14 oct 2015

San Calixto I, papa, 14 Octubre

14 de octubre
 SAN CALlXTO I
(+ 222)


El papa San Calixto es, indudablemente, uno de los Romanos Pontífices que más sobresalieron a fines del siglo Il y principios del Ill, en un tiempo en que multitud de corrientes más o menos peligrosas trataban de desviar a la Iglesia del verdadero camino de la ortodoxia y del justo medio de la disciplina eclesiástica. Por desgracia, la mayor parte de las noticias que sobre él poseemos nos han sido transmitidas por su apasionado enemigo y contrincante, San Hipólito. Sin embargo, combinando estas noticias con las que nos transmiten el Líber Pontificalis (o historia oficial de los Papas) y otras fuentes, podemos estar bastante seguros de la objetividad de nuestra información.

Según el Líber Pontificalis, Calixto nació en Roma, y su padre, llamado Domicio, residía en el barrio denominado Ravennatio. Era de condición esclavo; mas, dotado, como estaba, de extraordinarias cualidades, supo levantarse poco a poco hasta llegar a ser obispo de Roma, rigiendo con notable acierto a la Iglesia durante los cinco años que duró su pontificado (217-222).

De su actuación durante los primeros años de su vida nos comunica Hipólito algunos datos, que justamente podemos poner en duda, pues, siendo Hipólito tan apasionado, y tratando de denigrar en lo posible a Calixto, pudo inventar, o al menos exagerar, las noticias que sobre la vida de Calixto conocía. Ante todo, se compl,ace en ponderar su condición de esclavo. Según él, en efecto, era esclavo de un cristiano, llamado Carpóforo, y, habiendo dado pruebas de sus cualidades naturales, su amo puso toda su confianza en él y le encargó de algunos asuntos comerciales o financieros de particular importancia. El resultado fue que, habiendo perdido él gran cantidad de dinero, se encontró en grande apuro frente a su amo Carpóforo. Naturalmente, Hipólito supone que esto sucedió por malversación o mala administración de Calixto; pero no existe ningún Indicio que lo confirme; antes, por toda su conducta posterior, debemos más bien admitir que las pérdidas sufridas no se debieron a ninguna causa deshonrosa para Calixto.

Perseguido, pues, por su amo, logró Calixto escapar de Roma; pero fue alcanzado en Porto cuando intentaba huir por mar, y poco después se le impuso un denigrante castigo, propio de esclavos, obligándole a mover la rueda de un molino. Pero entretanto, como insistieran los acreedores para que se le pusiera en libertad, con la esperanza de poder recobrar sus pérdidas, hizo Carpóforo que le levantaran el castigo, y así intentó Calixto entablar negocios en una sinagoga de judíos; pero, temiendo éstos ser envueltos en sus engaños, reales o supuestos, le llevaron ante el prefecto de Roma, el cual le hizo azotar y le sentenció luego a ser deportado a las minas de Cerdeña.

Dejando a un lado, como sospechoso, todo lo que signifique mala conducta en Calixto, podemos afirmar, en conclusión, que durante estos años, como sucedía a las veces con los esclavos que se mostraban particularmente inteligentes y bien dotados, le encomendó su amo Carpóforo algún asunto delicado, y, habiendo salido mal, fuera de quien fuera la culpa, fue castigado a las minas de Cerdeña.

Y aquí comienza una nueva etapa en la vida del esclavo Calixto. Como en Cerdeña se encontraban multitud de cristianos condenados a los trabajos forzados de las minas, Calixto fue considerado como uno de ellos. Por esto, cuando, por el año 190, Marcia, la favorita del emperador Cómmodo, que era de corazón cristiana, obtuvo la libertad para los cristianos castigados en las minas de Cerdeña, vencidas algunas dificultades, consiguió también ser librado Calixto, y, al ser conducido a Roma, recibió la orden del papa Víctor (189-199) de permanecer en Ancio.

No se sabe con toda seguridad si ya desde un principio, siendo esclavo del cristiano Carpóforo, era cristiano, o si abrazó después el cristianismo, tal vez por el contacto con los deportados de Cerdeña. En todo caso, desde este momento aparece como cristiano, a las órdenes de los Romanos Pontífices. Tampoco aparece cuándo dejó de ser esclavo, recobrando públicamente su libertad. Si es que en realidad fue esclavo, como lo afirma Hipólito, a partir de su vuelta de Cerdeña, se presenta como cualquier otro hombre libre, desarrollando una actividad cada vez más intensa. Tampoco conocemos el motivo por el que el papa Víctor, al volver Calixto de Cerdeña hacia el año 190 ó 191, le ordenó que se retirara a Ancio. De hecho, allí se detuvo Calixto hasta el principio del pontificado de San Ceferino (199-217), aprovechando este tiempo de retiro para intensificar más y más su formación religiosa, preparándose para los grandes problemas para los que le destinaba la Providencia.

El papa Ceferino fue quien puso finalmente a Calixto en situación de poder realizar una obra positiva en beneficio de la Iglesia y dar claras pruebas de sus extraordinarias cualidades. Efectivamente, conociendo sus dotes naturales y los inagotables recursos de su ingenio, apenas elevado al Solio pontificio llamó a Calixto a Roma y le encargó de la catacumba de la vía Appia, que posteriormente recibió el nombre de San Calixto. Entonces, según suponen algunos, recibió oficialmentie la libertad, entregándose con toda su alma a la organización y embellecimiento de aquella catacumba, lo que constituye la primera de las importantes obras en que intervino este gran Papa.

Su principal empeño consistió en unificar las diversas partes iniciales, como eran la cripta de Lucina y otras existentes en sus proximidades, dando a todo el conjunto una extensión mayor y convirtiéndolo en el principal cementerio cristiano. Sobre todo, fue obra suya el destinar una de las partes principales de esta catacumba para sepultura de los Papas. Es lo que, desde entonces, se designó como Cripta de los Papas, donde fueron sepultados, durante todo el siglo III, todos los Romanos Pontífices, excepto Cornelio y el mismo Calixto. No es, pues, de maravillar que posteriormente este cementerio o catacumba fuera designado como cementerio o Catatumba de San Calixto. De hecho fue el primero que pasó a ser plena propiedad de la Iglesia. El mismo papa San Ceferino ordenó de diácono a Calixto y le tomó como su principal auxiliar y secretario.

Teniendo, pues, presentes las extraordinarias dotes personales de Calixto, a la muerte de San Ceferino, el año 217, fue elevado al Solio pontificio como su sucesor. Y, por cierto, las circunstancias eran bien difíciles para la Iglesia, por lo cual constituye un mérito muy especial de San Calixto el haber resuelto, con su autoridad pontificia, algunos problemas sumamente agitados durante su pontificado.

Dos fueron las cuestiones, a cuál más importante, en las que intervino el nuevo Papa, a las que va unido su nombre en la historia de la Iglesia: la cuestión dogmática sobre la Trinidad, representada por el sabelianismo, que afirmaba una unidad exagerada en la esencia divina y destruía la distinción de personas, y la cuestión del rigorismo exagerado de los montanistas o los defensores de Tertuliano. En ambos problemas tomó Calixto importantes decisiones, que marcaron el punto medio de la verdadera ortodoxia católica. Pero también en ambas cuestiones se aprovecha su rival Hipólito para calumniarlo y desacreditarlo ante la Iglesia universal.

Por lo que se refiere al problema del sabelianismo, es bien conocido el hecho de que, a fines del siglo II y principios del III, los discípulos de Noeto y Práxeas, y sobre todo Sabelio, defendían obstinadamente la teoría de la absoluta unidad de la substancia o esencia divina, de tal manera que no admitían en la Trinidad otra distinción que la meramente modal. Así, según Sabelio, el Hijo y el Espíritu Santo no eran más que diversas modalidades o, como él decía gráficamente, diversos rostros (prósopa) de la, esencia divina, con lo cual destruía por completo la Trinidad. Frente a un error tan craso y estridente levantáronse en Africa Tertuliano y en Roma Hipólito; pero, a! refutar éste aquellos errores, insistía de tal modo en la distinción del Hijo respecto del Padre, que parecía hablar de dos dioses o dos divinidades. Por eso los sabelianos le echaban en cara que, al quererlos refutar a ellos, defendía un biteísmo igualmente reprensible.

Así se explica que durante el pontificado del papa San Ceferino había reinado gran confusión en esta materia. Por esto se vió Calixto obligado a intervenir con decisión; pero en su impugnación del sabelianismo tomaba el término medio de la ortodoxia, sin aceptar la doctrina de Hipólito. Por esto, con su acostumbrado apasionamiento, le acusa éste de defender la doctrina sabeliana. En realidad no fue así, sino que rechazaba por un lado a Sabelio y por otro a Hipólito, sin determinar explícitamente en qué consistía la verdadera doctrina. Por esto Hipólito se levantó contra Calixto como antipapa y luchó tenazmente contra él: pero al fin, desterrado él mismo por la fe cristiana, reconoció su error, se reconcilió con el sucesor de San Calixto y murió mártir.

Entretanto San Calixto, bien informado de la peligrosa propaganda de los sabelianos, llamados también monarquianos o modelistas, lanzó la excomunión contra Sabelio y sus partidarios, pero al mismo tiempo, sin condenar propiamente a Hipólito, rechazó las teorías que tendían a subordinar al Logos, es decir, a Cristo, a Dios, con lo cual favorecían cierto dualismo en la divinidad, y juntamente se exponían al peligro de un verdadero subordinacianismo que niega la igualdad del Hijo con el Padre y, por consiguiente, su divinidad. Precisamente de esta tendencia se derivó despues el arrianismo.

Con semejante visión certera de las cosas, y con idéntica prudencia y energía, el papa San Calixto intervino en las cuestiones disciplinares y prácticas, suscitadas en este tiempo por el rigorismo de los montanistas, a los que se juntó luego el fogoso Tertuliano desde Cartago. Efectivamente, esta secta de fanáticos y rigoristas, capitaneada por Montano desde mediados del siglo II, so pretexto de aspirar a la mayor perfección y pureza de los cristianos ante la próxima venida o parusía del Señor, defendían el principio de que los que cometían ciertos pecados mayores, llamados capitales (apostasía, homicidio, fornicación o adulterio), no podían obtener perdón y por lo mismo dejaban de pertenecer a la Iglesia, pues estos pecados eran imperdonables, ya que la Iglesia no tenía poder para perdonarlos.

Pues bien: estos y semejantes principios rigoristas, que, por una parte, por su apariencia de mayor perfección, fascinaban a muchos incautos, y por otra eran fatales para la verdadera doctrina cristiana, adquirieron gran extensión e intensificaron su propaganda a principios del siglo lll, en que, con su apasionada y arrolladora elocuencia, se puso de su parte el gran escritor Tertuliano. Por esto el papa San Calixto se vió obligado a intervenir en favor de la misericordia de Dios para con los pecadores y del poder de la Iglesia de perdonar los pecados. Precisamente en este punto su contrincante y mortal enemigo Hipólito acusa a Calixto de un laxismo exagerado, llegando a lanzar contra él la calumnia de que admitía sin distinción a todos los tránsfugas de las sectas; que admitía entre los clérigos o los bígamos o casados por segunda vez, a los fornicarios, etc.

Despojando estas acusaciones de todo que es evidentemente exagerado y calumnioso, la realidad era que San Calixto trató de oponerse con toda energía a aquella corriente de extremado rigorismo que todo lo invadía, propugnando con decisión los principios de la verdadera misericordia e indulgencia cristiana. En la práctica defendió con todo empeño la doctrina ortodoxa, tan claramente expresada en el Evangelio, sobre el poder de la Iglesia de atar y desatar, es decir, conceder o no conceder el perdón de todos los pecados sin excepción, y, por consiguiente, estableció el principio de admitir a penitencia a los reos de apostasía o de pecados contra la carne que, verdaderamente arrepentidos y cumplidas las condiciones impuestas, acudieran en demanda de absolución.

Contra esta práctica, establecida, o mejor dicho, renovada por el papa Calixto, se levantó Tertuliano con su acostumbrada vehemencia, designándola como "decreto perentorio" del Papa, por el que se perdonaba a todos los adúlteros y fornicarios, En realidad, esto era sacar de quicio las cosas. No consta que Calixto publicara ningún edicto propiamente tal. Pero, fuera lo que fuera, lo que ordenó y la manera como creyó conveniente restablecer la práctica cristiana, en realidad, la disciplina que estableció, era la que respondía a la verdadera doctrina de la Iglesia. Por otra parte, al restablecer esta práctica, Calixto insistió siempre en que era la observada por la Iglesia desde un principio.

Tal fue, en conjunto, la actuación del gran papa San Calixto. El Líber Pontificalis le atribuye un decreto sobre el ayuno, pero no tenemos noticias ulteriores que confirmen o aclaren esta disposición pontificia. Su gloria descansa, por tanto, en el hecho de que, siendo un simple esclavo de nacimiento, por sus propios méritos se elevó a los más encumbrados cargos y aun al mismo Pontificado, y, además, en su extraordinario acierto en la organización de la catacumba que por lo mismo es conocida como de San Calixto, y en haber defendido el dogma católico frente a los sabelianos antitrinitarios, y la disciplina cristiana del perdón de los pecados contra el rigorismo montanista y de Tertuliano.

Dios premió los grandes méritos que había contraído con su iglesia concediéndole el honor de la palma del martirio, si bien no tenemos noticias ciertas sobre él. De hecho, la tradición, desde la más remota antigüedad, lo venera como mártir. Murió probablemente durante el reinado del emperador Alejandro Severo (222,235), el año 222; pues, aunque este emperador no persiguió a los cristianos, pudo originarse su martirio por algún arrebato popular promovido por los fanáticos paganos.

En torno a su muerte existen algunas tradiciones o leyendas antiguas que han dado ocasión a algunos monumentos, todavía existentes en nuestros días. Las actas de su martirio, compuestas en el siglo Vll, transmiten la leyenda de que, por efecto de la furia popular, fue arrojado por una ventana a un pozo en el Trastevere y su cuerpo sepultado con todo secreto en el vecino cementerio de Calepodio. Tal vez esto explique el hecho sorprendente de que el papa Calixto no fuera sepultado en el cementerio de su nombre, cuya "cripta de los Papas" él mismo había preparado y donde fueron enterrados los demás Romanos Pontífices del siglo III. Los cristianos, en medio de la revuelta producida con su martirio, lo enterraron en el lugar más próximo.

Muy pronto se levantó la preciosa Basílica de Santa María in Trastevere, iuxta Calixtum, atribuida al papa Julio I (337,352). Según De Rossi, es el primer ejemplo de una basílica construida junto al sepulcro de un mártir. La memoria de este Papa se conserva asimismo en aquel lugar por el Palacio de San Calixto.

BERNARDINO LLORCA, S. I.


Nació en Roma en uno de los barrios pobres. Fue esclavo y como tal, pasó una dura juventud y mocedad. Recorrió varios lugares donde llevó una vida muy dura. Una vez puesto en libertad se retiró cerca de Roma a una especie de desierto y allí pasó unos diez años entregado al estudio y a la meditación.

Maduró Calixto durante aquellos años y su nombre empezó a sonar entre los ambientes cristianos. Llegó hasta los oídos del Papa San Ceferino, quien le llamó a su presencia Quedó prendado de aquellas cualidades que aparecían visiblemente en aquel hombre maduro y conocedor profundo de la fe cristiana.

Reconociendo estas cualidades y su gran ingenio, le encomendó la ampliación y construcción en la Vía Appia del Cementerio o Catacumbas que después y para siempre llevarían su nombre.

Los cristianos de su tiempo reconocieron las ilustres cualidades que adornaban al diácono Calixto y no sólo en cuestiones financieras o de construcción de catacumbas, sino en el terreno de la ciencia, de prudencia, de piedad y de dotes de gobierno. Por ello al morir el Papa Ceferino pusieron los ojos en Calixto y lo eligieron para sucederle como Obispo de Roma y Sumo Pontífice.

Algunas herejías empezaban a pulular por aquel entonces y contra ellas luchó con valentía el nuevo Papa. Las dos principales eran éstas:

El "SABELIANISMO" que casi no ponía distinción entre las Personas de la Santísima Trinidad, con confusiones que rayaban en la herejía y los "MONTANISTAS" que eran los que defendían un rigorismo exagerado de costumbres y, sobre todo, con los que habían sido algo débiles durante las persecuciones y ahora querían volver, arrepentidos, a la Iglesia Católica. San Calixto siempre quiso ser más padre que juez. Más defensor que condenador. Esto le atrajo muchos insultos y contradicciones, pero siempre los soportó con gran entereza y gran caridad.

San Calixto estaba convencido de una verdad sobre todo: la bondad de Dios y su gran misericordia para con los pecadores arrepentidos. Tertuliano y sus secuaces se levantaron contra el Papa y le hicieron sufrir muchísimo, hasta que fue coronada su preciosa vida con la palma del martirio, que recibió probablemente el año 222.

13 oct 2015

Santo Evangelio 13 de Octubre 2015



Día litúrgico: Martes XXVIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 11,37-41): En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, un fariseo le rogó que fuera a comer con él; entrando, pues, se puso a la mesa. Pero el fariseo se quedó admirado viendo que había omitido las abluciones antes de comer. Pero el Señor le dijo: «¡Bien! Vosotros, los fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis llenos de rapiña y maldad. ¡Insensatos! el que hizo el exterior, ¿no hizo también el interior? Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros».

«Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros»
Rev. D. Pedro IGLESIAS Martínez 
(Rubí, Barcelona, España)

Hoy, el evangelista sitúa a Jesús en un banquete: «Un fariseo le rogó que fuera a comer con él» (Lc 11,37). ¡En buena hora tuvo tal ocurrencia! ¡Qué cara debió poner el anfitrión cuando el invitado se saltó la norma ritual de lavarse (que no era un precepto de la Ley, sino de la tradición de los antiguos rabinos) y además les censuró contundentemente a él y a su grupo social!. El fariseo no acertó en el día, y el comportamiento de Jesús, como diríamos hoy, no fue “políticamente correcto”.

Los evangelios nos muestran que al Señor le importaba poco el “qué dirán” y lo “políticamente correcto”; por eso, pese a quien pese, ambas cosas no deben ser norma de actuación de quien se considere cristiano. Jesús condena claramente la actuación propia de la doble moral, la hipocresía que busca la conveniencia o el engaño: «Vosotros, los fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis llenos de rapiña y maldad» (Lc 11,39). Como siempre, la Palabra de Dios nos interpela sobre usos y costumbres de nuestra vida cotidiana, en la que acabamos convirtiendo en “valores” patrañas que intentan disimular los pecados de soberbia, egoísmo y orgullo, en un intento de “globalizar” la moral en lo políticamente correcto, para no desentonar y no quedar marginados, sin que importe el precio a pagar, ni como ennegrezcamos nuestra alma, pues, a fin de cuentas, todo el mundo lo hace.

Decía san Basilio que «de nada debe huir el hombre prudente tanto como de vivir según la opinión de los demás». Si somos testigos de Cristo, hemos de saber que la verdad siempre es y será verdad, aunque lluevan chuzos. Esta es nuestra misión en medio de los hombres con quienes compartimos la vida, procurando mantenernos limpios según el modelo de hombre que Dios nos revela en Cristo. La limpieza del espíritu pasa por encima de las formas sociales y, si en algún momento nos surge la duda, recordemos que los limpios de corazón verán a Dios. Que cada uno elija el objetivo de su mirada para toda la eternidad.

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San Serafin Montegranarski 13 Octubre

13 de Octubre


San Serafín de Montegranero
(1540-1604)

 

Nació en Montegranaro, Italia, y a los diez años, Félix cuidaba los corderos de un campesino de su pueblo, lo cual le aseguraba el alimento y tener tiempo para rezar todo el día. Después fue peón de albañil, pero su vocación estaba muy clara: deseaba ser monje. Después de muchos trabajos, logró entrar a la Orden de los Capuchinos.

A pesar de su ignorancia y rusticidad, pronto asombró a todos por sus virtudes, sus éxtasis y sus milagros. Él, que no había leído nunca un libro, leía en las conciencias. Quien sólo servía para plantar coles en el jardín, explicaba el Evangelio como si el Espíritu Santo hubiese venido a comentárselo.

Aunque favorecido por tantas gracias extraordinarias, fue probado durante largos años con desconsuelos interiores que cesaron en la recta final de su vida. Seis años después de su muerte, el papa Pablo V permitió que encendieran lámparas en su tumba, lo cual presagiaba que un día sería elevado a los altares.

12 oct 2015

Santo Evangelio 12 de Octubre 2015


Día litúrgico: Lunes XXVIII del tiempo ordinario

Santoral 12 de Octubre: Nuestra Señora del Pilar
Texto del Evangelio (Lc 11,29-32): En aquel tiempo, habiéndose reunido la gente alrededor de Jesús, Él comenzó a decir: «Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás».

«Esta generación es una generación malvada; pide una señal»
P. Raimondo M. SORGIA Mannai OP 
(San Domenico di Fiesole, Florencia, Italia)

Hoy, la voz dulce —pero severa— de Cristo pone en guardia a los que están convencidos de tener ya el “billete” para el Paraíso solamente porque dicen: «¡Jesús, qué bello que eres!». Cristo ha pagado el precio de nuestra salvación sin excluir a nadie, pero hay que observar unas condiciones básicas. Y, entre otras, está la de no pretender que Cristo lo haga todo y nosotros nada. Esto sería no solamente necedad, sino malvada soberbia. Por esto, el Señor hoy usa la palabra “malvada”: «Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás» (Lc 11,29). Le da el nombre de “malvada” porque pone la condición de ver antes milagros espectaculares para dar después su eventual y condescendiente adhesión.

Ni ante sus paisanos de Nazaret accedió, porque —¡exigentes!— pretendían que Jesús signara su misión de profeta y Mesías mediante maravillosos prodigios, que ellos querrían saborear como espectadores sentados desde la butaca de un cine. Pero eso no puede ser: el Señor ofrece la salvación, pero sólo a aquel que se sujeta a Él mediante una obediencia que nace de la fe, que espera y calla. Dios pretende esa fe antecedente (que en nuestro interior Él mismo ha puesto como una semilla de gracia).

Un testigo en contra de los creyentes que mantienen una caricatura de la fe será la reina del Mediodía, que se desplazó desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y resulta que «aquí hay algo más que Salomón» (Lc 11,31). Dice un proverbio que «no hay peor sordo que quien no quiere oír». Cristo, condenado a muerte, resucitará a los tres días: a quien le reconozca, le propone la salvación, mientras que para los otros —regresando como Juez— no quedará ya nada qué hacer, sino oír la condenación por obstinada incredulidad. Aceptémosle con fe y amor adelantados. Le reconoceremos y nos reconocerá como suyos. Decía el Siervo de Dios Don Alberione: «Dios no gasta la luz: enciende las lamparillas en la medida en que hagan falta, pero siempre en tiempo oportuno».

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Nuestra Señora del Pilar, 12 Octubre


12 OCTUBRE
HOMILÍAS
LECTIO DIVINA

LA VIRGEN DEL PILAR

Iba el Almirante navegando aquella incertidumbre de sesenta vacías singladuras, mudo y ensimismado en su paisaje interior de aguas y de estrellas. Estaba ungido. Y el Señor se complacía en descubrirle el misterio de aquella geometría de números y de luz en que fueron creadas todas las cosas al principio. ¡Qué riesgo marear los océanos cuando aún no concierta la bitácora con la Polar, los ca minos seguros donde resoplan su gozo los ángeles del viento y las sirenas! Pero la corazonada del Almirante le ardía, asomada a los ojos, como un fuego rusiente, para conducir los navíos. ¿No parecían las carabelas, entre el turpial salobre de las olas, tres conchas peregrinas desprendidas del bordón de Santiago? Sí. Después de andar siglos y siglos la dura tierra española, en holocausto de sangre y de batallas, por la unidad de la fe, esta aventura extraordinaria en la inmensidad desconocida de los océanos.

Los Pinzones, grandes capitanes y ambiciosos, tejen, con la fatiga y el descontento de la tripulación, trampas y trifulcas al Almirante: pero él se recoge, con la seguridad de su fe iluminada, en el regazo de la Biblia. Se navega hacia la desesperación. Y, detrás de cada ola, crece el de signio del retorno a La Rábida.

De pronto, los pájaros. Inesperadamente, un vuelo de papagayos y de grullas enhebran, con las agujas de los mástiles y el hilo de oro del sol, un soneto de luz a la esperanza. El anochecer de vísperas se cierra, como boca de lobo, sin estrellas, abrasado de vientos tropicales que enloquecen la pasión y la sangre. El mar, en calma. Y rompe la "Salve, Regina" marinera, tan impetuosa, que arranca el milagro al corazón de Dios, en el nombre de María Santísima, ¡Qué prodigio entonces! El Almirante, vestido de negra ropilla penitente, agarra entre sus manos el gobernalle, Quiere rezar, y no puede, porque sus labios se aferran a una palabra sólo: "Tierra". Después se pone a temblar, él, tan endurecido de infinitas navegaciones. Una lágrima cristiana de amor enturbia el poder de sus pupilas, que adivinan allí, en la lejana frontera del cielo con las aguas, el resplandor parpadeante de un fuego. ¿Se alucinan aún? El reloj que criba las arenas del tiempo, entre aquellas ampollas que parecen dos corazones de cristal, apunta las dos de la madrugada. Un morterazo y un grito: "¡Tierra a la vista!" Y Rodrigo de Triana, como el bello arcángel de la Anunciación, certifica el milagro del Descubrimiento.

Algarabía, abrazos y canciones; los tamboriles vascongados rizan vítores de gloria al Almirante; y una oración: "Bendita sea la luz,—bendita la santa cruz;—y el Señor de la verdad—-y la Santa Trinidad;—bendito sea este día—y el Señor, que nos lo envía". Y allí van solemnes las carabelas españolas, escoltadas de una orla de indios que saltan y juegan, como delfines, con el poder del mar.... y parece el cortejo de los tres Reyes Magos que rinden su homenaje a un nuevo mundo recién nacido para la mayor gloria de Dios. En el Diario del Almirante hay esta noticia que resume todos los designios del Descubrimiento: "Yo, para que los indígenas nos tuvieran mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra santa fe más por el amor que por la fuerza, les di bonetes colorados y cuentas de vidrio, que se ponían al cuello, con lo que habían mucho placer y quedaron tan nuestros que era maravilla". Está fechada un 12 de octubre de 1492, el mismo día que allí la España distante, católica y misionera, honra a su Patrona de los cielos, Santa María del Pilar. ¿Coincidencia? Pero ésta es otra historia de un estupendo prodigio, en el escenario de las aguas del Ebro, acaecido un amanecer original, catorce siglos antes.

Os lo quiero referir con todo el perfume intacto de una primera relación, escrita por mano anónima, en las últimas páginas del códice de Los Morales, de San Gregorio Magno, según puede leerse en los archivos de Zaragoza. Tiene la suave fragancia espiritual de los scriptorios medievales, donde los monjes hilaban la historia, con aquel gozo de oros, azules y bermellones, según los abecedarios de una fe pura y pacífica. Se le creía contemporánea del obispo Tajón, hacia el 631, pero la crítica le ajustó la edad aproximada entre finales del Xlll y principios del XIV.

Y fue que Santiago el Mayor, hermano de Juan el Evangelista, vino a España para anunciar la Nueva Ley de Jesucristo. Cumplía el mandamiento que el Señor les hiciera a los Doce, en su última aparición de resucitado: Predicad el Evangelio a todas las gentes del mundo. El escritor anónimo inicia su narración dramatizando un coloquio de despedida entre la Virgen y el apóstol, que resulta poco verosímil; y después nos describe la llegada a España, por Asturias; sus viajes misioneros en Galicia; siguiéndole todo su itinerario hasta la España Menor, que es el reino aragonés, que se llama Celtiberia. Dos videntes extraordinarías, las venerables María de Jesús de Agreda y Ana Catalina Emmerich, coinciden en ver a Santiago partir desde Jaffa, tocar Cerdeña en la ruta del mar Mediterráneo y desembarcar, más lógicamente, en Cádiz o Cartagena, para la evangelización de Andalucía. La madre Agreda coloca en Granada un aprieto de muerte para el apóstol, acorralado por sus enemigos, del que le salva la Virgen María viniendo personalmente en su socorro.

Pero situémosle ya, con el códice gregoriano, en Zaragoza, donde no le acompaña la fortuna en sus trabajos apostólicos. "Aquí predicó muchos días, logrando convertir para Cristo a ocho hombres." ¡Menguada pesca para aquel marino del mar de Tiberíades que había tocado con sus manos las redes abarrotadas de Pedro en aquella pesca milagrosa! Y, cosa muy natural, le rinde el desaliento a Santiago. "Con estos convertidos se entretenía en dulces enseñanzas sobre el reino de Dios, y por la noche iba a una era, cerca del río, donde se echaba en la paja." Ya se presiente el prodigio. Porque, en una de esas largas noches desveladas por la amargura y la oración instante, percibe en los cielos un camino de luz, sonoro de canciones y de arcángeles. Ave Maria, gratia plena. ¿Es una alucinación de la fatiga o del viento ululante que baja del Moncayo? No. Es una evidencia estremecedora, en sus claridades celestes. La humilde Virgen Maria, tierna Madre de la Iglesia, que él dejara en Jerusalén, está allí, palpitante, viva, hermosísima, bendiciéndole, hablándole de esta manera: "He aquí, hijo mío Jacobo, el lugar de mi elección. Mira este pilar en que me asiento, enviado por mi Hijo y Maestro tuyo. En esta tierra edificarás una capilla. Y el Altísimo obrará, por Mí, milagros admirables sobre todos los que imploren, en sus necesidades, mi auxilio. Este pilar quedará aquí, hasta el fin de los tiempos, para que nunca le falten adoradores a Jesucristo". Y la cabalgata angélica toma reverente a su Reina, y por un camino de luceros, que será para siempre el Camino de Santiago, le devuelve a su retiro de Jerusalén. Así, tan sencillamente termina el relato de la aparición de Maria, en su carne mortal, al apóstol Santiago, en Zaragoza.

¿Historia o leyenda?

Cuando, en nuestro tiempo, aquel reducido oratorio, edificado por los primeros creyentes, se ha convertido en un suntuoso templo de la Hispanidad, abrir este interrogante de duda suena a herejía intolerable. Pero acaso sea mejor que la critica de dentro y de fuera de España haya cribado rigurosamente tan entrañable suceso. Si se niega la evangelización de nuestra Patria por Santiago el Mayor, nada puede quedar de esta prodigiosa venida de la Virgen, ni de su celeste regalo de la columna. Veamos.

Los adversarios argumentan en dos direcciones: una teológica; la otra, científica. Y dicen: No parece honorable a la santidad y seriedad de María este andar funambulesco por los aires, ni tampoco coherente con su carácter humildisimo el pedir, en vida aún, que el apóstol edifique un oratorio a su dedicación y culto. Pues, en respuesta, os abro la teología de la Virgen, en aquella Pentecostés, cuando preside a los Doce, la mañana elegida por el Santo Espíritu para introducir a la Iglesia públicamente en la historia del mundo. Sobre todos caen las llamas misteriosas de fuego, que los transforma, de hombres, en consagrados "testigos del Señor Jesús". Aquí, en este ardiente cenáculo, lo veis, se realiza aquella maternidad de gracia—sin estrenar aún—anunciada al mundo por las palabras de agonía de Cristo, en la mutua entrega de su Madre y Juan. Toda maternidad tiene exigencias inviolables y derechos augustos, de sacrificio, de ternuras, de tutelas y socorros cerca de los hijos. Y María, Madre de este pequeño Colegio apostólico y de toda la Iglesia universal. Pues bien; de otro lado, no se pueden negar teológicamente a Nuestra Señora gracias, carismas y dones que hayan sido concedidos a simples mortales, sino que deben atribuírsele en grado eminente. Según la luminosa dialéctica de Santo Tomás de Aquino, María alcanza, en funciones de su divina maternidad, "una grandeza y un poder, de alguna manera, infinitos", pues vive, como si dijéramos, en las mismas fronteras de la Deidad. Tanto, que el bello arcángel de la Anunciación la saluda: "Salve, la llena de gracia". Pues la consecuencia será que este don de las traslaciones o bilocaciones, ya concedido a muchos siervos de Dios, hay que reconocérselo realmente a María, que pudo venir a Zaragoza, sin indecoro circense, sino empujada por un amoroso apego que profesaba a Santiago, sin duda porque el apóstol, en su rostro y en su porte, era una estampa viva de su Hijo Jesucristo. Y como Madre de todos los apóstoles.

El tema de la dedicación de un oratorio a su nombre y culto puede plantearse, salvando su exquisita humildad. Las relaciones del prodigio nos aseguran que Ella trajo una columna, de origen celeste, como testimonio y signo de fortaleza. Entonces, ¿por qué no pensar que este templo que la Virgen pide a Santiago sea corno el Arca de la Alianza antigua, el joyel que guarde el tesoro divino de su pilar? Nos promete una intercesión de gracias, milagros y bendiciones muy acorde con los principios dogmáticos de su maternidad divina. Porque, desde el instante de la Encarnación, para que su consentimiento a la empresa redentora de Cristo fuese racionalmente libre, fue necesario que conociera todo el ámbito de obligaciones y derechos de esa su maternidad, es decir, su condición de corredentora, de intercesora y medianera de todas las gracias. La madre Agreda describe así el encargo al apóstol: "Hijo mío Jacobo, este lugar ha señalado y destinado el altísimo y todopoderoso Dios del cielo para que en la tierra le consagres y dediques un templo y casa de oración, donde debajo del título de mi nombre, quiere que el suyo sea ensalzado y engrandecido". Y así, la humilde 'esclavita" de Nazaret, María, busca primero el honor y la gloria del que la hizo grande con su poder, porque es el Altísimo.

El argumento científico de crítica histórica procede por meras vías de negación. Sin presentar nada positivo, se contenta con calificar de sospechoso que hasta el siglo IX no se encuentran pruebas escritas del prodigio. Más: juzgan inexplicable que los escritores clásicos primitivos omitan su consignación en absoluto: así Idacio, Orosio, San Isidoro de Sevilla, San Julián de Toledo. Y, lo que es más grave, tratadistas aragoneses como San Braulio y Prudencio. Añádase aún el silencio de las liturgias mozárabes, que acostumbran consignar, en sus calendas, las clásicas conmemoraciones de las iglesias españolas, y estará completo todo lo que hay que oponer a esta gloriosa venida de la Virgen del Pilar a España. Bien.

Pero comienzan a enfriarse los quilates del argumento si tenemos en cuenta que Diocleciano mandó destruir, por el fuego, todos los archivos de la Iglesia primitiva. Por otra parte, si examinamos las obras de todos los escritores citados, veremos que ninguna de ellas trata temas en los que lógicamente haya lugar para introducir noticias del suceso. Y, entonces, no es demasiado sospechoso que las omitan, máxime,cuando se trataba, sin duda, de un hecho perfectamente conocido y en la conciencia profunda del pueblo fiel. ¿Pueden asegurar honradamente los adversarios de la venida de la Virgen que los naturales testigos del suceso—estos escritores religiosos citados—no se ocuparon del tema porque él no aparece en las obras escritas que conocemos? ¿Y las que se pudieron perder entre la intemperie de los siglos?

Desde el 855 la prueba en favor de la venida y del templo de Zaragoza es abrumadora. Piadosas donaciones que se hacen "a Santa María la Mayor de Zaragoza". La bula del papa Gelasio II concediendo indulgencias para reconstruir el templo, derruido por el musulmán; Inocencio I, Eugenio III y Alejandro III, que acogen advocación y culto bajo su papal amparo. Los Alfonsos y los Jaimes, reyes aragoneses: Sancho el Fuerte de Navarra: los Berengueres, condes de Barcelona; multitud de obispos y fieles distinguidos, todos tuvieron a honra extender privilegios y legados, cubrir de magníficos dones esta angélica capilla, raíz y decoro de España.

Por último, la actitud oficial de la santa Iglesia. En las lecciones del Breviario Romano para este día acepta "como piadosa y antigua tradición" la visita de María a Santiago. Clemente XII concede el rezo de su oficio litúrgico, señalando la fecha del 12 de octubre. Pío VII lo eleva al rango de "primera clase con octava" para el reino de Aragón. Pío IX extiende a todas las diócesis de España el privilegio del oficio y de la misa del Pilar. Y Pío XII, en una comunicación de la Sagrada Congregación de Ritos —fecha 14 de febrero de 1958—, concede a todas las iglesias y oratorios de España, Iberoamérica e islas Filipinas "la misa propia de la Bienaventurada Virgen María del Pilar". Para nosotros, creyentes y españoles, tiene un peso específico y un orgullo santo este proceder litúrgico de la Iglesia de Roma, como testimonio de reconocimiento, en torno a la venida de la Virgen a nuestra Patria.

Pero hay otra congruencia de filosofía de la historia. Los pueblos, en la armonía del mundo, como cada uno de los hombres, tienen asignado un destino en la providencia de Dios. Poniendo a Santiago como raíz de España, ya que él siembra lo permanente del hombre, toda nuestra historia se articula maravillosamente. Apóstol de la Verdad del Evangelio como una temperatura "militante", él derrama en la sangre española de nuestro cuerpo nacional aquellos ardores que el mismo Cristo define como "Hijo del Trueno". Vendrá la Reconquista para contrastar ocho siglos de un temple y de constancia aterradores, en holocausto de la unidad de nuestra fe. Y en las más dramáticas ocasiones el "Señor Santiago Caballero" combatirá la victoria de nuestros soldados. Y el mar: la definición de España como una unidad católica universal, adelantada de la fe de Cristo, que bautiza veinte naciones americanas para que recen, en castellano, el padrenuestro, el avemaría, el "Gloria al Padre", en un rosario colosal de alabanzas a la Trinidad, por Cristo Redentor, en el nombre de María Santísima. Y así es.

Iba el Almirante, ensimismado en su paisaje interior de aguas y de estrellas, pero seguro. Allí, en las lejanías originales de España, gemía Santiago su misionar como inútil, con los pocos creyentes que le siguen. Pero aquella siembra de amarguras y de sangre florece con ímpetu milagroso de fecundidad. Es la hora del premio, la fe de este Almirante, que marca lo imposible en un navío que tiene nombre de Virgen: la Santa María. Y así Ella, que junto a las aguas del Ebro bautizó el alma de España, ahora arranca del sueño miliario estos millones de indios inocentes, como recién nacidos que España cristianiza a mayor gloria de Dios. Y este 12 de octubre bandean a victoria todas las campanas de las dos orillas; y hay un triunfo de banderas, un murmullo de espumas, un gran vuelo de cóndores andinos, que cantan, bajo la Cruz del Sur, la gran antífona agradecida de la Hispanidad, con toda la cristiandad arrodillada: Bendita y alabada sea la hora en que la Virgen Santísima vino en carne mortal a Zaragoza. Bendita sea por siempre y alabada. Amén.

FERMiN YZURDIAGA LORCA

11 oct 2015

Santo Evangelio 11 de Octubre 2015



Día litúrgico: Domingo XXVIII (B) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 10,17-30): En aquel tiempo, cuando Jesús se ponía en camino, uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante Él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre». Él, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme».

Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!». Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja que un rico entre en el Reino de Dios». Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios». Pedro se puso a decirle: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna».

«Se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes»
Rev. D. Xavier SERRA i Permanyer 
(Sabadell, Barcelona, España)


Hoy vemos cómo Jesús —que nos ama— quiere que todos entremos en el Reino de los cielos. De ahí esta advertencia tan severa a los “ricos”. También ellos están llamados a entrar en él. Pero sí que tienen una situación más difícil para abrirse a Dios. Las riquezas les pueden hacer creer que lo tienen todo; tienen la tentación de poner la propia seguridad y confianza en sus posibilidades y riquezas, sin darse cuenta de que la confianza y la seguridad hay que ponerlas en Dios. Pero no solamente de palabra: qué fácil es decir «Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío», pero qué difícil se hace decirlo con la vida. Si somos ricos, cuando digamos de corazón esta jaculatoria, trataremos de hacer de nuestras riquezas un bien para los demás, nos sentiremos administradores de unos bienes que Dios nos ha dado.

Acostumbro a ir a Venezuela a una misión, y allí realmente —en su pobreza, al no tener muchas seguridades humanas— las personas se dan cuenta de que la vida cuelga de un hilo, que su existencia es frágil. Esta situación les facilita ver que es Dios quien les da consistencia, que sus vidas están en las manos de Dios. En cambio, aquí —en nuestro mundo consumista— tenemos tantas cosas que podemos caer en la tentación de creer que nos otorgan seguridad, que nos sostiene una gran cuerda. Pero, en realidad —igual que los “pobres”—, estamos colgando de un hilo. Decía la Madre Teresa: «Dios no puede llenar lo que está lleno de otras cosas». Tenemos el peligro de tener a Dios como un elemento más en nuestra vida, un libro más en la biblioteca; importante, sí, pero un libro más. Y, por tanto, no considerarlo en verdad como nuestro Salvador.

Pero tanto los ricos como los pobres, nadie se puede salvar por sí mismo: «¿Quién se podrá salvar?» (Mc 10,26), exclamarán los discípulos. «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios» (Mc 10,27), responderá Jesús. Confiémonos todos y del todo a Jesús, y que esta confianza se manifieste en nuestras vidas.

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Santa Soledad Torres Acosta, 11 de Octubre

11 de Octubre
HOMILÍAS
LECTIO DIVINA
 SANTA SOLEDAD TORRES ACOSTA
(+ 1887)

El 5 de febrero de 1950 hay una bulliciosa y singular animación en la vaticana Basílica de San Pedro. Multitud de personas esperan impacientes la aparición del entonces reinante papa Pío XII para la solemne ceremonia de beatificación de una monja española: Soledad Torres Acorta, madrileña de nacimiento y, fundadora de las Siervas de María.

La entrada de la comitiva papal reviste la emocion y el esplendor de siempre: la Guardia Noble abre paso y da escolta a la silla gestatoria, desde donde Su Santidad bendice sonriente a los presentes, mientras los altos dignatarios que van a tomar parte en la solemne función cierran la marcha.

Allí muchas de sus hijas religiosas esperan ansiosas el momento del magno acontecimiento y, aunque invisible, la doliente humanidad se encuentra también presente en prueba de gratitud a la principal artífice de un instituto exclusivamente a ella dedicado. Siglo y medio ha pasado desde aquella otra fecha en que, con una procesión bien diferente, comenzaba su existencia.

Existe ,a mediados del siglo xix en la capital de España un barrio extremo que carece de iglesia y donde trabaja como coadjutor, dependiente de la parroquia de San José, un sacerdote llamado don Miguel Martínez. Por su ministerio sabe cuánta es la indigencia y miseria a que están sometidos la mayoría de los enfermos y cuántos son los que mueren sin sacramentos. Ante este desolador cuadro decide reunir unas cuantas mujeres piadosas para asistir a los enfermos en su propio domicilio y ayudarles a prepararse a bien morir. Animado por muchas personas que ven lo caritativo de su obra, escoge las siete primeras y emprende el difícil camino que supone toda nueva fundación.

Una soleada mañana del agosto madrileño la curiosa comitiva formada por un clérigo con cruz alzada, seguido de siete mujeres y un sacerdote cerrando la marcha, emprende su camino por la calle Recoletos hacia el barrio de Chamberí. Son malos días para manifestaciones religiosas en la real villa, donde los sueños de libertad, revolución y progreso apasionan a los hombres y las luchas dinásticas penden corno una amenaza sobre sus habitantes. El no muy lucido desfile prosigue su marcha por diversas calles madrileñas hasta llegar a una casa junto al paseo de Santa Engracia.

Sólo una de las siete mujeres se halla en plena juventud, Viviana Antonia Manuela Torres Acosta, desde entonces sor María Soledad. De físico no muy agradable, poseía, en cambio, unas dotes nada comunes de prudencia y tesón. Dos cualidades que han de llevarla pronto a regentar la nueva comunidad y levantarla en los momentos en que parecía definitivamente acabada.

Porque las vicisitudes para la naciente congregación comienzan bien pronto. Su creación ha sido un poco precipitada y la formación religiosa de las nuevas hermanas un tanto superficial para la nueva vida. Así, casi inmediatamente, surgen los abandonos ante la disciplina y mortificación que suponen sus diarias obligaciones. Solamente María Soledad, dedicada por entero al cuidado de enfermos, no parece sentir estos desmayos. Sus grandes dotes de laboriosidad y carácter la sostienen a cada momento. Tampoco ella había tenido ese período de preparación o noviciado necesario a toda religiosa, pero su vida en la casa paterna, donde imperaba la obediencia y el trabajo, suplieron esta falta y le hicieron familiar el sometimiento a un reglamento y una vida sin comodidades.

Había nacido en la calle Flor Baja, donde hoy se levanta el teatro Lope de Vega, el 2 de diciembre de 1826, y era hija de un modesto matrimonio dedicado a la pequeña industria. Toda su infancia transcurre pendiente de su precaria salud y en medio de una sencilla atmósfera familiar, donde va aprendiendo los quehaceres propios de la casa. Únicamente los domingos pierde su vida un poco de monotonía cuando sale con sus padres a pasar la tarde a los parques frondosos que entonces rodean la capital: el Campo del Moro, la Casa de Campo, El Pardo, son frecuentes escenarios de estas horas felices.

Su educación cristiana va a fortalecerse en la escuela donde desde muy pequeñita la envían sus padres. Es una que en la calle Amaniel tienen las hijas de San Vicente de Paúl para las niñas pobres. Allí perfecciona su saber en las artes caseras y su carácter va templándose en la disciplina y el orden.

Su juventud transcurre en medio de ese ambiente alegre y bullanguero que posee el Madrid de mitad de siglo, solar luminoso de majas y chisperos. Contemporáneas suyas, viven también en la ciudad otras jóvenes que, cuando mujeres, han de honrarla ante la faz del mundo: María Micaela del Santísimo Sacramento, Vicenta López Vicuña, Rafaela Porras y varias más son un exponente de la comunidad en santos de Castilla.

Es a los veinticinco años cuando oye hablar del proyecto del coadjutor de Chamberí y decide presentarse a él para ayudarle en tan meritoria labor. Mas la primera zeaeción del sacerdote al verla es francamente desfavorable, impresionado por su, al parecer, delicada salud. Supone que no le permitirá resistir el trabajo de asistencia a los enfermos y sobrellevar las nuevas obligaciones, por lo que la despide bastante fríamente, aconsejándola que piense bien lo que ha de hacer.

Pero ella está decidida a dedicar su vida a fines caritativos. Ya de pequeña, en su período escolar, asistía a algunas señoras que se encontraban solas y enfermas, encontrando en ello gran satisfacción. Así, pues, vuelve a presentarse ante don Miguel y, junto con otras seis compañeras, toma el hábito del nuevo Instituto de Siervas de María el 15 de agosto .de 1851. Sus constituciones estipulan que su finalidad es la asistencia totalmente gratuita y a domicilio a los enfermos que lo soliciten.

Poco tiempo después la peste colérica invade Europa y también hace su aparición en Madrid. Los hospitales y establecimientos públicos sanitarios encuéntranse totalmente abarrotados de enfermos, y muchos apestados deben ser atendidos en sus domicilios, donde muchas veces son abandonados por temor al contagio. Las nuevas monjas son las que han de acudir en su ayuda y deben multiplicarse para poder atender a tantos necesitados.

Mas todos estos trabajos no bastan para santificar la nueva congregación. Las pruebas se suceden ininterrumpidamente. Hay dentro de la comunidad muchas defecciones e incluso alguna escisión que la debilitan enormemente. Las primeras expansiones al hospital de la Orden Tercera de San Francisco y al hospitalillo de Getafe terminan en un fracaso. El Gobierno se muestra reacio a la aprobación de los estatutos y pone todas las trabas posibles a su posible extensión. Su fundador, don Miguel Martínez, las abandona para marchar a Fernando Poo a evangelizar en aquellas islas. En su lugar queda un joven sacerdote carente de la madurez necesaria para regir una fundación naciente, y sú labor no puede ser más desatinada.

Aparte de esto, María Soledad ha de sufrir otras vejaciones. Es depuesta de su cargo de superiora general y apartada de la casa madre y su gobierno. La maledicencia se levantará contra ella en bastantes ocasiones y ha de soportar no pocas incorrecciones aun dentro de la misma comunidad.

Todo ello da lugar a que el Instituto vaya de mal en peor, llegando hasta tal extremo que está a punto de ser firmada su disolución por las autoridades eclesiásticas. No obstante, el nombramiento de un nuevo director, el padre Gabino Sánchez, y la reposición de María Soledad como superiora general, vuelven poco a poco a consolidar la primitiva obra, que ya marchará en adelante con firmeza. La reina Isabel II las toma bajo su protección, y el 11 de noviembre de 1859 la Junta de Beneficencia de Madrid las encarga del cuidado de todas las Casas de Socorro del primer distrito. El Gobierno aprueba sus constituciones, aunque no así la Iglesia, que no lo hará hasta 1898.

En 1881 varias hermanas embarcan para La Habana y Santiago de Cuba, cuando ya son en España más de 40 las casas fundadas. Casi todas ellas lo han sido personalmente por la madre Soledad, que al mismo tiempo ejerce los más bajos oficios en la casa madre. No le importa en momento alguno lavar, barrer y atender a las hermanas enfermas de cualquier dolencia.

Así transcurre su vida en medio de un trabajo y un ajetreo constante, hasta que, después de una no muy larga, pero sí penosa enfermedad, que la retiene en cama, muere en Madrid el año 1887, a los sesenta y un años de edad.

Cuando ya saben de su caridad más profunda en varios continentes, la Iglesia declara en grado heroico sus virtudes y la eleva al honor de los albares.

Al terminar la ceremonia en la gran Basílica de San Pedro, las sonoras voces del órgano lanzan, llenas una vez más de júbilo, el sacro himno del Te Deum. Allá, en el fondo, la figura de sor María Soledad Torres Acosta resalta brillante en la Gloria de Bernini.

LUIS PORTERO