16 abr 2014

16 de abril SAN FRUCTUOSO DE BRAGA

16 de abril

SAN FRUCTUOSO DE BRAGA

(† 665)


En los confines occidentales de España, ganados un siglo antes para la ortodoxia católica por el ilustre San Más Martín de Braga, floreció en el siglo VII uno de los mas eximios varones de la iglesia visigoda. Fructuoso, de noble familia emparentada con algunos reyes visigóticos, hijo de un jefe del ejército, púsose muy pronto en condiciones de servir a la Iglesia al iniciarse en las disciplinas eclesiásticas bajo la dirección de Conancio de Palencia. Allí recibió su educación sagrada, en compañía de numerosos jóvenes a los que había atraído la sabiduría y la discreción de este obispo; pero en su alma florecía la vocación monacal, manifestada desde niño con piadosos pensamientos al decir de su biógrafo, un sencillo monje discípulo y admirador suyo, que escribió una vida llena de detalles maravillosos y de milagros. Joven aún, renunció a sus bienes y dotó con ellos iglesias y benefició a los pobres, para saber desprenderse mejor de la atracción de las cosas del mundo. Y todo hace sospechar que se retiró al Bierzo, donde sus padres posean bienes cuantiosos. Allí le encontrarnos rodeado de discípulos, llevando austera vida de penitente, fortaleciendo a todos con su ejemplo y con su instrucción.

Nos narra su biografía que familias enteras se sentían arrastradas por el hondo movimiento espiritual que había iniciado al restablecer, con redoblado vigor, la vida monástica en retiros de soledad y en medió de exigente disciplina. Su biógrafo nos cuenta, admirado, cómo en varias ocasiones intentó huir a la soledad completa desde sus cenobios, para mejor y más intensamente consagrarse a Dios, sin que el fervor de sus discípulos se lo permitiera, pues no estaban dispuestos a quedarse privados de su guía.

En esta primera etapa de su actividad fundó Fructuoso muchos y diversos monasterios en el Bierzo, en Galicia, en el norte de Portugal, que pronto se vieron invadidos por una multitud creciente, tan grande que nos dice ingenuamente su biógrafo que los mismos jefes del ejército real llegaron a temer quedarse sin hombres que reclutar para sus campañas. Quizá en estas fundaciones puso por norma su regla, que presenta una enorme originalidad y muestra cómo no fue breve su conocimiento de los hombres que se le sometían para servir a Dios: regla dura y enérgica, adecuada a hombres del Norte, con vivo sentimiento de la comunidad y con un concepto de la obediencia muy desarrollado. En breve, un movimiento ascético de tal ímpetu trascendió los límites de Galicia, y el nombre de Fructuoso y su obra corrió por la Península entera; comienzan entonces las inquietudes apostólicas de Fructuoso, para quien se habían quedado pequeñas las soledades galaicas. Tenemos noticias de una peregrinación suya a Mérida, por devoción a Santa Eulalia, y de un viaje emprendido a continuación hacia el Sur hasta llegar a Sevilla y Cádiz. El respeto y las atenciones de que es objeto en su peregrinar nos revelan la fama de santidad y de grandeza que le antecedía: su incansable actividad le lleva a realizar también en estas regiones nuevas fundaciones en que aplicar su intensa disciplina, camino para adelantos mayores en la vía de la perfección.

No pocas leyendas piadosas nos transmite su biógrafo para mostrar la protección que Dios le dispensaba: unas veces, prodigiosamente, le evita el ser confundido con un animal al hallarse en medio de un matorral en oración simplemente cubierto de pieles; en otra ocasión puede atravesar con sus códices un río sin que sus tesoros de formación eclesiástica sufran el menor detrimento al contacto con el agua; en otra ocasión consigue un castigo para un malvado que injusta e inicuamente le ataca; en otro momento logra de manera maravillosa concluir un viaje que corría el riesgo de convertirse en tragedia por el agotamiento de los marineros que a golpe de remos impulsaban la barca, y no falta, en esta larga sucesión de milagros, la barquichuela arrastrada por las olas y recuperada por el Santo, que no vacila en lanzarse a caminar sobre el mar para poder traerla de nuevo a la orilla.

Incansable prosiguió Fructuoso la fundación de monasterios, hasta que, un día, decidió marchar al Oriente en peregrinación. Es probable que, además de visitar los Santos Lugares, como habían hecho tantos hombres ilustres del Occidente español, hubiera dispuesto en su ánimo dirigirse a Egipto, cuna y fuente de donde provino a la Iglesia occidental todo el monacato en que tantos espíritus se santificaron y fueron luz y guía del mundo cristiano, pero no pudo lograr su propósito porque el proyecto llegó a conocimiento del rey y de sus consejeros, que tomaron urgentes medidas para evitar que tal lumbrera de la Iglesia abandonara España. En medio de tanta actividad cuidaba Fructuoso de su propia formación intelectual y de la de sus monjes, y buscaba libros y explicaciones que satisficieran su sed y sus dudas e ignorancia: las vidas de santos, las narraciones de la vida y doctrina de los anacoretas egipcios, la Biblia, constituían el manjar predilecto de aquellos hombres cuya fama recorría más y más la Península de un lado al otro. Braulio de Zaragoza, el gran obispo amigo de San Isidoro, uno de los hombres de más completa y exquisita formación en la España de aquel tiempo, llama a Fructuoso brillante faro de la espiritualidad española, y reconoce y proclama el esfuerzo novador que de bosques y desiertos hacía un grupo de monjes que cantaba sin cesar las alabanzas de Dios.

El entusiasmo de Braulio, dictado, como él mismo dice, por la verdad y no por la adulación o la amistad, debía ser compartido por muchas gentes, que veían en nuestro Santo un hombre de Dios, entregado a su servicio y poderoso instrumento suyo. En aras de este servicio rinde Fructuoso poco después su deseo de soledad y oración, y acepta, no sin repugnancia, el honor de ser elevado a la dignidad episcopal como obispo abad de Dumio, notable monasterio próximo a Braga. Poco tiempo después, obligado por su cargo, asiste Fructuoso a un concilio nacional, presidido por el grande Eugenio de Toledo. Allí, depuesto Potamio, metropolitano de Braga, por diversas faltas de las que se acusó espontáneamente, con voto unánime, los Padres asistentes al concilio elevan a Fructuoso a la silla metropolitana de Braga, con la esperanza y la seguridad, dicen, de que daría ello mucha gloria a Dios y redundaría en gran beneficio de la Iglesia. Puede decirse que nada o casi nada se sabe de lo que hiciera en su paso por la sede bracarense; pero su celo incansable le mantenía tenso, y por ello una y otra vez acude ante el rey Recesvinto, cuyo comportamiento tanto aflige a los grandes obispos de este momento, para amonestarle, pedirle clemencia, aconsejarle.

El biógrafo de nuestro Santo, celoso como era de poner de relieve el espíritu monástico de Fructuoso, insiste ahora en la rigurosa vida ascética que mantuvo durante su tiempo de episcopado, en lo continuado de su actividad como fundador, hasta decir que, conocedor de su próximo fin, se entregó a tal frenesí de trabajo que no cesaba en su labor de dirección y construcción sin darse descanso ni de día ni de noche. Su última fundación parece haber sido el monasterio de Montelios, muy cerca de Braga, donde se conservó su cuerpo tras su muerte, hasta que siglos más tarde, en 1102, el arzobispo de Compostela, Gelmírez, le trasladó a Santiago.

Dícenos su biografía que, atacado de fiebre, comunicó su inmediata muerte a sus discípulos, llorosos por la pérdida que se avecinaba y asombrados por su alegría y tranquilidad en tales momentos; todavía entonces tuvo tiempo para disponer asuntos relacionados con el gobierno de varias de sus más importantes fundaciones; luego hizo ser llevado a la iglesia, donde recibió con sumo fervor y devoción la penitencia y donde permaneció toda la noche postrado en oración, hasta que, amaneciendo un día, que los libros litúrgicos de Braga dicen el de hoy, el año 665, entregó a Dios su alma.

Su biógrafo no olvida señalarnos que pronto comenzaron los milagros en torno a su sepulcro, pero ninguno más importante ni valioso que el gran milagro del cual había sido instrumento dócil y activo en manos de Dios: la gran renovación espiritual que inició en el siglo VII, todavía lleno de resabios de herejía, henchido de luchas políticas, de odios y rencores. Entregado a la oración y a la penitencia en medio de un siglo corrompido, logró con su ejemplo y su virtud hacer cristalizar unas ansias de renovación sentidas con toda intensidad. Su celo y su entusiasmo prendieron en multitud de creyentes, que aun bastante después de su muerte buscaban todavía su santificación siguiendo paso a paso los itinerarios de Fructuoso, y haciendo de sus retiros y lugares de oración parajes sagrados en los que sus almas encontraban más facilidad para acercarse a Dios; y aun siglos más tarde, los monasterios por él fundados sentíanse satisfechos de esta tradición, mostrando la huella de su paso apostólico.

MANUEL DÍAZ Y DÍAZ

15 abr 2014

Santo Evangelio 15 de Abril de 2014

Día litúrgico: Martes Santo

Texto del Evangelio (Jn 13,21-33.36-38): En aquel tiempo, estando Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, se turbó en su interior y declaró: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: «Pregúntale de quién está hablando». Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: «Señor, ¿quién es?». Le responde Jesús: «Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar». Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que nos hace falta para la fiesta», o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche. 

Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros». Simón Pedro le dice: «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde». Pedro le dice: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti». Le responde Jesús: «¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces».

Comentario: Abbé Jean GOTTIGNY (Bruxelles, Bélgica)
Era de noche


Hoy, Martes Santo, la liturgia pone el acento sobre el drama que está a punto de desencadenarse y que concluirá con la crucifixión del Viernes Santo. «En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche» (Jn 13,30). Siempre es de noche cuando uno se aleja del que es «Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero» (Símbolo de Nicea-Constantinopla). 

El pecador es el que vuelve la espalda al Señor para gravitar alrededor de las cosas creadas, sin referirlas a su Creador. San Agustín describe el pecado como «un amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios». Una traición, en suma. Una prevaricación fruto de «la arrogancia con la que queremos emanciparnos de Dios y no ser nada más que nosotros mismos; la arrogancia por la que creemos no tener necesidad del amor eterno, sino que deseamos dominar nuestra vida por nosotros mismos» (Benedicto XVI). Se puede entender que Jesús, aquella noche, se haya sentido «turbado en su interior» (Jn 13,21). 

Afortunadamente, el pecado no es la última palabra. Ésta es la misericordia de Dios. Pero ella supone un “cambio” por nuestra parte. Una inversión de la situación que consiste en despegarse de las criaturas para vincularse a Dios y reencontrar así la auténtica libertad. Sin embargo, no esperemos a estar asqueados de las falsas libertades que hemos tomado, para cambiar a Dios. Según denunció el padre jesuita Bourdaloue, «querríamos convertirnos cuando estuviésemos cansados del mundo o, mejor dicho, cuando el mundo se hubiera cansado de nosotros». Seamos más listos. Decidámonos ahora. La Semana Santa es la ocasión propicia. En la Cruz, Cristo tiende sus brazos a todos. Nadie está excluido. Todo ladrón arrepentido tiene su lugar en el paraíso. Eso sí, a condición de cambiar de vida y de reparar, como el del Evangelio: «Nosotros, en verdad, recibimos lo debido por lo que hemos hecho; pero éste no hizo mal alguno» (Lc 23,41).

Comentario: + Rev. D. Lluís ROQUÉ i Roqué (Manresa, Barcelona, España)
Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él

Hoy contemplamos a Jesús en la oscuridad de los días de la pasión, oscuridad que concluirá cuando exclame: «Todo se ha cumplido» (Jn 19,30); a partir de ese momento se encenderá la luz de Pascua. En la noche luminosa de Pascua —en contraposición con la noche oscura de la víspera de su muerte— se harán realidad las palabras de Jesús: «Ahora el Hijo del hombre es glorificado, y Dios es glorificado en Él» (Jn 13,31). Puede decirse que cada paso de Jesús es un paso de muerte a Vida y tiene un carácter pascual, manifestado en una actitud de obediencia total al Padre: «Aquí estoy para hacer tu voluntad» (Heb 10,9), actitud que queda corroborada con palabras, gestos y obras que abren el camino de su glorificación como Hijo de Dios.

Contemplamos también la figura de Judas, el apóstol traidor. Judas mira de disimular la mala intención que guarda en su corazón; asimismo, procura encubrir con hipocresía la avaricia que le domina y le ciega, a pesar de tener tan cerca al que es la Luz del mundo. Pese a estar rodeado de Luz y de desprendimiento ejemplar, para Judas «era de noche» (Jn 13,30): treinta monedas de plata, “el excremento del diablo” —como califica Papini al dinero— lo deslumbraron y amordazaron. Preso de avaricia, Judas traicionó y vendió a Jesús, el más preciado de los hombres, el único que puede enriquecernos. Pero Judas experimentó también la desesperación, ya que el dinero no lo es todo y puede llegar a esclavizar.

Finalmente, consideramos a Pedro atenta y devotamente. Todo en él es buena voluntad, amor, generosidad, naturalidad, nobleza... Es el contrapunto de Judas. Es cierto que negó a Jesús, pero no lo hizo por mala intención, sino por cobardía y debilidad humana. «Lo negó por tercera vez, y mirándolo Jesucristo, inmediatamente lloró, y lloró amargamente» (San Ambrosio). Pedro se arrepintió sinceramente y manifestó su dolor lleno de amor. Por eso, Jesús lo reafirmó en la vocación y en la misión que le había preparado.

15 de abril SAN TELMO

15 de abril

SAN TELMO

 († 1240)


San Telmo, como se le conoce vulgarmente, o Pedro González Termo, cual reza su nombre de pila, es una de las grandes figuras medievales, cuya historia, matizada acaso de áureas y preciosas leyendas, no ha sido hecha aún críticamente. De todos modos, fue, por cierto, un santo popular, de universal y rutilante fama en toda la Península y aun fuera de ella, de las primiciales glorias de la Orden dominicana y astro brillantísimo de la Iglesia del siglo XIII y, sobre todo, abogado, fiador y tutor de nautas y pescadores, singularmente a lo largo de todo el litoral cantábrico.

 Y, sin embargo, San Telmo no fue hijo de la marina, no fue timonel ni batelero o mareante, sino que vio la luz tierra adentro, en pleno corazón de Castilla. Nació, según todos los indicios, en 1185 y fue bautizado en la iglesia románica de San Martín de Frómista, villa palentina que hitaba entonces el camino francés que desde Roncesvalles se dirigía a Compostela. Reinaba a la sazón en León Fernando II, y Alfonso VIII ocupaba el trono castellano.

 Poco es lo que sabemos con certeza de su abolengo y primeros años. Parece ser que su familia era noble y cristianísima, acaso perteneciente al rango de los infanzones o ricos-homes de su tierra, la cual por eso mismo trató desde un principio de darle esmerada y cumplida educación. Le fue, en efecto, confiada ésta a un tío suyo, llamado también don Telmo, canónigo por aquellos días y más tarde obispo de Palencia, el cual, como primera medida, se lo llevó a su casa y, así como vio sus buenas disposiciones y natural despejo, le proporcionó los mejores maestros que hubo a las manos y le puso a estudiar. Con ellos el joven hizo muy pronto grandes progresos en las primeras letras, comenzóse a imponer con brío y seguridad en las artes liberales y el latín, y pasó de allí a poco, cuando apenas pubescía, a las aulas universitarias en la misma Palencia.

 Porque por aquellas décadas Palencia estaba orgullosa de sus flamantes Estudios Generales, que acababa de establecer Alfonso VIII, el vencedor de las Navas, y eran los primeros de España, pues los de Salamanca, debidos a la espléndida munificencia de Alfonso IX, datan de principios del siglo XIII.

 La paz castellana y casi monástica de la ciudad del Pisuerga parecía haberse esfumado para siempre y nadie la echaba de menos. Ahora atronaban las encachadas plazas y las alcanás ahiladas de soportales las triscas, zarabandas y disputas estudiantiles. No se oían jergas extrañas, porque Castilla y España entera vivían en constante clima de cruzada, y en tal coyuntura Europa no nos mandaba teólogos, sino caballeros.

 Ahora bien, todos los biógrafos coinciden en que Telmo fue estudiante lúcido e ingenioso. De fácil y segura memoria, era además sutil y agudo en las controversias, hábil y suelto de palabra, de carácter sociable, simpático y atrayente, aficionado a los libros, aun cuando no se quebrase demasiado los ojos por ellos; en una palabra: un escolar modelo, porque tantas y tan escogidas prendas danse reunidas raras veces en un hombre solo. Y si, a vueltas de ellas, unimos ahora, cual repite incesantemente el laudo de la tradición, sus bellas facciones, su natural y esbelta apostura, su aire señorial y a la par sencillo, su compañerismo sentido lo mismo en las aulas que en la calle, ¿qué extraño es que se hayan hecho lenguas de él cuantos han intentado su hagiografía?

 Con todo eso, hay un punto oscuro en esta parte de su historia, el que se refiere a su talante espiritual y moral. Según algunos autores, Telmo, manteísta aún de la Universidad, era un mozo educado, morigerado y recoleto; dechado y espejo de virtud; humilde, prudente y modesto, alma de oración y que hacía pública profesión de vida espiritual vigorosa y austera. Todo permitía vislumbrar a pie llano al santazo del día de mañana.

 Ni qué decir tiene que la virtud, por honda y acrisolada que sea, puede muy bien ir mano a mano con la bondad de alma, con la aplicación y entrega a las letras, con la serenidad y altura del entendimiento y hasta con la gracia, la fascinación y la simpatía, así como no puede negarse que ha habido siempre corazones predestinados por Dios —no muchos, porque la vida del hombre sobre la tierra de ordinario es lucha continua y esfuerzo de superación—, que desde la cuna o la niñez llevan ya el sello de la santidad. Mas, ¿por qué todos los santos han de ser desde su nacimiento precoces y raudos, santos sin más ni más, como si no fueran de carne y hueso al igual que los demás mortales? ¿Y cómo explicaríamos el conocido accidente del día de Navidad, del que hablaremos más abajo, el Damasco de San Telmo, que ha hecho de él un segundo San Pablo?

 Más bien hemos de admitir que, cuando Pedro González Telmo arrastraba bayonetas en Palencia, según la jerga escolástica, si no era un goliardo, de lo que, por cierto, no tenemos indicios siquiera, sí tenía, en cambio, fama bien ganada de jaranero, gárrulo y señoreador, amigo de chanzas y torneos y dado a la juglaresca. No olvidemos que a cuatro pasos de allí discurría el asendereado camino de Santiago, bullicioso con las primeras formas romances y salpicado de trovadores y cantares de gesta, lo que venía como anillo al dedo para sorber el seso a la estudiantina y singularmente a jóvenes inquietos e impresionables como él. Y, a mayor abundamiento, ahí está su brillante hoja de estudios, su prestigio en la Universidad, su ingenio lícurgo y vivaz, su gallardía y donaire y buena planta, el saberse un pino de oro ante las pollitas de la ciudad, y, sobre todo, que era el sobrino y niño mimado del obispo. Por influencia de éste, en efecto, casi imberbe aún, fue nombrado canónigo y luego, a instancias del mismo, promovido al deanato de la catedral de Palencia.

 De suyo se sigue que de tales premisas solamente podía salir un clérigo a medias. Le faltaba asiento y gravedad, y es posible que hasta la gracia de estado. Tuvo quizá, y sin quizá, un carácter entero, con personalidad acusada y robusta, propenso a reacciones súbitas y violentas, de un amor propio refinado que picaba siempre muy alto, cual hase puesto de bulto en el curso de su vida, pero presumía de jacarero, ostentoso y elegante. Gustaba, por ende, de llevar los mejores y más lustrosos faldularios de la ciudad, y hasta de vez en cuando veíasele en ropilla de seglar y, a fuer de arrogante jinete, pavonearse y gallear de punta en blanco, ruando de cabo a cabo por toda Palencia.

 Mas el hombre propone y Dios dispone. La exaltación al deanato le había hecho perder la cabeza del todo. La cosa no era para menos, supuesto su temperamento, el aura popular de que gozaba entre estudiantes y en la buena sociedad palentina y su prodigalidad. El beneficio era pingüe, la dignidad era honrosa, la edad del laureado muy a propósito para escupir doblones. Y se propuso celebrar su prebenda con una cabalgata que fuese sonada.

 Fue el día de Navidad cuando tomó posesión, cantados que fueron los oficios canónicos, charolados sus zapatos, guarnecidos de relucientes hebillas, argentado y emperifollado con sus vestes y arreos prelaticios. Si había llovido o nevado antes y las calles estaban intransitables y escurridizas, al decir de algunos, es flor de cantueso y poco importa ahora. La cascabelada debió de ser por la tarde. Figuraban en ella la espuma y cogollo de la juventud, todo el golpe de amigos y admiradores del novel deán, cada uno a horcajadas de su cabalgadura, con su atuendo de pajes y espoliques, y luciendo llamativas y ricas galas. El espectáculo era deslumbrante, nunca visto en Palencia, la cual, como es de suponer, estaba toda en la calle. A la cabeza iba el arrogante prebendado, montando su bello alazán y llamando la atención por su gallardía, pompa y caballerosidad, al propio tiempo que recibía los plácemes, ovaciones y ditirambos de la enloquecida multitud. Esto terminó por hacer perder su aplomo al apuesto mancebo, el cual, en su elación y orgullo, para demostrar su destreza de caballista, dio de espuelas al fogoso animal con el fin de hacer piruetas y caracoles, mas perdió el equilibrio y dio de bruces en un barrizal en medio de la zumba y chacota de todo el pueblo.

 ¿Cómo encajó al malparado deán su fracaso y la estentórea rechifla de la chusma? Su reacción estuvo a tono con su majeza y arrogancia, y hasta dice bien con el temple heroico de la época, de rudos contrastes, de eximias virtudes y vicios no menores, todos con cierta grandeza, clave de aquellos santos de cuerpo entero. Mohino y cayéndosele la cara de vergüenza, se metió en su casa y ya no se le volvió a ver en la calle. Como San Pablo en el camino de Damasco, Telmo comenzó a entrever a Dios el día de Navidad en medio de su mayor frenesí y paroxismo. Ya en el retiro de su aposento le asaltó la luminosa idea de la vanidad de las cosas humanas. Y sacó en su solo cabo y a toda prisa el propósito de enterrarse en vida. Era una auténtica y fulminante metanoia.

 En primer lugar, sumido en largas y penosas horas de compunción y deshecho en lágrimas terriblemente amargas, aquel hombre, tan vano y encumbrado la víspera, pedía ahora a Dios que le inspirase el medio mejor y la traza de morir al mundo. Deseaba sinceramente servir al Señor y buscaba el camino de hacerlo con provecho y en desagravio de sus anteriores yerros. En segundo lugar, movido sin duda, por el buen espíritu, con un gesto muy suyo, característico de las almas gigantes de su tiempo, hace solemne renuncia del deanato y de todos los frutos que le correspondían, y va a llamar con decisión a las puertas del convento de Santo Domingo de Palencia.

 No nos coge de nuevo esta elección. La Orden dominicana estaba de moda, ya en su cuna, por el ruido de los éxitos de su fundador contra los albigenses del sur de Francia. Había sido creada unos años antes por Santo Domingo de Guzmán, natural de la diócesis de Soria, pero muy conocido en Palencia, donde cursó en los Estudios Generales, acaso tratado por Telmo personalmente, y la patrocinaba el papa Inocencio III para reponerse del fracaso de los cistercienses en la lucha pastoral e ideológica contra los herejes, ya que, por haber caído en el boato, la atonía y la laxitud, remitieran en el prístino esplendor de su regia. Por otra parte, la naciente Orden prescindía por completo del trabajo manual y se consagraba de lleno al estudio, como condición indispensable para una fructífera y sólida predicación, y era apreciada por su regular observancia y disciplina. A sus claustros se acoge Pedro González Telmo, universitario de los pies a la cabeza, cuyo sacerdocio ha de conservar siempre ese matiz intelectual, docente y "kerigmático", y entra como novicio en el convento dominicano de Palencia que estaba levantándose a la sazón.

 El mejor elogio que cabe hacer de él como religioso es que el clérigo rumboso y sibarita y el hombre de mundo quedaron pronto eclipsados por la práctica, ardimiento y tenacidad de sus virtudes monacales. Está visto que el Señor le había enriquecido con excelsas dotes naturales y forjado sabiamente su metamorfosis espiritual porque deseaba servirse de él para grandes empresas. Digámoslo lisa y llanamente y sin hipérboles nacidas al socaire de ese entusiasmo que instintivamente siente el historiador por sus héroes, porque la vida de San Telmo, injustamente preterida en España hasta el presente, comienza a ser conocida por los estudiosos y su fuste y colosal prestancia se agigantan de día en día.

 Este cimero y provecto novicio fue ya desde el primer momento pasmo de santidad. Su piedad asidua y profunda, su ardiente caridad, su mortificación callada, porfiada y estoica, su varonil desasimiento, eran la admiración de sus compañeros y superiores jerárquicos. Para la profesión preparóse, como no podía ser menos, con largos y rigurosos ayunos y penitencias. Aquel día ofrecióse a Dios por entero ante el altar e hizo la oblación y total renuncia de sí mismo. En lo sucesivo sobresalió hasta tal punto en la observancia de los votos, que todos se hacían cruces de su angelical pureza, de su acatamiento y pobreza, llevada hasta los mayores extremos, amén de una mansa humildad y abatimiento voluntario, como que, en alivio y obsequio de sus hermanos, siempre estaba presto a desempeñar los más bajos oficios de la comunidad. Así crecía esta hermosa flor de los claustros y se denunciaba por su fragante aroma, que trascendió en seguida a Palencia y a innumerables pueblos castellanos.

 Con todo, la dulce placidez casera de una vida contemplativa no se daba las manos con fray Telmo, cuya vocación, por descontado, no era de las de cepos quedos. Y así fue que secundando el espíritu de la Orden y teniendo en cuenta sus sobresalientes cualidades, el prior resolvió dedicarle a la predicación, instándole antes a imponerse en el estudio de la teología. Noches enteras pasaba quemándose las cejas sobre la ciencia sagrada, así como sobre los libros santos, en cuya interpretación rayó a gran altura, al paso que esmerábase en copiar y emular las virtudes de su eximio fundador y seguir sus huellas, a quien había adoptado por modelo.

 Encentrado su apostolado y sus misiones, muchos fueron los pueblos y ciudades que se rindieron a sus arrebatados sermones, saborearon sus sabios consejos y viéronse envueltos y arrastrados en el halo inefable del rigor anacorético de sus austeridades. Pasaba por ser un fraile docto y prudente, celoso por los enfermos y pecadores, y tenía la santa costumbre de exhortar a sus huéspedes, obteniendo por este medio clamorosas conversiones. Pero, ¿qué era esto para un corazón como el suyo que no le cabía en el pecho? Castilla, por ende, comenzó a hacérsele pequeña y su mirada de lince, así como su vehemencia, se fijaron en Andalucía.

 Corría por entonces el primer tercio del siglo XIII, en plena reconquista del solar hispano contra el poder de la media luna. Todos los españoles tenían puestos sus ojos en la homérica cruzada. Alfonso VIII había rebasado la divisoria de Sierra Morena, con lo que quedaba abierto el camino para las grandes conquistas del valle del Guadalquivir. San Fernando es ya rey de Castilla y León, capitán invicto de los cristianos. La epopeya era de suyo ardua, secular y sobrehumana, con España dividida en Estados rivales, con incesantes y voraces levas de bárbaros que vomitaba el desierto contra la Península, con ejércitos heterogéneos y hechos de aluvión, y con los vicios y estragos propios de una campaña que se eternizaba. Sobre este volcán siempre en erupción luchaba el rey santo, del cual se ha dicho que no fue guerrero, ni caudillo, ni táctico, mas salta a la vista que, si bien nunca planteó una batalla formal, su sistema de algaras o correrías anuales, que los españoles habían aprendido de los árabes, dio el mejor resultado. Era una maniobra metódica, plan estratégico de razzias temporales, que consistía en agostar mieses, talar bosques, desarraigar viñedos, estragar la tierra, asolar olivares, torcer el curso de los ríos. Vida de aventura, de guerrillas, de bohemia, de exterminio feroz, y en esta atmósfera de vandalismo por ambos lados, implacable, cruel y brutal, fray Telmo, ardiendo en celo religioso, se propuso atender a la regeneración espiritual de nuestros soldados.

 Los frutos de esta trabajosa e ingrata sementera del gran dominico no se hicieron esperar. Cuándo enseñaba la doctrina cristiana en el campamento, cuándo fustigaba duramente el desenfreno de los libertinos; ahora oía pacientemente confesiones, ahora predicaba y arengaba a las tropas; un día procuraba templar la rudeza y salvajismo de les combatientes, otro día, con hábiles toques y admoniciones, prevenía e intimaba a cuantos acercábanse a él para pedírselos. El fervoroso rey, cuya alma era tan de Dios y veía con agrado la ingente cosecha espiritual llevada a cabo en sus ejércitos, tanto con los caballeros como con las mesnadas, pronto cayó en la cuenta de que fray Telmo era su mejor capitán, porque de la virtud al honor y de los dos al heroísmo no hay más que un paso.

 Un suceso estúpidamente lamentable y apestoso vino en aquel entonces a turbar esta ubérrima labor y no sólo estuvo a punto de dar al traste con el optimismo, fortaleza y buen nombre del misionero, sino que, en realidad, sirvió para dar el espaldarazo a su santidad y fue el primer eslabón de la cadena de oro de su exuberante taumaturgia.

 No sabemos a punto fijo ni la fecha exacta ni la localidad donde ocurrió, mas hace al caso que unos cuantos descontentos, de los conspicuos de la milicia, cuya lubricidad y escándalo habían sido flagelados con valentía y puestos al descubierto por el indomable religioso, no toleraban su presencia ante ellos y dieron en la flor de zaherir, badajear y hacer ascos de él. Su humildad, murmuraban, era torpe máscara; su fervor, hipocresía; su candor, pura ficción so capa de salaz lascivia. No faltaron, gracias a Dios, quienes salieran por su inocencia, pero con este motivo se armó tal polémica y zipizape que una mujer, cortesana de oficio, quiso sacar partido del embrollo, ofreciéndose a sus cómplices por dinero para tentar y hacer sucumbir a aquel "santo de papel". No monta una paja escenificar el episodio. La ariscada y diabólica damisela tuvo la avilantez de tentarle. Era buena moza y lo hizo sacando a relucir melindres y lágrimas, de un modo apasionado, hechicero, febril, pero él fue dueño de sí mismo y el cielo le inspiró encender una gran fogata y se arrojó en las llamas. La pecadora quedó petrificada, como si la atravesara un rayo del cielo; el religioso, incólume y radiante de fulgor sobrenatural; los maquinadores, que estaban al acecho, estupefactos. Todos confesaron su crimen, arrepentidos, y la virtud de fray Telmo de esta hecha va a parecerse más al oro purificado en el crisol.

 A seguida de este triste episodio abandona Andalucía y de allí a poco le vemos en Galicia. ¿Desazonado y molesto quizá? ¿Acaso por la atracción que desde niño ejercía sobre él el camino francés? ¿Aposta y en virtud de un plan preconcebido de sus superiores? Bien pudiera ser que por las tres razones. Los dominicos no tenían en Galicia más conventos que el de Santiago, centro de irradiación admirable, así en el orden religioso como en el civil, mayormente desde los tiempos de Gelmírez, para un apostolado brillante y de altura y propagativo. A él es destinado fray Telmo, llevando consigo a fray Pedro de las Mariñas, de Betanzos, sólo que en el camino se deja ver y misiona por donde pasa, y de aquí proviene tal vez que más de una ciudad, pongo por caso Astorga, haya reivindicado la gloria de su cuna.

 Sin embargo, su centro evangelizador en esta época no parece haber sido Santiago, sino Lugo, cultivando extensa zona, muy populosa, hasta Puente Sampayo. Primeramente constituyóse en maestro de sacerdotes y luego se prodigó con toda la grey. Es una táctica muy española, dígalo el Maestro Avila, de apóstol a lo grande. Si no tenemos luz en el candelero ni hay sal, ¿cómo no va a ser insípido el mundo y cómo evitaremos andar a oscuras y a repelones? La honda transformación operada en toda aquella comarca, la difusión del rezo del rosario, los primeros contactos con pescadores y marineros, un clima blando y tibio de beneficencia y amparo al desvalido, hasta multiplicársele milagrosamente las viandas que podía proporcionarse, nuevos triunfos de su castidad, renovándose el milagro del fuego, datan de esta primera etapa. En Portugal, en el convento de Amarante, residió dos años como maestro de novicios, y de esa escuela salió un santo: Gonzalo de Amarante.

 De nuevo, sin que sea posible precisar la fecha, fray Telmo se halla presente en Andalucía y toma parte en la marcha sobre Córdoba, que fue ganada en 1236. En tal coyuntura figura como director espiritual del ejército y confesor del rey. Una tabla magnífica que se conserva en la catedral de Túy representa la tienda de campaña de San Fernando. Dentro, de rodillas, está el monarca, y, sentado, San Pedro González Telmo. ¿Por qué no prolongó su función de "capellán castrense" y rehusó acompañar al rey santo en la corte, como confesor y consejero, mientras preparaba el asalto a Sevilla? Noble de alcurnia, es cierto; con grande influencia y valimiento en las clases rectoras de Castilla, de finas maneras y placentera presencia, con sólida fama de santidad, fray Telmo, empero, no era palaciego, y su alma de apóstol, enamorada del pueblo sencillo, imbele y abandonado, le hace volver a Galicia, de donde ya no volverá a salir más.

 En esta segunda fase de su estancia en Galicia, que apenas duró cuatro años, Túy es su Cafarnaúm. Alójase donde puede, renovando la táctica antigua, que tan buenos resultados le diera, y perfecciona y completa personales experiencias. Causa asombro su prodigiosa actividad en tan corto período de tiempo: docencia y cura de almas, y, en particular, padre, maestro y juez de conciencia; acción sobre las personas y sobre las organizaciones y fuerzas sociales; precursor de los gremios y cofradías de mareantes.

 El siglo XIII en que estamos significa en la historia universal más de lo que algunos creen. Tiene un ideal armonioso, a despecho de su pedantería y barbarie, y cuenta los santos a montones, algunos de ellos de ejemplares méritos. La predicación hácese independiente de la patrística, más popular, nerviosa y práctica; auméntanse las riquezas y se desarrolla el comercio; despiértase el espíritu asociativo, incluso para construir puentes y caminos; abunda lo bueno y edificante, como que, sin bordar de realce, ningún otro siglo ha hecho tanto por los pobres como él, así en la beneficencia pública como en la privada. No obstante, la avaricia y la miseria andan a toca ropa, y, sin haberse despeñado todavía en el escepticismo, al lado de la virtud verbenea la inmoralidad. Conviene paremos mientes en que, si bien es cierto que quedaban pocos siervos de la gleba, pululan los collazos, behetrías, iuniores de heredad y los villanos o pecheros. La vida de todos éstos era difícil. Y San Telmo no fue anacrónico ni retrógrado, sino coetáneo de su tiempo, anduvo al paso de su época y sólo se propuso salvar a los hombres de su generación.

 Como orador, hubo de predicar con frecuencia al aire libre, porque las iglesias eran harto mezquinas para contener a las muchedumbres; como obras sociales suyas, cuéntanse el puente de Castrelos de Ribadavia y el de la Ramallosa en el valle Míñor de las cercanías de Vigo, como sacerdote, era el padre de los pobres, el amigo, fiscal y consejero de los grandes, y espejo impoluto de edificación en todas partes, estampa viva de férvida oración, de espíritu de sacrificio, de inflamado celo.

 Con todo eso, un problema acuciante, grave y pavoroso, que era a la vez industrial, comercial y sociológico, sobre ser moral, había planteado en este rincón del noroeste gallego: el marinero. Tanto la pesca como el transporte marítimo ocupaban a una numerosa población y estaban reclamando a voces al osado y vidente que los encauzara, a fin de hacer más llevadera la vida en la costa atlántica. Y San Telmo, sin que fuese obstáculo para ello el haber venido al mundo en tierras de pan llevar, se dio cuenta de la tragedia, puso mano en la obra de la formación individual del marinero y hasta ensayó la teoría e institución de los gremios, los cuales habían de encarnar y crecer como la espuma después de su muerte. Ante todo y sobre todo pues, fue el apóstol y paladín de los hombres de mar, así como, reconocidos, fueron también éstos quienes más de corazón se dieron a él y luego hicieron de cantores y panegíristas suyos.

 Por supuesto, en una obra de este temple no podían faltar los milagros. Dios los prodiga a veces a granel para poner de manifiesto su presencia en el mundo y para que los santos los puedan exhibir como credenciales de su mandato. Se pierde la cuenta de los que esmaltan la vida de fray Telmo. Es de advertir que en la catedral de Túy se conserva el original del proceso de su beatificación, a tenor del cual la mayor parte de ellos son rigurosamente teológicos, Mostró su poder sobre los elementos de la naturaleza y más de una vez se le vio atravesar el Miño a pie. Penetraba en los corazones, y los pescadores le interpelaban en medio de las borrascas, braveza y galernas de las procelosas aguas. Un día, dirigiéndose a Bayona, tuvo la revelación de la muerte de un sacerdote, amigo suyo a quien iba a visitar, en el camino, y, como sus compañeros de viaje desfallecieran de hambre, al remover una piedra que él les señaló descubrieron dos panes de nítida blancura. Otra vez, en la Ramallosa, como quiera que estaba edíficándose la fábrica del puente, del que más arriba hemos hecho mención, el inmenso gentío que le rodeaba, embobado por sus sermones, comenzó a huir despavorido ante la horrísona tempestad que habíase desatado y él, alzando sus manos hacía las nubes, las dividió en dos partes, y, a pesar de caer un verdadero diluvio sobre la tierra, sus oyentes no se mojaron poco ni mucho.

 Finalmente, a continuación de esta obra sorprendente y ciclópea, que legaba a sus queridos hijos de aquella comarca y en especial a los marineros, pero que para él no valía gran cosa, porque siempre es un grano de anís lo que hacemos por la gloria de Dios y la salvación de las almas, el Domingo de Ramos de 1240, en el curso de unas lecciones que había iniciado la semana anterior, San Telmo se despidió de la ciudad de Túy, tras revelar la hora de su muerte, dejando consternado al auditorio, y se dispuso a ingresar en el convento de Santiago, donde deseaba acabar sus días.

 Ya la fiebre minaba y atenazaba su débil y macilento cuerpo, gastado por la ascesis de tantos años. Pero, terne en su propósito, hatea, y, al llegar a la aldea de Santa Columba de Ribadelouro, a seis kilómetros de Túy, a par del puente que después se llamará "de Febres" por este incidente, el Señor le da a entender que regrese a la ciudad, y cabalmente para morir en ella, Allí durmióse entre los hombres y despertó entre los ángeles, como había vivido: santo de todo en todo y al pie de la letra, el 14 de abril, siendo prelado de la diócesis en aquellos días el preclaro don Lucas de Túy, autor del célebre Chronicon mundi. Por todo capital dejó a su patrón la correa y el báculo, reliquias que se guardan en la catedral, y, ¡soberanos designios de Dios!, un gran vacío que no se hizo esperar: naufragios, penas, mengua y penuria por doquier, desbarajuste, agostamiento de la vida cristiana y relajación de costumbres, que tanta parte habían de tener en su póstuma glorificación.

 Que sus honras fúnebres estuvieron concurridísimas y solemnes sobremanera, es de clavo pasado. Ofició en ellas el obispo don Lucas, el cual mandó levantar en la misma catedral un mausoleo, convertido muy pronto en centro de atracción por los portentos que allí se multiplicaban a diario. A doscientos ocho ascienden los comprendidos en una información judicial mandada abrir por aquel prelado. Por ejemplo, vióse manar muchas veces un aceite milagroso de suave fragancia, talismán contra diversas enfermedades. De la catedral, donde aún se conserva y venera el cráneo, los restos mortales fueron trasladados al oratorio de los obispos y, en 1579, a la suntuosa capilla que se les dedicó en la iglesia de las Franciscanas. Más tarde, en 1741, Benedicto XIV, comprobada su santidad y abundancia de milagros, instituyó su fiesta, que se extendió a Palencia y Túy en un principio y después a toda España.

 Nuestra nación, y especialmente Galicia, tiene con San Telmo una deuda de gratitud y sería injusto no pagarla de prisa y corriendo y en buena ley, porque ha sido una gloria nacional, inmarcesible y señera. No pasa lo mismo con los navegantes e hijos del agua, que siempre le han ofrendado espléndido y devoto culto. Su nombre es familiar en Lisboa, Oporto, Ancora, en toda la zona miñota de Portugal. Igual cabe decir de todo el litoral cantábrico, de la costa catalana y hasta de la lejana América. De un modo particular Pontevedra y Sevilla, en sus escuelas de marinos, fomentaron esta tradición. "San Telmo, ¡sálvanos!", sigue siendo todavía el grito angustioso del pescador cuando el peligro acosa. Y no olvidan que, en una sazón, como un grumete, zarandeado por el viento en la gavia alta de su nave, volteara sobre el inmenso piélago, San Telmo, flotante sobre las olas con su hábito blanco de dominico, le repuso a bordo. Y con esa fe sencilla y a un tiempo robusta, con un si es no es de vastedad cósmica, a las forescencias producidas por la electricidad en los momentos culminantes de la tormenta, que se columbran en las puntas de los mástiles, le dan el nombre de fuego de San Telmo.

 SANTIAGO FERNÁNDEZ SÁNCHEZ

14 abr 2014

Santo Evangelio 14 de Abril de 2014

Día litúrgico: Lunes Santo


Texto del Evangelio (Jn 12,1-11): Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa. 
Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?». Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis».

Gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús.


Comentario: Rev. D. Jordi POU i Sabater (Sant Jordi Desvalls, Girona, España)
Ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos

Hoy, en el Evangelio, se nos resumen dos actitudes sobre Dios, Jesucristo y la vida misma. Ante la unción que hace María a su Señor, Judas protesta: «Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: ‘¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?’» (Jn 12,4-5). Lo que dice no es ninguna barbaridad, ligaba con la doctrina de Jesús. Pero es muy fácil protestar ante lo que hacen los otros, aunque no se tengan segundas intenciones como en el caso de Judas.

Cualquier protesta ha de ser un acto de responsabilidad: con la protesta nos hemos de plantear cómo lo haríamos nosotros, qué estamos dispuestos a hacer nosotros. Si no, la protesta puede ser sólo —como en este caso— la queja de los que actúan mal ante los que miran de hacer las cosas tan bien como pueden.

María unge los pies de Jesús y los seca con sus cabellos, porque cree que es lo que debe hacer. Es una acción tintada de espléndida magnanimidad: lo hizo «tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro» (Jn 12,3). Es un acto de amor y, como todo acto de amor, difícil de entender por aquellos que no lo comparten. Creo que, a partir de aquel momento, María entendió lo que siglos más tarde escribiría san Agustín: «Quizá en esta tierra los pies del Señor todavía están necesitados. Pues, ¿de quién, fuera de sus miembros, dijo: ‘Todo lo que hagáis a uno de estos pequeños... me lo hacéis a mí? Vosotros gastáis aquello que os sobra, pero habéis hecho lo que es de agradecer para mis pies’».

La protesta de Judas no tiene ninguna utilidad, sólo le lleva a la traición. La acción de María la lleva a amar más a su Señor y, como consecuencia, a amar más a los “pies” de Cristo que hay en este mundo.

14 de Abril Santa Liduvina


14 de Abril

Santa Liduvina
Paciente enferma crónica
Año 1433Patrona de los enfermos crónicos


Nace en Schiedam, en una casa pobre y honrada, cerca de La Haya. Es la hija de Pedro, el sereno. La llaman Liduvina, Ludiwina, Lidvina, Lydvid o Lidia.

Con quince años comienza su historia de dolor cuando cae en el hielo del lago Schie donde patinaba con sus amigas, al producirse un choque con una de ellas. Se rompió una costilla y entró en cama para no levantarse más. A partir de este momento ya se suceden todos los males y los intentos de curación conocidos en el pueblo. Apostema pertinaz en el lugar de la herida, salen llagas, úlceras, por fin gangrena con gusanos y mucho dolor. Se pasan el día cambiándola de una a otra cama, pero cada traslado es un espantoso tormento; sus piernas ya no la sostienen un día y ya es preciso arrastrarla por el suelo. Enfermedad del fuego sagrado, como lo llamaban en ese tiempo, en un brazo que se consume. También tiene neuralgias. Por si fuera poco, el ojo derecho se extingue y le sangra el izquierdo. Se le producen equimosis lívidas en el pecho que se convierten en pústulas cobrizas. Empieza el mal al hígado y a los pulmones. El cáncer le hace agujero profundo en el pecho. Y para colmo de males, la peste bubónica que asolaba Europa llegó a Holanda y se estableció en Liduvina regalándole dos bubones terribles junto a su corazón. Ella dijo: "dos no está mal, pero tres sería mejor, en honor de la Santísima Trinidad"... y el tercero le brotó en la cara. Sólo la lepra no visitó su cuerpo.

Cualquiera de estos males era de muerte. Pero aquella vida era un milagro continuo. Ahora es un montón de pellejos rotos y huesos; lejos queda la niña crecida y guapa que fue, cuando su buen padre le buscaba pretendientes con los que ajustar una boda que le sacara de apuros y a la que ella se negaba rotundamente.

¿Y los olores? Los chorros de pus, a rosas; los emplastos retirados llenos de insectos, embalsaman la casa, y de aquel cuerpo que todo se pudre, jamás salió olor de muerto.

¿Y el alimento? Una rodaja de manzana asada para un día. El estómago se rebela por una tostada de pan mojado en leche o en cerveza. Después hubo de contentarse con unas gotas de agua azucarada o con un poco de vino matado con agua.

¿Y el descanso? Desaparecido el sueño, noches en vela, de espaldas con la piel que salía como la corteza del árbol. Sus biógrafos dicen que en treinta y ocho años no durmió veinte horas.

¿Y el ánimo? El sufrimiento la llenó al principio de espanto. En cama, estuvo con frecuencia a punto de desesperación. Por cuatro años pensó que estaba condenada; Dios no se interesa por ella, no aparece, o mejor, ha desaparecido por indiferente; casi se diría es un enemigo implacable y cruel. Es incapaz de rezar en ese estado de sufrimiento y postración donde no hay ni una ayuda del cielo, ni un consuelo de la tierra.

El cura del pueblo no se interesa por la enferma mientras tenga que ocuparse de cebar sus capones y de mantener bien repleta la despensa.

Algún alma buena le puso en pista, aunque al principio, ella no entendió nada. "La Pasión de Cristo la has meditado poco hasta ahora". Ni siquiera eso daba resultado; sus dolores le dolían más que los del Señor; pero lo intentaba. La Comunión que le llevaron un día fue el remedio. Iluminada por una gracia repentina descubrió su misión en la tierra: acompañar a Jesús en el Calvario, reparar, clavarse voluntariamente en la cruz, ayudar al Mártir divino a llevar los pecados del mundo.

Las cosas cambiaron. Es la hora de la longanimidad. Empieza a ver lo positivo de su vida. Ahora, ayudada por el pensamiento de la generosidad de los mártires, agradece sus dolores al Señor. Comienza a preocuparse de los otros y de sus necesidades. Mantiene su día en la presencia de Dios aunque se produzcan demencias, apoplejías, neuralgias, dolores de muelas, mal de piedras y contracciones de nervios. De su boca salen a un tiempo sonrisas, bondades, alaridos y sollozos y ella misma decía que se olvidaba de su penoso estado cuando veía el rostro del Ángel de su guarda, que le hacía intuir cuál no sería la hermosura del rostro de Dios. Aparecen estigmas junto a los bubones y en los pies y en las manos.

Entiende de la dulzura de mezclar su dolor con el dolor de Dios porque su mundo es el de Pedro que llaman el Cruel, el de Carlos IV y Enrique de Lancaster con pantanos de sangre y de guerra de bulas entre los antipapas, de violencia de los magnates y ambiciones de los clérigos; era la época en que la cabeza tiarada de Cristo es arrojada de Aviñón a Roma y de Roma a Aviñón. Siente de lejos el pecado y repara. Detecta el mal de quienes la visitan y lo desenmascara para poner remedio. Su habitación es un hospital de almas.

Esta glosa del libro de Job pasó al cielo el día 14 de abril de 1433.

Sus reliquias están en santa Gúdula de Bruselas.

13 abr 2014

Santo Evangelio 13 de Abril de 2014

Día litúrgico: Domingo de Ramos (A)

Texto del Evangelio (Mt 26,14—27,66): En aquel tiempo uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?». Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. 

El primer día de los ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?». Él contestó: «Id a casa de Fulano y decidle: ‘El Maestro dice: mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’». Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. 

Al atardecer se puso a la mesa con los doce. Mientras comían dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar». Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: «¿Soy yo acaso, Señor?». Él respondió: «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del Hombre se va como está escrito de Él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del Hombre!, más le valdría no haber nacido». Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?». Él respondió: «Así es». 

Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo». Y cogiendo un cáliz pronunció la acción de gracias y se lo pasó diciendo: «Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre». 

Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: «Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: ‘Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño’. Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea». Pedro replicó: «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré». Jesús le dijo: «Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante tres veces, me negarás». Pedro le replicó: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré». Y lo mismo decían los demás discípulos. 

Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar». Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo: «Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo». Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres». Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil». De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad». Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque estaban muertos de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo: «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega». 

Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña: «Al que yo bese, ése es: detenedlo». Después se acercó a Jesús y le dijo: «¡Salve, Maestro!». Y lo besó. Pero Jesús le contestó: «Amigo, ¿a qué vienes?». Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con Él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo: «Envaina la espada: quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? El me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar». Entonces dijo Jesús a la gente: «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis». Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los letrados y los senadores. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el consejo en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon: «Éste ha dicho: ‘Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días’». 

El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?». Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis que el Hijo del Hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo». Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo: «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?». Y ellos contestaron: «Es reo de muerte». Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros; lo golpearon diciendo: «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».

Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo: «También tú andabas con Jesús el Galileo». Él lo negó delante de todos diciendo: «No sé qué quieres decir». Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí: «Éste andaba con Jesús el Nazareno». Otra vez negó él con juramento: «No conozco a ese hombre». Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron: «Seguro; tú también eres de ellos, se te nota en el acento». Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo: «No conozco a ese hombre». Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente. 

Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.

Entonces el traidor sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y senadores diciendo: «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente». Pero ellos dijeron: «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!». Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas dijeron: «No es licitó echarlas en el arca de las ofrendas porque son precio de sangre». Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía "Campo de Sangre". Así se cumplió lo escrito por Jeremías el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».

Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús respondió: «Tú lo dices». Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los senadores no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?». Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. 

Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías? Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con Él». 

Pero los sumos sacerdotes y los senadores convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?». Ellos dijeron: «A Barrabás». Pilato les preguntó: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?». Contestaron todos: «Que lo crucifiquen». Pilato insistió: «Pues, ¿qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban más fuerte: «¡Que lo crucifiquen!». Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia del pueblo, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!». Y el pueblo entero contestó: «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. 

Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de Él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una. corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante Él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!». «Luego lo escupían, le quitaban la caña y, le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir "La Calavera"), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con Él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban; lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que, destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». «Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y Él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?». Hasta los que estaban crucificados con él lo insultaban.

Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó: «Elí, Elí, lamá sabaktaní». Es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste». Uno de ellos fue corriendo; en seguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu. 

Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.

Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia; lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor estando en vida anunció: ‘A los tres días resucitaré’. Por eso da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: ‘Ha resucitado de entre los muertos’. La última impostura sería peor que la primera. Pilato contestó: «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis». Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.


Comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
¿Eres tú el rey de los judíos?

Hoy se nos invita a contemplar el estilo de la realeza de Cristo salvador. Jesús es Rey, y —precisamente— en el último domingo del año litúrgico celebramos a Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo. Sí, Él es Rey, pero su reino es el «Reino de la verdad y la vida, el Reino de la santidad y la gracia, el Reino de la justicia, el amor y la paz» (Prefacio de la Solemnidad de Cristo Rey). ¡Realeza sorprendente! Los hombres, con nuestra mentalidad mundana, no estamos acostumbrados a eso.

Un Rey bueno, manso, que mira al bien de las almas: «Mi Reino no es de este mundo» (Jn 18,36). Él deja hacer. Con tono despectivo y de burla, «‘¿Eres tú el rey de los judíos?’. Jesús respondió: ‘Tú lo dices’» (Mt 27,11). Más burla todavía: Jesús es parangonado con Barrabás, y la ciudadanía ha de escoger la liberación de uno de los dos: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?» (Mt 27,17). Y… ¡prefieren a Barrabás! (cf. Mt 27,21). Y… Jesús calla y se ofrece en holocausto por nosotros, ¡que le juzgamos!

Cuando poco antes había llegado a Jerusalén, con entusiasmo y sencillez, «la gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: ‘¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!’» (Mt 21,8-9). Pero, ahora, esos mismos gritan: «‘Que lo crucifiquen’. Pilato insistió: ‘Pues, ¿qué mal ha hecho?’. Pero ellos gritaban más fuerte: ‘¡Que lo crucifiquen!’» (Mt 27, 22-23). «‘¿A vuestro Rey voy a crucificar?’ Replicaron los sumos sacerdotes: ‘No tenemos más rey que el César’» (Jn 19,15).

Este Rey no se impone, se ofrece. Su realeza está impregnada de espíritu de servicio. «No viene para conquistar gloria, con pompa y fastuosidad: no discute ni alza la voz, no se hace sentir por las calles, sino que es manso y humilde (…). No echemos delante de Él ni ramas de olivo, ni tapices o vestidos; derramémonos nosotros mismos al máximo posible» (San Andrés de Creta, obispo).

San Martín I, Papa y Mártir, 13 de Abril

13 de Abril

San Martín I, Papa y Mártir
(año 656)


 San Martín I Papa

San Martín fue el último Papa martirizado. Son más de 40 los pontífices que han sufrido el martirio.

Nació en Todi, Italia, y se distinguió entre los sacerdotes de Roma por su santidad y su sabiduría.

Fue elegido Papa el año 649 y poco después convocó a un Concilio o reunión de todos los obispos, para condenar la herejía de los que decían que Jesucristo no había tenido voluntad humana, sino solamente voluntad divina (Monotelistas se llaman estos herejes).

Como el emperador de Constantinopla Constante II era hereje monotelista, mandó a un jefe militar con un batallón a darle muerte al pontífice. Pero el que lo iba a asesinar, quedó ciego en el momento en el que lo iba a matar, y el jefe se devolvió sin hacerle daño.

Luego envió Constante a otro jefe militar el cual aprovechando que el Papa estaba enfermo, lo sacó secretamente de Roma y lo llevó prisionero a Constantinopla. El viaje duró catorce meses y fue especialmente cruel y despiadado. No le daban los alimentos necesarios y según dice él mismo en sus cartas, pasaron 47 días sin que le permitieran ni siquiera agua para bañarse la cara. Un verdadero martirio que él soportó con especial paciencia. En aquellos días dejó escritas estas palabras: "Me martiriza el frió. Sufro hambre y estoy enfermo. Pero espero que por estos sufrimientos les concederá Dios a mis perseguidores, que después de mi muerte se arrepientan y se conviertan.

En Constantinopla lo expusieron al público como un malhechor, para que las gentes se burlaran de él. Pero lo que consiguieron fue hacer que muchísimos admiraran la virtud de aquel santo varón que todo lo sufría con admirable valor. Un tribunal de herejes lo condenó sin permitirle que dijera ni siquiera una palabra en su defensa. Lo tuvieron tres meses padeciendo en la cárcel destinada a los condenados a muerte, y luego lo sacaron de la cárcel por una petición que hizo el Patriarca Arzobispo de Constantinopla poco antes de morirse, pero lo enviaron al destierro.

Martín fue escribiendo en sus cartas lo que le iba sucediendo en aquellos prolongados martirios. En uno de esos escritos cuenta cómo lo llevaron sin las más mínimas muestras de consideración o respeto a Crimea (en el sur de Rusia, junto al Mar Negro) donde estuvo por meses y meses abandonado de todos, sufriendo hambre y desprecios, pero enriqueciéndose para el cielo en el ofrecimiento diario de sus padecimientos a Dios.

Sus sufrimientos eran tan grandes que cuando alguien lo amenazó con que le iban a dar muerte, exclamó: "Sea cual fuere la muerte que me den, seguramente no va a ser más cruel que esta vida que me están haciendo pasar". Lo amenazaron con dejar su cuerpo expuesto a que lo devoraran los cuervos y respondió: "En cuánto a mi cuerpo, Dios se encargará de cuidarlo. Dios está conmigo. ¿Por qué me voy a preocupar?". Y dando un suspiro de esperanza añadió: "Espero que el Señor Dios tendrá misericordia de mí y no prologará ya por mucho tiempo el tiempo de mi vida en este mundo". De veras que sus sufrimientos debieron ser muy grandes para desear más bien morir que seguir viviendo.

En su última carta, dice así San Martín: "Estoy sorprendido del abandono total en que me tienen en este destierro los que fueron mis amigos. Y más me entristece la indiferencia total con la que mis compañeros de labores me han abandonado. ¿Qué no tienen dinero? ¿Pero no habría ni siquiera unas libras de alimento para enviarlo? ¿O es que el temor a los enemigos de la Iglesia les hace olvidar la obligación que cada uno tiene de dar de comer al hambriento? Pero a pesar de todo, yo sigo rezando a Dios para que conserve firmes en la fe a todos los que pertenecen a la Iglesia".

Murió más de padecimientos y de falta de lo necesario que de enfermedad o vejez, en el año 656. En Constantinopla donde había sido tan humillado, fue declarado santo y empezaron a honrarlo como a un mártir de la religión. Y en la Iglesia de Roma se le ha venido honrando entre el número de los santos mártires.

Martín I: después de ser humillado por unos años, ha seguido siendo glorificado por muchos siglos. En él se ha cumplido lo que anunció San Pablo: "Después de un corto sufrir en esta tierra, nos espera un inmenso gozar en la gloria celestial".

Dichosos vosotros cuando os persigan por mi causa. Alegraos porque grande es vuestro premio. (Jesucristo).

Martín l, San

Autor: P. Ángel Amo