2 oct 2019

La Paciencia de Dios



La Paciencia de Dios

Dios y Personajes Biblia

El Señor sigue marcando, día a día, el número de nuestro corazón. ¿Lo haremos seguir esperando?

Por: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org 


Hace pocos escribí: Demos gracias a Dios por Su infinita Paciencia y Misericordia. Luego de hacerlo me invadió una conmoción interior: ¿tenía derecho a colocar la Paciencia de Dios al mismo nivel que Su Misericordia? ¿Y que hay del Amor? ¿Acaso no está el Amor de Dios por encima de Su Paciencia? ¿O no será quizás que la Paciencia Divina es nada más que una parte del Amor y Misericordia de Dios? ¿Es la Paciencia algo distinto, importante, en el Corazón de Jesús? Me consoló el pensamiento de que Dios tiene que ser muy paciente para perdonar y aceptar todo el olvido y traiciones a los que el hombre somete a Su Sagrado Corazón. También me tranquilizó el pensamiento de que, sin dudas, Jesús hace un extensivo uso de Su Paciencia particularmente en estos tiempos, y por ello debemos agradecerle. Allí quedó mi frase, publicada como había sido escrita.

Al día siguiente, una persona me comentó que en un Cenáculo de oración se dijo: “La paciencia es la virtud de los santos”. Una conmoción se produjo en mi interior, al advertir que nuevamente la Paciencia Divina convocaba mi atención. Feliz de haber encontrado un punto de unión en el que Jesús claramente me abrazaba, me uní al ruego de tener al menos un poco de la paciencia de los santos, reflejo de la Paciencia de Dios.

Sin embargo, hoy me invadió una nueva conmoción interior: con alegría retomé la lectura de un hermoso libro sobre la vida del Hermano de Asís, Francisco. Mi señalador me llevó al punto en que me encontraba, momento en que el Pobre Hermano recibía los estigmas del Crucificado en el Monte Alvernia. Retomando la lectura, a las pocas páginas me encuentro con un título que dice: La Paciencia de Dios. Mi corazón dio un salto, ansioso por devorar el texto y comprender que es lo que allí se decía sobre este tema que en pocos días invadía mi entendimiento.

Debilitado por la sangre derramada, por las llagas de pies, manos y costado, Francisco se desbarrancaba hacia los brazos del Amor, su cuerpo muriendo, su alma floreciendo. Vivía envuelto en el dolor y el amor, a tal punto que ambas cosas eran un único nudo en su alma, el dolor y el amor del Crucificado lo habían tomado por completo.

Acurrucado en una gruta del camino de regreso hacia la Porciúncula, Francisco dijo entonces a su compañero fray León:

Respóndeme, hermano, ¿cual es el atributo más hermoso de Dios? El amor, respondió fray León. No lo es, dijo Francisco. La Sabiduría, respondió León. No lo es. Escribe, hermano León:

La perla más rara y preciosa de la Corona de Dios es la Paciencia. Oh, cuando pienso en la Paciencia de mi Dios, me vienen unas ganas locas de estallar en lágrimas y que todo el mundo me vea llorando a mares porque no hay manera mas elocuente de celebrar ese inapreciable atributo. ¡Oh la Paciencia de Dios! Hermano León, ésta mil veces bendita palabra escríbela siempre con letras bien grandes. Cuando pienso en la Paciencia de Dios me siento enloquecer de felicidad. Siento ganas de morir de pura felicidad. Francisco repitió entonces muchas veces, como extasiado, Paciencia de Dios, Paciencia de Dios, hasta que el hermano León se contagió y comenzó a repetirla con Francisco.

¿Qué más puedo decir yo de la Paciencia de Dios, que no hubiera dicho el hermano Francisco de Asís? Solo deseo invitarlos a meditar sobre lo inmenso que es el Amor de Dios, reflejado cada día en todo lo que tenemos, en los santos que se derramaron y se siguen derramando sobre el mundo, en los milagros cotidianos, en el misterio de Dios actuando en esta tierra a diario. ¿Y como respondemos nosotros?

Aquí yace el signo de la Paciencia Divina, que sigue insistiendo pese a la falta de respuesta. Es como un teléfono que llama y llama, sin que nosotros nos dignemos a responder. El Señor sigue marcando, día a día, el número de nuestro corazón, el de cada uno de nosotros. ¿Lo haremos seguir esperando?


1 oct 2019

Santo Evangelio 1 de Octubre 2019



Día litúrgico: Martes XXVI del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Lc 9,51-56): Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.

«Volviéndose, les reprendió»

Rev. D. Llucià POU i Sabater 
(Granada, España)

Hoy, en el Evangelio, contemplamos cómo «Santiago y Juan, dijeron: ‘Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?’. Pero volviéndose, les reprendió» (Lc 9,54-55). Son defectos de los Apóstoles, que el Señor corrige.

Cuenta la historia de un aguador de la India que, en los extremos de un palo que colgaba en sus espaldas, llevaba dos vasijas: una era perfecta y la otra estaba agrietada, y perdía agua. Ésta —triste— miraba a la otra tan perfecta, y avergonzada un día dijo al amo que se sentía miserable porque a causa de sus grietas le daba sólo la mitad del agua que podía ganar con su venta. El trajinante le contestó: —Cuando volvamos a casa mira las flores que crecen a lo largo del camino. Y se fijó: eran flores bellísimas, pero viendo que volvía a perder la mitad del agua, repitió: —No sirvo, lo hago todo mal. El cargador le respondió: —¿Te has fijado en que las flores sólo crecen a tu lado del camino? Yo ya conocía tus fisuras y quise sacar a relucir el lado positivo de ellas, sembrando semilla de flores por donde pasas y regándolas puedo recoger estas flores para el altar de la Virgen María. Si no fueses como eres, no habría sido posible crear esta belleza.

Todos, de alguna manera, somos vasijas agrietadas, pero Dios conoce bien a sus hijos y nos da la posibilidad de aprovechar las fisuras-defectos para alguna cosa buena. Y así el apóstol Juan —que hoy quiere destruir—, con la corrección del Señor se convierte en el apóstol del amor en sus cartas. No se desanimó con las correcciones, sino que aprovechó el lado positivo de su carácter fogoso —el apasionamiento— para ponerlo al servicio del amor. Que nosotros también sepamos aprovechar las correcciones, las contrariedades —sufrimiento, fracaso, limitaciones— para “comenzar y recomenzar”, tal como san Josemaría definía la santidad: dóciles al Espíritu Santo para convertirnos a Dios y ser instrumentos suyos.

Y Dios tuvo un sueño

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Y Dios tuvo un sueño

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón



La “carne inocente y vulnerable de quien no tiene defensa” despierta y atrae el apetito de la cobardía y la mediocridad

Y Dios tuvo un sueño de un paraíso con seres humanos viviendo en fraternidad y honrando su Presencia con un culto de amor. Dios tuvo un sueño en el que todas las criaturas tendrían un espacio y libertad de realización. Pero de pronto se encontró con un hombre camino al Calvario, cayendo y levantándose al subir las empedradas calles de Jerusalén con su cruz a cuestas. A empujones y gritos de “crucifícalo”, la misma masa de gente que había comido de los panes multiplicados, se saciaba voraz y sádicamente del espectáculo de un hombre todo hecho golpes y sangrando que luchaba por mantenerse en pie y llegar al lugar de tormento. En Dios no hay tiempo; todo es presente, y al ver frustrado su sueño, su infinito amor lo llevó a entregar a su hijo, tan Dios como Él, a la dimensión contaminada de la muerte por nosotros, los pecadores, y desde aquí realizar el proyecto de una nueva civilización del amor y salvarnos. Encarnarse, el hacerse Dios hombre, implica asumir toda la realidad nuestra menos el pecado, pero sí sus consecuencias, y sufrir, temer, cansarse y llorar, creer y no ver resultados y caminar y caer, volver a empezar, sentirse rechazado y aún así amar y volver a amar. Jesús de Nazareth hecho guiñapos era el centro de diversión de gentes que desahogaban en Él sus frustraciones y odios. Su cara irreconocible por la hinchazón de los puños de sus torturadores, con sangre, sudor y tierra del camino es por un momento acariciada y limpiada por las suaves manos de una joven audaz y valiente que rompió el cerco de los soldados con su candor y vigor. Jesús pudo, gracias a eso, ver con más claridad y observó el rostro inocente de esta mujer y la cara arrogante de los soldados invasores de Israel y las expresiones de odio contra él de la multitud. Pudo reconocer gentes que anteriormente se gozaban de sus enseñanzas y se maravillaban de sus milagros, ahora transformados en furiosos depredadores. La “carne inocente y vulnerable de quien no tiene defensa” despierta y atrae el apetito de la cobardía y la mediocridad. No veía a sus apóstoles; habían huido y solo un grupo de mujeres de Jerusalén que lloraban tras él, entre ellas su madre, lo seguían subiendo las escaleras angostas hacia las murallas.

Y Dios tuvo un sueño donde todos nos ayudaríamos a ser mejores y brindaríamos nuestro servicio desinteresado por amor a los demás. Y vio por las calles de Jerusalén a los fariseos y doctores de la ley y los sacerdotes del templo, orgullosos del trabajo hecho y gozando del suplicio dado a este hombre que “se había creído Dios” y “que era un impostor y loco”. Y vio a Pilato en su palacio tragando vino y diciéndose: “era mi pellejo o su vida… no tenía otro camino”. Y Dios vio a los apóstoles huyendo y escondiéndose por temor a perder la vida, y vio a Judas ahorcándose por no creer en la Misericordia de Dios.

Y Dios tuvo un sueño donde todos sus hijos e hijas nos honraríamos y nos ayudaríamos a levantarnos y crecer; y vio a su Hijo Único siendo levantado en una cruz y colgado del madero, objeto de burla y desprecio. Pero vio a un grupo de mujeres valientes, entre ellas a la madre de Jesús al pie de la Cruz, jugándose la vida y acompañando en esos momentos al Varón de Dolores. Vio a su Hijo elevando su débil voz al cielo y pidiendo perdón para sus asesinos porque “no sabían lo que hacían. Tengo sed… de amor y comprensión, pero no hay quien calme mi sed. Dios mío, ¿por qué me has abandonado?… Ya no te escucho ni te siento, qué lejos estás. No me dejes solo.” Era parte de la pasión experimentar la soledad de los pecadores que se han apartado de Dios. Tenía que pasar por eso y sentirse sólo sin Dios siendo Dios. Y morir y experimentar el Gran Silencio junto con los muertos que desde Adán ansiaban la salvación. Desde allí esperar ser resucitado por su Padre. Es el momento de la total impotencia, de sentir la nada, que eso es ser hombre sin la acción vivificadora de Dios, porque de Él dependemos para ser y existir. El que era y es Dios, el que hizo milagros tan grandes como resucitar a otros, ahora está allí (sin dejar de ser Dios) reducido a la total aniquilación de toda vitalidad y poder. La muerte de Cristo nos revela hasta dónde llega el Amor Misericordioso de Dios que se identifica con nosotros totalmente.

Y Dios tuvo un sueño que tampoco se cumplió porque los poderes dados, que no son más que oportunidades de servicio que se concede a algunos para ayudar a otros, se convirtieron en dioses. El poder religioso del tiempo de Jesús lo condena a muerte “en nombre de Dios”, porque Jesús representaba un cambio total en la concepción religiosa y les hacía tambalear su posición e instalación. Jesús nos hizo ver que Dios no se deja amarrar ni controlar por ritos y espacios sacros, sino que lo podemos encontrar siempre y en cualquier lugar, si somos adoradores en espíritu y verdad. La ley y el templo eran en la práctica más importantes que Dios y estaban al servicio de un minúsculo grupo de estudiosos de la ley y especialistas del rito. El poder político que estaba centrado en el César y en el Imperio Romano vio en Jesús otra amenaza más a la estabilidad y seguridad e inclusive a las divinidades, y por eso hay que hacerlo desaparecer. El poder económico no olvidaba la expulsión de los mercaderes del Templo y la gran posibilidad de que Jesús les arruinara el negocio de “salvación” por compra de animales y su sacrificio. Y el “príncipe de las Tinieblas” se gozaba del espectáculo porque había podido envenenar las mentes de tanta gente y creía que con eso la Maldad había vencido a la Bondad.

Y Dios tuvo un sueño, porque no ha dejado de tenerlos, donde nosotros seguimos al Maestro con nuestra Cruz a cuestas por los caminos de la vida sin los apegos a poderes y estructuras de pecado, siendo los gestores gracias al Espíritu de una nueva humanidad, donde servimos a los demás con amor y vivimos en fraternidad. Donde agradecidos a lo que otros han hecho por nosotros nos alegramos de su felicidad y pagamos con amor nuestras deudas de caridad. Dios tuvo un sueño y la realización del mismo somos nosotros, que también debemos llegar al Calvario y dejarnos colgar en la pasión de la entrega por amor a los demás. En ese sueño, como Jesús, abrimos los brazos y aceptamos ser hermanos de toda la humanidad y entregamos la vida por un mundo mejor. Y gracias al poder de Dios resucitaremos como resucitó Jesús. ¡Somos el sueño de Dios!




30 sept 2019

Santo Evangelio 30 de septiembre 2019



Día litúrgico: Lunes XXVI del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Lc 9,46-50): En aquel tiempo, se suscitó una discusión entre los discípulos sobre quién de ellos sería el mayor. Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado, y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor». 

Tomando Juan la palabra, dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no viene con nosotros». Pero Jesús le dijo: «No se lo impidáis, pues el que no está contra vosotros, está por vosotros».


«El más pequeño de entre vosotros, ése es mayor»

Prof. Dr. Mons. Lluís CLAVELL 
(Roma, Italia)

Hoy, camino de Jerusalén hacia la pasión, «se suscitó una discusión entre los discípulos sobre quién de ellos sería el mayor» (Lc 9,46). Cada día los medios de comunicación y también nuestras conversaciones están llenas de comentarios sobre la importancia de las personas: de los otros y de nosotros mismos. Esta lógica solamente humana produce frecuentemente deseo de triunfo, de ser reconocido, apreciado, agradecido, y falta de paz, cuando estos reconocimientos no llegan.

La respuesta de Jesús a estos pensamientos —y quizá también comentarios— de los discípulos recuerda el estilo de los antiguos profetas. Antes de las palabras hay los gestos. Jesús «tomó a un niño, le puso a su lado» (Lc 9,47). Después viene la enseñanza: «El más pequeño de entre vosotros, ése es mayor» (Lc 9,48). —Jesús, ¿por qué nos cuesta tanto aceptar que esto no es una utopía para la gente que no está implicada en el tráfico de una tarea intensa, en la cual no faltan los golpes de unos contra los otros, y que, con tu gracia, lo podemos vivir todos? Si lo hiciésemos tendríamos más paz interior y trabajaríamos con más serenidad y alegría.

Esta actitud es también la fuente de donde brota la alegría, al ver que otros trabajan bien por Dios, con un estilo diferente al nuestro, pero siempre valiéndose del nombre de Jesús. Los discípulos querían impedirlo. En cambio, el Maestro defiende a aquellas otras personas. Nuevamente, el hecho de sentirnos hijos pequeños de Dios nos facilita tener el corazón abierto hacia todos y crecer en la paz, la alegría y el agradecimiento. Estas enseñanzas le han valido a santa Teresita de Lisieux el título de “Doctora de la Iglesia”: en su libro Historia de un alma, ella admira el bello jardín de flores que es la Iglesia, y está contenta de saberse una pequeña flor. Al lado de los grandes santos —rosas y azucenas— están las pequeñas flores —como las margaritas o las violetas— destinadas a dar placer a los ojos de Dios, cuando Él dirige su mirada a la tierra.

Vivir con un espíritu reconciliado

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Vivir con un espíritu reconciliado

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.



Reconciliación es reparar, reconstruir, perfeccionar y renovar.

Reconciliarse con uno mismo significa sentirse amado por Dios.

El que se reconcilia con Él y con su propio ser
es capaz de volver a amar con mucha pasión, ternura y serenidad
y siente que es parte de un todo, de la sociedad y la historia.

Reconciliarse interiormente implica reconocer que Dios nos creó del barro, de tal manera que volvamos a sentir que somos tierra, aire, fuego, agua y cielo;  somos materia que el Señor usó para soplar alma y crear un espíritu encarnado.

Comprendiendo cuál es nuestro origen,
nos reconciliamos con nuestro ser creado y limitado.

Cuando estamos en pecado, sentimos como si fuéramos nada, basura.  Al aceptar nuestro pasado, con sus triunfos y fracasos, nos reconstruimos volviendo a sentirnos "ser" después de haber pasado por la experiencia de la "nada".  Entonces descubrimos que somos alguien útil, único, original y valioso.

Vivir con un espíritu reconciliado
significa apreciar los dones, carismas y cualidades de los demás;
saber que los demás valen, porque son seres humanos.

Un corazón reconciliado mantiene los canales del alma siempre abiertos a la comunicación con otros y sabe promover, reconocer y felicitar siempre que pueda las cosas buenas de los demás.

La persona que se ha reconciliado ama a los demás y busca reconstruir,  ayudando a que la sociedad mejore.
No es una persona pasiva, sino activa que se involucra en causas nobles que ayuden a solucionar, aunque sea en parte, los problemas de los más necesitados.

Una persona con espíritu reconciliado se pregunta:
¿Qué puedo hacer para detener en lo que pueda la delincuencia que hay en mi país?
¿Qué puedo hacer para que en el mundo haya menos pobreza y violencia?


¿QUE PUEDO HACER YO?
No, ¿qué tienen que hacer los demás por mí?

El pecado social es impresionante:
la pobreza, la delincuencia, el sufrimiento y la depresión de los demás,  la deforestación y el deterioro del medio ambiente,
así como la tremenda carga de desnutrición infantil,
la cantidad de crímenes que aumenta día a día y el desempleo galopante.

En parte, todo esto es provocado por un pecado social en el que todos, en una medida u otra, tenemos culpa,  porque vivimos aquí y de manera activa o pasiva contribuimos para que el mundo esté así.

También somos responsables de nuestro sufrimiento,
porque muchas veces sufrimos más por culpa nuestra que por las cruces que el Señor nos manda.

La tarea auténtica de reconciliación consiste en la reconstrucción de la sociedad y el medio ambiente.

El Apocalipsis habla de una nueva Jerusalén que viene de Dios y cae del cielo; una criatura que nace de nuevo.

El señor quiere que reconstruyamos la humanidad con un espíritu reconciliador, no combativo ni agresivo.

Para eso hay que renacer interiormente,  florecer en una nueva primavera, sacar brillo a ese metal precioso de que está hecho el corazón y que se encuentra empañado por el tiempo, la desidia y el pecado.

Debemos buscar y reencontrar a nuestro propio ser y establecer paz en el alma para volver a amar, sonreír y tolerar.

Tenemos que reunir los pedazos rotos que están sueltos y dispersos por la confusión del pecado para hacer un gran mural de mosaicos donde aparezca una figura nueva y hermosa.

Dentro de ese proceso de reconciliación, nos compenetramos tanto con lo que nos rodea que nos tiene que doler cada vez que un hombre golpea a su mujer, un hijo maltrata a su madre o una persona destruye algo de la naturaleza.

Una persona con espíritu reconciliado no puede permanecer indiferente al crimen, al maltrato físico, al niño desnutrido o al anciano que busca en el basurero algo que comer.

Somos parte de todo, no seres aislados.
El pecado es lo que aísla y nos hace indiferentes.

Cuando uno está en gracia de Dios, en comunión con los demás,
siente profundamente la devastación del medio ambiente, la tala de los árboles, la quema de los bosques, los ríos que se secan y el aire que se contamina,  así como el caso de una niña de trece años que queda embarazada y quiere abortar, un niño huérfano que llama a su papá que no existe o aquella persona que pasa cinco años en la cárcel, pudriéndose sin juicio.

Un cristiano de verdad, que se reconcilia con la humanidad,
siente estas cosas en carne propia y no puede dormir tranquilo ante el hambre o el sufrimiento.

Se siente compenetrado, llamado y golpeado por el sufrimiento de tal manera que necesita hacer algo para remediar estos males de la sociedad. Si no siente así, no está reconciliado con Dios ni con la sociedad y vive en pecado de omisión.

Entonces, para poder vivir una existencia digna,
tenemos que pagar por el pecado que hemos cometido y el mal que hemos hecho a la humanidad.

Todos somos deudores y debemos siempre procurar devolver bien por el mal que hacemos, sin complejo de culpa, pero conscientes de que como seres humanos, personal y comunitariamente, hacemos daño y tenemos una deuda con la sociedad.

En el fondo, los que nos reconciliamos debemos pagar la deuda con amor y ternura.

Con el poder de Cristo Jesús podemos reconstruir el mundo y hacerlo nuevo.

¡ RECUERDE QUE, CON DIOS, USTED ES INVENCIBLE !

29 sept 2019

Santo Evangelio 29 de septiembre 2019


Día litúrgico: Domingo XXVI (C) del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Lc 16,19-31): En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico, pero nadie se lo daba. Hasta los perros venían y le lamían las llagas. 

»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’.

»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’».


«Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males»

Rev. D. Valentí ALONSO i Roig 
(Barcelona, España)

Hoy, Jesús nos encara con la injusticia social que nace de las desigualdades entre ricos y pobres. Como si se tratara de una de las imágenes angustiosas que estamos acostumbrados a ver en la televisión, el relato de Lázaro nos conmueve, consigue el efecto sensacionalista para mover los sentimientos: «Hasta los perros venían y le lamían las llagas» (Lc 16,21). La diferencia está clara: el rico llevaba vestidos de púrpura; el pobre tenía por vestido las llagas.

La situación de igualdad llega enseguida: murieron los dos. Pero, a la vez, la diferencia se acentúa: uno llegó al lado de Abraham; al otro, tan sólo lo sepultaron. Si no hubiésemos escuchado nunca esta historia y si aplicásemos los valores de nuestra sociedad, podríamos concluir que quien se ganó el premio debió ser el rico, y el abandonado en el sepulcro, el pobre. Está claro, lógicamente.

La sentencia nos llega en boca de Abraham, el padre en la fe, y nos aclara el desenlace: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males» (Lc 16,25). La justicia de Dios reconvierte la situación. Dios no permite que el pobre permanezca por siempre en el sufrimiento, el hambre y la miseria.

Este relato ha movido a millones de corazones de ricos a lo largo de la historia y ha llevado a la conversión a multitudes, pero, ¿qué mensaje hará falta en nuestro mundo desarrollado, hiper-comunicado, globalizado, para hacernos tomar conciencia de las injusticias sociales de las que somos autores o, por lo menos, cómplices? Todos los que escuchaban el mensaje de Jesús tenían como deseo descansar en el seno de Abraham, pero, ¿cuánta gente en nuestro mundo ya tendrá suficiente con ser sepultados cuando hayan muerto, sin querer recibir el consuelo del Padre del cielo? La auténtica riqueza es llegar a ver a Dios, y lo que hace falta es lo que afirmaba san Agustín: «Camina por el hombre y llegarás a Dios». Que los Lázaros de cada día nos ayuden a encontrar a Dios.

Los que vivimos en la abundancia tenemos la obligación de atender a los que pasan necesidad

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LOS QUE VIVIMOS EN LA ABUNDANCIA TENEMOS LA OBLIGACIÓN DE ATENDER A LOS QUE PASAN NECESIDAD

Por Gabriel González del Estal

1.- Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Esta parábola, llamada del rico Epulón y el pobre Lázaro, la conocemos suficientemente tal como está escrita en el evangelio de Lucas. Yo prefiero olvidarme un poco del texto y tratar de aplicar la parábola a nuestro tiempo. Porque somos muchos los que vivimos sin que nos falte físicamente de nada para poder vivir con dignidad. Realmente podemos decir que vivimos en la abundancia. Lo importante, como cristianos que somos, es que no vivamos sin ver a los que pasan necesidad. A Lázaros, como el de la parábola, es posible que no veamos ninguno junto a las puertas de nuestras casas, pero conocer a personas que viven en auténtica necesidad física seguro que sí conocemos a más de una. Personas o situaciones concretas. ¿Qué hacer? Ayudarles de la mejor manera que podamos. Seguro que la mayor parte de nosotros sí podemos ayudar a los necesitados. Si no nos resulta fácil hacer limosna a alguna persona concreta, seguro que conocemos alguna institución caritativa con la que podemos colaborar. Ya san Pablo nos decía que si sabemos vivir con sobriedad, seguro que siempre encontraremos algo para dar a los necesitados. Él se ponía de ejemplo: con mis propias manos, decía, he procurado siempre ganar el pan que como, y he tenido siempre algo con que he podido ayudar a otros. Después de leer, en este domingo, la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, todos nosotros debemos hacer el propósito de ser sobrios con nosotros mismos y generosos con los demás, especialmente con los necesitados. Yo creo que esa fue la intención que tuvo Cristo cuando puso esta parábola a los fariseos.

2.- Esto dice el Señor omnipotente: ¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sión… se acuestan en lechos de marfil, se arrellanan en sus divanes…, pero no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José. Estas palabras de profeta Amós, el pastor de Tecoa, escritas unos quinientos años antes de Cristo, nos mandan a nosotros el mismo mensaje que nos da la parábola de Cristo a los fariseos sobre el rico Epulón y el pobre Lázaro. Y, desgraciadamente, hoy día, más de dos mil años después de Cristo podríamos repetirlas nosotros con un lenguaje distinto, pero con el mismo contenido y mensaje. La sociedad actual sigue poniendo el dinero y la buena vida por encima de todo lo demás. No es ese el mensaje que vino a traernos Cristo a este mundo, predicando el reino de Dios. Realmente, ¿los cristianos, en nuestro apego al dinero, en nuestras ganas del bien vivir, y en nuestra atención a las personas necesitadas, nos parecemos mucho a los “hijos de este mundo”? A la luz de la parábola del rico Epulón. y el pobre Lázaro y del texto del profeta Amós, debemos hacer nosotros, hoy, en este domingo, un examen de conciencia sincero y comprometido.

3.- Hombre de Dios, busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. San Pablo, en esta su epístola a Timoteo, y en otros muchos de sus escritos, nos dice muy bien cuál debe ser el comportamiento de los cristianos respecto al dinero, a la justicia, a la ambición, y al comportamiento que debemos tener siempre con las personas necesitadas. Seamos, pues, sobrios en nuestros gastos personales y generosos en nuestro comportamiento con los demás, especialmente con los más necesitados.