13 sept 2015

Santo Evangelio 13 de septiembre de 2015



Día litúrgico: Domingo XXIV (B) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 8,27-35): En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas». Y Él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo». 

Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. Pero Él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». 

Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará».

«Si alguno quiere venir en pos de mí (…) tome su cruz y sígame»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)


Hoy día nos encontramos con situaciones similares a la descrita en este pasaje evangélico. Si, ahora mismo, Dios nos preguntara «¿quién dicen los hombres que soy yo?» (Mc 8,27), tendríamos que informarle acerca de todo tipo de respuestas, incluso pintorescas. Bastaría con echar una ojeada a lo que se ventila y airea en los más variados medios de comunicación. Sólo que… ya han pasado más de veinte siglos de “tiempo de la Iglesia”. Después de tantos años, nos dolemos y —con santa Faustina— nos quejamos ante Jesús: «¿Por qué es tan pequeño el número de los que Te conocen?».

Jesús, en aquella ocasión de la confesión de fe hecha por Simón Pedro, «les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él» (Mc 8,30). Su condición mesiánica debía ser transmitida al pueblo judío con una pedagogía progresiva. Más tarde llegaría el momento cumbre en que Jesucristo declararía —de una vez para siempre— que Él era el Mesías: «Yo soy» (Lc 22,70). Desde entonces, ya no hay excusa para no declararle ni reconocerle como el Hijo de Dios venido al mundo por nuestra salvación. Más aun: todos los bautizados tenemos ese gozoso deber “sacerdotal” de predicar el Evangelio por todo el mundo y a toda criatura (cf. Mc 16,15). Esta llamada a la predicación de la Buena Nueva es tanto más urgente si tenemos en cuenta que acerca de Él se siguen profiriendo todo tipo de opiniones equivocadas, incluso blasfemas.

Pero el anuncio de su mesianidad y del advenimiento de su Reino pasa por la Cruz. En efecto, Jesucristo «comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho» (Mc 8,31), y el Catecismo nos recuerda que «la Iglesia avanza en su peregrinación a través de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios» (n. 769). He aquí, pues, el camino para seguir a Cristo y darlo a conocer: «Si alguno quiere venir en pos de mí (…) tome su cruz y sígame» (Mc 8,34).

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San Juan Crisostomo Doctor 13 de septiembre


13 de Septiembre
SAN JUAN CRISÓSTOMO, DOCTOR
(† 407)

La figura de este Santo nada debe a la fábula. Juan Crisóstomo entra en la historia, antes que en la hagiografía, y, desde luego, mucho antes que en la leyenda. Por dicha, a poco de su muerte, un auténtico historiador, Palladius, escribe el célebre Dialogus de vita Chrysostomi. A ese mismo tiempo pertenece un Panegírico, que se muestra muy imparcial y objetivo. A su vez, los historiadores del siglo V, Sócrates y Sozomeno transmitieron preciosas noticias acerca de él. Luego, en el siglo VI, viene la leyenda. Pero la figura del Crisóstomo está ya definida y fija. Las falsas aureolas no lograrán desdibujaría.

Juan, hacia el 344, en Antioquía, es fruto de un guerrero y un asceta. Segundo. Magíster mílitum Orientis, debió transmitirle aquel bélico ardor que luego, celestializado, él hubo de desplegar en santas batallas. Su madre le comunicó más ricos tesoros. Antusa, en el frescor de sus veinte años, adórnase ya con el crespón de su viudez. Y se concentra, toda, en el hacimiento pleno, físico y espiritual. de su hijo. Dióle un maestro de filosofía, Andragacio, y uno de retórica, Libanio, lumbre de Antioquía. Pero le dio, sobre todo, a Cristo; Libanio, prendado de su discípulo, soñó con dejarle por sucesor suyo en su escuela. Pero Juan advirtió, en seguida, que el bloque inflamado de sus entusiasmos no cabria a discurrir por los cauces fríos y mezquinos de la retórica pagana. Tomó el periodo, tomó el tropo, tomó el hipérbaton..., y se los guardó en el cofre, pulido y aromado, para, un día, tornarlos a lo divino. Hacia el 369 - veintidós exuberantes años - hácese bautizar por Melecio de Antioquía. Libanio, al saberlo, pensó y acertó que Antusa se lo había robado. Y clamo: "¡Dioses de la Grecia! ¡Qué mujeres hay entre los cristianos!"

El bautismo fue, en el espíritu de Juan, una inundación de cristianismo pleno, de evangelio puro. Y porque fue esto, fue un tirón hacia el recio ascetismo, hacia el desierto. Juan quiere, de verdad, vivir su bautismo. Por eso, se resuelve a vivir una vida-muerte. Por otra parte, el siglo IV es la triunfal alborada en que se abre la rosa, púrpura, del monaquismo oriental. El ambiente de Antioquía arde en fiebre de desierto. Juan, pues, quiere ser asceta, penitente, solitario, Pero, ahora, es su madre el obstáculo que se le atraviesa en el camino. Antusa toma a su hijo de la mano y le lleva junto al lecho en que le dio a luz. Y le pide, temblorosa, que no quiera causarle una segunda viudez, Juan, que es ya todo corazón, déjase vencer de las lágrimas de su madre y abandona sus planes de soledad.

Pero la soledad es menos sueño de él que plan de Dios sobre él. El que tanto había de hablar a los hombres tenía que hablar mucho primero, a solas, con Dios. La boca que había de ser torrente y cascada, debía, ante todo, llenarse de inefables silencios. El futuro reformador y moralista debía empezar por flagelar su cuerpo y crucificarse a si mismo. La fama de santidad de aquel joven habíase desbordado de Antioquía y había llegado lejos. Un día, acercósele su gran amigo Basilio. Venía a decirle que a los dos querían hacerlos obispos. En el siglo IV era habitual la intervención del pueblo en la designación de sus Pastores. Juan se estremeció. Y, mientras lograba de su amigo que aceptase la carga, él huyó a su amada soledad. El gesto de Juan fue bellísimo. Pero no sé si no es más bello el poema en que él mismo lo celebró. Su tratado De sacerdotio, escrito en la lobreguez de su cueva, vino a explicar su negativa a aceptar el episcopado y la conveniencia de que su amigo lo aceptara. Ya, pues, está Juan en su soledad. En un apartado monte, no lejos de Antioquía. Primero, cuatro años en una ermita, bajo la espiritual dirección de un viejo monje. Luego, otros dos, en una quiebra de la montaña. Largas oraciones. Ayunos extenuantes. Las púas del cilicio son espinas en la rosa ensangrentada de su carne. Las penitencias calcinan su cuerpo. Juan está, con Cristo, crucificado.

Hasta que Dios vio que aquel hombre estaba ya apto para las altas empresas que le aguardaban. Envióle - divino pretexto - una enfermedad, que amenazó acabar con él, en sU cueva. Y Juan no tuvo otro remedio sino volverse a la ciudad.

En 381 es ordenado diácono por el obispo Melecio. Surge, entonces, el escritor. Durante cinco años Juan mueve la pluma en defensa de la Iglesia, del monacato, de la virginidad. Escritos bellísimos, literariamente; hijos, en la forma, del gusto literario que Libanio le comunicara. Pero, sobre todo, sus páginas rezuman una sabrosa y cordial espiritualidad. En 386, Flaviano, sucesor de Melecio, ordénale sacerdote y le encomienda la predicación en la ciudad. Y ahora sí que, por sobre el ermitaño, por sobre el escritor, descúbrese, de repente, y descuella otro Juan. El Juan predicador, digamos, el Crisóstomo.

Es entonces Antioquía una gran ciudad, bella y rica. El historiador pagano Amiano Marcelino llámala Odentis apex pulcher. Pero, religiosamente, es un conglomerado de cristianos, paganos y judíos; moralmente es víctima de una desaforada corrupción. En este ambiente, por doce años, desbórdase, día tras día, de la boca de Juan un impetuoso torrente. La predicación más amada del Crisóstomo - llamémosle ya así, aunque hasta el siglo VI no se le otorga este título- es la homilía. La homilía exegética. Setenta y seis sobre el Génesis. Muchas sobre los Salmos. Varias sobre el libro de Job. Sobre el de los Proverbios. Sobre los Profetas. Noventa sobre San Mateo. Siete sobre San Lucas. Ochenta y ocho sobre San Juan. Cincuenta y cinco sobre los Hechos de los Apóstoles. Innumerables sobre las cartas de San Pablo... Todo ese inmenso caudal ha llegado hasta nosotros. Además, otro centenar, largo, de sermones, cuyo argumento no es, directamente, la explicación de la Sagrada Escritura, sino los más diversos temas. En fin, un mar estuante; un mundo, de estrellas y de soles, de sagrada elocuencia.

Ni es lo más importante la magnitud. Lo que, en verdad, maravilla es la calidad, el metal de esta soberana predicación. Compárasele al Crisóstomo con Demóstenes, con Cicerón. Cierto, Demóstenes tiene una elocuencia más fastuosa; Cicerón es más rotundo, más grandilocuente. Pero Crisóstomo tiene méritos inigualables. Aun como orador humano. Su palabra es prodigiosamente fácil y movida. Brota de su boca, rápida y alada, en admirables improvisaciones. Coloréala una pasión cordial, que, al mismo tiempo, la inflama. Su lengua no vibra, arde. Y hace arder. En voz alta, habla él solo. Pero, en lo íntimo, hay, entre él y sus oyentes, un diálogo no menos elocuente que su propia voz.

Mas en lo que él no tiene par es en los quilates de su elocuencia, como predicador sagrado. Y, acaso, en este aspecto, su mérito más inapreciable es el haber sabido escoger la materia fundamental que escogió para su predicación: la Sagrada Escritura, Supremo acierto. A base de él, tócale al predicador de Antioquía la gloria, exclusiva suya, de haber logrado transportar, año tras año, homilía tras homilía, la Escritura divina, todo, en bloque, al alma y a la vida de sus cristianos, más aún, al alma y a la vida de la ciudad entera. Y viene luego su personal manera de predicar. Exegeta él de la Sagrada Escritura, podría pensarse que su oratoria fuese puramente intelectualista y erudita, despegada de la realidad. Todo lo contrario. Juan Crisóstomo es un conductor de almas. Un misionero. Un reformador de las costumbres. Por eso, su elocuencia, continuamente, desde las alturas de la exégesis, desciende, rápida como un águila. a las realidades de la vida. Enfréntase, enardecido, con el vicio, con el abuso, y lo fustiga, implacable. Truena, terrible. O se exalta ante la virtud. ¡Ah! Pero siempre, siempre, el discurso que brota de su boca, cae sobre el auditorio, caliente y ungido, como la llama de una gran lámpara de oro. Al fin, la fuente de donde mana no es sino hontanar de amor: su corazón. ¡Oh! ¡Su corazón! Si nos fuera lícito jugar un poco con la frase - y a él le gusta, de seguro, el juego - diríamos:

Cor Christi, cor Pauli; cor Ioannis...

Por todo esto, es preciso confesar que, como predicador del pueblo cristiano, es incomparable. Con uno solo admitiría el parangón: con San Agustín. Pero Agustín es mucho más teórico que él. Juan Crisóstomo es el orador de la acción, del dinamismo. Por eso al de Hipona le basta su Breviloquium. El Crisóstomo necesita toda la fuerza de su exuberante oratoria, de sus homilías de una hora, de dos horas.

Y es así siempre este predicador prodigioso. Pero, a veces, los hechos le sirven de ocasión para excederse a si mismo. Por ejemplo, la coyuntura de las estatuas. En los comienzos del 387, el emperador Teodosio impuso a la ciudad un tributo, que pareció injusto. El populacho, desenfrenado, derribó las estatuas del emperador, de su padre, de sus hijos y de su difunta esposa Flacila. Recobrada la calma, Antioquía se estremeció amedrentada. El castigo habría de ser terrible. Llegaron, en efecto, los delegados del emperador y comenzó la justicia..., o la venganza. El viejo obispo Flaviano partió para Constantinopla, y el día de Pascua tomó con el perdón... Pero, hasta entonces..., turbas alocadas, rebeliones, desafueros, miedos, terrores, estrépito de juicios. Al fin, el paroxismo de la alegría final. Y, sobre este aborrascado piélago, la voz poderosa del predicador. Una voz que increpa, que amenaza, que anima, que consuela; que sobrenaturaliza. Y una voz, que ella sola, y solo ella, domina las olas y los huracanes. Las veintiuna homilías De signes, pronunciadas durante aquella tempestad por el Crisóstomo, son, en verdad, un milagro de elocuencia.

Pero Juan no era sólo un predicador. Y, convenía - le convenía a Dios y les interesaba a los hombres que apareciera todo el hombre que en su fondo alentaba.

La voz del Crisóstomo resonaba por todo el mundo oriental. No es extraño que, al morir, el 27 de septiembre del 397, el patriarca de Constantinopla, Nectario, por voluntad del emperador y de su corte, fuese Juan de Antioquía propuesto al pueblo y a los obispos para ser elegido patriarca. Consagróle Teófilo de Alejandría, el 26 de febrero del 389. El nuevo arzobispo emprendió en seguida la reforma de las costumbres del clero, de los monjes, de la nobleza, de todo el pueblo. Y fue el apóstol de la caridad. En sus homilías, como ya lo había hecho en las de Antioquía, traza cuadros desgarradores de los pobres, que él mismo ha visto, extenuados de hambre; sobre la yacija de sus harapos. No son pocos los ricos que se conmueven, y el arzobispo logra socorrer, permanentemente, en la ciudad, a cinco mil necesitados. Y la Constantinopla del Crisóstomo es, en la antigüedad, modelo de ciudades limosneras, que incluso se adelanta siglos en la organización de la caridad.

Pero el hombre que, principalmente, había de revelarse en Constantinopla era el defensor de la Iglesia frente a los poderes temporales. La ocasión había de ser, simplemente, la vindicación del derecho de asilo de las iglesias. Primero, el eunuco del emperador, Eutropio, dueño de la voluntad de Arcadio, pretende inmolar a una viuda. Refúgiase ella en la iglesia. Eutropio exige su entrega. El patriarca se yergue, frente al tirano, en defensa de la mujer y en defensa, a la vez, de los fueros del lugar sagrado. Eutropio logra que se declare abolido el derecho de asilo, pero el arzobispo lo mantiene en vigor. ¿Para qué, ya, si la viuda se ha salvado? ¿Para qué? Eutropio - misterios de Dios - lo va a ver en seguida. Las cosas cambian de repente. La emperatriz logra hacer caer en desgracia, ante el emperador, al valido. El emperador ruge contra él. El pueblo pide, a gritos, su cabeza. Y Eutropio se acoge a la iglesia y se ampara... en el derecho de asilo... Pero el patriarca de Constantinopla no entiende sino de caridad y de derechos de la Iglesia. Y, también ahora, frente a las exigencias del colérico emperador, al cual secunda el pueblo, amotinado, protege al caído y mantiene la sagrada prerrogativa. Y con tal energía se opone a las reclamaciones imperiales, en defensa del derecho de la Iglesia, que, para encontrar un ejemplo parecido, habrá que esperar hasta Hildebrando o Bonifacio VIII, o Tomás Beckt.

Juan Crisóstomo triunfó. Pero su triunfo, en lo humano, iba a ser efímero. Es que su figura tenía que mostrar una nueva fisonomía: la del perseguido. Ya, de antes, sus invectivas contra la corrupción de la corte habían despertado, en las alturas, odios feroces contra él. Incluso la emperatriz, que se había creído aludida en algún sermón del patriarca, profesábale un femenino rencor, exacerbado. La actitud de Juan, ahora, en su vindicación de las prerrogativas de la Iglesia, acabó de inflamar la hoguera. De todo ello supo, taimadamente, aprovecharse nada menos que un obispo, ambicioso y vengativo, el cual veía en el arzobispo de Constantinopla un rival suyo: aquel Teófilo de Alejandría que le había consagrado obispo. Teófilo logró reunir un concilio, que condenó a Juan como reo de lesa majestad y le depuso. El emperador lo desterró. Juan recibió, impávido, la sentencia. De noche, apoderáronse de él los esbirros del emperador y lo echaron en un navío.

Mas la ciudad entera se fue hasta el Bósforo a despedirlo. Las lágrimas de la muchedumbre fueron el consuelo del desterrado y la condenación de los perseguidores.

Al día siguiente, algo misterioso ocurrió en el palacio imperial. El caso es que la misma emperatriz púsose de rodillas ante Arcadio y le suplicó el perdón para el desterrado. Juan volvió a su amada ciudad, Y su vuelta fue la de un triunfador. La multitud le aclamaba, le vitoreaba. Juan subió a su cátedra y pronunció su homilía... Bendito sea el Señor... ¡Qué bella, qué sublime homilía!

Pero los luchadores de Dios no están hechos para los triunfos de los laureles. Un nuevo resentimiento de la emperatriz Eudoxia desató, de nuevo, la guerra contra el patriarca. El emperador volvió a desterrarlo. El lugar que se le señaló fue la lejana localidad de Cucusa, en la Armenia Menor, el rincón - dice él - más desierto de toda la tierra. Allí llegó el arzobispo, después de un interminable y penosísimo viaje, medio muerto. Sesenta años tiene. En su destierro, la pena y la enfermedad le consumen. Pero aún han de mostrarse dos cosas: misionero y amigo. Su espíritu tiene aún energías para cuidar de la conversión de los godos y para ayudar a las misiones de Fenicia. Y las tiene su corazón para amar, más que nunca. El cardenal Neuman dijo de él que es el santo de la amistad cristiana. Lo es, sobre todo, en este final. Como ya no puede predicar, escribe. Escribe cartas a los que quiere y le quieren. Estas cartas son su corazón que se abre y se derrama como un caliente estío que se expandiera en invierno. Y él mismo, en su soledad, es todo corazón, que se abre en abrazos para los que, desde Antioquía. desde Constantinopla, desde Egipto, desde toda el Asia Menor, van a visitarle. ¡Cuántos son!

Todavía la corte recela de esta popularidad del desterrado, y resuelve trasladarle a otro lugar más inaccesible, a Pitionte al pie del Cáucaso. Custodiado por dos soldados, Juan emprende el camino hacia su nuevo destierro. Pero una noche no pudo caminar más. Entráronle en una solitaria ermita y se echó en el suelo. "Gloria a Dios en todas las cosas", clamó. Y su boca se cerro en la tierra para siempre.

ANICETO DE CASTRO ALBARRÁN

12 sept 2015

Santo Evangelio 12 de deptiembre 2015


Día litúrgico: Sábado XXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 6,43-49): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca.

»¿Por qué me llamáis: ‘Señor, Señor’, y no hacéis lo que digo? Todo el que venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica, os voy a mostrar a quién es semejante: Es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca. Al sobrevenir una inundación, rompió el torrente contra aquella casa, pero no pudo destruirla por estar bien edificada. Pero el que haya oído y no haya puesto en práctica, es semejante a un hombre que edificó una casa sobre tierra, sin cimientos, contra la que rompió el torrente y al instante se desplomó y fue grande la ruina de aquella casa».

«Cada árbol se conoce por su fruto»
P. Raimondo M. SORGIA Mannai OP 
(San Domenico di Fiesole, Florencia, Italia)

Hoy, el Señor nos sorprende haciendo “publicidad” de sí mismo. No es mi intención “escandalizar” a nadie con esta afirmación. Es nuestra publicidad terrenal lo que empequeñece a las cosas grandes y sobrenaturales. Es el prometer, por ejemplo, que dentro de unas semanas una persona gruesa pueda perder por lo menos cinco o seis kilos usando un determinado “producto-trampa” (u otras promesas milagrosas por el estilo) lo que nos hace mirar a la publicidad con ojos de sospecha. Mas, cuando uno tiene un “producto” garantizado al cien por cien, y —como el Señor— no vende nada a cambio de dinero sino solamente nos pide que le creamos tomándole como guía y modelo de un preciso estilo de vida, entonces esa “publicidad” no nos ha de sorprender y nos parecerá la más lícita del mundo. ¿No ha sido Jesús el más grande “publicitario” al decir de sí mismo «Yo soy la Vía, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6)?

Hoy afirma que quien «venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica» es prudente, «semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca» (Lc 6,47-48), de modo que obtiene una construcción sólida y firme, capaz de afrontar los golpes del mal tiempo. Si, por el contrario, quien edifica no tiene esa prudencia, acabará por encontrarse ante un montón de piedras derruidas, y si él mismo estaba al interior en el momento del choque de la lluvia fluvial, podrá perder no solamente la casa, sino además su propia vida.

Pero no basta acercarse a Jesús, sino que es necesario escuchar con la máxima atención sus enseñanzas y, sobre todo, ponerlas en práctica, porque incluso el curioso se le acerca, y también el hereje, el estudioso de historia o de filología... Pero será solamente acercándonos, escuchando y, sobre todo, practicando la doctrina de Jesús como levantaremos el edificio de la santidad cristiana, para ejemplo de fieles peregrinos y para gloria de la Iglesia celestial.

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El Dulce Nombre de María, 12 Septiembre

12 de septiembre
DULCE NOMBRE DE MARIA - Por Jesús Martí Ballester
 
EL DULCE NOMBRE DE MARÍA

¡Con qué reverente brevedad escribe San Lucas, en el capítulo primero de su Evangelio, la frase que sirve de pórtico al divino cuadro de la Encarnación!: "¡Y el nombre de la Virgen era María!". Es como presentarnos, en toda su regia sencillez, en el azahar florido y oloroso de su huerto cerrado, a la llena de gracia, a la Reina de los cielos y tierra, a la elegida, a la excelsa Madre de Dios.

 Y, escuchando el acelerado palpitar de aquel corazón sorprendido ante el inefable misterio que va a realizarse, el ángel San Gabriel, con dulce confianza de siervo expresamente encargado de la custodia y guarda de su Señora, le dice, subrayando su augusto nombre: "No temas, María... ".

 La creación entera se goza en balbucear el eufónico nombre que Dios le impuso a su Madre. "Nombre cargado de divinas dulzuras", como asegura San Alfonso María de Ligorio; nombre que sabe a mieles y deja el alma y los labios rezumando castidad, alegría y fervor: ¡María! Por medio de la que así es llamada, nos han venido todos los bienes y la pobre humanidad puede levantar la humillada cabeza y presentir de nuevo la cercanía de inacabables bienaventuranzas: O clemens, o pia, o dulcis Virgo María!

 Bien le cantamos Mutans Evae nomen, porque Ella devolvió a la gracia, con el nombre de vida, todo lo que la desdichada madre natural de los hombres había entregado a las tinieblas, con el nombre de muerte.

 Prueba de sabiduría y de acierto es imponer a la persona el nombre que justamente le corresponde. Y nadie como Dios ha sabido dar exactitud, expresión y síntesis a los nombres que Él mismo ha elegido e inspirado.

 Desde la más remota antigüedad, el nombre impuesto a las personas y a las cosas tuvo, en la mayoría de los pueblos, una significación simbólica. Aun ahora, muchas tribus africanas, otras dispersas en los inmensos parques de América del Norte, y los negros australianos, consideran el nombre como una parte integrante de la personalidad, ocultándolo, a veces, a los extranjeros, bajo apodos y paráfrasis, por temor a los perjuicios que pudiera acarrear su conocimiento.

 En los países cuya historia se ha ido desenvolviendo al veril de una civilización normal y cada vez más pujante, el simbolismo de los nombres perdió, poco a poco, su luz bajo la potencia bienhechora o maléfica de las personas que los ostentaron. Con razón se dice, pues, que el nombre no hace a la persona, sino la persona al nombre. Y afirma San Pedro Canisio que, puesto que "el nombre es símbolo y cifra de la persona, invocar el nombre de María equivale a empeñar su poder en favor nuestro".

 Si el Señor escogió entre todas las criaturas la más perfecta, para ser Madre del Hijo divino; si como privilegio de esta maternidad la hizo inmaculada y arca de todas las virtudes, nos parece muy lógico que también eligiera para Ella el nombre más hermoso, el de más alta y acendrada significación, el más dulce entre todos los del humano lenguaje.

 ¿Qué significados tiene, pues, según la etimología, ese nombre cuyo misterioso sentido sólo Dios nos podría explicar?

 Si, como algunos creen, deriva del idioma egipcio, su raíz es mery, o meryt, que quiere decir muy amada. Según otros, la significación sería Estrella del mar. Si el nombre de María proviene del siríaco, la raíz es mar, que significa Señor. El padre Lagrange opina que los hebreos debieron utilizar el nombre de María con el significado de Señora, Princesa. Nada más conforme a la noble misión de la humilde Virgen nazarena. Otro tercer grupo de filólogos e intérpretes sostienen que la palabra María es de origen estrictamente hebreo. Y sus diversas y preciosas significaciones son las siguientes:

 Primera. Mar amargo, de la raíz mar y jam. María fue un verdadero mar de amargura, desde que en el templo, cuando la presentación de su Hijo, vislumbró la silueta cárdena y dolorida del Calvario. Y un mar de amargura desbordante en la pasión y muerte de Jesús.

 Segunda. Rebeldía, de la raíz mar. Ella, la omnipotencia suplicante, vence a las satánicas huestes. "El nombre de María —escribe el padre Campana— es de una energía singular y tiene en sí una fuerza divina para impetrar en favor nuestro la ayuda del cielo."

 Tercera. Estrella del mar. Le cantamos Ave, Maris Stella! ¡Y con qué arrebatador encanto glosa y profundiza San Bernardo esta expresiva metonimia!

 Cuarta. Señora de mí linaje. Frase muy justa y apropiada a la prerrogativa nobilísima de ser Madre de Dios, Reina de todo lo creado.

 Quinta. Esperanza. Significado más alegórico que etimológico, pero lleno de inefable consuelo. Porque Ella, Spes nostra, es el camino de la felicidad, el arco iris que señala un pacto de armonía entre Dios y los hombres. "Bienaventurado el que ama vuestro nombre, oh María —exclama San Buenaventura—, porque es fuente de gracia que refresca el alma sedienta y la hace reportar frutos de justicia."

 Sexta. Elevada, grande, de ram. San Agustín y San Juan Crisóstomo coinciden en adjudicarle el excelso sentido de "Señora y Maestra".

 Séptima. Iluminada, iluminadora. Está llena de luz. Sostiene en sus brazos la luz del mundo. Es pura y diáfana. "El nombre de María indica castidad", dice San Pedro Crisólogo.

 Deliciosamente narra sor María Jesús de Agreda, en su Mística Ciudad de Dios, la escena en la cual la Santísima Trinidad, en divino consistorio, determina. dar a la "Niña Reina" un nombre. Y dice que los ángeles oyeron la voz del Padre Eterno, que anunciaba: "María se ha de llamar nuestra electa y este nombre ha de ser maravilloso y magnífico. Los que le invocaren con afecto devoto, recibirán copiosísimas gracias; los que le estimaren y pronunciaren con reverencia, serán consolados y vivificados; y todos hallarán en él remedio de sus dolencias, tesoros con que enriquecerse, luz para que los encamine a la vida eterna".

 Y a ese nombre, suave y fuerte, respondió durante su larga, humilde y fecunda vida, la humilde Virgen de Nazaret, la que es Madre de Dios y Señora nuestra. Y ese nombre, "llave del cielo", como dice San Efrén, posee en medio de su aromática dulzura, un divino derecho de beligerancia y una seguridad completa de victoria. Por eso su fiesta lleva esa impronta: Acies ordinata.

 España, siempre dispuesta a romper lanzas por la gloria de María, fue la primera en solicitar y obtener de la Santa Sede autorización para celebrar la fiesta del Dulce Nombre. Y esto acaeció el año 1513. Cuenca fue la diócesis que primeramente solemnizó dicha fiesta, siguiendo su ejemplo, en seguida, las demás, porque el amor de Nuestra Señora es efusivo y prende con facilidad en terrenos de sincera devoción.

 Pero fue el papa Inocencio XI —"defensor de la Iglesia con toda la fuerza de su férreo carácter, con la sabiduría de su espíritu y, sobre todo, con el amor de absoluta entrega", como decía en el radio mensaje de beatificación nuestro Santísimo Padre Pío XII—, quien decretó, el 25 de noviembre del año 1683, que toda la Iglesia celebrara solemnemente la fiesta de este nombre excelso, pues invocándolo se había alcanzado la completa victoria sobre los turcos.

 Uno de los más trascendentales y emotivos episodios de la historia universal nos da el relato de esta decisiva victoria:

 Si el empuje de las fuerzas cristianas en Lepanto, cuya alma había sido también el papa San Pío V, debilitó la potencia otomana, frenando el ímpetu de sus conquistas, el límite de los territorios dominados por los turcos no había retrocedido, y la puerta tendía a resurgir con el intento de una invasión total de Europa. En 1683 el peligro se hizo ya inminente. Los cálculos menores estiman el ejército que el gran visir Kara Mustafá llevó contra Viena, en unos 200.000 hombres. Era un momento critico en la historia del mundo. Inocencio XI, ante las indecisiones ambiciosas y la política turbia de algunos príncipes europeos, le escribía a Luis XIV de Francia: "Te conjuro, por la misericordia de Dios, que acudas en auxilio de la oprimida Cristiandad, para que no caiga bajo el yugo del tirano. Dios te ha señalado con tan buenas cualidades, y a tu reino con tantas fuerzas y recursos, que creo estás llamado por la Providencia para lograr la más hermosa gloria. ¡Sé digno de la grandeza de tu vocación!". Pero, mientras Luis XIV contestaba con frías excusas, la católica Polonia, al mando de su heroico rey Juan Sobieski, ajustaba alianza con el emperador de Austria, Leopoldo I, y acudía en su ayuda.

 Desde el 14 de julio, Viena había quedado ya enteramente cercada por los turcos y aislada del ejército imperial, que se había retirado a la izquierda del Danubio.

 Un bosque de tiendas de campaña se extendía en forma de medialuna en torno a la ciudad. Comenzó el terrible bombardeo y, por efecto de él, un incendio imponente. Las enfermedades se cebaban también en los sitiados. Las provisiones de pólvora y los víveres disminuían con suma rapidez. Cada día se hacía más violento y amenazador el apremio de los enemigos. Pero la Providencia divina atendió, una vez más, las oraciones del papa Inocencio XI y de los fieles devotos de la Madre de Dios, que en Ella habían puesto sus esperanzas. Juan Sobieski se preparó al combate recibiendo el Pan de los fuertes y oyendo devotamente la santa misa, y todo el ejército polaco siguió el ejemplo de su rey. "La hora histórica de la batalla definitiva de Viena sonó al alborear el límpido sol del día 12 de septiembre" —dice S. S. Pío XII en el citado radiomensaje con motivo de la beatificación de Inocencio XI—. El ejército de socorro, dirigido por Juan Sobieski, atacó a los asaltantes. Una inesperada tormenta de granizo cayó sobre el campamento de los turcos. Antes de la noche, la victoria sonreía a las fuerzas cristianas que se habían lanzado al combate invocando el Nombre de María. Si como instrumento de liberación Dios había escogido al rey de Polonia, unánimes afirman los críticos e historiadores que el artífice primario de esta misma liberación fue el papa Inocencio, y éste, a su vez, con humildad conmovedora, atribuyó el mérito y la gloria de aquella jornada al favor y socorro de María. Por eso quiso dedicar este luminoso día de septiembre a la fiesta de su Santísimo Nombre.

 "El Señor ha hecho vuestro Nombre tan glorioso que no se caerá de la boca de los hombres" (Judith, 13, 25). Sublime elogio que corresponde a María, a la cual todas las generaciones llaman bienaventurada, y Aquel que "hizo en Ella cosas grandes y cuyo Nombre es santo", quiso darle íntima participación de esa misma santidad para consuelo y gozo de quienes invocaren su dulce Nombre. Nombre que ha de ser también loado, "santificado", como el Nombre de Dios, en todo el mundo, porque —repitámoslo una vez más— infunde valor y fortaleza. Bien lo aprendieron los indios mejicanos de boca de los pobres soldados españoles cautivos, que subían al pavoroso "teocalli" invocando: "¡Ay, Santa María!", y con este nombre en los labios expiraban.

 En el áureo Blanquerna, de Raimundo Lulio, en el cual, según alada frase del excelentísimo doctor García y García de Castro, arzobispo de Granada, "el beato mallorquín logró aprisionar las transparencias de las ondas del mar de Mallorca y las incógnitas armonías de los montes de Miramar...", se lee de aquel monje que sólo tenía por oficio dirigir, tres veces al día, una salutación a Nuestra Señora. "Es el ruiseñor del monasterio —continúa el doctor García y García de Castro con galana pluma— y canta las delicias de María, y envídianle los otros ruiseñores esparcidos por aquellos bosques que se reflejan en las aguas luminosas del Mediterráneo mallorquín".

 "¿Quién se resistirá a escuchar sus melodiosos trinos?"

 "¡Ave, María! Salúdate tu siervo de parte de los ángeles y de los patriarcas y los profetas y los mártires y los confesores y las vírgenes, y salúdate por todos los santos de la gloria. ¡Ave, María! Saludos te traigo de todos los cristianos, justos y pecadores; los justos te saludan porque eres digna de salutación y porque eres esperanza de salvación; los pecadores te saludan porque te piden perdón y tienen esperanza de que tus ojos misericordiosos miren a tu Hijo para que tenga piedad y misericordia de sus culpas y recuerde la dolorosa pasión que sostuvo para darles salud y perdonarles sus culpas y pecados.

 ¡Ave, María! Saludos te traigo de los sarracenos, judíos, griegos, mongoles, tártaros, búlgaros, húngaros de Hungría la menor, comanos nestorinos, rusos, quinovinos, armenios y georgianos. Todos ellos y muchos otros infieles te saludan por ministerio mío, cuyo procurador soy..." (Obras selectas de Raimundo Lulio: B.A.C., p.160).

 Esa debe ser nuestra salutación y nuestro ruego: que todos conozcan y alaben a María, que todos pronuncien con reverencia su santo Nombre y que Ella mire a todos sus hijos, dispersos por el mundo, con ojos de misericordia y de amor.

 Su Nombre, para los que luchamos en el campo de la vida, es lema, escudo y presagio. Lo afirma uno de sus devotos, San Antonio de Padua, con esta comparación: "Así como antiguamente, según cuenta el Libro de los Números, señaló Dios tres ciudades de refugio, a las cuales pudiera acogerse todo aquél que cometiese un homicidio involuntario, así ahora la misericordia divina provee de un refugio seguro, incluso para los homicidas voluntarios: el Nombre de María. Torre fortísima es el Nombre de Nuestra Señora. El pecador se refugiará en ella y se salvará. Es Nombre dulce, Nombre que conforta, Nombre de consoladora esperanza, Nombre tesoro del alma. Nombre amable a los ángeles, terrible a los demonios, saludable a los pecadores y suave a los justos."

 Que el sabroso Nombre de Nuestra Madre, unido al de Jesús, selle nuestros labios en el instante supremo y ambos sean la contraseña que nos abra, de par en par, las puertas de la gloria.

 MARÍA DE LA EUCARISTÍA, R. DE J. M.

11 sept 2015

Santo Evangelio 11 de septiembre 2015



Día litúrgico: Viernes XXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 6,39-42): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Todo discípulo que esté bien formado, será como su maestro. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano».

«Todo discípulo que esté bien formado, será como su maestro»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, las palabras del Evangelio nos hacen reflexionar sobre la importancia del ejemplo y de procurar para los otros una vida ejemplar. En efecto, el dicho popular dice que «“Fray Ejemplo” es el mejor predicador», u otro que afirma que «más vale una imagen que mil palabras». No olvidemos que, en el cristianismo, todos —¡sin excepción!— somos guías, ya que el Bautismo nos confiere una participación en el sacerdocio (mediación salvadora) de Cristo: en efecto, todos los bautizados hemos recibido el sacerdocio bautismal. Y todo sacerdocio, además de las misiones de santificar y de enseñar a los demás, incorpora también el munus —la función— de regir o dirigir.

Sí, todos —queramos o no— con nuestra conducta tenemos la oportunidad de llegar a ser un modelo estimulante para aquellos que nos rodean. Pensemos, por ejemplo, en la ascendencia que unos padres tienen sobre sus hijos, los profesores sobre los alumnos, las autoridades sobre los ciudadanos, etc. El cristiano, sin embargo, debe tener una conciencia particularmente viva acerca de todo esto. Pero..., «¿podrá un ciego guiar a otro ciego?» (Lc 6,39).

Para nosotros, cristianos, es como una llamada de atención aquello que los judíos y las primeras generaciones de cristianos decían de Jesucristo: «Todo lo ha hecho bien» (Mc 7,37); «El Señor comenzó a hacer y enseñar» (Hch 1,1).

Debemos procurar traducir en obras aquello que creemos y profesamos de palabra. En una ocasión, el Papa Benedicto XVI, cuando todavía era el Cardenal Ratzinger, afirmaba que «el peligro más amenazador son los cristianismos adaptados», es decir, el caso de aquellas personas que de palabra se profesan católicas pero que, en la práctica, con su conducta, no manifiestan el “radicalismo” propio del Evangelio.

Ser radicales no equivale a fanáticos (ya que la caridad es paciente y tolerante) ni a exagerados (pues en cuestiones de amor no es posible exagerar). Como ha afirmado Juan Pablo II, «el Señor crucificado es un testimonio insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre»: no se trata ni de un fanático ni de un exagerado. Pero sí que es radical, tanto que nos hace decir con el centurión que asistió a su muerte: «Verdaderamente este hombre era justo» (Lc 23,47).

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San Juan Gabriel Perboyre, 11 septiembre


11 de septiembre

SAN JUAN GABRIEL PERBOYRE
(† 1840)

El 6 de enero de 1802 y en el caserío de Puech, parroquia de Mongesty, diócesis da Cahors en Francia, la estrella de los Magos se vino a posar sobre el hogar de Pedro Perboyre y María Rigal, para iluminar la cuna de su primogénito y señalarle el camino de su vocación misionera en tierras de la gentilidad. Al día siguiente en el bautismo recibió los nombres de Juan Gabriel y desde entonces hasta que murió colgado en la cruz de Utchang, guardó el precepto que le impuso la Iglesia cuando le dijo por el sacerdote: Recibe este vestido blanco que has de presentar sin mancha ante el tribunal de Jesucristo. Todos los testigos de su vida están acordes en afirmar que la única mancha que cayó en este vestido fue la de su sangre vertida por Cristo.

Pero aquel hogar floreció otras siete veces y Dios descendió hasta él seis veces para llevar al jardín de San Vicente de Paúl a tres varones —Juan Gabriel, Luís y Santiago— para misioneros, y a dos hembras —Antonieta y Mariana— para Hijas de la Caridad, mientras que para el Carmelo se llevó a María —junto con otra prima que murió en olor de santidad—. Para demostrar el temple cristiano de esta familia que de sus ocho hijos entrega seis a Dios, basta consignar las palabras de María Rigal cuando recibió la noticia del martirio de su hijo: ¿Por qué he de vacilar en hacer a Dios el sacrificio de mi hijo? ¿No sacrificó la Santísima Virgen al suyo por mi salvación?...

Cuando Juan Gabriel tenía quince años, después de una infancia tan piadosa como angélica, ingresó en el seminario de Montauban, que pilotaba su tío Santiago Perboyre, C. M. No tardó en ocupar el primer puesto en la clase y en la conducta. Un día el profesor de retórica, repasando las composiciones de los alumnos, tropezó con una que llevaba por título: La cruz es el más bello de los monumentos, que firmaba Juan Gabriel. El profesor la seleccionó para ser declamada por su autor el día de la distribución de premios. Fue para el joven orador un día de triunfo. Todos le vieron transfigurado y radiante cuando pronunció esta frase en que hizo el retrato de toda su vida: ¡Qué hermosa es la cruz plantada en tierras de infieles y regada con la sangre de los apóstoles de Jesucristo!

Y, en efecto, toda su vida gira en torno de la cruz. Hasta 1825, tanto en Montauban, donde cursa humanidades, como en París, donde cursa filosofía y teología, es el discípulo de la cruz. El 23 de septiembre de 1825, en la capilla de las Hijas de la Caridad, que cinco años más tarde había de ser santificada con las apariciones de la Virgen Milagrosa, se ordena de sacerdote y desde este día, antes de subir al altar, dice a Cristo esta oración compuesta por él:

¡Oh salvador mío, a quien voy a dar un ser que ahora no tienes, el ser sacramentado!: ruégote que obres en mí la misma maravilla que yo voy a obrar sobre este pan en virtud de los poderes que Tú me has otorgado. Cuando yo diga: "Este es mi cuerpo", di también Tú sobre este tu indigno siervo: "Este es mi cuerpo". Haz por tu omnipotencia e infinita misericordia que yo sea mudado y totalmente transformado en Ti. Que mis manos sean tus manos, mis ojos los tuyos y mi lengua la tuya. Que mis sentidos y todo mi cuerpo no se ocupen en otra cosa que en glorificaros. Sobre todo transforma mi alma y mis potencias... de suerte que mis actos y sentimientos sean tan iguales a los tuyos, que tu Padre pueda decir de mí lo que dijo de Ti: "Hoy te he engendrado", y "Este es mi Hijo muy amado en quien he puesto mis complacencias". Destruye en mí todo lo que no sea tuyo; para que pueda decir con el gran Apóstol: "No soy yo quien vivo, sino que Cristo es el que vive en mí".

Desde entonces durante diez años fue el maestro de la cruz, primero en el colegio de Montdidier, luego en el seminario de San Floro y por fin en el seminario interno de los Paúles en París, donde se forman las generaciones nuevas de los misioneros.

Un día reunió a todos los novicios de los que era director y, presentándoles los vestidos ensangrentados del Beato Francisco Regis Clet, que había sido martirizado en China en 1820, les dijo: "Ved los vestidos del señor Clet, ved la cuerda con que fue estrangulado. ¡Qué dicha la nuestra si tuviéramos igual suerte! Rogad a Dios para que mi salud se fortifique, a fin de que pueda ir a China a predicar allí a Jesucristo y morir por Él". Ya hacía diez años que venía importunando a los superiores para que le enviaran a recoger la herencia del Beato Clet; pero la respuesta era la misma: la falta de salud. La muerte de su hermano Luís en medio del océano, rumbo a China, vino a confirmar a los superiores en su decisión. Pero la víspera de la Purificación de 1835 el superior general decidió atenerse al parecer del médico y el médico dijo que no. Sin embargo, aquella noche el médico no pudo conciliar el sueño hasta que resolvió cambiar de parecer y el día 2 de febrero se decidió su partida. "El día de la Purificación —escribía, dando la noticia a su tío Santiago Perboyre— me ha sido otorgada la misión de ir a China, lo que me inclina a creer que en este negocio debo mucho a la Santísima Virgen". El 21 de marzo salió de El Havre y llegó a Macao el 29 de agosto, siguiendo la ruta del Cabo de Buena Esperanza, Madagascar y Java.

En Macao empleó unos meses en "chinizarse", que va desde saber la lengua hasta saber comer arroz con palillos, y desde el atuendo hasta las ceremonias sociales. Y así camuflado se metió en el interior para ser lo que había soñado: apóstol de la cruz, y hacer lo que tanto había deseado: plantar la cruz en los países de infieles.

En 1699 pisaba tierra de China el primer paúl Luís Apiani, comisionado por el Papa para visitar las misiones de China y fundar el seminario indígena, y con él Juan Mullener, que años más tarde fue nombrado vicario apostólico de Sutchuen. En 1712, el tercer paúl, Teodorico Petrini, era nombrado en Pekín maestro de música del palacio imperial. En 1780 los paúles portugueses y franceses sucedieron a los jesuitas en todas las misiones de China. Cuando Juan Gabriel llegó a China, terminaba la época imperial de las misiones y empezaba la de los vicariatos. De las diecisiete provincias del Imperio, siete las misionaban los paúles; los portugueses el obispado de Macao, con las dos provincias próximas del continente, más los de Nankin y Pekín, y los franceses, los vicariatos apostólicos de Mongolia, Kiagsi, Tchekiang y Honan. A Juan Gabriel le tocó evangelizar las de Honan y Hupé, recorriéndolas durante cuatro años, en que reorganizó las cristiandades y las dotó de los instrumentos más necesarios para su desarrollo religioso. Estos años de duros trabajos le maduraron y pusieron a punto para ser triturado en el lagar del martirio. Pero antes de entrar en esta carrera Cristo bajó hasta él para dorarle en el horno de la "noche oscura". Parecíale que estaba condenado y angustiábase hasta el agotamiento ante el pensamiento de no poder amar a Cristo en la otra vida. La Virgen, el crucifijo y la Eucaristía, misterios consoladores, antes abiertos a su amor y contemplación, se volvieron mudos para él y surgían acusadores ante su conciencia atormentada. Así durante tres meses. Diríasele Cristo en el huerto. Y Cristo, como ángel confortador, se le apareció en la cruz y le dijo: ¿Por qué temes? ¿No he muerto yo por ti? Mete tus dedos en mi costado y deja de temer tu condenación. Y con esto huyeron las sombras y las angustias y brillaron la luz y la paz. Y aquí empieza la "pasión de Juan Gabriel", que parece un calco de la de Cristo. El 15 de septiembre de 1839, misioneros y cristianos celebran en Chayuen los Dolores de la Virgen. De pronto ven acercarse ciento cincuenta soldados del Vire de Utchang, teniendo que dispersarse por los bosques y montes vecinos. Los soldados saquean, incendian y buscan. Juan Gabriel se refugia en un bosque vecino de bambúes y un catecúmeno pregunta al capitán: "¿Cuánto me dais si os lo descubro?" "Treinta taels" —le prometen—. Y con alma de judas, el catecúmeno los conduce al bosque y les señala a Juan Gabriel. Los cristianos quieren defenderle, pero él se lo estorba y se entrega. Le cargan de cadenas, le despojan de los vestidos y, a empellones, le arrastran a los tribunales civiles y militares de Koangyintan, Kutchin, Siangyan y Utchang, con un total de sesenta leguas de recorrido y más de treinta interrogatorios, en los que se le urgía a apostatar, y, al negarse, se le sometía al tormento de los azotes en el rostro con cuarenta correazos, de palizas con cañas de bambú en todo el cuerpo, de la terrible máquina de Hangsté, de la que colgaba durante horas por los índices y cabellos, y de las cadenas de hierro y fragmentos de tejas y cristales sobre los que estaba de rodillas durante las sesiones y días enteros. Ni le ahorraron injurias, ni calumnias, ni tormentos del alma, como hacerle pasar sobre la cruz trazada en el suelo, o revestido de los ornamentos sagrados echarle en cara que quería hacerse proclamar rey por los cristianos y burlarse de tal realeza. Con un estilete candente grabaron en su frente los caracteres chinos de su crimen: Propagador de una religión abominable. Le dieron a beber la sangre de un perro para deshacer la virtud de un pretendido talismán que le hacía insensible al dolor. Y así durante un año, hasta que el 11 de septiembre de 1840 llega de Pekín el decreto imperial confirmando la sentencia del virrey de morir estrangulado. Le sacaron de la prisión con siete criminales, le cargaron el instrumento del suplicio con la sentencia escrita en él y, corriendo, salió de la ciudad y subió a la cumbre de la montaña Roja, en donde, decapitados los criminales, le colgaron en la cruz, atados sus brazos hacia atrás y las piernas en el palo vertical. El verdugo apretó por tres veces la soga que traía al cuello y un soldado le dio un puntapié en el lado izquierdo. Era viernes, a las tres de la tarde, y una gran cruz luminosa apareció en el cielo. Fue beatificado por León XIII, el 10 de noviembre de 1889.

Fue canonizado el 2 de junio de 1996

JOSÉ HERRERA, C. M

10 sept 2015

Santo Evangelio 10 de septiembre 2015



Día litúrgico: Jueves XXIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 6,27-38): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los perversos. 

»Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».


«Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo»
Rev. D. Jaume AYMAR i Ragolta 
(Badalona, Barcelona, España)

Hoy, en el Evangelio, el Señor nos pide por dos veces que amemos a los enemigos. Y seguidamente da tres concreciones positivas de este mandato: haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Es un mandato que parece difícil de cumplir: ¿cómo podemos amar a quienes no nos aman? Es más, ¿cómo podemos amar a quienes sabemos cierto que nos quieren mal? Llegar a amar de este modo es un don de Dios, pero es preciso que estemos abiertos a él. Bien mirado, amar a los enemigos es lo más sabio humanamente hablando: el enemigo amado se verá desarmado; amarlo puede ser la condición de posibilidad para que deje de ser enemigo. En la misma línea, Jesús continúa diciendo: «Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra» (Lc 6,29). Podría parecer un exceso de mansedumbre. Ahora bien, ¿qué hizo Jesús al ser abofeteado en su pasión? Ciertamente no contraatacó, pero respondió con una firmeza tal, llena de caridad, que debió hacer reflexionar a aquel siervo airado: «Si he hablado mal, di en qué, pero si he hablado como es debido, ¿por qué me pegas?» (Jn 18,22-23).

En todas las religiones hay una máxima de oro: «No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a ti». Jesús es el único que la formula en positivo: «Lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente» (Lc 6,31). Esta regla de oro es el fundamento de toda la moral. Comentando este versículo, nos alecciona san Juan Crisóstomo: «Todavía hay más, porque Jesús no dijo únicamente: ‘desead todo bien para los demás’, sino ‘haced el bien a los demás’»; por eso, la máxima de oro propuesta por Jesús no se puede quedar en un mero deseo, sino que debe traducirse en obras.

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