protege, para que el pueblo no se vuelva a desviar del camino que le marca Dios. Esa es nuestra gran esperanza. Velamos porque confiamos, confiamos porque creemos y creemos porque somos personas de esperanza, porque no nos conformamos, ni queremos dejar las cosas como están. Velar, en el fondo, es esperar, pero una espera activa, una espera de conversión, de ser conscientes de nuestros fallos, de nuestros pecados, y ponerles remedio, “no sea que el Señor venga inesperadamente y nos encuentro dormidos”.

4.- Si esto lo aplicamos a la situación actual en la que vivimos, necesitamos un Adviento para que se haga presente una nueva realidad, y la vigilancia es la actitud fundamental. El evangelio insiste: “Mirad, vigilad… velad… lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡velad!”. Si permanecemos dormidos, no tenemos futuro. Hay que intensificar nuestra relación con Dios, como exige nuestra vocación cristiana, para que nuestras comunidades sean más vivas. “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases – dice el profeta Isaías – porque “jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él!”.

5.- A pesar de que “nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti”, a pesar de que no se cuente con Dios en nuestro mundo, nosotros seguiremos siendo LUZ, y seguiremos diciendo con el Salmo: “Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”.

6.- Vigilar es vivir atentos a la realidad. Escuchar los gemidos de los que sufren. Sentir el amor de Dios a la vida. Vivir más atentos a su venida a nuestra vida, a nuestra sociedad y a la tierra. Sin esta sensibilidad, no es posible caminar tras los pasos de Jesús. Por eso nuestra vigilancia pasa por una escucha más atenta de la Palabra de Dios, una vivencia activa de los sacramentos y un ejercicio práctico y esperanzador de la caridad hacia los hermanos que más sufren.

7.- Hace falta el Adviento, hay mucho que esperar y mucho que hacer. Dios nos brinda de nuevo la oportunidad de esperarle, de acogerle. En cada Eucaristía que celebramos se hace presente la Navidad, porque Dios “baja”, se encarna, se hace hombre, pan, alimento, para que no perdamos la esperanza. Que nuestra comunidad parroquial sea un lugar para aprender a vivir despiertos, sin cerrar los ojos, sin escapar del mundo, sin pretender amar a Dios de espaldas a los que sufren. Puede ser un buen propósito para comenzar el Adviento.

17 dic 2016

Empezar a prepararnos para Navidad y la vida eterna...



Empezar a prepararnos para Navidad y la vida eterna...

Dejemos de poner nuestro corazón en las cosas pasajeras y pensemos más en los bienes eternos.

Por: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net 

Estamos en tiempo de Adviento Es el tiempo santo de preparación que la Iglesia Católica celebra desde el principio de los cuatro domingos anteriores a la Navidad.

Siempre que vamos a tener un gran acontecimiento en nuestras vidas, nos preparamos. Así se preparaban en los tiempos antiguos para la llegada del MESÍAS.

Así nosotros hemos de prepararnos para esta Nochebuena, para esta Navidad en que celebraremos la llegada del Niño-Dios.

Esto es una conmemoración pero también se nos pide una preparación muy especial para la segunda llegada de Jesucristo como Supremo Juez, también llamada Parusía en la que daremos cuenta del provecho que hayamos sacado de su Nacimiento y de su muerte de Cruz.

El día en que hemos de morir es el acontecimiento más grande e importante para el ser humano. No resulta agradable hablar de ello ni pensar en esto. Tal vez por ser lo único cierto que hay en nuestra vida: la muerte. Es más agradable quedarnos en la fiesta, en la alegría de una hermosa Navidad.

Pero no olvidemos que este episodio ya fue. El otro está por venir. Aún no llega, pero... llegará. Velen, pues, y hagan oración continuamente para que puedan comparecer seguros ante el Hijo del Hombre Juan 21, 25-28,34-36. Estas son las palabras de Jesús a sus discípulos, en aquellos tiempos y nos las está repitiendo continuamente en nuestro presente.

Dejemos de poner nuestro corazón en las cosas pasajeras y pensemos más en los bienes eternos. ¿Quién podrá comparecer seguro ante el Hijo del Hombre? Tan solo el pensamiento de este Juicio nos hace estremecer.

Pero recobremos la esperanza sabiendo que seremos juzgados con gran misericordia y amor si en este tiempo de Adviento nos preparamos rebosante de amor mutuo y hacia los demás como dice San Pablo en su carta a los tesalonicenses, porque tuve sed y me disteis de beber, porque tuve hambre y me disteis de comer...

Pensemos en los demás. Olvidemos en este tiempo de Adviento nuestro "pequeño mundo" y volvamos los ojos a los que nos necesitan, a los que nada tienen, a los que podemos hacer felices dándoles nuestra compañía, nuestro amor y apoyo, una palabra de ternura y aliento, una sonrisa... Siempre está en nuestra mano hacer dichoso a un semejante. Solo así podremos estar seguros ante la presencia y el Juicio de Nuestro Señor Jesucristo que lleno de amor y misericordia unirá a nuestras pobres acciones los méritos de su pasión y muerte.

Preguntas o comentarios al autor   Ma. Esther de Ariño

13 dic 2016



Consejos de Juan Bautista para vivir el Adviento

Ya no se trata de preparar la tierra para acoger la buena semilla, sino de preparar un camino para que pueda, llegar a nuestra alma Jesús.


Por: P. Luis María Etcheverry Boneo | Fuente: Catholic.net 


En el Adviento, la Iglesia nos pone la figura de san Juan Bautista, y con él otra nueva imagen. Ya no se trata de preparar una tierra capaz de acoger adecuadamente la buena semilla: se trata de preparar un camino para que pueda, por él, llegar a nuestra alma la Persona adorable del Señor.

Son cuatro las órdenes, los consejos o las consignas que san Juan Bautista -y la Iglesia con él- nos da:


La primera consigna de san Juan el Bautista es bajar los montes: todo monte y toda colina sea humillada, sea volteada, bajada, desmoronada. Y cada uno tiene que tomar esto con mucha seriedad y ver de qué manera y en qué forma ese orgullo -que todos tenemos- está en la propia alma y está con mayor prestancia, para tratar en el Adviento -con la ayuda de la gracia que hemos de pedir-, de reducirlo, moderarlo, vencerlo, ojalá suprimirlo en cuanto sea posible, a ese orgullo que obstaculizaría el descenso fructífero del Señor a nosotros.

En segundo lugar, Juan el Bautista nos habla de enderezar los senderos. Es la consigna más importante: Yo soy una voz que grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos 3. Y aquí tenemos, entonces, el llamado también obligatorio a la rectitud, es decir, a querer sincera y prácticamente sólo el bien, sólo lo que está bien, lo que es bueno, lo que quiere Dios, lo que es conforme con la ley de Dios o con la voluntad de Dios según nos conste de cualquier manera, lo que significa imitarlo a Jesús y darle gusto a El, aquello que se hace escuchando la voz interior del Espíritu Santo y de nuestra conciencia manejada por Él.

A cada uno corresponde en este momento ver qué es lo que hay que enderezar en la propia conducta, pero sobre todo en la propia actitud interior para que Jesucristo Nuestro Señor, viendo claramente nuestra buena voluntad y viéndonos humildes, esté dispuesto a venir a nuestro interior con plenitud, o por lo menos con abundancia de gracias.

El tercer aspecto del mensaje de san Juan el Bautista se refiere a hacer planos los caminos abruptos, los que tienen piedras o espinas, los que punzan los pies de los caminantes, los que impiden el camino tranquilo, sin dificultad. Y ese llamado hace referencia a la necesidad de ser para nuestro prójimo, precisamente, camino fácil y no obstáculo para su virtud y para su progreso espiritual: quitar de nosotros todo aquello que molesta al prójimo, que lo escandaliza, que lo irrita o que le dificulta de cualquier manera el poder marchar, directa o indirectamente, hacia el cielo.

El cuarto elemento del mensaje de san Juan Bautista es el de llenar toda hondonada, todo abismo, todo vacío. Los caminos no sólo se construyen bajando los montes excesivos, ni sólo enderezando los senderos torcidos, o allanando los caminos que tengan piedras: también llenando las hondonadas o cubriendo las ausencias. Este mensaje se refiere a la necesidad de llenar nuestras manos y nuestra conciencia con méritos, con oraciones, con obras buenas -como hicieron los Reyes Magos y los pastores- para poder acoger a Jesucristo con algo que le dé gusto; no sólo con la ausencia de obstáculos o de cosas que lo molesten, no sólo con ausencia de orgullo o con ausencia de falta de rectitud o de dificultades en nuestra conducta para con el prójimo, sino también positivamente con la construcción: con nuestras oraciones y con nuestras buenas obras y un pequeño -al menos- caudal, capital de méritos, que dé gusto al Señor cuando venga y que podamos depositar a sus pies.

El Adviento, además de la conmemoración y el sentido del Antiguo Testamento -de la tierra que espera la buena semilla-, además de la figura límite entre el Antiguo Testamento y el Nuevo -san Juan Bautista-, este Tiempo nos acerca más al Señor por aquélla que, en definitiva, fue quien nos entregó a Jesucristo: la Virgen. No sólo en el hemisferio sur entramos al Adviento por la puerta del Mes de María, sino que en toda la Iglesia se entra al Adviento por la fiesta de la Inmaculada Concepción.

Y la Inmaculada Concepción significa dos cosas: por una parte, ausencia de pecado original y, por otra, ausencia de pecado para y por la plenitud de la gracia. La Virgen fue eximida del pecado original y de las consecuencias del pecado original que en el orden moral fundamentalmente es la concupiscencia, es decir, la rebelión de las pasiones, la falta de orden dentro de nuestra persona, el rechazo que nuestra materia y nuestros apetitos indómitos oponen a la reyecía de la voluntad y de la razón iluminadas por la fe, por la esperanza y por la caridad; iluminadas y encendidas y sostenidas por la gracia. La Virgen, preservada del pecado original en el momento mismo de su concepción y liberada de todo obstáculo, tuvo el alma plenamente capacitada desde el primer instante para recibir la plenitud de la gracia de Jesucristo.

Por lo tanto su fiesta de la Inmaculada Concepción, con ese carácter sacramental que tienen todas las fiestas de la Iglesia, ese carácter de signo que enseña y de signo eficaz que produce lo que enseña, nos trae la gracia de liberarnos del pecado y de vencer, de moderar, de sujetar en nosotros las pasiones sueltas por la concupiscencia, a los efectos de que nos pueda llegar plenamente la gracia; y naturalmente, si estamos en Adviento, para que pueda venir la gracia del nacimiento de Jesucristo místicamente a nuestra alma, el día de Navidad.

Por lo tanto, unamos a toda la ayuda que nos pueden prestar los patriarcas del Antiguo Testamento que desde el cielo ruegan por nosotros (ellos que tanto pidieron la venida del Mesías), unamos a la intercesión y a la figura sacramental de san Juan Bautista, unamos por encima de ellos la presencia de la Santísima Virgen en su fiesta el 8 de diciembre y en todo este tiempo, pidiendo bien concretamente el poder liberarnos del pecado, de todo lo que en nosotros haya de orgullo, de falta de rectitud, de falta de caridad con el prójimo, de ausencia de virtud; liberarnos de todo ello para que, cuando venga Jesucristo el día de Navidad, no encuentre en nosotros ningún obstáculo a sus intenciones de llenar nuestra alma con su gracia.

La perspectiva de un nuevo nacimiento del Señor, en nosotros y en el mundo tan necesitado de Él, tiene que ser objeto de una preocupación, de todo un conjunto de sentimientos y de actos de voluntad que estén polarizados por el deseo de poner de nuestra parte todo lo que podamos, para que el Señor venga lo más plenamente posible sobre cada uno y sobre el mundo.

Y si esto vale siempre, se hace más exigente en las circunstancias del mundo presente que desvirtúa precisamente lo que Jesucristo trajo con su nacimiento. ¡Qué necesario es que pongamos todo de nuestra parte para que Jesús venga a nosotros con renovada fuerza el día de Navidad y, a través nuestro, sobre las personas que están cerca, sobre la Iglesia y sobre el mundo!

Quedémonos en espíritu de oración, fomentando en nuestro interior el deseo de que las cosas ocurran según las intenciones y los deseos del mismo Señor.

El Adviento es una época muy linda del año. Después de las fiestas de Navidad y de Pascua, quizá es la más linda, porque es una época de total esperanza, de seguridad alegre y confiada. En ese sentido nuestro Adviento es más lindo que el del Antiguo Testamento: se esperaba lo que todavía no había venido, en cambio nosotros sabemos que el Señor ya ha venido sobre el mundo, sobre la Iglesia, sobre cada uno y entonces tenemos mucho más apoyo para nuestra seguridad de que ha de venir nuevamente, a perfeccionar lo ya iniciado.

Por otra parte, esa presencia del Señor en la Iglesia y en nosotros nos ha hecho ir conociendo a Jesús, amándolo y tratándolo con confianza; por tanto, este esperar su nuevo nacimiento tiene que ser mucho más dulce, mucho más suave, mucho más seguro, mucho más esperanzado (con el doble elemento de seguridad y alegría de la esperanza) que lo que fue la espera de los hombres y mujeres del Antiguo Testamento.

Quedémonos, pues, unidos con Jesús, conversemos sobre estos temas, preguntémosle qué nos sugiere a cada uno en particular para que podamos, desde el comienzo, vivir el Adviento del modo más conducente para obtener la plenitud de Navidad que Él sin duda quiere darnos.