5 dic 2018

VEN, SEÑOR, NO TARDES



Himno: 

VEN, SEÑOR, NO TARDES

Ven, Señor, no tardes,
Ven, que te esperamos;
Ven, Señor, no tardes,
ven pronto, Señor.

El mundo muere de frío,
el alma perdió el calor,
los hombres no son hermanos
porque han matado al Amor.

Envuelto en noche sombría,
gime el mundo de pavor;
va en busca de una esperanza,
buscando tu fe, Señor.

Al mundo le falta vida
y le falta corazón;
le falta cielo en la tierra,
si no lo riega tu amor.

Rompa el cielo su silencio,
baje el rocío a la flor,
ven, Señor, no tardes tanto,
ven, Señor. Amén.

4 dic 2018

Santo Evangelio 4 de diciembre 2018


Día litúrgico: Martes I de Adviento

Texto del Evangelio (Lc 10,21-24):

 En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».


«Te bendigo, Padre»

Abbé Jean GOTTIGNY 
(Bruxelles, Bélgica)

Hoy leemos un extracto del capítulo 10 del Evangelio según san Lucas. El Señor ha enviado a setenta y dos discípulos a los lugares adonde Él mismo ha de ir. Y regresan exultantes. Oyéndoles contar sus hechos y gestas, «Jesús se llenó del gozo del Espíritu Santo y dijo: ‘Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra’» (Lc 10,21). 

La gratitud es una de las facetas de la humildad. El arrogante considera que no debe nada a nadie. Pero para estar agradecido, primero, hay que ser capaz de descubrir nuestra pequeñez. “Gracias” es una de las primeras palabras que enseñamos a los niños. «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños» (Lc 10,21). 

Benedicto XVI, al hablar de la actitud de adoración, afirma que ella presupone un «reconocimiento de la presencia de Dios, Creador y Señor del universo. Es un reconocimiento lleno de gratitud, que brota desde lo más hondo del corazón y abarca todo el ser, porque el hombre sólo puede realizarse plenamente a sí mismo adorando y amando a Dios por encima de todas las cosas».

Un alma sensible experimenta la necesidad de manifestar su reconocimiento. Es lo único que los hombres podemos hacer para responder a los favores divinos. «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Cor 4,7). Desde luego, nos hace falta «dar gracias a Dios Padre, a través de su Hijo, en el Espíritu Santo; con la gran misericordia con la que nos ha amado, ha sentido lástima por nosotros, y cuando estábamos muertos por nuestros pecados, nos ha hecho revivir con Cristo para que seamos en Él una nueva creación» (San León Magno).

Una clara voz resuena



Himno: 

UNA CLARA VOZ RESUENA.

Una clara voz resuena
que las tinieblas repudia,
el sueño pesado ahuyéntase,
Cristo en el cielo fulgura.

Despierte el alma adormida
y sus torpezas sacuda,
que para borrar los males
un astro nuevo relumbra.

De arriba llega el Cordero
que ha de lavar nuestras culpas;
con lágrimas imploremos
el perdón que nos depura,

porque en su nueva venida
que aterroriza y conturba,
no tenga que castigarnos,
mas con piedad nos acuda.

Al Padre eterno la gloria,
loor al Hijo en la altura,
y al Espíritu Paráclito
por siempre alabanza suma. Amén.

3 dic 2018

Santo Evangelio 3 de diciembre 2018



Día litúrgico: Lunes I de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 8,5-11):

 En aquel tiempo, habiendo entrado Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace». 

Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos».


«Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande»

Rev. D. Joaquim MESEGUER García 
(Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, Cafarnaúm es nuestra ciudad y nuestro pueblo, donde hay personas enfermas, conocidas unas, anónimas otras, frecuentemente olvidadas a causa del ritmo frenético que caracteriza a la vida actual: cargados de trabajo, vamos corriendo sin parar y sin pensar en aquellos que, por razón de su enfermedad o de otra circunstancia, quedan al margen y no pueden seguir este ritmo. Sin embargo, Jesús nos dirá un día: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). El gran pensador Blaise Pascal recoge esta idea cuando afirma que «Jesucristo, en sus fieles, se encuentra en la agonía de Getsemaní hasta el final de los tiempos».

El centurión de Cafarnaúm no se olvida de su criado postrado en el lecho, porque lo ama. A pesar de ser más poderoso y de tener más autoridad que su siervo, el centurión agradece todos sus años de servicio y le tiene un gran aprecio. Por esto, movido por el amor, se dirige a Jesús, y en la presencia del Salvador hace una extraordinaria confesión de fe, recogida por la liturgia Eucarística: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa: di una sola palabra y mi criado quedará curado» (cf. Mt 8,8). Esta confesión se fundamenta en la esperanza; brota de la confianza puesta en Jesucristo, y a la vez también de su sentimiento de indignidad personal, que le ayuda a reconocer su propia pobreza.

Sólo nos podemos acercar a Jesucristo con una actitud humilde, como la del centurión. Así podremos vivir la esperanza del Adviento: esperanza de salvación y de vida, de reconciliación y de paz. Solamente puede esperar aquel que reconoce su pobreza y es capaz de darse cuenta de que el sentido de su vida no está en él mismo, sino en Dios, poniéndose en las manos del Señor. Acerquémonos con confianza a Cristo y, a la vez, hagamos nuestra la oración del centurión.

Cristo, cabeza, Rey de los pastores



Himno: 

CRISTO, CABEZA, REY DE LOS PASTORES.

Cristo, cabeza, rey de los pastores,
el pueblo entero, madrugando a fiesta,
canta a la gloria de tu sacerdote
himnos sagrados.

Con abundancia de sagrado crisma,
la unción profunda de tu Santo Espíritu
lo armó guerrero y lo nombró en la Iglesia
jefe del pueblo.

El fue pastor y forma del rebaño,
luz para el ciego, báculo del pobre,
padre común, presencia providente,
todo de todos.

Tú que coronas sus merecimientos,
danos la gracia de imitar su vida,
y al fin, sumisos a su magisterio,
danos su gloria. Amén.

2 dic 2018

Santo Evangelio 2 de diciembre 2018



Día litúrgico: Domingo I (C) de Adviento

Texto del Evangelio (Lc 21,25-28.34-36): 

En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación.

»Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre».


«Estad en vela (...) orando en todo tiempo para que (...) podáis estar en pie delante del Hijo del hombre»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, justo al comenzar un nuevo año litúrgico, hacemos el propósito de renovar nuestra ilusión y nuestra lucha personal con vista a la santidad, propia y de todos. Nos invita a ello la propia Iglesia, recordándonos en el Evangelio de hoy la necesidad de estar siempre preparados, siempre “enamorados” del Señor: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida» (Lc 21,34).

Pero notemos un detalle que es importante entre enamorados: esta actitud de alerta —de preparación— no puede ser intermitente, sino que ha de ser permanente. Por esto, nos dice el Señor: «Estad en vela, pues, orando en todo tiempo» (Lc 21,36). ¡En todo tiempo!: ésta es la justa medida del amor. La fidelidad no se hace a base de un “ahora sí, ahora no”. Es, por tanto, muy conveniente que nuestro ritmo de piedad y de formación espiritual sea un ritmo habitual (día a día y semana a semana). Ojalá que cada jornada de nuestra vida la vivamos con mentalidad de estrenarnos; ojalá que cada mañana —al despertarnos— logremos decir: —Hoy vuelvo a nacer (¡gracias, Dios mío!); hoy vuelvo a recibir el Bautismo; hoy vuelvo a hacer la Primera Comunión; hoy me vuelvo a casar... Para perseverar con aire alegre hay que “re-estrenarse” y renovarse.

En esta vida no tenemos ciudad permanente. Llegará el día en que incluso «las fuerzas de los cielos serán sacudidas» (Lc 21,26). ¡Buen motivo para permanecer en estado de alerta! Pero, en este Adviento, la Iglesia añade un motivo muy bonito para nuestra gozosa preparación: ciertamente, un día los hombres «verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (Lc 21,27), pero ahora Dios llega a la tierra con mansedumbre y discreción; en forma de recién nacido, hasta el punto que «Cristo se vio envuelto en pañales dentro de un pesebre» (San Cirilo de Jerusalén). Sólo un espíritu atento descubre en este Niño la magnitud del amor de Dios y su salvación (cf. Sal 84,8).

Prepararos para la venida del Señor

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PREPARARNOS PARA LA VENIDA DEL SEÑOR

Por Francisco Javier Colomina Campos

Con la celebración de este domingo damos comienzo al tiempo de Adviento, un tiempo de espera y de preparación. Durante estas próximas semanas iremos preparando la venida del Señor que nace hecho niño en Belén. Esperamos su venida, la deseamos, pero además nos vamos preparando para ella. Pero además, el tiempo de Adviento es tiempo de recordar la segunda venida de Cristo, cuando vendrá lleno de gloria y majestad al final de los tiempos. También hemos de esperar esta nueva venida del Señor y nos hemos de preparar para ello.

1. “Suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra”. La primera lectura, del libro del profeta Jeremías, nos habla de futuro. Por tres veces anuncia el profeta lo que sucederá “en aquellos días”. Se trata de una promesa de futuro, la promesa del Mesías. Este Mesías, nacido del linaje de David, traerá la justicia y el derecho a la tierra, pues traerá la salvación. La promesa hecha desde antiguo se cumple en Jesús, el Hijo de Dios, descendiente de David, y el día de Navidad adoraremos a ese niño nacido del seno de la Virgen y colocado en un humilde pesebre. Ese niño, sencillo y humilde, es el cumplimiento de las promesas de Dios. Se trata de la primera venida de Cristo que nace como hombre para traer la salvación a los hombres. En el tiempo de Adviento preparamos no sólo nuestros hogares, sino sobre todo nuestra vida para que Dios venga a nosotros, para que Cristo vuelva a nacer de nuevo en nosotros. Él nos trae la salvación. Y como hace más de dos mil años, Él vuelve a buscar un corazón dispuesto para acogerle.

2. “Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación”. Jesús, durante su vida en la tierra, antes de su muerte y resurrección, anunció su vuelta al final de los tiempos. Es la segunda venida de Cristo. El Señor ha prometido volver de nuevo, y el Adviento es tiempo de recordar esta segunda venida del Señor. En el Evangelio de este primer domingo, siguiendo con el lenguaje apocalíptico de domingos anteriores, Jesús anuncia una serie de signos en el cielo y de angustia en las gentes. Será entonces cuando veremos venir al Hijo del hombre “con gran poder y majestad”. Y es en ese momento cuando el Señor nos da una palabra de esperanza: en medio del sufrimiento y de las dificultades hemos de levantarnos y de alzar la cabeza, pues se acerca nuestra liberación. Cuando el Señor nos llama a levantarnos es porque andamos en la vida tantas veces postrados, quizá a causa de nuestro pecado, de nuestra inconstancia. Como a aquel paralítico del Evangelio a quien Jesús le dice “levántate, coge tu camilla y echa a andar”, también a nosotros nos llama a ponernos de pie, a levantarnos cuando nos caemos. Cuando el Señor nos llama a levantar la cabeza es porque andamos en la vida tantas veces con la cabeza agachada, mirándonos a nosotros mismos, metidos en nuestros propios problemas. Cristo nos llama a mirarle a Él, pues es el Salvador que viene a traernos la libertad.

3. “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo, que así os fortaleza internamente, para que cuando vuelva os presentéis santos e irreprensibles ante Dios”. Mientras que en este tiempo de Adviento nos preparamos para celebrar la Navidad, y mientras que recordamos que Cristo ha de venir de nuevo, Jesús nos invita a llenarnos de amor para estar preparados para cuando Él vuelva. Durante todo el año, en cada momento, hemos de ir preparándonos para la llegada del Señor. Pero especialmente en Adviento hemos de disponer nuestra vida para encontrarnos un día con Cristo. Y lo que el Señor quiere de nosotros es que nos llenemos de amor hasta rebosar, de amor a todos, un amor que nos fortalece interiormente. Para poder levantarnos y alzar la cabeza es necesaria la fuerza del amor. Esto nos hará fuertes. Y así podremos presentarnos santos ante Dios, irreprensibles por nuestra conducta. La vida cristiana es un progreso en el amor, es vivir en la tensión evangélica en espera del encuentro definitivo con Dios. Sólo el amor nos prepara para ello.

Que en este tiempo de Adviento que hoy inauguramos el Señor colme nuestro corazón de amor, nos fortalezca interiormente, para que mientras preparamos las celebraciones de la venida de Cristo en la humildad de la carne, alcemos nuestra cabeza hacia el horizonte para ver a Cristo que vuelve de nuevo lleno de gloria y majestad. Adviento es espera y es también preparación. Dios viene a salvarnos. Salgamos con alegría a su encuentro cogidos de la mano de María, la Madre de Dios, que nos acompaña a lo largo de este camino. Buen Adviento.