8 may 2014

Santo Evangelio 8 de Mayo de 2014

Día litúrgico: Jueves III de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 6,44-51): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo».


Comentario: Rev. D. Pere MONTAGUT i Piquet (Barcelona, España)
Yo soy el pan vivo, bajado del cielo

Hoy cantamos al Señor de quien nos viene la gloria y el triunfo. El Resucitado se presenta a su Iglesia con aquel «Yo soy el que soy» que lo identifica como fuente de salvación: «Yo soy el pan de la vida» (Jn 6,48). En acción de gracias, la comunidad reunida en torno al Viviente lo conoce amorosamente y acepta la instrucción de Dios, reconocida ahora como la enseñanza del Padre. Cristo, inmortal y glorioso, vuelve a recordarnos que el Padre es el auténtico protagonista de todo. Los que le escuchan y creen viven en comunión con el que viene de Dios, con el único que le ha visto y, así, la fe es comienzo de la vida eterna.

El pan vivo es Jesús. No es un alimento que asimilemos a nosotros, sino que nos asimila. Él nos hace tener hambre de Dios, sed de escuchar su Palabra que es gozo y alegría del corazón. La Eucaristía es anticipación de la gloria celestial: «Partimos un mismo pan, que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, para vivir por siempre en Jesucristo» (San Ignacio de Antioquía). La comunión con la carne del Cristo resucitado nos ha de acostumbrar a todo aquello que baja del cielo, es decir, a pedir, a recibir y asumir nuestra verdadera condición: estamos hechos para Dios y sólo Él sacia plenamente nuestro espíritu.

Pero este pan vivo no sólo nos hará vivir un día más allá de la muerte física, sino que nos es dado ahora «por la vida del mundo» (Jn 6,51). El designio del Padre, que no nos ha creado para morir, está ligado a la fe y al amor. Quiere una respuesta actual, libre y personal, a su iniciativa. Cada vez que comemos de este pan, ¡adentrémonos en el Amor mismo! Ya no vivimos para nosotros mismos, ya no vivimos en el error. El mundo todavía es precioso porque hay quien continúa amándolo hasta el extremo, porque hay un Sacrificio del cual se benefician hasta los que lo ignoran.

8 de mayo BEATO LUIS RABATA

8 de mayo

BEATO LUIS RABATA
confesor (+ 1490)

La iconografía suele pintar o esculpir a nuestro beato de pie y con una palma en la mano y en la frente clavada una flecha que le causó la muerte.

Nació en Erice (Trápani-Italia) en el año 1443. No sabemos muchas cosas de su nacimiento, niñez y juventud. Dicen los Procesos de su Beatificación de los años 1533 y 1573 que sus padres eran muy buenos cristianos y de humilde posición. Educaron a Luis y a todos sus demás hijos en el santo temor de Dios. Sobre todo su santa madre influyó en su alma inspirándole una tierna devoción a Jesús Eucaristía y a la Virgen María. Fueron siempre estas dos devociones las que mayormente vivió y desplegó en su celo sacerdotal.

De muy tierna edad, ingresó en la Orden del Carmen en el convento de la Anunciación de Trápani.

Hizo su noviciado con grandes anhelos de perfección, entregándose más tarde por su profesión, al servicio de dios con admirable generosidad.
Allí permanecían vivos los ejemplos maravillosos de San Alberto que, como él, había abrazado, siendo aún muy niño, la vida religiosa y que había gozado de tiernas apariciones de Jesús Niño. El joven Luis procuró imitar las virtudes de este gran Santo y, a decir de sus superiores y compañeros, parecía un doble del Santo tal como había llegado hasta ellos la historia de su vida.

Su humildad sufrió dura prueba cuando los superiores le mandaron se ordenara de sacerdote, pues, en su anonadamiento, nunca se juzgó digno de tan excelsa dignidad.

Una vez ya sacerdote, fue encargado por los superiores de la misión de predicar la palabra de Dios. Fuego eliano ardía en su corazón y no se daba descanso. Recorrió la mayor parte de los pueblos de Sicilia dejando en todos destellos de santidad. Ruidosas conversiones se realizaron por medio de su ardorosa palabra. Los milagros le acompañaban por todas partes. Muchos pecadores abandonaron sus caminos de perversión y no pocos incluso llegaron a abrazar la vida religiosa.

Su prudencia y santidad de vida eran tan notorias que los superiores sometieron de nuevo su humildad a prueba nombrándole prior del convento de Randazzo,  que era uno de los conventos llamados "reformados", en los que se vivía con rigurosidad en la observancia regular: mortificación, silencio, oración... Luis era modelo para todos sus hermanos a pesar de que todos allí emulaban la más elevada virtud y luchaban por cumplir con la máxima fidelidad la Regla carmelita.

Los Procesos de canonización (1533 y 1573) documentan la santa vida de nuestro Beato como ferviente religioso, que supo conciliar los deberes de una observancia impecable con los de su amor al prójimo, al que le obligaba su deber sacerdotal siempre iluminado por la caridad.

Al ver tanta santidad en un humilde religioso lleno de celo apostólico contra el vicio, un hombre perverso, Antonio Cataluccio, aprovechando la ocasión de que el Beato volvía de su postulación le arrojó una saeta a la cabeza, que lo dejó gravemente herido.

Malamente pudo llegar a su convento y aunque pidieron al Beato que denunciara al agresor, nunca quiso decirlo sino que de todo corazón lo perdonó e hizo por él especial oración.

Sufrió durante algunos meses fuertes dolores, que no le impidieron dedicarse a la más subida contemplación.

El Señor le reveló su cercano fin y el término de sus trabajos. Recibidos los últimos sacramentos sin perder la paz y su total conformidad con la voluntad de Dios, exhaló su último suspiro el 8 de mayo de 1490.

El papa Gregorio XVI, el 1842, aprobó su culto.

7 may 2014

Santo Evangelio 7 de Mayo de 2014

Día litúrgico: Miércoles III de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 6,35-40): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed. Pero ya os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día».


Comentario: Fr. Gavan JENNINGS (Dublín, Irlanda)
«El que venga a mí, no tendrá hambre»

Hoy vemos cuánto le preocupan a Dios nuestro hambre y nuestra sed. ¿Cómo podríamos continuar pensando que Dios es indiferente ante nuestros sufrimientos? Más aún, demasiado frecuentemente "rehusamos creer" en el amor tierno que Dios tiene por cada uno de nosotros. Escondiéndose a Sí mismo en la Eucaristía, Dios muestra la increíble distancia que Él está dispuesto a recorrer para saciar nuestra sed y nuestro hambre.

Pero, ¿de qué "sed" y qué "hambre" se trata? En definitiva, son el hambre y la sed de la "vida eterna". El hambre y la sed físicas son sólo un pálido reflejo de un profundo deseo que cada hombre tiene ante la vida divina que solamente Cristo puede alcanzarnos. «Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna» (Jn 6,39). ¿Y qué debemos hacer para obtener esta vida eterna tan deseada? ¿Algún hecho heroico o sobre-humano? ¡No!, es algo mucho más simple. Por eso, Jesús dice: «Al que venga a mí no lo echaré fuera» (Jn 6,37). Nosotros sólo tenemos que acudir a Él, ir a Él.

Estas palabras de Cristo nos estimulan a acercarnos a Él cada día en la Misa. ¡Es la cosa más sencilla en el mundo!: simplemente, asistir a la Misa; rezar y entonces recibir su Cuerpo. Cuando lo hacemos, no solamente poseemos esta nueva vida, sino que además la irradiamos sobre otros. El Papa Francisco, el entonces Cardenal Bergoglio, en una homilía del Corpus Christi, dijo: «Así como es lindo después de comulgar, pensar nuestra vida como una Misa prolongada en la que llevamos el fruto de la presencia del Señor al mundo de la familia, del barrio, del estudio y del trabajo, así también nos hace bien pensar nuestra vida cotidiana como preparación para la Eucaristía, en la que el Señor toma todo lo nuestro y lo ofrece al Padre».

Comentario: Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)
Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna

Hoy, Jesús se presenta como el pan de vida. A primera vista, causa curiosidad y perplejidad la definición que da de sí mismo; pero, cuando profundizamos, nos damos cuenta de que en estas palabras se manifiesta el sentido de su misión: salvar al hombre y darle vida. «Ésta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día» (Jn 6,39). Por esta razón y para perpetuar su acción salvadora y su presencia entre nosotros, Jesucristo se ha hecho para nosotros alimento de vida.

Dios hace posible que creamos en Jesucristo y nos acerquemos a Él: «Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 6,37-38). Acerquémonos, pues, con fe a Aquel que ha querido ser nuestro alimento, nuestra luz y nuestra vida, ya que «la fe es el principio de la verdadera vida», como afirma san Ignacio de Antioquía.

Jesucristo nos invita a seguirlo, a alimentarnos de Él, dado que esto es lo que significa verlo y creer en Él, y a la vez nos enseña a realizar la voluntad del Padre, tal como Él la lleva a cabo. Al enseñar a los discípulos la oración de los hijos de Dios, el Padrenuestro, colocó seguidas estas dos peticiones: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día». Este pan no sólo se refiere al alimento material, sino a sí mismo, alimento de vida eterna, con quien debemos permanecer unidos día tras día con la cohesión profunda que nos da el Espíritu Santo.

6 may 2014

El alimento que permanece para la vida eterna

El alimento que permanece para la vida eterna
Juan. 6,22-29. Pascua. Ayúdame Señor a buscarte a Ti como único alimento que permanece para la vida eterna. 
Autor: Víctor Alejandro Ramírez | Fuente: Catholic.net

Del santo Evangelio según san Juan 6,22-29

Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar, vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en la barca con sus discípulos, sino que los discípulos se habían marchado solos. Pero llegaron barcas de Tiberíades cerca del lugar donde habían comido pan. Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús. Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?» Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello». Ellos le dijeron: « ¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?» Jesús les respondió: «La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado».

Oración introductoria

Ilumina Señor mis pasos con tu palabra para que camine siempre por tus sendas. No dejes que convierta los medios en fines ni que pierda la conciencia de que sólo Tú eres el alimento que necesita mi alma en este peregrinar hacia el cielo. Te ofrezco esta meditación por todos aquellos hombres que sumergidos en las necesidades materiales no pueden levantar la vista hacia Ti.

Petición

Ayúdame Señor a buscarte a Ti como único alimento que permanece para la vida eterna.

Meditación del Papa Francisco

El Señor nos distribuye el pan que es su cuerpo, se hace don. Y también nosotros sentimos la "solidaridad de Dios" con el hombre, una solidaridad que no se acaba nunca, una solidaridad que nunca deja de asombrarnos: Dios se vuelve cercano a nosotros, en el sacrificio de la Cruz se humilla entrando en la oscuridad de la muerte para darnos su vida, que vence el mal, el egoísmo y la muerte.
Jesús esta noche también se dona a nosotros en la eucaristía, comparte muestro mismo camino, más aún se hace alimento, el verdadero alimento que sustenta nuestra vida, incluso en los momentos durante los cuales la calle se vuelve dura y los obstáculos retardan nuestros pasos.
Y en la eucaristía el Señor nos hace recorrer su camino, el del servicio, el compartir, el don. Lo poco que tenemos, lo poco que somos, si se comparte se vuelve riqueza, porque la potencia de Dios, que es la del amor, baja dentro de nuestra pobreza para transformarla.
Preguntémonos entonces esta noche, adorando a Cristo realmente presente en la eucaristía: ¿Me dejo transformar por Él? Dejo que el Señor que se dona a mi me guíe para hacerme salir de mi pequeño recinto, para salir y no tener miedo de donarme, de compartir, de amarle y de amar a los otros? (S.S. Francisco, 30 de mayo de 2013).

Reflexión 

Nuestra vida transcurre entre momentos de paz y de angustia, de alegría y de lágrimas, de bonanza y de necesidad. Una tendencia común es acordarse de Dios sólo en los momentos difíciles cuando necesitamos algo. Sin embargo, Dios nos espera con los brazos abiertos en todo momento, en cualquier circunstancia. 

Busquemos acercarnos a Él no sólo en el dolor sino también en la paz y la alegría de cada día para agradecerle lo que tenemos o simplemente para compartir con Él pequeños momentos de amistad y de cariño, como lo hacemos con un hermano o con un padre. No reduzcamos nuestro trato con Dios a simples peticiones. Dios quiere concedernos lo que le pedimos pues conoce nuestras necesidades, pero además de esto, quiere estar con nosotros, simplemente estar con nosotros dialogando de las pequeñas cosas que nos ocurren cada día.

Propósito

Antes de acostarme agradecer a Dios con una pequeña oración el día que nos ha regalado y pedirle fuerzas para vivir cristianamente el día siguiente.

Oración con Cristo

Señor Jesús, que cuando te busque no sea sólo para pedirte por mis necesidades inmediatas sino porque quiera estar contigo como un amigo. Enséñame a apreciar tu compañía y a buscarte en todos los momentos de mi vida. Que sepa prescindir de mis planes y cálculos humanos para abandonarme confiadamente en tus manos y dejarme guiar por tu providencia hasta el cielo, mi destino último.


Si tienes afecto desordenado a los bienes presentes, perderás los del cielo... No puedes llenarte con ningún bien temporal, porque no fuiste creado solamente para gozarlos. (Tomás de Kempis. La imitación de Cristo Libro III, Capítulo 16)


Santo Evangelio 6 de Mayo de 2014

Día litúrgico: Martes III de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 6,30-35): En aquel tiempo, la gente dijo a Jesús: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo». Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan». Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed».


Comentario: Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)
Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo

Hoy, en las palabras de Jesús podemos constatar la contraposición y la complementariedad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: el Antiguo es figura del Nuevo y en el Nuevo las promesas hechas por Dios a los padres en el Antiguo llegan a su plenitud. Así, el maná que comieron los israelitas en el desierto no era el auténtico pan del cielo, sino la figura del verdadero pan que Dios, nuestro Padre, nos ha dado en la persona de Jesucristo, a quien ha enviado como Salvador del mundo. Moisés solicitó a Dios, a favor de los israelitas, un alimento material; Jesucristo, en cambio, se da a sí mismo como alimento divino que otorga la vida.

«¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas?» (Jn 6,30), exigen incrédulos e impertinentes los judíos. ¿Les ha parecido poco el signo de la multiplicación de los panes y los peces obrada por Jesús el día anterior? ¿Por qué ayer querían proclamar rey a Jesús y hoy ya no le creen? ¡Qué inconstante es a menudo el corazón humano! Dice san Bernardo de Claraval: «Los impíos andan alrededor, porque naturalmente, quieren dar satisfacción al apetito, y neciamente despreciar el modo de conseguir el fin». Así sucedía con los judíos: sumergidos en una visión materialista, pretendían que alguien les alimentara y solucionara sus problemas, pero no querían creer; eso era todo lo que les interesaba de Jesús. ¿No es ésta la perspectiva de quien desea una religión cómoda, hecha a medida y sin compromiso? 

«Señor, danos siempre de este pan» (Jn 6,34): que estas palabras, pronunciadas por los judíos desde su modo materialista de ver la realidad, sean dichas por mí con la sinceridad que me proporciona la fe; que expresen de verdad un deseo de alimentarme con Jesucristo y de vivir unido a Él para siempre.

7 de mayo SAN JUAN DE BEVERLEY

7 de mayo

SAN JUAN DE BEVERLEY

San Juan de Bevérley, obispo de York, 1721. Puede ser considerado como un precursor del benedictino Pedro Ponce de León, inventor del método de hacer hablar a los sordomudos. También él fue monje, después de haber estudiado letras divinas y humanas en el monasterio de Whitby, gobernado por una monja princesa, Santa Hilda. Gobernó primero la diócesis de Hexam, de donde pasó a la de York. Cuenta de él su biógrafo que llegó a hacer hablar a un sordomudo, enseñándole la vocalización paciente e ingeniosamente. Murió en 721.


Monje de Whitby, Inglaterra, y después obispo de York; en su afán de caridad, llega para sanar a un sordomudo, a descubrir un modo de paciente vocalización. Aunque muerto el año 721, ha sido considerado por ello como un precursor del sabio benedictino Ponce de León.

También en el siglo XX recibirá el nombre de "El sacerdote de los tartamudos"  el autor del método de convergencia ortofónica, de renombre general, muerto con fama de santidad en Madrid en 1963.

Uno de los más bonitos regalos que podemos hacemos a nosotros mismos es el de un día libre. No porque sea una vacación o una ocasión especial, sino porque sí.

Tanto entonces como ahora, los obispos no disponían de mucho tiempo libre. San Juan, sin embargo, lo robaba tanto como podía para su recreo espiritual. Pasaba sus días libres en un bosque.

Los días libres son simplemente eso: libres. No has de pagar por ellos haciendo recados o limpiando los roperos, o pagando las visitas debidas a familiares más viejos. Son días para dejar que el pequeño niño que hay en ti salga y juegue. ¿Recuerdas cuando eras pequeño y te apetecía jugar? Llamabas a un amigo y decías, ¿puedes salir? No te preocupaba que tu amigo pudiera considerarte tonto o irresponsable o molesto. Simplemente preguntabas ¿puedes salir? Y si podía, lo hacía.

Una vez que crecemos, suponemos que nuestros amigos son demasiado sofisticados para simplemente jugar. Así que hacemos planes y comemos juntos, y hacemos otras cosas importantes. Bajo la superficie lo que se esconde es el temor a que si decimos que lo único que realmente queremos hacer es arrojar piedras a un arroyo y escalar un árbol y hablar, nuestro amigo se reirá de nosotros y nos dejará. Así que ya no preguntamos. Y ya no jugamos.

Santo Domingo el Sabio. 6 de Mayo

6 de mayo

SANTO DOMINGO SAVIO

(† 1857)


Alumno de San Juan Bosco, nació en Riva de Chieri, provincia de Turín (Italia), el 2 de abril de 1842, y ese mismo día fue bautizado. Su padre era herrero y se llamaba Carlos; su madre, costurera, y tenía por nombre Brígida Agagliate; ambos muy buenos cristianos, deseosos de que sus hijos se educaran en la religión y las letras. Niño superdotado, a los cinco años sabía ayudar a misa y a los siete se le admitió a la primera comunión, a pesar de que la costumbre común no la permitía antes de los doce. De su talento son pruebas los "propósitos" que tomó ese día: "Primero, me confesaré con frecuencia y comulgaré todas las veces que me lo permita el confesor; segundo, santificaré los días de fiesta; tercero, mis amigos serán Jesús y María; cuarto, antes morir que pecar." ¿No son un patrimonio para las juventudes de todos los tiempos?

A los doce años su padre se lo presentó a Don Bosco. Este, después de sondearle, le dice: "Me parece que hay buena tela". "¿Para qué puede servir esta tela?" —responde el hijo del herrero y de la costurera. "Para hacer un buen traje y regalárselo a Nuestro Señor." "Entendido: pues yo soy la tela y usted el sastre: hagamos ese traje." Y así entró Savio en el colegio de Don Bosco, llamado "el Oratorio".

A la entrada del despacho vio un letrero que decía: Da mihi animas, cetera tolle. Con el poco latín que ya sabía y la ayuda de Don Bosco, sacó su traducción: "Dadme almas y quedaos con lo demás." "Comprendo —dijo Savio—; es un negocio de cielo, no de la tierra; quiero entrar en él." Y con esas disposiciones entró en el colegio.

Poco después oyó una plática en que el director decía a sus alumnos que: Primero, es voluntad de Dios que todos nos hagamos santos; segundo, que como Dios no manda cosas imposibles y, además, ayuda, es fácil hacerse santo, aunque no sea de altar; tercero, que hay grandes premios para quien se hace santo. Esto confirma a Domingo en sus ideas y propósitos. Decidió hacerse santo. Y por primera medida escogió un confesor fijo y director de espíritu, tomándolo al mismo Don Bosco. Tenía una idea un poco errada de la santidad, creyendo que era necesario macerarse el cuerpo a fuerza de ayunos y penitencias. Su confesor y director le enseñó que la esencia de la santidad está en hacer la voluntad de Dios y en servirle con santa alegría". A ciertos reparos del chico, el director le enseñó que la penitencia que de él quería Dios —pues que no le dispensaba de ella— era: combatir las propias pasiones cuando se desordenen, conservar la paz y alegría de espíritu, sobrellevar con paciencia las molestias del prójimo y las inclemencias y variedades del tiempo, convirtiendo así en virtud voluntaria lo que es necesidad, cumplir alegremente el propio deber y, sobre todo, trabajar por la salud de las almas, ejerciendo apostolado especialmente entre los propios compañeros y en el ambiente en que se vive".

Domingo tomó con todo empeño el desarrollo de este programa de santidad, tan práctico y relativamente tan fácil. Tenía su geniecito: un día que un compañero le gastaba unas bromas demasiado pesadas, Domingo le dio unos arañazos que le hicieron sangre. Quedó tan apesadumbrado, que se propuso refrenarse a costa de cualquier esfuerzo, y lo logró tan perfectamente, que otro día respondió a un bofetón de otro compañero iracundo con estas palabras: "Mira, podía otro tanto contigo, pero no lo hago; ahora, no lo hagas con otros compañeros, que te podría ir muy mal."

Tuvo su pequeña crisis. La lucha y las naturales dificultades, la misma edad, le infundieron cierta melancolía. Su sabio director le advirtió que, "en medio de la turbación, no se puede oír la voz de Dios"; y le repitió la consigna: "Serena y constante alegría; perseverar en el cumplimiento de los deberes; empeño en la piedad y el estudio; participar siempre en los recreos de los compañeros, porque también el recreo puede y debe santificarse; hacerles todo el bien que pueda."

Tan bien comprendió la lección, que se consagró en alma y cuerpo al apostolado, tanto en el internado como en el oratorio festivo, del que era catequista, y en las calles y en el colegio a que iba a recibir las clases de bachillerato, pues el oratorio aún no las tenía, empleando acuciosidad, prudencia, amabilidad, celo, sonrisa, servicios de toda clase. Dice Don Bosco que "Savio llevaba más almas al confesionario con sus recreos que los predicadores con sus sermones".

Un día dos compañeros del instituto se enfadaron tanto el uno contra el otro, que se desafiaron "a muerte": las armas eran piedras, y el campo, la explanada de la ciudadela; la hora, una en que nadie pudiera estorbarlos. Domingo lo supo, los acompañó al "campo del honor" (¡!) y allí, a riesgo de su propia salud, logró amistarlos y hacerlos confesar.

Savio amó el deporte y practicó el canto. Tenía una voz hermosísima. Fue uno de los solistas del oratorio, en las iglesias y el teatro. No sin razón Su Santidad Pío XII lo ha nombrado patrono y modelo de los Pueri Cantores del mundo entero. En sus cantos ponía la mayor rectitud de intención: agradar sólo a Dios. Un día que había cantado un solo en la catedral y recibido muchas felicitaciones, le sorprendieron llorando. Preguntado por la causa, respondió: "Mientras cantaba, sentía cierta complacencia; ahora me felicitan...; así pierdo todo el mérito." En la clase se distinguió siempre entre los primeros, siendo esto parte del buen ejemplo que daba a sus compañeros. Sabía que cada minuto de tiempo es un, tesoro".

La caridad entre sus compañeros la practicó de mil maneras: ayudándoles en los estudios y trabajos, avisándoles de sus defectos e irregularidades para evitarles castigos, socorriéndoles en las necesidades, dándoles buenos consejos, consolándoles, intercediendo por ellos y hasta prestándose a sufrir castigos por ellos. En un invierno muy crudo, regaló a un compañero sus guantes, aunque él mismo tenía sabañones. Durante una epidemia de cólera morbo, que azotó la ciudad, se prestó, con otros compañeros, a servir a los apestados.

No podía oír una palabra malsonante y mucho menos una blasfemia sin repararla con una jaculatoria, y frecuentemente avisando al mal hablado; y lo hacía con tanta gracia y caridad, que, lejos de llevárselo a mal, se esforzaban por enmendarse. Cierta vez que compañeros malos llevaron una sucia revista y los chicos se entretenían mirándola, Savio se la arrancó de las manos y la hizo mil pedazos, afeándoles su malsana curiosidad, Otra vez que un corifeo de las sectas trataba de sembrar sus perversas doctrinas entre los chicos, Savio lo apostrofó, y como no se alejara, le quitó todos los oyentes. No tenía el menor respeto humano; al contrario, era valiente y franco en la profesión de la fe, en la práctica de la oración y en el cumplimiento exacto de todos los deberes del buen cristiano.

Secundó a su maestro en practicar y difundir la más tierna y práctica devoción a María Santísima y a Jesús Sacramentado. En los días en que Roma se preparaba para la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, vibraba de entusiasmo, se preparó a la novena con la confesión general y el día de la fiesta estuvo rumiando en su interior algo especial para honrar a su dulce Madre y Señora. Don Bosco vino en su ayuda y así instituyó y perfiló esa admirable "Compañía de la Inmaculada", que pervive en todos los colegios y escuelas salesianas, haciendo un bien incalculable, y cuyo principal objetivo es santificar a sus socios mediante la exactitud en los deberes, el culto a la Santísima Virgen y a la Eucaristía, y el ejercicio activo del celo apostólico. Cuando rezaba el Angelus y el Rosario parecía un ángel.

¿Y qué decir de su amor a Jesús Sacramentado? Apenas despertaba, su corazón volaba al sagrario. Oía la santa misa como si asistiera a la última Cena y a la muerte del Señor en el Calvario. Era feliz cuando podía ayudarla. Ya a los pocos meses de estar en el oratorio su director le dio permiso de comulgar diariamente y hacíalo como pudieran los serafines. Durante el día, y especialmente durante los recreos, hacía frecuentes visitas "al Prisionero del altar", ya solo, ya acompañado de muchos condiscípulos.

Fiel alumno de Don Bosco, otra de sus grandes devociones era la de el Papa. Lo amaba ternísimamente, viendo en él al vicario y representante de Jesús. Oraba por él, hablaba de él, narraba sus hechos, secundaba, como podía, sus disposiciones y deseos. Antes de morir, le dio a su director el encargo de saludar al Papa y contarle una visión que había tenido, en la cual le había visto portando el Santísimo a través de un país nebuloso, el cual se iluminaba a medida que avanzaba; y que ese país era Inglaterra.

Nuestro Señor premió, tanto amor con gracias y carismas singulares. Un día, durante la misa, después de comulgar, quedó en éxtasis hasta las dos de la tarde, en que Don Bosco lo sorprendió detrás del altar mayor elevado del suelo y con la mirada fija en la parte que daba al tabernáculo. Despertado, preguntó si ya había terminado la misa. Las dulzuras que en estos raptos disfrutaba no se pueden expresar con palabras.

En sus visitas y en sus comuniones recibía, a veces, mensajes para el Papa, las autoridades, el mismo Don Bosco. Un día, durante el cólera, le sacó urgentemente de su despacho y lo llevó a través de unas callejas, hasta una buhardilla, donde, sin que nadie se hubiera dado cuenta, agonizaba una enferma, la cual así pudo ser asistida en su muerte. Preguntado cómo lo había sabido, miró indefiniblemente a su director y se echó a llorar. Este respetó su silencio.

De pronto, una enfermedad misteriosa empezó a minar su salud. Consultado el médico, que era una celebridad, Tomás Vallauri, diagnosticó: "A esta perla de muchacho, tres limas le están royendo contemporáneamente las fuerzas vitales: la precocidad de su inteligencia, la debilidad causada por su rápido crecimiento y la tensión de espíritu." Esta provenía de su intensa aplicación al estudio —pues deseaba ser un sacerdote sabio y santo—, de la diligencia permanente de excogitar medios de ayudar a sus compañeros y salvar almas, especialmente en las misiones, y el fervor en la oración mental, que había llegado ya a ser contemplación.

En la enfermería ayudaba al enfermero a servir a los otros enfermos.

A pesar de sus deseos de morir en el oratorio, como todos, incluso los médicos, tenían esperanza de que los aires nativos y el reposo le devolvieran la salud, tuvo que marchar a Mondonio, hermoso pueblecito en las rientes colinas del Monferrato. Los primeros días hubo alivio. Según costumbre de entonces, para curar la pulmonía, se le practicaron diez sangrías, que él miraba con la sonrisa en los labios y la alegría en el corazón: se unía a su Jesús.

Sintiendo acercarse la muerte, pidió los santos sacramentos, y luego a su padre que le rezara las letanías de la buena muerte, como se hace en el oratorio, y poco antes de terminarlas, abrió los ojos, levantó las manos y dijo: "¡Qué cosas hermosas estoy viendo! ¡La Santísima Virgen viene a llevarme! ¡Adiós, papá! ¡Valor!". Y así expiró. Era el 9 de marzo de 1857. Poco después se apareció a su padre y a Don Bosco, radiante de gloria y al frente de una multitud de niños y de personas mayores. Pío XI lo declaró Venerable en 1938; Pío XII lo elevó al honor de los altares como Beato el 1 de junio de 1950 y como Santo el 12 y 13 de junio de 1954.

Cuatro aspirantes de Acción Católica han hecho de él esta semblanza: "1) Fue siempre el primero en todo, por amor de Cristo Rey; 2) Vivió de Jesús; 3) Entregó su corazón a la Virgen; 4) Fue alegremente obediente; 5) Fue heroicamente leal; 6) Fue eucarísticamente puro; 7) Fue siempre alegre; 8) Fue apóstol; 9) Amó al Papa; 10) Amó a la patria."

RODOLFO FIERRO, S. D. B.