30 sept 2026

Santo Evangelio 30 de septiembre 2026

  


Texto del Evangelio (Lc 9,57-62):

 En aquel tiempo, mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro dijo: «Sígueme». El respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa». Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».



«Sígueme»


Fray Lluc TORCAL Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet

(Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)

Hoy, el Evangelio nos invita a reflexionar, con mucha claridad y no menor insistencia, sobre un punto central de nuestra fe: el seguimiento radical de Jesús. «Te seguiré adondequiera que vayas» (Lc 9,57). ¡Con qué simplicidad de expresión se puede proponer algo capaz de cambiar totalmente la vida de una persona!: «Sígueme» (Lc 9,59). Palabras del Señor que no admiten excusas, retrasos, condiciones, ni traiciones...

La vida cristiana es este seguimiento radical de Jesús. Radical, no sólo porque toda su duración quiere estar bajo la guía del Evangelio (porque comprende, pues, todo el tiempo de nuestra vida), sino -sobre todo- porque todos sus aspectos -desde los más extraordinarios hasta los más ordinarios- quieren ser y han de ser manifestación del Espíritu de Jesucristo que nos anima. En efecto, desde el Bautismo, la nuestra ya no es la vida de una persona cualquiera: ¡llevamos la vida de Cristo inserta en nosotros! Por el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones, ya no somos nosotros quienes vivimos, sino que es Cristo quien vive en nosotros. Así es la vida cristiana, porque es vida llena de Cristo, porque rezuma Cristo desde sus más profundas raíces: es ésta la vida que estamos llamados a vivir.

El Señor, cuando vino al mundo, aunque «todo el género humano tenía su lugar, Él no lo tuvo: no encontró lugar entre los hombres (...), sino en un pesebre, entre el ganado y los animales, y entre las personas más simples e inocentes. Por esto dice: ‘Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza’» (San Jerónimo). El Señor encontrará lugar entre nosotros si, como Juan el Bautista, dejamos que Él crezca y nosotros menguamos, es decir, si dejamos crecer a Aquel que ya vive en nosotros siendo dúctiles y dóciles a su Espíritu, la fuente de toda humildad e inocencia.


Jaculatoria

 


BATALLA DE MIGUEL CON EL DRAGÓN

  


BATALLA DE MIGUEL CON EL DRAGÓN


Apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas. Estaba encinta, y gritaba entre los espasmos del parto, y por el tormento de dar a luz. Apareció otra señal en el cielo: Un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra. El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar a luz dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera. Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios. La mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar reservado por Dios, para que allí la sustenten mil doscientos sesenta días. Se trabó una batalla en el cielo; Miguel y sus ángeles declararon la guerra al dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no vencieron, y no quedó lugar para ellos en el cielo. Y al gran dragón, a la serpiente primordial que se llama diablo y Satanás, y extravía la tierra entera, lo precipitaron a la tierra, y a sus ángeles con él. Se oyó una gran voz en el cielo: «Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo; porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche. Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio que dieron, y no amaron tanto su vida que temieran la muerte. Por esto, estad alegres, cielos, y los que moráis en sus tiendas. ¡Ay de la tierra y del mar! El diablo bajó contra vosotros rebosando furor, pues sabe que le queda poco tiempo.» Cuando vio el dragón que lo habían arrojado a la tierra se puso a perseguir a la mujer que había dado a luz al hijo varón. Le pusieron a la mujer dos alas de águila real para que volase a su lugar en el desierto, donde será sustentada un año, y otro año y medio año, lejos de la serpiente. La serpiente, persiguiendo a la mujer, echó por la boca un río de agua, para que el río la arrastrase; pero la tierra salió en ayuda de la mujer, abrió su boca y se bebió el río salido de la boca de la serpiente. Despechado el dragón por causa de la mujer, se marchó a hacer la guerra al resto de su descendencia, a los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.

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29 sept 2026

Santo Evangelio 29 de septiembre 2026

  


Texto del Evangelio (Jn 1,47-51):

 En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Le dice Natanael: «¿De qué me conoces?». Le respondió Jesús: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».



«Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre»


Cardenal Jorge MEJÍA Archivista y Bibliotecario de la S.R.I.

(Città del Vaticano, Vaticano)

Hoy, en la fiesta de los Santos Arcángeles, Jesús manifiesta a sus Apóstoles y a todos la presencia de sus ángeles y la relación que con Él tienen. Los ángeles están en la gloria celestial, donde alaban perennemente al Hijo del hombre, que es el Hijo de Dios. Lo rodean y están a su servicio.

«Subir y bajar» nos recuerda el episodio del sueño del Patriarca Jacob, quien dormido sobre una piedra durante su viaje a la tierra de origen de su familia (Mesopotamia), ve a los ángeles que “bajan y suben” por una misteriosa escalera que une el cielo y la tierra, mientras Dios mismo está de pié junto a él y le comunica su mensaje. Notemos la relación entre la comunicación divina y la presencia activa de los ángeles.

Así, Gabriel, Miguel y Rafael aparecen en la Biblia como presentes en las vicisitudes terrenas y llevando a los hombres —como nos dice san Gregorio el Grande— las comunicaciones, mediante su presencia y sus mismas acciones, que cambian decisivamente nuestras vidas. Se llaman, precisamente, “arcángeles”, es decir, príncipes de los ángeles, porque son enviados para las más grandes misiones.

Gabriel fue enviado para anunciar a María Santísima la concepción virginal del Hijo de Dios, que es el principio de nuestra redención (cf. Lc 1). Miguel lucha contra los ángeles rebeldes y los expulsa del cielo (cf. Ap 12). Nos anuncia, así, el misterio de la justicia divina, que también se ejerció en sus ángeles cuando se rebelaron, y nos da la seguridad de su victoria y la nuestra sobre el mal. Rafael acompaña a Tobías “junior”, lo defiende y lo aconseja y cura finalmente al padre Tobit (cf. Tob). Por esta vía, nos anuncia la presencia de los ángeles junto a cada uno de nosotros: el ángel que llamamos de la Guarda.

Aprendamos de esta celebración de los arcángeles que “suben y bajan” sobre el Hijo del hombre, que sirven a Dios, pero le sirven en beneficio nuestro. Dan gloria a la Trinidad Santísima, y lo hacen también sirviéndonos a nosotros. Y, en consecuencia, veamos qué devoción les debemos y cuánta gratitud al Padre que los envía para nuestro bien.

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Que hermosos son sobre los montes los pies del mensajeros que traen la buena nueva

 





 Homilía del Papa Juan Pablo II en la Misa de canonización de 16 mártires del Japón, el 18 de octubre de 1987.

(Ecclesia, núm. 2346, 21 noviembre 1987, pp. 25 y 27, nn. 5-7. L'Osservatore Romano, edición española, 25 octubre 1987).

"QUÉ HERMOSOS SON SOBRE LOS MONTES LOS PIES DEL MENSAJERO QUE TRAE LA BUENA NUEVA" (IS 52,7).


"Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que trae la buena nueva" (Is 52,7). Esta canonización del beato Lorenzo Ruiz y sus compañeros, martirizados en Nagasaki y alrededores entre 1633 y 1637, constituye una confirmación elocuente de estas palabras evangélicas. Dieciséis hombres y mujeres dieron testimonio, con su heroico sufrimiento y muerte, de su fe en el mensaje de salvación en Cristo, que llegó a ellos después de haber sido proclamado de generación en generación desde el tiempo de los Apóstoles. En sus sufrimientos, su amor a imitación de Jesús alcanzó su cumplimiento, y su configuración sacramental con Jesús, el único mediador, llegó a la perfección. "Porque nuestra existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya" (Rm 6,5).

Estos santos mártires, diferentes por su origen, lengua, raza y condición social están unidos entre sí juntamente con todo el Pueblo de Dios en el misterio salvífico de Cristo, el Redentor. Juntamente con ellos, también nosotros, reunidos aquí con los padres sinodales de casi todos los países del mundo, cantamos al Cordero el nuevo cántico del libro del Apocalipsis: "Eres digno de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste degollado, y con tu sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal que sirva a Dios y reine sobre la Tierra" (Ap 5,9-10).

El mensaje de los mártires, mensaje de suprema fidelidad a Cristo, interpela a Europa, con su fundamento cristiano común colocado por los Apóstoles Pedro y Pablo, a la Europa que durante dos mil años ha sido un semillero de misioneros. Interpela a Filipinas, que fue el lugar de la inmediata preparación y fortalecimiento en la fe para once de los nuevos santos; a Filipinas que, como señalé con ocasión de la beatificación de los mártires en Manila el año 1981, al ser evangelizada ha sido llamada a convertirse en evangelizadora, a tomar parte en la gran obra de llevar el Evangelio a los pueblos de Asia. Que esta tarea de evangelización comience en familias filipinas siguiendo el ejemplo de Lorenzo Ruiz, esposo y padre de tres hijos, quien primeramente colaboró con los padres dominicos en Manila y posteriormente compartió su martirio en Nagasaki. Él es ahora el primer santo filipino canonizado. Los santos mártires interpelan a la Iglesia en Japón, particularmente a la archidiócesis de Nagasaki; a la Iglesia en Taiwan y en Macao, y a todos los discípulos de Cristo en Asia. ¡Ojalá que el ejemplo y la intercesión de estos nuevos santos ayude a extender la verdad y el amor cristiano por todo lo ancho y largo de este vasto continente! Toda la Iglesia de Dios se alegra de su victoria. La Iglesia en Italia, Francia, España, Taiwan, Macao, Filipinas y Japón se llena de admiración y alegría por la buena noticia anunciada por la pasión y la muerte de estos valientes discípulos de Jesucristo, "el testigo veraz, el primogénito de entre los muertos" (Ap 1,5). Con el testimonio de su vida generosamente ofrecida por amor a Cristo, los nuevos santos hablan hoy a toda la Iglesia: la impulsan y la estimulan en su misión evangelizadora