30 jul 2015

Santo Evangelio 30 de julio de 2015



Día litúrgico: Jueves XVII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 13,47-53): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?» Dícenle: «Sí». Y Él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo». Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí.
«Recogen en cestos los buenos y tiran los malos»

Rev. D. Ferran JARABO i Carbonell 
(Agullana, Girona, España)

Hoy, el Evangelio constituye una llamada vital a la conversión. Jesús no nos ahorra la dureza de la realidad: «Saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego» (Mt 13,49-50). ¡La advertencia es clara! No podemos quedarnos dormidos.

Ahora debemos optar libremente: o buscamos a Dios y el bien con todas nuestras fuerzas, o colocamos nuestra vida en el precipicio de la muerte. O estamos con Cristo o estamos contra Él. Convertirse significa, en este caso, optar totalmente por pertenecer a los justos y llevar una vida digna de hijos. Sin embargo, tenemos en nuestro interior la experiencia del pecado: vemos el bien que deberíamos hacer y en cambio obramos el mal; ¿cómo intentamos dar una verdadera unidad a nuestras vidas? Nosotros solos no podemos hacer mucho. Sólo si nos ponemos en manos de Dios podremos lograr hacer el bien y pertenecer a los justos.

«Por el hecho de no estar seguros del tiempo en que vendrá nuestro Juez, debemos vivir cada jornada como si nos tuviera que juzgar al día siguiente» (San Jerónimo). Esta frase es una invitación a vivir con intensidad y responsabilidad nuestro ser cristiano. No se trata de tener miedo, sino de vivir en la esperanza este tiempo que es de gracia, alabanza y gloria.

Cristo nos enseña el camino de nuestra propia glorificación. Cristo es el camino del hombre, por tanto, nuestra salvación, nuestra felicidad y todo lo que podamos imaginar pasa por Él. Y si todo lo tenemos en Cristo, no podemos dejar de amar a la Iglesia que nos lo muestra y es su cuerpo místico. Contra las visiones puramente humanas de esta realidad es necesario que recuperemos la visión divino-espiritual: ¡nada mejor que Cristo y que el cumplimiento de su voluntad!

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SANTOS ABDÓN Y SENÉN 30 de julio


 SANTOS ABDÓN Y SENÉN
30 de julio

(s. III)

 

De los Santos Abdón y Senén se recitaba esta "lección" en el oficio de maitines del Breviario antes de la simplificación de rúbricas llevada a cabo el año 1956 por la Sagrada Congregación de Ritos, en que su antiguo oficio de rito simple quedó reducido a "memoria" o conmemoración:

Bajo el imperio de Decio, Abdón y Senén, de nacionalidad persa, fueron acusados de enterrar en sus propiedades los cuerpos de los cristianos que eran dejados insepultos. Habiendo sido detenidos por orden del emperador, intentóse obligarles a sacrificar a los dioses; mas ellos se negaron a hacerlo, proclamando con toda energía la divinidad de Jesucristo, por lo cual, después de haber sido sometidos a un riguroso encarcelamiento, al volver Decio a Roma obligóles a entrar en ella cargados de cadenas, caminando delante de su carroza triunfal. Conducidos a través de las calles de la ciudad a la presencia de las estatuas de los ídolos, escupieron sobre ellas en señal de execración, lo que les valió ser expuestos a los osos y a los leones, los cuales no se atrevieron a tocarles. Por último, después de haberlos degollado, arrastraron sus cuerpos, atados por los pies, delante del simulacro del Sol, pero fueron retirados secretamente de aquel lugar, para darles sepultura en la casa del diácono Quirino."

La "lección" transcrita recoge la leyenda que nos ha transmitido la "pasión de San Policronio" , pieza que parece remontarse a finales del siglo V o principios del VI. Esta pasión representa a nuestros Santos como subreguli o jefes militares de Persia, donde habrían sido hechos prisioneros por Decio, circunstancia evidentemente falsa, puesto que Decio no hizo guerra alguna contra aquella nación. Añade el documento que padecieron martirio en Roma bajo Decio, siendo prefecto Valeriano, detalle igualmente inexacto, puesto que Valeriano no fue prefecto durante el reinado de Decio. Sin embargo, la mención de estos dos emperadores nos permite fijar la fecha del martirio de Abdón y Senén ya bajo Decio, en 250, ya bajo Valeriano. en 258.

Lo que sí podemos retener como seguro es el origen oriental de ambos Santos, suficientemente atestiguado por sus nombres. Muy bien puede creerse que fueran de origen ilustre, príncipes o sátrapas, ya refugiados en Roma a consecuencia de alguna revolución en su país o por haber caído en desgracia de sus soberanos, ya traídos de Persia como prisioneros o como rehenes, no por Decio, que no estuvo allí, sino por su inmediato predecesor, el emperador Felipe el Arabe. Si vivieron en la corte de Decio pudieron haber muerto víctimas no solamente de su fe cristiana, sino también del odio que los escritores cristianos atribuyen a Decio contra todo lo que guardaba relación con su predecesor.

Alguien ha propuesto otra hipótesis. Teniendo en cuenta que el cementerio de Ponciano, donde fueron sepultados estos mártires, se halla enclavado en un barrio pobre, próximo a los almacenes del puerto de Roma, cabría preguntarse si Abdón y Senén no fueron simplemente dos obreros orientales. Se habla en la pasión de un cierto Galba, cuyo nombre podría haber sido sugerido por la proximidad de los horrea Galbae, los docks para el vino, el aceite y otras mercancías de importación.

Sea lo que fuere de tales conjeturas, hay un dato cierto e indudable en la vida de nuestros Santos, y es la constancia de su martirio, atestiguada por su sepultura en el referido cementerio o catacumba de Ponciano y la nota que trae el cronógrafo de Filócalo, del año 354, que dice así en su lista de enterramiento de mártires: "El 3 de las calendas de agosto (es decir, el 30 de julio), Abdón y Senén en el cementerio de Ponciano, que se encuentra junto al "Oso encapuchado". Igual referencia y para igual fecha aporta el calendario jeronimiano, repitiéndola los diversos itinerarios compuestos para uso de los peregrinos del siglo VII, e incluyéndola los martirológios de redacción posterior, como el de Beda, Adón y Usuardo.

El cementerio de Ponciano se encuentra en la vía de Porto, y una de sus criptas, la situada junto a la escalera, poseyó la tumba de estos mártires. Fue decorada posteriormente, en la época bizantina, hacia el siglo VI según Marucchi y monseñor Wilper. Esta cripta fue siempre objeto de particular veneración. En un hueco cavado en la roca se edificó un baptisterio, decorándolo con una cruz gemada que parece salir de las aguas, mientras de los brazos de la cruz penden las letras alfa y omega. Debajo del nicho se encuentra una pintura con el bautismo del Señor.

La tumba de Abdón y Senén ocupaba la pared de la derecha y hallábase coronada con un fresco representando a Cristo que sale entre nubes y pone dos coronas sobre las frentes de los mártires, estando escrito debajo de uno SCS ABDO, y del otro SCS SENNE. Su indumentaria es asiática, y ambos están tocados con un capuchón enroscado, en forma de gorro frigio. El resto de sus vestidos se compone de un manto que prolonga el capuchón, dejando ver una túnica de piel, que va recogida por delante, quedando las piernas al aire.

Tales detalles en el vestido denotan que, al tiempo en que fue decorada la cripta, la tradición oriental de Abdón y Senén no ofrecía duda alguna, pero no concuerdan del todo con el origen ilustre que la pasión les atribuye, pues la túnica recogida, dejando ver las piernas, parece indumentaria de gente humilde. Sin embargo, ha aparecido una lámpara de terracotta, que se data como del siglo V, la cual representa a San Abdón portando el manto persa de pieles, aunque adornado con esferillas y piedras preciosas, lo que está acorde con la pasión al decir que los mártires se presentaron ante Decio con su espléndida vestimenta oriental, como sátrapas o príncipes. Esta lámpara pudo inspirarse en alguna pintura del mismo cementerio de Ponciano, hoy desaparecida.

Los cuerpos de San Abdón y San Senén no estuvieron mucho tiempo en el sarcófago de ladrillo que aún se conserva en la cripta. Después de la paz de la Iglesia se les transportó a la rica basílica que fue levantada encima de la catacumba. El itinerario de Salzburgo lo indica claramente cuando invita al peregrino a que, después de visitar el subterráneo o espelunca, suba arriba y entre en la gran iglesia, "donde descansan los santos mártires Abdón y Senén".

Esta basílica fue restaurada a fines del siglo VIII por el papa Adriano I, pero de ella hoy no queda rastro. Años después, en 826, el papa Gregorio IV transfirió los cuerpos de los dos mártires a la iglesia de San Marcos, dentro del actual palacio de Venecia.

En Roma llegaron a tener dedicada otra iglesuela cerca del Coliseo, la cual se construiría en relación con la noticia de la pasión de que sus cadáveres fueron arrojados ante el "simulacro del Sol", que era la grandiosa estatua de Nerón que daba nombre de Coliseo al anfiteatro Flavio. Esta iglesia está registrada en un catálogo mandado confeccionar por San Pío V y debe señalar el sitio en que fueron ajusticiados ambos Santos.

Parte de las reliquias de San Abdón y San Senén fueron transportadas al monasterio de Nuestra Señora de Arlés-sur-Tech, en el actual departamento francés de los Pirineos Orientales. Están guardadas en dos bustos relicarios, ricos y artísticos. Por esta región se conservan poblaciones como Dondesennec, que evocan el nombre del primero de los mártires.

Aquí terminaríamos esta semblanza si no creyéramos defraudar al lector.

No debe tomarse a menoscabo para los gloriosos mártires el tener que movernos entre conjeturas; es una prueba de la antigüedad de su martirio, si bien la carencia de documentación abundante nos impida noticias ciertas, que el relato fantástico de la pasión procuró suplir tres siglos después. Lo principal, que es su martirio, está atestiguado por el calendario filocaliano y por el culto constante junto a su tumba y después en su basílica. También está comprobado su origen oriental, como lo demuestran sus nombres, la propia leyenda y la iconografía.

Fueron mártires de una de las más tristes y gloriosas persecuciones, la de Decio.

Este emperador reinó tres años, del 249 al 251. Era hombre de grandes cualidades; pero, cegado por el esplendor del trono, quiso volverlo a su antigua grandeza, pretendió que la religión del Estado alcanzara la significación que tuvo en los tiempos de gloria del Imperio.

Como el cristianismo había echado hondas raíces en la sociedad romana, se propuso exterminarlo, pues Decio lo consideraba como el principal estorbo a sus proyectos. Anteriormente las persecuciones habían sido esporádicas, en virtud de una legislación ambigua, que por un lado prohibía buscar a los cristianos, y por otro los juzgaba y condenaba cuando se presentaban denuncias contra ellos en los tribunales.

El edicto que ahora se publicó era general y sentaría las bases jurídicas de la persecución, nuevas en relación con la antigua jurisprudencia. Los procónsules o gobernadores de provincias habían de exigir de todos los súbditos del Imperio una prueba explícita del reconocimiento de la religión del Estado, ya ofreciendo alguna libación o sacrificio, ya quemando unos granos de incienso ante el altar de los dioses. Los que cumplieran este requisito recibirían un certificado o libellum, y su nombre sería incluido en las listas oficiales.

La persecución se extendió a todo el Imperio, desde España a Egipto, desde Italia a Africa. Los efectos fueron terribles, porque hubo muchos mártires, pero los magistrados preferían hacer apóstatas, recurriendo para ello a todas las estratagemas.

Entre los que resistieron heroicamente la prueba, tenemos a nuestros Santos Abdón y Senén. Ya fuesen de origen noble, ya de condición plebeya, demostraron gran entereza de alma.

¿Serían apresados porque, como afirma la pasión, enterraban en sus propiedades los cuerpos de los mártires?

No es inverosímil. En momentos de terror hasta los mismos familiares abandonan a sus parientes para no comprometerse. Por esta o por otra causa, o porque hubieran sido convocados simplemente a sacrificar, como otros muchos ciudadanos, lo cierto es que no retrocedieron ante el peligro y confesaron con valentía su fe. Tenemos también constancia de otros muchos mártires, sobre todo obispos y personas de relieve, que sufrieron la muerte en esta persecución, como el papa San Fabián, el obispo de Alejandría, San Dionisio; el de Cartago, San Cipriano; la virgen Santa Agueda, de Sicilia, San Félix, de Zaragoza. Los perseguidores buscaban las cabezas para desorganizar mejor la Iglesia.

Hubo también innumerables "confesores" que soportaron cárceles, cadenas y torturas por Cristo, aunque obtuvieran posteriormente la libertad, pudiendo mostrar las señales de sus padecimientos en sus heridas y cicatrices. Eran como mártires vivientes, que habían conservado la vida para ejemplo y estímulo de los demás. Uno de los más célebres confesores de este período fue el ilustre escritor alejandrino Orígenes.

En fin, de esta época y de este ambiente son San Abdón y San Senén. Si podemos tomar por novelescos muchos detalles de la pasión, siempre será cierto el hecho fundamental: que derramaron generosamente su sangre por Cristo en la confesión de su fe, y así los ha venerado por mártires, a través de una larga tradición de siglos, la Iglesia católica.

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

 

 

29 jul 2015

Santo Evangelio 29 de julio de 2015


Día litúrgico: 29 de Julio: Santa Marta

Texto del Evangelio (Lc 10,38-42): En aquel tiempo, Jesús entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada».

«Te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola»


Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Hoy, también nosotros —atareados como vamos a veces por muchas cosas— hemos de escuchar cómo el Señor nos recuerda que «hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola» (Lc 10,42): el amor, la santidad. Es el punto de mira, el horizonte que no hemos de perder nunca de vista en medio de nuestras ocupaciones cotidianas.

Porque “ocupados” lo estaremos si obedecemos a la indicación del Creador: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla» (Gn 1,28). ¡La tierra!, ¡el mundo!: he aquí nuestro lugar de encuentro con el Señor. «No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Jn 17,15). Sí, el mundo es “altar” para nosotros y para nuestra entrega a Dios y a los otros.

Somos del mundo, pero no hemos de ser mundanos. Bien al contrario, estamos llamados a ser —en bella expresión de Juan Pablo II— “sacerdotes de la creación”, “sacerdotes” de nuestro mundo, de un mundo que amamos apasionadamente.

He aquí la cuestión: el mundo y la santidad; el tráfico diario y la única cosa necesaria. No son dos realidades opuestas: hemos de procurar la confluencia de ambas. Y esta confluencia se ha de producir —en primer lugar y sobre todo— en nuestro corazón, que es donde se pueden unir cielo y tierra. Porque en el corazón humano es donde puede nacer el diálogo entre el Creador y la criatura.

Es necesaria, por tanto, la oración. «El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil del “hacer por hacer”. Tenemos que resistir a esta tentación, buscando “ser” antes que “hacer”. Recordemos a este respecto el reproche de Jesús a Marta: ‘Tú te afanas y te preocupas por muchas cosas y sin embargo sólo una es necesaria’ (Lc 10,41-42)» (Juan Pablo II). 

No hay oposición entre el ser y el hacer, pero sí que hay un orden de prioridad, de precedencia: «María ha elegido la parte buena, que no le será quitada» (Lc 10,42).

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Santa Marta 29 de Julio


SANTA MARTA
29 de julio


En la pendiente oriental del monte Olivete, y a una distancia aproximadamente de un kilómetro de su cúspide, yace una aldea típicamente árabe llamada El-Azariyeh, que acaso tenga relación con el Lazarion, nombre que se daba a la población cristiana bizantina construida a unos 200 ó 300 metros del emplazamiento del villorrio de Betania de que habla el Evangelio. Dice San Juan que el poblado "estaba cerca de Jerusalén, como unos quince estadios" (11, 18), o sea, a unos tres kilómetros (exactamente: 2.775 m.), en el supuesto de seguir el camino recto que conduce a Betania a través de Getsemaní, la cima del monte Olivete y Betfagé. Más largo es el trayecto por la carretera de Jerusalén a Jericó y Transjordania, que roza el poblado de Betania.

 Por su proximidad muchos judíos de Jerusalén iban frecuentemente a Betania, y el mismo Jesucristo se retiraba allí al atardecer, una vez terminado su magisterio diurno en el Templo, buscando en el hogar de una familia amiga el calor que un corazón humano comprensivo podía proporcionar al peregrino divino que no disponía de una piedra donde reclinar su cabeza. Componían la familia los tres hermanos: Marta, María y Lázaro. No parece que vivieran sus padres, ni que alguno de los mencionados hermanos estuviera ligado en matrimonio o lo hubiera contraído en un tiempo. Era Marta la mayor de la hermandad y hacía ella las veces de ama de casa. Esto último significa su nombre en lengua hebraica, martah, que no aparece en el Antiguo Testamento, pero se halla en la literatura talmúdica bajo la forma femenina con el significado de "ama”; "dueña". En uno de los muchos sepulcros judío-cristianos del siglo I descubiertos en el paraje llamado Dominus Flevit, en la vertiente occidental del Olivete, han aparecido juntos los nombres de "Marta y María" (martah wemariah).

 Una santa amistad unía la familia con el divino Redentor. Marta, como ama de casa, era la encargada de recibir y atender a los huéspedes. El santo Evangelio señala algunos de sus encuentros con Jesús. La primera vez que Marta salta al terreno de la historia fue con ocasión de hospedar a Jesús en su viaje a Jerusalén siguiendo el camino de Jericó. Al llegar a Betania decidió detenerse en casa de sus amigos. La noticia de la llegada del Maestro puso en revuelo a la piadosa familia, que le acogía con sincero y devoto afecto. Como ama de casa salió Marta a su encuentro e introdujo a Jesús en ella.

 Como de costumbre, al poco de entrar empezó Jesús a hablar, quedando todos los presentes, incluso los apóstoles que le acompañaban, pendientes de sus labios. Marta pudo gozar unos momentos de beatífico reposo escuchando al Maestro, pero su condición de "ama de casa" la forzaba a tener que abandonar la compañía del Maestro divino para dedicarse a los trabajos conducentes a asegurarle un hospedaje digno. Trataba Marta de armonizar su actividad con sus ansias de escuchar al Maestro, pero, dado el volumen de trabajo, comprendió que se le escapaba la oportunidad de poder oír las palabras de Jesús. Con envidia contemplaba a su hermana María, abstraída totalmente de toda preocupación material, atenta a las palabras de Cristo. En su ir y venir echó Marta sus cálculos de que, si María le ayudara en sus quehaceres, más pronto quedaría libre para escuchar tranquilamente a Jesús. Dada la íntima confianza con que la familia trataba a Jesús, se atrevió Marta a proponerle lo que había premeditado en su interior, diciéndole: "Señor, ¿no te da enfado que mi hermana me deje a mi sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude" (Lc. 10, 40). No eran sus palabras un reproche para su hermana, sino una angustiosa llamada al bondadoso Jesús para que sugiriera a María la idea de que, con el trabajo aunado de las dos, tendría Marta más tiempo libre para dedicarlo también a la contemplación.

 Comprendió Jesús que las palabras de Marta estaban dictadas por el ardiente anhelo que tenía de escucharle, Por eso le contestó con otras que tenían más de lección para los presentes y para las generaciones venideras que de reprensión para la hacendosa hermana: "Marta, Marta, tú te acongojas y conturbas por muchas cosas, cuando de pocas hay necesidad; en rigor, de una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada". En efecto, dado el inestimable privilegio dispensado a la familia de tener a Jesús como huésped, lo principal era escucharle, pasando a segundo término las preocupaciones por el alimento material.

 Cuando Jesús se dignó entrar en casa de Marta no pretendía que se le dispensara a Él y a sus discípulos una recepción fastuosa o que se les preparase un exquisito banquete. El divino Maestro tenía un manjar que los hombres no conocían (lo. 4,32), y quería que todos pospusieran el alimento material a la comida espiritual. Cristo había dicho: "No, os preocupéis diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o qué vestiremos? Los gentiles se afanan por todo esto... Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura" (Mt. 6, 31-33). Jesús entró en casa de sus amigos de Betania con el fin de saciar el hambre espiritual que sentían sus moradores, por lo cual no convenía que desviaran su atención a otras cosas secundarias, aunque tuvieran como finalidad exclusiva el servicio de Cristo y su móvil fuera el amor hacia Él.

 Puestos a enjuiciar la actitud de las dos hermanas conforme a la jerarquía de los valores espirituales, cabe decir que la ocupación de María es en sí más perfecta que la de Marta. De suyo es más noble vagar en la contemplación de las cosas divinas que andar entre ollas y pucheros. ¿De lo dicho se deduce que debemos ser todos unos contemplativos, abismándonos en el estudio de las cosas de Dios, olvidados del mundo que nos rodea? No; Jesús, dice San Agustín, no reprende a Marta; sólo señala diferencia de ministerios. Hay vocaciones a un estado superior de contemplación. Que no digan los activos que los que contemplan no trabajan: trabajan mejor que ellos si contemplan mejor. De aquí la importancia suma que a la vida contemplativa dio siempre la Iglesia. Pero, cuando debe prevalecer la acción, entonces la misma Iglesia es la que orienta la actividad de sus hijos en este sentido. Este criterio ha hecho que surgieran en el campo de la Iglesia, en días de lucha con el enemigo, esta pléyade de hombres, de instituciones, que tienen por lema unir la acción a la contemplación (GOMÁ).

 Otro encuentro más sensacional tuvo Marta con Cristo en su misma casa de Betania. Se hallaba Jesús al otro lado del Jordán cuando una cruel enfermedad se apoderó de Lázaro. Desde el primer momento sus dos hermanas, Marta y María, pensaron que el mejor médico era su amigo Jesús, dueño de las enfermedades y de la muerte. De ahí que le mandaran un recado con las palabras: "Señor, el que amas está enfermo". Bien conocía Cristo la gravedad del mal que aquejaba a Lázaro y su desenlace, pero tardó en ir para dar lugar a un ruidoso milagro. Cuando fue "se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro". Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, le salió al encuentro, en tanto que María se quedó sentada en casa. Transida de dolor y abrigando al mismo tiempo gran confianza en su corazón, se atrevió Marta a decirle: "Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano; pero sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo otorgará". Díjole Jesús: "Resucitará tu hermano". Marta le contestó: "Sé que resucitará en la resurrección en el último día". Viendo Jesús el dolor que embargaba a Marta, quiso disipar cualquier sombra de duda que pudiera atormentar el corazón de aquella laboriosa ama de casa diciéndole: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?". Respondió Marta: "Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que ha venido a este mundo" (lo. 11, 20-27).

 Apenas oyó Marta las palabras esperanzadoras de Jesús, le dejó y corrió a casa para anunciar en secreto a su hermana María que el Maestro estaba allí y la llamaba. De repente se levantó María y corrió también al encuentro de Jesús. "Así que María llegó donde Jesús estaba, viéndole, se echó a sus pies, diciendo: "Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto m¡ hermano". Las lágrimas de las dos hermanas y sus gritos de dolor contagiaron a la muchedumbre allí presente, que lloraba con ellas la desaparición del hermano querido.

 El mismo Jesús, ante aquel espectáculo, "se conmovió hondamente, se turbó y dijo: "¿Dónde le habéis puesto?". Mientras se dirigían todos presurosos al sepulcro de Lázaro, las lágrimas asomaron en los ojos de Jesús, resbalando silenciosamente sobre sus divinas mejillas, lo que hizo exclamar a muchos de los judíos presentes: "¡Cómo le amaba!". Rodeado de las hermanas y demás comitiva Jesús llegó al monumento, que era una cueva tapada con una piedra. Dijo Jesús: "Quitad la piedra", a lo que contestó Marta, acaso para evitar que un cuadro espeluznante se ofreciera a su vista: "Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días". Jesús atajó toda duda diciendo: "¿No te he dicho que, si creyeres, verás la gloria de Dios?". Pocos momentos después, Lázaro salía del sepulcro, "ligados con faja pies y manos y el rostro envuelto en un sudario" (lo. 11,32-44). Jesús había premiado con un extraordinario milagro la fe de una familia amiga que le amaba entrañablemente.

 En este episodio evangélico aparece Jesús como el sincero amigo, el huésped agradecido, el compasivo consolador, el sencillo bienhechor, el delicado compañero. ¡Oh, dichosos una y mil veces los que, como Lázaro, Marta y María, le tienen y tratan como amigo! Dichosos los que oyen y entienden las palabras: "Todo el que vive y cree en mí no morirá jamás, Aun cuando muera, vivirá" (VILARIÑO). A Marta debemos el que Cristo pronunciara estas palabras tan consoladoras para nosotros, mortales que caminamos hacia la eternidad con la esperanza de vivir para siempre en compañía del que es la resurrección y la vida".

 Todavía el Evangelio nos ha conservado otro recuerdo de la solícita hermana de Lázaro. "Seis días antes de la Pascua vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dispusieron allí una cena; y Marta servía, y Lázaro era de los que estaban en la mesa con Él" (lo. 12, 1-2). Como siempre, también el Evangelio nos presenta en este pasaje a Marta sirviendo a Jesús, ejerciendo amorosamente con Él los deberes que le imponía su condición de "ama de casa". También en este pasaje evangélico María demuestra su amor por Cristo con el modo que le es peculiar. Mientras Marta servía la cena su hermana "ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos" (lo. 12, 3). De nuevo las dos hermanas son el prototipo de las dos vidas, activa y contemplativa.

 A partir de este hecho desaparece Marta del marco de la historia para entrar en el campo de la leyenda. Ningún documento antiguo nos informa sobre su comportamiento durante los días de la pasión de Cristo y del tiempo que siguió a su resurrección hasta la ascensión a los cielos; pero todo induce a creer que la hacendosa "ama de casa" a quien amaba Cristo, sintiera vivísimamente su pasión y muerte, aunque lo manifestara de manera menos espectacular que su hermana María. Cabe también suponer que vio al divino Maestro resucitado. Llena de méritos y madura para el cielo, murió a una edad que desconocemos, yendo a ocupar un sitio de honor en las mansiones de la casa del Padre celestial. en premio de su total devoción y entrega al servicio de Cristo. Muy probablemente murió y fue sepultada en Betania, donde se enseñaba su sepulcro en el siglo IV. Una leyenda, con muy poco fundamento histórico, asegura que en el año 1187 se descubrió su sepulcro en Tarascón (Francia), dando pie con ello a otra leyenda del traslado de toda la familia a Francia y de su afincamiento en Tarascón, con la consiguiente actividad apostólica corroborada con portentosos milagros.

 A causa de su familiaridad con Cristo, y por decir el Evangelio que "Jesús amaba a Marta" (lo. 11, 5), su culto penetró muy pronto en la liturgia, variando extraordinariamente el día de su conmemoración. En Roma se le dedicó una iglesia por sugerencia de San Ignacio de Loyola.

 En 1528 los familiares pontificios formaron una hermandad, y, con el permiso del papa Paulo III, edificaron una iglesia en honor de Santa Marta, junto al Vaticano. En el curso de los años fueron muchos los institutos religiosos femeninos que escogieron a Marta como protectora. Es considerada la Santa como patrona del ramo de hostelería por razón de haberse mostrado ella diligentísima en el servicio del huésped divino, Jesucristo. Siempre ha gozado Marta de muchas simpatías a causa de ser ella diligente, cariñosa y condescendiente hasta tolerar el exceso de fatiga que le ocasionaba el carácter diferente de su hermana María. En el desenvolvimiento de sus quehaceres ella mira siempre las cosas por el lado práctico. El Salvador la amaba extraordinariamente porque, si María se muestra insaciable en recibir de Él el alimento espiritual, Marta, en cambio, se comporta como una tierna madre, tanto para Él como para los discípulos. los cuales eran considerados en Betania como personas de casa. Tienen los hosteleros en Marta un modelo que imitar. A todos nos enseña la Santa que debemos tratar a nuestros hermanos con la misma solicitud con que ella atendía a Cristo y a sus apóstoles.

 LUIS ARNALDICH, O. F. M.



Olaf de Noruega mártir 29 de julio


 Olaf de Noruega
mártir
29 de julio

 

Autor: P. Felipe Santos


Etimológicamente significa “legado de los antepasados”. Viene de la lengua alemana.

Tanto para la persona más carente de conocimientos, como para la persona más erudita, la fe sigue siendo una muy humilde confianza en Cristo, en el Espíritu Santo. ES en primer lugar en el corazón, esto es, en las profundidades de uno mismo, donde se recibe la llamada del Evangelio.

Olaf nació en el 995 y murió en 1030.
Era hijo del rey noruego Herald Greske. Cuando era todavía muy joven le permitió que fuera a unirse a los Vikingos.

En una de esas incursiones que hacen las tropas, se encontró con Ricardo de Normandía y Ethelred II que luchaban contra los daneses.

Más adelante,, en 1016, se autonombró gobernador de Noruega.

Olaf había sido bautizado recientemente y lo educaron en una profunda fe cristiana.

Olf Tryggesson, antes que él, empleó gran fuerza y maestría para destruir el paganismo e imponer el cristianismo dentro de las fronteras de su país.

Esta medida logró mucha expansión en toda la nación y, sin embargo, estaban descontentos de sus órdenes.

Esto favoreció la astucia y la política del rey Canuto. Perdió su reino y no pudo conquistarlo otra vez.

La batalla de Stikkestad fue para él el m omento final, ya que encontró la muerte en un Fiordo.

Igual que le ocurrió a san Erico en Suecia, Olaf Haraldson se convirtió en el defensor del cristianismo y murió mártir en una batalla.

Olaf es el símbolo dela independencia de Noruega. Sus reliquias están en una urna de cristal en la catedral. Es centro de peregrinaciones.

¡Felicidades a quien lleve este nombre!

28 jul 2015

Santo Evangelio 28 de julio de 2015



Día litúrgico: Martes XVII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 13,36-43): En aquel tiempo, Jesús despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo». Él respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. 

»De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».


«Explícanos la parábola de la cizaña del campo»

Rev. D. Iñaki BALLBÉ i Turu 
(Rubí, Barcelona, España)
Hoy, mediante la parábola de la cizaña y el trigo, la Iglesia nos invita a meditar acerca de la convivencia del bien y del mal. El bien y el mal dentro de nuestro corazón; el bien y el mal que vemos en los otros, el que vemos que hay en el mundo.

«Explícanos la parábola» (Mt 13,36), le piden a Jesús sus discípulos. Y nosotros, hoy, podemos hacer el propósito de tener más cuidado de nuestra oración personal, nuestro trato cotidiano con Dios. —Señor, le podemos decir, explícame por qué no avanzo suficientemente en mi vida interior. Explícame cómo puedo serte más fiel, cómo puedo buscarte en mi trabajo, o a través de esta circunstancia que no entiendo, o no quiero. Cómo puedo ser un apóstol cualificado. La oración es esto, pedirle “explicaciones” a Dios. ¿Cómo es mi oración? ¿Es sincera?, ¿es constante?, ¿es confiada?

Jesucristo nos invita a tener los ojos fijos en el Cielo, nuestra casa para siempre. Frecuentemente vivimos enloquecidos por la prisa, y casi nunca nos detenemos a pensar que un día —lejano o no, no lo sabemos— deberemos dar cuenta a Dios de nuestra vida, de cómo hemos hecho fructificar las cualidades que nos ha dado. Y nos dice el Señor que al final de los tiempos habrá una tría. El Cielo nos lo hemos de ganar en la tierra, en el día a día, sin esperar situaciones que quizá nunca llegarán. Hemos de vivir heroicamente lo que es ordinario, lo que aparentemente no tiene ninguna trascendencia. ¡Vivir pensando en la eternidad y ayudar a los otros a pensar en ello!: paradójicamente, «se esfuerza para no morir el hombre que ha de morir; y no se esfuerza para no pecar el hombre que ha de vivir eternamente» (San Julián de Toledo).

Recogeremos lo que hayamos sembrado. Hay que luchar por dar hoy el 100%. Y que cuando Dios nos llame a su presencia le podamos presentar las manos llenas: de actos de fe, de esperanza, de amor. Que se concretan en cosas muy pequeñas y en pequeños vencimientos que, vividos diariamente, nos hacen más cristianos, más santos, más humanos.

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Santos Nazario y Celso Mártires 28 de julio


 Santos Nazario y Celso
Mártires

 28 de julio

Autor: itunet


Nazario nació en Roma. Su padre era un acaudalado caballero pagano, oriundo del norte de África. Su madre, fervorosa cristiana había nacido en Roma; la Iglesia la venera con el nombre de santa Perpetua. Se cree que fue bautizado por el papa san Lino, sucesor de san Pedro en la sede romana, Inflamada su alma de amor divino, resolvió salir de Roma para dedicarse a la salvación de las almas menos favorecidas, 

Predicó en nombre de Jesucristo. "Los pobres son su prójimo" , decían los del lugar. A lo que él replicaba; "Son más que mi prójimo; son mis hermanos, mis hijos en espíritu" . Y en provecho de ellos vendió sus vastas heredades, vistió el sayal de peregrino y comenzó su misión evangelizadora con los menesterosos, los enfermos y los huérfanos. 

Recorrió Florencia y se dirigió a la ciudad de Milán. El gobernador Anolino interrogó a los guardias: "¿,Quién es ese hombre que habla sobre la fe de un nazareno llamado Jesús y todos lo siguen?" Dio orden de que lo encarcelaran y al día siguiente se presentó en su celda. Su presencia llevaba un fin: persuadirlo a que adorase a los dioses de Roma. 

Como Nazario se negase, fue flagelado y expulsado de Milán. Llevó entonces a la Galia su prédica evangelizadora. Un domingo, orando en la población de Melia, una mujer, llamada Marionilla, llegó con un niño, su hijo. "Aquí está Celso le dijo , para que lo bautices y lo instruyas en tu fe, la que recompensa con la vida eterna". 

La gracia del Señor resplandeció sobre Celso. Nazario y Celso maestro y discípulo, sembraron, con sus eficaces pláticas y la ejemplaridad de sus vidas, aquella semilla de la cual habla el evangelio; y esta semilla "cayó toda en tierra fértil". 

En la ciudad de Tréveris ambos realizaron milagros. En compañía de los recién convertidos entonaban cánticos sagrados y en las procesiones pregonaban la paz entre los hermanos y entre los pueblos. 

Arrestados los dos y llevados a la cárcel, se los condenó a muerte. La tradición refiere que fueron milagrosamente salvados y volvieron a Italia. En Milán, el gobernador Anolino por segunda vez los hizo encarcelar. Como Nazario era ciudadano romano y pertenecía a la nobleza, el gobernador consultó la sentencia con Nerón. 

Conducidos a la plaza mayor de Milán, fueron decapitados, el 28 de julio del año 68. Los cristianos recogieron sus cadáveres y los sepultaron en un huerto de extramuros. 

Más de trescientos años después, en 395, fue revelado a san Ambrosio como él mismo ha escrito el lugar donde estaban los sagrados despojos. Refieren las crónicas que éstos estaban como si ese mismo día hubiesen sido sepultados. San Ambrosio los hizo trasladar a la iglesia de los Apóstoles, que acababa de hacer construir. 

Los habitantes de Milán reverencian a estos dos santos como a sus dos patronos. Otros Santos cuya fiesta se celebra hoy: Santos: Acacio, Eustasio, Furadrán, Lúcido, Peregrino, Raimundo, confesores; Botvido, David y compañeros, mártires; Víctor I, Inocencio I, papas; Catalina Thomás, religiosa; Pedro Poveda, fundador de la Institución Teresiana, beato.