26 may 2015

Santo Evangelio 26 de Mayo de 2015



Día litúrgico: Martes VIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 10,28-31): En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora en el presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros».


Comentario: Rev. D. Jordi SOTORRA i Garriga (Sabadell, Barcelona, España)
Nadie que haya dejado casa (...) por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno (...) y en el mundo venidero, vida eterna

Hoy, como aquel amo que iba cada mañana a la plaza a buscar trabajadores para su viña, el Señor busca discípulos, seguidores, amigos. Su llamada es universal. ¡Es una oferta fascinante! El Señor nos da confianza. Pero pone una condición para ser discípulos, condición que nos puede desanimar: hay que dejar «casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio» (Mc 10,29).

¿No hay contrapartida? ¿No habrá recompensa? ¿Esto aportará algún beneficio? Pedro, en nombre de los Apóstoles, recuerda al Maestro: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mc 10,28), como queriendo decir: ¿qué sacaremos de todo eso?

La promesa del Señor es generosa: «El ciento por uno: ahora en el presente (...) y en el mundo venidero, vida eterna» (Mc 10,30). Él no se deja ganar en generosidad. Pero añade: «Con persecuciones». Jesús es realista y no quiere engañar. Ser discípulo suyo, si lo somos de verdad, nos traerá dificultades, problemas. Pero Jesús considera las persecuciones y las dificultades como un premio, ya que nos ayudan a crecer, si las sabemos aceptar y vivir como una ocasión de ganar en madurez y en responsabilidad. Todo aquello que es motivo de sacrificio nos asemeja a Jesucristo que nos salva por su muerte en Cruz.

Siempre estamos a tiempo para revisar nuestra vida y acercarnos más a Jesucristo. Estos tiempos y todo tiempo nos permiten —por medio de la oración y de los sacramentos— averiguar si entre los discípulos que Él busca estamos nosotros, y veremos también cuál ha de ser nuestra respuesta a esta llamada. Al lado de respuestas radicales (como la de los Apóstoles) hay otras. Para muchos, dejar “casa, hermanos, hermanas, madre, padre...” significará dejar todo aquello que nos impida vivir en profundidad la amistad con Jesucristo y, como consecuencia, serle sus testigos ante el mundo. Y esto es urgente, ¿no te parece?

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Santa Mariana de Jesús de Paredes, 26 de Mayo

26 de mayo

SANTA MARIANA DE JESUS DE PAREDES

(† 1645)


La cristiana república del Ecuador puede presentar ante el trono de Dios y en el cielo de la Iglesia una digna émula de Santa Rosa de Lima en la fragante flor de santidad que se llama Mariana de Jesús de Paredes y Flores. Nacida en Quito el sábado 31 de octubre de 1618, de piadosos y nobles padres, fue bautizada el 22 de noviembre en la catedral y mostró desde sus primeros años entera inclinación a la virtud, especialmente al pudor y a la modestia virginal.

 Huérfana de ambos padres desde los cuatro años, quedó al cuidado de su hermana mayor y del esposo de ésta, quienes la procuraron conveniente educación. Era Mariana de gran talento, de ingenio agudo, de inteligencia viva y precoz; se la preparó, por una parte, en las letras y, por otra, en la música; alcanzó mucha destreza en manejar el clave, la guitarra y la vihuela. También aprendió a coser, labrar, tejer y bordar, haciendo grandes progresos y ocupando así santamente el tiempo para huir de la ociosidad. Tenía una voz suave y dulcísima y una gran afición a la música, de tal manera que no dejó pasar un solo día sin ejercitarse en ella, aunque dedicándose a cantos religiosos, que la ayudaban a meditar y levantar su corazón incesantemente a Dios.

 Ya desde su temprana edad su día estaba repartido entre la oración, el trabajo y algún recreo. Nos dicen sus compañeras que era muy inclinada al servicio de Dios, que celebraba todas las festividades de Nuestro Señor y de su Madre Santísima, y de todos los santos, sus devotos, con mucha veneración, haciendo altares, ayunando sus vísperas, provocando y animando a todos para que hiciesen lo mismo, sin ocuparse en juegos y entretenimientos pueriles. Solía retirarse para orar a algún rincón de la casa, donde la hallaban con las manecitas juntas, repitiendo con fervor angelical el avemaría, que había aprendido apenas supo hablar. Tenía singular afecto a la Pasión del Señor, y desde entonces practicaba penitencias y austeridades, que más adelante serían mayores y más asiduas.

 A los ocho años hizo su primera confesión y comunión en la iglesia de la Compañía de Jesús, que desde entonces fue el lugar escogido para su oración y vida espiritual. El padre Juan Camacho, al examinarla quedó admirado de la inteligencia y comprensión de los divinos misterios que había en aquella niña, y casi culpaba a su familia de haberle dilatado algún tanto el recibir la Eucaristía. Despojóse desde entonces de toda gala mundana, y, movida del Espíritu Santo, se ofreció enteramente a Jesucristo, haciendo voto de perpetua castidad, al que juntó luego los de pobreza y obediencia, Cambió su nombre por el de Mariana de Jesús.

 La Providencia desbarató uno tras otro dos proyectos suyos: uno, de ir a tierra de infieles para darles la fe cristiana (y para lo cual, como nueva Teresa de Jesús, intentó escapar de casa en unión de unas amigas), y otro, de entablar vida eremítica. Tampoco prosperó el deseo de los parientes, gozosamente aceptado por ella misma, de que entrara en la vida religiosa. Investigando en la oración y en la consulta a sus directores espirituales la voluntad de Dios, entendió ser ésta que viviese recogida en su propia casa, con la misma estrechez, pobreza y despojo de todas las cosas del mundo como pudiera hacerlo entre los muros de la comunidad más austera. En consecuencia, Mariana hizo arreglar pobremente, en la parte alta de su casa, un departamento con tres piezas: una salita, un pequeño aposento y una alcoba, completamente cerrados con cancel y cerrojos al resto de las personas, y de los que solamente salía para acudir por las mañanas a la iglesia. Su vida era de oración y penitencia continuas. Tenía en su pieza un ataúd, que le recordara constantemente la vanidad del mundo y la hora de la muerte.

 Su tenor de vida queda descrito así por ella misma, en una distribución del tiempo que sometió a su confesor:

 "A las cuatro —dice— me levantaré, haré disciplina, pondréme de rodillas, daré gracias a Dios, repasaré por la memoria los puntos de la meditación de la Pasión de Cristo. De cuatro a cinco y media: oración mental. De cinco y media a seis; examinarla; pondréme los cilicios, rezaré las horas hasta nona, haré examen general y particular, iré a la iglesia. De seis y media a siete: me confesaré. De siete a ocho: el tiempo de una misa prepararé el aposento de mi corazón para recibir a mi Dios. Después que le haya recibido daré gracias a mi Padre Eterno, por haberme dado a su Hijo, y se lo volveré a ofrecer, y en recompensa le pediré muchas mercedes. De ocho a nueve; sacaré ánima del purgatorio y ganaré indulgencias por ella. De nueve a diez: rezaré los quince misterios de la corona de la Madre de Dios. A las diez: el tiempo de una misa me encomendaré a mis santos devotos; y los domingos y fiestas, hasta las once. Después comeré si tuviere necesidad. A las dos: rezaré vísperas y haré examen general y particular. De dos a cinco: ejercicios de manos y levantar mi corazón a Dios; haré muchos actos de su amor. De cinco a seis: lección espiritual y rezar completas. De seis a nueve: oración mental, y tendré cuidado de no perder de vista a Dios. De nueve a diez: saldré de mi aposento por un jarro de agua y tomaré algún alivio moderado y decente. De diez a doce: oración mental. De doce a una: lección en algún libro de vidas de santos y rezaré maitines. De una a cuatro: dormiré; los viernes, en mi cruz; las demás noches, en mi escalera; antes de acostarme tendré disciplina. Los lunes, miércoles y viernes, los advientos y cuaresmas, desde las diez a las doce, la oración la tendré en cruz. Los viernes, garbanzos en los pies y una corona de cardos me pondré, y seis cilicios de cardos. Ayunaré sin comer toda la semana; los domingos comeré una onza de pan. Y todos los días comenzaré con la gracia de Dios."

 Esta regla de vida, asombrosa por su austeridad y oración, Mariana la guardó desde los doce años, sin más alteración hasta su muerte que estrechándola más aún los últimos siete años. Sin embargo, prudentemente, admitía tres causas posibles para omitir alguno de los ejercicios señalados: la caridad para con el prójimo, la obediencia a quienes le podían mandar y la absoluta imposibilidad física, cuando estaba tan desprovista de fuerzas por alguna enfermedad corporal que le era materialmente imposible tenerse de pie.

 Santa Mariana no excluyó de su vida un discreto apostolado, principalmente con su oración por el prójimo, sus consejos a las almas que acudían a ella y la misericordia corporal para con los pobres. Era ya un gran ejemplo de virtud verla salir modestísimamente de su clausura camino de la iglesia.

 Por consejo de sus confesores se hizo terciaria de San Francisco de Asís (ya que en la Compañía de Jesús no hay tercera orden, como ella tanto hubiera deseado). Siempre deseó vivamente ser enterrada en la iglesia de la Compañía, donde Dios tanto la había favorecido, y el Señor le cumplió colmadamente su anhelo, ya que el templo de los jesuitas en Quito (de extraordinaria riqueza, pues está espléndidamente dorado en todo su interior, desde el arranque de las paredes hasta los techos inclusive), no sólo guarda como precioso tesoro su sagrado cuerpo bajo el altar mayor, sino que le ha sido litúrgicamente consagrado poco después de su canonización.

 Los testimonios de sus contemporáneos insisten especialmente en tres rasgos de su vida santa: su mortificación extraordinaria, su oración altísima y sus prodigios.

 Decía ella misma a su criada Catalina: "Si duermo en esta cama, sabe que para mí es un regalo: porque algo se ha de hacer para merecer y ganar a Dios, pues en camas blandas y delicadas no se le halla; y supuesto que padeció tanto por mí, no es nada lo que yo haga por él." Sin embargo, para usar estas asperezas había de vencer la gran repugnancia que tenía su cuerpo a ellas: su cama era una escalera con los balaustres con filo hacia arriba, que de tanto usarlos llegaron a embotarse y gastarse; la almohada, un madero grueso y tosco. Ambas cosas las ocultaba durante el día debajo del lecho por medio de la sobrecama, que dejaba colgar hasta el suelo. Tres veces por semana usaba esta penitencia; los restantes días tomaba las tres horas de sueño sobre una áspera sábana de cerdas y piedrecitas.

 Su abstinencia y ayuno eran prodigiosos. Para disimularlos hacía que le preparasen una comida ordinaria, que luego secretamente repartía entre los pobres, limitándose a tomar para sí algunos bocados de pan, que en ocasiones amargaba con hiel, acíbar, ceniza y hierbas.

 De su amor a Dios da testimonio autorizado uno de sus confesores, asegurando que "en todos los días de su vida conservó la primera gracia que recibió en el bautismo.... no pecó en toda su vida mortal ni venialmente con advertencia". Otro decía: "Nuestro Señor la levantó a lo supremo de la contemplación, que consiste en conocer a Dios y sus perfecciones sin discurso y amarle sin interrupción".

 Un testigo afirma de su caridad para con el prójimo: "Se ejercitó cuanto pudo y permitía su condición en obras de caridad espirituales y corporales, en beneficio de los prójimos; deseando viviesen todos en el temor y servicio de Dios; y para el efecto diera su vida." "Toda su conversación —añade una de sus compañeras— era de la gloria, de la virginidad y pureza, de la penitencia y vidas de los santos y santas, envidiándoles sus virtudes con santa emulación."

 Aunque suplicó ardientemente a Nuestro Señor que no la concediera favores sobrenaturales exteriores en esta vida, por su humildad profunda, sin embargo, hizo por su medio varias profecías y revelaciones, además de lograr especiales conversiones y santificación de varias almas.

 A principios del año 1645 se sintieron frecuentes terremotos y desastrosas epidemias en Quito. La ciudad estaba consternada. Mariana, conmovida por la desgracia de su patria, ofreció a Dios su vida en expiación de los pecados y en alivio de aquellos males. Nuestro Señor aceptó la ofrenda, porque desde aquel momento (26 de marzo) cesaron los temblores y la ciudad comenzó a tranquilizarse. Mas apenas la Santa se retiró del templo, donde había hecho ante Dios su sacrificio, comenzó a sentir los sufrimientos de la terrible enfermedad de que murió dos meses más tarde: apenas pudo llegar por sí misma a su habitación y hubo de ir a la cama por no poderse tener en pie.

 Recibidos los santos sacramentos y entre sublimes afectos de amor divino, entregó su purísima alma a Dios el 26 de mayo de 1645, a los veintiséis años de edad.

 A partir de su nacimiento para el cielo fue todavía mayor la veneración en que la tuvieron los quiteños y toda la nación por sus frecuentes milagros. El 17 de diciembre de 1757 Benedicto XIV introdujo su causa, Pío VI, el 19 de marzo de 1776, declaró heroicas sus virtudes. En 1847 Pío IX reconoció dos milagros suyos; el mismo Pontífice la beatificó el 20 de noviembre de 1853.

 Reanudada la causa, bajo León XIII, el 23 de abril de 1903, correspondió a Pío XII llevarla a feliz término, canonizando solemnemente a Santa Mariana el 9 de junio de 1950, Por su parte, la Asamblea Constituyente del Ecuador, a 30 de noviembre de 1946, en reconocimiento de la virtud que la llevó a ofrecer su vida por la incolumidad del pueblo, la llamó en solemne decreto "heroína de la Patria".

 GUSTAVO AMIGÓ JANSEN, S. I.

25 may 2015

Santo Evangelio 25 de Mayo de 2015



Día litúrgico: Lunes VIII del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Mc 10,17-27): Un día que Jesús se ponía ya en camino, uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante Él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre». Él, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme». Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. 

Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!». Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios». Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios».


Comentario: P. Joaquim PETIT Llimona, L.C. (Barcelona, España)
Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres (...); luego, ven y sígueme

Hoy, la liturgia nos presenta un evangelio ante el cual es difícil permanecer indiferente si se afronta con sinceridad de corazón.

Nadie puede dudar de las buenas intenciones de aquel joven que se acercó a Jesucristo para hacerle una pregunta: «Maestro bueno: ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?» (Mc 10,17). Por lo que nos refiere san Marcos, está claro que en ese corazón había necesidad de algo más, pues es fácil suponer que —como buen israelita— conocía muy bien lo que la Ley decía al respecto, pero en su interior había una inquietud, una necesidad de ir más allá y, por eso, interpela a Jesús.

En nuestra vida cristiana tenemos que aprender a superar esa visión que reduce la fe a una cuestión de mero cumplimiento. Nuestra fe es mucho más. Es una adhesión de corazón a Alguien, que es Dios. Cuando ponemos el corazón en algo, ponemos también la vida y, en el caso de la fe, superamos entonces el conformismo que parece hoy atenazar la existencia de tantos creyentes. Quien ama no se conforma con dar cualquier cosa. Quien ama busca una relación personal, cercana, aprovecha los detalles y sabe descubrir en todo una ocasión para crecer en el amor. Quien ama se da.

En realidad, la respuesta de Jesús a la pregunta del joven es una puerta abierta a esa donación total por amor: «Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres (…); luego, ven y sígueme» (Mc 10,21). No es un dejar porque sí; es un dejar que es darse y es un darse que es expresión genuina del amor. Abramos, pues, nuestro corazón a ese amor-donación. Vivamos nuestra relación con Dios en esa clave. Orar, servir, trabajar, superarse, sacrificarse... todo son caminos de donación y, por tanto, caminos de amor. Que el Señor encuentre en nosotros no sólo un corazón sincero, sino también un corazón generoso y abierto a las exigencias del amor. Porque —en palabras de Juan Pablo II— «el amor que viene de Dios, amor tierno y esponsal, es fuente de exigencias profundas y radicales».

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Santa María Magdalena de Pazzis 25 de Mayo

25 de mayo
 
SANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZIS

(†  1607)
 

Hay en el Borgo de San Friano un monasterio “donde se trata de perfección con particular cuidado”. Así lo decía un autor del setecientos y así lo leo yo hoy en las páginas tostadas de años, pero quemantes siempre, de una obra en pergamino y bellos tipos renacentistas que contiene la “vida de la bienaventurada y extática María Magdalena de Pazzis, virgen florentina", la santa contradictoria y apasionante que nos ha dejado una vida extraña y vehemente como su temperamento toscano.

 Su padre, Camilo Geri de Pazzis, gran señor florentino, había contraído matrimonio con María Lorenzo Buondelmonti, dama exquisita, amiga de los Médicis, que educó con extraordinaria delicadeza a su única hija Catalina. La niña era bellísima y de un natural dulce y quieto y a la vez ardiente y amoroso, mezclando voluntad y suavidades. No podemos detenernos en sus primeros años, ni en su educación entre las Canonesas de Malta, ni en su regreso al mundo, de cuya época se conserva un hermoso cuadro nos muestra a Catalina, gran figura de italiana, vestida de blanco y dorado con unas rosas.

 Vamos a partir de ese domingo primero de Adviento en que ingresa en el convento de carmelitas observantes en 1582 y donde recibe el santo hábito al final del enero siguiente. Ya se llama María Magdalena y tiene dieciséis años.

 Una tarde, después de la oración que tenían las novicias reunidas en el oratorio del noviciado, su rostro pareció ardiente e inflamado como de intensa calentura. No hallaba sosiego. Se agitaba, se movía, hacía lo posible por añojarse la correa de la cintura y deshecha en lágrimas sollozaba: “¡Oh amor que no eres conocido ni amado, que ofendido estás!” Sólo al cabo de dos horas tornó en sí.

 Era el primero de sus excesos de amor.

 El amor de Dios, que es intensamente espiritual, tiene sus redundancias sobre el organismo; la parte funcional y somática de Magdalena, joven y delicada novicia, desmayaba ante el acosamiento divino. ¿Es raro, acaso, que la naturaleza se estremezca cuando Dios la acaricia? Desde el día de sus votos comienza esa cuaresma de interior comunicación que ha sido llamada Ios cuarenta días". Su propia descripción es ésta: "No sabía si estaba muerta o viva, si en el cuerpo o en el alma, si en la tierra o en el cielo... sólo veía a Dios todo glorioso amarse a Sí puramente, conocerse a Sí enteramente, ser Trinidad indivisa en la unidad..." Y cuenta otra vez así las gracias de aquellas mañanas: "Vi el amor inmenso y unitivo que me unió con Jesús. Entendí también que todas las almas que participan en la sangre de Jesús son las que padecen en este mundo quedando delante de su divina Majestad bellas y hermosas. Si un alma pudiese comprender en cuánta grandeza está mientras ama así a Dios, casi se desharía a sí misma dulcísimamente".

 Hablaba con un ser invisible y, tomando el crucifijo con rostro brillante y enardecido, exclamaba: "¡Oh Jesús mío!, dame una voz grande que la oiga el mundo entero, el pésimo amor propio es el que nos quita vuestro conocimiento... el amor propio que es el contrario al vuestro, Señor... ¡Amor, haz que las criaturas no amen otra cosa que a Ti!" Y así duraba hasta eso de las cuatro en que le volvía el mal y la calentura y tornaba a la cama entre los solícitos cuidados de su madre maestra y sor Evangelista del Giocondo.

 Así pasaban los días maravillosos e incomprensibles, mientras con su oración y padecer Magdalena buscaba almas dadas plenamente al Amor. enseñando que el gran apostolado es difundir la santidad que vivifica a toda la Iglesia.

 Luego vinieron pesadumbres, tentaciones, luchas y negruras que ella llamó "el lago de los leones", con un recuerdo danielesco y estremecedor, mientras las obsesiones, la pesadez y el hastío de la observancia intensificaban la obra de la purificación.

 Nombrada maestra de novicias, les dio a todas la humildad como camino para llegar a la unión divina y les brindaba esta definición preciosa: "La humildad es un continuo conocimiento de ser nada y un continuo gozarse en todo lo que sirve para el desprecio de una".

 Y era tanta su luz sobre esta virtud que añadía: "En el infierno habrá almas apóstoles, almas vírgenes, pero no habrá nunca almas humildes".

 Teólogos de fuste acudían al convento para estudiar el caso de esta monjita que los sorprendía con las gracias más subidas. Profetizó al cardenal de Médicis, más tarde León XI, su elevación al Pontificado supremo, y su brevedad.

 Ella aprovechaba la curiosidad de muchos que la visitaban para inculcarles a todos una gran pureza de conciencia. Se confesaba diariamente y temía la menor imperfección involuntaria, Esta limpidez de espíritu la subió pronto a una oración que le era como habitual: "Tener gusto en gozarme y complacerme de los atributos divinos... gozarme de la comunicación que tienen entre sí las tres divinas Personas..., regocijarme en el amor infinito con que Dios se ama a Sí mismo... Ofrecerme a mí misma a Dios con toda aquella perfección que Él quiere que tenga".

 Es una tentación citar todo el texto.

 Bastan estas líneas para atisbar algo del secreto de María Magdalena de Pazzis, la santa de los grandes excesos de amor.

 El 25 de mayo de 1607 toda la Comunidad rodea el lecho de sor María Magdalena. Ninguna duda ya de su perfección. A esta hora no tiene gusto ni consuelo espiritual, porque Dios quiere que muera como Cristo en la cruz.

 Apretaban los dolores, cercábanla grandes sufrimientos. Ella, sencilla y humilde, deja caer esta frase: “yo gusto de todo lo que Él gusta, no quiero contentos, ¡con tal de que mi alma se salve!"

 Así, ignorante, inédita para sí misma, despojada de su propio valer. Va a dar la una del mediodía..., el confesor reza himnos y alabanzas divinas, la moribunda está bella y sonrosada, tiene sólo cuarenta y un años. “¡Con lo que pudiera vivir!", insinúa alguna monja entristecida; pero ¡no!..., ella sólo quiere el Amor.

 Y esta vez sin excesos el Amor viene, y definitivamente María Magdalena se pierde como llama de fuego en el seno eterno de la Infinita Trinidad.

 MARÍA H. DE LA SANTA FAZ, O. P.

Santa Vicenta María de Vicuña 25 de Mayo

25 de Mayo

SANTA VICENTA MARIA DE VICUÑA
(+ 1890)

"La angelical fundadora" fue llamada ya en vida la madre Vicenta María, no sólo entre sus religiosas Hijas de María Inmaculada para el Servicio Doméstico, sino por cuantos conocieron su infantil gracia y atractivo, su virginidad y delicadeza. Además comenzó su fundación a los veinte floridos años.

Dios le concedió nacer en la católica Navarra y de una familia dignísima, de la más cristiana ejemplaridad.

Don José María López "se declara" a doña Nicolasa de Vicuña (ambos de limpio y blasonado linaje) después de diez años de platónicas ilusiones:

"Créame usted, no conozco sus atractivos físicos, pero sí sus prendas morales, las únicas que ha bastantes años admiro como dechado de la juventud,"

Por la novia escribe su hermano; con el director espiritual han aconsejado que "la razón y delicadeza no dan lugar a más dilaciones geniales" y que con fecha 16 de noviembre de 1842 ha dado una respuesta "afirmativa categóricamente".

Ella vivía en Estella y acuerdan su primera entrevista. Cabalga en compañía de un su deudo, canónigo pamplonés, y, rezando el rosario, llegan a la soñada entrevista. Fue tan delicada y discreta que al regreso escribe desde Cascante a la prometida:

"¡Qué fríamente me despedí de ti! Agitado mi espíritu con aquella primera despedida, aunque quise alargar la mano para estrechar la tuya inocente, el temor de ofender tu limpia honestidad me obligó a retirarla con presteza."

De tales padres había de brotar el virginal lirio de pureza que el Señor les concedió el 22 de marzo de 1847 y se había de llamar en el bautismo del mismo día Vicenta María Deogracias Bienvenida. Era en Cascante de Navarra.

En su primer cumpleaños sabe ya pronunciar los nombres de Jesús y de María y balbucear las primeras oraciones. Había que verla: "Calzadita, en las rodillas de su amante madre; mostraba carita de ángel, ojos azules, cabello de oro, blancura de jazmín en el cutis, sonrosadas las mejillas y, por añadidura, las seis perlas ornato de su boca, que parecía un coral".

Su primera catequesis la recibió sentada en la sillita que su padre le ponía sobre la mesa de su despacho. Si se distraía, la severidad paterna la asustaba con el resorte de una cajita que hacía saltar un perro de juguete; si persistía la distracción, era ésta la amenaza:

"Mira, niña, que aún no sabes a qué huelen las manos de tu padre."

Pero no había lugar a ello, porque con sus cuatro añitos ya se escapa al atrio de la iglesia vecina y enseña lo que aprendió de su padre a las niñas que esperaban la hora de la doctrina.

Todas las tardes a la parroquia,

—Tía, ponme la mantilla clara bordada para ir bien maja al rosario.

Y al regresar de la bendición eucarística, impregnada su mantilla de incienso, la ofrecía:

—¡Mirad! ¡Huele a cielo!

El señor tío don Joaquín era un sacerdote santo y docto: "Más de doscientas arrobas de libros tendría en su habitación, llena hasta la ventana", decia una vieja de Cascante.

Aborrecía a los chiquillos su severa gravedad; pero Vicentica le cautivó de manera que se la llevaba de paseo hasta la ermita de la Virgen del Romero; por el camino rezaba el breviario y enseñaba a la sobrinita en latín el credo, el Pater, el Ave Maris stella.

Ya en el templo, le muestra la lucecita del sagrario y le enseña a pedirle a Jesús que guarde su corazón en aquella casita dorada.

Mientras acaba sus rezos el señor tío don Joaquín, Vicenta recorre la iglesia con genuflexiones, simulando un vía crucis. Sabe a los seis años recitar versos y leer "el libro de Santa Teresa'; la llaman "la abogadillo".

Repite los sermones del padre misionero; se interesa por los pobres y goza en repartirles sus limosnas; ellos la llaman "la niña santica" .

El día de la Inmaculada de 1853, orando en la parroquia de San Andrés, de Madrid, una señora pide al Señor que le inspire lo que ha de hacer para salvar a las muchachas que llegan a la corte para servir y se ven en tantos peligros de cuerpo y alma. Al salir del templo ve una casita en la calle de Lucientes con el letrero: Se alquila. La toma: será el solar primero de la Congregación para el Servicio Doméstico; allí recoge las primeras sirvientas sin colocación.

La señora era doña Eulalia de Vicuña; con ella y con su esposo y hermano llega Vicenta a compartir la vida madrileña. Aquellos sus parientes en nada desmerecen de la religiosidad y edificante rectitud de su familia de Cascante.

Don Manuel María de Vicuña es "el padre de los pobres" y para ellos gratuitamente ejerce su abogacía. Con doña Eulalia visitan caritativamente la cárcel de mujeres y dan vida a la asociación de la Doctrina Cristiana.

Tiene Vicenta sólo siete años; una familia amiga la convida al teatro Real. Ella se resiste:

—Mi abuelita no fué nunca al teatro y yo quiero imitarla en eso.

Más adelante lo razonaba:

"Siempre me pareció cosa del diablo aquello de salir de noche, asistir a cosas fingidas, volver a casa tan tarde, perder el sueño, malgastar el dinero y trastornar el orden."

En Madrid tiene ya director espiritual, distribución de tiempo, que va ocupadisimo desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche, con misa diaria, estudio de letras, labores, francés, piano, visita al Santísimo, rosario, lectura espiritual. Y casi todos los dias va con su tía Eulalia al Establecimiento que amplia la vieja casita de las sirvientas.

Y aún su madre escribe: "Mucho me alegraré de que mi hija reciba una instrucción esmerada y brillante; pero hermana mia muy querida, mi deseo principal es que me la eduquéis para santa".

Bien podía escribir quien la trataba: "Es no sólo una santa, sino una santa de muchísimo talento".

Sin embargo, tuvo que hacer penitencia de sus tres grandes pecados de estos años. El primero, que se metió en una habitación que se estaba pintando; con su amiguita estropearon la pintura. Doña Eulalia echó la culpa a los pintores, que juzgó descuidados. Pero se presentó en seguida Vicenta a pedir perdón. El segundo, que en El Escorial se presentó con un precioso vestido de manga sólo hasta el codo y un ligero escote:

---¡Iba yo poco modesta! ¡Quién sabe si otras niñas seguirían mi mal ejemplo!

El tercero, que se hizo la remolona al quitarse un vestido "que la favorecía", desobedeciendo a doña Eulalia.

—Pues en una niña de ocho años, eso no es cosa tan grave—decían.

—El día del juicio me conocerán—replicaba la niña.

En Cascante pasa el verano: el pueblo arde en fiestas y Vicenta, con su elegancia madrileña, estaba hecha una preciosidad. Tanto que al pasar el rey consorte, don Francisco de Asís, pregunta al alcalde:

—¿Quién es esa linda señorita?

—Señor, es una santita, sobrina mia.

—Se lo dicen a Vicenta y le insinúan como posible novio a un espléndido muchacho. Pero Vicenta dictamina:

—Ni con un rey ni con un santo. Seré sólo de Dios.

En los ejercicios espirituales de 1866, el padre Soto, S. I., le propone el método clásico de "la elección de estado". Escribe a dos columnas ventajas e inconvenientes de ser salesa o seguir la fundación que iniciara su tía.

Terminan los ejercicios; su parienta la salesa, que espera ansiosa verla en su religión, le pregunta qué determina:

—Las chicas han triunfado—responde la que va a ser fundadora.

Pone manos a la obra, y comienzan las hostilidades y las pruebas. Tan joven y en un ministerio tan peligroso. Se opone hasta su tía Eulalia y don Manuel, su esposo, que la trata de soberbia e irrazonable, y su buen padre, que quiere "antes verla capuchina de Pinto", alega sus "derechos de patria potestad para no tolerar que se exponga a ser pervertida por las muchachas en vez de ganarlas...".

Se la llevan a Cascante y aprietan la oposición; estalla la revolución de 1868, que expulsa a las religiosas de su convento, enferman sus padres, se muere la tía que les acompañaba y no le deja su padre tomar ese estado que juzga "estado de perdición".

—¿Y si me muriera o me fuera capuchina? Igual de solos les dejaria—dice la joven.

Cae enferma grave. Aterrado su padre, cree ver en la enfermedad un aviso del cielo, y le da permiso para regresar a Madrid. Ya puede entregarse a fundar las entonces llamadas Hermanas del Santo Celo. Aquel celo bíblico de la casa de Dios que la consumía.

Lentamente, en el quinquenio 1871-1876 se va perfilando la institución. Ya en 1869 se trasladan con su tía Eulalia y otras jóvenes a la casa de San Miguel, 8, donde tienen vida común, distribución de tiempo, pobreza grande. Doña Eulalia, ya viuda, vende sus trajes y joyas para sostener la casa y remienda unas botas de paño negro, porque con lo que ahorra puede dar de comer a una chica lo menos diez dias,

Y Vicenta, "la abogadillo", arregla la herencia de sus tíos y de sus padres en Cascante, donde le sorprende la guerra civil de 1873 y la incomunica.

Vuelta a Madrid; bajo la dirección del padre Hidalgo, S. I., lee las Constituciones de la Compañía y otras más recientes y prepara las suyas.

El padre escribe:

"Se le presentaba con el espiritu recogido en Dios; suplicaba las luces del Espiritu Santo y de la Virgen con el Ave Maria. Regla hubo que le costó dos meses de oración, comuniones, penitencias y otras santas industrias".

Y así quedaron de manera que "no hubo que darles entonces, ni al revisarlas la Santa Sede, la más ligera plumada' .

El 11 de julio de 1876, en el altar que preside una bellísima Inmaculada Concepción, da el habito a las tres primeras religiosas el obispo auxiliar de Toledo, que pronto será el cardenal Sancha.

Enturbiaban la alegría penas actuales y visión profética de las venideras. El padre seguía hostil en Cascante y la madre continuaba su resistencia pasiva. Cuando supo el padre que le habian cambiado el nombre, al tomar el hábito, por el de Maria de la Concepción, escribió:

"Yo no reconoceré a otra hija que a Vicenta Maria. Sabes las consecuencias jurídicas de ese cambio".

El prelado volvió a renovarle su nombre bautismal, con el que seguirá hasta los altares,

Crece el Instituto; se inaugura nuevo noviciado, tan acogedor y espiritual que "allí no hay más remedio que hacerse santa",

Un ruidito, tic,tac, tic,tac, escuchan medrosas las novicias, ¿Un reloj? ¿Un ladrón? ¿Las brujas?... Son las disciplinas que se da la madre fundadora.

Treinta años tiene la madre, y el canónigo Cascajares, futuro cardenal, las llama a Zaragoza. Es la segunda casa de la fundación a los pies de la Virgen del Pilar; la noche entera en el tren, convertido el vagón en capilla de noviciado: la mañana en la Santa Capilla; inauguración solemne la víspera de la Inmaculada: terminan las alegrías inaugurales, comienza la desbandada, se va de obispo de Calahorra el canónigo Cascajares, se disuelve la Junta de señoras, los recursos menguan, y en el crudo invierno, buscando aportaciones, tiene que ir "subiendo y bajando escaleras desde las once de la mañana hasta las cuatro de la tarde". Mas la Virgen les envía al padre Pujol, S. I., que va a ser la providencia y aliento de la casa.

No menos apuros y consolaciones en la fundación inmediata de Jerez, y en la inauguración de la bella capilla del noviciado, y en las nuevas entradas de religiosas; y los primeros votos en el domingo de la Trinidad de 1878 con el nombre de Congregacion del Servicio Doméstico.

Y tantas emociones, preocupaciones y trabajos agotan las fuerzas de la madre, que tiene la amenazadora hemoptisis, augurio entristecedor para toda la comunidad de la corta existencia de su fundadora.

Reacciona un poco la salud y se multiplican las fundaciones. Valladolid, Sevilla, Barcelona, con el apoyo de aquella santa mujer doña Dolores Chopitea; la de Fuencarral, espléndida casa generalicia de la Congregación.

Y entretanto la pérdida del "millón de reales" que se le llevó al administrador una jugada de Bolsa y puso a la madre Vicenta en trance de sostenerse sólo con la divina Providencia.

Con gozo recibe de Roma el Decretum laudis de la Congregación, que las llama definitivamente Hijas de María Inmaculada para el Servicio Doméstico. La fundadora exponía su primordial objetivo:

"¿Y quién puede tener más peligros que una pobre sirvienta? Se halla en la edad de las ilusiones, cuando fácilmente se creen las palabras, porque no se ha sufrido aún ningún desengaño. Virgen a merced de sus caprichos en hogar desconocido; sin calor de interés y menos cariño, y sin la mirada de una madre que las sostenga, que las defienda y que las consuele."

¡Para cuántas jóvenes han sido padre, y madre, y misioneras estas religiosas!

Su específico ministerio de las sirvientas se extendía a escuelas dominicales y nocturnas, catequesis de niñas, residencias de señoritas empleadas y oficinistas, que es el servicio más frecuente en nuestros días, escuelas de hogar, misiones.

Y la Congregación, mientras tanto, se esparcía multiplicada por todo el mundo.

Un día el padre espiritual interrumpe su plática y dice a la madre:

—Salga inmediatamente, obedezca y vaya a cuidar a su padre moribundo.

Y al verla salir continúa:

He querido que saliera para poderles hablar libremente de sus virtudes y enseñarles cómo deben seguir lo heroico de su candor, humildad, abnegación, celo y pureza.

Va a cumplir los cuarenta y tres años y sabe por revelación que es ya ése el límite de su vida.

Solemnísimo es su viático; escribe a María Asunta:

"Si me viera con su hermosa colcha amarilla de oro y lujos recibir enamorada el santo viático y casi con perfecta salud..."

Pero en realidad está gravísima. El padre le indica:

—Prepárese para recibir la santa unción con la mayor limpieza de alma y con la fortaleza necesaria para permanecer en el amor del Sagrado Corazón hasta la muerte.

—Amén, amén—responde la madre.

El 26 de diciembre de 1890, a sus cuarenta y tres años, santamente expiraba, diciendo:

—-¡Jesús mio, misericordia! Jesús, María y José, estad conmigo los tres.

El cardenal Sancha sale del aposento y, entre lágrimas, dice:

—No sabe el Instituto lo que pierde; cabe en su cabeza un mundo para santificarlo y otro para gobernarlo.

Su Santidad Pío XII, en el año santo de 1950, la beatificó. Fue canonizada.

JOSÉ ARTERO

24 may 2015

Santo Evangelio 24 de Mayo de 2015



Día litúrgico: Pentecostés (Misa del día)

Texto del Evangelio (Jn 20,19-23): Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


Comentario: Mons. Josep Àngel SAIZ i Meneses Obispo de Terrassa (Barcelona, España)
«Recibid el Espíritu Santo»

Hoy, en el día de Pentecostés se realiza el cumplimiento de la promesa que Cristo había hecho a los Apóstoles. En la tarde del día de Pascua sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés renueva y lleva a plenitud ese don de un modo solemne y con manifestaciones externas. Así culmina el misterio pascual.

El Espíritu que Jesús comunica, crea en el discípulo una nueva condición humana, y produce unidad. Cuando el orgullo del hombre le lleva a desafiar a Dios construyendo la torre de Babel, Dios confunde sus lenguas y no pueden entenderse. En Pentecostés sucede lo contrario: por gracia del Espíritu Santo, los Apóstoles son entendidos por gentes de las más diversas procedencias y lenguas.

El Espíritu Santo es el Maestro interior que guía al discípulo hacia la verdad, que le mueve a obrar el bien, que lo consuela en el dolor, que lo transforma interiormente, dándole una fuerza, una capacidad nuevas.

El primer día de Pentecostés de la era cristiana, los Apóstoles estaban reunidos en compañía de María, y estaban en oración. El recogimiento, la actitud orante es imprescindible para recibir el Espíritu. «De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2,2-3).

Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían la cárcel, ni la tortura, ni el martirio. No es extraño; la fuerza del Espíritu estaba en ellos.

El Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es el alma de mi alma, la vida de mi vida, el ser de mi ser; es mi santificador, el huésped de mi interior más profundo. Para llegar a la madurez en la vida de fe es preciso que la relación con Él sea cada vez más consciente, más personal. En esta celebración de Pentecostés abramos las puertas de nuestro interior de par en par.



Comentario: Rev. D. Joan MARTÍNEZ Porcel (Barcelona, España)
MISA DE LA VIGILIA (Jn 7,37-39) «De su seno correrán ríos de agua viva»

Hoy contemplamos a Jesús en el último día de la fiesta de los Tabernáculos, cuando puesto en pie gritó: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: ‘De su seno correrán ríos de agua viva’» (Jn 7,37-38). Se refería al Espíritu.

La venida del Espíritu es una teofanía en la que el viento y el fuego nos recuerdan la trascendencia de Dios. Tras recibir al Espíritu, los discípulos hablan sin miedo. En la Eucaristía de la vigilia vemos al Espíritu como un “río interior de agua viva”, como lo fue en el seno de Jesús; y a la vez descubrimos que también, en la Iglesia, es el Espíritu quien infunde la vida verdadera. Habitualmente nos referimos al papel del Espíritu en un nivel individual, en cambio hoy la palabra de Dios remarca su acción en la comunidad cristiana: «El Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él» (Jn 7,39). El Espíritu constituye la unidad firme y sólida que transforma la comunidad en un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo. Por otra parte, Él mismo es el origen de la diversidad de dones y carismas que nos diferencian a todos y a cada uno de nosotros.

La unidad es signo claro de la presencia del Espíritu en nuestras comunidades. Lo más importante de la Iglesia es invisible, y es precisamente la presencia del Espíritu que la vivifica. Cuando miramos la Iglesia únicamente con ojos humanos, sin hacerla objeto de fe, erramos, porque dejamos de percibir en ella la fuerza del Espíritu. En la normal tensión entre unidad y diversidad, entre iglesia universal y local, entre comunión sobrenatural y comunidad de hermanos necesitamos saborear la presencia del Reino de Dios en su Iglesia peregrina. En la oración colecta de la celebración eucarística de la vigilia pedimos a Dios que «los pueblos divididos (...) se congreguen por medio de tu Espíritu y, reunidos, confiesen tu nombre en la diversidad de sus lenguas».

Ahora debemos pedir a Dios saber descubrir el Espíritu como alma de nuestra alma y alma de la Iglesia.

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24 de mayo María Auxiliadora

24 de mayo

María Auxiliadora  

 Historia de la devoción a María Auxiliadora en la Iglesia Antigua. 
Los cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Efeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora, que en su idioma, el griego, se dice con la palabra "Boetéia", que significa "La que trae auxilios venidos del cielo". Ya San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla nacido en 345, la llama "Auxilio potentísimo" de los seguidores de Cristo. Los dos títulos que más se leen en los antiguos monumentos de Oriente (Grecia, Turquía, Egipto) son: Madre de Dios y Auxiliadora. (Teotocos y Boetéia). En el año 476 el gran orador Proclo decía: "La Madre de Dios es nuestra Auxiliadora porque nos trae auxilios de lo alto". San Sabas de Cesarea en el año 532 llama a la Virgen "Auxiliadora de los que sufren" y narra el hecho de un enfermo gravísimo que llevado junto a una imagen de Nuestra Señora recuperó la salud y que aquella imagen de la "Auxiliadora de los enfermos" se volvió sumamente popular entre la gente de su siglo. El gran poeta griego Romano Melone, año 518, llama a María "Auxiliadora de los que rezan, exterminio de los malos espíritus y ayuda de los que somos débiles" e insiste en que recemos para que Ella sea también "Auxiliadora de los que gobiernan" y así cumplamos lo que dijo Cristo: "Dad al gobernante lo que es del gobernante" y lo que dijo Jeremías: "Orad por la nación donde estáis viviendo, porque su bien será vuestro bien". En las iglesias de las naciones de Asia Menor la fiesta de María Auxiliadora se celebra el 1º de octubre, desde antes del año mil (En Europa y América se celebre el 24 de mayo). San Sofronio, Arzobispo de Jerusalén dijo en el año 560: "María es Auxiliadora de los que están en la tierra y la alegría de los que ya están en el cielo". San Juan Damasceno, famoso predicador, año 749, es el primero en propagar esta jaculatoria: "María Auxiliadora rogad por nosotros". Y repite: "La "Virgen es auxiliadora para conseguir la salvación. Auxiliadora para evitar los peligros, Auxiliadora en la hora de la muerte". San Germán, Arzobispo de Constantinopla, año 733, dijo en un sermón: "Oh María Tú eres Poderosa Auxiliadora de los pobres, valiente Auxiliadora contra los enemigos de la fe. Auxiliadora de los ejércitos para que defiendan la patria. Auxiliadora de los gobernantes para que nos consigan el bienestar, Auxiliadora del pueblo humilde que necesita de tu ayuda".

La batalla de Lepanto.
En el siglo XVI, los mahometanos estaban invadiendo a Europa. En ese tiempo no había la tolerancia de unas religiones para con las otras. Y ellos a donde llegaban imponían a la fuerza su religión y destruían todo lo que fuera cristiano. Cada año invadían nuevos territorios de los católicos, llenando de muerte y de destrucción todo lo que ocupaban y ya estaban amenazando con invadir a la misma Roma. Fue entonces cuando el Sumo Pontífice Pío V, gran devoto de la Virgen María convocó a los Príncipes Católicos para que salieran a defender a sus colegas de religión. Pronto se formó un buen ejército y se fueron en busca del enemigo. El 7 de octubre de 1572, se encontraron los dos ejércitos en un sitio llamado el Golfo de Lepanto. Los mahometanos tenían 282 barcos y 88,000 soldados. Los cristianos eran inferiores en número. Antes de empezar la batalla, los soldados cristianos se confesaron, oyeron la Santa Misa, comulgaron, rezaron el Rosario y entonaron un canto a la Madre de Dios. Terminados estos actos se lanzaron como un huracán en busca del ejército contrario. Al principio la batalla era desfavorable para los cristianos, pues el viento corría en dirección opuesta a la que ellos llevaban, y detenían sus barcos que eran todos barcos de vela o sea movidos por el viento. Pero luego - de manera admirable - el viento cambió de rumbo, batió fuertemente las velas de los barcos del ejército cristiano, y los empujó con fuerza contra las naves enemigas. Entonces nuestros soldados dieron una carga tremenda y en poco rato derrotaron por completo a sus adversarios. Es de notar, que mientras la batalla se llevaba a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría las calles de Roma rezando el Santo Rosario. En agradecimiento de tan espléndida victoria San Pío V mandó que en adelante cada año se celebrara el siete de octubre, la fiesta del Santo Rosario, y que en las letanías se rezara siempre esta oración: MARÍA AUXILIO DE LOS CRISTIANOS, RUEGA POR NOSOTROS.

El Papa y Napoleón.
El siglo pasado sucedió un hecho bien lastimoso: El emperador Napoleón llevado por la ambición y el orgullo se atrevió a poner prisionero al Sumo Pontífice, el Papa Pío VII. Varios años llevaba en prisión el Vicario de Cristo y no se veían esperanzas de obtener la libertad, pues el emperador era el más poderoso gobernante de ese entonces. Hasta los reyes temblaban en su presencia, y su ejército era siempre el vencedor en las batallas. El Sumo Pontífice hizo entonces una promesa: "Oh Madre de Dios, si me libras de esta indigna prisión, te honraré decretándote una nueva fiesta en la Iglesia Católica". Y muy pronto vino lo inesperado. Napoleón que había dicho: "Las excomuniones del Papa no son capaces de quitar el fusil de la mano de mis soldados", vio con desilusión que, en los friísimos campos de Rusia, a donde había ido a batallar, el frío helaba las manos de sus soldados, y el fusil se les iba cayendo, y él que había ido deslumbrante, con su famoso ejército, volvió humillado con unos pocos y maltrechos hombres. Y al volver se encontró con que sus adversarios le habían preparado un fuerte ejército, el cual lo atacó y le proporcionó total derrota. Fue luego expulsado de su país y el que antes se atrevió a aprisionar al Papa, se vio obligado a pagar en triste prisión el resto de su vida. El Papa pudo entonces volver a su sede pontificia y el 24 de mayo de 1814 regresó triunfante a la ciudad de Roma. En memoria de este noble favor de la Virgen María, Pío VII decretó que en adelante cada 24 de mayo se celebrara en Roma la fiesta de María Auxiliadora en acción de gracias a la madre de Dios.

San Juan Bosco y María Auxiliadora.
El 9 de junio de 1868, se consagró en Turín, Italia, la Basílica de María Auxiliadora. La historia de esta Basílica es una cadena de favores de la Madre de Dios. su constructor fue San Juan Bosco, humilde campesino nacido el 16 de agosto de 1815, de padres muy pobres. A los tres años quedó huérfano de padre. Para poder ir al colegio tuvo que andar de casa en casa pidiendo limosna. La Sma. Virgen se le había aparecido en sueños mandándole que adquiriera "ciencia y paciencia", porque Dios lo destinaba para educar a muchos niños pobres. Nuevamente se le apareció la Virgen y le pidió que le construyera un templo y que la invocara con el título de Auxiliadora.

Empezó la obra del templo con tres monedas de veinte centavos. Pero fueron tantos los milagros que María Auxiliadora empezó a hacer en favor de sus devotos, que en sólo cuatro años estuvo terminada la gran Basílica. El santo solía repetir: "Cada ladrillo de este templo corresponde a un milagro de la Santísima Virgen". Desde aquel santuario empezó a extenderse por el mundo la devoción a la Madre de Dios bajo el título de Auxiliadora, y son tantos los favores que Nuestra Señora concede a quienes la invocan con ese título, que ésta devoción ha llegado a ser una de las más populares.

San Juan Bosco decía: "Propagad la devoción a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros" y recomendaba repetir muchas veces esta pequeña oración: "María Auxiliadora, rogad por nosotros". El decía que los que dicen muchas veces esta jaculatoria consiguen grandes favores del cielo