21 abr 2014

La Pascua es lo más grande de nuestra fe.

La Pascua es lo más grande de nuestra fe.

¿Podemos decir que nuestra Pascua ha sido "hacia adentro", que hemos sentido que el Señor ha dejado alguna huella de su paso por nuestra vida? 
Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

Estamos en la Pascua, la Pascua Florida. Llegó con el Domingo de Resurrección.

Los vacacionistas regresaron..... otros lamentablemente no volverán. Salieron felices y animosos pero ya no hubo regreso. Los recordamos y pedimos por ellos.

La Pascua es el Misterio más grande de nuestra fe. Cristo ha resucitado y la Muerte quedó vencida porque su Resurrección la mató. San Agustín nos dice: - "Mediante su Pasión, Cristo pasó de la muerte a la vida. La Pascua es el paso del Señor"

Ya dejamos atrás los días de Pasión y muerte. Seguiremos venerando la cruz que fue el medio que nos hizo cruzar a la otra orilla de luz y de vida eterna. Sin cruz.... no se llega. No se alcanza la resurrección. ¡Cristo resucitó y su tumba quedó vacía!

Volvemos a los días de trabajo, a la rutina... ¿qué ha dejado este paso de Dios en nuestras almas? ¿Podemos decir que nuestra Pascua ha sido "hacia adentro", que hemos sentido que el Señor ha pasado y ha dejado alguna huella de su resurrección en nuestra vida?

Jesús realiza la Pascua. Jesús pasa al Padre. ¿Es solo El quien pasa de este mundo al Padre? ¿Y nosotros ?...

Dios es Omnipotente y puede hacerlo Todo, pero... "no puede" obligarnos a tener un corazón arrepentido. Nos deja en libertad para amarlo o para ofenderlo, para querer estar unidos a El o para olvidarlo y esa libertad es tan traicionera que nos puede DAR o QUITAR el derecho a nuestra propia y gloriosa resurrección. Porque resucitar eso si, lo haremos todos. Ya que así lo decimos y creemos en nuestro Credo - creo en la resurrección de los muertos. 

Lo que hemos vivido estos días no puede pasar sin dejarnos algo, sin dejarnos una huella en el alma, ahora que proseguimos el camino de nuestro quehacer de siempre. 

Cristo resucitó y los apóstoles, uno a uno, dieron su vida por esta VERDAD que deslumbra. 
Pedro comió y bebió con Jesús después de su Resurrección, Tomás metió sus dedos en las llagas del Cristo resucitado y Pablo nos recuerda que si hemos resucitado con Cristo por el Bautismo, debemos de vivir la nueva vida en espera de su regreso y tenemos el compromiso de llevar por el mundo la palabra de Dios.


Santo Evangelio 21 de Abril de 2014

Día litúrgico: Lunes de la octava de Pascua

Texto del Evangelio (Mt 28,8-15): En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!». Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». 

Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: «Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones». Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.


Comentario: Rev. D. Joan COSTA i Bou (Barcelona, España)
Las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos

Hoy, la alegría de la resurrección hace de las mujeres que habían ido al sepulcro mensajeras valientes de Cristo. «Una gran alegría» sienten en sus corazones por el anuncio del ángel sobre la resurrección del Maestro. Y salen “corriendo” del sepulcro para anunciarlo a los Apóstoles. No pueden quedar inactivas y sus corazones explotarían si no lo comunican a todos los discípulos. Resuenan en nuestras almas las palabras de Pablo: «La caridad de Cristo nos urge» (2Cor 5,14). 

Jesús se hace el “encontradizo”: lo hace con María Magdalena y la otra María —así agradece y paga Cristo su osadía de buscarlo de buena mañana—, y lo hace también con todos los hombres y mujeres del mundo. Y más todavía, por su encarnación, se ha unido, en cierto modo, a todo hombre. 

Las reacciones de las mujeres ante la presencia del Señor expresan las actitudes más profundas del ser humano ante Aquel que es nuestro Creador y Redentor: la sumisión —«se asieron a sus pies» (Mt 28,9)— y la adoración. ¡Qué gran lección para aprender a estar también ante Cristo Eucaristía! 

«No tengáis miedo» (Mt 28,10), dice Jesús a las santas mujeres. ¿Miedo del Señor? Nunca, ¡si es el Amor de los amores! ¿Temor de perderlo? Sí, porque conocemos la propia debilidad. Por esto nos agarramos bien fuerte a sus pies. Como los Apóstoles en el mar embravecido y los discípulos de Emaús le pedimos: ¡Señor, no nos dejes!

Y el Maestro envía a las mujeres a notificar la buena nueva a los discípulos. Ésta es también tarea nuestra, y misión divina desde el día de nuestro bautizo: anunciar a Cristo por todo el mundo, «a fin que todo el mundo pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad (...) contenida en el misterio de la Encarnación y de la Redención, con la potencia del amor que irradia de ella» (Juan Pablo II).

21 de abril SAN ANSELMO DOCTOR DE LA IGLESIA


21 de abril

SAN ANSELMO

DOCTOR DE LA IGLESIA

(† 1109)


El relato de la vida de San Anselmo ha llegado hasta nosotros de la manera más auténtica y fidedigna, por medio de un discípulo suyo, compañero en sus viajes y testigo de la mayor parte de las cosas que cuenta u oyó contar a su maestro. Tal es Eadmero. Su biografía es un modelo, porque no se contenta con narrar los hechos externos o los milagros del Santo al estilo de un San Gregorio Magno en su Vida de San Benito, o del monje Grimaldo en su Vida de Santo Domingo de Silos, sino que, adelantándose a su época, se adentra en su alma, nos describe su carácter, sus costumbres, su modo de gobierno, sus virtudes, en una palabra, su psicología, resultando una biografía amena al par que instructiva y edificante, y realizando el aforismo de Horacio: Miscuit utile dulci.

 Nació nuestro Santo el año 1034 en Aosta, ciudad de Toscana, situada en un valle muy ameno, rodeado de montañas y colinas, en cuyas faldas crecen viñedos y frutales, y que en aquel entonces pertenecía al reino de Borgoña. Aún se conserva una casa con una habitación llamada de San Anselmo.

 Su padre, Gondulfo, que era pariente de la gran condesa Matilde, era vivo, apasionado, amante del boato y derrochador. Su madre, por nombre Emerbenga, más pobre quizá pero más piadosa y distinguida, era el prototipo de la madre cristiana, instruida y consciente de su misión, que supo instruir y elevar el corazón de su hijo con auxilio de imágenes encantadoras. Así, para enseñarle lo bueno que es Dios, cuán grande y poderoso, le mostraba las cumbres de los Alpes en el punto en que recortaban el azul del cielo, y le decía: "¿Ves? Ahí comienza el reino de Dios". (Entonces, para el niño, Dios se convertía en el "Señor de los cielos", mientras que los compañeros turbulentos y sin corazón, de los desórdenes paternos, son los señores de "este mundo perverso".)

 Muy pronto sintió deseos de aprender. Se le confió a un maestro austero, arisco, que le encerró en una fría soledad y le inculcó sus sombrías lecciones. Anselmo enfermó, se le volvió a casa, y, ante su fisonomía pálida, sus ojos distraídos y sus movimientos nerviosos, sus padres cayeron en la cuenta de que estaba como embrutecido. Había que proporcionarle distracciones, juegos, rostros amables, libertad de movimientos. En efecto, muy pronto volvió a ser el niño alegre, amable y expansivo de siempre. Entonces su madre le puso en manos de otros maestros más comprensivos, los benedictinos, que acababan de fundar una casa en Aosta, los cuales comprendieron muy bien su naturaleza tan amante y tan inteligente, y en ella desarrollaron la piedad y la ciencia hasta el punto de dejarles admirados por sus progresos. Con razón dirá él más tarde: "Todo lo que soy se lo debo a mi madre y a los monjes benedictinos".

 A los quince años intentó entrar en el noviciado de San Benigno de Fruttuaria, cerca de Aosta, pero la oposición de su padre y el haber caído enfermo se lo impidieron. Obligado a volver al mundo, es en él admirado y amado, "y, aunque nunca ha faltado a la modestia ni por una sola mirada", dice Eadmero, sin embargo, se siente atraído por los esplendores engañosos de sus fiestas. Pero su madre vela por él y le impide que se deje fascinar. Muy pronto, sin embargo, Dios la llama a sí, cuando sus consejos le eran más necesarios.

 Después de esta muerte prematura, dice Eadmero, "El navío de su corazón, como si hubiera perdido su gobernalle, vino a ser el juguete de las olas". Quizá hubiera naufragado sin la dureza de la autoridad paterna, que contuvo ásperamente sus desórdenes nacientes. Esa dureza se convirtió muy pronto en exasperación, lo que obligó a Anselmo a abandonar la casa paterna (renunciando a su patria y a sus bienes).

 Toma consigo un criado, y, acompañado de un asno que le lleva su bagaje y algunas provisiones, atraviesa el monte Cenis en camino hacia Francia. Durante tres años recorre la Borgoña, llega a Avranches, allí oye hablar del célebre Lanfranco de Pavía, su compatriota, que (después de haber explicado allí admirables lecciones) se ha hecho monje en la abadía de Bec en Normandía, recién fundada por el venerable Herluino. Allí se dirige y, ganado por sus explicaciones luminosas no menos que por su bondad paternal, se decide a hacerse religioso, siendo muy pronto el modelo de todos. Tenía entonces veintisiete años (1061). Tres años más tarde Lanfranco era nombrado abad de San Esteban de Caen por el duque de Normandía, Guillermo el Conquistador, y entonces Herluino confió a Anselmo el cargo de prior. Finalmente, a la muerte de Herluino, el fundador, fue elegido abad de Bec (1078).

 Una diligente administración, una dirección sabia, una vida de caridad y de estudio llevada a alto grado, fueron las tareas de su nuevo cargo. A causa de los intereses que su comunidad poseía en Inglaterra tuvo que visitar esta nación, y con tal motivo fue conocido y estimado por los reyes Guillermo el Conquistador y su hijo Guillermo el Rojo, el cual había de causar a nuestro Santo grandes disgustos, como veremos.

 Entretanto, su amigo Lanfranco, que en 1071 había sido elevado a la sede primacial de Cantorbery, moría en 1087, amargado por los disgustos que le causara Guillermo el Rojo, y Anselmo, que parecía predestinado por la Providencia para seguir sus pasos, fue nombrado para sucederle. "Cuando llegó al Santo la noticia faltó poco para que se desmayase, pero de nada le sirvió su resistencia; por unanimidad fue aclamado y llevado en triunfo, aunque no sin violencia por su parte, hasta la próxima iglesia. Ocurría esto en el año 1093 el 6 de marzo, primer domingo de Cuaresma."

 Muy pronto sus temores e inquietudes se convirtieron en realidad. La lucha con el rey comenzó por la cuestión de las investiduras. Es sabido que en los primeros siglos el clero y el pueblo designaban los obispos, mientras que el rey no gozaba más que de un simple derecho de confirmación. En el siglo X esta confirmación se transformó en un nombramiento puro y simple, la investidura laica reemplaza a la eclesiástica. Tal innovación llevaba consigo consecuencias graves. Con frecuencia los reyes y señores, poseedores de obispados y abadías, los consideraban como bienes de alquiler y no los daban mas que al mejor postor. El prelado designado se compensaba vendiendo a su vez los cargos inferiores, sin tener en cuenta las cualidades de los candidatos, Es la simonía con todas sus consecuencias. Gregorio VII quiso cortar el mal por lo sano con su famoso decreto dado en el sínodo romano del 24 de febrero de 1075. "Todo el que en lo sucesivo reciba de la mano de un laico un obispado o una abadía no será contado entre los obispos y abades. Igualmente, si un emperador, duque, marqués, conde, se atreviese a dar la investidura de un obispado o cualquiera otra dignidad eclesiástica, sepa que le prohibimos la comunión con el bienaventurado Pedro."

 Hay que advertir que, bajo el reinado del primer Guillermo, este decreto apenas tuvo aplicación, pero con su sucesor cambió la situación. Locamente derrochador, buscaba llenar las arcas vacías con bienes eclesiásticos. Como durante la vacancia las rentas del obispado pertenecían legalmente al rey, dejaba inocupadas durante largos años las sedes, y cuando por fin las cubría las entregaba al mejor postor. Finalmente, según él, la investidura real colocaba a los prelados en tal sujeción que no podían dar un solo paso, y menos comunicar con Roma, sin su permiso. En estos dos últimos puntos Guillermo entró en conflicto con Anselmo. Le echaba aquél en cara el no haber querido darle un obsequio suficiente por la confirmación al ser nombrado arzobispo; por otra parte, con pretexto de que él no se había decidido aún entre Urbano II y su rival, quiso prohibir al primado su viaje a Roma para pedir el pallium. Traicionado por las asambleas de Rockinghara y Winchester, que no se atrevieron a enfrentarse con el rey, San Anselmo abandonó Inglaterra. Asistió a los concilios de Bari y de Roma, y a la muerte de su perseguidor volvió a Inglaterra.

 El nuevo rey Enrique Beauclerc era en el fondo más peligroso que su predecesor. Exigió que San Anselmo le rindiese homenaje y consagrase los obispos nombrados por él. Ambos acudieron a Roma, pero los acontecimientos se volvieron contra el rey. Roma le excomulgó, su hermano Roberto se rebeló. Entonces creyó conveniente reconciliarse con Anselmo, terminándose con un arreglo cuyos términos fueron dictados por el Papa. Los antiguos beneficiarios nombrados por el rey no serían inquietados, pero en lo futuro los obispos habían de ser elegidos libremente. De esta manera San Anselmo retardó en cinco siglos la separación de Inglaterra con la Santa Sede. Murió el 21 de abril de 1109, extendido sobre un cilicio y ceniza, como había pedido.

 Pero esta semblanza de San Anselmo quedaría incompleta si no dijésemos que, además de un gran santo y defensor de los derechos de la Iglesia, fue un gran sabio como filósofo y teólogo. A él pertenece el mérito de haber inaugurado la ciencia teológica propiamente dicha. Hasta entonces la teología se contentó con apoyar las verdades en la revelación y en los textos de los Padres. San Anselmo las organiza, las somete al análisis, las diseca por decirlo así, y busca nuevos argumentos en la metafísica y en la dialéctica, creando el sistema escolástico y la filosofía del dogma, que Santo Tomás había de llevar dos siglos más tarde a su perfección. El es quien rompió el fuego y preparó el camino a la gran síntesis que es la Suma Teológica. Si San Anselmo no la realizó ya es porque no entraba en su intento, pues su teología es más bien afectiva, pero, a pesar de todo, en sus obras aparecen las principales cuestiones filosóficas y teológicas. Para darse cuenta de ello bastará con analizar brevemente esas obras.

 El Monologio y el Proslogio, que viene a ser como su complemento, son como el primer tratado de Deo uno et Trino. En ellos se encuentra el famoso argumento ontológico para demostrar la existencia de Dios, y que puede resumirse así: Desde el momento en que es considerado como posible un ser al cual no puede haber nada superior, ese ser tiene que existir, porque, de lo contrario, ya no sería el ser por encima del cual no puede existir nada superior, puesto que le faltaría la existencia. Luego tiene que existir. Ahora bien, ese ser es Dios.

 De grammatico es un tratado de pura dialéctica. De veritate tiene páginas muy hermosas sobre la verdad de los sentidos. De libero arbitrio es más bien de carácter teológico y considera a la libertad en su relación con el acto moral. Casu Diaboli fue compuesto, como los anteriores, en el tiempo de su profesorado en Bec. En él estudia el origen del mal. La Epístola de Incarnatione Verbi va dirigida contra el nominalista Roscelin. El Cur Deus homo es su obra maestra, en la que pretende demostrar la necesidad, por lo menos relativa, de la Encarnación. De conceptu virginal et originali peccato tiene como tema básico la concepción virginal del Salvador, quien no hubiera sido concebido en el pecado aun cuando su madre, siempre virgen, hubiera sido manchada por el pecado original. Pero para que su origen humano fuese digno de Dios era necesario que su madre fuese tal que no se pueda concebir una criatura mayor fuera de Dios. En estas palabras va incluida implícitamente su creencia en la Inmaculada Concepción. De processione Spiritus Sancti es como el discurso en el que defendió contra los representantes de la Iglesia griega la procesión del Espíritu Santo también del Hijo, en el concilio de Barl. De concordia praescientiae, praedestinationis et gratiae cum libero arbibitrio es de los primeros que trataron esta cuestión a fondo. Finalmente, han llegado hasta nosotros Oraciones y meditaciones, así como numerosas Cartas, que nos permiten conocer los diversos aspectos de su vida y de su doctrina espiritual.

 Esto nos lleva a decir unas palabras sobre algunas de las características de su santidad o espiritualidad. Entre sus virtudes destaquemos únicamente, para no pasar los límites de esta semblanza, su humildad y su caridad. Ante todo su humildad. Ya hablamos de la resistencia que opuso a su nombramiento como arzobispo de Canterbury. No fue menor la que presentó al ser elegido abad de Bec, como se ve por estas palabras que nos cuenta Eadmero: "Viendo Anselmo que con sus palabras no podía cambiar el parecer de sus monjes, acudió a los ruegos y, reunida la comunidad, les pidió de rodillas, con lágrimas y gemidos, por el nombre de Dios omnipotente, que, si conservaban un poco de misericordia, tuviesen compasión de él y desistiesen de sus pretensiones".

 Admirable es también su bondad y caridad en el gobierno de sus monjes, que le llevó a hacer de enfermero con un anciano paralítico. "Se le veía sentado a su lado con un racimo en la mano, apretando las uvas para hacer caer su jugo gota a gota sobre los labios secos del enfermo."

 Su alma estaba tan llena de Dios y tan acostumbrada a leer sus perfecciones en la naturaleza, que desbordaba y hacía convergir todo para provecho de las almas. Servíase para ello de símiles, comparaciones y analogías entre lo visible y lo invisible, lo corporal y lo espiritual. La vista de unas mariposas le hace pensar en los que buscan los honores del mundo, que son como niños que caen en el precipicio por seguir tras de bagatelas. La vista de un castillo le sugiere una hermosa alegoría: es el cristianismo. En lo más alto del castillo está el torreón, que es la vida religiosa. La llama de un incendio le recuerda la del amor de Dios. La contemplación de un jardinero, el jardín del alma donde debemos plantar las flores de las virtudes, El cazador que va por los montes en busca de su presa, al demonio a caza de almas que perder, y otros muchos ejemplos que pueden verse en el libro De similitudinibus, atribuido a Eadmero, pero que recoge las enseñanzas y muchas veces hasta las palabras del mismo San Anselmo.

 Este deseo del conocimiento y del amor de Dios es el que explica todas sus obras y el que vibra a través de sus páginas, convirtiéndolas en efusiones ardientes de su corazón. Para dar una idea de ello al lector creemos que no hay nada mejor que poner ante sus ojos algunos ejemplos, siquiera sea a trueque de transcribir algunos párrafos. Véase con qué magníficos arranques místicos se eleva hasta Dios en el Proslogio: "Excita, pues, alma mía, y levanta todo tu pensamiento, y medita cuanto puedas en lo grande que es aquel bien [Dios]. Porque, si todos los bienes son agradables, cuánto más no lo será aquel que contiene el placer de todos los bienes... Porque, si buena es la vida creada, ¿cuánto más lo será la creadora? Si es amable la sabiduría por el conocimiento que da de las cosas creadas, ¿cuánto más amable es la sabiduría que todo lo creó de la nada?... El que disfrute de este bien, ¿qué tendrá y qué no tendrá? Con toda certeza tendrá lo que quiera, y lo que no quiera no tendrá, porque allí estarán los bienes del cuerpo y del alma. Y entonces ¿por qué andas ansioso, hombrecillo, buscando por doquiera los bienes del cuerpo y del alma? Ama el verdadero bien, en el cual están todos los bienes, y basta. Desea el bien absoluto, que es el bien total, y basta. Porque ¿qué es lo que amas, cuerpo mío, alma mía? Ahí está, sí; ahí está lo que amáis, lo que deseáis."

 Al principio del mismo libro se excita al conocimiento de Dios con estas palabras: "Vamos, hombrecillo, huye algún tanto de tus ocupaciones, apártate un instante de tus engorrosos asuntos, deja detrás de ti esos cuidados que te rinden, ocúpate un poco de Dios y descansa en Él. Di ahora, ¡oh corazón mío!, di ahora a Dios: Busco tu rostro, Señor, ¿dónde te buscaré, oh Dios ausente? ¿Qué hará este servidor tuyo atormentado por el amor y alejado lejos de tu rostro?... Arde en deseos de encontrarte y no sabe dónde estás, quisiera encontrarte y no conoce tu rostro. Señor, Tú eres mi Dios y mi Señor, y nunca te vi. Tú me has hecho y rehecho, me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco. En fin, he sido hecho para verte y todavía no he hecho aquello para lo cual he sido hecho. ¡Oh, qué desgracia la del hombre en haber perdido aquello para lo cual fue hecho! ¡Oh dura y cruel caída! ¿Qué ha perdido y qué ha encontrado, qué se le ha quitado y qué le ha quedado?

 Enséñame a buscarte y muéstrate a mí cuando te busco, porque no puedo buscarte si no me instruyes, que te busque deseándote, que te desee buscándote, que te encuentre amándote, que te ame encontrándote."

 Estos extractos nos ponen de manifiesto una de las características más peculiares de la espiritualidad anselmiana, fuertemente apoyada en los principios teológicos y en la aplicación de la razón al estudio y análisis de las verdades de la fe, de donde le venía espontáneamente la admiración, el deseo, el amor y la unión con Dios, al contrario del método empleado por los místicos del siglo XII, que apoyaban su contemplación en la autoridad y enseñanzas de la Sagrada Escritura más bien que en los discursos de la propia razón (como el mismo San Bernardo, que gustaba poco de la especulación y daba sus preferencias a la ciencia práctica, al arte de conocer a Dios y a la práctica de la virtud.)

 JULIÁN ALAMEDA, O. S. B.

20 abr 2014

Santo Evangelio 20 de Abril de 2014

Día litúrgico: Domingo de Pascua (Misa del día)

Texto del Evangelio (Jn 20,1-9): El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». 

Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.


Comentario: Mons. Joan Enric VIVES i Sicília Obispo de Urgell (Lleida, España)
Entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó

Hoy «es el día que hizo el Señor», iremos cantando a lo largo de toda la Pascua. Y es que esta expresión del Salmo 117 inunda la celebración de la fe cristiana. El Padre ha resucitado a su Hijo Jesucristo, el Amado, Aquél en quien se complace porque ha amado hasta dar su vida por todos.

Vivamos la Pascua con mucha alegría. Cristo ha resucitado: celebrémoslo llenos de alegría y de amor. Hoy, Jesucristo ha vencido a la muerte, al pecado, a la tristeza... y nos ha abierto las puertas de la nueva vida, la auténtica vida, la que el Espíritu Santo va dándonos por pura gracia. ¡Que nadie esté triste! Cristo es nuestra Paz y nuestro Camino para siempre. Él hoy «manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre su altísima vocación» (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 22).

El gran signo que hoy nos da el Evangelio es que el sepulcro de Jesús está vacío. Ya no tenemos que buscar entre los muertos a Aquel que vive, porque ha resucitado. Y los discípulos, que después le verán Resucitado, es decir, lo experimentarán vivo en un encuentro de fe maravilloso, captan que hay un vacío en el lugar de su sepultura. Sepulcro vacío y apariciones serán las grandes señales para la fe del creyente. El Evangelio dice que «entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó» (Jn 20,8). Supo captar por la fe que aquel vacío y, a la vez, aquella sábana de amortajar y aquel sudario bien doblados eran pequeñas señales del paso de Dios, de la nueva vida. El amor sabe captar aquello que otros no captan, y tiene suficiente con pequeños signos. El «discípulo a quien Jesús quería» (Jn 20,2) se guiaba por el amor que había recibido de Cristo.

“Ver y creer” de los discípulos que han de ser también los nuestros. Renovemos nuestra fe pascual. Que Cristo sea en todo nuestro Señor. Dejemos que su Vida vivifique a la nuestra y renovemos la gracia del bautismo que hemos recibido. Hagámonos apóstoles y discípulos suyos. Guiémonos por el amor y anunciemos a todo el mundo la felicidad de creer en Jesucristo. Seamos testigos esperanzados de su Resurrección.
Comentario: Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM (Barcelona, España)
Vigilia pascual·A (Mt 28,1-10): No está aquí, ha resucitado

Hoy, en el Evangelio de la Vigilia pascual, late un gran dinamismo: dos mujeres corren hacia el sepulcro, un terremoto, un ángel hacer rodar la piedra, unos guardas asustados caen como muertos. Y Jesús, vivo y resucitado, se hace compañero de camino de aquellas mujeres…

La mujeres son las primeras en experimentar la resurrección de Jesús, y esto sólo viendo el sepulcro vacío y al ángel que les anuncia: «Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho…» (Mt 28,5-6). Son también las primeras en dar testimonio de su experiencia: «Id enseguida a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado’» (Mt 28,7).

Enseguida creen. Pero su fe es una mezcla de miedo y de alegría. Sentían miedo por las palabras del ángel, con un anuncio que va más allá de las expectativas humanas. Y alegría por la certeza de la resurrección del Señor, porque las Escrituras se habían cumplido, por el inmenso privilegio de la primicia pascual que han recibido. La fe, pues, aún produciendo una gran alegría interior, no excluye el miedo.

Se van a anunciar aquella experiencia del Resucitado, que han hecho sin haberlo visto. Jesús les premia esta fe y se les aparece mientras van por el camino.

El centro de toda la experiencia de fe no es en primer lugar una doctrina ni unos dogmas. Es la persona de Jesús. La fe de las dos mujeres del Evangelio de hoy está centrada en Él, en su persona y en nada más. ¡Lo han experimentado vivo y van a anunciarlo vivo!

Otra mujer, santa Clara, escribía a santa Inés de Praga que debía centrarse en Jesús resucitado: «Observad, considerad i contemplad a Jesucristo (…). Si sufrís con Él, reinaréis también con Él; si con Él lloráis, con Él gozaréis; si morís con Él en la cruz de la tribulación, poseeréis con Él las eternas moradas».

20 de abril SANTA INÉS DE MONTEPULCIANO

20 de abril

SANTA INÉS DE MONTEPULCIANO

(† 1317)


La santidad nunca es, en la Iglesia, un fenómeno aislado. Su vitalidad es regida por la ley de una ósmosis misteriosa, pero infaliblemente cierta.

 Los santos nunca aparecen como hechos solitarios en el curso de la Historia. Otra santidad, otras santidades anteriores, habrán contribuido en tensar su voluntad y en sobrenaturalizar su vida. Y a la vez será inevitable su influencia elevadora para otras almas que les seguirán.

 Debe ser necesariamente así, habida cuenta de la constitución íntima del organismo sobrenatural de la Iglesia. Es un "cuerpo" social con una vida. Y la vida tiene manifestaciones múltiples, variadísimas en sus miembros, según su misión personal y la coyuntura histórica en que debe desarrollarse. Hay una influencia interna, oculta: la de la vitalidad interior de todos los cristianos entre sí, en la unidad del Cristo místico, trascendiendo las fronteras del espacio y del tiempo.

 Mas hay también una influencia más palpable. Por afinidad de vocación, de talante espiritual, por cercanía, aun accidental en apariencia, la santidad concreta de un alma puede tener un influjo evidente en la santidad bien concreta de otras almas contemporáneas o posteriores. Es la clave de la floración de las familias religiosas cuando viven en el fervor de la observancia.

 Los santos, se ha dicho, aparecen en la historia de la Iglesia en racimo. Junto a un santo puede buscarse, sin miedo a la decepción, a otro u otros santos. En el firmamento de la santidad no hay astros errantes; hay constelaciones de santos.

 Santa Inés de Montepulciano aparece también en una constelación. Entre las monjas del "saco", primero, luego en su vocación a la Orden dominicana, que lleva el sello de lo sobrenatural. La Orden de Santo Domingo fue el árbol en el que su injerto prendió fecunda, esplendorosamente. Y en torno a ella, sobre el fondo de fervor y de fama de virtud del monasterio de Montepulciano, fulguran Santa Catalina de Siena y el Beato Raimundo de Capua, biógrafo de ambas, y buena parte de la escuela de caterinati. Sus vidas llenan de luz casi todo el siglo XIV, tan pródigo, por otra parte, en claroscuros morales.

 Por la influencia en los demás nos es dado medir, con criterio de hombres, la santidad de personas no conocidas personalmente por nosotros. Fijamos más atentamente nuestros ojos en Santa Catalina de Siena cuando oímos decir a nuestra Santa Teresa que, "después de Dios, debía a la Santa Catalina muy singularmente la dirección y progreso de su alma en el camino del cielo", o al Padre Granada afirmar que "puedo confesar que, después del inefable misterio de la Encarnación, nada he leído que me haya ofrecido prueba mayor de la bondad y caridad divinas como los hechos de esta virgen y los singulares privilegios que Dios le concedió".

 A la vez, volvemos la mirada a Santa Inés de Montepulciano, la considerarnos con mayor atención y cariño cuando descubrimos la parte importantísima que ocupa en la vida y en la santidad personal de la gran Santa de Siena y la devota admiración que por ella manifiesta el ponderado y prudente director de la misma, el Beato Raimundo de Capua.

 ¡Biógrafos excepcionales los de la dominica Santa Inés! Excepcionales testigos del ambiente de santidad y del halo divino que en la historia de la Iglesia en el siglo XIV y siglos posteriores circunda la figura humanamente sencilla de esta hija de los Segni, acomodados propietarios de Graciano en el término de Montepulciano.

 Nació, según los cálculos más probables, en 1274.

 La trama de los acontecimientos exteriores de sus cuarenta y tres años terrenos es simplicísima. Sobre ella se urde el doble prodigio de su virtud heroica y de los asombrosos dones extraordinarios de Dios. Santa Catalina habla principalmente del primero. Raimundo de Capua pone especialmente de relieve el segundo.

 A los nueve años Inés consigue de los suyos el permiso para vestir el escapulario de "saco" de las monjas de un convento de Montepulciano, llamadas justamente "del saco". Seis años más tarde, con su maestra en la vida conventual, llamada Margarita, fundan un monasterio en Proceno, junto a Orvieto, a 22 millas de Montepulciano, Al poco de la fundación la madurez de sus quince años mueven al obispo del que dependía el monasterio a ponerla en él como abadesa. Sabemos de un viaje de la Santa a Roma, durante los dieciséis años que gobernó el monasterio de Proceno, para poner, por medio de los privilegios de la Sede Apostólica, a salvo de ambiciones y de usurpaciones el monasterio que acababan de fundar, y de otro, brevísimo por motivos de caridad, que Dios bendijo con un milagro en Acquapendente.

 Los familiares y amigos de Montepulciano apremian en el ánimo de Inés para que funde un monasterio que irradie en la comarca de Montepulciano la transformación espiritual en los jóvenes y en el pueblo, que ha promovido el de Proceno. Se lanzó a ello cuando se hubo convencido de que aquélla era la voluntad de Dios.

 Hacía sus treinta y un años y, buscando una regla de santidad para el monasterio que iba a suplantar en la cumbre del Poliziano (de aquí el nombre de Montepulciano de la ciudad) a las casas de mal vivir que la poblaban, viene la llamada divina, a seguir las huellas y el magisterio de Santo Domingo.

 "La sierva de Jesucristo —cuenta el Beato Raimundo— veía durante la oración, a sus pies, un ancho mar, y en él se le ofrecían tres grandes y hermosas naves, gobernadas por tres patronos, columnas de la Iglesia: San Agustín, Santo Domingo y San Francisco. Los tres la invitaban a subir en su propia nave, singularmente el último, por ser el hábito casi idéntico a las hermanas de su Orden. Santo Domingo, por fin; resolvió la piadosa contienda, extendiendo la mano y trayéndola a la nave que gobernaba, mientras decía a los otros dos: Subirá a mi nave, pues así lo ha dispuesto Dios".

 Levanta, con el apoyo de sus conciudadanos y familiares, el monasterio, que pone bajo la tutela espiritual de los padres dominicos.

 Con el propósito de fortalecer la quebrantada salud de Inés, sus hijas la fuerzan a acudir a unos baños termales de la cercanía. No mucho después retorna al monasterio para entregar su alma a Dios, en el año de 1317.

 Raimundo de Capua nos habla, como de paso, de la humildad de Inés, desde que a los nueve años entró en el convento de Montepulciano, de su dulzura, de su obediencia y de su espíritu de oración. Al referir prolijamente los portentos con que Dios la favorecía y a través de ella favorecía a las demás, cree ponderar suficientemente la santidad de una vida a la que el cielo pone el aval inconfundible del milagro.

 Santa Catalina, nacida treinta años después de la muerte de Santa Inés, nos ofrece una visión más entrañable de su vida santa. Desde su infancia, en el ánimo de la Santa de Siena había ejercido una saludable influencia y había tenido una irresistible seducción la santidad de la abadesa de Montepulciano. La conocía bien a través de los dominicos de Siena, sus confesores, y especialmente del Beato Raimundo, que durante los años de su estancia en Montepulciano, para la atención espiritual del monasterio, había tratado con religiosas, compañeras durante muchos años de Santa Inés, y había escrito su vida con los recuerdos de éstas y el testimonio de otras muchas personas fidedignas.

 Catalina deseó durante mucho tiempo venerar el cuerpo incorrupto y taumatúrgico de Inés. Realizó sus deseos por primera vez en el otoño, de 1374. Los prodigios se sucedieron en esta y en las siguientes visitas, que a veces se prolongaron bastante tiempo.

 En Montepulciano se desvanece todo rastro de recelo en el ánimo de Raimundo acerca de la santidad de su dirigida Catalina.

Esta, en el Diálogo, pondera la verdadera humildad, la firme esperanza con que sirvió a Dios desde niña. "Con fe viva —dice—, y por mandato de María, ella, pobre y sin ningún bien temporal, se dispuso a levantar el monasterio..." Tenía fe en la Providencia, y la Providencia cuidó de ella por medios verdaderamente extraordinarios en muchas ocasiones,

Puede ser feliz coincidencia; es lícito, sin embargo, pensar en una influencia directa de la visión de las tres naves arriba mencionada, en las ideas y lenguaje del Diálogo. en el libro último sobre la obediencia. Las diversas Ordenes religiosas son otras tantas naves cuyo Patrón, el Espíritu Santo, se sirve de los fundadores para disponerlas con orden perfecto... Santo Domingo y San Francisco, columnas de la Santa Iglesia... Los religiosos que entran en sus naves encuentran en ellas cuanto necesitan para su salvación y santificación.

En una de sus visiones Dios da a entender a Catalina que en el cielo tiene un trono reservado junto a la Santa de Montepulciano.

Disponemos de una carta de Catalina a sor Cristófora, priora de aquel monasterio. En su brevedad, en lo palpitante y cálido de su lenguaje, en lo persuasivo de sus apremios, es una semblanza acabada de la Santa Fundadora, cuyo espíritu se siente aletear todavía. Es el espíritu que embelesa de devota admiración y afecto entrañable el alma de Catalina, el espíritu que ésta quiere ver prolongado en todas sus hijas de Montepulciano.

"Carísima hija en Cristo, dulce Jesús. Yo, Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, te escribo en su preciosa Sangre; con deseo de verte a ti y a las demás seguir las huellas de nuestra gloriosa madre Inés. A este propósito os suplico y quiero que sigáis su doctrina e imitéis su vida. Sabed que siempre os dio doctrina y ejemplo de verdadera humildad, ésta fue en ella la principal virtud. No me maravillo de esto, pues tuvo lo que debe tener la esposa que quiere seguir la humildad de su esposo. Tuvo ella aquella caridad increada que ardía constantemente en su corazón y lo consumía. Hambreaba almas y se daba a ellas. Sin interrupción vigilaba y oraba. De otra suerte no habría poseído la humildad, ya que no existe ésta sin la caridad: una alimenta a la otra.

¿Sabéis qué fue lo que la hizo llegar a la perfección de una virtud verdadera? El haberse depojado libre y voluntariamente, renunciando a sí misma y al mundo, sin querer poseer de él nada. Bien se percató aquella gloriosa virgen que el poseer bienes terrenos lleva al hombre a la soberbia; por su causa pierde la virtud escondida de la verdadera humildad, cae en el amor propio, desfallece el afecto de su caridad; pierde la vigilia y la oración. Porque el corazón y el afecto llenos de cosas terrenas y del amor propio de sí mismo, no pueden llenarse de Cristo crucificado ni gustar de la dulzura de verdadera oración. Por lo cual precavida la dulce Inés, se despoja de sí misma y se viste de Cristo crucificado. No sólo ella, sino que esto mismo nos llega a nosotros, a ello os obliga y vosotras debéis cumplirlo.

Tened en cuenta que vosotras, esposas consagradas a Cristo, nada debéis retener de vuestro padre terreno, pues lo abandonasteis para ir con vuestro Esposo, sino sólo tener y poseer los bienes del Esposo eterno. Lo que pertenece a vuestro padre es la propia sensualidad que debemos abandonar, llegado el tiempo de la discreción y de seguir al Esposo y poseer su tesoro. ¿Cuál fue el tesoro de Jesucristo crucificado? La cruz, oprobio, pena, tormento, heridas, escarnios e improperios, pobreza voluntaria, hambre de la honra del Padre y de nuestra salvación. Digo que, si vosotras poseéis este tesoro con la fuerza de la razón, movida por el fuego de la caridad, llegaréis a las virtudes que hemos dicho.

Seréis verdaderas hijas de la madre, y esposas solícitas y no negligentes; mereceréis ser recibidas por Cristo crucificado: por su gracia os abrirá la puerta de vida imperecedera.

No os digo más. Anegaos en la Sangre de Cristo crucificado. Levantad vuestro espíritu con solicitud verdadera y unión entre vosotras. Si permanecéis unidas, y no divididas, no habrá ni demonio ni criatura alguna que pueda dañaros ni impedir vuestra perfección. Permaneced en el santo y dulce amor de Dios. Jesús dulce, Jesús amor."

Los diez capítulos de la Legenda del Beato Raimundo añaden a esta visión que de una Santa da otra Santa el aspecto realmente asombroso de los prodigios externos que acompañaron y siguieron la vida terrena de Santa Inés. A la santidad íntima de su alma se une la aureola de milagros innumerables y de gracias sobrenaturales. Algunas de ellas, la del maná que solía cubrir su manto al salir de la oración, que cubrió el interior de la catedral el día de su profesión religiosa y la parte de los baños termales después de usarlos la Santa y cayó sobre Santa Catalina cuando estaba orando junto a su cuerpo incorrupto, ha merecido un puesto de honor entre los favores sobrenaturales en la historia de la mística.

En el prólogo de su Legenda, confiesa el Beato Raimundo que se ve obligado a escribirla, sobrecogido por la luz radiante que aun después de medio siglo de la muerte de la Santa Fundadora le ha deslumbrado en Montepulciano. Ante la magnitud de las gracias y favores extraordinarios de la vida que se dispone a escribir previene la posible duda en el ánimo del lector. "Todo lo que voy a escribir lo he recogido de labios de los que lo vieron u oyeron, perfecto y fielmente referido, o lo he encontrado escrito por manos de los notarios imperiales o de religiosos observantes, comprobado con la firma de testigos. De entre los que oyeron o vieron estos admirables hechos me los refirieron principalmente cuatro religiosas que viven todavía, que trataron con ella desde los principios de su juventud y recibieron sus enseñanzas en la vida religiosa".

Con razón puede considerársela, junto a Santa Catalina de Siena, como una de las místicas más portentosas de su Orden y de su época.

La vida escrita por Raimundo de Capua extendió su fama de santidad y popularizó su culto de un modo extraordinario.

Clemente VII, en 1532, permite su culto solemne y público en la iglesia del monasterio de Montepulciano, y en 1601 Clemente VIII extiende el oficio de la Santa a toda la Orden dominicana. Conocida en todas partes, llegó el culto de Santa Inés de Montepulciano hasta el nuevo mundo: en Cuzco, Los Angeles, Santa Fe, se erigieron monumentos que llevaron su nombre.

ANGEL MORTA FIGULS.

19 abr 2014

Judas no era un traidor, se hizo


Autor: P. Rainiero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia | Fuente: es.radiovaticana.va 
Judas no era un traidor, se hizo
Reflexión del Viernes Santo del Padre Rainiero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia

 Judas no era un traidor, se hizo
Judas no era un traidor, se hizo
Dentro de la historia divino-humana de la pasión de Jesús hay muchas pequeñas historias de hombres y de mujeres que han entrado en el radio de su luz o de su sombra. La más trágica de ellas es la de Judas Iscariote. Es uno de los pocos hechos atestiguados, con igual relieve, por los cuatro evangelios y por el resto del Nuevo Testamento. La primitiva comunidad cristiana reflexionó mucho sobre el asunto y nosotros haríamos mal a no hacer lo mismo. Tiene mucho que decirnos.

Judas fue elegido desde la primera hora para ser uno de los doce. Al insertar su nombre en la lista de los apóstoles, el ´evangelista Lucas escribe: «Judas Iscariote que se convirtió (egeneto) en el traidor» (Lc 6, 16). Por lo tanto, Judas no había nacido traidor y no lo era en el momento de ser elegido por Jesús; ¡llegó a serlo! Estamos ante uno de los dramas más sombríos de la libertad humana.

¿Por qué llegó a serlo? En años no lejanos, cuando estaba de moda la tesis del Jesús «revolucionario», se trató de dar a su gesto motivaciones ideales. Alguien vio en su sobrenombre de «Iscariote» una deformación de «sicariote», es decir, perteneciente al grupo de los zelotas extremistas que actuaban como «sicarios» contra los romanos; otros pensaron que Judas estaba decepcionado por la manera en que Jesús llevaba adelante su idea de «reino de Dios» y que quería forzarle para que actuara también en el plano político contra los paganos. Es el Judas del célebre musical «Jesucristo Superstar» y de otros espectáculos y novelas recientes. Un Judas que se aproxima a otro célebre traidor del propio bienhechor: ¡Bruto que mató a Julio César para salvar la República!

Son todas construcciones que se deben respetar cuando revisten alguna dignidad literaria o artística, pero no tienen ningún fundamento histórico. Los evangelios —las únicas fuentes fiables que tenemos sobre el personaje— hablan de un motivo mucho más a ras de tierra: el dinero. A Judas se le confió la bolsa común del grupo; con ocasión de la unción de Betania había protestado contra el despilfarro del perfume preciosos derramado por María sobre los pies de Jesús, no porque le importaran de pobres —hace notar Juan—, sino porque "era un ladrón y, puesto que tenía la caja, cogía lo que echaban dentro» (Jn 12,6). Su propuesta a los jefes de los sacerdotes es explícita: «¿Cuanto estáis dispuestos a darme, si os lo entrego? Y ellos fijaron treinta siclos de plata» (Mt 26, 15).

Pero ¿por qué extrañarse de esta explicación y encontrarla demasiado banal? ¿Acaso no ha sido casi siempre así en la historia y no es todavía hoy así? Mammona, el dinero, no es uno de tantos ídolos; es el ídolo por antonomasia; literalmente, «el ídolo de metal fundido» (cf. Éx 34,17). Y se entiende el porqué. ¿Quién es, objetivamente, si no subjetivamente (es decir en los hechos, no en las intenciones), el verdadero enemigo, el competidor de Dios, en este mundo? ¿Satanás? Pero ningún hombre decide servir, sin motivo, a Satanás. Quién lo hace, lo hace porque cree obtener de él algún poder o algún beneficio temporal. Jesús nos dice claramente quién es, en los hechos, el otro amo, al anti-Dios: «Nadie puede servir a dos amos: no podéis servir a Dios y a Mammona» (Mt 6,24). El dinero es el «Dios visible», a diferencia del Dios verdadero que es invisible.

Mammona es el anti-dios porque crea un universo espiritual alternativo, cambia el objeto a las virtudes teologales. Fe, esperanza y caridad ya no se ponen en Dios, sino en el dinero. Se opera una siniestra inversión de todos los valores. «Todo es posible para el que cree», dice la Escritura (Mc 9,23); pero el mundo dice: «Todo es posible para quien tiene dinero». Y, en un cierto nivel, todos los hechos parecen darle la razón.

«El apego al dinero —dice la Escritura— es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Detrás de cada mal de nuestra sociedad está el dinero o, al menos, está también el dinero. Es el Moloch de bíblica memoria, al que se le inmolaban jóvenes y niñas (cf. Jer 32,35), o el dios Azteca, al que había que ofrecer diariamente un cierto número de corazones humanos. ¿Qué hay detrás del comercio de la droga que destruye tantas vidas humanas, detrás del fenómeno de la mafia y de la camorra, la corrupción política, la fabricación y el comercio de armas, e incluso —cosa que resulta horrible decir— a la venta de órganos humanos extirpados a niños? Y la crisis financiera que el mundo ha atravesado y este país aún está atravesando, ¿no es debida en buena parte a la «detestable codicia de dinero», la auri sagrada fames, por parte de algunos pocos? Judas empezó sustrayendo algún dinero de la caja común. ¿No dice esto nada a algunos administradores del dinero público?

Pero, sin pensar en estos modos criminales de acumular dinero, ¿no es ya escandaloso que algunos perciban sueldos y pensiones cien veces superiores a los de quienes trabajan en sus dependencias y que levanten la voz en cuanto se apunta la posibilidad de tener que renunciar a algo, de cara a una mayor justicia social?

En los años 70 y 80, para explicar, en Italia, los repentinos cambios políticos, los juegos ocultos de poder, el terrorismo y los misterios de todo tipo que afligían a la convivencia civil, se fue afirmando la idea, casi mítica, la existencia de un «gran Anciano»: un personaje espabiladísmo y poderoso, que por detrás de los bastidores habría movido fila los hilos de todo, para fines que sólo él conocía. Este «gran Anciano» existe realmente, no es un mito; ¡se llama Dinero!

Como todos los ídolos, el dinero es «falso y mentiroso»: promete la seguridad y, sin embargo, la quita; promete libertad y, en cambio, la destruye. San Francisco de Asís describe, con una severidad inusual en él, el final de una persona que vivió sólo para aumentar su «capital». Se aproxima la muerte; se hace venir al sacerdote. Éste pide al moribundo: «¿Quieres el perdón de todos tus pecados?» , y él responde que sí. Y el sacerdote: «Estás dispuesto a satisfacer los errores cometidos, devolviendo las cosas que has estafado a otros?» Y él: «No puedo». «¿Por qué no puedes?» «Porque ya he dejado todo en manos de mis parientes y amigos». Y así él muere impenitente y apenas muerto los parientes y amigos dicen entre sí: «¡Maldita alma la suya! Podía ganar más y dejárnoslo, y no lo ha hecho!"

Cuántas veces, en estos tiempos, hemos tenido que repensar ese grito dirigido por Jesús al rico de la parábola que había almacenado bienes sin fin y se sentía al seguro para el resto de la vida: «Insensato, esta misma noche se te pedirá el alma; y lo que has preparado, ¿de quién será?» (Lc 12,20)! Hombres colocados en puestos de responsabilidad que ya no sabían en qué banco o paraíso fiscal almacenar los ingresos de su corrupción se encontraron en el banquillo de los imputados, o en la celda de una prisión, precisamente cuando estaban para decirse a sí mismos: «Ahora gózate, alma mía». ¿Para quién lo han hecho? ¿Valía la pena? ¿Han hecho realmente el bien de los hijos y la familia, o del partido, si es eso lo que buscaban? ¿O más bien se han arruinado a sí mismos y alos demás?

La traición de Judas continua en la historia y el traicionado es siempre él, Jesús. Judas vendió al jefe, sus imitadores venden su cuerpo, porque los pobres son miembros de Cristo, lo sepan o no. «Todo lo que hagáis con uno solo de estos mis hermanos más pequeños, me lo habéis hecho a mí» (Mt 25,40). Pero la traición de Judas no continúa sólo en los casos clamorosos que he mencionado. Pensarlo sería cómodo para nosotros, pero no es así. Ha permanecido famosa la homilía que tuvo en un Jueves Santo don Primo Mazzolari sobre «Nuestro hermano Judas». "Dejad —decía a los pocos feligreses que tenía delante—, que yo piense por un momento al Judas que tengo dentro de mí, al Judas que quizás también vosotros tenéis dentro».

Se puede traicionar a Jesús también por otros géneros de recompensa que no sean los treinta denarios de plata. Traiciona a Cristo quien traiciona a su esposa o a su marido. Traiciona a Jesús el ministro de Dios infiel a su estado, o quien, en lugar de apacentar el rebaño que se la confiado se apacienta a sí mismo. Traiciona a Jesús todo el que traiciona su conciencia. Puedo traicionarlo yo también, en este momento —y la cosa me hace temblar— si mientras predico sobre Judas me preocupo de la aprobación del auditorio más que de participar en la inmensa pena del Salvador. Judas tenía un atenunante que yo no tengo. Él no sabía quién era Jesús, lo consideraba sólo «un hombre justo»; no sabía que era el hijo de Dios, como lo sabemos nosotros.
Como cada año, en la inminencia de la Pascua, he querido escuchar de nuevo la «Pasión según san Mateo», de Bach. Hay un detalle que cada vez me hace estremecerme. En el anuncio de la traición de Judas, allí todos los apóstoles preguntan a Jesús: «¿Acaso soy yo, Señor?» «Herr, bin ich’s?» Sin embargo, antes de escuchar la respuesta de Cristo, anulando toda distancia entre acontecimiento y su conmemoración, el compositor inserta una coral que comienza así: «¡Soy yo, soy yo el traidor! ¡Yo debo hacer penitencia!», «Ich bin´s, ich sollte büßen». Como todas las corales de esa ópera, expresa los sentimientos del pueblo que escucha; es una invitación para que también nosotros hagamos nuestra confesión del pecado.

El Evangelio describe el fin horrible de Judas: «Judas, que lo había traicionado, viendo que Jesús había sido condenado, se arrepintió, y devolvió los treinta siclos de plata a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos, diciendo: He pecado, entregándoos sangre inocente. Pero ellos dijeron: ¿Qué nos importa? Ocúpate tú. Y él, arrojados los siclos en el templo, se alejó y fue a ahocarse» (Mt 27, 3-5). Pero no demos un juicio apresurado. Jesús nunca abandonó a Judas y nadie sabe dónde cayó en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga al cuello: si en las manos de Satanás o en las de Dios. ¿Quién puede decir lo que pasó en su alma en esos últimos instantes? «Amigo», fue la última palabra que le dirigió Jesús y él no podía haberla olvidado, como no podía haber olvidado su mirada.

Es cierto que, hablando de sus discípulos, al Padre Jesús había dicho de Judas: «Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición» (Jn 17,12), pero aquí, como en tantos otros casos, él habla en la perspectiva del tiempo no de la eternidad; la envergadura del hecho basta por sí sola, sin pensar en un fracaso eterno, para explicar la otra tremenda palabra dicha de Judas: «Mejor hubiera sido para ese hombre no haber nacido» (Mc 14,21). El destino eterno de la criatura es un secreto inviolable de Dios. La Iglesia nos asegura que un hombre o una mujer proclamados santos están en la bienaventuranza eterna; pero de nadie sabe ella misma que esté en el infierno.

Dante Alighieri, que, en la Divina Comedia, sitúa a Judas en lo profundo del infierno, narra la conversión en el último instante de Manfredi, hijo de Federico II y rey de Sicilia, al que todos en su tiempo consideraban condenado porque murió excomulgado Herido de muerte en batalla, él confía al poeta que, en el último instante de vida, se rindió llorando a quien «perdona de buen grado» y desde el Purgatorio envía a la tierra este mensaje que vale también para nosotros:

Abominables mis pecados fueron
mas tan gran brazo tiene la bondad
infinita, que acoge a quien la implora .

He aquí a lo que debe empujarnos la historia de nuestro hermano Judas: a rendirnos a aquel que perdona gustosamente, a arrojarnos también nosotros en los brazos abiertos del crucificado. Lo más grande en el asunto de Judas no es su traición, sino la respuesta que Jesús da. Él sabía bien lo que estaba madurando en el corazón de su discípulo; pero no lo expone, quiere darle la posibilidad hasta el final de dar marcha atrás, casi lo protege. Sabe a lo que ha venido, pero no rechaza, en el huerto de los olivos, su beso helado e incluso lo llama amigo (Mt 26,50). Igual que buscó el rostro de Pedro tras la negación para darle su perdón, ¡quién sabe como habrá buscado también el de Judas en algún momento de su vía crucis! Cuando en la cruz reza: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34), no excluye ciertamente de ellos a Judas.

¿Qué haremos, pues, nosotros? ¿A quién seguiremos, a Judas o a Pedro? Pedro tuvo remordimiento de lo que había hecho, pero también Judas tuvo remordimiento, hasta el punto que gritó: «¡He traicionado sangre inocente!» y restituyó los treinta denarios. ¿Dónde está, entonces, la diferencia? En una sola cosa: Pedro tuvo confianza en la misericordia de Cristo, ¡Judas no! El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia.

Si lo hemos imitado, quien más quien menos, en la traición, no lo imitemos en esta falta de confianza suya en el perdón. Existe un sacramento en el que es posible hacer una experiencia segura de la misericordia de Cristo: el sacramento de la reconciliación. ¡Qué bello es este sacramento! Es dulce experimentar a Jesús como maestro, como Señor, pero aún más dulce experimentarlo como Redentor: como aquel que te saca fuera del abismo, como a Pedro del mar, que te toca, como hizo con el leproso, y te dice: «¡Lo quiero, queda curado!» (Mt 8,3). 

La confesión nos permite experimentar sobre nosotros lo que la Iglesia canta la noche de Pascua en el Exultet: «Oh, feliz culpa, que mereció tal Redentor!» Jesús sabe hacer, de todas las culpas humanas, una vez que nos hemos arrepentidos, «felices culpas», culpas que ya no se recuerdan si no por haber sido ocasión de experiencia de misericordia y de ternura divinas!

Tengo un deseo que hacerme y haceros a todos, Venerables Padres, hermanos y hermanas: que la mañana de Pascua podamos levantarnos y oír resonar en nuestro corazón las palabras de un gran converso* de nuestro tiempo:

«Dios mío, he resucitado y estoy aún contigo!
Dormía y estaba tumbado como un muerto en la noche.
Dijiste: «¡Hágase la luz! ¡Y yo me desperté como se lanza un grito! [...]
Padre mío que me has generado antes de la aurora, estoy en tu presencia.
Mi corazón está libre y la boca pelada, cuerpo y espíritu estoy en ayunas.
Estoy absuelto de todos los pecados, que confesé uno a uno.
El anillo nupcial está en mi dedo y mi rostro está limpio.
Soy como un ser inocente en la gracia que me has concedido». 

Este puede hacer de nosotros la Pascua de Cristo.


*(Paul Claudel)

19 de abril SAN LEÓN IX, PAPA Y CONFESOR

19 de abril

SAN LEÓN IX, PAPA Y CONFESOR

 († 1054)


León IX (1048-1054) es, indudablemente, uno de los más insignes papas. Su gloria principal consiste, además de la santidad y virtudes personales que le distinguían desde su juventud, en haber sacado a la Iglesia del estado de decadencia general en que se encontraba a mediados del siglo XI y haber iniciado el movimiento de reforma, que culminó poco después con Gregorio VII (1073-1085) y los papas que le siguieron.

 Llamábase Bruno, de la familia de los condes de Alsacia, y estaba emparentado con los emperadores alemanes Conrado II y Enrique III. Nacido en junio de 1002, estudió en la escuela episcopal de Toul al lado de su primo Adalberon, que fue largo tiempo obispo de Metz. Ya en su juventud dio pruebas de las excelentes cualidades de su espíritu, y después de una enfermedad, cuya curación atribuyeron todos a un milagro de San Benito, decidió entregarse de lleno al servicio de Dios en el estado eclesiástico. Cursados brillantemente y con extraordinario fruto los estudios eclesiásticos, bien pronto se ganó la confianza del nuevo obispo Hermann de Toul, y ya desde entonces comenzó a manifestar la gran estima que tenía de la obra reformadora realizada por los cluniacenses y las Ordenes monásticas.

 Con el ascendiente de su familia ante el emperador Conrado II se obtuvo sin dificultad para él un alto cargo eclesiástico en la corte imperial; pero él por su parte, lejos de dejarse llevar de ninguna clase de ambiciones, encontraba su complacencia en los empleos más humildes y ansiaba ponerse al servicio de la iglesia más pobre. Su sencillez, amabilidad y virtud le conquistaron rápidamente una gran popularidad, por lo cual era comúnmente llamado el buen Bruno.

 Pero Dios le tenía destinado para las más elevadas dignidades. Al morir poco después el obispo Hermann, los eclesiásticos y el pueblo reclamaron a Bruno para sucederle. Así, pues, sin dificultad ninguna fue nombrado obispo de Toul, dignidad que él aceptó por tratarse de una iglesia pobre, donde él podía ejercitar su celo apostólico. Así lo hizo, en efecto, desde un principio, entregándose con su alma joven y ardiente amor de Dios a fomentar en todas partes la reforma eclesiástica. Siendo, como era, hombre de acción y con las excelentes cualidades que le adornaban, ganose rápidamente las simpatías de todos. Su humildad y paciencia, unidas a su energía de carácter y decisión en sus empresas, se manifestaron en multitud de ocasiones. Así supo defender con firmeza, pero sin herir susceptibilidades, los derechos de su iglesia frente a su metropolitano de Worms. Vencer el mal por medio del bien: tal era el secreto que aprendió del divino Maestro, y que él tomó como lema de toda su actuación.

 Sobre estas bases se fue desarrollando su gobierno desde el año 1026, en que fue consagrado obispo, hasta el 1048, en que fue elevado al solio pontificio. Sabemos que celebró con gran fruto diversos sínodos diocesanos; que se mantuvo en íntima unión con los obispos vecinos y que asistió a los concilios provinciales de Tréveris de 1030 y 1037; que promovió con energía los estudios eclesiásticos, y, sobre todo, fue en todas partes el más decidido impulsor de la reforma eclesiástica. En íntima relación con esto debe ponerse el interés que mostró siempre en mantener buenas relaciones con las Ordenes monásticas. Así, ya desde el principio de su gobierno, manifestó sus sentimientos favorables a Cluny, procurando que se le agregaran las dos abadías de Saint-Mansuy y Moyenmontier.

 De este modo, ya durante estos años mantenía relaciones y trabajaba en íntima colaboración con los prohombres del movimiento reformador de la Iglesia, por lo cual se había conquistado un renombre de gran prelado y gran amigo de la reforma. Por esto no es de sorprender que el año 1048, en momentos bien decisivos para la Iglesia, fuera él escogido para gobernarla desde Roma. En efecto, después de resuelto el cisma que desgarraba a la Iglesia el año 1046, Clemente II (1046-1047) apenas tuvo tiempo para iniciar la obra reformadora que entonces se necesitaba, y su sucesor Dámaso II (1047-1048) fue rápidamente arrebatado por la muerte. En estas circunstancias se presentó ante el emperador Enrique III una embajada de Roma con la súplica de que fuera elevado al solio pontificio el arzobispo Halinard, de Lyon; pero éste rechazó decididamente la propuesta.

 Entonces, pues, Enrique III el Negro reunió una Dieta en Worms en diciembre de 1048, donde fue proclamado Bruno de Toul, que había acudido a la misma. Sorprendido y profundamente contrariado ante esta elección, pidió Bruno que se le concedieran tres días para dar su respuesta definitiva; pero, una vez transcurridos éstos, viendo en ello claramente expresada la voluntad de Dios, aceptó aquella dignidad, que él consideraba como la mayor carga que podían imponerle, pero añadiendo como expresa condición, que no consideraría como válida aquella elección hasta que fuera confirmada por el clero y pueblo de Roma. En efecto, llegado a Roma y presentado en la basílica de San Pedro por el metropolitano de Tréveris como el candidato del emperador, fue aclamado de nuevo por el clero y pueblo allí presentes. Ante una manifestación tan evidente de la voluntad divina Bruno se inclinó humildemente y tomó el nombre de León IX.

 Y, en verdad, León IX, hombre de eminentes cualidades personales, dotado de gran energía de voluntad, partidario decidido de la reforma e inflamado en todos sus actos del más vivo amor de Dios y de la Iglesia, era, indudablemente, el Papa que ésta necesitaba en aquellos momentos. Uno de sus principales méritos fue el haberse mantenido desde el principio en contacto con los más insignes promotores de la reforma y haber llamado junto a sí a los más significados entre ellos. Así se mantuvo siempre unido con San Hugo de Cluny y con él tuvo a su disposición el vigoroso movimiento cluniacense. Asimismo, con el poderoso arzobispo Halinard, de Lyon, uno de los mejores representantes de las corrientes reformadoras de Francia, y ,con San Pedro Damiano, que, aunque se hallaba en el retiro de Fonte-Avellana, ya había comenzado a llamar la atención por sus valientes escritos polémicos y sus exhortaciones a la reforma, dirigidas a Clemente II.

 Pero no contento con esto, teniendo presente que en la curia romana hacían falta hombres eminentes y decididos, rodeóse rápidamente de los que con más eficacia le podían servir. Así, llamó ante todo al valiente y decidido Hildebrando, quien desde la muerte de Gregorio VI, cuyo secretario había sido, quedaba enteramente libre. León IX le consagró como archidiácono y le elevó al rango de secretario pontificio. Igualmente creó cardenal obispo de Silva Cándida al monje borgoñón Humberto, al monje Hugo Cándido, procedente del monasterio de Remiremont, de la Lorena, y asimismo a otros varios. De este modo el Colegio Cardenalicio alcanzó un carácter universal y fue en adelante un instrumento eficaz y dócil en manos del Papa.

 Apoyado en estas fuerzas y en estos hombres eminentes, desarrolló León IX una maravillosa actividad, enderezada a sanar a la Iglesia de las dos llagas que la corroían: la simonía y el concubinato de los eclesiásticos. El primer medio que empleó fue el que le ofrecía la costumbre eclesiástica entonces en uso, es decir, los sínodos y concilios. Comenzando por la Pascua de 1049, comenzó a celebrar en Roma con gran solemnidad los sínodos cuaresmales, y rápidamente procuró que se celebraran otros semejantes en diversas provincias eclesiásticas. En todos ellos se renovaban y proclamaban con la mayor decisión las disposiciones contra la simonía y el concubinato de los eclesiásticos, señalándolos como los abusos fundamentales, de los que dependían los demás. Movido del mas ardiente celo de la gloria de Dios y del bien de las almas, emprendió una vida de peregrinación de un territorio a otro, por Italia, Alemania y Francia, celebrando sínodos y alentando en todas partes a las fuerzas de reforma. De esta manera se ha podido afirmar que León IX llegó a hacer comprender prácticamente a todo el mundo cristiano que el Papa era quien gobernaba la Iglesia. El Papado, que hasta entonces era sólo un concepto más o menos elevado, se convirtió en una fuerza eficaz y tangible.

 Particularmente significativa fue la campaña o peregrinación emprendida por León IX el primer año, 1049, de su pontificado, que tuvo como coronamiento los dos grandes concilios presididos por él, en Reims y en Maguncia. Después de celebrar el sínodo de Roma en la dominica de Quasimodo, y otro en Pavía por Pentecostés, donde proclamó las bases de la reforma, atravesó Ios Alpes y se reunió con el emperador Enrique III, pariente e íntimo amigo suyo, y junto con él se dirigió a Colonia, donde celebró la fiesta de San Pedro y San Pablo. De allí pasó, con el mismo Enrique III, a Aquisgrán y Maguncia, y luego se detuvo en su amada diócesis de Toul, donde fue objeto de la más cariñosa acogida, El 14 de septiembre celebró en su catedral la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

 Entretanto se había anunciado el gran sínodo que debía celebrarse próximamente en Reims, y, no obstante las dificultades que fue oponiendo el rey de Francia Enrique I, el 14 de septiembre publicaba desde Toul una encíclica, por la que convocaba el gran concilio. Efectivamente, el 29 de septiembre llegaba el Papa a Reims: el 1º de octubre consagraba la iglesia abacial de San Remigio, y al día siguiente daba comienzo al gran concilio, uno de los más célebres en la historia de la Iglesia de Francia y de Europa. En nombre del Papa, su canciller, Hildebrando, anunciaba a Francia y al mundo que la intención del Papa era procurar un remedio eficaz a los males de la Iglesia: "a la simonía, a la usurpación por los laicos de los cargos y rentas eclesiásticas, al desprecio de las más sagradas leyes del matrimonio, etc. El invitaba a todos a reflexionar delante de Dios acerca de los diversos artículos del programa que les proponía". El efecto de esta intimación pontificia fue, en realidad, grandioso. Naturalmente, ya en el concilio, y sobre todo después de él, tropezó con la enconada oposición de muchos, que no se avenían a entrar por el camino de la reforma. Pero el Papa, uniendo la energía con la habilidad y prudencia, y contando siempre con la ayuda de Dios, cuya causa sostenía, logró en este concilio y después de él innumerables éxitos.

 Terminado el concilio de Reims, se encaminó de nuevo a Alemania, pasando por Verdún y Metz, donde consagró sendas iglesias, y llegó a Maguncia, donde celebró otro gran sínodo, en que renovó la proclamación realizada en Reims. Hecho esto, atravesando de nuevo la Alsacia y luego Ausburgo y Constanza, celebró las Navidades en Verona. A primeros de 1050 se hallaba de vuelta en Roma. Semejantes peregrinaciones por el sur y norte de Italia y por el centro de Europa las repitió durante los años siguientes.

 Indudablemente, la actividad eclesiástica de León IX fue beneficiosa y muy significativa para la iglesia, en la que se observa durante su pontificado un principio de resurgimiento. Y, aunque es verdad que debe atribuirse una parte importante del cambio iniciado a su archidiácono Hildebrando y a los demás colaboradores del Papa, debe reconocerse que el mérito principal recae sobre la egregia figura de León IX.

 Sin embargo, no fue tan afortunado en los asuntos temporales y en el desarrollo de la cuestión oriental. Efectivamente, a principios del siglo XI, los normandos se habían fijado en el sur de Italia, y en sus luchas contra los griegos y los musulmanes habían ido extendiendo progresivamente el área de sus dominios, destruyendo en su avance iglesias y monasterios y devastando los territorios eclesiásticos. El Papa intentó primero entenderse con los griegos para oponerse al avance de tan terribles enemigos; mas, como fracasara en este intento, acudió entonces a Enrique III en demanda de socorro. Este exigió algunas concesiones del Papa, y, en efecto, envió un fuerte socorro, mas, por diversas circunstancias, la mayor parte de las tropas auxiliares enviadas por Enrique III se vieron obligadas a retirarse y volver a Alemania.

 Esto no obstante, decidióse el Papa a proseguir su campaña contra los normandos; pero bien pronto, el 18 de junio de 1053, sus fuerzas fueron completamente aniquiladas en Civitate, y el mismo León IX quedaba prisionero. El resultado fue que, para resolver tan delicada situación, el Papa entregó a los normandos aquellos territorios en calidad de feudos y obtuvo su libertad; pero, consumido de tantos trabajos y emociones, murió poco después en Roma, en abril de 1054.

 No fue más afortunado en el asunto de las Iglesias orientales, pues en su tiempo se maduró y realizó la separación definitiva de Roma de aquellas Iglesias. Indudablemente, el odio a los occidentales del patriarca Miguel Cerulario y la falta de táctica de los legados pontificios, sobre todo del cardenal Humberto, tuvieron una culpa decisiva en la separación definitiva, pero ciertamente no puede decirse que la debilidad del Romano Pontífice o la situación de decadencia de los papas hubiera sido la causa u ocasión del cisma. Porque, siendo así que durante todo el siglo X y principios del XI, en que llegó el Papado Y la Iglesia occidental a su mayor depresión y abatimiento, no se verificó tal separación; vino ésta a realizarse cuando, en el pontificado de León IX, la Iglesia y el Papado habían realizado ya un avance notabilísimo en su reforma y rehabilitación.

 La verdadera causa fue la oposición latente desde antiguo de la Iglesia oriental frente a la occidental, que fue constantemente en aumento, y así bastó una ocasión para que estallara en la forma violenta del cisma. El mismo resurgimiento de la Iglesia occidental, promovido por la reforma cluniacense y la enérgica actividad de León IX, aumentó la oposición existente, de la que se aprovechó el patriarca Miguel Cerulario para realizar aquella separación, que le colocaba a él a la cabeza de la Iglesia griega. León IX no pudo impedir el curso de los acontecimientos, que entristecieron los últimos momentos de su vida, y tres meses después de su muerte se realizó la separación definitiva (16 de julio de 1054).

 Durante los últimos meses de su vida, sintiéndose herido de muerte, dio los más insignes ejemplos de piedad y de resignación cristiana. El pueblo romano, que le profesaba un amor entrañable, sintió profundamente su muerte, ocurrida en la plenitud de su edad viril, contando cincuenta y dos años. Sobre su tumba se esculpió este epitafio:

 Roma vencedora está dolida al quedar viuda de León IX, segura de que, entre muchos, no tendrá un padre como él.

 Su pontificado fue realmente lleno. Por su celo infatigable y su incesante actividad, movida por el más puro amor de Dios, inició eficazmente aquel movimiento de reforma que luego continuó hasta llegar a su más perfecto desarrollo.

 BERNARDINO LLORCA, S. I.