29 mar 2017

Eucaristía: Cristo tu mejor amigo



Eucaristía: Cristo tu mejor amigo

Él quiere ser tu amigo, tu compañero, tu vida, tu camino, tu paz y perdón


Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net 

Quiero citar aquí unas hermosas palabras de un hombre santo que comienzan así: “Les invito a abrir el Evangelio y a descubrir eso que Cristo quiere ser para ustedes, Él quiere ser tu amigo, tu compañero, tu vida, tu camino...” Vamos a detenernos en cada una de estas expresiones:

El quiere ser tu amigo. Como lo fue de Cleofás y de su compañero. Nosotros buscamos estima... nadie nos estima como Él. Buscamos aplauso. ¿Quién nos aplaude más que Él? Buscamos, sobre todo, afecto; nadie nos ama ni nos amará jamás como Jesús. ¿No ardía nuestro corazón...? Es necesario que tú digas lo mismo, ¡que sientas lo mismo! Como Cleofás y su amigo. Claro que es un amor que nos eleva, es un amor que no nos deja en paz, porque “no exigir de la persona amada que sea lo mejor que puede ser sería indiferencia lo contrario del amor”. Por eso, unos padres que aman de verdad a sus hijos no se conforman con que éstos sean unos mediocres, o que lleven unas calificaciones de cincos o seises; quieren dieces, a pesar de que son unos padres imperfectos. Dios, que es el verdadero Padre, el mejor de todo, no puede conformarse con tener unos hijos mediocres, y por eso nos pide, nos exige el diez, es decir, que seamos santos.

Él quiere ser tu compañero. No es lo mismo trabajar por Él, que trabajar con Él. Y así, en la vida o en el apostolado o en el trabajo estamos juntos. Y, además, nos da otra compañía, la de su propia Madre. ¿No le decía Ella a Juan Diego? - ahora San Juan Diego- ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? Palabras dichas a él y palabras dichas a cada uno de nosotros, palabras dichas a ti... Si Ella es también llamada “causa de nuestra alegría” ¿realmente lo es? ¡Qué hermosa realidad! ¡María, causa de nuestra alegría! ¿Por qué? ¡Porque nos ha dado la gran causa de la alegría que es Jesús!

Él quiere ser tu vida. La vida es entusiasmo, amor, felicidad, ideales, triunfos, satisfacciones, juventud perenne. Él quiere ser todo eso para ti, Él tiene todo eso en la Eucaristía... Si, por falta de fe, no lo crees, un día te arrepentirás terriblemente por no haber hecho la prueba, únicamente porque hay gente que dice: ¿Allí qué vas a encontrar?, o porque tu imaginación te pinta que ni en la misa, ni en la Eucaristía, ni en Jesús vas a encontrar esas cosas. Entonces, cuando veas que Jesús fue todo eso para ti, y tú te lo negaste, vas a llorar a mares...

Él quiere ser tu camino. El camino en la vida, que significa esto... Todos queremos ser alguien, realizarnos, valer para algo, hacer grandes cosas, ser líderes. ¿Cómo lo lograremos? Con aquella invitación de María en las bodas de Caná: “Haced lo que Él os diga”. Yo no sé si los siervos se dieron cuenta de lo que estaban haciendo, pero obedecieron. “Haced lo que Él os diga”. ¿Qué les dijo? Traigan el agua, llévenla al mayordomo. Obedecieron. De esta manera se resolvió el gran problema: porque en una boda en la que falta el vino ¡se acabó la fiesta! Pues bien, el mejor vino del mundo se bebió en esas bodas de Caná. ¿Por qué? Porque siguieron el consejo: “Haced lo que Él os diga”.

Él quiere ser tu verdad. La verdad de la vida y de las cosas, es decir, el sentido, la razón y la felicidad de tu vida. Mi vida -puedes decir- tiene una verdad, voy rumbo al puerto; mi vida tiene frutos, tiene realizaciones tiene plenitud. Eso significa que Jesús quiere ser tu verdad. ¿Cuántos nos llenan la mente, el corazón y la vida de mentiras? Jesús es la verdad, tu verdad.

Él, además, quiere ser tu resurrección. Resurrección de todas las ilusiones muertas o moribundas; también en el aspecto humano o intelectual: Todo lo que sea digno se estar vivo, Jesucristo lo resucita. Soy la resurrección y la vida... pero no en abstracto: ¡es tu resurrección y tu vida! Resurrección de los grandes ideales y metas de la vida. Cuantas veces los hemos tenido, nos han ilusionado, han tirado de nosotros, y un día los hemos matado y hemos dado la espalda a esos grandes ideales. Jesús resucita esos ideales.

El quiere ser, también, tu alegría. La tristeza no es cristiana, la amargura y el desaliento tienen otro dueño. Por eso, mi tristeza y amargura son la cadena que me tiene amarrado al demonio. A Cristo le gusta abrir jaulas, romper cadenas, abrir puertas de cárceles, tender puentes en el abismo. Decía una vez un alma: “¡He encontrado a Cristo y por tanto la alegría de vivir!” ¡Qué bien dicho y que bien vivido por ella! ¡A qué poco sabe el mosco y la cerveza al lado de Cristo!

Él quiere ser amor, tu amor. El deseo más fuerte del hombre: amar y ser amado. En el cielo este anhelo se convierte en éxtasis. Por la calle y por la vida pasan amores que acalambran por unos segundos, amores que engañan, que prometen la felicidad total, y te dejan con unos pétalos marchitos en las manos. Cristo es el amor eterno que te ama desde siempre y para siempre. Sabes que cuentas con este amor eterno de Dios siempre.

Él quiere ser roca, tu roca, es decir, un rompeolas, una muralla que defiende todo. Esto indica voluntad, valor, certeza, fuerza, ímpetu juvenil, audacia, pasión por los grandes ideales.
¡Él quiere ser todas estas cosas! Antes de seguir adelante, porque todavía no acabamos las cosas que quiere ser Jesús para nosotros, uno podría decir: -¡Mentira! ¡Mentira!- ¿Por qué? -porque son demasiadas cosas y demasiado hermosas, y nadie las puede ofrecer-. ¡Como quieras! Pero Jesús ofrece lo más grande, y es verdad. La prueba está en los que se han fiado de Jesús es decir, los santos que han llegado a sentir, no con la cabeza sino con el corazón, que Cristo es todas estas cosas. Y, si no, dime si hay una vida más maravillosa que ésta en la que se experimentan todas estas realidades.

Él quiere ser paz, tu paz. Quiere que luches, pero en paz interior. Recuerdo una frase hermosa de un hombre que para mí es un santo : “Este día he estado triste, he estado solo, lloro... y aquí me sorprende la realidad más radiante que vivimos los cristianos: tengo a Dios en medio de mi corazón... adiós soledad, adiós tristeza, adiós lágrimas; lo tengo todo”. La vida del alma es hermosa, minuto a minuto, porque está la presencia de Cristo; pero la vida del alma, minuto a minuto, es triste amarga, insufrible, cuando Él es un ausente.” Si Cristo es en mi vida un ausente o es un huésped bienvenido: depende de mí. Porque Él pasa por mi puerta y toca, y yo puedo decirle: -¡Entra! O puedo seguir con la puerta cerrada.

Él quiere ser pan. Pan espiritual que me da la vida eterna ... “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna”; esto quiere decir que cuantas más veces recibo su cuerpo y su sangre, más aseguro esa felicidad eterna del cielo. Pan de la ilusión, del entusiasmo por los grandes ideales; el pan de la victoria y de lo resultados, el pan de la perseverancia. Un pan para repartir a los hambrientos de Dios.

Y, por último, Él quiere ser perdón. Faltaba esta hermosa palabra para completar un cuadro verdaderamente fantástico. Si hay alguien que puede prometer esto y cumplirlo, es admirable, quiero ser amigo de Él, ¿dónde está?, ¿díganme donde está? Porque necesito conocerlo, necesito amarlo, necesito ser su amigo, ¿dónde está? - ¡En la Eucaristía!- ¿Cómo se llama? - Jesús de Nazareth-.

Un perdón eterno de todo, de siempre. Mucho me tiene que querer quien me ha perdonado tanto, el que siempre nos soporta y nos perdona, olvidando nuestras pequeñas o tremendas ofensas a su amor. Cuando dijo: “Perdónales, Padre porque no saben lo que hacen”, esta expresión le salió de lo más profundo de su corazón.


28 mar 2017

Santo Evangelio 28 de Marzo 2017


Día litúrgico: Martes IV de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 5,1-3.5-16): Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: «¿Quieres curarte?». Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo». Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar. 

Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla». Él le respondió: «El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’». Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor». El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.


«Jesús, viéndole tendido (...), le dice: ‘¿Quieres curarte?’»
Rev. D. Àngel CALDAS i Bosch 
(Salt, Girona, España)


Hoy, san Juan nos habla de la escena de la piscina de Betsaida. Parecía, más bien, una sala de espera de un hospital de trauma: «Yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos» (Jn 5,3). Jesús se dejó caer por allí.

¡Es curioso!: Jesús siempre está en medio de los problemas. Allí donde haya algo para “liberar”, para hacer feliz a la gente, allí está Él. Los fariseos, en cambio, sólo pensaban en si era sábado. Su mala fe mataba el espíritu. La mala baba del pecado goteaba de sus ojos. No hay peor sordo que el que no quiere entender. 

El protagonista del milagro llevaba treinta y ocho años de invalidez. «¿Quieres curarte?» (Jn 5,6), le dice Jesús. Hacía tiempo que luchaba en el vacío porque no había encontrado a Jesús. Por fin, había encontrado al Hombre. Los cinco pórticos de la piscina de Betsaida retumbaron cuando se oyó la voz del Maestro: «Levántate, toma tu camilla y anda» (Jn 5,8). Fue cuestión de un instante.

La voz de Cristo es la voz de Dios. Todo era nuevo en aquel viejo paralítico, gastado por el desánimo. Más tarde, san Juan Crisóstomo dirá que en la piscina de Betsaida se curaban los enfermos del cuerpo, y en el Bautismo se restablecían los del alma; allá, era de cuando en cuando y para un solo enfermo. En el Bautismo es siempre y para todos. En ambos casos se manifiesta el poder de Dios por medio del agua.

El paralítico impotente a la orilla del agua, ¿no te hace pensar en la experiencia de la propia impotencia para hacer el bien? ¿Cómo pretendemos resolver, solos, aquello que tiene un alcance sobrenatural? ¿No ves cada día, a tu alrededor, una constelación de paralíticos que se “mueven” mucho, pero que son incapaces de apartarse de su falta de libertad? El pecado paraliza, envejece, mata. Hay que poner los ojos en Jesús. Es necesario que Él —su gracia— nos sumerja en las aguas de la oración, de la confesión, de la apertura de espíritu. Tú y yo podemos ser paralíticos sempiternos, o portadores e instrumentos de luz.

La Eucaristía es una acción de gracias


La Eucaristía es una acción de gracias

Participar en la Eucaristía es agradecer todo lo bueno que Dios nos da cada día.


Por: P. Barela | Fuente: Catholic.net 


En los cuatro relatos de institución de la Eucaristía, aparece nuestro Señor dando gracias. Lo cual nos indica que, según la mente y el corazón del Señor, la oblación del sacrificio eucarístico va estrechamente unida a la acción de gracias «hasta el punto de ser ella la mismísima excelentísima expresión del agradecimiento que debemos expresar a Dios por los beneficios recibidos».

Es esencial al culto de Dios darle gracias por los beneficios recibidos. El don de valor infinito que se ofrece en la Misa, Jesucristo mismo, y el acto de amor infinito con que se ofrece, y nosotros con Cristo, unidos a Él en caridad, son la mejor acción de gracias.

En el sacrificio del altar, Jesucristo está animado de los mismos sentimientos de agradecimiento que lo abrazaron durante la pasión, en la santa Cena y sobre el Calvario. El don que Él presenta a su Padre por todos los beneficios dados al género humano es, como sobre la cruz, su Cuerpo nobilísimo y su Sangre preciosísima. La Santa Misa es, entonces, un sacrificio de acción de gracias excelente e infinitamente agradable a Dios, en compensación por todos los beneficios divinos de los cuales el cielo y la tierra están repletos. El mismo Jesucristo ofrece el sacrificio eucarístico para agradecer de nuevo por nosotros y suplir las imperfecciones de nuestro reconocimiento.

Mas nosotros lo ofrecemos también con Él y con el mismo objetivo: porque su sacrificio es el nuestro propio. Para Él nosotros hemos venido a ser ricos por rendir a Dios un don de una grandeza sin límites, en retorno de todos los bienes pasados y de dones excelentes que nos vienen de su gran liberalidad. Si nosotros mismos no podemos agradecerle de modo conveniente ni el menor beneficio, el santo sacrificio de la Misa, nos permite, él mismo, pagar todas nuestras deudas por muy grandes que ellas pudieran ser .

Lo peor que nos podría pasar en estos tiempos de dificultades y penurias, es olvidarnos de agradecer a Dios, por tantos bienes que nos da, aún en medio de las dificultades, y aún las mismas dificultades.

Cuando dejamos de ver los bienes que recibimos, a raudales, todos los días, perdemos la alegría de vivir, el sentido de nuestro paso por esta tierra, la grandeza del fin último al que estamos llamados y caemos inexorablemente en distintas formas de tristeza y depresión, nos volvemos desconformes con todo, la vida cuenta poco, y hasta nos molesta la luz del sol.

Rendir culto a Dios, ofrecerle el sacrificio de adoración y de acción de gracias, es decir que uno reconoce que Él es bueno, que son buenas todas sus criaturas, que es bueno que uno viva y que la vida es buena, es afirmar la bondad de la existencia: y esa es la raíz profunda de la fiesta. Hoy día se busca todo lo contrario y, por tanto, los hombres y los pueblos se van olvidando de hacer verdadera fiesta.

27 mar 2017

Santo Evangelio 27 de Marzo 2017


Día litúrgico: Lunes IV de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 4,43-54): En aquel tiempo, Jesús partió de Samaría para Galilea. Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue donde Él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir. Entonces Jesús le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creéis». Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo». Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive».

Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre». El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia. Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.


«Jesús partió de Samaría para Galilea»
Rev. D. Ramon Octavi SÁNCHEZ i Valero 
(Viladecans, Barcelona, España)


Hoy volvemos a encontrar a Jesús en Caná de Galilea, donde había realizado el conocido milagro de la conversión del agua en vino. Ahora, en esta ocasión, hace un nuevo milagro: la curación del hijo de un funcionario real. Aunque el primero fue espectacular, éste es —sin duda— más valioso, porque no es algo material lo que se soluciona con el milagro, sino que se trata de la vida de una persona.

Lo que llama la atención de este nuevo milagro es que Jesús actúa a distancia, no acude a Cafarnaúm para curar directamente al enfermo, sino que sin moverse de Caná hace posible el restablecimiento: «Le dice el funcionario: ‘Señor, baja antes que se muera mi hijo’. Jesús le dice: ‘Vete, que tu hijo vive’» (Jn 4,49.50).

Esto nos recuerda a todos nosotros que podemos hacer mucho bien a distancia, es decir, sin tener que hacernos presentes en el lugar donde se nos solicita nuestra generosidad. Así, por ejemplo, ayudamos al Tercer Mundo colaborando económicamente con nuestros misioneros o con entidades católicas que están allí trabajando. Ayudamos a los pobres de barrios marginales de las grandes ciudades con nuestras aportaciones a instituciones como Cáritas, sin que debamos pisar sus calles. O, incluso, podemos dar una alegría a mucha gente que está muy distante de nosotros con una llamada de teléfono, una carta o un correo electrónico.

Muchas veces nos excusamos de hacer el bien porque no tenemos posibilidades de hacernos físicamente presentes en los lugares en los que hay necesidades urgentes. Jesús no se excusó porque no estaba en Cafarnaúm, sino que obró el milagro.

La distancia no es ningún problema a la hora de ser generoso, porque la generosidad sale del corazón y traspasa todas las fronteras. Como diría san Agustín: «Quien tiene caridad en su corazón, siempre encuentra alguna cosa para dar».

Mi vida es de ustedes



Mi vida es de ustedes

No entrego mi vida a los verdugos ni a la muerte, se la entrego a ustedes cuando reciben la Comunión.

Por: Guillermo Ortiz, S.J. | Fuente: Catholic.net 


Pan y vino en las manos, en la intimidad de la cena de amigos, con la sombra de la cruz agobiando la noche, Jesús recapitula su voluntad con la familia humana que asumió como suya, en el misterio de la Eucaristía. Entregando su vida como alimento Jesús está diciendo:

"Mi vida, este cuerpo y esta sangre, esta vida mía no es de los que hoy han dispuesto mi muerte, ni de la muerte misma. Mi vida es de ustedes. Este Cuerpo mío y esta sangre, palpitantes de amor perpetuamente enamorado, es de aquellos de los que me hice familiar y pariente, entre los desterrados hijos de Eva. Es de los que se dejan amar con este amor siempre nuevo que dura, más fuerte que el mal y más fiel que la muerte. Por eso hoy comparto mi cuerpo y mi sangre con ustedes. Soy el hombre que va a la muerte, y el Hijo de Dios que vive para siempre. Por eso, mi cuerpo y mi sangre son sólo indigestión para la muerte".

"No entrego mi vida a los verdugos ni a la muerte, se la entrego a ustedes".
"Y todos aquellos que lo reciben en la Comunión pueden decir lo mismo, mi vida no es de los que creen disponer de mi vida, tampoco soy de la muerte ni de los poderosos, yo soy de Jesucristo, soy del Hijo de Dios".

Acérquense a la comunión, y si están muy lejos de una iglesia o si no pueden moverse y no tiene quien les lleve la comunión, hagan una comunión espiritual. Recen diciéndole a Jesús: Jesús ven a mi vida, porque no soy de las criaturas y tampoco de la muerte. Yo soy de Dios.


26 mar 2017

Santo Evangelio 26 de Marzo 2017


Día litúrgico: Domingo IV (A) de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 9,1-41): En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?». Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo». Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo. 

Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: «¿No es éste el que se sentaba para mendigar?». Unos decían: «Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece». Pero él decía: «Soy yo». Le dijeron entonces: «¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?». Él respondió: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: ‘Vete a Siloé y lávate’. Yo fui, me lavé y vi». Ellos le dijeron: «¿Dónde está ése?». El respondió: «No lo sé». 

Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego. Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. Él les dijo: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». Algunos fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros decían: «Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?». Y había disensión entre ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego: «¿Y tú qué dices de Él, ya que te ha abierto los ojos?». Él respondió: «Que es un profeta». 

No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?». Sus padres respondieron: «Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo». Sus padres decían esto por miedo por los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: «Edad tiene; preguntádselo a él». 

Le llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». Les respondió: «Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo». Le dijeron entonces: «¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?». Él replicó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?». Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: «Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es». El hombre les respondió: «Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada». Ellos le respondieron: «Has nacido todo entero en pecado ¿y nos das lecciones a nosotros?». Y le echaron fuera. 

Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». El respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es». Él entonces dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante Él. Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos». Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «Es que también nosotros somos ciegos?». Jesús les respondió: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: ‘Vemos’ vuestro pecado permanece».


«Vete, lávate»
Rev. D. Joan Ant. MATEO i García 
(La Fuliola, Lleida, España)


Hoy, cuarto domingo de Cuaresma —llamado domingo “alegraos”— toda la liturgia nos invita a experimentar una alegría profunda, un gran gozo por la proximidad de la Pascua.

Jesús fue causa de una gran alegría para aquel ciego de nacimiento a quien otorgó la vista corporal y la luz espiritual. El ciego creyó y recibió la luz de Cristo. En cambio, aquellos fariseos, que se creían en la sabiduría y en la luz, permanecieron ciegos por su dureza de corazón y por su pecado. De hecho, «No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista» (Jn 9,18).

¡Cuán necesaria nos es la luz de Cristo para ver la realidad en su verdadera dimensión! Sin la luz de la fe seríamos prácticamente ciegos. Nosotros hemos recibido la luz de Jesucristo y hace falta que toda nuestra vida sea iluminada por esta luz. Más aun, esta luz ha de resplandecer en la santidad de la vida para que atraiga a muchos que todavía la desconocen. Todo eso supone conversión y crecimiento en la caridad. Especialmente en este tiempo de Cuaresma y en esta última etapa. San León Magno nos exhorta: «Si bien todo tiempo es bueno para ejercitarse en la virtud de la caridad, estos días de Cuaresma nos invitan a hacerlo de manera más urgente».

Sólo una cosa nos puede apartar de la luz y de la alegría que nos da Jesucristo, y esta cosa es el pecado, el querer vivir lejos de la luz del Señor. Desgraciadamente, muchos —a veces nosotros mismos— nos adentramos en este camino tenebroso y perdemos la luz y la paz. San Agustín, partiendo de su propia experiencia, afirmaba que no hay nada más infeliz que la felicidad de aquellos que pecan.

La Pascua está cerca y el Señor quiere comunicarnos toda la alegría de la Resurrección. Dispongámonos para acogerla y celebrarla. «Vete, lávate» (Jn 9,7), nos dice Jesús… ¡A lavarnos en las aguas purificadoras del sacramento de la Penitencia! Ahí encontraremos la luz y la alegría, y realizaremos la mejor preparación para la Pascua.

Nuestra condición de pobrecitos ciegos



NUESTRA CONDICIÓN DE POBRECITOS CIEGOS

Por Antonio García-Moreno

1.- LAS APARIENCIAS.- Samuel es el profeta de Israel, el intermediario entre Dios y su pueblo. Él presenta a Dios las peticiones de los hijos de Jacob y transmite a éstos los deseos de Yahvé. Samuel designó como rey a Saúl y, por voluntad de Dios, nombró luego al sucesor de ese rey. En este pasaje lo vemos caminar hacia la casa de Jesé, en Belén, donde está el futuro rey. Será uno de los hijos de Jesé.

Van presentándose ante el profeta aquellos hombres fuertes y jóvenes, avezados a la lucha y al trabajo. Cuando se presenta Eliab, Samuel, viéndolo tan alto y aguerrido, piensa para sí que éste es el elegido. Pero el Señor corta sus pensamientos: "No mires su apariencia ni su estatura, pues yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira sólo las apariencias, pero el Señor mira el corazón".

Efectivamente, para Dios no valen nada las apariencias. Lo único realmente valioso es lo que el hombre lleva dentro, lo que piensa, lo que intenta, lo que realmente es. Lo demás no sirve para nada. A lo más valdrá para engañar a los hombres, pero de ninguna manera para engañar a Dios.

Siete muchachos llenos de ilusión y de juventud, de valor y de empuje. Pero ninguno era el elegido. Samuel -dice el texto-, pregunta a Jesé: "¿No quedan ya más muchachos?". Él respondió: "Todavía falta el más pequeño, que está guardando el ganado". Dijo entonces Samuel a Jesé: "Manda que lo traigan... Era rubio, de bellos ojos y hermosa presencia".

Se llamaba David y se dedicaba a guardar el ganado. Un zagal que cantaba y componía versos, un muchacho más a propósito para paje que para rey. Pero Dios se había fijado en él. Y cuando llegue el momento se despertará el fiero guerrero que duerme en sus dulces ojos. Y confiando en el poder de Dios, él, un zagalillo, lanzará con rabia su onda contra el temible Goliat, aquel gigante filisteo que tenía amedrentados a los guerreros de Israel.

Y David, persuadido de la ayuda divina, le clavará un redondo guijarro entre ceja y ceja, haciendo rodar por tierra al poderoso enemigo, vencido, muerto... Dios es así. De un pastorcillo olvidado de todos hace el más grande rey de la historia de Israel. Y es que su mirada es diferente de la nuestra, totalmente distinta. Él no se fija en lo que externamente aparece. Dios ve y valora lo que hay dentro del hombre.

2.- CIEGOS INCURABLES.- Un hombre ciego de nacimiento. Nunca había contemplado el prodigio de la luz de cada día que, después de la oscuridad de la noche, da forma y color a todo lo que nos rodea. San Juan recordaba aquel hecho y nos lo narró para enseñarnos que, frente a la tenebrosa oscuridad del pecado, está la claridad esplendente que es Cristo, Luz del mundo. Con ello nos anima a huir del pecado, a salir de la noche y venir al día, a romper con el príncipe de las tinieblas y vivir como hijos de la luz, limpios de pecado, encendidos con el fuego que la Iglesia ha puesto en nuestras manos el día de nuestro Bautismo.

En la escena aparecen otros personajes, los fariseos. Ellos no podían creer que Cristo hubiera dado luz a los ojos ciegos del mendigo. Y, sin embargo, la evidencia era manifiesta, ya que aquel hombre era un pordiosero conocido de todos por su ceguera. Pero ellos indagan, preguntan a unos y a otros, acuden a los padres del ciego... Cuando uno se empeña en cerrar los ojos a la luz, ésta no podrá romper el muro de nuestra obstinación y orgullo. Es un fenómeno que se repite hoy también. Algunos de los que dicen no tener fe, en el fondo no son otra cosa que unos pobres soberbios, ciegos incurables que nunca gozarán de la suave claridad de la luz. Sólo el que es humilde y limpio de corazón puede ver a Dios.

Jesús expone la tremenda paradoja que se da entre los hombres. Los que dicen ver están en realidad ciegos, mientras que los que reconocen su ceguera alcanzan a ver la luz. Reconozcamos, por tanto, nuestra condición de pobrecitos ciegos que no acaban de vislumbrar la luz, acerquémonos con humildad a Cristo y roguémosle que nos abra los ojos a la luz, que desgarre el tupido velo que forma nuestro orgullo y nuestra sensualidad, que nos ilumine con su poder y consigamos contemplar gozosos el esplendor de su gloria, la claridad de su amable mirar.