21 ene 2015

Santa Inès, Virgen y Mártir 21 de enero



21 de Enero
SANTA INÉS
Virgen y mártir
(† ca. 304).


Un halo de leyenda, tejida poco después de su muerte y aumentada en los siglos medievales, envuelve la encantadora imagen de esta doncella mártir. Es el arquetipo y símbolo de la virginidad hasta la inmolación. Los antiguos Padres de la Iglesia loan, conmovidos, la extraordinaria entereza de esta niña frágil y delicada que, "a los trece años de edad - canta el oficio en su día - perdió la muerte y halló la vida, porque solamente amó al Autor de la vida".

San Ambrosio, en su libro De Virginibus que es un conjunto de homilías, habla largamente de Inés; pero habla como quien sabe que su auditorio conoce ya los hechos que va ensalzando: "¿Qué podemos decir nosotros que sea digo de aquella cuyo nombre mismo entraña un elogio?" Alude a la etimología de la palabra Inés, en latín Agnes, que, si se deriva de esta lengua, significa agnus, cordero; y si proviene del griego, agnos pura. "Esta mártir tiene tantos heraldos que la alaban, como personas pronuncian su nombre."

El sabio obispo de Milán pasa después a comentar la narración del martirio, sin duda apoyándose en las Actas que ya por entonces se conocían, y tal vez un tanto alteradas. Y dice: "Refiérese que tenía trece años cuando padeció. La crueldad del tirano fué tanto más detestable cuanto no perdonó una edad tan tierna. Pero, notemos ante todas las cosas el poder de la fe, que halla testigos de tal edad. ¿Había acaso sitio en tan pequeño cuerpo para tantas heridas? Mas, donde no había sitio para recibir el hierro, lo había para vencer al hierro. Muéstrase intrépida en las ensangrentadas manos de los verdugos; no se conmueve cuando oye arrastrar con estrépito pesadas cadenas; ofrece todo su cuerpo a la espada del soldado furioso; ignora todavía lo que es la muerte, pero está dispuesta, si es llevada contra su voluntad a los altares de los ídolos, a tender las manos hacía Jesucristo desde el fondo de la hoguera y a formar, aun sobre el brasero sacrílego, ese signo que es el triunfo del Señor victorioso. Introduce el cuello y las manos en las argollas de hierro que le presentan, pero ninguna puede ceñir miembros tan pequeños..." "No iría el esposo a las bodas con tanto apresuramiento como ponía esta santa virgen en dirigirse con paso ligero al lugar del suplicio, gozosa de su proximidad. Todos lloraban, todos menos ella. La mayor parte admiraban la gran facilidad con que, pródiga de una vida que aún no había gozado, la daba como si la hubiese ya agotado. Estaban todos llenos de asombro de que se mostrase testigo de la Divinidad en una edad en que no podía aún disponer de sí misma. ¡Cuántas amenazas emplea el tirano para intimidaría! ¡Cuántos halagos para persuadirla! ¡Cuántos hombres la deseaban por esposa!" Mas ella contestaba: "La esposa injuria al esposo si desea agradar a otros. Unicamente me poseerá el que primero me eligió. ¿Por qué tardas tanto, verdugo? Perezca este cuerpo que pueden amar ojos a los cuales no quiero complacer." Llega, ora, inclina la cabeza. Hubierais visto temblar al verdugo, lleno de miedo, como si él fuese el condenado a muerte. Su mano tiembla, palidece por el peligro ajeno, en tanto que la jovencita mira sin temor su propio peligro. He aquí, pues, en una sola víctima, dos martirios: el de la pureza y el de la religión. Inés permanece virgen y obtiene el martirio."

Monseñor Federico Fofi, canónigo regular y lateranense y, durante muchos años, cura párroco de la basílica de Santa Inés, ha escrito un curioso libro sobre la vida y culto de la ilustre mártir. Y, luego de glosar los textos de San Ambrosio, de San Dámaso y de Aurelio Prudencio, y de hacer una erudita crítica sobre los escritos del cardenal Bartolini, de Mario Armellini, de Ludovico Emerenciano Le Bourgeois, de Pío Franchi dei Cavalien, del padre Florián Jubaru, S. J., y de otros autores, y de enriquecer su obra con las Actas martiriales, reconstruye, según ellas y los comentarios del santo obispo de Milán, la vida de Santa Inés, con afectuosa devoción, aunque sin fiarse plenamente de los documentos citados.

Según Fofi, la Santa pertenecía a una noble familia romana, tal vez la Clodia. Vino al mundo hacia el año 290 de la era cristiana, recibió, después del bautismo, una educación sólidamente piadosa y se consagro a Jesucristo con voto de virginidad.

Volviendo una vez la niña de la escuela, el hijo del prefecto de Roma la vio y se enamoró de ella, ofreciéndole a cambio de su promesa matrimonial, magníficos regalos. Inés los despreció, con las palabras que pone en su boca el Oficio divino: "Apártate de mí, pábulo de corrupción, por que he sido ya solicitada por otro Amante. El ha adornado mi diestra y mi cuello con piedras preciosas, ha puesto en mis orejas perlas de inapreciable valor. Ha puesto una señal sobre mi rostro para que no admita fuera de Él otro amante. Yo amo a Cristo. Seré la esposa, de Aquel cuya Madre es virgen, cuyo Padre lo ha engendrado sin concurso de mujer, y que ha hecho resonar en mis oídos acordes armoniosos. Cuando le amare, seré casta; cuando le tocare, seré pura; cuando le recibiere, seré virgen".

El joven. desesperado, recurrió a su padre, el prefecto de Roma, el cual, averiguando que Inés era cristiana, mandó a sus esbirros que, a viva fuerza, la llevaran ante el tribunal. Amenazas, tormentos... Conducida a un lupanar y expuesta a los insultos de la plebe, el cuerpo de la virgen se cubre milagrosamente con su cabellera. Cae muerto a sus pies el hijo del prefecto, único que se había atrevido a acercarse a ella, e Inés, para demostrar la virtud divina de Jesús, obtiene con sus oraciones la resurrección del joven. Se retira el prefecto, dejando en el tribunal a su ayudante, Aspasio, el cual, atribuyendo los milagros de Inés a la magia, condena a la niña a ser quemada viva. Nuevo prodigio: Inés permanece intacta en medio del fuego. Es condenada, por fin, a morir al filo de la cuchilla. La descripción de esta última escena es una de las más bellas páginas de Fabiola la, la leyenda escrita por el cardenal Wiseman.

Los padres de mes depositaron el cuerpo de la niña mártir en el sepulcro de su casa de campo, situado en la vía Nomentana. Pocos días después, otra flor de pureza caía deshojada sobre él. Emerenciana, la hermana de leche de Santa Inés, a quien los paganos apedrearon cuando se hallaba orando ante la tumba. En ese lugar se erigió la basílica, durante el reinado de Constantino, y fué restaurada luego por el papa Honorio I.

Nuestro poeta Aurelio Prudencio (318-413) compuso también un hermoso himno en honor de Santa Inés. Forma parte de los catorce poemas del Peristephanon y se basa en las Actas, ya por entonces algo mixtificadas. Preciso es el breve relato y plegaria que compuso el papa San Dámaso, en dieciséis versos. Integro se conserva, grabado en mármol, en su basílica de la vía Nomentana, y puede traducirse así: "La fama repite lo que ha poco declararon los santos progenitores de Inés: que muy niña todavía, cuando oyó los lúgubres sones de la trompeta, dejó el regazo de su nodriza - puede entenderse que se separó de su institutriz o de la doncella encargada de su cuidad - desafiando espontáneamente las amenazas y la furia del tirano cruel, cuando éste quiso que las llamas devorasen su noble cuerpo. Con fuerzas mínimas superó un gran temor, y envolvió su desnudez en su cabellera suelta, de modo que ningún mortal pudiera profanar el templo del Señor. ¡Oh digno objeto de mi veneración, santa gloria de la pureza, ínclita mártir, muéstrate benigna a las súplicas de Dámaso!" Es de notar que este ilustre Papa, poeta, en sus epitafios y loas se proponía dar siempre la verdad histórica, y algunas veces buscó a los mismos verdugos para saber, por boca de los mismos, la exactitud de los hechos.

Algo difieren las Actas martiriales de los panegíricos, himnos y narraciones que se han escrito sobre la vida y martirio de Santa Inés. Pero todos los autores coinciden en proclamarla mártir de la virginidad. Es patrona protectora de las jóvenes doncellas y de los jardineros. Se dice que su casa solariega, en Roma, estaba emplazada en el solar que hoy ocupa el Colegio Capranica, donde acabó su carrera sacerdotal el papa Pío XII. Y en la célebre basílica de vía Nomentana es donde cada año, el día 21 de enero, se bendicen los dos corderillos con cuya lana se teje el "pallium" del Santo Padre.

En nuestros tiempos de materialismo, cuando el concepto de la castidad va decayendo visiblemente, la dulce imagen de Santa Inés resalta con fulgores maravillosos. Que ella muestre a la Juventud el verdadero sentido de la vida, que es amor, pureza, plenitud de Dios.

MARÍA DE LA EUCARISTÍA, R. DE J. - M.

 Al amanecer de este nuevo día, recordemos un Himno que compuso para santa Inés (que fue virgen y mártir del siglo IV), el poeta Prudencio:

El sepulcro de Inés, la virgen fuerte, la mártir ínclita,
está en la ciudad de Rómulo (Roma).
Sepultada frente a las torres, la virgen protege a los romanos ...

Dos coronas adornan a la mártir: 
la de una viginidad incontaminada
y el lauro de una muerte gloriosa.

Se dice que, cuando todavía era niña ..., pero amante de Cristo, 
se negó resueltamente a cumplir mandatos impíos 
que la conminaban a adherirse a los ídolos y a abandonar la fe ...

Fue martirizada bajo el emperador romano Maximino (305-308). Este césar había ordenado que dondequiera que hubiera cristianos, éstos fueran arrestados por los Prefectos de las ciudades, y obligados a sacrificar a los dioses. 

La resistencia a esa orden se convirtió para muchos en camino del martirio. Uno de ellos fue la joven Inés, de unos 14 años, por denuncia y despecho de sus pretendientes.

SANTA INÉS, Virgen y mártir (+ 304)

Santa Inés es una de las santas más populares del calendario. Una de las figuras más graciosas, una de las heroínas más cantadas por los poetas y los Santos Padres. Luego, de la poesía y la leyenda pasó al arte, desde Bernini hasta Alonso Cano. Cada época la reproduce a su estilo, pero todos compitiendo en ensalzarla. Como la Inés de Carlos Dolci, cuya dulce hermosura y blancura de lirio nos atrae con su encanto inefable.

La devoción a Santa Inés se ha mantenido viva a través de los tiempos. La Iglesia introdujo su nombre en el canon de la Misa. Es el prototipo de la virgen fiel consagrada a Cristo, desde su más tierna edad. Su mismo nombre, pura en griego y cordera en latín, es ya un presagio.

La tierna corderita tiñó su candor virginal con la sangre del martirio a principios del siglo IV, en la persecución de Diocleciano. Inés, patricia romana, niña tan pura como su nombre, frisaba en los trece años. Su devoción, dice San Ambrosio, era superior a su edad. Su energía superaba a su naturaleza. No había en aquel cuerpecito lugar para el golpe de la espada. Pero quien no tenía dónde recibir la herida del hierro, tuvo fortaleza para vencer al mismo hierro y a los que querían dominarla.

Rehusó la mano del hijo del Prefecto de Roma, por lo que fue acusada de cristiana y juzgada. La doncellita, canta Prudencio en sus versos, caldeada ya en el amor a Cristo, resistía firmemente las seducciones de los impíos para que abandonase la fe, y ofrecía de grado su cuerpo a la tortura. San Dámaso cantó también la fidelidad de la virgen. Holló bajo sus pies las amenazas del tirano y superó, siendo niña, un inmenso terror.

¡Cuántos terrores, insiste San Ambrosio, ensayó el verdugo para asustarla! ¡Cuántos halagos y promesas para rendirla! Pero ella respondía con firmeza superior a su edad: "Injuria sería para mi Esposo el pretender agradar a otro. Me entregaré sólo a aquél que primero me eligió. ¿Qué esperas, verdugo? Perezca un cuerpo que puede ser amado por ojos que detesto".

Anuncia luego el juez un lugar más terrible para una virgen. "Haz lo que quieras, responde Inés, impávida y confiada. Cristo no olvida a los suyos. Teñirás, si quieres, la espada con mi sangre. Pero no mancillarás mis miembros con la lujuria". Despechados sus jueces, fue conducida a un lupanar público, expuesta al fuego criminal de la lujuria. Pero le crece milagrosamente la cabellera, que se derrama sobre el lirio desnudo de su cuerpo, para que ningún rostro humano profanara el templo del Señor. Para recordar este hecho, en aquel mismo lugar, en la actual plaza Navona, se alza hasta nuestros días la iglesia de Santa Inés. Se venera aún allí una reliquia insigne de la virgen de Cristo.

Aún pasó Inés el tormento del fuego. Pero el fuego respetó el cuerpo virginal. Llegó entonces el verdugo armado con la espada. Tiembla el brazo del verdugo, recuerda San Ambrosio, su rostro palidece. Inés, entretanto, aguarda valerosa. La Corderita lo recibió gozosa, oró brevemente, inclinó la cabeza y quedó consumado el martirio. La descripción de esta última escena es una de las más bellas páginas de Fabiola, la ejemplar novela del cardenal Wiseman. Los restos virginales fueron enterrados en la Vía Nomentana, en las llamadas catacumbas de Santa Inés. Todavía hoy, el 21 de enero de cada año, se bendicen en este lugar dos corderillos con cuya lana se teje al pallium del papa y de los arzobispos. Santa Inés sigue siendo hoy ejemplo de las jóvenes cristianas.

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Oracion

Dios todopoderoso y eterno, que te has complacido en elegir lo débil à los ojos del mundo para confundir à los que se creían fuertes, concede à quienes estamos celebrando el martirio de Santa Inés imitar la heroica firmeza de su fe. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.-

20 ene 2015

Santo Evangelio 20 de Enero 2015



Día litúrgico: Martes II del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 2,23-28): Un sábado, cruzaba Jesús por los sembrados, y sus discípulos empezaron a abrir camino arrancando espigas. Decíanle los fariseos: «Mira ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?». Él les dice: «¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y él y los que le acompañaban sintieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en tiempos del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que sólo a los sacerdotes es lícito comer, y dio también a los que estaban con él?». Y les dijo: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es señor del sábado».


Comentario: Rev. D. Ignasi FABREGAT i Torrents (Terrassa, Barcelona, España)
El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado

Hoy como ayer, Jesús se las ha de tener con los fariseos, que han deformado la Ley de Moisés, quedándose en las pequeñeces y olvidándose del espíritu que la informa. Los fariseos, en efecto, acusan a los discípulos de Jesús de violar el sábado (cf. Mc 2,24). Según su casuística agobiante, arrancar espigas equivale a “segar”, y trillar significa “batir”: estas tareas del campo —y una cuarentena más que podríamos añadir— estaban prohibidas en sábado, día de descanso. Como ya sabemos, los panes de la ofrenda de los que nos habla el Evangelio, eran doce panes que se colocaban cada semana en la mesa del santuario, como un homenaje de las doce tribus de Israel a su Dios y Señor.

La actitud de Abiatar es la misma que hoy nos enseña Jesús: los preceptos de la Ley que tienen menos importancia han de ceder ante los mayores; un precepto ceremonial debe ceder ante un precepto de ley natural; el precepto del reposo del sábado no está, pues, por encima de las elementales necesidades de subsistencia. El Concilio Vaticano II, inspirándose en la perícopa que comentamos, y para subrayar que la persona ha de estar por encima de las cuestiones económicas y sociales, dice: «El orden social y su progresivo desarrollo se han de subordinar en todo momento al bien de la persona, porque el orden de las cosas se ha de someter al orden de las personas, y no al revés. El mismo Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado (cf. Mc 2,27)».

San Agustín nos dice: «Ama y haz lo que quieras». ¿Lo hemos entendido bien, o todavía la obsesión por aquello que es secundario ahoga el amor que hay que poner en todo lo que hacemos? Trabajar, perdonar, corregir, ir a misa los domingos, cuidar a los enfermos, cumplir los mandamientos..., ¿lo hacemos porque toca o por amor de Dios? Ojalá que estas consideraciones nos ayuden a vivificar todas nuestras obras con el amor que el Señor ha puesto en nuestros corazones, precisamente para que le podamos amar a Él.

San Fabián Papa y mártir, 20 de Enero



20 de Enero

SAN FABIÁN 
Papa mártir


Roma (?), siglo II t 
Cerdeña, 3-enero-236


El papa Fabián, posiblemente romano de origen, ocupa el lugar vigésimoprimero en la lista de los papas. Fue el sucesor del papa Antero, que murió el 3 de enero del año 236, desterrado en Cerdeña a sólo cuarenta días de su pontificado. Según la Legenda Aurea, ante la muerte inesperada de Antero, se reunió el pueblo romano para elegir sucesor, cuando observaron que una paloma blanca se posaba sobre la cabeza de Fabián. Lo tomaron como un signo del cielo y fue elegido papa por aclamación.

El pontificado de Fabián fue largo para aquellos tiempos: catorce intensos años de labor pastoral. Dividió la diócesis de Roma en siete vicarías, al frente de las cuales puso a siete diáconos, que administraban el bautismo, predicaban al pueblo, organizaban las obras asistenciales. No pasarían muchos años sin que destacara entre aquellos diáconos la figura de San Lorenzo (-10 de agosto), uno de los más populares mártires romanos. Cada uno de los siete diáconos tenía un subdiácono como ayudante, y un notario o historiador regional, encargado de redactar las Actas de los Mártires, que tan buen servicio ha-rían para la posteridad.

Fabián aprovechó algunos años de relativa calma y aparente libertad religiosa, para ampliar y acondicionar las catacumbas. Bajo su pontificado fueron construidas las catacumbas de San Calixto. A las dotes organizativas unía Fabián una sabiduría poco común, como atestiguan San Cipriano y San Jerónimo. El emperador Decio detectó en el intrépido obispo de Roma un serio competidor, hasta el punto de afirmar que hubiera preferido un competidor en los círculos imperiales antes que la competencia de aquel obispo de Roma. Y, como en tantos casos, ordenó una sangrienta persecución el año 250. Una de las víctimas de Decio fue precisamente el papa Fabián, según informó el obispo de Cartago, San Cipriano, a las comunidades cristianas.

JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ

ORACIÓN. Dios todopoderoso, glorificador de tus sacerdotes, concédenos por intercesión de San Fabián, papa y mártir, progresar cada día en la comunión de su misma fe y en el deseo de servirte cada vez con mayor generosidad.

19 ene 2015

Santo Evangelio 19 enero 2015



Día litúrgico: Lunes II del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 2,18-22): Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vienen y le dicen a Jesús: «¿Por qué mientras los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día. 

»Nadie cose un remiendo de paño sin tundir en un vestido viejo, pues de otro modo, lo añadido tira de él, el paño nuevo del viejo, y se produce un desgarrón peor. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino reventaría los pellejos y se echaría a perder tanto el vino como los pellejos: sino que el vino nuevo se echa en pellejos nuevos».


Comentario: Rev. D. Joaquim VILLANUEVA i Poll (Barcelona, España)
¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?

Hoy comprobamos cómo los judíos, además del ayuno prescrito para el Día de la Expiación (cf. Lev 16,29-34) observaban muchos otros ayunos, tanto públicos como privados. Eran expresión de duelo, de penitencia, de purificación, de preparación para una fiesta o una misión, de petición de gracia a Dios, etc. Los judíos piadosos apreciaban el ayuno como un acto propio de la virtud de la religión y muy grato a Dios: el que ayuna se dirige a Dios en actitud de humildad, le pide perdón privándose de aquellas cosas que, satisfaciéndole, le hubieran apartado de Él. 

Que Jesús no inculque esta práctica a sus discípulos y a los que le escuchan, sorprende a los discípulos de Juan y a los fariseos. Piensan que es una omisión importante en sus enseñanzas. Y Jesús les da una razón fundamental: «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?» (Mc 2,19). El esposo, según la expresión de los profetas de Israel, indica al mismo Dios, y es manifestación del amor divino hacia los hombres (Israel es la esposa, no siempre fiel, objeto del amor fiel del esposo, Yahvé). Es decir, Jesús se equipara a Yahvé. Está aquí declarando su divinidad: llama a sus discípulos «los amigos del esposo», los que están con Él, y así no necesitan ayunar porque no están separados de Él.

La Iglesia ha permanecido fiel a esta enseñanza que, viniendo de los profetas e incluso siendo una práctica natural y espontánea en muchas religiones, Jesucristo la confirma y le da un sentido nuevo: ayuna en el desierto como preparación a su vida pública, nos dice que la oración se fortalece con el ayuno, etc. 

Entre los que escuchaban al Señor, la mayoría serían pobres y sabrían de remiendos en vestidos; habría vendimiadores que sabrían lo que ocurre cuando el vino nuevo se echa en odres viejos. Les recuerda Jesús que han de recibir su mensaje con espíritu nuevo, que rompa el conformismo y la rutina de las almas avejentadas, que lo que Él propone no es una interpretación más de la Ley, sino una vida nueva.

San Canuto, rey, 19 de Enero


19 de enero

San Canuto, rey
 (c. a. 1040-1087)

Patrón de Dinamarca.


Nació hacia la mitad del siglo XI y es hijo natural de Sven II el rey de Dinamarca. Desde joven resaltan en él las mejores cualidades para la lucha y posee apreciadas dotes de conquistador. Pelea contra los piratas que destrozan las costas del reino y logra limpiar los mares; sale vencedor en las sangrientas guerras contra los vendos paganos. Crece más y más su estima entre el pueblo. Pero a la muerte de su padre usurpa el trono su hermano Harald porque la nobleza prefiere un rey flojo y estúpido, que muere a los dos años. Entonces es cuando sube al trono Canuto, corriendo el año 1080.

Se esfuerza por restablecer las buenas costumbres ya que se ha encontrado con un reino que aún sufre los tropiezos del paganismo. Purga al pueblo de vicios y desórdenes. Guerrea contra Estonia y añade a Dinamarca los territorios de Curlandia y Samogitia. Parece que no por ambición, sino por piedad; de hecho, inmediatamente manda misioneros que evangelicen a los habitantes de esas tierras.

Como suele suceder en un rey, se casó con Adela, hija de Roberto, conde de Flandes, de quien tuvo a Carlos el Bueno.

Dispone las cosas del reino con leyes humanas, sabias y prudentes. Hace por los menesterosos, construye hospitales, su tesoro es para los pobres. Favorece la misión de la Iglesia con la construcción de templos y patrocinando monasterios. Precisamente la cuestión de los diezmos le indispone con los nobles. Intenta desarraigar en el pueblo la mala costumbre de atribuir únicamente a los pecados de los clérigos la causa de las calamidades que periódicamente afligen al pueblo, las enfermedades, catástrofes y todo tipo de desórdenes naturales.

Por su parte, adopta actitudes penitenciales. Tiene una piedad grande que le lleva a traer después de invadir Inglaterra, las reliquias de san Albano. Entre todas las actitudes religiosas destaca su amor y veneración por la Eucaristía. Sinceramente es capaz de poner a los pies de Cristo crucificado su espada, su corona y las insignias reales ¡y lo hace!

Es traicionado por su hermano Olao. Un día que asiste a la Misa en Odense, en la isla de Fünen y en la iglesia de san Albano, acompañado por algunos leales, los rebeldes capitaneados por Blacon rodean la Iglesia. Después de haber confesado y comulgado, muere asaeteado, perdonando a sus enemigos. Fue un 10 de enero del 1087. Es canonizado y proclamado primer santo de Dinamarca el año 1.100. El papa Clemente X reconoce su culto para toda la Iglesia y manda se celebre el 19 de enero.

En nuestra época puede resultarnos extraña la figura de un santo rudo, peleón, invasor de tierras extrañas y exigente sin contemplaciones. Parece convencernos más su bondad con los pobres, su compasión con el débil, su piedad y penitencia. Pero él hizo lo que pudo para ser leal consigo mismo, bueno con su pueblo y fiel con la Iglesia. Eso era lo que le pedía el siglo de hierro, aquel oscuro tiempo bárbaro y turbulento.

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18 ene 2015

Santo Evangelio 18 de Enero de 2015



Día litúrgico: Domingo II (B) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Jn 1,35-42): En aquel tiempo, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscáis?». Ellos le respondieron: «Rabbí —que quiere decir “Maestro”— ¿dónde vives?». Les respondió: «Venid y lo veréis». Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Éste se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías» —que quiere decir, Cristo—. Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» —que quiere decir, “Piedra”.


Comentario: Rev. D. Lluís RAVENTÓS i Artés (Tarragona, España)
Rabbí —que quiere decir “Maestro”— ¿dónde vives?

Hoy vemos a Jesús que venía por la ribera del Jordán: ¡es Cristo que pasa! Debían ser las cuatro de la tarde cuando, viendo que dos chicos le seguían, se ha girado para preguntarles: «Qué buscáis?» (Jn 1,38). Y ellos, sorprendidos por la pregunta, han respondido: «Rabbí —que quiere decir “Maestro”— ¿dónde vives? (...) ‘Venid y lo veréis’» (Jn 1,39).

También yo sigo a Jesús, pero... ¿qué quiero?, ¿qué busco? Es Él quien me lo pregunta: «De verdad, ¿qué quieres?». ¡Oh!, si fuera suficientemente audaz para decirle: «Te busco a ti, Jesús», seguro que le habría encontrado, «porque todo el que busca encuentra» (Mt 7,8). Pero soy demasiado cobarde y le respondo con palabras que no me comprometen demasiado: «¿Dónde vives?». Jesús no se conforma con mi respuesta, sabe demasiado bien que no es un montón de palabras lo que necesito, sino un amigo, el Amigo: Él. Por esto me dice: «Ven y lo verás», «venid y lo veréis».

Juan y Andrés, los dos mozos pescadores, fueron con Él, «vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día» (Jn 1,39). Entusiasmado por el encuentro, Juan podrá escribir: «La gracia y la verdad se han hecho realidad por Jesucristo» (Jn 1,17b). ¿Y Andrés? Correrá a buscar a su hermano para hacerle saber: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). «Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: ‘Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas’, que quiere decir “Piedra”» (Jn 1,42).

¡Piedra!, ¿Simón, una piedra? Ninguno de ellos está preparado para comprender estas palabras. No saben que Jesús ha venido a levantar su Iglesia con piedras vivas. Él tiene ya escogidos los dos primeros sillares, Juan y Andrés, y ha dispuesto que Simón sea la roca en la que se apoye todo el edificio.

Y, antes de subir al Padre, nos dará respuesta a la pregunta: «Rabbí, ¿dónde vives?». Bendiciendo a su Iglesia dirá: «Yo estaré con vosotros cada día hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Santa Margarita de Hungría, 18 de Enero



18 de Enero
 
SANTA MARGARITA DE HUNGRÍA
(+ 1270)


Es el año 1241. En este año la primavera se presentó excepcionalmente temprano y las hojas de los árboles de los bosques de los Cárpatos empezaron a tomar un color verde pálido. Los valles transmitían los ecos de los cortes de hacha en seis puertos carpatienses; 15.000 hombres cortaban el bosque y removían las barricadas fronterizas para abrir el camino delante de los ejércitos tártaros del kan Batu. Como una corriente gigantesca, sucia, que atraviesa los diques, se echaron estos ejércitos en cuatro columnas, sobre la desgraciada Hungría, para encontrarse sobre su cadáver con el quinto ejército, que tenía por objeto atacar a Hungría desde el Noroeste, después de avasallar a Polonia y así completar su cerco estratégico. Este último ejército incendió Cracovia, magnífica ciudad polaca; el 9 de abril, en una batalla en extremo sangrienta, batió cerca de Liegnitz al ejército de Enrique II, príncipe de Silesia, entonces uno de los monarcas más poderosos de Polonia, y de allí se dirigió hacia Hungría. El objetivo más importante fue la conquista de esta nación, el Estado más poderoso de Europa oriental y llave de toda Europa, a esta invasión debía seguir el año próximo la conquista de Alemania, lo mismo que de los demás Estados de Europa, según la idea de conquista universal del gran kan Ogotaj, hijo de Dsingis Khan.

Detrás de este ejército, como reserva inmensa, había un Imperio gigantesco, hasta entonces nunca visto, cuyas fronteras se extendían en 1241 del Océano Pacífico a los Cárpatos y al río Vístula, y de la zona glacial ártica al mar Negro, al golfo Pérsico y al Océano Indico. Este territorio inmenso lo forjó un hombre, el genio organizador y militar de Dsingis Khan, para convertirlo en un Imperio militar para la conquista del mundo, y de él lo tomó en herencia su hijo, el gran kan Ogotaj, con todos sus objetivos.

Occidente ignoraba todos estos acontecimientos, y durante mucho tiempo, al parecer, tampoco quiso enterarse de ellos. Durante ciento cuarenta años Europa no conoció otro enemigo que los turcos, poseedores de Tierra Santa, y no vió otro problema, aparte de la lucha por el poderío mundial del Papado con los dos grandes Imperios.

Europa seguía en su camino, y el asalto del poder mundial tártaro tuvieron que soportarlo dos países solos: Polonia y Hungría. Dos dias después de la derrota de los polacos en Liegnitz, el 11 de abril de 1241, al lado del río Sajó, se desangró la Hungría del rey Bela IV, para cuya ayuda no se movió un brazo de parte de la Europa cristiana Al mediodía la tragedia húngara estaba terminada y el campo de batalla al lado del río Sajó lo cubrían 32.000 muertos. Pereció la crema de la clase histórica húngara y al frente de la misma—para su gloria imperecedera—, casi en número completo, los príncipes de la Iglesia católica. Ugrin, el arzobispo heroico de Kalocsa, descendiente del príncipe Szabolcs, que ya previamente se distinguió en las luchas de Tierra Santa, tres veces rechazó el ataque concéntrico de los tártaros, hasta que, finalmente, fue destrozado por fuerzas superiores. Aparte de él, cayeron el primado del país, otros cinco obispos, siete prebostes, cuatro abades, lo mismo que los caballeros templarios de Vrana hasta su último hombre, conducidos por su maestre, de origen francés. De los altos cargos seculares casi ninguno quedó con vida; el príncipe Kolomán—hermano menor del rey, rey de Croacia y Eslavonia,—huyó con herida mortal. El condestable, el juez supremo, el tesorero, el virrey de Croacia, quedaron muertos en el campo de batalla. Porque morir supo siempre el húngaro, tanto en 1241 como en 1526, cuando contra los poderosos ejércitos de Solimán II volvió a conducir 28.000 húngaros a muerte gloriosa el arzobispo de Kalocsa.

El kan Batu, a pesar de la gran victoria, no quedó contento con el resultado. Quiso de todos modos prender al rey, para disponer del país, según su antejo, a través de su persona. Pero el rey fue estrechamente rodeado de valientes dispuestos al sacrificio, fue defendido contra los golpes mortales y, pudiendo atravesar con éxito el circulo cada vez más estrecho de los tártaros, le pudieron salvar del poderio de sus enemigos. El rey se pudo escapar y se encaminó a la costa dálmata del mar Adriático, adonde, con mucha antelación, envió a su mujer, que estaba encinta, y a sus hijos.

Aquí vino al mundo, en el castillo rocoso Klissa de la costa, al principio de la primavera del año 1242, Santa Margarita de la casa de Arpad, y desde este momento se vincula la historia de su vida inseparable y orgánicamente con la historia de su patria desgraciada.

Santa Margarita—décima hija de sus reales padres-— vino al mundo en un periodo en que la tragedia húngara estaba en su culminación, y se pudo considerar como hecho consumado el aniquilamiento completo y perfecto de Hungría.

Después del asesinato de un tercio de la población total de su reino y de la mayoría de los hombres que podian tomar las armas, ya no pudo pensar en una resistencia eficaz, y solamente aquí, en los castillos rocosos de la costa dálmata, pudo tratarse de salvar la vida de aquellos que, cuando todo estaba perdido, rodearon a la familia real.

El castillo de Klissa no pudo acoger el crecido acompañamiento real y el tropel de mujeres refugiadas. Por esto la familia real trasladó su residencia a la isla cercana de Trau, dispuesta a seguir su huida si los tártaros, acercándose, hubieran conseguido asediar la isla.

La ceremonia del bautizo la efectuó al aire libre, en presencia de todos los refugiados, el obispo de Pécs, Bartolomé. Este fue uno de los pocos jerarcas eclesiásticos húngaros que sobrevivieron. Se libró de la muerte debido al hecho de acudir desde gran distancia, llegando tarde a la batalla que se desarrolló al lado del Sajó, y sí pudo alcanzar al cortejo del rey en la isla de Trau. La multitud, dispuesta a morir, cayó de rodillas en oracion; solamente el rey y el obispo quedaron de pie. Y entonces Bela IV, elevando sus ojos al cielo, abriendo los brazos y con la cabeza descubierta, hizo un voto. Repitió aquel voto formulado por el matrimonio real antes del nacimiento de la niña, a la cual, recién nacida, ofrecen a Dios y la consagran a su servicio. "Señor Jesús, te consagro esta niña; haz, Señor, que vuelva a existir Hungría; vuelve a ser misericordioso y salva a tu pueblo, y jamás nuestros labios y nuestro corazón dejarán de darte las gracias." Así suplicó el rey, completamente abatido, y la multitud sollozaba. Pero después todo el mundo se fue para armarse, seguros de que los tártaros vendrían a atacar bajo el velo de la noche. Así se desarrolló el bautizo dramático que imprimió su sello a toda la vida de esta niña sacrificada. Vino la noche y, en espera ansiosa, la medianoche, y después la aurora. Pero. con la mayor sorpresa de los habitantes de la isla, el ataque esperado no se presentó; al contrario, en la costa marítima opuesta el silencio percistió de hora en hora.

Los defensores de la isla sospecharon algún ardid y pasaron días hasta que el enigma se aclaró y se conoció la retirada de Ios tártaros, porque en los primeros dias de abril de 1242 la mano de Dios barrió definitivamente de la Hungría huérfana las huestes del kan Batu. Los tártaros, lo mismo que llegaron como una tormenta, se volvieron de repente en pocos dias, dejando atrás un país ensangrentado con miles de cadáveres sin enterrar.

El rey Bela y su esposa, de origen griego, María Laszkaris, muy piadosa, hija del emperador Teodoro Laszkaris, de Nikea, no se olvidaron del voto formulado en los días de ansiedad y desgracia, y enviaron el año 1246 a Margarita, niña de cuatro años, a las monjas dominicas El matrimonio real obró así por consejo de sus confesores dominicos, los que obtuvieron de este modo para su Orden la gloria de la educación y dirección espiritual de la niña. Desde Veszprem se trasladó Margarita, en 1252, teniendo diez años de edad, al monasterio fundado y construido en la isla del Danubio por su padre, fiel a su voto, para acoger a la comunidad, a la que ayudó también abundantemente con donativos. En la isla que entre los dos brazos del Danubio está situada, por decirlo así, en el corazón de la capital húngara, al mismo tiempo se construyó un castillo real para que los reyes pudieran estar lo más cerca posible de su querida hija menor. Así se convirtió la llamada "isla de las liebres"—la cual, con un edificio para la caza, solamente sirvió antes para distracción de los cazadores—en la isla de Santa Margarita, lugar sagrado y aún notable desde el punto de vista histórico, donde en los años del porvenir se desarrollaron no pocas veces acontecimientos y se adoptaron decisiones graves.

Margarita fue una figura histórica, en cuya persona se concentraba toda la confianza y esperanza de la Hungría aterrada bajo los horrores del paso de los tártaros, a quienes aún temía, y que sintió y cumplió esta misión con absoluta conciencia.

Aún en el texto del documento fundacional del convento se transparente el temor del rey fundador por los horrores de una nueva invasión. Pero aquí está Margarita, la fiadora ofrecida a Dios: en ella se confía el país y también sus propios padres, y no se puede arrebatar al pueblo húngaro la creencia de que la santidad de su vida y sus oraciones son la fuerza que aleja a los tártaros. Y ella acepta esta misión: se ofrece decidida, con pleno conocimiento, a Dios en holocausto de su pueblo sufrido, ensangrentado y menguado, y por su padre, que se enfrenta con la tarea titánica de una nueva fundación de la patria. Esta aceptación voluntaria, este ofrecimiento a Dios es el fundamento y el sentido de su vida. Bajo este aspecto tenemos que juzgar su santidad, y todas las fases de su existencia y sus actos son únicamente función y consecuencia logica de esta vocación suya al servicio constante del gran objetivo. El temor por la suerte de su país, de su pueblo, eleva la causa húngara a ser causa de la cristiandad universal: "Pido a Dios en interés de los cristianos para que no vengan los tártaros." Así reza, pero no teme por causa suya a los tártaros; todo lo contrario, no tendría otro deseo más ferviente que morir mártir por Cristo si esto no perjudicara la gran finalidad de su vida, que consistía en la salvación de su pueblo.

Para que su súplica fuese escuchada por Dios, Margarita procura llegar en el camino de la santidad hasta la eficiencia máxima. Por eso disciplina su débil cuerpo "hasta que alrededor suyo brilla la habitación". Por eso reza hasta que su meditación, su unión con Dios, se convierte en un estado de éxtasis Y por eso lleva la humildad hasta tales extremos que inclusive a la superiora de la Orden le parece excesiva y quiere prohibir a Margarita los más humildes y ásperos trabajos serviles.

Merece un juicio y mención muy especial la manera de orar de Margarita, que no lo hace según textos fijados de antemano, sino que es un aleteo del alma hacia la Divinidad infinita; unión con Cristo ya en esta vida terrena. Semejante oración es éxtasis; es un desprenderse de la vida terrena, incluyendo nuestro cuerpo: un separarse de todo lo que nos rodea, y no repite un texto en forma fija y determinada. Es a modo de una disolución de todo nuestro ser en la Divinidad, que no está y no puede encerrarse en la cárcel de las palabras. El alma como una nube amorfa, de color rosa, sobrepasando todos los records de velocidad, según el concepto terreno, en segundos se sitúa a los pies del Hacedor, produciendo un aturdimiento dulce a la persona afortunada y feliz a quien se ha concedido la gracia de semejante estado de delicia espiritual. ¿Quien pudiera describirlo? ¿Con qué palabras expresarlo? Asi aconteció a Margarita. No podía explicar a los que la interrogaban, cómo eran sus oraciones y aún mucho menos lo que sentía cuando oraba. Sus actos de devoción los acompaña, según las indicaciones de los hijos de Santo Domingo, con oración activa: genuflexión, venia y postración con los brazos extendidos, aumentando así la intensidad de la devoción.

El convento de las dominicas de la "isla de las liebres", después de su terminación en 1252, fue objetivo del interés del pueblo y un lugar de peregrinación. Desde comarcas lejanas del país venían para ver a la Margarita de diez años pobres y ricos, siervos y nobles, y aquí residían con el mayor gusto, cerca de su querida hija y en su castillo construido, el rey Bela y su mujer. Aquí descansaban de los trabajos y preocupaciones por la reconstrucción de un país en ruinas y se reponían de tantos dolores y amarguras como sufrieron durante su reinado de treinta y cinco años. A su vez Margarita, a medida que progresaba en edad, avanza en sabiduría, y paulatinamente se convierte en autoridad, cuya opinión se pide, y los asuntos litigiosos se someten a su juicio. Y la isla y el convento dominicano es el lugar donde buscan y encuentran, el justo y el pecador, fuerza, salud, descanso, lenitivo, corrección y consejo.

Tenía dieciséis años Margarita cuando hizo sus votos y entró definitivamente en la Orden de las monjas dominicas. Esto sucedió—independientemente de las instituciones de la Orden—siguiendo los deseos de sus reales padres y con una motivación muy profunda. En parte, porque los miembros de la familia real—según costumbre jurídica plurisecular—se consideraban siempre mayores de edad desde los dieciséis años y só'o se exceptuaban de esta norma aquellos miembros femeninos que se habian casado antes de llegar a este limite de edad. Pero también jugó un papel en la decisión real otra razón diferente, mucho mas grave. Los reales padres querían mitigar su grave responsabilidad moral y deseaban hacer posible que Margarita, ya adulta y con juicio maduro, decidiera por sí sobre su destino y porvenir. Para que no se considerase forzada e influida, el arzobispo de Esztergom. Felipe, primado del país, no demoró la comunicación a Margarita de que tenía autorización del papa Alejandro III de relevarla del voto hecho por sus padres en la isla de Trau, si esto convenia a los intereses del país o bien si Margarita no sentía vocación. Toda esta preocupación se mostró superflua y quebró en la decisión firme de Margarita. "Nunca seré novia sino de Cristo", dijo, e hizo suyo el voto hecho en su día por sus padres, y así quedó ahora ya definitivamente habitando el claustro insular y siendo su flor más bella.

Es comprensible y natural que la fama de esta flor hermosísima atravesara las fronteras del país y llegara muy lejos al extranjero. Tantas cualidades excelsas: santidad de vida, sabiduría y belleza excepcional, no pudo quedarse en secreto, y la fama llegó a los oídos de Ottokar II, rey de Bohemia y Moravia. Al principio de la primavera de 1261 se presentó una embajada brillante en la isla y pidió la mano de la virgen real para el rey, en la cumbre de su poderio. Los reales padres y el primado del país no pusieron obstáculos. Como tres años antes, así también entonces confiaron a Dios y a Margarita la decisión. El primado se contentó con repetir delante de Margarita el punto de vista inalterable de la Sede Apostólica, regentada ya entonces por el papa Urbano IV, que le abrió vía libre para elegir su carrera futura.

El encuentro histórico, el gran acto de petición de mano, tuvo lugar en el castillo real de la isla.

Una espera tensa y atenta llenaba la sala del palacio real cuando entró allí Margarita, acompañada de la priora del convento. Con la cabeza inclinada escuchó hasta el final las palabras de homenaje de Ottokar, que avanzó hacia ella e hizo su petición de mano profundamente inclinado, con la mano puesta en el corazón. Después con noble sencillez contestó tranquilamente así: "Me honras mucho, rey valiente y poderoso, al desear que sea tu mujer, y está muy lejos de mí despreciar la vocación de esposa. ¿Cómo pudiera hacerlo, teniendo presente el ejemplo de la bienaventurada Virgen Madre, como también de mi propia madre querida, de quien soy décima hija? Pero yo no he nacido para ser esposa y madre. Mi tarea es completamente diferente. Por eso te pido que te vayas en paz y sin enojarte, y busca para ti una esposa que pueda hacerte dichoso. Yo, rey, no podría hacerte feliz". Ottokar, a su vez, quedó pesaroso y aún dos veces más intentó, por medio de embajadores, convencer a Margarita, pero en vano.

También Carlos de Anjou, que buscaba a través de Hungría el camino de la realización de sus proyectos, para lo cual consideraba lo más a propósito el casarse con la hija del rey de los húngaros, envió una embajada en 1269 a la corte del anciano rey Bela y le pidió para su señor la mano de la princesa Margarita. Tampoco se realizó este matrimonio. Uno de los hijos de Carlos de Anjou, Carlos el Cojo, príncipe de Salerno, se comprometió con la princesa María, e Isabel con el príncipe, que después se convirtió en Ladislao IV, rey de Hungria, enderezando así el camino para el próximo y brillante reinado de la familia de Anjou en Hungría, familia que convirtió a dicho país en uno de los Estados más poderosos de la Europa oriental de entonces.

Mientras todo esto ocurría se marchitaban las rosas en el semblante de la bella Margarita. El ascetismo exagerado, el disciplinar su cuerpo, los azotes, los ayunos, la oración prolongada durante horas, hasta perder el conocimiento, la quebrantaron la salud. En el momento de la segunda petición de mano ya fue una persona envejecida prematuramente, encogida, pequeña, dispuesta para la muerte, sobre cuya cabeza ya brillaba hacía tiempo la gloría ultraterrena. Contribuyeron a su muerte prematura el sufrimiento y las luchas de su patria y su familia, todo lo cual supo sentir y sufrir, centuplicado, el corazón de tan gran patriota y buena hija. Porque fue ella húngara con todas las gotas de su sangre; digna hija del gran rey que sentía con su pueblo y reconstruyó su país. En 1301 se extinguió esta dinastía noble, llena de buenas cualidades, grande y nacional. Fue un gran golpe y una pérdida irreparable para el pueblo húngaro, y la bella Margarita—casi al mismo tiempo que sus padres—dejó los espacios terrenos, lugar de su vida sacrificada y de renunciación, el día de Santa Prisca, 18 de enero de 1270. Cumplió su gran cometido, de acuerdo con la convicción firmisima de todo el pueblo húngaro, y salvó a su patria. Subió a su Esposo divino, por cuya gracia rechazó el homenaje de brillantes y poderosos reyes de esta tierra.

Santa Margarita de los Apád, te pedimos sollozando, ya que eres quizá entre nuestros santos húngaros la más grande y la más húngara, que sigas haciendo tú lo que no has dejado de hacer aquí abajo; ruega por tu patria pisoteada, aplastada y ensangrentada. Tu pueblo húngaro sufre hoy de la misma manera que entonces en tu tiempo. Sangra de la misma manera por el Occidente ingrato, abandonada, sin ayuda, como hace setecientos años.

GABRIEL DE BORNEMISZA