7 abr 2014

Santo Evangelio 7 de Abril de 2014

Día litúrgico: Lunes V (A y B) de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 8,1-11): En aquel tiempo, Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. 

Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?». Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.

Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».


Comentario: Rev. D. Jordi PASCUAL i Bancells (Salt, Girona, España)
Vete, y en adelante no peques más

Hoy contemplamos en el Evangelio el rostro misericordioso de Jesús. Dios es Amor, y Amor que perdona, Amor que se compadece de nuestras flaquezas, Amor que salva. Los maestros de la Ley de Moisés y los fariseos «le llevan una mujer sorprendida en adulterio» (Jn 8,4) y piden al Señor: «¿Tú qué dices?» (Jn 8,5). No les interesa tanto seguir una enseñanza de Jesús como poderlo acusar de que va contra de la Ley de Moisés. Pero el Maestro aprovecha esta ocasión para manifestar que Él ha venido a buscar a los pecadores, a enderezar a los caídos, a llamarlos a la conversión y a la penitencia. Y éste es el mensaje de la Cuaresma para nosotros, ya que todos somos pecadores y todos necesitamos de la gracia salvadora de Dios.

Se dice que hoy día se ha perdido el sentido del pecado. Muchos no saben lo que está bien o mal, ni por qué. Es lo mismo que decir —en forma positiva— que se ha perdido el sentido del Amor a Dios: del Amor que Dios nos tiene, y —por nuestra parte— la correspondencia que este Amor pide. Quien ama no ofende. Quien se sabe amado y perdonado, vuelve amor por Amor: «Preguntaron al Amigo cuál era la fuente del amor. Respondió que aquella donde el Amado nos ha lavado nuestras culpas» (Ramon Llull).

Por esto, el sentido de la conversión y de la penitencia propias de la Cuaresma es ponernos cara a cara ante Dios, mirar a los ojos del Señor en la Cruz, acudir a manifestarle personalmente nuestros pecados en el sacramento de la Penitencia. Y como a la mujer del Evangelio, Jesús nos dirá: «Tampoco yo te condeno... En adelante no peques más» (Jn 8,11). Dios perdona, y esto conlleva por nuestra parte una exigencia, un compromiso: ¡No peques más!

7 de abril SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE († 1719)

7 de abril

SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE

(† 1719)


Es el 17 de enero de 1667. En la insigne catedral de Reims hay el revuelo propio de una gran fiesta. Un jovencito, de apenas dieciséis años, pero perteneciente a una de las más ilustres familias de la ciudad, la de La Salle, toma posesión de su silla en el coro: la número 21. Podernos imaginarnos la impresionante ceremonia sabiendo que entonces el Cabildo contaba, a más de cincuenta y seis canónigos, sesenta y un capellanes, cuatro sacerdotes y cuatro sacristanes. Tenía a su frente ocho dignidades. Y hasta 1789, época de la que poseemos un cálculo hecho, treinta y uno de sus miembros habían sido obispos, veintiuno cardenales y cuatro habían llegado a la Sede de San Pedro: Silvestre II, Urbano II, Adriano IV y Adriano V.

 Extraños los caminos de la Providencia. El año anterior, el día de Pascua, Pierre Docez, arcediano de Champagne, la segunda de las dignidades del Cabildo, había asistido a una velada en el colegio Des Bons Enfants y había quedado prendado de la modestia, la discreción y el ingenio de aquel jovencito, Juan Bautista, lejano pariente suyo. En vista de esto decidió resignar en su favor la canonjía. Y así lo hizo. De esta manera Juan Bautista de la Salle se incorporó al Cabildo.

 Poseemos un retrato hecho en esta época. El joven tiene un aire de seriedad y nobleza; la mirada profunda; una boca bien formada y enérgica; una amplia melena negra, partida por gala en dos; está revestido de la sobrepelliz, el bonete, el armiño... Causa una impresión agradable, pero nadie diría, ni él mismo se atrevería a sospechar, los designios que Dios tenía sobre él. Mientras llega la hora el joven canónigo ha de continuar sus estudios. Y lo hace en el seno de su familia, auténtica y sólidamente cristiana. La mitad de sus hermanos abrazarán el estado sacerdotal o religioso. El mismo, pese a su juventud, se constituye en un modelo "de regularidad, de modestia y de candor para sus compañeros de Cabildo.

 Aunque en las costumbres de aquel tiempo, y aun en la legislación, no se requería el sacerdocio para el canonicato, Juan Bautista prosigue ardientemente sus estudios: dos cursos de teología en la universidad de Reims. Y después pasa a París, y allí se pone en contacto con una institución excepcional: el seminario de San Sulpicio, que debía darle una regla, un método, una ascética. Y, efectivamente, se los dio. A pesar de que su estancia en el seminario no pudo prolongarse mucho, sin embargo, la influencia de San Sulpicio, a cuyo frente estaba una personalidad tan excepcional como Tronson, fue muy profunda. El ambiente era de gran fervor; los seminaristas, pertenecientes a las mejores familias de Francia, rivalizaban en el ejercicio de todas las virtudes. Condiscípulos suyos habían de estar, en los años siguientes, al frente de muchas diócesis y en puestos clave de la Iglesia en Francia, como artífices de la admirable restauración pastoral que durante el siglo XVI, tiene lugar en aquel país.

 Sin embargo, una nueva intervención de la Providencia le obliga a abandonar su amado seminario. Habían muerto sus padres y Juan Bautista tenía que hacer frente, a sus veintiún años, al cuidado de seis huérfanos, cuya edad iba desde los diecinueve años del mayor, Juan Remigio, hasta los seis años del más pequeño, Pedro. Carga bien pesada, que él hace compatible con el cumplimiento exacto de sus obligaciones de canónigo y con el estudio, para continuar preparándose al sacerdocio.

 Este tardará en llegar. Ha habido vacilaciones, luchas, y sólo la intervención de personas de autoridad puede tranquilizar la sobresaltada humildad del ordenando. Por fin se decide. El 9 de abril de 1678 recibe el presbiterado en Reims. Al día siguiente, 10 de abril, en una humilde capilla de la inmensa catedral, rodeado únicamente de su familia y acompañado por su director espiritual, el padre Roland, celebra su primera misa. Pese a su condición de canónigo y al esplendor de su posición social, prefirió la sencillez y la humildad de aquella primera misa, llena de recogimiento y fervor.

 Pasaron diecisiete días solamente. Dios iba a intervenir una vez más para marcar su camino a Juan Bautista. El 27 de abril moría su director espiritual, Nicolás Roland y aparecía designado como su albacea. Entendámonos: no se trataba solamente de hacer las gestiones correspondientes a los bienes que había dejado el difunto, sino de algo mucho más importante: continuar trabajando en el mismo campo en que él había trabajado. Esto suponía una doble y delicadísima misión: por lo que se refería a la juventud femenina, sacar adelante la Congregación de Hermanas del Niño Jesús, que el difunto había fundado. Por lo que se refería a los niños, había que hacerlo todo. Con una energía indomable, una clarísima visión de los problemas y una laboriosidad a toda prueba Juan Bautista de la Salle consigue en diez meses para las hermanas la aprobación del arzobispo de Reims y la consolidación jurídica de su Instituto ante la legislación francesa. Las hermanas habían quedado así definitivamente establecidas y podían continuar su admirable labor.

 Restaba el otro encargo. Cumplirlo iba a ser la labor de toda su vida. También aquí actuó el joven canónigo con decisión y energía. El 15 de agosto de 1679, siempre el día de la Asunción, como fecha señalada en los fastos de la Iglesia, abre sus puertas la escuela de San Mauricio.

 Sólo cinco meses más tarde, la de la parroquia de Santiago. Para atenderlas se constituye un primer grupo de maestros, a los que sólo une el deseo de trabajar con la niñez abandonada. San Juan Bautista, sin pensar en que ponía los fundamentos de un instituto religioso que iba a suponer una verdadera revolución, les busca una casa próxima a su propio hotel donde puedan vivir reunidos. Ocurrió el día de Navidad de 1679.

 Pero poco a poco aquellos maestros van a ir incorporándose a su propia vida. Juan Bautista hace un viaje a París y habla allí con un santo religioso mínimo: el padre Barré, que participaba también de las mismas inquietudes por la suerte de la niñez. El santo religioso le anima a seguir adelante y a llevar su entrega a la juventud hasta sus últimas consecuencias.

 Día 24 de junio de 1681. El canónigo De la Salle celebra su santo. Y a su mesa se sientan, juntamente con sus hermanos, aquellos humildes maestros de las escuelas parroquiales de Reims. Es demasiado ya. La familia se alarma e inicia una ofensiva en forma. Una de las mayores dificultades que tenemos para llegar a comprender el heroísmo de los santos está en que no podemos hacernos cargo exactamente del ambiente que tuvieron que vencer. Nos cuesta comprender lo que en aquella sociedad puntillosa, llena de vanidad, provinciana y en gran parte paganizada, suponía el gesto de un joven sacerdote de buena familia que se entregaba con alma y vida a la causa de las escuelas cristianas. Su familia presiona, amenaza, insiste, vuelve a la carga. Llegan a retirarle el cuidado de sus hermanos. Unas veces le ridiculizan, otras murmuran, otras le reprochan amargamente lo que está haciendo. Juan Bautista sigue su camino. Al año siguiente, ese mismo día de su santo, 24 de junio, ya los maestros no vienen a su casa para festejarle. Es él quien abandona su propio hogar para irse a vivir con ellos en la casita de la calle Neuve.

 Comienza una nueva vida. Al frente de aquel grupo de maestros Juan Bautista de la Salle se va dando cuenta de que no caben las medias tintas. Ellos le hacen su confesor, su confidente, su director y su guía. Van llegando nuevos maestros y se van abriendo perspectivas cada vez más dilatadas. Pero... estorba la canonjía. El oficio coral llevaba entonces a los canónigos de cinco a seis horas diarias: puede decirse que desde las cinco de la mañana, en que se reunía el Cabildo, hasta después de las tres de la tarde, apenas se podía disponer de tiempo. Por otra parte, los maestros no podían menos de experimentar un cierto contraste. Mientras ellos tenían que mirar a su porvenir fiándose únicamente de la divina Providencia, San Juan Bautista tenía su beneficio y su fortuna personal para cualquier avatar que pudiera sobrevenir.

 El Santo toma entonces una decisión heroica; vivirá la vida de sus queridísimos maestros en toda su integridad. Decide renunciar a la canonjía y a su fortuna personal, y lo hace llevando ambas cosas hasta las últimas consecuencias. Le aconsejaban que cediera la canonjía a su hermano Luis. El no quiere, y prefiere hacerlo en favor de un sacerdote digno y virtuoso, pero casi desconocido. La prudencia humana hubiese aconsejado reservar su propia fortuna para que sirviera de base a la obra que estaba emprendiendo. El espíritu sobrenatural aconsejó otra solución más radical: durante un invierno durísimo, en que el hambre azotó cruelmente a Francia, Juan Bautista repartió todo su dinero a los pobres. En lo sucesivo él y sus queridos discípulos mirarían al porvenir de idéntica manera, descansando sólo en los brazos de la divina Providencia.

 Y, en efecto, ahora había llegado el momento de plantear las cosas con toda seriedad. Los maestros piden a su director una regla. El, en aquellos tiempos de absolutismo, prefiere que esta regla sea hecha entre todos. El 9 de mayo de 1684 se abre la primera reunión de la nueva Congregación. Como resultado de ella el 27 de mayo, fiesta de la Santísima Trinidad, doce discípulos, con Juan Bautista a la cabeza, hacen sus primeros votos. Muy prudentemente el fundador quiso que se tratara sólo del voto de obediencia y durante un año. El experimento era lo suficientemente arriesgado como para proceder con todo cuidado. Eso sí, al poco tiempo se preocupó de darles un hábito adecuado: la sotana de sarga negra, el tricornio de amplias alas, la gola o rabat blanco. Poco tiempo después, por indicación del alcalde, a quien daba pena ver a los hermanos sin protección alguna en pleno invierno, se añadió el manteo con las dos mangas vacías, que había de valerles durante mucho tiempo el nombre de "los hermanos cuatro brazos".

Por vez primera en la historia de la Iglesia nacía un Instituto única y exclusivamente de hermanos. Posteriormente habrán de crecer y desarrollarse otros muchos. Pero nadie podrá arrebatara San Juan, Bautista de la Salle la gloria de haber concebido con nítida claridad la idea de esta clase de congregaciones que ponen al servicio de su propia finalidad el más completo renunciamiento incluso a algo tan hermoso y tan sagrado como es el mismo sacerdocio.

El Instituto iba a suponer una auténtica revolución. No sólo por estar compuesto exclusivamente de hermanos, sino también por otras novedades. Por ejemplo, en el terreno de la pedagogía, en el que se romperían, con firme decisión y pese al enorme clamoreo que habría de levantarse, muchísimas rutinas. Se acabó ya el golpear a los niños. Se acabaron los gritos, sustituidos por la señal. Se acabó el enseñar a leer en latín, y la utilización de absurdas gramáticas. Se acabaron los maestros improvisados, pues a San Juan Bautista de la Salle le corresponde con toda verdad el titulo de fundador de las Escuelas Normales, ya que siempre vio como un complemento de su propio instituto la formación de maestros seglares.

Innovaciones también profundas en la misma formación de los religiosos. As! el noviciado menor, antesala del noviciado propiamente dicho, y que no tenía antecedentes en las congregaciones religiosas. Así también el mismo espíritu con que se procede a la formación de los hermanos, uniendo las prácticas de oración y mortificación de las más rigurosas Ordenes contemplativas con el espíritu de trabajo.

Primero en Reims, después en París, se van a escribir páginas de las más maravillosas de la historia de la Iglesia. Es necesario remontarse a la vida de los Padres del desierto para encontrar escenas similares a las de aquel noviciado de Vaugirard, donde el fundador da a sus novicios el espíritu y el aliento necesarios para su gran misión. París ve estupefacto cómo cambia la niñez en manos de los hermanos. Lo que hasta entonces era afrentoso, bajo y sucio, se trueca en luminoso y limpio. Todo el mundo se hace lenguas de su maravillosa eficacia pedagógica. Aquel método simultáneo, implantado por el Santo en sus escuelas, que hoy nos parece la cosa más natural, pero que entonces supuso una revolución pedagógica, servía para hacer maravillas. Sin embargo..., era demasiado desafío, y la persecución no podía tardar.

La vida de San Juan Bautista de la Salle es toda ella un contraste apasionante e increíble. De una parte, el Instituto se desarrolla, crece, se extiende por toda Francia. De otra parte, el fundador vive una vida de continuas persecuciones. Puede decirse que no hay prueba, por dolorosa que sea, que no se le presente.

Choca ante todo con el monopolio. Los maestros que entonces ejercitaban la enseñanza se sienten heridos. Unas veces reaccionan con violencia, y las escuelas de los hermanos son asaltadas brutalmente. Otras, por medio de interminables pleitos, que al menor descuido se transforman en sentencias desfavorables, se trata de hacerles la vida imposible. En ocasiones se recurre incluso a la calumnia y al libelo ofensivo. Es una lucha que dura largos años y que algunas veces llega a poner en riesgo la existencia misma del Instituto.

Pero no es la prueba más dolorosa. A San Juan Bautista le tocó defender algo más que su derecho a ejercitar la enseñanza: la idea misma del Instituto. Era natural. Lo que él intentaba hacer chocaba demasiado con las ideas hasta entonces corrientes y, eclesiásticos bienintencionados, incluso amigos verdaderos de las escuelas cristianas, se creían en el caso de darle consejos y, en alguna ocasión de querer imponer sus propias orientaciones. Ahora es un obispo a quien el Instituto debe mucho el que, en el curso de una comida, insiste en las modificaciones que hay que hacer. Luego aquel eclesiástico, basándose en un nombramiento de superior que se había convenido en que seria puramente nominal, intenta sacar adelante unas ideas que destrozarían la esencia misma del Instituto. Otra vez son las autoridades civiles, que intervienen para sustraer de la obediencia a los hermanos que trabajan en su propia población. Sobre todo hay una oposición obstinada, larga, tenaz la del párroco de San Sulpicio, de París, hombre, por otra parte, celoso y bueno, pero que intenta contra viento y marea imponer sus propias ideas. Ocasión habrá en que el Santo fundador abatido, puesto de rodillas, con la frente en el suelo, bañado en sollozos, verá al arzobispo de París, impresionado por los informes del párroco, marchar desdeñosamente a su finca de recreo sin darle respuesta alguna.

Estos sufrimientos tenían que herir profundamente el alma de San Juan Bautista. Paralelos a ellos corrieron otros que tenían una fuente menos pura y nacían de intención manchada. San Juan Bautista y el Instituto por él fundado fueron, como era natural, una de las presas que más podía apetecer el jansenismo francés. Se utilizó todo: la habilidad, el halago, la argumentación doctrinal, las amenazas, la coacción... Cuando todas estas armas hubieron fallado, el jansenismo decretó una guerra a muerte al fundador y a su Instituto. Por todas partes. Hubo choques en Marsella, en París, en Rouen... Así hasta el fin de su vida. Porque pocos días antes de morir hará el Santo una hermosísima profesión de fe, verdadero testamento espiritual, ratificando de manera inequívoca su absoluta oposición al jansenismo.

Casi tan dolorosas como éstas le tenían que resultar otras pruebas: las procedentes de los falsos hermanos. Unas veces por influencia de fuera, otras por mala voluntad de los mismos sujetos, en más de una ocasión el Santo se encontró con que se habían infiltrado en las comunidades elementos indeseables. El era tan bondadoso que no podía imaginar mala voluntad en nadie. Ocasión hubo, y más de una, en que los hermanos se vieron obligados a imponerse y a exigirle que no admitiera a algunos de estos sujetos, o expulsar a algún otro. Para el Santo todo el mundo era bueno, y, por mucho que se le hubiera ofendido, estaba presto a perdonar y a volver a admitir al que había faltado. Prueba dolorosísima para su corazón ver en ocasiones hermanos que se dejaban contagiar por el espíritu del mundo e incluso llegaban a hacer el juego a los propios enemigos del Instituto.

Junto a estas pruebas, tan íntimas, no faltaron tampoco las pruebas externas. La vida del Santo es un largo Viacrucis. No sólo por sus viajes interminables, hechos en forma humildísima, muy frecuentemente a pie, pidiendo limosna, acogiéndose a los hospedajes más pobres, sino también por su misma salud. En el fervor de la casa de Vaugirard había vivido todo un invierno en una habitación desmantelada, en la que contrajo un gravísimo reuma que le producía dolores tremendos, a los que se añadían los que le causaban los métodos, que hoy llamaríamos bárbaros, que en más de una ocasión se emplearon para curarle. Ni era menor el sufrimiento que tenía que causarle, habida cuenta de su naturaleza delicada, la vida común llevada con el máximo rigor. A la distribución del tiempo, ya muy dura, común a todos los hermanos, añadía él largas horas de oración, increíbles penitencias, estudio prolongado. Su estómago, hecho al género de comidas que en su casa había tenido, se resistía, hasta con vómitos de sangre, a las pobrísimas comidas de los hermanos. Sólo con esfuerzos heroicos logró acomodarse. Y así en todo. Siempre el más puntual, el más humilde, el más pobre. Su sotana, su manteo, eran tan raídos que inspiraban lástima. No los hubiera querido un pobre a quien se hubiesen regalado.

Ocasión hubo en que el Santo, creyendo estorbar, se retiró del gobierno y pasó unos meses al margen de la vida de la Congregación. Fue entonces cuando se produjo uno de los acontecimientos más hermosos en la historia de las Ordenes religiosas: la carta que los hermanos le escribieron pidiéndole que volviera a ponerse al frente de ellos. Es difícil concebir un trozo de literatura eclesiástica superior a esta carta, que casi no puede leerse con ojos enjutos. Los hermanos le piden con humildad, pero con firmeza, con sentimiento profundo, pero sin caer en exageraciones, con lógica firme, pero sin sequedad ninguna, que vuelva a hacerse cargo de su gobierno: "Señor y padre nuestro, nosotros, los principales hermanos de las Escuelas Cristianas, teniendo a la vista la mayor gloria de Dios, el mayor bien de la Iglesia y de nuestra sociedad, reconocemos que es de una extrema necesidad que usted vuelva a tomar el cuidado y la dirección de la santa obra de Dios que es también suya, pues gustó al Señor servirse de usted para establecerla y conducirla desde hace tanto tiempo...". No podemos reproducirla íntegra. Baste decir que el Santo escuchó la súplica y volvió a sus amadísimos hermanos.

Poco después, el día de Pentecostés, 16 de mayo de 1717, se reunían los principales hermanos en la célebre casa de San Yon, en la que el Santo había pasado días tan felices. La casa estaba envuelta en una atmósfera sobrenatural. Todo el mundo oraba y hacía penitencia. El día 18 se hizo la elección de nuevo superior y quedó elegido el hermano Bartolomé. El capítulo continuó trabajando y se fijaron las reglas. El Santo obtuvo, por fin, lo que tanto había deseado: obedecer. Y lo hizo con todo su corazón. Hasta para los más mínimos detalles pedía permiso al nuevo superior.

Ya podía marchar de este mundo. La obra quedaba consolidada. Aún vivió unos meses. Y por fin llegó la hora suprema. El martes de la Semana Santa de 1719, haciendo un esfuerzo colosal, se levantó de la cama para recibir con toda humildad el viático. Por la noche le rezaron la recomendación del alma. El dio sus últimos consejos a los hermanos, encargándoles que estuvieran siempre muy apartados del mundo. Por fin, a las cuatro de la tarde del 4 de abril de 1719, Viernes Santo, expiró dulcemente a los sesenta y ocho años de edad.

Su cuerpo fue inhumado, de primera intención, en la parroquia de San Severo, en cuya jurisdicción estaba enclavada la casa de San Yon. El 16 de julio de 1734, cuando esta casa tuvo su iglesia propia, fueron trasladados allí, y allí quedaron, incluso durante los avatares de la Revolución Francesa, hasta que en 1835 pasaron a la capilla del colegio de los hermanos, en el centro mismo de la ciudad de Rotien. Cuando en 1904 el laicismo obligó a los religiosos a expatriarse, la casa generalicia de los hermanos se trasladó a Lambecq-Lez-Hay (Bélgica) y a ella fueron también los sagrados restos. Construida una nueva casa generalicia en Roma, en la Vía Aurelia, a ella fueron llevados en 1938, y allí permanecen.

Pese a la fama de santidad de que gozó en vida, su proceso de beatificación comenzó tardíamente, en 1835. En 1840 fue introducida la causa y en 1846 aprobados los procesos. Rápidamente se fueron sucediendo los demás trámites, examen de los escritos, aprobación de los milagros, reuniones de la Sagrada Congregación, hasta que, por fin, el 19 de julio de 1888 se celebró la solemne beatificación. Poco tiempo después se iniciaba el proceso de canonización, por decreto de marzo de 1890. Y diez años después, 24 de mayo de 1900, era solemnísimamente canonizado, al mismo tiempo que Santa Rita de Casia.

La congregación por él fundada cuenta en la actualidad (1959) con 17.000 miembros extendidos por todo el mundo. Humildes y laboriosos, los hermanos desarrollan en todas partes una admirable labor, de acuerdo con el espíritu de su instituto, que "consiste en un ardiente celo de instruir a los niños y educarles en el amor de Dios, conduciéndoles a conservar su inocencia, si no la han perdido, e inspirarles gran aversión y sumo horror al pecado y a todo lo que pueda hacerles perder la pureza. Para vivir en tal espíritu los hermanos de la Sociedad se esforzarán con la plegaria, con las instrucciones, con la vigilancia y con la buena conducta en la Escuela, en procurar la salvación de los niños que les son encomendados, educándoles en la piedad y en el verdadero espíritu cristiano, esto es, según las reglas y las máximas del Evangelio".

De esta manera San Juan Bautista de la Salle continúa viviendo entre nosotros por la profunda influencia de sus obras escritas en la pedagogía contemporánea, y más aún por este fervoroso espíritu que pervive en sus hijos.

LAMBERTO DE ECHEVERRÍA.

6 abr 2014

Santo Evangelio 6 de Abril de 2014

Día litúrgico: Domingo V (A) de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 11,1-45): En aquel tiempo, había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo. 

Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo». Al oírlo Jesús, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba.

Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea». Le dicen los discípulos: «Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?». Jesús respondió: «¿No son doce las horas del día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche, tropieza, porque no está la luz en él». Dijo esto y añadió: «Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle». Le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se curará». Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él». Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con Él». 

Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa. Dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá». Le dice Jesús: «Tu hermano resucitará». Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día». Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?». Le dice ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo». 

Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: «El Maestro está ahí y te llama». Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rápidamente, y se fue donde Él. Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí. Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?». Le responden: «Señor, ven y lo verás». Jesús se echó a llorar. Los judíos entonces decían: «Mirad cómo le quería». Pero algunos de ellos dijeron: «Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?». 

Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. Dice Jesús: «Quitad la piedra». Le responde Marta, la hermana del muerto: «Señor, ya huele; es el cuarto día». Le dice Jesús: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?». Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado». Dicho esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!». Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: «Desatadlo y dejadle andar».

Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él.


Comentario: Dr. Johannes VILAR (Köln, Alemania)
Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá

Hoy, la Iglesia nos presenta un gran milagro: Jesús resucita a un difunto, muerto desde hacía varios días. 

La resurrección de Lázaro es “tipo” de la de Cristo, que vamos a conmemorar próximamente. Jesús dice a Marta que Él es la «resurrección» y la vida (cf. Jn 11,25). A todos nos pregunta: «¿Crees esto?» (Jn 11,26). ¿Creemos que en el bautismo Dios nos ha regalado una nueva vida? Dice san Pablo que nosotros somos una nueva creatura (cf. 2Cor 5,17). Esta resurrección es el fundamento de nuestra esperanza, que se basa no en una utopía futura, incierta y falsa, sino en un hecho: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!» (Lc 24,34).

Jesús manda: «Desatadlo y dejadle andar» (Jn 11,34). La redención nos ha liberado de las cadenas del pecado, que todos padecíamos. Decía el Papa León Magno: «Los errores fueron vencidos, las potestades sojuzgadas y el mundo ganó un nuevo comienzo. Porque si padecemos con Él, también reinaremos con Él (cf. Rom 8,17). Esta ganancia no sólo está preparada para los que en el nombre del Señor son triturados por los sin-dios. Pues todos los que sirven a Dios y viven en Él están crucificados en Cristo, y en Cristo conseguirán la corona».

Los cristianos estamos llamados, ya en esta tierra, a vivir esta nueva vida sobrenatural que nos hace capaces de dar crédito de nuestra suerte: ¡siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza! (cf. 1Pe 3,15). Es lógico que en estos días procuremos seguir de cerca a Jesús Maestro. Tradiciones como el Vía Crucis, la meditación de los Misterios del Rosario, los textos de los evangelios, todo... puede y debe sernos una ayuda.

Nuestra esperanza está también puesta en María, Madre de Jesucristo y nuestra Madre, que es a su vez un icono de la esperanza: al pié de la Cruz esperó contra toda esperanza y fue asociada a la obra de su Hijo.

Ante las tentaciones

Ante las tentaciones

¿Por qué somos tentados? Porque somos libres, porque se abren ante nosotros mil posibilidades.
Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net



La tentación nos resulta algo familiar. Tenemos tentaciones en casa o en el trabajo, durante el día o en medio de la noche, en verano o en invierno, a solas o con otros.

Cada tentación nos ofrece algo que se presenta como agradable, ventajoso, más o menos fácil. Se trata de saltarse una norma para ser más eficaces, o de apartarse del deber para disfrutar un rato placentero, o de pisotear a un rival para empezar la conquista de un anhelado puesto de trabajo.

Ante la promesa de un resultado ventajoso, el corazón cae fácilmente en el diálogo con la tentación. Surgen las preguntas y los razonamientos. ¿De verdad es algo tan malo? ¿No seré un poco escrupuloso? Total, no hago mucho daño a otros. Además, hoy en día todos lo hacen. Por una vez no pasa nada...

Tras la caída, la tentación nos muestra su mentira. Porque no es hermoso lograr un triunfo a costa de la herida que hemos causado en un familiar cercano. Ni siente uno alegría verdadera si, después de haber visto una película divertida, recuerda que ha dejado de lado la petición de ayuda de un enfermo.

Otras veces no somos capaces de reconocer el veneno escondido en cada tentación, ni siquiera tras la caída. Porque en el fondo de nuestras almas hay un deseo extraño de independencia, de rebeldía, de vivir al margen de Dios.

En unas líneas de su libro "Jesús de Nazaret", Benedicto XVI explicaba otras dimensiones propias de la tentación que facilitan el engaño:

Es propio de la tentación adoptar una apariencia moral: no nos invita directamente a hacer el mal, eso sería muy burdo. Finge mostrarnos lo mejor: abandonar por fin lo ilusorio y emplear eficazmente nuestras fuerzas en mejorar el mundo. Además, se presenta con la pretensión del verdadero realismo. Lo real es lo que se constata: poder y pan. Ante ello, las cosas de Dios aparecen irreales, un mundo secundario que realmente no se necesita.

Luego el Papa Ratzinger señalaba ese núcleo profundo que se esconde en cada tentación:

La cuestión es Dios: ¿es verdad o no que Él es el real, la realidad misma? ¿Es Él mismo el Bueno, o debemos inventar nosotros mismos lo que es bueno? La cuestión de Dios es el interrogante fundamental que nos pone ante la encrucijada de la existencia humana. ¿Qué debe hacer el Salvador del mundo o qué no debe hacer?: ésta es la cuestión de fondo en las tentaciones de Jesús.

Sí: detrás de cada tentación se esconde la pregunta sobre Dios. ¿Cómo lo veo? ¿Cómo pienso mi vida ante Él? Algunos no pueden responder, simplemente porque han excluido a Dios del horizonte humano. Otros no quieren responder, porque prefieren lanzarse al activismo sin tener que confrontarse con Alguien a quien rendir cuentas.

Pero en el fondo, ni la negación de Dios ni el activismo salvaje resuelven el problema de las tentaciones. ¿Por qué somos tentados? Porque somos libres, porque se abren ante nosotros mil posibilidades, porque hay en cada corazón un desorden que intenta arrastranos hacia el mal, la injusticia, el egoísmo.

Las tentaciones no son, ciertamente, la última palabra de la historia humana. Más allá de ellas, una voz respetuosa y cercana nos invita a aceptar el Amor de Dios y a vivir según el hermoso ideal del cristianismo.

Desde que Cristo vino al mundo, es posible no sólo levantarse tras una caída, sino también decir un "no" claro y firme ante cada tentación. Un "no" que es, en el fondo, un gran "sí": un "sí" al amor a Dios y a los hermanos.

5 abr 2014

Santo Evangelio 5 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Sábado IV de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 7,40-53): En aquel tiempo, muchos entre la gente, que habían escuchado a Jesús, decían: «Éste es verdaderamente el profeta». Otros decían: «Éste es el Cristo». Pero otros replicaban: «¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?». 

Se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de Él. Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano. Los guardias volvieron donde los sumos sacerdotes y los fariseos. Estos les dijeron: «¿Por qué no le habéis traído?». Respondieron los guardias: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre». Los fariseos les respondieron: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la Ley son unos malditos». 

Les dice Nicodemo, que era uno de ellos, el que había ido anteriormente donde Jesús: «¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle antes oído y sin saber lo que hace?». Ellos le respondieron: «¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta». Y se volvieron cada uno a su casa.



Comentario: Abbé Fernand ARÉVALO (Bruxelles, Bélgica)
Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre

Hoy el Evangelio nos presenta las diferentes reacciones que producían las palabras de nuestro Señor. No nos ofrece este texto de Juan ninguna palabra del Maestro, pero sí las consecuencias de lo que Él decía. Unos pensaban que era un profeta; otros decían «Éste es el Cristo» (Jn 7,41).

Verdaderamente, Jesucristo es ese “signo de contradicción” que Simeón había anunciado a María (cf. Lc 2,34). Jesús no dejaba indiferentes a quienes le escuchaban, hasta el punto de que en esta ocasión y en muchas otras «se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de Él» (Jn 7,43). La respuesta de los guardias, que pretendían detener al Señor, centra la cuestión y nos muestra la fuerza de las palabras de Cristo: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre» (Jn 7,46). Es como decir: sus palabras son diferentes; no son palabras huecas, llenas de soberbia y falsedad. El es “la Verdad” y su modo de decir refleja este hecho.

Y si esto sucedía con relación a sus oyentes, con mayor razón sus obras provocaban muchas veces el asombro, la admiración; y, también, la crítica, la murmuración, el odio... Jesucristo hablaba el “lenguaje de la caridad”: sus obras y sus palabras manifestaban el profundo amor que sentía hacía todos los hombres, especialmente hacia los más necesitados.

Hoy como entonces, los cristianos somos —hemos de ser— “signo de contradicción”, porque hablamos y actuamos no como los demás. Nosotros, imitando y siguiendo a Jesucristo, hemos de emplear igualmente “el lenguaje de la caridad y del cariño”, lenguaje necesario que, en definitiva, todos son capaces de comprender. Como escribió el Santo Padre Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est, «el amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa (...). Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre».

Comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre

Hoy notamos cómo se “complica” el ambiente alrededor del Señor, pocos días antes de la Pasión ocurrida en Jerusalén. Por causa de Él se genera como una suerte de discusión y controversia. No podía ser de otro modo: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que no, sino división» (Lc 12,51).

Y no es que el Redentor desee la controversia y la división, sino que ante Dios no valen las “medias tintas”: «Quien no está conmigo, está contra mí; y quien no recoge conmigo, desparrama» (Lc 11,23). ¡Es inevitable! Ante Él no hay ninguna postura neutra: o existe, o no existe; es mi Señor, o no es mi Señor. No es posible servir a dos señores a la vez (cf. Mt 6,24).

Juan Pablo II consideraba que ante Dios hay que optar. La fe sencilla que nuestro buen Dios nos pide implica una opción. Hay que optar porque Él no se nos quiere imponer; vino a la Tierra de manera discreta; murió empequeñecido, sin hacer alarde de su condición divina (Flp 2,6). Es lo que expresa maravillosamente santo Tomás de Aquino en el Adoro Te devote: «En la cruz se escondía sólo la divinidad, aquí [en la Eucaristía] se esconde también la humanidad».

¡Hay que optar! Dios no se impone; se ofrece. Y queda para nosotros la decisión de optar a favor de Él o de no hacerlo. Es una cuestión personal que cada uno —con la ayuda del Espíritu Santo— ha de resolver. De nada sirven los milagros, si las disposiciones del hombre no son de humildad y de sencillez. Ante los mismos hechos, vemos a los judíos divididos. Y es que en cuestiones de amor no se puede dar una respuesta tibia, a medias: la vocación cristiana comporta una respuesta radical, tan radical como fue el testimonio de entrega y obediencia de Cristo en la Cruz.

5 de Abril San Vicente Ferrer

5 de abril
(y lunes de la 2ª semana de Pascua)

SAN VICENTE FERRER

(† 1419)

La vida de los santos, aparte de ofrecernos un ejemplar e irrecusable testimonio de heroicas virtudes, manifiesta siempre el empeño providencial de Dios en la historia humana y en la vida de la Iglesia, tanto que la presencia de algunos santos no se explica sin esa misión providencial. Ellos han polarizado muchas veces en su vida determinados períodos de la historia y su influencia espiritual o social ha configurado los perfiles de ciertos momentos y estilo de vida, y hasta han pesado definitivamente a la hora de dar solución a las crisis de su tiempo. Cierto igualmente que, por ese mismo canon providencial que Dios impone a los acontecimientos humanos, también los santos se han visto condicionados en sus actos por las circunstancias en que se movieron. Todo esto da sentido y justificación a la vida de San Vicente Ferrer y nos evita caer en una interpretación simplista y unilateral de su portentosa obra. La visión exclusivamente milagrera de su figura, por la que han discurrido durante muchos años la tradición y la leyenda, contribuyó a desenfocar la plenitud auténtica y la realidad total de la vida de San Vicente, hasta tal punto que algún historiador moderno se atrevía a decir que cada circunstancia de su vida fue un milagro. Hoy, con sana crítica y juicio sereno, no podemos admitir esa visión colorista que nos ha dado a un San Vicente Ferrer opulento despilfarrador de milagros, aun cuando sería insensatez negar la realidad de su poderosa taumaturgia. Pero no debemos hacer de sus copiosos milagros una peana para colocar sobre ella la vida del Santo.

San Vicente Ferrer nació en Valencia el 23 de enero de 1350, en el seno de una familia de ascendencia gerundense. Su padre, Guillermo Ferrer, era notario. La casa natalicia de Vicente distaba muy poco del Real Convento de Predicadores, donde los hijos de Santo Domingo de Guzmán se habían establecido por singular gracia del rey Don Jaime el Conquistador, recién conquistadas para la fe las tierras de Valencia. El gran prestigio que siempre tuvieron en aquella capital los frailes predicadores, el contacto habitual que nuestro Santo debió tener con ellos desde su niñez y el interior llamamiento de Dios determinaron en Vicente la resolución de vestir el hábito blanco y negro de los dominicos. Tal suceso tuvo lugar en el Real Convento de Predicadores el 5 de febrero de 1367, y el día 6 del mismo mes del año siguiente emitió los votos de su profesión religiosa.

Por la coyuntura del momento en que nace, Vicente Ferrer pertenece al período histórico que un escritor moderno ha calificado de otoño de la Edad Media. En ese punto en que se interfieren los últimos destellos de la Edad Media "enorme y delicada" con la fulgurante aurora del primer Renacimiento europeo, él permanecerá fiel a la estructura mental y a los criterios tradicionales. No debemos olvidar que dos años antes de su nacimiento, el 1348, la peste negra difundida por la Europa occidental influyó notablemente en la vida religiosa, provocando, juntamente con otras circunstancias históricas, una quiebra de insospechadas proporciones. En la provincia dominicana de Aragón, a la que el Santo perteneció, habían muerto quinientos diez religiosos de un total de seiscientos cuarenta, Ello hacía prácticamente difícil no sólo el mantenimiento económico de los conventos, sino hasta la propia observancia de las constituciones religiosas en la plenitud de sus ideales. Más tarde, el 20 de septiembre de 1378, la escisión de la Iglesia por el Cisma de Occidente vendría a debilitar más la flaca situación de la vida conventual. Paralelamente a este clima de desfondamiento religioso en los conventos, la vida piadosa de los fieles se vio mermada sensiblemente en su tradicional pujanza. La Orden de Predicadores, en los momentos en que Vicente hace su profesión, gozaba de un sólido prestigio social y académico, aun cuando la curva de su trayectoria docente no alcanzase en aquel punto su máxima altura. Sin embargo, los frailes dominicos, fieles a su gloriosa tradición y por exigencia entrañable de sus propias funciones doctrinales, intentaban hacer honor a la nobleza representativa de su condición procurando mantener en la máxima tensión de eficacia la formación y desarrollo intelectual de los miembros de su Orden.

Desde la fecha de su profesión en el año 1368 hasta 1374, en que recibe el presbiterado y celebra su primera misa, Vicente, por designación de sus superiores, alterna el estudio y la enseñanza de la filosofía y la teología en los conventos de Lérida y Barcelona. A los veinte años era ya profesor de Lógica. En 1376 lo vemos estudiando teología en Toulouse, en cuya Facultad, de reciente creación, los profesores dominicos le ilustraron en la ciencia de Dios dentro de los cánones del más depurado tomismo. Allí permaneció dos años.

Perfecto conocedor de la exégesis bíblica y de la lengua hebrea, que estudió en el convento de Barcelona, y tras su sólida formación teológica, San Vicente regresó de Toulouse a Valencia, donde inmediatamente se dedicó a la enseñanza de la teología. Alternando sus tareas de docencia con las de escritor, predicador y consejero, muy pronto conocieron los valencianos las extraordinarias dotes personales del Santo y le hicieron árbitro de graves problemas públicos. Mas todo su tremendo dinamismo exterior jamás turbó su total entrega a la práctica de las observancias conventuales, acentuando cada día más el estudio y la oración.

Por aquellos días la Iglesia sintió en su propia carne el trallazo de la escisión con el infausto Cisma de Occidente. Demostrada por algunos cardenales la nulidad de la elección de Urbano VI, declararon vacante la Sede Apostólica y procedieron a la elección de un nuevo Papa. El 20 de septiembre de 1378 aquellos cardenales, entre los que se encontraba Pedro de Luna, firmaron en Fondi un manifiesto por el que comunicaban al pueblo cristiano la elección de Roberto de Ginebra, a quien sometían su obediencia. Aquí surgió, frente a Urbano VI, Clemente VII. La división de la Iglesia afectó, como es lógico, a la misma política europea, y los reyes y príncipes se vieron en la grave disyuntiva de prestar su obediencia a la Sede de Avignon o a la de Roma. Pedro IV el Ceremonioso, que regía los destinos de la corona de Aragón, adoptó una postura prácticamente neutralista, preocupado más por los problemas internos de su casa que por la escisión de la Iglesia. Sin embargo, Clemente VII se dispuso a conquistar la obediencia de los cuatro reinos de España y para ello despachó amplios poderes al cardenal Pedro de Luna con el nombramiento de legado. Este es el momento en que el cardenal legado busca el apoyo y la influencia de Vicente Ferrer para lograr la adhesión del reino de Aragón al papa Clemente VII. Vicente, que desde un principio fijó su posición de obediencia al papa de Avignon, estuvo en Barcelona recibiendo del cardenal Pedro de Luna órdenes y poderes concretos para presentarse a los jurados de Valencia reclamando su ayuda para captar la obediencia de Pedro IV a Clemente VII. Después de la lectura del tratado que acerca del Cisma escribía San Vicente, dedicado, al rey de Aragón, no podemos dudar de su rectísima intención al proclamar su fidelidad a la Sede de Avignon. Los argumentos que ofrece demuestran, además de su cultura teológico-canónica, que no en vano aceptaba la legitimidad de la elección de Clemente VII. Utilizando el cardenal De Luna en algunos de sus viajes por los reinos de España los servicios que le prestó la compañía de Vicente Ferrer, volvió el Santo a Valencia, en cuya catedral prosiguió enseñando teología, sin descuidar por ello su predicación al pueblo y otros muchos deberes ministeriales. El cardenal Pedro de Luna regresó a Avignon y el 28 de septiembre de 1394 era elegido sucesor de Clemente VII con el nombre de Benedicto XIII. Pocos meses después San Vicente era reclamado a la Corte de Avignon por el Papa, hasta que en 1398 cambia su residencia del palacio de Avignon por la del convento dominicano de la misma ciudad. Benedicto XIII, en deuda con el Santo, le otorgó el título máximo de Maestro en Sagrada Teología.

Vicente, en contacto con las realidades de Avignon, con la visión más serena de los acontecimientos y amargamente dolido por el daño que sufría la Iglesia de Cristo, vivió unos meses en su convento, donde cayó tan gravemente enfermo que estuvo a punto de morir. Fue entonces cuando tuvo aquella visión en la que se apareció Jesucristo, acompañado de los patriarcas Domingo y Francisco, encomendándole la misión de predicar por el mundo y otorgándole súbitamente la salud. Esta es la prodigiosa circunstancia que sirve de clave para explicar la vida posterior de Vicente. Ahora se presentará al mundo con un empeño más alto que el de defender la causa de Benedicto XIII: propugnará la integridad del Evangelio en la unidad de la Iglesia. Su misión evangelizadora le ha sido encomendada por el mismo Jesucristo y sus credenciales tendrán el alcance universal de ser legado a latere Christi.

El Papa se resistió en un principio a dejarle marchar, pero al fin, convencido de que en la empresa de Vicente urgía el llamamiento de Dios, le concedió amplísimos poderes ministeriales para que pudiera ejercer su apostolado. El Santo quedó sometido a la obediencia inmediata al maestro general de su Orden y el día 22 de noviembre de 1399 partió de Avignon a recorrer caminos y ciudades europeas llevando a todos los hombres el mensaje de la palabra de Dios. Este es el momento en que el dinamismo interior de Vicente se desata en torrentes de sabiduría y de elocuencia sobre una sociedad en trance de agudísima crisis espiritual para despertar la unidad de la fe en su vida, abrir los horizontes a la esperanza y encender en las almas la caridad. En su larga peregrinación apostólica recorrió innumerables pueblos y ciudades de España, de Francia, de Italia, de Suiza, y hasta es muy probable que penetrara en Bélgica. En una época en la que la oratoria sagrada se resentía gravemente de su ineficacia, por el afán de predicar al pueblo oscuros y macizos sermones con rancias argumentaciones de escuela, cuando no rimbombantes y huecas composiciones retóricas con extravagantes alusiones a los clásicos de la antigüedad grecolatina, la palabra de Vicente era como un látigo de fuego que abrasaba e iluminaba. Su metódico sistema de exposición de la doctrina de Cristo, sin la gracia boba de halagar superficialmente los oídos, con el recio temple de unos conceptos claros y precisos, servidos siempre en la bandeja de oro de su portentosa y dócil imaginación y la enorme fuerza sugestiva de su poderosa voz, rica en matices y sonoridades, las gentes sentían el vértigo de la presencia de Dios y el delicioso estremecimiento de su gracia. La palabra de Vicente inflamaba y seducía. Su dominio absoluto de las Sagradas Escrituras le servía de mágico resorte para encarnar en sus frecuentes alusiones la aplicación de un hecho concreto o de una circunstancia real de su tiempo. Fue de una impresionante y sobrecogedora grandeza aquel memorable sermón que, después de vencida la implacable resistencia de Benedicto XIII y obtenida la promesa de su abdicación, pronunció ante el papa de Avignon y sus cardenales, ante embajadores y príncipes y multitud de fieles el 7 de noviembre de 1415 en Perpignan, comentando el tema: "Huesos secos, oíd la palabra de Dios".

Bajo el signo de su voz las enemistades públicas cedían al abrazo de la paz, los pecadores experimentaban la mordedura del arrepentimiento y los hambrientos de perfección le seguían a todas partes en una permanente compañía de fervoroso apoyo. El organizaba aquella imponente comunidad de disciplinasteis que en conmovedoras procesiones penitenciales producía en los espectadores un escalofrío de compunción y la eficaz mudanza de vida.

Ante la visión de río revuelto que ofrecía el mundo de su tiempo, ante el estrepitoso desmoronamiento de la ideología cristiana que habla presidido e informado la vida pública de la Edad Media al choque violento de unos sistemas y estructuras de vida que pretendían remozar al hombre, ante la estampa de Apocalipsis que presentaba una Iglesia desgarrando a la cristiandad en partidos y banderías de cisma, no es de admirar que la leyenda, apoyada en puntos flacos de tradición, haya hecho que San Vicente se atribuyera personalmente el título de ángel del Apocalipsis y hasta que la obsesión determinante de su apostolado fuera la predicación del cercano Juicio final. Cierto que el Señor le otorgó en diversas ocasiones el don de profecía, pero cuando San Vicente hablaba del Juicio final como acontecimiento próximo —cosa que hizo en muchas menos ocasiones de lo que habitualmente se cree— no lo hacía como profeta, sino como hombre que observa las realidades de su tiempo y deduce unas consecuencias, Hemos de puntualizar también que el lema "Temed a Dios Y dadle honor", con que la tradición ha cifrado la predicación vicentina, no puede ser, en modo alguno, interpretado con sentido terrorista, como si San Vicente se hubiera preocupado de sembrar el pánico en su tiempo y despertar un espanto colectivo. El temor de Dios propugnado por Vicente no era ese que surge de la raíz amarga del miedo, sino el que nace del amor filial. Era el temor de la reverencia y no el del servilismo pavoroso. El auditorio de sus sermones era siempre de multitudes. En algunas ocasiones Pasaban de los quince mil oyentes, por lo que, resultando insuficiente la capacidad de las iglesias, hubo de predicar en las plazas. Contemporáneos del Santo nos dan la referencia de que, hablando en su lengua nativa, le entendían por igual todos los oyentes, aunque pertenecieran a países de distinto idioma. En los últimos treinta años de su vida el quehacer de la predicación condicionó su horario de trabajo, Solía dedicar cinco horas al descanso, haciéndolo sobre algunos manojos de sarmientos o un jergón de paja, y el tiempo restante lo invertía en la oración y las atenciones exclusivas de sus deberes ministeriales. Sus comidas eran extremadamente sobrias. De una ciudad a otra se desplazaba siempre a pie, hasta que cayó enfermo de una pierna y tuvo que montar en un asnillo. Era tanta la fama de santidad que precedía los itinerarios de Vicente, que las gentes le recibían como enviado de Dios y su entrada en las ciudades tenía tal carácter de apoteosis delirante que, para evitar graves atropellos y el que los devotos le cortasen trozos de hábito, habían de protegerle con maderos. Todos los días cantaba la misa con gran solemnidad y después pronunciaba el sermón, que solía durar dos o tres horas, y en alguna ocasión, como la de Viernes Santo en Toulouse, estuvo seis horas seguidas. El cansancio y achaques físicos, que en los últimos años obligaba a que, para subir al púlpito o al tabladillo de la plaza, le tuvieran que ayudar cogiéndole de un brazo, desaparecía al punto que comenzaba el sermón, de tal manera que su rostro se transfiguraba como si la piel cobrara una frescura juvenil, le centelleaban los ojos en expresivas miradas, la voz salía clara, limpia y sonora, y los movimientos de sus brazos obedecían dóciles al imperio y compás de las palabras. El tono de convicción con que se enardecía dejaba atónitos a los oyentes, y por ello no es de admirar que los frutos de sus sermones fueran tan copiosos que se necesitara siempre el concurso de muchos sacerdotes para oír confesiones.

El crédito universal de su sabiduría y de sus prudentes consejos fue puesto a prueba en multitud de contiendas en las que hubo de intervenir corno árbitro de paz y nivelador de intereses. Nobilísima fue su actitud como compromisario de Caspe, en donde fue requerido para dar su voto de solución al problema político de la Corona de Aragón producido al morir Martín el Humano sin dejar sucesión. San Vicente acudió al Compromiso de Caspe con el sereno ánimo y la inteligencia despierta para dar una razón jurídica en el asunto del pretendiente al trono, pero sobre todo con la limpia y altísima intención de aceptar el resultado como designio providencial. La elección hecha a favor del infante de Castilla, Don Fernando, fue publicada por San Vicente Ferrer el 28 de junio de 1412. La conducta del Santo en la resolución del problema sucesorio quedó tan digna y honrada, que su apostolado público no sufrió menoscabo alguno en aquellos Estados de la Corona de Aragón que se habían mostrado hostiles a la solución de Caspe.

Muy laboriosas fueron sus gestiones para determinar la conclusión del Cisma de Occidente y podemos afirmar que, si no por su directa intervención, sí por el enorme peso de su influencia, apoyada en su universal prestigio, contribuyó notablemente a decidir su terminación. El cónclave reunido en Constanza el 11 de noviembre de 1417 dio a la Iglesia la elección de Martín V, a cuya obediencia se sometió toda la cristiandad.

Vicente prosiguió su misión evangelizadora dirigiendo sus pasos a Bretaña, donde el Señor le esperaba para abrirle las puertas de una gloria definitiva. El día 5 de abril, miércoles de la semana de Pasión, de 1419, moría en Vannes, lejos de su patria, este apóstol infatigable cuya palabra estremeció de presencia de Dios los ámbitos de la cristiandad europea. Treinta y seis años más tarde, en 1455, el papa valenciano Calixto III, a quien, según la tradición, San Vicente le había profetizado la tiara pontificia y el honor de canonizarle, le elevó a los altares con la suprema gloria de la santidad.

Los milagros que San Vicente Ferrer obró en vida y después de muerto son innumerables, por lo que su fama de taumaturgo no ha sufrido mengua a través de los siglos.

JOSÉ MARÍA MILAGRO, O. P.

4 abr 2014

Santo Evangelio 4 de Abril de 2014

Día litúrgico: Viernes IV de Cuaresma


Texto del Evangelio (Jn 7,1-2.10.14.25-30): En aquel tiempo, Jesús estaba en Galilea, y no podía andar por Judea, porque los judíos buscaban matarle. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Después que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces Él también subió no manifiestamente, sino de incógnito.

Mediada ya la fiesta, subió Jesús al Templo y se puso a enseñar. Decían algunos de los de Jerusalén: «¿No es a ése a quien quieren matar? Mirad cómo habla con toda libertad y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido de veras las autoridades que éste es el Cristo? Pero éste sabemos de dónde es, mientras que, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es». Gritó, pues, Jesús, enseñando en el Templo y diciendo: «Me conocéis a mí y sabéis de dónde soy. Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que me envió el que es veraz; pero vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque vengo de Él y Él es el que me ha enviado». Querían, pues, detenerle, pero nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.


Comentario: + Rev. D. Josep VALL i Mundó (Barcelona, España)
Nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora

Hoy, el evangelista Juan nos dice que a Jesús «no [le] había llegado su hora» (Jn 7,30). Se refiere a la hora de la Cruz, al preciso y precioso tiempo de darse por los pecados de la entera Humanidad. Todavía no ha llegado la hora, pero ya se encuentra muy cerca. Será el Viernes Santo cuando el Señor llevará hasta el fin la voluntad del padre Celestial y sentirá —como escribía el Cardenal Wojtyla— todo «el peso de aquella hora, en la que el Siervo de Yahvé ha de cumplir la profecía de Isaías, pronunciado su “sí”».

Cristo —en su constante anhelo sacerdotal— habla muchísimas veces de esta hora definitiva y determinante (Mt 26,45; Mc 14,35; Lc 22,53; Jn 7,30; 12,27; 17,1). Toda la vida del Señor se verá dominada por la hora suprema y la deseará con todo el corazón: «Con un bautismo he de ser bautizado, y ¡cómo me siento urgido hasta que se realice!» (Lc 12,50). Y «la víspera de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, como hubiera amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). Aquel viernes, nuestro Redentor entregará su espíritu a las manos del Padre, y desde aquel momento su misión ya cumplida pasará a ser la misión de la Iglesia y de todos sus miembros, animados por el Espíritu Santo.

A partir de la hora de Getsemaní, de la muerte en la Cruz y la Resurrección, la vida empezada por Jesús «guía toda la Historia» (Catecismo de la Iglesia n. 1165). La vida, el trabajo, la oración, la entrega de Cristo se hace presente ahora en su Iglesia: es también la hora del Cuerpo del Señor; su hora deviene nuestra hora, la de acompañarlo en la oración de Getsemaní, «siempre despiertos —como afirmaba Pascal— apoyándole en su agonía, hasta el final de los tiempos». Es la hora de actuar como miembros vivos de Cristo. Por esto, «al igual que la Pascua de Jesús, sucedida “una vez por todas” permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la Hora de Jesús sigue presente en la Liturgia de la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia n. 2746).