10 nov 2015

Santo Evangelio 10 de Noviembre de 2015


Día litúrgico: Martes XXXII del tiempo ordinario

Santoral 10 de Noviembre: San León Magno, papa y doctor de la Iglesia
Texto del Evangelio (Lc 17,7-10): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’».

«Hemos hecho lo que debíamos hacer»
Rev. D. Jaume AYMAR i Ragolta 
(Badalona, Barcelona, España)

Hoy, la atención del Evangelio no se dirige a la actitud del amo, sino a la de los siervos. Jesús invita a sus apóstoles, mediante el ejemplo de una parábola a considerar la actitud de servicio: el siervo tiene que cumplir su deber sin esperar recompensa: «¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado?» (Lc 17,9). No obstante, ésta no es la última lección del Maestro acerca del servicio. Jesús dirá más adelante a sus discípulos: «En adelante, ya no os llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre» (Jn 15,15). Los amigos no pasan cuentas. Si los siervos tienen que cumplir con su deber, mucho más los apóstoles de Jesús, sus amigos, debemos cumplir la misión encomendada por Dios, sabiendo que nuestro trabajo no merece recompensa alguna, porque lo hacemos gozosamente y porque todo cuanto tenemos y somos es un don de Dios.

Para el creyente todo es signo, para el que ama todo es don. Trabajar para el Reino de Dios es ya nuestra recompensa; por eso, no debemos decir con tristeza ni desgana: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17,10), sino con la alegría de aquel que ha sido llamado a transmitir el Evangelio. 

En estos días tenemos presente también la fiesta de un gran santo, de un gran amigo de Jesús, muy popular en Cataluña, san Martín de Tours, que dedicó su vida al servicio del Evangelio de Cristo. De él escribió Sulpicio Severo: «Hombre extraordinario, que no fue doblegado por el trabajo ni vencido por la misma muerte, no tuvo preferencia por ninguna de las dos partes, ¡no temió a la muerte, no rechazó la vida! Levantados sus ojos y sus manos hacia el cielo, su espíritu invicto no dejaba de orar». En la oración, en el diálogo con el Amigo, hallamos, efectivamente, el secreto y la fuerza de nuestro servicio.

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San Andres Avelino. 10 Noviembre


10 de noviembre
SAN ANDRÉS AVELINO
(+ 1608)

Los santos, como todos, son hijos de su tiempo.

La divina Providencia cuida del mundo mejor que la gallina de sus polluelos. Consta por la historia eclesiástica que siempre que el mundo ha atravesado por circunstancias difíciles ha enviado Dios a algún hombre extraordinario que ha hecho de dique, conteniendo la corriente impetuosa de la plebe descaminada.

La Europa del siglo xvi -nuestro Siglo de Oro- recogió lo que había sembrado el Humanismo y Renacimiento del siglo anterior: ignorancia y relajación dentro y fuera del santuario.

Para poner remedio a toda esta hecatombe, en 1517 el apóstata Lutero da comienzo a su contradictoria Reforma. Pero ¿qué iba a reformar si él estaba deformado? Lo que no pudo hacer él lo haría el concilio de Trento (1545-1563) y un puñado de hombres elegidos por Dios para ello.

No bastaba esto. Era necesario poner la segur en la raíz. Comenzar una reforma en toda forma, es decir, completa y duradera. El clero, el real y divino sacerdocio, no era lo que debía ser. Luego a él había que subsanar en primer lugar. Después ya vendría lo demás.

Para llevar acabo empresa de tanta envergadura nacieron en este tiempo dos clérigos regulares, o congregaciones de clérigos.

A una de ellas, a los Teatinos, fundada en el 1524 por San Cayetano de Thene y Juan Pedro Carafa, futuro papa Pablo IV, pertenecerá San Andrés Avelino.

Vió la luz primera en Castro-Nuevo (Nápoles, Italia) en 1521. Año este fecundo en sucesos de trascendental importancia.

El papa León X y Carlos V conquistan Milán del poder de los franceses.

El día 3 de enero Su Santidad León X lanza la excomunión contra el heresiarca Martín Lutero.

En Worms se reúne la Dieta, formada por cuatrocientos príncipes de toda Alemania, y deciden encarcelar a Lutero.

Enrique VIII delante de la iglesia de San Pablo de Londres, quema los escritos del heresiarca de Witemberg.

La Universidad de la Sorbona, después de tanto tiempo de silencio, declara por fin oficialmente hereje a Lutero.

El 2 de diciembre, a los cuarenta y seis años, expira aquél célebre papa humanista León X.

En Nimeqa nace San Pedro Canisio, que ingresará más tarde en la Compañía de Jesús y será el mayor adalid contra el protestantismo de la nación que le vió nacer.

El 20 de mayo, luchando contra los franceses en el sitio de Pamplona, cae herido San Ignacio de Loyola, comenzando así su admirable conversión...

Aunque el grito de reforma se había dejado oír en el Norte de Europa, sería del Sur de dónde brotaría la verdadera reforma y sus verdaderos reformadores: Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Pedro de Alcántara y Felipe Neri, Ignacio de Loyola y Carlos Borromeo, Cayetano de Thiene y Vicente de Paúl...

Se hallaban abandonados los sacerdotes y los niños, los encarcelados y los enfermos, la liturgia y los mandamientos, la herejía se extendía, la ignorancia religiosa lo llenaba todo... Era necesario poner remedio.

El pequeño Lanceloto, como llamaron al bautizar al futuro San Andrés Avelino, llegaría a ser uno de estos instrumentos de los que se serviría la divina Providencia para obrar tanta maravilla.

Sus padres, Juan Avelino y Margarita Apella, no escatimaron sacrificios dentro de su mediana posición para educar dignamente a Lanceloto.

Este era ni más ni menos como los demás niños de su edad. Con virtudes y defectos no diferentes a los de sus compañeros. Eso sí, se le notaba una inclinación a hacer el bien y a comunicar a sus compañeros lo que él hondamente sentía.

A los dieciséis años, en 1537, creyéndole con prudencia superior a su edad, ya le encarga su padre de la administración de la casa.

De aspecto elegante y gallarda figura. A pesar de lo alocada que en general suele ser la juventud, Lanceloto supo siempre mantenerse en el recto camino. Se fijó siempre mucho en las compañías que le rodeaban, y aunque, al igual que a Tomás de Aquino o Juan de la Cruz, no le faltaron asechanzas contra la virtud angélica, supo salir siempre victorioso.

El Señor, en un acto de locura de amor, nos regaló el sacerdocio. Lanceloto sabía que debía ser desempeñado por hombres y que el Señor llamaba a tan alta dignidad a quien quería y como quería. Un día notó en su interior el suave mordisqueo de la gracia que le invitaba al santuario. Se preparó lo mejor que pudo, y en 1545, el mismo año que daba comienzo el concilio Tridentino, a sus veinticuatro años, era transformado en otro Cristo. Su transformación fue total, pero quizá no del todo efectiva. El clero en aquel entonces necesitaba una profunda reforma en todas sus direcciones. Esta se la proporcionaría la magna asamblea que se celebraría a lo largo de sus catorce primeros años de sacerdocio.

Una vez sacerdote, siempre con hambre de más completa formación, con la única mira de ser de mayor utilidad para sus hermanos los hombres, en 1547 llegaba a Nápoles -la ciudad del sol-para dedicarse de lleno al estudio de ambos Derechos.En este mismo año volaba al cielo San Cayetano de Tiene, ilustre fundador de los Clérigos Teatinos, a quienes ahora Lanceloto sólo conoce de nombre y después será su hijo más ilustre.

Al año siguiente, un gran cambio se obra en su vida.

La gracia corre por cauces muy diversos hasta llegar a su sitio. Para unos fue un contratiempo, para otros leer o escuchar unas palabras, para éste una enfermedad, para aquél la consideración de la vanidad de las cosas...

Aunque Lanceloto conserva a raya sus pasiones y cumple bien su oficio, no está entregado al Señor por completo.

Cosa parecida sucede por este mismo tiempo a una monja carmelita de la Encarnación de Avila. Para Teresa de Jesús será la vista de un crucifijo quien herirá su corazón. Una mentira y unos ejercicios espirituales se encargarán de dar el último empujón para la entrega total de Andrés Avelino a Dios y a las almas.

Así deponía el padre Polliciano el 23 de diciembre de 1615 en el proceso informativo: "El año 1602, en tiempo de calor, nos encontrábamos un grupo de abogados en animada tertulia a la sombra. Acertó a pasar por allí el padre Andrés, y al enterarse éramos hombres de leyes, dijo a uno de nosotros-Paulo Staivano-: "¡Ah!, los doctores de la ley dicen la mentira". A lo que yo respondí: "Padre, luego nosotros, que somos doctores, ¿no nos salvaremos?" Y me dijo: "La boca que miente mata al alma". Y añadió: Os voy a contar una cosa que me sucedió cuando yo era cura secular: Defendía una causa de un amigo mío sacerdote en el arzobispado de Nápoles, y para vencerla dije una mentira. Por la noche, antes de acostarme, abrí la Sagrada Escritura y leí aquello de la Sabiduría que dice: Os quod mentitur occidit animam (Sap. 1,11), por lo que reflexioné sobre mí mismo diciendo: ¿Por ayudar a otros he amenazado a mi alma? Y llorando la falta cometida, resolví dejar mi oficio y hacerme religioso '

Quizá su cambio a vida más perfecta se debe más bien a los santos ejercicios que practicó a fines de 1547 bajo la dirección del ilustre jesuita padre Santiago Laínez. Aún de edad madura recordará con alegría aquellos ejercicios que cambiaron totalmente el rumbo de su vida.

El 4 de enero de 1545 escribía San Andrés Avelino a Hipólita Caracciola: "Compadezco a todos y quiero que nadie se desespere, porque yo he estado engañado por el demonio hasta la edad de veintisiete años, hinchado de soberbia y ambición, deseando ser superior a todos y a nadie sujeto, lleno de presunción y de vana gloria, porque no conocía la verdadera, no habiendo encontrado nunca confesor que me reprendiese y me encaminase por el seguro camino de la humildad. Pero Dios, rico de misericordia, a la edad de veintisiete años me hizo encontrar un padre que me hizo ejercitarme en leer y meditar la vida, pasión y muerte del Hijo de Dios ocho años antes de entrar en esta religión. Y aunque hace cuarenta y seis años que hice estos ejercicios, aún no he llegado a aquel verdadero desprecio de mí mismo que yo deseo".

Y dos años después, en carta del 13 de marzo de 1597 a Dorotea Spinela, condesa de Altavilla, remachaba el clavo de su desvariada juventud y de los maravillosos efectos que obraron en su alma los Santos Ejercicios, descubriéndonos nuevos y precioso pormenores: "Yo compadezco a todos-escribía-porque hasta la edad de veintisiete años he estado sumergido en este error común, deseando y buscando estas vanas grandezas, riquezas, honores y dignidades. Yo creía obrar bien viendo a los demás, tanto eclesiásticos como seglares, buscar estas cosas. Pero cuando agradó a la divina Bondad por medió de un santo hombre hacerme conocer el engaño del demonio, el cual, para hacer perder las verdaderas grandezas del cielo (de donde el miserable ha sido arrojado), hace desear estas grandezas vanas, viles y transitorias, deliberé dejar el mundo traidor, que a una con el demonio me tentaba. Determiné asimismo despreciar sus vanas grandezas, riquezas y dignidades, como lo hicieron Cristo; los apóstoles y sus demás amigos, para mejor poder conocer la grandeza de las cosas celestiales, a que para ellas hemos sido creadas y no para engrandecernos en este destierro".

Además de su fogoso apostolado de la palabra y el más elocuente del buen ejemplo, San Andrés ejercitó también el de la pluma. Hermosos y prácticos son sus tratados espirituales Directorio del maestro de novicios y Tratado de la obligación de servir a Dios, que fueron publicados en 1617, cuando ya hacía nueve años que había volado al cielo su autor.

Él, como todos los santos, aumentando siempre el color de las tintas de los desvaríos de sus primeros años. Conocía muy bien las flaquezas del corazón humano y sobre todo su egoísmo y refinada soberbia, origen de todo mal. Explicaba por qué y cómo debemos luchar: "Hará la oración preparatoria-decía-rogando a Dios que le traiga a la memoria todos los actos de soberbia que cometió desde el tiempo que comenzó a pecar hasta el presente. Hecha la oración comenzará a examinar y a meditar toda su vida. Después que claramente haya conocido tantos y tantos actos de soberbia como ha cometido, se maravillará de la bondad del Señor, que por tan largo tiempo le ha esperado sin vengarse y que no le ha castigado como lo ha hecho a tantos soberbios.

Y mucho más se maravillará que muchos por un acto solo de soberbia han sido castigados tan terriblemente. Y si el primer ángel por un solo acto de soberbia ha sido castigado eternamente, y Adán y Eva por tan largo tiempo, ¡cuánto más ha merecido por él por tantos y tantos actos de soberbia cometidos con los pensamientos, palabras y obras!

Quizá este tiempo de su total entrega al Señor haya que coloca los dos votos heroicos que hizo según la bula de canonización y la quinta lección del Breviario: 1.°, nunca hacer su propia voluntad; 2º, no pasar ni un solo día sin adelantar en la perfección.

Graduado en ambos Derechos y con fuego en el corazón da comienzo a su enorme apostolado, entregándose del todo a las almas para atraer a los descarriados y empujar a los que se hallan en camino.

Predica, confiesa, instruye, nunca se cansa y siempre está dispuesto a que, como del pan blando, todos muerdan de él.

Le encargan la delicada misión de reformar algunos monasterios tanto masculinos como femeninos, ya que sus moradores tienen más de seglares que de religiosos. Corta abusos e impone leyes. Como era de esperar, no todos reciben bien estas reformas y hasta hay quien llega a intentar quitarle la vida a don Lanceloto, pero el Señor le protege y puede salir ileso del atentado.

La persecución no cesa. En 1556 un desnaturalizado facineroso le da tres cuchilladas en la cara y garganta dejándole casi muerto. Le llevan a la residencia de San Pablo que los Teatinos tienen en Nápoles, y allí cura milagrosamente. A pesar de las repetidas instancias de los jueces no quiso nunca revelar el nombre de quien le hirió.

Obtenida la curación, don Lanceloto pidió a aquellos buenos clérigos le admitieran en su Congregación. Conociendo sus muchas virtudes y cualidades nada comunes que le adornaban, vieron como gracia muy señalada del Señor esta que ahora les concedía.

El 30 de noviembre de 1556. festividad del apóstol San Andrés, vistió el santo hábito de religioso teatino. Como su amor a la cruz era tan intenso, quiso llamare igual que el santo del día. Él, igual que San Andrés, fuera de sí, exclamaba con frecuencia: "¡Oh cruz admirable, oh cruz. ardientemente deseada y al fin tan dichosamente hallada! ¡Oh cruz, que serviste de lecho a mi Señor y Maestro!, recíbeme en tus brazos y llévame de en medio de los hombres para que por fin me reciba quien me redimió por ti y su amor me posea eternamente."

Bajo la sabia dirección del experimentado padre Juan Marinonio hace el año de noviciado, pasando un año de cielo. Cuando el 25 de enero de 1558, Conversión del Apóstol Pablo, se ofrece al Señor con los votos de la profesión religiosa, es destinado por los superiores a oír confesiones y otros ministerios pastorales. Lo abarca todo. Basta vaya sellado con el cuño de la obediencia para poner toda su alma en cuantas empresas le encomiendan.

Es repetidas veces elegido superior de diferentes casas de la Congregación: maestro de novicios, visitador de las casas religiosas de la Lombardía, director espiritual del Seminario placentino, urgiendo las normas que el Tridentino acababa de dictar; profesor de filosofía y teología, socio para la Congregación de los Clérigos Regulares con voz activa y pasiva, privilegio que sólo gozan los sacerdotes que "poseen erudición, prudencia e integridad de vida y que sean ejemplo para los demás fomentando la observancia de la religión", según ordenaban sus constituciones.

Las virtudes no las poseía, pero con su esfuerzo y decidida voluntad llegó a alcanzarlas en sumo grado. Se levantaba dos horas antes de maitines para dedicarlas a la oración. Era parquísimo en la comida y en el sueño.

Nunca comía carne y hacía una sola comida al día. Varias veces los Sumos Pontífices le ofrecieron la mitra, que su extraordinaria humildad siempre supo rechazar. El celo por las almas le devoraba. Su caridad para con toda clase de necesitados no tenía límites. La ejercitó sobre todo en la peste de Milán de 1576, entregándose a sí mismo, ya que dinero no poseía. En la comunidad donde moraba reinaba la más perfecta observancia.

Los años iban viniendo. Los achaques corporales se multiplicaban y las maceraciones con que martirizaba su cuerpo se aumentaban cada día. Estaba para llegar el desenlace. Pero aun así no quería quedarse sin celebrar el santo sacrificio. ¿Cómo iba a permitirlo, si era la fuente de donde bebía a grandes sorbos el agua fresca y cristalina que le fortalecía contra tanto enemigo?

Era el 10 de noviembre de 1608. Se levantó como de costumbre, y hecha la oración, acompañado de un hermanó, se dirigía a la sacristía para revestirse y celebrar.

-Padre, usted no puede ya caminar-le dijo el hermano, compadeciéndose.

-No se preocupe, hermano, Dios nos ayudará-se apresuró a contestarle el padre Andrés.

Ya en el altar, el hermano no apartaba su vista del rostro lívido del padre Andrés. Este comenzó:

-Introibo ad altare Dei.

El hermano no contestó. Volvió a repetir la misma frase el santo religioso a la vez que comenzó a inclinarse hacia la derecha. Corrió el hermano y lo recibió en sus brazos impidiendo un golpe mortal. Pidió auxilio y lo llevaron a su aposento. No habló más. Oía, pero no hablaba. Sus últimas palabras, las iniciales de la misa. Quería a toda costa ir a la iglesia para recibir el santo viático, hasta que el superior hubo de decirle: "Padre; vos siempre habéis obedecido. Obedeced ahora, que aquí os traeremos la comunión".

Con fervor seráfico recibió los últimos sacramentos y escuchó la recomendación de su alma. Media hora antes de expirar se puso blanco como la nieve y más hermoso que en sus años primaverales. Y plácidamente, como profundamente dormido, abandonó este destierro. Era lunes.

Al día siguiente, San Martín, un inmenso gentío pasó ante su cuerpo para venerarle, tocarle y pedirle. Le llegaron a cortar cabellos, trozos de ropa y hasta trozos de carne. Dos días después y durante varios años en el aniversario de su muerte, de estas heridas que la devoción de los fieles le ocasionó, chorreaba sangre roja y fresca como de persona viva.

A raíz de su muerte comenzó el Señor a obrar prodigios por medio de su fiel siervo.

El príncipe Stigliano, que había sido su confidente durante mucho tiempo, ante tanta devoción y concurso de gentes, dijo a las padres teatinos: "Ahora recuerdo que cuando vivía el padre Andrés, si queríamos hacerle algún homenaje, nos lo prohibía diciendo: No, no me honréis ahora que vivo. Ya me honraréis después de muerto".

La profecía no tardó en cumplirse. El 15 de diciembre de 1609 se incoa el proceso canónico. El 4 de septiembre de 1624 es beatificado y el 22 del misma mes varias ciudades de Italia lo eligen como especial patrono. El 1712 era inscrito en el catálogo de los santos por Su Santidad Clemente XI.

Rafael María López Melús, O. Carm.

9 nov 2015

Santo Evangelio 9 Noviembre 2015


Día litúrgico: 9 de Noviembre: Dedicación de la Basílica del Laterano en Roma

Texto del Evangelio (Jn 2,13-22): Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

«Destruid este templo y en tres días lo levantaré»
Rev. D. Joaquim MESEGUER García 
(Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, en esta fiesta universal de la Iglesia, recordamos que aunque Dios no puede ser contenido entre las paredes de ningún edificio del mundo, desde muy antiguo el ser humano ha sentido la necesidad de reservar espacios que favorezcan el encuentro personal y comunitario con Dios. Al principio del cristianismo, los lugares de encuentro con Dios eran las casas particulares, en las que se reunían las comunidades para la oración y la fracción del pan. La comunidad reunida era —como también hoy es— el templo santo de Dios. Con el paso del tiempo, las comunidades fueron construyendo edificios dedicados a las reuniones litúrgicas, la predicación de la Palabra y la oración. Y así es como en el cristianismo, con el paso de la persecución a la libertad religiosa en el Imperio Romano, aparecieron las grandes basílicas, entre ellas San Juan de Letrán, la catedral de Roma.

San Juan de Letrán es el símbolo de la unidad de todas las Iglesias del mundo con la Iglesia de Roma, y por eso esta basílica ostenta el título de Iglesia principal y madre de todas las Iglesias. Su importancia es superior a la de la misma Basílica de San Pedro del Vaticano, pues en realidad ésta no es una catedral, sino un santuario edificado sobre la tumba de San Pedro y el lugar de residencia actual del Papa, que, como Obispo de Roma, tiene en la Basílica Lateranense su catedral.

Pero no podemos perder de vista que el verdadero lugar de encuentro del hombre con Dios, el auténtico templo, es Jesucristo. Por eso, Él tiene plena autoridad para purificar la casa de su Padre y pronunciar estas palabras: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). Gracias a la entrega de su vida por nosotros, Jesucristo ha hecho de los creyentes un templo vivo de Dios. Por esta razón, el mensaje cristiano nos recuerda que toda persona humana es sagrada, está habitada por Dios, y no podemos profanarla usándola como un medio.

Virgen de la Almudena. 9 Noviembre


9 de Noviembre

NUESTRA SEÑORA DE LA ALMUDENA

Esta antigua y venerada imagen, a la que se rinde culto desde hace sólo unos años, en la catedral provisional de San Isidro, de Madrid, es considerada, no sin controversia, su Patrona.

La capital de España tiene una recia tradición mariana. En el siglo XVII, siendo ya una población importante, como atestiguan sus diez parroquias intramuros, su parroquia mayor llevaba ya el sencillo nombre de Santa María. En esta iglesia, demolida en 1869 y en vías de nueva construcción, futura y definitiva catedral, se ha rendido culto durante siglos a la venerada imagen de la Patrona, y no es por eso de extrañar que al cabo de los años, confundida la advocación primitiva con una devoción no menos antigua, haya venido a llamarse la parroquia Santa María la Real de Almudena. Tal vez por este motivo le fue dada a una parroquia de un suburbio, creada en 1940, el nombre de Santa María la Mayor, resucitando el viejo título de la iglesia matriz.

No podemos dejar de señalar como hecho curioso, el descubrimiento de otra antigua y venerable imagen, no por ello muy conocida de los madrileños. En el año 1624, con motivo de la proximidad del alumbramiento de la reina Doña Isabel de Borbón, se organizaron tan solemnes cultos en el templo de Santa María, que hubo necesidad de hacer obra y reforma en el altar mayor, retirándose algunas piezas del retablo y descubriéndose una imagen de la Santísima Virgen con su Hijo en los brazos, sentada, de rostro moreno y aguileño, cabellos largos, sujetos con una diadema, y en la mano un lirio, por lo que se la empezó a llamar por el nombre de Nuestra Señora de la Flor de Lis. Es muy probable que esta imagen, cuya fiesta se celebra el día 2 de febrero, que recibe culto en una capilla de la cripta de la basílica inconclusa que será en su día catedral de Madrid, sea la más primitiva representación madrileña de la Virgen Santísima que se conserva expuesta a la veneración del pueblo en la iglesia matriz.

La escasa repercusión de este hallazgo se explica fácilmente por la enorme devoción de que ya en aquella época gozaba la imagen de la Almudena. Se la rendía culto desde tiempo inmemorial, y una tradición constante y generalmente admitida la suponía milagrosamente encontrada a poco de la Reconquista. Sería, según algunos, anterior a la invasión musulmana, y como en tantos otros sitios de España se cuenta haber ocurrido, fue cuidadosamente escondida a la llegada de los mahometanos.

Se dice que en los primeros años de la Reconquista, conservado su recuerdo, se buscó incesantemente, sin conseguir hallarla, hasta que, organizándose grandes rogativas, la misma noche del día en que éstas se celebraron se derrumbó parte del cubo en que se escondía, dejándola al descubierto, comenzando en ese mismo momento una nueva y más esplendorosa época en la historia de su devoción.

Se supone que estos hechos ocurrieron el año 1085, y mientras existió la muralla madrileña se señalaba el lugar exacto de la aparición. Hoy, en el sitio más próximo adonde estuvo el cubo, el hecho es recordado por una lápida, en el muro que circunda al mediodía el emplazamiento de la nueva catedral.

En lo que no están tan de acuerdo los autores es en el origen del nombre. Para unos viene de almud, por una piedra de esta forma que allí existía. Para otros, de almudín o almudén, que es lo mismo que alholí o alhóndiga, edificio que allí cerca estaba. También podría ser su origen la almudaina o ciudadela en donde se veneró.

La imagen fué pronto trasladada, como hemos dicho, a la iglesia de Santa María, fabricándole un rico retablo.

San Isidro, el famoso labrador y más insigne santo del Madrid medieval, fue, según se cuenta en su vida, gran devoto de ella, así como su esposa, Santa María de la Cabeza. Cuéntase que por intercesión de la Santísima Virgen en esta venerable figura fue cómo un hijo de San Isidro se salvó de morir ahogado.

La Virgen de la Almudena fue invocada en las luchas que en los primeros años de la Reconquista hubieron de mantener los conquistadores castellanos contra almorávides y almohades, y en una y otra ocasión se pudo experimentar su patrocinio, así como en otros muchos sucesos particulares, siendo considerable el número de los milagros que se le atribuyen.

El concejo de la Villa hizo voto hacia 1438 de guardar su fiesta, ayunar la víspera y hacer procesión en la octava. A fines del siglo xvi empezó a usar esta imagen las armas de la Villa y en 1621, a 18 de diciembre, profesó ante ella el concejo el voto concepcionista. Por fin, en 1646, a 8 de septiembre, el municipio votó asistir perpetuamente, "para siempre jamás", a su festividad.

Efemérides reciente ha sido la coronación de la imagen, el 10 de noviembre de 1948.

Réstanos decir que la actual imagen, que forzosamente hemos de considerar más reciente, representa a la Santísima Virgen de pie, vestida, de cabellos rubios, el rostro y cuello despejados, y el Niño desnudo, graciosamente apoyado sobre su brazo izquierdo y sostenido por el derecho.

ENRIQUE PASTOR MATEOS

8 nov 2015

Evangelio 8 Noviembre 2015


Día litúrgico: Domingo XXXII (B) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 25,1-13): En aquel tiempo, dijo Jesús a las gentes en su predicación: «Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa».

Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir».

«Todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba»
Pbro. José MARTÍNEZ Colín 
(Culiacán, México)


Hoy, el Evangelio nos presenta a Cristo como Maestro, y nos habla del desprendimiento que hemos de vivir. Un desprendimiento, en primer lugar, del honor o reconocimiento propios, que a veces vamos buscando: «Guardaos de (…) ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes» (cf. Mc 12,38-39). En este sentido, Jesús nos previene del mal ejemplo de los escribas.

Desprendimiento, en segundo lugar, de las cosas materiales. Jesucristo alaba a la viuda pobre, a la vez que lamenta la falsedad de otros: «Todos han echado de lo que les sobraba, ésta [la viuda], en cambio, ha echado de lo que necesitaba» (Mc 12,44).

Quien no vive el desprendimiento de los bienes temporales vive lleno del propio yo, y no puede amar. En tal estado del alma no hay “espacio” para los demás: ni compasión, ni misericordia, ni atención para con el prójimo.

Los santos nos dan ejemplo. He aquí un hecho de la vida de san Pío X, cuando todavía era obispo de Mantua. Un comerciante escribió calumnias contra el obispo. Muchos amigos suyos le aconsejaron denunciar judicialmente al calumniador, pero el futuro Papa les respondió: «Ese pobre hombre necesita más la oración que el castigo». No lo acusó, sino que rezó por él. 

Pero no todo terminó ahí, sino que —después de un tiempo— al dicho comerciante le fue mal en los negocios, y se declaró en bancarrota. Todos los acreedores se le echaron encima, y se quedó sin nada. Sólo una persona vino en su ayuda: fue el mismo obispo de Mantua quien, anónimamente, hizo enviar un sobre con dinero al comerciante, haciéndole saber que aquel dinero venía de la Señora más Misericordiosa, es decir, de la Virgen del Perpetuo Socorro.

¿Vivo realmente el desprendimiento de las realidades terrenales? ¿Está mi corazón vacío de cosas? ¿Puede mi corazón ver las necesidades de los demás? «El programa del cristiano —el programa de Jesús— es un “corazón que ve”» (Benedicto XVI).

Beata Isabel de la Trinidad, 8 Noviembre

8 de noviembre

BEATA ISABEL DE LA TRINIDAD
Virgen carmelita

Avor (Francia), 18-julio-1880 
+ Dijon, 9-noviembre-1906 
B. 25-noviembre-1984

Hace unos años, haciendo de portero en mi convento, se presentó una señora que quería adquirir las obras de una santa que decía que Dios estaba dentro de nosotros. Ella no sabía el nombre, pero conocía el mensaje central. Se trataba de Isabel de la Trinidad. Todo el que se acerca a la Beata Isabel se siente contagiado de esta experiencia de proximidad, Dios está a nuestro lado, ha puesto su morada en el corazón humano.

La mañana del 18 de julio de 1880 nace Elisabeth Catez en un campo militar de Avor, cerca de Bourges (Francia). Su familia está inquieta porque los médicos han dicho que el bebé no podrá salvar su vida. María Rolland, su mamá, esperaba su primera hija. Todos rezan y se ofrecen misas por la nueva criatura. En contra de todos los pronósticos, la niña llega a este mundo «muy hermosa y vivaracha». Cuatro días después, el 22 de julio, es bautizada con el nombre de Isabel Josefina.

Diez meses después la familia deja el campamento de Avor y reside en la Borgoña, más tarde en Dijon (Francia) se instala la familia Catez. Ésta será la ciudad más relacionada con Isabel. El 20 de febrero de 1883 nace su hermana Margarita.

Los santos han experimentado los gozos y las alegrías de los humanos. La muerte de su padre es un hecho ocurrido a los pocos años de Isabel y que va a condicionar toda su vida. Su mamá, su hermana y ella formarán una piña, estarán muy unidas en todos los acontecimientos, alegres y tristes.

La señora Catez se ha dado cuenta del talento musical de su hija. La inscribe en el conservatorio a los siete años. Isabel pasa muchas horas en el piano. No va a la escuela porque las instituciones del Estado son demasiado laicas, en cambio recibirá la formación más elemental en su casa.

Isabel va creciendo y su carácter se va descubriendo. Ella misma confesará más tarde en sus cartas su »terrible carácter». Sus furias, sus explosiones, su carácter dominante van a ser el campo de batalla durante toda su vida. Al mismo tiempo posee un corazón cariñoso, suave y fiel.


TODA PARA JESÚS

El 19 de abril de 1891 recibe Isabel la primera comunión. Sus cartas nos revelan la experiencia de ser amada y darse. «Este gran día nos hemos dado por completo el uno al otro» (C 178). Gozo, alegría, saciedad, plenitud, belleza, música interior..., son las realidades que siente en su corazón. Por eso confesará a su amiga Maria Luisa Hallo: Jesús me ha saciado». El pan de vida va a calmar todos sus anhelos y se refleja en el rostro de felicidad y en sus ojos negros, vivos y penetrantes.

Una mañana, después de la misa, va a experimentar una gracia especial. Son esos momentos de la vida que marcan a los creyentes y que se recuerdan en toda la existencia. Se entrega incondicionalmente a.Jesús. Escuchemos sus palabras: «Iba a cumplir catorce años, cuando un día, durante mi acción de gracias, me sentí irresistiblemente empujada a escogerle como único esposo y, sin esperar más, me uní a él por el voto de virginidad. No nos dijimos nada, pero nos dimos el uno al otro, amándonos tan fuerte que la resolución de ser toda para él se hizo en mí más definitiva». Jesús será su único tesoro, su única riqueza, su verdadero amor. Semanas más tarde, el mensaje de Dios se hará más concreto. Después de la Eucaristía escuchará en el fondo de su corazón la palabra "Carmelo". Desde ese momento no hay vacilación, su voluntad férrea no la dejará volver para atrás en el camino. Será carmelita para toda su vida. No hay vuelta de hoja.

También los santos tienen vacaciones. Estamos en el verano de 1894: las Catez marchan a Carlipa, allí visitan a sus tías. Isabel siempre recordará el espectáculo cósmico de los Pirineos:«<¿Te acuerdas de nuestros paseos por la sierra durante la noche, a la luz de la luna, mientras escuchábamos las alegres campanadas? ¡Oh, tía, qué bello estaba el valle a la luz de las estrellas, esa inmensidad, ese infinito, todo me hablaba de Dios!» (C 139). En otras vacaciones caminará por el Jura, se admirará ante el Mediterráneo, gustará las excelentes comidas del Sur (del Midi), jugará al tenis, conciertos musicales, giras por el campo... Isabel admira todo lo positivo de la vida. Le entusiasma el mar, las montañas, el sol, las reuniones con los amigos, la música y la danza. Pero al mismo tiempo añade: «Todo me hablaba de Dios. La belleza del universo reflejaba la huella del amado y el rostro bendito de Dios.

De buena gana cambiaría todo esto por la soledad del Carmelo, donde dedicaría toda la música de su corazón para Dios. Pero tiene que esperar para no disgustar a su mamá. La resistencia de la señora Catez será una buena ocasión para vivir su espiritualidad en el mundo. Ella se abandona en las manos de Jesús y de Maria y estaría dispuesta a permanecer en el mundo toda la vida si ésa era la voluntad de Dios. En este sentido, las páginas de su Diario son muy iluminadoras. En él contemplamos a una joven viviendo la contemplación en lo cotidiano de la vida y en su intensa vida de oración. Ella es un modelo sencillo para los jóvenes cristianos de todas las épocas. «Tú, que te has apoderado de todo mi corazón, que vives continuamente en él y has hecho en él tu morada; tú, a quien siento, a quien veo con los ojos del alma en el fondo de este pobre corazón...» (D 60). En una carta a una amiga le dice: »Nosotras llevamos nuestro cielo en nosotras..., me parece que he encontrado mi cielo en la tierra, ya que el cielo es Dios y Dios está en mi alma. El día que yo comprendí esto, todo se iluminó en mí y me gustaría contar este secreto en voz baja a los que amo, para que ellos también se unieran a Dios a través de todo» (C 122).

Así era Isabel, humana y divina, centrada en el interior y viviendo las alegrías de la vida. Con frecuencia participaba en veladas y bailes que organizaban las familias militares. En estos lugares quiere ser como el sol que irradia su luz. Su testimonio será la presencia de su persona, sin palabras, sin ningún gesto extraño. Ella nunca perderá la conciencia de este Maestro interior, en la celda que lleva en su corazón.


EN EL CARMELO

El 2 de agosto de 1901 Isabel Catez abandona su casa y entra en el Carmelo: Sor Isabel de la Trinidad. Después de la misa en el Carmelo, se despide de su madre y de su hermana Guita. Las puertas de la clausura se abren de par en par para Isabel. Todos sus deseos se han realizado. Una vida dedicada por entero a la oración. Una comunidad de hermanas que viven el ideal de Santa Teresa. Una sencillez en el uso de las cosas y en el trato con las personas. Un ideal apostólico que amplía su horizontes al mundo entero. El epistolario refleja de una forma maravillosa sus primeras impresiones. «No encuentro palabras para expresar mi dicha», «aquí ya no hay nada, sólo él... Se le encuentra en todas partes, lo mismo en la colada que en la oración» (C 91).

La situación del monasterio carmelitano es muy especial. Han expulsado a muchos religiosos y religiosas en Francia. A consecuencia de la ley Combes, la comunidad en la que vive Isabel está pensando marcharse al extranjero como lo han hecho otras comunidades religiosas. Esto no se llevará a cabo, las autoridades del lugar se conforman con cerrar la capilla de la iglesia al público.

En el ambiente comunitario no podemos silenciar a la madre Germana, la priora de este monasterio. Tiene treinta y un años. Una persona de fe y de gran sencillez. Será una priora cercana a cada religiosa de la comunidad. Una pedagoga que transmitirá con entusiasmo los valores más fundamentales del carisma teresiano. Encarna de una forma maravillosa lo que Santa Teresa quería de las prioras: «Procure ser amada para ser obedecida». Ella será la gran confidente de Isabel de la Trinidad. En los últimos momentos de su vida le dedicará un escrito en el que le dice estas palabras: «Sabéis bien que llevo vuestro sello y que algo de vos misma ha aparecido con vuestra hija».

No todo es color de rosa. Durante el tiempo de noviciado experimenta la tiniebla, la noche y el abandono... Era lógico. Tenía que acomodarse al nuevo ambiente, nuevas personas, nuevas costumbres y formas de ver la vida. Se acabaron las fiestas, los paseos por los montes en tiempo de verano son una realidad del pasado... Por otro lado están los sentimientos de su madre, inconsolable por la partida de su hija. El corazón de Isabel sufre todas estas heridas. Una cosa es vivir el espíritu del Carmelo desde el mundo y otra en una comunidad de clausura con personas muy concretas. No olvidemos que en estos tiempos las comunidades religiosas estaban un poco contaminadas con el jansenismo: un Dios que es un juez que lleva cuentas de nuestras mínimas acciones. Además en el noviciado del Carmelo encontraría leyes, usos, prescripciones y costumbres santas que ahogarían su sencillez evangélica. Todo este conglomerado de cosas producen en Isabel una crisis. Ella nos revela un secreto para superar todos estos obstáculos: «En el Carmelo se encuentran muchos sacrificios... pero son muy dulces cuando el corazón está completamente poseído por el amor. Quiero contarle cómo me las arreglo ante un pequeño contratiempo: miro al Crucificado y, viendo cómo él se ha entregado por mí, me parece que lo menos que yo puedo hacer por él es gastarme, consumirme, para devolverle algo de lo que él me ha dado" (C 156).

El 11 de enero de 1903, domingo y fiesta de la Epifanía, ante la comunidad carmelitana de Dijon, Isabel pronuncia sus votos religiosos de obediencia, castidad y pobreza. Se siente invadida por Dios, por su abundante gracia, un derroche. Experimenta las palabras de San Pablo a los romanos: ««Os exhorto a que ofrezcáis vuestra propia existencia como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como vuestro culto auténtico» (Rm 12, 1). La lectura de las cartas que escribe por estas fechas nos revelan su interioridad, lo que estaba viviendo en esos momentos. «Siento tanto amor en mi alma, es como un océano en el que me hundo, me pierdo.. . Él está en mí, yo estoy en él, no tengo más que amarle, que dejarme amar... (C 117). «Lo siento tan vivo en mi alma, no tengo más que recogerme para encontrarle dentro de mí y ésta es la razón de toda mi felicidad. Él ha puesto en mi corazón una necesidad de amar tan grande que sólo él puede saciarla» (C 169).

Isabel es la más joven de la comunidad en la que hay varias enfermas. Las horas reservadas al trabajo se distribuyen entre el barrido, la colada, el jardín, preparar las flores para los altares, la sacristía, la ropería... Un mundo muy limitado y estrecho en el que es preciso entenderse, convivir y aceptar a las personas con sus limitaciones concretas. Las monjas que convivieron con Isabel atestiguan que «su paciencia era inalterable... daba gusto tratar con ella». «Ella te llenaba de alegría con el simple gesto de entregar una carta. Te alegraba sin necesidad de grandes discursos. Todo el mundo lo decía. Sentía la necesidad de agradar. Nada era banal para ella. Hacía que cualquier cosa fuera importante. Por eso daba tanto».


ALABANZA DE GLORIA DE LA TRINIDAD

Éste era su pequeño mundo, pero transfigurado por su gran fe se vuelve luminoso. «Usted me pregunta cuáles son mis ocupaciones en el Carmelo. Podría responderle que para la carmelita no existe más que una: amar, rezar» (C 168). A una amiga le explica: «Unámonos para hacer de nuestras jornadas una comunión continua; despertémonos por la mañana en el Amor, entreguémonos todo el día al Amor, es decir, hagamos la voluntad de Dios, bajo su mirada, con él, en él, sólo por él. Tomemos todo el tiempo como él quiere... y, después, cuando llegue la noche, después de un diálogo de amor que no ha cesado en nuestro corazón, durmamos también en el Amor (C 175).

Sus experiencias religiosas son alimentadas por sus lecturas. El Nuevo Testamento tiene un lugar privilegiado en su mundo espiritual, muy especialmente las cartas de San Pablo, a quien llamará «padre de su alma». Las páginas de San Juan de la Cruz han ejercido una influencia considerable en el camino de la unión con Dios.

El año 1904 es muy significativo. El 21 de noviembre Isabel lo pasa ante el Santísimo. Por la noche redacta una oración, que es expresión de su entrega al Dios Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dice así:

¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayudadme a olvidarme enteramente para establecerme en vos, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de vos, ¡oh mi Inmutable!, sino que cada minuto me haga penetrar más en profundidad de vuestro misterio. Pacificad mi alma, haced de ella vuestro cielo, vuestra morada amada y el lugar de vuestro reposo. Que no os deje allí jamás solo, sino que esté allí toda entera, completamente despierta en mi fe, en adoración total, completamente entregada a vuestra acción creadora».

Ella ha descubierto su vocación en la Iglesia: ser para Dios "una alabanza de gloria" (Ef 1, 6). Hasta tal punto que esta mística francesa lo toma como un nombre simbólico, laudem gloriae, alabanza de gloria». Algunas de sus cartas las firmará con este nombre. Su vida y su obra quieren ser alabanza de la Trinidad.

Cuaresma de 1905, Isabel se siente agotada, la priora le recomienda el descanso, se le exime de algunas tareas comunitarias. Más tarde es trasladada a la enfermería conventual. Ella sabe que no tiene curación. Se trata de la enfermedad de Adison: fuertes dolores de cabeza, apenas puede comer, úlceras interiores... Los escritos de este tiempo son un bello canto a la cruz de Cristo y al sentido redentor del sufrimiento humano. "¡Oh, Fuego consumidor, Espíritu de Amor, descended a mí para que se haga en mi alma como una encarnación del Verbo! Que yo sea para él una humanidad complementaria en la que renueve todo su Misterio». La última foto que poseemos demuestra lo demacrada que tiene la cara. 'Hay un ser que es el Amor y que quiere que vivamos en sociedad con él: ¡Oh mamá, es tan delicioso! ¡Aquí está él haciéndome compañía, ayudándome a sufrir, haciendo que supere mi dolor para descansar en él!; haz como yo, verás que eso lo transforma todo» (C 327).

En agosto de 1906 escribe El cielo en la fe. Este escrito está dirigido a su hermana Guita, exhortándola a la unión con Dios con la mirada puesta en el centro del alma. En este mismo mes redacta Últimos Ejercicios, que es una preparación para la vida eterna y que revelan el alma de Isabel en los postreros momentos de su existencia.

Los días 7 y 8 de noviembre está en silencio. Las últimas palabras que le oyeron sus hermanas de comunidad fueron: «Voy a la Luz, al Amor, a la Vida». En el amanecer del 9 de noviembre de 1906, deja de respirar. La ciudad de Dijon está tranquila a esas horas de la mañana. Las que estaban allí presentes se dan cuenta de que Isabel ha emprendido el viaje a la Trinidad que tanto amó en la tierra y como un profeta nos llama a cada uno a disfrutar de su Presencia en lo cotidiano de la vida.



Lucio DEL BURGO, O.C.D.

Los mártires coronados, 8 Noviembre


8 de noviembre
 LOS MARTIRES CORONADOS
(+ 306?)

Hay en Roma según se va del Coliseo hacia la basílica de San Juan de Letrán, una estrecha callejuela que lleva el nombre de los Cuatro Santos Coronados. Viene a terminar en una pequeña plaza, donde se eleva un edificio característico que tiene el aspecto de una fortaleza medieval. Pasando por debajo de esta torre, se llega a un primer pórtico, y después a un segundo, en el que son visibles las columnas de la iglesia anterior, que era más amplia que la actual, la de los Cuatro Santos Coronados. Levantada en el siglo IV y destruida por los normandos, fue levantada de nuevo, reduciendo sus dimensiones, por el papa Pascual II en 1111, y finalmente restaurada en el año de 1914.

El interior tiene tres naves y su ábside está decorado con notables frescos de Juan de San Giovanni (1630) , representando la Historia de los Cuatro Coronados y la Gloria de todos los santos. Y allí mismo, en la confesión, se halla la tumba de los Cuatro Santos. Mucho se ha discutido sobre quiénes fueran estos Santos, a quienes los cristianos dieron en un principio el nombre genérico de Coronados. Por tradición se sabe que fueron revelados sus nombres en tiempos del papa Honorio, quien les mandó erigir una iglesia, a la que más tarde San Gregorio el Grande (590-604) iba a elevar a la dignidad de titulo cardenalicio. En el pontificado de León IV (847-855), en las reparaciones que se hicieron en el templo, fueron encontradas las santas reliquias, que fueron colocadas debajo del altar, donde hoy día se veneran. Los nombres de los cuatro, según la revelación, son los de Severo, Severino, Carpóforo y Victorino.

La historia de estos mártires ha ofrecido siempre no pequeñas dificultades. En el mismo día celebra la Iglesia la fiesta de otros cinco, que padecieron martirio casi por los mismos años en la Panonia, en tiempos del emperador Diocleciano. Tal vez habría que distinguir, por tanto, en este día tres grupos de mártires y no cuatro mártires; primeramente los cinco canteros de Panonia: Simproniano, Claudio, Nicóstrato, Cástor y Simplicio. Luego cuatro Cornicúlarii, o, como diríamos hoy, cuatro suboficiales de caballería, martirizados por la fe; finalmente, otros cuatro santos de Albano, los nuestros, que se conocen con el nombre de Coronados. Las actas de estos últimos aparecen alteradas en algunos puntos, pero no dejan de tenerse como antiguas y auténticas.

Era por el año de 304, cuando arreciaba con más encono en Roma la persecución contra los cristianos. Se habían dado decretos para que todos los súbditos del imperio sacrificasen públicamente a los dioses, pero donde el emperador Diocleciano había mostrado más interés era en lo que tocaba a las clases militares, especialmente, en aquellos que tocaban más de cerca su misma guardia y persona.

Muy conocidos eran en la ciudad cuatro hermanos, que militaban todos ellos bajo las águilas imperiales, y que eran tenidos como unos excelentes servidores y soldados. Los cuatro tenían sendos puestos honoríficos en la corte, pero llevaban consigo una tacha en aquellos tiempos imperdonable: los cuatro, Severo, Severiano, Carpóforo y Victorino, eran cristianos.

Como la Iglesia había llegado a tener unos días de paz y de apogeo, tanto éstos como sus hermanos de Roma se dedicaban al culto del verdadero Dios con toda entereza y valentía. Asistían a las reuniones y a los oficios divinos. Socorrían a los pobres, se comunicaban con los presbíteros, y ora en las catacumbas, donde de ordinario se solían tener los divinos misterios, ora en algunas iglesias, que ya entonces se habían edificado en la misma ciudad, no se desdeñaban nunca de asistir aun con las insignias de los soldados del emperador. Esto provocaba, sin embargo, la indignación de los paganos y más aún de los que merodeaban con altos puestos en los aledaños del Palatino y de las oficinas imperiales.

Cuando por fin salen los decretos de persecución, son en seguida apresados los cuatro Santos para ser llevados a la presencia del emperador. Este, siguiendo una política de atracción, prefiere mostrarse condescendiente con los cuatro jóvenes, a quienes estimaba, por otra parte, por su lealtad y buenos servicios. No le interesaba, sin embargo, sembrar la desolación entre sus mismas filas de soldados, pues bien sabía que en aquellos tiempos eran muchos los que, sin el menor miedo a la muerte, seguían las doctrinas del Crucificado, y era necesario andar en este asunto con suma cautela.

Diocleciano les hace ver la locura con que procedían al mantenerse aferrados a una secta que nunca les podría ofrecer las ventajas que él les prometía de seguir a su servicio. Los hermanos no aceptan tales ofrecimientos, y entonces, como último recurso, manda que les lleven delante de una estatua del dios Esculapio, donde, ante toda la multitud, era difícil que se negaran a sacrificar, si bien fuera por las insignias militares que llevaban consigo.

Tampoco le resulta la estratagema, pues los heroicos mártires se niegan en absoluto a tomar unos granos de incienso para arrojarlos en los pebeteros encendidos. Solamente aquello les hubiera justificado ante el emperador, pero no quieren contaminar con la menor sombra de cobardía la clara fe que habían manifestado ante todos. Es más, allí mismo proclaman abiertamente sus doctrinas y hacen desprecio de la estatua del dios, que era para ellos un medio más de la maldad y de la astucia del demonio.

Enterado el emperador, no solamente ordena que sean relevados de todos sus puestos y degradados de sus honores militares, sino que ordena que, en caso de pertinacia, sean allí mismo azotados hasta que fueran cambiando de parecer. No contaba con la fortaleza de estos héroes, que ya de antes estaban dispuestos a dar toda su sangre hasta el último sacrificio.

Como resultaran infructuosas todas las invitaciones, les arrastran despechados hacia una de las columnas del templo, les despojan de sus vestiduras, y, llamados los verdugos, empiezan a infligir a los cuatro hermanos el tremendo suplicio de la flagelación. Ya no les bastan las correas ordinarias y los látigos, que hacen salir la sangre a borbotones. Para más ensañarse les aplican los terribles azotes de púas lacerantes, las plomadas, las largas varas de acero, que se incrustan en su piel, arrancándoles trozos de carne ensangrentados. Cuando se dan cuenta, ya la vida se les va saliendo a los cuatro Santos, y de este modo, entre espasmos de dolor, entregan su alma al cielo.

Cuando los verdugos se han cansado de martirizar aquellos cuerpos ensangrentados, les llevan a empujones hasta la misma plaza, donde los exponen a la voracidad de los hambrientos perros. Pero, prodigio de Dios, éstos no se atreven a tocar las sagradas reliquias, y allí permanecen durante cinco días, hasta que fueron recuperados por los cristianos.

Una noche, en el sigilo de la persecución, logran sacarlos de Roma y los llevan a dar sepultura a tres millas de ésta en un arenal de la vía Labicana. Allí estaban enterrados también los restos de los cinco mártires escultores, que desde este momento iban a seguir la misma ruta que la de los Santos Cuatro Coronados.

La fama de estos cuatro soldados se había extendido por Roma. Con la paz empiezan a darles culto y el papa Melquiades manda que se celebre su fiesta el 8 de noviembre. Las reliquias son llevadas al templo que estaba construyendo en su honor el papa Honorio. Después de las repetidas restauraciones de la basílica, todavía en tiempos del papa Paulo V fueron encontradas en la misma situación, como un homenaje que el cielo había reservado a la valentía de estos esforzados hermanos.

FRANCISCO MARTÍN HERNÁNDEZ