1 jun 2015

San Justino. 1 de Junio

1 de junio
HOMILÍAS
LECTIO DIVINA
SAN JUSTINO
(†  166)


San Justino, hombre de su tiempo, fue filósofo, santo y mártir. Tres dimensiones de la vida humana, cada una de las cuales es suficiente para dignificarla si se realiza con plenitud, conciencia y autenticidad. San Justino cumplió con las tres. Como filósofo, amó la verdad y se entregó a su estudio; como santo, respondió con virtudes a la gracia suficiente, difundiendo la verdad con el ejemplo de su vida tanto o más pulcramente que con sus escritos, con ser éstos, en la opinión de algunos críticos, muy bellos. Su estilo literario es, a decir verdad, harto discutible; su estilo de vida es, sin lugar a dudas, admirable. Como mártir, confesó con valentía y serenidad, pero sin jactancia, su fe en Jesucristo, negándose a sacrificar a los ídolos.

 Había nacido en Flavia Neápolis, en los primeros años del siglo II. Flavia Neápolis es la moderna Naplusa, Nabulus o Nablus. El nombre se lo dio a la ciudad Flavio Vespasiano al apoderarse de ella el año 72. El nombre samaritano primitivo fue Siquem; estaba considerada corno uno de los puntos más fértiles y hermosos de la Palestina central. Ciudad ancha y fecunda, centro de heredades bíblicas, granero y fortaleza. Veinticinco mil habitantes cuenta. En el siglo II, cuando San Justino nace, se mezclan judíos de origen, resentidos y torvos, con colonos paganos, orgullosos, privilegiados y en expectativa.

 El nombre Justino, aunque de clara ascendencia samaritana, no engaña a los naturales. Denuncia el origen de la tierra, pero no supone ascendencia judía del linaje. Abuelo y padre de Justino fueron, a buen seguro, gentiles. Nuestro Santo parece tenerlo a gala, fundándose en la mejor disposición que muestran los paganos en abrazar la fe de Cristo y en la más firme voluntad para defenderla que la que demostraban los judíos.

 San Justino parece como un primer anuncio de San Agustín. Su itinerario intelectual es muy semejante, y representa entre los apologetas lo que San Agustín significará, con majestad, entre los Padres de la Iglesia.

 De la corteza de la lengua griega pasa, afilándola, al corazón de las ideas, sin que las bellezas literarias, que le cantan al oído, le encanten o detengan en la penetración de la verdad,

 Sigue en el estudio y en la persecución de la verdad el camino que le señala la sinceridad de la búsqueda. Lee y escucha a los estoicos, porque es el sosiego del alma lo que busca, y en ellos parece que podrá encontrarlo; pero no alcanza la paz consigo mismo porque algo más hondo le grita. Es el primer destello de Dios en el alma de Justino. Un Dios presentido y querido, que los estoicos no aciertan a escuchar. Después asistirá a las lecciones de los peripatéticos, pitagóricos y platónicos, sin que la inteligencia de sus textos ofrezcan al corazón de Justino el fervor que el corazón le pide, y sin que el corazón entregue a la inteligencia la claridad y el amor que solicita.

 Lo que no consigue la ciencia de los sabios lo logrará el ejemplo, la constancia y la fortaleza de los humildes. Justino advierte en los mártires cristianos cómo la ciencia vana se transforma en sabiduría plena. Al profundizar en las razones misteriosas que ordenan la formación de ejércitos de mártires y la sucesión de los tiranos en los primeros siglos del cristianismo convendrá no echar nunca en olvido la gracia santificadora de los tormentos, derramándose por todos los miembros de los que buscan la verdad por caminos de buena voluntad. La persecución de Adriano y la divinización de Antinoo pudieron abrir, en invitación sobrenatural, los portones del alma de Justino a la recepción de la gracia de la fe. "Cuanto más se nos persigue —dice en el Diálogo con Trifón— tanto mas crece el número de los que se convierten a la fe por el nombre de Jesús. Nos sucede como con la cepa, a la que se podan los sarmientos que han dado ya fruto para que broten otros más vigorosos y lozanos. La viña plantada por Dios y por nuestro Salvador Jesucristo es su pueblo. No hay quien amedrente o reduzca a servidumbre a los que por todo el ámbito de la tierra creemos en Jesucristo."

 El fenómeno de la conversión del hijo de Presco a la gracia sobrenatural del cristianismo, algunos años antes de cumplir los cuarenta, la edad de la gracia natural del filósofo, que diría Platón, sólo se explica suficientemente por la virtud y eficacia misteriosa de la gracia divina, es cierto; pero en las galerías del alma de Justino oímos cómo discurren los pasos de la sinceridad, de la inteligencia, del ejemplo de los mártires en vida y en muerte, de la meditación silenciosa, de la vigilancia de las pasiones y, finalmente, de la lectura de los profetas. Estos pasos andados con humildad ensanchan su mirada y ahondan sus ecos hasta llegar a la fuente divina de la voz primera y esencial. En efecto, Justino abraza el cristianismo sin tener por ello que abandonar la filosofía, sin apagar sus fervores didascálicos, sin renunciar su pujante vitalidad, sin contradecir a la fe con la razón ni humillar a la razón con la fe.

 Justino, convertido al cristianismo, no desfallece en la búsqueda iniciada de la verdad —conviene repetirlo— ni abandona la filosofía. Este es el alcance que hay que dar a muchas de sus frases entusiásticas y que, lejos de racionalizar la fe, lo que señalan es la posibilidad racional de alcanzarla y la injusticia que supone atacarla. La filosofía no depone contra la fe, sino que el vivir en la fe delata una excelsitud sobre el mero pensar filosófico. En San Justino la fe es siempre un don de Dios, original y sobrenatural. Se opera en Justino una transformación. Es como una elevación del sentido, como un ahondamiento por profundidades, como una transverberación de luces inéditas y sobrenaturales en la constelación intelectual de sus conocimientos anteriores. La conversión al cristianismo le ha enseñado para qué sirve la vida, le ha descubierto una nueva faz de la verdad, le ha iluminado y enfervorizado el anhelo. Lejos de despreciar lo sabido, lo tiene en más, como si el cristianismo fuera la coronación de todos los saberes, por su superación sobrenatural. "He procurado —dice al prefecto Rústico-- adquirir conocimiento de todo linaje de doctrinas, pero sólo me he adherido a las doctrinas de los cristianos, que son las verdaderas, aunque no sean gratas a quienes siguen falsas opiniones."

 Antes de convertirse su alma era como un desierto, ahora es como una antorcha; y abre escuela en Roma para mostrar y demostrar que la filosofía o conduce a la fe en Jesucristo, Verdad verdadera, voz entre los ecos, plenitud de tiempo y verdades, o se convierte en retórica vana. Para nuestro Santo la verdad que persigue la filosofía es una fuerza luminosa y penetrante. Pero no por ello le entregará las llaves de la fe. Grande es, ciertamente, Sócrates —nos dice—; pero a Sócrates nadie le ha creído hasta el punto de dar su vida por mantener esta doctrina. Por la de Cristo, sí; dan su vida los filósofos, los sabios, los artesanos y los humildes. Y ésta es la doctrina a que aspiran los hombres: una verdad por la que valga la pena morir, si llega el caso.

 San Justino sabe muy bien que no ha sido la filosofía la que le ha abierto el cielo de su alma, pero no ignora tampoco que la filosofía no es obstáculo para abrazar la fe, y defiende que una filosofía con fe es una filosofía auténticamente humana. San Justino se percató de que cabe hablar de una filosofía cristiana, pues la razón sólo engendra monstruos cuando con ella se comete la monstruosidad de oponerla a la fe en Cristo. Tan fuerte es esta convicción en San Justino que llega a considerar como un deber de filósofo cristiano el predicar la fe con los medios de expresión de que cada uno dispone y que resulten inteligibles y comprensibles. El se vale de expresiones platónicas. Sólo si algún filósofo arremete contra la fe en nombre de la filosofía impugnará al filósofo y a su filosofía. Justino es antes que nada el filósofo de la sinceridad en la búsqueda, de la autenticidad en la conducta, de la humildad en el hallazgo, del fervor en la predicación de su fe, del heroísmo en el testimonio de su creencia.

 La vida de San Justino es un testimonio palpitante de cómo ha de vivir su fe un filósofo cristiano. Cierto que su tiempo no es el nuestro, ni su circunstancia la que hoy nos rodea, ni su estadio es como nuestro anfiteatro; pero no es menos cierto que la situación radical es y seguirá siendo análoga o muy semejante hasta el final de los tiempos. Más aún: San Justino conserva un no sé qué de modernidad palpitante para esta Europa lacerada.

 San Justino despliega sus actividades con una sencillez, entusiasmo y sinceridad que sorprende. Como la bondad y la verdad son difusivas, y el consejo evangélico señala que la luz de la inteligencia ha de manifestarse en público y en privado, San Justino escribe, habla, predica y peregrina. Suena un filósofo cínico, enemigo del cristianismo, y Justino entabla polémica pública en términos filosóficos. Surge un judío recalcitrante, y Justino abre diálogo en términos de milagros y profecías cumplidas por Cristo. Arrecian las persecuciones, y Justino alza solemne su voz, proclamando directa y audazmente la verdad y la seguridad de su fe en un Dios vivo y viviente, creador, conservador, redentor y juez. No hay en San Justino impertinencia, no hay tampoco imprudencia, pero jamás cederá en la defensa de la verdad ni celará su fervor. Su presencia intelectual, moral y religiosa se multiplica oportuna e importunamente, porque los tiempos exigían esta presencia en la importunidad. Resuena en él San Pablo como un eco potente.

 San Justino está todo él, de cuerpo entero, en las llamadas Apologías y en el Diálogo con Trifón. Es de lamentar que otros escritos suyos se hayan perdido, pero sólo con lo que nos resta San Justino queda retratado maravillosamente. Dedica sus Apologías a Antonino Pío y a Marco Aurelio. Les imputa error, debilidad, cobardía e injusticia, basando la acusación en pruebas morales y en el influjo maléfico de los demonios. Las Apologías están esmaltadas de pensamientos luminosos y eficaces, relieves de sus lecturas platónicas, purificadas por la sinceridad de su fe cristiana. Conservan hoy su validez intacta. Son los hechos —alega San Justino— los que reflejan la piedad o la iniquidad, el amor o el odio que se esconde en los pensamientos y en el corazón de los hombres. El que acusa al cristianismo de iniquidad bastante castigo tiene con el delito que comete con la acusación. El que castiga a un cristiano quebranta la paz, porque el cristiano, por serlo, la busca y la defiende para él y para los demás. El que, conocida la verdad, la persigue comete iniquidad. Vosotros —dirá en los comienzos de la Apología— os oís llamar por doquiera piadosos y filósofos, guardianes de la justicia y amantes de la instrucción; pero que realmente lo seáis es cosa que tendrá que demostrarse. Vosotros —añadirá— matarnos sí podéis; pero dañarnos, no. Instruidos como estáis, no tendréis excusa delante de Dios si no obráis según la justicia.

 En San Justino adquieren relieve expositivo los puntos fundamentales de la teología dogmática, de la moral y de la liturgia. Alcanzan un valor superior al meramente apologético. En él se lee con claridad la divinidad de Jesucristo Y su misión redentora. Cristo ha muerto para librarnos de la esclavitud de los demonios que rondan por el mundo desde el pecado del Paraíso. La madre virginal de Cristo aparece vinculada a la obra redentora. En la unidad de todos los cristianos se aprecia la comunión de los santos, mantenida por la fe. El valor de la tradición es claramente expuesto y defendido. La Eucaristía es el misterio en el que “no tomamos el pan consagrado como un pan común, ni el cáliz consagrado como bebida común, sino que sabemos que son el cuerpo y la sangre del mismo Jesucristo, que se encarnó por nosotros". Es quizá el testimonio más expresivo y terminante si se advierte que una confesión tan explícita no podía resultar grata a los paganos ni a los judíos. El testimonio de San Justino sobre la Eucaristía, como transustanciación del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo, revela la doctrina creída y defendida por todos los cristianos a los que nuestro Santo sirve y expresa. Aunque sus Apologías sólo nos hubieran legado las reuniones de los cristianos y la liturgia del sacramento, serían un documento maravilloso. Y aunque el Diálogo con Trifón se hubiera reducido a los pasajes en los que desarrolla el sacrificio de la misa, ya merecería la honra de todos los cristianos.

 San Justino presiente el martirio, porque sabe que los demonios acechan, y ha podido comprobar cómo los enemigos de la fe son por naturaleza calumniadores. Una descripción de las reuniones cristianas como la que San Justino había escrito, y la exposición de la verdad eucarística, no podían menos que armar el brazo de los amigos y confidentes del emperador Marco Aurelio. Ante la doctrina expuesta por San Justino sobraban los testigos. El discípulo era tratado como el maestro, una vez confesada la divinidad. La fecunda semilla del Verbo Divino fecundó en sangre, que es una de las ramas en que maduran sus frutos cuando la persecución arrecia.

 No hubo en la gracia del martirio de San Justino necesidad de purificación de errores doctrinales, pues los que pueden atribuírsele se desvanecen si se atiende bien al siglo en que vivió o se leen las páginas con benevolencia crítica. Que los filósofos griegos bebieran o no aguas de inspiración en lecturas y tradiciones del Antiguo Testamento no es asunto que inquiete demasiado al que lo asegure con denuedo, sobre todo si la convicción esconde una toma de posición subjetiva. Este convencimiento es el que permite al filósofo cristiano asegurar que en Platón o en los estoicos se descubren resplandores anunciadores de verdades más altas y sublimes. La concordia de verdades cristianas con sentencias estoicas no supone una dependencia de los dogmas cristianos, sino una proclamación, por diversos caminos, de la verdad divina. Es a las sentencias estoicas a las que San Justino obliga a descubrir sentidos que no pueden tener, no es a los dogmas cristianos a los que arrodillará ante la adivinación estoica o platónica. El panteísmo de los estoicos es algo que no cabe en la doctrina de San Justino. Todo aparece claro cuando leemos en San Justino que la fe es un don de Dios que se conquista con la plegaria humilde, y que es la oración la que nos descubre el significado y la inteligencia de las Sagradas Escrituras.

 El apostolado seglar —seglar fue nuestro Santo— tiene en San Justino un buen maestro. El santo patrono de los filósofos se presenta a su vez, y con los mismos títulos, como el santo abogado de los creyentes humildes y sencillos. Todo un símbolo para nuestra época.

 ADOLFO MUÑOZ ALONSO

Preciosisima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo 1 de Julio

1 de julio

LA PRECIOSÍSIMA SANGRE
DE NUESTRO
SEÑOR JESUCRISTO


¡Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa de Cristo; de esa Sangre, fruto de un seno generoso, que el Rey de las gentes derramó para rescate del mundo: "in mundi praetium"!

 Pero, antes de que la lengua cante gozosa y el corazón se explaye en afectos de gratitud y amor, es necesario que medite la inteligencia las sublimidades del Misterio de Sangre que palpita en el centro mismo de la vida cristiana.

 Hay tres hechos que se dan, de modo constante y universal, a través de la historia del hombre: la religión, el sacrificio y la efusión de sangre.

 Los más eminentes antropólogos han considerado la religiosidad como uno de los atributos del género humano. La función céntrica de toda forma religioso-social ha sido siempre el sacrificio. Este se presenta como la ofrenda a Dios de alguna cosa útil al hombre, que la destruye en reconocimiento del supremo dominio del Señor sobre todas las cosas y con carácter expiatorio. Por lo que se refiere a la efusión de sangre, observamos que el sacrificio —al menos en su forma más eficaz y solemne— importa la idea de inmolación o mactación de una víctima, y, por lo mismo, el derramamiento de sangre, de modo que no hay religión que, en su sacrificio expiatorio, no lleve consigo efusión de sangre de las víctimas inmoladas a la divinidad.

 La sangre es algo que repugna y aparta, sobre todo si se trata de sangre humana. Sin embargo, en los altares de todos los pueblos, en el acto, cumbre en que el hombre se pone en relación con Dios, aparece siempre sangre derramada.

 Así lo hace Abel, a la salida del paraíso (Gen. 4, 4), y Noé, al abandonar el arca (Gen. 8, 20-21). El mismo acto repite Abraham (Gen. 15, 10). Y sangre emplea Moisés para salvar a los hijos de Israel en Egipto (Ex. 12, 13), para adorar a Dios en el desierto (Ex. 14, 6) y para purificar a los israelitas (Heb. 9, 22). Una hecatombe de víctimas inmoladas solemnizó la dedicación del templo de Salomón.

 Y no es sólo el pueblo escogido el que hace de la sangre el centro de sus funciones religiosas más solemnes, sino que son también los pueblos gentiles; en ellos encontramos igualmente víctimas y altares de sacrificio cubiertos de sangre, como lo cuentan Homero y Herodoto en la narración de sus viajes.

 Adulterado el primitivo sentido de la efusión de sangre, en el colmo de la aberración, llegaron los pueblos idólatras a ofrecer a los dioses falsos la sangre caliente de víctimas humanas. Niños, doncellas y hombres fueron inmolados, no sólo en los pueblos salvajes, sino también en las cultas ciudades. Y todavía, cuando los conquistadores españoles llegaron a Méjico, quedaron horripilados a la vista de los sacrificios humanos. Los sacerdotes idólatras sacrificaban anualmente miles de hombres, a los que, después de abrirles vivos el pecho, sacaban el corazón palpitante para exprimirlo en los labios del ídolo,

 El hecho histórico, constante y universal, del derramamiento de sangre como función religiosa principal de los pueblos encierra en sí un gran misterio, cuya clave para descifrarlo se halla entre dos hechos también históricos, uno de partida y otro de llegada, de los que uno plantea el tremendo problema y el otro lo resuelve, para alcanzar su punto culminante en el "himno nuevo”, que eternamente cantan los ancianos ante el Cordero sacrificado (Apoc. 7, 14), al que rodean los que, viniendo de la gran tribulación, lavaron y blanquearon sus túnicas en la Sangre del Cordero (ibid.), y vencieron definitivamente, por la virtud de la Sangre, al dragón infernal (cf. Apoc. 12, 11).

 El pecado original creó un estado de discordia y enemistad entre Dios y el hombre. Consecuencia del pecado fue la siguiente: Dios, en el cielo, ofendido; el hombre, en la tierra, enemigo de Dios, y Satanás, "príncipe de este mundo" (lo. 12, 31), al que reduce a esclavitud.

 En la conciencia del hombre desgraciado quedó el recuerdo de su felicidad primera, la amargura de su deslealtad para con el Creador, el instinto de recobrar el derecho a sus destinos gloriosos y el ansia de reconciliarse con Dios.

 ¡Y surge el fenómeno misterioso de la sangre! El hombre siente en lo más íntimo de su naturaleza que su vida es de Dios y que ha manchado esta vida por el pecado original y por sus crímenes personales. La voz de la naturaleza, escondida en lo íntimo de su conciencia, le exige que rinda al supremo Hacedor el homenaje de adoración que le es debido, y, después de la caída desastrosa, le reclama una condigna expiación. Adivina el hombre la fuerza y el valor de la sangre para su reconciliación con Dios, pues en la sangre está la vida de la carne, ya que la sangre es la que nutre y restaura, purifica y renueva la vida del hombre; sin ella, en las formas orgánicas superiores, es imposible la vida: al derramarse la sangre sobreviene la muerte.

 Por otra parte, si en la sangre está la vida —vida que manchó el pecado—, extirpar la vida será borrar el pecado. De ahí que el hombre, llevado por su instinto natural, se decide a "hacer sangre", eligiendo para este oficio a "hombres de sangre", como han llamado algunas razas a sus sacerdotes, para que, con los sacrificios cruentos, rindan, en nombre de todos, homenaje y expiación a la divinidad. Dios mostró su agrado por estos sacrificios (Gen. 4, 4; 8, 21) y consagró con sus mandatos esta creencia al ordenar el culto del pueblo hebreo (Lev. 1, 6; 17, 22).

 La sangre, por representar la vida, fue entonces elegida como el instrumento más adecuado para reconocer el supremo dominio de Dios sobre la vida y sobre todas las cosas y para expiar el pecado. Por eso Virgilio, al contemplar la efusión de sangre de la víctima inmolada, dirá poéticamente que es el alma vestida de púrpura la que sale del cuerpo sacrificado (Eneida, 9,349).

 Pero como el hombre no podía derramar su propia sangre ni la de sus hermanos, buscó un sustituto de su vida en la vida de los animales, especialmente en la de aquellos que le prestaban mayor utilidad, y los colocó sobre los altares, sacrificándolos en adoración y en acción de gracias, para impetrar los dones celestes y para que le fueran perdonados sus pecados. He aquí descifrado el misterio del derramamiento de sangre. Su universalidad hace pensar si sería Dios mismo el que enseñara a nuestros primeros padres esta forma principal del culto religioso.

 Los sacrificios gentílicos, aun en medio de sus aberraciones, no eran otra cosa que el anhelo por la verdadera expiación. Por eso se ofrecían animales inmaculados o niños inocentes, buscando una ofrenda enteramente pura. Pero vana era la esperanza de reconciliación con Dios por medio de los animales: no hay paridad entre la vida de un animal y el pecado de un hombre (cf. Heb. 10, 4). Era inútil para ello la efusión de sangre humana, de niños y doncellas, que eran sacrificados a millares: no se lava un crimen con otro crimen, ni se paga a Dios con la sangre de los hombres.

 Quedaban los sacrificios del pueblo judío, ordenados y queridos por Dios, pero en ellos no había más que una expiación pasajera e insuficiente.

 Los sacrificios judaicos, especialmente el sacrificio del Cordero pascual y el de la Expiación, tenían por fin principal anunciar y representar el futuro sacrificio expiatorio del Redentor (Heb. 10, 1-9). Estos sacrificios no tenían más valor que su relación típica con un sacrificio ideal futuro, con una Sangre inocente y divina que había de derramarse para nivelar la justicia de Dios y poner paz entre Él y los hombres (cf. Cor, 2, 17). Todo el Antiguo Testamento estaba lleno de sangre, figura de la Sangre de Cristo, que había de purificarnos a todos y de la que aquélla recibía su eficacia. Los sacrificios del Antiguo Testamento eran, en efecto, de un valor limitado, pues su eficacia se reducía a recordar a los hombres sus pecados y a despertar en ellos afectos de penitencia, significando una limpieza puramente exterior, por medio de una santidad legal, que se aviniera con las intenciones del culto, pero que no podía obrar su santificación interior.

 Por lo demás, Dios sentía ya hastío por los sacrificios de animales, ofrecidos por un pueblo que le honraba con los labios, pero cuyo corazón estaba lejos de Él (cf. Mt. 15, 8). "¡Si todo es mío! ¿Por qué me ofrecéis inútilmente la sangre de animales, si me pertenecen todos los de las selvas? No ofrezcáis más sacrificios en vano" (Is. 1, 11-13; 40, 16; Ps. 49, 10).

 Para reconciliar al mundo con Dios se necesitaba sangre limpia, incontaminada; sangre humana, porque era el hombre el que había ofendido a Dios; pero sangre de un valor tal que pudiera aceptarla Dios como precio de la redención y de la paz; sangre representativa y sustitutiva de la de todos los hombres, porque todos estaban enemistados con Dios. ¡Ninguna sangre bastaba, pues, sino la de Cristo, Hijo de Dios!

 Esta sola es incontaminada, como de Cordero inmaculado (1 Petr. 1, 19); de valor infinito, porque es sangre divina; representativa de toda la sangre humana manchada por el pecado, porque Dios cargará a este, su divino Hijo, todas las iniquidades de todos los hombres (Is. 53, 6).

 Si los hombres tuvieron facilidad para venderse, observa San Agustín, ahora no la tenían para rescatarse; pero aún más, no tenían siquiera posibilidad de ello. Y el Verbo de Dios, movido por un ímpetu inefablemente generoso de amor, al entrar en el mundo le dijo al Padre: "Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me diste un cuerpo a propósito; holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron; entonces dije: Heme aquí presente" (Heb. 10, 5-7). Y ofreciendo su sacrificio, con una sola oblación, la del Calvario, perfeccionó para siempre a los santificados (Heb. 10, 12-14). Y el hombre, deudor de Dios, pagó su deuda con precio infinito; alejado de Él, pudo acercarse con confianza (Heb. 10, 19-22); degradado por la hecatombe de origen, fue rehabilitado y restituido a su primitiva dignidad. Se había acabado todo lo viejo; la reconciliación estaba hecha por medio de Jesucristo; Dios y el hombre habían sido puestos cerca por la Sangre de Cristo Jesús. Todo había sido reconciliado en el cielo y en la tierra por la Sangre de la Cruz (2 Cor. 5, 18-19; Eph. 2, 16; Col. 1, 20).

 La sangre real de Cristo (Lc. 1, 32; Apoc. 22, 16), divina y humana, sangre preciosa, precio del mundo, había realizado el milagro. El rescate fabuloso estaba pagado. "Nada es capaz de ponérsele junto para compararla, porque realmente su valor es tan grande que ha podido comprarse con ella el mundo entero y todos los pueblos" (San Agustín).

 Pudo Jesucristo redimir al mundo sin derramar su Sangre; pero no quiso, sino que vivió siempre con la voluntad de derramarla por entero. Hubiera bastado una sola gota para salvar a la humanidad; pero Jesús quiso derramarla toda, en un insólito y maravilloso heroísmo de caridad, fundamento de nuestra esperanza.

 ¡Oh generoso Amigo, que das la vida por tus amigos! ¡Oh Buen Pastor, que te entregaste a la muerte por tus ovejas! (lo. 15, 13: 10, 15). ¡Y nosotros no éramos amigos, sino pecadores! Jesucristo se nos presenta como el Esposo de los Cantares, cándido y rubicundo; por su santidad inmaculada, mas blanco que la nieve; pero con una blancura como la de las cumbres nevadas a la hora del crepúsculo, siempre rosada por el anhelo, por la voluntad, por el hecho inaudito de la total efusión de su Sangre redentora.

 "¡Sangre y fuego, inestimable amor!", exclamaba Santa Catalina de Siena. "La flor preciosa del cielo, al llegar la plenitud de los tiempos, se abrió del todo y en todo el cuerpo, bañada por rayos de un amor ardentísimo. La llamarada roja del amor refulgió en el rojo vivo de la Sangre" (SAN BUENAVENTURA, La vid mística, 23).

 Las tres formas legítimas de religión con las que Dios ha querido ser honrado a lo largo de los siglos (patriarcal, mosaica y cristiana) están basadas en un pacto que regula las relaciones entre Dios y el hombre; pacto sellado con sangre (Gen. 17, 9-10,13; Ex. 24, 3-7,8; Mt. 26, 8; Mc. 14, 24: Lc, 22, 20; 1 Cor. 11, 25). La Sangre purísima de Jesucristo es la Sangre del Pacto nuevo, del Nuevo Testamento, que debe regular las relaciones de la humanidad con Dios hasta el fin del mundo.

 Cada uno de estos pactos es un mojón de la misericordia de Dios, que orienta la ruta de la humanidad en su camino de aproximación a la divinidad: caída del hombre, vocación de Abraham, constitución de Israel, fundación de la Iglesia.

 Todo pacto tiene su texto. El texto del Nuevo Testamento es el Evangelio en su expresión más comprensiva, que significa el cúmulo de cosas que trajo el Hijo de Dios al mundo y que se encierran bajo el nombre de la "Buena Nueva". Buena Nueva que comprende al mismo Jesucristo, alfa y omega de todo el sistema maravilloso de nuestra religión; la Iglesia, su Cuerpo Místico, con su ley, su culto y su jerarquía; los sacramentos, que canalizan la gracia, participación de la vida de Dios, y el texto precioso de los sagrados Evangelios y de los escritos apostólicos, llamados por antonomasia el Nuevo Testamento, luz del mundo y monumento de sabiduría del cielo y de la tierra.

 Además, el Pacto lleva consigo compromisos y obligaciones que Cristo ha cumplido y sigue cumpliendo, y debe cumplir también el cristiano. Antes de ingresar en el cristianismo y de ser revestidos con la vestidura de la gracia hicimos la formalización del Pacto de sangre, con sus renuncias y con la aceptación de sus creencias. "¿Renuncias?... ¿Crees?..., nos preguntó el ministro de Cristo. "¡Renuncio! ¡Creo!" "¿Quieres ser bautizado?" "¡Quiero!" Y fuimos bautizados en el nombre de la Trinidad Santísima y en la muerte de Cristo, para que entendiéramos que entrábamos en la Iglesia marcados con la Sangre del Hijo de Dios. Quedó cerrado el pacto, por cuyo cumplimiento hemos de ser salvados. “La Sangre del Señor, si quieres, ha sido dada para ti; si no quieres, no ha sido dada para ti. La Sangre de Cristo es salvación para el que quiere, suplicio para el que la rehusa" (Serm. 31, lec.9, Brev. in fest. Pret. Sanguinis).

 El pacto de paz y reconciliación tendrá su confirmación total en la vida eterna. "Entró Cristo en el cielo —dice Santo Tomás— y preparó el camino para que también nosotros entráramos por la virtud de su Sangre, que derramó en la tierra" (3 q.22 a.5).

 "No os pertenecéis a vosotros mismos. Habéis sido comprados a alto precio. Glorificad, pues, y llevad a Dios en vuestro cuerpo", advierte San Pablo (1 Cor. 6, 19.20). Glorificar a Dios en el propio cuerpo significa mantener limpia y radiante —por una vida intachable y una conducta auténticamente cristiana— a imagen soberana de Dios, impresa en nosotros por la creación, y la amable fisonomía de Cristo, grabada en nuestra alma por medio de los sacramentos. Si nos sentimos débiles, vayamos a la misa, sacrificio del Nuevo Testamento, y acerquémonos a la comunión para beber la Sangre que nos dará la vida (lo. 6, 54).

 En esta hora de sangre para la humanidad sólo los rubíes de la Sangre de Cristo pueden salvarnos. Con Catalina de Siena. "os suplico, por el amor de Cristo crucificado, que recibáis el tesoro de la Sangre, que se os ha encomendado por la Esposa de Cristo", pues es sangre dulcísima y pacificadora, en la que "se apagan todos los odios y la guerra, y toda la soberbia del hombre se relaja".

 Si para el mundo es ésta una hora de sangre, para el cristiano ha sonado la hora de la santidad. Lo exige la Sangre de Cristo. "Sed. Santos —amonestaba San Pedro a la primera generación cristiana—, sed santos en toda vuestra conducta, a semejanza del Santo que os ha llamado a la santidad... Conducíos con temor durante el tiempo de nuestra peregrinación en la tierra, sabiendo que no habéis sido rescatados con el valor de cosas perecederas, el oro o la plata, sino con la preciosa Sangre de Cristo, que es como de Cordero incontaminado e inmaculado" (1 Petr. 1, 15-18).

 Roguemos al Dios omnipotente y eterno que, en este día, nos conceda la gracia de venerar, con sentida piedad, la Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación, y que, por su virtud, seamos preservados en la tierra de los males de la vida presente, para que gocemos en el cielo del fruto sempiterno (Colecta de la festividad).

 ¡Acuérdate, Señor, de estos tus siervos, a los que con tu preciosa Sangre redimiste!

 JUAN HERVÁS BENET

San Iñigo, Abad 1 de junio

1 de junio

SAN IÑIGO, Abad

(† 1068)
 

En concordancia con la calenda antigua del cenobio pirenaico de San Juan de la Peña no se encuentra documento alguno, escrito o cultual, a lo largo de nueve siglos que haya sugerido para San Iñigo patria diversa de Aragón y Calatayud. Gráficamente expresaba esta realidad una representación escénica del siglo XVI en honor de San Iñigo, cuando un actor en figura de demonio sugería a su príncipe: "Sábete, gran Belcebú, — que este Santo venerado — que en Oña está sepultado — era de Calatayú".

Los escritores y el pueblo bilbilitano han fijado la casa natal de San Iñigo en el barrio de los Mozárabes, donde la actual iglesia benedictina, un barrio indefenso que hacia el año mil aguantaba sobre sí los cerros fortificados de los invasores sarracenos y a sus lados el ambiente hebreo que tantas lápidas ha legado. Pocos años después de la muerte de San Iñigo existía ya allí un monasterio benedictino.

Al carácter de San Iñigo en esta primera juventud dedicó su discípulo el abad Juan de Alcocero una sola frase, pero de honda sugerencia: "Fue suave y manso aun cuando estaba en la soberbia del siglo".

Tobed de Calatayud, con su cueva y su culto a la Virgen, es un nombre enlazado en el recuerdo bilbilitano a la retirada de San Iñigo hacia la soledad.

También el monasterio de San Juan de la Peña consideraba a San Iñigo de su escuela y lo resalta en su calenda: “Iñigo, monje del monasterio de San Juan Bautista". Eran los años del implantarse, en los monasterios del viejo reino navarro, la reforma benedictina que el recoleto Paterno y sus compañeros enviados por Sancho III el Mayor habían aprendido y practicado en Cluny.

Un manuscrito inédito del archivo oniense compendia así la estancia de San Iñigo en el monasterio pirenaico: "Tomó el hábito de monje en el monasterio real de San Juan de la Peña, el cual poco había que el rey don Sancho el Mayor había ilustrado. Y después de haber vivido en el dicho monasterio algún tiempo, con beneplácito y voluntad de sus superiores, salió a vivir a los desiertos imitando a los Santos Padres".

El prestigio firme de San Iñigo por este tiempo es su vida oculta y anacoreta. Cada documento anterior presenta un nuevo rasgo hagiográfico: "En los comienzos de su edad dispuso de servir a Dios todopoderoso, ayudándole su gracia. Y porque esto más a su voluntad pudiese hacer, estaba apartado fuera de todo poblado en un monte, adonde en una cueva hacía vida de ermitaño y solitaria; y allí estuvo algunos años morando en hábito de monje, mortificando su carne con trabajos de vigilias, ayunos y oraciones.

"Durante muchos años llevaba una vida de rigidísima aspereza en la soledad de los montes en hábito de monje, preclaro en opinión de santidad."

"Su célebre fama resonaba lejos y ampliamente y con frecuentes milagros."

"Y oyendo los moradores comarcanos su santidad iban a verlo con gran devoción y recibían de él muy saludables consejos y amonestaciones, y con su ejemplo muchos menospreciaban el mundo y entraban en religión."

Todos estos detalles de los viejos documentos, aun a través de su dura corteza latina, configuran la primera imagen histórica de San Iñigo: Carácter de apacibilidad externa y empuje interior para entregarse a Dios en los rigores y dulzuras contemplativas de la vida eremítica y para entregarse a los hombres desde su cueva y con su hábito monacal como guía y modelo de vida perfecta.

Mientras tanto, en un bravío recodo de las estribaciones cantábricas que encuñan de roquedales la vieja astilla burgalesa, el conde don Sancho de Calatañazor, nieto de Fernán González, había aplomado un monasterio con robusta silueta románica de retiro y fortín.

Lo entregaba como dote a Tigridia, "nuestra hija dulcísima", que fue la más popular abadesa de este monasterio benedictino de religiosas con capellanía de monjes. La generosa carta fundacional del conde don Sancho de Castilla es del año 1011. La abadesa infanta quedó para la posteridad como Santa Tigridia y su epitafio se escribió sobre un altar de la iglesia de San Salvador de Oña.

Posteriormente a la abadesa Tigridia la observancia religiosa aparece lánguida en el cenobio del conde. Su yerno Sancho III el Mayor de Navarra, primer emperador de las Españas reconquistadas, con facultad pontificia y de los obispos de sus dominios, suprime la Comunidad de monjas e introduce monjes de la regla cluniacense el año de 1033.

El primer abad de la Oña cluniacense fue dom García, pero su prelatura sólo duró dos años incompletos. Lo demás lo transmite en este castellano primaveral una Memoria antigua y abreviada del archivo de Oña:

"Quedó este Monasterio de Oña sin Pastor. E cobdiciando el Noble Rey darle Regidor e que la nueva planta, que había ordenado, permaneciese siempre en mayor virtud y santidad, finalmente, la fama (que casi todas las cosas quenta) vino a las sus Orejas de este piadoso Rey, e fuele dicho la vida santa y loable, que el Bienaventurado S. Iñigo facía, y habiendo el su Consejo con varones sabios e discretos, que consigo siempre traía, envió a rogar con ellos a este Santo Varón que le pluguiesse vinirse para él, porque le quería encomendar el regimiento de este su Monasterio de Oña; porque con su exemplo, y la buena vida, los Monges que aquí estaban, fuesen informados en toda Santidad.

"E como el bienaventurado S. Iñigo a los primeros y segundos Mensageros respondiesse que lo non faría en ninguna guisa, en fin viendo el Noble Rey la su voluntad, el mismo Rey olvidando su dignidad Real, fue en persona a le rogar que sí quisiesse venir, e después que se hobo mucho excusado, en la conclusión constreñido por la devoción del Rey hóbolo de aceptar contra toda la su voluntad. E assí fue este Santo varón ordenado por Abad de este Monasterio de Oña, de común consentimiento y clamor de todos los sus Monges, según que la Regla de nuestro bienaventurado Padre S. Benito lo dispone y ordena, e con grande aplauso, beneplácito e gusto del dicho Señor. Rey que a todo fuesse presente".

El manuscrito de fray Iñigo de Barreda redondea de monaquismo el llamamiento de Sancho el Mayor con esta composición de escena: "obligado de las exhortaciones del Rey y assimismo de los mandatos de su Abad de la Peña (porque entrambos estaban presentes y le hacían las debidas instancias), temiendo desagradar a Dios si resistía a su vocación, aceptó el cargo y dexó el consuelo de aquellos riscos, testigos de sus penitencias, con harto desconsuelo suyo y de aquellos sus Hermanos y Compañeros Monjes, y... vino a descender de las montañas de Xaca para levantar las de Burgos".

Ciertamente, el nombramiento de abad de Oña recayó sobre San Iñigo con anterioridad al 21 de octubre de 1034, fecha en que confirma una donación de Sancho el Mayor al monasterio de Leyre con la fórmula “Enneco Abbas Honiensis".

El gobierno interno de San Iñigo aparece en el juicio de su discípulo fray Juan de Alcocero como de una paternalidad discreta, espiritual y popular: "No vivió para sí solo, sino para nosotros, porque todo el día estaba él para nosotros. Nunca se indignó de manera que en su indignación olvidase la benignidad; y no podía airarse un hombre que despreciaba las injurias y evitaba los rencores. Nunca juzgó sin comprensión, como quien sabía que el juicio de los cristianos ha de ir revestido de misericordia. El Espíritu Santo otorga su don de justicia a los más benignos, y concede a los suyos tanta equidad y justicia como gracia y piedad; de ahí que nuestro padre Iñigo guardaba rectitud al examinar lo justo y misericordia al decidir la sentencia. En la solicitud de su monasterio e iglesias imitó la fe y caridad de todos los apóstoles, obispos y abades".

Con razón alude el discípulo ferviente al cuidado de "las iglesias". Al entrar San Iñigo en Oña recibía la prelatura de una verdadera diócesis y el gobierno —según aquel tiempo feudal— de un auténtico señorío. Las escrituras comprueban ciento cincuenta nombres de iglesias y pertenencias que tenía que regir el abad Iñigo en diáspora caprichosa por las actuales provincias de Burgos, Logroño, Palencia y Santander. Todas estas solicitudes del obligado feudalismo de entonces imponían al anacoreta aragonés, ya en plena madurez de vida, largos y penosos viajes. Su firma de prestigio se repite con frecuencia en los documentos monásticos y reales de la época. Y su presencia aparece frecuentemente junto al rey navarro García, hijo de Sancho el Mayor, lo mismo en las tierras riojanas de Nájera, su corte, que en la fratricida batalla de Atapuerca, a cuatro leguas de Burgos, donde sucumbió traidoramente Don García, que vino a morir en los mismos brazos y oraciones de San Iñigo. San Iñigo no se separó de su rey, lo mismo anteriormente en el sitio victorioso de Calahorra que en su desastre de Atapuerca, hasta confiarlo al sepulcro en Santa María la Real de Nájera. Los esfuerzos pacifistas de San Iñigo hasta el momento mismo de la batalla tenían razón. Por eso la actuación de San Iñigo dejó invariable el afecto de Fernando I de Castilla hacia el capellán de su hermano, como aparece en diversas donaciones mutuas, especialmente en las hechas en 1063 cuando fue convocado San Iñigo a León para recibir el cuerpo de San Isidoro.

A pesar de esta obligada dispersión, las primeras atenciones pastorales de San Iñigo se centraban en su monasterio de Oña. Y con éxitos reconocidos. "La santa regla —repiten insistentemente los monjes onienses— se observaba sin interpretación, sin dispensa, sin privilegio. El silencio era silencio, el ayuno, ayuno; la clausura, clausura; y todo en aquel peso y medida del santo legislador. Con tal pastor era el rebaño como él."

Y hablan de aquel monje de agrio carácter que termina reducido y blando ante la psicología y oraciones paternales del santo abad. Y de su bendición manifiesta sobre los campos y vecinos de Oña. Y del castigo sensacional de aquellos dos hidalgos que injuriaron a San Iñigo y al día siguiente, sin causa, se agredían entre sí con sus espadas para perecer ambos locamente bajo sus mutuas heridas. Y ante el pueblo vibrarán con aureola legendaria la serenidad, la oración y la hoguera de San Iñigo para aniquilar un fantaseado serpentón y el espectáculo ridículo del "jorobado de Tamayo", atribuido a su mala intención de pastor al meter su ganado en la viña del monasterio recién plantada por el abad junto al río.

"Abrió sus alhóndigas a los pobres y sus despensas a todos los que venían a él. A cuántos levantó que estaban oprimidos. A cuántos puso en libertad que estaban cautivos. Con una sola diligencia enjugaba las lágrimas de los deudores y renovaba el gozo de los acreedores." Así comenta la acción social de San Iñigo su discípulo fray Juan de Alcocero.

Y la voz popular no teme envolver en prodigios su veneración por San Iñigo. La parálisis remediada del conde leonés Gonzalo Muñiz, de un peregrino traído de más allá de los Pirineos y de un mendigo tendido ante las tapias de la huerta del monasterio. El hijo concedido a las oraciones de San Iñigo para una mujer atribulada sin familia después de quince años de matrimonio. La vista restituida a una humilde joven. Diversos casos mentales extraños totalmente normalizados. Lluvias conseguidas. Hambres subsanadas.

Eran tiempos de reconquista, y la caridad de San Iñigo tuvo que suavizar las frecuentes refriegas entre los barrios moros y cristianos, próximos al monasterio. Cierto día en que la composición ofrecida por San Iñigo fue aceptada por ambos bandos, menos por el jefe moro, se trabó la batalla y sólo pereció el jefe disconforme, según el prenuncio del abad, que pronto logró cristianar con sus monjes aquellos rescoldos agarenos.

"El caminante pobre cantando va entre los salteadores", respondió San Iñigo, con el proverbio latino en su granja de Solduengo a unos ladrones que le habían cercado inútilmente toda la noche; y, al replicarle ellos que, si no la bolsa, al menos le podrían quitar la vida, les respondió que para él quitarle la vida era sólo quitarle de muchos cuidados. Y su entereza cristiana fue el comienzo de una amistad que acabó con el arrepentimiento y la disolución de aquella banda temida. Otra famosa conversión del apostolado de San Iñigo, fue la de un bandido profesional, causante de verdaderas batallas campales entre dos pueblos vecinos al monasterio.

Pero la flor más perfecta de la dirección espiritual de San Iñigo fue San Adón, o, como el mismo se firmaba "Atto, Aukensis episcopus"; Ato, obispo de Oca y Valpuesta, por los años de 1034 y 1039. San Adón, dejando sus obispados, se puso bajo la obediencia de San Iñigo, quien le asignó un eremitorio en los montes de la Peralada junto a la aldea del Portillo de Busto. Su fama de santidad perdura juntamente con su sepulcro en el monasterio de Oña, donde fue enterrado por el mismo San Iñigo, que le sobrevivió casi quince años.

La estampa final de la vida de San Iñigo se aromatiza de un lirismo de romance místico. Los manuscritos monásticos detallan la misma narración fundamental. "Había salido San Iñigo a visitar las iglesias que tenía a su cargo. En Solduengo se sintió enfermar gravemente. Al ser llevado al monasterio de noche le pareció que iban delante dos muchachos con hachas encendidas. Compadeciéndoles el varón de Dios la fatiga del camino, pues creía que eran muchachos cuando en realidad eran ángeles, vuelto a los circunstantes les exhortaba a que aliviasen a los muchachos, cuando nada semejante veían los que le acompañaban, sino sólo una gran claridad. Todos los monjes recibieron al abad moribundo. San Iñigo les daba saludables consejos de amor, hermandad y observancia. Pidió y recibió los auxilios sacramentales humilde y devotamente y, como despedida y promesa de amparo, dio su última bendición de padre y abad."

Era el 1 de junio de 1068. Los arrebatos sin tasa del discípulo Juan de Alcocero en el sermón de honras fúnebres recogen el ambiente de aquel entierro "en la claustra vieja": "Vimos cómo se nos quita el justo sin que la mente se haga a ello. ¿Qué lugar hay en la tierra que no se haya conmovido con el tránsito de nuestro santísimo padre Iñigo?"...

En una arqueta de plata y piedras preciosas se conservan en la iglesia de Oña las reliquias de San Iñigo, el Patrono medieval de los cautivos, que enrejaron de exvotos su altar; el Patrono de Calatayud y de Oña. Su popularidad taumatúrgica le siguió durante los siglos de la Reconquista y del esplendor de España, cuando todas las familias nobles imponían a alguno de sus hijos el nombre del abad de Oña. Iñigo de Loyola se llamaba el fundador de la Compañía de Jesús y un autor de fines del siglo, XVI llama al abad de Oña San Ignacio de Calatayud. Dos nombres y dos símbolos fundidos de un cristianismo apostólico, entero y perenne. 

VALERIANO ORDÓÑEZ, S. I.

Fiesta de la Santisima Trinidad, 1 de Junio

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


Puede extrañar que se haya instituido una fiesta específica en honor de la Santísima Trinidad. Hay peligro de que esta fiesta parezca una abstracción. En efecto, la teología latina presenta la Trinidad de un modo bastante metafísico, precisando los conceptos de Persona y Naturaleza. Tres personas distintas con una personalidad completa, pero una sola naturaleza divina. Por muchos esfuerzos que se haga, esto sigue siendo muy abstracto. Pues bien, la liturgia, lo mismo la latina que la oriental, no cesa de mostrar la actividad de las Tres Personas divinas en la obra de la salvación y la reconstrucción del mundo. Pero la teología griega tiene la prerrogativa de exponer de una manera vital lo que es la Trinidad.

De tal modo ama el Padre al mundo que, para salvarlo, envía a su Hijo que da su vida por nosotros, resucita, sube al cielo y envía al Espíritu. El Padre traza en nosotros la imagen de su Hijo, de manera que al vernos, ve en nosotros a su propio Hijo. Esta visión de la Trinidad, denominada "económica", nos permite situar mejor la Trinidad y situarnos mejor nosotros con respecto a ella, haciendo que entendamos mejor cómo el bautismo y toda nuestra actividad cristiana nos insertan en esta Trinidad que no es una mera abstracción.

La misma prerrogativa tiene la liturgia: mostrarnos la actividad de las Personas divinas. Tanto la liturgia sacramental como la eucológica, ya desde los primeros tiempos de la Iglesia, hacen hincapié en la actividad de la Trinidad o en nuestra alabanza en su honor. Así lo hacen las doxologías, como el Gloria Patri..., algunos himnos antiguos tales como el Gloria in excelsis, el Te Deum, etc. Aunque en el siglo IX encontramos iglesias dedicadas a la Trinidad, como en el caso del monasterio de san Benito de Aniano, aunque se tiene un oficio debido a Esteban, obispo de Lieja (+920), que compuso un oficio votivo en honor de la Trinidad, nada encontramos acerca de la institución de una fiesta. Sin embargo, en el año 1030 encontramos establecida una fiesta de la Trinidad, el primer domingo después de Pentecostés, que no tarda en extenderse. El que conozcamos el hecho mejor que sus orígenes, se debe a la oposición con que tropieza, hasta llegar a oponerse a dicha fiesta el propio Papa Alejandro II (+1181). A pesar de todo, la fiesta sigue celebrándose y gusta cada vez más a los fieles, tanto que el Papa Juan XXII la aprueba en 1334 y extiende su celebración a la Iglesia universal, quedando fijada en el domingo después de Pentecostés.

Cabría pensar que, al cerrar con Pentecostés ]as solemnidades pascuales con la celebración del envío del Espíritu, se ha querido sintetizar la obra de las Tres Personas divinas después de haber venido celebrando su actividad de modo particular. Sin embargo, no todas las iglesias mantuvieron la fecha indicada, celebrando algunas de ellas esta fiesta el último domingo después de Pentecostés.

Hay que reconocer que una celebración de este género sólo podría tener cierto éxito en el momento en que se acentuaban la vida de la liturgia y la pérdida del sentido bíblico. Pues un estrecho contacto con la Escritura proclamada en Iglesia y con la liturgia, toda ella impregnada de la Trinidad y que a cada momento expresa la actividad de las Tres Personas, no habría provocado el deseo de una celebración que, por otro lado, no podía por menos de resultar grata a la mentalidad teológica de la época en que dicha celebración se universalizó. Sin embargo esta fiesta puede atraer nuestra atención durante todo el año sobre la Trinidad operante en toda celebración.

ADRIEN NOCENT
EL AÑO LITURGICO:
CELEBRAR A JC 5 TIEMPO ORDINARIO
SAL TERRAE SANTANDER 1982, p. 61 s.

31 may 2015

Fiesta de la Santisima Trinidad


FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
 

Puede extrañar que se haya instituido una fiesta específica en honor de la Santísima Trinidad. Hay peligro de que esta fiesta parezca una abstracción. En efecto, la teología latina presenta la Trinidad de un modo bastante metafísico, precisando los conceptos de Persona y Naturaleza. Tres personas distintas con una personalidad completa, pero una sola naturaleza divina. Por muchos esfuerzos que se haga, esto sigue siendo muy abstracto. Pues bien, la liturgia, lo mismo la latina que la oriental, no cesa de mostrar la actividad de las Tres Personas divinas en la obra de la salvación y la reconstrucción del mundo. Pero la teología griega tiene la prerrogativa de exponer de una manera vital lo que es la Trinidad.

De tal modo ama el Padre al mundo que, para salvarlo, envía a su Hijo que da su vida por nosotros, resucita, sube al cielo y envía al Espíritu. El Padre traza en nosotros la imagen de su Hijo, de manera que al vernos, ve en nosotros a su propio Hijo. Esta visión de la Trinidad, denominada "económica", nos permite situar mejor la Trinidad y situarnos mejor nosotros con respecto a ella, haciendo que entendamos mejor cómo el bautismo y toda nuestra actividad cristiana nos insertan en esta Trinidad que no es una mera abstracción.

La misma prerrogativa tiene la liturgia: mostrarnos la actividad de las Personas divinas. Tanto la liturgia sacramental como la eucológica, ya desde los primeros tiempos de la Iglesia, hacen hincapié en la actividad de la Trinidad o en nuestra alabanza en su honor. Así lo hacen las doxologías, como el Gloria Patri..., algunos himnos antiguos tales como el Gloria in excelsis, el Te Deum, etc. Aunque en el siglo IX encontramos iglesias dedicadas a la Trinidad, como en el caso del monasterio de san Benito de Aniano, aunque se tiene un oficio debido a Esteban, obispo de Lieja (+920), que compuso un oficio votivo en honor de la Trinidad, nada encontramos acerca de la institución de una fiesta. Sin embargo, en el año 1030 encontramos establecida una fiesta de la Trinidad, el primer domingo después de Pentecostés, que no tarda en extenderse. El que conozcamos el hecho mejor que sus orígenes, se debe a la oposición con que tropieza, hasta llegar a oponerse a dicha fiesta el propio Papa Alejandro II (+1181). A pesar de todo, la fiesta sigue celebrándose y gusta cada vez más a los fieles, tanto que el Papa Juan XXII la aprueba en 1334 y extiende su celebración a la Iglesia universal, quedando fijada en el domingo después de Pentecostés.

Cabría pensar que, al cerrar con Pentecostés ]as solemnidades pascuales con la celebración del envío del Espíritu, se ha querido sintetizar la obra de las Tres Personas divinas después de haber venido celebrando su actividad de modo particular. Sin embargo, no todas las iglesias mantuvieron la fecha indicada, celebrando algunas de ellas esta fiesta el último domingo después de Pentecostés.

Hay que reconocer que una celebración de este género sólo podría tener cierto éxito en el momento en que se acentuaban la vida de la liturgia y la pérdida del sentido bíblico. Pues un estrecho contacto con la Escritura proclamada en Iglesia y con la liturgia, toda ella impregnada de la Trinidad y que a cada momento expresa la actividad de las Tres Personas, no habría provocado el deseo de una celebración que, por otro lado, no podía por menos de resultar grata a la mentalidad teológica de la época en que dicha celebración se universalizó. Sin embargo esta fiesta puede atraer nuestra atención durante todo el año sobre la Trinidad operante en toda celebración.

ADRIEN NOCENT
EL AÑO LITURGICO:
CELEBRAR A JC 5 TIEMPO ORDINARIO
SAL TERRAE SANTANDER 1982, p. 61 s.

Santo Evangelio 31 de Mayo de 2015



Día litúrgico: La Santísima Trinidad (B)


Texto del Evangelio (Mt 28,16-20): En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».


Comentario: Mons. F. Xavier CIURANETA i Aymí Obispo Emérito de Lleida (Lleida, España)
Haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

Hoy, la liturgia nos invita a adorar a la Trinidad Santísima, nuestro Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un solo Dios en tres Personas, en el nombre del cual hemos sido bautizados. Por la gracia del Bautismo estamos llamados a tener parte en la vida de la Santísima Trinidad aquí abajo, en la oscuridad de la fe, y, después de la muerte, en la vida eterna. Por el Sacramento del Bautismo hemos sido hechos partícipes de la vida divina, llegando a ser hijos del Padre Dios, hermanos en Cristo y templos del Espíritu Santo. En el Bautismo ha comenzado nuestra vida cristiana, recibiendo la vocación a la santidad. El Bautismo nos hace pertenecer a Aquel que es por excelencia el Santo, el «tres veces santo» (cf. Is 6,3).

El don de la santidad recibido en el Bautismo pide la fidelidad a una tarea de conversión evangélica que ha de dirigir siempre toda la vida de los hijos de Dios: «Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1Tes 4,3). Es un compromiso que afecta a todos los bautizados. «Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n. 40).

Si nuestro Bautismo fue una verdadera entrada en la santidad de Dios, no podemos contentarnos con una vida cristiana mediocre, rutinaria y superficial. Estamos llamados a la perfección en el amor, ya que el Bautismo nos ha introducido en la vida y en la intimidad del amor de Dios.

Con profundo agradecimiento por el designio benévolo de nuestro Dios, que nos ha llamado a participar en su vida de amor, adorémosle y alabémosle hoy y siempre. «Bendito sea Dios Padre, y su único Hijo, y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros» (Antífona de entrada de la misa).

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La Visitación de Nuestra Señora a su Prima Santa Isabel, 31 de Mayo

LA VISITACIÓN DE NTRA. SRA.

A SANTA ISABEL

"He aquí la esclava del Señor..." Imaginad a María. En el pequeño cuarto de su casa nazarena, donde aún queda el aire removido por las alas del ángel. Fuera, en la calle, seguirían los ruidos mínimos y familiares. El zurear de las palomas en el alero, el grito de los pájaros, el chorro de una fuente, el sol sobre la hierba —misterioso ruido de alegría vital que sólo escuchan los ángeles—... La estancia, ya vacía. Pero el corazón de la Doncella lleno de cosas que empiezan. Ella, en la penumbra, bajo la sombra del Espíritu Santo que la cubre como unas alas. Ella, aún con los ojos cerrados, apretados fuertemente para que no se le escape el misterio. Ella, aún con las manos sobre el regazo, junto a la artesa, la tinaja o la masa que enleudar.

 —Y mira —ha dicho el ángel—, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en edad avanzada, y éste es ya el sexto mes para ella, que es considerada como estéril. Porque para Dios no hay imposibles.

 ¡Qué lluvia de prodigios, Señor!, suspirará María desde dentro. Isabel, anciana, esperando un hijo. Cuando María abra los ojos y vuelva así la luz a la sala, y entre el sol por la ventana hasta su cuerpo reclinado; cuando María vuelva de su lejanía, allá donde ha dicho “sí” sencillamente, la vida estará esperando para reanudarse. María tendrá un primer suspiro, una primera ternura para Aquello que está en Ella. ¿Imagináis este despertar especial de esa ternura, cómo llenaría el corazón de la Doncella? Luego, al volver a la casa, al trabajo, a la pieza de hilo o al abrevar de los corderos, María pensaría en Isabel.

 Por aquellos días —dice el santo cronista Lucas— partió María y se dirigió aceleradamente a la montaña, a una ciudad de Judá..."

 Por aquellos días... ¡Lástima de parquedad del evangelista! ¡Lástima de no poder asomarnos a lo que pasaba en el corazón de la Señora "por aquellos días"! ¡Lástima de quedarnos a obscuras sin la luz de aquel tiempo! Por aquellos días la Doncella sentiría un renovarse del espíritu y de la sangre. Lo hemos visto en nuestro hogar de seglares, de padres de familia. Pasada la alegría algo inconsciente de las primeras fechas del matrimonio, llega un día lleno de temblores y de júbilos. Es, ya, la certeza de ese hijo del amor que viene a santificar el amor. Y empieza para nosotros, hombres vulgares, una etapa nueva, incomprensible hasta entonces: sabernos padres, saber en camino al fruto de la ternura santificada, nos va a dar una nueva dimensión, la de la gravedad, la de la hondura, la de una madurez que sólo nos trae la plenitud de la vida. Pues si esto es en nosotros, hombres de hoy, hombres del mundo, ¿qué ocurriría en el corazón de la Señora, de aquella que fue elegida para ser corredentora, de aquella en cuya casa se hospedaría el Señor? Esta nueva gracia sobre María, ¡qué hermosa luz daría a su rostro! Sus ojos serían más suaves y como más ausentes, su paso más ingrávido, sus manos más palomas, su amor tan ancho y tan alto, que las dimensiones del universo no podrían contenerlo. No es ya la madurez comenzada de la eternidad. Es que ese hijo es Dios mismo, es el Mesías prometido. Casi pienso que el corazón le dolería a la Doncella, incapaz de contener tanto amor. Y ya entonces tendría que empezar a amarnos a nosotros, incluso a los hombres que aún no existíamos, porque Ella no podría guardar dentro toda aquella necesidad de darse.

 Sí. Por aquellos días. María tendría pronto preparada su ropa, el hatillo y el velo que cubriría su rostro del sol de la montaña. Quizá marcharía con un grupo de peregrinos, de los que iban para la Pascua en Jerusalén. Una tierna teoría antigua nos quiere pintar a María marchando por los caminos de Judea con una escolta de ángeles. Como si los ángeles fuesen cuidando de su paso, quitándole las piedrecillas hirientes, los guijos puntiagudos, el calor y la sed, los cardos y la arena ardiente. Es una tierna teoría antigua. ¿Para qué iba a necesitar María del oficio de los ángeles, si Ella llevaba en su corazón, dentro de sí misma, a Aquel que era ya la alegría del mundo a través de la alegría de la Señora? ¿Para que más compañía y más amparo que los del mismo Dios? ¿Y acaso María iba a renunciar a la sed y al calor, a la fatiga y a las piedras? ¿Acaso podemos comprenderla a Ella hurtándose de los dolores de este mundo, Ella que va a ser la Señora del Dolor más intenso? Imaginemos mejor a María caminando hacia la casa de Isabel, a ratos en soledad —aparente— del camino, a ratos marchando con Samuel, el carpintero, o Jacob, el herrero, o Felipe, el labrador de Nazaret.

 "También Isabel", ha dicho el ángel. ¿También? La Doncella pensaría, sin duda, todas aquellas palabras, y no dejaría de ver que el "también" suponía alguna relación entre lo ocurrido en Isabel y lo ocurrido en Ella misma. Y tal vez por eso María va "aceleradamente". ¡Qué pocas veces se rompe la sobriedad narrativa de los evangelistas para darnos esta matización de la circunstancia! Aceleradamente, con prisa, María hace el camino hasta la casa de su prima. Por un lado, para expresar a Isabel su alegría de pariente. Pero, sobre todo, para dar cauce a esta alegría inmensa que la llena. ¿Cómo era posible tener esto guardado en el corazón sin compartirlo con nadie? Esto es amor: compartir, dar sobre todo, sin pedir nada o muy poco a cambio. Ama más quien más da. Son así las matemáticas de Dios, que hacen más rico a aquel que se empobrece dando que al que se ha enriquecido recibiendo. Habría, sin duda, cierto temor de María a comunicar, sin más ni más, la razón de su júbilo a Isabel. Pero algo le haría esperar —aquel "también"— que la comunicación sería fácil. Isabel, en mes sexto de su buena esperanza, quizá supiese comprender sólo con ver el brillo sobrenatural de los ojos de María. En tanto, María sigue su camino, dejando atrás la llanura de Esdrelón, amasando en su espíritu todas aquellas cosas extraordinarias. Cuatro o cinco días de viaje. Dormir, quizá, mirando a las estrellas, sobre la paja de una era, al lado de un camino, resguardada de la brisa fresca por unas rocas, escuchando el gran silencio de la noche que Ella llenaría con el eco misterioso de sus dos corazones, el propio y el de su Hijo, que María ya estaría escuchando en sus ansias. Días y noches para acunar su alegría, para asomarse a sí misma como a un pozo que escondiera toda la frescura del mundo. Un pozo donde el mundo podrá calmar pronto toda su sed.

 Y, al fin, en casa de Isabel. Quizá alguna vecina la viese llegar por la ladera. "¿No es aquélla María, tu pariente?" Quizá Isabel sentiría una súbita necesidad de salir bajo el emparrado y colocar su mano como visera sobre sus ojos y sonreír luego con el júbilo del reconocimiento.

 María "entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel", sigue San Lucas. Sería un saludo respetuoso, por los años de Isabel y por el afecto, el viejo saludo tradicional de Palestina: "La paz sea contigo, Isabel". Pero ya, aquí, en este momento, el prodigio. Isabel siente algo. Algo que no le dicen la sangre ni la carne, sino Aquel que está en los cielos y para el cual nada es imposible. Por primera vez el Mesías va a ser reconocido. Isabel siente que aquel hijo que va en el sexto mes y que, según la profecía del ángel a Zacarías, está lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre, salta en su vientre, como un niño que brinca de alegría. Y "ella misma —dice San Lucas— se sintió llena del Espíritu Santo". Isabel ve a María, se mira en sus ojos anchos y prodigiosos, entra por ellos hasta el misterio que trae escondido la Doncella. Y exclama en alta voz

 "¡Bendita eres tú entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre! ¿De dónde se me concede que la Madre de mi Señor venga a mí? He aquí que tan pronto como tu voz ha resonado en mis oídos, ha saltado el niño en mi seno. Bienaventurada tú, que has creído que se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor!"

 Hay un desatarse del júbilo de Isabel. ¿Qué ha visto la anciana en aquella muchacha para bendecirla "entre todas las mujeres"? ¿Qué luz llevan los ojos de María? ¿Qué misterioso mensaje ha recibido Isabel, en inspiración súbita del Espíritu Santo? Esta es, sin duda, la fuente de su conocimiento. Sólo así pudo Isabel saber que su prima María esperaba un Hijo, y que ese Hijo no era un niño como los demás. Hay, en este acontecer de las cosas, una fulgurante dilación poética, que va encajándolas en una sorprendente armonía. Dios no sólo escribe la historia, no sólo la inventa, sino que, además —y es lógico que así sea—, lo hace con una delicadísima belleza, mezclando las encantadoras cosas cotidianas con las cosas celestes. Y, así, las personas que van cruzando por esa realista pantalla cinematográfica que es el Evangelio son seres suspendidos entre el cielo y la tierra, con sus ventanas abiertas siempre al prodigio.

 ¿Veis cómo Isabel rinde homenaje a María, su jovencísima prima? Los saltos de Juan el Bautista en el seno de su madre son el primer signo de una expectación humana ante el Mesías que ya viene, que necesitará que sus caminos sean allanados para que la Verdad camine fácilmente y encuentre eco en los corazones endurecidos de los hombres.

 Pero ved cómo Dios mismo quiere, además, evitar a la Señora la explicación de algo inexplicable. ¿Qué palabras podría usar María para decirle a Isabel que el Mesías estaba ya en su seno? ¿Podía tal prodigio ser explicado con las pequeñas palabras humanas, las que nos sirven para pesar, contar y medir, para dar razón apenas de los actos humanos? Dios se adelanta al rubor de María y hace conocer a Isabel, portentosamente, lo ocurrido. Como un ángel llegará a José más tarde para detenerle en su angustiado proyecto de abandonar a la Doncella, para decirle: "No tengas recelo en recibir a María, tu esposa, en tu casa, porque lo que ha concebido es obra del Espíritu Santo". Dios mismo va delante de María, abriendo también ante ella los caminos.

 Y viene ahora el más largo párrafo que conocemos de María. Nunca más recogerá el Evangelio tantas palabras suyas, Casi siempre, María va junto a Jesús como una sombra silenciosa. Imaginamos que hablaría poco, porque Ella y Jesús se entenderían fácilmente sin necesidad de largos parlamentos. ¿Recordáis la súplica tan breve, tan concisa, en las bodas de Caná? Ella siempre irá así, como un árbol deseando extender el cobijo de sus brazos para dar a Jesús un poquito de sombra fresca, como una ánfora en un rincón, como una sonrisa de infinito amor a la que, más de una vez, habrá de volverse Jesús.

 Pero ahora, no. Ahora el santo cronista va a recogernos para siempre una de las páginas mas hermosas del Evangelio. El cántico del Magnificat:

 "—Mi alma glorifica al Señor —dice María—, y mi espíritu está transportado de gozo en Dios, mi Salvador.

 —Porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava; por eso, desde ahora, me llamarán bienaventurada todas las generaciones.

 —Algo grande ha hecho conmigo el Poderoso y cuyo nombre es Santo.

 —Su misericordia perdura de generación en generación para los que le temen.

 —Muestra su brazo potente, desbarata a los soberbios en los deseos de su corazón.

 —A los poderosos los derriba del trono, a los humildes los ensalza, a los hambrientos los sacia de bienes, a los ricos los despide sin nada.

 —Ha tomado bajo su amparo a Israel, su siervo, acordándose en su misericordia, según lo prometió a nuestros padres, Abraham y su progenie, por siempre jamás.

 Es una hora nueva en el reloj que mide la existencia humana de la Señora. Una existencia que va a estar apretada de tantas y tantas horas densas. Porque María ha conocido la hora de la aceptación en la visita del ángel a su humilde casa nazarena; y aceptación será ya toda su existencia, dedicada tan sólo a Jesús: a atenderle de niño, a verle crecer, a verle sonreír y abstraerse, a verle prosperar en sabiduría y gracia, a seguirle luego humildemente por los caminos de toda Palestina... María conocerá la hora de la soledad cuando el Hijo alguna vez esté distante, en país tan hostil que recibe mal a sus propios profetas; y la soledad, sobre todo; cuando Jesús ascienda a los cielos finalmente y Ella aún pase años de existencia humana suspirando por volver junto a su Hijo, esperando con ansias la hora de la Dormición. María conocerá la hora tremenda del dolor cuando todos menos Ella abandonen a Cristo, cuando todos le nieguen, cuando el mundo se vuelva enloquecido, furioso, bárbaro, criminal, contra Aquel que no venía sino a dar liberación eterna a los hombres pecadores; la terrible hora en que María llorará con el Hijo, en el huerto, y estará a su lado, junto a los salivazos y las blasfemias, junto a la negación y el máximo horror de este mundo. María conocerá la hora de la felicidad cuando, ante sus lágrimas sonrientes, respetando milagrosamente su virginidad, tenga ante sí el cuerpecillo desvalido del Niño, aquella noche honda y misteriosa de Belén, aquella noche en que también habrá dolor —dolor por la ignorancia del mundo—, pero sobre todo la alegría de que el Mesías esté entre nosotros, y de que ese Mesías haya dado a la Doncella el honor de alimentarse en su seno.

 Pero ahora es un momento distinto. Hora para el júbilo, para la alegría que desata la lengua y parece rodear a la Señora de una luz que no es de este mundo. Ahora necesita decir con palabras, con las más hermosas palabras, que Ella acepta, junto al dolor, junto a la soledad, junto a tantas cosas, también la gloria de esta Maternidad.

 Y véase que lo primero que hace María es dar gracias —"Mi alma glorifica al Señor..."— en un perfecto modo de decir "gracias", que es reconociendo, al mismo tiempo, la grandeza del Señor y dándole alabanza. "Mi espíritu está transportado de gozo". ¿Veis cómo era imposible que el corazón de María guardase tanta alegría para sí? ¿Veis cómo era necesario dejar al viento aquel júbilo, para que el viento lo llevase sobre los caminos secos del mundo? ¿Es tan imposible pensar que, en aquel momento, todos los hombres que existían sobre la tierra debieron sentir un escalofrío de alegría incomprensible?

 Pero apenas ha dado gracias, al tiempo que da la razón de su cántico. María dice algo maravilloso: "porque ha puesto sus ojos en la bajeza de su esclava". ¡Señor, Señor! ¡Si esta criatura puede llamarse a sí misma "esclava", si puede hablar de su "bajeza", qué locos, qué ciegos, qué sordos somos los hombres cuando la vanidad se nos sube a la cabeza como un vino fácil, cuando creemos ser lo que no somos, cuando no sentimos a cada instante humillado el espíritu por el conocimiento de nuestra limitación humana!

 Apunta Williams con acierto que muchas personas conciben la humildad como una especie de modestia, que se traduce, en último término, en un estado de encogimiento ante los hombres. Y otros toman como humildad un como estar avergonzados ante Dios. Pero la esencia de la humildad no es eso: es doblegarse en las cosas de la vida a lo que se reconoce como voluntad del Altísimo. Por eso, dice Williams, la mirada de los humildes está dirigida siempre en primer término a Dios.

 María no es humilde porque se considere más baja que los restantes hombres. Sino porque, como ser humano, se reconoce tan pequeña al lado del Creador. Y al aceptar su gloria, al aceptar esta hora del júbilo, no pierde su perspectiva humana. Se sigue sabiendo mujer, sigue diciendo que todo el mérito de su actual grandeza está en la voluntad del Señor. Esta es la perfecta humildad.

 Ni se confunda humildad con ignorancia. Que María sabe exactamente lo que le ocurre está bien claro. "Algo grande ha hecho conmigo el Poderoso", dice. Y aún añade: "Desde ahora me llamarán bienaventurada..." María sabe, pues, que ese Hijo que lleva en sí es el Mesías. El Evangelio no nos cuenta "todo" de la vida de María. Deja largos espacios de tiempo y muchos sucesos posibles sin narrar. Y es natural que María, que tenía a Dios en sí misma, tuviese una fácil comunicación con el Padre, obrase siempre inspirada por Él. Lo mismo que por Él fue preservada de pecado original, preparada así para su Maternidad desde el principio de los tiempos.

 Tras expresar, tan humildemente, su alegría y su aceptación, junto al conocimiento perfecto del prodigio que en Ella se ha obrado, las palabras siguientes de María son para la confianza. Reconoce que la misericordia de Dios "perdura de generación en generación para los que le temen". ¿Verdad que María parece hablar, a veces, en nombre de todos nosotros, sus hijos, especialmente de los justos? ¿Acaso no es lo mismo que dice el salmista y que dirán los santos, al expresar su confianza en que su amor a Dios, la verdad de sus vidas, les llevarán a las puertas de la misericordia divina? La virtud, ciertamente, tendrá siempre el premio de Dios.

 Y en María esta esperanza está madurada. No sólo por la pureza de su propia vida, sin posibilidad de pecado. Por el conocimiento de su virtud. Sino también porque esa madurez espiritual, que está en María desde su origen, viene reforzada por la voluntad divina: "Ha puesto sus ojos en mí", dice la Doncella. ¿Veis los ojos del Padre, tan capaces —seguro— de sonreír, complaciéndose en la belleza, en la gracia, en la santidad de aquella muchachita judía? ¡Con qué amor habría preparado Dios el nacimiento de esta criatura! ¡Con qué infinita delicadeza pensaría su alma y su cuerpo! Pensad en los orfebres españoles, en Arfe y en tantos otros, tallando durante años aquellas portentosas custodias. Fundiendo la plata y el oro, y encargando las más hermosas perlas y los diamantes más limpios. Y soñando con formas esbeltas, con gracia de campanillas, con brillos cegadores para hacer las custodias. Pues Ella, María, primera custodia, la más grande Custodia de nuestro Dios.

 Cuando se escribe de María, de la vida de María, de los dolores o los gozos de María, los hombres nos sabemos pobres e incapaces. Todo en Ella es distinto. Ella es única. Sólo Ella puede decir sus palabras, y, cuando los labios humanos las repiten —como en esa piadosa costumbre de recitar el Magnificat tras la comunión de los fieles—, los labios humanos se sonrojan. Sólo Ella, la más perfecta criatura que haya existido, puede hacer ese tremendo balance de la misericordia de Dios que nos presenta el final del cántico. Sólo Ella, la que no podía temer por su salvación. Sólo Ella podría decir cómo Dios muestra la fortaleza de su brazo, la potencia de sus músculos, el ancho abarcar de su mano ante los hombres.

 Sólo Ella podía decir cómo Dios derrumba los castillos de los soberbios y arroja a tierra sus sueños de ambición y de mandato. Sólo Ella podría decir que Dios derriba del trono a los poderosos, sin que ninguna gloria humana prospere, porque todo en este mundo es fugaz y las criaturas humanas nacen muertas, nacen con el sello de la muerte, sin que su vida sea otra cosa que un acercarse, cada vez más, hacia el fin inevitable de la humana existencia. Y, por contra, cómo Dios busca a los humildes en sus rincones de silencio y los ensalza, como en aquella parábola de Cristo, cuando los que se colocan en los últimos puestos son llamados a sentarse en la cabecera de la mesa de bodas. Hay un admirable reconocimiento de la justicia humana en los versos del Magnificat: a los ricos, a los que viven como ricos, a los que no se empobrecen en el amor de Cristo, Dios los despide sin nada, sin decirles una palabra tan sólo. Y a los pobres, a los que viven como pobres y acomodan su existencia a las normas de la evangélica pobreza, Dios los sacia de bienes.

 ¿Verdad que sólo Ella podía decir tales cosas? Porque sólo Ella estaba libre de pecado.

 Pero aún dice algo María. Nadie como Ella podría hablar, como Ella lo hace, en nombre de Israel, del pueblo elegido, de la futura cristiandad. Dios, viene a decir María, ha sabido cumplir su promesa. He aquí que por mi camino nos manda al Señor, al Mesías, al esperado, al que soñaron ver los profetas, mientras se morían de ansias y de años en la espera inútil. Este es el día, como recordará Cristo, que los profetas hubiesen querido ver. ¡Qué bien sonarían estas palabras en los oídos del Padre! Mejor que los elogios de todos los ángeles y bienaventurados.

 Cuando sonasen las últimas palabras del Magnificat —yo imagino a María, de pie, inclinada, cogida la mano de Isabel y los ojos cerrados—, cuando siguiese un tenso y expectante silencio donde los suspiros fuesen como vientos..., Dios pondría música a la letra de María, a aquella letra que evidencia tan hondo conocimiento de los Santos Libros, tanta familiaridad con la Escritura. María, hoy, junto al Padre, seguirá diciendo su Magnificat. Y en ese cántico, y en los labios que lo modulan, nosotros, los hombres, tenemos hoy la esperanza. En María, mediadora del género humano.

 JOSÉ MARÍA PÉREZ LOZANO