11 ago 2015

Santa Clara de Asìs, 11 de Agosto


11 de agosto

SANTA CLARA DE ASÍS

(† 1253)

"Preciosa es en la presencia del Señor la muerte de sus santos" (Ps. 115,15). Musitando estas palabras subía Santa Clara de Asís, "verdaderamente clara, sin mancilla ni obscuridad de pecado, a la claridad de la eterna luz", en la augusta hora del atardecer del día 11 de agosto de 1253.

 Cabe el pobre camastro, permanecían llorosas sus hijas, transidas de dolor por la pérdida de la amantísima madre y guía experimentada. Allí estaban los compañeros de San Francisco. Fray León, la ovejuela de Dios, ya anciano; fray Angel, espejo de cortesía; fray Junípero, maestro en hacer extravagancias de raíz divina y decir inflamadas palabras de amor de Dios. Allá arriba, los asisienses seguían conmovidos los últimos instantes de su insigne compatriota. Prelados y cardenales y hasta el mismo Papa habíanla visitado en su última enfermedad. Y todos tenían muy honda la persuasión —Inocencio IV quiso en un primer momento celebrar el oficio de las santas vírgenes, que no el de difuntos— de que una santa había abandonado el destierro por la patria. Solamente ella lo había ignorado. Su humildad no le había dejado sospechar siquiera cuan propiamente se cumplían en su muerte aquellas palabras del salmo de la gratitud y de la esperanza, que sus labios moribundos recitaban. Muerte envidiable, corona de una vida más envidiable todavía, por haber ido toda ella marcada con el sello de la más absoluta entrega al Esposo de las almas vírgenes.

 Porque Clara Favarone, de noble familia asisiense, oyó desde su primera juventud la voz de Dios que la llamaba por medio de la palabra desbordante de ¿mor y celo de las almas de su joven conciudadano S. Francisco de Asís. Con intuición femenina, afinada por la gracia y la fragante inocencia de su alma adivinó los quilates del espíritu de aquel predicador, incomprendido si es que no despreciado por sus paisanos, que había abandonado los senderos de la gloria humana y buscaba la divina con todos los bríos de su corazón generoso. Y se puso bajo su dirección. Los coloquios con el maestro florecieron en una decisión que pasma por la seguridad y firmeza con que la llevó a la realidad. Renunciando a los ventajosos partidos matrimoniales que le salían al paso y al brillante porvenir que el mundo le brindaba, huyó de la casa paterna en la noche del Domingo de Ramos de 1211. Ante el altar de la iglesita de Santa María de los Angeles, cuna de la Orden franciscana, Clara ofrendó a Dios la belleza de sus dieciocho años, rodeada de San Francisco y sus primeros compañeros. Se vistió de ruda túnica, abrazóse a dama Pobreza de la que a imitación de su padre y maestro haría su amiga inseparable y se dedicó a la penitencia y al sacrificio.

 No tardó en llegarle la ocasión de probar que su empeño no era capricho de niña mimada o fantasía de jovencita soñadora, sino resolución de carácter equilibrado y alma movida de inspiración divina. Apercibidos sus parientes de la fuga de la joven, salieron en su busca. Y descubierto su retiro, trataron de quebrantar su propósito por todos los medios, alternando las muestras de cariño y suavidad con la violencia más insolente. Viéndose en peligro, Clara se acogió como a seguro a la iglesia e hincándose de hinojos junto al altar, con una mano se asió de la mesa sagrada, mientras con la otra se destocaba la cabeza, mostrándosela desguarnecida de su deslumbradora cabellera. La decisión que había tomado, era irrevocable. Sus familiares vencidos la dejaron en paz.

 "Superada felizmente esta primera batalla, para poderse dedicar a la contemplación de las cosas celestiales se refugia entre los muros de San Damián y allí "escondida con Cristo en Dios" (Col. 3,3) por espacio de cuarenta y dos años nada encontró más suave, nada se propuso con más ahínco que ejercitarse con toda perfección en la regla de Francisco y atraer a ella, en la medida de sus fuerzas, a otros" (Pío XII).

 Se adivina más fácilmente que se describe el empeño que la Santa puso en el ejercicio de todas las virtudes y sus progresos en la perfección. Es sabido que la mujer está dotada de un sentido innato de la belleza —cosa estupenda y buena— y que defiende y aprovecha ese don con habilidad e ingenio, tarea en la que muchas veces excede por loca vanidad las fronteras de la licitud y de la prudencia. Santa Clara lo sabía, pero nunca pensó matar tendencia semejante, sino que en seguimiento de su maestro y padre, que de todas las criaturas hacía escala para subir a Dios, la puso al servicio de lo único necesario, de la salvación y santificación del alma, sobrenaturalizándola. Con sicología y elegancia muy femenina ofrece al alma un espejo y la estimula con palabras inflamadas a que se mire y remire cada día para engalanarse, no con las vanidades y riquezas caducas, sino con las bellísimas flores de las virtudes, ya que el espejo no es otro que Cristo Jesús, cuya imitación constituye el nervio de toda auténtica santidad. Allí verá el alma la pobreza bienaventurada, la santa humildad y la caridad inefable, el sacrificio hasta el anonadamiento por amor nuestro. La vida y pasión de Jesús debe ser el objeto preferido de su meditación. Jesús-Eucaristía. Jesús-Niño en el pesebre. Y junto a Jesús, su bendita Madre, a la que profesará una devoción sin límites.

 No son las enseñanzas que la Santa ha consignado en sus cartas retórica sonora. "Son, por el contrario, la afirmación tajante y absoluta de una realidad vivida con plenitud de convicción" (Casolini). La Leyenda de su vida, escrita por Tomás de Celano, biógrafo del padre y de la hija, y su Proceso de canonización en que sus compañeras e hijas declararon, con la emoción de lo vivido, lo que habían observado en su santa madre, nos hablan con la voz de la verdad de sus penitencias increíbles: de su amor a Jesús, de su meditación de los dolores de Cristo, de su inalterable paciencia y alegría en medio de sus crónicas enfermedades y continuas mortificaciones, de su intenso amor a Jesús-Eucaristía, que a sus ruegos salvó de la profanación a las religiosas y a la ciudad del pillaje, de su corazón de madre y maestra; en fin, de las gracias extraordinarias con que Dios la regaló en el destierro.

 Es sorprendente "cómo esta mujer que se había despojado de toda preocupación humana, estaba llena de los más abundantes y copiosos dones de celestial sabiduría. A ella, en efecto, acudía no sólo una multitud ansiosa de oírla, sino que se servían de su consejo obispos, cardenales y alguna vez los Romanos Pontífices. El mismo Seráfico Padre, en los casos más difíciles del gobierno de su Orden, quiso escuchar el parecer de Clara; lo que de modo especial sucedió cuando, preocupado y dudoso, no sabía si dedicar a sus primeros compañeros tan sólo a la contemplación o prescribirles también trabajos de apostolado. En tal circunstancia acudió a Clara para mejor conocer los designios divinos y con su respuesta quedó totalmente tranquilo. Estando así dotada de tan grandes virtudes se hizo digna, de que Francisco la amara más que a las demás y encontrara en ella un poderoso auxiliar para afirmar la disciplina de su vida religiosa y fortalecer su Instituto; confianza que los acontecimientos vinieron a confirmar felizmente más de una vez" (Pío XII).

 Con acierto insuperable, pues, se llama la misma Santa en su testamento "Plantita del bienaventurado Francisco". Y lo fue por haberla él transplantado del mundo al jardín del Esposo, por la entrañable amistad que los unió de por vida y por ser ella genuina heredera y copia fiel del espíritu del maestro. Conservaba muy vivo el recuerda del ejemplo del Pobrecillo de Cristo y de sus palabras de que vivieran siempre en la santísima pobreza y no se apartaran de ella por consejo o enseñanza de nadie. Tan entrañablemente amó la santa abadesa la pobreza total y absoluta en seguimiento de Cristo pobre, que rechazó una y otra vez con sumisión y reverencia, pero con viril energía, las posesiones que los Papas le ofrecieron repetidamente y las mitigaciones que en la práctica de esta virtud le proponían. Su tesón santo llegó a triunfar de los escrúpulos de la curia y del Papa, que finalmente confirmó dos días antes de que la Santa muriera, la regla para su Orden, en que se profesa la altísima pobreza que ella había aprendido del padre San Francisco.

 El bello gesto de Clara a los dieciocho años repicó en el pecho de la juventud femenina de Asís con sones de alborada invitadora a seguir las huellas de Jesucristo pobre. Primero su hermana Santa Inés, cuya entrada en religión a los pocos días de la salida de Clara provocó en la familia Favarone una tempestad más fiera aún, calmada milagrosamente, luego una multitud de doncellas de la nobleza y del pueblo, más adelante Beatriz, su hermana mayor, e incluso su propia madre, la noble matrona Ortalona, buscaron raudales de pureza, de luz y sacrificio en el conventito de San Damián bajo la obediencia y maternal dirección de Clara, que aceptó el cargo de abadesa obedeciendo el mandato de San Francisco. No fue el monasterio, como podría pensarse con mentalidad errada, sepulcro de juventudes tronchadas en flor, que trataran de ocultar tras los muros conventuales su blandenguería o cansancio de la vida. Fue, por el contrario, activísimo taller perfeccionador de almas, que con la potencia irradiadora de su intensa vida espiritual reportó a la sociedad incalculables beneficios, aun materiales. Aquella entrañable hermandad sobrenatural en el amor y la pobreza entre personas salidas de distintas capas sociales, destruyó con la fuerza arrolladora del ejemplo muchas impurezas de prejuicios sociales, odios banderizos e ídolos de oro y corrupción.

 Pronto brincó las fronteras de Umbría y de Italia la fama de la virtud de Santa Clara y sus Damas Pobres, sembrando Europa, antes de 1253, de monasterios que la juventud femenina de los países cristianos pobló rápidamente, atraída por el ideal de pureza y sacrificio vivido por las damianitas de Asís. La vida y obras de las clarisas, a ejemplo y por mandato de su santa fundadora, como aguas vivas que regaran el campo de la Iglesia, fluyeron en el decurso de siete siglos en beneficio espiritual del pueblo de Dios. Y aun hoy el mensaje de Clara Favarone de Asís no ha perdido su sugestiva atracción ni ha agotado su eficacia renovadora. No es estéril recuerdo histórico, sino vida palpitante en la multitud de monasterios, más de seiscientos, y de religiosas, más de doce mil, que pese a casi dos siglos de revoluciones y despojos, y pese al desinterés e incomprensión de los mismos hijos de la Iglesia, nos es dado encontrar en todos los ángulos de la tierra. Son más de doscientos los monasterios que hay en España, donde desde el año 1228, en que se abrió el primero, ha alcanzado tal florecimiento la obra de Clara de Asís, que supera a la misma Italia.

 Santa Clara fue canonizada el 15 de agosto de 1255 por su amigo y protector el papa Alejandro IV. En la bula de canonización hace un bellísimo panegírico de la virgen asisiense, que servirá de colofón a esta semblanza de la Plantita del padre San Francisco. "Fue alto candelabro de santidad —dice Alejandro IV—, rutilante de luz esplendorosa ante el tabernáculo del Señor; a su ingente luz acudieron y acuden muchas vírgenes para encender sus lámparas. Ella cultivó la viña de la pobreza de la que se recogen abundantes y ricos frutos de salud... Ella fue la abanderada de los pobres, caudillo de los humildes, maestra de continencia y abadesa de penitentes".

 JUAN MESEGUER FERNÁNDEZ, O. F. M.

10 ago 2015

Santa Elena 12


(†  329)

No, no durmió sus sueños de recién nacida entre los encajes de una cuna imperial. Fue en un pobre cortijo de Deprano, en Nicomedia, donde vio la luz, en el 248 ó 249, aquella niña, escasa de bienes de fortuna, sobre la que Dios tení

(†  329)
us sueños de recién nacida entre los encajes de una cuna imperial. Fue en un pobre cortijo de Deprano, en Nicomedia, donde vio la luz, en el 248 ó 249, aquella niña, escasa de bienes de fortuna, sobre la que Dios tenía planes estupendos.

 Así nos lo dijo San Ambrosio, que vivió en una época inmediata a la de nuestra Santa.
 Nos figuramos a Elena en su adolescencia y juventud trabajando en el mesón de su padre. Atendiendo a todo, trajinando para tener las dependencias limpias y la comida sabrosa y a punto, obsequiosa con sus huéspedes... Siempre sencilla, humilde, recatada, sonriente. Era pagana, sí, porque de familia pagana había nacido, pero sentía en su corazón el vacío de aquellas falsas 
No, no durmió sdivinidades.

 Hacía unos años que había unas persecuciones horribles contra los cristianos, desencadenadas por los propios emperadores de Roma, que los mandaban apresar y les sometían a tormentos terribilísimos y terminaban por llevarlos al anfiteatro para echárselos a las fieras. También a muchos los quemaban vivos.

 Elena no terminaba de comprender por qué sus emperadores hacían aquello. ¡Si los cristianos eran buena gente! Ella trataba con algunas muchachas de su edad que pertenecían a aquella "secta" y no podía sino decir que eran excelentes. Tanto que, a veces, comparándolas con sus amigas paganas, había de reconocer que las superaban en todos los aspectos.

 Naturaleza la suya rica en dones de Dios, poseía físicamente una singular hermosura que realzaba la espontánea nobleza de su espíritu y esa que llaman "aristocracia del alma": una inteligencia privilegiada y un gran corazón.

 Tenía ya Elena alrededor de veintitrés años. Todos sus encantos estaban en auge, como en capullo recién abierto. Cuando la Providencia, "río caudaloso lleno de posibilidades y de sorpresas", cambió por completo el curso de su obscura vida.

 Ignoramos dónde y cómo se conocieron Elena y Constancio. Él, general valeroso, de noble familia, prefecto del Pretorio durante el gobierno de Maximiano, era de carácter suave, de espíritu exquisito y culto y de salud delicada. La palidez de su rostro había dado origen a su sobrenombre: Cloro.

 La espléndida y pudorosa hermosura de aquella muchacha se le entró por los ojos robándole el corazón. Aunque ¿quién dudará que su asombro no tuvo límite cuando, al tratarla, pudo percibir la nobleza de sus sentimientos?... Y la hizo su esposa.

 No han faltado autores malintencionados que han hablado de concubinato. Nada de eso. Tillemont se ha encargado de demostrar plenamente la legitimidad de su matrimonio. Fruto de él fue su hijo Constantino, futuro emperador de Roma, que vino al mundo en Naïssus (Dardania) el 27 de febrero del 274.

 1º de marzo de 293. El Imperio romano se había extendido prodigiosamente. Diocleciano y Maximiano, que, unidos hacía tiempo, lo compartían con el título de Augustos, decidieron tener cada uno de ellos un César que colaborara en el gobierno y administración de sus Estados. Diocleciano eligió a Galerio, y Maximiano a Constancio Cloro.

 Una condición se le impuso al marido de Elena: había de repudiar a su mujer y casarse con la hijastra de Maximiano, único medio de que existiera el imprescindible "parentesco" entre los Augustos y sus Césares. Se separó, pues, de Elena y se unió en matrimonio con Teodora. Prevaleció en él la ambición de la gloria sobre la gloria del amor.

 Y nuestra Santa ¿qué hizo? Al verse postergada no dejó que se le quebrasen las alas del alma. Las plegó hacia dentro, y serena, tranquila y solitaria se refugió en el reino de su corazón. Allí le dolía menos su abandono. Es que, sin ella sospecharlo, la acompañaba Dios.

 Más le costaba la ausencia de su hijo. Intuyendo Diocleciano en el muchacho excepcionales dotes de guerrero y organizador, quiso prepararlo por sí mismo con vistas al futuro, y hacía tiempo que lo tenía en su palacio. Años fecundos éstos que pasó junto al emperador. Dejaron en el adolescente una impresión indeleble, ya que, al estallar furiosa y demoledora "la gran persecución" contra los cristianos, pudo personalmente comprobar de qué era capaz una fe religiosa profundamente sentida.

 25 de julio del 306. En este día muere Constancio Cloro. Su hijo, que le acompañó en sus últimos momentos, ya no sueña más que con llevarse a su madre a vivir con él. Está orgulloso de ella y quiere compartir su misma vida para sentir siempre el beneficio de su influencia.

 ¿Era Elena cristiana ya entonces? ¿Desde cuándo? No se sabe exactamente. La mayoría de los autores coinciden en afirmar que no lo fue hasta después de la aparición de la cruz en el Cielo, durante la batalla de Saxa Rubra. Recordemos brevemente el suceso copiando a Eusebio de Cesarea, que dice haberlo oído de labios del emperador.

 "Era en las horas posmeridianas, cuando el sol declina ya; Constantino vio en el cielo, con sus propios ojos, un trofeo de cruz compuesto de luz, superpuesto al sol, y adherida al mismo una escritura que decía: "Con este signo vencerás". Él, juntamente con todo el ejército que le sigue, se sienten presa de estupor. Constantino no comprende el significado de la aparición y pensándolo largamente llega la noche. Pero, mientras duerme, le aparece el Cristo de Dios, juntamente con el signo visto en el cielo, y le manda que haga una imitación del signo y se sirva de él como de salvaguarda en las refriegas con los enemigos."

 Efectivamente, fabricado el "lábaro" según el signo aparecido, se lanza a la batalla y termina con aquella aplastante victoria, "que decidió los destinos del mundo y de la cristiandad".

 A los pocos días era Constantino dueño de Roma y entraba en la Ciudad Eterna como único emperador. Era el 28 de octubre del 312. Desde entonces, en sus ideas y en su corazón, puede decirse que es cristiano. No obstante, plenamente, no llegó a realizarlo hasta los últimos momentos de su vida en que recibió el bautismo.

 No obró así su madre. El sol de la cruz que alumbró el cielo de Roma iluminó y caldeó el corazón de Elena haciéndole sentir la sublimidad de la religión cristiana y se abrazó con ella. El bautismo abrió en su alma una fuente de piedad viva, consciente, activa.

 Ya está restablecida la unidad imperial. Reconocido Constantino soberano del orbe, considera a su madre la soberana. Le da el título de Augusta, manda acuñar monedas con su efigie y, mostrándole una ilimitada confianza, deja a su plena disposición el tesoro del Estado. Mas, elevada a la cúspide de las grandezas humanas, Elena no se envanece. Vive sin fausto ni lujosas ostentaciones, y, según afirma San Gregorio, "su encantadora modestia enardece de entusiasmo a los romanos".

 Al ser enriquecidas por la gracia sus espléndidas cualidades personales despliega todo su poder en favor de su hijo. Y es entonces cuando se percibe el valor de su influencia al transmitirle, con su cariño, todos los tesoros de bondad y prudencia que su alma acumula. El Dante decía de Beatriz: "Ella miraba hacia arriba y yo miraba en ella". Algo así podemos creer de Elena y Constantino. Léase, si no, el famoso Edicto de Milán y todos los que le siguieron, hasta su prohibición del culto de los dioses lares, en el 321, y "toda la lluvia de beneficios morales y materiales que el gobierno de Constantino hizo caer sobre la Iglesia y que no son del todo legendarios".

 Entramos en el año 326. Elena siente el declinar de su vida. Desde que el emperador ha trasladado su sede a la antigua Bizancio, la "nueva Roma", allí vive ahora su madre, en aquella ágora que él, en su honor, ha adornado prodigiosamente de pórticos y estatuas. Cerca tiene la iglesia de Santa Irene, también restaurada y embellecida por su hijo. En la placidez de los atardeceres, acompañada de alguna de aquellas esclavas a las que la emperatriz trata como a hijas de su corazón, entra en la iglesia y en ella permanece largo rato dando expansión a su piedad. Considerando la magnificencia de aquella ciudad que ha hecho resurgir Constantino a orillas del Bósforo, se le enardecen los deseos de hacer algo semejante en los lugares que, en Palestina, santificó Jesucristo con su presencia.

 Contaba a la sazón setenta y siete años, y los viajes en el siglo IV no se hacían con la rapidísima comodidad que los hacemos en la vigésima centuria. Eran, por el contrario, de una lentitud y solemnidad abrumadoras. Pero nada hay difícil para un grande amor.

 Partió, pues. Su viaje, realizado con ese despliegue de lujo que pedía su rango en aquella época, dejó tras de sí imborrable estela de maravillas. Llamaba sobremanera la atención la persona de la emperatriz. Anciana, conservando aún los rasgos de su extraordinaria belleza, parecía no darse cuenta de la admiración que despertaba a su paso. En cambio, con una humildad que sobrecogía el ánimo de todos, se colocaba en las asambleas de los fieles en cualquier punto designado para las mujeres, mezclándose con las de más baja condición. Se hospedaba en conventos de monjas y hacía vida común con ellas, ocupando su tiempo en remediar toda clase de necesidades y estudiando las Sagradas Escrituras. Cuanto más se adentraba en la religión cristiana, mayor era el entusiasmo y la admiración que por ella sentía. Pero nada le produjo una impresión tan reverente como el ver a aquellas doncellas cristianas que, renunciando a los halagos del mundo, consagraban a Cristo su virginidad.

 Leyenda o historia, no hay nadie que, al escribir la semblanza de esta ilustre mujer, silencie el caso maravilloso de la invención de la Santa Cruz.

 Parece que la mayor disconformidad existente en este punto entre los historiadores es debida al silencio que del viaje de Elena hace Eusebio de Cesarea en su Vida de Constantino el Grande, a quien —acaso por adulación— atribuye todas las construcciones y reconstrucciones que se hicieron en Palestina aquellos años.

 Así lo juzga Tillemont al comprobar que los Santos Crisóstomo, Ambrosio, Paulino de Nola y Sulpicio Severo, aunque difieren en alguna pequeña circunstancia, todos atribuyen a Santa Elena el descubrimiento de la Vera Cruz. Por otra parte, el misal que a diario usamos, al comentar esta fiesta el 3 de mayo, se lo asigna también a nuestra Santa. ¿Por que habríamos de silenciarlo aquí?

 Mientras la piadosa emperatriz proyectó su viaje a Palestina un deseo vehemente enardecía su corazón: ver, tocar, venerar el sagrado leño del que estuvo colgado el Salvador del mundo. A su llegada a Jerusalén ahí se enderezan todas sus investigaciones. Mas sin éxito alguno entre los cristianos. Entonces se dirige a los judíos. Y es uno, llamado Judas, quien —señalándole el sitio exacto donde se encuentra—, le pone en antecedentes de una tradición conservada entre ellos: "hacía muchos años que, por despojar los judíos a la devoción cristiana del precioso símbolo de la cruz, la habían echado, con las de los dos ladrones, a un pozo que después colmaron de tierra y piedras para que se pudriera la madera".

 Comienzan las excavaciones. Y, después de dos días de ansiosa expectación, aparecen las tres cruces. Pero ¿cuál de las tres sería la de nuestro divino Salvador? El santo obispo Macario acompaña a la emperatriz, y, poa planes estupendos.

 Así nos lo dijo San Ambrosio, que vivió en una época inmediata a la de nuestra Santa.

 Nos figuramos a Elena en su adolescencia y juventud trabajando en el mesón de su padre. Atendiendo a todo, trajinando para tener las dependencias limpias y la comida sabrosa y a punto, obsequiosa con sus huéspedes... Siempre sencilla, humilde, recatada, sonriente. Era pagana, sí, porque de familia pagana había nacido, pero sentía en su corazón el vacío de aquellas falsas divinidades.

 Hacía unos años que había unas persecuciones horribles contra los cristianos, desencadenadas por los propios emperadores de Roma, que los mandaban apresar y les sometían a tormentos terribilísimos y terminaban por llevarlos al anfiteatro para echárselos a las fieras. También a muchos los quemaban vivos.

 Elena no terminaba de comprender por qué sus emperadores hacían aquello. ¡Si los cristianos eran buena gente! Ella trataba con algunas muchachas de su edad que pertenecían a aquella "secta" y no podía sino decir que eran excelentes. Tanto que, a veces, comparándolas con sus amigas paganas, había de reconocer que las superaban en todos los aspectos.

 Naturaleza la suya rica en dones de Dios, poseía físicamente una singular hermosura que realzaba la espontánea nobleza de su espíritu y esa que llaman "aristocracia del alma": una inteligencia privilegiada y un gran corazón.

 Tenía ya Elena alrededor de veintitrés años. Todos sus encantos estaban en auge, como en capullo recién abierto. Cuando la Providencia, "río caudaloso lleno de posibilidades y de sorpresas", cambió por completo el curso de su obscura vida.

 Ignoramos dónde y cómo se conocieron Elena y Constancio. Él, general valeroso, de noble familia, prefecto del Pretorio durante el gobierno de Maximiano, era de carácter suave, de espíritu exquisito y culto y de salud delicada. La palidez de su rostro había dado origen a su sobrenombre: Cloro.

 La espléndida y pudorosa hermosura de aquella muchacha se le entró por los ojos robándole el corazón. Aunque ¿quién dudará que su asombro no tuvo límite cuando, al tratarla, pudo percibir la nobleza de sus sentimientos?... Y la hizo su esposa.

 No han faltado autores malintencionados que han hablado de concubinato. Nada de eso. Tillemont se ha encargado de demostrar plenamente la legitimidad de su matrimonio. Fruto de él fue su hijo Constantino, futuro emperador de Roma, que vino al mundo en Naïssus (Dardania) el 27 de febrero del 274.

 1º de marzo de 293. El Imperio romano se había extendido prodigiosamente. Diocleciano y Maximiano, que, unidos hacía tiempo, lo compartían con el título de Augustos, decidieron tener cada uno de ellos un César que colaborara en el gobierno y administración de sus Estados. Diocleciano eligió a Galerio, y Maximiano a Constancio Cloro.

 Una condición se le impuso al marido de Elena: había de repudiar a su mujer y casarse con la hijastra de Maximiano, único medio de que existiera el imprescindible "parentesco" entre los Augustos y sus Césares. Se separó, pues, de Elena y se unió en matrimonio con Teodora. Prevaleció en él la ambición de la gloria sobre la gloria del amor.

 Y nuestra Santa ¿qué hizo? Al verse postergada no dejó que se le quebrasen las alas del alma. Las plegó hacia dentro, y serena, tranquila y solitaria se refugió en el reino de su corazón. Allí le dolía menos su abandono. Es que, sin ella sospecharlo, la acompañaba Dios.

 Más le costaba la ausencia de su hijo. Intuyendo Diocleciano en el muchacho excepcionales dotes de guerrero y organizador, quiso prepararlo por sí mismo con vistas al futuro, y hacía tiempo que lo tenía en su palacio. Años fecundos éstos que pasó junto al emperador. Dejaron en el adolescente una impresión indeleble, ya que, al estallar furiosa y demoledora "la gran persecución" contra los cristianos, pudo personalmente comprobar de qué era capaz una fe religiosa profundamente sentida.

 25 de julio del 306. En este día muere Constancio Cloro. Su hijo, que le acompañó en sus últimos momentos, ya no sueña más que con llevarse a su madre a vivir con él. Está orgulloso de ella y quiere compartir su misma vida para sentir siempre el beneficio de su influencia.

 ¿Era Elena cristiana ya entonces? ¿Desde cuándo? No se sabe exactamente. La mayoría de los autores coinciden en afirmar que no lo fue hasta después de la aparición de la cruz en el Cielo, durante la batalla de Saxa Rubra. Recordemos brevemente el suceso copiando a Eusebio de Cesarea, que dice haberlo oído de labios del emperador.

 "Era en las horas posmeridianas, cuando el sol declina ya; Constantino vio en el cielo, con sus propios ojos, un trofeo de cruz compuesto de luz, superpuesto al sol, y adherida al mismo una escritura que decía: "Con este signo vencerás". Él, juntamente con todo el ejército que le sigue, se sienten presa de estupor. Constantino no comprende el significado de la aparición y pensándolo largamente llega la noche. Pero, mientras duerme, le aparece el Cristo de Dios, juntamente con el signo visto en el cielo, y le manda que haga una imitación del signo y se sirva de él como de salvaguarda en las refriegas con los enemigos."

 Efectivamente, fabricado el "lábaro" según el signo aparecido, se lanza a la batalla y termina con aquella aplastante victoria, "que decidió los destinos del mundo y de la cristiandad".

 A los pocos días era Constantino dueño de Roma y entraba en la Ciudad Eterna como único emperador. Era el 28 de octubre del 312. Desde entonces, en sus ideas y en su corazón, puede decirse que es cristiano. No obstante, plenamente, no llegó a realizarlo hasta los últimos momentos de su vida en que recibió el bautismo.

 No obró así su madre. El sol de la cruz que alumbró el cielo de Roma iluminó y caldeó el corazón de Elena haciéndole sentir la sublimidad de la religión cristiana y se abrazó con ella. El bautismo abrió en su alma una fuente de piedad viva, consciente, activa.

 Ya está restablecida la unidad imperial. Reconocido Constantino soberano del orbe, considera a su madre la soberana. Le da el título de Augusta, manda acuñar monedas con su efigie y, mostrándole una ilimitada confianza, deja a su plena disposición el tesoro del Estado. Mas, elevada a la cúspide de las grandezas humanas, Elena no se envanece. Vive sin fausto ni lujosas ostentaciones, y, según afirma San Gregorio, "su encantadora modestia enardece de entusiasmo a los romanos".

 Al ser enriquecidas por la gracia sus espléndidas cualidades personales despliega todo su poder en favor de su hijo. Y es entonces cuando se percibe el valor de su influencia al transmitirle, con su cariño, todos los tesoros de bondad y prudencia que su alma acumula. El Dante decía de Beatriz: "Ella miraba hacia arriba y yo miraba en ella". Algo así podemos creer de Elena y Constantino. Léase, si no, el famoso Edicto de Milán y todos los que le siguieron, hasta su prohibición del culto de los dioses lares, en el 321, y "toda la lluvia de beneficios morales y materiales que el gobierno de Constantino hizo caer sobre la Iglesia y que no son del todo legendarios".

 Entramos en el año 326. Elena siente el declinar de su vida. Desde que el emperador ha trasladado su sede a la antigua Bizancio, la "nueva Roma", allí vive ahora su madre, en aquella ágora que él, en su honor, ha adornado prodigiosamente de pórticos y estatuas. Cerca tiene la iglesia de Santa Irene, también restaurada y embellecida por su hijo. En la placidez de los atardeceres, acompañada de alguna de aquellas esclavas a las que la emperatriz trata como a hijas de su corazón, entra en la iglesia y en ella permanece largo rato dando expansión a su piedad. Considerando la magnificencia de aquella ciudad que ha hecho resurgir Constantino a orillas del Bósforo, se le enardecen los deseos de hacer algo semejante en los lugares que, en Palestina, santificó Jesucristo con su presencia.

 Contaba a la sazón setenta y siete años, y los viajes en el siglo IV no se hacían con la rapidísima comodidad que los hacemos en la vigésima centuria. Eran, por el contrario, de una lentitud y solemnidad abrumadoras. Pero nada hay difícil para un grande amor.

 Partió, pues. Su viaje, realizado con ese despliegue de lujo que pedía su rango en aquella época, dejó tras de sí imborrable estela de maravillas. Llamaba sobremanera la atención la persona de la emperatriz. Anciana, conservando aún los rasgos de su extraordinaria belleza, parecía no darse cuenta de la admiración que despertaba a su paso. En cambio, con una humildad que sobrecogía el ánimo de todos, se colocaba en las asambleas de los fieles en cualquier punto designado para las mujeres, mezclándose con las de más baja condición. Se hospedaba en conventos de monjas y hacía vida común con ellas, ocupando su tiempo en remediar toda clase de necesidades y estudiando las Sagradas Escrituras. Cuanto más se adentraba en la religión cristiana, mayor era el entusiasmo y la admiración que por ella sentía. Pero nada le produjo una impresión tan reverente como el ver a aquellas doncellas cristianas que, renunciando a los halagos del mundo, consagraban a Cristo su virginidad.

 Leyenda o historia, no hay nadie que, al escribir la semblanza de esta ilustre mujer, silencie el caso maravilloso de la invención de la Santa Cruz.

 Parece que la mayor disconformidad existente en este punto entre los historiadores es debida al silencio que del viaje de Elena hace Eusebio de Cesarea en su Vida de Constantino el Grande, a quien —acaso por adulación— atribuye todas las construcciones y reconstrucciones que se hicieron en Palestina aquellos años.

 Así lo juzga Tillemont al comprobar que los Santos Crisóstomo, Ambrosio, Paulino de Nola y Sulpicio Severo, aunque difieren en alguna pequeña circunstancia, todos atribuyen a Santa Elena el descubrimiento de la Vera Cruz. Por otra parte, el misal que a diario usamos, al comentar esta fiesta el 3 de mayo, se lo asigna también a nuestra Santa. ¿Por que habríamos de silenciarlo aquí?

 Mientras la piadosa emperatriz proyectó su viaje a Palestina un deseo vehemente enardecía su corazón: ver, tocar, venerar el sagrado leño del que estuvo colgado el Salvador del mundo. A su llegada a Jerusalén ahí se enderezan todas sus investigaciones. Mas sin éxito alguno entre los cristianos. Entonces se dirige a los judíos. Y es uno, llamado Judas, quien —señalándole el sitio exacto donde se encuentra—, le pone en antecedentes de una tradición conservada entre ellos: "hacía muchos años que, por despojar los judíos a la devoción cristiana del precioso símbolo de la cruz, la habían echado, con las de los dos ladrones, a un pozo que después colmaron de tierra y piedras para que se pudriera la madera".

 Comienzan las excavaciones. Y, después de dos días de ansiosa expectación, aparecen las tres cruces. Pero ¿cuál de las tres sería la de nuestro divino Salvador? El santo obispo Macario acompaña a la emperatriz, y, po

Santo Evangelio 10 de agosto de 2015

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Juan (12,24-26):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.»

Carlos Latorre, cmf

Queridos amigos:

Uno de los misterios más grandes de la naturaleza es que de la muerte pueda surgir una nueva vida. Jesús en el evangelio de hoy recurre a la semilla de trigo para explicar el sentido de su propia vida entregada como una semilla que cae en la tierra y se multiplica. Jesús nuestro Señor ha vivido esa experiencia de la dar la vida por los demás hasta la muerte en la cruz. Todo lo que ha hecho ha sido para multiplicar la vida para los demás. Y como Él tenemos que hacer todos los que seguimos sus pasos viviendo como cristianos.

Este lenguaje tal vez nos suene como demasiado duro. ¿No sería posible multiplicar el grano de trigo o de maíz sin necesidad de pudrirse bajo tierra, sin tener que deshacerse y desaparecer? Por ese motivo ser cristiano de verdad es un gran desafío y nada fácil.

El evangelio habla de unos extranjeros, unos griegos, que quieren «ver» a Jesús. Son como la vanguardia de la humanidad que viene a Jesús. Y Jesús con una serie de breves pinceladas presenta la significación de su muerte, explicada con la parábola del grano de trigo que cae en tierra para dar fruto. Así Jesús con su muerte en la cruz va a multiplicar la vida para toda la humanidad a lo largo de la historia.

S. Pablo en su carta a los cristianos de Corinto hace referencia a la colecta que están haciendo para ayudar a quienes en aquellos años de hambre están pasando necesidad, y les recuerda que “Dios ama a quien da con alegría”. Desde la primera predicación de los apóstoles los cristianos hemos aprendido que nuestra fe en Jesús significa compartir nuestros bienes, ayudar a quien pasa necesidad.

Doscientos años después de S. Pablo  vemos en S. Lorenzo mártir el testimonio de los cristianos de Roma. Era uno de los diáconos de la Iglesia. Su responsabilidad consistía en el cuidado de los bienes de la comunidad para distribuir limosnas a los pobres. Eran tiempos de persecución contra los cristianos y hasta el propio Papa fue martirizado. Las autoridades querían apoderarse de los bienes de la Iglesia, pues al ver que ayudaban a tanta gente, pensaron que tenían escondidos grandes tesoros. Lorenzo invitó a todos los pobres, lisiados, mendigos, huérfanos, viudas, ancianos, mutilados, ciegos y leprosos que él ayudaba con las limosnas de la comunidad. Y dijo a las autoridades de Roma: "Ya tengo reunidos todos los tesoros de la iglesia, son vuestros”. Podemos imaginar la cara de rabia de aquellas autoridades que mataban a los cristianos para robarles todo lo que tenían. Por eso sometieron a Lorenzo a la tortura más feroz. Era el 10 de agosto del año 258.

Qué ejemplo tan actual para todas nuestras comunidades. El Papa Francisco nos insiste una y otra vez para que no miremos “a otro lado”.

Vuestro hermano en la fe.
Carlos Latorre
Misionero Claretiano

San Lorenzo Mártir 10 de Agosto


SAN LORENZO
10 de agosto

(† 258)



Conocemos a San Lorenzo y su martirio por el testimonio verídico, por la majestad romana y por el vuelo pindárico del himno en loor suyo del poeta probablemente cesaraugustano Aurelio Prudencio, que quizá había nacido en Zaragoza y debió de morir allá por el año 410, cuando, empujado por la enorme vitalidad de su pueblo, al frente de sus hordas de visigodos (o sea los godos de aquende el Danubio), Alarico, poderoso e inexorable como una inundación, anegó la ciudad de Roma y amagó anegar la civilización latina.

 La extrema pasión del diácono Lorenzo había dejado en la antigüedad cristiana un recuerdo indeleble: pero no quedó tras ella ningún auténtico documento escrito. El primero que la consigna como tradición volátil, en inaprehensible estado de fluidez, es San Ambrosio. El segundo que la asume y la transforma en materia poética es el autor del Peristephanon, el más grande poeta cristiano hasta que, a los novecientos años de distancia, se irguió, más alto que las Pirámides, más perenne que el bronce, el florentino Dante Alighieri.

 Prudencio canta la efusión de sangre cristiana con orgiástica embriaguez. Prudencio es hemólatra, es decir, idólatra de la pasión y de la sangre derramada por amor de Cristo. Prudencio, que es celtibérico, podría parecer bético, verbigracia de Córdoba y del linaje del Séneca de las tragedias y de Lucano, cantor de guerras más que civiles; de Córdoba, dije, patria de hombres enjutos bellos y fuertes que luchan a hierro con bestias generosas y pugnaces, en un circo sonante, lleno de pueblo, ávido de emoción.

 Lorenzo es el más célebre de los mártires de la persecución de Valeriano. Murió a los diez días del mes sextil (agosto) del año 258, cuando, según la usada expresión de Dámaso, que ilustró la ceguera de las catacumbas, desde los días en que el hierro del tirano, secuit pia viscera Matris, rajaba las entrañas de la piadosa Madre, la Iglesia. ¿Cómo pudo silenciar el españolísimo Prudencio su común origen celtibérico y español con el diácono del papa Sixto; Prudencio, digo, que en su libro de Las Coronas consagra a los mártires, inequívocamente de España, sus más audaces ditirambos y proclama como verdad axiomática: Hispanos Deus aspicit benignus: que Dios mira con ternura especial a los hispanos porque ofrecen a Cristo tantas y tan preciosas víctimas como Tarragona, y Calahorra, y Zaragoza, y Mérida envían al cielo? Silencio inexplicable.

 Lorenzo, el año 258, era el primero de los siete diáconos de la Iglesia de Roma, la más recia y pura de sus columnas blancas. La persecución de Valeriano, que arrebatado se lo llevó, iba enderezada contra los miembros de la jerarquía eclesiástica: obispos, presbíteros, diáconos. Este carácter de la persecución señalábale al golpe de los perseguidores. EI era el principal de los siete diáconos encargados de socorrer a los pobres y de administrar las temporalidades eclesiásticas, en aquella coyuntura y sazón no contentibles. La Iglesia era propietaria de vastos cementerios y poseía una bien nutrida Caja donde se custodiaban las cotizaciones de sus miembros. De ella era el encargado Lorenzo; se le llamaba "diácono del Papa", y no era desusado que sucediera al Pontífice que le promovió a esta categoría eminente. No ignoraban los paganos que, a favor de las leyes sobre las asociaciones funerarias (Deorum Manium iura sancta sunto), la Iglesia gozaba de la propiedad de considerables latifundios debidos a la munificencia de los fieles y sabían que en cada ciudad funcionaba la Caja eclesiástica, alimentada con voluntarias aportaciones periódicas, al estilo de una moderna sociedad de socorros mutuos. El Estado codiciaba estos fondos, quizá exagerándolos. Allende de esto, sordamente cundía en los medios populares un siniestro rumor de orgías nocturnas. Roma entonces, como siempre, había sido Civitas omnium gnara et nihil reticens, que creía saberlo todo y todo lo parlaba. Frecuentaban estas orgías los adeptos de la fe nueva, según se creía, y que los presbíteros, en primorosos vasos de oro labrados a cincel, bebían sangre humana, en cenas como la mitológica de Tiestes; y que las salas de estos festines nefandos iluminábanse con antorchas de cera oliente a miel y a flora rupestre, fijas en áureos candelabros. ¿No aparece en esto bien visible la deformación de una sinaxis eucarística?

 El mismo día o el siguiente de la pasión de Sixto, que fue decapitado, el prefecto de Roma llama a Lorenzo. Prudencio pone en boca del magistrado un curioso capítulo de cargos, desprovisto de toda realidad histórica, invención del poeta todo él, que demuestra, empero, un gran conocimiento de los prejuicios dominantes en la época en que el poeta sitúa la escena. Nada áspero responde Lorenzo; nada turbio; responde, sí, con socarronería que llamaríamos aragonesa, si aragonés fuera San Lorenzo:

 "Es rica, sí, la Iglesia, no lo niego. Nadie en el mundo es más rico que ella. El propio emperador no tiene tanta plata acuñada como la Iglesia tiene. No rehuso entregarle los numismas con su efigie y la inscripción que traen; déseme un plazo siquiera breve para reunir e inventariar caudal tan copioso y precioso como Cristo atesora".

 Lorenzo habla como un meticuloso contador. El prefecto le concede un lapso de tres días. Lorenzo recorre la opulenta urbe, dives opum, como Virgilio la denominó; epítome del orbe, como la llamó un cosmógrafo, epítome de todas sus grandezas y de todas sus miserias. Macabra fue la exposición de las riquezas de la Iglesia que Lorenzo inventarió. Sábese por una carta del papa San Cornelio que a mediados del siglo III la Iglesia de Roma socorría a unos mil quinientos pobres y viudas menesterosas. Allí mostraba el ciego, sumido en tinieblas interiores, los blancos ojos, huérfanos de mirada, que con un báculo previo guiaba el paso vacilante; allí el cojo, con un cayado, regía el paso desigual; allí el ulceroso destilando podre; allí el lisiado con la mano encanijada. "Ven y verás —el diácono dice al prefecto— todo un atrio espacioso, lleno de vasos áureos." Aquella hueste de desharrapados, aquella parada horrible de ver, ante los ojos atónitos del funcionario romano, elevó un horrísono alarido. Mezcladas con esa muchedumbre aullante estaban las suaves vírgenes consagradas, las viudas castas que, tras el daño del primer himeneo, quisieron ignorar el calor de la añeja llama. Esta era la mejor porción de la Iglesia, el joyel de más precio con que se ataviaba. Con esta dote la Iglesia place a Cristo; éste es su más lindo tocado; éste es su tesoro; ésta es la rica cuenta de sus pobres.

 En el himno que Prudencio puso en la boca afluente de Lorenzo corren desatados el énfasis bético de Anneo Séneca y el mordedor sarcasmo del bilbilitano Valerio Marcial, El prefecto, burlado y mofado, ataja esas tantas strophas del diácono con una irónica y escalofriante amenaza:

 "Yo tengo entendido que la muerte para el mártir es apetitosa; la tendrás. Podrás saborearla con morosa delectación. Te mulliré un blando tálamo de ascuas. Ya me traerás nuevas de Vulcano."

 Lorenzo sube al lecho de carbones encendidos, que para él fue blando como de ramas y de flores. La lumbre purpúrea de juventud que irradió la frente del protodiácono Esteban entre el granizo de la lapidación circundó cual si fuera un rostro de ángel la serena faz de Lorenzo y la bañó de tiernos rosicleres. Antes de que su pensamiento naufragara en el sopor de la muerte Lorenzo lo reposó en Roma, en aquella Roma tan obcecada y tan amada, a la que el áspero Tertuliano, con inefable ternura, llamó con homéricas reminiscencias vergel de Alcínoo, frutecido de pomas de oro; jardín de Midas, plantado, de rosales.

 "¡Oh romano! —Lorenzo exclama por boca de Prudencio—. ¿Quieres que te revele cuál fue la causa de tus laboriosos triunfos? Ha sido Dios, que quiere la fraternidad de todos los pueblos; que todos encorven su frente bajo una ley única; que todos se tornen, romanos. Roma y la paz son una misma cosa: Pax et Roma tenent. El fundador de Roma no es Rómulo. Es Cristo el fundador de estas murallas. He aquí que todo el humano linaje mora en el dominio de Remo. Concede, oh Cristo, a tus romanos que sea cristiana esa ciudad por la cual tú sembraste en todas las otras una misma creencia. Que no sea impía la cabeza cuando los miembros abandonan la superstición; que Rómulo se torne fiel y el mismo Numa sea creyente. Todavía el error de Troya ofusca la Curia de los Catones. Purifícala, oh Cristo, de esa mancilla; envía un nuevo mensaje por tu ángel Gabriel para que la ceguera de Julo reconozca al Dios verdadero. Aquí los cristianos tenemos ya prendas firmísimas, en los dos Príncipes de los Apóstoles, evangelizador el uno de las gentes, el otro que ocupa la cátedra suprema y empuña las llaves del reino de los cielos. Oxe, afuera ya, Júpiter adúltero; deja ya libre a Roma. Pablo te echa de aquí y Pedro de aquí te destrona!"

 Y en este punto, la mente del mártir moribundo, en vuelo acérrimo, se hunde en una consoladora lontananza:

 "Veo a un Príncipe futuro que vendrá a su tiempo justo y cerrará los templos desiertos; obstruirá las puertas de marfil; condenará los nefastos umbrales y sus goznes de bronce ya no chirriarán; limpios de sangre sucia se erguirán, no adorados ya ni suplicados los bellos mármoles que ahora reciben culto idolátrico".

 Este fue el fin del canto y el fin de la vida. El espíritu siguió la voz del vidente. La muerte de Lorenzo fue la muerte de la idolatría.

 Alejado de Roma, sin duda, escribía Prudencio su espléndido himno, puesto que proclama bienaventurados tres veces a los moradores de la ciudad que podían venerar a Lorenzo en la sede misma de sus huesos, coser su pecho con la tierra. sagrada y regar con lágrimas el lugar santo. Al cuitado Prudencio, el Ebro, que le dividía de los vascones, los Pirineos nevados, los Alpes altos y profundos, manteníanlo alejado de la ciudad de Roma, riquísima de huesos heroicos y de sepulcros santos. Tenía que contentarse con levantar el corazón y los ojos al cielo tan alto y tan lejano hacia la Ciudad de Dios. De esta ciudad inenarrable es Lorenzo munícipe adscrito; por esto lleva en la corte celestial la corona cívica y es cónsul perpetuo de la Roma celestial.



Illic inenarrabili

adiectus Urbi municeps

quem Roma coelestis sibi

legit perennem Consulem.



Prudencio se reconoce indigno de que Cristo incline sus oídos hacia sí; pero, por el patrocinio de los mártires que cantó, puede conseguir audiencia y alivio; y se atreve a poner su nombre como reo de Cristo.

 No de otra manera el piadoso y generoso donante, en las tablas devotas del Renacimiento, en Flandes o en Italia, aparece postrado a los pies de la santa imagen agigantada.

 Así a los pies de San Lorenzo se nos muestra Prudencio, poeta suyo y nuestro, con las manos juntas, con las rodillas en el suelo, humilde, suplicante, pequeñito:

Audi benignus supplicem

Christi reum Prudentium.



LORENZO RIBER

9 ago 2015

Santo Evangelio 9 de agosto de 2015


Evangelio

Evangelio según san Juan (6,41-51), del domingo, 9 de agosto de 2015

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,41-51):

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»
Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: "Serán todos discípulos de Dios."
Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Palabra del Señor

Santa Teresa Benecita de la Cruz, Edit Stein


Beata Teresa Benedicta de la Cruz (EDITH STEIN) 9 agosto


Beata Teresa Benedicta de la Cruz
(EDITH STEIN)
 9 agosto

Su vida

 

Nació en Breslavia -hoy Wroclaw- capital de la Silesia, una región de Alemania que pasó a Polonia después de la Segunda guerra mundial, el 12.10.1891.

Sus padres, Sigfred y Auguste, dedicados al comercio, eran judíos. Edith fue la última de once hijos. Su padre murió el 1893 y su madre hubo de cargar con la dirección de la serrería y la educación de sus hijos.

La pequeña Edith escribió de sí misma que ella de niña era muy sensible, dinámica, nerviosa e irascible, pero que a los siete años ya empezó en ella a madurar un temperamento reflexivo.

En 1913 ingresó en la universidad de Gottingen y se dedicó al estudio de la fenomenología. Aquelío era su vida: sus libros, sus compañeros, y, sobre todo, el célebre profesor E. Husserl. Durante este tiempo llega a un ateísmo casi total.

Estalla en 1914 la primera Guerra Mundial y Edith trabaja como enfermera en un hospital de cuatro mil camas. A esta obra se entrega de lleno.

El estudio de fenomenología hecho con seriedad le lleva al conocimiento profundo de la Iglesia católica y se bautiza el 1.1.1922. El Dios o el Absoluto llena toda su alma: "Cristo se elevó radiante ante mi mirada; Cristo en el misterio de la Cruz'. Su encuentro definitivo fue en 1921 leyendo la Autobiografía de Santa Teresa.

Al ser bautizada el 1.1.1922 recibió el nombre de Teresa Edwig.

A sus 42 años, el 15.4.1934, fiesta del Buen Pastor, viste el hábito carmelita en el convento de Colonia.

Su familia rompe con ella. El 21.4.1935, domingo de Pascua de Resurrección, emite sus votos religiosos y tres años después, aquel mismo día, sus votos perpetuos. Su vida será ya una "Cruz" convertida en "Pascua".

Pronto se enrarece la atmósfera en Alemania. Los nazis odian al puebo judío. Ella presagia la suerte que le espera. Quieren salvarla haciendo que huya a Holanda. El 22.8.1942 miembros de las SS se presentan en el convento y apresan a Sor Bendicta y a Su hermana Rosa.

Después de varios tormentos, el 9.8.1942, en el horno de gas del "infierno de Auschwitz", moría la mártir de la Cruz, Sor Bendicta.

Fue beatificada el 1.5.1987 en Colonia. Su fiesta se celebra el 9 de agosto.

 

Su espiritualidad

 

Además de en su vida-siempre auténtica y generosa, tanto cuando era creyente y practicante judía como cuando se alejó de la fe, y, sobre todo, cuando se convirtió después y abrazó la vida del Carmelo- su espiritualidad se manifiesta, sobre todo, en sus maravillosos y profundos escritos. Estos son los principales: Ser infinito y eterno; La ciencia de la Cruz; Caminos para el conocimiento de Dios; Teresa de Jesús; El Misterio de Navidad; Las Bodas del cordero; La oración de la Iglesia; Ave Crux... Todas ellas arrancan del primer encuentro que tuvo con Cristo.

Amó muchísimo al Carmelo y a la Madre del Carmelo. Escribió sobre su vocación cosas preciosas...

Alguien ha escrito de la misión de Edith Stein:

"Su figura, su oración y su trabajo, su silencio y su pasión, su postrera marcha hacia el oriente, no desaparecerán fácilmente de la memoria de las generaciones venideras, irradiando siempre espíritu de fortaleza y despertando anhelos por ahondar en la fe, en la esperanza y en el amor".