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6 jul 2016
Oración a Santa María Goretti
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Estampas Santa María Goretti
Santo Evangelio 6 de Junio 2016
Día litúrgico: Miércoles XIV del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mt 10,1-7): En aquel tiempo, llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó. A éstos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca».
«Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca»
Rev. D. Fernando PERALES i Madueño
(Terrassa, Barcelona, España)
Hoy, el Evangelio nos muestra a Jesús enviando a sus discípulos en misión: «A éstos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones» (Mt 10,5). Los doce discípulos forman el “Colegio Apostólico”, es decir “misionero”; la Iglesia, en su peregrinación terrena, es una comunidad misionera, pues tiene su origen en el cumplimiento de la misión del Hijo y del Espíritu Santo según los designios de Dios Padre. Lo mismo que Pedro y los demás Apóstoles constituyen un solo Colegio Apostólico por institución del Señor, así el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles, forman un todo sobre el que recae el deber de anunciar el Evangelio por toda la tierra.
Entre los discípulos enviados en misión encontramos a aquellos a los que Cristo les ha conferido un lugar destacado y una mayor responsabilidad, como Pedro; y a otros como Tadeo, del que casi no tenemos noticias; ahora bien, los evangelios nos comunican la Buena Nueva, no están hechos para satisfacer la curiosidad. Nosotros, por nuestra parte, debemos orar por todos los obispos, por los célebres y por los no tan famosos, y vivir en comunión con ellos: «Seguid todos al obispo, como Jesucristo al Padre, y al colegio de los ancianos como a los Apóstoles» (San Ignacio de Antioquía). Jesús no buscó personas instruidas, sino simplemente disponibles, capaces de seguirle hasta el final. Esto me enseña que yo, como cristiano, también debo sentirme responsable de una parte de la obra de la salvación de Jesús. ¿Alejo el mal?, ¿ayudo a mis hermanos?
Como la obra está en sus inicios, Jesús se apresura a dar una consigna de limitación: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 10,5-6). Hoy hay que hacer lo que se pueda, con la certeza de que Dios llamará a todos los paganos y samaritanos en otra fase del trabajo misionero.
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Evangelio
Breve historia de la Eucaristía
Breve historia de la Eucaristía
Autor: Michael Pennock | Fuente: foro.univision.com
El Concilio Vaticano II quiso hacer de la eucaristía una celebración de la comunidad entera
Como todos los sacramentos, la celebración de la eucaristía ha cambiado a través de los siglos. Nuestra pequeña historia enfatizará algunos hechos sobresalientes de cada era.
Los Primeros Años
Hemos visto cómo la Eucaristía comenzó en La Última Cena y cómo las primeras comunidades siguieron el mandato de Jesús de “partir el pan” en su nombre. (Hechos 2:42).
En la Primera Carta a los Corintios, San Pablo describe una eucaristía que se celebraba en una cena comunitaria, que se compartía en las casas de los primeros cristianos. En esta cena se incluía la bendición del pan y del vino, el partir el pan y la comunión. San Pablo nos relata los abusos en esta cena comunitaria. Por ejemplo, algunas personas bebían demasiado; otras se olvidaban de compartir la cena con los pobres que estaban entre ellos. Esto dejó atónito a Pablo ya que el propósito de la cena era la de celebrar al Señor en medio de ellos. El comportarse egoístamente traía consigo una advertencia muy seria: “Cada uno ha de examinarse a sí mismo y sólo entonces comer del pan o beber de la copa; porque la persona que come y bebe sin reconocer al cuerpo está comiendo y bebiendo su propia condenación." (1 Cor 11:28-29).
Muy pronto, la eucaristía ya no se celebraba en la cena. Por ejemplo, cuando San Justino escribe sobre la Eucaristía en el 150, no menciona la cena. Mientras el número de cristianos crecía, la Eucaristía se celebraba independientemente de la cena comunitaria.
El Segundo/Tercer Siglos
Una vez que la comunidad apostólica ya no existía, la liturgia que se desarrolló usaba cada vez más, leía, y reflexionaba en lo que habían escrito los líderes de la primera generación así como Pablo. Cuando los judío-cristianos ya no eran bienvenidos en el servicio de la sinagoga, ellos agregaron las oraciones, cantos, cánticos y homilía a la liturgia eucarística. Hoy en día reconocemos este desarrollo como la liturgia de la palabra.
En estos primeros días, el celebrante de la liturgia tenía amplia libertad para componer sus propias oraciones para la misa. Sin embargo, pronto todos tenían las mismas normas ya que las diferentes comunidades comenzaron a adoptar las oraciones de sus celebrantes más elocuentes así como Hipólito (c. 215).
Siglos Cuarto al Octavo
La aceptación del cristianismo por Constantino (313) llevó a que se difundiera rápidamente en el Imperio Romano. Esto llevó a cambios significativos en la celebración de la liturgia.
- El latín se convirtió en el idioma estándar de la liturgia (384) ya que era el lenguaje común en el mundo romano.
- El aumento del número de cristianos hizo que se salieran de las casas. Al comienzo las asambleas se reunían en las basílicas (edificios imperiales); más tarde construyeron y dedicaron iglesias.
- El aspecto del sacrificio de la Eucaristía creció en importancia mientras que el simbolismo de la cena se fue desvaneciendo.
La teología del período enfatizaba la divinidad de Cristo. Esto llevó a que la gente se sintiera menos digna de acercarse al Señor, el creador y el juez del universo. Como resultado, menos gente se acercaba a recibir la comunión.
La Edad Media (Siglos 9°- 15°)
Los teólogos de esta era debatieron el significado de la “presencia real” de Cristo en el pan y el vino eucarísticos. Usaron el término transubstanciación para describir el misterio del pan y el vino que se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesús resucitado aunque aún tengan las apariencias del pan y del vino.
Las iglesias grandes, el énfasis de que la misa es un sacrificio, el sentimiento cada vez mayor de que los laicos eran espectadores del drama que se desarrollaba en el altar, todo esto llevó a que se creyera que la consagración era la parte principal de la misa. El énfasis no era tanto en recibir a Jesús en la comunión sino en ver y adorar al Señor en la eucaristía. Como eran muy pocos los laicos que recibían la comunión, un barquillo pequeño y redondo (que se le nombró hostia, del latín “víctima sacrificial”) se sustituyó por la barra del pan.
Como habían muy pocos que recibían la santa comunión, el Cuarto Concilio Laterano (1215) pasó la ley que exigía que los católicos recibieran la comunión por lo menos una vez al año. Se originaron las prácticas que se enfocaban en la devoción eucarística. Estas incluían el elevar la hostia y el cáliz durante la misa, bendición, exposición, las cuarenta horas y la fiesta de Corpus Christi (el cuerpo de Cristo).
Desde la Reforma hasta el Siglo Veinte
El siglo dieciséis nos trajo la Reforma Protestante. El Concilio de Trento (1545-1565) se convocó para corregir algunos de los abusos que se cometían en la Iglesia. También defendió algunas de las creencias católicas que los reformadores habían atacado. En el área de la eucaristía, los padres de la iglesia reafirmaron la presencia real de Jesús y lo adecuado del término teológico transubstanciación. También defendieron la naturaleza sacrificial de la misa en contra de los reformadores. Lo más significativo fue que el Papa Pío V publicó el Misal Romano (1570) para que el rito oficial tuviera uniformidad. La Iglesia lo usó durante los siguientes cuatrocientos años.
La devoción al santísimo sacramento siguió floreciendo, aunque la gente recibía la comunión raras veces. Eso fue hasta 1910 cuando el Papa Pío X permitió que los niños que hubieran llegado a la edad de la razón recibieran la santa comunión y animaba a que todos los fieles recibieran la comunión frecuentemente.
La Eucaristía Hoy en Día
Hace muchos años, los teólogos comenzaron un movimiento litúrgico que fue aceptado por los líderes de la Iglesia y esto llevó a algunas reformas importantes en la liturgia. El documento clave del Vaticano II La Constitución de la Sagrada Liturgia (1963) fue el punto más saliente del movimiento de la reforma. Eso llevó a la renovación de todos los sacramentos. Los cambios importantes que hoy los damos por hecho incluyen lo siguiente.
- Celebramos la misa en el lenguaje vernáculo para que podamos entender plenamente lo que quiere decir la misa.
- La liturgia de la palabra tiene mayor importancia. Las pautas indicaban al homilista a que desarrollara su homilía basándose en las lecturas. Las lecturas dominicales giraban alrededor de un ciclo de tres años. Este énfasis ha ayudado a que los católicos descubran las sagradas escrituras.
- Ahora el altar está de frente a la gente. Esto invita a un mejor entendimiento de lo que está pasando en la eucaristía. Simbólicamente también, la misa invita a todos los que están presentes a que participen más plenamente.
- La misa de hoy incluye la Oración de los Fieles, que es un vínculo entre la devoción eucarística y la iglesia universal, el mundo y todos los que están sufriendo en la comunidad.
- La participación activa de la congregación es un aspecto importante de la liturgia después del Vaticano II. Antes, era muy común hablar de “ir a misa.” Hoy, hacemos hincapié en “celebrar la eucaristía.” La misa no es un asunto privado. Es un culto público en donde la comunidad, dirigida por el sacerdote, se une para agradecer, alabar y adorar a Dios todos juntos.
- El rito actual permite recibir la comunión en la mano y la comunión bajo las dos especies.
- Los laicos pueden servir en muchos de los ministerios litúrgicos, por ejemplo, como lectores, ministros eucarísticos, miembros del coro, ujieres y portadores de las ofrendas.
En resumen, el Vaticano II quiso hacer de la eucaristía una celebración de la comunidad entera. Muchas de las reformas nos ayudan a entender mejor el simbolismo y el significado de la misa. También nos ayudan a que nos reunamos todos juntos como una comunidad.
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Reflexiones Eucaristía
5 jul 2016
Santo Evangelio 5 de Julio 2016
Día litúrgico: Martes XIV del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mt 9,32-38): En aquel tiempo, le presentaron un mudo endemoniado. Y expulsado el demonio, rompió a hablar el mudo. Y la gente, admirada, decía: «Jamás se vio cosa igual en Israel». Pero los fariseos decían: «Por el Príncipe de los demonios expulsa a los demonios».
Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies».
«Rogad (...) al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies»
Rev. D. Joan SOLÀ i Triadú
(Girona, España)
Hoy, el Evangelio nos habla de la curación de un endemoniado mudo que provoca diferentes reacciones en los fariseos y en la multitud. Mientras que los fariseos, ante la evidencia de un prodigio innegable, lo atribuyen a poderes diabólicos —«Por el Príncipe de los demonios expulsa a los demonios» (Mt 9,34)—, la multitud se maravilla: «Jamás se vio cosa igual en Israel» (Mt 9,33). San Juan Crisóstomo, comentando este pasaje, dice: «Lo que en verdad molestaba a los fariseos era que consideraran a Jesús como superior a todos, no sólo a los que entonces existían, sino a todos los que habían existido anteriormente».
A Jesús no le preocupaba la animadversión de los fariseos, Él continuaba fiel a su misión. Es más, Jesús, ante la evidencia de que los guías de Israel, en vez de cuidar y apacentar el rebaño, lo que hacían era descarriarlo, se apiadó de aquellas multitudes cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor. Que las multitudes desean y agradecen una buena guía quedó comprobado en las visitas pastorales del Papa Juan Pablo II a tantos países del mundo. ¡Cuántas multitudes reunidas a su alrededor! ¡Cómo escuchaban su palabra, sobre todo los jóvenes! Y eso que el Papa no rebajaba el Evangelio, sino que lo predicaba con todas sus exigencias.
Todos nosotros, «si fuéramos consecuentes con nuestra fe, —dice san Josemaría Escrivá— al mirar a nuestro alrededor y contemplar el espectáculo de la historia y del mundo, no podríamos menos de sentir que se elevan en nuestro corazón los mismos sentimientos que animaron al de Jesucristo», lo cual nos conduciría a una generosa tarea apostólica. Pero es evidente la desproporción que existe entre las multitudes que esperan la predicación de la Buena Nueva del Reino y la escasez de obreros. La solución nos la da Jesús al final del Evangelio: rogad al Dueño de la mies que envíe obreros a sus campos (cf. Mt 9,38).
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Meditación ante el Santísimo Sacramento
MEDITACIÓN ANTE EL SANTÍSIMO SACRAMENTO
Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
Meditación ante el Santísimo Sacramento
Jesús Sacramentado ¿por qué tu Corazón nunca me ha juzgado tan severamente como yo acostumbro a juzgar a mis semejantes?
Meditación ante el Santísimo Sacramento
No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá a vosotros. ¿Cómo es que miras la brizna en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo?. ¿O cómo vas a decir a tu hermano: Deja que te saque esa brizna del ojo, teniendo la viga en el tuyo?. Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano. (Mateo 7, 1-5)
Señor, acabamos de leer tus palabras según el evangelista San Mateo. Con qué claridad nos está hablando el Maestro, con qué claridad nos llega tu mandato, Señor: ¡NO JUZGUÉIS!...
¿Y qué hago yo de la mañana a la noche? Juzgar, criticar, murmurar... voy de chisme en chisme sin detenerme a pensar que lo que traigo y llevo entre mis manos, mejor dicho en mi lengua, es la fama, la honestidad, el buen nombre de las personas que cruzan por mi camino, por mi vida. Y no solo eso, me erijo en juez de ellos y ellas sin compasión, sin caridad y como Tu bien dices, sin mirar un poco dentro de mí.
Señor, en este momento tengo la dicha inmensa e inmerecida de estar frente a Ti, Jesús, ¡qué pena tengo de ver esa viga que no está precisamente en mi ojo, sino en mi corazón...! ¿Por qué en este momento me siento tan pequeña, tan sin valor, con todas esas "cosas" que generalmente critico de los demás y que veo en mí son mayores y más graves?
Jesús Sacramentado ¿por qué tu Corazón nunca me ha juzgado tan severamente como yo acostumbro a juzgar a mis semejantes?
Solo hay una respuesta: ¡porque me amas!
Ahora mismo me estás mirando desde esa Sagrada Hostia con esos ojos de Dios y Hombre, con los mismos que todos los días miras a todos los hombres y mujeres, como miraste a María Magdalena, como miraste al ladrón que moría junto a ti y por esa mirada te robó el corazón para siempre... y así me estás mirando a mí esta mañana, en esta Capilla me estás hablando de corazón a corazón: "Ámame a mi y ama a los que te rodean, no juzgues a los que cruzan por tu camino, por tu vida... ámalos como me amas a mi, porque todos, sean como sean, son mis hijos, son mis criaturas y por ellos y por ti estuve un día muriendo en una Cruz... Te quiero a ti, los quiero a ellos, a TODOS...¡NO LOS JUZGUES!"
Señor, ¡ayúdame!
Arranca de mi corazón ese orgullo, esa soberbia, ese amor propio que no sabe pedir perdón y aún peor, ese sentimiento que me roe el alma y que no me deja perdonar... No perdones mis ofensas, mis desvíos, mi frialdad, mi alejamiento como yo perdono a los que me ofenden - así decimos en la oración que tu nos enseñaste, el Padrenuestro - a los que me dañan, a los que me lastiman, porque mi perdón suele ser un "perdón limitado", lleno de condiciones.... ¡Enséñame Señor, a dar ese perdón como es el tuyo: amplio, cálido, total, INFINITAMENTE TOTAL!
Hoy llegué a esta Capilla siendo la de siempre, con mi pereza, con mis rencillas muy mías y mis necedades, mi orgullo, mi intransigencia para los demás, sin paz, con mis labios apretados, sin sonrisa, como si el mundo estuviera contra mi...
Pero Tu me has mirado, Señor, desde ahí, desde esa humildad sin límites, desde esa espera eterna a los corazones que llegan arrepentidos de lo que somos... y he sabido y he sentido que me amas como nadie me puede amar y mi alma ha recobrado la paz.
Ya no soy la misma persona y de rodillas me voy a atrever a prometerte que quiero ser como esa custodia donde estás guardado y que donde quiera que vaya, en mi hogar, en mi trabajo, en la calle, donde esté, llevar esa Luz que he visto en tus ojos, en los míos, y mirar a todos y al mundo entero con ese amor con que miras Tu y perdonar como perdonas Tu....
¡Ayúdame, Señor, para que así sea!
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Reflexiones Eucaristía
4 jul 2016
Santo Evangelio 4 de Julio 2016
Día litúrgico: Lunes XIV del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mt 9,18-26): En aquel tiempo, Jesús les estaba hablando, cuando se acercó un magistrado y se postró ante Él diciendo: «Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá». Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto. Pues se decía para sí: «Con sólo tocar su manto, me salvaré». Jesús se volvió, y al verla le dijo: «¡Ánimo!, hija, tu fe te ha salvado». Y se salvó la mujer desde aquel momento.
Al llegar Jesús a casa del magistrado y ver a los flautistas y la gente alborotando, decía: «¡Retiraos! La muchacha no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Mas, echada fuera la gente, entró Él, la tomó de la mano, y la muchacha se levantó. Y la noticia del suceso se divulgó por toda aquella comarca.
«Tu fe te ha salvado»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Hoy, la liturgia de la Palabra nos invita a admirar dos magníficas manifestaciones de fe. Tan magníficas que merecieron conmover el corazón de Jesucristo y provocar —inmediatamente— su respuesta. ¡El Señor no se deja ganar en generosidad!
«Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá» (Mt 9,18). Casi podríamos decir que con fe firme “obligamos” a Dios. A Él le gusta esta especie de obligación. El otro testimonio de fe del Evangelio de hoy también es impresionante: «Con sólo tocar su manto, me salvaré» (Mt 9,22).
Se podría afirmar que Dios, incluso, se deja “manipular” de buen grado por nuestra buena fe. Lo que no admite es que le tentemos por desconfianza. Éste fue el caso de Zacarías, quien pidió una prueba al arcángel Gabriel: «Zacarías dijo al ángel: ‘¿En qué lo conoceré?’» (Lc 1,18). El Arcángel no se arredró ni un pelo: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios (...). Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo» (Lc 1,19-20). Y así fue.
Es Él mismo quien quiere “obligarse” y “atarse” con nuestra fe: «Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá» (Lc 11,9). Él es nuestro Padre y no quiere negar nada de lo que conviene a sus hijos.
Pero es necesario manifestarle confiadamente nuestras peticiones; la confianza y connaturalizar con Dios requieren trato: para confiar en alguien le hemos de conocer; y para conocerle hay que tratarle. Así, «la fe hace brotar la oración, y la oración —en cuanto brota— alcanza la firmeza de la fe» (San Agustín). No olvidemos la alabanza que mereció Santa María: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1,45).
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Evangelio
3 jul 2016
Santo Evangelio 3 de Julio 2016
Día litúrgico: Domingo XIV (C) del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Lc 10,1-12.17-20): En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa.
»Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: ‘Está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: ‘Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios’. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo».
Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».
«¡Poneos en camino!»
Dr. Josef ARQUER
(Berlin, Alemania)
Hoy, nos fijamos en algunos que, entre la multitud, han procurado acercarse a Jesucristo, que está hablando mientras contempla los campos rebosantes de espigas: «La mies es mucha, pero los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Lc 10,2). De repente, fija su mirada en ellos y va señalando a unos cuantos, uno a uno: tú, y tú, y tú. Hasta setenta y dos...
Asombrados, le oyen decir que vayan, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde Él irá. Quizá alguno habrá respondido: —Pero, Señor, ¡si yo sólo he venido para oírte, porque es tan bello lo que dices!
El Señor les pone en guardia contra los peligros que les acecharán. «¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos». Y utilizando imágenes de costumbre en las parábolas, añade: «No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias» (Lc 10,3-4). Interpretando el lenguaje expresivo de Jesús: —Dejad de lado medios humanos. Yo os envío y esto basta. Aun sintiéndoos lejos, seguís cerca, yo os acompaño.
A diferencia de los Doce, llamados por el Señor para que permanezcan junto a Él, los setenta y dos regresarán luego a sus familias y a su trabajo. Y vivirán allí lo que habían descubierto junto a Jesús: dar testimonio, cada uno en su sitio, simplemente ayudando a quienes nos rodean a que se acerquen a Jesucristo.
La aventura acaba bien: «Los setenta y dos volvieron muy contentos» (Lc 10,17). Sentados en torno a Jesucristo, le debieron contar las experiencias de aquel par de días en que descubrieron la belleza de ser testigos.
Al considerar hoy aquel lejano episodio, vemos que no es puro recuerdo histórico. Nos damos por aludidos: podemos sentirnos junto al Cristo presente en la Iglesia y adorarle en la Eucaristía. Y el Papa Francisco nos anima a «llevar a Jesucristo al hombre, y conducirlo al encuentro con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, realmente presente en la Iglesia y contemporáneo en cada hombre».
«Os envío»
Rev. D. Iñaki BALLBÉ i Turu
(Rubí, Barcelona, España)
Hoy, la Iglesia contempla como, además de los Doce, había numerosos discípulos que seguían al Señor y habían sido llamados por Él. De entre todos aquellos discípulos, Jesucristo elige setenta y dos para una misión concreta. Les exige —lo mismo que a los Apóstoles— total desprendimiento y abandono completo en la Providencia divina.
El Concilio Vaticano II, en el Decreto Apostolicam actuositatem, nos recuerda que desde el Bautismo cada cristiano es llamado por Cristo a cumplir una misión. La Iglesia, en nombre del Señor, «ruega encarecidamente a todos los laicos que respondan gustosamente, con generosidad y prontitud de ánimo, a la voz de Cristo que en esta hora los invita con mayor insistencia, y a los impulsos del Espíritu Santo. Sientan los jóvenes que esa llamada va dirigida a ellos de modo particular; recíbanla con entusiasmo y magnanimidad. Es el propio Señor el que invita de nuevo a todos los laicos, por medio de este santo Concilio, a que se le unan cada día más íntimamente y a que, sintiendo como propias sus cosas, se asocien a su misión salvadora; de nuevo los envía a todas las ciudades y lugares a donde Él ha de ir, para que, con las diversas formas y maneras del único apostolado de la Iglesia que deberán adaptar constantemente a las nuevas necesidades de los tiempos, se le ofrezcan como cooperadores, abundando sinceramente en la obra del Señor y sabiendo que su trabajo no es inútil delante de Él» (n.33).
Cristo quiere inculcar a sus discípulos la audacia apostólica; por eso dice «os envío». Y san Juan Crisóstomo comenta: «Esto basta para daros ánimo, esto basta para que tengáis confianza y no temáis a los que os atacan». La audacia de los Apóstoles y de los discípulos venía de esta segura confianza de haber sido enviados por el mismo Dios. Actuaban, como explicó con firmeza el mismo Pedro al Sanedrín, en nombre de Jesucristo Nazareno, «pues no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el que hayamos de ser salvados» (Hch 4,12).
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