19 may 2017

Los intereses de Cristo



Los intereses de Cristo

Podemos resumir los intereses de nuestro Señor Jesucristo en dos: el celo por Su Padre celestial y el amor por las almas.


Por: Padre Sergio Larumbe | Fuente: Catholic.net 


Cristo se encarnó por mí

Jesús nos pertenece. Él mismo se encarnó y nació por nosotros y se dignó ponerse a nuestra disposición: Él mismo dijo Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores (Mt. 9,13). Y nos ama con un amor que no hay lengua que pueda expresar. Cristo vino a dar la vida por nosotros: el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos (Mt 20, 28). Nada nos ha negado Jesús. Ahora debemos preguntarnos ¿qué hemos hecho por quien tanto trabajó en nuestro provecho? Amor con amor se paga.

Podemos resumir los intereses de nuestro Señor Jesucristo en dos: el celo por Su Padre celestial y el amor por las almas.

El Celo por el Padre

El celo por el Padre: Tenemos el claro ejemplo de la expulsión de los mercaderes del templo: Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará (Jn. 2,15-17). Además Cristo siempre hablaba del Padre. Era su tema central.

Amor por las almas 

Tenía un gran interés y deseo por llevarlas al Padre y como fruto de su pasión tenía un deseo de que no ofendan a Dios con sus faltas. De hecho no hay amor más grande que el dar la vida por los amigos, como se dice en el evangelio de San Juan: Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos (Jn 15,13) y Cristo la dio cuando todavía nosotros éramos enemigos suyos: Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! (Rm. 5,10).

Su gran Interés

Por eso que su gran interés es que evitemos todo pecado para así llevarnos al Padre: Este es otro de los grandes intereses de Jesús. Todo pecado que evitemos, aunque sólo sea venial, es una grande obra para los intereses de Jesús. Nos convenceremos de ello recordando que si con una leve mentira pudiésemos cerrar para siempre el infierno, salvando todas las almas que hay en él, acabar con el purgatorio y hacer que todo el humano linaje se igualase en santidad a San Pedro y San Pablo, todavía no nos sería lícito cometer bajo ningún concepto esa ligera falta; pues más perdería la gloria de Dios con dicha culpa liviana, que cuanto pudiese ganar en la justificación y salvación de todo el universo mundo. ¡Que obra, pues, tan grande no será para los intereses de Jesús impedir un solo pecado mortal! Y cuán fácil cosa es evitarle! Si cada noche, antes de acostarnos, suplicásemos a nuestra dulcísima Señora tuviese la dignación de ofrecer a Dios la Preciosísima Sangre de su hijo para estorbar en cualquier parte del mundo, durante la noche, un solo pecado mortal, y renovásemos luego por la mañana la misma súplica por todas las horas del día, seguramente una ofrenda hecha por semejantes manos, obtendría la gracia deseada. Cada uno podría probablemente evitar así todos los años setecientos treinta pecados mortales; y si mil de nosotros hiciésemos iguales ofrecimientos, y perseverásemos en ellos por veinte años, lo cual sería fácil y nos colmaría al propio tiempo de inefables méritos, ascendería la suma de culpas graves que impidiésemos a más de catorce millones. Si suponemos ahora que todos los miembros de la Confraternidad practicásemos lo mismo, tendríamos entonces que multiplicar la suma anterior por cuarenta; y La omisión de quinientos sesenta millones de pecados mortales sería la ofrenda anual de nuestra Confraternidad a la Pasión de Nuestro Señor. En igual proporción prosperarían los intereses de Jesús, y cuán dichosos, inmensamente dichosos, no seríamos entonces nosotros. Aumentamos igualmente el fruto de la Pasión de nuestro Redentor adorable cada vez que conseguimos, llegue uno al Tribunal de la Penitencia a confesar sus culpas, aunque no sean sino veniales: aumentamos ese mismo fruto bendito con todo acto de contrición que hagan los hombres por mediación nuestra, y con cada plegaria que dirijamos a Dios para alcanzarles la gracia de obtenerla: nos da idéntico resultado toda ligera mortificación o penitencia que inspiremos a los demás. Y todo esfuerzo de nuestra parte para fomentar la Comunión frecuente entre nuestros hermanos: y cuando inducimos al pueblo a tomar parte en la devoción a la Pasión de Nuestro Señor, a leer o meditar sobre ella, ¿qué otra cosa estamos haciendo sino acrecentar los intereses de Jesús? Cierta persona aseguraba, y si la memoria no me es infiel, era Alberto Magno, que una sola lágrima derramada sobre los sufrimientos de Nuestro Señor tenía más mérito delante de los divinos ojos que un año entero de ayunos a pan y agua. ¡Cuál no será, pues, el valor de hacer que los demás giman con nosotros por la Pasión de Jesús, y cuánto mayor el lograr de ellos que reciten una corta oración! ¡Oh dulce Jesús mío! ¡Y cómo es que somos tan fríos y duros! ¡Enciende, pues, en nosotros el sagrado fuego que viniste a encender sobre la tierra!

Cristo me amó y se entregó por mí

No debemos dudar nunca que somos objeto del amor de Dios, somos uno de sus mayores intereses ¿No vino al mundo acaso por nosotros? ¿Cuáles son mis dudas sobre el amor de Dios hacia mi persona? ¿Qué no hizo Cristo por salvarme, y qué no seguirá haciendo? No puedo dudar de su amor, no puedo hacerme merecedor de aquel reproche hecho a san Pedro cuando después de caminar por las aguas se empezó a hundir por desconfiado: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? (Mt. 14,31).

Santo Evangelio 19 de Mayo 2017



Día litúrgico: Viernes V de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 15,12-17): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros».



«Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado»
Rev. D. Carles ELÍAS i Cao 
(Barcelona, España)


Hoy, el Señor nos invita al amor fraterno: «Que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12), es decir, como me habéis visto hacer a mí y como todavía me veréis hacer. Jesús te habla como a un amigo, pues te ha dicho que el Padre te llama, que quiere que seas apóstol, y que te destina a dar fruto, un fruto que se manifiesta en el amor. San Juan Crisóstomo afirma: «Si el amor estuviera esparcido por todas partes, nacería de él una infinidad de bienes».

Amar es dar la vida. Lo saben los esposos que, porque se aman, hacen una donación recíproca de su vida y asumen la responsabilidad de ser padres, aceptando también la abnegación y el sacrificio de su tiempo y de su ser a favor de aquellos que han de cuidar, proteger, educar y formar como personas. Lo saben los misioneros que dan su vida por el Evangelio, con un mismo espíritu cristiano de sacrificio y de abnegación. Y lo saben religiosos, sacerdotes y obispos, lo sabe todo discípulo de Jesús que se compromete con el Salvador.

Jesús te ha dicho un poco antes cuál es el requisito del amor, de dar fruto: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda él solo; pero si muere da mucho fruto» (Jn 12,24). Jesús te invita a perder tu vida, a que se la entregues a Él sin miedo, a morir a ti mismo para poder amar a tu hermano con el amor de Cristo, con amor sobrenatural. Jesús te invita a llegar a un amor operante, bienhechor y concreto; así lo entendió el apóstol Santiago cuando dijo: «Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: ‘Id en paz, calentaos y hartaos’, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (2,15-17).

Sed de amor



Sed de amor

¿Qué hay dentro de mí? ¿Por qué esa inquietud eterna? ¿Por qué la vida cotidiana no basta para llenar mis sueños? ¿Qué busco?

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net 

Una sed que está ahí. Presente, respetuosa, a veces con un deje de cansancio o de pena. Quisiera levantar nuestro corazón a nuevos horizontes, abrir nuestra mente a verdades profundas, desatar energías que duermen en la satisfacción de la nada.

Cada uno tenemos, muy dentro, indestructible, una sed intensa, profunda, insaciable. Sed de amor y de verdad. Sed de alegría y de entrega. Sed de justicia y de paz. Aunque también hemos acumulado mucha arena para apagar o esconder el deseo de un amor más grande.

Encendemos la radio, entramos en internet para buscar novedades, conversamos con personas desconocidas en un chat de emociones, salimos a la calle a ver una película o a divertirnos con los amigos, vamos a un parque para contemplar cipreses y jilgueros... La sed no se deja saciar, parece implacable, como un anhelo de algo que nos falta, de algo más grande, más hermoso, más profundo, más bello.

¿Qué hay dentro de mí? ¿Por qué esa inquietud eterna? ¿Por qué la vida cotidiana no basta para llenar mis sueños? ¿Qué busco? ¿Hacia dónde me dirijo? ¿Será que alguien me llama o me espera más allá del gris de mis mañanas?

Los encuentros se suceden. Las prisas llenan la jornada. Tenemos muchas cosas que hacer. Muy pocas las hacemos realmente por gusto. Pero incluso aquello que tanto deseaba, aquello por lo que soñé meses y meses (un viaje, un encuentro, una conquista profesional), cuando llega no me satisface, no me llena.

Es una sed misteriosa, profunda, discreta. No sé si hoy la dejaré de lado, no sé si buscaré nuevamente caminos fugaces para contentar mi espíritu con vientos y nubes pasajeras. No sé si hoy será otro día más, monótono, gris, tal vez lleno de emociones intensas y huecas. No sé si esta noche, cuando llegue a la cama, sentiré de nuevo esa sed que me inquieta y que me invita a nuevas metas, a horizontes de amor y de esperanza.

Una sed que quizá me lleve a pensar en ese Dios del que he nacido, que me ama. Un Dios hacia el que avanzo, mientras la tierra gira imperturbada y un gorrión canta, sencillo y bullicioso, junto a mi ventana...



18 may 2017




LECTURA BREVE Hch 10, 40-43

Dios resucitó a Jesús al tercer día e hizo que se apareciese no a todo el pueblo, sino a nosotros, que somos los testigos elegidos de antemano por Dios. Nosotros hemos comido y bebido con él, después que Dios lo resucitó de entre los muertos. Y él nos mandó predicar al pueblo y atestiguar que ha sido constituido por Dios juez de vivos y muertos. De él hablan todos los profetas y aseguran que cuantos tengan fe en él recibirán por su nombre el perdón de sus pecados.

Santo Evangelio 18 de Mayo 2017


Día litúrgico: Jueves V de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 15,9-11): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado».


«Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros»
Rev. D. Lluís RAVENTÓS i Artés 
(Tarragona, España)


Hoy escuchamos nuevamente la íntima confidencia que Jesús nos hizo el Jueves Santo: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros» (Jn 15,9). El amor del Padre al Hijo es inmenso, tierno, entrañable. Lo leemos en el libro de los Proverbios, cuando afirma que, mucho antes de comenzar las obras, «yo estaba allí, como arquitecto, y era yo todos los días su delicia, jugando en su presencia en todo tiempo» (Prov 8,30). Así nos ama a nosotros y, anunciándolo proféticamente en el mismo libro, añade que «jugando por el orbe de su tierra, mis delicias están con los hijos de los hombres» (Prov 8,31).

El Padre ama al Hijo, y Jesús no deja de decírnoslo: «El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él» (Jn 8,29). El Padre lo ha proclamado bien alto en el Jordán, cuando escuchamos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido» (Mc 1,11) y, más tarde, en el Tabor: «Éste es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7).

Jesús ha respondido, «Abbá», ¡papá! Ahora nos revela, «como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros». Y, ¿qué haremos nosotros? Pues mantenernos en su amor, observar sus mandamientos, amar la Voluntad del Padre. ¿No es éste el ejemplo que Él nos da?: «Yo hago siempre lo que le agrada a Él».

Pero nosotros, que somos débiles, inconstantes, cobardes y —por qué no decirlo— incluso, malos, ¿perderemos, pues, para siempre su amistad? ¡No, Él no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas! Pero si alguna vez nos apartásemos de sus mandamientos, pidámosle la gracia de volver corriendo como el hijo pródigo a la casa del Padre y de acudir al sacramento de la Penitencia para recibir el perdón de nuestros pecados. «Yo también os he amado —nos dice Jesús—. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15,9.11).

Una paz sin cruz no es la paz de Jesús: Papa Francisco



Una paz sin cruz no es la paz de Jesús: Papa Francisco

La paz de Dios es una paz real, que va en la realidad de la vida, que no niega la vida: la vida es así.

Por: Álvaro de Juana | Fuente: ACI Prensa / 16 de Mayo 2017 


En la homilía de la Misa que celebró a primera hora de la mañana, el Papa Francisco explicó el significado de la paz de Dios, aseguró que para llegar a ella hay que pasar por tribulaciones y  por la Cruz y denunció que el mundo esto lo quiere ocultar.

“La paz que nos ofrece el mundo es una paz sin tribulaciones: nos ofrece una paz artificial”, aseguró. Es una paz “que solo mira sus propias cosas, sus propias seguridades, que no falte de nada” pero que provoca que uno esté “cerrado” y no vea “más allá”.

“El mundo nos enseña el camino de la paz con la anestesia: nos anestesia para no ver otra realidad de la vida: la cruz. Por eso Pablo dice que se debe entrar en el Reino del cielo en el camino con muchas tribulaciones”.

“¿Pero se puede tener paz en la tribulación?”, se preguntó. “Por nuestra parte no: nosotros no somos capaces de tener una paz que sea tranquilidad, una paz psicológica, una paz hecha por nosotros, porque las tribulaciones existen: un dolor, una enfermedad, una muerte…. existen. La paz que da Jesús es un regalo, es un don del Espíritu Santo”.

El Papa añadió: "y esta paz va en medio de las tribulaciones y va adelante. No es una especie de estoicismo, no. Es otra cosa”.



Francisco comentó que Jesús, después de donar la paz a sus discípulos, “les ofrece todo a la voluntad del Padre y sufre, pero no le falta el consuelo de Dios”. Y en el Huerto de los Olivos “aparece un ángel que le consuela”.

“La paz de Dios es una paz real, que va en la realidad de la vida, que no niega la vida: la vida es así. Existe el sufrimiento, hay enfermos, hay muchas cosas feas, existen las guerras… pero la paz de dentro, que es un regalo, no se pierde, sino que va adelante llevando la cruz y el sufrimiento”.

“Una paz sin cruz no es la paz de Jesús: es una paz que se puede comprar. Podemos fabricarla nosotros. Pero no es duradera, se acaba”, comentó.

El Papa afirmó que cuando uno se enfada dice “pierdo la paz”. Y cuando el corazón “se turba es porque no estoy abierto a la paz de Jesús” y no se es capaz “de llevar la vida como viene, con las cruces y los dolores que vienen”.

Para terminar, Francisco invitó a los fieles a pedir la gracia de “entrar en el Reino de Dios a través de las muchas tribulaciones. La gracia de la paz, de no perder esa paz interior”.


17 may 2017

Santo Evangelio 27 de Mayo 2017




Día litúrgico: Miércoles V de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 15,1-8): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos».


«Permaneced en mí, como yo en vosotros»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)


Hoy contemplamos de nuevo a Jesús rodeado por los Apóstoles, en un clima de especial intimidad. Él les confía lo que podríamos considerar como las últimas recomendaciones: aquello que se dice en el último momento, justo en la despedida, y que tiene una fuerza especial, como si de un postrer testamento se tratara.

Nos los imaginamos en el cenáculo. Allí, Jesús les ha lavado los pies, les ha vuelto a anunciar que se tiene que marchar, les ha transmitido el mandamiento del amor fraterno y los ha consolado con el don de la Eucaristía y la promesa del Espíritu Santo (cf. Jn 14). Metidos ya en el capítulo decimoquinto de este Evangelio, encontramos ahora la exhortación a la unidad en la caridad.

El Señor no esconde a los discípulos los peligros y dificultades que deberán afrontar en el futuro: «Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20). Pero ellos no se han de acobardar ni agobiarse ante el odio del mundo: Jesús renueva la promesa del envío del Defensor, les garantiza la asistencia en todo aquello que ellos le pidan y, en fin, el Señor ruega al Padre por ellos —por todos nosotros— durante su oración sacerdotal (cf. Jn 17).

Nuestro peligro no viene de fuera: la peor amenaza puede surgir de nosotros mismos al faltar al amor fraterno entre los miembros del Cuerpo Místico de Cristo y al faltar a la unidad con la Cabeza de este Cuerpo. La recomendación es clara: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

Las primeras generaciones de cristianos conservaron una conciencia muy viva de la necesidad de permanecer unidos por la caridad. He aquí el testimonio de un Padre de la Iglesia, san Ignacio de Antioquía: «Corred todos a una como a un solo templo de Dios, como a un solo altar, a un solo Jesucristo que procede de un solo Padre». He aquí también la indicación de Santa María, Madre de los cristianos: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5).