4 jul 2022

Santo Evangelio 4 de Julio 2022

  


Texto del Evangelio (Mt 9,18-26):

 En aquel tiempo, Jesús les estaba hablando, cuando se acercó un magistrado y se postró ante Él diciendo: «Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá». Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto. Pues se decía para sí: «Con sólo tocar su manto, me salvaré». Jesús se volvió, y al verla le dijo: «¡Ánimo!, hija, tu fe te ha salvado». Y se salvó la mujer desde aquel momento.

Al llegar Jesús a casa del magistrado y ver a los flautistas y la gente alborotando, decía: «¡Retiraos! La muchacha no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Mas, echada fuera la gente, entró Él, la tomó de la mano, y la muchacha se levantó. Y la noticia del suceso se divulgó por toda aquella comarca.



«Tu fe te ha salvado»


Rev. D. Antoni CAROL i Hostench

(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, la liturgia de la Palabra nos invita a admirar dos magníficas manifestaciones de fe. Tan magníficas que merecieron conmover el corazón de Jesucristo y provocar —inmediatamente— su respuesta. ¡El Señor no se deja ganar en generosidad!

«Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá» (Mt 9,18). Casi podríamos decir que con fe firme “obligamos” a Dios. A Él le gusta esta especie de obligación. El otro testimonio de fe del Evangelio de hoy también es impresionante: «Con sólo tocar su manto, me salvaré» (Mt 9,22).

Se podría afirmar que Dios, incluso, se deja “manipular” de buen grado por nuestra buena fe. Lo que no admite es que le tentemos por desconfianza. Éste fue el caso de Zacarías, quien pidió una prueba al arcángel Gabriel: «Zacarías dijo al ángel: ‘¿En qué lo conoceré?’» (Lc 1,18). El Arcángel no se arredró ni un pelo: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios (...). Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo» (Lc 1,19-20). Y así fue.

Es Él mismo quien quiere “obligarse” y “atarse” con nuestra fe: «Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá» (Lc 11,9). Él es nuestro Padre y no quiere negar nada de lo que conviene a sus hijos.

Pero es necesario manifestarle confiadamente nuestras peticiones; la confianza y connaturalizar con Dios requieren trato: para confiar en alguien le hemos de conocer; y para conocerle hay que tratarle. Así, «la fe hace brotar la oración, y la oración —en cuanto brota— alcanza la firmeza de la fe» (San Agustín). No olvidemos la alabanza que mereció Santa María: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1,45).


Reina de los mártires

 


REINA DE LOS MÁRTIRES


Cuando la adversidad se abate sobre una familia, hay un corazón que tiene el privilegio de sufrir más que los demás y de recibir en sí el dolor de todos: es el corazón de la madre.

Así en la inmensa familia humana, María tuvo este privilegio de sentir en su corazón los dolores de todos sus hijos, los padecimientos de todos los mártires y los tormentos del Rey de los Mártires. Por este privilegio, Ella ha obtenido el amor de los hombres. Por eso la Iglesia la invoca con el título de Reina de los Mártires.

El Profeta Jeremías había predicho que los dolores de esta Virgen serían los más atroces después de los de Jesucristo, los más crueles soportados por una sencilla criatura con el auxilio de la gracia Divina. Sus dolores han sido comparados con el mar: "inmenso como el mar es tu dolor", no que el mar sea la justa medida de este dolor, sino porque, así como las aguas del mar superan sin comparación todas las que están esparcidas sobre la tierra, así los dolores de María son incomparablemente mayores que los de las demás criaturas.

Fijaremos la atención, al considerar los dolores de María, en su extensión y duración y en su gravedad, intensidad y amargura.

No se crea que los dolores de María duraron solamente aquellas tres horas que al pie de la Cruz estuvo presente en el agonía y muerte de su Hijo, o el día que duró su santa Pasión; sus dolores fueron continuos durante treinta años. Desde el momento en que fue Madre, destinada a padecer con su Hijo su Pasión y su Muerte vino a ser al mismo tiempo madre de dolor. Dotada, como estaba, de espíritu profético y con el conocimiento que tenía de las Sagradas Escrituras, conoció la amargura de la cruel pasión y muerte de Jesús, por eso empezó a experimentar aquella serie de angustias y dolores indecibles que tendrían fin hasta la Resurrección de Cristo.

Con la profecía de Simeón: "una espada traspasará tu alma", María sintió desde ese día la herida que se clavó profundamente en su corazón, hasta rasgar la última de sus fibras.

El Niño crecía bajo la mirada de la Madre y Ella pensaba en las humillaciones y en las heridas de aquel rostro Divino que soportaría el beso de Judas, la bofetada del criado y los salivazos de los judíos; cuando su mano delicada acariciaba la cabeza, las manos o los pies del Niño, la visión de la corona de espinas y de los clavos le producía una gran angustia.

Aquella carne inmaculada que María vestía con tanto cariño y respeto, sería desgarrada por los azotes y cubierta con la púrpura de la sangre.

La Sabiduría Divina de Jesús que en la intimidad de Nazaret descubría a la Madre los secretos celestiales, habría de ser un día objeto de publica burla. ¡Oh dolores, oh martirio de la Madre!.

Ella sintió especialmente los siete dolores que la Iglesia recuerda el 15 de Septiembre:

1. La predicción del anciano Simeón, cuando María y José presentaron en el Templo a Jesús.

2. La huida y el destierro a Egipto, después de la persecución de Herodes.

3. La pérdida de Jesús, enseñando en el Templo de Jerusalén.

4. El encuentro de Jesús y María en el camino del Calvario.

5. La crucifixión, agonía y muerte de Jesús.

6. El descendimiento de la Cruz del Cuerpo del Hijo.

7. La sepultura de Jesús.

Nos detendremos solamente a contemplar a María Dolorosa en su martirio al pie de la Cruz, viviendo la agonía y muerte de su Divino Hijo.

Estos dolores fueron de 4 clases:

a) dolores del pecado

b) dolores de la naturaleza

c) dolores de la gracia y

d) dolores divinos.

a) Los dolores del pecado.

Ninguna criatura puede tener tal conocimiento y dolor del pecado que alcance a igualar su gravedad; para concebir un dolor adecuado, sería preciso conocer perfectamente el Bien infinito del cual nos priva, comprender la esencia de Dios, los atributos divinos, el daño infinito que es perderlo eternamente. Sólo Dios, que se iguala y comprende a sí mismo, conoce todo esto.

Sólo Jesucristo, porque es Dios, conoce a su Padre celestial, su esencia, sus perfecciones, su amor Infinito y Eterno y el mal que ocasiona separarse de El; sólo Jesús tuvo un adecuado e infinito dolor de la culpa mortal, como sólo El pudo expiada adecuadamente.

Después de Jesucristo, fue María la que experimentó el más perfecto y más intenso dolor por el pecado, porque Ella mucho más que cualquier mente humana y angélica, estuvo dotada del más elevado y sublime conocimiento de Dios, de su Infinito amor y de la gravedad del pecado que separa de Dios.

Ella, en el Calvario, asistió como espectadora, testigo y participante a la muerte del Redentor. La Virgen, espejo perfecto que captaba los rayos enfocados de amor y de dolor que partían del Corazón de Jesús agonizante sentía el vivo reflejo, que la sumergía en el mar de un dolor casi infinito.

Esta es la primera fuente de los Dolores de María Santísima: LOS DOLORES POR EL PECADO.

b) Dolores de la naturaleza.

Para conocerlos de algún modo, consideremos que María es mujer y es madre, madre de un Amantísimo Hijo, a quien no puede socorrer.

Ella no fue una mujer sino la MUJER por excelencia, perfecta, preservada de las heridas y de las sombras del pecado, en Ella todo era sublime, aun el amor maternal que el Espíritu Santo infundió en su corazón, en el instante de la Encarnación del Verbo. El amor de María superó al amor maternal de naturaleza.

No teniendo Jesús un padre terrenal que compartiese el dolor maternal, en el corazón de María se unieron y fundieron los dolores de la madre y del padre. Todo el tributo del dolor que dimana de la naturaleza era ofrecido por Ella al Mártir Divino, porque María lo amaba con el tierno amor de madre y a la vez con el fuerte amor de padre.

No se piense que el martirio de María no era tan intenso por su fortaleza sobrehumana: no olvidemos que la fortaleza del alma, hace que se soporten los dolores, pero no quita que se sientan.

Ella contempla el cuerpo lacerado y las manos y los pies atravesados por los clavos y la cabeza en la que se hunden las espinas y no le está permitido aliviar ni su cuerpo ni su cabeza: oye las blasfemias del ladrón y los insultos de los que le crucifican, los gritos de los enemigos y no puede repararlos con una palabra de respeto, de consuelo, de amor: resuena en el corazón de la Madre el grito de Jesús "tengo sed" y no puede aliviarle con un sorbo de agua y ve como le dan a beber hiel y vinagre. Exhala el Hijo el último suspiro y no le está permitido a la Madre endulzar la amarga agonía y recoger el último aliento. Se lamenta Jesús de ser abandonado por su Padre y la Madre debe también dejarlo como abandonado y sin auxilio.

Desolada y privada de todo consuelo debía ser la muerte de Jesús y desolada y privada de todo consuelo debía ser también la pasión de María Santísima.

c) Dolores de la gracia.

Los dolores de la gracia y los dolores divinos, que nuestro pobre entendimiento no puede penetrar, fueron para Ella los más duros y crueles.

El dolor deriva del amor, un amor humano, un amor de naturaleza, produce un dolor humano; un dolor natural, un amor de gracia, un amor divino causa un dolor del mismo linaje, un dolor de gracia y divino; cuanto más fuerte es el amor, tanto más fuerte será el dolor.

La naturaleza nos hace hombres, la gracia y el amor divino nos hacen santos. Si la Virgen María, modelo perfecto de mujer y de madre experimentó los más fuertes y agudos dolores de la naturaleza, Ella, a su vez, modelo de perfección sobrenatural y de santidad, debió experimentar los más agudos y fuertes dolores de la gracia y los sufrimientos divinos.

Para penetrar esta verdad pensemos: ¿cuál es el efecto de la gracia sobre nosotros? Una elevación del alma sobre la naturaleza; una unión, una amistad con Dios, una cierta comunicación que Dios nos otorga, por la cual somos hechos partícipes de la naturaleza divina. Esta es precisamente la esencia de la santidad.

Esta relación sobrenatural fue perfectísima entre Jesucristo y su Santísima Madre, no solo por vía natural, sino más aún por razón de gracia. Ella fue más feliz por haber llevado a Dios en su corazón que en su seno, como respondió Jesús a la mujer que ensalzaba la maternidad natural de la Virgen: "más bien son bienaventurados aquellos que oyen la palabra de Dios y la guardan".

Cristo fue Rey de los Mártires y María fue Reina de los Mártires porque experimentó todas las penas del amado Jesús.

d) Dolores divinos.

• Es artículo de nuestra fe que el Padre Eterno es el Padre de Jesús; que Jesús Dios y Hombre es el Hijo de Dios Padre: que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y que es el Amor Increado ... el amor del Padre al Hijo y del Hijo al Padre.

• También es artículo de fe que la Virgen María es verdadera Madre de Dios, porque es Madre de Aquel en el que la naturaleza Divina y la naturaleza humana se hallan unidas hipostáticamente, esto es en unidad de PERSONA.

• Qué en la Cruz murió este Dios Hombre, este Hijo del Padre Eterno y de María Virgen, para redimirnos. Esto constituye un tercer artículo de fe.

En la muerte de un hijo debe sentir, y siente extremo dolor, no solo la madre, sino también el padre, es esto ley inexorable de nuestra naturaleza humana.

Pero Dios Padre no puede sufrir, porque la naturaleza Divina es inmutable y Dios no puede ni por un momento perder su felicidad ... es decir no puede sufrir.

La Madre de Cristo debía experimentar, en la muerte del Hijo, todo el dolor, aun aquel que en los casos ordinarios habría experimentado el Padre; la totalidad de esta divina aflicción, íntegra e indivisa. recayó sobre el corazón afligido de María. Tan inmenso dolor soportó la Madre que la omnipotencia de Dios la tuvo que sostener para que no muriera con Jesús en el Calvario.

¡Oh Reina de los mártires, que con constancia tan heroica y divina soportaste aquellos prolongados y atroces dolores que en la muerte de tu Hijo, la naturaleza y la gracia, los pecadores y Dios acumularon sobre tu amoroso corazón de Madre, alcánzanos fortaleza para aceptar la voluntad divina y bendecir al Señor que con misericordia nos visita en el dolor, y que con él nos purifica y quiere hacernos dignos del gozo eterno.

Mi sacrificio es un Espíritu quebrantado

 


Mi sacrificio es un Espíritu quebrantado


Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así cómo nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón.

¿Quieres aplacar a Dios? Conoce lo que has de hacer contigo mismo para que Dios te sea propicio. Atiende a lo que dice el mismo salmo: Los sacrificios no te satisfacen, si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Por tanto, ¿es que has de prescindir del sacrificio? ¿Significa esto que podrás aplacar a Dios sin ninguna oblación? ¿Qué dice el salmo? Los sacrificios no te satisfacen, si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Pero continúa y verás que dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Dios rechaza los antiguos sacrificios, pero te enseña qué es lo que has de ofrecer. Nuestros padres ofrecían víctimas de sus rebaños, y éste era su sacrificio. Los sacrificios no te satisfacen, pero quieres otra clase de sacrificios.

Si te ofreciera un holocausto —dice—, no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Éste es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro.

Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a él le disgusta. Así tu voluntad coincide en algo con la de Dios, en cuanto que te disgusta lo mismo que odia tu Hacedor.

De los Sermones de san Agustín, obispo.

(Sermón 19, 2-3: CCL 41, 252-254)

3 jul 2022

Santo Evangelio 3 de Julio 2022

  


Texto del Evangelio (Lc 10,1-12.17-20):

 En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa.

»Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: ‘Está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: ‘Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios’. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo».

Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».



«¡Poneos en camino!»


+ Dr. Josef ARQUER

(Berlin, Alemania)

Hoy, nos fijamos en algunos que, entre la multitud, han procurado acercarse a Jesucristo, que está hablando mientras contempla los campos rebosantes de espigas: «La mies es mucha, pero los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Lc 10,2). De repente, fija su mirada en ellos y va señalando a unos cuantos, uno a uno: tú, y tú, y tú. Hasta setenta y dos...

Asombrados, le oyen decir que vayan, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde Él irá. Quizá alguno habrá respondido: —Pero, Señor, ¡si yo sólo he venido para oírte, porque es tan bello lo que dices!

El Señor les pone en guardia contra los peligros que les acecharán. «¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos». Y utilizando imágenes de costumbre en las parábolas, añade: «No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias» (Lc 10,3-4). Interpretando el lenguaje expresivo de Jesús: —Dejad de lado medios humanos. Yo os envío y esto basta. Aun sintiéndoos lejos, seguís cerca, yo os acompaño.

A diferencia de los Doce, llamados por el Señor para que permanezcan junto a Él, los setenta y dos regresarán luego a sus familias y a su trabajo. Y vivirán allí lo que habían descubierto junto a Jesús: dar testimonio, cada uno en su sitio, simplemente ayudando a quienes nos rodean a que se acerquen a Jesucristo.

La aventura acaba bien: «Los setenta y dos volvieron muy contentos» (Lc 10,17). Sentados en torno a Jesucristo, le debieron contar las experiencias de aquel par de días en que descubrieron la belleza de ser testigos.

Al considerar hoy aquel lejano episodio, vemos que no es puro recuerdo histórico. Nos damos por aludidos: podemos sentirnos junto al Cristo presente en la Iglesia y adorarle en la Eucaristía. Y el Papa Francisco nos anima a «llevar a Jesucristo al hombre, y conducirlo al encuentro con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, realmente presente en la Iglesia y contemporáneo en cada hombre».

Salmo 33 II

 


Salmo 33 II


Venid, hijos, escuchadme:

os instruiré en el temor del Señor;

¿hay alguien que ame la vida

y desee días de prosperidad?


Guarda tu lengua del mal,

tus labios de la falsedad;

apártate del mal, obra el bien,

busca la paz y corre tras ella.


Los ojos del Señor miran a los justos,

sus oídos escuchan sus gritos;

pero el Señor se enfrenta con los malhechores,

para borrar de la tierra su memoria.


Cuando uno grita, el Señor lo escucha

y lo libra de sus angustias;

el Señor está cerca de los atribulados,

salva a los abatidos.


Aunque el justo sufra muchos males,

de todos lo libra el Señor;

él cuida de todos sus huesos,

y ni uno solo se quebrará.


La maldad da muerte al malvado,

y los que odian al justo serán castigados.

El Señor redime a sus siervos,

no será castigado quien se acoge a él.


Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.


Reina de los Apóstoles

 


REINA DE LOS APOSTOLES


Apóstol significa enviado, mensajero. Se da este nombre:

1. Por excelencia, a aquellos hombres escogidos por Nuestro Señor Jesucristo, que vivieron con El, que fueron educados en su escuela y por El enviados, después de haber recibido el Espíritu Santo, a predicar el Evangelio por todo el mundo.

2. Por participación, a todos aquellos que, a semejanza de los Apóstoles, predican el Evangelio, especialmente a aquellos que van a otros países para anunciar la Buena Nueva, esto es a los Misioneros.

3. Por analogía, a aquellos fieles cristianos que desarrollan algún trabajo apostólico en general o acción misionera en particular, con lo cual cooperan con la Jerarquía a extender el Reino de Jesucristo.

De todos ellos, María es Madre y Reina.

La superioridad de la Virgen sobre los Apóstoles se funda en tres razones:

a) Ella tuvo relaciones más íntimas con el Divino Redentor. Los Apóstoles fueron los amigos de Jesús. ¡Es el mismo Hijo de Dios quien se profesa amigo de unos pobres y rústicos pescadores!. María en cambio fue la Madre de Jesús. No hay comparación entre las relaciones de la amistad y las relaciones de la maternidad.

Los Apóstoles fueron llamados a seguir a Jesús y vivieron con El tres años, pero María, desde el instante de la Encarnación del Verbo hasta la Ascensión de Cristo, vivió en íntima unión con su Divino Hijo.

Los Apóstoles fueron elegidos para predicar al mundo la divina palabra; María fue escogida para traer a la tierra la Palabra substancial, personal, el Verbo de Dios.

b) Ella tuvo mayor poder que los Apóstoles. A éstos les dijo el Divino Maestro: "vosotros que me habéis seguido ... estaréis sentados sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel" (Mt. 19:28). De María canta la Iglesia: "María penetró en las alturas de los cielos, alegraos, porque Ella reina con Cristo eternamente. Jesús comparte con los Apóstoles su poder judicial, con su Madre comparte el Reino.

Ella fue enriquecida con mayor abundancia de los carismas del apostolado en el día de Pentecostés.

c) María mientras vivió, fue la Maestra y Consejera de los Apóstoles.

No hay otra razón que explique la permanencia de María en la tierra, aún después de la Ascensión de Jesús a los cíelos, sino la gran necesidad que de María tenía la Iglesia naciente. Esta Iglesia no era más que la continuación, la prolongación, de la personalidad de Cristo y de su cuerpo místico. La Providencia, obraba de manera conveniente a sus designios confiando a los cuidados de María la Iglesia recientemente constituida, de la misma manera que le había confiado anteriormente el cuidado del pequeño Jesús.

El Divino Maestro, en el momento de volver al Padre, de donde había salido, le dejó a Ella su escuela y su cátedra, no para que rigiese las ovejas de la grey, como Pedro, sino para que alimentase a los Apóstoles con aquella celestial Sabiduría de la cual estaba enriquecida.

Hija predilecta del Padre. Esposa muy amada del Espíritu Santo. Madre de Jesucristo, autor de toda gracia. Reina de los Apóstoles. ¡Ruega por nosotros!.

2 jul 2022

Santo Evangelio 2 de Julio 2022

 



 Texto del Evangelio (Mt 9,14-17):

 En aquel tiempo, se le acercan los discípulos de Juan y le dicen: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «¿Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán. Nadie echa un remiendo de paño sin tundir en un vestido viejo, porque lo añadido tira del vestido, y se produce un desgarrón peor. Ni tampoco se echa vino nuevo en pellejos viejos; pues de otro modo, los pellejos revientan, el vino se derrama, y los pellejos se echan a perder; sino que el vino nuevo se echa en pellejos nuevos, y así ambos se conservan».



«Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán»

Rev. D. Joaquim FORTUNY i Vizcarro

(Cunit, Tarragona, España)

Hoy notamos cómo con Jesús comenzaron unos tiempos nuevos, una doctrina nueva, enseñada con autoridad, y cómo todas las cosas nuevas chocaban con la praxis y el ambiente dominante. Así, en las páginas que preceden al Evangelio que estamos contemplando, vemos a Jesús perdonando los pecados al paralítico y curando su enfermedad, mientras que los escribas se escandalizan; Jesús llamando a Mateo, cobrador de impuestos y comiendo con él y otros publicanos y pecadores, y los fariseos “subiéndose por las paredes”; y en el Evangelio de hoy son los discípulos de Juan quienes se acercan a Jesús porque no comprenden que Él y sus discípulos no ayunen.

Jesús, que no deja nunca a nadie sin respuesta, les dirá: «¿Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán» (Mt 9,15). El ayuno era, y es, una praxis penitencial que contribuye a «adquirir el dominio sobre nuestros instintos y la libertad del corazón» (Catecismo de la Iglesia, n. 2043) y a impetrar la misericordia divina. Pero en aquellos momentos, la misericordia y el amor infinito de Dios estaba en medio de ellos con la presencia de Jesús, el Verbo Encarnado. ¿Cómo podían ayunar? Sólo había una actitud posible: la alegría, el gozo por la presencia del Dios hecho hombre. ¿Cómo iban a ayunar si Jesús les había descubierto una manera nueva de relacionarse con Dios, un espíritu nuevo que rompía con todas aquellas maneras antiguas de hacer?

Hoy Jesús está: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20), y no está porque ha vuelto al Padre, y así clamamos: ¡Ven, Señor Jesús!

Estamos en tiempos de expectación. Por esto, nos conviene renovarnos cada día con el espíritu nuevo de Jesús, desprendernos de rutinas, ayunar de todo aquello que nos impida avanzar hacia una identificación plena con Cristo, hacia la santidad. «Justo es nuestro lloro —nuestro ayuno— si quemamos en deseos de verle» (San Agustín).

A Santa María le suplicamos que nos otorgue las gracias que necesitamos para vivir la alegría de sabernos hijos amados.