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22 jul 2013
María Magdalena, la enamorada de Dios
María Magdalena, la enamorada de Dios
El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor total. "Para mí la vida es Cristo"
Autor: Juan J. Ferrán, L.C. | Fuente: Catholic.net
Realmente nos encontramos en el Evangelio a un personaje muy especial del que nos pareciera saberlo todo y del que casi no sabemos nada: María Magdalena. Magdalena no es un apellido, sino un toponímico. Se trata de una María de Magdala, ciudad situada al norte de Tiberíades. Sólo sabemos de ella que Cristo la libró de siete demonios (Lc 8, 2) y que acompañaba a Cristo formando parte de un grupo grande mujeres que le servían. Los momentos culminantes de su vida fueron su presencia ante la Cruz de Cristo, junto a María, y, sobre todo, el ser testigo directo y casi primero de la Resurrección del Señor. A María Magdalena se le ha querido unir con la pecadora pública que encontró a Cristo en casa de Simón el fariseo y con María de Betania. No se puede afirmar esto y tampoco lo contrario, aunque parece que María Magdalena es otra figura distintas a las anteriores. El rostro de esta mujer en el Evangelio es, sin embargo, muy especial: era una mujer enamorada de Cristo, dispuesta a todo por él, un ejemplo maravilloso de fe en el Hijo de Dios. Todo parece que comenzó cuando Jesús sacó de ella siete demonios, es decir, según el parecer de los entendidos, cuando Cristo la curó de una grave enfermedad.
María Magdalena es un lucero rutilante en la ciencia del amor a Dios en la persona de Jesús. ¿Qué fue lo que a aquella mujer le hechizó en la persona de Cristo? ¿Por qué aquella mujer se convirtió de repente en una seguidora ardiente y fiel de Jesús? ¿Por qué para aquella mujer, tras la muerte de Cristo, todo se había acabado? María Magdalena se encontró con Cristo, después de que él le sacara aquellos "siete demonios". Es como si dijera que encontró el "todo", después de vivir en la "nada", en el "vacío". Y allí comenzó aquella historia.
El amor de María Magdalena a Jesús fue un amor fiel, purificado en el sufrimiento y en el dolor. Cuando todos los apóstoles huyeron tras el prendimiento de Cristo, María Magdalena estuvo siempre a su lado, y así la encontramos de pié al lado de la Cruz. No fue un amor fácil. El amor llevó a María Magdalena a involucrarse en el fracaso de Cristo, a recibir sobre sí los insultos a Cristo, a compartir con él aquella muerte tan horrible en la cruz. Allí el amor de María Magdalena se hizo maduro, adulto, sólido. A quien Dios no le ha costado en la vida, difícilmente entenderá lo que es amarle. Amor y dolor son realidades que siempre van unidas, hasta el punto de que no pueden existir la una sin la otra.
El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor total. "Para mí la vida es Cristo", repetiría después otro de los grandes enamorados de Cristo. Comprobamos este amor en aquella escena tan bella de María Magdalena junto al sepulcro vacío. Está hundida porque le han quitado al Maestro y no sabe dónde lo han puesto. La muerte de Cristo fue para María un golpe terrible. Para ella la vida sin Cristo ya no tenía sentido. Por ello, el Resucitado va enseguida a rescatarla. Se trata seguro de una de las primeras apariciones de Cristo. Era tan profundo su amor que ella no podía concebir una vida sin aquella presencia que daba sentido a todo su ser y a todas sus aspiraciones en esta vida. Tras constatar que ha resucitado se lanza a sus pies con el fin de agarrarse a ellos e impedir que el Señor vuelva a salir de su vida.
El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor de entrega y servicio. Nos dice el Evangelio que María Magdalena formaba parte de aquel grupo de mujeres que seguía y servía a Cristo. El amor la había convertido a esta mujer en una servidora entregada, alegre y generosa. Servir a quien se ama no es una carga, es un honor. El amor siempre exige entrega real, porque el amor no son palabras solo, sino hechos y hechos verdaderos. Un amor no acompañado de obras es falso. Hay quienes dicen "Señor, Señor, pero después no hacen lo que se les pide". María Magdalena no sólo servía a Cristo, sino que encontraba gusto y alegría en aquel servicio. Era para ella, una mujer tal vez pecadora antes, un privilegio haber sido elegida para servir al Señor.
El amor de María Magdalena a Cristo constituye para nosotros una lección viva y clarividente de lo que debe ser nuestro amor a Dios, a Cristo, al Espíritu Santo, a la Trinidad. Hay que despojar el amor de contenidos vacíos y vivirlo más radicalmente. Hay que relacionar más lo que hacemos y por qué lo hacemos con el amor a Dios. No debemos olvidar que al fin y al cabo nuestro amor a Dios más que sentimientos son obras y obras reales. El lenguaje de nuestro amor a Dios está en lo que hacemos por Él.
En primer lugar, podemos vivir el amor a Dios en una vida intensa y profunda de oración, que abarca tanto los sacramentos como la oración misma, además de vivir en la presencia de Dios. En estos momentos además nuestra relación con Dios ha de ser íntima, cordial, cálida. Hay que procurar conectar con Dios como persona, como amigo, como confidente. Hay que gozar de las cosas de Dios; hay que sentirse tristes sin las cosas de Dios; hay que llegar a sentir necesarias las cosas de Dios.
En segundo lugar, tenemos que vivir el amor a Dios en la rectitud y coherencia de nuestros actos. Cada cosa que hagamos ha de ser un monumento a su amor. Toda nuestra vida desde que los levantamos hasta que nos acostamos ha de ser en su honor y gloria. No podemos separar nuestra vida diaria con sus pequeñeces y grandezas del amor a Dios. No tenemos más que ofrecerle a Dios. Ahí radica precisamente la grandeza de Dios que acoge con infinito cariño esas obras tan pequeñas. De todas formas la verdad del amor siempre está en lo pequeño, porque lo pequeño es posible, es cotidiano, es frecuente. Las cosas grandes no siempre están al alcance de todos. Además el que es fiel en lo pequeño, lo será en lo mucho.
Y en tercer lugar, tenemos que vivir el amor a Dios en la entrega real y veraz al prójimo por Él. "Si alguno dice: Yo amo a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no pude amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4,20). El amor a Dios en el prójimo es difícil, pero es muchas veces el más veraz. Hay que saber que se está amando a Dios cuando se dice NO al egoísmo, al rencor, al odio, a la calumnia, a la crítica, a la acepción de personas, al juicio temerario, al desprecio, a la indiferencia, a etiquetar a los demás; y cuando se dice SÍ a la bondad, a la generosidad, a la mansedumbre, al sacrificio, al respeto, a la amistad, a la comprensión, al buen hablar. La caridad con el prójimo va íntimamente ligada a la caridad hacia Dios. Es una expresión real del amor a Dios.
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Reflexiones
Santo Evangelio 22 de julio de 2013
Día litúrgico: 22 de Julio: Santa María Magdalena
Texto del Evangelio (Jn 20,1-2.11-18): El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».
Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» —que quiere decir: “Maestro”—. Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.
Comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
«Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor»
Hoy celebramos con gozo a santa María Magdalena. ¡Con gozo y provecho para nuestra fe!, porque su camino muy bien podría ser el nuestro. La Magdalena venía de lejos (cf. Lc 7,36-50) y llegó muy lejos…. En efecto, en el amanecer de la Resurrección, María buscó a Jesús, encontró a Jesús resucitado y llegó al Padre de Jesús, el “Padre nuestro”. Aquella mañana, Jesucristo le descubrió lo más grande de nuestra fe: que ella también era hija de Dios.
En el itinerario de María de Magdala descubrimos algunos aspectos importantes de la fe. En primer lugar, admiramos su valentía. La fe, aunque es un don de Dios, requiere coraje por parte del creyente. Lo natural en nosotros es tender a lo visible, a lo que se puede agarrar con la mano. Puesto que Dios es esencialmente invisible, la fe «siempre tiene algo de ruptura arriesgada y de salto, porque implica la osadía de ver lo auténticamente real en aquello que no se ve» (Benedicto XVI). María viendo a Cristo resucitado también “ve” también al Padre, al Señor.
Por otro lado, al “salto de la fe” «se llega por lo que la Biblia llama conversión o arrepentimiento: sólo quien cambia la recibe» (Papa Benedicto). ¿No fue éste el primer paso de María? ¿No ha de ser éste también un paso reiterado en nuestras vidas?
En la conversión de la Magdalena hubo mucho amor: ella no ahorró en perfumes para su Amor. ¡El amor!: he aquí otro “vehículo” de la fe, porque ni escuchamos, ni vemos, ni creemos a quien no amamos. En el Evangelio de san Juan aparece claramente que «creer es escuchar y, al mismo tiempo, ver (…)». En aquel amanecer, María Magdalena arriesga por su Amor, oye a su Amor (le basta escuchar «María» para re-conocerle) y conoce al Padre. «En la mañana de la Pascua (…), a María Magdalena que ve a Jesús, se le pide que lo contemple en su camino hacia el Padre, hasta llegar a la plena confesión: ‘He visto al Señor’ (Jn 20,18)» (Papa Francisco).
Comentario: Rev. D. Albert SOLS i Lúcia (Barcelona, España)
Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor
Hoy celebramos la fiesta de Santa María Magdalena. Suele ser propio de la juventud apasionarse locamente por alguna película llegando a la identificación personal con alguno de los protagonistas. Los cristianos deberíamos ser siempre jóvenes en este sentido ante la vida del mismo Jesús de Nazaret, y sabernos identificar con esta gran mujer de la que habla el Evangelio, María Magdalena. Siguió los caminos de Jesús, escuchó su Palabra. Cristo supo corresponder y le concedió el privilegio histórico de ser la primera a quien le fue comunicado el hecho de la resurrección.
Dice el evangelista que ella al principio no lo reconoció, sino que lo confundió con un campesino del lugar. Pero cuando el Señor la llamó por su nombre:«María», tal vez por la manera peculiar de decírselo, entonces esta santa mujer no dudó ni un instante: «Ella se vuelve y le dice en hebreo: 'Rabbuní' —que quiere decir: “Maestro”—» (Jn 20,16). Después de su encuentro con Jesús, ella fue la primera que corrió a anunciarlo a los demás discípulos: «Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras» (Jn 20,18).
El cristiano, que en su programa diario de vida cuida el trato con Cristo, en la Eucaristía haciendo un rato de oración contemplativa y cultiva la lectura asidua del Evangelio de Jesús, también tendrá el privilegio de escuchar la llamada personal del Señor. Es el mismo Cristo que nos llama personalmente por nuestro nombre y nos anima a seguir el camino firme de la santidad.
«La oración es conversación y diálogo con Dios: contemplación para los que se distraen, seguridad de las cosas que se esperan, igualdad de condición y de honor con los ángeles, progreso e incremento de los bienes, enmienda de los pecados, remedio de los males, fruto de los bienes presentes, garantía de los bienes futuros» (San Gregorio de Nisa).
Digámosle al Señor: —Jesús, que mi amistad contigo sea tan fuerte y tan profunda que, como María Magdalena, sea capaz de reconocerte en mi vida.
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Evangelio
San Felipe Evans, mártir, 22 de julio
22 de julio
San Felipe Evans
mártir
Autor: P. Felipe Santos
Etimológicamente significa “amante de los caballos”. Viene de la lengua griega.
El encuentro asiduo con Dios relanza al creyente a aventuras insospechadas. El joven Felipe creció feliz en el seno de una familia del País de Gales. Estudió en el colegio de los jesuitas.
Como su vocación la vio clara en su adolescencia, pidió entrar en la Compañía de Jesús.
Su trabajo de sacerdote consistió en la predicación misionera por todo el País de Gales Meridional.
Su fama se extendió en seguida por todo el pequeño país. Los propios enemigos hacían la vista gorda cuando aparecía en las iglesia predicando el Evangelio con mucha fuerza y convicción.
Había un señor llamado Oates que desencadenó un persecución contra los católicos.
La situación de este joven sacerdote era muy embarazosa para él y para sus muchos seguidores.
Le dijeron muchas veces que se fuera a otra parte, a otra región. El respondía siempre con valentía que nunca abandonaría a sus fieles, aunque lo mataran.
Un amigo lo traicionó. Entonces las autoridades lo cogieron y encerraron en una cárcel del castillo de Cardiff, capital del País de Gales.
¿Qué hacer?
Le proponían que si prestaba juramento de fidelidad y supremacía al rey, se vería libre.
Por supuesto, no aceptó alegando que su única fidelidad era al Papa. Lo sometieron a un proceso tonto y amañado. Estando en la cárcel, alegraba a todos con su canto y su arpa.
Y tal día como hoy del año 1679 murió mártir por defender su fe auténtica.
¡Felicidades a quien lleve este nombre!
San Felipe Evans
mártir
Autor: P. Felipe Santos
Etimológicamente significa “amante de los caballos”. Viene de la lengua griega.
El encuentro asiduo con Dios relanza al creyente a aventuras insospechadas. El joven Felipe creció feliz en el seno de una familia del País de Gales. Estudió en el colegio de los jesuitas.
Como su vocación la vio clara en su adolescencia, pidió entrar en la Compañía de Jesús.
Su trabajo de sacerdote consistió en la predicación misionera por todo el País de Gales Meridional.
Su fama se extendió en seguida por todo el pequeño país. Los propios enemigos hacían la vista gorda cuando aparecía en las iglesia predicando el Evangelio con mucha fuerza y convicción.
Había un señor llamado Oates que desencadenó un persecución contra los católicos.
La situación de este joven sacerdote era muy embarazosa para él y para sus muchos seguidores.
Le dijeron muchas veces que se fuera a otra parte, a otra región. El respondía siempre con valentía que nunca abandonaría a sus fieles, aunque lo mataran.
Un amigo lo traicionó. Entonces las autoridades lo cogieron y encerraron en una cárcel del castillo de Cardiff, capital del País de Gales.
¿Qué hacer?
Le proponían que si prestaba juramento de fidelidad y supremacía al rey, se vería libre.
Por supuesto, no aceptó alegando que su única fidelidad era al Papa. Lo sometieron a un proceso tonto y amañado. Estando en la cárcel, alegraba a todos con su canto y su arpa.
Y tal día como hoy del año 1679 murió mártir por defender su fe auténtica.
¡Felicidades a quien lleve este nombre!
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Santoral
Santa María Magdalena, 22 de julio
22 de julio
SANTA MARIA MAGDALENA
(s. I)
María Magdalena irrumpe en el Evangelio y en la historia cuando entra, temblorosa pero resuelta, en Casa del fariseo Simón.
La escena relatada por San Lucas (7,36-50) parte en dos vertientes la vida de esta mujer: antes y después de su encuentro con Jesús.
De este episodio, que la liturgia nos propone en el Evangelio de su fiesta, hemos de arrancar para conocerla Delicadamente, el evangelista silencia en este lugar su nombre, pero en el capítulo siguiente nos habla de María Magdalena, de quien Jesús había arrojado siete demonios (Lc. 8,2).
La semejanza íntima entre la María Magdalena nombrada por los cuatro evangelistas con la pecadora innominada que se arroja a los pies de Jesús en casa del fariseo justifican plenamente la identificación que la tradición cristiana y la liturgia hacen de estas dos figuras evangélicas.
Recogiendo los datos necesarios para reconstruir "su pasado" hallamos que era una mujer pecadora que había en la ciudad (Lc. 7,37), que esta ciudad era Magdala, y que le fueron perdonados sus pecados porque había amado mucho (Lc. 7,47); luego antes de la escena en casa de Simón había conocido a Jesús, había sido transformada por El.
Era Magdala una ciudad próspera. Recostada en la ribera del mar de Galilea, se había enriquecido con la industria de salazón de pescado. A esto había que añadir la riqueza de su suelo cruzado de corrientes, que le permitían el lujo de ceñirse de árboles.
María, ávida y hermosa, pasearía por aquellas calles su belleza aderezada de lino finísimo, de brazaletes y de collares. La admiración de los hombres y el tintineo de sus tobillos anillados, que suscitaban miradas de envidia y de deseo, le distraían la tristeza. Pero las horas de placer se le escapaban de las manos sin remedio, como las cuentas de un collar roto, dejándole insatisfecho el corazón.
Jesús iniciaba su vida pública eligiendo como centro de su predicación y sus milagros a la pequeña Galilea.
Un día cualquiera llegó hasta Magdala el rumor. Iba creciendo como la brisa vespertina que riza apenas la superficie de! lago para estallar al fin en ola sobre la orilla.
—¡Ha aparecido un Profeta! Se rodea de discípulos. ¡Anuncia el reino de Dios y dice que está dentro de nosotros! Viene hacia Magdala... ¡Ya llega!... Está aquí. ¡El Profeta!
Se dejó arrastrar por un grupo que corría. Fue sólo un instante. Divisó su estatura destacada. Más cerca pudo distinguir sus rasgos. Le agradaron. Eran regulares y firmes, pero..., ¿y sus ojos? No podía verlos. Fue sólo un instante. Él, al pasar, la miró. Hubiera querido retenerle, pero Él seguía ya su camino.
No podía María olvidar los ojos del Profeta. ¿Qué había en aquellos ojos? ¿Reproche? Sí, reproche; pero también compasión, una compasión inmensa. La vida se le hizo insoportable. Cada pecado grababa más hondo en su recuerdo aquella mirada. Le dijeron que Cafarnaúm era su residencia más frecuente.
La tarde estaba ahíta de polvo y la ciudad parecía desierta; pronto descubrió un apiñado enjambre frente a una casa del barrio de los pescadores. Magdalena tardó horas en ir ganando puestos pacientemente hasta llegar al umbral en que Jesús inagotablemente se inclinaba sobre las necesidades de todos. Le golpeaba apresuradamente el corazón. Se había cubierto con un velo tupido que ocultaba por entero su vestido rico, sus cabellos. ¿Qué le pediría ella al Profeta? Nada. Realmente. no tenía nada que pedirle. Ni sabía ahora por qué había venido.
De pronto se produjo un gran revuelo. Alguien por la parte posterior de la casa había logrado levantar la techumbre y en este momento, ante un murmullo expectante, descolgaban una camilla con un hombre totalmente rígido e inmóvil (Mc. 2, 1-2; Mt. 9, 1-18; Lc. 5, 17-26).
Los escribas y personas importantes que rodeaban a Jesús se apartaron, y quedó el hombre tendido en el centro de la habitación delante de Él. El enfermo, intensamente pálido, imploraba con los ojos. Jesús le miró largamente —se hizo un silencio total—; después, posando una mano sobre su frente, dijo en tono solemne:
Hijo, ten confianza; perdonados te son tus pecados.
Magdalena, en la misma puerta, tembló: ¡sus pecados!
Hubo un instante de sorpresa y desencanto. Miradas de reprobación de los escribas. Pareció que uno de ellos iba a hablar, pero Jesús le tomó la palabra.
—¿Por qué os escandalizáis de que yo perdone los pecados? Pensáis, sin duda, que sólo Dios puede hacerlo... Pues, para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad de perdonar los pecados, a ti lo digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
María comprendió entonces la profundidad de la mirada compasiva de Jesús. Creyó que Él, con su poder divino, había taladrado su conciencia y que la había visto a ella, manchada de lujuria, de envidia, de codicia. De repente, aquellas palabras de Jesús anteponiendo el perdón de los pecados a la salud del cuerpo, la habían colocado frente a sí misma. Todo su orgullo de mujer hambrienta de halagos se rebelaba. No podía soportar el pensamiento de su propio espectáculo. Sentía asco de su vida y juntamente una rebeldía indomable que le impedía reconocerse indigna, despreciable, merecedora de la infinita compasión de Jesús.
El remordimiento es amargo cuando el amor no lo ha transformado aún en contrición. Es como una losa que nos oprime, amenazando aplastarnos para siempre; como una serpiente que se revuelve en el alma.
Lentamente, por debajo del orgullo encabritado, y a medida que éste se amansaba, la gracia iba abriéndose paso. A la rebeldía sucedía la esperanza que habían dejado prendida en su alma aquellas palabras dirigidas al paralítico: Hijo, ten confianza; tus pecados te son perdonados. Ella también podía ser perdonada.
Sus pecados le pesaban ahora como una cadena insoportable. Pero las cadenas atan a la tierra. Ella, para liberarse, tenía que romperlas, y se sentía sin fuerzas, impotente. En esta agonía que le deshace el alma, porque ya no quiere pecar y peca, busca de nuevo a Jesús.
Ahora Él enseña en el Monte. Entre Caná y Cafarnaúm, en la ladera del Poniente, que conserva fresca la hierba hasta el centro del verano. La muchedumbre que le rodea es compacta. No logra acercarse al Maestro, pero le escucha:
—Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.
—Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos también alcanzarán misericordia.
—Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Y estas palabras abren su alma a un deseo acuciante de bondad y de bien.
Como el aliento del amanecer despertando a las palmeras del desierto, como el primer vuelo de un pájaro recién nacido, aletea en su corazón un amor nuevo, un amor puro que le empuja sin violencias hacia aquella verdad, hacia aquel bien vislumbrado que se personifica en Jesús.
Sólo Él podía saciar los verdaderos deseos de su corazón.
Como la esposa del Cantar ella quiere buscar al amado por calles y por plazas e increpar a los centinelas de la ciudad: "¿No habéis visto al amado de mi alma?"
Supo que estaba en casa de Simón. Entró muy de prisa, apretando fuertemente su frasco de perfume. Hubiera querido pasar desapercibida, pero no fue posible. Casi la echaron para atrás las miradas de escándalo y de desprecio. No importaba. Se lo merecía. Su orgullo se había fundido porque había triunfado el amor.
Le vio y se arrojó a sus pies. Quiso decirle su arrepentimiento, suplicar su perdón. Pero no pudo. Se le ahogaron en lágrimas las palabras. Sólo supo besarlos y llorar, no sabía si de amor o de dolor. Él comprendía.
Derramó sobre sus pies el perfume. Quería darle esta muestra de gratitud; pero... ¡qué poco era aquello! Se soltó en gesto rápido las trenzas. Eran algo muy suyo, algo que ella había cuidado con esmero como a su gala preferida, justo era emplearlas ahora en enjugarle a Él los pies.
Ahí seguía, ajena a la irritación circundante cuando habló Jesús:
—Simón, quiero decirte una cosa.
—Dila, Maestro.
—Un acreedor tenía dos deudores...
Aludida por Él, María se estremeció desde sus plantas escuchando aturdida la defensa que ¡de ella! hacía el Maestro.
Lentamente irguió la cabeza y se atrevió, al fin, a mirarle.
—Mujer, perdonados te son tus pecados...
Movió ella los labios sin lograr emitir ningún sonido
—Tu fe te ha salvado, vete en paz (Lc. 7,36-50),
Las palabras del Señor fueron eficaces en su alma, que quedó inundada de paz.
¡Oh hijas de Jerusalén!, conjúroos por las cabras y por los ciervos de los campos que no despertéis ni desveléis a mi amada (Cant. 3,5).
María, renovada y libre, se une al grupo de mujeres que asisten a Jesús. En adelante su vida aparece íntimamente trenzada con los principales acontecimientos de la vida de Cristo: vicisitudes de su ministerio mesiánico, pasión y muerte, resurrección.
Y aconteció luego que recorrió Él una tras otra las ciudades y aldeas predicando y anunciando la buena nueva del Reino de Dios. Con Él iban los doce y algunas mujeres... María, la llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios, y Juana, la mujer de Cuza..., y otras muchas que le servían con sus haberes (Lc. 8,1-3).
Seguir a Jesús, servirle, pudo parecer a Magdalena una felicidad indecible. Pronto comprobó que estaba sembrado de sacrificios. Pero amaba. Amaba con sinceridad, tenía una deuda que pagar y siguió adelante.
La vida pública del Señor cosechó algo más que éxitos.
A los pocos días de iniciar el peregrinaje en su seguimiento estuvieron a punto de lapidarle en Nazaret (Mc. 6,16; Mt. 13,53-58). El entusiasmo que produjo la multiplicación de los panes se trocó en desvío cuando Jesús prometió a su auditorio que Él les daría a comer su carne y a beber su sangre. María no entendía nada, pero no podía dejar de creer en Él. ¿No estaban todos ellos a cada paso comprobando su poder divino? ¿Cómo podían dudar? ¿No palpaban en si mismos una transformación inexplicable a su solo contacto? ¡Ah! Ella no tenía derecho a dudar. ¡Había experimentado tan ciertamente que era Él y sólo Él quien la había curado atrayéndola tan suave pero tan fuertemente hasta arrancarla del pecado!
Menos mal que aquel día Simón, en un arranque, había sabido interpretar lo que ella misma sentía.
—No, Señor, nosotros no te dejaremos. ¿Adónde iríamos? ¡Sólo Tú tienes palabras de vida eterna! (lo. 6,60-70).
Galilea, Fenicia, Decápolis, Judea. En Judea el ambiente era hostil, preñado de peligros. Pero ella no tenía miedo. Tampoco comprendió entonces por qué algunos discípulos tenían miedo.
Hasta que... Parecía imposible. Imposible. Habían vuelto a Jerusalén para la Pascua. Se precipitaron los acontecimientos. Ella no lo había creído, a pesar de los rumores, a pesar de las amenazas, y el golpe la anonadó.
¡Habían prendido al Maestro! (Mt. 26; Mc. 14; Lc. 22. lo. 18).
Habían prendido al Maestro de noche, mientras ella dormía. ¿Cómo era posible que durmiera? Y ahora —estaba amaneciendo— le acababan de llevar a Pilato después que el sanhedrín hubo decretado su muerte (Mt. 27; Mc. 15: Lc. 23).
Alzaron la cruz.
María se quedó helada de horror. No podía ser Él. No podía serlo. Sus ojos —aquellos ojos— estaban turbios de sangre. Su cuerpo, como un gusano retorcido y lívido.
—¡Si eres el Hijo de Dios baja de la cruz! (Mt. 27,40).
¿Bajaría? ¿Por qué no se desclavaba? Podía hacerlo. Estaba segura. ¿Por qué no lo hacia? ¿Por qué?
—Padre mío, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc. 23,34).
Sí, era Jesús. Este era Jesús. Perdonando, siempre perdonando. ¿Cómo era posible que Él, tan bueno ... acabase así? Él no lo merecía, ella sí. Lo hubiese merecido, pero Él ...
—Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino.
Miró a lo alto. Esta voz parecía venir de uno de los malhechores crucificados junto al Maestro. Ahora Jesús le miraba y parecía querer hablarle:
—Yo te lo digo, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso (Le. 23, 42-43).
¡Con qué facilidad perdonaba Jesús! ¡Con qué facilidad la había perdonado a ella! ¡Con qué facilidad perdonaba ahora a este malhechor! ¿No sería que Jesús sufría para tener derecho a perdonar?
Le daba vértigo el misterio que se abría a su entendimiento como una sima.
La justicia de Dios —ella lo había sabido siempre— era inexorable. Necesariamente inexorable. Y Jesús perdonaba tan fácilmente.
Miró a Jesús. Tuvo valor para mirar de nuevo a Jesús.
¡Ese era el precio del pecado! Ese jirón blanco y retorcido surcado de sangre. ¡De nuestros fáciles pecados!
Su angustia, su desesperación primera había cedido a un dolor hondo, anonadado, que no podía contener.
Una mano amiga se posó sobre su brazo. Era la Madre de Jesús... Se miraron. Tuvo vergüenza de haber exteriorizado con tanta vehemencia su dolor, pues... ¿podría haber dolor comparable al suyo?
La Madre también lloraba, pero sosegadamente, como la lluvia mansa que fecunda la tierra.
Jesús tenía que morir. Moriría. ¡Qué amor el suyo! Iba a morir por sus pecados.
Cuando el corazón sufre nos parece que el tiempo se detiene para oprimirnos. Es una ilusión. Nos oprime la pena, pero el tiempo pasa. Y pasaron aquellas horas para los amigos de Jesús desde que Él quedó encerrado en el sepulcro dejándoles sumidos en una inercia llena de estupor.
La sensibilidad de Magdalena, deshecha por el horror del suplicio, reproducía a cada instante la imagen de las llagas, los clavos, las espinas, la sangre de Cristo.
Se revolvía sin poder ni querer escapar del atroz recuerdo ni de la certeza de que Jesús había muerto por sus pecados. Le parecía sentir la sangre de Cristo chorreando sobre su alma para dejarla blanca, sin mancha. ¿No había dicho el profeta: Aunque vuestros pecados os hayan teñido como la grana, quedarán vuestras almas blancas como la nieve, y aunque fuesen teñidas de encarnado como el bermellón se volverán del color de la lana más blanca? (Is. 1,18).
Su único consuelo era prometerse a sí misma que moriría con Él.
Esto haría: En cuanto terminase el descanso sabático correría al sepulcro y permanecería allí hasta morir. Junto al cuerpo de Jesús, sin separarse de Él.
Los dedos del alba hilaban tenuemente el amanecer más hermoso que ella hubiera presenciado jamás. Toda la fragancia de la primavera parecía emerger de la tierra saliendo al encuentro del pequeño grupo de mujeres. Sus siluetas se confundían con la luz difusa del camino que conducía al sepulcro. Una brisa fresquísima oreaba sus mantos.
María no podía reprimir sus apresurados latidos cuando divisaron el sepulcro a lo lejos. Mas... ¿qué era aquello? La piedra estaba corrida.
¡Había sido violada la sepultura! (Mc. 16,4; lo. 20,1).
Despavorida desanda Magdalena el camino, corriendo hasta quedar sin aliento para avisar a los discípulos. ¡Han robado el cuerpo del Maestro!
Pedro y Juan corren también (lo. 20,2-4). Ella, muy rezagada esta vez, alocada y exhausta, llega de nuevo y encuentra el lugar solitario.
Se postra llorando junto al sepulcro vacío.
No puede resignarse a perder el cuerpo de Jesús. No le queda otra señal tangible de su existencia. Necesita palpar de nuevo esta prueba inequívoca de que los últimos meses de su vida no han sido un sueño.
¿Un sueño? ¿Estará soñando ahora?
Tocada por una intuición se asoma toda por la oquedad negra transpirada de frescor de la cueva. En el interior divisa dos sombras blancas.
—Mujer, ¿por qué lloras?
—Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.
Se siente dispuesta a buscarlo, a rescatarlo como sea. No puede discurrir. Sólo sabe que quiere el cuerpo de Jesús, que necesita el cuerpo de Jesús para morir a su lado como un perro fiel.
Se vuelve y tropieza su vista con una figura erguida. Le hiere el sol en contraste con la obscuridad del sepulcro. Deslumbrada, sólo sabe echarse a llorar de nuevo.
—Mujer, ¿por qué lloras, a quién buscas?
—Señor, si tú lo has llevado de aquí dime en dónde lo has puesto, que yo me lo llevaré.
—¡María!
Y cae a sus plantas, vencida por esta sola palabra que estalla en su conciencia como una cascada de luz. La realidad de Jesús resucitado se revela a su alma más aún que a sus ojos atónitos.
Nunca sabrá traducir esta revelación inefable de Jesús. Su divinidad, su amor sin límites. ¿Fue un siglo o fue un instante? Como un eco lejano suena en su recuerdo: "Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios". Él la había limpiado con su sangre y por eso ve... Sólo al quebrarse el hilo de aquel íntimo encuentro pudo ella balbucir, a la par que alargaba sus brazos para abrazar los pies del Señor:
—¡Raboni!
Pero Jesús la detiene suavemente:
—No me toques...
Había dejado besar y ungir sus pies por la pecadora arrepentida que se llegaba a Él por primera vez. Pero ahora se ha dado a conocer a aquella alma en su espíritu, y esta gracia exige una respuesta de fe sin aledaños sensibles.
—Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios... (lo. 20,11-18; Mc. 16,9-11).
No quería Jesús que Magdalena muriese doliente y abatida... Lo que exigía de su amor era una postura de fe y de obediencia.
"Y fue María Magdalena..."
La brisa del amanecer se ha detenido ante el triunfo del sol que corre como un gigante su camino.
Los evangelistas no vuelven a nombrarla, pero nos es fácil descubrir su silueta entre las fieles mujeres que presenciaron el último adiós del Maestro ascendiendo entre nubes.
¿Después? Una abundante tradición la lleva al desierto y hasta la hace arribar con la diáspora judía en las playas de Marsella.
Nosotros que la hemos visto palpitar en las páginas del Evangelio preferimos dejar que se oculte con ÉI a nuestros ojos. No nos hace falta más.
María Magdalena será siempre en el santoral romano el prototipo de la mujer que, habiendo pecado, se convierte en un rendimiento total al amor divino.
La gracia de la conversión es con frecuencia así: un toque discreto, una invitación, una mirada. De nuestra respuesta depende un escalonamiento sucesivo de gracias que nos lleven hasta la santidad.
A través del texto evangélico hemos seguido este proceso en María, la pecadora. Ella fue fiel en cada etapa.
A la gracia de la conversión que se operó en ella, sin duda alguna, por la predicación y los milagros de Jesús, María responde con la confesión humillante de su culpa en casa de Simón.
Después del perdón se consagra totalmente al servicio del Maestro y le sigue hasta la cruz como no fueron capaces de seguirle los discípulos.
Muerto no le abandona. Quiere rescatar su cuerpo... ni siquiera ve su impotencia para hacerlo, ni los peligros que entraña su deseo. Jesús recompensa su fidelidad con la gracia inmensa de su primera aparición.
A partir de este momento se inicia en aquella alma una fase de madurez que hemos creído ver en la frase de Jesús: No me toques.
La fe en la soledad y la constancia del servicio en una vida olvidada de reparación, como de quien ha visto morir a Jesús por ella, la conducen a los altares.
La Iglesia la propone en el día de hoy para ejemplo nuestro.
MARÍA LUISA LUCA DE TENA Y DE BRUNET
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21 jul 2013
San Luis Maria Grignon de Monfort.- 28 de Abril
28 de abril
SAN LUIS MARIA GRIGNON DE MONTFORT
(† 1716)
Es el apóstol por excelencia de la Santa Esclavitud de María, o de la Perfecta Consagración a la Santísima Virgen, según la fórmula por él popularizada: "Por María, con María, en María, para María".
Nació el 31 de enero de 1673 en Montfort (Bretaña francesa), no lejos de la ciudad de Rennes. Fueron sus padres Juan Bautista Grignon y Juana Robert de la Biceule. Bautizado con el nombre de Luis el 1 de febrero en la iglesia parroquial de San Juan, hizo su primera comunión en el vecino pueblo de Iffendic. El nombre de "María" le tomó en la confirmación.
Ocho años de estudios, hasta el primero de teología inclusive, en el colegio de los padres jesuitas de Rennes (1685-1693), donde fue congregante mariano y trabó amistad con sus compañeros Juan Bautista Blain y Claudio Poullart des Places; y otros ocho en París (1693-1700) completando los estudios de teología y preparándose para el sacerdocio a la sombra del seminario de San Sulpicio. El 5 de junio de 1700 era ordenado sacerdote, y poco después, en el altar de Nuestra Señora de San Sulpicio, que muchas veces, con cariño filial, había él adornado, decía su primera misa: "como un ángel”, en expresión de su amigo Blain.
Su gusto hubiera sido consagrarse a la evangelización de los infieles en las misiones extranjeras; pero su director, el señor Leschassier, que lo era de San Sulpicio, tenía otros planes. Los jansenistas de Nantes monopolizaban por entonces la enseñanza en aquella ciudad. Dueños de la Universidad, habían logrado, además, eliminar del Seminario Mayor a los sacerdotes de San Sulpicio. Para contrarrestar su influjo en el clero, un santo sacerdote, Rene Léveque, de la diócesis de Nantes, en unión con uno de los arcedianos de la misma, el señor Jonchéres, había fundado una asociación de celosos sacerdotes, que formaron la Comunidad de San Clemente, así llamada de la parroquia a que fueron adscritos. El señor Jonchéres se encargó del Seminario y el señor Lévéque de la Comunidad. Como auxiliar de este último, ya anciano, era enviado a Nantes Montfort. La estancia iba a ser para él durísima. En el Seminario, se había infiltrado el espíritu jansenista en la persona del profesor Lanoë-Menard, y, obligada a oír sus conferencias, se había contagiado también la Comunidad de San Clemente. Muy pronto se dio cuenta Montfort de aquel ambiente, irrespirable para un fervoroso hijo de la Iglesia romana.
Providencialmente Dios le sacó pronto de aquella casa, encaminándole a Poitiers, donde le esperaban no ligeras cruces, pero donde encontraría a la que años adelante, bajo su dirección, sería la fundadora de las Hijas de la Sabiduría, María Luisa Trichet, hija del primer magistrado de aquella ciudad. Nombrado capellán del hospital de Poitiers, por tres veces Fue despedido malamente de él. En una de estas ocasiones se trasladó a París. Destrozado del viaje, hecho como siempre a pie, se acogió al hospital de La Salpêtriére, en el cual, escribía él, se encontró con 5.000 pobres enfermos. Apenas repuesto un poco, había comenzado a ejercitar allí el oficio de enfermero con la misma heroica abnegación que en Poitiers, cuando un día, al sentarse a la mesa, encontró bajo su cubierto una esquela en que se le despedía. Y allí quedaba sin asilo y sin pan en medio de la ciudad inmensa. El pan se lo dieron de limosna las benedictinas del Santísimo Sacramento, y, por fin, bajo una escalera en la calle del Pot-de-fer, halló un cuchitril donde cobijarse. En este rincón se cree que escribió su primer libro; El amor de la sabiduría eterna, y en este inmenso desamparo fue donde comenzó a planear la fundación de la Compañía de María, poniéndose al habla con su antiguo condiscípulo Poullart des Places.
Vocación definitiva de Montfort era la de misionero popular. En el mismo Poitiers dio ya con gran fruto cuatro o cinco misiones; pero, en vista de las dificultades que se le presentaban en aquella y en otras diócesis de Francia, pensó de nuevo en las misiones de ultramar, y con este intento se encaminó a Roma para pedir la bendición del Papa. El 6 de junio de 1706 era recibido en audiencia por Clemente XI, el debelador del renacido jansenismo, que le mandó quedarse en Francia. Para autorizar sus misiones le concedió el título de misionero apostólico.
En los diez años escasos que le quedan de vida Montfort misionará, primero en medio de grandes contrariedades, en las diócesis de Rennes (1706), de Saint Malo y de Saint Brieuc (1707-1708) y en la de Nantes (1708-1711). Sólo los cinco últimos años (1711-1716) trabajará con alguna tranquilidad en las diócesis de La Rochela y de Lujon, cuyos prelados no se habían doblegado al jansenismo. En estos últimos años, sobre todo, se esforzará por formar sus Congregaciones religiosas.
Una de las grandes tribulaciones de la primera etapa (1706-1711), tal vez la mayor de toda su vida, fue la demolición ordenada por Luis XIV, siniestramente informado, del grandioso Calvario de Pontchateau, en que, durante quince meses, dirigidos por Montfort, habían trabajado más de 20.000 obreros. Las misiones en las diócesis de La Rochela y de Luon fueron en conjunto triunfales, aunque no sin cruces: "Ninguna cruz: ¡que gran cruz!", solía decir el Santo.
En las afueras de La Rochela, y en una ermita llamada de San Eloy, fue donde compuso las Reglas de las Hijas de la Sabiduría, y también, según se cree, el tratado de la verdadera devoción. Allí, una vez más, sintió la necesidad de reclutar un escuadrón de sacerdotes que se dedicaran a misionar por los pueblos. Tal vez allí brotó de sus entrañas la llamada justamente oración abrasada.
Un viaje a París en el verano de 1713 buscando candidatos para la Compañía de María en el seminario fundado por su condiscípulo Poullart, y otro a Rouen, en el de 1714 para invitar a su amigo Blain, canónigo en aquella catedral, a que se le uniera en el proyecto de esta fundación. A la vuelta de este viaje se detuvo unos días en Nantes, en la casa de los "Incurables" por él fundada; y en Rennes, el último día de unos ejercicios hechos en su antiguo colegio, escribió la encendida carta a los amigos de la cruz.
Vuelto a La Rochela, se ocupó, sobre todo, en organizar las escuelas de caridad, y fue allí donde, llamadas por él, vinieron a encontrarle sus hijas, María Luisa Trichet y Catalina Brunet —otra joven vivaracha de Poitiers—, para ponerse al frente de las escuelas de niñas, que se llamarían Escuelas de la Sabiduría.
Pero se acercaba el fin de su vida —el había presentido y aun predicho que moriría antes de acabarse aquel año 1716—; y las fundaciones por que tanto había suspirado apenas estaban esbozadas. Había que alcanzar del cielo su desarrollo; y acudió a Nuestra Señora de Ardillers. Postrado a sus plantas se sintió escuchado. Ya podía morir.
Su última misión fue la de San Lorenzo de Sévre. Pudiera decirse que la muerte le asaltó en el púlpito, predicando el último día por la tarde ante su gran amigo el obispo de La Rochela. El 27 de abril, después de dictar su testamento en el que pedía que su corazón fuera enterrado bajo la tarima del altar de la Santísima Virgen, entregaba su espíritu al Señor. Tenía cuarenta y tres años y tres meses. No menos de 100.000 personas de la comarca acudieron a venerar los restos de su apóstol
Apenas ha podido entreverse por lo dicho aquí la eficacia extraordinaria de su palabra evangélica. Debíase esta eficacia, desde luego, a la gracia divina, que el Santo alcanzaba muy principalmente por intercesión de la Virgen Santísima. Junto con el crucifijo llevaba él siempre consigo una estatuita de Nuestra Señora, que instalaba en su habitación, en el confesonario, en el púlpito... en todas partes: Era la "Reina de los Corazones". A los ojos del pueblo, su vida penitente, su pobreza en el vestir, su espíritu de oración, su modestia constante, le conciliaban la veneración de todos. Venía sobre esto la predicación sabia y ardiente. Al mismo tiempo Montfort era maestro, en utilizar toda clase de recursos populares. Hasta siete procesiones, nos dice su contemporáneo Grandet, organizaba en cada misión. Especial solemnidad revestía la de la renovación de las promesas del bautismo. Otro elemento capital en todas sus misiones eran los cánticos. Son unos 24.000 los versos compuestos por él, que abarcan todos los temas usuales en las Misiones.
Nada podemos decir aquí del desarrollo que, por fin, han logrado sus fundaciones religiosas. En cuanto a sus libros, ya se indicó la difusión inmensa que han tenido El secreto de María y la Verdadera devoción. Esos y los demás pueden verse en la edición española de la B. A. C., vol. III (1954), donde se hallará, en la introducción, la bibliografía que puede desearse. El 22 de enero de 1888 el siervo de Dios fue beatificado por León XIII; y el 20 de julio de 1947 canonizado por Pío XII.
CAMILO Mª. ABAD, S. I.
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Santo Evangelio 21 de julio de 2013
Día litúrgico: Domingo XVI (C) del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Lc 10,38-42): En aquel tiempo, Jesús entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada».
Comentario: Rev. D. Bernat GIMENO i Capín (Barcelona, España)
Hay necesidad (...) de una sola [cosa]
Hoy vemos a un Jesús tan divino como humano: está cansado del viaje y se deja acoger por esta familia que tanto ama, en Betania. Aprovechará la ocasión para hacernos saber qué es “lo más importante”.
En la actitud de estas dos hermanas se acostumbra a ver reflejadas dos maneras de vivir la vocación cristiana: la vida activa y la vida contemplativa. María, «sentada a los pies del Señor»; Marta, atareada por muchas cosas y ocupaciones, siempre sirviendo y contenta, pero cansada (cf. Lc 10,39-40.42). —«Calma», le dice Jesús, «es importante lo que haces, pero es necesario que descanses, y más importante aun, que descanses estando conmigo, mirándome y escuchándome». Dos modelos de vida cristiana que hemos de coordinar y de integrar: vivir tanto la vida de Marta como la de María. Hemos de estar atentos a la Palabra del Señor, y vigilantes, ya que el ruido y el tráfico del día a día —frecuentemente— esconde la presencia de Dios. Porque la vida y la fuerza de un cristiano solamente se mantienen firmes y crecen si él permanece unido a la verdadera vid, de donde le viene la vida, el amor, las ganas de continuar adelante... y de no mirar atrás.
A la mayoría, Dios nos ha llamado a ser como “Marta”. Pero no hemos de olvidar que el Señor quiere que seamos cada vez más como “María”: Jesucristo también nos ha llamado a “escoger la mejor parte” y a no dejar que nadie nos la quite.
Él nos recuerda que lo más importante no es lo que podamos hacer, sino la Palabra de Dios que ilumina nuestras vidas, y, así por el Espíritu Santo nuestras obras quedan impregnadas de su amor.
Descansar en el Señor solamente es posible si gozamos de su presencia real ante la Eucaristía. ¡Oración ante el sagrario!: es el tesoro más grande que tenemos los cristianos. Recordemos el título de la última encíclica de Juan Pablo II: La Iglesia vive de la Eucaristía. El Señor tiene muchas cosas que decirnos, más de las que nos pensamos. Busquemos, pues, momentos de silencio y de paz para encontrar a Jesús y, en Él, reencontrarnos a nosotros mismos. Jesucristo nos invita hoy a hacer una opción: escoger «la parte buena» (Lc 10,42).
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San Lorenzo de Brindis, 21 de julio
21 de julio
San Lorenzo de Brindis
predicador y doctor de la Iglesia
Año 1619
El Santo nació en Brindis, cerca del lugar en que la bota italiana llevaría la espuela contra el Balcán turco. Era en julio de 1559. Tres semanas después, el viejo papa Paulo IV, duro campeón de la reforma católica, moría en Roma. El populacho mostraba su alegría por verse libre de su firme puño, y echó abajo la estatua del Pontífice. El recién nacido heredaría en cierto modo el celo del reformador difunto, pero sabría ser más caritativo y más flexible.
Había nacido de noble familia. Recibió en el bautismo el nombre de Julio César. Se cuenta que a los seis años predicó en la catedral y que el auditorio quedó transportado de admiración. Reduzcamos las cosas a sus justos límites, no es imposible que participara en alguna fiesta infantil, al estilo de las que tan frecuentemente vemos organizarse en las catequesis. Y nada tendría de raro que el despierto muchacho, puesto en una ocasión tal, encantara a su auditorio por el despejo y la soltura con que trataba de las verdades religiosas.
Muerto su padre, César entra en los franciscanos conventuales, y queda allí hasta la edad de catorce años. Pero ya hemos dicho cuál es el emplazamiento de Brindis. Los turcos amenazaban con su poder creciente la pequeña ciudad y César, con su madre, se refugia en Venecia, donde un tío suyo cuidará tiernamente de su formación. El adolescente no había olvidado el ideal franciscano. Y el 17 de febrero de 1575 entra en la Orden capuchina tomando el nombre de Lorenzo. Su ingreso tuvo lugar en el convento de Verona. Novicio modesto y grave, penitente hasta el extremo, cayó enfermo y hubo que retrasar su profesión. Por fin, el 24 de marzo, víspera de la Anunciación, pudo hacerla.
El futuro doctor de la Iglesia recibió en la Orden capuchina una formación verdaderamente excepcional. Enviado a estudiar a Padua, conoció a fondo la Sagrada Escritura, y así, durante su vida, hemos de verle muchas veces discutir directamente sobre el texto hebreo con los herejes y los judíos. Tuvo un conocimiento de idiomas poco corriente, pues hablaba el francés, el alemán, el griego, el siríaco y el hebreo, Su formación teológica era tal que, no siendo aún sacerdote, predicó dos cuaresmas en Venecia, ciudad nada fácil para un predicador bisoño. Alguna de sus conquistas apostólicas tuvo enorme resonancia en la ciudad, así, por ejemplo, la de aquella cortesana que, venida al sermón con ánimo de hacer alguna mala conquista, fue conquistada por Cristo.
Una vez Sacerdote, sus trabajos continuaron a un ritmo todavía más vivo. Durante tres años, por encargo de Clemente VIII, predica a los judíos de Roma, obteniendo buenos resultados gracias a sus conocimientos de hebreo. Pero las dos grandes empresas de su vida habían de ser la lucha antiprotestante y la cruzada contra los turcos.
El historiador, aun profano, que recorra sumariamente los acontecimientos religiosas de la edad postridentina, y estudie la contraofensiva de la restauración católica, tropezará necesariamente con la figura de este capuchino italiano que, aun perteneciendo a la provincia de Venecia, fue enviado en 1599 a Austria, al frente de un grupo de doce hermanos suyos, con los que se estableció en Viena, Graz y Praga. Llegaba allí Lorenzo precedido de la fama de religioso austero, de hombre cultísimo, de predicador iluminado, de polemista eficaz. A sus cuarenta años de edad había recorrido ya con éxito asombroso toda Italia. Y, en efecto, en Praga sus predicaciones conmueven la opinión publica y provocan la reacción de los protestantes que solicitan del emperador Rodolfo II su expulsión.
Un doble paréntesis se abre en su acción antiprotestante, para atender a la guerra contra los turcos, y al cargo de ministro general de su propia Orden (1602-1605). Pero apenas libre de los cuidados de este cargo, vuelve de nuevo a la lucha, primero en Praga (1606-1610), y después en Munich (1610-1613), junto a su amigo íntimo el duque Maximiliano, de Baviera. Se esforzó en la constitución de una liga de príncipes católicos de Alemania que pudiera oponerse a la unión de los protestantes, y con una misión oficial en Madrid conquistó que se adhiriera y ayudara financieramente a dicha liga el rey Felipe III de España. Cuando parecía seguro que iba a tener que marchar de Alemania, una intervención del cardenal Dietrichstein ante el papa Paulo V lo impidió. Así él pudo continuar su trabajo. Obtuvo después el restablecimiento de la paz entre las autoridades españolas y el duque de Saboya, Carlos Manuel el Grande, en 1618, y desarrolló una feliz legación en Madrid y Lisboa (1618-1619), en defensa de la ciudad de Nápoles contra la tiranía del virrey Osuna.
Es difícil sintetizar en pocas líneas la colosal labor de este predicador. "Dios me ha llamado —repetía— a ser franciscano para la conversión de los pecadores y de los herejes." Y, en efecto, predicó, de manera incesante, en Italia, en Hungría, en Bohemia, en Bélgica, en Suiza, en Alemania, en Francia, en España y en Portugal. Apoyado por los jesuitas, desarrolló una admirable labor en la Europa central, y sembró de conventos franciscanos gran parte de estas naciones en las que había predicado.
Hacía falta también un animador espiritual en la lucha contra los turcos, que golpeaban las puertas del Imperio. El papa Clemente VIII envió a San Lorenzo de Brindis al emperador Rodolfo II "seguro de que él solo valdría lo que un ejército". Y, en efecto, San Lorenzo fue el brazo derecho del príncipe Felipe Manuel de Lorena, que consiguió el año 1601 una victoria resonante sobre el Islam en Stuhiweissenburg (Alba Real) contra la masa de cerca de 80.000 turcos, capitaneados por Mohamet III, que se aprestaba a invadir la Stiria y amenazaba conquistar Austria, invadiendo desde allí Italia y Europa entera. San Lorenzo nos escribió una preciosa crónica de la campaña y, aunque ocultase en parte sus rasgos de valor, capitanes y soldados le aclamaron como el principal autor de la batalla. No cabe la menor duda de que también San Lorenzo pudo ejercitar, en aquel cosmopita ejército, su conocimiento de idiomas. Lo que es cierto es que resultó un admirable capellán militar, que a la hora de la victoria únicamente se lamentaba de no haber podido lograr con aquella ocasión el mérito del martirio.
Recientemente, en marzo de 1959, Su Santidad el Papa elevó a San Lorenzo de Brindis a la dignidad de doctor de la Iglesia universal, después de haber escuchado el parecer de la Sagrada Congregación de Ritos. Es el tercero de los franciscanos que recibe este honor, después del doctor seráfico, San Buenaventura, y del doctor evangélico, San Antonio de Padua. A San Lorenzo de Brindis podría cuadrar bien el título de doctor apostólico.
Independientemente de su admirable predicación por toda Europa, nos dejó San Lorenzo una multitud de obras editadas desde 1926 a 1956 en una espléndida colección de quince volúmenes, que nada deja que desear ni en cuanto al aparato científico ni en cuanto a la magnífica presentación tipográfica. Allí encontramos más de ochocientos sermones, que ocupan once de los quince volúmenes: Marial, Quadragesimales, Adviento, Domingos del año, santoral, etc. Se ha señalado que estos once volúmenes constituyen un admirable ejemplo de lo que modernamente se ha llamado teología kerigmática, y que esta manera de exponer las verdades eternas le sitúa en la línea de clásica actividad pastoral de los Santos Padres y de los grandes Doctores obispos. En especial, destaca su admirable mariología, de una claridad de conceptos verdaderamente extraordinaria.
Encontramos también en su obra literaria reflejada la actividad que desarrolló en pro de la conversión de los judíos. Estas tareas y la enseñanza de la Sagrada Escritura a los religiosos de su Orden, juntamente con su conocimiento profundo del hebreo y suficiente del arameo y el caldeo, le permiten mostrarse como espléndido exegeta en su Explanación del Génesis. Uniendo una sana filosofía con profundos conocimientos teológicos, trata de manera magistral todas las cuestiones referentes a Dios Creador, a sus atributos, a los ángeles, a la naturaleza y composición del hombre, a la institución matrimonial, etc., etc.
También se refleja en su obra literaria el admirable apostolado antiprotestante que desarrolló. Tuvo en Praga una disputa con el luterano Policarpo Leiser, teólogo escritor y predicador de la corte del príncipe elector de Sajonia. Reflejo de aquella disputa son los tres volúmenes de la Lutheranismi hypotyposis, manual práctico de apología de la fe católica y confutación de la interpretación protestante. El vigor de la dialéctica teológica está sostenido por la exactitud del estudioso, que se informa sobre la génesis histórica y doctrinal del protestantismo directamente en la literatura y en los símbolos protestantes, en una cuarentena de autores reformados, sin excluir los manuscritos y los libelos, además de las obras de Lutero. En esta empresa, defensiva y confirmativa al mismo tiempo, característica de una época en que la controversia adquirió tanta importancia, San Lorenzo emula, con acentuación polémica, la acción de San Pedro Canisio y simplifica, para el uso ministerial, el método escolástico de las Disputationes de San Roberto Belarmino.
La proclamación de San Lorenzo como Doctor de la Iglesia universal contribuirá al conocimiento de su biografía y, consiguientemente, de su influencia en la historia del pensamiento y en la misma marcha política de Europa. Porque aún ocultan muchísimos documentos interesantes los archivos europeos, que podrán dar luz sobre aspectos desconocidos de su increíble actividad.
En medio de tareas tan extraordinarias, acogido en todas partes como un santo, habiendo obtenido ciertos éxitos extraordinarios en su acción diplomática, se mantuvo siempre, aunque rodeado de ovaciones, sencillo y afable, revestido de una humildad típicamente franciscana. Rechazaba los honores con la mayor naturalidad. Permaneció siempre fiel a su costumbre de dormir sobre tablas, de levantarse durante la noche para salmodiar, de ayunar con frecuencia a pan y verdura, de disciplinarse cruelmente y, sobre todo, de meditar con asiduidad los sufrimientos de Cristo.
Se encontraba en Lisboa, tratando con Felipe III la causa de los napolitanos vejados y oprimidos por el virrey, cuando le llegó la muerte. Era el 22 de julio de 1619. Su cuerpo fue llevado al convento de monjas franciscanas de Villafranca del Bierzo, en Galicia. Fue beatificado por Pío VI en 1783 y canonizado por León XIII en 1881. Según hemos dicho, Su Santidad el Papa Juan XXIII, el 19 de marzo de 1959, le otorga el título de Doctor de la Iglesia por el breve Celsitudo ex humilitate. "Con esta proclamación la Iglesia adscribe oficialmente al senado luminoso de sus maestros, que unen la santidad con una ciencia sagrada auténtica y excelente, su trigésimo miembro."
LAMBERTO DE ECHEVERRÍA
DOMINICOS
El bueno de San Lorenzo
Fray Lorenzo fue religioso capuchino. Vivió en Italia por los años 1559-1619. En su juventud se sintió llamado por Dios para que optara por vivir en servicio religioso-sacerdotal, e ingresó en la Orden y Familia de san Francisco.
Estaba bien dotado en sensibilidad, dones convivenciales y capacidad intelectual, y, por ello, concluidos sus estudios teológicos, fue destinado al ejerció de la enseñanza como catedrático de teología. Esto fue un acierto, pues resultó excelente maestro. Pero, además, tenía gran habilidad y unción en la exposición de la palabra de Dios, sobre todo predicando, y la gracia de Dios le acompañaba con frutos sabrosos. Asimismo, fue comisionado y asumió importantes legaciones diplomáticas, en las gestiones realizadas demostró gran prudencia.
Se trataba, pues, de un hombre privilegiado: buena preparación y riqueza espiritual, buena comunicación espiritual desde el púlpito (con gran manejo de la biblia) y habilidad diplomática para lograr acuerdos o concordias. Era una bendición de Dios, ya que sabía trabajar, sufrir, amar, esperar, concordar.
Precisamente por haberlo hecho todo con mucho amor, afán de servicio, sentido de la justicia e iluminación desde la Palabra de Dios, se le consideró santo, maestro y doctor.
ORACIÓN:
Concédenos, Señor y Padre nuestro, que en nuestros días, como en los días de san Lorenzo, la Iglesia cuente con ejemplares espléndidos de vida en el Espíritu: abiertos a la luz, armados de fuerte esperanza, solícitos en el servicio a los hermanos, creadores de paz, prudentes directores de almas. Amén.
Lorenzo significa: coronado de laurel. Laureado. Este santo ha sido quizás el más famoso predicador de la comunidad de Padres Capuchinos.
Nació en Brindis (Italia) cerca de Nápoles. Desde pequeño demostró tener una memoria asombrosa. Dicen que a los ocho años repitió desde el púlpito de la Catedral un sermón escuchado a un famoso predicador, con gran admiración de la gente.
Cuando pidió ser admitido como religioso en los Padres Capuchinos, el superior le adevirtió que le iba a ser muy difícil soportar aquella vida tan dura y tan austera. El joven le preguntó: "Padre, ¿en mi celda habrá un crucifijo?". "Si, lo habrá", respondió el superior. "Pues eso me basta. Al mirar a Cristo Crucificado tendré fuerzas para sufrir por amor a El, cuaquier padecimiento".
La facilidad de Lorenzo para aprender idiomas y para grabarse en la memoria todo lo que leía, dejó atónitos a sus superiores y compañeros. Prácticamente se aprendía de memoria capítulos enteros de la S. Biblia y muchas páginas más de libros piadosos. Hablaba seis idiomas: griego, hebreo, latín, francés, alemán e italiano.
Y su capacidad para predicar era tan excepcional, que siendo simple seminarista, ya le fue encomendado el predicar los 40 días de Cuaresma en la Catedral de Venecia por dos años seguidos. Las gentes vibraban de emoción al oir sus sermones, y muchos se convertían.
Un sacerdote le preguntó: "Fray Lorenzo, ¿a qué se debe su facilidad para predicar? ¿A su formidable memoria?" Y él respondió: "En buena parte se debe a mi buena memoria. En otra buena parte a que dedico muchas horas a prepararme. Pero la causa principal es que encomiendo mucho a Dios mis predicaciones, y cuando empiezo a predicar se me olvida todo el plan que tenía y empiezo a hablar como si estuviera leyendo en un libro misterioso venido del cielo".
Los capuchinos nombraron a Fray Lorenzo superior del convento y luego superior de Italia. Más tarde al constatar las grandes cualidades que tenía para gobernar, lo nombraron superior general de toda su comunidad en el mundo. En sus años de superiorato recorrió muchos países visitando los conventos de sus religiosos para animarlos a ser mejores y a trabajar mucho por el reino de Cristo. Había días que caminaba a pie 50 kilómetros. No le asustaba desgastarse en su salud con tal de conseguir la salvación de las almas y la extensión del reino de Dios. La gente lo amaba porque era sumamente comprensivo y bondadoso, y porque sus consejos hacían un gran bien. Siendo superior, sin embargo servía a la mesa a los demás, y lavaba los platos de todos.
El Santo Padre, el Papa, lo envió a Checoslovaquia y a Alemania a tratar de extender la religión católica en esos países. Se fue con un buen grupo de capuchinos, y empezó a predicar. Pero en esos días un ejército de 60 mil turcos mahometanos invadió el país con el fin de destruir la religión, y el jefe de la nación pidió al Padre Lorenzo que se fuera con sus capuchinos a entusiasmar a los 18 mil católicos que salían a defender la patria y la religión. La batalla fue terriblemente feroz. Pero San Lorenzo y sus religiosos recorrían el campo de batalla con una cruz en alto cada uno, gritando a los católicos: "Ánimo, estamos defendiendo nuestra santa religión". Y la victoria fue completa. Los soldados victoriosos exclamaban: "La batalla fue ganada por el Padre Lorenzo".
El Papa Clemente VIII decía que el Padre Lorenzo valía él solo más que un ejército.
El Sumo Pontífice lo envió de delegado suyo a varios países, y siempre estuvo muy activo de nación en nación dirigiendo su comunidad y fundando conventos, predicando contra los protestantes y herejes, y trabajando por la paz y la conversión. Pero lo más importante en cada uno de sus días eran las prácticas de piedad. Durante la celebración de la Santa Misa, frecuentemente era arrebatado en éxtasis, y su orar era de todas las horas y en todos los sitios. Por eso es que obtuvo tan grandes frutos apostólicos.
Dormía sobre duras tablas. Se levantaba por la noche a rezar salmos. Ayunaba con frecuencia. Su alimento era casi siempre pan y verduras. Huía de recibir honores, y se esforzaba por mantenerse siempre alegre y de buen humor con todos. La gente lo admiraba como a un gran santo. Su meditación preferida era acerca de la Pasión y Muerte de Jesucristo.
En 1859 fue declarado "Doctor de la Iglesia", por el Sumo Pontífice Juan XXIII. Y es que dejó escritos 15 volúmenes de enseñanzas, y entre ellos 800 sermones muy sabios. En Sagrada Escritura era un verdadero especialista.
Cuando viajaba a visitar al rey de España enviado por la gente de Nápoles para pedirle que destituyera a un gobernador que estaba haciendo mucho mal, se sintió sin fuerzas y el 22 de julio de 1619, el día que cumplía sus 60 años, murió santamente. Ha sido llamado el "Doctor apostólico".
Ruega por nosotros, querido San Lorenzo, para que no tengamos miedo a gastarnos y desgastarnos por Cristo y su Santa Iglesia, como lo hiciste tú.
Dijo Jesús: "Si el grano de trigo muere, produce mucho fruto".
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