6 ago 2013

Transfiguración, lo que Cristo es



Transfiguración, lo que Cristo es

¿Sabemos nosotros llenar esos pozos de tristeza con la auténtica felicidad, que es Cristo? 
Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net

La Transfiguración del Señor es particularmente importante para nosotros por lo que viene a significar. Por una parte, significa lo que Cristo es; Cristo que se manifiesta como lo que Él es ante sus discípulos: como Hijo de Dios. Pero,además, tiene para nosotros un significado muy importante, porque viene a indicar lo que somos nosotros, a lo que estamos llamados, cuál es nuestra vocación.

Cuando Pedro ve a Cristo transfigurado, resplandeciente como el sol, con sus vestiduras blancas como la nieve, lo que está viendo no es simplemente a Cristo, sino que, de alguna manera, se está viendo a sí mismo y a todos nosotros. Lo que San Pedro ve es el estado en el cual nosotros gloriosos viviremos por la eternidad.

Es un misterio el hecho de que nosotros vayamos a encontrarnos en la eternidad en cuerpo y alma. Y Cristo, con su verdadera humanidad, viene a darnos la explicación de este misterio. Cristo se convierte, por así decir, en la garantía, en la certeza de que, efectivamente, nuestra persona humana no desaparece, de que nuestro ser, nuestra identidad tal y como somos, no se acaba. 
Está muy dentro del corazón del hombre el anhelo de felicidad, el anhelo de plenitud. Muchas de las cosas que hacemos, las hacemos precisamente para ser felices. Yo me pregunto si habremos pensado alguna vez que nuestra felicidad está unida a Jesucristo; más aún, que la Transfiguración de Cristo es una manifestación de la verdadera felicidad. 

Si de alguna manera nosotros quisiéramos entender esta unión, podríamos tomar el Evangelio y considerar algunos de los aspectos que nos deja entrever. En primer lugar, la felicidad es tener a Cristo en el corazón como el único que llena el alma, como el único que da explicación a todas las obscuridades, como dice Pedro: "¡Qué bueno es estar aquí contigo!". Pero, al mismo tiempo, tener a Cristo como el único que potencia al máximo nuestra felicidad. 

Las personas humanas a veces pretendemos ser felices por nosotros mismos, con nosotros mismos, pero acabamos dándonos cuenta de que eso no se puede. Cuántas veces hay amarguras tremendas en nuestros corazones, cuántas veces hay pozos de tristeza que uno puede tocar cuando va caminando por la vida. 

¿Sabemos nosotros llenar esos pozos de tristeza, de amargura o de ceguera con la auténtica felicidad, que es Cristo? Cuando tenemos en nuestra alma una decepción, un problema, una lucha, una inquietud, una frustración, ¿sabemos auténticamente meter a Jesucristo dentro de nuestro corazón diciéndole: «¡Qué bueno es estar aquí!»?

Hay una segunda parte de la felicidad, la cual se ve simbolizada en la presencia de Moisés y de Elías. Moisés y Elías, para la mentalidad judía, no son simplemente dos personaje históricos, sino que representan el primero la Ley, y el segundo a los Profetas. Ellos nos hablan de la plenitud que es Cristo como Palabra de Dios, como manifestación y revelación del Señor a su pueblo. La plenitud es parte de la felicidad. Cuando uno se siente triste es porque algo falta, es porque no tiene algo. Cuando una persona nos entristece, en el fondo, no es por otra cosa sino porque nos quitó algo de nuestro corazón y de nuestra alma. Cuando una persona nos defrauda y nos causa tristeza, es porque no nos dio todo lo que nosotros esperábamos que nos diera. Cuando una situación nos pone tristes o cuando pensamos en alguien y nos entristecemos es porque hay siempre una ausencia; no hay plenitud.

La Transfiguración del Señor nos habla de la plenitud, nos habla de que no existen carencias, de que no existen limitaciones, de que no existen ausencias. Cuántas veces las ausencias de los seres queridos son tremendos motivos de tristeza y de pena. Ausencias físicas unas veces, ausencias espirituales otras; ausencias producidas por una distancia que hay en kilómetros medibles, o ausencias producidas por una distancia afectiva.

Aprendamos a compartir con Cristo todo lo que Él ha venido a hacer a este mundo. El saber ofrecernos, ser capaces de entregarnos a nuestro Señor cada día para resucitar con Él cada día. "Si con Él morimos -dice San Pablo- resucitaremos con Él. Si con Él sufrimos, gozaremos con Él". La Transfiguración viene a significar, de una forma muy particular, nuestra unión con Cristo.

Ojalá que en este día no nos quedemos simplemente a ver la Transfiguración como un milagro más, tal vez un poquito más espectacular por parte de Cristo, sino que, viendo a Cristo Transfigurado, nos demos cuenta de que ésa es nuestra identidad, de que ahí está nuestra felicidad. Una felicidad que vamos a ser capaces de tener sola y únicamente a través de la comunión con los demás, a través de la comunión con Dios. Una felicidad que no va a significar otra cosa sino la plenitud absoluta de Dios y de todo lo que nosotros somos en nuestra vida; una felicidad a la que vamos a llegar a través de ese estar con Cristo todos los días, muriendo con Él, resucitando con Él, identificándonos con Él en todas las cosas que hagamos.

Pidamos para nosotros la gracia de identificarnos con Cristo como fuente de felicidad. Pidámosla también para los que están dentro de nuestro corazón y para aquellas personas que no son capaces de encontrar que estar con Cristo es lo mejor que un hombre o que una mujer pueden tener en su vida.

Santo Evangelio 6 de Agosto de 2013



Día litúrgico: 6 de Agosto: La Transfiguración del Señor

Texto del Evangelio (Mt 17,1-9): En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».


Comentario: + Rev. D. Joan SERRA i Fontanet (Barcelona, España)
Este es mi Hijo amado


Hoy, el Evangelio nos habla de la Transfiguración de Jesucristo en el monte Tabor. Jesús, después de la confesión de Pedro, empezó a mostrar la necesidad de que el Hijo del hombre fuera condenado a muerte, y anunció también su resurrección al tercer día. En este contexto debemos situar el episodio de la Transfiguración de Jesús. Atanasio el Sinaíta escribe que «Él se había revestido con nuestra miserable túnica de piel, hoy se ha puesto el vestido divino, y la luz le ha envuelto como un manto». El mensaje que Jesús transfigurado nos trae son las palabras del Padre: «Éste es mi Hijo amado; escuchadle» (Mc 9,7). Escuchar significa hacer su voluntad, contemplar su persona, imitarlo, poner en práctica sus consejos, tomar nuestra cruz y seguirlo.

Con el fin de evitar equívocos y malas interpretaciones, Jesús «les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos» (Mc 9,9). Los tres apóstoles contemplan a Jesús transfigurado, signo de su divinidad, pero el Salvador no quiere que lo difundan hasta después de su resurrección, entonces se podrá comprender el alcance de este episodio. Cristo nos habla en el Evangelio y en nuestra oración; podemos repetir entonces las palabras de Pedro: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí!» (Mc 9,5), sobre todo después de ir a comulgar.

El prefacio de la misa de hoy nos ofrece un bello resumen de la Transfiguración de Jesús. Dice así: «Porque Cristo, Señor, habiendo anunciado su muerte a los discípulos, reveló su gloria en la montaña sagrada y, teniendo también la Ley y los profetas como testigos, les hizo comprender que la pasión es necesaria para llegar a la gloria de la resurrección». Una lección que los cristianos no debemos olvidar nunca.

San Esteban y sus doscientos monjes,6 de agosto


 6 de agosto


San Esteban y sus doscientos monjes,
martirizados en el monasterio de
Cardeña, Burgos

(†  953)


A unos doce kilómetros al oriente de Burgos se levanta el monasterio de San Pedro de Cardeña, el que los cronistas de la Orden de San Benito hacen remontar al siglo V. Como es corriente en las fundaciones benedictinas, el cenobio está emplazado en un ancho valle más fértil y productivo que el resto del terreno, de suyo pedregoso y levemente ondulado, como lo es toda la comarca de Cardeña. Desconocemos la suerte que pudo correr el monasterio en el momento de la invasión musulmana, pero al repoblar la región de Cardeña el rey Alfonso III de León vemos surgir de nuevo el abandonado monasterio y pronto convertido en centro de laboriosidad y vida religiosa, según norma de las abadías medievales.

  Las reliquias de San Pedro y San Pablo, San Juan Evangelista, San Vicente y Santa Eufemia, que se veneraban, en el monasterio de Cardeña, sirvieron, en aquellos días de gran fervor religioso, de medio de atracción para que muchas familias acudieran a repoblar las tierras abandonadas o recién conquistadas; las gentes del campo establecidas en la región de Cardeña y lugares circunvecinos sienten pronto la protección y el amparo de los tesoros de fe encerrados en el monasterio; admiran, con asombro la vida austera que hacen los numerosos monjes observantes de la regla de San Benito, y su agradecido reconocimiento se traduce en multitud de donaciones que son garantía de la protección divina.

  El monasterio de San Pedro de Cardeña y todo el territorio castellano, como lugares fronterizos, se hallaban expuestos a frecuentes incursiones musulmanas en los siglos IX y X: los árabes, además, sabían aprovechar ventajosamente todas las luchas internas existentes entre los reyes y condes del territorio libre para sus fines militares y conquistadores. Apenas subió al trono de León Ordoño III (951), se vio envuelto en una guerra contra su hermano Sancho, pretendiente al trono y favorecido en sus aspiraciones por el rey García de Navarra y el conde de Castilla Fernán González, que marcharon con sus ejércitos sobre la ciudad de León. Las huestes de Abderramán aprovecharon muy oportunamente estas discordias de los reinos cristianos para invadir las fronteras castellanas, obteniendo fáciles y sonadas victorias registradas por los cronistas árabes en los años 951 y 952.

  Los brillantes triunfos obtenidos por los ejércitos de Abderramán les movieron a repetir el ataque al año siguiente, confiados en que habían de obtener un rotundo éxito, porque las desavenencias entre el rey de León y el conde de Castilla continuaban. Precisamente en el momento en que Ordoño III se preparaba a ir contra el conde Fernán González, Ahmed ben-Yala, gobernador de Badajoz, y el terrible Gálib, gobernador de Medinaceli, planearon un ataque simultáneo por tierras de León, y Castilla en el verano del año 953. El conde Fernán González intentó hacer apresuradamente las paces con el rey de León y solicitó su ayuda, según lo atestiguan el Tudense y don Rodrigo Jiménez de Rada, pero la decisión llegaba tarde. Gálib penetró con su poderoso ejército por tierras de Castilla, avanzó sobre San Esteban de Gormaz, se apoderó de su fortaleza y, siguiendo la vía romana que va desde Clunia a Burgos, asoló los territorios que encontró a su paso: se internó por Cerras de Lara hasta Palazuelos de la Sierra, bajando después por Santa Cruz de Juarros hasta llegar a la capital de Castilla la Vieja.

  En el camino un poco desviado al oriente de la ciudad burgalesa estaba el monasterio de San Pedro de Cardeña, rico por las frecuentes donaciones de monarcas y fieles, floreciente por los doscientos monjes que allí rezaban, estudiaban y trabajaban bajo la mirada vigilante de su abad Esteban. El venerando cenobio ofrecía ocasión propicia a la soldadesca mora para satisfacer su desenfrenada codicia de riquezas y, al mismo tiempo, apagar su insaciable sed de sangre cristiana. Según reza una inscripción de la segunda mitad del siglo XIII, con un laconismo propio de crónica medieval, el día 6 de agosto, fiesta de los santos mártires Justo y Pastor, llegó el ejército árabe a San Pedro de Cardeña, saqueó el monasterio y consumó la horrible matanza de sus doscientos monjes. La Crónica General de Alfonso el Sabio confirma también el hecho y asegura, además, que sus cuerpos fueron soterrados en el claustro, que en adelante se denominó de los mártires, perpetuando así la memoria de estos héroes de la fe de Cristo. El general del ejército árabe, Gálib, expidió rápidamente a Córdoba un correo anunciador de los triunfos que había conseguido sobre los cristianos, y poco después llegaba un convoy con abundante botín de cruces, cálices y campanas, que los musulmanes cordobeses recibieron con grandes muestras de satisfacción y alegría.

  Ruinas y soledad interrumpieron por unos años la vida del asolado monasterio; pero la sangre de tan crecido número de mártires no podía ser infructuosa ni estéril; la vida del martirizado cenobio surgió pujante poco después, merced a la magnánima liberalidad del conde Garci Fernández, que bien puede considerarse como el restaurador y principal mecenas de San Pedro de Cardeña. Tanto la Crónica General como el martirologio antiguo de Cardeña y una memoria antigua conservada todavía en Oña en el siglo XV, según Argaiz, atribuyen la restauración del monasterio al conde Garci Fernández, y esta unánime coincidencia es una prueba más de que el martirio de los doscientos benedictinos de Cardeña tuvo lugar en el siglo X y no en el IX, como con notorio error apunta la inscripción de la lápida conmemorativa colocada en el claustro.

  La memoria de los doscientos héroes de Cardeña degollados por los alfanjes musulmanes tenía que recibir pronto la veneración y el homenaje de los fieles y de sus hermanos en religión. El Señor, por su parte, quiso también honrar a sus santos con el maravilloso prodigio de ver teñido de color de sangre el pavimento del claustro todos los años el día 6 de agosto, aniversario del martirio, y en el lugar donde, según la tradición, habían sido martirizados. El milagro se vino repitiendo todos los años hasta los tiempos de Enrique IV (1454-1474), cuando faltaba poco tiempo para que los árabes fueran expulsados de España. El hecho lo deja insinuar la Crónica de Alfonso el Sabio de la segunda mitad del siglo XIII, cuando nos dice que "faz Dios por ellos muchos milagros". Y en el voluminoso libro del dominico Alfonso Chacón (De martyrio ducentorum monachorum sancti Petri a Cardegna), impreso en Roma el año 1594, como preparación para la canonización, se recoge además un buen número de milagros realizados a través de los siglos por estos atletas de Cristo.

  Por sus doscientos mártires, y por los beneficios y gracias conseguidos a través de su intercesión, el monasterio de Cardeña quedó convertido en centro de peregrinación nacional; allí acudieron reyes como Enrique IV en 1473, Isabel la Católica en 1496, Felipe II en 1592, Felipe 111 en 1605 y Carlos II en 1677, y allí se congregaban en ininterrumpidas caravanas fieles de los pueblos y comarcas de Castilla atraídos por la fama de sus milagros y por el magnífico ejemplo de su vida inmolada y sacrificada en defensa de la fe cristiana. Cuando, a finales del siglo XVI, se quiso dar cauce oficial y litúrgico al culto tradicional de los mártires de Cardeña, su causa encontró favorable acogida en la Sagrada Congregación de Ritos y el papa Clemente VIII autorizó el culto por breve pontificio del 11 de enero de 1603. El monasterio de Cardeña se preparó a celebrar tan fausto acontecimiento con una hermosa capilla dedicada a los Santos Mártires y con una serie de actos y solemnidades religiosas que duraron más de una semana.

  Con la canonización oficial y solemne su fiesta trascendió a muchos pueblos de la diócesis de Burgos, que se apresuraron a conseguir reliquias para su veneración; su culto traspasó las fronteras de Castilla y pasó a varios pueblos de las diócesis de Valladolid y Palencia. Reliquias fueron solicitadas de muchas catedrales de España y aun del Nuevo Mundo, como nos consta por las existentes en Burgos, Santiago, León, Palencia, Osma, Badajoz, Santander, Canarias y Méjico.

  Si el recuerdo del Cid Campeador no hubiera bastado para dar fama universal al monasterio de San Pedro de Cardeña, hubiera sido más que suficiente el martirio de estos doscientos monjes benedictinos, cuyas coronas serán la mejor ofrenda que podrá presentar esta región de Castilla cuando, según palabras de Prudencio, venga el Señor sobre una nube, blandiendo rayos con su diestra fulgurante, a poner la justicia entre los hombres.

DEMETRIO MANSILLA REOYO

5 ago 2013

Vayan, sin miedo para servir


Vayan, sin miedo, para servir

Jesucristo cuenta con ustedes. La Iglesia cuenta con ustedes. El Papa cuenta con ustedes
Autor: Papa Francisco | Fuente: www.news.va



El 28 de julio, el Papa celebró la Santa Misa para la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud en la playa de Copacabana. La celebración estaba prevista en el "campus fidei" de Guaratiba, pero debido al mal tiempo se trasladó a la playa carioca. Participaron tres millones de peregrinos porque casi un millón más de personas se unió a los dos millones de jóvenes que habían transcurrido la noche en la playa después de la vigilia de sábado. Asistieron además 1500 obispos y 15.000 sacerdotes. Entre las autoridades se encontraban los presidentes de Brasil, Argentina, Bolivia y Surinam. La liturgia eucarística comenzó con el himno oficial de la JMJ, cantado por un coro del que formaban parte sacerdotes de todo el Brasil, incluidos los que evangelizan a través de la música sacra. Los cantos para la Santa Misa se escogieron a través de un concurso nacional en el que participaron jóvenes de Brasil que mandaron sus composiciones.

El Papa basó su homilía en el lema de la XXVIII JMJ: "Id y hacer discípulos a todos los pueblos" y después de recordar la emoción de estos días, de vivir la fe con personas venidas de los cuatro ángulos de la tierra, afirmó que ahora llegaba el momento de transmitir esa experiencia a los demás. "Tres palabras -dijo- : "Vayan, sin miedo, para servir".

Para explicar el significado de la primera Francisco habló a los jóvenes de la belleza de haber encontrado a Jesús juntos en estos días y de haber sentido la alegría de la fe, pero la experiencia de este encuentro "no puede quedar encerrada en su vida o en el pequeño grupo de la parroquia, del movimiento o de su comunidad. Sería como quitarle el oxígeno a una llama que arde. La fe es una llama que se hace más viva cuanto más se comparte... para que todos conozcan... a Jesucristo, que es el Señor de la vida y de la historia".

"Compartir la experiencia de la fe... anunciar el evangelio es el mandato que el Señor confía a toda la Iglesia, también a ti -afirmó- Es un mandato que no nace de la voluntad de dominio, de la voluntad de poder, sino de la fuerza del amor, del hecho que Jesús ha venido antes a nosotros y nos ha dado, no nos dio algo de sí, sino se nos dio todo él; él ha dado su vida para salvarnos y mostrarnos el amor y la misericordia de Dios. Jesús... nos acompaña... en esta misión de amor".

"¿Adónde nos envía Jesús? No hay fronteras, no hay límites: nos envía a todos. El evangelio no es para algunos sino para todos. No es sólo para los que nos parecen más cercanos, más receptivos, más acogedores...No tengan miedo de ir y llevar a Cristo a cualquier ambiente, hasta las periferias existenciales, también a quien parece más lejano, más indiferente. El Señor busca a todos, quiere que todos sientan el calor de su misericordia y de su amor".

En particular el Papa subrayó que le gustaría que el mandato de Cristo: "Vayan", resonara en los jóvenes de la Iglesia en América Latina porque "este continente ha recibido el anuncio del evangelio, que ha marcado su camino y ha dado mucho fruto. Ahora... la Iglesia necesita de ustedes, del entusiasmo, la creatividad y la alegría que les caracteriza".

"Puede que alguno piense: "No tengo ninguna preparación especial, ¿cómo puedo ir y anunciar el evangelio?", dijo después para explicar el concepto de "sin miedo" y habló de que el miedo de los jóvenes no se diferencia mucho del de Jeremías, que también era joven cuando fue llamado por Dios para ser profeta y que en las lecturas de hoy exclama:"¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que sólo soy un niño". También Dios les dice a ustedes lo que le dijo a Jeremías: "No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte". Él está con nosotros. Jesús... nunca deja solo a nadie. Además Jesús no dijo: "Ve", sino "Vayan": somos enviados juntos. Queridos jóvenes, sientan la compañía de toda la Iglesia, y también la comunión de los santos, en esta misión. Cuando juntos hacemos frente a los desafíos, entonces somos fuertes, descubrimos recursos que pensábamos que no teníamos. Jesús no ha llamado a los apóstoles para que vivan aislados, los ha llamado a formar un grupo, una comunidad".

Servir es "dejar que nuestra vida se identifique con la de Jesús, es tener sus sentimientos, sus pensamientos, sus acciones. Y la vida de Jesús es una vida para los demás. Es una vida de servicio... Evangelizar es dar testimonio en primera persona del amor de Dios, es superar nuestros egoísmos, es servir inclinándose a lavar los pies de nuestros hermanos como hizo Jesús".

"Vayan, sin miedo, para servir -concluyó- Siguiendo estas tres palabras experimentarán que quien evangeliza es evangelizado, quien transmite la alegría de la fe, recibe más alegría. Queridos jóvenes, cuando vuelvan a sus casas, no tengan miedo de ser generosos con Cristo, de dar testimonio del evangelio... Llevar el evangelio es llevar la fuerza de Dios para arrancar y arrasar el mal y la violencia; para destruir y demoler las barreras del egoísmo, la intolerancia y el odio; para edificar un mundo nuevo. Jesucristo cuenta con ustedes. La Iglesia cuenta con ustedes. El Papa cuenta con ustedes".

Santo Evangelio 5 de agosto de 2013



Día litúrgico: Lunes XVIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 14,13-21): En aquel tiempo, cuando Jesús recibió la noticia de la muerte de Juan Bautista, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario. En cuanto lo supieron las gentes, salieron tras Él viniendo a pie de las ciudades. Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos. 

Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: «El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida». Mas Jesús les dijo: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer». Dícenle ellos: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Él dijo: «Traédmelos acá». 

Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos. Y los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.


Comentario: Rev. D. Xavier ROMERO i Galdeano (Cervera, Lleida, España)
Levantando los ojos al cielo...


Hoy, el Evangelio toca nuestros “bolsillos mentales”... Por esto, como en tiempos de Jesús, pueden aparecer las voces de los prudentes para sopesar si vale la pena tal asunto. Los discípulos, al ver que se hacía tarde y que no sabían cómo atender a aquel gentío reunido en torno a Jesús, encuentran una salida airosa: «Que vayan a los pueblos y se compren comida» (Mt 14,15). Poco se esperaban que su Maestro y Señor les fuera a romper este razonamiento tan prudente, diciéndoles: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14,16).

Un dicho popular dice: «Quien deja a Dios fuera de sus cuentas, no sabe contar». Y es cierto, los discípulos —nosotros tampoco— no sabemos contar, porque olvidamos frecuentemente el sumando de mayor importancia: Dios mismo entre nosotros.

Los discípulos realizaron bien las cuentas; contaron con exactitud el número de panes y de peces, pero al dividirlos mentalmente entre tanta gente, les salía casi un cero periódico; por eso optaron por el realismo prudente: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces» (Mt 14,17). ¡No se percatan de que tienen a Jesús —verdadero Dios y verdadero hombre— entre ellos!

Parafraseando a san Josemaría, no nos iría mal recordar aquí que: «En las empresas de apostolado, está bien —es un deber— que consideres tus medios terrenos (2 + 2 = 4), pero no olvides ¡nunca! que has de contar, por fortuna, con otro sumando: Dios + 2 + 2...». El optimismo cristiano no se fundamenta en la ausencia de dificultades, de resistencias y de errores personales, sino en Dios que nos dice: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Sería bueno que tú y yo, ante las dificultades, antes de dar una sentencia de muerte a la audacia y al optimismo del espíritu cristiano, contemos con Dios. Ojalá que podamos decir con san Francisco aquella genial oración: «Allí donde haya odio que yo ponga amor»; es decir, allí donde no salgan las cuentas, que cuente con Dios.

4 ago 2013

Nuestra Señora de las Nieves, 5 de agosto

5 de agosto

HOMILÍAS

NUESTRA SEÑORA DE LAS NIEVES


Esta fiesta de la Santísima Virgen tiene su origen en la leyenda romana que las lecciones del Breviario de hoy nos recuerdan.

  En tiempo del papa Liberio, segunda mitad del siglo IV, existía en Roma un matrimonio sin hijos. Lo mismo Juan que su esposa pertenecían a la más alta nobleza. Eran excelentes cristianos y contaban con una gran fortuna que las numerosas limosnas a los pobres eran incapaces de agotar. Se hacían ancianos los nobles esposos y, pensando en el mejor modo de emplear su herencia, pedían insistentemente a la Madre de Dios que les iluminase.

  He aquí que la Virgen les declara de forma maravillosa sus deseos. A Juan Patricio y a su esposa se les aparece en sueños, y por separado, la Señora para indicarles su voluntad de que se levante en su honor un templo en el lugar que aparezca cubierto de nieve en el monte Esquilino. Esto ocurría la noche del 4 al 5 de agosto, en los días más calurosos de la canícula romana.

  Van los dos esposos a contar su visión al papa Liberio. Este había tenido la misma revelación que ellos. El Sumo Pontífice organiza una procesión hacia el lugar que había señalado la Madre de Dios. Todos se maravillaron al ver un trozo de campo acotado por la nieve fresca y blanca. La Virgen acababa de manifestar de este modo admirable su deseo de que allí se levantase en su honor un templo. Este templo es hoy día la basílica de Santa María la Mayor.

  ¿Qué valor tiene esta leyenda?

  Parece que no tiene ninguna garantía de veracidad. El cardenal Capalti aseguraba a De Rossi que, cuando los canónigos de esta basílica terminaban en coro las lecciones de la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves y se disponían a entrar en la sacristía para dejar sus trajes corales, había uno bastante gracioso que solía decir que en toda la leyenda únicamente encontraba verdaderas estas palabras. "en Roma, a 5 de agosto, cuando los calores son más intensos".

  La leyenda no aparece hasta muy tarde. Seguramente en el siglo XI. El caso es que cuajó fácilmente en la devoción popular y un discípulo del Giotto la inmortalizó en unos lienzos que pintó para la misma basílica. En un cuadro aparece el papa Liberio dormido, con la mitra al lado; encima, ángeles y llamas, y, delante, la Virgen que le dirige la palabra. En otro cuadro aparece Juan Patricio, a quien se le aparece también la Virgen. Otra pintura nos presenta a María haciendo descender la nieve sobre el monte Esquilino.

  Nuestro Murillo inmortalizó también esta leyenda en uno de sus cuadros. En él aparece el noble y piadoso matrimonio contando la visión al Papa, y en el fondo se contempla la procesión y el campo nevado.

  Otros artistas reprodujeron en sus cuadros este milagro y los poetas lo cantaron en sus versos.

  La devoción a la Virgen de las Nieves arraigó fuertemente en el pueblo romano y llegó a extenderse por toda la cristiandad. En su honor se levantan hoy templos por todo el mundo, y son muchas las mujeres cristianas que llevan este bendito nombre de la Santísima Virgen.

  Nuestra Señora de las Nieves es lo mismo que Santa María la Mayor, título que lleva una de las cuatro basílicas mayores de Roma. Las otras tres son: San Pedro del Vaticano, San Pablo Extramuros y San Juan de Letrán. La basílica de Santa María la Mayor parece ser que fue la primera iglesia que se levantó en Roma en honor de María y podemos decir, lo mismo que se afirma de San Juan de Letrán en un sentido más general, que es la iglesia madre de todas cuantas en el mundo están dedicadas a la excelsa Madre de Dios. Por esto, y por ser una de las iglesias más suntuosas de Roma, mereció el título de la Mayor. Así se la distinguía de las otras sesenta iglesias que tenía la Ciudad Eterna dedicadas a Nuestra Señora.

  Esta basílica ha pasado por bastantes vicisitudes a través de los tiempos. Ocupa el Esquilino, una de las siete colinas de Roma. En tiempo de la República era necrópolis y bajo el Imperio de Augusto, paseo público. Allí tenía el opulento Mecenas unos jardines. Allí estaba la torre desde la cual contempló Nerón el incendio de Roma y allí había un templo dedicado a la diosa Juno, al cual acudían las parejas de novios para implorar sus auspicios.

  Aquí quiso la Reina del Cielo poner su morada. En el corazón de la urbe penetra su planta virginal y los hijos del más glorioso de los antiguos imperios abrirán sus pechos al amor de tan tierna Madre.

  La primitiva iglesia no estaba consagrada a María. Se llamaba la basílica Sociniana. En su recinto lucharon los partidarios del papa Dámaso con los secuaces del antipapa Ursino. Esto sucedió a finales del siglo IV. En este tiempo se llamó también basílica Liberiana por su fundador, el papa Liberio.

  En el siglo V es reconstruida por Sixto III (432-440). Este mismo Papa es el que consagra el templo a la Virgen. Desde este momento el nombre de María se va a hacer inseparable de este templo.

  El concilio de Efeso había tenido lugar el año 431. Los padres del tercer concilio ecuménico acababan de proclamar la maternidad divina de María contra el hereje Nestorio. Era el primer gran triunfo de María en la Iglesia y una crecida ola de amor Mariano recorre toda la cristiandad de oriente a occidente. La maternidad divina de María es el más grande de los privilegios de María y la raíz de todas sus grandezas.

  Roma no podía faltar en esta hora de gloria Mariana. Este templo que renueva Sixto III en honor de la Theotocos es el eco romano de la definición de los padres de Efeso. La ciudad entera se apresta a levantar y hermosear esta basílica. Los pintores ponen sus pinceles bajo la dirección del Sumo Pontífice y las damas se desprenden de sus más vistosas joyas. Ahora es cuando la antigua basílica Sociniana se adorna con pinturas y mosaicos que celebran el misterio de la maternidad divina de María. Se levanta un arco de triunfo y sobre la puerta de entrada se lee una inscripción que empieza con estas palabras:

  "A ti, oh Virgen María, Sixto te dedicó este nuevo templo... "

  Las pinturas son de tema Mariano y generalmente relacionadas con la maternidad divina de María. Representan a la Anunciación, la Visitación, María con el Niño, la adoración de los Magos, la huida a Egipto y otras escenas de la vida de la Virgen.

  Las tres amplias naves de la basílica se enriquecieron con los dones de los fieles y los ábsides se adornaron de lámparas y mosaicos. Algunos de éstos son especialmente valiosos.

  En el siglo VII una nueva advocación le nace a esta iglesia: Santa María ad praesepe, Santa María del Pesebre. La maternidad de María acaba por llevar la devoción de los fieles al portal de Belén, a Jesús. Como siempre, por María a Jesús.

  Al lado de la basílica surge una gruta estrecha, obscura y recogida como la de Belén. Allí irán los papas a celebrar la misa del gallo todas las Nochebuenas, y para que la piedad se hiciese más viva se enseñaban los maderos del pesebre en el cual había nacido el Hijo de Dios y trozos de adobes y piedras que los peregrinos habían traído de Tierra Santa.

  Esta gruta llega a ser uno de los lugares más venerandos de la Ciudad Eterna. Los Romanos Pontífices la distinguen con sus privilegios. Gregorio III (731-741) puso allí una imagen, de oro y gemas que representaba a la Madre de Dios abrazando a su Hijo. Adriano I (762-795) cubrió el altar con láminas de oro, y León III (795-816) adornó las paredes con velos blancos y tablas de plata acendrada que pesaban ciento veintiocho libras.

  Son muchas las gracias que la Santísima Virgen ha concedido a sus devotos en este santo templo. Aquí organizó San Gregorio Magno unas solemnes rogativas con motivo de una terrible peste que asolaba la ciudad.

  El año 653 ocurrió en esta iglesia un hecho milagroso. Celebraba misa el papa San Martín cuando, al querer matarle o prenderle por orden del emperador Constante, el enarca de Ravena, Olimpo, quedó repentinamente ciego e imposibilitado.

  Basten estos hechos para demostrar el gran aprecio que los Sumos Pontífices han tenido para con este templo a través de la historia.

  Hoy mismo sigue siendo Santa María la Mayor una de las cuatro basílicas patriarcales de Roma cuya visita es necesaria para ganar el jubileo del año santo. De esta forma la Virgen de las Nieves sigue recibiendo el tributo de amor de innumerables peregrinos de todo el orbe católico.

  Actualmente es una de las iglesias más ricas y bellas de la ciudad de Roma. Conserva muy bien su carácter de basílica antigua. Tiene por base la forma rectangular, dividida por columnas que forman tres naves, techo artesonado, atrio y ábside.

  El interior de la basílica es solemne y armonioso. Las tres naves aparecen divididas por columnas jónicas. Contiene notables monumentos y tumbas de los papas.

  Tiene dos fachadas: la que mira al Esquilino, que es la posterior, y la que mira a la plaza que lleva el nombre de Santa María la Mayor. Esta, que es la principal, data del siglo VIII, y la posterior del XVII. El campanario, románico, es el más alto de Roma. Fue construido el año 1377.

  Sobre el altar mayor hay una imagen de María del siglo XIII, atribuida a Lucas el Santo, y en la nave se halla el monumento a la Reina de la Paz, erigido por Benedicto XV al terminar la primera guerra mundial. Su cielo raso está dorado con el primer oro que Colón trajo de América. En la plaza de Santa María la Mayor se yergue una columna estriada de más de catorce metros de altura. En la plaza del Esquilino se alza un obelisco procedente del mausoleo de Augusto.

  Santa María de las Nieves. He aquí una de las advocaciones más bellas de la Santísima Virgen. Ella, que es la Madre de Dios, Inmaculada, Asunta al cielo, Virgen de la Salud y del Rocío, es también Nuestra Señora de las Nieves.

  La nieve es blancura y frescor. Pureza y alma recién estrenada, intacta. Espíritu sin gravedad. ¡Cuán hermosamente tenemos representada aquí la pureza sin mancha de María!

  Nieve recién caída en el estío romano. La pureza al lado del calor sofocante de la pasión. Sólo Ella, como aquel trozo milagrosamente marcado por la nieve en la leyenda de Juan Patricio, es preservada del calor fuerte del agosto que es el pecado. Sólo Ella es sin pecado entre todos los hombres. Ella es blancura y candor. Ella refresca nuestros agostos llenos del fuego del pecado y la concupiscencia.

  Ni el copo de nieve, ni el ala de cisne, ni la sonrisa de la inocencia, ni la espuma de la ola es más limpia y hermosa que María.

  Verdaderamente es ésta una fiesta de leyenda y poesía, María es algo de leyenda y poesía. Es la obra de Dios.

MARCOS MARTÍNEZ DE VADILLO

Santo Evangelio 4 de agosto de 2013



Día litúrgico: Domingo XVIII (C) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 12,13-21): En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre!, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes».

Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».


Comentario: Rev. D. Jordi PASCUAL i Bancells (Salt, Girona, España)
La vida de uno no está asegurada por sus bienes



Hoy, Jesús nos sitúa cara a cara con aquello que es fundamental para nuestra vida cristiana, nuestra vida de relación con Dios: hacerse rico delante de Él. Es decir, llenar nuestras manos y nuestro corazón con todo tipo de bienes sobrenaturales, espirituales, de gracia, y no de cosas materiales.

Por eso, a la luz del Evangelio de hoy, nos podemos preguntar: ¿de qué llenamos nuestro corazón? El hombre de la parábola lo tenía claro: «Descansa, come, bebe, banquetea» (Lc 12,19). Pero esto no es lo que Dios espera de un buen hijo suyo. El Señor no ha puesto nuestra felicidad en herencias, buenas comidas, coches último modelo, vacaciones a los lugares más exóticos, fincas, el sofá, la cerveza o el dinero. Todas estas cosas pueden ser buenas, pero en sí mismas no pueden saciar las ansias de plenitud de nuestra alma, y, por tanto, hay que usarlas bien, como medios que son.

Es la experiencia de san Ignacio de Loyola, cuya celebración tenemos tan cercana. Así lo reconocía en su propia autobiografía: «Cuando pensaba en cosas mundanas, se deleitaba, pero, cuando, ya aburrido lo dejaba, se sentía triste y seco; en cambio, cuando pensaba en las penitencias que observaba en los hombres santos, ahí sentía consuelo, no solamente entonces, sino que incluso después se sentía contento y alegre». También puede ser la experiencia de cada uno de nosotros.

Y es que las cosas materiales, terrenales, son caducas y pasan; por contraste, las cosas espirituales son eternas, inmortales, duran para siempre, y son las únicas que pueden llenar nuestro corazón y dar sentido pleno a nuestra vida humana y cristiana.

Jesús lo dice muy claro: «¡Necio!» (Lc 12,20), así califica al que sólo tiene metas materiales, terrenales, egoístas. Que en cualquier momento de nuestra existencia nos podamos presentar ante Dios con las manos y el corazón llenos de esfuerzo por buscar al Señor y aquello que a Él le gusta, que es lo único que nos llevará al Cielo.