7 nov 2013

Santo Evangelio 7 de Noviembre de 2013



Día litúrgico: Jueves XXXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 15,1-10): En aquel tiempo, todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos». 

Entonces les dijo esta parábola. «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.

»O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido’. Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».


Comentario: Rev. D. Francesc NICOLAU i Pous (Barcelona, España)
Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta

Hoy, el evangelista de la misericordia de Dios nos expone dos parábolas de Jesús que iluminan la conducta divina hacia los pecadores que regresan al buen camino. Con la imagen tan humana de la alegría, nos revela la bondad de Dios que se complace en el retorno de quien se había alejado del pecado. Es como un volver a la casa del Padre (como dirá más explícitamente en Lc 15,11-32). El Señor no vino a condenar el mundo, sino a salvarlo (cf. Jn 3,17), y lo hizo acogiendo a los pecadores que con plena confianza «se acercaban a Jesús para oírle» (Lc 15,1), ya que Él les curaba el alma como un médico cura el cuerpo de los enfermos (cf. Mt 9,12). Los fariseos se tenían por buenos y no sentían necesidad del médico, y es por ellos —dice el evangelista— que Jesús propuso las parábolas que hoy leemos.

Si nosotros nos sentimos espiritualmente enfermos, Jesús nos atenderá y se alegrará de que acudamos a Él. Si, en cambio, como los orgullosos fariseos pensásemos que no nos es necesario pedir perdón, el Médico divino no podría obrar en nosotros. Sentirnos pecadores lo hemos de hacer cada vez que recitamos el Padrenuestro, ya que en él decimos «perdona nuestras ofensas...». ¡Y cuánto hemos de agradecerle que lo haga! ¡Cuánto agradecimiento también hemos de sentir por el sacramento de la reconciliación que ha puesto a nuestro alcance tan compasivamente! Que la soberbia no nos lo haga menospreciar. San Agustín nos dice que Jesucristo, Dios Hombre, nos dio ejemplo de humildad para curarnos del “tumor” de la soberbia, «ya que gran miseria es el hombre soberbio, pero más grande misericordia es Dios humilde».

Digamos todavía que la lección que Jesús da a los fariseos es ejemplar también para nosotros; no podemos alejar de nosotros a los pecadores. El Señor quiere que nos amemos como Él nos ha amado (cf. Jn 13,34) y hemos de sentir gran gozo cuando podamos llevar una oveja errante al redil o recobrar una moneda perdida.

Beato Francisco Palau y Quer Noviembre 7


Beato Francisco Palau y Quer
Noviembre 7

Nació en Aytona (Lérida, España) el 29 de diciembre de 1811, de familia pobre pero muy cristiana. En 1828 ingresó en el seminario de Lérida, donde estudió filosofía y teología durante cuatro años. En 1832 vistió el hábito de carmelita teresiano en Barcelona, donde profesó en 1833. Dos años después fue incendiado el convento donde él vivía. El 2 de abril de 1836 fue ordenado sacerdote. Se entregó de lleno al apostolado y a la oración. Vivió doce años exiliado en Francia (1840-1851) y vuelto a España, se le confinó injustamente a Ibiza (1854-1860).

A pesar de las dificultades, su amor y servicio a la Iglesia lo llevan a fundar en 1860 dos congregaciones religiosas: Hermanas Carmelitas Misioneras y Hermanas Carmelitas Misioneras Teresianas, que encarnan su espíritu y hacen que el Padre Palau aún hoy siga vivo en sus hijas.

Posteriormente, la reina Isabel II intervino para que regresara a España, donde organizó su intenso apostolado. Ya ha medido sus fuerzas con todos los obstáculos y cuenta con la gracia para ganar todas las batallas que le presente el enemigo.

La espiritualidad y personalidad del Padre Palau se forjaron en la lucha, en una búsqueda larga y penosa que abarcó casi toda su vida. Luchó por la paz entre hombres mientras otros se debatían en guerras fratricidas; por la verdad para desterrar la ignorancia; por la libertad en una España que se decía "liberal" mientras perseguía a la Iglesia. Buscó soluciones a los problemas de su tiempo y se comprometió radicalmente con su vocación de carmelita y sacerdote. La clave de toda su vida espiritual y de su misión eclesial es el encuentro con Cristo vivo en su Cuerpo Místico, en la Iglesia.

Sirve a la Iglesia con los diferentes medios que su celo le sugiere: la predicación, la catequesis organizada, los exorcismos, la pluma como escritor y periodista. Los apostolados más variados encuentran su unidad en el ideal que los mueve: amar y servir a la Iglesia en los pobres, los enfermos, los niños, los jóvenes, las familias...

Dotado por Dios con el don de profecía y milagros, tuvo que soportar varias denuncias y juicios por las numerosas curaciones que hacía sin ser facultativo. En varias ocasiones practicó los exorcismos con el más cumplido éxito.

Predicó misiones populares en las islas y en la península, extendiendo la devoción mariana a su paso. Viajó a Roma en 1866 y de nuevo en 1870 para presentar sus preocupaciones sobre el exorcistado al Papa y a los Padres del Concilio Vaticano I. Murió en Tarragona el 20 de marzo de 1872, a los 61 años de edad. Fue beatificado por el papa Juan Pablo II el 24 de abril de 1988. Su fiesta se celebra el 7 de noviembre.

Su espiritualidad
La espiritualidad y personalidad del Padre Palau se forja en la lucha, en una búsqueda larga y penosa que abarca casi toda su vida. Lucha por la PAZ entre hombres que se debaten en guerras fratricidas; por la VERDAD para desterrar la ignorancia, causa de tantos desmanes; por la LIBERTAD en una España que se decía "liberal" y persegula a la Iglesia. Busca soluciones a los problemas de su tiempo y se compromete radicalmente con su vocación de carmelita y sacerdote.

La clave de toda su vida espiritual y de su misión eclesial es el encuentro con Cristo vivo en su Cuerpo Místico, en la Iglesia.

Busca la soledad más completa para dialogar con su "Amada". Por ella también abandona la soledad y se lanza a la acción para servirla con los diferentes medios que su celo le sugiere: la predicación, la catequesis organizada, los exorcismos, la pluma como escritor y periodista. Los apostolados más variados encuentran su unidad en el ideal que los mueve: AMAR Y SERVIR A LA IGLESIA en los pobres, los enfermos, los niños, los jóvenes, las familias...

Su mensaje
que estemos siempre dispuestos a seguir a Cristo aunque nos cueste.

que nos entreguemos con valentía y generosidad al servicio de los hermanos.


que la soledad, la oración y el sacrificio sean la fuente de nuestro apostolado.

que el amor a Cristo, a María y a la iglesia polaricen nuestra vida.

Su oración
Oh Dios, que por medio de tu Espíritu, enriqueciste al Beato Francisco, presbítero, con el don insigne de la oración y de la caridad apostólica; concédenos por su intercesión, que la amada Iglesia de Cristo, resplandeciente con la belleza de María, la Virgen Madre, sea más eficazmente sacramento universal de salvación. Amén

6 nov 2013

Creer solo en Dios



Creer solo en Dios

Es justo y bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que El dice. Sería vano y errado poner una fe semejante en una criatura. 
Autor: P. Pedro Barrajón, L.C. | Fuente: la-oracion.com


"Cuando el hombre ora se sitúa de frente a Dios. En realidad siempre estamos en su presencia pero pocas veces somos realmente conscientes de que Él está allí. El hombre orante ejercita la fe como una adhesión personal a Dios (Catecismo Iglesia Católica, 150). La adhesión personal requiere que el hombre comprometa su inteligencia y que acepte lo que Dios ha revelado como verdadero, precisamente porque Dios lo ha revelado. Claro que cuando el hombre ora ejerce su inteligencia para entender con su mente lo que Dios le quiere decir, pero es también necesario que él abra todo su corazón porque el lenguaje de Dios es un lenguaje que va "de corazón a corazón" (Cor ad cor loquitur: el corazón habla al corazón).

No hay que despreciar este aspecto más "intelectual" de la oración, pero tampoco hay que reducirlo a él. Es preciso llegar a un sano equilibrio. La oración siempre es relación y una sana relación humana no comprometemos sólo la inteligencia sino el afecto, la voluntad, las emociones, la corporalidad, todo nuestro ser. Lo mismo sucede con Dios. Es importante tratar de entender lo que Dios nos revela, guiados por la sabia mano del Magisterio pero es igualmente importante que la relación con Él sea integral e incluya toda nuestra persona.

Por otra parte la relación con Dios, aunque tiene muchos aspectos análogos a la relación interpersonal humana, por otra parte es especial y única. Puede ser legítimo a veces dudar de lo que nos dice una persona por motivos diversos. Jamás lo será en el caso de Dios porque Él, siendo la verdad, no puede caer en falsedad e inducirnos a nosotros en error. Por ellos, llevados de su mano, nos sentimos seguros de que no nos podrá conducir a la mentira, sino que nos guiará siempre hacia la verdad sobre nosotros, sobre el mundo, sobre Él mismo. Así, con Él, tenemos esa experiencia de la que hablaba San Agustín, del "gozo de la verdad". Quien vive en la verdad y de la verdad, vive un gozo puro y especial que no puede vivir quien vive con el demonio, padre de la mentira. Por ello el hombre de Dios irradia alegría, gozo y paz.

"Es justo y bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que El dice. Sería vano y errado poner una fe semejante en una criatura" (CIC, 150). Podemos dar a otras personas una cierta confianza, pero sería vano poner en otra persona una confianza semejante a la que ponemos en Dios. El marido puede dar una confianza total a la mujer y viceversa. Es justo y sobre esta mutua confianza surge la alianza matrimonial, pero tal confianza siempre podrá estar minada por los límites e imperfecciones propios de una creatura. En cambio tales límites no existen en la relación con Dios, Verdad Absoluta que no aplasta con la luz de su verdad, sino que cura, ilumina, transforma y alegra el corazón del hombre.

Santo Evangelio 6 de Noviembre de 2013



Día litúrgico: Miércoles XXXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 14,25-33): En aquel tiempo, caminaba con Jesús mucha gente, y volviéndose les dijo: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío. 

»Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: ‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’. O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío».


Comentario: Rev. D. Joan GUITERAS i Vilanova (Barcelona, España)
El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío

Hoy contemplamos a Jesús en camino hacia Jerusalén. Allí entregará su vida para la salvación del mundo. «En aquel tiempo, caminaba con Jesús mucha gente» (Lc 14,25): los discípulos, al andar con Jesús que les precede, deben aprender a ser hombres nuevos. Ésta es la finalidad de las instrucciones que el Señor expone y propone a quienes le siguen en su ascensión a la “Ciudad de la paz”.

Discípulo significa “seguidor”. Seguir las huellas del Maestro, ser como Él, pensar como Él, vivir como Él... El discípulo convive con el Maestro y le acompaña. El Señor enseña con hechos y palabras. Han visto claramente la actitud de Cristo entre el Absoluto y lo relativo. Han oído de su boca muchas veces que Dios es el primer valor de la existencia. Han admirado la relación entre Jesús y el Padre celestial. Han visto la dignidad y la confianza con la que oraba al Padre. Han admirado su pobreza radical.

Hoy el Señor nos habla en términos claros. El auténtico discípulo ha de amar con todo su corazón y toda su alma a nuestro Señor Jesucristo, por encima de todo vínculo, incluso del más íntimo: «Si alguno viene donde mí y no odia (…) hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26-27). Él ocupa el primer lugar en la vida del seguidor. Dice san Agustín: «Respondamos al padre y a la madre: ‘Yo os amo en Cristo, no en lugar de Cristo’». El seguimiento precede incluso al amor por la propia vida. Seguir a Jesús, al fin y al cabo, comporta abrazar la cruz. Sin cruz no hay discípulo.

La llamada evangélica exhorta a la prudencia, es decir, a la virtud que dirige la actuación adecuada. Quien quiere construir una torre debe calcular si podrá afrontar el presupuesto. El rey que ha de combatir decide si va a la guerra o pide la paz después de considerar el número de soldados de que dispone. Quien quiere ser discípulo del Señor ha de renunciar a todos sus bienes. ¡La renuncia será la mejor apuesta!

San Leonardo de Noblac, 6 de Noviembre


San Leonardo de Noblac o de Limoges, Abad y Confesor
Noviembre 6


(+ 559) Protector en los partos y de los presos, pues tenía el privilegio real de liberar todos los que encontrara.

Es uno de los santos más populares de Europa central. En efecto; dice un estudioso que en su honor se erigieron no menos de seiscientas iglesias y capillas, y su nombre aparece frecuentemente en la toponomástica y en el folclor. El mismo estudioso añade que él «despertó una devoción particular en tiempos de las cruzadas, y entre los devotos se cuenta el príncipe Boemundo de Antioquía que, hecho prisionero por los infieles en 1100, atribuyó su liberación en 1103 al santo, y, de regreso a Europa, donó al santuario de Saint-Léonard-de-Noblac, como ex voto, unas cadenas de plata parecidas a las que él había llevado durante su cautiverio». San Leonardo de Noblac (o de Limoges) es un santo «descubierto» a principios del siglo XI, y a ese período remontan las primeras biografías, que después inspiraron el culto hacia él. 

Leonardo nació en Galia en tiempos del emperador Anastasio, es decir, entre el 491 y el 518. Como sus padres, a más de nobles, eran amigos de Clodoveo, el gran jefe de los Francos, éste quiso servir de padrino en el bautismo del niño. Cuando ya era joven, Leonardo no quiso seguir la carrera de las armas y prefirió ponerse al servicio de San Remigio, que era obispo de Reims. 

Como San Remigio, sirviéndose de la amistad con el rey, había obtenido el privilegio de poder conceder la libertad a todos los prisioneros que encontrara, también Leonardo pidió y obtuvo un poder semejante, que ejerció muchas veces. El rey quiso concederle algo más: la dignidad episcopal. Pero Leonardo, que no aspiraba a glorias humanas, prefirió retirarse primero a San Maximino en Micy, y después a un lugar cercano a Limoges, en el centro de un bosque llamado Pavum. 

Un día su soledad se vio interrumpida por la llegada de Clodoveo que iba a cacería junto con todo su séquito. Con el rey iba también la reina, a quien precisamente en ese momento le vinieron los dolores del parto. Las oraciones y los cuidados de San Leonardo hicieron que el parto saliera muy bien, y entonces el rey hizo con el santo un pacto muy particular: le obsequiaría, para construir un monasterio, todo el territorio que pudiera recorrer a lomo de un burro. Alrededor del oratorio en honor de María Santísima habría surgido una nueva ciudad. 

5 nov 2013

Santo Evangelio 5 de Noviembre de 2013



Día litúrgico: Martes XXXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 14,15-24): En aquel tiempo, dijo a Jesús uno de los que comían a la mesa: «¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios!». Él le respondió: «Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: ‘Venid, que ya está todo preparado’. Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: ‘He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses’. Y otro dijo: ‘He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses’. Otro dijo: ‘Me he casado, y por eso no puedo ir’.

»Regresó el siervo y se lo contó a su señor. Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: ‘Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos’. Dijo el siervo: ‘Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio’. Dijo el señor al siervo: ‘Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa’. Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena».


Comentario: Rev. D. Joan COSTA i Bou (Barcelona, España)
Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa

Hoy, el Señor nos ofrece una imagen de la eternidad representada por un banquete. El banquete significa el lugar donde la familia y los amigos se encuentran juntos, gozando de la compañía, de la conversación y de la amistad en torno a la misma mesa. Esta imagen nos habla de la intimidad con Dios trinidad y del gozo que encontraremos en la estancia del cielo. Todo lo ha hecho para nosotros y nos llama porque «ya está todo preparado» (Lc 14,17). Nos quiere con Él; quiere a todos los hombres y las mujeres del mundo a su lado, a cada uno de nosotros.

Es necesario, sin embargo, que queramos ir. Y a pesar de saber que es donde mejor se está, porque el cielo es nuestra morada eterna, que excede todas las más nobles aspiraciones humanas —«ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2,9) y, por lo tanto, nada le es comparable—; sin embargo, somos capaces de rechazar la invitación divina y perdernos eternamente el mejor ofrecimiento que Dios podía hacernos: participar de su casa, de su mesa, de su intimidad para siempre. ¡Qué gran responsabilidad!

Somos, desdichadamente, capaces de cambiar a Dios por cualquier cosa. Unos, como leemos en el Evangelio de hoy, por un campo; otros, por unos bueyes. ¿Y tú y yo, por qué somos capaces de cambiar a aquél que es nuestro Dios y su invitación? Hay quien por pereza, por dejadez, por comodidad deja de cumplir sus deberes de amor para con Dios: ¿Tan poco vale Dios, que lo sustituimos por cualquier otra cosa? Que nuestra respuesta al ofrecimiento divino sea siempre un sí, lleno de agradecimiento y de admiración.

Sor Angela de la Cruz, 5 de Noviembre



SANTA ÁNGELA DE LA CRUZ

por José María Javierre

Ángela Guerrero nació en Sevilla en el seno de una familia humilde, a las afueras de la ciudad, el 30 de enero de 1846; su padre, Francisco Guerrero, cardador de lana, su madre, Josefa González, costurera. Ambos trabajaban como sirvientes del convento de frailes trinitarios: Francisco les cocinaba, Josefa lava y cose la ropa. Catorce hijos tuvieron, de los cuales murieron tempranamente ocho, víctimas de la mortandad infantil. La penúltima nació niña, Ángela.

Apenas tuvo ocasión de asistir a la escuela: con sólo doce años la pusieron a trabajar para ayudar a la familia. Niña viva y laboriosa, aprendió a colocar adornos en los chapines de las damas distinguidas. Así pasó doce años como ofíciala del taller Maldonado, donde se calzaba «la corte de los duques de Montpensier»: el gobierno había instalado en Sevilla a la infanta Luisa Fernanda, hermana de Isabel II, casada con un hijo del rey francés Luis Felipe. Ángela repartió su tiempo entre su casa, el taller, las iglesias y los hogares pobres, que le gusta visitar, sobre todo algunos célebres corrales de vecindad, donde se hacinan familias marginadas. Hasta que un día confió a su confesor, el padre Torres, un canónigo venerado de Sevilla, el deseo de «hacerse monja».

Las carmelitas descalzas no se atrevieron a recibirla, temerosas de que aquel cuerpecillo menudo y débil apenas pudiera resistir los sacrificios del convento. También le falló la salud cuando intentó entrar en las Hijas de la Caridad. Bajo la experta guía de su confesor, decidió consagrarse al servicio de los pobres, «viviendo a los pies de Cristo crucificado» conforme a los consejos evangélicos. A lo largo de cinco años maduró su proyecto fundacional, experimentando un proceso espiritual de altos valores místicos: hacerse pobre con los pobres, ayudar a los pobres «desde dentro», siendo ellas rigurosamente pobres.

Su instituto había de llamarse «Compañía de la Cruz», y ellas «Hermanas de la Cruz». Ángela tuvo conciencia clara de que no le correspondía una función de magisterio espiritual sino el testimonio de mujeres cristianas entregadas por amor de Cristo al bien de los hermanos necesitados. Sus Papeles íntimos, páginas asombrosas para una joven iletrada, redactadas con graves deficiencias ortográficas y sintácticas, identifican su proyecto de «Compañía» con las formas existenciales propias de Sevilla: no sólo en las vinculaciones que podríamos llamar «políticas», por la atención que los responsables ciudadanos prestaron a la obra cristiana de Sor Ángela, o en la función «social» desarrollada por las Hermanas de la Cruz a favor de los menesterosos, sino en la repercusión hondísima que los modos estéticos sevillanos produjeron sobre el estilo espiritual de Sor Ángela y de su familia religiosa.

Ángela y sus hermanas no se dejaron cazar en la trampa espiritual de una «caridad desde arriba»: dieron y dan su testimonio evangélico instaladas dentro de la pobreza, la necesidad, la renuncia. En esta materia, la postura de Sor Ángela fue tajante. Para sí misma: «La primera pobre, yo... No me consideraré interina en el cargo, desearé sentir los efectos de la pobreza y me alegraré cuando los sienta; estaré pronta para dar todo lo que haya en las casas, teniendo abandono total en Dios y en su Providencia». Y para sus hermanas: «Todo en silencio, sin publicidad».

La fundadora imprimió a su «Compañía» un ambiente de limpieza, de saludable alegría, de contenida belleza: sus conventos obtuvieron esplendor a base de cal, un estropajo, dos esterillas y cinco macetas. A pesar del tenor heroico de sus renuncias, de su pobreza y de su entrega al servicio de los menesterosos, las hermanas de Sor Ángela no adoptan aires grandilocuentes: son mujeres sencillas, verdaderamente populares, apartadas de cualquier colosalismo; impregnan el aire de dulzura, provocan sonrisas cariñosas. La gente agradece esta manera de querer a Dios y a los pobres.

El 2 de agosto de 1875 nació oficialmente la Compañía de la Cruz, con una minúscula patrulla formada por tres hermanas más Ángela, «hermana mayor»: gastaron su capital fundacional en socorros a familias necesitadas, visitaron enfermos y se olvidaron de hacer la comida, la fiesta careció de banquete. En torno suyo se forjó enseguida una aureola tejida de episodios auténticos y legendarios: la biografía de Sor Ángela, «madre Angelita», es una inacabable letanía de bondad y caridades. La congregación cubrió rápidamente las provincias andaluzas y Extremadura. Luego alcanzó Madrid. En nuestros días, Italia y América. Roma aprobó el instituto a mediados de 1908.

Sor Ángela murió, anciana, el 2 de marzo de 1932. Mientras toda la iglesia sevillana rezaba sin parar, el Ayuntamiento republicano de Sevilla celebró una sesión extraordinaria para dar carácter oficial a los elogios de Sor Ángela. El alcalde puso a votación «que se cambie el nombre de la calle Alcázares por Sor Ángela de la Cruz». La minoría socialista, prescindiendo del matiz religioso, estuvo conforme, la minoría radical, conforme... por unanimidad. Sevilla republicana le regaló una calle a Sor Ángela. Cuando acomodaban el ataúd en el sepulcro de la cripta, llegó un obrero: con el jornal del día había comprado un ramo de claveles y suplicó que se los pusieran a Sor Ángela.

Juan Pablo II la beatificó en Sevilla, en su primer viaje a España, el 5 de noviembre de 1982, y la canonizó en Madrid el 4 de mayo de 2003.

[Ecclesia, Nº 3151, del 3 de mayo de 2003, pp. 26-27]