21 mar 2018

Salmo 41 Deseo del Señor

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Salmo 41

Deseo del Señor


Como busca la cierva 
corrientes de agua, 
así mi alma te busca 
a ti, Dios mío; 

tiene Sed de Dios, 
del Dios vivo: 
¿cuándo entraré a ver 
el rostro de Dios? 

Las lágrimas son mi pan 
noche y día. 
mientras todo el día me repiten: 
"¿Dónde está tu Dios?" 

Recuerdo otros tiempos, 
y desahogo mi alma conmigo: 
cómo marchaba a la cabeza del grupo, 
hacia la casa de Dios, 
entre cantos de júbilo y alabanza, 
en el bullicio de la fiesta. 

¿Por qué te acongojas, alma mía, 
por qué te me turbas? 
Espera en Dios que volverás a alabarlo: 
"Salud de mi rostro, Dios mío". 

Cuando mi alma se acongoja, 
te recuerdo 
desde el Jordán y el Hermón 
y el Monte Menor. 

Una sima grita a otra sima 
con voz de cascadas: 
tus torrentes y tus olas 
me han arrollado. 

De día el Señor 
me hará misericordia, 
de noche cantaré la alabanza 
del Dios de mi vida. 

Diré a Dios: "Roca mía, 
¿por qué me olvidas? 
¿Por qué voy andando, sombrío, 
hostigado por mi enemigo?" 

Se me rompen los huesos 
por las burlas del adversario; 
todo el día me preguntan: 
"¿Dónde está tu Dios?" 

¿Por qué te acongojas, alma mía, 
por qué te me turbas? 
Espera en Dios que volverás a alabarlo: 
"Salud de mi rostro, Dios mío".

20 mar 2018

Santo Evangelio 20 de marzo 2018


Día litúrgico: Martes V de Cuaresma


Texto del Evangelio (Jn 8,21-30): En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos:«Yo me voy y vosotros me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado. Adonde yo voy, vosotros no podéis ir». Los judíos se decían: «¿Es que se va a suicidar, pues dice: ‘Adonde yo voy, vosotros no podéis ir’?». El les decía: «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados». 

Entonces le decían: «¿Quién eres tú?». Jesús les respondió: «Desde el principio, lo que os estoy diciendo. Mucho podría hablar de vosotros y juzgar, pero el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a Él es lo que hablo al mundo». No comprendieron que les hablaba del Padre. Les dijo, pues, Jesús: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él». Al hablar así, muchos creyeron en Él.


«Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy»

Rev. D. Josep Mª MANRESA Lamarca 
(Valldoreix, Barcelona, España)

Hoy, martes V de Cuaresma, a una semana de la contemplación de la Pasión del Señor, Él nos invita a mirarle anticipadamente redimiéndonos desde la Cruz: «Jesucristo es nuestro pontífice, su cuerpo precioso es nuestro sacrificio que Él ofreció en el ara de la Cruz para la salvación de todos los hombres» (San Juan Fisher).

«Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre...» (Jn 8,28). En efecto, Cristo Crucificado —¡Cristo “levantado”!— es el gran y definitivo signo del amor del Padre a la Humanidad caída. Sus brazos abiertos, extendidos entre el cielo y la tierra, trazan el signo indeleble de su amistad con nosotros los hombres. Al verle así, alzado ante nuestra mirada pecadora, sabremos que Él es (cf. Jn 8,28), y entonces, como aquellos judíos que le escuchaban, también nosotros creeremos en Él. 

Sólo la amistad de quien está familiarizado con la Cruz puede proporcionarnos la connaturalidad para adentrarnos en el Corazón del Redentor. Pretender un Evangelio sin Cruz, despojado del sentido cristiano de la mortificación, o contagiado del ambiente pagano y naturalista que nos impide entender el valor redentor del sufrimiento, nos colocaría en la terrible posibilidad de escuchar de los labios de Cristo: «Después de todo, ¿para qué seguir hablándoos?».

Que nuestra mirada a la Cruz, mirada sosegada y contemplativa, sea una pregunta al Crucificado, en que sin ruido de palabras le digamos: «¿Quién eres tú?» (Jn 8,25). Él nos contestará que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), la Vid a la que sin estar unidos nosotros, pobres sarmientos, no podemos dar fruto, porque sólo Él tiene palabras de vida eterna. Y así, si no creemos que Él es, moriremos por nuestros pecados. Viviremos, sin embargo, y viviremos ya en esta tierra vida de cielo si aprendemos de Él la gozosa certidumbre de que el Padre está con nosotros, no nos deja solos. Así imitaremos al Hijo en hacer siempre lo que al Padre le agrada.

Salmo 40 Oración de un enfermo

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Salmo 40

Oración de un enfermo


Dichoso el que cuida del pobre y desvalido; 
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor. 

El Señor lo guarda y lo conserva en vida, 
para que sea dichoso en la tierra, 
y no lo entrega a la saña de sus enemigos. 

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor, 
calmará los dolores de su enfermedad. 

Yo dije: "Señor, ten misericordia, 
sáname, porque he pecado contra ti". 

Mis enemigos me desean lo peor: 
"a ver si se muere, y se acaba su apellido". 

El que viene a verme habla con fingimiento, 
disimula su mala intención, 
y, cuando sale afuera, la dice. 

Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí, 
hacen cálculos siniestros: 
"Padece un mal sin remedio, 
se acostó para no levantarse". 

Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, 
que compartía mi pan, 
es el primero en traicionarme. 

Pero tú, Señor, apiádate de mí, 
haz que pueda levantarme, 
para que yo les dé su merecido. 

En esto conozco que me amas: 
en que mi enemigo no triunfa de mí. 

A mí, en cambio, me conservas la salud, 
me mantienes siempre en tu presencia. 
Bendito el Señor, Dios de Israel, 
ahora y por siempre. Amén, amén.

19 mar 2018

Santo Evangelio 19 de marzo 2018


Día litúrgico: 19 de Marzo: San José, esposo de la Virgen María

Texto del Evangelio (Mt 1,16.18-21.24a): Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. 

Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado.


«José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer»

+ Mons. Ramon MALLA i Call Obispo Emérito de Lleida 
(Lleida, España)

Hoy, celebra la Iglesia la solemnidad de San José, el esposo de María. Es como un paréntesis alegre dentro de la austeridad de la Cuaresma. Pero la alegría de esta fiesta no es un obstáculo para continuar avanzando en el camino de conversión, propio del tiempo cuaresmal.

Bueno es aquel que, elevando su mirada, hace esfuerzos para que la propia vida se acomode al plan de Dios. Y es bueno aquel que, mirando a los otros, procura interpretar siempre en buen sentido todas las acciones que realizan y salvar la buena fama. En los dos aspectos de bondad, se nos presenta a San José en el Evangelio de hoy.

Dios tiene sobre cada uno de nosotros un plan de amor, ya que «Dios es amor» (1Jn 4,8). Pero la dureza de la vida hace que algunas veces no lo sepamos descubrir. Lógicamente, nos quejamos y nos resistimos a aceptar las cruces.

No le debió ser fácil a San José ver que María «antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo» (Mt 1,18). Se había propuesto deshacer el acuerdo matrimonial, pero «en secreto» (Mt 1,19). Y a la vez, «cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños» (Mt 1,20), revelándole que él tenía que ser el padre legal del Niño, lo aceptó inmediatamente «y tomó consigo a su mujer» (Mt 1,24).

La Cuaresma es una buena ocasión para descubrir qué espera Dios de nosotros, y reforzar nuestro deseo de llevarlo a la práctica. Pidamos al buen Dios «por intercesión del Esposo de María», como diremos en la colecta de la misa, que avancemos en nuestro camino de conversión imitando a San José en la aceptación de la voluntad de Dios y en el ejercicio de la caridad con el prójimo. A la vez, tengamos presente que «toda la Iglesia santa está endeudada con la Virgen Madre, ya que por Ella recibió a Cristo, así también, después de Ella, San José es el más digno de nuestro agradecimiento y reverencia» (San Bernardino de Siena).

Salmo 39 El justo espera en el Señor



Salmo 39

El justo espera en el Señor


Yo esperaba con ansia al Señor; 
él se inclinó y escuchó mi grito: 

me levantó de la fosa fatal, 
de la charca fangosa; 
afianzó mis pies sobre roca, 
y aseguró mis pasos; 

me puso en la boca un cántico nuevo, 
un himno a nuestro Dios. 
Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos 
y confiaron en el Señor. 

Dichoso el hombre que ha puesto 
su confianza en el Señor, 
y no acude a los idólatras, 
que se extravían con engaños. 

Cuántas maravillas has hecho, 
Señor, Dios mío, 
cuántos planes en favor nuestro; 
nadie se te puede comparar. 
Intento proclamarlas, decirlas, 
pero superan todo número. 

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, 
y, en cambio, me abriste el oído; 
no pides sacrificio expiatorio, 
entonces yo digo: "Aquí estoy 
-como está escrito en mi libro- 
para hacer tu voluntad". 

Dios mío, lo quiero, 
y llevo tu ley en las entrañas. 


He proclamado tu salvación 
ante la gran asamblea; 
no he cerrado los labios: 
Señor, tú lo sabes. 

No me he guardado en el pecho tu defensa, 
he contado tu fidelidad y tu salvación, 
no he negado tu misericordia y tu lealtad 
ante la gran asamblea. 

Tú, Señor, no me cierres tus entrañas, 
que tu misericordia y tu lealtad 
me guarden siempre, 
porque me cercan desgracias sin cuento. 

Se me echan encima mis culpas, 
y no puedo huir; 
son más que los pelos de mi cabeza, 
y me falta el valor. 

Señor, dígnate librarme; 
Señor, date prisa en socorrerme. 

Alégrense y gocen contigo 
todos los que te buscan; 
digan siempre: "Grande es el Señor" 
los que desean tu salvación. 

Yo soy pobre y desgraciado, 
pero el Señor se cuida de mí; 
tú eres mi auxilio y mi liberación: 
Dios mío, no tardes. 

18 mar 2018

Santo Evangelio 18 de marzo 2018



Día litúrgico: Domingo V (B) de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 12,20-33): En aquel tiempo, había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. Éstos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, queremos ver a Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Él les respondió: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará. 

»Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre». Vino entonces una voz del cielo: «Le he glorificado y de nuevo le glorificaré». La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel». Jesús respondió: «No ha venido esta voz por mí, sino por vosotros. Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí». Decía esto para significar de qué muerte iba a morir.


«Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto»

Rev. D. Ferran JARABO i Carbonell 
(Agullana, Girona, España)

Hoy, la Iglesia, en el último tramo de la Cuaresma, nos propone este Evangelio para ayudarnos a llegar al Domingo de Ramos bien preparados en vista a vivir estos misterios tan centrales en la vida cristiana. El Via Crucis es para el cristiano un "via lucis", el morir es un volver a nacer, y, más aun, es necesario morir para vivir de verdad.

En la primera parte del Evangelio, Jesús dice a los Apóstoles: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). San Agustín comenta al respecto: «Jesús se dice a Sí mismo "grano", que había de ser mortificado, para después multiplicarse; que tenía que ser mortificado por la infidelidad de los judíos y ser multiplicado para la fe de todos los pueblos». El pan de la Eucaristía, hecho de grano de trigo, se multiplica y se parte para ser alimento de todos los cristianos. La muerte del martirio es siempre fecunda; por esto, «quienes aman la vida», paradójicamente, la «pierden». Cristo muere para dar, con su sangre, fruto: nosotros le hemos de imitar para resucitar con Él y dar fruto con Él. ¿Cuántos dan en silencio su vida por el bien de los hermanos? Desde el silencio y la humildad hemos de aprender a ser grano que muere para volver a la Vida.

El Evangelio de este domingo acaba con una exhortación a caminar a la luz del Hijo exaltado en lo alto de la tierra: «Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). Tenemos que pedir al buen Dios que en nosotros sólo haya luz y que Él nos ayude a disipar toda sombra. Ahora es el momento de Dios, ¡no lo dejemos perder! «¿Dormís?, ¡el tiempo que se os ha concedido pasa!» (San Ambrosio de Milán). No podemos dejar de ser luz en nuestro mundo. Como la luna recibe su luz del sol, en nosotros han de ver la luz de Dios.

Salmo 38 Súplica del enfermo

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Salmo 38

Súplica del enfermo


Yo me dije: "vigilaré mi proceder, 
para que no se me vaya la lengua; 
pondré una mordaza a mi boca 
mientras el impío esté presente". 

Guardé silencio resignado, 
no hablé con ligereza; 
pero mi herida empeoró, 
y el corazón me ardía por dentro; 
pensándolo me requemaba, 
hasta que solté la lengua. 

Señor, dame a conocer mi fin 
y cuál es la medida de mis años, 
para que comprenda lo caduco que soy". 

Me concediste un palmo de vida, 
mis días son nada ante ti; 
el hombre no dura más que un soplo, 
el hombre pasa como una sombra, 
por un soplo se afana, 
atesora sin saber para quien. 

Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda? 
Tú eres mi confianza. 
Líbrame de mis inquietudes, 
no me hagas la burla de los necios. 

Enmudezco, no abro la boca, 
porque eres tú quien lo ha hecho. 
Aparta de mí tus golpes, 
que el ímpetu de tu mano me acaba. 

Escarmientas al hombre 
castigando su culpa; 
como una polilla roes sus tesoros; 
el hombre no es más que un soplo. 

Escucha, Señor, mi oración, 
haz caso de mis gritos, 
no seas sordo a mi llanto; 

porque yo soy huésped tuyo, 
forastero como todos mis padres. 
Aplácate, dame respiro, 
antes de que pase y no exista.