22 sept 2026

Santo Evangelio 22 de septiembre 2026

 



 Texto del Evangelio (Lc 8,19-21):

 En aquel tiempo, se presentaron la madre y los hermanos de Jesús donde Él estaba, pero no podían llegar hasta Él a causa de la gente. Le anunciaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte». Pero Él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen».



«Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen»


Rev. D. Xavier JAUSET i Clivillé

(Lleida, España)

Hoy leemos un hermoso pasaje del Evangelio. Jesús no ofende para nada a su Madre, ya que Ella es la primera en escuchar la Palabra de Dios y de Ella nace Aquel que es la Palabra. Al mismo tiempo es la que más perfectamente cumplió la voluntad de Dios: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), responde al ángel en la Anunciación.

Jesús nos dice lo que necesitamos para llegar a ser sus familiares, también nosotros: «Aquellos que oyen...» (Lc 8,21) y para oír es preciso que nos acerquemos como sus familiares, que llegaron a donde estaba; pero no podían acercarse a Él a causa del gentío. Los familiares se esfuerzan por acercarse, convendría que nos preguntásemos si luchamos y procuramos vencer los obstáculos que encontramos en el momento de acercarnos a la Palabra de Dios. ¿Dedico diariamente unos minutos a leer, escuchar y meditar la Sagrada Escritura? Santo Tomás de Aquino nos recuerda que «es necesario que meditemos continuamente la Palabra de Dios (...); esta meditación ayuda poderosamente en la lucha contra el pecado».

Y, finalmente, cumplir la Palabra. No basta con escuchar la Palabra; es preciso cumplirla si queremos ser miembros de la familia de Dios. ¡Debemos poner en práctica aquello que nos dice! Por eso será bueno que nos preguntemos si solamente obedezco cuando lo que se me pide me gusta o es relativamente fácil, y, por el contrario, si cuando hay que renunciar al bienestar, a la propia fama, a los bienes materiales o al tiempo disponible para el descanso..., pongo la Palabra entre paréntesis hasta que vengan tiempos mejores. Pidamos a la Virgen María que escuchemos como Ella y cumplamos la Palabra de Dios para andar así por el camino que conduce a la felicidad duradera.


Cómo Enfrentar las Crisis

 



 Cómo Enfrentar las Crisis 

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón

Las crisis son provocadas por situaciones lamentables y dolorosas, como la muerte de un ser querido, una gran pérdida económica, un accidente u otra cosa semejante. Estas situaciones pueden causar un gran trauma, dolor y angustia en nuestra vida y conducirnos a la desesperación y desesperanza. 

Una crisis puede ser producida por alguna situación presente, en la que alguna persona intenta arruinar su vida, quitándole la paz. Pero, algunas veces las crisis no son producto de un problema presente, sino que son cosas del pasado. Por ejemplo, una persona puede recordar una situación pasada en la que falló y al recordar "entra en crisis" y aflora su complejo de culpabilidad. 

La mayoría de la gente no cree o espera que en su vida puedan ocurrir problemas. Esta es una actitud infantil y además peligrosa. Hay que estar preparado para las crisis y esperar los problemas como algo inevitable. Los problemas son parte de la vida y hay que esperarlos como se espera que salga el sol, que oscurezca o llueva. Pero también hay que estar preparado para enfrentarlos con valentía y decisión. 

Las crisis exigen realismo. Hay que darse cuenta de que no se puede volver al pasado para cambiar las cosas. Lo único que se puede hacer es aprender de las experiencias y utilizar estas vivencias para transformar su vida y ser mucho mejor de lo que era antes. El error que haya cometido le servirá de estímulo para superarse. 

Existen situaciones en que alguna persona, movida por las tinieblas, intenta arruinar su vida y quitarle la paz. Contrólese y repita, "Soy superior, fuerte e invencible." No permita que la desesperación, amargura, odio o pesimismo aniden en su corazón. 

Ante las crisis, lo más importante es afrontar lo ocurrido. Levante su cabeza y diga con valentía, "Yo soy superior a esto y no me podrá vencer, pues encontraré la manera de derrotarlo." 

La muerte de un ser querido se puede superar si pensamos en que esa persona tiene que estar más feliz en el cielo. Más importante que la situación económica es su paz e integridad, su armonía con su familia y su relación con Dios. Hay valores muchísimo más grandes que los valores materiales. Cuando comprendemos que esta vida es temporal y pasajera, que existe un más allá, un reino que el Señor nos ha preparado, todo lo demás se convierte en secundario y relativo. Dios nos da la suficiente fortaleza, entereza, lucidez e iluminación para continuar a pesar de todos los problemas. 

Para superar las crisis, pida al Señor serenidad e iluminación: serenidad para estar en paz y, así, con la mente más lúcida intentar resolver el problema; iluminación para que la ayuda divina del Espíritu del Señor le dé una visión más profunda de todo y le permita solucionar los problemas. 

Analice punto por punto todos los elementos del problema y no dude en consultar a personas entendidas que le puedan aconsejar sabiamente. Prepare una estrategia o plan de acción que le permita resolver los puntos claves del problema. Luego, ¡actúe! No se quede paralizado y haga lo que usted considera necesario y adecuado. 

Cuando sienta preocupación o angustia por una crisis, repita la frase, "Esto también pasará." Practique algún método de relajación, haga algún deporte o por lo menos camine y permita que la belleza de la naturaleza inunde sus sentidos y le relaje. No permita que la angustia le domine. 

Tenga muy mala memoria ante las ofensas que le han hecho y perdone. Es clave y fundamental perdonar siempre y olvidar lo ocurrido. Comprenda que aquel que hace daño lo hace porque está invadido por el mal y está enfermo emocional y espiritualmente. Pero, usted tiene todo el derecho a defenderse, utilizando medios decentes, honestos y adecuados para no seguir permitiendo atropellos. Lo que no debe permitir jamás es que algo o alguien dañe su corazón, causando que usted se hunda interiormente y que el odio enferme su alma. 

Después de que usted haya hecho todo lo que ha podido, confíe ciega y totalmente en el Señor y El se encargará de todo lo demás. Las cosas saldrán como tienen que salir. Sobre todo, acuda a la oración, pidiendo la bendición de Dios para las personas que le están haciendo daño. El Señor le dará la paz. 

Prepárese para cualquier crisis en la vida porque toda crisis tiene una solución. Dios le preparó desde la eternidad para solucionar sus crisis. La cuestión es nunca doblegarse ante nada. No olvide que con Dios puede vencer cualquier crisis, porque ¡CON EL, USTED ES . . . INVENCIBLE!


                    

Clica en la imagen para rezar a JESÚS SACRAMENTADO

 

Jaculatoria

 


21 sept 2026

Santo Evangelio 21 de septiembre 2026

 



 Texto del Evangelio (Mt 9,9-13):

 En aquel tiempo, cuando Jesús se iba de allí, al pasar vio a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme». Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando Él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?». Mas Él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».



«No he venido a llamar a justos, sino a pecadores»


Rev. D. Joan PUJOL i Balcells

(La Seu d'Urgell, Lleida, España)

Hoy celebramos la fiesta del apóstol y evangelista san Mateo. Él mismo nos cuenta en su Evangelio su conversión. Estaba sentado en el lugar donde recaudaban los impuestos y Jesús le invitó a seguirlo. Mateo —dice el Evangelio— «se levantó y le siguió» (Mt 9,9). Con Mateo llega al grupo de los Doce un hombre totalmente diferente de los otros apóstoles, tanto por su formación como por su posición social y riqueza. Su padre le había hecho estudiar economía para poder fijar el precio del trigo y del vino, de los peces que le traerían Pedro y Andrés y los hijos de Zebedeo y el de las perlas preciosas de que habla el Evangelio.

Su oficio, el de recaudador de impuestos, estaba mal visto. Quienes lo ejercían eran considerados publicanos y pecadores. Estaba al servicio del rey Herodes, señor de Galilea, un rey odiado por su pueblo y que el Nuevo Testamento nos lo presenta como un adúltero, el asesino de Juan Bautista y el que escarneció a Jesús el Viernes Santo. ¿Qué pensaría Mateo cuando iba a rendir cuentas al rey Herodes? La conversión de Mateo debía suponer una verdadera liberación, como lo demuestra el banquete al que invitó a los publicanos y pecadores. Fue su manera de demostrar el agradecimiento al Maestro por haber podido salir de una situación miserable y encontrar la verdadera felicidad. San Beda el Venerable, comentando la conversión de Mateo, escribe: «La conversión de un cobrador de impuestos da ejemplo de penitencia y de indulgencia a otros cobradores de impuestos y pecadores (...). En el primer instante de su conversión, atrae hacia Él, que es tanto como decir hacia la salvación, a todo un grupo de pecadores».

En su conversión se hace presente la misericordia de Dios como lo manifiestan las palabras de Jesús ante la crítica de los fariseos: «Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9,13).


Jaculatoria

 


LOS CRISTIANOS DÉBILES

  


Del sermón de san Agustín, obispo, sobre los pastores

(Sermón 46, 13: CCL 41, 539-540)

LOS CRISTIANOS DÉBILES


No fortalecéis a las ovejas débiles, dice el Señor. Se lo dice a los malos pastores, a los pastores falsos, a los que buscan su interés y no el de Jesucristo, que se aprovechan de la leche y la lana de las ovejas, mientras no se preocupan de ellas ni piensan en fortalecer su salud. Pues me parece que hay alguna diferencia en estar débil, o sea, no firme —ya que son débiles los que padecen alguna enfermedad—, y estar propiamente enfermo, o sea, con mala salud. Desde luego que estas ideas que nos estamos esforzando en distinguir las podríamos precisar, por nuestra parte, con mayor diligencia, y por supuesto que lo haría mejor cualquier otro que supiera más o fuera más fervoroso; pero, de momento, y para que no os sintáis defraudados, voy a deciros lo que siento, como comentario a las palabras de la Escritura. Es muy de temer que al que se encuentra débil no le sobrevenga una tentación y le desmorone. Por su parte, el que está enfermo es ya esclavo de algún deseo que le está impidiendo entrar por el camino de Dios y someterse al yugo de Cristo. Pensad en esos hombres que quieren vivir bien, que han determinado ya vivir bien, pero que no se hallan tan dispuestos a sufrir males, como están preparados a obrar el bien. Sin embargo, la buena salud de un cristiano le debe llevar no sólo a realizar el bien, sino también a soportar el mal. De manera que aquellos que dan la impresión de fervor en las buenas obras, pero que no se hallan dispuestos o no son capaces de sufrir los males que se les echan encima, son en realidad débiles. Y aquellos que aman el mundo y que por algún mal deseo se alejan de las buenas obras, éstos están delicados y enfermos, puesto que, por obra de su misma enfermedad, y como si se hallaran sin fuerza alguna, son incapaces de ninguna obra buena. En tal disposición interior se encontraba aquel paralítico al que, como sus portadores no podían introducirle ante la presencia del Señor, hicieron un agujero en el techo, y por allí lo descolgaron. Es decir, para conseguir lo mismo en lo espiritual, tienes que abrir efectivamente el techo y poner en la presencia del Señor el alma paralítica, privada de la movilidad de sus miembros y desprovista de cualquier obra buena, gravada además por sus pecados y languideciendo a causa del morbo de su concupiscencia. Si, efectivamente, se ha alterado el uso de todos sus miembros y hay una auténtica parálisis interior, si es que quieres llegar hasta el médico —quizás el médico se halla oculto, dentro de ti: este sentido verdadero se halla oculto en la Escritura—, tienes que abrir el techo y depositar en presencia del Señor al paralítico, dejando a la vista lo que está oculto. En cuanto a los que no hacen nada de esto y descuidan hacerlo, ya habéis oído las palabras que les dirige el Señor: No curáis a las enfermas, ni vendáis sus heridas; ya lo hemos comentado. Se hallaba herida por el miedo a la prueba. Había algo para vendar aquella herida; estaba aquel consuelo: Fiel es Dios, y no permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas. No, para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida.