13 ago 2013

San Benildo Romancon, 13 de agosto


13 de Agosto

 SAN BENILDO
(Pedro Romançon)
religioso († 1862)


Los mismos testigos del proceso de la beatificación del hombre de Dios se acordaban bien de aquel 29 de septiembre de 1841. Las calles del pueblo estaban llenas de música y el cortejo se acrecía en cada esquina con una tropa ingenua de chiquillos.

El alcalde Y los concejales acompañaron a los nuevos maestros, precedidos todos de los alegres tambores de la fiesta.

Los corros en las puertas de las casas seguían con el comentario y los ojos a los tres religiosos. Se cubrían con un amplio sombrero de alas levantadas a modo de tricornio, y se envolvían en un manteo de extrañas mangas perdidas que abrochaban bajo una golilla lisa y blanca caída en dos tablas iguales sobre el pecho. El mas pequeño de los tres, apenas metro y medio de talla, es el director. La primera impresión superficial no es muy optimista en las bocas de los campesinos recelosos: "Nos envían lo que les sobra".

Y, sin embargo, veinte años más tarde, de nuevo, todo el pueblo se echaría a la calle; pero esta vez para acompañar el entierro de aquel hombre pequeño, a quien ya todos llaman santo.

El escenario es Saugues, una pequeña ciudad del macizo central francés; tierras pobres, pastizales, ralas arboledas, en una meseta alta y fría. Capital de aldeas, centra Ia vida de una comarca, en la que el relativo aislamiento amasa el carácter de los hombres para hacerlos meditativos, serios, apegados a su fe como a su tierra, buenos cristianos o pecadores que saben que lo son. Las veladas de los largos inviernos, que duran de seis a ocho meses, son fácilmente ocasión de atender, sin discurso, a la verdad de la propia vida, los ojos fijos en el fuego del hogar, que las manos inconscientes atizan.

Aquí nació el renombre de santidad del sencillo maestro del pueblo; desde aquí se extendió hasta recibir de la Iglesia el reconocimiento de valor de ejemplaridad, modelo de cristianos y camino hacia la bienaventuranza.

Y, sin embargo, cincuenta y siete años oscuros, gastados en paz en un medio ambiente reducido y monótono —el hogar paterno, el noviciado, la escuela— pudieran parecer caudal harto menguado para alimentar en una vida la aureola pública de la santidad. Pero, una vez más, en la Iglesia los humildes son exaltados en la palabra de Cristo, y a todos se ofrece camino a propósito.

El Beato Benildo recibió en el bautismo el nombre de Pedro; hijo de Juan Romançon, vivió sus quince primeros años en el hogar campesino de sus padres en Thuret, pueblo laborioso, pacífico, siempre renovado a la sombra de la robusta torre hexagonal de la parroquia, que antes fue abadía benedictina y presidió el nacimiento de la villa.

...Y Dios señala a quien quiere. A los diez años, Pedro Romançon juntaba a sus compañeros y repetía con ellos el catecismo que el domingo habían aprendido en la parroquia. Algunos años después, en 1818, de la mano de su madre recorre las calles de la capital de la provincia, Clermont Ferrant, y entre las tantas cosas recién estrenadas que se atropellan en sus ojos, la silueta de dos religiosos se abre paso hasta su boca. La piadosa madre satisface su curiosidad. Son los Hermanos de las Escuelas Cristianas; son unos hombres que dedican toda su vida a enseñar a los niños, sobre todo a los pobres, y, sobre todo, las cosas necesarias para servir a Dios y poseerle. Todo un presentimiento oscuro se hace luz en el alma del adolescente.

Sus padres no se oponen a sus deseos, pero tratan de asentar su elección en bases sólidas. Cerca de Thuret hay una escuela de los Hermanos. Pedro es enviado allí algún tiempo, como interno.

Su decisión se afirma, pero las puertas del noviciado de Clermont no se abren. Su talla exigua puede comprometer mañana la autoridad del profesor en el mundillo atolondrado de la escuela. Pero la negativa no es rotunda, los superiores saben que la extraña tenacidad persuasiva que brilla en sus pupilas y la firme dulzura de los rasgos de la boca y de las palabras del muchacho pueden suplir otras deficiencias. Y así fue: de esa luz persuasiva de los ojos y de la cálida expresión de sus palabras sus alumnos se acordarán siempre.

Un año, pues, de espera, y Pedro Romançon se convierte en el hermano Benildo, y se incorpora al joven Instituto de San Juan Bautista de La Salle.

Y desde ahora el apostolado de la escuela va a llenar su vida y sus aspiraciones. Lo que tantos teóricos han proclamado, él lo va a realizar en los modestos límites a que le constriñen las limitaciones humanas. Pero con una plenitud, con una densidad perfectas. Y en esto consistió su santidad según el testimonio del Sumo Pontífice Pío XI: "Hizo las cosas comunes de manera no común".

Aurillac, Riom, Limoges, Billon, Saugues: otros tantos establecimientos docentes primarios que son jalones de la carrera laboriosa y fecunda del siervo de Dios. Maestro de las clases pequeñas, responsable más tarde de una sección de barriada de Limoges, director, finalmente, de un modesto grupo escolar en Billom y Saugues.

Pero fue en Saugues donde a través de veinte años tuvo tiempo de hacerse patente a los hombres el heroísmo de su vida.

Los cuatro hermanos de su pequeña comunidad, la escuela, y las relaciones sociales oportunas inherentes a su cargo y exigidas por su caridad van a ser sus preocupaciones para el resto de su vida. Pero este círculo reducido que rodea sus horas, está ceñido a su vez por una presencia ineludible y amada, que da sentido a todo, que avalora todo, que engendra en él la conciencia de la majestad de la misión que se ofrece a su pequeñez. Aparentemente sencilla, esta visión trascendente de la vida, vivida en Dios, es suficiente, porque es inagotable, para alimentar la tensión necesaria, que mantiene al hombre en vela de cara al advenimiento de la eternidad... El hermano Benildo tenía conciencia de esto cuando refería su vocación a la gloria de un emperador, entonces, cuando en Francia se soñaba de nuevo en hacer eternas las efímeras gestas de principio de siglo.

Y fue fiel a su vocación de vivir íntegramente la voluntad de Dios hasta en el remendar sus ropas o acechar el momento, el momento oportuno de insinuar, con la corrección, el amor al deber en la almilla turbulenta de cualquier diablejo pelirrojo, que, como aquel Senas de Saugues, se divierte en parar el reloj para que dure más el recreo.

Y apenas hay nada más en esta hermosa vida; nada más y nada menos. Y la amable sencillez y la cordialidad hecha caridad cristiana, la severidad mantenida en los límites precisos frente a un temperamento vivo y pronto, la abnegación saboreada, esculpida en el propio ser frente al modelo le la divina parábola del grano de trigo, todo se amasa con el polvo menudo de la monotonía. Y éste es el milagro de su vida: no se embotan los filos de esta alma, no se amortece su brillo ni se aflojan sus nervios. El pueblo sencillo, buen catador de esencias, dio su testimonio.

Es notorio que las madres se inclinaban al oído de sus hijos cuando pasaba el hermano Benildo y decían: "Mira, mira, los hermanos; el más pequeño —y lo señalaban con el dedo— es el santo". La sorpresa frívola y desilusionada de la primera vez se había trocado en otra sorpresa sobrecogida y respetuosa.

Parece que no hizo milagros en su vida: empero una madre contaba en los procesos de beatificación que él la había mandado lavar a su hijo enfermo, simplemente con agua del río y que las costras caían apenas este agua de obediencia bendecía la piel del enfermito. El locutorio de la escuela era testigo de toda una filigrana de prudencia con la que el buen director mantenía a raya el fervor rudo y untuoso de sus visitantes. Las oraciones de comunidad, recuerdan los hermanos que con él vivieron, iban casi siempre aguijoneadas por intenciones encomendadas al siervo de Dios. "No somos nadie, pero no podemos desilusionar a esta buena gente. Recemos por ellos". Este era el comentario que precedía a sus plegarias y al júbilo de los que por su intercesión veían desvanecerse sus inquietudes y sus dolores.

Los hermanos de las Escuelas Cristianas que vivieron con él van sembrando de admiración creciente su camino. En el noviciado nadie hubiera predicho para el pequeño novicio la gloria de los altares. Era ejemplar, como tantos otros novicios, pero nada más exteriormente. El registro del noviciado de Clermont no añade nada a los escuetos datos biográficos de inscripción y salida. Sigue un período oscuro de veinte años en los que, siempre religioso ejemplar, cumple su deber como muchos y sigue su habla interior con la Trinidad, a la que consagró su vida. Su vida interior se trasluce apenas. No habla de sí el que siempre estaba ocupado en hablar con Dios. No escribió sus experiencias sobrenaturales. Su bella caligrafía se nos conserva sólo en algunas cartas administrativas o familiares. Vivió el espíritu de fe de su Instituto y cumplió sus reglas amorosamente. Esto atestiguan los que con él vivieron y su testimonio va ungido de la admiración de quien conoce en su propio pulso la asfixia con que la monotonía de una misión fecunda, sólo a condición de su continuidad, pretende ahogar los mejores arranques que florecen siempre en la vida de los hombres.

En los procesos de su beatificación atestiguaron muchos de sus antiguos alumnos, hombres maduros a la sazón, en la plenitud del vigor y con los recuerdos cernidos y aquilatados.

En realidad, en el plano humano ellos fueron los que ciñeron a su maestro la corona más limpia de las famas humanas.

Mozos campesinos desde el primer momento acudieron a sus clases nocturnas; rapazuelos que durante tres o cuatro años pusieron a prueba su paciencia y gozaron de su cariño. Luego, unos afincados en la misma tierra, otros aventados por los años, sacerdotes, hermanos como él, militares, médicos... volvieron a dar testimonio de admiración y gratitud. Tuvieron otros maestros, casi todos hombres rectos y buenos, pero sólo él alcanzó la fama de santo.

Le llamaban el hombre del Rosario; se acordaban de que algunos de ellos iban por las tardes, salidos ya de clase, a la iglesia para ver a su maestro; aún les bailaban en los labios los aires sencillos que el hermano les enseñaba para que los cantasen en las eras cuando la escuela cerraba las puertas y las faenas agrícolas les llamaban al campo.

La escuela fue en sus manos un instrumento insuperable para mantener la fe de Saugues. El joven coadjutor de la parroquia, que vivió junto a él durante algunos años, lo sabía bien. Y más de doscientas vocaciones para los seminarios y noviciados hablan más elocuentemente que todos los panegíricos.

Su escuela fue su apostolado y conscientemente supo realizar la difícil transposición de unas cosas tan chicas y tan sencillas al plano sobrenatural, él que se adelantaba al saludo quitándose el amplio sombrero cuando se cruzaba en las callejas con los chicos, más ocupados en jugar que en acordarse de las composturas corteses. Algún hermano que le acompañaba protestó débilmente de esta deferencia excesiva... "Hermano —era la respuesta—, ¿es que sus ángeles de guarda no nos merecen este respeto?"

Algunos se acuerdan también del inevitable ferulazo —la férula específica de los maestros de siglos y siglos de generaciones—, pero el recuerdo agrio va indefectiblemente unido a otros recuerdos: el sosegado signo de la cruz que el santo hombre trazaba sobre sí antes de crucificar levemente la carne de sus discípulos. Al niño le impresionaba el gesto, pero se le escapaba ciertamente el significado. No le es fácil al maestro ponerse siempre en guardia contra su propia afectividad también alborotada. Lo entenderá quien tuviere experiencia de chicos. El Beato Benildo se ingeniaba en este arte difícil. Su llavero era su mejor cilicio; cuando algún rapazuelo se propasaba —y ocurría, y ocurrió también la excepción del zueco agresivo disparado por una manecilla irascible— se encontraba con el llavero del director entre sus manos, con la orden de devolvérselo a la salida. Tiempo ganado contra posibles traiciones de su genio vivo. Cuando el alumno alargaba la mano, baja la cabeza, con el famoso llavero, era ya tiempo para los dos, maestro y discípulo, de satisfacer sin pasión a las irreemplazables oportunidades de la educación y a las exigencias de la disciplina.

La atención a la marcha general de la escuela nunca fue excusa para que el hermano Benildo se apartase del contacto directo con las clases. Las intrigas pueblerinas, inevitables en una organización dependiente del mismo municipio, acreditaron su serenidad de juicio, y su equilibrio sabía contrarrestar las injerencias a veces opuestas de ediles y párrocos. Pero su gestión administrativa no pudo anular el instinto sobrenatural de catequista y maestro, que era en él el motor de su vida,

Todos los días pasaba por las clases. Ayudaba a los maestros novicios, corregía con su propia letra los renglones titubeantes de los más pequeños, estimulaba el esfuerzo con cuidadosos y constantes sistemas de emulación, poniendo íntegra, a disposición de sus aldeanos, la acreditada tradición de su Instituto. De sus explicaciones de religión, nos han quedado testimonios fervorosos. El mismo se ocupaba cada año de preparar los niños que habían de hacer la primera comunión, haciéndose niño con los niños para presentarlos a Cristo.

Y esto hasta el fin, hasta su última visita a las clases, ya enfermo, días antes de morir: "Hijitos, sé que rezáis por mí; pero ya no me curaré; el Señor me llama. En el cielo rogaré por vosotros". Algunos de aquellos muchachos se acordaban de los sollozos que estallaron en las clases. Y no son frecuentes estas expresiones de emoción en las escuelas.

En estas llamas mansas y continuas se gastó su vida. En el alba del 13 de agosto de 1862 las campanas de Saugues avisaban a la parroquia: se iba a administrar la extremaunción a un enfermo. Todos sabían de quién se trataba; las calles se animaron en aquella hora fría y desusada y los aldeanos acompañaron al sacerdote a la humilde escuela, y al humilde lecho del enfermo, los que pudieron entrar. El sacerdote accede a la súplica de los que le acompañan y pide la bendición del hermano Benildo para todos los presentes y para el pueblo entero. La leve resistencia se esfumó en la última sonrisa, y la misma mano que tantas veces se había levantado sobre ellos para enseñar, para corregir, para estimular, ahora se levanta para bendecir, con la misma sencillez de toda la vida. Aquella misma mañana el hermano Benildo descansaba en la paz.

No fue a Dios con gestos magníficos, ni con rudas penitencias. Hizo su camino por el camino de todos. Osciló como todos los hombres entre el dolor y la tristeza, entre la paz y el riesgo, entre el temor y la esperanza. En los últimos días nos dejó un documento a nuestra medida de la bíblica milicia que fue su existencia. Un viejo sacerdote le visita: "Habéis llevado una vida de santo, es cierto, pero los juicios de Dios son inescrutables". Cuando sale el inoportuno visitante, el enfermo llama a sus hermanos con la angustia en los ojos: "Leedme unas páginas sobre la misericordia de Dios".

Aceptó suavemente, sencillamente esta condición de la vida temporal hasta que la última campanada del tiempo fijó en Dios el péndulo de su conciencia.

HERMANO JULIÁN, F. S. C.

12 ago 2013

Por su pasión, Cristo pagó nuestra deuda




San Ambrosio (c 340-397), obispo de Milán y doctor de la Iglesia 
Comentario del Salmo 48,14-15; CSEL 64, 368-370 


Por su pasión, Cristo pagó nuestra deuda



¿Quién será tan poderoso hasta el punto de ofrecer por sí mismo una expiación que podría añadir algo a la que ofreció Cristo por nosotros, cuando reconcilió el mundo con Dios por su sangre? ¿Hay una víctima mayor, más generoso sacrificio, mejor abogado que Jesús que intercede por los pecadores y que ha dado la vida por nuestra redención? 

Así, pues, ya no hay que ofrecer ninguna expiación o rescate por nosotros, ya que el rescate de todos es la sangre de Cristo, Nuestro Señor, la única que nos reconcilió con el Padre. Jesús consumió su obra hasta el final ya que tomó sobre si nuestros sufrimientos y dice: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.” (Mt 11,28) ... El hombre no puede dar nada como rescate para su salvación porque ha sido purificado una vez por todas del pecado, gracias a la sangre de Cristo. Pero el hombre no está eximido de los esfuerzos para observar los preceptos de la vida y de la observancia de los mandamientos del Señor. Mientras vivimos estaremos sujetos a los padecimientos, perseveraremos en ellos para vivir eternamente, liberados ya de la muerte definitiva gracias a la redención del Señor.

Santo Evangelio 12 de agosto de 2013



Autor: P . Clemente González | Fuente: Catholic.net
El tributo del templo
Mateo 17, 22-27. Tiempo Ordinario. Cristo nos invita a dar todo de nuestra parte, para no quedarnos a medias.

El tributo del templo
Del santo Evangelio según san Mateo 17, 22-27


En aquel tiempo, mientras Jesús y los discípulos recorrían juntos la Galilea, les dijo Jesús: Al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día. Ellos se pusieron muy tristes. Cuando llegaron a Cafarnaún, los que cobraban el impuesto de las dos dracmas se acercaron a Pedro y le preguntaron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? Contestó: Sí. Cuando llegó a casa, Jesús se adelantó a preguntarle: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños? Contestó: A los extraños. Jesús le dijo: Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no darles mal ejemplo, ve al lago, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti. 

Oración introductoria 

Señor, inicio mi oración con la señal de la cruz, puesto que en ella está la síntesis de mi fe. En este gesto quiero manifestarte que creo en la santísima Trinidad, espero y confío en tu gracia y misericordia y te amo con todo mi corazón. 

Petición 

Jesús, que mi amor por ti se manifieste en mi amor y servicio a los demás. 

Meditación del Papa 

Justicia y misericordia, justicia y caridad, bisagras de la doctrina social de la Iglesia, son dos realidades diferentes sólo para nosotros los hombres, que distinguimos atentamente un acto justo de un acto de amor. Justo, para nosotros, es "lo que se debe al otro", mientras que misericordioso es lo que se dona por bondad. Y una cosa parece excluir a la otra. Pero para Dios no es así: en Él, justicia y caridad coinciden; no hay acción justa que no sea también acto de misericordia y de perdón y, al mismo tiempo, no hay una acción misericordiosa que no sea perfectamente justa. 
¡Qué lejana está la lógica de Dios de la nuestra! ¡Y qué diferente es de nuestro modo de actuar! El Señor nos invita a acoger y observar el verdadero espíritu de la ley, para darle pleno cumplimiento en el amor hacia quien lo necesita. Pleno cumplimiento de la ley es el amor, escribe san Pablo: nuestra justicia será tanto más perfecta cuanto más esté animada por el amor por Dios y por los hermanos. Benedicto XVI, 18 de diciembre de 20111. 

Reflexión 

Si nos pusiéramos a contar los sueños irrealizados, los proyectos personales sin concluir, las ideas que no han tomado forma, llenaríamos muchas cajas. 

El joven que no concluye sus estudios, la chica que no se decide a formar un hogar, el empresario que no se atreve con un negocio, el profesor que no se actualiza, son ejemplos de personas que no llegan a realizarse en sus vidas. 

Y tú, ¿quieres conseguir el ideal que te has propuesto en la vida? ¿estás dispuesto a pagar el impuesto que supone el sacrificio de luchar hasta lograr el objetivo? 

Gracias a Dios, hay muchos hombres y mujeres que lo han conseguido antes que nosotros. Inventores como Bell, científicos como Pasteur, santos como San Javier, pagaron en su vida con el dinero justo, la moneda precisa. 

Cristo nos invita a dar lo necesario de nuestra parte, para no quedarnos a medias, entre sueños e ilusiones, sino que nos ofrece el camino de su cruz, que es el sacrificio, para llevar nuestro ideal de vida hasta el fin. 

Propósito 

Revisar cómo estoy inculcando en mi familia el cumplimiento de los deberes como ciudadano. 

Diálogo con Cristo 

Jesús, ayúdame a entregar mi vida en el servicio y en el amor a los demás, como Tú lo hiciste. Ése es el único camino con el que puedo corresponder a tantos dones con los que has enriquecido mi vida. Las excusas abundan, las tentaciones se multiplican, pero tu gracia es superior a todo. 

Santa Juana Francisca de Chantal, 12 de agosto

 12 de agosto

Santa Juana Francisca de Chantal

(† 1641)



Los dones naturales y los sobrenaturales son independientes. Pero cuando ambas cosas se unen, el resultado es verdaderamente deslumbrador. Naturaleza y gracia, íntimamente unidas, actuando aquélla de base y ésta de perfección, producen un resultado ante el cual se siente impresionado quien lo contempla.

Uno de estos casos es el de Santa Juana Francisca. Naturalmente era una superdotada. Sin establecer una comparación que en todo resultaría odiosa, pero mucho más en el caso presente, nos atrevemos a decir que no iba en zaga a San Francisco de Sales en cualidades naturales, y téngase en cuenta que San Francisco pasa por una de las personalidades más excepcionales que ha conocido la historia. La Santa parece tenerlo todo: inteligencia clarísima, extraordinario don de gentes, presencia agradable, hermosura corporal, corazón amplio... y sobre esta base descendieron en abundancia las gracias sobrenaturales que, correspondidas con una generosidad sin límites, produjeron una santidad extraordinaria. Añádase a esto que la Santa trabajó en su propia santificación bajo la égida del prototipo del humanismo cristiano, San Francisco de Sales, y no nos podrá extrañar que el resultado sea, según hemos dicho, verdaderamente deslumbrador.

 Como todas las grandes personalidades, Juana Francisca se formó en la adversidad, entre dificultades. No es imposible, pero sí muy difícil, que una personalidad recia nazca en un ambiente de mimos y de vida fácil. Juana Francisca pierde en los primeros meses de su vida a su madre, y queda bajo la influencia de un padre rectísimo, hombre hecho de una pieza, que ha de atravesar durante la niñez de la Santa circunstancias bien difíciles.

 Nos encontramos en Dijón, en plena época de guerras civiles. El señor Frémiot, padre de la Santa, era presidente del Parlamento, lo que llamaríamos en España la Audiencia Territorial. Permanece fiel a la dinastía, y no menos fiel, a su fe católica. Esto le crea una situación dificilísima. Tiene que abandonar su propia casa, que es saqueada; recibe un mensaje amenazándole con la muerte de su hijo, que ha quedado prisionero, si no cede, y en efecto no cede, aunque la amenaza no llega a realizarse; atraviesa dificultades económicas y de tipo político, rodeado por la incomprensión de unos y de otros. Así, contemplando aquellos ejemplos de integridad y de hombría de bien, se desarrolla la muchacha hasta llegar a los veinte años.

 A esta edad contrae matrimonio con el barón de Chantal, que tenía siete años más que ella. Todos los biógrafos se hacen lenguas de la magnífica pareja que formaban los dos jóvenes. Tenía Juana Francisca un tipo majestuoso, una innegable gracia natural y parece que su esposo no se dejaba superar ni en esto, ni en las cualidades de alma, por su mujer. Lo cierto es que durante ocho años el matrimonio vivió una felicidad que parecía no tener límites. Es cierto que a veces el joven esposo tenía que dejar el hogar para ir a la guerra, o a cumplir sus deberes en la corte. Pero esto hacía cada vez más gratas las horas que se pasaban cada vez que regresaba. El mismo rey distinguía al barón de Chantal con su afecto, y nada parecía faltar a la felicidad de aquel hogar que Dios había bendecido con la sonrisa de cuatro niños.

 De pronto, todo aquello se viene abajo. Un estúpido accidente de caza, producido de manera casual, vino a arrebatar la vida del joven barón. Sus últimas horas, de ejemplar cristiano, fueron para perdonar a quien había sido el involuntario causante de su muerte.

 Como ocurre siempre, cuanto mayor había sido la unión del matrimonio y más íntimos los lazos establecidos entre los dos esposos, más trágica resultaba la muerte de uno de ellos. Juana Francisca sintió un dolor sin límites y se consagró por completo a la educación de sus hijos. Con un impulso en parte religioso y en parte proveniente del amor a su difunto marido, hizo voto de castidad. Desde entonces su vida se repartiría entre las prácticas de religión y caridad y la educación de los niños.

 Hay una fase de la vida de Santa Juana que cuesta llegar a comprender el heroísmo que en sí encerraba. Viuda, se le ofrecían atrayentes posibilidades. Podía continuar viviendo en la misma casa en que tan feliz había sido con su marido. Podía ir a vivir con su padre, que la idolatraba. Pero he aquí que escoge refugiarse en el sombrío castillo de su suegro.

 Todo era allí repelente. El carácter de este hombre, duro, áspero, más hecho a tratar con soldados que con mujeres. El edificio mismo, sombrío y triste, y falto de muchas comodidades a las que Juana Francisca estaba acostumbrada. Y la presencia de una persona, a la que eufemísticamente llaman "criada" los biógrafos de la Santa, que se había apoderado por completo de la voluntad del dueño de la casa y que se aprovechaba de esta situación para proceder despóticamente frente a Juana Francisca y a sus niños.

 La joven viuda acepta, sin embargo, todo aquello. Muy probablemente le guiaba el deseo de trabajar por la eterna salvación de su suegro. Pero no excluimos también, antes parece casi seguro, que le atrajeran tantos y tan íntimos sufrimientos como allí le esperaban.

 Lo cierto es que allí, y siempre a lo largo de su vida, Juana Francisca se portó de manera ejemplarísima en sus relaciones familiares. La casa, pésimamente gobernada, tenía que dolerle a una mujer de las extraordinarias cualidades de Juana Francisca. Jamás hizo una observación. Su tiempo estaba distribuido entre sus hijos y los pobres.

 Conservamos rasgos maravillosos de lo que fue su caridad por aquel tiempo. Sencillamente heroica. El pobre leproso, al que ella acoge, el enfermo repugnante, el trigo que se agota y Dios multiplica... todas esas cosas que encontramos en los grandes héroes de la santidad, las hallamos también en esta época de la vida de Juana Francisca.

 Por si era poco, vino a caer en manos de un áspero director, extraordinariamente exigente. Son célebres en la historia de la espiritualidad los votos que hubo de hacer: el de obedecerle, el de no abrirse a nadie más, el de no admitir pensamiento que fuera en contra de esto. Atada con estos votos, y metida en un oscuro rincón de Francia, parecía imposible que pudiera llegar a tener contacto alguno con un obispo extranjero, el de Ginebra, que vivía por entonces, expulsado de la capital de su diócesis, en la relativamente lejana ciudad de Annecy. Pero los planes de Dios eran otros.

 Iba un día ella a caballo cuando, cerca de un bosquecillo, vio a un sacerdote de aspecto venerable, alto, rubio, que rezaba apaciblemente su breviario. Un impulso interior le dijo que aquél sería el instrumento de que Dios se serviría para orientar definitivamente su vida.

 En la capilla de su castillo de Sales, aquel sacerdote tuvo también una visión: se le apareció una mujer viuda, joven, vestida modestamente, Y un impulso interior le dijo que ella habría de ser el instrumento para una obra, muy de Dios, que entonces empezaba a dibujarse en su espíritu.

 Habían de pasar años antes de que se encontraran. Un buen día Juana Francisca recibe una carta de su padre. Va a venir a Dijón, a predicar la Cuaresma, un predicador extraordinario: el obispo de Ginebra; ¿por qué no salir de su retiro y venir a pasar la Cuaresma a Dijón? A Juana Francisca le agrada el plan y se pone en camino con sus hijos. Para no perder palabra del sermón, Juana Francisca ha elegido para sí el mejor sitio de la iglesia: enfrente, enfrente del púlpito. Al subir el predicador, le da una vuelta el corazón: era el que había visto hacía años. Tampoco al predicador escapó su presencia. Poco después preguntaba quién era ella. Y cosa curiosa, hacía la pregunta al arzobispo de Bourges, hermano de la Santa. Poco costó concertar un encuentro.

 Sin embargo, San Francisco de Sales, con maravillosa prudencia, no quiso precipitar las cosas. Procedió con lentitud, y sólo ya el último día de su estancia en Dijón, dio alguna esperanza a Juana Francisca de encargarse de la dirección de su alma. Pero era todavía algo muy vago.

 Habrían de continuar las relaciones. No las conocemos detalladamente. Cuando murió el Santo, Juana Francisca se hizo cargo de todos sus papeles y al ordenarlos descubrió sus propias cartas, anotadas por el Santo con admiraciones y encarecimientos. Muerta de vergüenza las tiró al fuego. Pérdida irreparable para la historia de la espiritualidad y aun de la misma Iglesia.

 Por fin, la vigilia de Pentecostés de 1607; San Francisco de Sales abrió su pensamiento a Juana Francisca. Después de probarla un poco, proponiéndole diversos planes, le descubrió el proyecto que desde hacía mucho tiempo estaba madurando. La Santa se sintió internamente movida a cooperar con todas sus fuerzas a aquellos hermosos designios. Pero parecía imposible que se pudieran realizar: era madre de cuatro hijos a los que tenía que atender antes de poder pensar en abrazar la vida religiosa.

 Dios solucionó las cosas mucho antes de lo que pudieran pensar los dos santos. La hija mayor de Santa Juana se casó con el hermano menor de San Francisco de Sales. Otra de las hijas de Santa Juana murió inesperadamente. Quedaba la pequeñita, que podía acompañar a su madre al convento. Del hijo se haría cargo su abuelo. Faltaba el consentimiento de éste, que San Francisco obtuvo en una memorable entrevista. Y por fin, en 1610, se pudo pensar en iniciar la nueva fundación.

 Los orígenes de la Orden de la Visitación constituyen una de las páginas más encantadoras de toda la historia de la Iglesia. Tienen la frescura, el aire sobrenatural y maravilloso de las florecillas de San Francisco o de la narración de los primeros votos de los jesuitas en Montmartre.

 Habían encontrado, a las afueras de Annecy, una casita que, por tener un paso cubierto al jardín vecino, se llamaba ",de la Galería". A esta casita de la galería, fueron el 6 de junio, fiesta de la Santísima Trinidad y de San Claudio, las tres primeras madres de la Visitación. Allí les esperaba, como tornera, una joven que había estado ligada a uno de los episodios más novelescos de la vida de San Francisco de Sales: estaba sirviendo en "El Escudo de Francia", una hostería de Ginebra, cuando Francisco, joven sacerdote aún, hizo algunos viajes a aquella ciudad para tratar de convertir a Teodoro de Beza. Paró en la hostería y ella quedó prendada de aquel santo sacerdote: Ahora, al poner en marcha la fundación, se ofreció inmediatamente a entrar en ella.

 Pero hay otra figura más encantadora aún si cabe: la de sor Simplicia, una ingenua campesina, entrada allí por su astuto tío, que dio lugar al anecdotario más gracioso, y al mismo tiempo más ejemplar, que se haya podido registrar en la vida religiosa del mundo entero. La buenísima hermana tomaba al pie de la letra cuanto oía y daba origen así a conmovedores episodios.

 Aquel grupito de mujeres suponía, sin embargo, una verdadera revolución. Hoy nos cuesta darnos cuenta de lo que la Visitación supuso, porque admitimos como la cosa más natural lo que entonces suponía romper con mil prejuicios. Se trataba de una vida religiosa apoyada por completo en la sencillez y en la caridad; que buscaba más la muerte de la voluntad y del amor propio, que el quebrantamiento del cuerpo por las penitencias; que se había concebido sobre la base nueva de que las religiosas entraran voluntariamente, sin admitir en modo alguno que pudieran ir a parar al convento por compromisos familiares...

 El estampido fue tremendo. Hubo burlas, chacotas, calumnias graves, persecuciones abiertas, resistencias solapadas. Pero hay que decir también que hubo un colosal movimiento de entusiasmo. Y ambas cosas, el entusiasmo y las persecuciones acompañarían a la Visitación en su marcha triunfal por todas partes.

 La vida de los primeros tiempos de la Visitación la conocemos, no sólo por fuentes fidedignas, sino, además, de una hermosura literaria sin par. No sólo las obras de San Francisco de Sales, su admirable correspondencia, las cartas y los escritos de Santa Juana de Chantal, escrito todo en el espléndido y robusto francés del siglo XVII. Tenemos además las obras escritas por la madre Francisca Magdalena de Chaugy. Son auténticos primores literarios, en los que la lengua francesa, la unción de estilo, el buen sentido y el conocimiento directo de lo que se trata, brillan de tal manera que el lector se siente conmovido. Así podemos hoy ponernos en contacto con aquellos maravillosos tiempos del comienzo de la Visitación.

 Pronto inició la nueva Orden su expansión. La fama de San Francisco de Sales, que ya era grande, se acrecentó de manera extraordinaria con la publicación de "La Introducción a la vida devota". Edición tras edición, el público devoraba aquel libro, y al enterarse de que su autor había fundado unas religiosas, se apresuraba a llamarlas. En 1615 se fundaba la casa de Lyón. Poco después, las de Moulins, Grenoble y Bourges.

 Pero mayor importancia iba a tener la fundación de Paris. San Francisco de Sales hubo de trasladarse allí en 1619, y llamó junto a sí a Santa Juana. Tras algunas dificultades se fundó el primer monasterio de París, llamado a tener enorme influencia. No se olvide que en el París del siglo XVII se estaba forjando una reforma pastoral y una orientación de la espiritualidad que en gran parte perseveran aun hoy, y que desde luego tuvieron ya entonces extraordinaria repercusión en la historia de la Iglesia.

 La Santa pasa entonces unos años de intensa actividad, atendiendo a los monasterios que se van fundando, sin poder entrevistarse con San Francisco de Sales. Por fin, en diciembre de 1622 se encuentran en Lyón. Es conocida la maravillosa escena. La Santa llevaba preparadas unas notas sobre sus cosas íntimas. San Francisco de Sales, con sobrenatural firmeza, impuso otro tema de conversación: los asuntos de la Orden. La cuenta de conciencia se la daría más tarde, en Annecy. La Santa obedeció heroicamente a aquella indicación, que tan tremendo sacrificio suponía para ella.

 Poco tiempo después, el día de Inocentes de aquel año, moría el Santo. Llevaron su cadáver a Annecy. Por la noche, cuando la comunidad se quedó sola, la Santa avanzó hacia el cadáver. Tomó reverente su mano derecha y la puso sobre su cabeza, permaneciendo ella de rodillas largo rato. Cumplía así el encargo: estaba dando cuenta de conciencia a su director. Entonces vieron las hermanas maravilladas el milagro que se produjo: la mano del Santo se animó, cobró vida, y empezó a acariciar la cabeza de Santa Juana. Así un buen rato, hasta que terminó por volver a caer yerta. Las Salesas conservan aún el velo que Santa Juana llevaba en aquella circunstancia inolvidable.

 Muerto San Francisco, Santa Juana iba a tener ocasión de dar la auténtica medida de su grandeza de ánimo. Ahora era ella la que tenía la plenitud de las responsabilidades. Las aceptó, y llevó a cabo, con sobrenatural entereza de ánimo, la dificilísima misión que eso suponía.

 Había que hacer frente a la expansión de la Orden. A su muerte dejaría ochenta y tres monasterios. En cierta ocasión que Santa Juana había pensado, aún seglar, en entrar carmelita, una de las religiosas le dijo: "Santa Teresa no os quiere para hija, sino para compañera". Ahora se veía lo cierto de esa profecía. Porque la vida de Santa Juana se asemeja por completo en esta fase a la de Santa Teresa: continuos viajes, interminable correspondencia, disgustos y dificultades, ejercicio continuo de la prudencia y de la discreción.

 Pero la expansión de la Orden era lo de menos. Importaba salvar por encima de todo su verdadera fisonomía. De un lado y otro brotaban chispazos: se quería conseguir que la Santa hiciera algunas excepciones. Ahora querían dispensa, en favor de esta superiora excepcional, de la ley de que no pudiera serlo más de seis años. Después querían que la Orden tuviera una superiora general. Aquí se edificaba un monasterio suntuoso, contrario al espíritu de sencillez. Más allá se trataba de permitir que los obispos pudieran dispensar de algunas reglas. Con entereza, pero con humildad, con firmeza empapada de dulzura, Santa Juana defendió, como una leona a sus cachorros, la idea que había recibido de San Francisco de Sales. Y consiguió sacarla por completo adelante.

 Su misión sobre la tierra parecía haber terminado. El deseo de atender y dar el velo personalmente a la duquesa de Montmorency, que había ingresado en la Orden, le movieron a emprender un último viaje. En él llegó hasta París, resolviendo importantes asuntos, y despidiéndose al mismo tiempo de todos los monasterios que iba encontrando a su paso. Cuando no fue posible que ella llegara a todos, se reunieron las superioras de los alrededores para cambiar las últimas impresiones y fijar todos los detalles.

 Por fin, el 13 de diciembre de 1641 le llegó la muerte. Lejos de su amadísimo Annecy, en Moulins. Dios Nuestro Señor, que le había probado extraordinariamente en largas épocas de su vida con aridez en la oración, la colmó de consuelos en sus últimos días. Y dulcemente, rodeada de sus hijas, voló al cielo. Sabido es que San Vicente de Paúl, con quien tanto había tratado en París, y a quien habían sido confiadas las religiosas de la Visitación de aquella ciudad, vio subir su alma en forma de globo luminoso al cielo. Y vio también otro globo, en el que se representaba a San Francisco de Sales salir al encuentro y fundirse entrambos con un tercero, más luminoso y más bello, que representaba la esencia divina.

 Dejaba, según hemos dicho, a su marcha de este mundo, ochenta y tres monasterios fundados. De esta manera, como Santa Teresa, continuará viviendo en sus hijas y en sus libros. Porque todos aquellos monasterios se constituyeron en focos de irradiación de la más preciosa espiritualidad. "Sólo, en el cielo sabremos —ha escrito Henry Bremond— el bien que los monasterios de la Visitación hicieron en Francia."

 Y lo continuaron haciendo. Reunidas después de la tormenta de la Revolución Francesa las religiosas de la Visitación, más conocidas con el nombre de Salesas, volvieron de nuevo a continuar sin la más mínima modificación el género de vida que de sus santos fundadores habían recibido.

 Cuando en 1950 la Iglesia, por medio de la constitución apostólica Sponsa Christi mostró el deseo de dar una nueva estructura a las Ordenes religiosas de mujeres, fue la Visitación la primera en secundar tal deseo, y desde entonces la superiora de Annecy, sucesora de Santa Juana de Chantal, ha pasado a tener, en lugar de un simple primado de honor, el gobierno como general del Instituto entero.

 Un error muy extendido entre los canonistas impidió que el proceso de beatificación de Santa Juana fuera con la rapidez que cabía esperar de su gran fama de santidad. Sólo en 21 de noviembre de 1751 fue beatificada, y en 1767 canonizada.

 LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

11 ago 2013

El atardecer de la vida

El atardecer de la vida

La vida es un instante que pasa y no vuelve. Comienza con un fresco amanecer; y como un atardecer sereno se nos va. 

Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net


El sol se despedía del Imperio Tré. El vasallo caminaba junto a la anciana del molino amarillo. Iban conversando sobre la vida.
- ¿Qué cosa es lo que más te gusta de la vida, anciana?

La viejecilla del molino amarillo se entretenía en lanzar los ojos hacia el ocaso.
- Los atardeceres -respondió.

El vasallo preguntó, confundido:
- ¿No te gustan más los amaneceres? Mira que no he visto cosa más hermosa que el nacimiento del sol allá, detrás de las verdes colinas de Tré. 
Y reafirmándose, exclamó:
- ¿Sabes? Yo prefiero los amaneceres.

La anciana dejó sobre el piso la canastilla de espigas que sus arrugadas manos llevaban. Dirigiéndose hacia el vasallo, con tono de voz dulce y conciliador, dijo:
- Los amaneceres son bellos, sí. Pero las puestas de sol me dicen más. Son momentos en los que me gusta reflexionar y pensar mucho. Son momentos que me dicen cosas de mí misma. 
- ¿Cosas? ¿De ti misma...? - inquirió el vasallo. No sabía a qué se refería la viejecilla con aquella frase.

Antes de cerrar la puerta del molino amarillo, la anciana añadió:
- Claro. La vida es como un amanecer para los jóvenes como tú. Para los ancianos, como yo, es un bello atardecer. Lo que al inicio el precioso, al final llega a ser plenamente hermoso. Por eso prefiero los atardeceres... - ¡mira!

La anciana apuntó con su mano hacia el horizonte. El sol se ocultó y un cálido color rosado se extendió por todo el cielo del Imperio Tré. El vasallo guardó silencio. Quedó absorto ante tanta belleza.

La vida es un instante que pasa y no vuelve. Comienza con un fresco amanecer; y como un atardecer sereno se nos va. De nosotros depende que el sol de nuestra vida, cuando se despida del cielo llamado "historia", coloreé con hermosos colores su despedida. Colores que sean los recuerdos bonitos que guarden de nosotros las personas que vivieron a nuestro lado.

Santo Evangelio 11 de agosto de 2013



Día litúrgico: Domingo XIX (C) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 12,32-48): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos! Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre». 

Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?». Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles. Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».

Fotografía

Comentario: Rev. D. Melcior QUEROL i Solà (Ribes de Freser, Girona, España)
También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre


Hoy, el Evangelio nos recuerda y nos exige que estemos en actitud de vigilia «porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre» (Lc 12,40). Hay que vigilar siempre, debemos vivir en tensión, “desinstalados”, somos peregrinos en un mundo que pasa, nuestra verdadera patria la tenemos en el cielo. Hacia allí se dirige nuestra vida; queramos o no, nuestra existencia terrenal es proyecto de cara al encuentro definitivo con el Señor, y en este encuentro «a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más» (Lc 12,48). ¿No es, acaso, éste el momento culminante de nuestra vida? ¡Vivamos la vida de manera inteligente, démonos cuenta de cuál es el verdadero tesoro! No vayamos tras los tesoros de este mundo, como tanta gente hace. ¡No tengamos su mentalidad!

Según la mentalidad del mundo: ¡tanto tienes, tanto vales! Las personas son valoradas por el dinero que poseen, por su clase y categoría social, por su prestigio, por su poder. ¡Todo eso, a los ojos de Dios, no vale nada! Supón que hoy te descubren una enfermedad incurable, y que te dan como máximo un mes de vida,... ¿qué harás con tu dinero?, ¿de qué te servirán tu poder, tu prestigio, tu clase social? ¡No te servirá para nada! ¿Te das cuenta de que todo eso que el mundo tanto valora, en el momento de la verdad, no vale nada? Y, entonces, echas una mirada hacia atrás, a tu entorno, y los valores cambian totalmente: la relación con las personas que te rodean, el amor, aquella mirada de paz y de comprensión, pasan a ser verdaderos valores, auténticos tesoros que tú —tras los dioses de este mundo— siempre habías menospreciado.

¡Ten la inteligencia evangélica para discernir cuál es el verdadero tesoro! Que las riquezas de tu corazón no sean los dioses de este mundo, sino el amor, la verdadera paz, la sabiduría y todos los dones que Dios concede a sus hijos predilectos.

Santa Clara de Asís, 11 de agosto


Santa Clara de Asís, fundadora

Agosto 11

Fundadora. Año 1253.
Nació en Asís, Italia, en 1193. Su conversión hacia la vida de plena santidad se efectuó al oír un sermón de San Francisco de Asís. Cuando ella tenía 18 años San Francisco predicó en Asís los sermones de cuaresma y allí insistió en que para tener plena libertad para seguir a Jesucristo hay que librarse de las riquezas y bienes materiales. En secreto se fue a buscar al santo para pedirle que la instruyera en el modo de lograr conseguir la perfección cristiana. El le dijo que había que desprenderse de todo, la animó a dejar la vida de riquezas y comodidades que llevaba y dedicarse a una vida pobre, de oración y penitencia. 

El Domingo de Ramos del año 1212 Clara asistió a la celebración pero estaba tan emocionada y fuera de sí que no pasó a recibir la palma. Entonces el señor obispo se fue para la banca donde ella estaba y le puso en sus manos la palma bendita. Y aquella noche, a medianoche, acompañada de una sirvienta, salió secretamente de su casa, (rica mansión de familia muy acomodada) y se fue a dos kilómetros de distancia, donde San Francisco vivía pobrísimamente en un sitio llamado La Porciúncula. Allá la estaba aguardando el santo, el cual salió a recibirla junto con sus frailes, llevando todos lámparas encendidas y cantando de alegría. 

De rodillas ante San Francisco, hizo Clara la promesa de renunciar a las riquezas y comodidades del mundo y de dedicarse a una vida de oración, pobreza y penitencia. El santo, como primer paso, tomó unas tijeras y le cortó su larga y hermosa cabellera, y le colocó en la cabeza un sencillo manto, y la envió a donde unas religiosas que vivían por allí cerca, a que se fuera preparando para ser una santa monja. 

Cuando los hermanos que eran muy ricos y esperaban casar a Clara con algún millonario hacendado, se dieron cuenta de la ausencia de la muchacha se dedicaron a buscarla por todas partes. Al fin la encontraron en el convento en donde se había refugiado y quisieron llevársela a la fuerza. Ella se agarró a los manteles del altar, que se rasgaron ante tanta violencia de los atacantes, y cuando se la iban a llevar, Clara se descubrió la cabeza rapada y les dijo: "Por amor a mi Cristo Jesús he renunciado totalmente a todo amor por lo material y mundano". Los hermanos al verla así y tan resuelta, desistieron de tratar de llevársela. 

San Francisco hizo que Clara se fuera a vivir junto a la Iglesia de San Damián en Asís, en una pobre y humilde casita. Y he aquí que su hermana Inés y su propia madre decidieron irse también de monjas con ella. Y muchas muchachas más se dejaron atraer por esa vida de oración y recogimiento, y así pronto el convento estaba lleno de mujeres dedicadas a la santidad. Francisco nombró a Clara como superiora de la comunidad, y aunque ella toda la vida trató de renunciara al puesto de superiora y dedicarse a ser una sencilla monjita de segundo orden, sin embargo por cuarenta años será la priora del convetno y las monjitas no aceptarán a ninguna otra en su reemplazo mientras ella viva, y es que su modo de ejercer la autoridad era muy agradable y lleno de caridad. Servía la mesa, lavaba los platos, atendía a las enfermas, y con todas era como una verdadera mamacita llena de compresión y misericordia. 

A los pocos años ya había conventos de Clarisas en Italia, Francia, Alemania y Checoslovaquia. Y estas monjitas hacían unas penitencias muy especiales, inspiradas en el ejemplo de su santa fundadora que era la primera en dedicarse a la penitencia. No usaban medias, ni calzado, se abstenían perpetuamente de carne, y sólo hablaban si las obligaba a ello alguna necesidad grave o la caridad. La fundadora les recomendaba el silencio como remedio para evitar innumerables pecados de lengua y conservarse en unión con Dios, y alejarse de dañosas distracciones del mundo, pues si no hay silencio, la mundanalidad se introduce inevitablemente en el convento. 

No contenta con las mortificaciones que las demás monjitas hacían, Santa Clara ayunaba a pan y agua los cuarenta días de cuaresma y los días anteriores a las grandes fiestas. Y muchos días los pasó sin comer ni beber nada. Dormía sobre una dura tabla y por almohada tenía un poco de pasto seco. San Francisco y el obispo de Asís le mandaron que no dejara pasar un día sin comer aunque fuera un pedazo de pan. Poco a poco la experiencia le fue enseñando a no ser demasiado exagerada en penitencias porque se le dañaba la salud. Y más tarde escribirá a sus religiosas: "Recuerden que no tenemos cuerpo de acero ni de piedra. Por eso debemos moderar los exagerados deseos de hacer penitencias, porque la salud puede sufrir daños muy serios". 

Siguendo las enseñanzas y ejemplos de su maestro San Francisco, quiso Santa Clara que sus conventos no tuvieran riquezas ni rentas de ninguna clase. Y aunque muchas veces le ofrecieran regalos de bienes para asegurar el futuro de sus religiosas, no los quiso aceptar. Al Sumo Pontífice que le ofrecía unas rentas para su convento le escribió: "Santo Padre: le suplico que no me absuelva ni me libre de la obligación que tengo de ser pobre como lo fue Jesucristo". A quienes le decían que había que pensar en el futuro, les respondía con aquellas palabras de Jesús: "Mi padre celestial que alimenta a las avecillas del campo, nos sabrá alimentar también a nosotros". Hoy las religiosas Clarisas son 18,000 en 1,248 conventos en el mundo. 

Una vez llegaron unos soldados mahometanos, terribles anticatólicos, a atacar el convento, destrozar y matar. Las monjitas se fueron a rezar muy asustadas; y Santa Clara que era extraordinariamente devota al Santísimo Sacramento, tomó en sus manos la custodia con la hostia consagrada y se les enfrentó a los atacantes. Ellos sintieron en ese momento tan terrible oleada de terror que salieron huyendo sin hacerles mal. Otra vez los enemigos atacaban la ciudad de Asís y querían destruirla. Santa Clara y sus monjitas oraron con toda fe ante el Santísimo Sacramento y los atacantes se retiraron sin saber por qué. 

27 años estuvo enferma nuestra santa, pero su enfermedad la soportaba con paciencia heróica. En su lecho bordaba y hacía costuras, y oraba sin cesar. El Sumo Pontífice la visitó dos veces y exclamó: "Ojalá yo tuviera tan poquita necesidad de ser perdonado, como la que tiene esta santa monjita". Cardenales y obispos iban a visitarla y a pedirle sus consejos. San Francisco ya había muerto, y tres de los discípulos preferidos del santo, Fray Junípero, Fray Angel y Fray León, le leyeron a Clara la Pasión de Jesús mientras ella agonizaba. La santa repetía: "Desde que me dedique a pensar y meditar en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, ya los dolores y sufrimientos no me desaniman sino que me consuelan". 

El 10 de agosto del año 1253 a los 60 años de edad y 41 años de ser religiosa, se fue al cielo a recibir su premio. Un día como hoy fue sepultada. Santa Clara bendita: no dejes nunca de rogar a Dios por nosotros.

Tras los pasos de Santa Clara en Asís

En la Basílica de Sta. Clara encontramos su cuerpo incorrupto y muchas de sus reliquias. 

En el convento de San Damiano, se recorren los pasillos que ella recorrió. Se entra al cuarto donde ella pasó muchos años de su vida acostada, se observa la ventana por donde veía a sus hijas. También se conservan el oratorio, la capilla, y la ventana por donde expulsó a los sarracenos con el poder de la Eucaristía.

Hoy las religiosas Clarisas son aproximadamente 18.000 en 1.248 conventos en el mundo.