16 ago 2026

Tu cuerto es Santo y sobremanera Glorioso

 



 De la constitución apostólica Munificentissimus Deus del papa Pío doce

(AAS 42 [1950), 760-762. 767-769)

TU CUERPO ES SANTO Y SOBREMANERA GLORIOSO


Los santos Padres y grandes doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y lo explican con toda precisión, procurando, sobre todo, hacerles comprender que lo que se conmemora en esta festividad es no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación en el cielo, a imitación de su Hijo único Jesucristo. Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:

«Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios.» Según el punto de vista de san Germán de Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la Madre de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal: «Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo celestial e incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y partícipe de la vida perfecta.»

Otro antiquísimo escritor afirma: «La gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Dios y salvador, dador de la vida y de la inmortalidad, por él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad, ya que él la hizo salir del sepulcro y la elevó hacia sí mismo, del modo que él solo conoce.» Todos estos argumentos y consideraciones de los santos Padres se apoyan, como en su último fundamento, en la sagrada Escritura; ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo divino y solidaria siempre de su destino. Y, sobre todo, hay que tener en cuenta que, ya desde el siglo segundo, los santos Padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal, lucha que, como se anuncia en el protoevangelio, había de desembocar en una victoria absoluta sobre el pecado y la muerte, dos realidades inseparables en los escritos del Apóstol de los gentiles. Por lo cual, así como la gloriosa resurrección de Cristo fue la parte esencial y el último trofeo de esta victoria, así también la participación que tuvo la santísima Virgen en esta lucha de su Hijo había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal, ya que, como dice el mismo Apóstol: Cuando esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria.» Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.


Santo Evangelio 16 de agosto 2026

  


Texto del Evangelio (Mt 15,21-28):

 En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Ella los alcanzó y se postró ante Él, y le pidió de rodillas: «Señor, socórreme». Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija.



«Señor; (...) también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos»


Rev. D. Joan SERRA i Fontanet

(Barcelona, España)

Hoy contemplamos la escena de la cananea: una mujer pagana, no israelita, que tenía la hija muy enferma, endemoniada, y oyó hablar de Jesús. Sale a su encuentro y con gritos le dice: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo» (Mt 15,22). No le pide nada, solamente le expone el mal que sufre su hija, confiando en que Jesús ya actuará.

Jesús “se hace el sordo”. ¿Por qué? Quizá porque había descubierto la fe de aquella mujer y deseaba acrecentarla. Ella continúa suplicando, de tal manera que los discípulos piden a Jesús que la despache. La fe de esta mujer se manifiesta, sobre todo, en su humilde insistencia, remarcada por las palabras de los discípulos: «Atiéndela, que viene detrás gritando» (Mt 15,23).

La mujer sigue rogando; no se cansa. El silencio de Jesús se explica porque solamente ha venido para la casa de Israel. Sin embargo, después de la resurrección, dirá a sus discípulos: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15).

Este silencio de Dios, a veces, nos atormenta. ¿Cuántas veces nos hemos quejado de este silencio? Pero la cananea se postra, se pone de rodillas. Es la postura de adoración. Él le responde que no está bien tomar el pan de los hijos para echarlo a los perros. Ella le contesta: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos» (Mt 15,26-27).

Esta mujer es muy espabilada. No se enfada, no le contesta mal, sino que le da la razón. Tienes razón, Señor! Parece como si le dijera: —Soy como un perro, pero el perro está bajo la protección de su amo.

La cananea nos ofrece una gran lección: da la razón al Señor, que siempre la tiene. —No quieras tener la razón cuando te presentas ante el Señor. No te quejes nunca y, si te quejas, acaba diciendo: «Señor, que se haga tu voluntad».

Jaculatoria

 


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15 ago 2026

Santo Evangelio 15 de agosto 2026

  


Texto del Evangelio (Lc 1,39-56):

 En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Y dijo María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos». María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.



«Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador»


P. Dom Josep ALEGRE Abad emérito de Santa Mª de Poblet

(Tarragona, España)

Hoy celebramos la solemnidad de la Asunción de Santa María en cuerpo y alma a los cielos. «Hoy —dice san Bernardo— sube al cielo la Virgen llena de gloria, y colma de gozo a los ciudadanos celestes». Y añadirá estas preciosas palabras: «¡Qué regalo más hermoso envía hoy nuestra tierra al cielo! Con este gesto maravilloso de amistad —que es dar y recibir— se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, lo humilde y lo sublime. El fruto más granado de la tierra está allí, de donde proceden los mejores regalos y los dones de más valor. Encumbrada a las alturas, la Virgen Santa prodigará sus dones a los hombres».

El primer don que te prodiga es la Palabra, que Ella supo guardar con tanta fidelidad en el corazón, y hacerla fructificar desde su profundo silencio acogedor. Con esta Palabra en su espacio interior, engendrando la Vida para los hombres en su vientre, «se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1,39-40). La presencia de María expande la alegría: «Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1,44), exclama Isabel.

Sobre todo, nos hace el don de su alabanza, su misma alegría hecha canto, su Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador...» (Lc 1,46-47). ¡Qué regalo más hermoso nos devuelve hoy el cielo con el canto de María, hecho Palabra de Dios! En este canto hallamos los indicios para aprender cómo se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, y llegar a responder como Ella al regalo que nos hace Dios en su Hijo, a través de su Santa Madre: para ser un regalo de Dios para el mundo, y mañana un regalo de nuestra humanidad a Dios, siguiendo el ejemplo de María, que nos precede en esta glorificación a la que estamos destinados.


Aprecie a Dios en la sencillez de cada día

  


Aprecie a Dios en la sencillez de cada día

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón


Vamos a meditar en la Palabra de Dios: "En aquel tiempo Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a una montaña alta y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo y se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces, Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: Maestro, qué bien se está aquí. Hagamos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Estaban asustados y no sabían lo que decían. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube que dijo: Éste es mi Hijo Amado, escúchenlo. De pronto, al mirar alrededor no vieron a nadie mas que a Jesús solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña Jesús les mandó: No cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos. Le preguntaron por qué dicen los letrados que primero tiene que venir Elías. Les contestó Él: Elías vendrá primero y lo restablecerá todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Les digo que Elías ya ha venido y que han hecho con él lo que han querido como estaba escrito". 

Hoy es un día maravilloso y el Señor nos habla de mil maneras. La presencia de Cristo la sentimos en el alma, en el corazón. Y hoy el Señor nos llena más de su Espíritu, porque nos prepara siempre para grandes cosas. Quiere que estemos siempre listos para todo lo que Él nos va a ir presentando. Este texto del evangelio es precioso, como toda Palabra de Dios. Escoge a tres discípulos, los lleva a lo más alto de un monte y se transfigura delante de ellos. Una luz impresionante, una voz: "Éste es mi Hijo Amado", aparecen Elías y Moisés, ellos caen rostro en tierra, no saben qué decir, ven la belleza de la gloria de Dios transfigurado, Jesucristo es todo luz. Ellos asombrados, asustados, Pedro balbucea unas palabras casi incoherentes, no sabía lo que decía, porque había mucho que hacer allá abajo en las faldas del monte, en las aldeas y en los pueblos y en Jerusalén. 

Jesús se transfiguró, todo su cuerpo brillaba como una luz. Lo hizo una sola vez, suficiente para que ellos no lo olvidaran. ¿A qué viene esto? A lo de su vida diaria. No todos los días tendrá usted una experiencia exuberante a nivel espiritual que lo va a mantener casi en un éxtasis, no. Algunas veces en su vida, Dios le regala experiencias gozosas a nivel espiritual, que son contadas, y que no podemos olvidarlas. Recuérdelas como anticipos de la gloria de Dios. Pero lo normal es que en nuestra vida diaria, en nuestra oración, nuestra experiencia del Señor sea sencilla. Es decir, en su vida cristiana no esté usted esperando solamente los momentos gozosos, relevantes, sino aprecie en lo diario la belleza de Dios que viene de mil maneras sencillas, sutiles, humildes, como lo vemos a Él en el pan de vida y como le adoramos en Jesús Sacramentado. Así aparece Él todos los días sencillito, pero hay que tener los ojos de la fe para descubrirlo. 

Hay gente que quiere tener siempre revelaciones, apariciones, quiere estar escuchando y viendo cosas. Sí, es verdad que el Señor y la Virgen se aparecen, pero a personas muy contadas y santas. Hay quienes por ahí dicen que tienen apariciones y, primero, que no son nada santos y, segundo, que la gente que anda siempre esperando apariciones o revelaciones, usa mucho la imaginación. Y comienza a ver lo que quiere ver y a oír lo que quiere oír. Y eso no es lo que Dios dice, no es lo que Dios revela; es lo que uno se imagina. ¡Cuidado! Y en tercer lugar, hay gente desequilibrada, gente que le da por ver cosas y están para ser atadas, es decir, para ser encerradas.

En cambio, un cristianismo maduro, un cristianismo que es el evangélico, es el de los apóstoles que vieron una sola vez a Cristo transfigurado aparecer como una luz. Los demás días lo vieron sudoroso, cansado, caminando con su ropa pobre, su túnica, su manto y sus sandalias viejas por los caminos de Israel. Lo vieron en el pozo aquel, pidiéndole agua a la Samaritana y explicándole con paciencia que es Él la fuente de agua viva. Lo vieron combatiendo y peleando con los fariseos y vieron a Cristo en los trigales con los discípulos arrancando los granos de trigo por hambre. Lo vieron comer y dormir en las noches, algunas veces a la intemperie y luego en la cruz asesinado. Aprenda usted a ver a Cristo en la sencillez de todos los días, aprenda a verlo en las cosas más simples. Él todos los días aparece, pero no espere esas impresionantes revelaciones, porque se va a quedar sentado muchos años aguardando y, mientras, la vida se le escapa y la vida es como un río cuya agua no vuelve jamás a pasar por el mismo lugar. 

Aprecie a Dios en la simplicidad de los acontecimientos diarios. Búsquelo en la Palabra, en los hermanos y en los más pobres. Aprecie a Dios en lo sencillo y así será usted ¡invencible en Él! 

                       

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