25 may 2015

Santo Evangelio 25 de Mayo de 2015



Día litúrgico: Lunes VIII del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mc 10,17-27): Un día que Jesús se ponía ya en camino, uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante Él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre». Él, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme». Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. 

Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!». Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios». Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios».


Comentario: P. Joaquim PETIT Llimona, L.C. (Barcelona, España)
Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres (...); luego, ven y sígueme

Hoy, la liturgia nos presenta un evangelio ante el cual es difícil permanecer indiferente si se afronta con sinceridad de corazón.

Nadie puede dudar de las buenas intenciones de aquel joven que se acercó a Jesucristo para hacerle una pregunta: «Maestro bueno: ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?» (Mc 10,17). Por lo que nos refiere san Marcos, está claro que en ese corazón había necesidad de algo más, pues es fácil suponer que —como buen israelita— conocía muy bien lo que la Ley decía al respecto, pero en su interior había una inquietud, una necesidad de ir más allá y, por eso, interpela a Jesús.

En nuestra vida cristiana tenemos que aprender a superar esa visión que reduce la fe a una cuestión de mero cumplimiento. Nuestra fe es mucho más. Es una adhesión de corazón a Alguien, que es Dios. Cuando ponemos el corazón en algo, ponemos también la vida y, en el caso de la fe, superamos entonces el conformismo que parece hoy atenazar la existencia de tantos creyentes. Quien ama no se conforma con dar cualquier cosa. Quien ama busca una relación personal, cercana, aprovecha los detalles y sabe descubrir en todo una ocasión para crecer en el amor. Quien ama se da.

En realidad, la respuesta de Jesús a la pregunta del joven es una puerta abierta a esa donación total por amor: «Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres (…); luego, ven y sígueme» (Mc 10,21). No es un dejar porque sí; es un dejar que es darse y es un darse que es expresión genuina del amor. Abramos, pues, nuestro corazón a ese amor-donación. Vivamos nuestra relación con Dios en esa clave. Orar, servir, trabajar, superarse, sacrificarse... todo son caminos de donación y, por tanto, caminos de amor. Que el Señor encuentre en nosotros no sólo un corazón sincero, sino también un corazón generoso y abierto a las exigencias del amor. Porque —en palabras de Juan Pablo II— «el amor que viene de Dios, amor tierno y esponsal, es fuente de exigencias profundas y radicales».

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Santa María Magdalena de Pazzis 25 de Mayo

25 de mayo
 
SANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZIS

(†  1607)
 

Hay en el Borgo de San Friano un monasterio “donde se trata de perfección con particular cuidado”. Así lo decía un autor del setecientos y así lo leo yo hoy en las páginas tostadas de años, pero quemantes siempre, de una obra en pergamino y bellos tipos renacentistas que contiene la “vida de la bienaventurada y extática María Magdalena de Pazzis, virgen florentina", la santa contradictoria y apasionante que nos ha dejado una vida extraña y vehemente como su temperamento toscano.

 Su padre, Camilo Geri de Pazzis, gran señor florentino, había contraído matrimonio con María Lorenzo Buondelmonti, dama exquisita, amiga de los Médicis, que educó con extraordinaria delicadeza a su única hija Catalina. La niña era bellísima y de un natural dulce y quieto y a la vez ardiente y amoroso, mezclando voluntad y suavidades. No podemos detenernos en sus primeros años, ni en su educación entre las Canonesas de Malta, ni en su regreso al mundo, de cuya época se conserva un hermoso cuadro nos muestra a Catalina, gran figura de italiana, vestida de blanco y dorado con unas rosas.

 Vamos a partir de ese domingo primero de Adviento en que ingresa en el convento de carmelitas observantes en 1582 y donde recibe el santo hábito al final del enero siguiente. Ya se llama María Magdalena y tiene dieciséis años.

 Una tarde, después de la oración que tenían las novicias reunidas en el oratorio del noviciado, su rostro pareció ardiente e inflamado como de intensa calentura. No hallaba sosiego. Se agitaba, se movía, hacía lo posible por añojarse la correa de la cintura y deshecha en lágrimas sollozaba: “¡Oh amor que no eres conocido ni amado, que ofendido estás!” Sólo al cabo de dos horas tornó en sí.

 Era el primero de sus excesos de amor.

 El amor de Dios, que es intensamente espiritual, tiene sus redundancias sobre el organismo; la parte funcional y somática de Magdalena, joven y delicada novicia, desmayaba ante el acosamiento divino. ¿Es raro, acaso, que la naturaleza se estremezca cuando Dios la acaricia? Desde el día de sus votos comienza esa cuaresma de interior comunicación que ha sido llamada Ios cuarenta días". Su propia descripción es ésta: "No sabía si estaba muerta o viva, si en el cuerpo o en el alma, si en la tierra o en el cielo... sólo veía a Dios todo glorioso amarse a Sí puramente, conocerse a Sí enteramente, ser Trinidad indivisa en la unidad..." Y cuenta otra vez así las gracias de aquellas mañanas: "Vi el amor inmenso y unitivo que me unió con Jesús. Entendí también que todas las almas que participan en la sangre de Jesús son las que padecen en este mundo quedando delante de su divina Majestad bellas y hermosas. Si un alma pudiese comprender en cuánta grandeza está mientras ama así a Dios, casi se desharía a sí misma dulcísimamente".

 Hablaba con un ser invisible y, tomando el crucifijo con rostro brillante y enardecido, exclamaba: "¡Oh Jesús mío!, dame una voz grande que la oiga el mundo entero, el pésimo amor propio es el que nos quita vuestro conocimiento... el amor propio que es el contrario al vuestro, Señor... ¡Amor, haz que las criaturas no amen otra cosa que a Ti!" Y así duraba hasta eso de las cuatro en que le volvía el mal y la calentura y tornaba a la cama entre los solícitos cuidados de su madre maestra y sor Evangelista del Giocondo.

 Así pasaban los días maravillosos e incomprensibles, mientras con su oración y padecer Magdalena buscaba almas dadas plenamente al Amor. enseñando que el gran apostolado es difundir la santidad que vivifica a toda la Iglesia.

 Luego vinieron pesadumbres, tentaciones, luchas y negruras que ella llamó "el lago de los leones", con un recuerdo danielesco y estremecedor, mientras las obsesiones, la pesadez y el hastío de la observancia intensificaban la obra de la purificación.

 Nombrada maestra de novicias, les dio a todas la humildad como camino para llegar a la unión divina y les brindaba esta definición preciosa: "La humildad es un continuo conocimiento de ser nada y un continuo gozarse en todo lo que sirve para el desprecio de una".

 Y era tanta su luz sobre esta virtud que añadía: "En el infierno habrá almas apóstoles, almas vírgenes, pero no habrá nunca almas humildes".

 Teólogos de fuste acudían al convento para estudiar el caso de esta monjita que los sorprendía con las gracias más subidas. Profetizó al cardenal de Médicis, más tarde León XI, su elevación al Pontificado supremo, y su brevedad.

 Ella aprovechaba la curiosidad de muchos que la visitaban para inculcarles a todos una gran pureza de conciencia. Se confesaba diariamente y temía la menor imperfección involuntaria, Esta limpidez de espíritu la subió pronto a una oración que le era como habitual: "Tener gusto en gozarme y complacerme de los atributos divinos... gozarme de la comunicación que tienen entre sí las tres divinas Personas..., regocijarme en el amor infinito con que Dios se ama a Sí mismo... Ofrecerme a mí misma a Dios con toda aquella perfección que Él quiere que tenga".

 Es una tentación citar todo el texto.

 Bastan estas líneas para atisbar algo del secreto de María Magdalena de Pazzis, la santa de los grandes excesos de amor.

 El 25 de mayo de 1607 toda la Comunidad rodea el lecho de sor María Magdalena. Ninguna duda ya de su perfección. A esta hora no tiene gusto ni consuelo espiritual, porque Dios quiere que muera como Cristo en la cruz.

 Apretaban los dolores, cercábanla grandes sufrimientos. Ella, sencilla y humilde, deja caer esta frase: “yo gusto de todo lo que Él gusta, no quiero contentos, ¡con tal de que mi alma se salve!"

 Así, ignorante, inédita para sí misma, despojada de su propio valer. Va a dar la una del mediodía..., el confesor reza himnos y alabanzas divinas, la moribunda está bella y sonrosada, tiene sólo cuarenta y un años. “¡Con lo que pudiera vivir!", insinúa alguna monja entristecida; pero ¡no!..., ella sólo quiere el Amor.

 Y esta vez sin excesos el Amor viene, y definitivamente María Magdalena se pierde como llama de fuego en el seno eterno de la Infinita Trinidad.

 MARÍA H. DE LA SANTA FAZ, O. P.

Santa Vicenta María de Vicuña 25 de Mayo

25 de Mayo

SANTA VICENTA MARIA DE VICUÑA
(+ 1890)

"La angelical fundadora" fue llamada ya en vida la madre Vicenta María, no sólo entre sus religiosas Hijas de María Inmaculada para el Servicio Doméstico, sino por cuantos conocieron su infantil gracia y atractivo, su virginidad y delicadeza. Además comenzó su fundación a los veinte floridos años.

Dios le concedió nacer en la católica Navarra y de una familia dignísima, de la más cristiana ejemplaridad.

Don José María López "se declara" a doña Nicolasa de Vicuña (ambos de limpio y blasonado linaje) después de diez años de platónicas ilusiones:

"Créame usted, no conozco sus atractivos físicos, pero sí sus prendas morales, las únicas que ha bastantes años admiro como dechado de la juventud,"

Por la novia escribe su hermano; con el director espiritual han aconsejado que "la razón y delicadeza no dan lugar a más dilaciones geniales" y que con fecha 16 de noviembre de 1842 ha dado una respuesta "afirmativa categóricamente".

Ella vivía en Estella y acuerdan su primera entrevista. Cabalga en compañía de un su deudo, canónigo pamplonés, y, rezando el rosario, llegan a la soñada entrevista. Fue tan delicada y discreta que al regreso escribe desde Cascante a la prometida:

"¡Qué fríamente me despedí de ti! Agitado mi espíritu con aquella primera despedida, aunque quise alargar la mano para estrechar la tuya inocente, el temor de ofender tu limpia honestidad me obligó a retirarla con presteza."

De tales padres había de brotar el virginal lirio de pureza que el Señor les concedió el 22 de marzo de 1847 y se había de llamar en el bautismo del mismo día Vicenta María Deogracias Bienvenida. Era en Cascante de Navarra.

En su primer cumpleaños sabe ya pronunciar los nombres de Jesús y de María y balbucear las primeras oraciones. Había que verla: "Calzadita, en las rodillas de su amante madre; mostraba carita de ángel, ojos azules, cabello de oro, blancura de jazmín en el cutis, sonrosadas las mejillas y, por añadidura, las seis perlas ornato de su boca, que parecía un coral".

Su primera catequesis la recibió sentada en la sillita que su padre le ponía sobre la mesa de su despacho. Si se distraía, la severidad paterna la asustaba con el resorte de una cajita que hacía saltar un perro de juguete; si persistía la distracción, era ésta la amenaza:

"Mira, niña, que aún no sabes a qué huelen las manos de tu padre."

Pero no había lugar a ello, porque con sus cuatro añitos ya se escapa al atrio de la iglesia vecina y enseña lo que aprendió de su padre a las niñas que esperaban la hora de la doctrina.

Todas las tardes a la parroquia,

—Tía, ponme la mantilla clara bordada para ir bien maja al rosario.

Y al regresar de la bendición eucarística, impregnada su mantilla de incienso, la ofrecía:

—¡Mirad! ¡Huele a cielo!

El señor tío don Joaquín era un sacerdote santo y docto: "Más de doscientas arrobas de libros tendría en su habitación, llena hasta la ventana", decia una vieja de Cascante.

Aborrecía a los chiquillos su severa gravedad; pero Vicentica le cautivó de manera que se la llevaba de paseo hasta la ermita de la Virgen del Romero; por el camino rezaba el breviario y enseñaba a la sobrinita en latín el credo, el Pater, el Ave Maris stella.

Ya en el templo, le muestra la lucecita del sagrario y le enseña a pedirle a Jesús que guarde su corazón en aquella casita dorada.

Mientras acaba sus rezos el señor tío don Joaquín, Vicenta recorre la iglesia con genuflexiones, simulando un vía crucis. Sabe a los seis años recitar versos y leer "el libro de Santa Teresa'; la llaman "la abogadillo".

Repite los sermones del padre misionero; se interesa por los pobres y goza en repartirles sus limosnas; ellos la llaman "la niña santica" .

El día de la Inmaculada de 1853, orando en la parroquia de San Andrés, de Madrid, una señora pide al Señor que le inspire lo que ha de hacer para salvar a las muchachas que llegan a la corte para servir y se ven en tantos peligros de cuerpo y alma. Al salir del templo ve una casita en la calle de Lucientes con el letrero: Se alquila. La toma: será el solar primero de la Congregación para el Servicio Doméstico; allí recoge las primeras sirvientas sin colocación.

La señora era doña Eulalia de Vicuña; con ella y con su esposo y hermano llega Vicenta a compartir la vida madrileña. Aquellos sus parientes en nada desmerecen de la religiosidad y edificante rectitud de su familia de Cascante.

Don Manuel María de Vicuña es "el padre de los pobres" y para ellos gratuitamente ejerce su abogacía. Con doña Eulalia visitan caritativamente la cárcel de mujeres y dan vida a la asociación de la Doctrina Cristiana.

Tiene Vicenta sólo siete años; una familia amiga la convida al teatro Real. Ella se resiste:

—Mi abuelita no fué nunca al teatro y yo quiero imitarla en eso.

Más adelante lo razonaba:

"Siempre me pareció cosa del diablo aquello de salir de noche, asistir a cosas fingidas, volver a casa tan tarde, perder el sueño, malgastar el dinero y trastornar el orden."

En Madrid tiene ya director espiritual, distribución de tiempo, que va ocupadisimo desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche, con misa diaria, estudio de letras, labores, francés, piano, visita al Santísimo, rosario, lectura espiritual. Y casi todos los dias va con su tía Eulalia al Establecimiento que amplia la vieja casita de las sirvientas.

Y aún su madre escribe: "Mucho me alegraré de que mi hija reciba una instrucción esmerada y brillante; pero hermana mia muy querida, mi deseo principal es que me la eduquéis para santa".

Bien podía escribir quien la trataba: "Es no sólo una santa, sino una santa de muchísimo talento".

Sin embargo, tuvo que hacer penitencia de sus tres grandes pecados de estos años. El primero, que se metió en una habitación que se estaba pintando; con su amiguita estropearon la pintura. Doña Eulalia echó la culpa a los pintores, que juzgó descuidados. Pero se presentó en seguida Vicenta a pedir perdón. El segundo, que en El Escorial se presentó con un precioso vestido de manga sólo hasta el codo y un ligero escote:

---¡Iba yo poco modesta! ¡Quién sabe si otras niñas seguirían mi mal ejemplo!

El tercero, que se hizo la remolona al quitarse un vestido "que la favorecía", desobedeciendo a doña Eulalia.

—Pues en una niña de ocho años, eso no es cosa tan grave—decían.

—El día del juicio me conocerán—replicaba la niña.

En Cascante pasa el verano: el pueblo arde en fiestas y Vicenta, con su elegancia madrileña, estaba hecha una preciosidad. Tanto que al pasar el rey consorte, don Francisco de Asís, pregunta al alcalde:

—¿Quién es esa linda señorita?

—Señor, es una santita, sobrina mia.

—Se lo dicen a Vicenta y le insinúan como posible novio a un espléndido muchacho. Pero Vicenta dictamina:

—Ni con un rey ni con un santo. Seré sólo de Dios.

En los ejercicios espirituales de 1866, el padre Soto, S. I., le propone el método clásico de "la elección de estado". Escribe a dos columnas ventajas e inconvenientes de ser salesa o seguir la fundación que iniciara su tía.

Terminan los ejercicios; su parienta la salesa, que espera ansiosa verla en su religión, le pregunta qué determina:

—Las chicas han triunfado—responde la que va a ser fundadora.

Pone manos a la obra, y comienzan las hostilidades y las pruebas. Tan joven y en un ministerio tan peligroso. Se opone hasta su tía Eulalia y don Manuel, su esposo, que la trata de soberbia e irrazonable, y su buen padre, que quiere "antes verla capuchina de Pinto", alega sus "derechos de patria potestad para no tolerar que se exponga a ser pervertida por las muchachas en vez de ganarlas...".

Se la llevan a Cascante y aprietan la oposición; estalla la revolución de 1868, que expulsa a las religiosas de su convento, enferman sus padres, se muere la tía que les acompañaba y no le deja su padre tomar ese estado que juzga "estado de perdición".

—¿Y si me muriera o me fuera capuchina? Igual de solos les dejaria—dice la joven.

Cae enferma grave. Aterrado su padre, cree ver en la enfermedad un aviso del cielo, y le da permiso para regresar a Madrid. Ya puede entregarse a fundar las entonces llamadas Hermanas del Santo Celo. Aquel celo bíblico de la casa de Dios que la consumía.

Lentamente, en el quinquenio 1871-1876 se va perfilando la institución. Ya en 1869 se trasladan con su tía Eulalia y otras jóvenes a la casa de San Miguel, 8, donde tienen vida común, distribución de tiempo, pobreza grande. Doña Eulalia, ya viuda, vende sus trajes y joyas para sostener la casa y remienda unas botas de paño negro, porque con lo que ahorra puede dar de comer a una chica lo menos diez dias,

Y Vicenta, "la abogadillo", arregla la herencia de sus tíos y de sus padres en Cascante, donde le sorprende la guerra civil de 1873 y la incomunica.

Vuelta a Madrid; bajo la dirección del padre Hidalgo, S. I., lee las Constituciones de la Compañía y otras más recientes y prepara las suyas.

El padre escribe:

"Se le presentaba con el espiritu recogido en Dios; suplicaba las luces del Espiritu Santo y de la Virgen con el Ave Maria. Regla hubo que le costó dos meses de oración, comuniones, penitencias y otras santas industrias".

Y así quedaron de manera que "no hubo que darles entonces, ni al revisarlas la Santa Sede, la más ligera plumada' .

El 11 de julio de 1876, en el altar que preside una bellísima Inmaculada Concepción, da el habito a las tres primeras religiosas el obispo auxiliar de Toledo, que pronto será el cardenal Sancha.

Enturbiaban la alegría penas actuales y visión profética de las venideras. El padre seguía hostil en Cascante y la madre continuaba su resistencia pasiva. Cuando supo el padre que le habian cambiado el nombre, al tomar el hábito, por el de Maria de la Concepción, escribió:

"Yo no reconoceré a otra hija que a Vicenta Maria. Sabes las consecuencias jurídicas de ese cambio".

El prelado volvió a renovarle su nombre bautismal, con el que seguirá hasta los altares,

Crece el Instituto; se inaugura nuevo noviciado, tan acogedor y espiritual que "allí no hay más remedio que hacerse santa",

Un ruidito, tic,tac, tic,tac, escuchan medrosas las novicias, ¿Un reloj? ¿Un ladrón? ¿Las brujas?... Son las disciplinas que se da la madre fundadora.

Treinta años tiene la madre, y el canónigo Cascajares, futuro cardenal, las llama a Zaragoza. Es la segunda casa de la fundación a los pies de la Virgen del Pilar; la noche entera en el tren, convertido el vagón en capilla de noviciado: la mañana en la Santa Capilla; inauguración solemne la víspera de la Inmaculada: terminan las alegrías inaugurales, comienza la desbandada, se va de obispo de Calahorra el canónigo Cascajares, se disuelve la Junta de señoras, los recursos menguan, y en el crudo invierno, buscando aportaciones, tiene que ir "subiendo y bajando escaleras desde las once de la mañana hasta las cuatro de la tarde". Mas la Virgen les envía al padre Pujol, S. I., que va a ser la providencia y aliento de la casa.

No menos apuros y consolaciones en la fundación inmediata de Jerez, y en la inauguración de la bella capilla del noviciado, y en las nuevas entradas de religiosas; y los primeros votos en el domingo de la Trinidad de 1878 con el nombre de Congregacion del Servicio Doméstico.

Y tantas emociones, preocupaciones y trabajos agotan las fuerzas de la madre, que tiene la amenazadora hemoptisis, augurio entristecedor para toda la comunidad de la corta existencia de su fundadora.

Reacciona un poco la salud y se multiplican las fundaciones. Valladolid, Sevilla, Barcelona, con el apoyo de aquella santa mujer doña Dolores Chopitea; la de Fuencarral, espléndida casa generalicia de la Congregación.

Y entretanto la pérdida del "millón de reales" que se le llevó al administrador una jugada de Bolsa y puso a la madre Vicenta en trance de sostenerse sólo con la divina Providencia.

Con gozo recibe de Roma el Decretum laudis de la Congregación, que las llama definitivamente Hijas de María Inmaculada para el Servicio Doméstico. La fundadora exponía su primordial objetivo:

"¿Y quién puede tener más peligros que una pobre sirvienta? Se halla en la edad de las ilusiones, cuando fácilmente se creen las palabras, porque no se ha sufrido aún ningún desengaño. Virgen a merced de sus caprichos en hogar desconocido; sin calor de interés y menos cariño, y sin la mirada de una madre que las sostenga, que las defienda y que las consuele."

¡Para cuántas jóvenes han sido padre, y madre, y misioneras estas religiosas!

Su específico ministerio de las sirvientas se extendía a escuelas dominicales y nocturnas, catequesis de niñas, residencias de señoritas empleadas y oficinistas, que es el servicio más frecuente en nuestros días, escuelas de hogar, misiones.

Y la Congregación, mientras tanto, se esparcía multiplicada por todo el mundo.

Un día el padre espiritual interrumpe su plática y dice a la madre:

—Salga inmediatamente, obedezca y vaya a cuidar a su padre moribundo.

Y al verla salir continúa:

He querido que saliera para poderles hablar libremente de sus virtudes y enseñarles cómo deben seguir lo heroico de su candor, humildad, abnegación, celo y pureza.

Va a cumplir los cuarenta y tres años y sabe por revelación que es ya ése el límite de su vida.

Solemnísimo es su viático; escribe a María Asunta:

"Si me viera con su hermosa colcha amarilla de oro y lujos recibir enamorada el santo viático y casi con perfecta salud..."

Pero en realidad está gravísima. El padre le indica:

—Prepárese para recibir la santa unción con la mayor limpieza de alma y con la fortaleza necesaria para permanecer en el amor del Sagrado Corazón hasta la muerte.

—Amén, amén—responde la madre.

El 26 de diciembre de 1890, a sus cuarenta y tres años, santamente expiraba, diciendo:

—-¡Jesús mio, misericordia! Jesús, María y José, estad conmigo los tres.

El cardenal Sancha sale del aposento y, entre lágrimas, dice:

—No sabe el Instituto lo que pierde; cabe en su cabeza un mundo para santificarlo y otro para gobernarlo.

Su Santidad Pío XII, en el año santo de 1950, la beatificó. Fue canonizada.

JOSÉ ARTERO

24 may 2015

Santo Evangelio 24 de Mayo de 2015



Día litúrgico: Pentecostés (Misa del día)

Texto del Evangelio (Jn 20,19-23): Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


Comentario: Mons. Josep Àngel SAIZ i Meneses Obispo de Terrassa (Barcelona, España)
«Recibid el Espíritu Santo»

Hoy, en el día de Pentecostés se realiza el cumplimiento de la promesa que Cristo había hecho a los Apóstoles. En la tarde del día de Pascua sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés renueva y lleva a plenitud ese don de un modo solemne y con manifestaciones externas. Así culmina el misterio pascual.

El Espíritu que Jesús comunica, crea en el discípulo una nueva condición humana, y produce unidad. Cuando el orgullo del hombre le lleva a desafiar a Dios construyendo la torre de Babel, Dios confunde sus lenguas y no pueden entenderse. En Pentecostés sucede lo contrario: por gracia del Espíritu Santo, los Apóstoles son entendidos por gentes de las más diversas procedencias y lenguas.

El Espíritu Santo es el Maestro interior que guía al discípulo hacia la verdad, que le mueve a obrar el bien, que lo consuela en el dolor, que lo transforma interiormente, dándole una fuerza, una capacidad nuevas.

El primer día de Pentecostés de la era cristiana, los Apóstoles estaban reunidos en compañía de María, y estaban en oración. El recogimiento, la actitud orante es imprescindible para recibir el Espíritu. «De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2,2-3).

Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían la cárcel, ni la tortura, ni el martirio. No es extraño; la fuerza del Espíritu estaba en ellos.

El Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es el alma de mi alma, la vida de mi vida, el ser de mi ser; es mi santificador, el huésped de mi interior más profundo. Para llegar a la madurez en la vida de fe es preciso que la relación con Él sea cada vez más consciente, más personal. En esta celebración de Pentecostés abramos las puertas de nuestro interior de par en par.



Comentario: Rev. D. Joan MARTÍNEZ Porcel (Barcelona, España)
MISA DE LA VIGILIA (Jn 7,37-39) «De su seno correrán ríos de agua viva»

Hoy contemplamos a Jesús en el último día de la fiesta de los Tabernáculos, cuando puesto en pie gritó: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: ‘De su seno correrán ríos de agua viva’» (Jn 7,37-38). Se refería al Espíritu.

La venida del Espíritu es una teofanía en la que el viento y el fuego nos recuerdan la trascendencia de Dios. Tras recibir al Espíritu, los discípulos hablan sin miedo. En la Eucaristía de la vigilia vemos al Espíritu como un “río interior de agua viva”, como lo fue en el seno de Jesús; y a la vez descubrimos que también, en la Iglesia, es el Espíritu quien infunde la vida verdadera. Habitualmente nos referimos al papel del Espíritu en un nivel individual, en cambio hoy la palabra de Dios remarca su acción en la comunidad cristiana: «El Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él» (Jn 7,39). El Espíritu constituye la unidad firme y sólida que transforma la comunidad en un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo. Por otra parte, Él mismo es el origen de la diversidad de dones y carismas que nos diferencian a todos y a cada uno de nosotros.

La unidad es signo claro de la presencia del Espíritu en nuestras comunidades. Lo más importante de la Iglesia es invisible, y es precisamente la presencia del Espíritu que la vivifica. Cuando miramos la Iglesia únicamente con ojos humanos, sin hacerla objeto de fe, erramos, porque dejamos de percibir en ella la fuerza del Espíritu. En la normal tensión entre unidad y diversidad, entre iglesia universal y local, entre comunión sobrenatural y comunidad de hermanos necesitamos saborear la presencia del Reino de Dios en su Iglesia peregrina. En la oración colecta de la celebración eucarística de la vigilia pedimos a Dios que «los pueblos divididos (...) se congreguen por medio de tu Espíritu y, reunidos, confiesen tu nombre en la diversidad de sus lenguas».

Ahora debemos pedir a Dios saber descubrir el Espíritu como alma de nuestra alma y alma de la Iglesia.

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24 de mayo María Auxiliadora

24 de mayo

María Auxiliadora  

 Historia de la devoción a María Auxiliadora en la Iglesia Antigua. 
Los cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Efeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora, que en su idioma, el griego, se dice con la palabra "Boetéia", que significa "La que trae auxilios venidos del cielo". Ya San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla nacido en 345, la llama "Auxilio potentísimo" de los seguidores de Cristo. Los dos títulos que más se leen en los antiguos monumentos de Oriente (Grecia, Turquía, Egipto) son: Madre de Dios y Auxiliadora. (Teotocos y Boetéia). En el año 476 el gran orador Proclo decía: "La Madre de Dios es nuestra Auxiliadora porque nos trae auxilios de lo alto". San Sabas de Cesarea en el año 532 llama a la Virgen "Auxiliadora de los que sufren" y narra el hecho de un enfermo gravísimo que llevado junto a una imagen de Nuestra Señora recuperó la salud y que aquella imagen de la "Auxiliadora de los enfermos" se volvió sumamente popular entre la gente de su siglo. El gran poeta griego Romano Melone, año 518, llama a María "Auxiliadora de los que rezan, exterminio de los malos espíritus y ayuda de los que somos débiles" e insiste en que recemos para que Ella sea también "Auxiliadora de los que gobiernan" y así cumplamos lo que dijo Cristo: "Dad al gobernante lo que es del gobernante" y lo que dijo Jeremías: "Orad por la nación donde estáis viviendo, porque su bien será vuestro bien". En las iglesias de las naciones de Asia Menor la fiesta de María Auxiliadora se celebra el 1º de octubre, desde antes del año mil (En Europa y América se celebre el 24 de mayo). San Sofronio, Arzobispo de Jerusalén dijo en el año 560: "María es Auxiliadora de los que están en la tierra y la alegría de los que ya están en el cielo". San Juan Damasceno, famoso predicador, año 749, es el primero en propagar esta jaculatoria: "María Auxiliadora rogad por nosotros". Y repite: "La "Virgen es auxiliadora para conseguir la salvación. Auxiliadora para evitar los peligros, Auxiliadora en la hora de la muerte". San Germán, Arzobispo de Constantinopla, año 733, dijo en un sermón: "Oh María Tú eres Poderosa Auxiliadora de los pobres, valiente Auxiliadora contra los enemigos de la fe. Auxiliadora de los ejércitos para que defiendan la patria. Auxiliadora de los gobernantes para que nos consigan el bienestar, Auxiliadora del pueblo humilde que necesita de tu ayuda".

La batalla de Lepanto.
En el siglo XVI, los mahometanos estaban invadiendo a Europa. En ese tiempo no había la tolerancia de unas religiones para con las otras. Y ellos a donde llegaban imponían a la fuerza su religión y destruían todo lo que fuera cristiano. Cada año invadían nuevos territorios de los católicos, llenando de muerte y de destrucción todo lo que ocupaban y ya estaban amenazando con invadir a la misma Roma. Fue entonces cuando el Sumo Pontífice Pío V, gran devoto de la Virgen María convocó a los Príncipes Católicos para que salieran a defender a sus colegas de religión. Pronto se formó un buen ejército y se fueron en busca del enemigo. El 7 de octubre de 1572, se encontraron los dos ejércitos en un sitio llamado el Golfo de Lepanto. Los mahometanos tenían 282 barcos y 88,000 soldados. Los cristianos eran inferiores en número. Antes de empezar la batalla, los soldados cristianos se confesaron, oyeron la Santa Misa, comulgaron, rezaron el Rosario y entonaron un canto a la Madre de Dios. Terminados estos actos se lanzaron como un huracán en busca del ejército contrario. Al principio la batalla era desfavorable para los cristianos, pues el viento corría en dirección opuesta a la que ellos llevaban, y detenían sus barcos que eran todos barcos de vela o sea movidos por el viento. Pero luego - de manera admirable - el viento cambió de rumbo, batió fuertemente las velas de los barcos del ejército cristiano, y los empujó con fuerza contra las naves enemigas. Entonces nuestros soldados dieron una carga tremenda y en poco rato derrotaron por completo a sus adversarios. Es de notar, que mientras la batalla se llevaba a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría las calles de Roma rezando el Santo Rosario. En agradecimiento de tan espléndida victoria San Pío V mandó que en adelante cada año se celebrara el siete de octubre, la fiesta del Santo Rosario, y que en las letanías se rezara siempre esta oración: MARÍA AUXILIO DE LOS CRISTIANOS, RUEGA POR NOSOTROS.

El Papa y Napoleón.
El siglo pasado sucedió un hecho bien lastimoso: El emperador Napoleón llevado por la ambición y el orgullo se atrevió a poner prisionero al Sumo Pontífice, el Papa Pío VII. Varios años llevaba en prisión el Vicario de Cristo y no se veían esperanzas de obtener la libertad, pues el emperador era el más poderoso gobernante de ese entonces. Hasta los reyes temblaban en su presencia, y su ejército era siempre el vencedor en las batallas. El Sumo Pontífice hizo entonces una promesa: "Oh Madre de Dios, si me libras de esta indigna prisión, te honraré decretándote una nueva fiesta en la Iglesia Católica". Y muy pronto vino lo inesperado. Napoleón que había dicho: "Las excomuniones del Papa no son capaces de quitar el fusil de la mano de mis soldados", vio con desilusión que, en los friísimos campos de Rusia, a donde había ido a batallar, el frío helaba las manos de sus soldados, y el fusil se les iba cayendo, y él que había ido deslumbrante, con su famoso ejército, volvió humillado con unos pocos y maltrechos hombres. Y al volver se encontró con que sus adversarios le habían preparado un fuerte ejército, el cual lo atacó y le proporcionó total derrota. Fue luego expulsado de su país y el que antes se atrevió a aprisionar al Papa, se vio obligado a pagar en triste prisión el resto de su vida. El Papa pudo entonces volver a su sede pontificia y el 24 de mayo de 1814 regresó triunfante a la ciudad de Roma. En memoria de este noble favor de la Virgen María, Pío VII decretó que en adelante cada 24 de mayo se celebrara en Roma la fiesta de María Auxiliadora en acción de gracias a la madre de Dios.

San Juan Bosco y María Auxiliadora.
El 9 de junio de 1868, se consagró en Turín, Italia, la Basílica de María Auxiliadora. La historia de esta Basílica es una cadena de favores de la Madre de Dios. su constructor fue San Juan Bosco, humilde campesino nacido el 16 de agosto de 1815, de padres muy pobres. A los tres años quedó huérfano de padre. Para poder ir al colegio tuvo que andar de casa en casa pidiendo limosna. La Sma. Virgen se le había aparecido en sueños mandándole que adquiriera "ciencia y paciencia", porque Dios lo destinaba para educar a muchos niños pobres. Nuevamente se le apareció la Virgen y le pidió que le construyera un templo y que la invocara con el título de Auxiliadora.

Empezó la obra del templo con tres monedas de veinte centavos. Pero fueron tantos los milagros que María Auxiliadora empezó a hacer en favor de sus devotos, que en sólo cuatro años estuvo terminada la gran Basílica. El santo solía repetir: "Cada ladrillo de este templo corresponde a un milagro de la Santísima Virgen". Desde aquel santuario empezó a extenderse por el mundo la devoción a la Madre de Dios bajo el título de Auxiliadora, y son tantos los favores que Nuestra Señora concede a quienes la invocan con ese título, que ésta devoción ha llegado a ser una de las más populares.

San Juan Bosco decía: "Propagad la devoción a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros" y recomendaba repetir muchas veces esta pequeña oración: "María Auxiliadora, rogad por nosotros". El decía que los que dicen muchas veces esta jaculatoria consiguen grandes favores del cielo

23 may 2015

Santo Evangelio 23 de Mayo de 2015



Día litúrgico: Sábado VII de Pascua


Texto del Evangelio (Jn 21,20-25): En aquel tiempo, volviéndose Pedro vio que le seguía aquel discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?». Viéndole Pedro, dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?». Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme». Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: «No morirá», sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga». 

Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.


Comentario: Rev. D. Fidel CATALÁN i Catalán (Terrassa, Barcelona, España)
Las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero

Hoy leemos el final del Evangelio de san Juan. Se trata propiamente del final del apéndice que la comunidad joánica añadió al texto original. En este caso es un fragmento voluntariamente significativo. El Señor Resucitado se aparece a sus discípulos y los renueva en su seguimiento, particularmente a Pedro. Acto seguido se sitúa el texto que hoy proclamamos en la liturgia.

La figura del discípulo amado es central en este fragmento y aun en todo el Evangelio de san Juan. Puede referirse a una persona concreta —el discípulo Juan— o bien puede ser la figura tras la cual puede situarse todo discípulo amado por el Maestro. Sea cual sea su significación, el texto ayuda a dar un elemento de continuidad a la experiencia de los Apóstoles. El Señor Resucitado asegura su presencia en aquellos que quieran ser seguidores.

«Si quiero que se quede hasta que yo venga» (Jn 21,22) puede indicar más esta continuidad que un elemento cronológico en el espacio y el tiempo. El discípulo amado se convierte en testigo de todo ello en la medida en que es consciente de que el Señor permanece con él en toda ocasión. Ésta es la razón por la que puede escribir y su palabra es verdadera, porque glosa con su pluma la experiencia continuada de aquellos que viven su misión en medio del mundo, experimentando la presencia de Jesucristo. Cada uno de nosotros puede ser el discípulo amado en la medida en que nos dejemos guiar por el Espíritu Santo, que nos ayuda a descubrir esta presencia.

Este texto nos prepara ya para celebrar mañana domingo la Solemnidad de Pentecostés, el Don del Espíritu: «Y el Paráclito vino del cielo: el custodio y santificador de la Iglesia, el administrador de las almas, el piloto de quienes naufragan, el faro de los errantes, el árbitro de quienes luchan y quien corona a los vencedores» (San Cirilo de Jerusalén).

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San Juan Bautista de Rossi, 23 de Mayo


23 de mayo

 SAN JUAN BAUTISTA DE ROSSI

(† 1764)

Juan Bautista de Rossi nace el 22 de febrero de 1698 en Voltaggio, pequeña ciudad del arzobispado de Génova.

 Ya desde sus primeros años se le vio inclinado a las cosas de Dios, decididamente llamado al sacerdocio y dotado de no comunes virtudes, que más tarde contrastarían sobremanera con aquella piedad decadente de finales del XVII Y gran parte del XVIII.

 Fue la suya una época de marcado orgullo espiritual y lamentabilísimas desviaciones de la auténtica vida cristiana. Las raíces del jansenismo iban sofocando poco a poco la buena semilla de la sencillez evangélica, de la confianza filial en nuestro Padre del cielo y de la caridad fraterna con sus hijos, los hombres de la tierra.

 En Francia se vivía por entonces el ambiente morboso de las Provinciales, reavivado en parte por las convulsiones y excentricidades del oratoriano P. Quesnel, que posteriormente abrirían camino al humanismo desenfrenado y a la nueva filosofía, abiertamente opuestos al genuino sentido religioso y a la autoridad de los papas.

 No se libraba de estas influencias jansenistas ni la misma Roma, que había de ser el teatro silencioso de las virtudes de nuestro De Rossi. En plena curia romana, con el pretexto de una renovación en el campo de la piedad cristiana y de las nuevas formas de la Iglesia, se urdían maniobras descaminadas.

 Es verdad que la doctrina jansenista en Italia fue más política que teológica. Pero no podían menos de sembrar confusionismos ciertas ideas que poco a poco iban calando en la sencillez del pueblo. Se combatía el absolutismo papal, se proclamaba la autonomía de los obispos, se concedía a los seglares una injerencia indebida en las cosas eclesiásticas, se propugnaban reformas peligrosas en el culto y devociones... Pretendían, en una palabra, dar a la formación cristiana unos módulos demasiado íntimos y personalistas, con innegable desprecio de las obras externas, de la jerarquía y del consiguiente espíritu de sumisión.

 La divina Providencia, sin embargo, siempre solícita por los intereses de su Iglesia, cuidó de suscitar en ella una serie de hombres auténticamente cristianos y evangélicos. Fue éste, sin duda, el mejor y más declarado mentís a estas innovaciones sin camino.

 Contemporáneos de nuestro Santo fueron los grandes fundadores San Alfonso María de Ligorio (1696), San Pablo de la Cruz (1694), San Juan Eúdes (1601), el Venerable Olier (1608), Bérulle, el jesuíta Scaramelli, etc. Poco tiempo después sería discípulo suyo el angelical San Juan Andrés Parisi, a quien nuestro Santo gustaba de comparar con San Luis Gonzaga.

 También reinaba este ambiente de lucha antijansenista en el famoso Colegio Romano de la Ciudad Eterna, donde, a sus trece años, ingresó el pequeño Rossi, para permanecer allí y formarse hasta su ordenación sacerdotal.

 Las sanas doctrinas de maestros tan preclaros como los padres Tolomei, Juan de Ulloa, Giattini, y sobre todo los testimonios vivos de apostolado y virtud que pudo contemplar a su alrededor, fueron sembrando en su alma aquellos genuinos amores que más tarde serán los únicos resortes de su santa vida.

 Precisamente por aquel tiempo era famoso en Roma el rector del Colegio Romano, padre Annibale Miarchetti, devotísimo del Sagrado Corazón y activo promotor de la catequesis entre los niños pobres y la gente más sencilla, a quienes recogía y cuidaba en la iglesia de San Ignacio. Con él, el padre Pompeo de Benedictis († 1715), que componía versos latinos a la vez que mortificaba su cuerpo con ásperas penitencias y gastaba su vida en hacer el bien a los necesitados. Fue el fundador de la Congregación de los Apóstoles, similar a las Congregaciones Marianas, compuesta por jóvenes romanos que aprendían de su director a hacer oración, a visitar casas de beneficencia y hospitales y a hacer el bien y repartir amor entre sus compañeros.

 Enseñanzas, virtudes y ejemplos que había de aprender tan al vivo uno de sus discípulos más aventajados, Juan Bautista de Rossi.

 Para Jesús —y es ésta nota dominante de su Evangelio— la caridad, o amor a Dios y al prójimo (único principio con dos manifestaciones, distintas sólo en apariencia), es la manifestación auténtica de la santidad y la única disposición del alma que dignifica, ennoblece y hace verdaderamente cristianas todas las demás manifestaciones del espíritu.

 Y la prueba inequívoca de nuestro amor a Dios —también es doctrina explícita de Cristo— es el amor al prójimo. Amor que debe extenderse a todos, incluso a los que nos persiguen y calumnian, para así ser verdaderamente hijos del Padre celestial, que hace lucir su sol y envía su lluvia sobre los justos y sobre los pecadores (Mt. 5,45).

 Por eso quiso Jesús hacer de la caridad "su mandamiento" (Jn. 15,22), y el distintivo de sus verdaderos discípulos, más exacto y seguro que cualquiera otra señal externa (Jn. 17,21).

 Y, en el último juicio que Él hará de la conducta de los hombres, será la caridad la norma para distinguir las vidas auténticamente puestas a su servicio: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuvisteis caridad con vuestros prójimos" (Mt. 25,34-35).

 Sucede a veces que esta fundamental y primerísima doctrina en la concepción cristiana de la vida queda soterrada bajo el cúmulo de otras normas, fórmulas y prácticas, que nacen más del pensamiento de los hombres que de las fuentes del Evangelio.

 No sucedió así en la vida de San Juan Bautista de Rossi. Aún se recuerda en Roma al "padre de los pobres" y al "amigo de los humildes". Imitador fiel del único Maestro, pudo también sintetizar su vida en aquellas palabras evangélicas: "Pasé por la tierra haciendo el bien". Sin ruidos estridentes ni resonancias aparatosas, pero con toda la imponente fuerza y trascendencia de la verdadera caridad cristiana.

 Ya colegial, y mientras sigue los estudios teológicos en la Minerva, forma parte de la Congregación, y gasta muchas horas en visitar, con los demás congregantes, los hospitales y casas de los pobres. Apostolado oculto y humilde, que no abandonará durante toda su vida, aun después de haber aceptado, contra su voluntad, la canonjía de Santa María in Cosmedín.

 El 8 de marzo de 1721 fue ordenado sacerdote, y aquel mismo día hace voto de no aceptar ninguna prebenda eclesiástica, iniciando su sagrado ministerio en el Hospicio de Pobres de Santa Galla.

 En las actas de beatificación y canonización se da cuenta con detalle del celo, humildad y caridad sorprendentes que logró llevar nuestro Santo hasta el grado máximo de la heroicidad.

 Fue el sacerdote De Rossi varón ejemplar, modelo acabado de ministro evangélico, hecho todo para todos para ganarlos a todos en Dios.

 Pero lo que más llama la atención en su vida fue aquella predilección constante, afectiva y efectiva, que mostró siempre por los más desatendidos y sin relieve en la sociedad. Los hospicianos, los presos, los vagos de profesión, los ignorantes y analfabetos, los niños harapientos y pillastres, fueron sus mejores compañeros por aquellas calles de Roma,

 A imitación de San Felipe de Neri, a quien profesaba por su parte una devoción entrañable, fue en su tiempo San Juan Bautista de Rossi el protector de pobres y afligidos, el consejero, abogado, amigo y maestro de todos. Sacerdote entrañablemente enamorado de Dios y de los hombres, no aguantó el espectáculo de un amor incomprendido y supo clavar en las carnes de sus hermanos el grito de salvación y de carida.

En 1731, imitando los célebres hospicios romanos, funda uno parecido para mujeres sin casa y desamparadas. Él mismo las recogía y las cuidaba espiritual y temporalmente, hasta conseguir colocarlas y proporcionarles un medio de vida digna y cristiana.

Unos años más tarde, en 1737, muere un primo suyo, Lorenzo, canónigo de la basílica de Santa María in Cosmedín, de Roma. Y Juan bautista, a pesar de su voto y de la abierta repugnancia que siempre experimentó hacia toda clase de cargos honoríficos, no tuvo más remedio que aceptar, bajo obediencia, este que quedaba vacante. Fue un mero cambio de ambiente, que en nada había de afectar a su camino trazado.

En su nueva condición seguirá siendo el sacerdote ejemplar y fiel cumplidor de sus deberes. El servicio del coro, el confesonario, el púlpito, la enseñanza del catecismo... llenarán todas las horas de sus días.

Su fama de santidad y de caridad alcanza los últimos rincones de la Ciudad Eterna. No hay cárcel, hospicio u hospital que no sea testigo de su celo, de su cariño y de su comprensión. Diligente, infatigable, siempre dispuesto, no descansó hasta convertir el fuego del amor que le abrasaba el alma en grito constante de su garganta y en entrega martirial de su vida.

Tal vez no se pueda decir mucho más de la vida de San Juan Bautista de Rossi. Ni casi sus mismos contemporáneos se dieron cuenta del hombre de Dios que estaba conviviendo con ellos con un corazón muy grande, doblemente apasionado por Dios y por sus hijos, los hombres.

Así suele ser siempre de sencilla y natural la auténtica santidad. Como el Evangelio, Como María, la Madre de Jesús, y José, el Esposo de María. Como el mismo Cristo, de quien casi sólo pudieron decir sus contemporáneos que pasó por la vida haciendo el bien,

Juan Bautista de Rossi, formado en la mejor Universidad eclesiástica del mundo, educado en un famoso Colegio, con una Roma delante, donde era tan fácil la lisonja y los puestos de grandeza, lo deja todo para entregarse a quienes necesitaban su vida y su caridad. Creyó en la palabra de Cristo y supo ser el buen pastor que pierde su vida para ganarla.

Pobre vino al mundo. Pobre vivió entre los pobres. Y muy pobre murió el 23 de mayo de 1764. Espléndido epitafio para su tumba de sacerdote.

Su tumba se conserva en la iglesia de Santa Trinidad del Pellegrini.

Y aún se recuerda en Roma al "padre de los pobres" y al "amigo de los humildes".

Pero nuestro Dios, el buen Padre de los cielos, que tanto se complace en levantar a los humildes y sencillos, quiso bien pronto darle a conocer entre las gentes.

Fue en tiempos de Pío IX cuando se inició la causa de beatificación de este escondido sacerdote y canónigo romano.

Confirmados al fin unos milagros, excepcionalmente sorprendentes por las circunstancias que los acompañaron, fue beatificado el 13 de mayo de 1860.

En 1879 vuelve a hablarse de nuevos milagros obrados por la intercesión de nuestro Santo. Y ese mismo año se da el decreto que los aprueba, y con ello un paso decisivo para la canonización del sacerdote romano Juan Bautista de Rossi.

Por otro decreto de abril de 1881, siendo relator de la causa el cardenal Miecislao Leodochowski y promotor de la fe el padre Salviati, se da permiso para que se proceda a ella.

Y al fin, el 8 de diciembre de este mismo año, juntamente con los Beatos José de Labre, Lorenzo de Brindis y Clara de Montefalco, fue elevado a la Gloria de Bernini por Su Santidad León XIII.

El Papa de los obreros había servido a la Providencia para glorificar al Santo escondido de los pobres y de los humildes, San Juan Bautista de Rossi.

PEDRO MARTIN HERNÁNDEZ.