20 may 2014

20 de mayo SAN BERNARDINO DE SENA



20 de mayo

SAN BERNARDINO DE SENA

 († 1444)


San Bernardino de Sena fue uno de aquellos predicadores de penitencia que en el siglo XV recorrieron gran parte de Italia y contribuyeron eficazmente a la reforma y mejoramiento de las costumbres. Su celo ardiente y apostólico y su oratoria popular y apasionada han quedado como ejemplos vivientes del celo y de la predicación evangélica y aun del estilo de aquellos predicadores del siglo XV, San Vicente Ferrer, San Juan de Capistrano y otros.

 Nacido en 1380 en Massa, cerca de Siena, de la noble familia de los Albiceschi, recibió Bernardino en Siena una educación completa en las ciencias eclesiásticas. En 1402 vistió el hábito de San Francisco: en 1404 recibió la ordenación sacerdotal y un año después fue destinado a la predicación.

 Pero transcurren unos doce años, y ni su voz ni sus cualidades oratorias le ayudaban a desempeñar con éxito este importante ministerio. Mas como, por otra parte, se distinguía por sus eximias virtudes religiosas, aparece el año 1417 como guardián en el convento franciscano de Fiésole. Entonces, pues, de una manera inesperada, que tiene todos los visos de sobrenatural, se refiere que recibió la orden divina, transmitida por un novicio: "Hermano Bernardino, ve a predicar a Lombardía."

 El hecho es que, desde 1418, aparece San Bernardino en Milán y comienza aquella carrera de grandes misiones o predicaciones populares, cuya característica era un intenso amor a Jesucristo, que llegaba al interior de sus oyentes y arrancaba lágrimas de penitencia, Este amor a Jesucristo lo sintetizaba en el anagrama del nombre de Jesús, tal como, precisamente desde entonces, se ha ido popularizando cada vez más: J H S. Llevábalo a guisa de banderín y procuraba fuera grabado en todas las formas posibles, en estampas de propaganda, en grandes carteles y, sobre todo, en los testeros de las iglesias, casas, consistoriales y domicilios particulares de las poblaciones donde misionaba. Aquello debía servirles de recuerdo perenne de las verdades predicadas y de las decisiones tomadas. De ello pueden verse, aun en nuestros días, multitud de ejemplos en los territorios donde él predicó.

 Efectivamente en 1418 predica la Cuaresma en la iglesia principal de Milán, donde el último de los Visconti daba el triste ejemplo de una vida entregada a todos los vicios. Bernardino se revela un orador popular de cualidades extraordinarias. El pueblo se siente transformado por el fuego de su predicación. Vuelve al año siguiente y se repiten los mismos resultados de grandes conversiones y reforma de costumbres. De 1419 a 1423 recorre las poblaciones de Bérgamo, Como, Plasencia, Brescia. Unas veces predica en la misa, otras durante el día: unas veces organiza una misión, otras es un sermón de circunstancias; pero el resultado es siempre la transformación de las costumbres y reforma de vida. En 1423 desarrolla su actividad reformadora en Mantua, y por vez primera aparece allí su fuerza taumatúrgica. Según los relatos contemporáneos, al negarse el barquero a conducirle al otro lado del lago, lo atraviesa sobre su manteo, y a nadie sorprende tan estupendo milagro, pues todos son testigos de su ascetismo extraordinario y del abrasado amor de Dios que respira en su predicación.

 Pero el fruto de su apostolado no se limita a la transformación de costumbres y reforma de vastos territorios. En Venecia, donde predica en 1422, obtiene la fundación de una cartuja y de un hospital para infecciosos. Predica de nuevo en Verona en 1423, y de nuevo nos relatan los cronistas del tiempo un milagro estupendo obrado por él, cuando hace retornar a la vida a un hombre muerto en un accidente. La fama de su santidad y de la fuerza arrebatadora de su predicación toma proporciones nunca oídas. A partir del año 1424 llega a su apogeo. Ya no bastan las mayores iglesias para contener las grandes masas, ansiosas de escuchar la palabra ardiente de un santo. En Vicenza habla en la plaza pública a una multitud de veinte mil personas. En Venecia desarrolla en 1424 una actividad extraordinaria y acude la población entera a las plazas públicas para escucharle. Los grandes carteles, en que ostenta el anagrama de Jesús, producen un efecto admirable. De allí pasa a Ferrara, donde consigue tocar el corazón de sus habitantes, que renuncian en masa al lujo y a las diversiones pecaminosas.

 Parece imposible que su naturaleza débil y enfermiza pueda resistir un trabajo tan agotador, sobre todo si se tiene presente que lo acompaña con una vida extremadamente austera. Su aspecto exterior, tal como nos lo transmitieron los más afamados pintores del cuatrocientos, es el prototipo del ascetismo más exagerado, que contribuye eficazmente a la eficacia de su obra apostólica. Predica la Cuaresma en Bolonia, que se hallaba en rebelión contra el romano pontífice Martín V (1417-1431). Introduce un nuevo juego, haciendo pintar el nombre de Jesús en las cartas que se emplean. El pueblo y el mercader que se compromete en esta empresa la miran con recelo; pero, al fin, terminan todos por entusiasmarse con el invento, que trae consigo una transformación completa de la ciudad. Siguiendo la llamada de los florentinos, predica en Florencia durante el verano de 1424, y esta ciudad, prototipo de la elegancia y del lujo más exagerados, termina la misión organizando grandes hogueras, a las que las damas de la más elegante sociedad arrojan los objetos más preciados de sus vanidades. Más aún. Como recuerdo de tan importantes acontecimientos se hace pintar el anagrama de Jesús y se coloca en la fachada de la iglesia de la Santa Cruz.

 En medio de esta carrera de predicación en grande estilo de San Bernardino no podía faltar su turno a su ciudad natal, Siena. En efecto, después de predicar la Cuaresma en Prato, en 1425, llega a Siena a fines de abril, y allí derrocha tesoros de su más ardiente palabra apostólica durante cincuenta días. Entre sus oyentes se encuentra el gran humanista Eneas Silvio Piccolomini, el futuro papa Pío II (1458-1464). La ciudad en peso decide esculpir el anagrama de Jesús en el testero del Palazzo publicio. En Asís, en Perusa, en otras poblaciones renueva todas las maravillas de su predicación. En 1427 se hallaba en Viterbo, donde predica la Cuaresma y ataca duramente la usura, una de las plagas del tiempo.

 Esta campaña de 1418-1427, extraordinariamente fecunda en frutos de conversiones, renovación de costumbres y reforma fundamental de vida, constituye la primera etapa de la gran obra reformadora realizada por San Bernardino de Siena. Ahora bien, para conocer las características de la predicación de este gran orador cristiano debemos poner a la cabeza de todas su eminente santidad y austeridad de vida, que fascinaba a las multitudes y arrastraba con la fuerza irresistible del ejemplo. Mas, por lo que se refiere a la estructura literaria de sus sermones, no podemos tomar como ejemplos los esquemas latinos que se nos han conservado y podemos leer en sus obras, por ejemplo, en la edición crítica de las mismas, que se ha publicado en nuestros días. Porque su palabra viva y ardiente era completamente diversa de estos esbozos eruditos, a manera de tratados teológicos.

 De la verdadera elocuencia de su lenguaje popular y vivo nos dan una idea aproximada los Sermones vulgares, que uno de sus oyentes copió en su predicación de Siena en 1427 y han sido recientemente publicados. Aquí es todo vida, naturalidad, comunicación íntima con el auditorio. El orador, sin perder de vista el objeto primordial de su discurso, sigue la inspiración del momento, repite las cosas más difíciles, mezcla su discurso con frecuentes diálogos con el auditorio, prorrumpe en ardientes exclamaciones y apóstrofes, lo empapa todo con un espíritu sobrenatural y divino, que lleva la convicción a las almas y arranca de sus oyentes lágrimas de compunción y propósitos de reforma.

 Es admirable la maestría de esta oratoria, eminentemente popular y profundamente teológica y cristiana. Conserva siempre la dignidad de la cátedra apostólica; adáptase, en cuanto le es posible, a los oyentes que le escuchan y a las circunstancias del tiempo; fustiga las divisiones de partidos y los vicios más típicos de la época, sobre todo la usura, la sensualidad, el despilfarro, la vanidad, el espíritu pendenciero; pero siempre en una forma tan digna y elevada que aparecen su espíritu verdaderamente apostólico y las entrañas de misericordia de Dios, siempre dispuesto a acoger en sus brazos a los que de veras se arrepienten de sus vicios y pecados. En particular se observa que, a diferencia de Jerónimo Savonarola, se mantiene siempre alejado de los partidos y de toda significación política, y nunca se expresa de un modo desconsiderado contra ninguna clase de autoridades, eclesiásticas y aun civiles.

 Esto no obstante, el año 1427, cuando predicaba la Cuaresma en Viterbo, fue citado y tuvo que presentarse en Roma ante el papa Martín V. Habíase elevado una acusación contra él por la novedad que ofrecía su predicación sobre el nombre de Jesús y la propaganda que hacía de las estampas, tabletas e inscripciones de su anagrama. Al llegar a Roma se le prohibió subir al púlpito y fue obligado a mantenerse recluido hasta que se examinara y decidiera su causa. El Santo, lleno de la más humilde resignación y con la confianza puesta en Dios, obedeció sin ninguna especie de resistencia. Pero entonces mismo llegó su inseparable amigo y discípulo, predilecto, San Juan de Capistrano, quien supo exponer su causa en tal forma que el Papa se convenció de que la devoción del anagrama de Jesús no ofrecía ninguna dificultad teológica y, por el contrario, podía ser un resorte eficaz para fomentar la devoción del pueblo. La respuesta a los acusadores se dio públicamente, permitiendo el Papa que San Bernardino predicara en Roma durante ochenta días, en los que dirigió al pueblo romano ciento catorce sermones.

 Puesta así de relieve la santidad, y habiendo aumentado extraordinariamente la popularidad y reputación de su compaisano, los sieneses suplicaron al Papa que nombrara obispo de Siena a San Bernardino. El Papa accedió a tan justificados ruegos, pero el Santo se resistió. En cambio, entonces precisamente dio él comienzo a la segunda etapa de su vida apostólica. Desde agosto del mismo año 1427 desarrolla una intensa campaña en Siena, desgarrada entonces por las más encarnizadas divisiones. Los cuarenta y cinco sermones que entonces predicó, tomados literalmente por un copista y publicados en nuestros días, son la más clara prueba de la elocuencia popular, fuerza persuasiva y unción religiosa y aun mística de su predicación.

 Luego siguió un amplio recorrido por la Toscana, Lombardía, Romaña, Marca de Ancona. La madurez de su criterio y experiencia, la eximia santidad de su vida y la aureola de reputación que lo acompañaba, todas estas circunstancias juntas producían un efecto sin precedentes. Nada se resiste a su arrolladora elocuencia. Así, con su palabra de fuego, consigue fácilmente detener a los sieneses en su ya iniciada guerra contra Florencia. Precisamente en esta ocasión el emperador Segismundo se encuentra en Siena y traba con él la más íntima amistad, y en abril de 1433 le lleva consigo a Roma.

 Desde 1433 se inicia la última etapa de la vida de San Bernardino. Retirado al convento de Capriola, se dedica tres años al trabajo de redacción de sus obras.

 En 1436 dedícase de nuevo dos años a la predicación. En 1438 es nombrado vicario general de los conventos de la observancia, y en inteligencia con Eugenio IV (1431-1447), que tan decididamente la favorecía, trabaja desde entonces en fomentarla por todas partes. Es significativa, en este sentido, la carta dirigida el 31 de julio de 1410 a todos sus súbditos. Con la anuencia de Eugenio IV toma como ayudante en esta obra de reforma regular a San Juan de Capistrano, su más insigne discípulo, émulo de su elocuencia popular y de la eximia santidad de su vida. En esta forma visita las provincias de Génova, Milán y Bolonia. Es un nuevo campo, donde realiza una labor sumamente provechosa.

 Finalmente, en 1442, admite el Papa su renuncia a este cargo. Parece que podía entonces dedicarse al descanso. Pero su espíritu apostólico no se lo permite. Agotado por las fatigas de tantos años de predicación y por una vida de continuas austeridades y la observancia más estricta de la disciplina religiosa, siente reanimarse su espíritu entregándose de nuevo a la predicación. Así lo vemos en Milán, en el otoño de 1442, donde combate la herejía de un tal Amadeo; predica en Padua en 1443 una serie de sesenta sermones, que, copiados literalmente por uno de sus oyentes, constituyen, una de las mejores joyas de la elocuencia sagrada; tiene que negarse a predicar en Ferrara, y aparece luego en Vicenza. A principios de 1444 tiene un breve descanso en su querido convento de Capriola, donde acaba de revisar algunas de sus obras, en particular sus Discursos sobre las Bienaventuranzas. Al exponer el Bienaventurados los que lloran da suelta a su tierno corazón por la honda pena que acababa de experimentar por la muerte del hermano Vicente, compañero suyo inseparable durante veintidós años. "Débil de cuerpo —exclama—, con frecuencia yo he estado enfermo. Entonces él me sostenía, él me conducía. Si mi cuerpo se sentía débil, él me alentaba. Si me sentía decaído o negligente en el servicio de Dios, él me excitaba. Yo era imprevisor, olvidadizo; pero él velaba por mí. ¿Cómo me has sido arrebatado, oh Vicente? ¿Cómo me has sido arrancado, tú que eras como una misma cosa conmigo, tú que eras tan conforme a mi corazón?"

 Tal es San Bernardino al final de su vida: el gran predicador popular, que ha transformado con su palabra y ejemplo comarcas enteras de Italia; el gran propagador de la devoción del nombre de Jesús, a la que dedicó escritos maravillosos; el gran entusiasta de la devoción a María; el gran reformador y defensor de la observancia; el enamorado de Cristo al estilo de su padre, San Francisco de Asís. Es un sol que se halla en su ocaso. Todavía quiere predicar a Cristo. Sacando fuerzas de flaqueza, se decide a ir a predicar a Nápoles. En el camino predica en varios lugares; obra varios milagros; se detiene en Asís, en Santa María de los Angeles; pero, llegado a Aquila, rendido al cansancio, muere el 20 de mayo, víspera de la Ascensión. Seis años después, el 24 de mayo de 1450, el papa Nicolás V (1447-1555), cediendo a los clamores del pueblo cristiano, le eleva al honor de los altares.

 San Bernardino de Siena es, indudablemente, uno de los más grandes santos del siglo XV, uno de los mejores modelos de la predicación popular cristiana, uno de los más preciosos ejemplos de aquel puro y encendido amor de Cristo, tan característico de su padre San Francisco de Asís y del espíritu franciscano de todos los tiempos.

 BERNARDINO LLORCA, S. I.

Santa Maria de la Caridad del Cobre, 20 de Mayo

20 de mayo


SANTA MARIA DE LA CARIDAD
DEL COBRE

PATRONA DE CUBA



En El Cobre, poblado minero de la provincia de Oriente, fue consagrado en 1927 el actual santuario nacional a la Virgen de la Caridad. La advocación no es oriunda de Cuba: el año 633 fundó San Ildefonso el monasterio de Illescas, y la tradición dice que él llevó allí la imagen de Nuestra Señora de la Caridad, que todavía existe en la villa toledana, en el santuario construido por el Greco en 1600. La advocación es frecuente en la costa andaluza: en Cádiz, desde que Juan de Austria fundó una cofradía bajo esa advocación, para la tripulación de las galeras. Loja la tiene por Patrona. Y hasta cerca de Avila se conoce una imagen de la Virgen de la Caridad ante la cual rezó Santa Teresa.

 Posiblemente la advocación cubana llegó directamente de Sanlúcar de Barrameda. Durante más de un siglo, después del tercer viaje de Colón, salían de allí las naves que iban a América; y hoy está confirmada la devoción que los marinos sanlucareños sentían por la Virgen de la Caridad venerada en Bonanza y en la Cofradía del Puerto de Santa María.

 Dos hermanos indios llamados Juan Rodrigo y Juan Diego Hoyos, a los que se añadió un muchacho de la raza negra también llamado Juan según la tradición, obreros todos del hato de Barajagua, que se encontraba muy cerca de una mina de cobre, fueron comisionados para conseguir sal en la costa norte de la isla. Llegaron hasta el río Mayarí, y por él salieron a la gran bahía de Nipe, alojándose en un pequeño cayo llamado Francés o Vigía con objeto de pasar la noche y salir muy de mañana para la salina. Una tormenta inesperada les impidió realizar el proyectado viaje, y hasta tres días tuvieron que permanecer en el cayo por el mal tiempo. Hacia la medianoche del cuarto día cesó el viento; los tres Juanes tomaron la canoa antes de salir el sol, y a medida que avanzaban notaron que en la lejanía, sobre la superficie tranquila del mar, había algo que no era un ave acuática de las conocidas. Remaron con mayor curiosidad; los primeros rayos del sol iluminaron plenamente aquel bulto navegante. Cuando lo tuvieron frente a frente se dieron cuenta de que era una talla de madera de unos cuarenta centímetros de alto y la inscripción: "Soy la Virgen de la Caridad". Esto sucedía entre los años 1604 y 1608.

 Podemos imaginarnos fácilmente la variedad de sentimientos que experimentarían aquellos nativos cubanos ante semejante hallazgo. Habrían oído hablar muchas veces de la Virgen y de sus apariciones; era la devoción más propagada por los evangelizadores hispanos en el Nuevo Mundo. Pero jamás se imaginarían que habrían de encontrar sobre las aguas del mar una imagen de María. En la escasa literatura sobre esta advocación mariana no encontramos que se interpreten los hechos bajo el signo del milagro. La etapa milagrera comenzará después. Inicialmente parece que ellos recogieron la imagen como quien recoge un objeto precioso que otro ha perdido sobre las aguas. Pero esta interpretación tan poco espiritual no le restó, ni le restará nunca, intensidad a la veneración que sintieron todos por aquel pedazo de madera que representaba a la Madre de Jesucristo.

 La imagen provenía de una nave española, de las muchas que zarpaban de Sanlúcar. Es cierto que usaban el verbo sustantivo en las tablas onomásticas de las naves y, por tanto, la leyenda podía referirse a la imagen o a la embarcación bajo cuyo patrocinio navegaba. La razón de aparecer flotando sobre las aguas antillanas es más difícil de determinar. Se dice que los marinos, durante las tempestades, echaban al mar alguna imagen para conseguir por su intercesión que el mar se apaciguara. También se dice que, en momentos de gran calma, los marinos colocaban la imagen en el mar, sobre una balsa, y de esa manera determinaban la dirección de las corrientes marinas que podían ayudarles a avanzar.

 Los afortunados indios transportaron la imagen al hato; improvisaron un altar, y la devoción popular comenzó a desarrollarse y a manifestarse: plegarias ante la imagen, flores siempre frescas para la Virgen. Un día desapareció la imagen de su sitio. Entonces comenzó la etapa milagrera de la advocación cubana. Desaparecerá varias veces; la cambiarán de sitio, interpretando posibles deseos de la Virgen; se repetirán las desapariciones. Apolonia, una niña india, encontrará un día la imagen, o dirá que había visto la imagen, sobre unas rocas cercanas a la mina de cobre. En el mismo lugar alguien verá una luz misteriosa tres veces consecutivas, y la voz popular fue que la Virgen deseaba en aquel sitio una ermita. Las historias dicen que el lugar era de tan difícil acceso que hubo que modificar, sin embargo, un poco la situación.

 La devoción creció y la ermita llegó a ser capilla, iglesia, santuario. Varias veces los temblores de tierra o los huracanes destruyeron el edificio, y otras tantas los devotos de la Virgen lo reconstruyeron. La generosidad de los cubanos fue enriqueciendo los adornos de la imagen, hasta provocar un robo sacrílego; el ladrón se atrevió a mutilar la talla para llevarse las piedras preciosas que tenía incrustadas; pero se pudo recuperar todo providencialmente. La dulce talla de madera oscura es hoy un verdadero joyero cubierto de mantos preciosos.

 Los favores que se atribuían a la Virgen eran tan numerosos y tan extraordinarios, que se llegó a invocarla con el nombre de Nuestra Señora de la Caridad y de los Remedios. Los exvotos fueron inundando el altar de tal manera que hubo que acudir a la solución —en el actual santuario— de una gran capilla debajo del altar de la Virgen, para acumular en ella todos esos regalos. Uno de los últimos es la medalla de oro del premio Nobel ganado por el novelista Hemingway.

 Cuando prendió en los cubanos el deseo de la independencia, la devoción a Santa María de la Caridad del Cobre estaba tan metida en el corazón de los nativos que iba a ser la devoción insignia de los libertadores. Los insurrectos se encomendaban a la Caridad —como se dice vulgarmente—, antes de salir para el campo de batalla, y llevaban a la guerra un pequeño recuerdo sagrado que consistía en una cinta del tamaño de la imagen. El 20 de mayo de 1902 adquirió Cuba la soberanía y, pocos años después, el 8 de septiembre de 1916, a petición de los veteranos de aquella guerra, el papa Benedicto XV le concedía a la advocación cubana el título de Patrona principal de la República.

 La fiesta litúrgica de la Patrona de Cuba, sin oficio ni misa especial aún, se celebra el 8 de septiembre, pero la importancia que tuvo la devoción de los libertadores durante la gesta independentista permite que cada año, al celebrarse la instauración de la República el 20 de mayo, fiesta nacional, no falte el homenaje a la Patrona de Cuba, a la Virgen Mambisa (mambises se llamaba a los que peleaban por la independencia).

 La ignorancia religiosa y ciertos residuos ancestrales de los esclavos africanos que llegaron a Cuba durante la colonización ha fomentado supersticiones y prácticas piadosas a la Virgen de la Caridad no del todo ortodoxas. En definitiva, ello prueba la antigüedad de la devoción y lo arraigada que siempre ha estado en el corazón de las capas sociales más humildes de la nación. Por eso, sin duda, el santo obispo de Santiago de Cuba, monseñor Claret, explotaba bien este sentimiento de filial devoción mariana escribiendo así en su carta pastoral del 25 de marzo de 1853: "La verdadera devoción a Nuestra Señora de la Caridad consiste en abstenerse de todo pecado, en imitar sus virtudes, en tributarle algunos obsequios, en frecuentar los santos sacramentos y en hacer bien, con agrado y perseverancia, las devociones y demás cosas de su servicio".

 ALBERTO J. VILLAVERDE, S. I.

   

19 may 2014

El amar del hombre, no es igual al amar de la mujer


El amar del hombre, no es igual al amar de la mujer

El amor de un hombre es el mundo y el mundo de una mujer es el amor
Autor: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net

El hombre y la mujer reaccionan de diferente manera en su forma de amar.
El amor no significa lo mismo para el hombre que para la mujer.
Saber esto, es saber ya desde el noviazgo que habrá que estar dispuesto a poner esfuerzo para comprender mejor al otro.

Alguien escribió: El amor de un hombre es el mundo y el mundo de una mujer es el amor.
Estas palabras ilustran bastante bien la importancia que cada sexo atribuye al amor. El hombre está volcado al mundo que debe construir y organizar.
El amor que él tiene por su mujer y el amor que le llega desde su mujer, son ciertamente muy importantes para él.
Pero vistas sus obligaciones que tiene en el mundo de su profesión, de su actividad va descubriendo cosas que tiene que hacer y organizar y que le lleva tiempo. Y eso le acapara gran parte de su mente.

La mujer no es indiferente a lo que pasa en el mundo pero para ella lo más grande es el amor. Decir que el amor es algo importante para una mujer, no es suficiente, es necesario decir también que el amor, para una mujer, es todo. Porque la mujer se da totalmente en su amor, no sabe darse hasta la mitad: ella se da enteramente y para siempre.

Un novio que no sospecha el inmenso lugar del amor en el corazón de la novia, no podrá comprenderla.
Lo mismo un esposo que no es consciente de la primacía del corazón en su esposa, no llega a llevarla a la felicidad.

El amor del hombre es un amor de iniciativa, de conquista. Así vemos comúnmente que es el muchacho el que va en busca de la chica y le declara su amor. La chica acepta o rechaza.
Porque en el amor, la actitud femenina es una actitud de acogida del otro, de disponibilidad hacía el otro. La mujer cuando ama tiene una total entrega.

Otro rasgo que caracteriza el modo de amar propio de cada sexo es la rapidez con que el hombre llega a reacciones físicas y la lentitud de la mujer frente a estas mismas reacciones.
Para hablar claramente y se entienda bien, el hombre no tiene necesidad de larga preparación para sentirse preparado para el acto conyugal. Esta disposición es provocada con mucha facilidad en él.

Puesto en presencia de la mujer atractiva, todo hombre se sentirá rápidamente atraído. Muy pronto experimentará el poderoso dinamismo del instinto. Es que la sexualidad del hombre está más concentrada y localizada que la sexualidad de la mujer. En la mujer está como más distribuida, como más oculta en todo su cuerpo.

Alguien lo graficaba muy bien así: el hombre es como una estufa eléctrica: se enciende y ya calienta. La mujer es como un hogar, necesita tiempo para distribuir su calor. 
Los esposos deberán tener muy en cuenta estas dos actitudes sobre la marcha que deben dar a su intimidad amorosa. La esposa siempre necesita de una amorosa preparación.

A la mujer no le basta ser amada y amar. No basta que uno se entregue y que uno gane la vida para ella y para los hijos.
A ella le gusta y le hace falta, que aquel que la ama se lo diga y a veces no necesita palabras: con señales y actos de afecto y ternura.

Que los novios y los maridos que deseen hacer feliz a su novia o a su esposa se acuerden de esto y, por su parte, vamos a rogar que las esposas sean comprensivas por los olvidos que con frecuencia tenemos los esposos. 
Salvador Casadevall
salvadorcasadevall@yahoo.com.ar

REFLEXIONES DESDE LA FAMILIA............para acompañar a vivir

Galardonado con la Gaviota de Oro-Mar del Plata 2007
"Día Internacional de la Mujer"

Los tres primeros libros y las grabaciones ya están disponibles
(54 11) 4903-6242 15.4062-0521 Fax 4719-5346

Estas reflexiones pueden encontrarse en los siguientes portales:
www.es.catholic.net de México
www.mensajesdelalma.org de Argentina
www.diosesamor.netfirms.com de Argentina

Si usted tiene la oportunidad de incluirlas en algún portal, rogamos nos lo haga saber.

Santo Evangelio 19 de Mayo de 2014

Día litúrgico: Lunes V de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 14,21-26): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él». Le dice Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?». Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho».


Comentario: Rev. D. Norbert ESTARRIOL i Seseras (Lleida, España)
El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho

Hoy, Jesús nos muestra su inmenso deseo de que participemos de su plenitud. Incorporados a Él, estamos en la fuente de vida divina que es la Santísima Trinidad. «Dios está contigo. En tu alma en gracia habita la Trinidad Beatísima. —Por eso, tú, a pesar de tus miserias, puedes y debes estar en continua conversación con el Señor» (San Josemaría).

Jesús asegura que estará presente en nosotros por la inhabitación divina en el alma en gracia. Así, los cristianos ya no somos huérfanos. Ya que nos ama tanto, a pesar de que no nos necesita, no quiere prescindir de nosotros. 

«El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14,21). Este pensamiento nos ayuda a tener presencia de Dios. Entonces, no tienen lugar otros deseos o pensamientos que, por lo menos, a veces, nos hacen perder el tiempo y nos impiden cumplir la voluntad divina. He aquí una recomendación de san Gregorio Magno: «Que no nos seduzca el halago de la prosperidad, porque es un caminante necio aquel que ve, durante su camino, prados deliciosos y se olvida de allá donde quería ir».

La presencia de Dios en el corazón nos ayudará a descubrir y realizar en este mundo los planes que la Providencia nos haya asignado. El Espíritu del Señor suscitará en nuestro corazón iniciativas para situarlas en la cúspide de todas las actividades humanas y hacer presente, así, a Cristo en lo alto de la tierra. Si tenemos esta intimidad con Jesús llegaremos a ser buenos hijos de Dios y nos sentiremos amigos suyos en todo lugar y momento: en la calle, en medio del trabajo cotidiano, en la vida familiar.

Toda la luz y el fuego de la vida divina se volcarán sobre cada uno de los fieles que estén dispuestos a recibir el don de la inhabitación. La Madre de Dios intercederá —como madre nuestra que es— para que penetremos en este trato con la Santísima Trinidad.

19 de mayo SAN PEDRO CELESTINO monje y papa dimitido

19 de mayo


SAN PEDRO CELESTINO
monje y papa dimitido

 († 1296)



El año 1215, en un pueblo de la región de los Abruzos, perteneciente al reino de las Dos Sicilias, nació el que más tarde sería el papa Celestino V. En su misma autobiografía nos describe a sus padres, Angelerio y María, con estas palabras: "Ambos eran justos a los ojos de Dios y muy alabados por los hombres; daban limosna y acogían a los pobres de muy buena gana en su casa. Tuvieron doce hijos, a semejanza del patriarca Jacob, y siempre pedían al Señor que alguno de ellos sirviese a Dios. De esta familia ejemplarmente cristiana el niño Pedro fue el undécimo retoño.

 Regía entonces los destinos de la Iglesia y de toda la cristiandad el gran pontífice Inocencio III, que moriría al año siguiente en el apogeo de la gloria del Pontificado. Su bienhechora influencia se extendía a todos los Estados de Europa, que, gracias a su autoridad, acatada por emperadores, reyes, ciudades y señores feudales, se había mantenido en una armonía fecunda. Un siglo más tarde el edificio cristiano de la Europa medieval presentaría grietas alarmantes, que los sucesores inmediatos de Inocencio III, entre los cuales se encuentra nuestro Santo, no acertarían a restañar.

 Pedro pasó la niñez y juventud en su mismo pueblo, junto a su madre, que fue también, su primera maestra en la santidad. Ella estaba amargada porque ninguno de sus diez primeros hijos servía a Dios. Y se quejaba: "¡Miserable de mí! ¡Tantos hijos y que ninguno sea siervo de Dios!" Oyéndola repetir esto su hijo undécimo, que contaría entonces cinco o seis años, empezó a decirle: "Quiero ser un buen siervo de Dios." Ella entonces resolvió encaminarle al estudio de las letras, a pesar de la contradicción de los restantes hermanos. Como había ya quedado viuda tuvo que imponerse considerables sacrificios; pero Dios los premió, ya que, al poco tiempo, el pequeño Pedro, según cuenta él mismo, leía el Salterio.

 En este ambiente familiar cristiano y austero, donde la providencia de Dios pudo palparse claramente repetidas veces, y en el que su madre era también la íntima confidente, creció en edad y en ganas de servir a Dios nuestro Santo. Sus deseos se inclinaban decididamente hacia la vida de los anacoretas. Tenía más de veinte años cuando, al fin, se resolvió con otro compañero a dejar el pueblo y dirigirse a Roma "para pedir consejo a la Iglesia".

 Salieron ambos, pero, al término de la primera jornada de camino, su compañero quiso volver al pueblo; hizo la segunda jornada solo y, llegando a Castelsangro, lluvias torrenciales y ríos desbordados le impidieron proseguir hacia Roma. Invocando el auxilio divino permaneció allí muchos días, hasta que supo que un solitario habitaba en los montes vecinos. Entonces compró dos panes y algunos peces y se subió a la montaña, en pleno mes de enero, con nieve abundante. Encontró vacía la celda de aquel ermitaño y se quedó allí, empezando una vida de gran austeridad y oración casi continua.

 Las primeras vivencias fueron de una gran paz y alegría espiritual y abundancia de consolación sensible; pero no tardó mucho en llegar la desolación purificadora del alma, con multitud de tentaciones, "lo mismo estando despierto que durmiendo". En los mismos principios de su vida eremítica se trasladó a otra montaña, donde cavó un hoyo debajo de una roca, en el cual con dificultad podía estar en pie o echado. Aquí permaneció tres años.

 Empezó pronto el ir y venir de las gentes en torno a él. Le aconsejaban que recibiera la ordenación sacerdotal. Se dejó convencer y partió para Roma, donde fue ordenado sacerdote. De vuelta, al pasar por Monte Murrone, encontró una cueva que le gustó y allí se quedó. Los cinco años que duró su estancia en ella fueron tiempos de tribulación espiritual en torno a la celebración de la misa. Le parecía que, si celebraba, se reuniría gente allí y perdería la soledad; que le ofrecerían limosnas y peligraría su pobreza, y, además, se consideraba indigno. Estaba ya determinado a volver a Roma a pedir consejo al Papa, cuando se le apareció en sueños el abad que le había impuesto el hábito de ermitaño y se cambió entre ellos este diálogo: "Celebra misa, hijo; celebra."

 El objetó: "Pero, si San Benito y otros muchos santos no quisieron tocar tan gran misterio, ¿Cómo yo, pecador, puedo considerarme digno?"

 El abad respondió: "¡Pero hijo! ¿Digno? ¿Quién es digno? Celebra misa, hijo, celébrala con temor y temblor."

 El dictamen del confesor concordó. Y desaparecieron las dudas.

 El ejemplo de su vida, tan austera soledad, ayuno, oración y la fama de santidad empezaban a atraerle discípulos, cuando tuvo que abandonar Monte Murrone, pues, habiendo sido talados los bosques cercanos y empezando a cultivarse las tierras, peligraba su separación del mundo. Buscando la soledad, se refugió con sus primeros discípulos en otra cueva de Monte Maiella. Su irradiación espiritual creció, y, con ella, el número de discípulos y la devoción de las gentes; muchos dejaban el mundo y se ponían a su disposición para servir a Dios; él los rechazaba cuanto podía, excusándose en sus pocos conocimientos y en su deseo de soledad; pero frecuentemente, vencido por su caridad, los admitía. Así nació la congregación de los "Celestinos", cuyos estatutos aprobó Gregorio X en 1274; ya entonces contaba con dieciséis monasterios.

 Durante largos años de permanencia en Monte Maiella empezó a manifestarse el abundante carisma de milagros que había de ser una de las características más salientes de su vida.

 Se encontraba de nuevo en Monte Murrone, pasando visita a los monasterios de su Orden, cuando, inesperadamente, recibió al arzobispo de Lyon con un séquito de prelados, embajadores del cónclave, notificándole que había sido elegido Sumo Pontífice y rogándole su aceptación. La elección había tenido lugar el día 5 de julio de 1294; el elegido rondaba ya los ochenta años.

 Su elección llenó de júbilo a amplios sectores de la Iglesia. Su fama de santidad era sólida y muy extendida, y eran muchos —joaquimitas, fraticelos, "espirituales"— los que creían que la barca de la Iglesia necesitaba de un piloto santo y espiritual para ser sacada del atolladero en que parecía encallada. Y aun para los que no compartían esta opinión no dejaba de representar un alivio el hecho de la terminación de un interregno que duraba ya más de dos años, desde el 4 de abril de 1292, en que muriera Nicolás IV. Tanto más cuanto que la persona del santo anacoreta había vencido las disensiones que existían entre los miembros del Sacro Colegio, —Orsinis y Colonnas—, obstáculo que había llegado a parecer insuperable. Detrás de este antagonismo se encontraba la influencia creciente que Francia venía ejerciendo sobre el Pontificado a partir de la ruptura de éste con la casa imperial de los Hohenstaufen.

 Todas estas causas se conjugaron en la gran apoteosis que fue su traslado a Aquila, donde recibió el homenaje de todo el Sacro Colegio de cardenales, la consagración episcopal y la coronación como Sumo Pontífice. El rey de Nápoles, Carlos II de Anjou, de quien había sido súbdito hasta entonces, y cuya influencia sobre el nuevo Papa se haría cada vez más avasalladora, y su hijo Carlos Martel, rey electo de Hungría, conducían las riendas del humilde asno en que montaba Celestino V. Tolomeo de Lucca nos cuenta que cuando llegó a Aquila corrían las gentes de los alrededores hacia él para pedirle la bendición, y el futuro Santo tenía que estar todo el día en la ventana, reclamado por el clamor de los que pedían les bendijese. El mismo cronista nos dice que para la coronación, que tuvo lugar el 29 de agosto, se congregaron más de doscientas mil personas.

 Pero su temperamento insociable, su extrema sencillez y su desconocimiento de las cosas humanas y de los negocios del gobierno le acarrearon en seguida graves dificultades en el ejercicio de su alto cargo.

 Contra el consejo de los cardenales, no sólo rehuyó ir a Roma —sobresaltada por luchas ciudadanas—, sino que se trasladó al mismo Palacio Real de Nápoles, donde trató de conjugar su rango pontificio con el deseo de soledad haciendo construir una cabaña dentro de sus habitaciones, a la que se retiraba para no interrumpir las largas horas de oración. Por otra parte, el despacho de los asuntos de la Curia iba de mal en peor, y la supeditación del Papa al rey de Nápoles (segundón de la dinastía francesa de Anjou) llegó al colmo cuando, al crear doce cardenales poco después de su elevación al Pontificado, escogió siete franceses y tres súbditos napolitanos.

 Ante esta situación caótica, de la que Celestino V no dejó de darse cuenta, se convenció también de su incapacidad, y fue entonces cuando dio el gran ejemplo de humildad y despego de las grandezas y honores de la tierra, y, con ello, la medida de su perfecta caridad para con Dios. A pesar de que algunos le aconsejaban que dejara el gobierno de la Iglesia en manos de los cardenales y que él se retirara a la oración conservando el honor del Sumo Pontificado, quiso que se estudiara la posibilidad de la abdicación del Romano Pontífice, cuestión confusa y discutida por aquel entonces. Recibida respuesta afirmativa, mandó componer una bula en la que se declaraba que el Papa puede renunciar a sus poderes. De hecho, el Papa no es más que el obispo de Roma, y su aceptación y permanencia en el cargo es libre, y, siendo el bien de la Iglesia la suprema ley, puede llegar a darse el caso en que la renuncia sea obligatoria en conciencia. El día 13 de diciembre de 1294 se presentó solemnemente revestido de pontifical ante el Colegio Cardenalicio y, prohibiendo que nadie le interrumpiera, leyó él mismo la bula y abdicó. Salió del Consistorio y volvió a entrar dentro de poco vestido de simple monje. Había gobernado la Iglesia alrededor de cinco meses.

 Diez días después era elegido su sucesor Bonifacio VIII. Ante el peligro de cisma que suponía el que muchos exaltados no quisieran reconocer la validez de la abdicación de Celestino V, el nuevo Papa ratificó la dimisión e insertó la bula en el cuerpo del derecho canónico. Entretanto Celestino V, para asegurar su soledad, se había escapado de Nápoles y se encontraba ya cerca de la costa adriática con evidente intención de pasar a Dalmacia. Bonifacio VIII mandó guardias a recogerle, siendo conducido al castillo de Monte Fumone, junto a Anagni. Defendido allí contra cualquier intento perturbador, pudo continuar su vida ordinaria de oración, soledad y penitencia hasta mayo de 1296, en que murió.

 El papa Clemente V le elevó al honor de los altares en 5 de mayo de 1313. Había empezado el cautiverio de Avignon. Triunfaba plenamente aquella política de supeditación a Francia que había seguido San Celestino V y contra la cual había opuesto heroicamente la última resistencia Bonifacio VIII.

 JOSÉ PONT Y GOL


18 may 2014

Santo Evangelio 18 de Mayo de 2014

Día litúrgico: Domingo V (A) de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 14,1-12): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino». 

Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». 

Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre».


Comentario: Pbro. Walter Hugo PERELLÓ (Rafaela, Argentina)
Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí

Hoy, la escena que contemplamos en el Evangelio nos pone ante la intimidad que existe entre Jesucristo y el Padre; pero no sólo eso, sino que también nos invita a descubrir la relación entre Jesús y sus discípulos. «Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros» (Jn 14,3): estas palabras de Jesús, no sólo sitúan a los discípulos en una perspectiva de futuro, sino que los invita a mantenerse fieles al seguimiento que habían emprendido. Para compartir con el Señor la vida gloriosa, han de compartir también el mismo camino que lleva a Jesucristo a las moradas del Padre.

«Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14,5). Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto» (Jn 14,6-7). Jesús no propone un camino simple, ciertamente; pero nos marca el sendero. Es más, Él mismo se hace Camino al Padre; Él mismo, con su resurrección, se hace Caminante para guiarnos; Él mismo, con el don del Espíritu Santo nos alienta y fortalece para no desfallecer en el peregrinar: «No se turbe vuestro corazón» (Jn 14,1).

En esta invitación que Jesús nos hace, la de ir al Padre por Él, con Él y en Él, se revela su deseo más íntimo y su más profunda misión: «El que por nosotros se hizo hombre, siendo el Hijo único, quiere hacernos hermanos suyos y, para ello, hace llegar hasta el Padre verdadero su propia humanidad, llevando en ella consigo a todos los de su misma raza» (San Gregorio de Niza).

18 de mayo SANTA RAFAELA MARÍA DEL SAGRADO CORAZON

18 de mayo

SANTA RAFAELA MARÍA DEL SAGRADO CORAZON

 († 1925)


Santa Beata Rafaela María del Sagrado Corazón aparece en la Iglesia durante el siglo XIX. Porque es el siglo del liberalismo triunfante, ella y sus hijas se ceñirán las cadenas de una esclavitud de amor; y por que se intensifica la sagrada pasión del Cuerpo místico de Cristo, —su Vicario Pío IX bajaría a la tumba coronado de espinas— ungirán ellas ese Corazón llagado con la suave unción de su amor reparador y eucarístico. Espíritu éste de perenne actualidad —como recientes documentos pontificios lo confirman—, ya que hasta el fin de los tiempos el "Cristo total", Cristo viviente en su Iglesia, ofrecerá al Padre holocausto de reparación, intercesión y amor.

 Mas, ¿cómo iban a sospechar estos misteriosos y futuros destinos los cristianos y ricos terratenientes de Pedro Abad don Ildefonso Porras y doña Rafaela Ayllón, cuando amorosamente se inclinaban sobre la cuna de aquella niña —la décima de sus trece hijos—, que había venido al mundo precisamente el primer viernes de marzo —día 1— de 1850? Una fecha después llega para ella el que alguna vez llamará "el día más grande de nuestra vida", el de su bautismo.

 Para santa quería Dios a aquella niña y en tierra de santos la había hecho nacer. Más que de los califas, es Córdoba la ciudad de Eulogio y Speraindeo, de Alvaro y las vírgenes Flora y María, de los innumerables mártires. Con razón exclamará Rafaela: "Somos hijos de santos, ¡no degeneremos!"

 Si era cristianísimo el hogar donde su cuna se meció pronto lo iba a saber, aun a precio de lágrimas. Sólo cuatro años contaba cuando su padre, alcalde a la sazón, mostrando su religiosidad en el heroísmo, caía víctima de la caridad cuidando a los atacados por el cólera, que se ensañaba en la villa. Su viuda, verdadera mujer fuerte, hizo frente a todo, pero se reservó en especial la educación de las "dos perlitas", como eran llamadas en familia las dos únicas niñas, Rafaela y otra hermana cuatro años mayor que ella, Dolores.

 Pronto la mejor sociedad cordobesa y madrileña comenzó a sonreír a aquellas jovencitas finas, cultas, sumamente agraciadas. Pero... sólo quince años contaba Rafaela cuando, arrodillándose ante el altar de San Juan de los Caballeros, en Córdoba, consagró al Señor la azucena de su virginidad con voto de castidad perpetua. Era precisamente el día de la Anunciación de María, la Esclava del Señor. "¡Es tan hermosa —dirá más tarde— la flor de la pureza!" Aquella iglesia, por coincidencias providenciales, fue la primera que las Esclavas recibieron en propiedad.

 Ya es toda de Jesucristo Rafaela María y Él comienza a llevarla por el difícil camino que para su vida ha trazado. Su madre es todo su cariño, y cuando apenas cuenta diecinueve años la pierde casi de repente. "La muerte de mi madre —revelará ella, religiosa ya— abrió los ojos de mi alma con un desengaño tal que la vida me parecía un destierro,. Cogida a su mano le prometí al Señor no poner jamás mi afecto en criatura alguna terrena. Y Nuestro Señor, al parecer, cogió mi oferta, porque aquel día me tuvo toda ocupada en pensamientos sublimísimos de la vaciedad y nada que son todas las cosas de la tierra, y de lo único necesario que era aspirar a sólo lo eterno, que casi, o del todo, me desterró la pena".

 Pronto fueron quedando Rafaela y Dolores cada vez más solas y, por tanto, más libres, en la casona familiar, dueñas de pingüe patrimonio. Mas no las busquéis ya en las fiestas de Córdoba, sino junto a la cabecera de los más indigentes y repugnantes enfermos, tal vez contagiosos, de Pedro Abad; o junto a la clásica chimenea de campana que presenciara tan dulces escenas familiares, rezando con la servidumbre aquel rosario bendito que ayer guiara la madre muerta; o acaso barriendo y perfumando luego de flores la ermita de aquel Cristo venerado que llevara en la mesnada el abad don Pedro de Meneses cuando acompañaba al rey San Fernando en la conquista de Córdoba,

 En esta vida de difícil abnegación las sostenía el joven párroco, recién llegado a Pedro Abad. Intuyendo los futuros destinos de Rafaela, le escribió esta frase que, a la luz de los acontecimientos posteriores, aparece como profética: "Lucirá, y más que el sol, si mientras llega el día se mantiene en la oscuridad..." Ya veremos si era profunda la oscuridad, prenuncio de gloria, que la esperaba.

 Avanzan las dos hermanas en virtud, pero la maledicencia se ceba en aquellas vidas intachables y han de renunciar a su único apoyo: la dirección. Ya para entonces ambas han decidido entregarse, con todo su haber y su poseer, al Señor. Pero ¿dónde? El antiguo director y otros eclesiásticos cordobeses, a quienes se han confiado, deciden: pasarán unos meses de retiro y reflexión en las clarisas de Santa Cruz, de Córdoba, y luego... Abandonan, pues, de incógnito su fecundo apostolado en el Pueblo, aunque los pobres, al enterarse, reclaman entre lágrimas que vuelvan las señoritas".

 Ya está decidido el ingreso en la Visitación de Valladolid para que tornen a Córdoba como fundadoras de un pensionado; pero el Señor, que tiene otros planes, hace aparecer en este momento al "hombre providencial": don Antonio Ortiz de Urruela. Era este sacerdote guatemalteco varón de espíritu y talento no comunes, penitente, celoso, rectísimo —"el Padre de la verdad" le llamaban los andaluces, ¡y eran los tiempos del liberalismo militante!—, sabio jurista: en fin, una personalidad extraordinaria. El, que tenía profundamente grabada esta idea de Pío IX: "Por la reparación se salvará el mundo", estimaba a la naciente sociedad de María Reparadora, y aquella estima cristalizó en una realidad tangible: negocia que se trasladen desde Sevilla algunas religiosas, y en una casa propiedad de las hermanas Porras, con haberes de las mismas, queda fundado el noviciado, que pueblan, junto con éstas, otras jóvenes selectas dirigidas también de don Antonio, protector y alma de la obra. Rafaela y Dolores, que visten felices el hábito blanco y azul de María Reparadora desde el día del Sagrado Corazón —es el año 1875—, creen haber llegado al puerto. A su vez las madres graves comentan: :"Rafaelita es una joya. Aunque novicia, podría muy bien ser superiora". ¡Por algo lo haría Dios!

 ¿Criterios anticuados de la tradicional sociedad cordobesa? ¿Tesón de un protector que exige con excesivo celo y diversidad de miras una docilidad que las protegidas estiman incompatible con el bien de su religión? El caso es que, cuando la madre general y fundadora de la sociedad dio la orden de trasladar el noviciado a Sevilla, surgieron graves diferencias entre las religiosas y los eclesiásticos cordobeses, particularmente con don Antonio, escudo hasta entonces de la amenazada fundación, quien creyó tener graves motivos para defender la permanencia del noviciado en Córdoba. Sólo a las dos hermanas se traslucía lo angustioso de la situación. Las demás novicias veían a Rafaela orar en cruz con más asiduidad y redoblado fervor ante el sagrario. No sabían más.

 Por fin las religiosas de María Reparadora han de salir de Córdoba. ¡Momentos de perplejidad para aquellas almas ansiosas de cumplir la voluntad divina! De pronto corre entre las novicias una voz: "Las hermanas Porras no se van. Continuarán en la casa bajo la protección del señor obispo, y la dirección del padre Antonio". Y allí se queda, casi íntegro, el noviciado. Rafaela, por designación episcopal, comienza a ser superiora de aquel grupito de jóvenes que "de novicias se han pasado a fundadoras" —como les escribirá años adelante, en carta autógrafa, Su Santidad Benedicto XV—. Fray Ceferino González, el futuro cardenal de Toledo, tan conocido por sus profundas obras filosóficas, obispo a la sazón de Córdoba, expidió el decreto de erección del nuevo Instituto, bajo el nombre de "Adoradoras del Santísimo Sacramento e Hijas de María Inmaculada".

 Se acerca la primera emisión de votos cuando reciben una amistosa advertencia: "El señor obispo está introduciendo algunas variaciones en las reglas". ¿Algunas variaciones? ¡Dios mío!, ¿quién las conoce?: rejas en los locutorios, la exposición del Santísimo sólo los domingos... Y tienen veinticuatro horas de plazo para determinarse!

 —Madre, ¡no queremos estas reglas! —exclaman a una voz las novicias apenas recibida la intimación—. ¡Queremos las reglas de San Ignacio tal como las hemos observado hasta ahora!

 Rafaela ha buscado en la oración, su ordinario recurso, la serenidad y el acierto. Ahora están ella y su hermana conferenciando con don Antonio, quien les repite inspirado: "Dios escribe derecho con pautas torcidas". Mas el tiempo urge, ¿qué hacer? Dolores fue la primera en lanzar la idea: "¿Por qué no nos vamos?" ¡Signo divino de la unanimidad! Al mismo tiempo una novicia bajaba en nombre de todas: "Madre, arriba estábamos diciendo que por qué no nos vamos..."

 Y aquella noche misma, en connivencia con las sombras nocturnas, comienza el éxodo. Presidía la salida Rafaela, "pálida como una dolorosa"; Rafaela, que con entereza recibida de lo alto se puso al frente de las fugitivas, mientras Dolores quedaba en el palomar vacío para hacer frente a la polvareda que en pos dejaban.

 Las Hermanas de la Caridad, que tanta derrocharon con la Congregación naciente, las hospedaron en Andújar.

 Un fuerte apoyo les quedaba, don Antonio Ortiz, que, alcanzado por la tempestad, negocia en Madrid el establecimiento del noviciado. ¿Un apoyo? ¿No imagináis lo que va a suceder? Moría, en efecto, en la capital de España este santo sacerdote el día de su gran protector San José. Rafaela, anegada en paz sobrenatural, desgrana por tres veces ante el sagrario los versículos del Te Deum. Esta será siempre su respuesta ante el dolor.

 Pero "el hombre providencial", cuyo último suspiro recibió Dolores, dejaba al Instituto bajo la tutela del buen padre Cotanilla, S. I. En su persona pasaba, en cierto modo, a la Compañía de Jesús tan sagrada herencia. Y bajo su protección y la del obispo auxiliar, doctor Sancha, van a establecerse, ahora definitivamente, en Madrid. Vibra de nuevo en Andújar la voz juvenil: "¡Vamos!"

 Ya están en la estación, en medio de la oscuridad y bajo el aguacero, esperando el tren que las llevará a la capital. De las dieciocho que comenzaron esta aventura hacia Dios "ninguna se ha perdido". Muy bien escribió la primera historiadora de tales sucesos: "Cuando Dolores expuso al obispo auxiliar el recelo que le inspiraban las vocaciones, contestó el doctor Sancha: "Estos trastornos obran en las religiosas lo que la criba en la era: se queda el grano y la paja se la lleva el viento..." En aquel puñado de almas generosas tan tenazmente aventado no hubo más que trigo: no faltaba ni una".

 El primado de España, cardenal Moreno, al aprobar la nueva Congregación en 14 de abril de 1877, le imponía el nombre de "Reparadoras del Sagrado Corazón de Jesús", cambiado, al penetrar el Instituto en la órbita pontificia por el Decretum laudis, en aquel que, no determinación humana, sino su Divino Fundador había escogido: ANCILLAE SACRATISSIMI CORDIS IESU, "Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús". Por fin León XIII, en 29 de enero de 1887, aprobaba definitivamente el Instituto y temporalmente sus Constituciones, las suyas, aquellas por las cuales había luchado tan denodadamente. "Vuestras son, parecía decirles el santo legislador mediante una serie de providenciales coincidencias. Y lo dijo también por boca de quien más autorizado estaba para ello. Visitando en Roma nuestras madres al padre Becks, y expresándole su alegría por llevarse las tan deseadas Constituciones, alguien insinuó: "San Ignacio no hizo sus reglas para mujeres". A lo que repuso el padre General: "Las reglas de San Ignacio están llenas del Espíritu de Dios, y el Espíritu de Dios lo mismo es para hombres que para mujeres".

 Mas quien corta la rosa se lleva la espina, y ellas, que con mano audaz se habían acercado al rosal de Ignacio, participarían también en la "bendición" que él pidió a Dios para su obra: las persecuciones. "Diga al señor obispo de Cádiz —advertía la madre a una de sus hijas— que se prepare para las habladurías y calumnias que ha de oír de nosotras..." No obstante, palpando en las dificultades como en los éxitos una admirable providencia de aquel Corazón que es origen del Instituto, la madre María del Sagrado Corazón, con maravillosa prudencia y celo, pero sobre todo con la eficacia de su fervoroso espíritu sobrenatural, iba fundamentando sólidamente y perfeccionando todos los órdenes, primero como superiora, después —desde mayo de 1887— como general, la obra de su vida. Las fundaciones se multiplicaban; florecían las obras de apostolado que, juntamente con la adoración reparadora al Santísimo Sacramento, son esenciales en el Instituto: escuelas populares, colegios, casas de ejercicios, Congregaciones Marianas y de Adoradoras del Santísimo Sacramento, etc. Posteriormente, al ver a sus hijas sembrando la buena nueva en lejanas misiones de infieles, habrá exultado con nuevo gozo la que siempre soñó que su Instituto fuera "universal como la Iglesia".

 A la vez que lo infundía en su obra iba intensificándose en ella aquel, su admirable espíritu: amor reparador y encendido en celo por su gloria, hasta la inmolación total al Corazón de Cristo, sobre todo en el Sacramento de Amor, entrega filial y confiada al de la Inmaculada Madre; oración altísima y continua, que el Señor perfeccionaba con carismas divinos, y, sobre esta base, heroicas virtudes, entre las cuales destaca una humildad tal que alguien ha llegado a llamarla "la humildad hecha carne". La autenticidad de esta su virtud característica pronto se probaría —se estaba probando ya— en el más doloroso y encendido crisol: contradicciones, incomprensiones, desconfianzas de sus consejeras, aparentes fracasos, el total arrinconamiento, el largo y absoluto olvido...

 Un paso faltaba para que la fundadora viera definitivamente consolidada su obra: la aprobación definitiva de las Constituciones. En 1894 llegó este gozo. Al día siguiente de Nuestra Señora de las Mercedes León XIII las refrendaba con su autoridad infalible. Así, de manos de Aquella que es "redención de cautivos", recibían las Esclavas, para quedar gloriosa y perpetuamente ligadas, las dulces cadenas de la esclavitud que redime.

 Pero entonces vivía ya la madre su vida oculta de Nazaret, retirada en la casa de Roma. Graves dificultades internas que surgieron en el gobierno la movieron a renunciar al generalato, primero temporalmente a favor de su hermana Dolores —en religión madre María del Pilar—, quien, al presentar la dimisión el 3 de marzo del siguiente año, 1893, todas las que formaban la junta, fue elegida para sustituirla. De este modo colmaba el Señor los deseos de la madre, largamente acariciados: servirle en el más escondido rincón del Instituto y cooperar así a su gloria con la demostración palmaria de que Él, único Fundador, prescindía libérrimamente de instrumentos, como le había glorificado antes siéndole docilísimo en sus manos.

 Pero, ¿quién penetrará el abismo de penas, humillaciones e ingratitudes que sufrió en tan aflictivas circunstancias? "¡Por qué tempestad pasa esta navecilla!", escribirá la madre. ¡Si no rugiera también en su interior! Es la hora de exclamar: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?"

 Mas se diría que el Señor había permitido tan dolorosos golpes de cincel para hacer brillar más las facetas de sus heroicas virtudes, sobre todo de su humildad eximia, y así enjoyar a la Iglesia con nuevas galas. Se desconocen y conculcan sus derechos de fundadora, de madre, aun a veces de religiosa simplemente, y, una vez expuesto lo que su rectísima conciencia le dicta exponer, calla y se somete; ve que se la aísla progresivamente de las que en fuerza de los hechos son sus hijas, y ella se abraza más y más con el aislamiento y el silencio; rehuye insistentemente toda deferencia, todo privilegio, pues "Cristo y su Madre —dice— no los tuvieron"; quiere ser, como la última de las religiosas, no rogada, sino mandada, y cuando al fin lo logra se somete dócil y amorosamente aun a las órdenes más mortificantes aun a las simples insinuaciones de sus superioras, como la más rendida súbdita.

 Para ella el trabajo constante, lo más pobre de casa, las más bajas y fatigosas labores... Parecerá increíble, pero ni aun así cesan las desconfianzas en torno suyo, las humillaciones, las totalmente infundadas sospechas. Y llega aún la más dura prueba: la de comprobar, con el desgarrón íntimo que la injusticia causa, que, para explicar o cohonestar aquella aflictiva y anormal situación en que se la tiene aherrojada, se va divulgando, hasta formar ambiente, la especie de que su razón se ha nublado, como efecto del prolijo padecer. Sin otra réplica que la que sus virtudes y su proceder exquisito y perfectamente equilibrado ofrecen callada y constantemente, la madre se abraza con este nuevo dolor y, como Jesús en su pasión, una vez más, calla. Ha llegado a la cumbre del tercer grado de humildad, de la "locura de la cruz", que ella incesantemente pide como un tesoro, ignorando que ya lo posee.

 Y así, progresivamente, en un ocaso que es aurora, se va hundiendo en la sombra íntimamente dolorida por la humana ingratitud, pero serena con la serenidad y la dignidad del mártir. Y así recorre ese espinoso camino, sostenida por Dios, su único consuelo. Porque Él, siempre fiel con los suyos, en medio de la tormenta interior que a veces hace eco a la que exteriormente ruge, pone en el fondo de su alma como una íntima paz, y entre las oscuridades que la envuelven, y que el juicio de las criaturas sobre ella condensa más y más, hace que se filtre una tenue luz. Esa luz le infunde la seguridad de que a Dios buscó siempre con entera rectitud. El comprobar los frutos maravillosos de su actuación de ayer y su inmolación de hoy se lo reserva para la región de la luz.

 Pero aun ahora la alienta a veces con nuevas y más extraordinarias gracias: va manifestándosele en la Sagrada Eucaristía, ya mostrándosele en el mismo Divino Sacramento como amparando bajo su manto a la Congregación, por la cual teme; ya inspirándole aquella seguridad alentadora: "Si logro ser santa hago más por la Congregación, por las hermanas y por el prójimo que si estuviera empleada en los oficios de mayor celo".

 Bien necesitaba de estos alientos en su lento morir. Porque aquel apartamiento de todo en la plenitud de su actividad —a los cuarenta y tres años— tenía, en verdad, sabor de muerte. Era ella ahora el grano que cae en el surco y, para que su obra tenga vida y la tenga más abundante, ha de ir muriendo día tras día. Y así por más de treinta años...

 Durante este largo período la vida interior absorbe completamente sus energías. Todo lo demás queda inmolado y en una inacción que llamará ella "su mayor martirio".

 Y a fe que martirios no le faltaron nunca. Pero nada podía traslucirse al exterior. Abrazada más aún a la cruz de Cristo, reafirmándose con renovado fervor en el voto de perfección que tenía hecho hacia años, no veían en ella sino ese prodigio de humildad que torpemente hemos bosquejado, de caridad aun para con las que eran instrumento de sus penas, dulzura y abnegación, perfectísima observancia regular, vivificado todo por aquel su amor al Corazón sacramentado, amor que ya era, en progresión creciente, un encendido volcán.

 Sólo habría que reseñar en estos años un viaje suyo a Loreto y Asís —que encajaba a maravilla en el ambiente de Nazaret en que se desarrollaba su vida— y otro, más largo, a España. Por todas las casas que visitó fue dejando una estela de edificación. Las más jóvenes podían ahora comprobar lo que tantas veces oyeran a las ancianas sobre la madre fundadora. La cual, a la menor indicación de la que era para ella entonces representante de Dios, sin poder siquiera visitar en Valladolid a su hermana, que vivía en aquella casa retirada ya también del gobierno de la Congregación, "bajó de nuevo a Nazaret para seguir siendo allí súbdita hasta la muerte.

 Nunca, en efecto, volverá a tener ni una sombra de autoridad sobre ninguna del Instituto. Sin extrañarse nadie, verán a la madre, ya anciana, ayudando a poner las mesas a una postulante coadjutora recién llegada. El velo de olvido y silencio se va haciendo más tupido al correr los años. Cada vez más desconocida, llega un momento en que ni aun las que viven en la Congregación saben que la fundadora es ella. ¡Si aun lo ignora su director, y la madre, pudiendo hablar, calla! ¡Cómo iba a comprenderla ni consolarla! Dios es todo su consuelo. Dios, que, en frase de la madre, la tiene como identificada consigo en la total unión del "sacramento indisoluble".

 Este prolongado y doloroso holocausto había de consumarse en aras de su mayor amor. Como efecto de las muchas horas que pasaba de rodillas ante la Custodia, centro de su vida, contrajo en la rodilla derecha una enfermedad que poco a poco, entre graves dolores, la fue acabando. Los últimos ocho meses sobre todo, que pasó retenida en el lecho, fueron de acerbo sufrir.

 Y el 6 de enero del año santo 1925, en la única fiesta litúrgica que conmemora una adoración, brilló para ella la Epifanía eterna. Todo el Instituto se impregnó del buen olor de aquellas virtudes tan en la sombra practicadas. Y, al contemplar su radiante figura en la gloria de Bernini el 18 de mayo de 1952, rendía al Señor exultantes acciones de gracias porque, cumpliendo su promesa de ensalzar al que se humilla, había puesto los ojos en la humildad de su esclava.

Fue canonizada el 23 de enero de 1977.

 EVELIA SANCHEZ, A. C. I.