16 may 2018

Salmo 89 Baje a nosotros la bondad del Señor


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Salmo 89

Baje a nosotros la bondad del Señor


Señor, tú has sido nuestro refugio 
de generación en generación. 

Antes que naciesen los montes 
o fuera engendrado el orbe de la tierra, 
desde siempre y por siempre tú eres Dios. 

Tú reduces el hombre a polvo, 
diciendo: "retornad, hijos de Adán". 
Mil años en tu presencia 
son un ayer, que pasó; 
una vela nocturna. 

Los siembras año por año, 
como hierba que se renueva: 
que florece y se renueva por la mañana, 
y por la tarde la siegan y se seca. 

¡Cómo nos ha consumido tu cólera 
y nos ha transtornado tu indignación! 
Pusiste nuestras culpas ante ti, 
nuestros secretos ante la luz de tu mirada: 
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera, 
y nuestros años se acabaron como un suspiro. 

Aunque uno viva setenta años, 
y el más robusto hasta ochenta, 
la mayor parte son fatiga inútil, 
porque pasan aprisa y vuelan. 

¿Quién conoce la vehemencia de tu ira, 
quién ha sentido el peso de tu cólera? 
Enséñanos a calcular nuestros años, 
para que adquiramos un corazón sensato. 
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuando? 
Ten compasión de tus siervos; 
por la mañana sácianos de tu misericordia, 
y toda nuestra vida será alegría y júbilo. 

Danos alegría, por los días en que nos afligiste, 
por los años en que sufrimos desdichas. 
Que tus siervos vean tu acción 
y sus hijos tu gloria. 

Baje a nosotros la bondad del Señor 
y haga prósperas las obras de nuestras manos. 

15 may 2018

Santo Evangelio 15 de mayo 2018



Día litúrgico: Martes VII de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 17,1-11a): En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. 

»Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado. 

»Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti».


«Padre, ha llegado la hora»

Rev. D. Pere OLIVA i March 
(Sant Feliu de Torelló, Barcelona, España)

Hoy, el Evangelio de san Juan —que hace días estamos leyendo— comienza hablándonos de la “hora”: «Padre, ha llegado la hora» (Jn 17,1). El momento culminante, la glorificación de todas las cosas, la donación máxima de Cristo que se entrega por todos... “La hora” es todavía una realidad escondida a los hombres; se revelará a medida que la trama de la vida de Jesús nos abra la perspectiva de la cruz.

¿Ha llegado la hora? ¿La hora de qué? Pues ha llegado la hora en que los hombres conozcamos el nombre de Dios, o sea, su acción, la manera de dirigirse a la Humanidad, la manera de hablarnos en el Hijo, en Cristo que ama.

Los hombres y las mujeres de hoy, conociendo a Dios por Jesús («las palabras que tú me diste se las he dado a ellos»: Jn 17,8), llegamos a ser testigos de la vida, de la vida divina que se desarrolla en nosotros por el sacramento bautismal. En Él vivimos, nos movemos y somos; en Él encontramos palabras que alimentan y que nos hacen crecer; en Él descubrimos qué quiere Dios de nosotros: la plenitud, la realización humana, una existencia que no vive de vanagloria personal sino de una actitud existencial que se apoya en Dios mismo y en su gloria. Como nos recuerda san Ireneo, «la gloria de Dios es que el hombre viva». ¡Alabemos a Dios y su gloria para que la persona humana llegue a su plenitud!

Estamos marcados por el Evangelio de Jesucristo; trabajamos para la gloria de Dios, tarea que se traduce en un mayor servicio a la vida de los hombres y mujeres de hoy. Esto quiere decir: trabajar por la verdadera comunicación humana, la felicidad verdadera de la persona, fomentar el gozo de los tristes, ejercer la compasión con los débiles... En definitiva: abiertos a la Vida (en mayúscula).

Por el espíritu, Dios trabaja en el interior de cada ser humano y habita en lo más profundo de la persona y no deja de estimular a todos a vivir de los valores del Evangelio. La Buena Nueva es expresión de la felicidad liberadora que Él quiere darnos.

Salmo 87 Oración de un hombre gravemente enfermo

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Salmo 87

Oración de un hombre gravemente enfermo



Señor, Dios mío, de día te pido auxilio, 
de noche grito en tu presencia; 
llegue hasta tí mi súplica, 
inclina mi oído a mi clamor. 

Porque mi alma está colmada de desdichas, 
y mi vida está al borde del abismo; 
ya me cuentan con los que bajan a la fosa, 
soy como un inválido. 

Tengo mi cama entre los muertes, 
como los caídos que yacen en el sepulcro, 
de los cuales ya no guardas memoria, 
porque fueron arrancados de tu mano. 

Me has colocado en lo hondo de la fosa, 
en las tinieblas del fondo; 
tú cólera pesa sobre mí, 
me echas encima todas tus olas. 

Has alejado de mí a mis conocidos, 
me has hecho repugnante para ellos: 
encerrado, no puedo salir, 
y los ojos se me nublan de pesar. 

Todo el día te estoy invocando, 
tendiendo las manos hacia ti. 
¿Harás tú maravillas por los muertos? 
¿Se alzarán las sombras para darte gracias? 

¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia, 
o tu fidelidad en el reino de la muerte? 
¿Se conocen tus maravillas en la tiniebla, 
o tu justicia en el país del olvido? 

Pero yo te pido auxilio, 
por la mañana irá a tu encuentro mi súplica. 
¿Por qué, Señor, me rechazas, 
y me escondes tu rostro? 

Desde niño fui desgraciado y enfermo, 
me doblo bajo el peso de tus terrores, 
pasó sobre mí tu incendio, 
tus espantos me han consumido: 

me rodean como las aguas todo el día, 
me envuelven todos a una; 
alejaste de mí amigos y compañeros: 
mi compañía son las tinieblas. 

14 may 2018

Santo Evangelio 14 de mayo 2018



Día litúrgico: 14 de Mayo: San Matías, apóstol


Texto del Evangelio (Jn 15,9-17): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. 

»Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. 

»No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros».


«Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado»

+ Rev. D. Josep VALL i Mundó 
(Barcelona, España)

Hoy, la Iglesia recuerda el día en el que los Apóstoles escogieron a aquel discípulo de Jesús que tenía que sustituir a Judas Iscariote. Como nos dice acertadamente san Juan Crisóstomo en una de sus homilías, a la hora de elegir personas que gozarán de una cierta responsabilidad se pueden dar ciertas rivalidades o discusiones. Por esto, san Pedro «se desentiende de la envidia que habría podido surgir», lo deja a la suerte, a la inspiración divina y evita así tal posibilidad. Continúa diciendo este Padre de la Iglesia: «Y es que las decisiones importantes muchas veces suelen engendrar disgustos».

En el Evangelio del día, el Señor habla a los Apóstoles acerca de la alegría que han de tener: «Que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15,11). En efecto, el cristiano, como Matías, vivirá feliz y con una serena alegría si asume los diversos acontecimientos de la vida desde la gracia de la filiación divina. De otro modo, acabaría dejándose llevar por falsos disgustos, por necias envidias o por prejuicios de cualquier tipo. La alegría y la paz son siempre frutos de la exuberancia de la entrega apostólica y de la lucha para llegar a ser santos. Es el resultado lógico y sobrenatural del amor a Dios y del espíritu de servicio al prójimo.

Romano Guardini escribía: «La fuente de la alegría se encuentra en lo más profundo del interior de la persona (...). Ahí reside Dios. Entonces, la alegría se dilata y nos hace luminosos. Y todo aquello que es bello es percibido con todo su resplandor». Cuando no estemos contentos hemos de saber rezar como santo Tomás Moro: «Dios mío, concédeme el sentido del humor para que saboree felicidad en la vida y pueda transmitirla a los otros». No olvidemos aquello que santa Teresa de Jesús también pedía: «Dios, líbrame de los santos con cara triste, ya que un santo triste es un triste santo».

Salmo 86 Himno a Jerusalén, madre de todos los pueblos

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Salmo 86

Himno a Jerusalén, madre de todos los pueblos


El la ha cimentado sobre el monte santo; 
y el Señor prefiere las puertas de Sión 
a todas las moradas de Jacob. 

¡Qué pregón tan glorioso para tí, 
ciudad de Dios! 
"Contaré a Egipto y a Babilonia 
entre mis fieles; 
filisteos, tirios y etíopes 
han nacido allí". 

Se dirá de Sión: "uno por uno 
todos han nacido en ella; 
el Altísimo en persona la ha fundado". 

El Señor escribirá en el registro de los pueblos: 
"Este ha nacido allí". 
Y cantarán mientras danzan: 
"todas mis fuerzas están en ti" 

13 may 2018

Santo Evangelio 13 de mayo 2018


Día litúrgico: Ascensión del Señor (B)


Texto del Evangelio (Mc 16,15-20): En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien». 

Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.


«El Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios»

Fray Lluc TORCAL Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet 
(Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)

Hoy en esta solemnidad, se nos ofrece una palabra de salvación como nunca la hayamos podido imaginar. El Señor Jesús no solamente ha resucitado, venciendo a la muerte y al pecado, sino que, además, ¡ha sido llevado a la gloria de Dios! Por esto, el camino de retorno al Padre, aquel camino que habíamos perdido y que se nos abría en el misterio de Navidad, ha quedado irrevocablemente ofrecido en el día de hoy, después que Cristo se haya dado totalmente al Padre en la Cruz.

¿Ofrecido? Ofrecido, sí. Porque el Señor Jesucristo, antes de ser llevado al cielo, ha enviado a sus discípulos amados, los Apóstoles, a invitar a todos los hombres a creer en Él, para poder llegar allá donde Él está. «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará» (Mc 16,15-16).

Esta salvación que se nos da consiste, finalmente, en vivir la vida misma de Dios, como nos dice el Evangelio según san Juan: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3).

Pero aquello que se da por amor ha de ser aceptado en el amor para poder ser recibido como don. Jesucristo, pues, a quien no hemos visto, quiere que le ofrezcamos nuestro amor a través de nuestra fe, que recibimos escuchando la palabra de sus ministros, a quienes sí podemos ver y sentir. «Nosotros creemos en aquel que no hemos visto. Lo han anunciado aquellos que le han visto. (...) Quien ha prometido es fiel y no engaña: no faltes en tu confianza, sino espera en su promesa. (...) ¡Conserva la fe!» (San Agustín). Si la fe es una oferta de amor a Jesucristo, conservarla y hacerla crecer hace que aumente en nosotros la caridad.

¡Ofrezcamos, pues, al Señor nuestra fe!

La hora de la responsabilidad de los creyentes

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LA HORA DE LA RESPONSABILIDAD DE LOS CREYENTES

Por José María Martín OSA

1.- La extensión del Reino de Dios. La Ascensión de Jesús a los cielos es la última de sus apariciones. Es narrada por el Libro de los Hechos para confirmar la fe de los que han de ser sus testigos en todo el mundo, los apóstoles. Lo que importa es la instrucción acerca del Reino de Dios que reciben los apóstoles. Jesús no les instruye acerca de la organización de la iglesia, sino que les habla del Reino de Dios, que debe ser extendido por todo el mundo No debe confundirse el Reino de Dios con la iglesia, que lo proclama en el mundo. El Reino de Dios es la “civilización del amor” de la que hablaba Pablo VI. La Iglesia tiene la misión de establecer y hacer posible el Reino de Dios ya en este mundo. No estamos solos en esta tarea. Jesús ordena a sus discípulos que se queden en Jerusalén hasta que sean "bautizados con Espíritu Santo", esto es, hasta que descienda sobre ellos el Espíritu Santo, que es la fuerza de Dios. El Espíritu les dará la energía para trabajar en la obra de la extensión del Reino de Dios, mediante el anuncio de la compasión, de la ternura y del amor de Dios a todos y cada uno de los hombres, en especial los más débiles.

2.- Una nueva vida llena de esperanza. El apóstol Pablo ruega para que los suyos alcancen el conocimiento, la experiencia de la fe y del amor, a fin de que comprendan la grandeza de su vocación. La oración de Pablo se convierte en una gran afirmación acerca del poder y la riqueza de Dios, que se ha mostrado en Cristo. Es Dios quien ha resucitado de la muerte a Cristo, le ha dado la gloria celestial y lo ha hecho cabeza de la Iglesia y de todo. La Iglesia es también el lugar de la presencia de Jesucristo en el mundo, su expresión terrenal. Junto a su Señor glorificado, los creyentes han comenzado a vivir en una nueva creación, en un nuevo mundo, en una nueva vida. Por eso hace Pablo hincapié en el conocimiento de la esperanza que de esto se desprende, en la riqueza de la herencia, etc.; conocimiento que deben alcanzar los creyentes con la ayuda de Jesucristo y por los que Pablo ora.

3.- Comienza nuestra misión en el mundo. La ascensión de Jesús es un misterio, un acontecimiento para la fe. Lo que importa no es su descripción a manera de un acontecimiento visible sino la realidad significada en esa descripción. Ha terminado la obra de Jesús y debe comenzar ahora la misión en el mundo la comunidad de Jesús. Se abre un paréntesis para la responsabilidad de los creyentes. Entre la primera y la segunda venida del Señor, se extiende la misión de la iglesia. No podemos quedarnos con la boca abierta viendo visiones. Terminada la misión de Jesús en el mundo, ha de comenzar la misión de sus discípulos. Estos han de predicar y hacer lo mismo que su Maestro. Aparece aquí la fórmula "Señor Jesús", que constituye el núcleo más originario del símbolo de la fe cristiana. En esta fórmula se confiesa que Jesús, el hijo de María, que padeció bajo Poncio Pilato, es el Señor resucitado. Él nos envía a la misión de continuar su obra en la tierra, poniendo nuestra mirada en el cielo. Es el “ya, pero todavía no” del Reino de Dios. Así lo expresa San Agustín: “La necesidad de obrar seguirá en la tierra; pero el deseo de la ascensión ha de estar en el cielo. Aquí la esperanza, allí la realidad”