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24 jun 2015
Corazón de Jesús en Vos confío
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Estampas
Santo Evangelio 24 de Junio de 2015
Día litúrgico: 24 de Junio: El Nacimiento de san Juan Bautista
Texto del Evangelio (Lc 1,57-66.80): Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella. Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: «No; se ha de llamar Juan». Le decían: «No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre». Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Él pidió una tablilla y escribió: ‘Juan es su nombre’. Y todos quedaron admirados.
Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.
Comentario: Rev. D. Joan MARTÍNEZ Porcel (Barcelona, España)
«El niño crecía y su espíritu se fortalecía»
Hoy, celebramos solemnemente el nacimiento del Bautista. San Juan es un hombre de grandes contrastes: vive el silencio del desierto, pero desde allí mueve las masas y las invita con voz convincente a la conversión; es humilde para reconocer que él tan sólo es la voz, no la Palabra, pero no tiene pelos en la lengua y es capaz de acusar y denunciar las injusticias incluso a los mismos reyes; invita a sus discípulos a ir hacia Jesús, pero no rechaza conversar con el rey Herodes mientras está en prisión. Silencioso y humilde, es también valiente y decidido hasta derramar su sangre. ¡Juan Bautista es un gran hombre!, el mayor de los nacidos de mujer, así lo elogiará Jesús; pero solamente es el precursor de Cristo.
Quizás el secreto de su grandeza está en su conciencia de saberse elegido por Dios; así lo expresa el evangelista: «El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel» (Lc 1,80). Toda su niñez y juventud estuvo marcada por la conciencia de su misión: dar testimonio; y lo hace bautizando a Cristo en el Jordán, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto y, al final de su vida, derramando su sangre en favor de la verdad. Con nuestro conocimiento de Juan, podemos responder a la pregunta de sus contemporáneos: «¿Qué será este niño?» (Lc 1,66).
Todos nosotros, por el bautismo, hemos sido elegidos y enviados a dar testimonio del Señor. En un ambiente de indiferencia, san Juan es modelo y ayuda para nosotros; san Agustín nos dice: «Admira a Juan cuanto te sea posible, pues lo que admiras aprovecha a Cristo. Aprovecha a Cristo, repito, no porqué tú le ofrezcas algo a Él, sino para progresar tú en Él». En Juan, sus actitudes de Precursor, manifestadas en su oración atenta al Espíritu, en su fortaleza y su humildad, nos ayudan a abrir horizontes nuevos de santidad para nosotros y para nuestros hermanos.
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Evangelio
Natividad de San Juan Bautista 24 de Junio
24 de junio
HOMILÍAS
LECTIO DIVINA
NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA
Es Primavera, y, sobre la alta serranía, Nazaret abre su caserío blanco, como lirio enorme, a la tierna caricia del sol. Caen las aguas de nieve, con juvenil travesura, entre las quebradas del monte. Los almendros apuntan estremecidos sus yemas, y se percibe un murmullo caliente cuando rompen, con ímpetu, a la vida. Un perfume antiguo de hornos se mezcla a la liturgia del incienso y cubre los sembrados como una bendición anticipada. ¿Quién oyó el cantar de las tórtolas, entre las dos luces tranquilas de la sobretarde? Pues parece que el rey Salomón, turbado de muchos amores, suspira, escondido entre el verde fresco de los jardines, su llamada impaciente: "Ya pasó el invierno, amada mía. Ven, mi paloma, que anidaste sobre las piedras, ven". Y de la corola opulenta de ese lirio nazaretano salta la Doncella María, como un prodigio de hermosura. Hay, en el aire de oro, un reguero de palabras del Buen Dios, y la brisa pequeña simula aún el roce inocente de las alas del arcángel. Ya fue la Encarnación. Con la docilidad sencilla de una esclava creyó el fausto Mensaje. Y en el otro lirio celeste y cerrado —el seno de la siempre Virgen— se hace carne la deidad del Verbo. Pero aquel signo increíble de la prima Isabel, fértil y anciana, le empuja, con su cosquilleo femenino y curioso, hacia Ain Karim, mientras las augustas modulaciones del Magnificat se asoman a la ternura del labio. Todo su camino trasciende a un profundo misterio. Atraviesa la llanada de Esdrelón, ahora exuberante y pacífica; pero en estos mismos campos Israel cortó los laureles de sus grandes victorias y la cizaña negra de sus declinaciones. Y parece que las sombras del crepúsculo reaniman, en la soledad de sus sepulcros, a todos los viejos caudillos, que alzan sus trofeos y sus laudes al paso de la Virgen de la Promesa. Sube alegre las montañas de Samaria y percibe aún los ecos de aquellos pactos que hizo Yahvé con los patriarcas, y el recuerdo de anchas bendiciones. Y, al fin, la Judea la recibe en la solemne liturgia de su sacerdocio, y convoca a todos los profetas muertos para que se gocen en los días de la plenitud, cuando los montes destilen pura miel y se hermanen el cordero con el lobo. ¡Toda la historia del Pueblo de Dios se asoma para verla pasar, y la acompaña, cantando un salterio de amorosa bienvenida!
Las cuatro jornadas de viaje —iba, según San Lucas, con mucha presteza, por el más corto camino— dieron en Ain Karim, donde los primos tienen una casita de recreo para los días de verano. Zacarías permanece mudo desde aquel sofoco que le produjo la presencia del arcángel Gabriel, cuando ofrecía el incienso ritual en el Santuario. Era como una llama de oro encendido que le hablaba así: "No temas, porque ya ha sido oída tu oración. Tu mujer te dará un hijo a quien pondrás de nombre Juan". Y precisamente su boca muda habla como signo visible del milagro.
De pronto rompe, en la modorra del mediodía, una voz de saludo: "¡La paz sea con vosotros!". Y se despierta el paisaje, sobresaltado con un revuelo de palomas y un murmullo en todas las flores del huerto. Sale impaciente Zacarías, porque anda nervioso desde la visitación celeste, y se queda suspenso, con los brazos tendidos. ¿Cómo, ahora, la prima de Nazaret? Y la estrecha con enorme dulzura, porque, en el recreo del alma, presiente ya los días de salud para su pueblo, mientras por la barba temblona le caen lágrimas dulces, como las perlas que el rocío pone estas madrugadas de abril en el verdor de los campos. A las puertas de la casa aparece Isabel, radiante. ¿Porque le dan de cara los rayos del sol? No. Es toda ella un divino reverbero, llena del Santo, Espíritu, que es Luz. Está en trance, como ardiendo. Y más que hablar, grita la profecía de su saludo: "Bendita Tú entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre". Y así queda, sobre el aire inmóvil, que es más azul y más risueño, la primera avemaría de la historia, iniciada, en la eternidad, por la misma boca del Padre. Se turba la Virgen con el recibimiento de los primos, porque es muy humilde. Y entonces su palabra serena, en un susurro enamorado, prorrumpe a cantar sus alabanzas al Altísimo, porque la hizo grande con su poder y le colmó el seno de fecundidad y de maravilla. Oíd: Magnificat anima mea Dominum...
El grupo deliciosamente enlazado de los tres busca refrigerio y reposo dentro de la casita, que tiene al mediodía tendido un parral de sombras y un encanto de aguas en los surtidores, que lloran la frescura de su luz sobre los nardos. ¿Quedó allí María hasta el nacimiento de Juan? La teología de Nuestra Señora nos lo aclara. Ved. Las gracias que acaba de recibir en la Encarnación —añadidas a las de su plenitud original— la han introducido en un orden de vida sobrenatural eminente. La hipóstasis del Verbo en su carne le confiere el título de coparental de las divinas Personas. Es realmente Hija del Padre, Madre de su Verbo y Esposa del Santo Espíritu, del Amor que la sombreaba en Nazaret. Pero no hay que olvidar la cooperación que presta María a este lujo de dones y de privilegios. En el plano de los merecimientos personales funciona sin la traba de las pasiones rebeldes que a todos los hombres nos afligen. Y, así, el Angélico nos asegura que, con la caridad, crecían en su alma, a la vez, como los cinco dedos de nuestra mano, las virtudes, dones y méritos, en una progresión incalculable. La caridad, pues, la indujo a permanecer en Ain Karim, junto a la prima necesitada, hasta el jubiloso alumbramiento del Bautista: sin que estimemos en contra las razones de un pudor fuera de tono al interpretar como ya acabados esos "cerca de tres meses” que San Lucas asigna al misterio de la Visitación de la Virgen.
Y corre la primavera, embalsamada por los dulces coloquios de aquellas dos madres del milagro, en una íntima comunión de corazones y de ofrendas al Altísimo. ¡Cuántas veces recontaría Isabel que el niño saltó en el seno, santificado por la visita de la Doncella! Y mientras preparaban las dos los pañales del alumbramiento, el cielo se hacía blanco de tan azul y transparente; y agobiaba el aire, desde los arenales de Judá; y el equinoccio del estío venía, ardiente y solemne —el sol como una custodia de fuego—, para el desfile festival de la vida, en el triunfo del amor. Pues, con el gozo y las zozobras de vísperas, decidieron volverse a la casa solariega para que el niño, naciese dentro de la misma raíz troncal.
"Y se cumplió el tiempo de dar a luz Isabel y tuvo un hijo. Los vecinos y los parientes conocieron que el Señor había tenido misericordia con ella y la felicitaban." Nos parece demasiado desnuda la narración que el evangelista pone a un suceso tan extraordinario. El arcángel había dicho a Zacarías: "Será para ti de mucho gozo y alegría, y los hombres se regocijarán con su nacimiento". Ain Karim es un poblado reducido, como una ancha familia, con los júbilos, las preocupaciones y las penas comunes. Pues el suceso que las gentes esperaban con angustiosa curiosidad conmovería a toda la aldea, un poco enajenada en su rutina gris. Sí. La noticia corre en la boca de las comadres, con añadiduras y aspavientos; se mandan mensajeros a las cercanías, y toda la casa desborda de familiares y de aldeanos. "¡Ya dio a luz Isabel!", y le agobian de parabienes y de sencillas ofrendas —tortas crujientes, corderos recentales, alguna que otra tela recamada de oro—, y una buenaventura común para la felicidad del recién nacido. Yo pienso que María, un poco alejada del ruidoso entusiasmo, cortaría en el huerto una brazada de rosas de sangre, para coronar, como un augurio, aquella vida pequeña que debía dar testimonio de su propio Hijo.
El evangelista nos refiere, con más riqueza de detalles, la circuncisión, doble ceremonia que se celebraba a los ocho días del nacimiento para imponer al varón israelita el nombre y para ingresarle, con todos los deberes y derechos, religiosos y civiles, en la comunidad. Seguramente los sacerdotes, compañeros del padre, se encargarían del rito, aunque entre las clases humildes lo practicaba también el padre de la criatura. Y entonces el milagro. Aunque mudo, Zacarías comunicó de alguna manera a Isabel los detalles de la visión angélica del Templo y el dato precioso del nombre que el mensajero del Señor le traía. Por eso Lucas nos dice que la madre se adelanta y exige: "Se llamará Juan". Hubo forcejeo entre los parientes, "porque nadie hay en tu parentela que lleve ese nombre"; y, acaso, porque desearían ofrecer a Zacarías, imponiéndole el suyo, el consuelo de verse renovado en la varonía del hijo. Pero él pide las tablas enceradas y, a punzón, escribe: "Juan es su nombre". en el mismo instante se suelta su lengua, comienza a hablar rectamente, entre la maravilla de los familiares, y en grandes transportes proféticos dicta su oración del Benedictus, majestuosa, agradecida como para ser rezada, de rodillas, por la liturgia de la iglesia, pregonando todo el poder el Señor.
Antes de los dos años es conducido el pequeño Juan al desierto, para salvarle de la degollina de Herodes. Y asombra que le dejen de por vida allí, según la tradición de los Santos Padres, porque estos hijos tardíos suelen ser mimosamente amados de los suyos. Pero Lucas es muy concreto cuando nos asegura: "Crecía y se fortalecía, en las estepas, hasta su manifestación a Israel". Los sensacionales descubrimientos del desierto de Judá en la primavera de 1947 nos aclaran esta juventud, escondida hasta ahora, en el misterio de las suposiciones gratuitas. Las excavaciones de Qumrám demuestran que allí existió un gran cenobio, donde la secta de los esenios se consagraba a una vida común de oraciones y de ayunos. Pues los padres del Bautista le entregarían a estas gentes piadosas, para defenderle de los matarifes de Herodes y para asegurar una educación fuerte entre aquellos hombres expertos y ejemplares. Tenemos razones para pensar así. Cuando le llegue el gran trance de su profetismo será fiel a la llamada. Entonces, rompiendo con la vida común monástica, será un disidente de Qumrám, pero sin despojarse de un género de vida que ha hecho, en él, naturaleza. No es ninguna coincidencia que las prácticas del "bautismo de inmersión", corrientes entre los monjes esenios, las imponga Juan a los pecadores como penitencia pública: que se defina como la "Voz que clama", porque en los días de su entrenamiento aprendió muy bien aquella primera "regla" del cenobio de Qumrám: :"Todos los que vengan de la comunidad de Israel sepan que se han separado de la ciudad de los hombres para vivir en el desierto y escuchar al Señor, como está escrito: En el desierto oíd su Voz y preparad, en las estepas, un camino para encontrarle". Casan, pues, demasiado los temas y los ritos de Qumrám con el modo y las predicaciones del Bautista.
Pero no es un profeta del montón. Lucas le introduce en su evangelio con una solemnidad inusitada, escoltado por todas las jerarquías religiosas y civiles, reinantes entonces en Israel. Impresiona la majestad del cortejo: Tiberio César, Poncio Pilato, Herodes, Filipo y Lisanias, Anás y Caifás: y todos con la pompa de sus poderes imperiales, políticos y sacerdotales, para atestiguar sencillamente esto: "En el desierto vino la palabra de Dios sobre Juan, el hijo de Zacarías". Si. Más que profeta, es el Precursor del Mesías. En el prólogo del cuarto Evangelio el otro Juan le confiere toda su excelsa dimensión teológica: "Hubo un hombre, por nombre Juan, enviado de Dios. Vino como testigo para testificar sobre la Luz, a fin de que, por él, todos creyesen; él no era la Luz, sino testigo de la Luz". Aquí el evangelista zanja, sin apelaciones, la peligrosa polémica que, a lo largo de los dos primeros siglos, inquietó la ortodoxia de las comunidades cristianas, cuando los discípulos esenios de Juan predicaban que su maestro fue la Luz verdadera y que su bautismo perdonaba los pecados en las inmersiones del río Jordán. No. Pero los elogios que tributa a su ministerio, como "testigo de la Luz", están en la misma línea eminente de aquellas palabras de Cristo: "Entre los hombres nacidos de mujer ninguno mayor que este Juan".
Se explica el enorme impacto que su profetismo alcanza en la conciencia de Israel. Parece misterioso el declive del pueblo elegido, porque, en lo humano, sería muy difícil explicar cómo, de aquellos esplendores de la monarquía de David, ya no queda nada: vacías sus instituciones jurídicas y religiosas; el pueblo, "como ovejas que no tuvieran pastor", y todo Israel, una pequeña y difícil provincia del dominio augusto de Roma. Entonces se desatan las fugas hasta el maravillosismo —es la hora turbia de todas las extravagancias intelectuales y morales, de visiones mágicas y alucinaciones colectivas—, buscando cada hombre que su vecino le salve. Este clima psicológico explica bien el falso concepto israelita sobre el mesianismo.
Entonces aparece Juan en su desierto y choca. Es el profeta de fuego, árido y airado, la piel batida de intemperies y de soles, una cintura de penitencia que le desgarra la carne poca, y una luz infinita en la mirada profunda e irresistible. ¡Qué duro contraste! Los rectores religiosos eran de aquella catadura aristocrática que permitió al levita y al sacerdote, pasar junto al pobre judío, robado de los ladrones en Jericó, sin oír los lamentos helados de su agonía. Los poderes civiles, envilecidos en obsequio del invasor. Y un clasismo de pena, que permitía a todos los epulones sentarse a los convites de la carne y del vino mientras los lázaros morían en la soledad de su hambre y de su lepra. ¿No ha de chocar, de imponerse, la tremenda desnudez del Bautista? Un runrún invade, desde el desierto, toda Palestina. "Yahvé se ha compadecido de su pueblo suscitando un salvador, un nuevo profeta." ¿Acaso Elías o el Ungido? Y cuando aquellas vastedades del Jordán se pueblan de patriarcas, de rameras, de soldados y de publicanos, la sinagoga de Jerusalén se ve obligada a intervenir con justas razones, porque tenía recibida del Altísimo la encomienda de guardar incólumes las prácticas de la Ley. Y como Juan predica y bautiza, el Templo manda sus embajadores para fiscalizarle.
El diálogo que en su evangelio nos transfiere San Juan es hábil, duro, diplomático. Van a interrogar al Bautista sobre su persona, su vida, sus ministerios; pero en el paisaje de estas indagaciones la diana aterradora y verdadera es el Cristo. Juan, a quien sus jueces estiman sólo como un inculto visionario, centra con fina sabiduría el estado de la cuestión y se adelanta en la respuesta.
“¡Yo no soy el Cristo!"
Porque no es la Luz, tampoco es el Cristo, ni Elías, ni el profeta, ni aun un hombre, con los atributos y resortes a su personalidad correspondientes. Es sólo la Voz que clama, que flagela, que purifica, Es el Precursor.
Cuando la embajada descubra sus vergonzosas intenciones —la competencia material de su bautismo, que resta ofrendas al gazofilacio del Templo— Juan tranquiliza sus temores, pero les envuelve en una conminación impresionante. "Yo bautizo en el agua. En medio de vosotros está quien no conocéis. El que viene después de mí, a quien no soy digno de desatar el calzado”. Y este colofón del Bautista sí da que pensar. Desconocer a Jesucristo cuando está en medio de nosotros. Ignoramos, o conocemos con enormes lagunas, las doctrinas evangélicas, el ciclo dogmático, el magisterio del Papa. Su misma Persona divina, viviente en la Eucaristía, en la miseria de los hambrientos, en la orfandad de los hogares, en las llagas de los desamparados, no nos impresionan con su mensaje, aunque nos hablen con palabras auténticas de fuego, con esa luz eterna que llevan en la frente sus enviados. Es el signo, que preside las vidas dramáticas de todos los precursores. Tienen el destino de sembrar con su sangre sin ver la granazón gozosa de las espigas ni recoger en los graneros la gloria de la sementera. Precisamente porque el Bautista es un hombre entero, veraz, fiel a su misión de adelantado, Herodes le encarcelará en aquel castillo de Maqueronte, a orillas del mar Muerto, donde él quema su vida en los altares de la lujuria más arrastrada y monstruosa. Morirá. Su cabeza sangrante sobre el disco de oro que le trae el verdugo, como último ludibrio, queda trenzada a los pies impuros de Salomé, la bailarina. Pero entonces, con la palma de su sangre, triunfa en la gloria de Dios este Juan Profeta, Precursor del Mesías, Amigo del Esposo, "el más grande entre los hombres nacidos de mujer".
FERMIN YZURDIAGA LORCA
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23 jun 2015
Corazón de Jesús en Vos confio
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Corazón de Jesús en Vos confío
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Santo Evangelio 23 de Junio de 2015
Día litúrgico: Martes XII del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mt 7,6.12-14): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen. Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas. Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo encuentran».
Comentario: Diácono D. Evaldo PINA FILHO (Brasilia, Brasil)
«No deis a los perros lo que es santo»
Hoy, el Señor nos hace tres recomendaciones. La primera, «No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos» (Mt 7,6), contrastes en que los “bienes” son asociados a “perlas” y lo “que es santo”; y, por otro lado, los “perros y puercos” a lo que es impuro. San Juan Crisóstomo nos enseña que «nuestros enemigos son iguales a nosotros en su naturaleza pero no en su fe». A pesar de que los beneficios terrenales son concedidos de igual manera a los dignos e indignos, no es así en lo que se refiere a las “gracias espirituales”, privilegio de aquellos que son fieles a Dios. La correcta distribución de los bienes espirituales implica un celo por las cosas sagradas.
La segunda es la llamada “regla de oro” (cf. Mt 7,12), que compendiaba todo lo que la Ley y los Profetas recomendaron, tal como ramas de un único árbol: El amor al prójimo presupone el Amor a Dios, y de Él proviene.
Hacer al prójimo lo que queremos que nos hagan implica una transparencia de acciones para con el otro, en el reconocimiento de su semejanza a Dios, de su dignidad. ¿Por qué razón deseamos el Bien para nosotros mismos? Porque lo reconocemos como medio de identificación y unión con el Creador. Siendo el Bien el único medio para la vida en plenitud, es inconcebible su ausencia en nuestra relación con el prójimo. No hay lugar para el bien donde prevalezca la falsedad y predomine el mal.
Por último, la "puerta estrecha"... El Papa Benedicto XVI nos pregunta: «¿Qué significa esta ‘puerta estrecha’? ¿Por qué muchos no pueden pasar por ella? ¿Es un pasaje reservado para algunos elegidos?». ¡No! El mensaje de Cristo «nos dice que todos podemos entrar en la vida. El pasaje es ‘estrecho’, pero abierto a todos; ‘estrecho’ porque es exigente, requiere compromiso, abnegación, mortificación del propio egoísmo».
Roguemos al Señor que realizó la salvación universal con su muerte y resurrección, que nos reúna a todos en el Banquete de la vida eterna.
Comentario: + Rev. D. Lluís ROQUÉ i Roqué (Manresa, Barcelona, España)
«Entrad por la puerta estrecha»
Hoy, Jesús nos hace tres recomendaciones importantes. No obstante, centraremos nuestra atención en la última: «Entrad por la entrada estrecha» (Mt 7,13), para conseguir la vida plena y ser siempre felices, para evitar ir a la perdición y vernos condenados para siempre.
Si echas un vistazo a tu alrededor y a tu misma existencia, fácilmente comprobarás que todo cuanto vale cuesta, y que lo que tiene un cierto nivel está sujeto a la recomendación del Maestro: como han dicho con gran profundidad los Padres de la Iglesia, «por la cruz se cumplen todos los misterios que contribuyen a nuestra salvación» (San Juan Crisóstomo). Una vez me decía, en el lecho de su agonía, una anciana que había sufrido mucho en su vida: «Padre, quien no saborea la cruz no desea el cielo; sin cruz no hay cielo».
Todo lo dicho contradice a nuestra naturaleza caída, aunque haya sido redimida. Por eso, además de enfrentarnos con nuestro natural modo de ser, tendremos que ir a contracorriente a causa del ambiente de bienestar que se fundamenta en el materialismo y en el goce incontrolado de los sentidos, que buscan —al precio de dejar de ser— tener más y más, obtener el máximo placer.
Siguiendo a Jesús —que ha dicho «Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12)—, nos damos cuenta que el Evangelio no nos condena a una vida oscura, aburrida e infeliz, sino todo lo contrario, pues nos promete y nos da la felicidad verdadera. No hay más que repasar las Bienaventuranzas y mirar a aquellos que, después de entrar por la puerta estrecha, han sido felices y han hecho dichosos a los demás, obteniendo —por su fe y esperanza en Aquel que no defrauda— la recompensa de la abnegación: «El ciento por uno en el presente y la vida eterna en el futuro» (Lc 18,30). El “sí” de María está acompañado por la humildad, la pobreza, la cruz, pero también por el premio a la fidelidad y a la entrega generosa.
© evangeli.net M&M Euroeditors
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San José Cafasso, 23 de Junio
SAN JOSE CAFASSO
(† 1860)
23 de junio
En la trama biográfica de San José Cafasso no se echa de ver nada deslumbrador o complicado. Nacido el 15 de enero de 1811 en el seno de una familia profundamente cristiana, en Castelnuovo d'Asti —hoy Castelnuovo Don Bosco—, pareció predestinado ya desde los primeros años al ministerio sacerdotal. Niño dócil y piadoso, aficionado cual ninguno a la casa y a la iglesia, acabó por merecer el apelativo de santetto. En su juventud mantuvo fiel sus propósitos de bondad, recogimiento y oración, conservando el fulgor de la inocencia y el vivísimo anhelo de consagrarse a Dios. Lo hizo el 1 de julio de 1827, vistiendo con grande ilusión el hábito talar. Juan Bosco, a la sazón un muchacho de doce años, le vio por primera vez aquel mismo año en ocasión de una fiesta popular: ya entonces tuvo la impresión de haber encontrado un santo. Vivaracho como era, se ofreció a acompañar al seminarista para visitar los espectáculos de la ciudad. Años más tarde resonaban todavía intactas en los oídos de Don Bosco las palabras de respuesta del ejemplar seminarista: "Querido amigo, las diversiones de los sacerdotes son las funciones de la iglesia; cuanto más devotamente se celebran tanto más gustan. Nuestras novedades son las prácticas religiosas siempre renovadas y dignas, por tanto, de frecuentarse con la mayor diligencia”. Para persuadir al joven, que no parecía del todo convencido, añadió sonriendo: "Quien abraza el estado eclesiástico se vende al Señor; de ahí que nada hay en este mundo que le atraiga si no es la mayor gloria de Dios y el bien de las almas". He ahí una respuesta que da la talla del hombre.
Fiel a tales convicciones que inspiraban sus propósitos, pasó de los estudios de filosofía a los de teología, coronándolos finalmente con la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1833.
Ya sacerdote, rehusando ofertas tentadoras de diversos párrocos que se lo disputaban, no satisfecho de su formación espiritual y teológica, y libre, por otra parte, de preocupaciones económicas, prefirió continuar su preparación pastoral en el "Convitto” eclesiástico de San Francisco de Asís, de Turín, fundado precisamente para esos fines el año 1817, gracias al interés y acción coordinada de dos figuras altamente representativas en el clero piamontés de aquel entonces: el siervo de Dios Pío Brunone Lanteri y el teólogo Luis María Fortunato Guala, que ocupaba a la sazón el cargo de rector.
La divina Providencia velaba sobre sus pasos: aquel "Convitto” escogido por Cafasso como palestra de perfeccionamiento sacerdotal acabaría por ser su campo de apostolado más fecundo y el centro de su delicadísima misión hasta el fin de sus días. No tardó en destacarse a la vez que la solidez de su cultura teológica su madurez ascética. Por lo que muy pronto ocupó allí mismo la cátedra de maestro: primero como auxiliar, luego como suplente del teólogo Guala en sus clases, sobre todo de teología moral, y, finalmente, sucediéndole en su cargo de rector a su muerte, acaecida en 1848.
Esta tarea de perfeccionamiento y renovación del joven clero piamontés constituye el más alto timbre de gloria de nuestro Santo. Labor nada fácil: resentíase aún la vida religiosa del Piamonte, en medida no despreciable, del influjo de una situación madura en la segunda mitad del siglo XVIII y cristalizada en una práctica severa en plano pastoral y sacramental, que no excluía la inspiración de corrientes jansenistas del tiempo. Dejábanse sentir a la vez tendencias regalistas de volumen no despreciable. En uno y otro campo batalló victorioso San José Cafasso en su empresa de renovación, siguiendo las huellas de sus predecesores Lanteri y Guala, a la luz de la doctrina de San Alfonso María de Ligorio. Sintetizan con exactitud y autoridad la postura de nuestro Santo las apreciaciones de Su Santidad Pío XI en ocasión del decreto De tuto para la beatificación de Cafasso el 1º de noviembre de 1924: "Bien presto logró Cafasso sentar plaza de maestro en las filas del joven clero, inflamado de caridad y radiante de sanísimas ideas, dispuesto a oponer a los males del tiempo los oportunos remedios. Contra el jansenismo alzaba un espíritu de suave confianza en la divina bondad; frente al rigorismo colocaba una actitud de justa facilidad y bondad paterna en el ejercicio del ministerio, desbancaba, en fin, el regalismo, con una dignidad soberana y una conciencia respetuosa para con las leyes justas y las autoridades legítimas, sin claudicar jamás, antes bien dominada y conducida por la perfecta observancia de les derechos de Dios y de las almas, por la devoción inviolable a la Santa Sede y al Pontífice Supremo y por el amor filial a la Santa Madre Iglesia".
Gracias a esta labor suya nuestro Santo procuró a la Iglesia un plantel de sacerdotes que habían de fructificar presto en parroquias, seminarios, institutos religiosos, escuelas públicas, alcanzando muchos de ellos neta fama de santidad. Brilla con fulgores vivísimos la figura de San Juan Bosco, con quien Cafasso fue pródigo en extremo, pues a lo que ofrecía a los demás añadió su consejo iluminado, su palabra de aliento, su óbolo material incluso en los momentos críticos de la fundación de su obra prodigiosa.
Pero la misión apostólica y sacerdotal de nuestro Santo no se agotaba en el recinto del "Convitto" ni en la educación del clero. Desde su morada, su actividad benéfica inspirada en un ardentísimo celo por las almas. se irradiaba en todo el ambiente circundante. San Juan Bosco destaca en la biografía de su maestro varias facetas de su múltiple actividad: padre de los pobres, consejero de los vacilantes, consolador de los enfermos, auxilio de los agonizantes, alivio de los encarcelados, salud de los condenados a muerte. Dos calificativos merecen subrayarse entre ellos.
No había cárcel en Turín cerrada a la caridad del Santo. Amaba a los desgraciados allí recluidos y no acertaba a dejar aquellos lugares en que se le antojaba ver sufrir a Cristo más que en ningún otro. Los condenados a muerte, en particular, le requerían para tenerlo a su lado como ángel de consuelo en el momento del suplicio... Dios premió su efusión de caridad sincera: a pesar de que entre los sesenta y ocho condenados a pena capital, que a lo largo de más de veinte años hubo de asistir, encontrara auténticos monstruos de maldad, no hubo uno solo que resistiera a la gracia: todos se convirtieron, llegando en más de una ocasión a signos inequívocos de extraordinario arrepentimiento. Conocido ese misterioso influjo que ejercía para con esos pobrecitos condenados, fue muy solicitado en varias ciudades del Piamonte en ocasiones análogas. De ahí el mote popular con que se le conocía de "padre de las horcas". No deja de ser un título de gloria para quien había logrado convertir un horrible instrumento de muerte en auténtico medio de salvación y de vida eterna.
"Consejero de los inciertos" lo apellida Don Bosco, Otros prefieren calificarlo "oráculo del laicado y del clero". Efectivamente, de todos los rincones del Piamonte corrían a él gentes de toda clase y condición, ansiosos de su consulta y su consejo. Seglares y clérigos —incluso prelados y obispos—, doctos e ignorantes, abogados, militares, nobles y plebeyos, católicos fervientes, fríos en piedad y aun alejados de la práctica religiosa..., todos le hacían compañía en la calle, le consultaban en su cuarto de estudio, se le acercaban en la iglesia en largas e interminables horas de confesonario. No rechazaba jamás a ninguno. Aunque extenuado de tanta fatiga y cargado de preocupaciones gravísimas, sabía tratar a todos con idéntica cordialidad. Y todos tenían la persuasión de recibir de sus labios una palabra que, limpia de toda pasión humana, traía consigo el sello inequívoco de la verdad divina, admirablemente ajustada a las necesidades de cada cual.
El maestro, el consejero, el confesor, el predicador dejaba a las claras en el ejercicio de su ministerio las líneas maestras de su espiritualidad. Se la ve práctico-pastoral, sencilla y discreta, enraizada en los más sólidos y genuinos filones de la espiritualidad católica de todos los tiempos y, en particular de San Ignacio, de San Francisco de Sales, y de San Alfonso María de Ligorio. Sin cejar jamás en la tensión a metas ideales —pues sencillez para él no significa pobreza y menos aún raquitismo de vida interior—, nuestro Santo se preocupaba ante todo de asegurar a las almas lo estrictamente indispensable, es decir, el desarrollo completo de la vida cristiana, acentuando con trazos muy vivos el fin de esta vida, el valor del tiempo, la salvación del alma, la lucha contra el pecado, la necesidad de la gracia, las verdades eternas, el despego del mundo, la frecuencia de los sacramentos... Pero todo ello en un clima de bondad, de sano optimismo, de insinuante moderación. Se explica así que recalcara la facilidad de obtener la perfección a través de la práctica de las cosas pequeñas, puesta al alcance de la mano de todo el mundo; que hiciera resaltar la belleza de la religión, concebida como un ejercicio de amor hacia un Dios de bondad y de misericordia infinitas, y que, sin descuidar las verdades esenciales, pusiera el acento sobre todo en las más agradables y atrayentes y que, por ser tales, son capaces de engendrar una serena expansión del espíritu hacia su Dios. La piedad, revestida de formas simpáticas, resultaba agradable y, a su escuela, pasaba a ser una fuente perenne de alegría cristiana. Tendía directamente a la unión con Dios. Esquivaba el peligro de aquelosarse en prácticas y gestos exteriores, para insistir en la urgencia de cumplir con exactitud el propio deber entendido como servicio de Dios que ha de realizarse con intención de agradarle y procurarle mayor gloria. La misma mortificación, dirigida preferentemente al interior, más bien que al aspecto corporal, tiende a destacar la dimensión positiva que encierra la renuncia, su aspecto más amable, en cuanto que se la enfoca como liberación del amor y unificación más completa con Dios.
Sonó para Cafasso la hora suprema el 23 de junio de 1860, sin haber alcanzado los cincuenta años, pero agotado por un incesante trabajo apostólico cuyo motor fueron los que él llamara sus tres amores: Jesús Sacramentado, María Santísima y el Papa. Fue realidad gozosa para él un presentimiento suyo consignado en su testamento espiritual:
Non giá morte, ma dolce somno
sará perte, o anima mía,
se morendo, t'asiste Gesú,
se sperando t'abbraccia María.
La fama de santidad que lo acompañó durante su vida y a la hora de su muerte obtuvo presto la contraseña del milagro y más tarde la ratificación solemne de la Iglesia: el 3 de mayo de 1925 Pío XI le declaró beato; el 22 de junio de 1947 Pío XII le incluyó en el catálogo de los santos.
GlUSEPPE USSEGLIO, S. D. B.
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Santoral
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