18 feb 2015

La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo.




La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo.

La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.

Las palabras que se usan para la imposición de cenizas, son:

*“Concédenos, Señor, el perdón y haznos pasar del pecado a la gracia y de la muerte a la vida”

*“Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás"

* “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.

ORIGEN DE LA COSTUMBRE

Antiguamente los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de su mala vida a una vida con Dios.

En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un "hábito penitencial". Esto representaba su voluntad de convertirse.

En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.

Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos del año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.

También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.

La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo. Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos.

Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios. La ceniza se le impone a los niños y a los adultos.

EL AYUNO Y LA ABSTINENCIA

El miércoles de ceniza y el viernes santo son días de ayuno y abstinencia. La abstinencia obliga a partir de los 14 años y el ayuno de los 18 hasta los 59 años. El ayuno consiste hacer una sola comida fuerte al día y la abstinencia es no comer carne. Este es un modo de pedirle perdón a Dios por haberlo ofendido y decirle que queremos cambiar de vida para agradarlo siempre.

LA ORACIÓN:
La oración en este tiempo es importante, ya que nos ayuda a estar más cerca de Dios para poder cambiar lo que necesitemos cambiar de nuestro interior.

Necesitamos convertirnos, abandonando el pecado que nos aleja de Dios. Cambiar nuestra forma de vivir para que sea Dios el centro de nuestra vida. Sólo en la oración encontraremos el amor de Dios y la dulce y amorosa exigencia de su voluntad.

Para que nuestra Oración tenga frutos, debemos evitar lo siguiente:

La hipocresía: Jesús no quiere que oremos para que los demás nos vean llamando la atención con nuestra actitud exterior. Lo que importa es nuestra actitud interior.

La disipación: Esto quiere decir que hay que evitar las distracciones lo más posible. Preparar nuestra oración, el tiempo y el lugar donde se va a llevar a cabo para podernos poner en presencia de Dios.

La multitud de palabras: Esto quiere decir que no se trata de hablar mucho o repetir oraciones de memoria sino de escuchar a Dios. La oración es conformarnos con Él; nuestros deseos, nuestras intenciones y nuestras necesidades. Por eso no necesitamos decirle muchas cosas. La sinceridad que usemos debe salir de lo profundo de nuestro corazón porque a Dios no se le puede engañar.

EL SACRIFICIO:

Al hacer sacrificios (cuyo significado es "hacer sagradas las cosas"), debemos hacerlos con alegría, ya que es por amor a Dios. Si no lo hacemos así, causaremos lástima y compasión y perderemos la recompensa de la felicidad eterna. Dios es el que ve nuestro sacrificio desde el cielo y es el que nos va a recompensar.

“Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo, ya recibieron su recompensa. Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino Tu Padre, que está en lo secreto: y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará." (Mt 6,6).

CONCLUSIÓN:

Como vemos, la ceniza no es un rito mágico, no nos quita nuestros pecados, para ello tenemos el Sacramento de la Reconciliación. Es un signo de arrepentimiento, de penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la Cuaresma, para acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo que es el Domingo de Resurrección.

Debe ser un tiempo de reflexión de nuestra vida, de entender a donde vamos, de analizar como es nuestro comportamiento con nuestra familia y en general con todos los seres que nos rodean.

En estos momentos al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en adelante en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y acercándonos en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación (también llamado confesión), que como su nombre mismo nos dice, representa reconciliarnos con Dios y sin reconciliarnos con Dios y convertirnos internamente, no podremos seguirle adecuadamente.

Está Reconciliación con Dios está integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de nuestros pecados, la Penitencia y finalmente la Conversión.

El arrepentimiento: Debe ser sincero, reconocer que las faltas que hemos cometido (como decimos en el Credo: en pensamiento, palabra, obra y omisión), no las debimos realizar y que tenemos el firme propósito de no volverlas a cometer.

La confesión de nuestros pecados: El arrepentimiento de nuestras faltas, por sí mismo no las borra, sino que necesitamos para ello la gracia de Dios, la cual llega a nosotros por la absolución de nuestros pecados expresada por el sacerdote en la confesión.

La penitencia: Que debemos cumplir empieza desde luego por la que nos imponga el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación, pero debemos continuar con la oración, que es la comunicación íntima con Dios, con el ayuno, que además del que manda la Iglesia en determinados días, es la renuncia voluntaria a diferentes satisfactores con la intención de agradar a Dios y con la caridad hacia el prójimo.

Y finalmente la Conversión que como hemos dicho es ir hacia delante, es el seguimiento a Jesús.

Es un tiempo de pedir perdón a Dios y a nuestro prójimo, pero es también un tiempo de perdonar a todos los que de alguna forma nos han ofendido o nos han hecho algún daño. Pero debemos perdonar antes y sin necesidad de que nadie nos pida perdón, recordemos como decimos en el Padre Nuestro, muchas veces repitiéndolo sin meditar en su significado, que debemos pedir perdón a nuestro Padre, pero antes tenemos que haber perdonado sinceramente a los demás.

Y terminemos recorriendo al revés nuestra frase inicial, diciendo que debemos escuchar y leer el Evangelio, meditarlo y Creer en él y con ello Convertir nuestra vida, siguiendo las palabras del Evangelio y evangelizando, es decir transmitiendo su mensaje con nuestras acciones y nuestras palabras.

Sugerencias para vivir la fiesta:

    Asistir a la iglesia a ponerse ceniza con la actitud de conversión que debemos tener.
    Leer la parábola del hijo pródigo, San Lucas 15, 11-32 o el texto evangélico de San Mateo 6, 1-8.


 

Santo Evangelio 18 de Febrero de 2015




Día litúrgico: Miércoles de Ceniza

Texto del Evangelio (Mt 6,1-6.16-18): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

»Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».



Comentario: Pbro. D. Luis A. GALA Rodríguez (Campeche, México)

Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos

Hoy comenzamos nuestro itinerario hacia la Pascua, y el Evangelio nos recuerda los deberes fundamentales del cristiano, no sólo como preparación hacia un tiempo litúrgico, sino en preparación hacia la Pascua Eterna: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial» (Mt 6,1). La justicia de la que habla Jesús consiste en vivir conforme a los principios evangélicos, sin olvidar que «si vuestra justicia no supera la justicia de los doctores de la ley y de los fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos» (Mt 5,20).

La justicia nos lleva al amor, manifestado en la limosna y en obras de misericordia: «Cuando hagas limosna que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,3). No es que se deban ocultar las obras buenas, sino que no debe pensarse en la alabanza humana al hacerlas, ni desear algún otro bien. En otras palabras, debo dar limosna de tal modo que ni yo tenga la sensación de estar haciendo una cosa buena que merece una recompensa por parte de Dios y elogio por parte de los hombres.

Benedicto XVI ha insistido en que socorrer a los necesitados es un deber de justicia, aun antes que un acto de caridad: «La caridad va más allá de la justicia (…), pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es "suyo", lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar». No debemos olvidar que no somos propietarios absolutos de los bienes que poseemos, sino administradores. Cristo nos ha enseñado que la auténtica caridad es aquella que no se limita a "dar" la limosna, sino que lleva a "darse" uno mismo, a ofrecerse a Dios como culto espiritual (cf. Rom 12,1). Ése sería el verdadero gesto de justicia y caridad cristiana, «y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,4).





Comentario: Rev. D. Manel VALLS i Serra (Barcelona, España)

Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos

Hoy iniciamos la Cuaresma: «He aquí el día de la salvación» (2Cor 6,2). La imposición de la ceniza —que debiéramos recibir— es acompañada por una de estas dos fórmulas. La antigua: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás»; y la que ha introducido la liturgia renovada del Concilio: «Conviértete y cree en el Evangelio». Ambas fórmulas son una invitación a contemplar de manera diversa —normalmente tan superficial— nuestra vida. El papa san Clemente I nos recuerda que «el Señor quiere que todos los que ama se conviertan».

En el Evangelio, Jesús pide practicar la limosna, el ayuno y la oración alejados de toda hipocresía: «No lo vayas trompeteando por delante» (Mt 6,2). Los hipócritas, enérgicamente denunciados por Jesucristo, se caracterizan por la falsedad de su corazón. Pero, Jesús advierte hoy no sólo de la hipocresía subjetiva sino también de la objetiva: cumplir, incluso de buena fe, todo lo que manda la Ley de Dios y la Escritura Santa, pero realizándolo de manera que quede en la mera práctica exterior, sin la correspondiente conversión interior.

Entonces, la limosna —reducida a “propina”— deja de ser un acto fraternal y se reduce a un gesto tranquilizador que no cambia la mirada sobre el hermano ni hace sentir la caridad de prestarle la atención que se merece. El ayuno, por otra parte, queda limitado al cumplimiento formal, que ya no recuerda en ningún momento la necesidad de moderar nuestro consumismo compulsivo ni la necesidad que tenemos de ser curados de la “bulimia espiritual”. Finalmente, la oración —reducida a estéril monólogo— no llega a ser auténtica apertura espiritual, coloquio íntimo con el Padre y escucha atenta del Evangelio del Hijo.

La religión de los hipócritas es una religión triste, legalista, moralista, de una gran estrechez de espíritu. Por el contrario, la Cuaresma cristiana es la invitación que cada año nos hace la Iglesia a una profundización interior, a una conversión exigente, a una penitencia humilde, para que dando los frutos pertinentes que el Señor espera de nosotros, vivamos con la máxima plenitud de alegría y el gozo espiritual de la Pascua.

Santa Bernarda de Soubirous, 18 de Febrero



18 de febrero

 SANTA MARIA BERNARDA SOUBIROUS

(† 1879)

Estando un día de pastorcita en Bartrès, recibió la visita de su padre. Este encontró que la niña estaba un poco triste.

—¿Qué te ha disgustado, Bernardita?

—Mire, padre; mis corderos llevan una marca verde en el lomo.

Su padre quiso gastarle una broma. Y con toda seriedad le dijo:

—Si tienen el lomo verde, es que han comido demasiada hierba.

En realidad se trataba de la marca de un ganadero que, sin saberlo la pastorcilla, había pasado por el aprisco.

—Entonces, ¿pueden morirse?.

—Es muy posible.

Bernardita se echó a llorar, y su padre, secándole las lágrimas, le aclaró la verdad.

Días después, ella contaba esta historia a una compañera suya.

—Pues ¡ya hace falta ser tonta para creer una cosa así!

—¡Qué quieres! Yo no he mentido jamás y por eso no podía suponer que lo que me decía mi padre no fuese la verdad.

"Yo no he mentido jamás". Esto decía la niña, y esto hubo de repetir muchísimas veces a lo largo de su vida. Y esto, sobre todo, quedó bien claro a través de los detalles más insignificantes de esa misma vida suya. Mil ojos escrutadores, mil oídos atentos estuvieron pendientes de ella, para tratar de sorprenderla en una contradicción, en una exageración, simplemente en una vacilación. Y no lo lograron. Todos, prevenidos a favor o en contra, amigos o enemigos, creyentes o incrédulos, se sintieron subyugados por la transparente sinceridad, por el absoluto candor de la niña.

Coinciden todos, y piense el lector que son centenares los relatos que poseemos, en que su presencia era más bien vulgar. De estatura menuda, de movimientos concertados, pero nunca elegantes; de rostro sin ninguna característica especial, había, sin embargo, algo en ella que sobrecogía, y era su mirada. Todos a una proclaman que la Santísima Virgen parecía haber dejado en aquellos ojos un reflejo de su hermosura celestial. Porque Bernardita Soubirous, la pobre aldeana de un insignificante pueblecillo de los Pirineos..., había visto a la Virgen.

En verdad que nadie se lo hubiera sospechado. ¿Quién de los que intervinieron en aquel modestísimo bautizo de la hija mayor de un pobre molinero hubiera podido pensar que iba a llegar un día en que transformados ellos en personajes se buscarían con afán hasta los más mínimos detalles de sus propias vidas? Y, sin embargo, ha sido así. Al terminar el centenario de las apariciones de Lourdes nos encontramos con que este acontecimiento ha sido estudiado como acaso ningún otro a lo largo de la historia. Una masa ingente de documentos, de declaraciones, de fotografías, ha sido dada a conocer a todo el mundo. Compañeros, amigas, parientes o confidentes de Bernardita, el guardia campestre, los gendarmes, las mujercitas de Lourdes, los sabios y los doctos, los hermanos de la escuela, los curas... todos han dicho su palabra. Y del conjunto impresionante de testimonios de primera mano surge siempre, con sobrenatural pureza y transparencia, la figura de Santa Bernardita, llena de sinceridad, poseedora de un perfecto equilibrio moral y psicológico sin sombra alguna de amor propio, sin vanidad ninguna, con su buen sentido y su atrayente buen humor. Ni sombra de una iluminada, de una maniática o de una novelera. Simplemente: la auténtica santidad de un alma humilde y entregada a Dios.

Pero todo esto lo vemos después. Lo que las buenas gentes que se encontraban en la plaza de Lourdes vieron en 9 de enero de 1844 fue sencillamente un insignificante cortejo que salía de la iglesia parroquial llevando a una niña que acababa de ser bautizada. Curiosa coincidencia: aquel día se cumplía exactamente el año de la boda de sus padres. Hoy ya no existe la vieja parroquia románica, que ha cedido su lugar a la amplia plaza y al monumento a los muertos. Pero la pila bautismal subsiste aún en el baptisterio de la nueva parroquia.

Todavía los tiempos son relativamente propicios a la familia Soubirous. Sin que se pueda decir que vive en la prosperidad, se va defendiendo. Rápidamente el cuadro cambiará muchísimo. La miseria se irá haciendo creciente y han de abandonar el molino de Boly por el de Laborde, y después por el de Arcizac. Las cosas van de mal en peor y en casa de los Soubirous se llega a pasar hambre auténtica. Sobre todo cuando, agotadas ya las últimas posibilidades, el padre tiene que abandonar el oficio de molinero y la pobre familia ha de acogerse a una vieja mazmorra, que da a un patio convertido en estercolero, llena de humedad, y que ha de ser la única habitación de la que se dispone para todo. Para colmo, Bernardita es perseguida desde el primer momento de su existencia por un mal implacable: el asma.

Todavía hoy los peregrinos visitan en Lourdes, sobrecogidos, la mazmorra en que la Santa pasó sus primeros años. Y viéndola, con lágrimas en los ojos, recuerda necesariamente que Dios Nuestro Señor eligió las cosas que el mundo desprecia, como dice San Pablo, para confundir a los que son o se tienen por algo.

No toda su niñez pasó allí. Primero siendo muy pequeñita, y, después ya algo mayor, Bernardita marchó a pasar una temporada al vecino pueblecito de Bartrès. Así como Lourdes ha cambiado casi totalmente de su fisonomía, y a duras penas podemos recordar lo que era en tiempos de Santa Bernardita, Bartrès presenta hoy el mismo aspecto sedante, placentero y bucólico que en sus tiempos. Es una aldea sosegada y sencilla a la que Bernardita va para servir como humilde criadita, mas frecuentemente como pastora, en casa de unos parientes. Allí inicia su durísimo aprendizaje catequístico. Incapaz de aprender con las demás niñas en la parroquia, pues no sabe leer ni escribir, ha de buscar una persona amiga, la señora Lagües, que le dé lecciones de catecismo. "Muchas veces la lección duraba de siete a nueve, sin lograr que la niña recordase ni una sola letra del libro. Bernardita lloraba muchas veces al ver que daba tanto trabajo", nos dirá el padre Ader en su declaración en el proceso apostólico. Juana María Garros, una de sus más fieles amigas, recordará con qué desesperación la pobre catequista tiraba a veces el catecismo diciendo: "¡Nunca sabrás nada!". Y con qué pena la niña se le echaba al cuello llorando, pidiéndole que la perdonase.

Bernardita quería hacer la primera comunión. Aquella situación era insostenible. Y por eso, aunque le costara dejar el aire puro de Bartrès, y cambiarlo por la sórdida mazmorra de Lourdes, un jueves, el 28 de enero de 1858, dejaba el pueblecito para volver a Lourdes.

"A los catorce años, nos dice uno de los testigos que declaró en el proceso apostólico de Nevers, no sabía leer ni escribir, ni conocía la lengua francesa; ignoraba el catecismo, y ella misma se consideraba como la última entre las niñas de su edad". Y, sin embargo, contra todo lo que humanamente se podía esperar, ella había sido la designada para ser objeto de una gracia excepcional.

Habían pasado quince días exactamente. Amaneció el jueves 11 de febrero de 1858. La niña, que había iniciado en estos días su preparación para la primera comunión, acudiendo a la escuela de las hermanas, disponía aquel día de su tiempo, pues, por ser jueves, tenía vacación.

Y ocurrió el acontecimiento que el mundo entero conoce ya. Pocos minutos antes de las once, la madre se disponía a salir. Al ir a cerrar la puerta observó que por un pasadizo cercano aparecía Juana Abadie, una niña de doce años, que estudiaba en la misma clase que Toneta, la hermana de Bernardita, ligeramente más joven que ella. Juana propuso a la madre de las dos niñas que les permitiera ir con ella a coger leña al bosque, Pero Bernardita estaba un poco resfriada, lo que no era de extrañar con tiempo tan frío y en una casa tan destartalada. Con todo, la madre accedió. Y las niñas salieron en dirección al bosque.

No había llegado a él y una mujercita que estaba lavando les aconsejó cambiar de dirección. Era muy fácil que, dirigiéndose hacia Massabielle, encontraran lo que deseaban con mayor facilidad y abundancia. Dicho y hecho. Las niñas se desviaron y se acercaron a lo que hoy es la explanada de la gruta, Pero para llegar a la gruta misma era necesario atravesar, entre dos bancos de arena, el lecho del canal. Toneta y Juana tiraron los zuecos, se metieron en el agua helada y pasaron a la otra orilla. Al poco tiempo perdían de vista a Bernardita. En el campanario de la iglesia sonaron las doce campanadas del mediodía, e inmediatamente después el "angelus" puso en oración a todo el pueblo. Bernardita, que se ha quedado sola, se decide a descalzarse. Y en ese momento se abre la serie de maravillas. Oigamos su relato, tal cual salió de aquellos labios que jamás quisieron mentir:

"Casi no había llegado a quitarme una media cuando oí un rumor de viento, como cuando se acerca una tempestad. Me volví para mirar por todas partes de la pradera y vi que los árboles casi no se movían. Vislumbré, pero sin detener la vista, una agitación en las ramas y en las zarzas de la parte de la gruta.

Seguí descalzándome y, cuando me disponía a meter un pie en el agua, oí el mismo ruido ante mí. Levanté los ojos y vi un montón de ramas y zarzas que iban y venían, agitadas, por debajo de la boca más alta de la gruta, mientras nada se movía alrededor.

Detrás de las ramas, dentro de la abertura, vi enseguida a una joven toda blanca, no más alta que yo, que me saludó con una ligera inclinación de cabeza, al tiempo que apartaba un poco del cuerpo los brazos extendidos, abriendo las manos como las Santas Vírgenes. De su brazo derecho colgaba un rosario.

Tuve miedo y retrocedí. Quise llamar a mis compañeros, pero no me sentí capaz. Me froté los ojos varias veces, creía engañarme.

Al levantar los ojos, vi a una jovencita que me sonreía con muchísima gracia y que parecía invitarme a que me acercase a ella. Pero yo aún sentía miedo. Sin embargo, no era un miedo como el que había sentido otras veces, porque me hubiese quedado mirando siempre aquella (aquéro), y cuando se siente miedo una huye enseguida.

Entonces me vino la idea de rezar. Metí la mano en el bolsillo, tomé el rosario que llevo habitualmente, me arrodillé e intenté santiguarme. Pero no pude llevarme la mano a la frente: se me cayó.

Mientras, la joven se puso de lado y se volvió hacia mí. Esta vez tenía el gran rosario en la mano. Se santiguó como para empezar a rezar. A mí la mano me temblaba. Intenté santiguarme otra vez y pude hacerlo. Desde aquel momento no tuve más miedo.

Yo rezaba con mi rosario. La joven deslizaba las cuentas del suyo, pero sin mover los labios. Mientras rezaba el rosario, yo miraba cuanto podía.

Ella llevaba un vestido blanco que le bajaba hasta los pies, de los cuales sólo se veía la punta. El vestido quedaba cerrado muy arriba alrededor del cuello por una jareta de la que colgaba un cordón blanco. Un velo blanco, que le cubría la cabeza, descendía por los hombros y los brazos hasta llegar al suelo. Sobre cada pie vi que tenía una rosa amarilla. La faja del vestido era azul y le caía hasta un poco mis abajo de las rodillas. La cadena del rosario era amarilla, las cuentas blancas, gruesas y muy apartadas unas de otras. La joven estaba llena de vida, era muy joven y se hallaba rodeada de luz.

Cuando hube terminado el rosario, me saludó sonriendo. Se retiró dentro del hueco y desapareció súbitamente."

Hacia el fin de su éxtasis Toneta y Juana vislumbraron a Bernardita. Ella de momento guardó secreto. Pero la emoción no le cabía en el cuerpo y pocos minutos después se abría a su hermana. Su vida iba a cambiar por completo.

Comienza la serie de las apariciones. Y comienza a hacerse la niña piedra de contradicción. Habrá un día, el 18 de febrero, también jueves, en que la Santísima Virgen, la niña aún no sabe de quién se trata, le dirá: "No te prometo hacerte feliz aquí en la tierra, sino en el cielo". Será este día precisamente el que en muchas diócesis del mundo se elegirá para celebrar la fiesta de Santa Bernardita.

Días inolvidables los de las apariciones. Unas veces la Santísima Virgen quiere penitencia. En otra ocasión muestra el lugar de una fuente milagrosa. Más tarde pide la erección de una capilla. Y que se vaya allí en procesión. Por fin un día inolvidable, el día de la Anunciación, la aparición declara su nombre. En patois lurdés declara que es la Inmaculada Concepción. Bernardita nunca había oído esa expresión, e incluso las primeras veces pronuncia mal la palabra Concepción. Pero no importa. Ahora ya se sabe de quién se trata y por más que el demonio recurra a las peores artes la aparición terminará por abrirse camino y triunfar por completo.

Bernardita por fin, recibe la ansiada primera comunión. Fue el jueves 3 de junio, fiesta del Corpus. En la capilla del hospicio, donde ella se había preparado. Después, pese a un complot para tratar de recluirla, consigue volver a su vida normal. Así hasta el 16 de julio en que, por última vez en su vida mortal, tiene lugar la aparición. Era la decimoctava vez que la Señora se manifestaba. Después terminó todo. Intervinieron los hombres. Se examinaron las causas. Y al final el señor obispo dio su dictamen: Bernardita no mentía; la aparición habla sido verdadera; el culto a la Virgen de Lourdes quedaba autorizado.

Mientras todo aquello se estudiaba, Bernardita había estado viviendo como pensionista en el hospicio. Y allí había brotado la flor preciosa de su vocación. Hay serios indicios para suponer que la Santísima Virgen le aconsejó que se abrazara con la vida religiosa. Parece ser que éste fue uno de los secretos que ella guardó siempre tan celosamente. Lo cierto es que, después de una dura lucha con su timidez, se decidió por fin a pedir el ingreso en la congregación. Y tras algunas vacilaciones, éste le fue concedido.

El martes 3 de julio de 1886 Bernardita, acompañada de algunas hermanas, se dirigió a la gruta. Traspuso la reja y se arrodilló. En oración y con los ojos fijos en la imagen de la Inmaculada suspiró y entre sollozos repitió: "Madre mía, Madre mía, ¿cómo podré dejarte?". Se puso de pie, besó la roca y después el rosal. Al fin se arrancó de aquel lugar que tenía para ella recuerdos inolvidables. "La gruta era mi cielo", habrá de decir en alguna ocasión.

La última noche la pasó con su familia en el molino Lacadé. Dejaba a los suyos casi en la miseria. Al día siguiente la acompañaron al hospicio y allí le dieron el último adiós. Fue una escena emocionante. Todos lloraban, a excepción de Bernardita. Por fin se separaron y de allí partió para Nevers.

Había comenzado para ella una nueva vida. Una sola vez, como excepción, se le permitió hablar de Lourdes y contar sencillamente a la comunidad lo que habían sido las apariciones. Después se le impuso el silencio, que ella guardó siempre rigurosamente, evitando con extraordinaria habilidad cualquier sorpresa que le preparaban para conseguir de ella alguna palabra sobre el asunto. Fue una religiosa más, Obediente, puntual, amante de la pobreza, trabajadora, caritativa. Pero sin ninguna distinción especial.

La Santísima Virgen le había dicho que no la haría feliz en la tierra sino en el cielo. Por eso a ella no le extrañó tener que sufrir tanto.

Y sufrió en el cuerpo. La enfermedad le acompañó constantemente. Ya a los tres meses de noviciado tuvo que hacer su profesión religiosa "in articulo mortis", pues no se pensó que pudiera sobrevivir. Después, todos los años el invierno, o el más mínimo accidente, le traían tremendos sufrimientos. Se ahogaba constantemente. Y su vida era un continuo sufrir.

Sufrió también en su espíritu. Con algo que muy difícilmente podemos valorar quienes no hemos vivido la vida religiosa, y sobre todo quienes apenas podemos hacernos cargo de la sensibilidad a flor de piel que llega a producirse en una mujer joven, delicada de salud, viviendo la vida común. Pero la verdad es que también por este lado sufrió enormemente. La madre maestra de novicias, a la que prácticamente estuvo sometida toda su vida religiosa, aun después de su profesión, sintió hacia ella un despego y hasta una positiva aversión. Esto se traducía en mil pequeños incidentes, dolorosísimos para la Santa. En continuas humillaciones, e incomprensión y hasta, justo es decirlo, no pocas veces también en desconfianza.

Por si esto fuera poco, tuvo la Santa un tercer sufrimiento. El más terrible. Apenas nos lo podemos imaginar, pues se trató de una prueba mística, de esas que el Señor envía y que sólo quien las sufre puede llegar a comprender. Se había ofrecido la Santa para sufrir. Y el Señor aceptó sus sufrimientos. En su diario íntimo y en algunas expresiones que se le escaparon podemos percibir algo de lo que fue la desolación y el abandono, la purificación misteriosa, el dolor penetrante y profundo que empaparon por completo su alma. Prueba heroica cuyas dimensiones escapan por completo a toda ponderación humana.

Y así año tras año, a lo largo de su ejemplar y santa vida religiosa. Fue santa porque con tan edificante perfección supo vivir su oculta vida de inmolación. Esto fue lo que la santificó. Las apariciones fueron tan sólo la ocasión de que el Señor se sirvió para prepararla.

Un día en que ella se encontraba en la cama, recibió la visita del señor obispo de Nevers. Venía a pedirle que escribiese una carta para el Papa, porque él iba a ir a Roma a visitarle y quería llevársela. En una carpeta, que sostenía una hermana que nos describió la escena en el proceso apostólico, la religiosa escribió la carta cuyo original conservamos aún. Es realmente emocionante el tono y la expresión de esta carta llena de ingenuidad, de humilde devoción de auténtico perfume de santidad. Sentimos no poder reproducir más que un párrafo:

"Santísimo Padre, jamás hubiera osado tomar la pluma para escribir a Vuestra Santidad, yo, pobre hermanita, si nuestro digno obispo, monseñor de Ladoue, no me hubiese animado diciéndome que el medio seguro de alcanzar una bendición del Santo Padre era escribiros y que él tendría la amabilidad de llevar mi carta. Se establece una lucha entre el temor y la confianza. Yo, pobre ignorante, hermanita enferma, osar escribir al Santísimo Padre ¡jamás!"

Y continúa expresándole el amor que siente hacia el Papa y la alegría que le dio pensar, que la Santísima Virgen se había dignado, en cierta manera, confirmar la palabra del mismo Pontífice al aparecerse en Lourdes.

El Papa correspondió con una bendición, juntamente con un precioso crucifijo de plata. Era como la preparación para el episodio final. Bernardita estaba ya lista para la muerte.

Y la muerte llegó. Antes, sin embargo, le precedió un cierto alivio. Se nombró una nueva superiora general, Mucho más comprensiva para con ella. Por otra parte tuvo el consuelo también de recibir la visita de Toneta, su hermana queridísima, y la de uno de los sacerdotes de Lourdes que había sido su confesor en la época de las apariciones. A nadie más pudo ver, ni se pudo jamás arreglar un viaje a Lourdes para volver a visitar su gruta querida.

La enfermedad se fue agravando. Los sufrimientos se hacían más insoportables. El domingo de Pascua, 13 de abril, parecía estar ya inminente el desenlace. Pero su auténtica noche de Getsemaní fue la del lunes al martes de Pascua. Sufrió terriblemente y sin descanso. Un sudor helado cubría su frente. Temblaba por su propia salvación. Y así continuó también sufriendo en la mañana del 16 de abril. A eso de las once de la mañana la colocaron en un sillón con los pies en un escabel. A eso de la una acudió la comunidad. Ella miró a la imagen de la Virgen y con intensidad exclamó: "¡La vi, la vi! ¡Qué hermosa era! ¡Cuánto ansío volver a verla!" Minutos después quedó con los ojos fijos en un punto de la pared, lanzó una exclamación de sorpresa y con la mano derecha crispada en el sillón intentó levantarse. Volvió a quedar tranquila. Así pasó el tiempo, entre sufrimientos tremendos, hasta que por fin, musitando dulcemente "ruega por mí, pobre pecadora, pobre pecadora", y apretando el crucifijo contra su corazón, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, expiró dulcemente. Tenía treinta y cinco años de edad y llevaba doce en la casa religiosa en la que había ingresado.

Su muerte fue un auténtico triunfo. La ciudad entera se conmovió. Los funerales, solemnísimos, atrajeron muchedumbres inmensas. Pronto empezó a pensarse en su beatificación.

Fue un cardenal español, Vives y Tutó, el que animó por medio del obispo de Nevers, a la superiora general a acometer la empresa. La antigua maestra de novicias pedía que se retrasara el comienzo del proceso hasta que ella muriera. Así se hizo. Y por fin el 20 de agosto de 1909 se iniciaba el ansiado proceso. Se procedió con rapidez, y el 18 de noviembre de 1923 se declaraba la heroicidad de sus virtudes. Por fin, el 14 de junio de 1927 era declarada Beata. Y en 1933, el 8 de diciembre, canonizada solemnísimamente.

En su homilía Su Santidad Pío XI ponderó la humildad de esta "ignorante hija de unos pobres molineros, que por toda riqueza poseía solamente el candor de su alma exquisita".

Y en el Lourdes de hoy sigue presente. Bajo las arcadas está su altar. Al llegar a la estación, sale al encuentro, en una deliciosa estatua que la presenta como pastorcita, al peregrino que acude a la ciudad santa; las muchedumbres visitan la mazmorra en que ella vivió. Mientras en Nevers, encerrada en una preciosa urna, se muestra como dormida a sus devotos visitantes.

LAMBERTO DE ECHEVERRÍA.

17 feb 2015

Música Católica


Estas canciones las puedes escuchar y descargar en al reproductor soundcloud del blog, y también basta con que hagas clic en cualquiera de los títulos de las canciones de este post para descargar la letra, los acordes y el Audio mp3 . DIOS TE BENDIGA
A
Acompáñame María                                  Letra/Acordes       mp3
Alma de Cristo                                          Letra/Acordes       mp3
Amada mía                                                Letra/Acordes       mp3
Arraigados en Cristo                                 Letra/Acordes       mp3
A tanto amor                                             Letra/Acordes       mp3
B
C
Canción del sí                                           Letra/Acordes      mp3
Con el dolor de Pedro                              Letra/Acordes      mp3
Confiaré en ti                                            Letra/Acordes      mp3
Consuelo de los afligidos                           Letra/Acordes     
Confío en tí (cover)                                   Letra/Acordes      mp3
D
Dulce María                                             Letra/Acordes     
Derrámate                                                Letra/Acordes      mp3
E
Emmanuel                                                Letra/Acordes      mp3
Estate Señor conmigo                               Letra/Acordes      mp3
Esto que soy, eso te lo doy                      Letra/Acordes      mp3
Extremo es tu amor                                  Letra/Acordes      mp3
F
G
Génesis (cover)                                       Letra/Acordes      mp3
H
Hágase                                                  Letra/Acordes      mp3
Humilde Nazarena                                 Letra/Acordes      mp3
I
J
Jesús mío                                              Letra/Acordes      mp3
Junto al pozo                                        Letra/Acordes      mp3
K
L
Lléname de ti                                       Letra/Acordes      mp3
Llévame al desierto                              Letra/Acordes      mp3
Llena éste lugar                                   Letra/Acordes      mp3
Lord I need you (cover)                      Letra/Acordes      mp3
M
Maranatha                                          Letra/Acordes      mp3
María, Trono de la Gracia                   Letra/Acordes      mp3
Mira a la cruz                                     Letra/Acordes      mp3
N
No puedo vivir sin ti                           Letra/Acordes      mp3
Nadie te ama como yo                       Letra/Acordes      mp3
O
P
Oracion de Abandono                       Letra/Acordes      mp3
Pequeña María                                  Letra/Acordes      mp3
Por El y para El                                 Letra/Acordes      mp3
Pequeño Dios                                    Letra/Acordes      mp3
Por amor (cover)                               Letra/Acordes      mp3
Q
Quiero ser santo                                 Letra/Acordes      mp3
R
Rosa fiel                                            Letra/Acordes      mp3
S
Santo (cover)                                    Letra/Acordes      mp3
Serenata a María                               Letra/Acordes      mp3
Siervo doliente                                  Letra/Acordes      mp3
Solo tuyo quiero ser                          Letra/Acordes      mp3
Súplicas a María                               Letra/Acordes      mp3
T
Te alabo en verdad                           Letra/Acordes      mp3
Tomad Señor y recibid                     Letra/Acordes      mp3
U
V
Ven Señor Jesús                              Letra/Acordes      mp3
Ven y sígueme (Erdozain)                Letra/Acordes      mp3
Ven y sígueme                                 Letra/Acordes      mp3
Ven y lléname (cover)                      Letra/Acordes      mp3
Verbum Panis                                  Letra/Acordes      mp3 
Vocacion al amor                            Letra/Acordes      mp3
W
X
Y
Yo quiero ser tu servidor                 Letra/Acordes      mp3
Z

Santo Evangelio 17 de Febrero de 2015



Día litúrgico: Martes VI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 8,14-21): En aquel tiempo, los discípulos se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan. Jesús les hacía esta advertencia: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes». Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta, les dice: «¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los cinco mil? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?». «Doce», le dicen. «Y cuando partí los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?» Le dicen: «Siete». Y continuó: «¿Aún no entendéis?».

Comentario: Rev. P. Juan Carlos CLAVIJO Cifuentes (Bogotá, Colombia)

Guardaos de la levadura de los fariseos

Hoy —una vez más— vemos la sagacidad del Señor Jesús. Su actuar es sorprendente, ya que se sale del común de la gente, es original. Él viene de realizar unos milagros y se está trasladando a otro sector en donde la Gracia de Dios también debe llegar. En ese contexto de milagros, ante un nuevo grupo de personas que lo espera, es cuando les advierte: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes» (Mc 8,15), pues ellos —los fariseos y los de Herodes— no quieren que la Gracia de Dios sea conocida, y más bien se la pasan cundiendo al mundo de mala levadura, sembrando cizaña.

La fe no depende de las obras, pues «una fe que nosotros mismos podemos determinar, no es en absoluto una fe» (Benedicto XVI). Al contrario, son las obras las que dependen de la fe. Tener una verdadera y autentica fe implica una fe activa, dinámica; no una fe condicionada y que sólo se queda en lo externo, en las apariencias, que se va por las ramas… La nuestra debe ser una fe real. Hay que ver con los ojos de Dios y no con los del hombre pecador: «¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada?» (Mc 8,17).

El reino de Dios se expande en el mundo como cuando se coloca una medida de levadura en la masa; ella crece sin que se sepa cómo. Así debe ser la autentica fe, que crece en el amor de Dios. Por tanto, que nada ni nadie nos distraiga del verdadero encuentro con el Señor y su mensaje salvador. El Señor no pierde ocasión para enseñar y eso lo sigue haciendo hoy día: «Nos hemos de liberar de la falsa idea de que la fe ya no tiene nada que decir a los hombres de hoy» (Benedicto XVI).

Comentario: + Rev. D. Lluís ROQUÉ i Roqué (Manresa, Barcelona, España)

¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?

Hoy notamos que Jesús —como ya le pasaba con los Apóstoles— no siempre es comprendido. A veces se hace difícil. Por más que veamos prodigios, y que se digan las cosas claras, y se nos comunique buena doctrina, merecemos su reprensión: «¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada?» (Mc 8,17).

Nos gustaría decirle que le entendemos y que no tenemos el entendimiento ofuscado, pero no nos atrevemos. Sí que osamos, como el ciego, hacerle esta súplica: «Señor, que vea» (Lc 18,41), para tener fe, y para ver, y como el salmista dice: «Inclina mi corazón a tus dictámenes, y no a ganancia injusta» (Sal 119,36) para tener buena disposición, escuchar y acoger la Palabra de Dios y hacerla fructificar.

Será bueno también, hoy y siempre, hacer caso a Jesús que nos alerta: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos» (Mc 8,15), alejados de la verdad, “maniáticos cumplidores”, que no son adoradores en Espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23), y «de la levadura de Herodes», orgulloso, despótico, sensual, que sólo quiere ver y oír a Jesús para complacerse.

Y, ¿cómo preservarnos de esta “levadura”? Pues haciendo una lectura continua, inteligente y devota de la Palabra de Dios y, por eso mismo, “sabia”, fruto de ser «piadosos como niños: pero no ignorantes, porque cada uno ha de esforzarse, en la medida de sus posibilidades, en el estudio serio, científico de la fe (...). Piedad de niños, pues, y doctrina segura de teólogos» (San Josemaría).

Así, iluminados y fortalecidos por el Espíritu Santo, alertados y conducidos por los buenos Pastores, estimulados por los cristianos y cristianas fieles, creeremos lo que hemos de creer, haremos lo que hemos de hacer. Ahora bien, hay que “querer” ver: «Y el Verbo se hizo carne» (Jn 1,14), visible, palpable; hay que “querer” escuchar: María fue el “cebo” para que Jesús dijera: «Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,28).

Los siete fundadores Servitas, 17 de Febrero



17 de febrero
LOS SIETE FUNDADORES SERVITAS
(Alejo de Falconieri, Bonfiglio, Bonajunta, Amideo, Sosteneo, Lotoringo, Ugocio)

Se ha hablado alguna vez de "constelaciones de santos". En efecto; en el cielo de la Iglesia, como en el cielo astronómico, los astros no se suelen presentar aislados, sino formando parte de "constelaciones": grupos de santos que se influyen entre sí, se prestan mutuamente sus luces, se ayudan y se estimulan. Sin embargo, aunque esto sea verdad, no es menos cierto que cada uno de esos santos es luego, salvo el caso de los mártires, objeto de un culto individual, al que han precedido una beatificación y una canonización también individuales. Hay, sin embargo, una excepción: el caso singularísimo de los siete fundadores servitas cuya fiesta celebra la Iglesia el 12 de febrero. Este grupo de siete almas, llegó a fundirse en el único ideal de "servir" a su Señora, y servirla de manera tan perfecta que las notas personales apenas tuvieran un valor relativo. Después de su muerte, su memoria y su culto fueron y siguen siendo algo esencialmente colectivo, y así sus nombres son prácticamente desconocidos, porque siempre se habla de ellos bajo la apelación de los siete fundadores servitas".

Por eso, cuando las más antiguas crónicas tratan de la vida de fray Alejo de Florencia, el último en morir, y el que por estas circunstancias pudo ofrecer a los biógrafos alguna mayor ocasión de ser considerado individualmente, esos mismos biógrafos se apresuran a asegurarnos que la santidad de él mostraba la de sus seis compañeros. Oigámosles:

"Hubo siete hombres de tanta perfección, que Nuestra Señora estimó cosa digna dar origen a su Orden por medio de ellos. No encontré que ninguno sobreviviera de ellos, cuando ingresé en la Orden, a excepción de uno que se llamaba fray Alejo... La vida de dicho fray Alejo, como yo mismo pude comprobar con mis ojos, era tal, que no sólo, conmovía con su ejemplo, sino que también demostraba la perfección de sus compañeros y su santidad."

Es éste el único caso que se da culto colectivo a varios santos confesores, y la misma liturgia, en el oficio divino y en la misa de este día, se ve forzada a modificar sus esquemas habituales para poder adaptarlos a una fiesta tan singular. Caso hermosísimo, que alienta a cuantos lo contemplamos a ir por el camino de la imitación. Llegar a la santidad, es muy hermoso, pero todavía sería más hermoso aún que lográsemos esa santidad dentro de un grupo, ayudándonos unos a otros, estimulándonos con nuestro buen ejemplo, siguiendo las huellas de este hermoso caso de santidad colectiva.

Nos encontramos en el siglo XIII. Y he aquí que entonces va a producirse un fenómeno que ya antes se había producido muchas veces en la Iglesia, que hemos visto repetirse ante nuestros propios ojos en los días que vivimos, y que, sin duda, ha de continuar produciéndose también hasta el fin de los siglos. La fundación de una Orden o Congregación religiosa sin que, quienes intervienen en ella, tuvieran al principio la más remota idea de emprenderla.

No sabemos si fueron estos siete jóvenes nobles de Florencia quienes, por sus relaciones comerciales, trajeron a la ciudad toscana la idea de aquella nueva cofradía. Acaso estuviera ya fundada y llevase unos años funcionando. Poco importa para nuestro intento. Lo cierto es que en Florencia, al comienzo del siglo XIII, encontramos una hermandad, llamada oficialmente sociedad de Santa María, pero más conocida por su nombre vulgar de los laudesi, o alabadores de la Santísima Virgen, a la que pertenecían siete mercaderes de las mejores familias de Toscana. Las crónicas nos han conservado su nombre: Bonfilio Monaldi, Bonayunto Manetti, Manetto de l´Antella, Amidio Amidei, Ugoccio Ugoccioni, Sostenio de Sostegni y Alejo Falconieri. Tengamos, sin embargo, en cuenta que algunos de ellos cambiaron su nombre al hacer la profesión religiosa. Los siete formaban parte de lo que hoy llamaríamos la junta directiva, es decir, el elemento más vivo y entusiasta de la cofradía. No sabemos la fecha de su nacimiento, pero ciertamente eran todavía jóvenes cuando, en 1233, comenzaron los acontecimientos que vamos a narrar.

Fue el día 15 de agosto, ese día que, además de estar consagrado a la Asunción de la Santísima Virgen, ha sido también señalado para tantos y tantos acontecimientos importantes de la historia eclesiástica. Los siete gentileshombres florentinos sintieron aquel día una común inspiración. Oigamos, una vez más, al cronista clásico: "Teniendo su propia imperfección, pensaron rectamente ponerse a sí mismos y a sus propios corazones, con toda devoción, a los pies de la Reina del cielo, la gloriosísima Virgen María, a fin de que, como mediadora y abogada, les reconciliara y les recomendase a su Hijo, y supliendo con su plenísima caridad sus propias imperfecciones, impetrase misericordiosamente para ellos la fecundidad de los méritos. Por eso, para honor de Dios, poniéndose al servicio de la Virgen Madre, quisieron, desde entonces, ser llamados siervos de María."

Pidieron para eso la bendición de su obispo, que se la otorgó contento; se despidieron de sus familias, y el 8 de septiembre del mismo año 1233 se recogieron en una casita, Villa Camarzia, en un suburbio de Florencia, no lejos del convento de los franciscanos, y en las inmediaciones de la antigua iglesia de Santa Cruz. Sin embargo, la casita, que ni siquiera era propiedad de ellos, sino de otro miembro de la cofradía, resultó pronto excesivamente céntrica para sus deseos de oscuridad, olvido y renunciamiento. Pasaron a otra casa que la cofradía tenía en el Cafaggio, en la que transcurrió bien poco tiempo, y pronto se planteó la cuestión de encontrar una sede que en cierto modo pudiera llamarse definitiva.

Pero antes un milagro vino a señalar cuán grata era a Dios la empresa que habían acometido. Alrededor de la fiesta de Epifanía del siguiente año, 1234, iban de dos en dos recorriendo las calles de Florencia y solicitando humildemente la caridad por amor de Dios, cuando se oyó exclamar a los niños, incluso los que aún no hablaban, señalándoles con el dedo: "He ahí los servidores de la Virgen: dadles una limosna". Entre aquellos inocentes niños que sirvieron para proclamar el agrado de Dios sobre la nueva Orden estaba uno que todavía no había cumplido los cinco meses, y que con el tiempo habría de ser una de sus más preciadas joyas: San Felipe Benicio.

El milagro vino a agravar la situación: las gentes empezaron a fijarse más en aquel humilde grupo y se hizo también más urgente la necesidad de alejarse de la ciudad. Por eso recurrieron ellos al obispo de Florencia, que tan acogedor se había mostrado desde el primer momento. Él, con el generoso consentimiento del cabildo catedral, les ofreció una porción de terreno en el monte Senario. Y allí se instalaron el día de la Ascensión del año 1234.

Es aquí, en el monte Senario, donde se inicia propiamente la vida religiosa. Hasta entonces sólo había habido una especie de tentativa. En el monte Senario construyen una iglesia, edifican unos míseros eremitorios de madera, separados unos de otros, e inician observancia con todo rigor. Reciben la visita del cardenal de Chatillon, legado del papa Gregorio IX en la Toscana y la Lombardía, quien les anima a continuar su vida, si bien moderando sus excesivas austeridades.

Pero la mejor y más preciada confirmación la tuvieron el Viernes Santo de 1239: la Santísima Virgen se apareció para encargarles que llevaran un hábito negro, en memoria de la pasión de su Hijo, y para presentarles la regla de San Agustín. Después de esta aparición, ya no había lugar a dudas. Acudieron al obispo de Florencia para regularizar, por decirlo así, su situación canónica.

Y, en efecto, el obispo impuso a los siete el hábito que les había mostrado la Virgen, recibió sus votos y les dio las sagradas órdenes. Fue precisamente en esta ocasión cuando algunos de ellos cambiaron de nombre. Y fue también en esta ocasión cuando San Alejo Falconieri mostró sus deseos de no ser ordenado sacerdote, lo que consiguió, muriendo como hermano.

La obra estaba ya, en cierto modo, encauzada. Quienes sólo habían pensado en vivir con mayor entusiasmo los ideales de su piadosa confraternidad, encontraban ya ordenados sacerdotes, con unos votos emitidos y con una regla, la de San Agustín, recibida al par de la Santísima Virgen y de la autoridad eclesiástica. Faltaba, sin embargo, dar un último paso para que naciera una nueva Orden religiosa: la admisión de novicios. Hubo sus discusiones, y mientras unos se inclinaban a admitirlos, contando con el favor del obispo, siempre inclinado en este sentido, otros preferían mantener su vida en el cuadro de la primitiva sencillez.

El hecho es que en el huerto en el que trabajaban para huir del demonio de la ociosidad, se habían producido, en la noche que precedió al tercer domingo de Cuaresma del año 1239, un significativo milagro. Una viña, mientras todo el resto del terreno estaba endurecido por la helada, se cubrió de frutos sin haber tenido previamente flores, y extendió de manera maravillosa sus brazos fecundos. Ya no cabía duda: todos vieron en el prodigio una señal de la voluntad de Dios y un presagio de los futuros destinos de la naciente familia religiosa.

Y, en efecto, los novicios empezaron a llegar en gran número. El fervor se mantuvo y atrajo las simpatías de toda la región. No faltaron tampoco insignes aprobaciones. San Pedro de Verona visita el monte Senario y alienta a los servitas en su vida religiosa. Poco después, en 1249, el cardenal Capocci, legado del Papa en Toscana, aprueba la Orden y la coloca bajo la jurisdicción de la Santa Sede. Dos años más tarde, el 2 de octubre de 1251, el papa Inocencio IV nombra al cardenal Fiechi primer protector de los servitas. En 1255 un rescripto del papa Alejandro IV daba la aprobación definitiva a la Orden y la autorización para nombrar un superior general. Nuevas aprobaciones llegaron de los papas Urbano IV y Clemente IV.

¿Será necesario decir algo de cada uno? En realidad las vidas corren casi paralelas y resulta difícil separarlas. El más anciano de ellos, Bonfilio Monaldi, fue el primer superior que gobernó la comunidad durante los dieciséis primeros años de tentativas. En 1251 fue nombrado superior general de la Orden, de manera provisional. Cuando en 1225, Alejandro IV aprueba solemnemente la Orden, convocó un capítulo general y dimitió su cargo. Ya desde entonces sólo se dedicó a la oración y a la penitencia en el retiro. En 1262, volviendo de visitar los conventos de la Orden, acompañando a San Felipe Benicio, devolvió dulcemente su alma a Dios después de maitines, encontrándose en el oratorio.

Le había sucedido, como general de la Orden, primero en el sentido canónico, Juan Magnetti. Pero por poco tiempo. De los siete, fue éste el primero en volar a Dios el 31 de agosto de 1257. Con una muerte hermosísima: celebró la santa misa en presencia de sus hermanos, anunció su próximo fin, dio a conocer algunos detalles de la vida futura de la Orden que le habían sido revelados por Dios, Después, como era viernes, quiso, según era uso entre ellos, comentar la narración de la Pasión. Y al llegar a las palabras: "En tus manos Señor, encomiendo mi espíritu", expiró.

También al tercero de los tres compañeros le correspondió gobernar toda la Orden. Elegido superior general en 1265, contribuyó extraordinariamente al desenvolvimiento de la Orden por su actividad y el resplandor de su virtud. Dos años después renunció a su oficio y consiguió que fuera elegido para sucederle San Felipe Benicio. A los pocos meses, el 20 de agosto de 1268, moría asistido por su propio sucesor.

Mucho más sencilla es la vida del cuarto, Amideo Amidei. Había nacido en 1204 en el seno de una familia dividida por violentas enemistades. Era de un candor tal, que su misma familia evitó siempre mezclarle para nada en aquellas animosidades. Su vida religiosa fue también sencilla, limpia, retirada, humilde. Fue elegido prior de Monte Senario y después, de Cafaggio. Pero no pudo decirse que tales dignidades llegasen a cambiar el humilde curso de su vida. El 18 de abril de 1266 entregaba su alma a Dios. Todo el convento se sintió envuelto por un perfume celestial, mientras una resplandeciente llama volaba desde su celda hasta el cielo.

Pero acaso sea todavía más encantadora la vida de otros dos de los siete compañeros: Ugoccio Ugoccioni y Sostenio de Sostegni. Eran amigos desde su misma juventud. Juntos entraron a formar parte del grupo. Juntos se santificaron en los largos años de preparación de la Orden. Cuando ésta empezó a extenderse, les fue, sin embargo, forzoso separarse. Sostegni fue elegido vicario general de Francia; Ugoccini, de Alemania. Los dos trabajaron con todas sus fuerzas en la difusión de la Orden en sus respectivas provincias. Ya ancianos, San Felipe Benicio les llamó a Viterbo para la celebración de un capítulo general que habría de reunirse en mayo de 1282. En Monte Senario, al que tantos y tan dulces recuerdos les ligaban, se encontraron los dos ancianos, y allí hablaron largamente de todas las cosas que habían ocurrido en los últimos cincuenta años, y de lo que habían hecho por la propagación de la Orden. Hablando estaban cuando se dejó oír una voz que decía: "Servidores de Dios y de María, no lloréis más la prolongación de vuestro destierro: vuestros trabajos tocan ya a su fin". En efecto, llegados al convento, el agotamiento y la fatiga les obligaron a acostarse. Y al mismo tiempo murieron, el 3 de mayo de 1282. San Felipe Benicio vio aquella noche dos lirios de una blancura deslumbrante que eran cortados en la tierra e inmediatamente presentados a la Virgen en el cielo. Comprendió que los dos ancianos habían dejado este mundo, y así se lo anunció a los religiosos que estaban con él en Viterbo.

Nos queda San Alejo Falconieri. Es el que más vivió, pues alcanzó los ciento diez años de edad. Nacido en Florencia en 1200, murió el 17 de febrero de 1310. Entró el más joven de todos en la Orden, rehusó siempre ser sacerdote y vivió con gran humildad, dedicado, como hermano lego, a recoger limosnas y a trabajar en las más humildes tareas. Fue el instrumento de que Dios se sirvió para la santificación de su sobrina, Santa Juliana Falconieri, y quien le animó a abrazar la vida religiosa. Su larga vida le hizo presenciar un episodio harto doloroso que se produjo en 1276... y su feliz solución.

En efecto, en ese año 1276 el papa Beato Inocencio V comunicó a la Orden de los servitas que la Iglesia la consideraba como extinguida, a causa del canon 223 del segundo concilio de Lyon. Habían desaparecido ya de la tierra cuatro de los siete fundadores. Otros dos de ellos estaban ausentes de Italia. La tempestad parecía amenazante y hubo momentos en que todo estuvo a punto de perderse. Hay quien dice que de hecho se hubiese perdido si no hubiera mediado la fortaleza y el ánimo de San Felipe Benicio.

Fue él quien levantó la bandera mariana y alegó que la Orden había sido aprobada repetidas veces por los Romanos Pontífices. Sólo San Alejo llegó a ver la victoria. San Felipe Benicio, y los otros dos fundadores supervivientes murieron antes de que el 11 de febrero de 1304 el papa Benedicto XI la confirmara de nuevo. Todavía había de vivir seis años gozando de la admirable expansión que tras esta confirmación tuvo la Orden.

En efecto, como si el triunfo después de tan deshecha tempestad hubiera sido la señal que se esperaba para lanzarse por todo el mundo, la Orden se extendió desde entonces con particular fuerza, y en el siglo XIV contaba con más de cien conventos y con misiones en Creta y en las Indias. La reforma protestante le hizo perder un buen número de conventos en Alemania, pero la Orden prosperó en el mediodía de Francia. El final del siglo XVIII le fue funesto, como a todas las Ordenes religiosas. Pero en el siglo XIX se extendió a Inglaterra, y después a América. Muy recientemente se ha implantado también en España. En la actualidad consta de 1.550 religiosos.

Como hemos dicho, desde el primer momento, al poco tiempo de muerto San Alejo, la historia nos habla del culto colectivo a los siete fundadores. Sin embargo, habría de pasar mucho tiempo antes de que este culto obtuviera la plena aprobación canónica. Todos ellos habían muerto en el Monte Senario, salvo San Alejo, cuyo cadáver fue prontamente transportado allí. Benedicto XIV atestiguaba que en sus tiempos los cuerpos estaban conservados en la iglesia de Monte Senario, bajo el altar de la capilla situado bajo el coro. Sin embargo, este Papa creó una seria dificultad para su posible canonización, exigiendo que para cada uno de los siete fueran presentados cuatro milagros, y que, por consiguiente, las siete causas se vieran independientemente. De hecho, los primeros bolandistas no los mencionaban, con la única excepción de San Alejo.

En 1717, Clemente XI aprobaba el culto del Beato Alejo, y en 1725, el de los otros seis. Sólo en tiempo de León XIII, como consecuencia de un clamoroso milagro ocurrido en Viareggio como consecuencia de la invocación colectiva a los siete fundadores, se pudo volver al primitivo procedimiento: estudiar simultáneamente y en una sola causa la santidad de los siete. La causa tuvo éxito feliz, y el 15 de enero de 1888 fueron solemnísimamente canonizados. El 28 de diciembre del mismo año se fijaba su fiesta para el 11 de febrero. Años después, la fiesta fue pasada al 12, para dar lugar a la celebración de la aparición de la Inmaculada en Lourdes. Así sus fieles siervos cedieron, por medio de la Orden por ellos fundada, a la Santísima Virgen el lugar que venían ocupando en el calendario.

LAMBERTO DE ECHEVERRíA