5 oct 2015

San Atilano de Zamora, 5 Octubre

5 de octubre

SAN ATILANO DE ZAMORA
(+ ca.916)
 

Del que fue grandioso monasterio de Santa María de Moreruela, en Zamora, enriquecido con privilegios de Alfonso VIl, Fernando II y aun de Sumos Pontífices, como Alejandro III; de aquella ilustre abadía junto al Esla caudaloso; de todo aquello que en el siglo XII fue cuna de la Orden del Cister en España, hoy no queda sino desolación y ruina. Aun están en pie algunos paredones del templo gigantesco y la sala capitular. La iglesia, de tres naves, conserva casi intacta la girola, la capilla mayor con su ábside, siete absidiolas y dos aún menores a los costados del crucero.

Esto, y poco más, es cuanto queda de aquel monumento insigne, en el que quizá se inspiró el arquitecto de la bellísima catedral leonesa.

El monasterio de Moreruela está íntimamente ligado a la vida de San Atilano y San Froilán, prior y abad de aquella fundación de Alfonso III para consolidar la línea defensiva del Esla y del Duero contra los árabes. 

Las ruinas actuales, dignas de mejor trato, son recuerdo, aunque triste, de la primitiva fundación de los dos Santos, al lado opuesto tal vez del mismo río

De la vida de San Atilano existen muy pocos datos, y algunos improbables; pero los que son ciertos bastan para destacar la personalidad eminente de uno de los grandes obispos españoles de los años difíciles de nuestra Reconquista.

Había nacido en Tarazona de Aragón, hacia el año 850, y, al parecer, de noble familia. Joven de quince años hace ya vida religiosa en un monasterio benedictino cercano a Tarazona. Es posible que viviese después algunos años en Sahagún, si es cierto que Ambrosio de Morales vio allí un códice de San Ildefonso de Toledo que fue copiado por "Atilano, monje de Domnos Santos (por San Facundo y San Primitivo) y después obispo de Zamora"

Desde Tarazona, en la Villa de los Fayos, o desde Sahagún, el joven mozárabe busca un guía experimentado para su vida de perfección. Él, inexperto, amante de las virtudes y de la ciencia, ha sido ordenado sacerdote y, dedicado a la predicación hasta entonces, desea retirarse a un lugar solitario para hacer oración y penitencia.

Son tiempos difíciles aquellos para la vida anacorética. En la segunda mitad del siglo IX es muy peligroso aquel género de vida, y especialmente para un joven. Odilón de Samos, por mandato de Ordoño I, inspeccionó la vida eremítica en Galicia y demostró la existencia de "muchos monjes sanguimistos, latrones, réfugas, mágicos". No eran pocos los anacoretas que, aparentando religión, cometían toda clase de crímenes y supercherías, eran viciosos, y frecuentemente hasta vulgares espias al servicio del mejor postor, fuera cristiano o fuera moro.

San Atilano acierta en su elección, y, con la bendición de los superiores, busca a un monje que, en expresión de su coetáneo y biógrafo Juan Diácono, "recorría las ciudades, predicando la palabra de Dios; se retiraba a lugares inaccesibles...; huía de los favores y alabanzas humanas... para hacer vida retirada". El monje solitario se llamaba Froilán, había nacido en Lugo y no era sacerdote. San Atilano no duda en ponerse bajo su cuidado y dirección, viviendo con él en la montaña leonesa. Juntos seguirán ya muchos años, hasta ser elevados en el mismo día a la dignidad episcopal.

Buscaron un lugar solitario para entregarse a la penitencia y a la oración. En el monte que el hagiógrafo contemporáneo llama 'Cucurrino", y actualmente se denomina Curueño, cerca de Valdorria, en la zona norteña de León, ambos Santos hallaron el sitio ideal para sus ansias de soledad, que vieron muy poco tiempo satisfechas.

Se extendió pronto el rumor de su vida por toda la comarca. Hombres y mujeres de todas las clases sociales llegaban hasta ellos para escuchar la palabra divina. Los cortesanos que acompañaban al rey cuando estaba en León no se desdeñaban de acercarse a los dos anacoretas del Curueño. Su fama fue el peor enemigo de sus anhelos de retiro y soledad. Ante la piadosa insistencia del pueblo tuvieron que levantar un monasterio en el lugar de Veseo, que posiblemente estaba situado al norte de La Vecilla, y que hoy es solamente un recuerdo, aunque fue tan famoso cenobio que llegó a contar en la época de nuestro Santo hasta trescientos monjes, que seguirían quizá la regla monacal de San Fructuoso o de San Isidoro. Número es éste de religiosos que prueba la fama de virtud de San Froilán y San Atilano, fama que llegó a toda España, y, aunque tarde, a la corte de Oviedo, al mismo rey Alfonso III el Magno, que no dudó un momento en colmar de honores al abad Froilán, a quien facultó para construir monasterios en su reino.

Cerca de Zamora o de Benavente, en batalla de cronología dudosa (hacia el año 878), que se denomina de Polvoraria o de Polvorosa, Almondhir, jefe árabe, sufre una fuerte derrota, que nos ha sido recordada en la carta de fundación del monasterio de San Bernardo de Benavente. La línea del Duero quedaba así fortificada, y la Tierra de Campos asegurada contra los moros. Zamora empieza a ser reedificada y repoblada. Es entonces cuando San Froilán y San Atilano fundan el monasterio doble de Tábara, no lejos de Zamora, donde se reunieron hasta seiscientos religiosos, hombres y mujeres, que, en separación completa, estaban sometidos a una severa disciplina.

Era labor colonizadora y cultural, además de religiosa la de ambos Santos. En Tábara (su torre es famosa) trabajarían calígrafos y copistas destacados, como Maio y Emeterio. Los campos se roturan y se pueblan, al abrigo del monasterio. Acaso entonces fundaran ambos también varios pequeños cenobios en las riberas del Esla, antes o después de la nueva fundación o restauración de Moreruela, aquel gran monasterio que, construido en lugar alto y ameno, iba a ser, con sus doscientos monjes, gloria del abad San Froilán y de San Atilano, prior de tan numerosa comunidad.

El pueblo de nuevo pide al rey que eleve aún a más alta dignidad a los dos, siempre unidos en su vida apostólica. Venciendo su humildad, son consagrados obispos en el mismo día de Pentecostés del año 900: el abad será obispo de León y el prior será obispo de la ciudad recientementete repoblada de Zamora. Dos luceros (dice el biógrafo) sobre el candelero, que alumbrarían a España predicando la palabra divina. Con el honor creció la santidad, y recibieron del cielo doble gracia para instruir y enseñar a los fieles de todos los estados: monjes, clérigos y laicos.

Los años del episcopado de San Atilano son obscuros y ciertamente difíciles, en continua repoblación de su sede episcopal y de su diócesis. En julio del 901 Ahmed ben Moaviah (Abul Cassim) pretende destruir la ciudad de Zamora. Alfonso III acude en su socorro y provoca aquella gran derrota de los árabes que ha pasado a la historia con el nombre de "Día de Zamora".

La leyenda ha rodeado, como a casi todos los santos medievales, la figura de San Atilano. Después de afirmar que en su consagración episcopal se hizo visible el Espíritu Santo en forma de paloma, y que, huyendo de los árabes, a su paso se hundió el viejo puente romano sobre el Duero, pereciendo sus perseguidores, ha hecho extraordinariamente popular el sencillo anillo que veneran todos los años los zamoranos en la parroquia arciprestal.

Es vieja tradición que San Atilano peregrinó a Jerusalén, en penitencia por algunos pecados de su juventud. Cruzando el puente, arrojó su anillo episcopal al Duero, con la esperanza de recuperarlo algún día como prenda segura del perdón obtenido. A los dos años, inspirado por Dios, vuelve de incógnito a Zamora y recibe hospedaje muy cerca, en la ermita de San Vicente de Cornu. Preparando su comida, abre un pez recibido de limosna y dentro encuentra su anillo. Las campanas de la ciudad repicaron solas, y ante los zamoranos que acudieron a recibirle jubilosos, avisados por tal prodigio, apareció revestido milagrosamente con los ornamentos episcopales.

Rigió algunos años más su obispado y descansó en la paz del Señor hacia el año 919, el día 5 de octubre.

Sus reliquias, defendidas largos siglos, son muy veneradas en la parroquia arciprestal de San Pedro y San Ildefonso, de Zamora, que lo declaró Patrono de su diócesis, de la que fue restaurador ilustre, o acaso fundador, y el único santo de su glorioso episcopologio.

En Milán y en una de las primeras declaraciones de santidad heroica hechas por un Papa, fue canonizado, junto con el mártir San Herlembardo, por Urbano II.

La vida penitente de San Froilán y de San Atilano como eremitas, su labor cultural y colonizadora, su celo pastoral, su espírtiu de fundadores, y todas las virtudes de que estuvieron adornados hicieron decir al gran cardenal Baronio que, "por ser dignos de los honores debidos a los santos, estaban justamente inscritos en su catálogo".
MANUEL ALONSO HERNÁNDEZ

Santo Evangelio 5 de Octubre 2015


Día litúrgico: Lunes XXVII del tiempo ordinario

Santoral 5 de Octubre: Témporas de acción de gracias y de petición

Texto del Evangelio (Lc 10,25-37): En aquel tiempo, se levantó un maestro de la Ley, y dijo para poner a prueba a Jesús: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?». Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás».

Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?». Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo».



«¿Qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?»
Rev. P. Ivan LEVYTSKYY CSsR 
(Lviv, Ucrania)

Hoy, el mensaje evangélico señala el camino de la vida: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, (…) y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27). Y porque Dios nos ha amado primero, nos lleva a la unión con Él. La beata Teresa de Calcuta dice: «Nosotros necesitamos esta unión íntima con Dios en nuestra vida cotidiana. ¿Y cómo podemos conseguirla? A través de la oración». Estando en unión con Dios empezamos a experimentar que todo es posible con Él, incluso el amar al prójimo. 

Alguien decía que el cristiano entra en la iglesia para amar a Dios y sale para amar al prójimo. El Papa Benedicto subraya que el programa del cristiano —el programa del buen samaritano, el programa de Jesús— es «un corazón que ve». ¡Ver y parar! En la parábola, dos personas ven al necesitado, pero no paran. Por esto Cristo reprochaba a los fariseos diciendo: «Tenéis ojos y no veis» (Mc 8,18). Al contrario, el samaritano ve y para, tiene compasión y así salva la vida al necesitado y a sí mismo. 

Cuando el famoso arquitecto catalán Antonio Gaudí fue atropellado por un tranvía, algunas personas que estaban de paso no pararon para ayudar a aquel anciano herido. No llevaba documento alguno y por su aspecto parecía un mendigo. Seguramente que si la gente hubiese sabido quién era aquel prójimo, hubiese hecho cola para auxiliarlo. 

Cuando practicamos el bien, pensamos que lo hacemos por el prójimo, pero realmente también lo hacemos por Cristo: «Os aseguro que todo lo que hicisteis por uno de los más pequeños de estos mis hermanos, a mi lo hicisteis» (Mt 25,40). Y mi prójimo, dice Benedicto XVI, es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Si cada uno, al ver al prójimo en necesidad, se detuviera y se compadeciera de él una vez al día o a la semana, la crisis disminuiría y el mundo devendría mejor. «Nada nos asemeja tanto a Dios como las obras buenas» (San Gregorio de Nisa).


«El que practicó la misericordia con él»
Hno. Lluís SERRA i Llançana 
(Roma, Italia)


Hoy, un maestro de la Ley plantea a Jesús una pregunta que quizás nos hemos formulado más de una vez: «¿Qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?» (Lc 10,25). Era una pregunta que iba con segundas, pues quería poner a prueba a Jesús. El maestro responde sabiamente lo que dice la Ley, es decir, amar a Dios y al prójimo como a uno mismo (cf. Lc 10,27). La clave es amar. Si buscamos la vida eterna, sabemos que «la fe y la esperanza pasarán, mientras que el amor no pasará nunca» (cf. 1Cor 13,13). Cualquier proyecto de vida y cualquier espiritualidad cuyo centro no sea el amor nos aleja del sentido de la existencia. Un punto de referencia importante es el amor a uno mismo, a menudo olvidado. Solamente podemos amar a Dios y al prójimo desde nuestra propia identidad.

El maestro de la Ley va más lejos todavía y pregunta a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?» (Lc 10,29). La respuesta llega a través de un cuento, de una parábola, de una historia corta, sin formulaciones teóricas complicadas, pero con un gran contenido. El modelo de prójimo es un samaritano, es decir, un marginado, un excluido del pueblo de Dios. Un sacerdote y un levita pasan de largo al ver al hombre apaleado y malherido. Los que parecen estar más cerca de Dios (el sacerdote y el levita) son los que están más lejos del prójimo. El maestro de la Ley evita pronunciar la palabra "samaritano" para indicar a quien se comportó como prójimo del hombre malherido y dice: «El que practicó la misericordia con él» (Lc 10,37).

La propuesta de Jesús es clara: «Vete y haz tú lo mismo». No es la conclusión teórica del debate, sino la invitación a vivir la realidad del amor, el cual es mucho más que un sentimiento etéreo, pues se trata de un comportamiento que vence las discriminaciones sociales y que brota del corazón de la persona. San Juan de la Cruz nos recuerda que «al atardecer de la vida te examinarán del amor».

© evangeli.net M&M Euroeditors 

4 oct 2015

San Francisco de Asís, 4 de Octubre



SAN FRANCISCO DE ASÍS
(+ 1226)


—¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué todo el mundo viene en pos de ti? Así le preguntaba cierto día a San Francisco uno de sus discípulos, intrigado por la irresistible atracción que ejercía un hombre externamente tan despreciable como el Pobrecillo de Asís.

Fray Maseo, que tal era el nombre del que preguntaba, se planteó hace ya siete siglos un problema que todavia hay sigue intrigando a cuantos reflexionan sobre él. Prescindiendo de los innumerables simpatizantes que San Francisco tiene, tanto entre los católicos como entre los que no lo son, cuarenta y seis mil religiosos, ciento cincuenta mil religiosas y tres millones de terciarios franciscanos están atestiguando que todavía subsiste actualmente el hecho observado por fray Maseo. Nuestra sabiduría popular lo ha reflejado en el adagio de que "o por fraile o por hermano, todo el mundo es franciscano". Y esto viene sucediendo así desde hace setecientos años. ¿Qué tendrá San Francisco para ejercer esta atracción? Cuanto más se estudia la personalidad del Santo más claras aparecen estas tres cosas: humanamente considerado, San Francisco poseía una riqueza de dotes intelectuales, morales y psicológicas que hacen atrayente su figura; estas cualidades humanas, lejos de quedar sepultadas, adquirieron bajo el manto de la santidad un matiz nuevo y le infundieron a ésta un carácter extraordinariamente amable; la unión de las cualidades humanas y de la santidad hicieron de San Francisco el Santo eminentemente moderno.

La riqueza de sus atractivos humanos se nos presenta desbordante ya en su misma juventud. Y es que, además de poseer excelentes cualidades, dispuso también de medios para manifestarlas.

Nacido en Asís entre 1181 y 1182, tuvo la fortuna de poseer una madre piadosa, Madonna Pica, de la que recibió una honda educación cristiana. Su padre, Pedro Bernardone, era un rico mercader en telas. De carácter jovial, altruista, soñador, caballeresco, Francisco amaba la vida y se entregó a ella. Por eso lo encontramos constituido en jefe de la juventud, en organizador de holgorios y bullanguerias, en alma de todas las fiestas juveniles. Le gustaba vestir con elegancia, cultivar el cabello, aparecer limpio, comportarse con finura y cortesía. Los historiadores nos lo presentan también como generoso hasta el derroche leal con los amigos y liberal para con los pobres. Era un auténtico juerguista, pero no un disoluto. Sus fiestas juveniles eran bulliciosas, pero se mantenían siempre dentro de lo correcto. Se nos dice que nunca perdió la gracia santificante.

Este carácter alegre, jovial, desprendido, volverá a manifestarse con mucha frecuencia a lo largo de su vida. En medio de sus enfermedades cantaba. A sus frailes los quería ver siempre alegres, con esa sana y honda alegría que nace del saber que se tiene a Dios. En medio de su pobreza daba cuanto tenia a otro tal vez menos pobre que él. A su Orden le imprimió ese sello característico de alegría y de pobreza que se ha hecho proverbial. Pero de una pobreza que, cuando no tiene que dar, se da a si misma de una manera alegre por amor de Dios.

A los veinte años le sobrevino una crisis. En su ciudad natal se declararon la guerra nobles y plebeyos. Aquellos aliados con la vecina ciudad de Perusa vendieron a éstos y Francisco, que había luchado en las filas de los humildes tuvo que soportar en Perusa un año de prisión. Al poco tiempo de verse libre, en 1203, se apoderó de él una fiebre gravisima. Durante la convalecencia se percata, con gran sorpresa suya, de que las fiestas juveniles ya no le llenaban el alma, y entonces, sediento de aventuras, en 1205 emprendió viaje hacia el sur de Italia para luchar contra el Imperio al lado de las fuerzas de Inocencio III. 

Inesperadamente, desde Spoleto, regresa a Asís cuando apenas había hecho otra cosa que iniciar el viaje. Es que la mano de Dios había comenzado a trabajarlo de una manera definitiva. Poco a poco va perdiendo el gusto por las diversiones bulliciosas. Poco a poco se va dando cuenta de que algo quiere Dios de él. ¿Qué será?

Años cruciales y difíciles fueron para Francisco los transcurridos entre 1205 y 1208. Abandonado de sus amigos, distanciado de su mismo padre, a quien en presencia del obispo de Asís le entregó hasta los vestidos que llevaba puestos, inició amistad con los pobres y con los leprosos. Su carácter dinámico y resuelto le impulsó a restaurar tres ruinosas ermitas de Asís una vez que en la de San Damián le pareció oír del crucifijo la voz de que restaurase su casa. El nuevo comportamiento del joven no podia menos de parecer absurdo a quienes lo habían conocido antes. Pero lo grave para Francisco no era tanto el hecho de que sus conciudadanos comenzasen a mirarlo como un lastimoso enajenado, cuanto la angustiosa incertidumbre en que vivía respecto de la voluntad de Dios.

Después de tan larga crisis, el 24 de febrero de 1208 le vino la luz repentinamente. Al oir las palabras del Evangelio en que Jesucristo enviaba a sus apóstoles por el mundo a hacer bien a todos, desprovistos de todo y expuestos a cualquier trato que quisieran darles, Francisco, súbitamente iluminado por Dios, comprendió que esto mismo era lo que el Señor pedía de él. A su característico dinamismo le faltó tiempo para llevar a la práctica el programa evangélico. No importaba que sus conciudadanos se mofasen de él. Descalzo, vestido de túnica y capuchón aldeanos, y ceñido con una cuerda, apareció por las calles de Asís predicando, con el entusiasmo y vigor que le eran propios, la paz, la pobreza y la caridad cristianas.

Si una obra es de Dios, tarde o temprano termina por triunfar. Francisco experimentó muy pronto que la suya era obra divina. Mientras la mayor parte de los habitantes de Asís esperaban que el nuevo apóstol fracasase en su empeño, a los dos meses de su decisión se le comenzaron a unir hombres tan sensatos y respetados en la ciudad como el rico y sesudo Bernardo de Quintaval, el pobre pero honrado Gil de Asís y el noble e ilustrado canónigo de la catedral Pedro Cattani. Incomprensiblemente a los ojos de los prudentes del mundo, estos hombres abandonaron la sabiduría y riqueza humanas para, al igual que Francisco, dedicarse a predicar a los demás el Evangelio viviéndolo ellos personalmente de la manera más radical.

Cuando a estos tres discípulos de la primera hora se le sumaron otros ocho, el Santo experimentó la necesidad de trazar para los doce un único programa de vida. Recopiló con este fin varios textos del Evangelio, aquellos precisamente que hablan de la renuncia a todo y del seguimiento decidido de Jesucristo, y con sus discípulos se presentó a Inocencio III para que le aprobase el nuevo modo de vida. La iniciativa de someter previamente al Papa la breve regla de una naciente Orden religiosa era inusitada entonces. Pero más llamativo que este gesto original de Francisco era el contenido de la regla misma. Nadie, ni incluso Inocencio III, creían posible vivir como Francisco y sus compañeros se proponían. ¿Es que entonces, objetaba el Santo, era imposible vivir el Evangelio? El Papa comprendió que Francisco tenia razón y aprobó verbalmente su programa de vida. Era el año 1209. El año del nacimiento de la Orden franciscana.

Constituido en padre de una familia religiosa, San Francisco en adelante ya no es sólo él, sino también sus hijos. Pero ni él ni sus hijos se pueden comprender si las cualidades humanas del padre las seccionamos del elemento divino que comenzó a intervenir a raíz de su crisis.

La gracia no cambia la naturaleza. A sus veintiséis o veintisiete años, Francisco seguía conservando su espiritu idealista y caballeresco de años atrás. Se trata de aquel espiritu caballeresco de la Edad Media que lo arriesgaba todo por el honor o por la gloria de depositar los laureles a los pies de la amada, y que Francisco no pudo saciar cuando, de camino hacia el sur de Italia para participar en la guerra, la gracia divina le hizo regresar a Asís. Esta misma gracia es la que ahora, apoderándose de su espiritu caballeresco inicialmente contrariado, lo proyectó hacia nuevos ideales. Francisco y sus compañeros se convirtieron en caballeros andantes del Evangelio, porque sin un qui jotismo espiritual como el suyo, a nadie se le hubiera ocurrido lanzarse a la conquista de las almas desprovistos de todo, renunciando a todo, descalzos, burdamente vestidos, dependiendo de la benévola caridad de los demás.

Sorprendentemente, este género de vida obtuvo un éxito que nadie hubiera podido pronosticar. La Iglesia necesitaba entonces de reforma y todos anhelaban un cristianismo más impregnado de Evangelio, sobre todo en el aspecto de la pobreza. Este ambiente dio origen a una verdadera pululación de sectas heréticas que se proclamaban las restauradoras del cristianismo evangélico o apostólico como entonces se llamaba. Reflejando los deseos de todos y oponiéndose a las desviaciones heterodoxas, Francisco of reció con su Orden la verdadera solución a los problemas de la Iglesia. De aquí que las gentes se volcaran sobre él: a los doce años de su fundación, en 1221, la Orden contaba ya con el sorprendente número de más de tres mil frailes; en 1212 fundó con Santa Clara de Asís la rama femenina de las clarisas, en 1221, para dar cabida en la Fraternidad a los muchos que lo solicitaban, pero que por diversas circunstancias no podían hacerse religiosos, instituyó la Orden Tercera, es decir, la de los terciarios franciscanos.

La pobreza es lo que externamente resalta más, tanto en San Francisco como en sus frailes, aun actualmente. Incluso no se puede negar que es un elemento de gran importancia lo mismo en la espiritualidad del fundador que en la de su Orden. Pero se equivocaría quien sólo, o principalmente, considerase a Francisco en función de esta virtud. Por debajo de la pobreza late otro elemento, el más fundamental de todos: un incondicional amor a Jesucristo, que llevó a Francisco y a sus frailes a identificarse lo más posible con el Salvador. Repercusión inmediata de este amor incondicional, Ilamémosle caballeresco, es la vivencia del Evangelio de una manera literal, incluso bajo el aspecto de no poseer absolutamente nada, es decir, de la más estrecha pobreza,

Aquí es donde reside el secreto de San Francisco y lo que impulsa todos sus movimientos. Se trata de una proyección espiritual, en cuanto usufructuado por la gracia, de las grandes cualidades afectivas que poseía el Santo.

Un ejemplo de esto lo tenemos en el amor que Francisco sentía por la naturaleza. La hermana agua, la hermana alondra, el hermano lobo, el hermano sol, las hermanas aves, los hermanos menores (sus frailes), no son sino modos de expresarse, adoptados por el Santo, reveladores de la capacidad y necesidad humanas de amar que encerraba su alma. Sólo que estas cualidades psíquicas estaban ahora espiritualizadas por la gracia.

Enfocada esta capacidad de amar hacia Jesucristo con el nuevo impulso de la gracia, no es extraño que llegara a donde llegó.

"¡El Amor no es amado! ¡El Amor no es amado!", repetía frecuentemente el Santo, herido en su fina sensibilidad de amante, al comprobar la fría indiferencia de los cristianos ante las amorosas finezas del Redentor.

Este amor a Jesucristo será el resorte mágico que le impulsará a realizar acciones que un hombre superficial tal vez considere como niñerías. Cada vez que oía pronunciar el nombre de Jesús se relamía los labios. Deseaba que sus frailes recogiesen del suelo los fragmentos de pergamino que hallasen porque en ellos podía encontrarse escrito el nombre del Señor. En cierta ocasión se desnudaron él y su compañero para vestir a un mendigo, porque los pobres eran hermanos de Jesucristo. En la Sagrada Escritura se alude al Redentor como a un leproso, razón suficiente para que Francisco reservase para estos desgraciados, a quienes llamaba los hermanos cristianos, sus más finas atenciones. La fidelidad incondicional a la Iglesia y la devoción al Papado, una de las grandes virtudes del Santo, no frecuentes en una época minada por pequeñas pero múltiples heterodoxias, obedecía a su firme persuasión de que la Iglesia era la Esposa de Jesucristo, y el Papa su Vicario en la tierra.

Dotado de una imaginación viva y enemigo de lo abstracto, en el Santo este amor iba dirigido a Jesucristo, considerado sobre todo en sus misterios de sabor humano. Para vivir plenamente la fiesta de Navidad, Francisco representó plásticamente en Greccio, en 1223, el nacimiento del Niño Jesús, primera representación origen de nuestros belenes. La Pasión y la Eucaristía constituían el centro de sus pensamientos. San Francisco tiene el mérito de haber introducido en la Iglesia de una manera definitiva la devoción a la humanidad de Jesucristo.

Fue también el amor al Salvador lo que le infundió una sed insaciable de almas, que le condujo a él y a sus frailes a lanzarse desde el primer momento a la predicación, de la misma manera que quería Jesucristo lo hicieran sus apóstoles: " No poseáis oro, ni plata, ni dinero en vuestras fajas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni zapato, ni cayado" (Mt. 10,9-10).

A partir de la fundación de la Orden el Santo apenas tendrá un momento de reposo (tampoco lo tendrán sus frailes), acuciado por llevar almas a Jesucristo. Esta será en los doce años que siguen su ocupación más frecuente, y la Italia central su preferido campo de acción. En 1210 lo encontramos evangelizando la Umbría y estableciendo la paz entre los nobles y plebeyos de Asís. Luego pasa a Toscana y pacifica asimismo la ciudad de Arezzo, ensangrentada por luchas fratricidas. En 1217 quiere pasar a Francia, pero se vio obligado a detenerse en Florencia. Todavía en 1222, cuando ya sus enfermedades le hacían sufrir no poco, lo encontramos predicando y ofreciendo un testimonio viviente del Evangelio en la parte oriental y meridional de Italia, Sus pláticas eran sencillas, salpicadas de vivas imágenes, de tono cálidamente familiar y al aire libre. Poseía una oratoria personalísima e inconfundible, que ofrecía un marcado contraste con la vigente en aquellos tiempos. Sus historiadores nos aseguran que, atraídos por ella, 'hombres y mujeres, clérigos y religiosos, corrían ansiosos de ver y escuchar al hombre de Dios". Y añaden, refiriéndose a la región de Umbría: "Así se vio entonces transformarse en breve tiempo la faz de toda la comarca y aparecer risueña y hermosa la que antes se mostraba cubierta de máculas y fealdades". Su deseo de dar a conocer a Jesucristo le indujo en cierta ocasión a pararse en mitad del camino y dirigir la palabra a sus hermanas aves, que, solícitas y silenciosas, acudieron a escucharle.

De entre sus viajes apostólicos merecen destacarse dos por el especial significado que entrañan. Como los anteriores a que nos acabamos de referir, también éstos proceden de su insaciable amor a Jesucristo, pero adquieren una expresión nueva, prácticamente inédita hasta entonces. La atracción que sentía hacia la humanidad del Salvador le hizo concebir en 1212 el propósito de llegarse hasta Palestina para visitar los lugares santificados por el Señor. La nave tenía todas las plazas ocupadas y entonces Francisco se arriesga con su compañero a viajar ocultamente en calidad de polizón. Una tempestad impidió al barco llegar a su destino, y el Santo tuvo que regresar a Italia. Ante esta contrariedad, su fértil imaginación le sugirió un nuevo proyecto, que tenía la ventaja de ofrecerle una ocasión probable de morir, como buen caballero, por el objeto de sus amores. En 1213 se encamina hacia España, visita el sepulcro de Santiago e intenta trasladarse a Marruecos para anunciar a Jesucristo entre los musulmanes. Tampoco en esta ocasión puede realizar su programa. Pero no ceja. En 1219 consigue, por fin, embarcarse hacia Siria y revivir en Palestina, sobre el mismo terreno que los presenció, los hechos de la vida del Salvador.

Con esta visita a los Santos Lugares, Francisco se convierte en el iniciador de esa epopeya heroica y sangrienta que sus hijos han venido realizando desde hace seis siglos y medio por defender la tierra santificada por Jesucristo. Tanto este viaje a Tierra Santa como el que proyectó a Marruecos significan el primer intento de evangebzación pacífica entre los musulmanes, que es también una de las más preciadas herencias que los franciscanos han conservado siempre de su fundador.

Sin embargo, esto no es todo. Desde su regreso de Tierra Santa, es decir, desde 1221, francisco tendrá que ocuparse preferentemente de los asuntos de la Orden, que iba adquiriendo un rápido desarrollo. Y así como los viajes apostólicos por Italia son la expresión del deseo que le roía de dar a conocer a Jesucristo, su labor de estos años consistirá, sobre todo, en trabajar por mantener dentro de la Orden la pureza de los ideales evangélicos. En los capítulos generales de 1221 y 1223, en las exhortaciones a los frailes, en sus contactos con el cardenal Hugolino, protector de la Fraternidad, la meta que perseguia era siempre la observancia estricta del Evangelio. Esto ya era nuevo. Pero aún dio un paso más adelante. Si en el Evangelio se dice que Jesucristo envió a sus apóstoles por todo el mundo, ¿por qué los franciscanos se iban a arredrar ante esto? A imitación del Maestro, Francisco envió también sus frailes a predicar entre los no cristianos, fundando de esta manera las modernas misiones entre infieles. Expuesta era en aquella época esta clase de apostolado, pero el amor no conoce limites, y si gana la muerte, la sufre con alegría.

La correspondencia suprema y tangible por parte del Salvador al amor que Francisco le profesaba sobrevino en la mitad de septiembre de 1224. Encontrándose en el monte de La Verna, Jesucristo se le aparece al Santo en forma de serafín y lo identifica humanamente consigo imprimiéndole sus cinco llagas. Francisco quedó convertido en un Cristo viviente. Con razón se le ha !iamado "el Cristo de la Edad Media".
Enfermo, casi ciego, con el agudo dolor de las llagas, pero siempre alegre (precisamente en esta época compuso y cantaba frecuentemente el hermoso Cántico de las criaturas o del hermano sol), el Santo expiró en Asís el atardecer del 3 de octubre de 1226, junto a su amada capilla de la Porciúncula, centro de todo el movimiento franciscano y testigo, mediante la indulgencia obtenida del Papa por el Santo, del oculto retorno a Cristo de tantas almas descarriadas.

Con su atractivo personal, su altísima y austera pero agradable santidad, sus intuiciones y geniales innovaciones en la Iglesia, San Francisco termina siempre ganándose la simpatía de cuantos se acercan a él.
Aun bajo el aspecto puramente humano, su nueva manera de ver las cosas obliga a los historiadores a considerarlo como el primer hombre moderno y el forjador, mediante su Orden, del humanismo cristiano.
PEDRO BORGES MORAN, O. F. M.


Misterios Gozosos


Santo Evangelio 4 de Octubre 2015


Día litúrgico: Domingo XXVII (B) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 10,2-16): En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: «¿Puede el marido repudiar a la mujer?». Él les respondió: «¿Qué os prescribió Moisés?». Ellos le dijeron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla». Jesús les dijo: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre». Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. Él les dijo: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio». 

Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él». Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.

«Lo que Dios unió, no lo separe el hombre»
Rev. D. Fernando PERALES i Madueño 
(Terrassa, Barcelona, España)

Hoy, los fariseos quieren poner a Jesús nuevamente en un compromiso planteándole la cuestión sobre el divorcio. Más que dar una respuesta definitiva, Jesús pregunta a sus interlocutores por lo que dice la Escritura y, sin criticar la Ley de Moisés, les hace comprender que es legítima, pero temporal: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto» (Mc 10,5).

Jesús recuerda lo que dice el Libro del Génesis: «Al comienzo del mundo, Dios los creó hombre y mujer» (Mc 10,6, cf. Gn 1,27). Jesús habla de una unidad que será la Humanidad. El hombre dejará a sus padres y se unirá a su mujer, siendo uno con ella para formar la Humanidad. Esto supone una realidad nueva: Dos seres forman una unidad, no como una "asociación", sino como procreadores de Humanidad. La conclusión es evidente: «Lo que Dios unió, no lo separe el hombre» (Mc 10,9). 

Mientras tengamos del matrimonio una imagen de "asociación", la indisolubilidad resultará incomprensible. Si el matrimonio se reduce a intereses asociativos, se comprende que la disolución aparezca como legítima. Hablar entonces de matrimonio es un abuso de lenguaje, pues no es más que la asociación de dos solteros deseosos de hacer más agradable su existencia. Cuando el Señor habla de matrimonio está diciendo otra cosa. El Concilio Vaticano II nos recuerda: «Este vínculo sagrado, con miras al bien, ya de los cónyuges y su prole, ya de la sociedad, no depende del arbitrio humano. Dios mismo es el autor de un matrimonio que ha dotado de varios bienes y fines, todo lo cual es de una enorme trascendencia para la continuidad del género humano» (Gaudium et spes, n. 48).

De regreso a casa, los Apóstoles preguntan por las exigencias del matrimonio, y a continuación tiene lugar una escena cariñosa con los niños. Ambas escenas están relacionadas. La segunda enseñanza es como una parábola que explica cómo es posible el matrimonio. El Reino de Dios es para aquellos que se asemejan a un niño y aceptan construir algo nuevo. Lo mismo el matrimonio, si hemos captado bien lo que significa: dejar, unirse y devenir.

© evangeli.net M&M Euroeditors 

3 oct 2015

San Francisco de Borja, 3 Octubre

3 OCTUBRE
SAN FRANCISCO DE BORJA

San Francisco de Borja, ejemplo de desprecio de las grandezas del mundo, de la humildad más profunda y del espíritu de oración y penitencia, era hijo de una de las familias más nobles de aquel tiempo. Por su padre, tercer duque de Gandia, descendía de los Borja, a los que pertenecían los papas Calixto III (1455-1458) y Alejandro VI (1492,1503) y que tanto se distinguía entonces en España y en Italia. Por su madre pertenecía a la familia de don Fernando de Aragón. Sin embargo, con su santidad de vida quiso Dios que reparara las inmoralidades que, tanto por parte de su padre como de su madre habían contribuido a darle la vida.

Nació, pues, en Gandía, provincia de Valencia, el 10 de octubre de 1510, y, aunque educado en medio del regalo, ya de niño se entretenía jugando a celebrar misa; pero bien pronto tuvo que abandonar estos juegos, dedicándose de lleno a los deportes caballerescos, en los que salió particularmente adiestrado. Al mismo tiempo recibió una formación literaria acomodada a su estado y sobresalió en el culto y gusto por la música.

Contando dieciocho años de edad, y siendo ya un joven aventajado en las costumbres caballerescas de su tiempo, es presentado en la corte de Castilla. Carlos V y su esposa Isabel de Portugal se complacían en la destreza y buenas maneras de Francisco; pues, a diferencia de tantos otros cortesanos, elegantes por fuera, mas corrompidos en su interior, daba claras muestras del candor e inocencia de su alma. Por esto, ya en 1529, creado marqués de Lombay, se desposó con la camarera favorita de la emperatriz, la portuguesa Leonor de Castro, modelo de elegancia y de recato, y fue colmado de cargos y distinciones

Carlos V concede a Francisco la más absoluta confianza. De este modo el novel caballero se hace íntimo amigo del joven príncipe Felipe II. Más aún: entra en la intimidad de la emperatriz Isabel, de la que le encarga expresamente el emperador durante sus frecuentes ausencias. En los ratos libres gusta de leer a San Pablo, el Evangelio y las homilías de San Juan Crisóstomo. Da a Carlos V lecciones sobre cosmografía y otras materias. Compone algunas obras de música religiosa, que alcanzaron bastante resonancia, si bien sólo se nos han conservado algunos motetes y una misa. Su vida, ordenada y tranquila, constituye el ideal de un cortesano cristiano que goza de la más completa confianza de sus señores. Para colmo de felicidad, Dios ha bendecido su matrimonio, y en 1538 nace en Toledo su octavo hijo.

Pero el año 1539 introduce en su vida un elemento de desengaño y desilusión. La ocasión fue la inesperada muerte de la emperatriz Isabel en la flor de los años y en la plenitud de la grandeza humana. Si el dolor por la muerte de la emperatriz Isabel sume a Carlos V en un estado vecino a la desesperación, produce igualmente en Francisco de Borja una tristeza que le quita el gusto para todo.

Encargado por el emperador, tuvo que acompañar al féretro hasta Granada en unión con un buen número de prelados y grandes del reino, con el fin de depositar a la emperatriz en el sepulcro de los reyes. El entierro tuvo lugar el 17 de mayo; pero, al echar su última mirada al rostro de aquella mujer, dechado en otro tiempo de encanto y belleza humana, experimentó Francisco una profundísima sensación de la vanidad de las grandezas de este mundo, y desde aquel momento se propuso vivir con el corazón separado por entero de ellas y puesto sólo en Dios.

Sin embargo, Dios tenía sobre él, por el momento, otros designios. Precisamente entonces, el 26 de junio de 1539, Carlos V nombró a Francisco de Borja virrey de Cataluña, cuya capital era Barcelona. Francisco desempeñó este importante cargo con admirable acierto. Acabó con el desorden y organizó en tal forma la seguridad en todo el territorio que su gobierno llegó a ser proverbial. Pero, en realidad, se sentía completamente transformado y era otro hombre. Dedicábase mucho más a la oración, según se lo permitían las obligaciones de su cargo y de su familia. Al morir su padre en 1543, Francisco, heredero de su título de duque de Gandía, obtuvo el permiso para retirarse allá con su familia, y durante los tres años siguientes se entregó de lleno al trabajo de ordenar sus propios estados y realizar en Gandía y en Lombay diversas obras de piedad y beneficencia.

Esta vida tranquila y ordenada fue interrumpida en 1546 por la muerte inesperada de su esposa, Leonor de Castro, cuando Francisco se encontraba en la flor de la vida, contando treinta y seis años de edad. Esta circunstancia colocaba al santo duque en una situación completamente nueva. Aunque hasta aquí había sido modelo de esposos durante los diecisiete años que había vivido en la más completa compenetración con doña Leonor, y aunque estaba dispuesto a cumplir, como buen padre, las obligaciones que tenía con los ocho hijos que Dios le había dado de su cristiano matrimonio, pensó inmediatamente en la realización de su plan de renunciar a todas las dignidades y grandezas del mundo y entregarse al servicio de Dios.

Ahora bien, ¿como debía realizar este ideal, que entonces más vivamente que nunca se ofrecía a su espíritu, dispuesto a los mayores sacrificios? Dios mismo, durante los años anteriores, había ido ilustrando su inteligencia y preparando su corazón para que en tan críticos y decisivos momentos pudiera tomar una decisión conforme con sus designios. En efecto, ya durante su virreinato en Cataluña había tratado en Barcelona al padre Araoz, y sobre todo al Beato Fabro, primer compañero de San Ignacio de Loyola, y por su medio había conocido a este santo, por el cual y por la Orden por él fundada experimentó desde entonces una simpatía extraordinaria. Por esto, al establecerse poco después en Gandía, preparó inmediatamente la fundación de un colegio de la Compañía de Jesús, que pudo abrirse el 16 de noviembre de 1546.

Pues bien; en los momentos críticos en que se encontraba Francisco después de la muerte de su esposa presentóse en Gandía el padre Pedro Fabro, y, después de una larga conversación con él y hechos los ejercicios espirituales, pronunció el voto de entrar en la Compañía de Jesús. Poco días después volvía Fabro a Roma y entregaba a San Igracio un escrito del duque de Gandia, en el que éste le pedía formalmente su admisión en la Compañía de Jesús. San Ignacio ratificó su voto, admitiéndolo oficialmente en la Orden; pero en la carta que a continuación le escribió le decía estas palabras: "El mundo no tiene orejas para oír tal estampido", por lo cual añadía que conservase en secreto su propósito mientras arreglaba los asuntos domésticos y procuraba sacar el grado de doctor en teología.

Francisco siguió al pie de la letra el consejo de Ignacio; pero bien pronto se vió en un grande aprieto, pues fue requerido instantemente para asistir a las Cortes de Aragón. Para evitar estas dificultades obtuvo San Ignacio del papa Paulo II dispensa especial para Francisco de Borja, y, conforme a ella, el 2 de febrero de 1548 hizo el duque la profesión solemne en la Compañía de Jesús, mientras permanecía algún tiempo en medio del mundo en traje secular.

Arregladas, pues, las cosas de su casa, casados convenientemente sus hijos y obtenido la borla de doctor en teología, el 31 de agosto de 1550 daba el adiós definitivo al mundo y se dirigía a Roma, acompañado de su hijo mayor y un gran séquito de la nobleza. En la Ciudad Eterna fue acogido con grande aparato por los representantes del Papa, del emperador y de las más significadas personalidades; pero bien pronto se hizo pública, ante el estupor de todo el mundo, su determinación de vestir la sotana de la Compañía de Jesús, y, en efecto, dejando los suntuosos palacios que todos le ofrecían, se retiró a la pequeña residencia de los jesuitas, cerca de Santa María de la Estrada. De extraordinario fruto para su alma, hambrienta de Dios y de perfección, fueron las largas conversaciones que tuvo entonces durante cuatro meses con Ignacio de Loyola, tan consumado maestro de la vida espiritual. Por esto decía el Santo después de ellas que Ignacio se le representaba como un gigante, al lado del cual todos los demás, incluyendo al mismo Fabro, eran como unos niños.

Preparado Francisco de este modo, y bien orientado para la nueva vida que iba a emprender, salió el 4 de febrero de 1551 de Roma en dirección a España, donde se retiró algún tiempo en Oñate, cerca de Loyola, con el fin de prepararse convenientemente para recibir las órdenes sacerdotales. Habiendo, pues, recibido el permiso del emperador, realizó aquí la renuncia a sus estados en su hijo Carlos, hízose luego rapar la cabeza y cortar las barbas, y se puso definitivamente la sotana de la Compañía de Jesús, después de lo cual fue ordenado sacerdote el 23 de mayo de 1551. Movido por la gran veneración y afecto que profesaba a San Ignacio, quiso celebrar en privado su primera misa en la capilla del castillo de Loyola, pero luego celebró otra con gran solemnidad en Vergara, para la cual el Papa habia concedido indulgencia plenaria. Y fue tal la aglomeración de público, calculado en unas veinte mil personas, que se hizo necesario celebrarla al aire libre. Tal era, en efecto, la resonancia que había alcanzado la renuncia del duque de Gandía, que todo el mundo deseaba contemplar con sus propios ojos al duque jesuita, al duque santo.

Y con esto comienza la nueva etapa, fecundísima y definitiva, de San Francisco de Borja. Los tres años siguientes significan en él la práctica y ejercicio de la renuncia que acababa de realizar. Desde un principio fue para todos, superiores y súbditos, el más perfecto modelo de humildad y de todas las virtudes. Entregóse con toda su alma a los más bajos oficios de barrer, limpiar, acarrear leña y ayudar en la cocina. Por otra parte, comprendiendo Ignacio, con certera visión, el inmenso fruto que podría hacer Borja con su ejemplo, no quiso asignarle ninguna casa como residencia y le dió la orden de ir por diversas ciudades del Norte predicando al pueblo y dando algunas misiones. Francisco siguió esta indicación de la obediencia y, en efecto, su predicación obtuvo durante este tiempo un efecto extraordinario. Grandes muchedumbres acudían en todas partes a escuchar sus ardientes exhortaciones, y, ante el ejemplo viviente de su renuncia a todas las grandezas del mundo y de las heroicas virtudes que ejercitaba se resolvieron muchísimos a realizar, a su vez, un cambio de vida. Por esto no es de sorprender que fuera designado al poco tiempo como apóstol de Guipúzcoa.

Después de este aprendizaje de la vida religiosa entra Francisco de Borja en un segundo estadio de la misma. En efecto, conociendo Ignacio, por otra parte, las dotes de gobierno de Francisco, de las que tan claras pruebas había dado en el virreinato de Cataluña y en la administración de sus estados, y, por otra, la necesidad que tenía la Compañía de Jesús en España de un hombre de gran prestigio que la acreditara e introdujera entre los círculos de la más elevada sociedad, nombró a Francisco, en 1554, comisario general, con autoridad superior para toda España y Portugal, que más adelante extendió a todos los dominios de la Península en Ultramar. Para el humilde Borja, que, después de renunciar a todas las grandezas, no deseaba otra cosa que ponerse a los pies de todos y predicar humildemente a Cristo en todas partes, este cargo significaba la mayor contrariedad y mortificación; mas, con la sumisión que sentía hacia San Ignacio, se abrazó desde el principio con la cruz que la obediencia le imponía. De lo pesada que fue para él esta cruz es buen indicio lo que, diez años después, escribía: "Diez de junio. Hoy, décimo aniversario de la cruz que me impusieron en Tordesillas".

Mas, por otra parte, sus dotes de hombre fuerte, rectilíneo, ordenado, emprendedor, que se captaba las simpatías de todos y dominaba fácilmente con la superioridad de su persona: y juntamente el prestigio de que gozaba en todas partes y el ascendiente que le daba el sublime heroísmo de su renuncia y de todas sus virtudes religiosas, todo esto fue produciendo en todas partes un efecto arrollador. Por esto puede decirse que Francisco de Borja fue prácticamente el verdadero fundador de la Compañía de Jesús en España. Su intensa acción en los viajes, realizados entre España y Portugal, dió como resultado el rápido florecimiento de la Compañía de Jesús en España. En las principales ciudades se solicitaba a la Orden para que se hiciera alguna fundación. A los siete años se habia duplicado el numero de colegios y de miembros de la Orden.

Sin embargo, como sucedió a San Ignacio y sucede siempre a los grandes apóstoles, no pudo faltar la contradicción.

Los prejuicios o celos de algunas personas contra él fueron alimentando cierto ambiente desfavorable. Es cierto que Borja tuvo algunas intervenciones notables entre los elementos más elevados. Así, asistió en 1555 en los últimos momentos a la reina doña Juana la Loca, y al año siguiente visitó a Carlos V en su retiro de Yuste, adonde acudió algunas veces durante los dos años siguientes, y, aunque no pudo asistir a la muerte del emperador en 1558, hizo poco después su elogio fúnebre en Valladolid. Pero, esto no obstante, llegó a tal extremo en este mismo año la animosidad contra el Santo, que el padre general, Diego Lainez, se sintió obligado a hacerle ir a Roma, como lo realizó en agosto de 1558.

Esta tempestad duró todavía algún tiempo. Al volver a España Felipe II en 1559, influido por algunos enemigos del Santo, mostró alguna frialdad contra su antiguo amigo de la infancia. Por esto, en inteligencia con el general de la Orden, pasó Francisco los años 1559 y 1560 en Portugal, donde realizó un importante trabajo de estabilización y reajuste de la Compañía de Jesús, y finalmente, en agosto de 1561, fué llamado a Roma por el padre Laínez a instancias del papa Pío IV (1559-1565). En Roma fue acogido con el mayor afecto, y durante algún tiempo permaneció allí al lado del padre general, Diego Laínez. Ante todo, dedicóse a la predicación, y consta que entre sus más asiduos oyentes contaba al cardenal San Carlos Borromeo y al cardenal Ghisleri, el futuro papa San Pío V. Pero bien pronto comenzó a utilizarlo el padre Laínez en asuntos de gobierno, que prepararon poco a poco a Francisco para el cargo de general de la Orden, para el que la Providencia lo destinaba. Más aún: Cuando, en 1562, el general Laínez tuvo que partir para Trento en calidad de teólogo pontificio, donde permaneció hasta el final del concilio en diciembre de 1563, nombró a Francisco de Borja vicario general de la Compañía de Jesús. Finalmente, al fallecer Laínez en 1565, Francisco fue elegido para sucederle en la dirección general de la Orden.

Ahora bien, durante los siete años en que Francisco de Borja gobernó como general a la Compañía de Jesús podemos afirmar que cumplió plenamente su cometido, contribuyendo de tal manera al perfeccionamiento y crecimiento de la Orden que con razón puede ser considerado como su segundo fundador. Sus dotes de hombre de gobierno, sus conocimientos y amistades con los principales hombres de Estado y dirigentes de su tiempo, el prestigio de que en todas partes disfrutaba, y, junto con esto, su espíritu de trabajo y sacrificio y las heroicas virtudes que ejercitaba, todo esto contribuía a dar una eficacia decisiva a todas las obras y trabajos que emprendía.

Su actuación como general de la Compañía de Jesús se extendió realmente a todos los campos de su actividad, y en todos ellos dejó bien marcada la huella de su eficacia, sirviendo de complemento de la obra de Ignacio. Uno de sus primeros cuidados fue organizar un movimiento en toda forma en Roma, y, tras él, otros semejantes en otras partes. De este modo dio la forma definitiva a los noviciados. Por otra parte, convencido de que, para asegurar el espíritu religioso, era necesario infundir y practicar el espíritu de oración, procuró fomentarlo en todas las formas posibles y señaló una hora para la oración diaria, así como también el tiempo destinado a las demás prácticas de piedad.

Francisco de Borja fue asimismo organizador y promotor de los estudios. Al ir por vez primera a Roma, quince años antes, había mostrado sumo interés por la fundación del Colegio Romano, proyectado por San Ignacio, y con la limosna que entonces dió puede ser considerado como su primer fundador. Como general, contribuyó eficazmente a su organización definitiva, que le confirmó en aquel título. Además, construyó la iglesia de San Andrés del Quirinal, donde habían de distinguirse novicios tan insignes como San Estanislao y San Luis Gonzaga, y asimismo comenzó la del Gesu.

De gran eficacia fue la labor de San Francisco de Borja en la propagación de la Compañía de Jesús y la extensión de su actividad en todo el mundo. Empleó el influjo que tenía en la corte francesa para obtener una acogida más favorable a los jesuitas en Francia, donde se fundaron en su tiempo ocho colegios. De un modo semejante se fundaron tres en Alemania, cuatro en Italia, once en España y otros varios en diversas partes de Europa. Pero su predilección se manifestó por las misiones. Por esto dió nuevo impulso y reorganizó las del Lejano Oriente y comenzó nuevas empresas en América, constituyendo las provincias de Méjico y Perú, y sobre todo la del Brasil. Su actividad se extendió a otros campos. Así, publicó una nueva edición de las reglas, terminada en 1567, y protegió constantemente a los escritores que comenzaban a dar gran renombre a la nueva Orden.

Pero, aun en el campo de la Iglesia universal, tuvo Francisco un influjo extraordinario. Al lado de San Pío V y de San Carlos Borromeo, puede ser considerado como uno de los grandes promotores de la renovación católica. En 1568 él fue quien movió a San Pío V, con quien tenía gran ascendiente, para que nombrara una comisión de cardenales encargada de promover la conversión de los herejes e infieles.

En estas circunstancias, en junio de 1571, Pío V envió al cardenal Bonelli a una embajada a España, Portugal y Francia, y suplicó a Borja que le acompañara. De hecho, no se obtuvo con ella gran cosa en los preparativos de una liga contra los turcos; pero mostró el gran prestigio y la eximia virtud de Francisco. En todas partes acudían a su encuentro las turbas, ávidas de contemplar a un santo. Olvidados los antiguos prejuicios, el mismo Felige II le recibió con muestras visibles de satisfacción. Pero su salud ya quebrantada, se resintió notablemente con las fatigas del viaje. La vuelta a Italia se fue haciendo cada vez más fatigosa. Pasó el verano de 1572 en Ferrara, donde su primo, el duque Alfonso, trató de rehacerlo; pero al fin lo tuvo que llevar a Roma en litera. El 3 de septiembre llegó a Loreto, donde descansó ocho días, y finalmente llegó a Roma el 23; pero, después de unos días de fatigosa enfermedad, en la que dió los más sublimes ejemplos de piedad, humildad y paciencia, descansó en el Señor durante la noche del 30 de septiembre al 1 de octubre de 1572.

De este modo se nos presenta la figura de San Francisco de Borja como uno de los santos más sublimes y atractivos de la Iglesia: como ejemplo precioso de la más profunda humildad y desprecio de las vanidades del mundo, y juntamente como el hombre providencial en la constitución definitiva de la Compañía de Jesús. En 1617 sus restos mortales fueron trasladados a Madrid, donde se conservaron con gran veneración hasta 1931, en que, en el incendio de la iglesia de la Compañía de Jesús, desaparecieron casi por completo. Lo poco que pudo salvarse entre las cenizas se conserva todavía en la actualidad.

BERNARDINO LLORCA, S. I.

Santo Evangelio 3 de octubre 2015


Día litúrgico: Sábado XXVI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 10,17-24): En aquel tiempo, regresaron alegres los setenta y dos, diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos». 

En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». 

Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».


«Se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: ‘Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra’»
+ Rev. D. Josep VALL i Mundó 
(Barcelona, España)


Hoy, el evangelista Lucas nos narra el hecho que da lugar al agradecimiento de Jesús para con su Padre por los beneficios que ha otorgado a la Humanidad. Agradece la revelación concedida a los humildes de corazón, a los pequeños en el Reino. Jesús muestra su alegría al ver que éstos admiten, entienden y practican lo que Dios da a conocer por medio de Él. En otras ocasiones, en su diálogo íntimo con el Padre, también le dará gracias porque siempre le escucha. Alaba al samaritano leproso que, una vez curado de su enfermedad —junto con otros nueve—, regresa sólo él donde está Jesús para darle las gracias por el beneficio recibido.

Escribe san Agustín: «¿Podemos llevar algo mejor en el corazón, pronunciarlo con la boca, escribirlo con la pluma, que estas palabras: ‘Gracias a Dios’? No hay nada que pueda decirse con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentirse con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad». Así debemos actuar siempre con Dios y con el prójimo, incluso por los dones que desconocemos, como escribía san Josemaría Escrivá. Gratitud para con los padres, los amigos, los maestros, los compañeros. Para con todos los que nos ayuden, nos estimulen, nos sirvan. Gratitud también, como es lógico, con nuestra Madre, la Iglesia. 

La gratitud no es una virtud muy “usada” o habitual, y, en cambio, es una de las que se experimentan con mayor agrado. Debemos reconocer que, a veces, tampoco es fácil vivirla. Santa Teresa afirmaba: «Tengo una condición tan agradecida que me sobornarían con una sardina». Los santos han obrado siempre así. Y lo han realizado de tres modos diversos, como señalaba santo Tomás de Aquino: primero, con el reconocimiento interior de los beneficios recibidos; segundo, alabando externamente a Dios con la palabra; y, tercero, procurando recompensar al bienhechor con obras, según las propias posibilidades.

© evangeli.net M&M Euroeditors