4 nov 2020

Santo Evangelio 4 de noviembre 2020

 




 Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según San Juan 14, 1-6

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: - No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino. Tomás le dice: - Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Jesús le responde: - Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí.


Reflexión del Evangelio de hoy


Mi lote es el Señor, por eso esperaré en Él

En el día en el que conmemoramos a todos los fieles difuntos, las lecturas de hoy nos hablan de misericordia, bondad, fidelidad, salvación y esperanza, esperanza en el cielo y en la Vida Eterna.

El libro de las lamentaciones narra la trágica y amarga experiencia del pueblo de Israel tras la destrucción de la Ciudad Santa: Jerusalén. En este tercer poema el profeta personifica de algún modo la tribulación y el dolor de la ciudad desolada. Sin embargo, él mismo reconoce que a pesar de haber perdido la paz y el gozo, aún conserva en la memoria, como un sello en su alma, la experiencia del amor de Dios, de su gran bondad y misericordia, y sobre todo de su fidelidad. Todo esto le hace mirar el futuro con esperanza, un futuro que vas más allá de nuestra vida terrena y que apunta a la salvación tan deseada, en definitiva a la Vida Eterna.

Muchas veces también nosotros hemos podido experimentar, en medio del dolor, el consuelo y la misericordia de Dios. Su fidelidad nos ha devuelto la esperanza y la confianza en Él. Incluso ante la amarga experiencia de la muerte de algún ser querido, hemos gustado la Paz y el Amor de Dios, que no es otra cosa que las primicias de la Vida Eterna.

Me voy a prepararos un lugar para que donde yo esté, estéis también vosotros

Dentro de uno de los acontecimientos más deseados por Jesús, como es la Última Cena, pues Él mismo dice: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros”, la Iglesia hoy nos presenta el discurso de despedida de Jesús a sus discípulos.

Después de haber anunciado la traición de Judas y las negaciones de Pedro, Jesús es consciente del miedo y de la turbación de sus  discípulos, por eso les insta a mantenerse firmes en la fe, a confiar en Dios y en Él, lo que de algún modo da a entender que son una misma persona.

“Para ti nos hiciste, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” nos dice San Agustín. Y también San Pablo nos recuerda: “En la vida y en la muerte somos del Señor”. Somos peregrinos en esta tierra, aquí estamos de paso, nuestra morada definitiva es el Cielo, vivir con el Señor eternamente. Esto es algo que Jesús les dice a sus apóstoles y también a nosotros. Es un consuelo muy grande saber que Cristo va a prepararnos un sitio en el Cielo y luego volverá  y nos llevará con Él. Ésta es la fe y la esperanza de todo cristiano y con los ojos fijos en el Señor esperamos vivir siempre con Dios en el Cielo.

Nuestra vida es mucho más que unos cuantos años en la tierra. La vida en nuestro cuerpo físico es un periodo muy corto de nuestra existencia. Los cristianos creemos firmemente que  nuestro existir no se acaba con la muerte, pues nuestra verdadera vida es la Vida Eterna.

La psiquiatra Elisabeth Kübbler Ross, que investigó mucho sobre la muerte, decía: “Cuando hemos aprobado los exámenes que vamos a aprender a la Tierra,  se nos permite graduarnos. Se nos permite desprendernos del cuerpo, que aprisiona nuestra alma como el capullo que envuelve la futura mariposa, y cuando llega el momento podemos abandonarlo. Entonces estamos libres de dolores, de temores y preocupaciones, libres como la mariposa para volver a casa, de donde salimos, para volver a Dios”.

Pero para llegar al Cielo ya nos dice Jesús que Él es el Camino, es decir, que haciendo lo que Él siempre hizo, que no es otra cosa que la voluntad de Dios, sin duda un día estaremos con Él para siempre.

Pidamos por todos aquellos hermanos nuestros que aún están preparando su traje de gala en la antesala del Cielo para que pronto puedan participar de la gran fiesta, de las bodas del Cordero.

Jaculatoria

 


Mi lote es el Señor, por eso esperaré en Él San Juan 14, 1-6

 


Mi lote es el Señor, por eso esperaré en Él San Juan 14, 1-6

En el día en el que conmemoramos a todos los fieles difuntos, las lecturas de hoy nos hablan de misericordia, bondad, fidelidad, salvación y esperanza, esperanza en el cielo y en la Vida Eterna.

El libro de las lamentaciones narra la trágica y amarga experiencia del pueblo de Israel tras la destrucción de la Ciudad Santa: Jerusalén. En este tercer poema el profeta personifica de algún modo la tribulación y el dolor de la ciudad desolada. Sin embargo, él mismo reconoce que a pesar de haber perdido la paz y el gozo, aún conserva en la memoria, como un sello en su alma, la experiencia del amor de Dios, de su gran bondad y misericordia, y sobre todo de su fidelidad. Todo esto le hace mirar el futuro con esperanza, un futuro que vas más allá de nuestra vida terrena y que apunta a la salvación tan deseada, en definitiva a la Vida Eterna.

Muchas veces también nosotros hemos podido experimentar, en medio del dolor, el consuelo y la misericordia de Dios. Su fidelidad nos ha devuelto la esperanza y la confianza en Él. Incluso ante la amarga experiencia de la muerte de algún ser querido, hemos gustado la Paz y el Amor de Dios, que no es otra cosa que las primicias de la Vida Eterna.

Me voy a prepararos un lugar para que donde yo esté, estéis también vosotros

Dentro de uno de los acontecimientos más deseados por Jesús, como es la Última Cena, pues Él mismo dice: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros”, la Iglesia hoy nos presenta el discurso de despedida de Jesús a sus discípulos.

Después de haber anunciado la traición de Judas y las negaciones de Pedro, Jesús es consciente del miedo y de la turbación de sus  discípulos, por eso les insta a mantenerse firmes en la fe, a confiar en Dios y en Él, lo que de algún modo da a entender que son una misma persona.

“Para ti nos hiciste, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” nos dice San Agustín. Y también San Pablo nos recuerda: “En la vida y en la muerte somos del Señor”. Somos peregrinos en esta tierra, aquí estamos de paso, nuestra morada definitiva es el Cielo, vivir con el Señor eternamente. Esto es algo que Jesús les dice a sus apóstoles y también a nosotros. Es un consuelo muy grande saber que Cristo va a prepararnos un sitio en el Cielo y luego volverá  y nos llevará con Él. Ésta es la fe y la esperanza de todo cristiano y con los ojos fijos en el Señor esperamos vivir siempre con Dios en el Cielo.

Nuestra vida es mucho más que unos cuantos años en la tierra. La vida en nuestro cuerpo físico es un periodo muy corto de nuestra existencia. Los cristianos creemos firmemente que  nuestro existir no se acaba con la muerte, pues nuestra verdadera vida es la Vida Eterna.

La psiquiatra Elisabeth Kübbler Ross, que investigó mucho sobre la muerte, decía: “Cuando hemos aprobado los exámenes que vamos a aprender a la Tierra,  se nos permite graduarnos. Se nos permite desprendernos del cuerpo, que aprisiona nuestra alma como el capullo que envuelve la futura mariposa, y cuando llega el momento podemos abandonarlo. Entonces estamos libres de dolores, de temores y preocupaciones, libres como la mariposa para volver a casa, de donde salimos, para volver a Dios”.

Pero para llegar al Cielo ya nos dice Jesús que Él es el Camino, es decir, que haciendo lo que Él siempre hizo, que no es otra cosa que la voluntad de Dios, sin duda un día estaremos con Él para siempre.

Pidamos por todos aquellos hermanos nuestros que aún están preparando su traje de gala en la antesala del Cielo para que pronto puedan participar de la gran fiesta, de las bodas del Cordero.

3 nov 2020

Santo Evangelio 3 de Noviembre 2020

  



Texto del Evangelio (Lc 14,15-24): 

En aquel tiempo, dijo a Jesús uno de los que comían a la mesa: «¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios!». Él le respondió: «Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: ‘Venid, que ya está todo preparado’. Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: ‘He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses’. Y otro dijo: ‘He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses’. Otro dijo: ‘Me he casado, y por eso no puedo ir’.


»Regresó el siervo y se lo contó a su señor. Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: ‘Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos’. Dijo el siervo: ‘Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio’. Dijo el señor al siervo: ‘Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa’. Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena».

******************

«Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa»


Rev. D. Joan COSTA i Bou

(Barcelona, España)

Hoy, el Señor nos ofrece una imagen de la eternidad representada por un banquete. El banquete significa el lugar donde la familia y los amigos se encuentran juntos, gozando de la compañía, de la conversación y de la amistad en torno a la misma mesa. Esta imagen nos habla de la intimidad con Dios trinidad y del gozo que encontraremos en la estancia del cielo. Todo lo ha hecho para nosotros y nos llama porque «ya está todo preparado» (Lc 14,17). Nos quiere con Él; quiere a todos los hombres y las mujeres del mundo a su lado, a cada uno de nosotros.


Es necesario, sin embargo, que queramos ir. Y a pesar de saber que es donde mejor se está, porque el cielo es nuestra morada eterna, que excede todas las más nobles aspiraciones humanas —«ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2,9) y, por lo tanto, nada le es comparable—; sin embargo, somos capaces de rechazar la invitación divina y perdernos eternamente el mejor ofrecimiento que Dios podía hacernos: participar de su casa, de su mesa, de su intimidad para siempre. ¡Qué gran responsabilidad!


Somos, desdichadamente, capaces de cambiar a Dios por cualquier cosa. Unos, como leemos en el Evangelio de hoy, por un campo; otros, por unos bueyes. ¿Y tú y yo, por qué somos capaces de cambiar a aquél que es nuestro Dios y su invitación? Hay quien por pereza, por dejadez, por comodidad deja de cumplir sus deberes de amor para con Dios: ¿Tan poco vale Dios, que lo sustituimos por cualquier otra cosa? Que nuestra respuesta al ofrecimiento divino sea siempre un sí, lleno de agradecimiento y de admiración.


Santo Evangelio 2 de Noviembre 2020

  


Texto del Evangelio (Lc 14,15-24): 

En aquel tiempo, dijo a Jesús uno de los que comían a la mesa: «¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios!». Él le respondió: «Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: ‘Venid, que ya está todo preparado’. Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: ‘He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses’. Y otro dijo: ‘He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses’. Otro dijo: ‘Me he casado, y por eso no puedo ir’.


»Regresó el siervo y se lo contó a su señor. Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: ‘Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos’. Dijo el siervo: ‘Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio’. Dijo el señor al siervo: ‘Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa’. Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena».

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«Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa»


Rev. D. Joan COSTA i Bou

(Barcelona, España)

Hoy, el Señor nos ofrece una imagen de la eternidad representada por un banquete. El banquete significa el lugar donde la familia y los amigos se encuentran juntos, gozando de la compañía, de la conversación y de la amistad en torno a la misma mesa. Esta imagen nos habla de la intimidad con Dios trinidad y del gozo que encontraremos en la estancia del cielo. Todo lo ha hecho para nosotros y nos llama porque «ya está todo preparado» (Lc 14,17). Nos quiere con Él; quiere a todos los hombres y las mujeres del mundo a su lado, a cada uno de nosotros.


Es necesario, sin embargo, que queramos ir. Y a pesar de saber que es donde mejor se está, porque el cielo es nuestra morada eterna, que excede todas las más nobles aspiraciones humanas —«ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2,9) y, por lo tanto, nada le es comparable—; sin embargo, somos capaces de rechazar la invitación divina y perdernos eternamente el mejor ofrecimiento que Dios podía hacernos: participar de su casa, de su mesa, de su intimidad para siempre. ¡Qué gran responsabilidad!


Somos, desdichadamente, capaces de cambiar a Dios por cualquier cosa. Unos, como leemos en el Evangelio de hoy, por un campo; otros, por unos bueyes. ¿Y tú y yo, por qué somos capaces de cambiar a aquél que es nuestro Dios y su invitación? Hay quien por pereza, por dejadez, por comodidad deja de cumplir sus deberes de amor para con Dios: ¿Tan poco vale Dios, que lo sustituimos por cualquier otra cosa? Que nuestra respuesta al ofrecimiento divino sea siempre un sí, lleno de agradecimiento y de admiración.


Jaculatoria

 


Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa



 Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa» (Lc 14,15-24)


Rev. D. Joan COSTA i Bou

(Barcelona, España)

Hoy, el Señor nos ofrece una imagen de la eternidad representada por un banquete. El banquete significa el lugar donde la familia y los amigos se encuentran juntos, gozando de la compañía, de la conversación y de la amistad en torno a la misma mesa. Esta imagen nos habla de la intimidad con Dios trinidad y del gozo que encontraremos en la estancia del cielo. Todo lo ha hecho para nosotros y nos llama porque «ya está todo preparado» (Lc 14,17). Nos quiere con Él; quiere a todos los hombres y las mujeres del mundo a su lado, a cada uno de nosotros.


Es necesario, sin embargo, que queramos ir. Y a pesar de saber que es donde mejor se está, porque el cielo es nuestra morada eterna, que excede todas las más nobles aspiraciones humanas —«ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2,9) y, por lo tanto, nada le es comparable—; sin embargo, somos capaces de rechazar la invitación divina y perdernos eternamente el mejor ofrecimiento que Dios podía hacernos: participar de su casa, de su mesa, de su intimidad para siempre. ¡Qué gran responsabilidad!


Somos, desdichadamente, capaces de cambiar a Dios por cualquier cosa. Unos, como leemos en el Evangelio de hoy, por un campo; otros, por unos bueyes. ¿Y tú y yo, por qué somos capaces de cambiar a aquél que es nuestro Dios y su invitación? Hay quien por pereza, por dejadez, por comodidad deja de cumplir sus deberes de amor para con Dios: ¿Tan poco vale Dios, que lo sustituimos por cualquier otra cosa? Que nuestra respuesta al ofrecimiento divino sea siempre un sí, lleno de agradecimiento y de admiración.