8 nov 2014

Vida de Beato Juan Duns Escoto 8 de Noviembre

Vida de Beato Juan Duns Escoto
8 de Noviembre

Juan Pablo II aprobó su culto el 20 de marzo de 1993.

Juan Escoto nació en Duns, en Escocia, hacia 1265, entró en la Orden de los Hermanos Menores hacia 1280 y fue ordenado sacerdote el 17 de abril de 1291. Completó los estudios entre 1291 y 1296 en París.

Luego enseñó en Cambridge, Oxford y París, como bachiller, comentaba las “Sentencias” de Pedro Lombardo.

Tuvo que abandonar la universidad, por no haber querido firmar una apelación al Concilio contra Bonifacio VIII, promovida por Felipe el Hermoso, rey de Francia.

Regresó allí el año siguiente para obtener el doctorado, con una carta de presentación del Ministro general de la Orden, Padre Gonzalo Hispánico, que había sido su maestro, en la cual lo recomendaba como plenamente docto “sea por la larga experiencia, sea por la fama que se había extendido por todas partes, de su vida laudable, de su ciencia excelente y del ingenio sutilísimo” del candidato.

A fines de 1307 Juan Duns Escoto estaba en Colonia, donde enseñó. Quizás no hay doctor medieval más sobresaliente que este franciscano escocés, que estudió en Oxford, enseñó en París, fue expulsado por Felipe el Hermoso porque no quiso firmar la apelación antipapal y murió en Colonia, a la edad en que los otros filósofos comienzan a producir, como si la llama del pensamiento le hubiese quemado la juventud.

El título de “Doctor Sutil” que le dieron, dice toda su sublimidad. Sus teorías sobre la Virgen y sobre la encarnación obtienen después de siglos la confirmación en el dogma de la Inmaculada Concepción y en el culto a la realeza de Cristo.

Elabora el misticismo pensante de San Buenaventura. Escoto es un metafísico y un teólogo.

Empleó su agudeza de ingenio en la sistematización de los grandes amores de San Francisco: Jesucristo y la Virgen Santísima. La posteridad también lo ha llamado “Doctor del Verbo Encarnado” y “Doctor Mariano”.

Tuvo numerosos discípulos y muy pronto llegó a ser y siguió siendo el jefe de la escuela franciscana, que se inició con el Beato Alejandro de Hales, se desarrolló con San Buenaventura, doctor Seráfico de la Iglesia, y llegó a su culminación en el Beato Juan Duns Escoto.

Su doctrina está en perfecta armonía con su espiritualidad.

Después de Jesús, la Virgen Santísima ocupó el primer puesto en su vida. Duns Escoto es el teólogo por excelencia de la Inmaculada Concepción.

El estudio de los privilegios de María ocupó un puesto importantísimo en su vida. En una disputa pública, permaneció silencioso hasta que unos 200 teólogos expusieron y probaron sus sentencias de que Dios no había querido libre de pecado original a la Madre de su Hijo.

Por último, después de todos, se levantó Juan Duns Escoto, tomó la palabra, y refutó uno por uno todos los argumentos aducidos contra el privilegio mariano; y demostró con la Sagrada Escritura, con los escritos de los Santos Padres y con agudísima dialéctica, que un tal privilegio era conforme con la fe y que por lo mismo se debía atribuir a la gran Madre de Dios. Fue el triunfo más clamoroso en la célebre Sorbona, sintetizado en el célebre axioma: “Potuit, decuit, ergo fecit (Podía, convenía, luego lo hizo)”.

En Colonia, donde enseñaba, murió el 8 de noviembre de 1308.

Fuente: http://es.catholic.net/santoral/

7 nov 2014

Santo Evangelio 7 de Noviembre de 2014



Día litúrgico: Viernes XXXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 16,1-8): En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos: «Había un hombre rico que tenía un administrador a quien acusaron ante él de malbaratar su hacienda; le llamó y le dijo: ‘¿Qué oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando’. Se dijo a sí mismo el administrador: ‘¿Qué haré, pues mi señor me quita la administración? Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer, para que cuando sea removido de la administración me reciban en sus casas’.

»Y convocando uno por uno a los deudores de su señor, dijo al primero: ‘¿Cuánto debes a mi señor?’. Respondió: ‘Cien medidas de aceite’. Él le dijo: ‘Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta’. Después dijo a otro: ‘Tú, ¿cuánto debes?’. Contestó: ‘Cien cargas de trigo’. Dícele: ‘Toma tu recibo y escribe ochenta’.

»El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente, pues los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz».


Comentario: Mons. Salvador CRISTAU i Coll Obispo Auxiliar de Terrassa (Barcelona, España)
Los hijos de este mundo son más astutos (...) que los hijos de la luz

Hoy, el Evangelio nos presenta una cuestión sorprendente a primera vista. En efecto, dice el texto de san Lucas: «El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente» (Lc 16,8).

Evidentemente, no se nos propone aquí que seamos injustos en nuestras relaciones, y menos aún con el Señor. No se trata, por tanto, de una alabanza a la estafa que comete el administrador. Lo que Jesús manifiesta con su ejemplo es una queja por la habilidad en solucionar los asuntos de este mundo y la falta de verdadero ingenio por parte de los hijos de la luz en la construcción del Reino de Dios: «Los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz» (Lc 16,8).

Todo ello nos muestra —¡una vez más!— que el corazón del hombre continúa teniendo los mismos límites y pobrezas de siempre. En la actualidad hablamos de tráfico de influencias, de corrupción, de enriquecimientos indebidos, de falsificación de documentos... Más o menos como en la época de Jesús.

Pero la cuestión que todo esto nos plantea es doble: ¿Acaso pensamos que podemos engañar a Dios con nuestras apariencias, con nuestra mediocridad como cristianos? Y, al hablar de astucia, tendríamos también que hablar de interés. ¿Estamos interesados realmente en el Reino de Dios y su justicia? ¿Es frecuente la mediocridad en nuestra respuesta como hijos de la luz? Jesús dijo también que allí donde esté nuestro tesoro estará nuestro corazón (cf. Mt 6,21). ¿Cuál es nuestro tesoro en la vida? Debemos examinar nuestros anhelos para conocer dónde está nuestro tesoro... Nos dice san Agustín: «Tu anhelo continuo es tu voz continua. Si dejas de amar callará tu voz, callará tu deseo».

Quizás hoy, ante el Señor, tendremos que plantearnos cuál ha de ser nuestra astucia como hijos de la luz, es decir nuestra sinceridad en las relaciones con Dios y con nuestros hermanos. «En verdad, la vida es siempre una opción: entre honradez e injusticia, entre fidelidad e infidelidad, entre bien y mal (…). En definitiva —dice Jesús— hay que decidirse» (Benedicto XVI).

San Wilibrordo, 7 de Noviembre


7 de noviembre

SAN WILIBRORDO

(+ 739)


'Wilgils, el noble anglosajón, había quedado viudo. Cristiano ferviente, perteneciente a la primera generación de convertidos del paganismo, resolvió abrazar la vida solitaria. Todo lo abandonó, hasta la más dulce prenda que le quedaba: un día llamó Wilgils a la puerta del monasterio de Ripon y ofreció a Dios y al abad Wilfrido su hijito Wilibrordo.

Ripon era una abadía fervorosa; Wilfrido, un padre austero y a la vez cariñoso para sus religiosos. El hijo de Wilgils fue educado con esmero en la escuela abacial. Fue su preceptor San Ceolfrido, el mismo que años adelante debía ser, en Wearmouth, abad de San Beda el Venerable. El pequeño oblato creció en un ambiente de santidad y cultura. A los quince años ratificó libremente, con su profesión monástica, la propia donación a Dios hecha por su padre.

La vida del joven monje transcurría plácida y fervorosa al amparo de los muros claustrales cuando una fuerte conmoción vino a turbar la paz del monasterio. Había estallado un grave conflicto entre el rey Egfrido y Wilfrido, el cual, sin dejar de ser abad de sus nueve monasterios, ocupaba entonces la sede de York, la segunda de Inglaterra. Teodoro, arzobispo de Canterbury, aprovechó esta ocasión para dividir en varias diócesis el reino de Nortumbria, el gran territorio hasta entonces sometido a la sola jurisdicción espiritual del arzobispo de York, y Wilfrido, sintiéndose perjudicado en sus derechos, emprendió el camino de Roma para protestar ante el Papa. Fue entonces también cuando Wilibrordo abandonó a Ripon. Tal vez fuera su propósito vivir en el destierro como su abad San Wilfrido; acaso le atrajera irresistiblemente la fama de santidad y ciencia de la vecina Irlanda. Lo cierto es que el joven monje se dirigió a la Isla de los Santos. En ella halló una nueva patria. San Egberto, noble nortumbriano que había hecho voto de vivir en tierra extraña, le acogió paternalmente en su monasterio de Rathmelsigi. San Egberto y el cenobio de Rathmelsigi debieron de imprimir en el alma de Wilibrordo una huella duradera durante los doce años que permaneció allí.

Porque tampoco fue la abadía de Rathmelsigi el término de la peregrinación de nuestro monje. San Egberto, como tantos otros compatriotas suyos, sentía en su corazón ansias misioneras; su pensamiento atravesaba a menudo el mar y se trasladaba a las regiones del continente donde sus hermanos de raza vivían aún en las tinieblas del paganismo; Frisia atraía con preferencia su atención. Impedido por las circunstancias, no había podido llevar personalmente la luz del Evangelio a aquellas costas, pero había mandado allá a uno de sus monjes. Wigberto, el cual, tras dos años de inútiles esfuerzos, se vió obligado a regresar. Radbod, rey de los frisones, se mostraba adversario irreductible a toda predicación cristiana. Pero Egberto, sin desanimarse, aguardaba la ocasión propicia. Esta se presentó en 689, cuando el rey Radbod fue vencido por Pipino II, duque de Austrasia, y toda la Frisia meridional cayó en poder de los francos. Egberto designó entonces un grupo de doce monjes que debía dirigirse a Frisia. Al frente de los misioneros puso a Wilibrordo. Era el año 690.

No era fácil la tarea confiada a Wilibrordo y a su pequeña hueste monástica. El pueblo germánico de los frisones, que en el siglo ocupaba la desembocadura de los grandes ríos que mueren en las costas de los Paises Bajos, constituía un campo rebelde a todo cultivo. Aquellos bárbaros de estatura imponente, barba rubia y largas melenas eran guerreros feroces, testarudos, apegados a sus viejas tradiciones y extremadamente amantes de su libertad e independencia. El poder romano nunca habia sido estable en Frisia, y el cristianismo, que por vez primera había penetrado en la región con los funcionarios merovingios como religión de los invasores, no parece que alcanzara ninguna o muy pocas simpatías. Bien es verdad que en 678 San Wilfrido de York, camino de Roma, había penetrado hasta el corazón del país y conseguido algunos éxitos, mas también entonces la evangelización había chocado contra la resistencia del rey Radbod. Wilibrordo y sus compañeros, pues, debían trabajar en terreno prácticamente virgen. Pero aquellos monjes eran valientes y emprendedores. Les impulsaba al amor de Cristo, confiaban plenamente en Dios, pero no despreciaban la ayuda de los hombres. Experiencias ajenas habían probado que nada duradero podía llevarse a cabo sin el apoyo de los francos, y Wilibrordo buscó la protección de Pipino II. Su acción, para ser eficaz y legítima, debía tener la aprobación del Sumo Pontífice, y Wilibrordo corrió a Roma para conseguirla. Pipino II otorga su protección a los misioneros venidos de Irlanda, y el papa Sergio I colma a Wilibrordo de bendiciones, reliquias, objetos de culto y libros. La espada de los francos y los alientos de la Sede romana sostendrán la misión monástica de Frisia. La parte meridional de la vasta región, que se encontraba en poder de los francos, será el teatro de los afanes apostólicos de Wilibrordo y los suyos. Su predicación constante, inflamada por la caridad, no tarda en verse premiada con numerosas conversiones. La misión, conducida con habilidad y celo, progresa rápidamente. Y como las relaciones entre Pipino II y Radbod se hacen más amistosas y la paz parece asegurada por largos años, si no para siempre, parece llegado el momento de consolidar la naciente cristiandad frisona con la erección de una diócesis. Wilibrordo emprende nuevamente el largo camino de Roma (695), donde es recibido paternalmente por Sergio I. Al regresar poco después al campo de sus afanes, Wilibrordo posee ya la consagración episcopal, recibida de manos del Papa, quien le había otorgado también el palio, señal del favor apostólico. Frisia había sido constituida en iglesia sujeta inmediatamente a la Sede romana.

Pipino II regaló al arzobispo de los frisones el ruinoso castrum romano de Utrecht, donde surgió muy pronto la basílica del Salvador, la escuela y la residencia del arzobispo y sus clérigos. Utrecht, fue, pues, el centro de la nueva diócesis. Pero quiso, además, Wilibrordo, conforme al método benedictino que le trajo al continente europeo, fundar un monasterio destinado a servir de base a la acción misionera. La abadía se presentaba como el tipo concreto de la vida religiosa y social, y los monjes la señalaban como ejemplo a los que pretendían convertir al cristianismo. El monasterio de San Wilibrordo y de la misión de Frisia fue Echternach, situado prudentemente en Luxemburgo, es decir, en territorio franco, lejos de los riesgos de la vanguardia misionera. Cada dos años iba regularmente Wilibrordo a pasar unos meses de reposo y recogimiento en su querida abadía, su residencia favorita.

Entretanto se revelaban las bellas cualidades del arzobispo de los frisones. Era, según testimonio de San Bonifacio, varón "de gran santidad y de austeridad maravillosa", pero bueno y paternal para los otros. Típico anglosajón paciente, y tenaz, humilde y hábil, celoso y realista, dotado de voluntad inquebrantable y prudencia nunca desmentida, Wilibrordo tenía temple de gran conductor de hombres, de gran organizador. La única preocupación que le guiaba en todas sus acciones era la salvaguarda y consolidación de su obra. Sus ansias apostólicas no desbordan los límites de lo que le parecía seguro. Verdad es que intentó evangelizar la Frisia del Norte y hasta estuvo en Dinamarca movido por el mismo impulso misionero; pero pronto comprendió que era empresa prematura y regresó a su campo de acción, el territorio dominado por la espada de Pipino II. No es que fuera un cobarde, un pusilánime: en cierta ocasión destruyó un ídolo con peligro de su vida y en momentos difíciles se mantuvo firme ante la ira del rey Radbod. Pero Wilibrordo nada tenía de aventurero. Iba siempre a lo seguro y positivo. Sus catecúmenos no fueron jamás bautizados rápidamente ni en masa; cada uno de ellos debía someterse a una seria preparación individual. Y así su obra no tuvo dimensiones enormes y espectaculares, pero fue segura y durable.

Esta obra, sin embargo, sufrió un rudo golpe a la muerte de Pipino II (714), cuando los frisones intentaron rechazar el yugo de los francos. Wilibrordo se retiró precipitadamente a Echternach, y los monjes pudieron entonces apreciar la prudencia de su abad y arzobispo que les había preparado aquel refugio seguro. Cuando Carlos Martel restableció la paz (718), Wilibrordo había alcanzado ya los sesenta años de edad. Pero no soñaba todavía en descansar; ni siquiera se lamentó ante los estragos causados por aquellos años destructores. La obra de su vida estaba casi totalmente arruinada. Él y sus monjes empezaron animosamente a rehacerla. En este tiempo difícil tuvo Wilibrordo un precioso ayudante en un monje compatriota suyo, Winfrido, el futuro San Bonifacio, apóstol de Alemania. Y la cristiandad de Frisia fue restaurada.

San Wilibrordo murió muy probablemente en Echternach el 7 de noviembre del año 739. Las últimas noticias que de él poseemos nos las proporciona San Beda el Venerable en 734. Wilibrordo-dice-"inflige todos los días derrotas al diablo; a pesar de su ancianidad combate todavía, pero el viejo luchador suspira por la recompensa eterna".

GARCÍA M. COLOMBÁS, O. S. B.


Willibrordo, San

Autor: P. Angel Amo 

La evangelización de Alemania, más allá del Rin, comenzó en el siglo VII, a finales de la época merovingia, gracias a la obra de los monjes irlandeses y anglosajones. Logró su máximo desarrollo en el siglo siguiente con la acción misionera de San Bonifacio. 

Vilibrordo nació en Northumbria en el año 658. Ingresó a la vida monástica, viviendo en su tierra hasta que el Abad Egberto lo envió a Frisia, la actual Holanda, donde desarrolló su acción apostólica. 

Este monje, a quien los biógrafos describen pequeño de estatura, cabellos negros, de delicada salud, ojos profundos y vivos, encarna muy bien la figura del monje occidental: un trabajador que no conoce descanso ni crisis de desánimo, austero, prudente, leal, tenaz, devoto del Papa. Se había formado en la abadía inglesa de Ripon, y a los 20 años pasó a Irlanda para perfeccionar su cultura teológica bajo la guía del abad Egberto, que lo consagró sacerdote a los treinta años.

Después de los contratiempos sufridos por la misión de Vilfrido, Vilibrordo fue enviado con once compañeros a Frisia. La victoria de Pipino de Herstal contra el rey Radbod en el año 689 facilitó la empresa. El duque los recibió con todos los honores. 

Pero Vilibrordo, antes de comenzar su obra de evangelización, quiso ir a Roma para obtener el beneplácito del Papa Sergio I, el cual aprobó su misión y lo animó. De regreso a Frisia, el monje escogió Amberes como centro de su apostolado. Con el tiempo, Utrecht llegaría a ser la más famosa de sus fundaciones. 

Para la fundación de la nueva diócesis de Frisia, Vilibrordo fue nuevamente a Roma, en donde el Papa Sergio I lo consagró obispo el 21 de noviembre del año 695 con el nombre de Clemente. Desde este momento emprende una infatigable labor misionera que comprenderá desde los valles del Rin hasta Dinamarca. En Echternach, Luxemburgo, había fundado un pequeño convento, y allí murió el 7 de noviembre del 739 a los 81 años de edad.

Fue un hombre de oración y acción. Pastor infatigable, supo organizar su diócesis con un gran sentido de la autoridad que le permitió, gracias a la formación de los obispos auxiliares, evitar el fraccionamiento de las Iglesias debido a la dispersión de la actividad pastoral.



6 nov 2014

Santo Evangelio 6 de Noviembre de 2014


Día litúrgico: Jueves XXXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 15,1-10): En aquel tiempo, todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos». 

Entonces les dijo esta parábola. «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.

»O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido’. Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

Comentario: Rev. D. Francesc NICOLAU i Pous (Barcelona, España)
Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta

Hoy, el evangelista de la misericordia de Dios nos expone dos parábolas de Jesús que iluminan la conducta divina hacia los pecadores que regresan al buen camino. Con la imagen tan humana de la alegría, nos revela la bondad de Dios que se complace en el retorno de quien se había alejado del pecado. Es como un volver a la casa del Padre (como dirá más explícitamente en Lc 15,11-32). El Señor no vino a condenar el mundo, sino a salvarlo (cf. Jn 3,17), y lo hizo acogiendo a los pecadores que con plena confianza «se acercaban a Jesús para oírle» (Lc 15,1), ya que Él les curaba el alma como un médico cura el cuerpo de los enfermos (cf. Mt 9,12). Los fariseos se tenían por buenos y no sentían necesidad del médico, y es por ellos —dice el evangelista— que Jesús propuso las parábolas que hoy leemos.

Si nosotros nos sentimos espiritualmente enfermos, Jesús nos atenderá y se alegrará de que acudamos a Él. Si, en cambio, como los orgullosos fariseos pensásemos que no nos es necesario pedir perdón, el Médico divino no podría obrar en nosotros. Sentirnos pecadores lo hemos de hacer cada vez que recitamos el Padrenuestro, ya que en él decimos «perdona nuestras ofensas...». ¡Y cuánto hemos de agradecerle que lo haga! ¡Cuánto agradecimiento también hemos de sentir por el sacramento de la reconciliación que ha puesto a nuestro alcance tan compasivamente! Que la soberbia no nos lo haga menospreciar. San Agustín nos dice que Jesucristo, Dios Hombre, nos dio ejemplo de humildad para curarnos del “tumor” de la soberbia, «ya que gran miseria es el hombre soberbio, pero más grande misericordia es Dios humilde».

Digamos todavía que la lección que Jesús da a los fariseos es ejemplar también para nosotros; no podemos alejar de nosotros a los pecadores. El Señor quiere que nos amemos como Él nos ha amado (cf. Jn 13,34) y hemos de sentir gran gozo cuando podamos llevar una oveja errante al redil o recobrar una moneda perdida.

Vida de San Severo de Barcelona 6 de Noviembre



Vida de San Severo de Barcelona
6 de Noviembre

No tenemos datos sobre su nacimiento e infancia. También se desconocen testimonios históricos de su acción pastoral, de su muerte y de su sepultura. Algún historiador ha llegado a negar, por estos motivos, incluso la existencia de San Severo.

Se conocen las actas de su martirio redactadas en tiempo posterior y con añadiduras e interpolaciones, habituales en este tipo de relatos de mediados del siglo VI. Es frecuente encontrar mezclas de elementos que bien pueden ser adecuados a la veracidad de los hechos con otros elementos apócrifos provenientes del cariño, respeto y simpatía con que los creyentes adornan con imágenes que, provenientes de la fantasía —por una parte convincentes y por otra parte ejemplarizantes—, acercan al momento presente la personalidad del modelo del que se habla. Se incluyen en este tipo de relato aderezos que pretenden resaltar la Providencia de Dios complacido en la actitud decidida hasta la muerte del mártir o del santo.

Al relator nos atenemos.

La época del acontecimiento está situada durante la persecución de Diocleciano, soliviantado por el césar Galerio, que se propone, para depurar el ejército, eliminar del imperio el nombre cristiano. El presidente Daciano, que centra su atención en quienes hacen cabeza para escarmiento del pueblo, ha tomado muy a pecho la orden de exterminio.

San Severo es obispo de Barcelona por el año 300. Se le conoce como un pastor entregado ejemplar y completamente a su rebaño que ha sabido distinguirse por su celo y fidelidad a la fe. Sabe que las órdenes de Daciano son tajantes en lo que atañe a poner por obra los edictos del emperador. Piensa en un primer momento esconderse para seguir ayudando a los fieles desde la clandestinidad y pasa al Castro Octaviano, al otro lado de la montaña. En su marcha se encuentra con Emeterio, que siembra sus tierras y a quien reconoce como cristiano. El obispo le anima a perseverar en la fe aún en la persecución presente, encargándole de decir la verdad a sus perseguidores, en el caso de que se presenten.

Al separarse —cándida narración—, Dios interviene haciendo que las habas del campo recién sembrado crezcan y se pongan en flor. Al acercarse los soldados pidiendo información a Emeterio, él les dirá: "ha pasado por aquí" y, cuando le pregunten por el tiempo contestará enfáticamente: "cuando sembraba estas habas". El buen cristiano no ha querido ofender a Dios con la mentira, ha obedecido a su obispo, y, al mismo tiempo, ha puesto los recursos humanos para salvar la vida del fugitivo. Pero nada de esto impide que los soldados, furiosos, se sientan burlados, lo apresen y lleven ante el tribunal del presidente.

El obispo Severo, acompañado de otros sacerdotes, ha tomado la decisión de presentarse voluntariamente a los romanos.

Donde hoy es San Cugat, son decapitados los sacerdotes acompañantes del obispo y Emeterio; se espera la claudicación de Severo obispo a la vista de tanta atrocidad. Ante su pertinaz resistencia en la tortura y en los azotes con látigos emplomados, un verdugo coloca un clavo en su cabeza y otro sayón la atraviesa de un mazazo.

Bien hacen los barceloneses en honrar hoy la memoria de este obispo santo en la conocidísima y barroca Iglesia de San Severo, cercana a la catedral. Antes que ellos, ya le tuvo devoción el rey Fernando el Católico y, antes aún, el rey Martín de Aragón fue curado de gangrena en una pierna próxima a la amputación.

5 nov 2014

Santo Evangelio 5 de Octubre de 2014



Día litúrgico: Miércoles XXXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 14,25-33): En aquel tiempo, caminaba con Jesús mucha gente, y volviéndose les dijo: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío. 

»Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: ‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’. O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío».


Comentario: Rev. D. Joan GUITERAS i Vilanova (Barcelona, España)
El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío

Hoy contemplamos a Jesús en camino hacia Jerusalén. Allí entregará su vida para la salvación del mundo. «En aquel tiempo, caminaba con Jesús mucha gente» (Lc 14,25): los discípulos, al andar con Jesús que les precede, deben aprender a ser hombres nuevos. Ésta es la finalidad de las instrucciones que el Señor expone y propone a quienes le siguen en su ascensión a la “Ciudad de la paz”.

Discípulo significa “seguidor”. Seguir las huellas del Maestro, ser como Él, pensar como Él, vivir como Él... El discípulo convive con el Maestro y le acompaña. El Señor enseña con hechos y palabras. Han visto claramente la actitud de Cristo entre el Absoluto y lo relativo. Han oído de su boca muchas veces que Dios es el primer valor de la existencia. Han admirado la relación entre Jesús y el Padre celestial. Han visto la dignidad y la confianza con la que oraba al Padre. Han admirado su pobreza radical.

Hoy el Señor nos habla en términos claros. El auténtico discípulo ha de amar con todo su corazón y toda su alma a nuestro Señor Jesucristo, por encima de todo vínculo, incluso del más íntimo: «Si alguno viene donde mí y no odia (…) hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26-27). Él ocupa el primer lugar en la vida del seguidor. Dice san Agustín: «Respondamos al padre y a la madre: ‘Yo os amo en Cristo, no en lugar de Cristo’». El seguimiento precede incluso al amor por la propia vida. Seguir a Jesús, al fin y al cabo, comporta abrazar la cruz. Sin cruz no hay discípulo.

La llamada evangélica exhorta a la prudencia, es decir, a la virtud que dirige la actuación adecuada. Quien quiere construir una torre debe calcular si podrá afrontar el presupuesto. El rey que ha de combatir decide si va a la guerra o pide la paz después de considerar el número de soldados de que dispone. Quien quiere ser discípulo del Señor ha de renunciar a todos sus bienes. ¡La renuncia será la mejor apuesta!

Santa Angela de la Cruz, 5 de Noviembre



En Sevilla, en España, beata Ángela de la Cruz Guerrero González, fundadora del Instituto de las Hermanas de la Cruz, que no se reservó ningún derecho para sí sino que lo dejó todo para los pobres, a los cuales acostumbraba llamar sus señores, y los servía de verdad.
Martirologio romano

Vida de Santa Ángela de la Cruz



Ángela Guerrero González, Sor Ángela de la Cruz, Madre de los pobres, nació el 30 de enero de 1846 en Sevilla en el seno de una familia sencilla. Sus padres, Francisco Guerrero y Josefa González, tuvieron catorce hijos, pero sólo seis llegaron a mayores de edad a causa de la terrible mortalidad infantil, aún persistente durante todo el s. XIX.

Sus padres eran—hasta la exclaustración de los religiosos en 1836—los cocineros del Convento de los Padres Teatinos de Sevilla. Su padre murió pronto. Sin embargo la madre llegara a ver la obra de su hija, y las Hermanitas de la Cruz la llamaran con el dulce nombre de "la abuelita" y quedaran admiradas de las muchas virtudes que florecían en el jardín de su alma. Ella supo transplantarlas al jardín del alma de su hija Ángela. Se dice que un día, siendo aun muy pequeña, desapareció y todos la buscaron. Todos menos su madre que enseguida adivinó donde estaba: en la iglesia. Allí la encontraron rezando y recorriendo los altares. Ya mayor dirá: "Yo, todo el tiempo que podía, lo pasaba en la iglesia, echándome bendiciones de altar como hacen las chiquillas".

Por carecer de recursos, apenas puede aprender a leer y escribir. Ángela, que crecía en un piadoso ambiente familiar, pronto daría cumplidas pruebas de bondad natural. Ya de joven, nadie osaba hablar mal o pronunciar blasfemias en su presencia. Si hablaban algo menos puro, al verla llegar, decían, cambiando de conversación: "Callad, que viene Angelita".

Ángela necesita trabajar desde los doce años para ayudar a su familia, cuando apenas ha tenido ocasión de asistir a la escuela: en el taller de calzado de doña Antonia Maldonado, en la calle del Huevo, trabajó durante algún tiempo como zapatera. Dña. Antonia estaba encantada de ella y exhortaba a las demás a que la imitaran. Hacia rezar el rosario y rendían mas que antes.

El Padre Torres Padilla era muy amigo de la familia donde trabajaba como zapatera. Le habían hablado de la maravilla de aquella joven.

De 1862 a 1865, Ángela, que asombra por sus virtudes a cuantos la conocen, reparte su jornada entre su casa, el taller, las iglesias donde reza y los hogares pobres que visita. En 1865 se cierne una oleada de cólera sobre Sevilla que azota a las familias pobres hacinadas en los "corrales de vecindad". Ángela se multiplica para poder ayudar a estos hombres, mujeres y niños castigados tan duramente por la miseria. Y en ese mismo año pone en conocimiento de su confesor, el padre Torres, su voluntad de "meterse a monja". Cuenta ahora con diecinueve años.

Quiso entrar en las Carmelitas Descalzas del barrio de Santa Cruz de Sevilla, aunque no la admitieron por temor a que no pudiera soportar los duros menesteres del convento en su cuerpo menudo y débil.

Después ingresó en las Hermanas de la Caridad. Llegó a vestir el habito, pero hubo de salir del convento al enfermar. Viendo que no podía ser monja en el convento, se dijo a si misma: "Seré monja en el mundo" e hizo los Votos religiosos. Un billete de 1º de noviembre de 1871 nos revela que "María de los Ángeles Guerrero, a los pies de Cristo Crucificado" promete vivir conforme a los consejos evangélicos: ya que le ha fallado ser monja en el convento, será monja fuera. Dos años más tarde, Ángela pone en manos del doctor Torres Padilla unas reflexiones personales en las que se propone, no vivir siguiendo a Jesús con la cruz de su vida, sino vivir permanentemente clavada en ella junto a Jesús. De ahora en adelante se llamará Ángela de la Cruz.

Ángela comienza a afirmarse en una idea que le ha venido con fuerza: "hay que hacerse pobre con los pobres".

En invierno de 1873 Ángela formula votos perpetuos fuera del claustro, y por el voto de obediencia queda unida al padre Torres. Pero su mente y su corazón inquietos comienzan a "reinar" en una idea que continuamente le asalta: formar la "Compañía de la Cruz". Obstinada en su empeño el 17 de enero de 1875 comienza a trazar su proyecto, que, como toda obra noble, se verá colmado por el éxito, más ante los ojos de Dios que ante los ojos de los hombres.

Ángela ha encontrado tres compañeras: Josefa de la Peña, una terciaria franciscano "pudiente", que ha decidido dar el paso que su contacto con los pobres le está pidiendo; Juana María Castro y Juana Magadán, dos jóvenes pobres, sencillas y buenas. Con el dinero de Josefa Peña alquilan su "convento": un cuartito con derecho a cocina en la casa número 13 de la calle San Luis, y desde allí organizan su servicio de asistencia a los necesitados a lo largo del día y de la noche. Poco después se trasladan al número 8 de la calle Hombre de Piedra, y comienzan a adquirir notable consistencia en el clima religioso de Sevilla. Estrenan hábito y sus compañeras comienzan a llamarle "Madre", cuando aún no se ha borrado de su rostro la primavera de la niñez. Entre duras penitencias y mortificaciones, fieles a la causa de los pobres, consiguen obtener en 1876 la admisión y bendición del Cardenal Spinola.

Todo el resto de su vida estaría marcado por el signo doliente de la Cruz, pero también por la felicidad de quien se siente "luz en el mundo mostrando una razón para vivir". La Compañía va a crecer, y con ella el agradecimiento del pueblo sevillano y de todos los rincones de Andalucía a donde llega el espíritu de Sor Ángela. Como afirma José María Javierre en su preciosa obra Madre de los pobres: 'Que yo sepa, es el único caso en el mundo. Existe una ciudad donde pronunciáis el nombre de una persona y todos los habitantes, todos, sonríen: -Era buena, era una santa."

La siguen bastantes jóvenes y mayores que quieren imitar a Sor Ángela y seguir su mismo genero de vida. Todos caben en sus casas. La austeridad será nota distintiva de sus casas. Roma da aprobación a su Obra.

Fallecimiento

Falleció el 2 de marzo de 1932 como consecuencia de un accidente cerebrovascular, personas de todas las clases sociales rindieron homenaje a la hoy Santa que, por privilegio del Gobierno de la Segunda República Española, fue sepultada en la cripta de la Casa Madre en Sevilla.

Dos días después el Ayuntamiento republicano de la ciudad de Sevilla, presidido por el alcalde don José González Fernández de Labandera, decidió por unanimidad que constase en acta el sentimiento de la Corporación por la muerte de la religiosa y decidió se rotulase con su nombre la entonces llamada calle Alcázares, donde estaba y continúa el convento. Esta decisión tiene gran importancia, si tenemos en cuenta las ideas anticlericales imperantes en la época.

Canonización

El Papa Juan Pablo II la beatificó el 5 de noviembre de 1982. El 20 de diciembre de 2002, la Iglesia reconoció oficialmente su santidad, al aprobar el milagro que le había sido atribuido, la curación, científicamente inexplicada, de un niño que sufría una obstrucción de la arteria central de la retina del ojo derecho y recuperó repentinamente la visión. Fue canonizada por Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003 en la madrileña Plaza de Colón, con el nombre de Santa Ángela de la Cruz.

El 7 de mayo de 2003, el cuerpo incorrupto de la Santa es trasladado desde la Casa Madre hasta la Catedral de Sevilla, donde presidió los actos en su honor, por la Canonización. Una gran multitud se concentró a su paso, adornándose los templos y calles del recorrido para la ocasión.

En 2012, la Compañía de la Cruz tiene más de cincuenta conventos, 700 hermanas y unas 50 novicias que realizan el noviciado en Sevilla. Los países donde se encuentra son España, Argentina e Italia. En España en las comunidades autónomas de Andalucía, Extremadura, Canarias, Madrid, Comunidad Valenciana, Castilla y León, Castilla La Mancha y Galicia.

(Fuente: hermandades-de-sevilla.org y wikipedia)

Oración a Santa Ángela de la Cruz
Dios de toda bondad, que iluminaste a Santa Ángela virgen, con la sabiduría de la cruz, para que reconociese a tu Hijo Jesucristo en los pobres y enfermos abandonados, y los sirviese como humilde esclava, concédenos la gracia que te pedimos por su intercesión, en esta novena.

Así también, inspira en nosotros el deseo de seguir su ejemplo, abrazando cada día nuestra propia cruz, en unión con Cristo crucificado y sirviendo a nuestros hermanos con amor. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro.

Amén.