11 abr 2015

Santo Evangelio 11 de Abril de 2015


Día litúrgico: Sábado de la octava de Pascua

Texto del Evangelio (Mc 16,9-15): Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación».


Comentario: P. Raimondo M. SORGIA Mannai OP (San Domenico di Fiesole, Florencia, Italia)
María Magdalena (...) fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, (... pero) no creyeron

Hoy, el Evangelio nos ofrece la oportunidad de meditar algunos aspectos de los que cada uno de nosotros tiene experiencia: estamos seguros de amar a Jesús, lo consideramos el mejor de nuestros amigos; no obstante, ¿quién de nosotros podría afirmar no haberlo traicionado nunca? Pensemos si no lo hemos mal vendido, por lo menos alguna vez, por un bien ilusorio, del peor oropel. En segundo lugar, aunque frecuentemente estamos tentados a sobrevalorarnos en cuanto cristianos, sin embargo el testimonio de nuestra propia conciencia nos impone callar y humillarnos, a imitación del publicano que no osaba ni tan sólo levantar la cabeza, golpeándose el pecho, mientras repetía: «Oh Dios, ven junto a mí a ayudarme, que soy un pecador» (Lc 18,13).

Afirmado todo esto, no puede sorprendernos la conducta de los discípulos. Han conocido personalmente a Jesús, le han apreciado los dotes de mente, de corazón, las cualidades incomparables de su predicación. Con todo, cuando Jesucristo ya había resucitado, una de las mujeres del grupo —María Magdalena— «fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, que estaban tristes y llorosos» (Mc 16,10) y, en lugar de interrumpir las lágrimas y comenzar a bailar de alegría, no le creen. Es la señal de que nuestro centro de gravedad es la tierra.

Los discípulos tenían ante sí el anuncio inédito de la Resurrección y, en cambio, prefieren continuar compadeciéndose de ellos mismos. Hemos pecado, ¡sí! Le hemos traicionado, ¡sí! Le hemos celebrado una especie de exequias paganas, ¡sí! De ahora en adelante, que no sea más así: después de habernos golpeado el pecho, lancémonos a los pies, con la cabeza bien alta mirando arriba, y... ¡adelante!, ¡en marcha tras Él!, siguiendo su ritmo. Ha dicho sabiamente el escritor francés Gustave Flaubert: «Creo que si mirásemos sin parar al cielo, acabaríamos teniendo alas». El hombre, que estaba inmerso en el pecado, en la ignorancia y en la tibieza, desde hoy y para siempre ha de saber que, gracias a la Resurrección de Cristo, «se encuentra como inmerso en la luz del mediodía».

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San Estanislao, Obispo y Mártir, 11 de Abril

11 de abril

SAN ESTANISLAO, OBISPO Y MÁRTIR

(† 1080)


San Estanislao, nació en Szczepanow, cerca de Cracovia el día 26 de julio de 1030. Fue hijo único. Su nacimiento puede considerarse como un prodigio, pues vino al mundo después de treinta años de casados sus padres.

 Los padres, Wielislaw y Bogna, de noble alcurnia, llevaban vida austera y piadosa, siendo muy estimados por sus grandes virtudes.

 En el hogar paterno Estanislao recibió una esmerada cultura, tanto moral como intelectual; sus estudios superiores los realizó en Cracovia y en París.

 Fue ordenado sacerdote por el obispo de Cracovia, Lamberto, siendo elegido sucesor de esta sede el día 2 de febrero de 1072. Gobernó valientemente la diócesis durante ocho años, al cabo de los cuales fue martirizado.

 El día 17 de septiembre de 1253 quedó canonizado en Asís por el papa Inocencio IV. El papa Clemente VIII extendió su culto para toda la Iglesia en el año 1605.

 La muerte de San Estanislao en el pensamiento polaco significa lo mismo que la muerte de los valores con los cuales él vivía, por los que luchaba y por los que murió como mártir. Con la muerte de estos valores desaparecía también Polonia; por el contrario, con el desarrollo de estas virtudes se reavivaron las almas de los polacos, y sus méritos colmaban la nación de beneficios especiales.

 Esta idea tan acertada —es un lema de la existencia de Polonia— y de actualidad siempre en la vida del pueblo polaco, el papa Pío XII la subrayó en una carta dirigida al cardenal primado de Polonia, monseñor Esteban Wyszynski, el día 16 de julio de 1953.

 No cabe duda. La figura del Santo constituye para todo el pueblo polaco, en su marcha histórica, ideológica y natural, un magnífico ejemplar y seguro guía.

 Por otra parte, la grandeza de San Estanislao consiste en saber vivir y realizar el ideal de nuestra religión, tantas veces subrayado por San Pablo: christianus sum. Este ideal le hizo hombre de gran virtud, fundada en la confianza en Dios, que por honrarle, por la religión verdadera, por la justicia, por la libertad y salvación de su pueblo, llegaba a despreciar todas las penas, dificultades, cruces y sufrimientos, guardando siempre en los momentos más importantes y duros de su vida el equilibrio de su espíritu, su fervorosa piedad y un alma inquebrantable.

 No es cierto que San Estanislao fuera un hombre duro y de un temperamento rencoroso y terco que le llevara al conflicto con el rey Boleslao y, en consecuencia, a la muerte. Es una opinión falsa y sin fundamento, porque los motivos de su actuación que causaron su martirio eran altamente cristianos, dignos de un obispo católico.

 El primer biógrafo y famoso historiador polaco, Jan DIugosz, confirma esta opinión diciendo: "Estanislao era de carácter dulce y humilde, pacífico y púdico; era muy cuidadoso en reprimir sus propias, faltas antes de hacerlo con sus prójimos; era un alma que jamás mostró soberbia ni se dejó llevar por la ira, muy atento, de naturaleza afable y humano, de gran ingenio y sabiduría, y dispuesto siempre a ayudar a quien necesitaba ayuda alguna. Odiaba la adulación e hipocresía, mostrándose siempre sencillo y de corazón abierto".

 En una palabra, el obispo de Cracovia era un hombre serio, templado y de verdadera santidad.

 Todo lo contrario le ocurría al rey polaco Boleslao. Era un gran guerrero, muy valiente y audaz; pero también era figura de grandes vicios y de muy débil voluntad, defectos que le oscurecieron la inteligencia y le llevaron a la mayor catástrofe de su vida. Agravaron esta situación suya los éxitos políticos y militares, hasta tal punto que en su soberbia Boleslao llegó a creer que a él, el rey, le estaba permitido todo; su conducta se manifestó entonces totalmente amoral, dando paso a sinnúmero de crueldades y abusos que clamaron al cielo.

 San Estanislao, viendo un mal tan grande y pecados tan notorios, no pudo quedarse tranquilo; callar en esta situación significaba lo mismo que aprobar la conducta del rey. Decidió entonces intervenir. Varios eran los motivos que tenía San Estanislao para amonestar al soberano. En primer lugar era el obispo de la capital de Polonia, vivía cerca de la corte del rey, era el obispo de la Iglesia de Cristo, que no podía quedarse mudo frente a un pecador público; era un cristiano que debía amonestar a un hermano suyo que estaba errando. Además, Estanislao era un alto dignatario de la Corona y por esto quería demostrar su disconformidad con los tímidos cortesanos.

 Sin embargo, la empresa no era fácil ni sin grandes peligros, pues Gallus Anonimus, la auténtica historia polaca de aquella época, llama al rey Boleslao "rex ferox". Se debía, por tanto, emplear la máxima prudencia.

 San Estanislao, en el cumplimiento de este deber suyo, se mostró a su debida altura. Amonestaba al rey pidiendo y rogándole que cambiase su postura, que frenase su inmoralidad, el terror y toda la ilegalidad. Actuaba paternal y pacíficamente, sin ira y sin faltar al respeto a un soberano.

 Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron vanos. Según Jan Dlugosz, el efecto era contrario. El rey, en vez de prestar atención a los consejos de su obispo, se llenaba de furia y contestaba con amenazas, olvidándose de su propio honor. Boleslao no quiso ver en la persona del obispo de Cracovia sino a un audaz enemigo que se atrevía a reprimir al rey. En consecuencia, la justa postura del obispo de Cracovia quedó juzgada falsamente y, herido el corazón del rey, decidió su muerte. Aprovechando la ocasión de que el obispo celebraba una misa en las afueras de la ciudad, en la iglesia llamada "Na Skalce”, invadió el templo con su cuadrilla y le mató personalmente durante el santo sacrificio.

 La leyenda que siempre acompaña a hechos tan extraordinarios dice que el rey se detuvo ante la puerta de la misma iglesia, mandando entrar a sus soldados y dar la muerte al santo obispo. Estos, intentando cumplir la orden, tres veces llegaron hasta el altar y tres veces, aterrorizados por el miedo, huyeron del templo. Fue entonces cuando el furibundo rey penetró y, yéndose hasta el altar, personalmente mató al ilustre prelado. Cometido el crimen, mandó sacar el cadáver fuera de la iglesia y machacarlo con las espadas.

 Satisfecho de su éxito dejó los restos a la intemperie para que fueran pasto de las fieras. Sin embargo, era Dios mismo, prosigue la leyenda, quien se preocupó por estos santos restos mortales de un obispo mártir. En el lugar del sacrilegio aparecieron cuatro grandes águilas reales que volaron sobre estas reliquias durante el tiempo que tardó en integrarse el cuerpo de nuevo y hasta que Ilegaron los sacerdotes para recogerlo.

 Esta leyenda tiene mucha aceptación en Polonia, pues su símbolo profético era, y es, muy vivo. La maldad desmembró el cuerpo del obispo Estanislao, la santidad lo unió milagrosamente de nuevo. En la vida histórica de la nación varias veces la maldad desmembró a Polonia, pero era la santidad, la penitencia del pueblo, sus sacrificios y la perseverancia en sus altos valores lo que unía a Polonia de nuevo y la resucitaba. Siempre que Polonia defendía el reinado de Dios, la Verdad, la justicia y el bien de las almas era nación grande e invencible; si traicionaba estos valores caía desmembrada.

 Los amigos del rey justificaban al soberano divulgando que el castigo era justo porque el obispo de Cracovia era un traidor. Hoy día esta canción la cantan también los enemigos de Polonia. Y surge la pregunta: ¿A quién debía obedecer el obispo de Cracovia? ¿A Dios o al rey? ¿Debía, acaso, traicionar su fe y a su Dios y servir a un rey que ha traicionado todo? San Estanislao se mostró un obispo intrépido, un magno defensor de los derechos de Dios, de la moral y de la justicia. He aquí su gloria y su ejemplo para todos los cristianos.

 Dios, justo y santo, honró esta postura, pues tanto durante su vida como después de su muerte muchos milagros —el proceso de canonización revisó 36 de primera clase— glorificaron la santidad de este intrépido obispo de Cracovia.

 San Estanislao era uno de estos seres a quienes Dios, queriendo manifestar su omnipotencia, y para que sirvan de ejemplo a los demás hombres, les concede bienes sobrenaturales, con el fin de que, por ellos, la verdad de la fe y de la religión brille para la salvación y confortación de los creyentes.

 MARIANO WALORECK

10 abr 2015

Santo Evangelio 10 de Abril de 2015

Día litúrgico: Viernes de la octava de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 21,1-14): En aquel tiempo, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: «Voy a pescar». Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo». Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. 

Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?». Le contestaron: «No». Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor». Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. 

Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar». Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Venid y comed». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Ésta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.


Comentario: Rev. D. Joaquim MONRÓS i Guitart (Tarragona, España)
Ésta fue la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos

Hoy, Jesús por tercera vez se aparece a los discípulos desde que resucitó. Pedro ha regresado a su trabajo de pescador y los otros se animan a acompañarle. Es lógico que, si era pescador antes de seguir a Jesús, continúe siéndolo después; y todavía hay quien se extraña de que no se tenga que abandonar el propio trabajo, honrado, para seguir a Cristo.

¡Aquella noche no pescaron nada! Cuando al amanecer aparece Jesús, no le reconocen hasta que les pide algo para comer. Al decirle que no tienen nada, Él les indica dónde han de lanzar la red. A pesar de que los pescadores se las saben todas, y en este caso han estado bregando sin frutos, obedecen. «¡Oh poder de la obediencia! —El lago de Genesaret negaba sus peces a las redes de Pedro. Toda una noche en vano. —Ahora, obediente, volvió la red al agua y pescaron (...) una gran cantidad de peces. —Créeme: el milagro se repite cada día» (San Josemaría).

El evangelista hace notar que eran «ciento cincuenta y tres» peces grandes (cf. Jn 21,11) y, siendo tantos, no se rompieron las redes. Son detalles a tener en cuenta, ya que la Redención se ha hecho con obediencia responsable, en medio de las tareas corrientes.

Todos sabían «que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da» (Jn 21,12-13). Igual hizo con el pescado. Tanto el alimento espiritual, como también el alimento material, no faltarán si obedecemos. Lo enseña a sus seguidores más próximos y nos lo vuelve a decir a través de Juan Pablo II: «Al comienzo del nuevo milenio, resuenan en nuestro corazón las palabras con las que un día Jesús (...) invitó al Apóstol a ‘remar mar adentro’: ‘Duc in altum’ (Lc 5, 4). Pedro y los primeros compañeros confiaron en la palabra de Cristo (...) y ‘recogieron una cantidad enorme de peces’ (Lc 5,6). Esta palabra resuena también hoy para nosotros».

Por la obediencia, como la de María, pedimos al Señor que siga otorgando frutos apostólicos a toda la Iglesia.

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San Ezequiel, profeta, 10 de Abril

10 de abril
 
SAN EZEQUIEL, PROFETA

 (Antiguo Testamento)
 
 El último tercio del siglo VII a. de J. C. es decisivo para la suerte del minúsculo reino de Judá. Asiria ha sido suplantada por el imperio naciente caldeo. Nínive cae en el 612 a. de J. C., y con la gran ciudad se cierra para siempre el ciclo histórico del colosal imperio asirio. El nuevo orden de cosas se estructura bajo la mano férrea del conquistador Nabucodonosor. Primeramente como generalísimo de los ejércitos caldeos atraviesa Palestina en persecución del faraón Necao II. Después, el 605, sube al trono y trata de consolidar las conquistas de su padre Nabopolosar. Una de las regiones recalcitrantes es Palestina, que con Siria y Transjordania busca el medio de sacudir el pesado yugo babilonio. Egipto excita los sentimientos nacionalistas de estos pueblos, sometidos antes a su órbita política. En Jerusalén, después de la muerte trágica del piadoso rey Josías en la batalla de Megiddo (609 a. de J. C.), reina un hijo de éste, por nombre Joaquim, el cual, al principio, procura halagar al coloso babilonio, pero termina por unirse en una coalición de pequeñas potencias contra Nabucodonosor. El profeta Jeremías había dado la voz de alerta, predicando la sumisión a Babilonia, pero en vano. En el 598 los babilonios ponen cerco a Jerusalén, la capital de Judá, que termina por capitular. El precio del desastre es la deportación de una gran parte de la población judía, entre ellos el propio rey Jeconías, hijo de Joaquim, muerto durante el asedio, y un joven llamado Ezequiel, que iba a ser el profeta del exilio. La vida de los desterrados no era dura, pues se les reconocían ciertas libertades, pero la nostalgia de la patria y del templo de Jerusalén nublaba sus ilusiones. No podían creer que Dios les hubiera abandonado definitivamente. Formaban parte del pueblo de las promesas, y Yahvé no permitiría que la catástrofe total de su pueblo se consumase. Siglo y medio antes había permitido la desaparición del reino israelítico del Norte, cuya capital era Samaria, pero Jerusalén significaba demasiado en la historia del pueblo elegido para que sufriera la misma suerte. Yahvé habitaba en Jerusalén y, por tanto, no podía permitir que los enemigos de Judá destruyeran el lugar de su morada. justamente un siglo antes las tropas de Senaquerib tuvieron que abandonar el asedio de la ciudad santa por una intervención milagrosa del ángel de Yahvé. Ahora habría de repetirse el mismo prodigio, Tal era el modo de pensar de los exilados. Ezequiel, como enviado de Yahvé para consolar a los desterrados, no participa de las ideas de sus compatriotas. Jerusalén será tomada por los caldeos y totalmente destruida con su santo templo. Tal es la triste realidad que deben aceptar los exilados, y de ahí la ingrata misión del profeta ante sus connacionales. Para éstos será un pesimista, un derrotista, que no comprende los altos designios del pueblo hebreo. Ezequiel, pues, tendrá que continuar la labor del sufrido e incomprendido Jeremías. Ha llegado la hora del castigo divino para el pueblo israelita pecador, y no cabe sino aceptar con espíritu de compunción y humildad los designios punitivos de Yahvé. Después vendrá el desquite, la resurrección nacional, la repatriación de los exilados y la inauguración de la comunidad teocrática de los tiempos mesiánicos.

La misión profética de Ezequiel tenemos que dividirla, pues, en dos etapas históricas: antes y después de la destrucción en Jerusalén por los caldeos (598 a. de J. C.). De un lado tiene que hacer frente al falso optimismo —hijo de la presunción— de los exilados, que no creen en la destrucción de la ciudad santa, y por otro, cuando ya la catástrofe se ha consumado, debe levantar los ánimos deprimidos, dando esperanzas luminosas sobre un porvenir mejor. Sus compatriotas desterrados creían que Yahvé se había excedido en el castigo, al menos les había hecho cargar con los pecados de sus antepasados. “¡Nuestros padres comieron las agraces y nosotros sufrimos la dentera!" Este es el grito unánime de protesta de los exilados ante Ezequiel, el centinela de Yahvé. El profeta tiene que demostrar que Dios ha sido justo en el castigo, y que éste no tenía otra finalidad sino purificar a su pueblo moralmente para prepararle a una nueva etapa gloriosa nacional. Yahvé no había abandonado a su pueblo, sino que estaba con los exilados para protegerlos. La visión inaugural, en la que aparece Yahvé lleno de majestad en su carro triunfal escoltado por los querubines, simboliza la especial providencia que tiene sobre el pueblo exilado, pues se ha trasladado a Mesopotamia para ayudarles y alentarles en el exilio.

Ezequiel era de la clase sacerdotal y desde el punto de vista profético inaugura una nueva etapa en Israel. Sus oráculos difieren también desde el punto de vista literario de los tradicionales preexílicos, tal como aparecen en Amós, Oseas, Isaías y Jeremías. Les falta el frescor y sencillez de éstos, y, por otra parte, se dan la mano con la literatura apocalíptica que va a pulular en la época tardía del judaísmo. Se le ha llamado "profeta de gabinete" en el sentido de que sus escritos resultan demasiado artificiales en comparación con los de sus predecesores. Sin embargo, no se debe exagerar la nota de artificialidad. Ezequiel se halla en una encrucijada histórica, y su personalidad está cabalgando sobre dos épocas: la correspondiente a los últimos años de la monarquía judía y la exílica, con sus implicaciones de cambio de ambiente geográfico y ruptura de tradiciones seculares. Su misión fue la de salvar la crisis de conciencia nacional que siguió a la caída de la monarquía, orientándola hacia una nueva era teocrática de esplendor y triunfo definitivo. Por otra parte, para entender sus escritos debemos tener en cuenta que Ezequiel tenía un temperamento de visionario. Sus enseñanzas, en parte, están expresadas en un lenguaje simbólico, a veces difícil de entender. Tal es la oscuridad de sus visiones que los rabinos no permitían se leyera su libro antes de haber cumplido los treinta años. En el Talmud se dice que el rabino Hanaías gastó trescientos recipientes de aceite estudiando y dilucidando las páginas misteriosas de Ezequiel para que la Sinagoga no lo declarara libro apócrifo.

Una característica de la predicación de Ezequiel es su predilección por las acciones simbólicas o parábolas en acción. Antes de él varios profetas como Oseas y Jeremías habían representado plásticamente sus oráculos en acciones simbólicas para causar mayor impresión en un auditorio de temperamento oriental imaginativo. Al igual que Isaías, Ezequiel se considera personalmente como un "sino para la casa de Israel", viendo en sus propias experiencias personales un sentido profético para su pueblo. Así, para significar los años de la cautividad de Israel y de Judá, se somete a una inmovilidad, acostándose ciento noventa días del lado izquierdo y cuarenta del derecho (4, 4-7). Para significar el hambre que los ciudadanos de Jerusalén han de sufrir durante el asedio, el profeta debe alimentarse de una mezcla racionada de trigo, cebada, habas, lentejas, mijo y avena, lo que resultaba abominable para un judío, que quería vivir según la Ley mosaica (4, 9-10). Con ocasión de la muerte de su esposa debe abstenerse totalmente de manifestaciones de duelo para simbolizar la actitud de conformidad que deben adoptar los exilados al tener noticias de la destrucción de Jerusalén (24, 15-24). Un día recibe una orden extraña de parte de Yahvé: "Tú, hijo de hombre, dispón tus trebejos de emigración y sal de día a la vista de los exilados... Saca tus trebejos, como trebejos de camino, de día, a sus ojos, y parte por la tarde a presencia suya, como parten los desterrados. A sus ojos horada la pared y sal por ella, llevando a sus ojos tus trebejos, y te los echas al hombro, y sales al oscurecer, cubierto el rostro y sin mirar a la tierra, pues quiero que seas pronóstico para la casa de Israel (12, 3-5). Su huida por la brecha de la pared horadada de su casa debía simbolizar la huida del rey Jeconías, que se escapará por las brechas de las murallas de Jerusalén para huir de los asaltantes caldeos.

Su existencia personal, pues, se confundía con su misión profética ante sus compatriotas desterrados. Por orden divina tiene que encerrarse a temporadas en un mutismo absoluto (3,26.24.27). Todos los detalles de su vida tienen proyección profética en orden a la comunidad de exiliados.

Otra característica de sus escritos es el elemento visionario. Ya en su primera presentación como profeta a la comunidad exilada Ezequiel describe una grandiosa visión que iba a ser clave en su teología:

"El año quinto de nuestra cautividad (593 a. de J. C.), estando yo entre los cautivos en la orilla del río Quobar, se abrieron los cielos... y fue sobre mí la mano de Yahvé. Miré y vi venir de la parte del septentrión un nublado impetuoso, una nube densa, en torno de la cual resplandecía un remolino de fuego, que en medio brillaba como bronce en ignición. En el centro de ella había semejanza de cuatro animales vivientes, cuyo aspecto era éste: tenían semblante de hombre, pero cada uno tenía cuatro aspectos y cada uno cuatro alas. Sus pies eran derechos y la planta de sus pies era como la planta del toro. Brillaban como bronce en ignición. Por debajo de las alas, a los cuatro lados, salían brazos de hombre, todos cuatro tenían el mismo semblante y las mismas alas, que se tocaban las unas con las del otro. Al moverse no se volvían para atrás, sino que cada uno iba cara adelante. Su aspecto era éste: de hombre por delante los cuatro, de león a la derecha los cuatro, de toro a la izquierda los cuatro, y de águila por detrás los cuatro. Sus alas estaban desplegadas hacia lo alto, dos se tocaban la del uno con la del otro, y dos de cada uno cubrían su cuerpo... Había entre los vivientes fuego como de brasas, encendidas cual antorchas, que discurrían por entre ellos, centelleaban y salían rayos... Sobre las cabezas de los vivientes había una semejanza de firmamento, como de cristal... y por debajo del firmamento estaban tendidas sus alas, que se tocaban dos a dos... Sobre el firmamento que estaba sobre sus cabezas había una apariencia de piedra de zafiro a modo de trono, y encima una figura semejante a hombre que se erguía, y lo que de él aparecía, de cintura arriba, era como el fulgor de un metal resplandeciente, y de cintura abajo, como el resplandor del fuego, y todo en derredor suyo resplandecía... como el arco que aparece en las nubes en día de lluvia" (c.1).

La majestad de Yahvé aparecía sobre un carro triunfal tirado por seres que eran los reyes del mundo de los vivientes: el hombre, el león, el toro y el águila. Sintetizaban toda la creación que servía de trono al Creador, que iba a visitar a los exilados a Mesopotamia, La comunidad de los exilados no habría de estar desamparada de su Dios. El pueblo judío resucitaría un día para organizarse como pueblo. Su actual estado de postración nacional era pasajero, y un castigo purificador a sus infidelidades. Es la lección de otra visión apocalíptica:

"Fue sobre mí la mano de Yahvé, y llevóme Yahvé fuera, en medio de un campo que estaba lleno de huesos. Hízome pasar por cerca de ellos, y vi que eran sobremanera numerosos sobre la haz del campo, y enteramente secos. Y me dijo: Hijo de hombre, ¿revivirán estos huesos? Y yo respondí: Señor Yahvé, Tú lo sabes. Y Él me dijo: Hijo de hombre, profetiza a estos huesos y diles: Huesos secos, oíd la palabra de Yahvé. Así dice Yahvé: Voy a hacer entrar en vosotros el espíritu y viviréis, y pondré sobre vosotros nervios, y os cubriré de carne, y extenderé sobre vosotros piel, y os infundiré espíritu, y viviréis... Entonces profeticé yo como se me mandaba, y a mi profetizar se oyó un ruido, y hubo un agitarse y un acercarse huesos a huesos. Miré y vi que vinieron nervios sobre ellos, y creció la carne, y los cubrió la piel, pero no había en ellos espíritu. Profeticé, y entró en ellos el espíritu, y revivieron y se pusieron de pie, un ejército grande en extremo. Dijo Yahvé: Esos huesos son la entera casa de Israel."

Nada más plástico para anunciar a sus compatriotas exilados la esperanza de una resurrección nacional cierta en los designios divinos. Lejos de dejarse llevar por la desesperación deben orientar sus pensamientos hacia una era venturosa de resurrección nacional; es la hora de la teocracia mesiánica. Los exilados volverán a la patria, y ésta será equitativamente dividida entre las tribus. En el centro geográfico estará el templo y a su lado los sacerdotes y levitas juntamente con el príncipe. Toda la nueva tierra de promisión será feracísima porque saldrá del templo un torrente que regará hasta la zona desértica del mar Muerto, Las aguas de éste se verán pobladas de peces, y una frondosidad edénica de árboles que darán doce frutos al año bordeará sus riberas:

"Y vi que desde el umbral del templo brotaban aguas, que descendían del mediodía del altar... y vi que las aguas salían del lado derecho... y me hizo atravesar las aguas; llegaban hasta los tobillos; midió mil codos, y llegaban hasta las rodillas; midió otros mil codos, llegaban hasta la cintura. Midió otros mil, y era ya un río que me era imposible atravesar, porque las aguas habían crecido de manera que no se podía pasar a nado... Y vi que de una y otra orilla había muchos árboles... Las aguas van a la región oriental y desembocarán en el mar, en aquellas aguas pútridas, y éstas se sanearán, y todos los vivientes que nadan en las aguas vivirán, y el pescado allí será abundantísimo... En las orillas del río se alzarán árboles frutales de toda especie, cuyas hojas no caerán y cuyo fruto no faltará. Todos los meses madurarán sus frutos, por salir sus aguas del santuario, y serán comestibles, y sus hojas medicinales..." (c.47).

Al lado de esta visión sobre el futuro de Israel como colectividad nacional, Ezequiel destaca el sentido de responsabilidad individual. Se le ha saludado como el campeón del individualismo en el Antiguo Testamento. En adelante, y en el nuevo orden de cosas, ya no correrá el proverbio: "Nuestros padres comieron las agraces y nosotros sufrimos la dentera"; sino que cada uno será castigado sólo por sus pecados. Antes del exilio al individuo se le consideraba sobre todo como miembro de la comunidad israelita, responsable de los méritos y deméritos de ésta. Después del castigo purificador de la cautividad se organizará una nueva sociedad en la que las responsabilidades individuales serán más aquilatadas y la justicia será la norma de la nueva vida social e individual.

Ezequiel ha sido el instrumento de Dios para salvar la crisis de conciencia surgida al derrumbarse la monarquía israelita. Durante veinte años (593-573) desplegó una amplia actividad para salvar las esperanzas mesiánicas de sus compañeros de infortunio. No sabemos nada sobre su muerte, pero su personalidad profética y literaria dejó una profunda huella en la historia de los judíos, como modelador de un nuevo tipo religioso, surgido en horas de desgracia y desesperanza general, En el panegírico dedicado por el autor del Eclesiástico a los antepasados gloriosos de Israel se dice de nuestro profeta: "Ezequiel vio en visión la gloria que el Señor le mostró sobre el carro de los querubes, e hizo mención de Job, el profeta, que perseveró fiel en los caminos de la justicia". La tradición rabínica Posterior le reservó un lugar preferente en el aprecio de los grandes personajes del Antiguo Testamento.

MAXIMILIANO GARCÍA CORDERO, O. P.

9 abr 2015

“Ved mis manos y mis pies; soy yo en persona. Tocadme...”



“Ved mis manos y mis pies; soy yo en persona. Tocadme...”

El evangelista Mateo narra que Cristo, tomando con él a Pedro, Santiago y a Juan, se transfiguró delante de ellos. Su rostro quedó resplandeciente como la luz y sus vestido blancos como la nieve. Pero ellos, no pudiendo soportar esta visión, cayeron de bruces. (Mt 17,1ss) Para conformarse plenamente al plan divino, el Señor Jesús, en el Cenáculo apareció todavía bajo el aspecto que tenía antes, y no según la gloria que le era connatural y que correspondía al templo de su cuerpo transfigurado. No quería que la fe en la resurrección condujera hacia otro aspecto y hacia un cuerpo diferente del cuerpo asumido en la encarnación en la Virgen y que fue muerto en la cruz, según las Escrituras. En efecto, la muerte no tenía poder más que sobre la carne de la que iba a ser echada fuera. Porque, si su cuerpo muerto no resucitara ¿cuál sería la muerte vencida?...No podía ser ni solamente el alma, ni un ángel, ni siquiera únicamente el Verbo de Dios... 


    Por lo demás, cualquiera que sea sensato, contará el hecho de entrar el Señor con las puertas cerradas, como prueba de su resurrección. Saluda a sus discípulos con estas palabras: “Paz a vosotros” mostrando así que él mismo es la paz. Ellos reciben, por su presencia, un espíritu pacificado y tranquilo. Esto es, sin duda, lo que San Pablo desea a sus fieles cuando dice: “La paz de Dios, que supera cualquier razonamiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos por medio de Cristo Jesús.” (Flp 4,7)



San Cirilo de Alejandría (380-444), obispo y doctor de la Iglesia 

Santo Evangelio 9 de Abril de 2015



Día litúrgico: Jueves de la octava de Pascua

Texto del Evangelio (Lc 24,35-48): En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos. 

Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’». Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas».


Comentario: Rev. D. Joan Carles MONTSERRAT i Pulido (Cerdanyola del Vallès, Barcelona, España)
La paz con vosotros

Hoy, Cristo resucitado saluda a los discípulos, nuevamente, con el deseo de la paz: «La paz con vosotros» (Lc 24,36). Así disipa los temores y presentimientos que los Apóstoles han acumulado durante los días de pasión y de soledad.

Él no es un fantasma, es totalmente real, pero, a veces, el miedo en nuestra vida va tomando cuerpo como si fuese la única realidad. En ocasiones es la falta de fe y de vida interior lo que va cambiando las cosas: el miedo pasa a ser la realidad y Cristo se desdibuja de nuestra vida. En cambio, la presencia de Cristo en la vida del cristiano aleja las dudas, ilumina nuestra existencia, especialmente los rincones que ninguna explicación humana puede esclarecer. San Gregorio Nacianceno nos exhorta: «Debiéramos avergonzarnos al prescindir del saludo de la paz, que el Señor nos dejó cuando iba a salir del mundo. La paz es un nombre y una cosa sabrosa, que sabemos proviene de Dios, según dice el Apóstol a los filipenses: ‘La paz de Dios’; y que es de Dios lo muestra también cuando dice a los efesios: ‘Él es nuestra paz’».

La resurrección de Cristo es lo que da sentido a todas las vicisitudes y sentimientos, lo que nos ayuda a recobrar la calma y a serenarnos en las tinieblas de nuestra vida. Las otras pequeñas luces que encontramos en la vida sólo tienen sentido en esta Luz.

«Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí...»: nuevamente les «abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras» (Lc 24,44-45), como ya lo había hecho con los discípulos de Emaús. También quiere el Señor abrirnos a nosotros el sentido de las Escrituras para nuestra vida; desea transformar nuestro pobre corazón en un corazón que sea también ardiente, como el suyo: con la explicación de la Escritura y la fracción del Pan, la Eucaristía. En otras palabras: la tarea del cristiano es ir viendo cómo su historia Él la quiere convertir en historia de salvación.

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Celestina (Catalina) Faron, Beata Religiosa; Virgen y Mártir, 9 de abril


Celestina (Catalina) Faron, Beata
Religiosa; Virgen y Mártir, 9 de abril

Religiosa y Mártir

Martirologio Romano: En el campo de concentración de Oswiecim o Auschwitz, cerca de Cracovia, en Polonia, beata Celestina Faron, virgen de la Congregación de las Pequeñas Siervas de la Inmaculada Concepción y mártir, la cual, al ser ocupada militarmente Polonia durante la guerra, fue encarcelada por la fe de Cristo y, agotada por las privaciones, alcanzó la gloriosa corona († 1944). 

Etimológicamente: Celestina = Aquella caída del cielo, es de origen latino.

Fecha de beatificación: 13 de junio de 1999 por el Papa Juan Pablo II.

Katarzyna (Catalina en castellano o Caterina en italiano) Faron, nacida en Zabrzez, Polonia, el 24 de abril de 1913, forma parte del grupo de mártires del nazismo.

Ofreció su vida por la conversión de un sacerdote.

Arrestada por la Gestapo fue condenada a trabajos forzados en el campo de concentración de Auschwitz. Afrontó heróicamente el sufrimiento, muriendo el día de Pascua del año 1944.

La joven religiosa fue beatificada por S.S. Juan Pablo II en Polonia, el 13 de Junio de 1999 junto con otros 107 mártires y a Edmundo Bojanowski fundador de la Congregación a la que ella pertenecía: Las Pequeñas Siervas de la Inmaculada Concepción y en la que tomó el nombre de Celestina.