23 feb 2019

Santo Evangelio 23 de Febrero 2019



Día litúrgico: Sábado VI del tiempo ordinario

Santoral 23 de Febrero: San Policarpo, obispo y mártir


Texto del Evangelio (Mc 9,2-13): 

En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. 

Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías»; pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados. Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. 

Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de "resucitar de entre los muertos". 

Y le preguntaban: «¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero?». Él les contestó: «Elías vendrá primero y restablecerá todo; mas, ¿cómo está escrito del Hijo del hombre que sufrirá mucho y que será despreciado? Pues bien, yo os digo: Elías ha venido ya y han hecho con él cuanto han querido, según estaba escrito de él».


«Les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto»

Rev. D. Xavier ROMERO i Galdeano 
(Cervera, Lleida, España)

Hoy, el Evangelio de la transfiguración nos presenta un enigma descifrado. El texto evangélico de san Marcos está plagado de secretos mesiánicos, de momentos puntuales en los cuales Jesús prohíbe que se dé a conocer lo que ha hecho. Hoy nos encontramos ante un “botón de muestra”. Así, Jesús «les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos» (Mc 9,9).

¿En qué consiste este secreto mesiánico? Se trata de levantar un poco el velo de aquello que se esconde debajo, pero que sólo será desvelado totalmente al final de los días de Jesús, a la luz de su Misterio Pascual. Hoy lo vemos claro en este Evangelio: la transfiguración es un momento, una catadura de gloria para descifrar a los discípulos el sentido de aquel momento íntimo.

Jesús había anunciado a sus discípulos la inminencia de su pasión, pero al verles tan turbados por tan trágico fin, les explica con hechos y palabras cómo será el final de sus días: unas jornadas de pasión, de muerte, pero que concluirán con la resurrección. He aquí el enigma descifrado. Santo Tomás de Aquino dice: «Con el fin de que una persona camine rectamente por un camino es necesario que conozca antes, de alguna manera, el lugar al cual se dirige».

También nuestra vida de cristianos tiene un fin desvelado por Nuestro Señor Jesucristo: gozar eternamente de Dios. Pero esta meta no estará exenta de momentos de sacrificio y de cruz. Con todo, hemos de recordar el mensaje vivo del Evangelio de hoy: en este callejón aparentemente sin salida, que es frecuentemente la vida, por nuestra fidelidad a Dios, viviendo inmersos en el espíritu de las Bienaventuranzas, se agrietará el final trágico, gozando de Dios eternamente.

Cajitas


Cajitas

Autor: Poly Bird


Junto cajitas.

Cajitas esmaltadas, cajitas de madera pintada, cajitas de cristal, de porcelana, de metal, de cartón, de nácar, todas chiquitas.

En esas cajitas guardo los pedacitos de la felicidad.

Porque la felicidad no es un enorme friso en la pared, sino un rompecabezas de pieza diminutas que se arma de a poquito.

Y no tiene una figura fija, preconcebida, sino varias figuras, todas cambiantes, que pueden variar según los días, según las horas, según los lugares...

Vos me enseñaste eso.

Y muchas de esas cajitas tienen partes tuyas.

No... no lo aprendí enseguida... me llevó tiempo...

Cuando tu vida se apagó, el miedo y la soledad hicieron nudos con mis tripas.

Golpeaba todas las puertas con terror de no ser escuchada, de no ser recibida.

Y me juraba, cada día, golpear otras puertas y otras y otras, sin importarme quién las abriera, quién sería capaz de oír el sonido de campana al viento que emitía mi corazón... una campana de barco en medio del océano, una campana de catedral en medio del desierto, una campana quejumbrosa con sonido de pena y manantial al mismo tiempo...

Hasta que empecé a abrir las cajitas.

En una encontré un fósforo, uno de esos fósforos con los que encendías mis cigarrillos, y aunque casi no fumo, prendí uno y traté de hacer espirales con el humo, como hacías VOS.

En otra encontré unas tierritas de colores, de Purmamarca, y el norte le trajo paz y color al sur de mi inquietud, con su placita de vendedores de pesebres, su aire de celeste transparencia, sus montañas redondas...

En la de porcelana, una rosa seca y un papel dobladito: "quinto aniversario".

En la de plata, una medalla bendecida de la Virgen de Luján.

Arena de la playa mansa, monedita de austral, un coralito africano, una entrada de cine, un boleto capicúa, un anillito que perdió la piedra, un cuarzo casi dorado, una plumita de colibri...

Todos itinerarios de caminos que recorrimos juntos y yo vuelvo a caminarlos llevando tus pasos encima de los míos, ahora que tus pasos no pesan nada porque son de apenas airecito, de apenas aleteo de mariposa, de apenas una lágrima ...

Ya ves, ya no golpeo puertas, sólo abro cajitas para no estar tan sola.

Pero, eso sí, al mismo tiempo, abro también mi corazón...

22 feb 2019

Santo Evangelio 22 de Febrero 2019



Día litúrgico: 22 de Febrero: La Cátedra de san Pedro, apóstol

Texto del Evangelio (Mt 16,13-19): 

En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». 

Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

«Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy celebramos la Cátedra de san Pedro. Desde el siglo IV, con esta celebración se quiere destacar el hecho de que —como un don de Jesucristo para nosotros— el edificio de su Iglesia se apoya sobre el Príncipe de los Apóstoles, quien goza de una ayuda divina peculiar para realizar esa misión. Así lo manifestó el Señor en Cesarea de Filipo: «Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). En efecto, «es escogido sólo Pedro para ser antepuesto a la vocación de todas las naciones, a todos los Apóstoles y a todos los padres de la Iglesia» (San León Magno).

Desde su inicio, la Iglesia se ha beneficiado del ministerio petrino de manera que san Pedro y sus sucesores han presidido la caridad, han sido fuente de unidad y, muy especialmente, han tenido la misión de confirmar en la verdad a sus hermanos.

Jesús, una vez resucitado, confirmó esta misión a Simón Pedro. Él, que profundamente arrepentido ya había llorado su triple negación ante Jesús, ahora hace una triple manifestación de amor: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo» (Jn 21,17). Entonces, el Apóstol vio con consuelo cómo Jesucristo no se desdijo de él y, por tres veces, lo confirmó en el ministerio que antes le había sido anunciado: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,16.17).

Esta potestad no es por mérito propio, como tampoco lo fue la declaración de fe de Simón en Cesarea: «No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17). Sí, se trata de una autoridad con potestad suprema recibida para servir. Es por esto que el Romano Pontífice, cuando firma sus escritos, lo hace con el siguiente título honorífico: Servus servorum Dei.

Se trata, por tanto, de un poder para servir la causa de la unidad fundamentada sobre la verdad. Hagamos el propósito de rezar por el Sucesor de Pedro, de prestar atento obsequio a sus palabras y de agradecer a Dios este gran regalo.

No llegues con las manos vacías





No llegues con las manos vacías

Al terminar las fiestas navideñas, vale la pena preguntarnos: ¿qué Navidad he vivido?, ¿hoy entro a la cueva como los Reyes Magos, después de ser invitado a Belén, por mi estrella?


No llegues con las manos vacías


La luz que en Navidad brilló en la noche, iluminando la gruta de Belén, donde están en silenciosa adoración María, José y los pastores, hoy resplandece y se manifiesta a todos. La Epifanía es el misterio de luz, simbólicamente indicado por la estrella que guió en su viaje a los Magos (Benedicto XVI, Homilía 6 enero 2006).

En esta llegada de Jesús en el misterio de Belén, aparecen unos personajes simpáticos, exóticos, aventureros, que pueden ofrecernos el día de hoy materia de reflexión y meditación. Tratamos de repasar de modo sintético la aventura que representó para aquellos buenos hombres el ponerse a seguir una estrella, la estrella de Jesús. Como ellos, también nosotros vamos en pos de una estrella, una estrella que busca guiarnos, acompañarnos y dejarnos a las puertas de la felicidad, de la paz, del verdadero amor, de una vida eterna. Es curioso, pero estando ahí para todos, no todos la han querido seguir.

"Hemos visto su estrella". Los Reyes Magos son proclamadores del misterio de Cristo. Quien al menos por un instante haya contemplado la estrella de Cristo, se siente invitado a proclamarla. Es el caso de la Samaritana, es la experiencia de Sta. Teresa de Jesús, de Juan Pablo II, de la Madre Teresa de Calcuta: cuando se experimenta el amor de Dios, todo se hace fácil y ligero.

Anunciemos gozosos que Cristo ha nacido en nuestro corazón. No hay lugar para la tristeza, cuando Cristo nace en el alma. ¿Qué palabras de aliento y esperanza he llevado en mis labios a lo largo de estos días santos de la Navidad?

Anunciar a Cristo, para el cristiano, es vivir alegre y feliz, es aspirar a la santidad propia de su estado, es construir su familia con la sencillez de su alma y la confianza puesta en Dios. El seguimiento de Cristo no es un camino sembrado de rosas, es, más bien, un sendero estrecho, de grandes alturas y para corazones audaces. Ante todo, ellos se ponen en marcha sin tener la totalidad de la ruta, tienen la corazonada, tienen la inspiración, la estrella que se cruzó por su telescopio, pero nada más. Quien espere tener la hoja de ruta en su experiencia de Dios, se quedará siempre atado a la orilla. Con Dios, una buena dosis de aventura y de confianza en Él, son indispensables.

Ahora bien, esa estrella no siempre brillará esplendorosa. Hay momentos en que se oculta. En la vida hay que seguir, pues sabemos que aunque la estrella desaparezca por las nubes de alguna posible tormenta, la estrella sigue estando ahí, los magos nos dan una gran lección, de fe y constancia. En estos momentos hay que preguntar a Dios, no a mis propias seguridades, no a mi egoísmo, no a la ciencia o al ambiente que nos envuelve, tú sigue buscando la estrella. Cuando tengas dudas, cuando la vida te duela, pregunta, pregunta siempre a tu estrella.

El Papa Benedicto XVI, en una jornada de la juventud, nos decía a todos los jóvenes del mundo: "Quisiera decir a todos insistentemente: abrid vuestro corazón a Dios, dejad sorprenderos por Cristo. Dadle el «derecho a hablaros». Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz vuestra mente y acaricie con su gracia vuestro corazón".

Es cierto que hoy no buscamos ya a un rey; pero estamos preocupados por la situación del mundo y preguntamos: ¿Dónde encuentro los criterios para mi vida?, ¿dónde los criterios para colaborar de modo responsable en la edificación del presente y del futuro de nuestro mundo?, ¿de quién puedo fiarme; a quién confiarme?, ¿dónde está aquel que puede darme la respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón?.

La respuesta nos la dan los mismos Reyes Magos. Los Magos, una vez que oyeron la respuesta «en Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta», decidieron continuar el camino y llegar hasta el final y ¡vaya, que gran sorpresa!, ahí se encontraron con Dios, se encontraron con el Rey que iban a adorar. «Los Magos están asombrados ante lo que ahí contemplan: el cielo en la tierra y la tierra en el cielo; el hombre en Dios y Dios en el hombre; ven encerrado en un pequeñísimo cuerpo, aquello que no puede ser contenido en todo el mundo».

Al terminar estas fiestas navideñas, tal vez valga la pena hacernos algunas preguntas, ¿qué Navidad he vivido?, ¿me he encontrado con este Niño Dios?, ¿hoy entro a la cueva como los Reyes Magos, después de ser invitado a Belén, por mi estrella?, ¿entro con las manos vacías o están llenas de regalos?, ¿me siento satisfecho con Dios y conmigo mismo por lo que he hecho?

Tal vez hoy le podríamos ofrecer a Jesús todas las buenas obras realizadas a lo largo de este año que acaba de terminar, tal vez le ofrezca aquellos proyectos que estoy dispuesto a realizar a lo largo de este nuevo año, no sé, todo está en tus manos y en tu corazón.

Hoy, cuando vayas a Misa, cuando entres una vez más a esa cueva que se llama Iglesia y te encuentres con Cristo, y cuando lo vayas a recibir, recuerda: es el día en el que tengo que ofrecer algo al recién nacido.

Ojalá no sean sólo las sobras de tu vida, o un mero sentimiento o pensamiento de algo que tienes en mente, llévale algo diferente, llévale algo que signifique para tí un verdadero compromiso con Él, tal vez sea una buena confesión, el reconciliarte con algún pariente, el ir a Misa cada domingo, el ser menos gruñón, el compartir tus cosas con tus hermanos, el obedecer siempre con una sonrisa a papá y a mamá, el ser más tolerante...

Autor: P. Dennis Doren L.C. | Fuente: Catholic.net

21 feb 2019

Santo Evangelio 21 de febrero 2019



Día litúrgico: Jueves VI del tiempo ordinario

Ver 1ª Lectura y SalmoTexto del Evangelio (Mc 8,27-33):

 En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas». Y Él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo». 

Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. Pero Él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».


«¿Quién dicen los hombres que soy yo? (...) Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Rev. D. Joan Pere PULIDO i Gutiérrez Secretario del obispo de Sant Feliu 
(Sant Feliu de Llobregat, España)

Hoy seguimos escuchando la Palabra de Dios con la ayuda del Evangelio de san Marcos. Un Evangelio con una inquietud bien clara: descubrir quién es este Jesús de Nazaret. Marcos nos ha ido ofreciendo, con sus textos, la reacción de distintos personajes ante Jesús: los enfermos, los discípulos, los escribas y fariseos. Hoy nos lo pide directamente a nosotros: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8,29).

Ciertamente, quienes nos llamamos cristianos tenemos el deber fundamental de descubrir nuestra identidad para dar razón de nuestra fe, siendo unos buenos testigos con nuestra vida. Este deber nos urge para poder transmitir un mensaje claro y comprensible a nuestros hermanos y hermanas que pueden encontrar en Jesús una Palabra de Vida que dé sentido a todo lo que piensan, dicen y hacen. Pero este testimonio ha de comenzar siendo nosotros mismos conscientes de nuestro encuentro personal con Él. San Juan Pablo II, en su Carta apostólica "Novo millennio ineunte", nos escribió: «Nuestro testimonio sería enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro».

San Marcos, con este texto, nos ofrece un buen camino de contemplación de Jesús. Primero, Jesús nos pregunta qué dice la gente que es Él; y podemos responder, como los discípulos: Juan Bautista, Elías, un personaje importante, bueno, atrayente. Una respuesta buena, sin duda, pero lejana todavía de la Verdad de Jesús. Él nos pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8,29). Es la pregunta de la fe, de la implicación personal. La respuesta sólo la encontramos en la experiencia del silencio y de la oración. Es el camino de fe que recorre Pedro, y el que hemos de hacer también nosotros.

Hermanos y hermanas, experimentemos desde nuestra oración la presencia liberadora del amor de Dios presente en nuestra vida. Él continúa haciendo alianza con nosotros con signos claros de su presencia, como aquel arco puesto en las nubes prometido a Noé.

La pureza




Autor: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Retiros y homilías del Padre Nicolás Schwizer

La pureza

Actualmente en nuestra sociedad, no podríamos afirmar que la pureza sea un valor muy cotizado. Pero el cultivo del espíritu de pureza es algo fundamental en nuestro camino hacia la santidad.


La pureza
¿Qué es la pureza? Para definirla muchas veces se ha insistido en lo negativo: es algo no tocado no manchado; para permanecer puro no hay que hacer tal cosa, etc. Pero así se ha olvidado lo más importante, su valor positivo. Tampoco no se debe limitar la pureza al campo de lo sexual, porque es algo mucho mayor y amplio que eso.

Según el Padre Kentenich, fundador del Movimiento Apostólico de Schoenstatt, pureza es “la transparencia nítida y plena de la huella de Dios en nosotros”. Dios Padre, al crearnos puso en nuestro corazón una huella original. La pureza es “reflejo de la belleza eterna”, reflejo de la belleza de Dios.
Es una manera distinta de ver la vida: desde Dios y con los ojos de Dios. Y es una manera distinta de amar: como Dios ama, como la Virgen María ama. En lo sexual, es comprender y realizar la relación sexual como Dios lo ha querido desde siempre. En la vestimenta, es vestirse de modo de reflejar la imagen de Cristo o de la. Virgen.

La intangibilidad (o intoncabilidad) 
La intangibilidad no debe ser solamente física, sino hemos de aspirarla también en lo interior. Dice el Padre Kentenich: “Aquello a lo que yo renuncio para poseer, lo renuncio también para gozar con cualquiera de mis sentidos”.
Esta intocabilidad significa, en concreto, para la mujer: La tendencia a no ser vista o examinada: comparación de ella con un huerto cerrado (Cantares 4,12). La tendencia a no ser tocada: como una fuente sellada. La tendencia a ser exclusiva (según el estado de vida).

Para proteger el castillo de la pureza, el Padre José Kentenich considera fundamentales dos muros protectores: el pudor y la modestia.

El Pudor
Adán y Eva en el paraíso, antes del pecado original no tenían sentimientos de pudor, porque en ellos había plena armonía entre instintos, razón y voluntad.
Recién después, con el pecado original, se creó en la naturaleza humana un desorden tal que la razón y la voluntad solas ya no pueden restablecer la armonía.
Por eso, Dios le dio al ser humano un contrapeso de la vida instintiva: el sentimiento del pudor.
El Padre Kentenich hace una comparación con el párpado: protege espontáneamente al ojo de cualquier elemento extraño. Es una reacción espontánea, no voluntaria.

Si queremos conquistar una vida instintiva ordenada y dominada, hemos de cultivar permanentemente el sentimiento de pudor. Sobre todo la mujer por su gran influencia sobre el hombre en el plano de lo instintivo. Dice el Padre Kentenich: “A través del especial cuidado de este don de Dios (sentido de pudor), la mujer aparece como un misterio frente al hombre, que ordena de manera maravillosa y eficaz la vida instintiva del hombre y que eleva y da gran fecundidad a las relaciones mutuas”.

La modestia
El otro muro protector es la modestia. Una forma de ser, un estilo de vida natural: en la vestimenta, el peinado, el comportamiento en general… que no busca llamar la atención ni ponerse en el centro. La modestia, además de proteger la pureza y el pudor, conduce a la libertad interior.

La Alianza de amor con la Virgen María
Vivir la Consagración a María, la Alianza de amor con la Virgen, acrecienta en nosotros el ansia por el paraíso, por una plena transformación y divinización de nuestra naturaleza. La Alianza de amor con la Inmaculada despierta fuerzas también en nosotros para superar el pecado y los desórdenes que tienen su origen en el pecado. Por eso es tan decisivo el amor y la entrega a Ella, nuestra Madre y Educadora, para tener éxito en nuestra lucha por la pureza.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Qué me dice a mí este texto?
2. ¿Cómo definiría mi forma de vestir?
3. ¿Busco la ayuda de la Virgen María, para fortalecerme en la pureza?

20 feb 2019

Santo Evangelio 20 de febrero 2019



Día litúrgico: Miércoles VI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 8,22-26): 

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegan a Betsaida. Le presentan un ciego y le suplican que le toque. Tomando al ciego de la mano, le sacó fuera del pueblo, y habiéndole puesto saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntaba: «¿Ves algo?». Él, alzando la vista, dijo: «Veo a los hombres, pues los veo como árboles, pero que andan». Después, le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía claramente todas las cosas. Y le envió a su casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en el pueblo».


«Quedó curado, de suerte que veía claramente todas las cosas»

Rev. D. Joaquim MESEGUER García 
(Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)

Hoy a través de un milagro, Jesús nos habla del proceso de la fe. La curación del ciego en dos etapas muestra que no siempre es la fe una iluminación instantánea, sino que, frecuentemente requiere un itinerario que nos acerque a la luz y nos haga ver claro. No obstante, el primer paso de la fe —empezar a ver la realidad a la luz de Dios— ya es motivo de alegría, como dice san Agustín: «Una vez sanados los ojos, ¿qué podemos tener de más valor, hermanos? Gozan los que ven esta luz que ha sido hecha, la que refulge desde el cielo o la que procede de una antorcha. ¡Y cuán desgraciados se sienten los que no pueden verla!».

Al llegar a Betsaida traen un ciego a Jesús para que le imponga las manos. Es significativo que Jesús se lo lleve fuera; ¿no nos indicará esto que para escuchar la Palabra de Dios, para descubrir la fe y ver la realidad en Cristo, debemos salir de nosotros mismos, de espacios y tiempos ruidosos que nos ahogan y deslumbran para recibir la auténtica iluminación?

Una vez fuera de la aldea, Jesús «le untó saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: ‘¿Ves algo?’» (Lc 8,23). Este gesto recuerda al Bautismo: Jesús ya no nos unta saliva, sino que baña todo nuestro ser con el agua de la salvación y, a lo largo de la vida, nos interroga sobre lo que vemos a la luz de la fe. «le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía claramente todas las cosas.» (Lc 8,25); este segundo momento recuerda el sacramento de la Confirmación, en el que recibimos la plenitud del Espíritu Santo para llegar a la madurez de la fe y ver más claro. Recibir el Bautismo, pero olvidar la Confirmación nos lleva a ver, sí, pero sólo a medias.