24 mar 2014

Santo Evangelio 24 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Lunes III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 4,24-30): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente reunida en la sinagoga de Nazaret: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.


Comentario: Rev. P. Higinio Rafael ROSOLEN IVE (Cobourg, Ontario, Canadá)
«Ningún profeta es bien recibido en su patria»

Hoy, en el Evangelio, Jesús nos dice «que ningún profeta es bien recibido en su patria» (Lc 4,24). Jesús, al usar este proverbio, se está presentando como profeta.

“Profeta” es el que habla en nombre de otro, el que lleva el mensaje de otro. Entre los hebreos, los profetas eran hombres enviados por Dios para anunciar, ya con palabras, ya con signos, la presencia de Dios, la venida del Mesías, el mensaje de salvación, de paz y de esperanza.

Jesús es el Profeta por excelencia, el Salvador esperado; en Él todas las profecías tienen cumplimiento. Pero, al igual que sucedió en los tiempos de Elías y Eliseo, Jesús no es “bien recibido” entre los suyos, pues son estos quienes llenos de ira «le arrojaron fuera de la ciudad» (Lc 4,29). 

Cada uno de nosotros, por razón de su bautismo, también está llamado a ser profeta. Por eso:

1º. Debemos anunciar la Buena Nueva. Para ello, como dijo el Papa Francisco, tenemos que escuchar la Palabra con apertura sincera, dejar que toque nuestra propia vida, que nos reclame, que nos exhorte, que nos movilice, pues si no dedicamos un tiempo para orar con esa Palabra, entonces sí seremos un “falso profeta”, un “estafador” o un “charlatán vacío”.

2º Vivir el Evangelio. De nuevo el Papa Francisco: «No se nos pide que seamos inmaculados, pero sí que estemos siempre en crecimiento, que vivamos el deseo profundo de crecer en el camino del Evangelio, y no bajemos los brazos». Es indispensable tener la seguridad de que Dios nos ama, de que Jesucristo nos ha salvado, de que su amor es para siempre. 

3º Como discípulos de Jesús, ser conscientes de que así como Jesús experimentó el rechazo, la ira, el ser arrojado fuera, también esto va a estar presente en el horizonte de nuestra vida cotidiana.

Que María, Reina de los profetas, nos guíe en nuestro camino.


Comentario: Rev. D. Santi COLLELL i Aguirre (La Garriga, Barcelona, España)
En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria

Hoy escuchamos del Señor que «ningún profeta es bien recibido en su patria» (Lc 4,24). Esta frase —puesta en boca de Jesús— nos ha sido para muchas y muchos —en más de una ocasión— justificación y excusa para no complicarnos la vida. Jesucristo, de hecho, sólo nos quiere advertir a sus discípulos que las cosas no nos serán fáciles y que, frecuentemente, entre aquellos que se supone que nos conocen mejor, todavía lo tendremos más complicado.

La afirmación de Jesús es el preámbulo de la lección que quiere dar a la gente reunida en la sinagoga y, así, abrir sus ojos a la evidencia de que, por el simple hecho de ser miembros del “Pueblo escogido” no tienen ninguna garantía de salvación, curación, purificación (eso lo corroborará con los datos de la historia de la salvación).

Pero, decía, que la afirmación de Jesús, para muchas y muchos nos es, con demasiada frecuencia, motivo de excusa para no “mojarnos evangélicamente” en nuestro ambiente cotidiano. Sí, es una de aquellas frases que todos hemos medio aprendido de memoria y, ¡qué efecto!

Parece como grabada en nuestra conciencia particular de manera que cuando en la oficina, en el trabajo, con la familia, en el círculo de amigos, en todo nuestro entorno social más debiéramos tomar decisiones solamente comprensibles a la luz del Evangelio, esta “frase mágica” nos echa atrás como diciéndonos: —No vale la pena que te esfuerces, ¡ningún profeta es bien recibido en su tierra! Tenemos la excusa perfecta, la mejor de las justificaciones para no tener que dar testimonio, para no apoyar a aquel compañero a quien le está haciendo una mala pasada la empresa, o para no mirar de favorecer la reconciliación de aquel matrimonio conocido.

San Pablo se dirigió, en primer lugar, a los suyos: fue a la sinagoga donde «hablaba con valentía, discutiendo acerca del Reino de Dios e intentando convencerles» (Hch 19,8). ¿No crees que esto era lo que Jesús quería decirnos?

Beato, Diego José de Cádiz, 24 de marzo


24 de marzo
 

BEATO DIEGO JOSÉ DE CÁDIZ

(† 1801)

 
Treinta años de activísima vida misionera no caben en unas páginas. No es posible reducir a tan breve síntesis la labor de este apóstol capuchino, que, siempre a pie, recorrió innumerables veces Andalucía entera en todas direcciones; que se dirigió después a Aranjuez y Madrid, sin dejar de misionar a su paso por los pueblos de la Mancha y de Toledo; que emprendió más tarde un largo viaje desde Roma hasta Barcelona, predicando a la ida por Castilla la Nueva y Aragón, y a la vuelta por todo Levante; que salió, aunque ya enfermo, de Sevilla y, atravesando Extremadura y Portugal, llegó hasta Galicia y Asturias, regresando por León y Salamanca.

Pero hay que recordar, además, que en sus misiones hablaba varias horas al día a muchedumbres de cuarenta y aun de sesenta mil almas (y al aire libre, porque nuestras más gigantescas catedrales eran insuficientes para cobijar a tantos millares de personas, que anhelaban oírle como a un "enviado de Dios"); que tuvo por oyentes de su apostólica palabra, avalada siempre por la santidad de su vida, a los príncipes y cortesanos por un lado y a los humildes campesinos por otro, a los intelectuales y universitarios y a las clases más populares, al clero en todas sus categorías y a los ejércitos de mar y tierra, a los ayuntamientos; y cabildos eclesiásticos y a los simples comerciantes e industriales y aun a los reclusos de las cárceles; que intervino con su consejo personal y con su palabra escrita, bien por dictámenes más o menos públicos, bien por su casi infinita correspondencia epistolar, en los principales asuntos de su época y en la dirección de muchas conciencias; que escribió tal cantidad de sermones, de obras ascéticas y devocionales, que, reunidas, formarían un buen número de volúmenes; que caminaba siempre a pie, con el cuerpo cubierto por áspero cilicio, pero alimentando su alma con varias horas de oración mental al día; y que, si le seguía un cortejo de milagros y de conversiones ruidosas, también supo de otro cortejo doloroso de ingratitudes, de incomprensiones y aun de persecuciones, hasta morir envuelto en un denigrante proceso inquisitorial.

¿Cómo describir, siquiera someramente, tan inmensa labor? La amplitud portentosa de aquella vida, tan extraordinariamente rica de historia y de fecundidad espiritual, durante los últimos treinta años del siglo XVIII, a lo largo y ancho de la geografía peninsular, se resiste a toda síntesis. Sólo de la Virgen Santísima, a la que especialmente veneraba bajo los títulos de Pastora de las almas y de la paz, predicó más de cinco mil sermones. Y seguramente pasaron de veinte mil los que predicó en su vida de misiones, las cuales duraban diez, quince y aun veinte días en cada ciudad.

La misión concreta de su vida y el porqué de su existencia podría resumirse en esta sola frase: fue el enviado de Dios a la España oficial de fines de aquel siglo y el auténtico misionero del pueblo español en el atardecer de nuestro Imperio.

Nuestros intelectuales de entonces y las clases directoras, con el consentimiento y aun con el apoyo de los gobernantes, abrían las puertas del alma española a la revolución que nos venía de allende el Pirineo, disfrazada de "ilustración", de maneras galantes, de teorías realistas. Todo ello producía, arriba, la "pérdida de Dios" en las inteligencias. Luego vendría la "pérdida de Dios" en las costumbres del pueblo. Aquella invasión de ideas sería precursora de la invasión de armas napoleónicas que vendría después.

No todos vieron a dónde iban a parar aquellas tendencias ni cuáles serían sus funestos resultados. Pero fray Diego los vio con intuición penetrante —y mejor diríamos profética—, ya desde sus primeros años de sacerdocio. Por eso escribía: "¡Qué ansias de ser santo, para con la oración aplacar a Dios y sostener a la Iglesia santa! ¡Qué deseo de salir al público, para, a cara descubierta, hacer frente a los libertinos!... ¡Qué ardor para derramar mi sangre en defensa de lo que hasta ahora hemos creído!"

Dios le había escogido para hacerle el nuevo apóstol de España, y su director espiritual se lo inculcaba repetidas veces: "Fray Diego misionero es un legítimo enviado de Dios a España". Y convencido de ello, el santo capuchino se dirige a las clases rectoras y a las masas populares. Entre la España tradicional que se derrumba y la España revolucionaria que pronto va a nacer, él toma sus posiciones, que son: ponerse al servicio de la fe y de la patria y presentar la batalla a la "ilustración". Había que evitar esa "pérdida de Dios" en las inteligencias y fortalecer la austeridad de costumbres en la masa popular. Y cuando vio rechazada su misión por la España oficial (¡cuánta parte tuvieron en ello Floridablanca, Campomanes y Godoy!), se dirigió únicamente al auténtico pueblo español, con el fin de prepararle para los días difíciles que se avecinaban.

En su misión de Aranjuez y Madrid (1783) el Beato se dirigió a la corte. Pero los ministros del rey impidieron solapadamente que la corte oyera la llamada de Dios. Intentó también fray Diego traer al buen camino a la vanidosa María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV. Pero, convencido más tarde de que nada podía esperar, sobre todo cuando Godoy llegó a privado insustituible de Palacio, el santo misionero rompió definitivamente con la corte, llegando a escribir, más tarde, con motivo de un viaje de los reyes a Sevilla: "No quiero que los reyes se acuerden de mi".

Para cumplir fielmente su misión, el Beato recibió de Dios carismas extraordinarios, que podríamos recapitular en estos tres epígrafes: comunicaciones místicas que lo sostuvieran en su empresa, don de profecía y multiplicación continua de visibles milagros.

Pero Dios no se lo dio todo hecho. Hay quienes, conociéndole sólo superficialmente, no ven en él más que al misionero del pueblo que predica con celo de apóstol, acentos de profeta y milagros de santo. Pero junto al orador, al santo, al profeta y al apóstol, aparece también a cada momento el hombre. También él siente las acometidas de la tentación carnal; también él se apoca y sufre cuando se le presenta la contradicción; también él experimenta dificultades y desganas para cumplir su misión; y aun sólo "a costa de estudio y de trabajo" —dice él— logra escribir lo que escribe. Y a pesar de todo, nada de "tremendismo" en su predicación, como no fuera en contados momentos, cuando el impulso divino le arrastraba a ello. Y así, mientras otros piden a Dios el remedio de los pueblos por medio de un castigo misericordioso, "yo lo pido —escribe— por medio de una misericordia sin castigo". Y no se olvide que vivió en los peores tiempos del rigorismo. ¿Y cómo no iba ser así, si él fue siempre. como buen franciscano y neto andaluz, santamente humano y alegre, ameno en sus conversaciones y gracioso hasta en los milagros que hacía?

Pero el celo de la gloria de Dios y el bien de las almas le dominaron de suerte, que ello solo explica aquel perfecto dominio de sus debilidades humanas, aquella actividad pasmosa, lo mismo predicando que escribiendo, y aquel idear disparates: como el deseo de no morir, para seguir siempre misionando; o el de misionar entre los bienaventurados del cielo o los condenados del infierno; o el de marcharse a Francia, cuando tuvo noticias de los sucesos de París en 1793, para reducir a buen camino a los libertinos y forajidos de la Revolución Francesa.

Dícese de Napoleón que, desterrado ya en Santa Elena, exclamaba recordando sus victorias y su derrota definitiva: "La desgraciada guerra de España es la que me ha derribado". Pero esta guerra no la vencieron nuestros reyes ni nuestros intelectuales; la venció aquel pueblo que había recibido con sumisión y fidelidad las enseñanzas del "enviado de Dios". Este pueblo, fiel a la misión de fray Diego, no traicionó a su fe ni a su patria; los intelectuales y gobernantes, que habían rechazado esa misión, traicionaron a su patria, porque ya habían traicionado a su fe.

Sólo Dios puede medir y valorar —como sólo Él los puede premiar— los frutos que produjo la constante y difícil, fecunda y apostólica actividad misionera del Beato Diego José de Cádiz. Describiendo él su vocación religiosa decía: "Todo mi afán era ser capuchino, para ser misionero y santo". Y lo fue. Realizó a maravilla este triple ideal. Su vida fue un don que Dios concedió a España a fines del XVIII. Por la gracia de Dios y sus propios méritos, fray Diego fue capuchino, misionero y santo.

SERAFÍN DE AUSEJO, O. F. M. CAP.

23 mar 2014

Dame de beber

Dame de beber

Hoy, como en aquel mediodía en Samaría, Jesús se acerca a nuestra vida, a mitad de nuestro camino cuaresmal, pidiéndonos como a la Samaritana: «Dame de beber» (Jn 4,7). «Su sed material —nos dice Juan Pablo II— es signo de una realidad mucho más profunda: manifiesta el ardiente deseo de que, tanto la mujer con la que habla como los demás samaritanos, se abran a la fe». 

El Prefacio de la celebración eucarística de hoy nos hablará de que este diálogo termina con un trueque salvífico en donde el Señor, «(...) al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer, fue para encender en ella el fuego del amor divino». 

Ese deseo salvador de Jesús vuelto “sed” es, hoy día también, “sed” de nuestra fe, de nuestra respuesta de fe ante tantas invitaciones cuaresmales a la conversión, al cambio, a reconciliarnos con Dios y los hermanos, a prepararnos lo mejor posible para recibir una nueva vida de resucitados en la Pascua que se nos acerca.

«Yo soy, el que te está hablando» (Jn 4,26): esta directa y manifiesta confesión de Jesús acerca de su misión, cosa que no había hecho con nadie antes, muestra igualmente el amor de Dios que se hace más búsqueda del pecador y promesa de salvación que saciará abundantemente el deseo humano de la Vida verdadera. Es así que, más adelante en este mismo Evangelio, Jesús proclamará: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí», como dice la Escritura: ‘De su seno correrán ríos de agua viva’» (Jn 7,37b-38). Por eso, tu compromiso es hoy salir de ti y decir a los hombres: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho…» (Jn 4,29).

Amor a la eternidad

Amor a la eternidad

¡Cuántas oportunidades para hacer el bien y vivir con amor! 
Autor: P. Dennis Doren L.C. | Fuente: Catholic.net

¡Cuántas oportunidades para hacer el bien y vivir con amor! Los hombres somos algo especiales, pues estamos esperando situaciones heroicas para demostrar que sí queremos llevar semillas de amor y de esperanza a los hombres; sin embargo, es claro que cada día, con un buen corazón y buenos sentimientos, podemos realizar grandes obras en bien de los demás, ¿por qué esperar llegar al cielo para ser felices?, ¿por qué no comenzar desde ahora para sentirnos en una constante presencia de Dios, y por lo tanto sentirnos que ya estamos en el cielo? 

Había un buen hombre que había vivido una vida larga y feliz, y un día mientras trabajaba ayudando a los pobres, se le apareció un ángel y le dijo: "El Señor me envía, ha llegado el momento de que tomes tu lugar en la eternidad". El buen hombre respondió: "¡Mira cuánto trabajo me queda por hacer!, no quisiera ser ingrato con mis hermanos, creo que podría esperar para tomar mi puesto en la eternidad". El ángel le miró con bondad y le dijo: "Veré qué puedo hacer", y desapareció.

Pasó el tiempo, y otro día, mientras el hombre atendía a unos ancianos, el ángel se le apareció de nuevo. El hombre le dijo: "¡Mira cuánto trabajo me queda por hacer! ¿Crees que la eternidad pueda esperar un poco?". El ángel sonrió y desapareció de nuevo. Finalmente, un día mientras atendía a los enfermos en un hospital, se le apareció el ángel y el buen hombre se limitó a extender los brazos en gesto de resignación, girando la vista hacia todos los enfermos que tenía en torno suyo. El ángel, sin decir una palabra, desapareció. 

Esa misma noche, el buen hombre se dejó caer en el reclinatorio y comenzó a pensar en todo el tiempo que había hecho esperar al ángel. De pronto se sintió muy cansado y dijo: "Señor, si quisieras enviar de nuevo al ángel, esta vez le seguiría de inmediato". Apenas terminó de hablar, el ángel apareció a su lado. "Si quieres llevarme contigo ahora, estoy dispuesto a seguirte al cielo". Éste le miró con ojos llenos de amor y le dijo: "¿Dónde crees que has estado hasta ahora? 
Quien obra con espíritu de Amor vive ya en el Corazón de Dios".


Preguntas o comentarios al autor
P. Dennis Doren LC

Santo Evangelio 23 de Marzo de 2014

Día litúrgico: Domingo III (A) de Cuaresma


Texto del Evangelio (Jn 4,5-42): En aquel tiempo, Jesús llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. 

Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber». Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva». Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna». 

Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla». El le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá». Respondió la mujer: «No tengo marido». Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad». 

Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar». Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad». 

Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo». Jesús le dice: «Yo soy, el que te está hablando».

En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?», o «¿Qué hablas con ella?». La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?». Salieron de la ciudad e iban donde Él. 

Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come». Pero Él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis». Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Les dice Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para la vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga». 

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Cuando llegaron donde Él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo».


Comentario: P. Julio César RAMOS González SDB (Mendoza, Argentina)
Dame de beber

Hoy, como en aquel mediodía en Samaría, Jesús se acerca a nuestra vida, a mitad de nuestro camino cuaresmal, pidiéndonos como a la Samaritana: «Dame de beber» (Jn 4,7). «Su sed material —nos dice Juan Pablo II— es signo de una realidad mucho más profunda: manifiesta el ardiente deseo de que, tanto la mujer con la que habla como los demás samaritanos, se abran a la fe». 

El Prefacio de la celebración eucarística de hoy nos hablará de que este diálogo termina con un trueque salvífico en donde el Señor, «(...) al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer, fue para encender en ella el fuego del amor divino». 

Ese deseo salvador de Jesús vuelto “sed” es, hoy día también, “sed” de nuestra fe, de nuestra respuesta de fe ante tantas invitaciones cuaresmales a la conversión, al cambio, a reconciliarnos con Dios y los hermanos, a prepararnos lo mejor posible para recibir una nueva vida de resucitados en la Pascua que se nos acerca.

«Yo soy, el que te está hablando» (Jn 4,26): esta directa y manifiesta confesión de Jesús acerca de su misión, cosa que no había hecho con nadie antes, muestra igualmente el amor de Dios que se hace más búsqueda del pecador y promesa de salvación que saciará abundantemente el deseo humano de la Vida verdadera. Es así que, más adelante en este mismo Evangelio, Jesús proclamará: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí», como dice la Escritura: ‘De su seno correrán ríos de agua viva’» (Jn 7,37b-38). Por eso, tu compromiso es hoy salir de ti y decir a los hombres: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho…» (Jn 4,29).

23 de marzo SAN JOSE ORIOL († 1727)

23 de marzo

SAN JOSE ORIOL
(† 1727)

Barcelonés. Y lo que hubiera faltadoes que encima fuera de Vich, para que formase constelación con San Antonio María Claret, con Torras y Bages, con Balmes y mi entrañable mosén Cinto, cuyas poesías tuve la osadía de leer en catalán. De todas formas, San José Oriol fue consagrado sacerdote en Vich por el obispo de esta diócesis, don Jaime Mas, el 30 de mayo de 1676, Témporas de la Santísima Trinidad... Y el seminario barcelonés no puede gloriarse de él sin someter la cuestión a "distingos", porque en los azarosos tiempos del santo beneficiado, en realidad, no existía.

Cautivado por la figura mansísima de San José Oriol, he de comenzar confesando un grave pecado: pecado de prejuicio. Porque me he enfrentado con él cargado de prejuicios malsanos. Un santo beneficiado, en medio de un paisaje estepario de prebendas eclesiásticas sin aureola de canonización durante varios siglos. El se habría santificado en su silla coral, rasera con el suelo, oficiando, simplemente asistiendo puntual al canto de horas en las misas conventuales, conforme al turno establecido. ¡Prejuicio! Y él sería también un caso de versión a lo divino de esa criatura de Dios que es el dinero, como hijo de un pueblo con sentido pitagórico, que sabe someter a número lo más bello que han visto mis ojos: la sardana. San José Oriol, cuya primera carta habla de reales y cuyo primer milagro convierte en monedas de plata unas tajadas de rábano, parecía tentarme a un escarceo de ascética económica, tan necesaria, sin duda.

Con situar estas dos cuestiones en su justo punto se haría algo aceptable, pero monstruosamente fragmentario. San José Oriol, que lo mismo puede enseñarme amor a los enfermos que cariño a la gramática hebrea, es un santo hecho por Dios para enseñar serenidad, efectividad en cualquier puesto, porque los suyos fueron todos simplicísimos. Hasta se podría incurrir en el gran pecado de presentarlo cargado de trivialidad. Ese beneficiado de más de cuarenta años se ha pasado diez de profesor particular de dos niños. Después hizo un viaje a Roma con buen resultado, porque de allí retornó con un beneficio en Santa María del Pino. De algo valió su amistad con los filipenses. Tiene la casa en un callejón adonde se entra por la calle de la Canuda. Le dio por marcharse a Misiones, pero no llegó más que a Marsella. Asiste a coro muy puntual. Confiesa en la capilla del Santísimo. Prefiere decir siempre la misa tarde. Al mes de tomar posesión del beneficio ya pidió que se le concediese celebrar la misa más tardía. No le fue concedido. En las reuniones de beneficiados no suele entrar en las deliberaciones. Un día se le ocurrió descolgarse pidiendo que se sustituyesen las pluviales viejas por otras menos pesadas. Muchos le tienen por santo y hasta dicen que hace milagros.

¿Queréis que os cuente lo que me dijo un taxista? Nos pusimos a hablar de curas, de los curas de la localidad, de los tres curas que él y yo conocíamos:

—Don N., se mata, no para.

—¿ ... ?

—Es un torbellino ese hombre.

—¿Y don X?

—Ese no tiene una peseta, es un manirroto y por eso todos le quieren tanto.

—Basta. ¿Y don Z? (un pobre capellancito de monjas).

¡Ah, padre!; ése.... canela fina...

Fueron las palabras que el buen taxista supo emplear cuando quiso hacer punto y aparte con el pobre capellán de ojos silenciosos. Fue su manera de decirme que aquél era un santo.

Si nos hubiésemos acercado a cualquiera de los tejedores o terciopeleros de 1695 para preguntar por el beneficiado de ojos azules y calva venerable que se postra ante el Santísimo después del canto de horas canónicas, nos hubiese dicho ineludiblemente: "es un santo". Sin más.

Porque en esta vida de cincuenta y un años no parecen aflorar todas esas cosas gravísimas, como los puestos de responsabilidad o las incumbencias pastorales, que obligan a moverse sin descanso. Cuando el celo apostólico aguijonea y se lanza a la vanguardia, una mano invisible le asienta nuevamente en su puesto y hay el peligro de que pueda tomarse su anhelo por una "quijotada". Y, sin embargo, florece el milagro a su paso. Es el gran taumaturgo de Barcelona, donde nace, vive y muere. Y aquí va ya la versión exacta que cabe ofrecer.

El santo beneficiado es doctor en teología. Le han tocado los tiempos en que quien mandaba en Francia era Richelieu y quien gobernaba en España era el chato conde-duque de Olivares, que tan mal se vio Velázquez para hacerle un retrato que no desdijera. Lo que a Barcelona le tocó pasar ya se sabe. Y al seminario de Barcelona le tocó no funcionar durante más de noventa años. A aquel pontífice de inigualado anecdotario —Benedicto XIV— le correspondió lamentarse de este gran mal. Pero entonces había lo que hoy casi no nos atrevemos a soñar: Facultad de Teología en las Universidades civiles. En la de Barcelona se doctoró San José Oriol, antes de haber subido las gradas del altar, y con la calificación de nemine díscrepante. Antes había opositado ya a la cátedra de hebreo. Lujo espiritual el de este Santo, que pudo dejar en el pobre inventario de sus cosas una Biblia y una gramática hebraica. Había soñado mucho con convertir judíos. Y se hubiera alegrado, sin duda, de saber que Juan XXIII iba a borrarles de la liturgia del Viernes Santo el adjetivo "pérfidos". Los tiempos cambian. De conversiones de judíos no me consta. Pero ya no fue poco leer —con puntos masoréticos o sin ellos— el texto original del Libro Sagrado. Santa Teresa de Lissieux se quedó con las ganas.

Había experimentado ya muchas cosas en su vida. Se me antoja que mamá Gertrudis tenía un semblante dulce y triste. Sus pupilas quedaron colmadas de eternidad con la despedida temprana de los siete hijos primeros y la de su esposo Juan, muerto a los treinta y siete años (cuando la peste de 1651). Gertrudis unió su vida a la de Domingo Pujolar. José Oriol encontró un padre, y el hijo de Pujolar (futuro sacerdote también) tuvo una madre en Gertrudis. Fue una solución no duradera. Pujolar murió pronto. José fue monaguillo de la ilustre y respetable comunidad de Santa María del Mar. Sólo los pobres entraban en tales funciones. La situación se comprende que era menos holgada. Pero aquellos señores eran buenos y además sabían ver. La cosa comenzó con música y gramática, y todo siguió por sus pasos hasta el flameante doctorado en teología, que alguna mano negra trató vanamente de frustrar. El doctorado era cuestión de talento y codos, ampliamente comprobados en este caso, pero no bastaba en aquellos floridos tiempos demostrar ciencia y santidad para aspirar a las Sagradas Ordenes. Se prerrequería una cosa tan elemental y tan poco aérea como estar en posesión de un beneficio eclesiástico que asegurase la "congrua sustentación" del ordenando. Lo escribo sin saberlo pronunciar: Bell-lloch, obispado de Gerona. Gracias a un beneficio aquí vacante pudo ordenarse San José Oriol. Rentaba un escudo de oro de cámara romano = siete pesetas anuales. Beneficio real y simbólico a la vez, respaldado por el beneficio puramente real de un amigo sincero que se comprometió a suplir con una renta anual. Transcurre casi un mes entre la consagración sacerdotal y la primera misa, que no sé cuándo aprenderemos a llamar la segunda... Una primera misa solemne o rezada. Lo mismo da. Es la primera misa de un santo, que pasa a ocuparse de la preceptoría de la familia Gasneri, alto militar de origen milanés. Pepito tiene seis años y Paquita dos todavía. Vive con ellos en familia durante diez años. Es ésta una vida de familia algo especial, porque, desde que sucedió el prodigio del pavo, se ha decidido a comer solo; y a pan y agua nada más. Muy sencillo: que en la abastecida mesa de los Gasneri José trinchó pavo, pero al servir su plato notó el brazo inmovilizado. Insistió dos veces, y lo mismo. Una mano como de hierro le atenazaba. Mano fuerte y dulcísima, que señalaba una ruta nueva. Un camino de austeridad extremada que no endureció su semblante. El rostro macilento a medida que se iba enflaqueciendo parecía adquirir mayor ternura.

Pepito hace la primera comunión a los diez años y Paquita a los ocho. El santo preceptor los ha preparado con mimo y reciedumbre a la vez. No es que viva consagrado a ellos exclusivamente. Hace unos años que en Barcelona se han establecido los de San Felipe Neri con su género de vida tan peculiar. Tienen vida común, pero son extraordinariamente abiertos, fieles al espíritu peculiar del santo fundador. José Oriol se siente como un miembro más de la Congregación. No le han preocupado nunca esas sutiles cuestiones de frailes o no frailes. En la iglesia del Oratorio confiesa, celebra misa, reparte la comunión. Es hombre que no deja los libros y predica unos sermones poco elocuentes, pero que llegan a las almas y producen consuelo. Hay colas ante su confesionario, y los filipenses están convencidos de que es un santo, aunque ignoran que ayuna a pan y agua durante todo el año...

¿Por qué José Oriol no vivió con mamá Gertrudis, viuda? Tampoco vivió San Pío X con su madre, amándola tanto. Tiene sus exigencias el apostolado. Y tienen a veces los santos esta precaución de no hacer partícipes de "sus líos" a los seres más queridos. Estuvo siempre pendiente de ella y recogió su último suspiro.

Año 1696. Con bordón y sayal de peregrino, con los ojos puestos en las estrellas y las manos mendigando el pan, José Oriol se dirige a Roma. Es la romería de un corazón ardiente al sepulcro de los santos apóstoles... Los hijos de San Felipe Neri le ven llegar a Roma empujado por su fervor. Un ilustre conterráneo suyo había llegado años antes a Roma para agenciar un beneficio eclesiástico. Merodeaban los clérigos españoles en Roma esperando una vacante en la Península. San José de Calasanz no quiso esperar ocioso y encontró en Roma el centro de sus grandes realizaciones. Dura prueba supuso Inocencio X para su obra. Ahora reina un Papa radicalmente distinto en algún punto: Inocencio XI, el papa Odescalchi, hoy Beato Inocencio XI, que señala el puesto definitivo de su vida. El cardenal Coloredo es oratoriano e Inocencio XI lo estima en mucho. El puesto del santo barcelonés está en Barcelona. Allá debe volver para hacerse cargo de un beneficio en Santa María del Pino. No hay canónigos en esta iglesia. Solamente hay beneficiados y por debajo de éstos toda una teoría de capellanes, pasioneros y vicarios. Toda una vida compuesta de detalles a los que hay que ser fiel Le acaban de nombrar "apuntador y bolsero". Horrible tarea la de controlar ausencias y retrasos. Mas horrible aún la de dividir y subdividir las partitiones inter praesentes conforme a un sistema equitativo. El cargo de enfermero le va mejor. Visita y socorre, con sentido de la exactitud, con una caridad controlada que rehuye improvisaciones. Su régimen alimenticio le ha permitido hacer unos ahorros: 311 libras catalanas, que pasan a constituir la fundación de 48 misas por los pobres muertos que no tienen sufragios...

Llega siempre antes de comenzar el coro y permanece de rodillas junto a su silla coral hasta que se inicia la función litúrgica. Prefiere celebrar tarde la misa para así tener más horas de preparación. Todo se va aclarando. Corren los niños a su paso y se detiene con ellos en cualquier pórtico. Hay siempre gente esperándole en la capilla del Santísimo. Visita las cárceles, los hospitales. Va y viene sin hacer ruido, pero todos saben que hace grandes milagros. El lo sabe también, y de todo da cuenta a su director espiritual, fray Juan de la Concepción, que es carmelita descalzo y le conduce por senderos de exigencia y humildad. San José Oriol lee mucho a San Juan de la Cruz. No se toma ni las vacaciones a que tiene derecho en su beneficio. Camina siempre a pie con sotana y manteo limpísimos. Suele andar sin sombrero. (Por eso está tan nuevo el sombrero que se conserva entre sus reliquias.)

Nueva tentativa. Peregrino otra vez. Varios años llevaba en su beneficio cuando emprendió otra aventura, mejor: la misma aventura no lograda. ¡Qué misionero soñador se esconde bajo la negra muceta del beneficiado! El cura de Ars no creía en una vocación sacerdotal sin arrebatos misioneros. Cercano a Marsella le venció la enfermedad y hubo de regresar a Barcelona tras un mandato categórico de Nuestra Señora, que le mostró ya claro para siempre su camino.

Ha cumplido cincuenta y un años. Tiene hecho testamento desde antes de emprender la aventura misionera que Dios no quiso coronar. Es el hombre ordenado en todo, que dispone de su pobreza con la misma seriedad de quien tiene mucho que dejar: sus ropas corales, sus libros, apenas nada más. Ha sido el hijo de laboriosos artesanos que han sabido valorar el fruto del trabajo, no ciertamente con sentido maeztiano. Hasta ha sabido quejarse de que los franceses encarecían la vida, atento a la preocupación vital de la gente pobre, la más cercana a él. Si subís a su buhardilla la hallaréis paupérrima. Pero nadie tiene por qué saber el mérito de tanta pobreza. Sabe el día y la hora en que va a morir y recoge el lugar. Después del coro de la tarde ha confesado a sus penitentes y se dirige a casa de unos buenos amigos: los Llobet. Todo se sucede según el plan de Dios, no ignorado por él. Diariamente se ha confesado antes de celebrar misa. Ahora es la última confesión y la última comunión.... la unción postrera.

Los ojos inmensamente azules se han clavado en la eternidad. Pero flota como un nimbo de belleza sobre la faz macilenta del santo beneficiado, en continuos cambiantes que impiden a los pintores fijar sus rasgos con exactitud. Mientras el pueblo se reparte sus ropas en febril afán de reliquias, en su semblante se posa la serenidad de los cielos. No conozco un santo que más me cierre el camino de las evasivas. He aquí a un amigo barcelonés hecho todo de ternura y exactitud. ¿No recuerdas haber conocido otros más por este estilo? Resulta fácil intuir a San José Oriol.

JOSÉ MARIA DÍAZ

Toribio de Mogrovejo, Santo Obispo, 23 de marzo

Toribio de Mogrovejo, Santo
Obispo, 23 de marzo
Autor: P. Ángel Amo | Fuente: Catholic.net

Obispo de Lima
Martirologio Romano: Santo Toribio de Mogrovejo, obispo de Lima, que siendo laico, de origen español y licenciado en leyes, fue elegido para esta sede y se dirigió a América donde, inflamado en celo apostólico, visitó a pie varias veces la extensa diócesis, proveyó a la grey a él encomendada, fustigó en sínodos los abusos y los escándalos en el clero, defendió con valentía la Iglesia, catequizó y convirtió a los pueblos nativos, hasta que finalmente en Saña, del Perú, descansó en el Señor (1606). 

Etimológicamente: Toribio = Aquella persona dinámica y ruidosa, es de origen griego.

Fecha de canonizacion: 10 de diciembre de 1726 por el Papa BenedIcto XIII.
En 1594, durante su tercera "visita" diocesana, escribiéndole al rey de España Felipe II, san Toribio Alfonso de Mogrovejo hacía un pequeño balance de su vida: 15.000 kilómetros recorridos y 60.000 confirmaciones administradas (Toribio no podía saber que entre ellos había tres santos: Rosa de Lima, Francisco Solano y Martín de Porres). La situación de América Latina sería muy distinta de la actual si sus sucesores y todos los cristianos hubieran tenido el mismo impulso y la misma coherencia de quien fue llamado "apóstol del Perú y nuevo Ambrosio" y a quien Benedicto XIV comparó con San Carlos Borromeo.

Toribio nació en España hacia el año 1538 de una noble familia; estudió en Valladolid, Salamanca y Santiago de Compostela, en donde obtuvo la licencia en derecho. Fue nombrado inquisidor en Granada. Gracias a la relación que cultivaba con Felipe II fue nombrado por Gregorio XIII, arzobispo de Lima, con jurisdicción sobre las diócesis de Cuzco, Cartagena, Popayán, Asunción, Caracas, Bogotá, Santiago, Concepción, Córdoba, Trujillo y Arequipa: de norte a sur eran más de 5.000 kilómetros, y el territorio tenia más de 6 millones de kilómetros cuadrados. Después de haber sido consagrado obispo en agosto de 1580, partió inmediatamente para América, a donde llegó en la primavera de 1581.

Durante 25 años vivió exclusivamente al servicio del pueblo de Dios. Decía: "¡El tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar estricta cuenta de él!". Fue un verdadero organizador de la Iglesia en América, cuya actividad abarcó también diez sínodos diocesanos y tres provinciales. 

También fundó el primer seminario de América; intervino con energía contra los derechos particulares de los religiosos, a quienes estimuló para que aceptaran las parroquias más incómodas y pobres; casi duplicó el número de las "Doctrinas" o parroquias, que pasaron de 150 a más de 250.

Al final de su vida, Toribio recibió el viático en una capillita india, el 23 de marzo de 1606, un Jueves santo, y ahí expiró.