19 mar 2013

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Consagración a la Sagrada Familia




CONSAGRACIÓN A LA SAGRADA FAMILIA 

Oh Jesús, Redentor nuestro amabilísimo, que habiendo venido a iluminar al mundo con la doctrina y con el ejemplo, habéis querido pasar la mayor parte de vuestra vida, humilde y sujeto a María y a José en la pobre casa de Nazaret, santificando a aquella Familia que había de ser el modelo de todas las familias cristianas; acoged benigno la nuestra, que ahora se dedica y consagra a Vos. Dignaos protegerla, guardarla y establecer en ella vuestro santo temor, con la paz y concordia de la caridad cristiana, para que imitando el ejemplo divino de vuestra Familia, pueda alcanzar toda entera, sin faltar uno solo, la eterna bienaventuranza.

María, Madre de Jesús y Madre nuestra, con vuestra piadosa intercesión haced que sea aceptable a Jesús esta humilde ofrenda, y obtenednos su gracia y bendición.

Oh san José, custodio santísimo de Jesús y de María, socorrednos con vuestras plegarias en todas las necesidades espirituales y temporales, a fin de que en unión con María y con Vos, podamos bendecir eternamente a nuestro divino Redentor Jesús. Así sea.

Misa de inicio de ministerio petrino





Misa de inicio de ministerio petrino

Francisco besó niños y enfermos, paseó entre la multitud y recibió el calor de la Iglesia universal


"¡Viva el Papa". "¡Viva el Papa", gritaba una inmensa multitud mientras en un jeep descubierto el Papa Francisco recorría, a las ocho y media, la Plaza de San Pedro, muy lentamente, como flotando entre la muchedumbre.

Emocionó su gesto de detenerse y bajarse del coche para abrazar a una persona con discapacidad.



Y poco después se detuvo para saludar a dos niños. Los fieles, que esperaban desde las seis y media de la mañana, alababan su cercanía, mientras en la zona de autoridades se agrupaban más de 130 delegaciones de jefes de estado, ministros y líderes de las naciones y organizaciones de todo el mundo.

Banderas de todos los países llenaban de color universal el centro de la cristiandad.

A las nueve y cuarto el Papa bendijo a la multitud y sonriendo mucho, se retiró para revestirse en la sacristía.



Diez minutos después, acompañado por los patriarcas católicos de las Iglesias Orientales, rezó en la tumba de San Pedro pidiendo la intercesión de su predecesor, el primer Papa.

Volviendo en la Basílica, el Papa Francisco se unió a la procesión de cardenales concelebrantes, precedido por los diáconos que llevaban el palio pastoral, el Anillo del Pescador y los Evangelios.

La imposición del palio la efectuó el cardenal proto-diácono, Jean-Louis Tauran, el mismo que lo anunció en el balcón hace menos de una semana.

Lo acompañaba una oración del cardenal protopresbítero, Godfried Danneels. La entrega del Anillo la realizó el cardenal Angelo Sodano, decano.

Seis cardenales, en nombre de todos los demás, reiteraron su obediencia. El primero fue el cardenal Giovanni Battista Re; después el cardenal Tarcisio Bertone; a continuación Joachim Meisner y Josef Tomko; por último, los cardenales del orden de los diáconos Renato Raffaele Martino y Francesco Marchisano.

La Misa empezó a las diez y fue concelebrada por los cardenales, los patriarcas y arzobispos mayores de las Iglesias orientales católicas, el secretario de la Congregación para los Obispos, Lorenzo Baldisseri, y dos españoles "especiales": el superior de los jesuitas y el superior de los franciscanos, que son vicepresidente y presidente de la unión de religiosos.

En su homilía, el Papa se remitió a la figura de San José, modelo de paternidad y protección cuya fiesta celebra la Iglesia este día. "No debemos tener miedo de la bondad, ni de la ternura", repitió dos veces el Papa. Y pidió a todos ser como él: custodios fuertes que con ternura defienden a los débiles y pequeños.

Las peticiones se rezaron en ruso, árabe, chino, francés y swahili. En árabe se oró por los gobernantes: "Todopoderoso Dios, en tu sabiduría, ilumina sus mentes y guíalos para construir la civilización del amor". En ruso se pidió la ayuda de Dios para que "todos los pastores y fieles puedan vivir la obediencia incondicional al Evangelio". La oración en chino se refería a la necesidad de transformar nuestras vidas "en la semejanza del Señor Jesús".

A las once, fue muy emotivo el histórico abrazo de paz entre el Papa Francisco y el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, ante el altar. Es la primera vez, se considera, que un Patriarca de Constantinopla está presente en la Misa de inauguración de un Pontífice romano.

Francisco luego repartió la comunión a los fieles, que la recibían de rodillas. Mojaba la hostia en el cáliz, según algunos comentaristas, "como en las liturgias orientales".

A las once y veinte, en menos de dos horas, la misa terminaba, con el canto del Te Deum. Francisco, como en días anteriores, evitó hacer parlamentos y discursos en varios idiomas.

A renglón seguido acudió a la Basílica de San Pedro para recibir a los jefes de Estado y delegaciones de todo el mundo.

El primer saludo lo dedicó a la presidenta Cristina Kirchner, de Argentina, y luego al presidente de Italia, Napolitano y al primer ministro Monti, ambos acompañados por sus esposas. El resto de mandatarios desfilaron por orden alfabético de sus países.

 Fuente Religion en libertad



Así se desarrolla la Misa de Inicio del Ministerio Petrino



Protagonismo del apóstol San Pedro

Así se desarrolla la Misa de Inicio del Ministerio Petrino, con 250 obispos y 1.200 sacerdotes

Francisco y 10 líderes católicos orientales rezarán en la tumba de San Pedro; concelebran 180 jerarcas; asisten Bartolomé I de Constantinopla, Karekin II de Armenia y 130 delegaciones de todo el mundo.


 Como un párroco, Francisco salió a la puerta de Santa Ana a saludar feligreses ¡y viandantes!

 El Papa Francisco confirma que mantiene el mismo lema y escudo que cuando era cardenal

 Entrevista en vídeo antes de ser Papa: «¿Adoras a Dios o tienes un sustituto, no sé cual?»


La rueda de prensa del padre Lombardi de este lunes s eha centrado, sobre todo, en explicar cómo se desarrollará la Misa del Inicio del Ministerio Petrino del Obispo de Roma.

“Este es el nombre correcto de la ceremonia- ha dicho Lombardi-, no el de entronización, ni el de inauguración. El Papa es, como sucesor de Pedro, el Obispo de Roma, y la Iglesia de Roma, preside a las demás en la caridad. Por otra parte, es una celebración cargada de símbolos que recuerdan el vínculo del Papa con San Pedro, como sucesor suyo, empezando por el lugar donde se lleva a cabo: la Plaza, donde según la tradición fue martirizado Pedro”.

250 obispos, 1.200 sacerdotes
El director de la Oficina de Prensa ha indicado también como se colocarán los participantes en la Misa: “A la entrada de la basílica y a la izquierda, los arzobispos y obispos -alrededor de 250-y las delegaciones de otras iglesias y confesiones cristianas. A la derecha, las delegaciones de los diversos países encabezadas por los jefes de Estado, ministros, etc..."

"En la zona de la estatua de San Pedro ( a la derecha) las delegaciones de las otras religiones: judío, musulmanes y de otras religiones; a continuación, sacerdotes y seminaristas (1200). En la zona de San Pablo, (a la izquierda), cuerpo diplomático y otras autoridades. En el resto de la Plaza, las personas de pie, sin entradas. Se prevé una participación muy numerosa.”

Un paseo en papamóvil con el pueblo
El Papa saldrá de la Casa Santa Marta, alrededor de las 8,50 y dará una vuelta en jeep o papamóvil entre la multitud de la Plaza, saludando a las personas en las distintas zonas. 

Para vestirse volverá a la sacristía -al lado de la estatua de La Piedad- hacia las 9,15. Está previsto que la Misa comience a las 9,30.

Por cuanto respecta al inicio de la ceremonia, el Papa, una vez entrado en la basílica se dirige a la Confesión (la tumba de San Pedro, bajo el altar central), mientras las trombas de plata tocan, y suena el "Tu es Petrus".

Con el primer Papa, Pedro el pescador
El Papa venera la tumba de San Pedro, junto con los Patriarcas y Arzobispos Mayores de las Iglesias orientales católicas (son 10, de los cuales cuatro son cardenales: Naguib, el copto; Raï, el maronita; Thottunkal, el siro-malankar y Alencherry, el siro-malabar).

Cerca de la tumba se encuentran el anillo del pescador, el palio, y el evangeliario.

Después, el Santo Padre sube desde la Confesión hasta el piso de la Basílica e inicia la procesión. Se cantan las Laudes Regiae (El Rey es Cristo), con algunas invocaciones tomadas del documento Lumen Gentium sobre la Iglesia (Concilio Vaticano II).

Letanía de santos, desde Pedro a Pío X
Se invoca entonces a los santos, entre los que hay que notar, en particular después de los Apóstoles a los Santos Pontífices romanos, hasta el más reciente: San Pío X.

“Se pronuncia el nombre sólo de los Papas santos, no de los beatos”,ha aclarado Lombardi. La procesión hace su ingreso en la explanada de San Pedro.

Cardenales, patriarcas... y dos españoles
Concelebran con Franciscom según explicó Lombardi, los cardenales presentes en Roma ,a los que hay que añadir los Patriarcas y Arzobispos Mayores Orientales presentes (6), el Secretario del Colegio Cardenalicio y dos Padres generales religiosos: el de los Franciscanos menores, el español José Rodríguez Carballo - que es el presidente de la Unión de los Generales - y el de los jesuitas, el también español Adolfo Nicolás Pachón, que es el vicepresidente).

"En total, los concelebrantes serán unos 180 y se sitúan en el el lado izquierdo (delante de los eclesiásticos, no de las delegaciones de las autoridades)", detalla el portavoz vaticano.

Palio, anillo y obediencia
Antes del inicio de la Misa tienen lugar los ritos específicos del inicio del ministerio petrino:

- La imposición del palio (puesto sobre los hombros, hecho de lana de corderos y ovejas, recuerda al Buen Pastor que lleva sobre sus hombros a la oveja perdida: el del Papa tiene cruces rojas del Papa, mientras los de los metropolitanos tienen cruces negras. Es el mismo utilizado por Benedicto XVI. Su imposición corre a cargo del cardenal Protodiácono (Jean-Louis Tauran) y después de la imposición el cardenal protopresbítero (Godfried Daneels), reza una oración.

- La entrega del "Anillo del pescador" -Pedro es el apóstol pescador :"pescador de hombres"- la hace el Cardenal Decano ,el Primero del Orden de los Obispos, es decir el cardenal Angelo Sodano. “El anillo lleva la efigie de San Pedro con las llaves. Su autor es Enrico Manfrini. El anillo estaba en posesión del arzobispo Pasquale Macchi, que fue secretario de Pablo VI y después pasó a Monseñor Ettore Malnati, que se lo ofreció al cardenal Giovanni Battista Re. Está hecho de plata dorada”

- El rito de la "obediencia" lo cumplen seis cardenales, dos por cada orden, entre los primeros de los presentes. Hay que recordar que todos los Cardenales electores han declarado ya obediencia al Papa en la Capilla Sixtina al final del Cónclave, y se han encontrado con Francisco en el Vaticano en la audiencia en la Sala Clementina. Lombardi ha especificado que durante la “toma de posesión de la Catedral de Roma - San Juan de Letrán -, que corresponde al Papa como obispo de Roma, está previsto que la obediencia la presten los representantes de los diferentes componentes del pueblo de Dios”.

Misa de San José, evangelio en griego
La Misa de mañana es la de la Solemnidad de San José con sus propias lecturas (es decir, las lecturas no están directamente relacionadas con el rito de la Inauguración del Pontificado).

El Evangelio se lee en griego, como en las solemnidades más importantes, para manifestar que la Iglesia universal se compone de las grandes tradiciones de Oriente y Occidente. “El latín - ha dicho Lombardi- ya está abundantemente presente en otras partes oraciones y partes de la misa “.

Improvisando en la homilía
El Papa pronunciará la homilía en italiano y, como es su estilo, probablemente no seguirá fielmente un texto, sino que improvisará.

“Se prevé que la celebración no dure más de dos horas, quizás incluso menos y siempre para simplificar y hacer que el rito no sea demasiado largo - ha añadido Lombardi- no habrá procesión de las ofrendas. Las ofrendas las llevan los monaguillos que preparan el altar. Asimismo, el Papa no distribuirá la comunión, lo harán los diáconos al lado de la basílica y los sacerdotes situados en los diversos sectores”.

Música: Palestrina y Tomás Luis de Vitoria
Por cuanto respecta a la música. A la entrada del Papa en la basílica: toques de las trombas de plata e interpretación del "Tu es Petrus". Canto de "Laudes Regiae" en la procesión desde la tumba de San Pedro a la iglesia. Conjunto de 14 instrumentos de viento en en diferentes momentos de la celebración. Ofertorio: Motete "Tu es pastor ovium - Tu eres el pastor de las ovejas", compuesta por Pierluigi da Palestrina para la inauguración de los pontificado. "Te Deum" final con versos alternados: gregoriano y melodía de Tomás Luis de Vitoria. No habrá Ángelus porque no es domingo”

Saludo a los jefes de Estado
“Al final de la misa, el Papa, una vez que se haya despojado de las vestiduras litúrgicas, irá al altar central de la Basílica, para saludar a los jefes de las delegaciones oficiales de los diferentes países, que desfilan ante él. Luego irá a Santa Marta para el almuerzo. Algunas delegaciones que se quedan en Roma, podrán encontrarse con el Secretario de Estado, el cardenal Tarcisio Bertone y el Secretario para las Relaciones con los Estados, el arzobispo Dominique Mamberti el miércoles siguiente (por ejemplo, el Presidente de Brasil en vista del Día Mundial de la Juventud”.

El Papa tambiéen recibe en audiencia a las delegaciones de las Iglesias y comunidades cristianas y de otras religiones.

Por parte de las Iglesias y denominaciones cristianas están confirmadas 33 delegaciones: 14 de comunidades e iglesias orientales, 10 occidentales, 3 organizaciones cristianas, y otros.

Gran presencia ortodoxa y armenia
Hay que señalar la presencia del patriarca ecuménico ortodoxo Bartolomé I; el Katolikós de la Iglesia Armenia, Karekin II el Metropolitano Hilarión del Patriarcado de Moscú; muchos Metropolitanos de iglesias ortodoxas y orientales; el Arzobispo anglicano de York, John Tucker Mugabi Sentamu (representando a la Comunión Anglicana; el primado, Justin Welby no pudo venir, porque tiene su propia toma de posesión esta semana); el Secretario del Consejo Mundial de Iglesias Fykse Tveit, etc.

Lombardi señaló como "muy importante" la delegación judía, con 16 miembros: representantes de la Comunidad Judía de Roma; Comités judíos internacionales; el Gran Rabinato de Israel, World Jewish Council, Anti-Defamation League ....

También hay delegaciones musulmanas, budistas, sikh y jainistas.

En la mañana del lunes habían anunciado su presencia las delegaciones procedentes de 132 países de diversa amplitud y nivel.

"No hay invitaciones"
“Las delegaciones -ha subrayado el Padre Lombardi- vienen a Roma siguiendo las informaciones, que sobre este acontecimiento envía el Secretario de Estado. No hay “invitaciones". Todos aquellos que quieran venir son bienvenidos. Ninguno es privilegiado o rechazado. El orden depende del protocolo y el nivel de la Delegación. Es importante que quede bien claro”.

Naturalmente, las delegaciones más significativas son las de Argentina, encabezada por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y la de Italia, encabezada por el presidente Giorgio Napolitano y el primer ministro Mario Monti, con los presidentes del Senado y la Cámara de la Corte Constitucional.

Hay seis soberanos reinantes (Bélgica, Mónaco...).

Y 31 Jefes de Estado o de Organizaciones Internacionales, (Austria, Brasil, Chile, México, Canadá, Polonia, Portugal, Unión Europea ...).

Acuden 3 Príncipes herederos (España, Holanda, Bahrein).

Y al menos 11 Jefes de Gobierno (Alemania, Francia...).

Acude el vicepresidente de Estados Unidos -el "católico" proaborto, divorcio, anticoncepción, etc...- Joe Biden.

Y también hay delegaciones encabezadas por primeras Damas, vicepresidentes, vice-primeros ministros, presidentes del Parlamento, ministros, embajadores, otros dignatarios.

Santo Evangelio 19 de Marzo de 2013



Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
Jesús perdido en el templo
Lucas 2, 41-51. Solemnidad de San José. San José creyó, y, porque creyó, fue el primero en adorar Aquel Niño que trajo la salvación al mundo entero
 

Del santo Evangelio según san Lucas 2, 41-51

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén para las festividades de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, fueron a la fiesta, según la costumbre. Pasados aquellos días, se volvieron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino; entonces lo buscaron, y al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca.
Al tercer día lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, sus padres se quedaron atónitos y su madre le dijo: "Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando, llenos de angustia". Él les respondió: "¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?" Ellos no entendieron la respuesta que les dio. Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad.

Oración introductoria

Oh Dios, Padre bueno, no dejes que me desanime ante los problemas y angustias de la vida. Haz que aprenda de la Sagrada Familia a peregrinar en el claroscuro de la fe. Que la fe sea lo que me ilumine en los momentos de dificultad y lo que me fortalezca en los momentos de dolor.

Petición

Señor, revive mi la fe en Jesucristo «para entrar en su mismo torrente de amor por el Padre y por cada hermano y hermana» que encuentre hoy.

Meditación del Papa

Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?" Esta doble pregunta del Hijo de Dios nos ayuda a entender el misterio de la paternidad de José. Recordando a sus propios padres la primacía de Aquel a quien llama "Padre mío", Jesús afirma el primado de la voluntad de Dios sobre toda otra voluntad, y revela a José la verdad profunda de su papel: también él está llamado a ser discípulo de Jesús, dedicando su existencia al servicio del Hijo de Dios y de la Virgen Madre, en obediencia al Padre Celestial. El sexto panel representa el trabajo de José en su taller de Nazaret. Junto a él trabajó Jesús. El Hijo de Dios está escondido a los hombres y sólo María y José custodian su misterio y lo viven cada día: el Verbo encarnado crece como hombre a la sombra de sus padres, pero, al mismo tiempo, estos permanecen, a su vez, escondidos en Cristo, en su misterio, viviendo su vocación. (Benedicto XVI, 5 de julio de 2010).

Reflexión

Los designios de Dios son siempre maravillosos y, en ocasiones, incomprensibles para nuestra pobre mente.

La dificultad de José no era banal. Estaba turbado porque no alcanzaba a percibir con claridad la voluntad de Dios. Hay momentos en la vida en los cuales no estamos seguros de cómo debemos actuar para permanecer en la justicia. En estos momentos de incerteza nos parece que Dios fuese lejano: no sentimos su voz y no encontramos una salida.

En realidad Dios no está nunca lejos. Al contrario, está muy cerca. Como sucedió a José, si somos fieles, Él se hará presente con su palabra de consuelo: ¡No temas!

Lo más importante es saber actuar según lo que Él nos dice, a ejemplo de José, también cuando no alcanzamos a comprenderlo todo. Dios es fiel. De José no nos ha llegado a nosotros una sola palabra. En el evangelio él debe tan sólo obedecer bajo la sombra de la fe. Su fe normal, cotidiana, escondida, enfrentada a miles de dificultades, nos debe dar el ejemplo de la firmeza y fortaleza en la fe

A nuestros oídos llega nuevamente la voz del ángel del Señor: "No temas". No temas recibir a María, no temas recibir a Jesús, al Dios hecho niño. Emmanuel, Dios con nosotros. Dios que se hace hombre y viene a nacer en el corazón de cada hombre para traerle la salvación. El Amor de Dios que se hace carne.

San José no dudó en poner en obras las palabras del ángel, pues era hombre de corazón justo que no sabía negarle nada a Dios. San José creyó, y, porque creyó, fue el primero en adorar Aquel Niño que trajo la salvación al mundo entero, la paz, el amor, la felicidad.

No temas. No temas abrir tu corazón al Niño Jesús. Prepara en tu corazón. Él no pide más. Simplemente un pequeño lugar. Lo único que quiere es amar y ser amado.

Emmanuel, Dios con nosotros. Dios en tu corazón, el Amor en tu corazón, la salvación en tu corazón. No temas.

Propósito

Pedir hoy, en una oración especial, la intercesión de san José para imitar su sencillez y humildad para cumplir la voluntad de Dios.

Diálogo con Cristo

Señor, Tú que viviste treinta años oculto en Nazaret, viviendo bajo la custodia de María y de José, ayúdame a imitarte en tu obediencia pronta, alegre y heroica. Que san José, a quien celebramos hoy, patrono de la Iglesia universal, de la familia y de la buena muerte, interceda por mí para que sepa imitar el respeto, el apoyo y el servicio que él vivió y dio a los demás.

19 de Marzo.- San José, Esposo de María



19 de marzo

SAN JOSÉ, ESPOSO DE MARÍA


Emprendemos el estudio de San José con veneración, con respeto, casi sin ruido, dispuestos a escuchar el callado rumor de un alma que embelesa. No es la suya una vida que se deslíe en el tiempo. Si nos limitásemos a ver al Santo Patriarca únicamente tras los tenues y velados acaecimientos de la historia, no sabríamos comprender el significado de su paso por la tierra. El perfil de su figura perdería peso, quedaría apenas dibujado de no ampliar nuestro horizonte hasta más allá de lo visible. Hay vidas que aturden por el estruendo de sus hechos de un día. Son simple anécdota, emoción fugitiva. Otras, en cambio, se deslizan con levedad, con la gracia apacible de un remanso. A primera vista parecen decir muy poco; pero si ahondamos, si sabemos deletrear su sublime abecedario, nos quedamos absortos ante el deslumbramiento. Tal es la vida del humilde artesano de Nazaret. En ella, con murmurio de colmena, el hervor resuena dentro.

San José es un abismo de interioridad. Mientras su cuerpo reluce como dechado de templanza, su alma, preparada para recibir comunicaciones divinas, se nos presenta como un trasunto del paraíso, como un reino de armonía, semejante a una lira pulsada por la mano de Dios. Respira cielo. Vive en la cumbre de todas las elevaciones. No en vano tuvo a Jesús en sus brazos, le meció cuando pequeño, se oyó llamar padre por la Sabiduría y sintió el derretimiento producido por la contemplación de aquel Niño en cuyas manos había florecido la pluralidad del universo. Por algo bebió durante una treintena de años en los ojos, en la sonrisa de su Hijo adoptivo el agua transparente que salta hasta la vida eterna. ¡Misterio inenarrable! No podemos llegar hasta nuestro Santo con las manos vacías. Para entenderle tenemos que llenarnos de perfecciones, afinar nuestros sentidos espirituales y añadir una nueva vibración a nuestro lenguaje. A su lado nos sentimos muy pequeños. Pero su amabilidad, reflejo angélico, nos anima, nos atrae, nos alienta con una ternura acogedora. Lleguémonos, pues, a la orilla de su vida con amor, con el mismo amor con el que los evangelistas, los doctores, los teólogos nos hablaron, nos siguen hablando de Él.

Desde que San Lucas y San Mateo nos delinearon los trazos definidores de la figura del Patriarca, los Santos Padres, los escritores eclesiásticos, los predicadores se han ido acercando paulatinamente al Santo con un afán cada vez más firme de intuir el misterio de su vida sencilla. Los primeros siglos dejaron un tanto en la penumbra el nombre de San José, atraídos por la luz irradiante de Jesús y de su Madre. Así lo exigía la realidad de entonces. Pero a medida que avanzaba el tiempo, la semilla de las Escrituras, las lecciones de San Jerónimo, de San Ambrosio, de San Agustín y de otros santos fructificaron de tal suerte a través de San Bernardo, de San Alberto Magno, de Santo Tomás de Aquino, que las generaciones de fines de la Edad Media y de las épocas siguientes pudieron entregarnos el valioso depósito de sus enseñanzas en libros llenos de entusiasmo y de doctrina. Así empezó a cobrar la vida de San José nuevo color y calor nuevo. Por momentos se iba interpretando más y mejor el río de su alma y día a día se agigantaba su personalidad adquiriendo dimensiones de amplitud teológica que sobrepasaban los límites de una simple hagiografía. De este modo surgió una literatura josefina prestigiada con los nombres de Gersar, Holano, San Francisco de Sales, Bossuet, el cardenal Vives, Lépicier, Sauvé, Renard, Michel y tantos más que descubrieron en la vida del Patriarca facetas de una magnitud insospechada. Por su parte Faber, verdadero poeta en prosa, supo extraer, con profundidad y maestría, un exquisito panal de belleza escondido entre los pliegues de Belén, centro de la humildad más encantadora y humana.

En este concierto de voces jubilosas, la aportación de España tuvo una especial trascendencia. Los dominicos con San Vicente Ferrer, los franciscanos con fray Bernardino de Laredo, los jesuitas con los padres Suárez y Rivadeneyra, los sacerdotes seculares con el, Beato Juan de Avila ensalzaron las virtudes sobrenaturales del Santo en un alarde de confortadora agudeza. Y esto sin olvidar a los poetas, sin dar de lado el lirismo de Valdivielso, de Lope, de Antonio de Mendoza, de González Carvajal, ni el valor dramático de Guillén de Castro en su comedia ennoblecida con el título de El mejor esposo.

¿Cómo iban a callar quienes podían oír en la vida del santo artesano las notas estremecidas de un celeste poema? Todo se renovaba gradualmente en torno suyo. Fue, sin embargo, la espiritualidad carmelitana la que dio el toque definitivo, la que hizo triunfar, dentro y fuera de nuestras fronteras, la devoción al humilde Patriarca. Santa Teresa fue la moldeadora del prodigio. Ella tomó a San José por abogado, cantó sus excelencias, comenzó bajo su protección las Fundaciones y puso al cobijo de su nombre los primeros portalitos. Belén resplandecía. Los conventos teresianos aprendieron de su fundadora a confiar en el patrocinio del santo más bondadoso. ¡Está tan cerca de la fuente de la bondad! A partir de este instante los escritores carmelitas aquilataron hasta lo más fino su juicio y ganaron en penetración y en altura al analizar con moroso y amoroso detalle las prerrogativas del padre nutricio de Jesús. Díganlo, si no, las idílicas descripciones de fray José de Jesús María y el acabado estudio del padre Jerónimo Gracián, digno de conservarse como un precioso legado.

No podía detenerse en nuestros días este impulso ascensional. Una trayectoria tan fecunda en trabajos de primera línea necesitaba conservar indemne su juventud, su vigor teológico. Así ha sucedido. La bibliografía se ha visto incrementada con las obras del obispo de Oviedo Luis Pérez, del padre Bover y de otros especialistas hispánicos cuyas investigaciones han venido a enriquecer con valores nuevos y nuevos eslabones la cadena áurea de tratados aderezada con el broche singular de la Teología de San José escrita por el padre Llamera.

Pero no es esto todo. Aún podemos agregar, como síntoma esclarecedor de este grato clima, el ejemplo del fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, colocando sus instituciones a la sombra del Santo de Nazaret, y la aparición de la revista de Estudios Josefinos, mantenedora del fuego de un amor siempre en hoguera.

Con tales antecedentes no es extraño que el culto de San José haya llegado a alcanzar proporciones inusitadas. Lo pedía el clamor de las naciones. Pronto recogieron y encauzaron con sabia mano esta devoción los Romanos Pontífices, nombrando a San José Patrono de la Iglesia universal por el decreto Quemadmodum Deus de Pío IX, proclamándole abogado de los hogares cristianos en la jubilosa encíclica Quamquam pluries de León XIII y presentando al Patriarca como modelo de las familias pobres y trabajadoras en el "Motu proprio" Bonum sane de Benedicto XV. Fijémonos en que siglos antes Nueva España se había visto favorecida con una bula pontificia dirigida a premiar el buen espíritu de los vecinos del Yucatán y que, en 1679, Inocencio XI confirmaba sus letras apostólicas al patronazgo de San José sobre todos los dominios españoles. Esta España nuestra ha tenido la virtualidad de entronizar a San José en lo más entrañable de los hogares con el cariño de quien forma parte de la misma familia.

Una tradición tan amplia y persistente debía responder a un hondo fermento y afirmarse en sólidos motivos. No se explicaría de otro modo su universalidad. Algo bulle en San José que lo acerca a nosotros, que lo humaniza, que nos permite gustar como una golosina el sabroso regalo de los santos. Algo vive también en el fondo de su alma que lo eleva, que nos arrastra hasta regiones donde no llega el planear de las águilas. Dispongámonos a seguir el hilo de su vida en el tiempo y el ritmo de su alma allí donde calla el rumor de las cosas. Penetremos en el Sancta Sanctorum de una existencia tejida por entero con copos blancos. Preparémonos, en suma, a aprender con San José, en su silencio, un idioma ecuménico, idioma ultraceleste, formado por una palabra única, la Palabra, pronunciada junto a una cuna la noche inenarrable de Belén.

Las dos únicas fuentes inspiradas, canónicas, que nos dan a conocer con veracidad absoluta la persona y la vida del Santo Patriarca son los evangelios de San Mateo y de San Lucas. Dirigido el primero a convertir el alma de los judíos, y el segundo, discípulo de San Pablo, a atraer el corazón de los gentiles, ambos se presentan constelados por narraciones de insólita belleza. San Mateo parece que siente una llamada especial por los episodios dramáticos, movidos, a veces suntuosos. Es el evangelista de la congoja de San José, de los Magos cargados de ofrendas, de la huida a Egipto en medio de asechanzas. Pero en San Lucas encontramos la escena más esencial, la que puede calificarse como piedra clave del Evangelio de la Infancia, informado por testigos presenciales, habiendo oído probablemente de labios de la misma Madre de Jesús el relato conmovedor de los misterios de Dios hecho Niño, sólo en las páginas de San Lucas podemos saborear el celeste cuadro de la noche navideña. San Lucas es como el pintor de las pinceladas luminosas, líricas, musicales. Su evangelio de los días niños es una eclosión de cánticos, de himnos, de cromatismo translúcido. Nos alucina con la escena de la Anunciación, blanca como el ala de un ángel. Nos mece con la luz indefinible de la noche santa. Nos transporta con la himnodia del Magnificat, del Gloria in excelsis, del Nunc dimittis, del Benedictus. Nos lleva de la mano al templo los días de la Circuncisión, de la Purificación de Nuestra Señora, del Niño gozosamente encontrado. ¿Quién como él ha podido sorprender el silencio de aquella casita de Nazaret, recostada al pie de una colina? Alma de poeta y de artista, San Lucas ha inmortalizado las dos aldeas más familiares, la que sirvió de cuna al Rey de los Reyes y aquella otra en la que fue creciendo, como hombre, en gracia y en sabiduría delante de Dios. Al socaire de su relato, Belén y Nazaret adquieren una luminosidad ultraterrena. En el fondo de estas estampas evangélicas plenas de delicia, no falta nunca la noble presencia del Patriarca bienaventurado.

Veamos ahora lo que nos dice el acendrado poema de su vida. Nada conocemos de sus primeros días, de su infancia, de su adolescencia, de sus ensueños. Ignoramos hasta el lugar de su nacimiento. El mutismo de los sagrados textos es aquí total. Podemos, sin embargo, pensar que, aun oriundo de Belén la real, su cuna se meció en Nazaret, que tenía nombre y aroma de flor. Lo que sí sabemos con certeza, a través de la genealogía de Jesús, puntualizada por San Mateo y San Lucas, es la prosapia y el nombre de nuestro Santo. Procedía del linaje de David, como la Virgen, y, al igual que el patriarca del Antiguo Testamento, figura suya, se llamó José, nombre que anunciaba con acento misterioso un creciente brote de virtudes y de dones en el Niño que acababa de nacer.

Pasan después los años, muchos años, alrededor de cuarenta, sin referencia alguna, en la mayor oscuridad. Pero como el gusano en su capullo, la paloma preparaba ya sus alas. Llega, por fin, el día en que San José se incorpora a la historia y le vemos pasar cumpliendo su misión excelsa en camino o en reposo, en oración o en trabajo, siempre junto al Niño, siempre al lado de la Esposa, siempre humilde, callado siempre, dándonos una lección perenne de amable, de acogedora santidad.

Su vida se desenvuelve desde ahora en la verdeante Nazaret, entre canciones de aguas y olores de pinos, en una región de viñas y terebintos, al amparo de aquella pequeña aldea que, muy en su punto, se adornaba con un nombre tan fragante. Allí trabajaba el descendiente de reyes en su modesto oficio de carpintero. Allí se desposó con la flor más bella a quien rendían acatamiento todas las azucenas del mundo. Difícil sería enumerar los merecimientos de aquella virginal doncella. Más limpia que el rayo de luna, más blanca que la nieve incontaminada de las cumbres, María era un reino de dulzura, de humildad, de ensimismamiento. Los ángeles la servían y aprendían de ella mientras meditaba el misterio de la Encarnación, absorta al contemplar dentro de sí aquel Niño, futuro Enmanuel, anunciado por el arcángel.

San José se miraba en aquella mirada que tenía la insondable serenidad de un lago. Leía el libro de la perfección en aquellos ojos. Era feliz.

Fue entonces cuando experimentó la primera y no esperada congoja. Es que Dios prueba a sus amigos en fuego de tribulación hasta darles el mejor temple. Y a excepción de Nuestra Señora, ¿quién más preparado que José para gustar estos sabrosos sinsabores? El que iba a ser padre nutricio de un Niño después crucificado necesitaba probar de antemano el acíbar del Calvario. ¿Cómo analizar la magnitud de aquel sufrimiento? ¿Cómo medir la grandeza de esa aflicción? El Eterno sabe acendrar hasta el último cuadrante el alma de sus santos. Por el dolor se sube al amor. Por el fuego del infortunio se asciende a la llama clarificada de la visión divina. Sufría la Virgen. Sufría José. Pero ambos pusieron en Dios su confianza, la delicadeza y el silencio fue la norma de su conducta y no tardó en llegar la hora del íntimo gozo, la hora del blanco mensaje. Un ángel trajo el anuncio: "No temas recibir a María... porque lo que en ella ha nacido viene del Espíritu Santo". La faz de San José se iluminó con arrobo, su alma se llenó de gratitudes.

A partir de este momento la vida de San José adquiere rasgos cada vez más definidos y se afirma y se pule con una espiritualidad que tiene el hontanar en el fondo de su alma. Una triple misión se le asigna: la de ser imagen del Padre, custodio de la Sagrada Familia y artesano diligente en su taller. ¡Y con qué decisión lo cumple entre gozos y congojas que le perfeccionan! Leer las jornadas de su peregrinación es como abrir un libro sabio en enseñanzas. Sufre el dolor humilde del pesebre, la aflicción de la sangre vertida, la amargura de la profecía, los temores de la huida, las tribulaciones del Niño no encontrado en tres días. Y en otro aspecto, ¿quién podrá medir la altura y la profundidad de sus gozos? Alegría celeste, mensajes angélicos, voces y cánticos de pastores, presencia del Niño, candor de la Madre y amor divino fueron su acompañamiento glorioso. junto al olor, la felicidad de una mirada con destellos de la eterna hermosura. Así se forjan las grandes almas. Para ganar el premio es preciso merecerlo. Y San José se llenó de merecimientos. En su vida se equilibraron la acción y la contemplación. Parco en palabras, fue largo en obras. Le contemplamos en tensión de camino, en tensión de trabajo. Cuando Augusto César dispone el empadronamiento, camina. Cuando Herodes busca a Jesús para matarle, camina. Cuando el ángel le anuncia que retorne, camina. Cuando el Niño se queda en el templo, camina también. Una decisión, un vigor inquebrantable nimba su vida. Siempre alerta en Belén, en Egipto, en la apacible Nazaret, vive cumpliendo su misión de padre adoptivo. ¡Cuántas veces en el silencio de las noches, a la sombra de las palmeras o en las montañas de la verde Galilea, le animaría una voz inefable que le hablaba desde la excelsitud de su reino

¿Y qué decir de la fatiga amarillenta del desierto? Mientras avanzaba entre arenales, con peligro de fieras y de bandidos, huyendo de los lazos de una persecución cruenta, nuevos méritos de incalculable trascendencia se engarzaban en la corona del heroico Patriarca. El desierto que le circundaba tenía su réplica en el desierto interior de los temores de su alma atenta a defender de enemigos la dulce familia que caminaba bajo su tutela. Se ha dicho que no pueden entrar fácilmente en el cielo los que no caminan por este desierto. Muy cerca de la patria eterna debía de sentirse entonces San José. El desierto era la desolación y la congoja. Pero también el impulso y el gozo de la misión bien llevada. En medio de las arenas, a su lado, caminaban dos tesoros. El Santo se veía como rey de una creación nueva. Ante esta contemplación el desierto se le transformaba en un paraíso y los rumores temibles de la noche se le convertían en gorjeos. ¡Qué prodigiosamente sabe Dios llenar de bienaventuranzas las almas que suben por la tribulación hasta los umbrales de su trono!

La leyenda vino a añadir nuevas tintas al cuadro. La imaginación popular, los apócrifos, la devoción de todos los siglos no se limitó a seguir la sencillez de las escenas evangélicas, antes al contrario, acumuló efectos sorprendentes cuyo contenido no hemos de puntualizar. Baste decir que allí donde la Sagrada Familia pasa, el perfume de la leyenda deja su rastro. El naranjo, la palmera, el trigo, el salteador, se humanizan, guardan al Niño, lo defienden en presencia de San José. Los pájaros se enternecen. El agua recibe una virtud nueva. Es el tributo de las criaturas, que quieren, a su modo, agradecer. Al fin y al cabo las más bellas leyendas nacen del amor.

Llegan los últimos años. La vida de San José se desliza en Nazaret con la levedad de una poesía a lo divino, callada, oculta, sin rumores exteriores. Le vimos aparecer en el silencio. Le veremos marcharse en el silencio. ¿Cuándo? Debió de morir antes que Jesús comenzara su predicación, quizá a la edad de setenta años. No vuelve a sonar su nombre ni en Caná, ni en Siquem ni en Cafarnaúm. Tampoco en el Calvario. Probablemente el Hijo quiso llevarse antes de esas horas a su anciano Padre adoptivo, para evitarle el último dolor. Su misión era la de acompañar, sustentar, defender a la Sagrada Familia en los años niños y formativos y la llenó de manera inigualada. Cumplida su obra, sólo le quedaba morir. Morir para nacer. Morir para recibir cuanto antes la palma del triunfo eterno; para inundar de luz sus ojos con la visión beatífica, para anegarse en la divina Sabiduría cuyos celajes había columbrado en la mirada del Niño. ¿Resucitó, como admiten Suárez y San Francisco de Sales, el mismo día que el Salvador? ¿Subió al cielo en cuerpo y alma? Es posible. Pero lo cierto es que, guiado por la sonrisa del Hijo, por la misericordia de la Madre, nos mira, nos alienta, nos guarda como un ángel y nos prepara el gran día en que nuestra alma sabrá definitivamente lo que es nacer.

¡Qué sobreabundancia de caridad, de primores, de cuidado puso Dios al moldear el alma de San José, al crear su cuerpo, al formar aquellas manos de artesano que le iban a sustentar, aquellos brazos que se extremarían en delicadezas al dormirle, aquel entendimiento arrebatado por la consideración de los misterios divinos, aquel corazón que se adelgazaba como una llama en el amor del Niño más hermoso! Dios rodeó con sus misericordias el espíritu y la vida de José. Cuando labraba su alma, cuando tallaba su cuerpo, cuando infundía la luz en la mirada de su nueva criatura, la misericordia velaba allí. Cuando preveía ab aeterno las virtudes del futuro Santo, la misericordia extremaba su obra. Y cuando lo soñaba para esposo de María, para padre adoptivo de su propio Hijo, para guardián de la Sagrada Familia, la misericordia envolvía en luminosidad esta creación portentosa. Era una luz que reflejaba los esplendores de la luz eterna. El Señor le concedió particulares privilegios que bastarían para llenar de admiración el cielo y la tierra. ¿Cómo no acercarnos a él? Como escribe bellamente fray Bernardino de Laredo, las armas de su genealogía son el Niño y la Virgen. Jamás un blasón semejante se había dado ni se podía dar en el mundo.

El Santo Patriarca tiene la gracia de la flor que sabe entregarnos con caridad su aroma. A su lado florece la bondad, arraiga la dulzura, fructifica el sosiego. No es el santo de una época ni de un siglo. Es el Patriarca de todos los milenios, de ayer y de mañana, de hoy y de siembre. Pasa enseñando el valor de la vida remansada. Nos invita a contemplar la belleza de los seres humildes. A su lado nos sentiremos más niños y oiremos de nuevo dentro de nosotros la callada resonancia de un lenguaje aprendido la noche de Belén.

LUÍS MORALES OLIVER


Himno: ESCUCHEN QUÉ COSA Y COSA.

Escuchen qué cosa y cosa
tan maravillosa, aquesta:
un padre que no ha engendrado
a un Hijo, a quien otro engendra.

Un hombre que da alimentos
al mismo que lo alimenta;
cría al que lo crió,
y al mismo sustenta que lo sustenta.

Manda a su propio Señor
y a su Hijo Dios respeta;
tiene por ama a una esclava,
y por esposa a una reina.

Celos tuvo y confianza,
seguridad y sospechas,
riesgos y seguridades,
necesidad y riquezas.

Tuvo, en fin, todas las cosas
que pueden pensarse buenas;
y es de María esposo y,
de Dios, padre en la tierra. Amén.