3 nov 2015

San Martín de Porres, 3 Noviembre


3 de noviembre

HOMILÍAS
LECTIO DIVINA

SAN MARTÍN DE PORRES, DOMINICO
(+1639)

Entre los caballeros llegados a Lima por los años de 1579, fue uno de ellos don Juan de Porres, hijodalgo de ilustre familia, sangre limpia, blasones antiguos, hábito de Alcántara, despierto y listo para los negocios de gobierno, apuesto en su porte y buen cristiano. El señor don Juan venía de España a América nombrado gobernador de Panamá. Su estancia en Lima fue corta y de trámite. Durante el tiempo que permaneció en la ciudad de los reyes hubo su mala ventura de tropezar con una joven agraciada, mulata de color, venida a Lima desde Panamá, y que vivía honradamente de su trabajo. Tenía su casita en las afueras de Lima. El hidalgo español frecuentaba aquella casita con grave daño de su honor y del honor de aquella joven. Dos hijos nacieron de aquellos amores clandestinos. Los dos niños se llamaron Martín y Juana. La madre, ayudada del caballero, los crió lo mejor que pudo, educándolos cristianamente, pues era ella fervorosa creyente. Fue el 9 de diciembre de 1579 cuando vió Martín la luz. No nació negro, sino obscuro de rostro; ni tampoco con rasgos africanos; antes bien, las líneas de su cara se alargaban y henchían con toques de estirpe y ascendencia extremeña o andaluza. Sus hombros eran anchos; sus brazos, fuertes; su frente, levantada; sus ojos, negros; su nariz, más pequeña que grande; sus labios, gruesos en proporciones correctas; su costillar, espeso y membrudo. Fue bautizado Martín en la iglesia de San Sebastián. En dicha iglesia se conserva la gran pila bautismal donde fue regenerado y recibido en la comunión de los santos. En aquella misma pila se bautizó también Santa Rosa de Lima, la flor y rosa dominicana, patrona de todas las Américas. Se conserva igualmente la partida de bautismo de nuestro bienaventurado. Don Juan de Porres venía alguna que otra vez a Lima. No dejó nunca de visitar a Ana Velázquez y a sus propios hijos. Los niños crecían bellos y su madre cuidaba de su salud y de su educación. En Martín se pudo apreciar, desde sus primeros años, un sentido cristiano de amor a sus semejantes. Se cuenta que amaba singularmente a los pobres y los socorría de sus ahorros. Estos ahorros debían de ser los dineros que su padre le daba cuando los visitaba en Lima. Crecía su caridad con los años y nunca estaba más contento que cuando podía socorrer a alguno de los que llamaban a su puerta. Su madre veía en esto la hermosura de un corazón castellano y el rescoldo del espíritu de la gran nación a la que ella había unido su sangre. Cuenta su historia que, haciendo de recadero de su madre en compras que eran precisas para la sustentación de su casa, distraía algunas cantidades dándoselas al primer menesteroso que encontraba. Fue el amor a los necesitados la virtud primera que prendió en el corazón de Martín, como un don del cielo; pues todos conocen la ambición que se alberga en el pecho de los niños, que ha de ser sofocada en los comienzos de su aparición si se quiere fomentar la generosidad, que es su contrapeso. Los templos de Lima eran buenos refugios a la piedad devota de sus habitantes, y en el de Santo Domingo se veía diariamente a Ana Velázquez con sus dos hijos asistiendo al culto y empapándose en las ceremonias sagradas. La vista de las imágenes era para los niños un gran placer. Por ellas iban subiendo a la concepción de sus vidas, contemplando los misterios encerrados en ellas. Más que todas, eran los crucifijos y los iconos de la Virgen los que más llamaban su atención. El crucifijo sería el libro de meditación de Martín a lo largo de todos sus años y donde encontró la senda segura de su caminar a la santidad. Por Cristo al Padre, y por María a Cristo. Es doctrina tomista. Es el secreto de la mística dominicana.

Martín comenzó a ser conocido pronto. Su compostura, su humildad y su amor a los pobres le hicieron célebre, no tanto por lo que daba cuanto por los pocos años que contaba al dar. Hubo día en que se privó de su alimento para dárselo a un hombre de color que lo demandaba. En ocasiones burló la vigilancia de su madre para substraer algo en la despensa con que llenar el estómago de algún vagabundo. En las escuelas era de los más aprovechados, a la vez que sentía sobre sí devotamente la autoridad de los maestros, a los que profesaba gran admiración y gran respeto. Las muchas horas que pasaba orando le dieron ya el calificativo de "santo". Martín era un "santo". No sabemos si llegó el nombre a sus oídos; pero de llegar, hubo de satisfacerle divinamente poniendo espuelas en su corazón para hacerse digno de tal calificativo. Renovó sus preces y sus penitencias, no alcanzando en aquellos días sino la edad de siete años. Juana crecía a su lado, si no con virtudes tan distinguidas, con otras que adornaban su condición de mujer. La maestra de los dos hermanos era Ana Velázquez. Las genialidades de su hijo Martín habían desplazado al padre; y fue ahora cuando el hijodalgo creyó que la ocasión le brindaba la oportunidad de reconocer públicamente a sus hijos y ocuparse directamente de ellos. Así lo hizo. Los tomó consigo llevándolos a Guayaquil. Ana Velázquez quedó bien acomodada en casa de una familia española de Lima. Martín y Juana fueron instalados en el domicilio de su padre. Este hizo gala de su alcurnia y de su honor lavando una mancha que había echado sobre su prestigio y conciencia. La primera preocupación de don Juan fue el que sus hijos prosiguieran su instrucción. Por si eran molestados en las escuelas públicas de la ciudad marítima de Guayaquil, les contrató un maestro y preceptor que les diera lecciones en casa. Aprovecharon mucho. Martín aprendió perfectamente el castellano, la aritmética, la caligrafía y otras disciplinas a las que le veremos después inclinado y en las que sobresalió mucho. Dos años duró la escolanía de los hermanos. Don Juan recibió un despacho del virrey de Lima en el que se le nombraba gobernador en Panamá. Como la vida en aquellas ciudades del Pacífico corría peligro por la aparición de los piratas ingleses y holandeses, no quiso llevar allá los hijos, y hubo de situarlos de modo que quedaran bien protegidos. A la pequeña Juana la dejó en Guayaquil en casa de su tío Santiago, y a Martín lo llevó a Lima para que continuara sus estudios y se abriera camino. Uno de los oficios mejor retribuidos en Lima en aquél tiempo era el de "barbero". Por ser en sí mismo humilde no era profesión de hidalgo ni de guerreros. Quedaba para los artesanos. No significaba el ofcio lo que hoy significa rapar barbas. Tenía más alta categoría. El "barbero" extraía dientes y muelas, abría las venas a la sangría, recetaba hierbas y emplastos, aliviaba dolores y neuralgias, rasgaba con el bisturí tumores e hinchazones. Necesitaba el "barbero" conocer medicamentos y tener en su casa y a su disposición flores y extractos de plantas para sus curaciones. En realidad, el "barbero" era un médico "de medicina general". Martín demostró, desde las primeras lecciones que le diera un viejo albéitar, rara disposición para el oficio. Adelantó en poco tiempo y pudo entendérselas con los clientes muy a su gusto. El "barbero" podía ser al mismo tiempo un buen apóstol, y lo era Martín. Mientras derribaba los grandes y largos cabellos de los soldados que venían de sus guerras y echaba abajo las nutridas barbas de los campesinos enseñaba corrección a los díscolos, buen hablar a los soldados, prudencia a los jóvenes y religiosidad a todos. La barbería de Martín era frecuentada por lo más distinguido de la ciudad de Lima, pues la elegancia y buen tono que allí se respiraba atraía a ella a los caballeros y regidores. No trabajaba el esclavo, sino el ciudadano; no era el mulato el que servía, sino el compadre y el amigo. La barberia no llenaba las ambiciones caritativas de Martín. Atendía a los clientes, hacía apostolado, pero los enfermos no recibían sus cuidados. Con los conocimientos adquiridos anteriormente tenía Martín una buena base para ampliar sus estudios y prácticas y subir un punto en su profesión. Así lo hizo. Se constituyó ayudante de un buen médico español, y cirujano a la vez, el cual le impuso en el manejo del bisturí y de cuantos instrumentos eran precisos para intervenciones corrientes. El joven salió tan buen "practicante", que acaparó la mayor clientela de Lima. Esta clientela la formaban principalmente los pobres y los de pocos dineros. Era lo que el santo joven apetecía, pues los ricos podían pagarse un buen médico y cirujano a la vez o en partes. El gozo de Martín al trabajar en su nueva profesión no tuvo límites. Dejó la barbería o la regentó en días determinados, llamándole más la cirugía. La casa de Martín se vió inundada de clientes menesterosos que buscaban en él al hermano y al profesional. Martín, "practicante", es el patrono de los de su oficio. La leyenda de Martín nos dice que estudiaba de noche, consumiendo largas horas en el aprendizaje de sus lecciones. Tampoco descuidaba sus ejercicios espirituales. Más de la mitad de la noche la empleaba en oración, haciéndola con tanto dolor, ante un santo Cristo, que sus gemidos se oían en la calle. En la casa donde ahora vivía a pupilo, pues podía muy bien pagar la pensión con lo que ganaba, pudo observar la buena mujer que le atendía, que, en las altas horas de la noche, permanecía encendida una vela en el cuarto de Martín. La curiosidad femenina quiso saber la causa y, observando por el agujero de la cerradura, vió a Martín en oración, y en oración tan subida, que su cuerpo se alzaba del suelo algunas cuartas. No lo quería creer la mujer, pero lo tenía tan a la vista, que tuvo que darse por vencida. Corrió la noticia por la ciudad; se admiraron los moradores y Martín entró en el reino del milagro.

El templo de los dominicos de Lima, llamado del Rosario, era el lugar preferido de Martín para sus oraciones y visitas al Santísimo Sacramento. A primera hora de la mañana, rayando el alba, allí estaba oyendo la primera misa. Comulgaba en ella, y después se absorbía en la contemplación de la sagrada Hostia, y del regalo con que Jesucristo había querido dejar a los suyos hasta el fin de los siglos. Esta oración matutina se prolongaba horas enteras, hasta que el deber que se había impuesto de curar a los enfermos pobres lo llevaba a sus casas o al Hospital del Espíritu Santo. Su devoción a la Eucaristía fue creciendo en él de modo que aprovechaba cuantas oportunidades tenía para visitar los templos donde se guardaba. La penitencia era estarse de rodillas sin dejarse vencer del cansancio ni del sueño. No parecía hombre, según eran los trabajos que soportaba, sino un ser de un mundo espiritual. La lucha mayor que sostuvo en sus penitencias fue el sueño. Se le cerraban los ojos y la cabeza se le venía al suelo. Para vencerlo tomaba las posturas más incómodas y variadas a fin de mantenerse despierto. La afición que Martín tomó a los dominicos fue mucha. Aquellos religiosos desplegaron tan profundo y extenso apostolado que eran la admiración de Lima. Mientras unos regentaban las clases de la Universidad, otros recorrían los suburbios de Lima llevando el apostolado a los trabajadores del campo y a los pobres de las barriadas extremas; muchos salían hacia la montaña a predicar el Evangelio a los remontados y salvajes, y algunos se dedicaban a decorar templos y altares o a escribir obras de teología y filosofía. En aquella iglesia dominicana tenía Martín su director espiritual, al que se confiaba y pedía orientaciones en su vida espiritual. Bien maduro el juicio y sabiendo toda la libertad que la Orden dispensaba a los hacedores de la caridad, un día llamó al prior de la casa y le confió su secreto. Se alegró el prior de la demanda y le abrió las puertas del convento. Martín ingresó en el convento del Rosario como en casa propia. Conocía todos sus rincones y podía allí ejercer su profesión, lo mismo con los religiosos que con los seglares. La regla de los dominicos se abre a toda actividad donde tenga el primer puesto el amor de Dios y el amor al prójimo. Martín tenía sólo quince años. El terciario dominico Martín, por sus conocimientos, por sus aptitudes, fue nombrado barbero de la casa, mostrando una solicitud y un esmero grande porque los religiosos anduvieran limpios de barba y pulcros de cerquillo.

El convento dominicano del Rosario de Lima era así como un mesón por donde pasaban y descansaban los que habían de ir a otros puntos, como a Méjico, Guatemala, Ecuador, Costa Rica, Chile, Buenos Aires... La pobreza del convento de fray Martín llegó a tal punto, que el prior, teniendo algunas deudas contraídas en la fábrica del mismo, vióse atropellado por los acreedores que le exigieron la cuantía del dinero. No tenía él en casa con qué satisfacerlos, por lo cual tomó uno de los mejores cuadros que los religiosos habían traído de España y fue a venderlo. Por aquél tiempo había judíos en Lima. Otros objetos de valor acompañaban al cuadro. Fray Martín supo el apuro del prior y supo la determinación del mismo de vender todo aquello. Voló al sitio donde se hacía la venta y tomando al prior aparte, le dijo así: "Ya sé, padre, que tenemos que pagar esa deuda; pero le ruego que no venda el cuadro. Tengo yo otro medio para el pago; quizá lo acepten mejor; me daré en esclavo del acreedor, y con mi trabajo satisfaré la deuda". Un día se le vio arrebolado el rostro de modo que no pudo disimular la fiebre. Sentía que la fatiga le rendía y, no obstante, no abandonaba su trabajo. Un religioso le denunció al prior y éste le envió inmediatamente a la cama. Fray Martín pidió al prior la bendición, como es costumbre entre los dominicos, y se retiró a su celda. Fueron a visitarlo algunos religiosos y vieron que no se había desnudado. Estaba en la cama con los zapatos puestos; claro es que no había tocado las sábanas. Nueva denuncia al padre prior. Este, que conocía los quilates de la virtud de fray Martín, dijo a los acusadores: "Hermanos: fray Martín es un gran teólogo y un místico; su teología mística le ha hecho conocer el secreto de unir la mortificación a la obediencia". De todos modos, tomó el parecer del superior y curó su dolencia. ¿Cómo consideraba fray Martín la pobreza? Como una amiga inseparable y divina que le llevaba a usar vestidos usados, zapatos burdos, sombrero raído, capa con ventanillas abiertas al espacio. En su celda había unas tablas sobre dos hierros que sostenían un jergón de hoja de maíz, dos sábanas toscas, dos mantas no muy buenas, un taburete, una mesa de madera sin adornos y un armario del mismo estilo. Curiosidades, ninguna. Sobre la mesa y en el armario, instrumentos clínicos, almireces para triturar plantas y batir líquidos, gasas de hilo sacadas de algún retazo inservible, bien hervidas; frascos con medicamentos. El armario contenía cuantas plantas podía recoger para sus emplastos y sus bebidas aromáticas y curativas. Para él nada; para los enfermos, todo. De objetos religiosos, tenía en el testero de su cama una cruz de madera; y en los lienzos laterales, dos estampas: una de la Virgen del Rosario y otra de Santo Domingo. Usaba un rosario al cuello como todos los dominicos de América, y llevaba otro suspendido de la correa. El rosario para él era el arma sagrada a la que se acogía y en la que confiaba en sus tentaciones y en sus trabajos.

En la curación de las enfermedades, fray Martín disponía de varios recursos, todos ellos eficaces. Era el primero en la oración. A sus enfermos graves los encomendaba a Dios y a su Santísima Madre, y las curaciones no tardaban en realizarse. El segundo procedimiento era la aplicación de las medicinas usadas ya para las diferentes dolencias. El tercer medio que usaba fray Martín, a petición de los enfermos, era aplicarles su propia mano al sitio del dolor. Las curaciones eran repentinas. El contacto de su mano era eficacísimo y la curación instantánea. El convento de dominicos del Rosario de Lima se había convertido en un hospital; fray Martín iba recogiendo los enfermos callejeros, llevándolos a él. Algunos religiosos mostraban su disgusto por ello, ya que los ayes, los cuidados, la asistencia a los enfermos no solamente ocupaba a fray Martín, sino también a otros religiosos, con daño para la disciplina regular, el buen orden y los deberes de la comunidad. Un día se presentó en el claustro con un enfermo al que llevaba a cuestas. Le entró en su propia celda y le acostó en su misma cama. El enfermo iba hecho una lástima. Lo había encontrado caído en la calle. Vestía andrajos y ardía en una fiebre altísima. Uno de los hermanos de obediencia le reprendió por aquella caridad, no por ir contra dicha virtud, sino por el trastorno que causaba en el convento. "¿Cómo, hermano Martín, traéis a la clausura enfermos?" "Los enfermos no tienen jamás clausura", contestó fray Martín. "¿Queréis decir que traeréis al convento a cuantos enfermos encontréis en las calles?" La caridad ha roto con todo lo que no sea amor de Dios. Y el amor de Dios tiene paso franco por todos los claustros. Fray Martín regresaba al convento de noche. En una callejuela encontró un hombre herido de gravedad. Lo tomó a cuestas y entró en el convento con él. Le curó le herida, que era de puñal y muy honda, y le acostó en su cama, con la intención de trasladarlo a casa de su hermana tan pronto como mejorase. El provincial, por el momento, impuso una penitencia a fray Martín por haber faltado a la obediencia. Fray Martín probó su humildad aceptándola y cumpliéndola al pie de la letra. Ahora fue el padre provincial que solicitó su ciencia, "Hermano fray Martín, no tuve otro remedio que imponeros una penitencia por no haber cumplido mis órdenes." "Perdone S. P. mi desatino -contestó fray Martín-. Pensaba yo que la santa caridad debía tener todas las puertas abiertas." "Bien está lo que habéis hecho -dijo el padre provincial-; y desde este momento el convento del Rosario será vuestro segundo hospital. Podéis traer cuantos enfermos queráis a él." A dos millas de la ciudad y en un lugar llamado Limatombo, tenía el convento unas tierras que los hermanos trabajaban. Ayudábanlos algunos indios y negros. Convivían todos en una santa hermandad. Estos "encomenderos" conventuales, a la vez que enseñaban a los indios el cultivo de la tierra, les enseñaban los elementos más sencillos de la religión. En Limatambo; fray Martín, con los otros religiosos, abrían surcos para el trigo castellano, y abrían las almas al trigo de la fe y del amor de Dios. Fue idea feliz la del padre provincial el enviar a fray Martín a aquellas tierras, porque no faltaban allí enfermos y necesitados de sus cuidados y arte de curar. El "encomendero" dominico era el hermano del indio; y mantenía la significación primera de la palabra. "Encomendero" era el español o la familia española a la que se asignaban algunos indios para que les instruyeran en todo cuanto un hombre culto, en menesteres de artesanía, debía saber. En Lima existían "golfos", no diremos en gran número, pero bastante numerosos. Eran indios en su mayor parte. La vida vagabunda que llevaban le dolía a fray Martín. Pero ¿cómo remediarlos y dónde? El con sus enfermos y sus pobres tenia bastante para llenar todas las horas del día, amén de sus deberes conventuales. Tenía los hospitales llenos: el convento del Rosario y la casa de su hermana. De todos modos, no podía sufrir su corazón que aquellos harapientos continuaran merodeando por la ciudad y ofendiendo a los transeúntes y a los que algo poseían. Pensó y repensó el medio de acometer la empresa. En principio, lo sabía ya: acondicionar un buen local, que fuera escuela y albergue. Divulgó el proyecto después de haberlo madurado; habló de él a muchas personas medianamente pudientes. El señor arzobispo, así como el virrey, se mostraron generosos con él enviándole de antemano algunos dineros. Un comerciante rico y su esposa, llamados don Mateo Pastor y Francisca Vélez, le ofrecieron una gran cantidad. Otras personas de viso no se quedaron cortas en los donativos. Fray Martín tenía ya asegurado el éxito en la obra proyectada. Compró unas casas, las adecentó cuanto pudo, distribuyó los departamentos, organizó los trabajos y quedó fundado el Asilo y Escuelas de Huérfanos de Santa Cruz, primer establecimiento de ese género en Lima. Primeramente, se recogieron en él niñas solamente. Puso al frente del nuevo Asilo a señoras de buena reputación e instruídas en labores femeninas que mantuvieran el espíritu católico entre las recogidas, a la vez que se educaran convenientemente para ganarse honradamente el pan. Si los resultados prácticos del Asilo fueron tan visibles que toda la ciudad de Lima los podía apreciar directamente, fray Martín pensó en extender su obra a los niños, y así lo hizo. Un nuevo albergue había de levantarse o adecentarse para los niños. Se hizo el milagro como siempre. ¿Por qué a fray Martín no se le ha declarado Patrón de los animales todos? Iba un día camino del convento. En la calle distinguió un perro sangrando por el cuello y a punto de caer. Se dirigió a él, le reprendió dulcemente y le dijo estas palabras: "Pobre viejo; quisiste ser demasiado listo y provocaste la pelea. Te salió mal el caso. Mira ahora el espectáculo que ofreces. Ven conmigo al convento a ver si puedo remendarte." Fue con él al convento. Nueva admiración para los religiosos. Acostó al perro en una alfombrita de paja, le registró la herida y le aplicó sus medicinas, sus ungüentos. Una semana entera permaneció el animal en la casa. Al cabo de ella, le despidió con unas palmaditas en el lomo, que él agradeció meneando la cola, y unos buenos consejos para el futuro. "No vuelvas a las andadas -le dijo-, que ya estás viejo para la lucha." En los cuadros de fray Martín aparece éste conversando con ratones, gatos, perros y alimañas. Todos le escuchan y todos comen en el mismo plato. Todos eran criaturas de Dios. Pero estas criaturas no siempre obran en armonía con el hombre: se interponen en su camino y destruyen algunas de sus obras más útiles para él. Esto sucedía en el convento de dominicos del Rosario de Lima. Todos los hermanos de obediencia estaban quejosos de los ratones. De cuando en cuando aparecían grandes ratas, blancas de pelo y voraces como el cáncer. El hermano sacristán se aprestó al exterminio porque era en la sacristía donde causaban más daño. Telas antiguas venidas de España, terciopelos, estameñas, tejidos de hilo y algodón eran pasto de los ratones. Delante de fray Martín manifestó su propósito, y preparaba algunos venenos para darles muerte.

-No haréis eso, hermano, que son criaturas de Dios y ellos, como los demás seres, tienen derecho a vivir. Dios no hizo nada sin un fin determinado. En la creación nada estorba, todo demuestra alguna perfección del Creador.

-¿Pero es que nos vamos a quedar sin ropas en la iglesia? Venga, hermano Martín, y vea por sus ojos los destrozos que han hecho ya.

-La verdad es que no han estado correctos. No es ése su alimento; pero hermano, la necesidad les ha precipitado y llevado a lo que nunca debieran tocar.

-¿Y quiere su caridad que no nos armemos contra ellos?

-Hay una solución; llevarlos a otra parte.

-¿Adónde, fray Martín?

-Hay unos terrenos más allá de la casa de mi sobrina, donde se les puede acomodar muy bien.

-¿Os atreveríais a conducirlos allí como si fueran mansos corderos?

-Con la ayuda de Dios lo intentaré.

En aquel momento, por debajo de la tarima sobre la que se abría el cajón de las ropas mejores, apareció un ratoncito embigotado, alargando el hocico y moviendo a uno y otro lado los ojos. Fray Martín le llamó amorosamente.

"Un momento, hermano ratón, y acércate un poco más sin miedo. No sé si tú serás culpable o no de los desperfectos que habéis ocasionado en las ropas de la sacristía. De todos modos, hoy mismo tenéis que salir del convento todos. De manera que llevas el recado a los demás para que sin falta, inmediatamente, os reunáis aquí". El hermano sacristán quedó atónito. El ratoñcito dio una vuelta en redondo con mucha gracia y salió corriendo hacia el interior de la tarima. La orden corrió por todos los rincones del convento. Unos tras otros fueron llegando a la sacristía docenas y docenas de ratones. Fray Martín les echó en cara su mal comportamiento. El hecho es que nunca volvió a verse un ratón en el convento de dominicos del Rosario. Todos los días, a cualquier hora, fray Martín pasaba por aquel lugar y dejaba grano y pan para sus amiguitos los ratones. Ellos lo celebraban con saltos, rozándole con sus hociquitos los pies.

No fue fray Martín muy aficionado a muchas devociones, pero tenía algunas que no dejaba jamás. Hemos hablado ya de las horas que pasaba ante el Santísimo Sacramento, la devoción con que recibía la sagrada comunión y los éxtasis que padecía en el templo de Santo Domingo. Por derecho propio, después del culto al Sacramento, venía la devoción a la Santísima Virgen del Rosario. En el vestíbulo del refectorio había una imagen de la Santísima Virgen muy devota y de algún mérito artístico. Fray Martín alzaba los ojos a aquella imagen cuantas veces entraba en el refectorio a tomar el alimento. Recabó para sí el cuidado de la misma, y desde muy temprano, la adornaba con ramos de flores recién cortadas en el huerto conventual. Con las flores encendía algunas velitas que los devotos le donaban. Dícese que la Virgen se le aparecía con frecuencia y conversaba con ella amorosamente. Fue un gran contemplativo. El ángel de la guarda tuvo en su corazón y en sus plegarias un lugar muy distinguido. En aquellas largas y nocturnas excursiones por la ciudad de Lima, sin luz en las calles, el ángel de la guarda guiaba sus pasos, barría ante sus pies los obstáculos que se atravesaban y le conducía por entre las tinieblas al convento. De Santo Domingo de Guzmán tomó fray Martín la costumbre de darse tres disciplinas diarias: la una, por la conversión de los pecadores; la otra, por los agonizantes, y la tercera, por las almas del purgatorio. Puntualmente fray Martín hizo lo mismo. Si sangrientas eran las disciplinas de Santo Domingo, no lo eran menos las de fray Martín. La tercera que había de tomar fray Martín no era por mano propia, sino por mano ajena. Un indio, un inca de los convertidos por fray Martín y admirador de su virtud, se había prestado a ser el verdugo dei bienaventurado. "Todo este rigor es por mis muchos pecados. La penitencia, decía, es el precio del amor. ¿Cómo podré salvarme sin penitencia? ¿Cómo podré expirar mis culpas sin martirizar mi cuerpo?"

Muchos religiosos del convento del Rosario están en cama atacados de viruela. Padecen todos fiebres altísimas y algunos creen llegado el último momento de su vida. En la ciudad los muertos son incontables. El contagio va de casa en casa, en todos los hogares deja un crespón de luto. Entre todos los hermanos figura a la cabeza fray Martín. Lo reclaman los enfermos en la esperanza de que allí donde los remedios no alcancen, ha de alcanzar su virtud milagrosa. Mas el hecho inaudito que pone espanto a todos los religiosos es que fray Martín está a la cabecera de los enfermos a toda hora. ¿Cuándo duerme? ¿Cuándo descansa? ¿Y dónde? Nada se sabe. Pero se conocen dos cosas que la razón no alcanza: que entra en el noviciado estando cerradas las puertas, que se coloca a la cabecera del enfermo, que ruega por él a los pocos instantes de haberlo invocado. Los jóvenes novicios se sorprenden viéndole entrar a deshora en el cuarto. "¿De dónde venís, hermano Martín? ¿Quién os ha llamado?" "Tu necesidad, hijo mío. Te oí llamarme y vine a verte: Necesitabas de mi. Vas a tomar esta medicina." Tiénese por cierto que se le vió a la vez en distintos lugares ejerciendo su caridad; ayudando a bien morir a un atacado de tifus y curando en el hospital a sus enfermos. Aún más; algunos hombres favorecidos por él en lugares muy distantes lo reconocieron al verlo. Fray Martín poseía otra gracia no menos singular: la invisibilidad. En ocasiones se hacía invisible, sobre todo en los éxtasis. Los que conocían los lugares de sus arrebatos místicos iban a veces a espiarlo por ver el prodigio de levantarse del suelo. Los muchos trabajos, vigilias, ayunos y quehaceres fueron minando poco a poco la salud de fray Martín. Parecía un espíritu más que un hombre. La fama que de santo tenía corría por todos los hogares. Apenas había uno solo en Lima adonde él no llevara el regalo de sus medicinas o de sus consuelos. Avenía matrimonios, concertaba enemistades, fallaba pleitos, reconciliaba a hermanos, fomentaba la religión, dirimía contiendas teológicas y daba su parecer acertado en los más difíciles negocios. Era el ángel de Lima..Corria el año 1639. Fray Martín llevaba días de decaimiento y flojedad. Las fuerzas le abandonaban y una fiebrecilla le encendía un tanto la sangre. Como en la atmósfera, que una nubecilla se crece y se convierte en nube parda y la nube parda se rasga y sobreviene la tormenta y el aguacero torrencial, la fiebrecilla de fray Martín se transformó en una fiebre alta que le obligó a meterse en la cama. Sabía él ya de antemano lo que había de suceder. Tenía la revelación de su muerte. Los padres y hermanos acudieron a su habitación y él les dijo: "He aquí el fin de mi peregrinación sobre la tierra. Moriré de esta enfermedad. Ninguna medicina será de provecho." A los dolores físicos sobrevinieron los ataques del diablo. El enemigo, que durante la vida le había combatido sin cesar, redobló en aquella hora sus ataques y sus tiros. El diablo llegó a aparecérsele entre resplandores siniestros de llamas devoradoras. La lucha debió de ser brava, pues fray Martín sudaba hasta empapar toda la ropa de la cama, y en alguna ocasión, se le oyó rechinar los dientes, en señal de lo rudo de la acometida diabólica y de la valentía con que él la rechazaba. Declaró él que no se encontraba solo en aquella su última hora: que estaban a su lado, con la Virgen Santísima, San José, Santo Domingo, San Vicente Ferrer y Santa Catalina de Alejandría. Fray Martín abrazaba un crucifijo y lo llenaba de besos. Pidió y recibió el viático y la extremaunción derramando lágrimas. Como el Señor en la cruz, encomendaba al Padre su espíritu. Mientras tanto, y según es costumbre y regla, un hermano tomó unas tablas, herradas con argollas en ambas caras, y recorrió todo el convento agitándolas fuertemente. Cuando muere un dominico no se doblan las campanas hasta después de morir. La señal de agonía de un religioso es el sonar de aquellas argollas que levantan de sus asientos a todos los religiosos, y del lecho, si están acostados, comenzando todos a rezar el Credo. Fray Martín, viendo a los religiosos arrodillados ante su cama, les pidió perdón a todos por "los malos ejemplos que les había dado". En todos los ojos reventaron el llanto las palabras humildes y sinceras del bendito hermano. Entonces, y viendo que el momento feliz se acercaba de ir a ver y a gozar de Dios, pidió fray Martín al prior que entonasen el Credo en alta voz. Así se hizo. Los religiosos, con singular unción y lentamente, pronunciaron el Et homo factus est. Fray Martín cerró los ojos y se durmió en el Señor. Eran las nueve de la noche del día 3 de noviembre de 1639. Las campanas de la torre del Rosario doblaron a muerto. Un escalofrío corrió por toda la ciudad de Lima. Toda la ciudad sabía que fray Martín estaba gravemente enfermo. El doblar de las campanas anunciaba su fallecimiento. Fueron los primeros en llegar al convento el virrey, conde de Chinchón; el arzobispo de Méjico, don Feliciano de la Vega; el obispo preconizado de Cuzco, don Pedro Ortega; don Juan de Pañaflor, miembro de la Cámara Real, etc. Religiosos de todas las Ordenes se mezclaron con los dominicos para las exequias. Mientras tanto, los fieles, furtivamente, iban cortando trozos al hábito del bienaventurado, hasta el punto que el padre prior se vió en la necesidad de cambiárselo varias veces. El cadáver de fray Martín fue llevado a hombros desde la iglesia al cementerio conventual, que estaba dentro del mismo convento, siendo sus portadores los señores ilustres de referencia anterior. En vista de los milagros y concesión de gracias de fray Martín, se instruyó el proceso de beatificación. El 29 de abril de 1763, el papa Clemente XIV dió un decreto proclamando las virtudes heroicas de fray Martín. El 31 de julio de 1836, el papa Gregorio XVI publicó el decreto de aprobación, y el 8 de agosto de 1837, el mismo Pontifice firmó las cartas de beatificación. Hoy ya está  canonizado. El culto a nuestro Santo se ha extendido enormemente por toda la América, Estados Unidos, Irlanda, Inglaterra, Filipinas, España, Indias orientales, Méjico, Africa, etc.

ANTONIO GARCÍA FIGAR, O. P.



El racismo, esa distinción que hacemos los hombres distinguiendo a nuestros semejantes por el color de la piel es algo tan sinsentido como distinguirlos por la estatura o por el volumen de la masa muscular. Y lo peor no es la distinción que está ahí sino que ésta lleve consigo una minusvaloración de las personas -necesariamente distintas- para el desempeño de oficios, trabajos, remuneraciones y estima en la sociedad. Un mulato hizo mayor bien que todos los blancos juntos a la sociedad limeña de la primera mitad del siglo XVII. 

Fue hijo bastardo del ilustre hidalgo -hábito de Alcántara- don Juan de Porres, que estuvo breve tiempo en la ciudad de Lima. Bien se aprecia que los españoles allá no hicieron muchos feos a la población autóctona y confiemos que el Buen Dios haga rebaja al juzgar algunos aspectos morales cuando llegue el día del juicio, aunque en este caso sólo sea por haber sacado del mal mucho bien. Tuvo don Juan dos hijos, Martín y Juana, con la mulata Ana Vázquez. Martín nació mulato y con cuerpo de atleta el 9 de diciembre de 1579 y lo bautizaron, en la parroquia de San Sebastián, en la misma pila que Rosa de Lima. 

La madre lo educó como pudo, más bien con estrecheces, porque los importantes trabajos de su padre le impedían atenderlo como debía. De hecho, reconoció a sus hijos sólo tardíamente; los llevó a Guayaquil, dejando a su madre acomodada en Lima, con buena familia, y les puso maestro particular. 

Martín regresó a Lima, cuando a su padre lo nombraron gobernador de Panamá. Comenzó a familiarizarse con el bien retribuido oficio de barbero, que en aquella época era bastante más que sacar dientes, extraer muelas o hacer sangrías; también comprendía el oficio disponer de yerbas para hacer emplastos y poder curar dolores y neuralgias; además, era preciso un determinado uso del bisturí para abrir hinchazones y tumores. Martín supo hacerse un experto por pasar como ayudante de un excelente médico español. De ello comenzó a vivir y su trabajo le permitió ayudar de modo eficaz a los pobres que no podían pagarle. Por su barbería pasarán igual labriegos que soldados, irán a buscar alivio tanto caballeros como corregidores. 

Pero lo que hace ejemplar a su vida no es sólo la repercusión social de un trabajo humanitario bien hecho. Más es el ejercicio heroico y continuado de la caridad que dimana del amor a Jesucristo, a Santa María. Como su persona y nombre imponía respeto, tuvo que intervenir en arreglos de matrimonios irregulares, en dirimir contiendas, fallar en pleitos y reconciliar familias. Con clarísimo criterio aconsejó en más de una ocasión al Virrey y al arzobispo en cuestiones delicadas. 

Alguna vez, quienes espiaban sus costumbres por considerarlas extrañas, lo pudieron ver en éxtasis, elevado sobre el suelo, durante sus largas oraciones nocturnas ante el santo Cristo, despreciando la natural necesidad del sueño. Llamaba profundamente la atención su devoción permanente por la Eucaristía, donde está el verdadero Cristo, sin perdonarse la asistencia diaria a la Misa al rayar el alba. 

Por el ejercicio de su trabajo y por su sensibilidad hacia la religión tuvo contacto con los monjes del convento dominico del Rosario donde pidió la admisión como donado, ocupando la ínfima escala entre los frailes. Allí vivían en extrema pobreza hasta el punto de tener que vender cuadros de algún valor artístico para sobrevivir. Pero a él no le asusta la pobreza, la ama. A pesar de tener en su celda un armario bien dotado de yerbas, vendas y el instrumental de su trabajo, sólo dispone de tablas y jergón como cama. 

Llenó de pobres el convento, la casa de su hermana y el hospital. Todos le buscan porque les cura aplicando los remedios conocidos por su trabajo profesional; en otras ocasiones, se corren las voces de que la oración logró lo improbable y hay enfermos que consiguieron recuperar la salud sólo con el toque de su mano y de un modo instantáneo. 

Revolvió la tranquila y ordenada vida de los buenos frailes, porque en alguna ocasión resolvió la necesidad de un pobre enfermo entrándolo en su misma celda y, al corregirlo alguno de los conventuales por motivos de clausura, se le ocurrió exponer en voz alta su pensamiento anteponiendo a la disciplina los motivos dimanantes de la caridad, porque "la caridad tiene siempre las puertas abiertas, y los enfermos no tienen clausura". 

Pero entendió que no era prudente dejar las cosas a la improvisación de momento. La vista de golfos y desatendidos le come el alma por ver la figura del Maestro en cada uno de ellos. ¡Hay que hacer algo! Con la ayuda del arzobispo y del Virrey funda un Asilo donde poder atenderles, curarles y enseñarles la doctrina cristiana, como hizo con los indios dedicados a cultivar la tierra en Limatombo. También los dineros de don Mateo Pastor y Francisca Vélez sirvieron para abrir las Escuelas de Huérfanos de Santa Cruz, donde los niños recibían atención y conocían a Jesucristo. 

No se sabe cómo, pero varias veces estuvo curando en distintos sitios y a diversos enfermos al mismo tiempo, con una bilocación sobrenatural. 

El contemplativo Porres recibía disciplinas hasta derramar sangre haciéndose azotar por el indio inca por sus muchos pecados. Como otro pobre de Asís, se mostró también amigo de perros cojos abandonados que curaba, de mulos dispuestos para el matadero y hasta lo vieron reñir a los ratones que se comían los lienzos de la sacristía. Se ve que no puso límite en la creación al ejercicio de la caridad y la transportó al orden cósmico. 

Murió el día previsto para su muerte que había conocido con anticipación. Fue el 3 de noviembre de 1639 y causada por una simple fiebre; pidiendo perdón a los religiosos reunidos por sus malos ejemplos, se marchó. El Virrey, Conde de Chinchón, Feliciano de la Vega -arzobispo- y más personajes limeños se mezclaron con los incontables mulatos y con los indios pobres que recortaban tantos trozos de su hábito que hubo de cambiarse varias veces. 

Lo canonizó en papa Juan XXIII en 1962. 

Desde luego, está claro que la santidad no entiende de colores de piel; sólo hace falta querer sin límite. 


¿Qué nos enseña su vida? 

La vida de San Martín nos enseña: 

A servir a los demás, a los necesitados. San Martín no se cansó de atender a los pobres y enfermos y lo hacía prontamente. Demos un buen servicio a los que nos rodean, en el momento que lo necesitan. Hagamos ese servicio por amor a Dios y viendo a Dios en las demás personas. 

A ser humildes. San Martín fue una persona que vivió esta virtud. Siempre se preocupó por los demás antes que por él mismo. Veía las necesidades de los demás y no las propias. Se ponía en el último lugar.

A llevar una vida de oración profunda. La oración debe ser el cimiento de nuestra vida. Para poder servir a los demás y ser humildes, necesitamos de la oración. Debemos tener una relación intima con Dios 

A ser sencillos. San Martín vivió la virtud de la sencillez. Vivió la vida de cara a Dios, sin complicaciones. Vivamos la vida con espíritu sencillo. 

A tratar con amabilidad a los que nos rodean. Los detalles y el trato amable y cariñoso es muy importante en nuestra vida. Los demás se lo merecen por ser hijos amados por Dios. 

A alcanzar la santidad en nuestra vidas. Por alcanzar esta santidad, luchemos... 

A llevar una vida de penitencia por amor a Dios. Ofrezcamos sacrificios a Dios. 

San Martín de Porres se distinguió por su humildad y espíritu de servicio, valores que en nuestra sociedad actual no se les considera importantes. Se les da mayor importancia a valores de tipo material que no alcanzan en el hombre la felicidad y paz de espíritu. La humildad y el espíritu de servicio producen en el hombre paz y felicidad. 

Oración 
Virgen María y San Martín de Porres, ayúdenme este día a ser más servicial con las personas que me rodean y así crecer en la verdadera santidad.



San Martín de Porres, religioso (1579-1639) 

Nació en Lima el año 1579. Era hijo de un hidalgo español, Dn. Juan de Porres, y de una muchacha mulata, Ana Velázquez. Martín fue bautizado en la iglesia de San Sebastián, en la misma pila bautismal en que siete años más tarde lo sería Sta. Rosa de Lima.

Desde niño fue muy generoso con los pobres, a los que daba parte del dinero cuando iba de compras. Su madre lo llevaba con frecuencia al templo. Su padre, gobernador de Panamá, le procuró una buena educación.

Martín aprendió el oficio de barbero, que incluía el de cirujano y la medicina general. Cumplía bien su oficio, sobre todo en favor de los pobres, y aprovechaba la ocasión para hablarles de Dios, y era tal su bondad, que conmovía a todos. Por el día trabajaba y por la noche se dedicaba a la oración.

A los quince años entró como terciario dominico en el convento del Rosario de Lima. Allí fue feliz, sirviendo con humildad y caridad a los de dentro y a los de fuera. Convirtió el convento en un hospital. Recogía enfermos y heridos por las calles, los cargaba sobre sus hombros y los acostaba en su propia cama.


Los cuidaba y mimaba como una madre. Algunos religiosos protestaron, pues infringía la clausura y la paz. "la caridad esta por encima de la clausura", contestaba Martín. Sus rudimentarias medicinas, y más aún sus manos, obraban curaciones y milagros. Su caridad se extendía a los pobres animalitos que encontraba hambrientos y heridos. Había muchos vagabundos en Lima. Buscó dinero y fundó el Asilo de Santa Cruz para niños. Allí les cuidaba y enseñaba una profesión.

Sus devociones preferidas eran: Cristo Crucificado, y en recuerdo de los sufrimientos de Cristo en la Cruz se daba tres disciplinas diarias. Otra devoción era la de Jesús Sacramentado, y pasaba horas ante el Santísimo con frecuentes éxtasis, la devoción a la Virgen María -sobre todo bajo la advocación del Rosario- con la que conversaba amorosamente y la devoción al ángel de la guarda, al que acudía con mucha frecuencia. Luchaba tenazmente contra el sueño en la oración.

Cuando la viruela empezó a causar estragos en Lima, la actividad y los cuidados de Martín se multiplicaron. Todos acudían a él. Todos le tenían por santo.

Era el ángel de Lima. Aquel esfuerzo sobrehumano llegó a debilitarle peligrosamente. Cayó enfermo. El sabía que no saldría de aquella enfermedad.

Cuando vio que se acercaba el momento de su muerte, pidió a los religiosos que le rodeaban que entonasen el Credo. Mientras lo cantaban, entregó su alma a Dios. Era el 3 de noviembre de 1639.

Su muerte causó profunda conmoción en la ciudad. Había sido el hermano y enfermero de todos, singularmente de los más pobres. Todos se disputaban por conseguir alguna reliquia. Toda la ciudad le dio el último adiós.

Su culto se ha extendido prodigiosamente. Gregorio XVI lo declaró Beato el año de 1837. Fue canonizado por Juan XXIII en 1962. Recordaba el Papa -en la homilía de la canonización- las devociones en que se había distinguido el nuevo Santo: SU PROFUNDA HUMILDAD que le hacía considerar a todos superiores a él, su celo apostólico, y sus continuos desvelos por atender a enfermos y necesitados, lo que le valió, por parte de todo el pueblo, el hermoso apelativo de "Martín de la caridad".


2 nov 2015

Santo Evangelio 2 de Noviembre de 2015


Día litúrgico: 2 de Noviembre: Conmemoración de todos los fieles difuntos

Texto del Evangelio (Lc 23,33.39-43): Cuando los soldados llegaron al lugar llamado Calvario, crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

«Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino»
Fra. Agustí BOADAS Llavat OFM 
(Barcelona, España)


Hoy, el Evangelio evoca el hecho más fundamental del cristiano: la muerte y resurrección de Jesús. Hagamos nuestra, hoy, la plegaria del Buen Ladrón: «Jesús, acuérdate de mí» (Lc 23,42). «La Iglesia no ruega por los santos como ruega por los difuntos, que duermen en el Señor, sino que se encomienda a las oraciones de aquéllos y ruega por éstos», decía san Agustín en un Sermón. Una vez al año, por lo menos, los cristianos nos preguntamos sobre el sentido de nuestra vida y sobre el sentido de nuestra muerte y resurrección. Es el día de la conmemoración de los fieles difuntos, de la que san Agustín nos ha mostrado su distinción respecto a la fiesta de Todos los Santos. 

Los sufrimientos de la Humanidad son los mismos que los de la Iglesia y, sin duda, tienen en común que todo sufrimiento humano es de algún modo privación de vida. Por eso, la muerte de un ser querido nos produce un dolor tan indescriptible que ni tan sólo la fe puede aliviarlo. Así, los hombres siempre han querido honrar a los difuntos. La memoria, en efecto, es un modo de hacer que los ausentes estén presentes, de perpetuar su vida. Pero sus mecanismos psicológicos y sociales amortiguan los recuerdos con el tiempo. Y si eso puede humanamente llevar a la angustia, cristianamente, gracias a la resurrección, tenemos paz. La ventaja de creer en ella es que nos permite confiar en que, a pesar del olvido, volveremos a encontrarlos en la otra vida.

Una segunda ventaja de creer es que, al recordar a los difuntos, oramos por ellos. Lo hacemos desde nuestro interior, en la intimidad con Dios, y cada vez que oramos juntos, en la Eucaristía, no estamos solos ante el misterio de la muerte y de la vida, sino que lo compartimos como miembros del Cuerpo de Cristo. Más aún: al ver la cruz, suspendida entre el cielo y la tierra, sabemos que se establece una comunión entre nosotros y nuestros difuntos. Por eso, san Francisco proclamó agradecido: «Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana, la muerte corporal».

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Conmemoración Fieles Difuntos 2 noviembre


2 DE NOVIEMBRE

HOMILÍAS
LECTIO DIVINA

LA CONMEMORACIÓN
DE LOS FIELES DIFUNTOS

Después de la fiesta de Todos los Santos, la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Después de alegrarnos con los "que siguen al Cordero", nuestro pensamiento acompaña a "los que nos precedieron en la señal de la fe y duermen él sueño de la paz". Pensamiento melancólico, no tanto por la muerte cuanto por la inseguridad: ¿están ya en la patria, han de purificarse todavía?

De esta forma el mes de noviembre es un mes eclesial. Las tres iglesias, la del cielo, la del purgatorio y la de la tierra, se unen y compenetran. Esta compenetración la tenemos cada día en la santa misa. Al llegar el canon la Iglesia terrestre se apiña alrededor del celebrante: el Papa, el obispo, el Jefe del Estado, todos los católicos y ortodoxos, después todos los circunstantes, cuya devoción y fe conoce el Señor...

Pero además convocamos y entramos en comunicación con la Iglesia del cielo: la gloriosa Virgen María, los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos. Y no falta el recuerdo piadoso para los fieles difuntos "para que a ellos y a todos los que descansan en Cristo les conceda el Señor por nuestros ruegos el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz". Sí, cada misa es una inmensa asamblea, de proporciones tales que trasciende el tiempo y el espacio.

Esa verdad nos la hace más viva la liturgia del mes de noviembre, recalcando un aspecto eclesial bien interesante, que es su finalidad escatológica. La Iglesia de la tierra se compone de caminantes, de "viatores". Somos un pueblo en marcha, como los israelitas en el desierto. Toda la tipología del Éxodo: sacrificio del cordero pascual y liberación de Egipto, tránsito del Mar Rojo, columna de fuego, maná, etc., tiene su realización en los sacramentos, signos sensibles que producen la gracia que representan, sobre todo los dos grandes sacramentos pascuales: Bautismo y Eucaristía. Pero como la peregrinación del desierto, aunque duró cuarenta años, al fin terminó con el ingreso de los hebreos en la tierra prometida, dando paso lo transitorio a lo estable, así los sacramentos, que son también "signos del futuro", desaparecerán cuando lleguemos a la patria, que es el cielo, porque los pétalos de la flor caen cuando ya ha madurado el fruto.

El 1 y el 2 de noviembre nuestro pensamiento se remonta hacia la eternidad, al recuerdo de los santos y de los difuntos; y todavía el 9 y el 18 del mismo mes la liturgia vuelve a insistir en tales ideas con motivo de la dedicación de las iglesias principales de Roma. El mismo templo material es un símbolo de la Iglesia eternal, y los cristianos nos sentimos transportados a la "ciudad santa de Jerusalén", donde no hay llanto, ni clamor, ni gemido, porque todo eso son cosas ya pasadas.

Noviembre, mes de los difuntos, de las hojas caídas, de los días cortos y del invierno en puertas, tiene para la gente un carácter funerario. Para nosotros debe tener un aspecto pascual y luminoso, el mismo que llena de resplandores a la muerte cristiana.

Sin querer se nos ha metido una mentalidad pagana al hablar de la muerte. Miramos sólo un aspecto terrorífico y macabro, la corrupción del sepulcro, el abandono de todos, la soledad de la tumba. Resaltamos la parte negativa, el "somos polvo y ceniza del pagano Horacio, hasta el punto de que el propio cardenal Portocarrero pensase que el mejor epitafio para su lápida fuese esta frase, que, bien medida, no sería del todo ortodoxa: Hic iacet, pulvis, cinis et nihil: "Aquí yace polvo, ceniza y nada".

A las concepciones paganas del Renacimiento se unió el espíritu morboso del romanticismo y la poca imaginación de los agentes de pompas fúnebres y entre todos han llenado los cementerios, cuando no las iglesias, de calaveras y tibias entrelazadas, esqueletos con guadañas, cítaras y columnas rotas...

Esa iconografía es ridícula, y tiene muy poco de cristiana; podrá admitirse para los animales, cuya alma es caduca y sus cuerpos no esperan la resurrección, pero nunca para los fieles que viven anclados en el artículo del credo que dice: "Espero la resurrección de los muertos".

El cristiano "no se muere", en sentido pasivo, y con su muerte, acaba todo, sino que "muere", es decir, entrega su alma al Creador". Morir es para el fiel un acto humano, el más sublime y trascendental de todos, que a ser posible debe hacerse en plena conciencia.

La Iglesia tiene un rito para que mueran los cristianos, como tiene un rito para el bautismo, para la celebración de la misa, para la ordenación de los sacerdotes y para que contraigan matrimonio los esposos.

Toda la liturgia de la muerte tiende a dar al moribundo una parte activa: profesa su fe en el rito emocionante que nos ha conservado el "Manual Toledano" para antes de recibir el viático; ofrece sus sentidos para la unción, recibe la sagrada Eucaristía como viático o provisión para el viaje a la eternidad; coge con sus dedos el cirio encendido, símbolo de la luz de la fe que se le entregó al ser bautizado; besa el crucifijo, contesta a las oraciones y cierra su vida pronunciando por tres veces el nombre de Jesús. .

En los mismos ritos de la mortaja, de la vela funeraria, del oficio de difuntos, de la misa de cuerpo presente, de la conducción a la sepultura y del enterramiento, el difunto sigue siendo el personaje central de la acción litúrgica; se le inciensa, se le rocía de agua bendita, se le nombra expresamente en las oraciones, se le alumbra con cirios, se le transporta procesionalmente... 

Toda la celebración funeraria tiene un sentido comunitario. En ella actúa el párroco o su representante en nombre de la comunidad parroquial y miembros de la misma acompañan a los familiares en Aquel trance de dolor. Es una idea falsa y burguesa querer apartar al sacerdote de la cabecera del moribundo, con pretexto de respetar la intimidad del paciente y la de sus deudos. Es la Iglesia quien se hace presente en circunstancias tan destacadas para acompañar con sus piadosas oraciones el tránsito del fiel del tiempo a la eternidad

Toda la liturgia de la defunción tiene un color bautismal, que quiere decir tanto como pascual. La profesión de fe, que entre nosotros suele renovarse al tiempo del viático, recuerda las interrogaciones que preceden al bautismo. La entrega de un cirio encendido, el lavado del cadáver, la mortaja con un hábito religioso, aun en los seglares, o por lo menos con un vestido digno y como de etiqueta... evocan muchas ceremonias del rito bautismal.

Según San Pablo en su carta a los Romanos el bautismo es un morir con Cristo para resucitar con Cristo. Por eso el bautismo es el gran sacramento pascual, que primitivamente sólo se administraba en la noche de Pascua. Consepultados con Cristo (anegados en el agua bautismal, muertos al pecado), conresucitados con Él (naciendo por el bautismo a la vida de la gracia, como Cristo salió triunfante del sepulcro).

Ahora bien, la muerte, que es sólo un símbolo en el bautismo, se hace realidad en el lecho mortuorio. Entonces morimos de verdad para resucitar de verdad a la vida del cielo, de la que la gracia santificante, que se nos dió en la aguas bautismales, era como una semilla.

Por eso la Iglesia llama dies natalis, día del nacimiento, a aquel en que sus santos murieron. Auténticamente la muerte es una vivificación, en modo alguno un esqueleto con guadaña.

De ahí el carácter de "celebración pascual" que le da la liturgia. En las letanías de la recomendación del alma, se evocan las grandes figuras del Antiguo Testamento que son figuras de Cristo resucitado, tales como Noé, liberado del diluvio; Moisés, libertado de Faraón; Isaac, de las manos de su padre Abraham; David, de Goliat; Daniel, de los leones; los tres niños, del horno de Babilonia.

El fiel ve entonces que su alma, sometida a las tentaciones y vaivenes de este mundo, va a pasar, ya libertada, a colocarse bajo la tutela del Buen Pastor. Muchos de los salmos del oficio de difuntos, sobre todo los de las vísperas, cantarán este "tránsito" o paso (pascua quiere decir paso), pues son del grupo de los llamados "graduales".

Otro dato consolador que nos revela la liturgia de los agonizantes es que el cristiano no muere solo, sino que muere con Cristo. El acto por el cual se acaba su vida terrena coincide con el momento en que entra en la vida definitiva con Cristo, como oveja que es llevada al redil de la gloria. Así representaron con frecuencia los primitivos cristianos a las almas de sus difuntos, sobre los hombros del Buen Pastor.

El sacerdote o una persona capaz lee al moribundo la pasión según San Juan, no tanto para confortarle cuanto para asociarle y configurarle con la muerte el Señor. Nótese la frase tan antigua y tan cristiana de "morir en el Señor", que ya San Juan recoge en su Apocalipsis: "Dichosos los difuntos que mueren en el Señor" (Apoc. 14.13).

Cuando el moribundo, ayudado de sus familiares que se lo presentan, besa repetidamente el crucifijo, pronunciando si puede el nombre de Jesús o haciéndolo por él los asistentes, más que encomendarse a los méritos de su Redentor lo que hace es configurarse con su Salvador que murió por él, rescatándole del pecado y de la muerte eterna. Ahora besando el crucifijo la muerte del cristiano se anega en la de Cristo y el Padre celestial acogerá con piedad aquella alma, que en el bautismo recibió el sello de cristiana y definitivamente, por la muerte, quedará agregada a su Señor.

Prosiguiendo todavía diremos que el cristiano no muere solo, porque muere con Cristo, sino además muera acompañado, asistido y conducido por su madre la santa Iglesia.

Esta le ha dado todos los sacramentos, le ha fortalecido con el "socorro del viaje" que es el viático; le ha restaurado con la santa unción, borrando de su alma las reliquias del pecado, le ha perdonado todas las culpas y reatos con la indulgencia plenaria otorgada en nombre del Sumo Pontífice y además, en aquel instante supremo, le encomienda y entrega oficialmente a la otra Iglesia, a la del cielo.

Es fuertemente impresionante el acto de la entrega de la Iglesia militante ala triunfante, que se formula en los textos de la "recomendación del alma".

Antes de efectuar esta entrega la Iglesia reza la "letanía de los santos". Tales letanías sólo se rezan en los instantes de suprema necesidad, cuando la situación requiere invocar el poder intercesor de todos los santos, a los que en este caso se hace además testigos y valedores.

Entonces la Iglesia de la tierra ordena al alma que abandone este mundo: "Sal, alma cristiana, de este mundo en nombre de Dios, Padre omnipotente, que te crió: en nombre de Jesucristo, que te redimió, etc."

Después se realiza solemnemente la entrega:

"Te encomiendo (o entrego), hermano carísimo, a Dios omnipotente... Cuando tu alma se separe del cuerpo, sálganle al encuentro las espléndidas jerarquías de los ángeles, venga a encontrarte el senado de los apóstoles.. Benigno y placentero se te manifieste el rostro de Jesucristo..."

Y en el instante mismo de expirar se canta o reza el Subvenite "Bajad, santos de Dios: salid a su paso, ángeles del Señor, para recoger su alma y presentarla en la presencia del Altísimo".

Más que una deprecación o recomendación en que se implora piedad, tenemos un "acto jurídico", en que la Iglesia temporal, que engendró a aquella alma por el bautismo, la alimentó con los sacramentos y la fortaleció con los demás auxilios, la entrega ahora solemnemente a la Iglesia eterna. El sarmiento que la muerte corta de la cepa terrestre- es trasplantado, por mano de la Iglesia, a la viña de la gloria para que dé frutos de vida eterna.

Esto puede hacerlo la Iglesia porque cuenta con la inmensidad de los méritos de Cristo y de sus Santos, de cuyo inagotable tesoro se aprovecha para perdonar al moribundo con la bendición papal y hacerle participar de los frutos de vida que sus obras no podrían alcanzar.

Porque el difunto murió "con el sello de la fe", según se dice en el canon de la misa, es cosa sagrada y la Iglesia concede un cierto culto a su cadáver. Aquel cuerpo fue templo del Espíritu Santo y además algún día gozará de la resurrección. Por eso, los lugares en que se entierran los fieles se llaman "cementerios", palabra inventada por los cristianos y vale tanto como dormitorios, donde sus cuerpos reposan hasta que despiertan el gran día de la resurrección.

Gran parte de los ritos funerarios son sugeridos por esta creencia. El lavado y perfumado del cadáver, el vestido de que se le cubre, las honras que la Iglesia le tributa tienen explicación por tratarse de una cosa santa, que oportunamente merecerá gozar de la gloria eterna. 

Necesitamos afianzarnos en la virtud teologal de la esperanza sobre todo ahora en que nos rodea un clima de angustia. La muerte aterra a muchos porque interiormente tiene una mentalidad pagana.

La muerte no es una "pérdida irreparable", el cementerio no es la "última morada'. San Pablo decía a los fieles de Tesalónica: "No os entristezcáis, como los demás que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús mueió y resucitó, también Dios, a los que murieron por Jesús, los llevará con Él... Consolaos, pues, con tales pensamientos" (1 Thess. 4,12-13.17).

Mas queda siempre la inseguridad del más allá, el querer comprender la "vida del siglo futuro".

"A Dios no le-ha visto nadie -declara, rotundamente San Juan-, solamente el Unigénito de Dios nos ha hecho conocer lo que conoció en el seno del Padre" (lo. 1,18). Lo mismo nos ocurre con el mundo de ultratumba; pero la Sagrada Escritura, la liturgia y los símbolos del primitivo cristianismo pueden hacernos entrever lo que será el objeto de la esperanza cristiana, que es el cielo.

En el día de los Fieles Difuntos, más que perder el tiempo en descripciones tremendistas de la muerte, hemos de consolarnos con lo que la muerte representa para los cristianos, el tránsito de la vida terrena a la celestial, del tiempo caduco a la eternidad bienaventurada.

A través de un posible purgatorio, es cierto, pero con un fin seguro en Dios, en la gloria del Padre.

El purgatorio es el dogma de la misericordia divina. Isaías vio que llamas de fuego envolvían el trono del Altísimo. Para llegar a la presencia de Dios hay que ir puro y sin reliquias de pecado. Conocido es el episodio que narra el libro segundo de los Macabeos, donde se mencionan las oraciones hechas en favor de los soldados difuntos, bajo cuyas túnicas fueron hallados objetos idolátricos. Todos sus compañeros "puestos a orar rogaron al Señor que diese al olvido el delito que acababan de cometer" y Judas Macabeo hizo una colecta de doce mil dracmas que envió al Templo de Jerusalén para ofrecer un sacrificio expiatorio por los pecados de los caídos en el campo de batalla, "porque tenía ideas buenas y religiosas respecto de la resurrección" (2 Mach. 12,39-46).

Que la Iglesia primitiva rezaba por los muertos consta pon la tradición tan bellamente recogida por San Agustín en el libro de las Confesiones (c.9) al hablarnos de la muerte y sepultura de su madre Santa Mónica. Era costumbre ofrecer por los fallecidos el sacrificium pretii nostri, "el sacrificio de nuestra redención", o como se le llama en otra parte, sacrificium pro dormitione, "sacrificio por los que durmieron". La memoria o recuerdo de los difuntos en la santa misa es común a todas las liturgias desde el siglo III. Además de las misas dichas por ellos, siempre se les recordaba en la gran plegaria posconsecratoria, mencionándolos en los dísticos. Estando presente entonces Cristo sobre el altar en estado de víctima "representa para ellos un gran alivio y ayuda la oración que se hace durante aquel santo y tremendo sacrificio" (San Cirilo de Jerusalén).

La antigüedad cristiana había visto de primera intención en la muerte del cristiano el aspecto pascual y festivo del tránsito, del paso al seno de Dios, como un reflejo de las palabras tan dulces de San Juan: "Allí siempre estaremos con el Señor". En los formularios antiguos hay una, paz, que no se turba por nada. Los que han muerto en el seno de la Iglesia católica "están en el Señor".

Pero la Edad Media comenzó a pensar en el riesgo del juicio, en el instante en que el alma comparece ante el tribunal divino para ser juzgada. Y esta patética situación se refleja en los textos litúrgicos, tales cómo el Absolve Domine, en el Libera me Domine, y sobre todo en el Dies Irae. Este último, el más dramático de todos, alterna las estrofas llenas de cárdenos resplandores con los versos que son preces dulcísimas.

Tú que a María absolviste 
y al ladrón oíste, 
también a mí esperanza diste.

Sin embargo, el Dies Irae no fue en su origen una pieza funeraria, sino una secuencia para el primer domingo de Adviento, en que la liturgia conmemora el juicio final. La acomodación, no demasiado feliz, de las dos últimas estrofas la hizo servir para la misa de difuntos. 

Conviene no olvidar en todo caso el carácter contenido y lleno de moderación de la liturgia aun en aquellos textos, como el ofertorio de la misa de difuntos, tan repletos de conceptos, en contraste con la exageración en que fácilmente caen los autores piadosos al hablar del purgatorio.

El concilio Tridentino, en la sesión XXV (Denz. 983), definió la existencia del purgatorio "y que las almas allí detenidas podían ser auxiliadas con los sufragios de los fieles, en especial con el aceptable sacrificio del altar".

El santo sínodo quería que se predicase a los fieles la auténtica doctrina sobre el purgatorio, pero sin descender a cuestiones difíciles, que no favorecen a la piedad popular. Precisamente lo contrario que han hecho muchos . "meses de ánimas" y libros equivalentes, basados en revelaciones particulares a menudo ridículas, absurdas o caprichosas.

Nuestra mentalidad pide otra cosa. ¡Cuánto mejor alimentarnos de la Escritura y de la liturgia!

Cuando la muerte de Santa Mónica, una vez que pudieron hacer acallar en su llanto al niño Adeodato, Evodio tomó el libro de los Salmos y comenzó a recitar el salmo 100, al que todos los de la casa coreaban respondiendo: "Tu misericordia y tu juicio cantaré".

En la Sagrada Escritura, en los Salmos, base de todo rezo, hemos de encontrar los cristianos actuales las fórmulas para orar por nuestros difuntos, y en los textos bíblico-litúrgicos las bellas metáforas que nos hagan presentir el premio que Dios reserva a sus fieles.

Una como cadena de bellísimas imágenes nos describen las antífonas Subvenite e In paradisum. Hoy, día de los difuntos, deben ayudarnos a presentir la felicidad de que gozan los que nos precedieron en el signo de la fe. Helas aquí numeradas:

El paraíso.
La ciudad santa de Jerusalén.
El cortejo de los ángeles y los santos.
El seno de Abraham.
El descanso eterno.
La luz eterna.
La paz.
El refrigerio.

La imagen del "paraíso" aparece en el Génesis y en el Apocalipsis, en el primero y en el último de los libros de la Biblia.

El paraíso es un jardín oriental, un edén, un huerto de delicias, regado con aguas abundantes, lleno de vegetacion y frutos, en contraste con el desierto de los alrededores.

El paraíso, en una posterior concepción bíblica es la morada de Dios, el asiento de la sabiduría. Adán hablaba con Yahvé a la brisa del atardecer, como un amigo habla con un amigo. Así el paraíso es un concepto rico de felicidad, con todo lo que el hombre puede apetecer junto con la posesión de Dios. Cuando el buen ladrón pide a Cristo que se acuerde de él, Jesús le dice: "Hoy estarás conmigo en el paraíso", como resumiendo la dicha suma.

En el primitivo paraíso, perdido por el pecado de los primeros padres, un ángel con espada de fuego impedía al hombre la vuelta a él: mas los ángeles conducen al alma del difunto al nuevo paraíso, según la liturgia.

"Jerusalén" es la ciudad santa, llena de la presencia de Dios, en cuyo templo se complace en recibir culto; la ciudad que encendía de gozo a los israelitas, como canta el salmo 121.

Mejor todavía que aquella Jerusalén, tan capaz de hacer la felicidad del piadoso israelita, es la nueva Jerusalén que San Juan vio ataviada como novia, la ciudad que ya no necesita de templo, porque será iluminada con la gloria de Dios.

Esta Jerusalén es la "patria del paraíso", como se dice en una oración funeraria, hacia la que todos caminamos, dado que somos peregrinos y forasteros, según explica San Pablo.

La liturgia menciona él "cortejo de los ángeles y los santos". La felicidad propia se acrece con la grata compañía de tan altos personajes que hacen cortejo honroso al alma que se salva.

En la parábola del rico epulón encontramos a Lázaro en el seno de Abraham. Esto nos hace ver otro aspecto de la felicidad eterna, la intimidad afectuosa con el más grande de los patriarcas y padre de los creyentes. Intimidad que podemos transportarla al mismo Dios, a la manera como San Juan en la última cena se recostó en el seno de Cristo.

Después de un trabajo fatigante el simple descanso es una gran dicha. A nuestros difuntos les deseamos el "descanso eterno", sin la vuelta a los trabajos de la tierra. Descanso que no debe concebirse como un aburrimiento, sino como el ocio fecundo en la gloria del Padre. Bien pudo decir San Juan: "Bienaventurados los que mueren en el Señor, pues descansarán de todos sus afanes y trabajos" (Apoc. 1 4,16) .

"Dios es luz, y en sí no existen tinieblas", dice San Juan; por eso deseamos a nuestros difuntos "la luz eterna", la claridad inextinguible en el foco divino, para "ver la luz en su luz", como dice el salmo. Porque los cristianos hemos sido transportados de las tinieblas (pecados) a la luz (región de la gloria).

"Lucha es la vida del hombre sobre la tierra", decía Job. Milicia, intranquilidad, desasosiego. La bienaventuranza será la "paz", el reino de la paz, el sueño de la paz .. Metáforas todas para expresar el sosiego bonancible del paraíso.

Por último, los textos litúrgicos hablan del "refrigerio", tan apetecido de quienes viven en países abrasados, como era la región donde se difundió el primitivo cristianismo. El lugar del "refrigerio, de la luz y de la paz" se dice, resumiendo los gozos inefables del cielo, en el memento de los difuntos.

Para acelerar tales bienes a los que pudieran estar detenidos en el purgatorio nació la piadosa idea de la "conmemoración de los fieles difuntos". San Odilón, abad de Cluny, determinó ,hacia el año 1000 que en todos sus monasterios, dado que el día 1 de noviembre se celebraba la fiesta de Todos los Santos, el día 2 se tuviera un recuerdo de todos los difuntos. De los monasterios cluniacenses la idea se fue extendiendo poco a poco a la Iglesia universal.

Las tres misas nacieron en España. En el convento de los dominicos de Valencia, los religiosos no podían satisfacer a todos los encargos de misas que recibían para el 2 de noviembre. Entonces tomaron la costumbre de que cada religioso celebrase dos o tres. El ordinario toleró dicha práctica, que posteriormente extendió a España y Portugal, y en 1748 fue sancionada por Benedicto XIV. La costumbre española pasó a la Iglesia universal por concesión de Benedicto XV en 1915, quien ya venía preparado para la misma desde su estancia en la Nunciatura de Madrid. Teniendo en cuenta los muertos de la Gran Guerra y las desamortizaciones del siglo XIX, que habían aventado los fondos de las fundaciones de misas por los difuntos, con lo cual no se levantaban las cargas de tan piadosos legados, el Papa concedió que cada sacerdote pudiera celebrar tres misas, la primera a su particular intención, la segunda según la mente del Papa, y la tercera por las ánimas benditas. De esta manera el 2 de noviembre se equipara a la santa Natividad del Señor, siendo como la fiesta natalicia de las almas del purgatorio.

Si al rico tesoro de las tres misas se añade la indulgencia plenaria toties quoties del jubileo por los difuntos, verdaderamente que se hace patente la generosidad de la santa Madre Iglesia para con aquellos hijos suyos que, habiendo dejado la fase terrena, no alcanzaron todavía la gloria del cielo y ella hace cuanto puede para abreviarles el tiempo de la purificación.

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

1 nov 2015

¿Te encontrarás un día entre los grandes? Cristiano de hoy



¿Te encontrarás un día entre los grandes?
Cristiano de hoy

Todos los Santos. Todavía hay tiempo de ganar un lugar, tu lugar, tu escaño vacío que te espera.

Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net 


Fiesta de todos los Santos...

Fiesta de muchos, de muchos valientes, de muchos que ganaron a pulso un galardón eterno.
¡Cuántos son! ¡Qué buenos son! ¡Cómo quisieras ser como ellos! Pero del quisiera al quiero, media un trecho muy grande.
Quisieras ser escritor, quisieras hablar con gracia, quisieras hablar por televisión, quisieras... Por ahí andan millones llevando durante toda la vida sus quisieras en sus pupilas y en su imaginación, y los entierran así, con sus quisieras y unas palabras de tierra.
¡Cuánto quisieras tú encontrarte un día en esa fila de bienaventurados que van llenando los escaños de la gloria! ¿Será tan difícil obtener el boleto? ¿En este momento cómo andarán tus ganancias? ¿Te encontrarás un día entre los grandes?

Son de todas las edades, de todos los tiempos, y aún no concluyen las entradas; entre las que faltan está la tuya. Todavía hay tiempo de ganar un lugar, tu lugar, tu escaño vacío que te espera.

Ser santo fue desde tu infancia un sueño dorado y en tu edad madura es un sueño que no ha muerto, sigue siendo tu meta primera: A veces parece que muere, cuando te revuelcas en tu sangre con el ánimo destrozado, pero te levantas muchas veces, todas las que es necesario, y lo vuelves a intentar. Mientras duren los días, la esperanza está abierta y se puede.

Santo Evangelio 1 de Noviembre 2015


Día litúrgico: 1 de Noviembre: Todos los Santos

Texto del Evangelio (Mt 5,1-12a): En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

«Alegraos y regocijaos»
Mons. F. Xavier CIURANETA i Aymí Obispo Emérito de Lleida 
(Lleida, España)


Hoy celebramos la realidad de un misterio salvador expresado en el “credo” y que resulta muy consolador: «Creo en la comunión de los santos». Todos los santos, desde la Virgen María, que han pasado ya a la vida eterna, forman una unidad: son la Iglesia de los bienaventurados, a quienes Jesús felicita: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Al mismo tiempo, también están en comunión con nosotros. La fe y la esperanza no pueden unirnos porque ellos ya gozan de la eterna visión de Dios; pero nos une, en cambio el amor «que no pasa nunca» (1Cor 13,13); ese amor que nos une con ellos al mismo Padre, al mismo Cristo Redentor y al mismo Espíritu Santo. El amor que les hace solidarios y solícitos para con nosotros. Por tanto, no veneramos a los santos solamente por su ejemplaridad, sino sobre todo por la unidad en el Espíritu de toda la Iglesia, que se fortalece con la práctica del amor fraterno.

Por esta profunda unidad, hemos de sentirnos cerca de todos los santos que, anteriormente a nosotros, han creído y esperado lo mismo que nosotros creemos y esperamos y, sobre todo, han amado al Padre Dios y a sus hermanos los hombres, procurando imitar el amor de Cristo.

Los santos apóstoles, los santos mártires, los santos confesores que han existido a lo largo de la historia son, por tanto, nuestros hermanos e intercesores; en ellos se han cumplido estas palabras proféticas de Jesús: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,11-12). Los tesoros de su santidad son bienes de familia, con los que podemos contar. Éstos son los tesoros del cielo que Jesús invita a reunir (cf. Mt 6,20). Como afirma el Concilio Vaticano II, «su fraterna solicitud ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad» (Lumen gentium, 49). Esta solemnidad nos aporta una noticia reconfortante que nos invita a la alegría y a la fiesta.

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Festividad de todos los Santos, 1 Noviembre


CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS SANTOS
1 de Noviembre
 

El otoño litúrgico avanza, tiernamente ungido de melancolía, por el paisaje desolado de noviembre. Ya no hay verdor, ni golondrinas, ni rosas. Bajo un cielo absoluto, la tierra levanta los árboles desnudos, como a esqueletos descarnados, para una danza con la muerte; y gime, cuando el labrador le hunde, sin piedad, el arado, en una maravillosa geometría de sementeras y de surcos. Yo no sé, cómo los vendimiadores tienen alientos para cantar al amor pagano un madrigal de racimos, ahora que la naturaleza pena, ante la venida de las nieves, que han de sepultarle, como en el mármol frío de una tumba.

Caminamos por este otoño espiritual con miedo, con fatiga, con nostalgia. El ciclo de Pentecostés, en su largura, nos alejó de los gozos pascuales del Resucitado, cuando prometían al alma las eternas primaveras de Cristo. Y ahora todo se hace incierto, breve como el día, penitencial, sin luz. Los evangelios de estos domingos escriben sobre nuestro corazón, con aquella misma misteriosa mano que helaba la risa sacrílega, en la cena de Baltasar. Es tiempo de rendir cuentas, porque el reino de Dios es semejante a aquel rey que puso en juicio las contabilidades de sus siervos. No se puede servir a Dios y al César sino dando a cada uno lo que le corresponde, porque al entrar en ese festín de las bodas celestes, que es el reino, nuestras vestiduras deben resplandecer de virtudes y de merecimientos: estremece pensar cómo al invitado que se presenta con su túnica mal cosida y sucia, se le arroja a las tinieblas, donde hay llanto y rechinar de dientes. Invitan a pensar estas domínicas de noviembre que cierran el ciclo litúrgico en el drama del apocalipsis de todas las cosas.

Pero aún tiene un respiro de gozo nuestro corazón con esta fiesta de Todos los Santos. Mirad al cielo, extremadamente limpio, en el punto de la amanecida de otoño. Aún arden las estrellas, innumerables como los descendientes prometidos al padre Abraham. ¿No serán esos pequeños mundos de luz los tronos de gloria para cada uno de todos los santos? Pues os diría que, en la hora del alba, palpitan tan vertiginosamente todas las estrellas, que parecen campanas de luz repicando su gloria, en homenaje del sol, que se alza sobre el horizonte jubiloso para engalanar de aureolas a todos los santos. Sí. En la liturgia, el sol es imagen augusta y reverberante de Jesucristo. La luna silenciosa, blanca y humilde, es la Virgen María, espejo claro donde se mira Dios complacido. Y las constelaciones de luceros, como infinitas, todos los santos de la celeste corte.

Vamos a gozar espiritualmente de este día entrañable... que ya descenderá el crepúsculo con la incertidumbre de sus tinieblas..., porque este Sol, Jesucristo, ha de volver al mundo, sobre un escabel de nubes, a juzgar a los vivos y a los muertos. cuando las aguas embravecidas de los mares caigan, como las del Diluvio, para anegar la tierra; y se bamboleen las constelaciones: y los hombres, secos de angustia, sin lágrimas en sus ojos dilatados, le vean llegar en vestiduras de juez. Aún es tiempo de poner un orden sacro en nuestras vidas y de ajustarlas al patrón de los santos.

La investigación especializada de la historia encuentra muy inciertos los orígenes de esta conmemoración litúrgica de la Iglesia. Hay que descender a ese "laberinto de Dios" que son las catacumbas de Roma, para encontrar, en sus minúsculos oratorios Ia presencia de un culto tributado a los apóstoles y a los mártires por las primitivas comunidades. Aquellos cristianos puros vivieron todas las dimensiones de la resurrección de Jesucristo, como un esquema luminoso de esperanza en la propia resurrección. Habían oído a San Pablo. Y sabían que el Cristo total del cielo se completaría con el número desconocido de todos los hombres que conquistaran la corona. Los mártires habían triunfado ya, rotos en las bocas de los leones, o iluminando, con las llamas de su carne encendida, las orgías de los césares. Eran ya un ejemplo, muy exigente, de vida, y una intercesión poderosa delante del Altísimo. Al concepto pagano de vida y muerte, opuso el cristianismo un sentido de trascendencia, que hacia estimar la misma carne como sacra envoltura del alma y templo del espíritu, según lo predicaba el Apóstol. Era nuestro cuerpo un hermano menor—consentido, rebelde, tenebroso—, pero que nos acompañaba, como contraste de prueba y santificación, por las andaduras del destierro. De ahí que la Iglesia prohibiese incinerar los cadáveres o arrojarlos, sin honra ni oraciones en los "puticuli" funerales, edificando, en las catacumbas los cementerios.

En el principio, se trató sólo de una liturgia funeral sin rango de culto verdadero. Pero muy pronto, los grandes nombres de los "atletas de Cristo" aparecieron en los lóculos mortuorios, orlados de emocionadas grafías. Inés, con sangre en sus vellones de dulce cordera, apacentada por el Pastor bueno; Cecilia, al brazo del ángel de su virginidad, que le cubre de azucenas y de rosas: Lucía recogiendo en un cáliz de oro los borbotones de la sangre de su garganta: Sebastián, traspasado de saetas, como en una crucifixión olímpica, y Lorenzo, ardiente de amor y de perdones, entre las brasas que le tuestan, para el banquete de su propia inmortalidad. Así, el sentido militante de la vida cristiana cobra un realismo de ejemplaridad que arrastra, con la luz de estos valientes triunfadores.

Entonces nace, primero, el culto martirial. Cada aniversario del natalicio para la patria del cielo, se celebraba, según atestigua el Líber Pontificalis, una misa sobre sus mismos sepulcros, orlados de flores y de perfumes, que iba, con frecuencia, acompañada por una "vigilia" nocturna de cánticos y de rezos, clausurando la ceremonia las "libaciones" o "comidas funerales" como un signo de fraternidad con los fieles necesitados. La adhesión fervorosa a determinados mártires, y la certeza de su poder celeste, introdujo la costumbre, entre los fieles, de preparar sus enterramientos junto a esos santos sepulcros, con lápidas donde se pide al mártir la intercesión para el tremendo juicio.

Pero hasta el siglo IV no aparece una liturgia colectiva consagrada a "todos los mártires". Por los Carmina de San Efrén y las Epistulae Syriacae de San Atanasio sabemos que las Iglesias orientales celebraban esta festividad el día 13 de mayo. San Juan Crisóstomo asigna para la Iglesia antioquense la octava de Pentecostés, fecha que aún respetan las comunidades de rito bizantino.

Esta liturgia martirial pasa de Oriente a Roma con el papa San Bonifacio IV—608-15—. Quiso el Pontífice conservar y desenvolver la obra reformadora litúrgica de San Gregorio el Grande. El Líber Pontificalis escribe en su elogio que "alcanzó, del emperador Focas, el templo que lleva por nombre "Panteón", e hizo de él la iglesia de "Santa María y de Todos los Mártires". El suceso es trascendente porque se trata del primer templo pagano consagrado al culto de la comunidad cristiana. fue construido el "Panteón" en honra de Júpiter, por Marco Vespasiano Agripa, el 25 a. de Jesucristo, como una dependencia más de las termas imperiales. Después se entronizaron a Marte y Venus, con un sinfín de otras deidades menores, que le definieron como "Templo de las Estatuas". Es de una suntuosa arquitectura circular, rica en granito, mármoles y oros, con un atrio impresionante por su grandeza y sencillaz. El papa Bonifacio recogió de las catacumbas, las sagradas reliquias de los mártires, que en veinticuatro carrozas fueron portadas procesionalmente con himnos triunfales, y expuestas, en fervor de multitud, a la veneración publica. Pero aún no puede hablarse de una fiesta de Todos los Santos. Se atribuyó a este Pontífice la instauración de la misma, incluso con la fecha del 1 de noviembre, como ahora la celebramos, pero Dom Quentin demostró, a principios de nuestro siglo, que se habían interpretado erróneamente algunos escritos de Beda el Venerable y de Rabano Mauro. Esta fiesta de Todos los Mártires quedó fijada por San Bonifacio, para el día 13 de mayo, ya que las témporas de Pentecostés—fecha heredada de Oriente— impedían, con su ayuno y vigilias penitenciales en San Pedro, el gozo y los esplendores del triunfo de los mártires

Pero cada vez se imponía más el anhelo de festejar a todos los santos: no sólo a los que dieron testimonio con su sangre, sino también a los confesores y doctores, a las vírgenes y a los anacoretas, que ya iban mencionados en el canon de la santa misa, con la fórmula: "los que duermen en el signo de la fe". El vandalismo de los iconoclastas precipitó el augusto acontecimiento. Gregorio III—731-74l—convoca un concilio el día 1 de noviembre del 731, y sobre la confesión de San Pedro Vaticano excomulga 'a todos los que, despreciando el uso fiel de la Iglesia, retiren, destruyan o profanen las imágenes de Nuestro Señor Jesucristo, de su gloriosa madre María, siempre Virgen inmaculada; de los apóstoles y de los santos'. Y, como una reparación de aquellas bárbaras mutilaciones de las santas esculturas, erige, en San Pedro, un oratorio a la memoria y culto de todos los santos, muertos por todo el orbe. Una comunidad benedictina celebraba diariamente la liturgia coral, con especiales conmemoraciones de todos los santos, cuyo natalicio honraban las iglesias particulares. Pero aún corren cerca de cien años más, hasta Gregorio IV —827-844—que la fija el día 1.° de noviembre, a instancias del emperador Ludovico Pio y de los obispos de las Galias. Finalmente Sixto IV enriquecía la festividad con una octava solemne y muy amplias indulgencias.

Penetremos ahora en la teología litúrgica de la fiesta. Desde luego, se apoya en la revelación de las Sagradas Escrituras, San Juan, en sus visiones de Patmos, nos dice: "Vi una muchedumbre grande, que nadie podría contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua, que estaban delante del trono y del Cordero, revestidos con túnicas blancas y con palmas en las manos. Clamaban, con grandes voces, diciendo: Salud a nuestro Dios, al que está sentado sobre el trono y el Cordero. Y todos los ángeles estaban, en pie, alrededor del trono, de los ancianos y de los cuatro videntes. Y cayeron sobre sus rostros y adoraron al Señor, clamando: Amén. Bendición, gloria, sabiduría, acciones de gracias, honor y poder a nuestro Dios por los siglos de los siglos, Amén".

En esa muchedumbre sanjuanista están todos los santos. No sólo los que la Iglesia canonizó, al catalogarles en su martirologio con un doble signo comunitario de intercesión y ejemplaridad, sino todos los justos, que mueren en gracia, y después de bruñidos en el crisol del purgatorio, acceden a la eterna beatitud de Dios: los santos anónimos, sin aureola, también.

San Pablo concibe el reino de Cristo en un horizonte escatológico: está en el mundo, pero no es de este mundo, según la respuesta misteriosa que Jesús diera a Pilato, en aquel acoso incierto de preguntas, la mañana del viernes, en el Pretorio. Dice a sus corresponsales de Corinto, en la primera carta: "Entonces será el fin, cuando Jesucristo entregue a su Dios y a su Padre el reino. Pero es necesario que Él impere en este mundo, hasta poner a todos sus adversarios como escabel de sus plantas". Para el Apóstol, el reino no es otra cosa que el "pleroma de Cristo': Jesús, como cabeza de todo el cuerpo místico, completado en ese número desconocido de miembros santos, que coincide con la gloriosa turba vista por San Juan en su Apocalipsis.

Pues aquí lo entrañable de la fiesta. Pensar, con toda ortodoxia, que asisten a esas adoraciones del Cordero gentes de nuestra sangre y apellidos, nuestros familiares, los que vivieron cerca de nosotros la misma problemática de los pequeños gozos, las mismas horas grises de ceniza y miserias que tejen el misterio de cada vida. ¡Cuántos afectuosos cuidados nos dispensará, desde su gloria, la que fue nuestra madre, la hermana, el esposo o el hijo que consagramos al Señor, muerto en la primera trinchera de la conquista de las almas!

Y después un espoleo agudo, penetrante, a nuestra condición de viadores—¡tantas veces lacios y vencidos!— para injertarnos una decisión, una temperatura de santidad. Nos agobia la "santidad extraordinaria", el ejerclcio de virtudes, en ese grado heroico que la Iglesia exige de sus santos canonizados para levantarles a la g]oria del Bernini. Leemos sus vidas maravillosas y sencillas. Nos arrebatan y nos asombran. Pero a la hora de imitarles, su psicología personal no casa con nuestro temperamento y nuestros contornos sociales de incertidumbre y angustia tampoco nos ayudan.

No fue así a los principios de la cristiandad. Pablo consagra en sus epístolas una manera de saludo para dirigirse a todos y cada uno de los fieles de las comunidades. Y les llama "santos": "A los santos de Corinto, de Efeso, de Roma'. Se vivía, entonces, el gran mandamiento de la caridad, en una tensión entera y fragante. Eran un corazón, un alma sólo, con todos los bienes materiales y espirituales comunes, unidos por el sacramento de la fracción del Pan. Podemos estimarles como santos de cuerpo entero. Y aunque la Iglesia no haya recogido sus nombres en el martirologio, les honra en este día, porque supieron moldear su existencia según la imagen de Jesucristo, en el cumplimiento exacto de los deberes de su profesión, en las humildes faenas diarias sin brillo, pero ungidas de la caridad y del amor.

¿Ha cambiado, con los tiempos, el módulo de la santidad cristiana? Guardini tiene una respuesta admirable y aguda. La paz de Constantino abrió, para la Iglesia, todas las calzadas imperiales de Roma. Una expansión como de milagro. Pero un grave peligro también. El cristianismo se hace religión oficial. Y aquellas células puras de las catacumbas se ven como asaltadas por una muchedumbre que sólo busca patentes para el forcejeo burocrático, o un camino seguro para el logro de dignidades de gobierno. ¡Y cómo se repite la historia impura en nuestro tiempo! Semejantes cristianos no viven, en su profundidad santlficadora, el código del reino de Dios, predicado por Jesús sobre la Montaña de las Bienaventuranzas, ni se sienten capaces de cargar con las pequeñas cruces domésticas para seguir a Jesucristo, porque su corazón está en la avaricia del oro, en las locuras de la carne, en el orgullo de la vida. Un gran viento helado apaga las lámparas de la fe, mientras la vida cristiana discurre sin gloria y sin pena. Pues, muy lógico que, en estas condiciones, la Iglesia exija de sus santos un comportamiento fuera de serie, virtudes extraordinarias, que les distinga de la plebe civil y espesa.

Entonces el Santo busca la soledad para una más sosegada conversación con su Dios, adelgazando la carne con flagelaciones y ayunos. Y se abren los desiertos, como palestras candentes, para los atletas del silencio. Semejante evasión del mundo puede considerarse egoísta. Pablo de Tebas huye de las persecuciones porque le falta la fortaleza del mártir para dar testimonio entre las bocas de los leones, en los circos. Pero Pablo y Antón, con todos los millares de solitarios que les siguen, se topan en la soledad con el demonio. Y éste es el bárbaro contraste de su santidad. ¡Qué diabluras tan estremecedoras! Pelean a brazo partido con la fiebre de la propia carne, con el zarandeo del demonio, que les turba toda oración, que les veja y les acogota, subiéndose sin respeto a las barbas venerables, mientras sus risas conmueven los infinitos arenales y soplan un siroco abrasador de infierno. Pues cuando triunfan de tan terrible adversario, bien merecen que la áureola de la santidad engalane sus ancianas frentes, amigadas y angélicas.

Otros combaten al demonio de la herejía, cuando la Iglesia desenvuelve los dogmas nuevos, contenidos en la revelación de las Escrituras; y se santifican, quemando la propia existencia en la contemplación y en el estudio: Agustín, Alberto Magno, Tomás de Aquino. Y las vírgenes abren el nardo de su alma para que embalsame de celestes perfumes la cloaca de nuestro mundo: Clara, la pobre de Asís; Matilde la Grande; Gertrudis de Helfta; y nuestra Teresa de Avila, peregrinando para edificarle al Esposo palomares de monjas, entre éxtasis y transverberaciones, trampas del maligno y febriles baldaduras de su pobre cuerpo. La Iglesia exige de sus santos, un resplandor en vida, que destaque e ilumine el chato discurrir espiritual de los fieles cristianos. Naturalmente. A las dictaduras del feudalismo, las Fraternidades mendicantes de Guzmán y Asís oponen el amor del Evangelio, hasta romper una lanza en defensa del hermano lobo. Y Loyola funde en el horno de sus "Ejercicios" un hombre verdadero, y distinto de aquel rebelde, carnal, orgulloso, que había engendrado la falsa reforma luterana. Así, las miserias espirituales y materiales de cada siglo encuentran en los santos de Dios medicina, y un ejemplo de acicate para elevar las vidas vulgares de los fieles cristianos.

Pero ved. Las convulsiones guerreras y revolucionarias de nuestro tiempo han metido a todo el hombre en un trance de crisis profunda. Lo comunitario prima sobre la individualidad, en el ámbito de la vida religiosa y civil. Apunto el hecho solamente, sin ánimo de especulaciones, sobre una filosofía de la historia. Entonces ¿tienen que proyectarse los cánones de la santificación sobre este hombre-masa? Se nos ha propuesto un esquema a nuestro alcance, con Teresa de Lisieux: una santidad pequeña, doméstica, asequible. Pero resulta que el corazón de la joven y humilde carmelita se dilata tanto, en profundidad y anchura. que cabe en él todo el Evangelio vivo, y la teología de San Pablo, la fortaleza de los mártires, el ansia misionera de Javier y una gran pasión por la cruz. ¿Quién posee un corazón de tan enormes latidos? Pero hay un instante clave en su vida, que se nos acerca tan graciosamente, que la podemos erigir como ejemplo de santificación para todos los individuos, estados. profesiones. Cuando, a los filos de su agonía, unas hermanitas comentan junto a su ventana, los apuros de la superiora para redactar la carta de elogio fúnebre de Teresa. Nada extraordinario y visible, hay en su existencia breve. Pero Teresa de Lisieux obra sencillamente todas las realidades de su vida, por amor a Dios y al prójimo. Y así es el toque y la aureola de su santidad que ha conmovido al mundo: y muy acorde con nuestra psicología moderna. En los campos, en el taller y en la fábrica—que también tramita la Iglesia procesos de canonización de "cargadores de puerto"—; en el mundo trepidante y anónimo de las oficinas mecanizadas; en el ejercicio de las profesiones libres; en la espiritualidad de los esposos, debe resplandecer este amor a Jesucristo, hecha práctica diaria, que ajuste nuestra vida entera de relación, y refleje un contorno suave de luz que guíe y consuele a nuestros hermanos. Así alcanzaremos ciertamente la corona para el gozo infinito del cielo. En el ofertorio de esta fiesta, el sacerdote implora, con la Sabiduría: ' Señor: las almas de los santos están ya en tu mano, y no las salpica el fermento de la muerte eterna. A los ojos del mundo, pareció que morían, pero ahora viven en tu paz". Aunque parezca increíble, este vivir y obrar por el amor de Dios suena, en nuestro tiempo, a locura, porque se sirve idolátricamente a la fuerza del odio, del rencor y de la envidia; y se adoran, con estudio refinado, los placeres de la venganza. Pues la paz del mundo no puede amanecer, si éstos santos anónimos, sin aureolas, no cambian con su ejemplo los rumbos satánicos de la sociedad.

Fiesta de Todos los Santos. Otoño. Recogimiento del alma, trascendida a dulces conversaciones con el cielo. Celebradla en lo íntimo de vuestro hogar, pensando en los santos familiares, junto a la misma mesa donde el padre y la madre nos partían el pan, la doctrina cristiana y el consejo; las flores, los cuadros, las costumbres que amaron; este lecho donde el dolor largo iba calladamente haciéndoles imagen viva de Jesucristo en su cruz... y ellos sonreían para no turbar nuestro gozo. Asomaos a la ventana, a los mismos pasajes que hicieron descanso, contemplación del Señor y alegría de sus almas. Y si las lágrimas os ciegan, ya vendrá desde lo alto una música callada, nunca oída, el salmo que todos los santos—nuestro padre, nuestra madre, la hermana, el esposo, el hijo—cantan al Cordero. Y entonces tendréis la gloria celeste dentro del corazón.

FERMIN YZURDIAGA LORCA