19 sept 2015

San Genaro 19 septiembre


19 de Septiembre
SAN JENARO
obispo y mártir

(†  305)

Hay santos de los que es más fácil conocer la misión que les cabe ejercer desde el cielo que la que cumplieron en la tierra. En este caso están muchos de los antiguos héroes cristianos, de los cuales la historia nos ha guardado muy poco, la leyenda algo más, pero de los que la devoción popular, ancha como un río, ha escrito secularmente su cometido de valedores e intercesores a favor de un pueblo o una época de la cristiandad. La continua intervención sobrenatural de San Jenaro en la vida de las gentes de Nápoles nos recuerda al Jesús clemente y poderoso que acallaba las tempestades y se compadecía de las muchedumbres; que vivía con los hombres y para los hombres y era oprimido a veces por las avalanchas del fervor popular. Nápoles, uno de los pueblos más vivaces y expresivistas de la tierra, asentado en esa maravilla que es la bahía partenopea, tierna y alegre como un nido, ha vivido bajo la amenaza del Vesubio, el siniestro volcán vecino, el monstruo nunca muerto, aunque con frecuencia dormido o dormitante. Nápoles, cantora y jovial, donde la naturaleza es exuberante y muelle, la temperatura maravillosa, la vida humana fácil y cómoda, pertenece a esas ciudades cuya psicología ha sido moldeada por el secreto terror a la desgracia, que siempre se cierne sobre ellas en la lontananza. Ante los vestigios de las antiguas erupciones, ante el recuerdo de las ciudades vecinas desaparecidas bajo la lava, ante el "respiro" periódico del volcán que se corona con la clásica humareda o "fumata", era lógico que Nápoles buscara —como Tebas— un exorcismo de sus zozobras. Nápoles es una de las ciudades donde son más abundantes los "telesmata", objetos mágicos que se enterraban al poner los fundamentos de las murallas o de las primeras edificaciones. La leyenda virgiliana encierra también un significado de protección de la ciudad. Nápoles cristiana encontró, por fin, el verdadero símbolo y sacramento en la sangre del mártir San Jenaro. La historia de la devoción a San Jenaro es la historia toda de Nápoles.

 Es rigurosamente histórico el martirio de San Jenaro, hacia el año 305, así como que sus restos reposan en la catedral de Nápoles. San Jenaro era obispo de Benevento, ciudad de la Campania, como Nápoles, cuando se desencadenó la persecución de Diocleciano, la última que sufrió la Iglesia antes de la paz de Constantino. Pertenece, pues, San Jenaro a la misma "promoción" martirial que San Vicente, Santa Eulalia, San Severo, Santa Engracia y los "innumerables mártires de Zaragoza". Refiere la tradición que San Jenaro fue reconocido y apresado por los soldados del gobernador de Campania cuando se dirigía a la cárcel a visitar a los cristianos en ella detenidos. Según la misma tradición, Jenaro y sus compañeros habrían sido arrojados a un horno encendido del que salieron milagrosamente ilesos. De todos modos, pronto fueron conducidos a Puzol (Puteoli, en latín; Pozzuoli, en italiano), la primera tierra italiana que pisara San Pablo camino de Roma, y donde había desde antiguo una crecida comunidad cristiana. Refiérese que en el anfiteatro de esta ciudad fueron expuestos a las fieras, que, como anteriormente las llamas, también respetaron a los cristianos. El gobernador ordenó finalmente que fueran degollados. Eran los mártires, además del obispo Jenaro, los diáconos Sosio, Próculo y Festo; Desiderio, que había recibido el orden del lectorado, y Eutiquio y Acucio.

 La leyenda cuenta que un anciano había pedido al obispo antes del martirio un recuerdo y que al día siguiente San Jenaro se le apareció ofreciéndole un lienzo ensangrentado: el pañuelo con que los verdugos solían vendar los ojos de las víctimas antes de descargar el golpe. Los cristianos recogieron, como tenían por costumbre, un poco de la sangre de los mártires para colocarla en unas ampollas o anforitas de cristal ante la tumba de éstos. Se sabe que los restos de San Jenaro recibieron sepultura primero en Puzol, en el Campo de Marte. Luego en Nápoles, y aquí, en las catacumbas (que después fueron designadas con el nombre del Santo) hay, documentos arqueológicos que atestiguan la existencia de una devoción antiquísima y singular. Entre ellos está la pintura de San Jenaro, que data del siglo V, en la que aparece el santo obispo con un nimbo en que figura el anagrama de Cristo y la inscripción: sancto Ianuario. A ambos lados, dos fieles cristianas, una adulta y la otra niña, las dos con los brazos levantados en actitud orante. En el siglo IX las reliquias fueron trasladadas a Benevento y más tarde a Monte de la Virgen (Montevergine). Pero en 1497 encontraron sepulcro definitivo en la catedral de Nápoles, en una capilla hermosísima que los napolitanos construyeron en 1608 en cumplimiento de un voto formulado por ellos casi un siglo antes, en 1527, con ocasión de una peste que asoló a la región, pero de la cual el Santo libró a la ciudad.

 Si los napolitanos tardaron bastante tiempo en cumplir su promesa, la verdad es que, por fin, la cumplieron con munificencia y esplendidez. Debemos dedicar unas líneas a la descripción de esta capilla porque es, además, el marco adecuado e ideal para la devoción popular a las reliquias del mártir. Su planta tiene forma de cruz griega; las paredes están todas revestidas de mármol, y de mármol son también las 42 columnas que la decoran. Hay en ella siete altares, con cuadros pintados por el Dominiquino sobre cobre plateado y con muchos dorados y pinturas al fresco. Pero no sólo el célebre Dominiquino; todos los nombres del barroco de Campania parecen darse cita en ella, para honrar al santo patrón de Nápoles. El arquitecto de la capilla fue el religioso teatino Francisco Grimaldi; el altar mayor, todo de pórfido y con adornos de bronce dorado, fue diseñado por Solimena; Juliano Finelli es el autor de la mayor parte de las esculturas, y, entre los pintores, hay que nombrar, además del Dominiquino, a Lanfranco y al español Ribera. No es exagerado decir que este recinto es una de las más bellas muestras del arte del 700, y que su plástica guarda correspondencia perfecta con la espiritualidad a que sirve de expresión. A él acuden los fieles en sus necesidades espirituales ordinarias y en toda clase de calamidades públicas.

 Ya quedó mencionada la peste de 1597, pero hemos de referirnos a otras dos ocasiones en que la protección del Santo es recuerdo imborrable para los napolitanos. La primera es la erupción del Vesubio de 1631, una de las más espantosas de este volcán y que sólo puede compararse con la que destruyó las ciudades de Pompeya y Herculano en el año 79 de nuestra era. Durante tres días de fragor apocalíptico y tinieblas densísimas que sólo permitían ver las llamas rojizas y los torrentes de lava que descendían de la cumbre, los creyentes se apiñaron en torno al sepulcro de su Santo en oración incesante y concluyeron sacando en procesión el sagrado cuerpo. Muchas localidades vecinas quedaron destruidas, pero la ciudad, una vez más, se salvó. La segunda gran ocasión memorable tuvo lugar el año 1884, en que el cólera devastó muchas regiones. Pero también en casos de guerras o desventuras entre las gentes de mar la fe de los devotos no ha conocido límites.

 Ahora bien, si la devoción de San Jenaro es conocida en el mundo entero, ello no se debe —hay que confesarlo— a nada de lo dicho anteriormente, sino al portento de la licuefacción de la sangre del mártir. Todos los años el día de hoy, 19 de septiembre, y en otras varias ocasiones, la sangre de San Jenaro, que se conserva en dos ampollas o frasquitos de vidrio donde la recogieron los cristianos después del martirio y donde está seca, en estado sólido, de ordinario, tórnase líquida y de color rojo vivo, como si estuviera recién vertida por el mártir. La licuefacción tiene lugar dentro de una ceremonia brillantísima en la que se muestra a las autoridades eclesiásticas y civiles y luego a los fieles la teca o estuche donde se contienen las ampollas de sangre. Esta teca es de metal, con dos cristales transparentes y semeja a un viril para las exposiciones del Santísimo. La sangre entonces pasa al estado líquido sin precisar temperatura determinada, cambia de color y de volumen y de peso hasta alcanzar el doble y sin guardar proporción constante en el uno y el otro. La muchedumbre prorrumpe en aclamaciones y con entusiasmo delirante la teca es devuelta al tesoro de la catedral para su custodia hasta la próxima exhibición. Naturalmente, el prodigio había de tropezar con la incredulidad de muchos, y las polémicas en torno a la naturaleza del fenómeno menudearon, sobre todo y como fácilmente puede suponerse, durante el siglo XIX. Más de veinte hipótesis se han formulado buscando una explicación natural, algunas de ellas por católicos, pero se ha de decir que ninguna resulta satisfactoria respecto de la totalidad de los fenómenos. Mucho menos se ha conseguido reproducirlo. El 15 de septiembre de 1902 el contenido de las ampollas fue sometido a examen espectroscópico ante testigos. Escribe el científico Sperindeo, que llevó a cabo la experiencia, que se vio "aparecer... detrás de la línea D, la banda obscura característica de la sangre, seguida de otra en el verde, y entre las dos una zona clara". No cabe duda de que se trata de sangre humana y que en ella se verifican los efectos antes descritos. Pero no cesarán, a buen seguro, los intentos de darle una interpretación que no rebase la esfera de lo natural. La devoción, sin embargo, seguirá viendo un signo por el que San Jenaro testimonia su misión de representar ante el trono de Dios a sus fieles, y ante éstos, la misericordia y el perdón divinos. La sangre de San Jenaro es la sangre del sacerdote de Cristo, viva y fresca en el recuerdo de Dios, clamando mejor que la sangre de Abel, y viva también en el recuerdo de los hombres por los que fue derramada, porque sin sangre no se verifica redención ninguna. A esa sangre, que en cada época histórica sale de venas de los elegidos para juntarse con la de Cristo, se debe y se deberá que el ángel exterminador pase de largo envainando su espada muchas veces y el perdón se extienda a todo lo que ella ha rociado: las manos del verdugo lo primero.

 ANGEL ZORITA

18 sept 2015

Santo Evangelio 18 de septiembre 2015



Día litúrgico: Viernes XXIV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 8,1-3): En aquel tiempo, Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

«Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios»
Rev. D. Jordi PASCUAL i Bancells 
(Salt, Girona, España)


Hoy, nos fijamos en el Evangelio en lo que sería una jornada corriente de los tres años de vida pública de Jesús. San Lucas nos lo narra con pocas palabras: «Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva» (Lc 8,1). Es lo que contemplamos en el tercer misterio de Luz del Santo Rosario.

Comentando este misterio dice el Papa Juan Pablo II: «Misterio de luz es la predicación con la que Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión, perdonando los pecados de quien se acerca a Él con fe humilde, iniciando así el misterio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia».

Jesús continúa pasando cerca de nosotros ofreciéndonos sus bienes sobrenaturales: cuando hacemos oración, cuando leemos y meditamos El Evangelio para conocerlo y amarlo más e imitar su vida, cuando recibimos algún sacramento, especialmente la Eucaristía y la Penitencia, cuando nos dedicamos con esfuerzo y constancia al trabajo de cada día, cuando tratamos con la familia, los amigos o los vecinos, cuando ayudamos a aquella persona necesitada material o espiritualmente, cuando descansamos o nos divertimos... En todas estas circunstancias podemos encontrar a Jesús y seguirlo como aquellos doce y aquellas santas mujeres.

Pero, además, cada uno de nosotros es llamado por Dios a ser también “Jesús que pasa”, para hablar —con nuestras obras y nuestras palabras— a quienes tratamos acerca de la fe que llena de sentido nuestra existencia, de la esperanza que nos mueve a seguir adelante por los caminos de la vida fiados del Señor, y de la caridad que guía todo nuestro actuar.

La primera en seguir a Jesús y en “ser Jesús” es María. ¡Que Ella con su ejemplo y su intercesión nos ayude!

© evangeli.net M&M Euroeditors

Santa Ricarda , Emperatriz, 18 septiembre


Ricarda o Riquilda, Santa
Emperatriz, Septiembre 18
Por: P. Felipe Santos | 

Emperatriz

Martirologio Romano: En Andlau, de la Baja Lotaringia (Alsacia), santa Ricarda, quien, siendo reina, despreció el poder terreno por servir a Dios en el monasterio fundado por ella misma (c. 895).

Etimología: Ricarda = fuerte en la riqueza. Viene de la lengua alemana.

Nació y murió en Alsacia, Francia, en el año 900. Era hija de Echanger, conde de esta ciudad.

Se casó con el conde Carlos el Grueso en el año 862. Era biznieto de Carlomagno, y en aquel tiempo, rey de los Francos de Ranania.

Carlos En el 881, con el apoyo del Papa Juan VIII, llegó a emperador de Occidente y, al mismo tiempo de Alemania, Francia, dueño de una parte de Italia y protector de Papado.

Pese a ello, abandonó al Papa cuando éste le llamó para que le ayudara. Al no acudir, el Papa fue masacrado a martillazos en el palacio de san Juan de Letrán.

Tras veinte años de matrimonio, Ricarda fue acusada de adulterio y repudiada, ella rechazó la acusación y fue sometida a la prueba del fuego para demostrar su inocencia, Dios demostró con un patente milagro su inocencia.

Y así acabó el inmenso imperio carlovingio. Sus siete hijos se repartieron cuanto quedaba.

Su padre murió al año siguiente . Y Ricarda no estaba a su lado en esos momentos cruciales para la vida de una persona.

Como no había seguido la vida Cristo en su estricto cumplimiento, nunca se sintió feliz a pesar de sus riquezas.

Se fue a la abadía de Alsacia, Andlau, para pasar allí sus últimos años.

En 1049, el Papa León IX vino a venerar sus restos y los colocó en el altar.

¡Felicidades a quien lleve este nombre!

San Juan Macías 18 septiembre


San Juan Macias
18 septiembre

Nació en Rivera de Fresno, en Extremadura, España, el 2 de marzo de 1585. Era muy niño cuando sus padres murieron, quedando él bajo el cuidado de un tío suyo que lo hizo trabajar como pastor. Después de un tiempo conoció a un comerciante con el cual comenzó a trabajar, en 1616 el mercader viajó a América y Juan junto con él.

Llegó primero a Cartagena y de ahí decidió dirigirse al interior del Reino de Nueva Granada, visitó Pasto y Quito, para llegar finalmente al Perú donde se instalaría por el resto de su vida. Recién llegado obtuvo trabajo en una hacienda ganadera en las afueras de la capital y en estas circunstancias descubrió su vocación a la vida religiosa. Después de dos años ahorró un poco de dinero y se instaló definitivamente en Lima.

Repartió todo lo que tenía entre los pobres y se preparó para entrar a la Orden de Predicadores como hermano lego en el convento de dominicos de Santa María Magdalena donde había sido admitido. El 23 de enero de 1622 tomó los hábitos.

Su vida en el convento estuvo marcada por la profunda oración, la penitencia y la caridad. Por las austeridades a las que se sometía sufrió una grave enfermedad por la cual tuvo que ser intervenido en una peligrosa operación. Ocupó el cargo de portero y este fue el lugar de su santificación. El portón del monasterio era el centro de reunión de los mendigos, los enfermos y los desamparados de toda Lima que acudían buscando consuelo. El propio Virrey y la nobleza de Lima acudían a él en busca de consejos.

Andaba por la ciudad en busca de limosna para repartir entre los pobres. No se limitaba a saciar el hambre de pan, sino que completaba su ayuda con buenos consejos y exhortaciones en favor de la vida cristiana y el amor a Dios.

Murió el 16 de setiembre de 1645 y fue canonizado el 28 de setiembre de 1975 por Pablo VI.

17 sept 2015

Santo Evangelio 17 de septiembre 2015


Día litúrgico: Miércoles XXIV del tiempo ordinario

Santoral 16 de Septiembre: Santos Cornelio, papa, y Cipriano, obispo, mártires
Texto del Evangelio (Lc 7,31-35): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonando endechas, y no habéis llorado’. Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: ‘Demonio tiene’. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos».

«¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación?»
Rev. D. Xavier SERRA i Permanyer 
(Sabadell, Barcelona, España)

Hoy, Jesús constata la dureza de corazón de la gente de su tiempo, al menos de los fariseos, que están tan seguros de sí mismos que no hay quien les convierta. No se inmutan ni delante de Juan el Bautista, «que no comía pan ni bebía vino» (Lc 7,33), y le acusaban de tener un demonio; ni tampoco se inmutan ante el Hijo del hombre, «que come y bebe», y le acusan de “comilón” y “borracho”, es más, de ser «amigo de publicanos y pecadores» (Lc 7,34). Detrás de estas acusaciones se esconden su orgullo y soberbia: nadie les ha de dar lecciones; no aceptan a Dios, sino que se hacen su Dios, un Dios que no les mueva de sus comodidades, privilegios e intereses.

Nosotros también tenemos este peligro. ¡Cuántas veces lo criticamos todo: si la Iglesia dice eso, porque dice aquello, si dice lo contrario...; y lo mismo podríamos criticar refiriéndonos a Dios o a los demás. En el fondo, quizá inconscientemente, queremos justificar nuestra pereza y falta de deseo de una verdadera conversión, justificar nuestra comodidad y falta de docilidad. Dice san Bernardo: «¿Qué más lógico que no ver las propias llagas, especialmente si uno las ha tapado con el fin de no poderlas ver? De esto se sigue que, ulteriormente, aunque se las descubra otro, defienda con tozudez que no son llagas, dejando que su corazón se abandone a palabras engañosas».

Hemos de dejar que la Palabra de Dios llegue a nuestro corazón y nos convierta, dejar cambiarnos, transformarnos con su fuerza. Pero para eso hemos de pedir el don de la humildad. Solamente el humilde puede aceptar a Dios, y, por tanto, dejar que se acerque a nosotros, que como “publicanos” y “pecadores” necesitamos que nos cure. ¡Ay de aquél que crea que no necesita al médico! Lo peor para un enfermo es creerse que está bueno, porque entonces el mal avanzará y nunca pondrá remedio. Todos estamos enfermos de muerte, y solamente Cristo nos puede salvar, tanto si somos conscientes de ello como si no. ¡Demos gracias al Salvador, acogiéndolo como tal!

© evangeli.net M&M Euroeditors |

San Pedro Arbués, 17 septiembre



17 de septiembre
SAN PEDRO DE ARBUÉS
(†  1485)

De estirpe acrisolada y noble, según documentan las crónicas, hijo de Antonio y de Sancha, Pedro de Arbués nació en Epila en 1441. Es casi el tiempo de la toma de Nápoles por Alfonso V de Aragón... También cuentan los cronistas que era muchacho precoz en los estudios. Sigue la gramática con tanto provecho, que bien pronto se entrega a la filosofía. Se le sabe puntual en la asistencia a las lecciones. Es, además, asiduo en el seguimiento de la doctrina; brillante y vigoroso en su argumentación; afable con sus camaradas, que todos eran pronto amigos suyos.

 Apenas mediadas sus clases en el estudio general, se abrió ante Pedro de Arbués un nuevo horizonte. Llegan a sus oídos los edictos por los cuales se publica como vacante una de las prebendas atribuidas a la Corona de Aragón por el reglamento del Real Colegio de España en Bolonia. La fundación albornociana seduce al joven Pedro. Este explica a sus padres lo que el Colegio representa en el mundo de la cultura: es el archivo de la ciencia, la suma de la buena educación, la cantera de donde se sacan los fundamentos que dan estabilidad a la República. Dudan mucho los padres, que tratan de retenerle cerca de sí, pero al fin ceden: una beca en el colegio de Bolonia es la prueba de que su vástago quiere ser hijo de su propio esfuerzo.

 Aunque tengan que lamentar y que sentir la ausencia, al fin lo despidieron. Antonio sabe reconocer el servicio común, y así admite que la marcha de Pedro a Bolonia sirve para difundir el propio saber, para dominar sus propias acciones... Le aconseja que mire siempre a Dios, que sea amigo de los virtuosos, sin esquivar la conversación de los menos ajustados. Le tranquiliza saber que el modo de vivir de los colegiales es el de una verdadera comunidad seglar, donde se sigue una auténtica observancia religiosa. En ella quiere Antonio que Pedro sea devoto sin superstición, y practicante sin hipocresía; que condene la obscenidad y la indignidad antes con el semblante que con la boca.

 Así, presentado por el arzobispo de Zaragoza, tal como exigen los viejos estatutos, y justificando ser de linaje limpio, sin antecedentes de conversos, judíos, moros, herejes ni reconciliados; como hijo legítimo, mayor de edad y con estudios superiores, es admitido al fin en el colegio de Bolonia. Allá se encuentra en el ambiente que apetecía. Sus compañeros son exactamente lo que deseaba. Entre ellos figura quien será luego su confesor, Martín García, bien pronto obispo de Barcelona.

 Maestro en filosofía y en teología en 1468, alcanza la láurea en 1473, y el diploma firmado el 27 de diciembre subraya las calidades de su mente; llena de virtudes, especialmente levantada por el magisterio. No menos descuella en su personal trato. Cumplió perfectamente lo que su padre le aconsejara. Quienes le conocieron —y declararon en el proceso de su beatificación—, le evocan de una manera tan firme, que todavía trasciende en sus relaciones la huella de su paso como una ola de olor de santidad. Así, recuerdan que este hombre, tan alto en las ciencias, era tan humilde en la vida, que no quiso que los criados barriesen su aposento, ejercitándose él mismo en tales quehaceres.

 Desde Italia volvió a su Aragón nativo, y pronto le encontramos en la comunidad de canónigos regulares de la santa iglesia catedral de Zaragoza. Elegido en el otoño de 1474, profesó como canónigo regular el 9 de febrero de 1476. Dentro del cabildo fue ejemplo de clérigos, como había sido en Bolonia ejemplo de estudiantes. No sólo acudía, sin excusa ninguna aún cuando podía tenerla, a las horas del coro, sino que disponía de sus propias rentas para distribuirlas entre los pobres. Muy pronto también el cielo lo quiso distinguir de una manera muy particular. El iba a ser, entre nosotros, un nuevo Tomás de Cantorbery.

 Ya en este tiempo se había conseguido la unidad de España, y bajo el cetro de los Reyes Católicos se buscaba la unidad en la fe, creándose la Santa Inquisición. En la nueva forma de este alto oficio, la Inquisición es establecida en Aragón en 1484. No se encuentra persona más indicada para regirla que Pedro de Arbués. Juntamente con el dominico fray Gaspar Inglar de Benabarre, Pedro tiene que cargar sobre sus hombros la tarea de establecer este nuevo organismo. En principio rehusó, juzgándose incapaz, pero no tiene más remedio que acceder al nombramiento, porque no se ve persona más preparada. Pero era muy conocido como estudioso; nadie como él podía distinguir las herejías y calificarlas revisando los libros de los concilios y repasando los antiguos índices.

 Apenas designado, reúne a un grupo de escogidos oficiales, y les expone el quehacer que pesa sobre ellos. Van a guardar la ciudad como centinelas, van a vigilar el rebaño como pastores; tienen que realizar la parábola de la separación de la cizaña del trigo. El fruto colmado de la fidelidad no puede destruirse por la obstinación de los falsos conversos. Convoca a las autoridades en la iglesia de San Salvador, y recibe el juramento público del justicia Juan de Lanuza. Hace difundir edictos generales que obliguen a revelar delitos y a denunciar delincuentes. Mas asegura que es preciso unir a la justicia la misericordia, y considera que toda pena debe ser un cauterio. Aquel mismo año de 1484 se empiezan a celebrar los autos de fe. En los meses de mayo y junio fueron castigados muchos herejes y falsos conversos, aprovechando Pedro la oportunidad para predicar con toda claridad, con vehemencia.

 La empresa no pudo desarrollarse pacíficamente. Los numerosos judaizantes influyentes iniciaron alteraciones so pretexto del quebrantamiento de los fueros. Se enviaron embajadas a la Corte, entonces en Córdoba, y a la Santa Sede romana. Al Pontífice se le señalaban reservas de carácter teológico; a los reyes se les proponían socorros en dinero para las luchas contra los musulmanes. No obteniendo éxito con sus propuestas, empezaban a conspirar, reuniendo conciliábulos. En uno de ellos, en la casa de un gran letrado y bajo la presidencia de un rabino, se acordó acabar con el inquisidor, utilizando, incluso, el acero. Así, en efecto, fue, porque muy pronto la reja de la casa de Pedro de Arbués, en la calle del Prior, apareció en un primer intento rota, sin que el escalo acabase en asalto y muerte.

 Pensóse luego esperar una oportunidad. Precisamente porque Pedro era muy cumplidor de sus deberes como canónigo, y porque, a pesar de estar exento por la función que ejercía, acudía al rezo de los maitines, parecía conveniente utilizar esta ocasión, aguardando la noche. Una noche en que, según cuenta Antonio Agustín, la famosa campana de Velilla sonó, y sonó tan fuerte que hizo pedazos la cuerda de su lengüeta. Era el miércoles 14 de septiembre de 1485, día en que se había celebrado el triunfo de la Santa Cruz. Mientras Pedro, con una linterna en la mano, acudía a la catedral, estaban allí apostados los sicarios de la judería, entrados unos por la puerta principal y otros por la puerta de la prebostía.

 El inquisidor pasó del claustro a la iglesia, se encaminó hacia el coro y quedó arrodillado un momento al pie del púlpito de la izquierda; arrimado a una columna, rezando ante el Santísimo. En aquel momento se vio acometido por una gran cuchillada en la espalda, una estocada en el brazo y un puñal lanzado bajo la cabeza. Pedro se derrumba sobre el suelo, mientras dice: "Loado sea Jesucristo, que yo muero por su santa fe".

 Los cronistas cuentan que la impresión de los asesinos fue tal, que desfallecieron seguidamente. Dicen también que en aquel instante el coro cantaba el invitatorio contra la pérfida obstinación judía, y que los canónigos que acudieron a las voces se encontraron tan perplejos que tardaron en ayudar al herido llevándole a curar. De la iglesia pasó a la sacristía, y de allí a la casa.

 La ciudad entera se alteró. El arzobispo tuvo que recorrer las calles a caballo, para tranquilizar los ánimos. Se tomaron las medidas judiciales y policíacas convenientes, y muchas gentes —importantes apellidos que sonaban y que sonaron como cristianos nuevos— se vieron complicadas.

 Dos días estuvo moribundo Pedro de Arbués; dos días que pasó balbuceando jaculatorias. Al fin, en la medianoche del viernes 16 de septiembre, entregó su alma a Dios. Le asistía un médico catalán, que le decía: Magister, vos anireu prest al cel (iréis pronto al cielo). Laetatas sum in his, respondió Pedro. Deseaba, en efecto, morir para acercarse a Dios, al que había querido servir siempre.

 Las gentes empezaron a acudir al lugar santificado por la sangre del mártir, y ésta, como milagro que demostraba las virtudes de Pedro, se refrescaba y hervía como si acabara de derramarse. En el momento en que la catedral se vestía de luto, preparado el entierro, el lugar donde quedó sangre de Pedro fue cubierto con una alfombra, y fray Diego Morillo cuenta que todavía doce días después, al quitar esa alfombra, quedaba tal cantidad de sangre que se empaparon varios lienzos, que fueron conservados religiosamente.

 Mosén Blasco Gálvez da testimonio de una aparición que poco después tuvo. Pedro se le presenta entre celestes resplandores, advirtiendo proféticamente futuros sucesos y permanentes urgencias: le pide que Fernando el Católico continúe la conquista de Granada, y que mantenga el Santo Oficio, pues estas dos empresas le darán la vida eterna.

 Eran los tiempos de la batalla de Lucena y del pacto de Córdoba con Boabdil. Zaragoza veía repetirse el ejemplo del santo obispo de Cantorbery, de aquel Tomás Becket, asesinado —también en la catedral— trescientos años antes. El colegio de España en Bolonia, fundación del cardenal Albornoz, tenía así un Santo ya, apenas a los cien años de ser erigido. ¡Buena lección de lo que podía lograrse bajo su estrella!

 JUAN BENEYTO

 

16 sept 2015

Santo Evangelio 16 de septiembre 2015


Día litúrgico: Miércoles XXIV del tiempo ordinario

Santoral 16 de Septiembre: Santos Cornelio, papa, y Cipriano, obispo, mártires
Texto del Evangelio (Lc 7,31-35): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonando endechas, y no habéis llorado’. Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: ‘Demonio tiene’. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos».

«¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación?»
Rev. D. Xavier SERRA i Permanyer 
(Sabadell, Barcelona, España)

Hoy, Jesús constata la dureza de corazón de la gente de su tiempo, al menos de los fariseos, que están tan seguros de sí mismos que no hay quien les convierta. No se inmutan ni delante de Juan el Bautista, «que no comía pan ni bebía vino» (Lc 7,33), y le acusaban de tener un demonio; ni tampoco se inmutan ante el Hijo del hombre, «que come y bebe», y le acusan de “comilón” y “borracho”, es más, de ser «amigo de publicanos y pecadores» (Lc 7,34). Detrás de estas acusaciones se esconden su orgullo y soberbia: nadie les ha de dar lecciones; no aceptan a Dios, sino que se hacen su Dios, un Dios que no les mueva de sus comodidades, privilegios e intereses.

Nosotros también tenemos este peligro. ¡Cuántas veces lo criticamos todo: si la Iglesia dice eso, porque dice aquello, si dice lo contrario...; y lo mismo podríamos criticar refiriéndonos a Dios o a los demás. En el fondo, quizá inconscientemente, queremos justificar nuestra pereza y falta de deseo de una verdadera conversión, justificar nuestra comodidad y falta de docilidad. Dice san Bernardo: «¿Qué más lógico que no ver las propias llagas, especialmente si uno las ha tapado con el fin de no poderlas ver? De esto se sigue que, ulteriormente, aunque se las descubra otro, defienda con tozudez que no son llagas, dejando que su corazón se abandone a palabras engañosas».

Hemos de dejar que la Palabra de Dios llegue a nuestro corazón y nos convierta, dejar cambiarnos, transformarnos con su fuerza. Pero para eso hemos de pedir el don de la humildad. Solamente el humilde puede aceptar a Dios, y, por tanto, dejar que se acerque a nosotros, que como “publicanos” y “pecadores” necesitamos que nos cure. ¡Ay de aquél que crea que no necesita al médico! Lo peor para un enfermo es creerse que está bueno, porque entonces el mal avanzará y nunca pondrá remedio. Todos estamos enfermos de muerte, y solamente Cristo nos puede salvar, tanto si somos conscientes de ello como si no. ¡Demos gracias al Salvador, acogiéndolo como tal!

© evangeli.net M&M Euroeditors |