1 mar 2011

Jesucristo te compromete


Jesucristo te compromete

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano

Fuente: Catholic.net


Nos pide desprendimiento y generosidad, pero nos da abundancia de paz, de amor, de libertad.

Jesucristo nos dice en su Evangelio unas palabras que no nos dejan en paz como nos pongamos a meditarlas. Nos dice lo que ningún líder se atreve a formular:

- Quien no está por mí, está contra mí.

Si nosotros oyéramos estas palabras en una campaña electoral, replicaríamos sin más al candidato:

- ¡Cuidado! Nosotros, no estamos por usted, pero tampoco nos ponemos en contra.

Sencillamente, nos declaramos neutrales. Pertenecemos a los del voto indeciso, y nos inclinaremos al final por el que más nos convenga.

Jesucristo no admite esta razón. Es tajante desde un principio:

- ¿Sí o no? ¿Conmigo o contra mí? ¡A fiarse de mí, porque soy yo el que os conviene! Yo soy el único necesario. Todos los que han venido antes de mí son unos ladrones y salteadores...

En otras palabras, Jesucristo compromete, y lo hace y exige de manera definitiva. No quiere ni indecisos, ni cobardes, ni desleales.

El seguimiento de Jesucristo lleva dentro de sí lo que hoy llamamos una mística. O sea, una ilusión, un convencimiento, un ideal, una obsesión, que nos arrastra de modo irresistible a darle todo: hemos escogido a Jesucristo y no lo cambiamos por nadie ni por nada que se nos pueda prometer o dar por otros. Con Jesucristo nos basta. Con Jesucristo nos realizamos. Por Jesucristo gastamos nuestra vida. Por Jesucristo vivimos y por Jesucristo moriremos.
Esto no son sueños de románticos e idealistas. Esta es la realidad que se vive en la Iglesia. La vemos encarnada en toda clase de personas, en hombres y en mujeres de toda edad y condición, en ancianos y en niños, y sobre todo jóvenes, muchachos y muchachas que se dan a Jesucristo del todo cuando más les sonríe la vida. No hay líder que cuente con seguidores como Jesucristo.
Se me ocurre a este propósito un chiste de la Segunda Guerra Mundial. En plena euforia de las conquistas alemanas, y cuando ya Italia se había uncido al carro triunfador de Hitler, una multitud inmensa de soldados y camisas negras fascistas se congregó en la Plaza Venecia de Roma aclamando a Mussolini.

Sale el Duce al balcón central del palacio, y se dirige a la multitud enardecida:

- Tengo una honrosísima misión que confiar a un valiente. Será difícil. Correrá riesgos el elegido, pero se convertirá tal vez en un héroe de la Patria. ¿Hay algún valiente entre vosotros que quiera cumplir esta misión?...
- ¡Síiiiii!...
- ¿Quién quiere serlo?
- ¡Yoooooo!...
- ¡Muy bien! ¡Gracias por tantos valientes!
El encargo de esta misión va escrito en este papel que tengo en la mano. Como sois tantos los voluntarios, yo lo voy a lanzar al aire; el primero que lo recoja, que se presente en mi despacho, y él se lleva el honor y el amor de toda la Patria.
Mussolini echó a volar el papel, y se metió en su despacho. Al cabo de un rato aparece de nuevo en el balcón, y ve con asombro que el papel todavía volaba por el aire, pues, cuando caía, todos aquellos voluntarios tan valientes soplaban hacia arriba y ninguno se apoderaba del papelito misterioso...

Un cuento, que, desde luego, tiene mucha sustancia. Entre los voluntarios que le dicen a Jesucristo como aquel del Evangelio: Te seguiré adondequiera que vayas, ¿no hay más de uno que se dedica a lanzar soplidos al mensaje de Jesucristo, para que lo recojan otros, porque ellos saben retirarse prudentemente?... Si Jesucristo sigue diciendo: El que quiera venir en pos de mí, que tome su cruz y me siga, ¿no ve Él cómo muchos le dan tristemente la espalda?...

Pero, al llegar aquí, nos encontramos con los pesimistas que piensan que el Evangelio es rigor, tristeza, exigencia y nada más.

¡No! Eso no es cierto. El Evangelio da mucho más de lo que exige.

Nos pide desprendimiento y generosidad, pero nos da abundancia de paz, de amor, de libertad.

Nos quita el peso del mundo, y nos echa encima una carga que el mismo Jesucristo dice que es suave y ligera...

Nadie niega que Jesucristo atrae hoy como nunca, sobre todo a los jóvenes. Hartos de líderes que nos engañan, en Jesucristo no se ve trampa, y Jesucristo responde a tanta angustia como atenaza al mundo.

Pero algunos se tiran para atrás cuando se presenta un Jesucristo muy concreto, que por su Iglesia pide tantas cosas que el mundo de hoy rechaza.

Si no fuera por la moral sexual, o por el respeto exigido a la vida, o por los reclamos de la justicia social..., veríamos cómo nadie se apartaría de Jesucristo y de su Iglesia. Se apartan de Jesucristo cuando es su Vicario quien nos recuerda estos deberes en nombre del mismo Señor.

Si muchos se van detrás de otros líderes, es porque prometen mucho y no exigen nada
.
Porque se contentan con una moral sin compromiso.

Porque todo se va en cantar y en aplaudir.

Porque suavizan de tal manera el Evangelio que le privan de todo vigor.

Sin embargo, Jesucristo sigue clamando: ¡O conmigo o contra mí! No quiero votos indecisos. No quiero que mi mensaje flote por los aires, sin que nadie lo recoja...

22 feb 2011

Pedro es la piedra donde se edifica la Iglesia

Autor: Padre Nicolás Schwizer
Fuente: Catholic.net
Pedro es la piedra donde se edifica la Iglesia


Cátedra de San Pedro. Cristo es la cabeza de la Iglesia, pero los Papas son sus vicarios, sus representantes visibles en la tierra.


Celebramos hoy, con la Iglesia universal, la fiesta de la Cátedra de San Pedro. La palabra cátedra es de origen griego y significa sede. Es el sitio ocupado por un maestro autorizado para la enseñanza.

Así, cuando se habla de una decisión “ex cátedra” del Papa, se trata de una decisión en la que el Sumo Pontífice habla como maestro universal de la Iglesia.


San Pedro, en el Evangelio de hoy, recibe una gran tarea: Jesús lo elige primer papa de la Iglesia. Y le explica su misión por medio de dos símbolos: la piedra y las llaves:

1. La piedra

Pedro es LA PIEDRA, sobre la cual se edificará la Iglesia, la comunidad del pueblo de Dios. La Iglesia es como una construcción, que se edifica a partir de los cimientos. Y el cimiento, una vez colocado, debe quedar ahí para que el edificio no se venga abajo.


Pedro y sus sucesores, los Papas, son el fundamento visible de la construcción. Porque el fundamento invisible es el mismo Señor Jesucristo. Y ese doble cimiento es la garantía de la victoriosidad de la Iglesia a través de los siglos.

2. Las llaves

La otra imagen con la cual Jesús le explica a Pedro su tarea, es la de LAS LLAVES. Simboliza la autoridad sobre la casa, la potestad de disponer, de dejar entrar y de echar de la casa.


Así Pedro es nombrado mayordomo en el Reino de Dios. Sus decisiones realizadas en la tierra, quedan ratificadas en el cielo. Pedro, y con él sus sucesores, son intermediarios indispensables para el acceso normal al Reino de los Cielos. Cristo es la cabeza de la Iglesia, pero los Papas son sus vicarios, sus representantes visibles en la tierra.


La primera lectura de hoy, I Pedro 5,1-4, nos habla de otro aspecto de la tarea de San Pedro: él es el pastor del rebaño de Dios. Y allí se nos insinúa un tercer símbolo:

3. El cayado


Se trata del CAYADO DEL PASTOR. El bastón que es guía y sostén del pastor durante sus interminables recorridos. Como bastón de mando o báculo del Papa es signo de poder y autoridad. Cristo, al volver al Padre, no pensó dejar al frente de los suyos un “líder” o un “director”, sino un pastor, tal como él lo había sido. Por eso pasó a Pedro su cayado pastoral, para que lo lleve hasta su muerte y lo legue, a su vez, a sus sucesores. Y es así como nació el papado.


Y no se le encargó a Pedro esta tarea en premio a su santidad, ni porque fuera mejor que los demás apóstoles. El papel de Pedro se debe únicamente a la voluntad amorosa de Cristo. Y lo mismo sus sucesores que continúan esa misión de pastoreo encomendada por Jesús.


Ésta es la razón por la que las ovejas de hoy nos sentimos ligadas al Pedro actual.

16 feb 2011

El vaso lleno

El vaso lleno



Dios nos llena, pero para renovar esta experiencia hay que darlo a los demás.
Autor: David Delgadillo

Sólo se puede llenar un vaso si está boca arriba. Se vacía cuando se bebe de él o cuando se ha derramado. Lo mismo ocurre con la vida del hombre: sólo se llena si “mira hacia arriba”, si vive con fe.


Es absurdo querer llenar un vaso que no está boca arriba; si lo intento se vaciará de nuevo. Esto sucede cuando buscamos los bienes de este mundo: las riquezas, los placeres, el ser tenido en cuenta por los demás; todo esto pasa. La fama de un futbolista estrella dura mientras todavía es joven o hasta la llegada de otro mejor; o cuando aumenta su precio como jugador, y su talento deja de brillar, entonces los aficionados se olvidan de él. El placer de unas buenas vacaciones siempre termina, como el dinero que se gasta en ellas; luego de un fin de semana hay que volver a la escuela o al trabajo. La popularidad de algunos depende muchas veces de las modas, de la ropa de tal marca, del coche que conduce, del celular... Lo que entra en el hombre que no mira a Dios lo deja vacío, porque los bienes pasajeros no nos aman como lo hace Dios. Es el hombre que se ama a sí mismo, el vaso que se refleja en su contenido derramado.

Es muy grato poder ayudar a otras personas; gustar la satisfacción de ver sonreír a un ser querido, a un amigo, a quien tiene necesidad de nuestro apoyo. Vivir la caridad y el servicio es dar de beber a los que tienen sed, compartiendo aquello que hemos recibido de Dios. Dios nos llena, pero para renovar esta experiencia hay que darlo a los demás. Entonces éste vaciarse se vuelve un momento de gratitud y esperanza en Aquel que se da constantemente, y nos llena una y otra vez.

Mirar hacia arriba es ser conscientes de la presencia de alguien superior. Vivir con fe nos permite encontrarnos con la mirada de Dios que nos ama. Sabernos hijos de Dios nos vuelve sencillos y nos permite descubrir sus dones incluso detrás de los momentos difíciles. Encontramos nuestra plenitud, el vaso queda lleno, porque con la fe nuestra vida adquiere sentido; en palabras de santa Teresa: «Sólo Dios basta».

Para encontrar a Dios hay que tratarle



Autor: P Llucià Pou Sabaté

Fuente: Catholic.net


Para encontrar a Dios hay que tratarle


Sentido de la misa del domingo. Un trato de corazón a corazón, fruto del amor y no de la costumbre, creando un "espacio interior".

Una mujer comenzó a ir con sus padres a Misa por costumbre. Después, al profundizar en la fe, vio que "empezaba a tener otro sentido, un sentido de compromiso, me sentí más implicada... descubrí el valor de la Eucaristía como un encuentro con Cristo..."

En nuestra sociedad actual, la asistencia a Misa depende de la costumbre del entorno familiar, de la fe que se ha recibido desde pequeños… y cuando se asiste a Misa por ejemplo en acontecimientos sociales o fiestas principales, incluso los que no saben "qué pasa ahí" sienten alguna motivación, el gusanillo de profundizar, pues no solo queremos vestirnos de fiesta sino que queremos participar en la fiesta, celebrarla. Como en las familias, que tienen un plato preferido para ciertas celebraciones. Queremos tener una relación viva y personal, maravillosa, con Jesús. Qué lástima, escuchar palabras y cantos, pero no gozar plenamente de las emociones estéticas en la música o en la belleza de las celebraciones, al no vivir la esencia de la Misa y de la comunión... Recuerdo un compañero de estudios que iba a la catedral de Córdoba a escuchar la Misa del domingo fascinado por la belleza de la liturgia y la música. Es difícil entender a Bach sin su fe, pues muchas composiciones están unidas a un sentimiento.

Hemos de conocer lo esencial de la vida. Muchas veces vamos por la vida buscando la felicidad, y no la encontramos... más tarde nos damos cuenta de que estaba allí al lado, en las cosas pequeñas de cada día, en las cosas obvias, que son las que olvidamos más fácilmente, y así nos va... Como el sentido religioso, el sentido trascendente de las cosas. Olvidamos las cosas que no proporcionan un inmediato beneficio práctico con la excusa de que "no sirven para nada", cuando son las que más sirven. Cuando faltan estas cosas, nos damos cuenta de que la vida no sirve para nada. Cuentan de una araña que se dejó caer por uno de sus hilos desde un árbol, para anclar los soportes alrededor de una rama y tejer su telaraña, esa malla que va engrandeciéndose con sucesivas vueltas, hasta completar su obra. Entonces, paseándose por su territorio, orgullosa de su realización, mira el hilo de arriba y dice: "éste es feo, vamos a cortarlo", olvidando que era el hilo por donde empezó todo, el que sustentaba todo. Al cortarlo, la araña desmemoriada cayó enredada en su red, prisionera de su obra. Así nosotros, encerrados en la obra de nuestra inteligencia o en el cuidado de tantas cosas... podemos olvidar la esencial, cuando cortamos el hilo de soporte. ¡No prescindamos de Dios! Es el soporte de todo lo invisible, los valores de amor y respeto a los demás, en definitiva, de la felicidad. Esta dimensión invisible de la vida. Si no, nos enmarañamos en cosas que nos hacen perder la libertad.

La necesidad de dar culto a Dios está en lo más profundo de nuestro interior (y cuando no le hacemos caso, se proyecta en forma de supersticiones varias, idolatrías de todo tipo, sectas variopintas pero peligrosas algunas de ellas, o una apatía brutal por la que no se ve sentido a nada...) Estamos en una época de "complejidad", en la que hay avances técnicos de todo tipo (en el campo científico, en el genético, en la informática...) y en medio del estado de bienestar, muchos de nuestros compañeros de viaje están prisioneros de la angustia ante el futuro, tienen miedo, incluso miedo a vivir. ¿Por qué tanta inseguridad? Porque quizá hoy se absolutiza el bienestar y éste no da respuesta al sentido de la vida, impide volar hacia arriba, mirar el cielo, en ese horizonte no hay Dios; es el gran ausente.

Todo ello causa el sentimiento de "insoportable ligereza del ser". En medio del pensamiento moderno que tiene tantas cosas buenas tenemos al hombre enfermo de frustración y un deseo de búsqueda de Dios, de ahí las profecías de que el siglo XXI sería "místico", porque es la única forma de recuperar el norte. Se intuye que la medicina es la misma: recuperar la idea de Dios, que sirve para cultos e ignorantes, enfermos y sanos, pobres y ricos...

Pero para hallar a Dios hay que tratarle, darle culto. Y no externo, sino que implique la conciencia, un trato de corazón a corazón, fruto del amor y no de la costumbre, creando un "espacio interior" en nuestra conciencia, solos ante el espejo ante el cual encontramos el sentido de la vida, la seguridad que nos falta.

La religión pertenece a las cosas importantes de la vida. Cuentan de un barquero que llevaba gente de un lado a otro de un gran río, y un día subió un sabiondo que empezó a increparle diciéndole: "¿conoces las matemáticas?" -"no", contestó el barquero. -"Has perdido una cuarta parte de tu vida. ¿Y la astronomía?" -"¿Esto se come o qué?", contestó el pobre. "-Has perdido dos cuartas partes de tu vida". -"¿Y la astrología?" -"Tampoco", dijo el barquero. "-¡Desgraciado, has perdido tres cuartas partes de tu vida!". En aquel momento la barca se hundió, y viéndolo que se lo llevaba la corriente, le dijo el barquero: -"¡Eh, sabio!, ¿sabes nadar?" -"¡No!", contestó desesperado. -"Pues has perdido las cuatro cuartas partes de tu vida, ¡toda tu vida!" Pues para quien va por un río, lo importante no es saber tantas cosas sino saber nadar. Así las cosas esenciales de la vida, muchas veces olvidadas, son saber quién soy, de dónde vengo y adónde voy, y descubrir el sentido religioso y -como dice el viejo refrán- al final de la vida el que se salva sabe y el que no, no sabe nada. Los peces se ahogan sin agua y los hombres se asfixian sin aire, así nuestra alma sufre asfixia si no tiene saciada esta sed de Dios, pues el corazón del hombre está inquieto y sin paz hasta que reposa en Él.

La religión es una experiencia personal de la que no podemos prescindir, es una necesidad. Y también es social, constituye una de las tradiciones no sólo culturales sino también basilares de la misma familia: la familia que reza unida permanece unida, dice el refrán. Ante una crisis familiar, para resistir ante las dificultades, es importante ver el cielo, recordar el sentido divino del contemplar el cielo.

7 feb 2011

Muchos católicos no tienen misas


Autor: P. Fernando Pascual LC

Fuente: Catholic.net
Muchos católicos no tienen misas

¿Podemos imaginar en la tierra algo más maravilloso que la misa? ¿Hay un momento en la semana que pueda compararse con los instantes en los que podemos asistir al misterio de la Pascua?


Hay católicos que ven con desgana la posibilidad de ir a misa los domingos, aunque la iglesia esté cerca de sus casas. Unos porque se cansan en la homilía (larga, o aburrida, o molesta). Otros porque han reajustado su escala de valores y dedican el domingo a diversas actividades (deporte, televisión, o más tiempo en la cama) sin dejar ningún espacio para la misa.

En otros lugares, hay católicos que sólo pueden tener la misa una vez al año (con suerte) porque faltan sacerdotes. O católicos que van a misa a pesar del miedo y las amenazas de quienes adoptan actitudes agresivas, llenas de odio, hacia los cristianos. O católicos que llevan varios años sin ver un sacerdote y sueñan con la inmensa alegría que les produce el que pase algún misionero para celebrar la misa, confesar y administrar otros sacramentos.


Valoraríamos mucho más la misa si nos diésemos cuenta del privilegio que significa tener una parroquia más o menos cerca de casa con un sacerdote que puede celebrar el gran misterio de la Eucaristía.


Es cierto que la costumbre nos hace perder el sentido auténtico de cosas importantes; pero aprendemos a valorar más lo que tenemos cuando nos damos cuenta de que hay millones de personas que sueñan, ardientemente, con poder tener una misa cada semana y en un clima de paz.

Además, ¿es que podemos imaginar en la tierra algo más maravilloso que la misa? ¿Es que hay un momento en la semana que pueda compararse con los instantes en los que podemos asistir al misterio de la Pascua, cuando Cristo se da para salvarnos del pecado y para acercarnos a la dicha del cielo?


Con un poco de mayor fe y con los ojos y el corazón abierto a la situación terrible que vive nuestro mundo lleno de anticristianismo, valoraríamos mucho más cada misa. Los pequeños sacrificios que a veces realizamos para estar presente en ese gran milagro nos parecerían nada comparados con el anhelo y la sed de Eucaristía que tienen tantos hermanos nuestros.

Si recordamos a esos hermanos nuestros, sentiremos el alma un poco más abierta y disponible a recibir a Dios, a pedir su misericordia en la confesión, a comulgar santamente. Y elevaríamos una oración sincera y llena de esperanza al Padre de los cielos para que envíe obreros a su mies, sobre todo en tantos lugares del planeta donde recibirían la llegada de sacerdotes con una alegría que apenas podemos imaginar.

26 ene 2011

Cansado del camino

Jesús con la samaritana


Autor: P. Eusebio Gómez Navarro

Fuente: Catholic.net


Jesús con la samaritana


La samaritana andaba sedienta de paz, de felicidad, de vida. Había buscado, pero no había encontrado. No se resignaba a seguir bebiendo del agua turbia.

Un hombre se perdió en el desierto. Estaba a punto de perecer de sed, cuando aparecieron algunas mujeres donde él. Él les pidió agua, pero ellas discutían entre sí en qué darle el agua, si en jarra de plata o de oro. Mientras discutían las mujeres, el hombre agonizaba por falta de agua.

En la vida nos ocurre con frecuencia lo mismo. Mientras hay muchas personas que mueren de hambre o de sed, hablamos de cosas que no tienen importancia y lo más trágico es que nosotros mismos desfallecemos sin saberlo.

La vida está amasada de encuentros y desencuentros. El Evangelio está lleno de encuentros de Jesús con distintas personas: Nicodemo, Jairo, Zaqueo, la hemorroísa, el centurión, la mujer cananea, la pecadora, el ciego de Jericó, los pescadores del lago, los doce, los 72 discípulos, los hermanos de Betania, la gente.

También acompaña al grupo de los 72 discípulos para prepararlos para la misión.

Jesús y la Samaritana (Jn 4, 42). Jesús toma la iniciativa y enfrenta a la mujer con su verdad. No la condena y la invita a una adhesión personal a Cristo. Me quiero detener en una reflexión de este encuentro.

La Samaritana es una mujer. Cincuenta años después de Cristo, el historiador judío Flavio Josefo, que vivió en ambiente romano, afirma que, en general, el pensamiento hebreo acerca de la unión matrimonial: “La mujer es inferior al hombre en todo". En las plegarias de los hebreos el hombre daba gracias a Dios por no haber nacido infiel, mujer, esclavo o ignorante.


Jesús se relaciona con la mujer con una atención afectuosa y la ennoblece haciéndola, en alguna forma, protagonista de sus enseñanzas de salvación. Habla con la Samaritana (Jn 4, 1-42); cuando los discípulos de regreso de buscar alimentos en la aldea vecina, encuentran a Jesús sentado en el pozo hablando con una mujer de Samaria,"se sorprendieron de que hablara con una mujer”.

San Juan (4,5-42) nos relata el encuentro de la samaritana con el Señor. Llegó una mujer samaritana a sacar agua del pozo de Jacob. Esta mujer se sentía sin horizonte, sola, angustiada, sin saber por qué vivía, sufría, buscaba felicidad y no la encontraba. Acudía cada día al pozo para saciar su sed y la de los suyos. Bebían, pero volvían a tener sed. La sed de la samaritana es búsqueda e insatisfacción. La samaritana andaba sedienta de paz, de felicidad, de vida. Había buscado, pero no había encontrado; había perdido sus raíces, no sabía de dónde venía ni a dónde iba. No se resignaba a seguir bebiendo del agua turbia.

Y allá estaba, Jesús, “cansado del camino, sentado junto al manantial”, esperando a la samaritana, pues siempre es Jesús el que salía al encuentro de los pecadores y sedientos. "Antes me muero de sed que pedirle un vaso de agua", se dice en algunos sitios. Sin embargo Jesús se adelanta y pide a una samaritana, de otra cultura enemiga: "Dame de beber". Jesús se hace el encontradizo con aquella mujer en la vida de cada día, junto al pozo, allí donde la mujer va a sacar agua para su casa. Y Jesús es el agua viva, esa que apaga la sed para siempre, comienza la conversación mendigando un sorbo de agua a la mujer. La mujer pone dificultades. Y Jesús dice: "el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna". La revelación progresiva del mismo Cristo: "yo soy", el Mesías, el que habla contigo. El que beba del agua que yo le daré...


En el diálogo con la samaritana, Jesús la va llevando del agua material al agua del Espíritu. Jesús habla a la samaritana de adorar al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad (Jn, 4, 21-24).

Después del encuentro con Cristo, la samaritana se transforma, deja su cántaro y corre entusiasmada al pueblo y va diciendo a todos: “Venid a ver a un hombre”, que es el Hijo del hombre, el Mesías que esperamos. Muchos de los samaritanos fueron y creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio. Y los samaritanos confesaron su fe: "Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo" (Jn 4,42).

Lo sucedido con la samaritana se repite en nuestra vida. San Agustín también conocía la sed , hastiado al fin de tanta aventura tras el placer, la sabiduría y la belleza dijo : “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Porque tanto la sed de la samaritana como la de Agustín eran , inconscientemente, sed de Dios. Dice Cabodevilla: “Cualquier forma de sed es sed de Dios”.

También nosotros tenemos sed, sed de felicidad, de éxitos, de verdad, de amor, de plenitud, de vida; el que no tiene sed, no busca fuentes de agua. El doctor Alexis Carrel escribió: “El ser humano tiene necesidad de Dios, como del agua y del oxígeno”. Realmente tiene más necesidad aún, al menos en un orden ontológico. San Agustín, dirigiéndose a Dios, le dice: “Quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación. Tú mismo le provocas a ello, haciendo que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

Uno de los símbolos más frecuentes en la historia de la salvación es el agua. El agua es una necesidad vital y permanente, tanto para los hombres como para los animales y las plantas. El agua limpia, purifica, es vida, aunque en ocasiones es desgracia, destrucción y muerte, en las tormentas y las inundaciones… Desde el diluvio hasta el bautismo, pasando por la roca del Horeb, el agua se asocia en la Biblia a la presencia del Espíritu de Dios, que purifica, da vida y recrea, como el agua, elemento tanto más estimable en tierras cálidas y secas. El pueblo de Dios esperaba que en los tiempos mesiánicos se concedería en abundancia el don del Espíritu. En el Nuevo Testamento es el evangelio de san Juan el que insiste más en esta relación entre el agua y el Espíritu Santo.