Hoy celebramos el gran reposo del Sábado Santo. Dentro del “triduum” Pascual, frecuentemente centramos la atención en la Pasión o la Resurrección del Señor, pero olvidamos fácilmente el vínculo que hay entre los dos acontecimientos: el Sábado Santo. Quizá ocurre porque el silencio profundo de este día se ahoga rápidamente en el ruido de nuestro mundo. Y, sin embargo, es en este silencio donde adquiere sentido la palabra. La muerte de Jesús no es simbólica: es real. No sólo se ha solidarizado con los vivos —en su encarnación— sino que, desde el sepulcro, también se ha solidarizado con los difuntos.
Una mujer de la parroquia de Sabadell (Barcelona) visitaba el cementerio cada sábado; decía que le gustaba la paz del lugar. Y es que “cementerio” significa “dormitorio” en griego, lugar de reposo después de la gran actividad. Ayer —Viernes Santo— Jesús completaba la obra de la redención. Hoy, en el sepulcro, descansa. No actúa. Es pura pasividad confiada. Se abandona en manos del Padre, sabiendo que será liberado.
El descenso de Cristo va más allá del sepulcro: baja a los infiernos, al abismo, al reino de los muertos. Como Jonás dentro del monstruo marino, Jesús conoce la muerte desde dentro, la sondea, tal como también haremos nosotros algún día. Pero el Sábado Santo no sólo afirma que el Hijo de Dios ha reposado entre los muertos, sino también que ha regresado de ahí. El Padre no lo ha dejado en aquel reino, sino que lo ha liberado de sus ataduras. El monstruo de la muerte no ha podido retener cautivo a Aquél a quien el Padre ama.
Y si no lo ha podido retener a Él, tampoco podrá retener a quienes han escuchado su voz: los justos que descansaban en la muerte. Éste es el misterio profundo del Sábado Santo, un silencio más elocuente que mil palabras. Preparémonos, en este silencio, para la Pascua. Para la palabra renovada que escucharemos esta noche. «Por eso se alegra mi corazón, se goza mi alma, hasta mi carne descansa en la esperanza» (Sal 16,9).
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