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17 sept 2026

UNA FE GENEROSA Y FIRME

 



 De las cartas de san Cipriano, obispo y mártir

(Carta 60,1-2. 5: CSEL 3, 691-692. 694-695)

UNA FE GENEROSA Y FIRME


Cipriano a su hermano Cornelio: Hemos tenido noticia, hermano muy amado, del testimonio glorioso que habéis dado de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido con tanta alegría el honor de vuestra confesión, que nos consideramos partícipes y socios de vuestros méritos y alabanzas. En efecto, si formamos todos una misma Iglesia, si tenemos todos una sola alma y un solo corazón, ¿qué sacerdote no se congratulará de las alabanzas tributadas a un colega suyo, como si se tratara de las suyas propias? ¿O qué hermano no se alegrará siempre de las alegrías de sus otros hermanos? No hay manera de expresar cuán grande ha sido aquí la alegría y el regocijo, al enterarnos de vuestra victoria y vuestra fortaleza: de cómo tú has ido a la cabeza de tus hermanos en la confesión del nombre de Cristo, y de cómo esta confesión tuya, como cabeza de tu Iglesia, se ha visto a su vez robustecida por la confesión de los hermanos; de este modo, precediéndolos en el camino hacia la gloria, has hecho que fueran muchos los que te siguieran, y ha sido un estímulo para que el pueblo confesara su fe el hecho de que te mostraras tú, el primero, dispuesto a confesarla en nombre de todos; y, así, no sabemos qué es lo más digno de alabanza en vosotros, si tu fe generosa y firme o la inseparable caridad de los hermanos. Ha quedado públicamente comprobada la fortaleza del obispo que está al frente de su pueblo y ha quedado de manifiesto la unión entre los hermanos que han seguido sus huellas. Por el hecho de tener todos vosotros un solo espíritu y una sola voz, toda la Iglesia de Roma ha tenido parte en vuestra confesión. Ha brillado en todo su fulgor, hermano muy amado, aquella fe vuestra, de la que habló el Apóstol. Él preveía, ya en espíritu, esta vuestra fortaleza y valentía, tan digna de alabanza, y pregonaba lo que más tarde había de suceder, atestiguando vuestros merecimientos, ya que, alabando a vuestros antecesores, os incitaba a vosotros a imitarlos. Con vuestra unanimidad y fortaleza, habéis dado a los demás hermanos un magnífico ejemplo de estas virtudes. Y, teniendo en cuenta que la providencia del Señor nos advierte y pone en guardia y que los saludables avisos de la misericordia divina nos previenen que se acerca ya el día de nuestra lucha y combate, os exhortamos de corazón, en cuanto podemos, hermano muy amado, por la mutua caridad que nos une, a que no dejemos de insistir junto con todo el pueblo, en los ayunos, vigilias y oraciones. Porque éstas son nuestras armas celestiales, que nos harán mantener firmes y perseverar con fortaleza; éstas son las defensas espirituales y los dardos divinos que nos protegen. Acordémonos siempre unos de otros, con grande concordia y unidad de espíritu, encomendémonos siempre mutuamente en la oración y prestémonos ayuda con mutua caridad cuando llegue el momento de la tribulación y de la angustia.

16 sept 2026

Como conseguir buenos amigos

 



 Como conseguir buenos amigos

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón


 ¡La amistad es un gran tesoro! No se puede vivir la vida sólo. Es necesario tener amigos, por eso hoy le daremos 12 pasos para ayudarle a conquistar y mantener buenos amigos:

1.- Tenga una apertura con los demás. Acéptelos con sus defectos y virtudes. Nadie es totalmente perfecto ya que estamos en un proceso de superación.

2.- Sea asequible en el trato. Nunca demuestre una postura de superioridad, ni por su cargo, ni por su posición social. Todos somos esencialmente iguales, diferentes en nuestras funciones. Sea asequible, humilde y sencillo .

3.- Demuestre siempre interés por lo que los demás le quieren comunicar. Atienda al otro con respeto sabiendo que lo merece.

4.- Fuera todo complejo de inferioridad. Nunca demuestre sentirse inferior a los demás. Sienta que usted vale mucho y mantenga la confianza en sí mismo.

5.- Si al conversar con sus nuevos amigos llegan temas impropios o inmorales, recháselos y en última instancia evite esa amistad porque lo empobrece en vez de enriquecerlo. Las formas demasiado familiares en el trato no son convenientes en la amistad. Con el buen amigo hay que mantener una sutil distancia para evitar lo que se llama la ofensa por "excesiva familiaridad".Es importante que usted sepa corregir desde el principio. No dé una imagen de ligereza porque con el tiempo le faltarán al respeto.

6.- Sepa estar presentable en su forma de vestir, en sus gestos y en su vocabulario. Su imagen debe ser correcta, digna y adecuada. Vestir correctamente no significa tener lujos, sino hacerlo con decencia y limpieza. Su imagen exterior dice mucho de usted ; es parte de su personalidad.

7.- Hay cosas en su vida que son sólo suyas. Allí nadie puede llegar, sólo Dios, su consejero espiritual, un psicólogo o alguien de mucha confianza. Nadie puede llegar a las cosas íntimas de su corazón, sino después de un proceso de acercamiento, confianza, diálogo y convivencia. No todo el mundo puede ser su confidente.

8.- Póngase en el lugar del otro. Intente comprenderlo. No haga el papel de juez, sino de amigo. Aprenda a escuchar. Eso es lo que hace Dios con nosotros.

9.- Diga siempre la verdad. Sepa corregir con amor y oportunamente. Un buen amigo es aquél que no detiene la marcha de su amigo hacia la cumbre, pero si lo ve caer sí detiene la marcha para que no caiga más.

10.- Una buena amistad se mantiene si en medio de ella Dios está presente. Ore con su amigo.

11.- Tenga metas en común. Los amigos comparten ideales, luchan juntos, se animan, se ayudan mutuamente para realizar sus metas y nunca detiene al otro en la consecución de sus ideales.

12.- Evite discusiones y resentimientos estériles. Sepa perdonar y olvidar.

Amplíe su círculo de amistades y sepa que la amistad es un gran tesoro, que vale la pena cultivar. Jesús dijo: "Ya no os llamo siervos sino amigos". Además de nuestra relación filial con Dios Padre, cultive la amistad con Jesús que también es nuestro hermano mayor y quien mejor que El Señor con todo su poder para que usted vierta sus preocupaciones y descanse en El. Coloque su dolor, y su frustración a los pies del Salvador y El le ayudará. Jesús es el único en quien hay garantía plena de que le amará, lo comprenderá , guardará sus secretos, y siempre estará con usted acompañándolo en el camino de la vida. Cultive la amistad con El y no se olvide que ¡CON DIOS SOMOS INVENCIBLES!    

15 sept 2026

La Cruz es la Gloria y Exaltaciòn de Cristo

 



 De los sermones de san Andrés de Creta, obispo

(Sermón 10, Sobre la Exaltación de la santa cruz: PG 97, 1018-1019. 1022-1023)

LA CRUZ ES LA GLORIA Y EXALTACIÓN DE CRISTO


Por la cruz, cuya fiesta celebramos, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Celebramos hoy la fiesta de la cruz y, junto con el Crucificado, nos elevamos hacia lo alto, para, dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales; tal y tan grande es la posesión de la cruz. Quien posee la cruz posee un tesoro. Y, al decir un tesoro, quiero significar con esta expresión a aquel que es, de nombre y de hecho, el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original. Porque, sin la cruz, Cristo no hubiera sido crucificado. Sin la cruz, aquel que es la vida no hubiera sido clavado en el leño. Si no hubiese sido clavado, las fuentes de la inmortalidad no hubiesen manado de su costado la sangre y el agua que purifican el mundo, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no disfrutaríamos del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado. Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos. Por esto, la cruz es cosa grande y preciosa. Grande, porque ella es el origen de innumerables bienes, tanto más numerosos, cuanto que los milagros y sufrimientos de Cristo juegan un papel decisivo en su obra de salvación. Preciosa, porque la cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la cruz se convirtió en salvación universal para todo el mundo. La cruz es llamada también gloria y exaltación de Cristo. Ella es el cáliz rebosante, de que nos habla el salmo, y la culminación de todos los tormentos que padeció Cristo por nosotros. El mismo Cristo nos enseña que la cruz es su gloria, cuando dice: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él, y pronto lo glorificará. Y también: Padre, glorifícame con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. Y asimismo dice: "Padre, glorifica tu nombre." Entonces vino una voz del cielo: "Lo he glorificado y volveré a glorificarlo", palabras que se referían a la gloria que había de conseguir en la cruz. También nos enseña Cristo que la cruz es su exaltación, cuando dice: Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Está claro, pues, que la cruz es la gloria y exaltación de Cristo.

14 sept 2026

Busquemos la reconciliación

 



 Busquemos la reconciliación

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio Web: Un mensaje al corazón



La reconciliación es un elemento necesario para la convivencia humana y significa recuperar o reconstruir lo que se rompe en pedazos o se daña. Reconciliación implica volver a empezar una relación más profunda y restablecer con fundamentos más sólidos lo que se está desmoronando. Significa volver a construir un puente que conduzca a una mejor relación entre dos o más personas. 

La criatura o el hombre viejo ve todo distorsionado desde sus prejuicios o formas negativas de apreciar las cosas que otros provocan en su vida, por interés o manipulación mental, desde el día que nacen y que definitivamente condicionan su manera de actuar. Desde muy pequeñitos nos acostumbran a señalar a otros y a ser jueces, porque también nuestros papás y abuelos fueron educados de esa manera. Desde niños nos acostumbramos a acusar a nuestros hermanos o amiguitos para protegernos, manipulando la verdad para evadir castigo sin importarnos que lo reciba otro. Cada vez que acusamos a alguien, nos constituimos en los buenos, santos e inmaculados. 

Todo el mundo tiene cosas feas y malas, pero rápidamente y sin medir las consecuencias levantamos el dedo para señalar y acusar a los demás. Pasamos por la vida inmaculados e intachables, creyendo que somos los únicos perfectos y esto es muy peligroso. Al convertirnos en jueces, creemos que todos los demás merecen enfrentar nuestra justicia y seguimos por la vida señalando culpabilidades. 

Satanás, quien es el acusador por naturaleza, no quiere que tengamos una visión positiva de los demás, sino que seamos acusadores morbosos. Satanás nos quiere ver siempre señalando a todo el mundo, criticando a la humanidad, dividiendo, intrigando y cuidándonos de éste o aquel. Satanás quiere que seamos como culebras, inyectando veneno, mordiendo la conciencia de otros y manteniéndonos al acecho, a la defensiva, gruñendo y enseñando los colmillos para que nadie se pueda acercar. A Satanás le conviene que existan enfrentamientos, encontronazos, crímenes, batallas y guerras, para que el Reino de Dios no se manifieste. El Señor no quiere un mundo así. 

Cristo Jesús es el único que puede romper el muro que divide, aparta y margina a los seres humanos, y causa que se enfrenten unos a otros, convirtiéndose en rivales. Cristo Jesús vino a eliminar la división y la intriga que nos divide y tanto daño nos hace dentro de nuestras familias. Cristo vino a romper el muro que nos divide en castas sociales y en razas; que nos divide, muchas veces de manera fanática, a nivel político dentro de la vida nacional. Jesús vino para que volviéramos a nacer y nos convirtiéramos en criaturas nuevas. Para poder volver a nacer tenemos que ver las cosas de una manera diferente. El Espíritu Santo nos proporciona esa manera nueva de ver las cosas y, sobre todo, a las personas. 

El Reino de Dios es un mundo de personas reconciliadas, solidarias y en armonía, que respetan la dignidad humana y pueden dialogar. Es un mundo donde podemos convivir, comunicarnos y entendernos; un mundo donde hay justicia social, nos sintamos verdaderamente hermanos y nadie pase hambre física ni de amor. El Señor quiere un mundo donde Cristo Jesús reine y se viva la fraternidad. 

Escuche mi hermano, para que el Reino de Dios se haga presente en nuestra vida, necesitamos reconciliarnos con el Señor. Nadie puede reconciliarse con su hermano si no está previamente reconciliado con Dios. La fuente del amor, la comprensión, la generosidad y la paz es Dios, nuestro Señor. El amor de Dios brota como un ojo de agua que derrama el agua cristalina a borbotones, llevando un caudal impresionante y convirtiéndose en un río majestuoso. Si queremos vivir reconciliados con los demás, reconciliémonos con Dios. Caigamos de rodillas ante el Señor y pidamos perdón por nuestros pecados, para que El arranque de raíz el mal y las sombras que hay en nuestra vida y con Su poder y Su fuerza rompa las cadenas que nos atan al pecado. Reconciliados con el Señor, puestos de rodillas ante El, recibiendo esa paz que solamente El nos puede dar, esa paz que es el mismo Dios, podemos levantarnos y abrir los brazos para acoger a nuestros hermanos. No puede existir reconciliación con los demás si no existe una previa reconciliación con Dios. Cristo es el camino, la verdad y la vida. El nos conduce a un Padre amoroso que está siempre esperándonos para reconciliarnos. 

Ore mucho por la persona con quien usted tiene problemas; bendígala, láncele flechas de amor profundo para que se le ablande el corazón. Pida ayuda a Dios para lograr la reconciliación. No olvide que con Dios todo es posible porque CON EL, USTED ES . . . ¡INVENCIBLE! 

 

13 sept 2026

RENUEVA LOS TIEMPOS PASADOS

 



 De los sermones de san Atanasio, obispo

(Sermón sobre la encarnación del Verbo, 10: PG, 25,111-114)

RENUEVA LOS TIEMPOS PASADOS


El Verbo de Dios, Hijo del mejor Padre, no abandonó la naturaleza humana corrompida. Con la oblación de su propio cuerpo, destruyó la muerte, castigo en que había incurrido el género humano. Trató de corregir su descuido, adoctrinándolo, y restauró todas las cosas humanas con su eficacia y poder. Estas afirmaciones de los teólogos hallan apoyo en el testimonio de los discípulos del Salvador, como se lee en sus escritos: Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos, nuestro Señor Jesucristo. Y en otro pasaje: Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Más adelante, la Escritura prueba que el único que debía hacerse hombre era el Verbo de Dios, cuando dice: Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación. Con estas palabras, da a entender que el único que debía librar al hombre de su corrupción era el Verbo de Dios, el mismo que lo había creado desde el principio. Prueba además que el Verbo mismo tomó un cuerpo precisamente con el fin de ofrendarse por los que tenían cuerpos semejantes. Y así lo dice: Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también él; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y libró a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos. Ya que, al inmolar su propio cuerpo, acabó con la ley que pesaba contra nosotros y renovó el principio de vida con la esperanza de la resurrección. Como la muerte había cobrado fuerzas contra los hombres, de los mismos hombres, por eso, se logró la victoria sobre la muerte y la resurrección para la vida por el mismo Verbo de Dios, hecho hombre para los hombres, así pudo decir muy bien aquel hombre lleno de Cristo: Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Y lo demás que pone a continuación. Así que no morimos ya para ser condenados, sino para ser resucitados de entre los muertos. Esperan la común resurrección de todos. A su tiempo nos la dará Dios, que la hace y la comunica.

12 sept 2026

SI ME OLVIDO DE TI, JERUSALÉN

  


Del comentario de san Bruno, presbítero, sobre los salmos

(Salmo 83: Edición de la Cartuja de Pratis, 1891, 376-377)

SI ME OLVIDO DE TI, JERUSALÉN


¡Qué deseables son tus moradas! Mi alma se consume y anhela llegar a los atrios del Señor, es decir, desea llegar a la Jerusalén del cielo, la gran ciudad del Dios vivo. El salmista nos muestra cuál sea la razón por la que desea llegar a los atrios del Señor: "Lo deseo, Señor, Dios de los ejércitos celestiales, Rey mío y Dios mío, porque son dichosos los que viven en tu casa, la Jerusalén celestial". Es como si dijera: ¿Quién no anhelará llegar a tus atrios, siendo tú el mismo Dios, el Señor de los ejércitos, el Rey del universo? ¿Quién no anhelará penetrar en tu tabernáculo si son dichosos los que viven en tu casa?" Atrios y casa significan aquí lo mismo. Y cuando dice aquí dichosos ya se sobreentiende que tienen tanta dicha cuanta el hombre es capaz de concebir. Por ello, son dichosos los que habitan en sus atrios, porque alaban a Dios con un amor totalmente definitivo, que durará por los siglos de los siglos, es decir, eternamente; y no podrían alabar eternamente, sino fueran eternamente dichosos. Esta dicha nadie puede alcanzarla por sus propias fuerzas, aunque posea ya la esperanza, la fe y el amor; únicamente la logra el hombre dichoso que encuentra en ti su fuerza, y con ella dispone su corazón para que llegue a esta suprema felicidad, que es lo mismo que decir: únicamente alcanza esta suprema dicha aquel que, después de ejercitarse en las diversas virtudes y buenas obras, recibe además el auxilio de la gracia divina; pues por sí mismo nadie puede llegar a esta suprema felicidad, como lo afirma el mismo Señor: Nadie ha subido al cielo -se entiende por sí mismo-, sino el Hijo del hombre que está en el cielo. Afirmo que dispone su corazón para subir hasta esta suprema felicidad, porque, de hecho, el hombre se encuentra en un árido valle de lágrimas, es decir, en un mundo que, en comparación con la vida eterna, que viene a ser como un monte repleto de alegría, es un valle profundo donde abundan los sufrimientos y las tribulaciones. Pero, como sea que el profeta declara dichoso al hombre que encuentra en ti su fuerza, podría alguien preguntarse: "¿Concede Dios su ayuda para conseguir esto?" A ello respondo: "Sin duda alguna, Dios concede a los santos este auxilio". En efecto, nuestro legislador, Cristo, el mismo que nos dio la ley, nos ha dado y continuará dándonos sin cesar sus bendiciones; con ellas nos irá elevando hacia la dicha suprema, y así subiremos, de altura en altura, hasta que lleguemos a contemplar a Cristo, el Dios de los dioses; él nos divinizará en la futura Jerusalén del cielo: por esto, allí podremos contemplar al Dios de los dioses, es decir, a la Santa Trinidad en sus mismos santos; es decir, nuestra inteligencia sabrá descubrir en nosotros mismos a aquel Dios a quien nadie en este mundo pudo ver, y de esta forma Dios lo será todo en todos

11 sept 2026

SI ME OLVIDO DE TI, JERUSALÉN

  


Del comentario de san Bruno, presbítero, sobre los salmos

(Salmo 83: Edición de la Cartuja de Pratis, 1891, 376-377)

SI ME OLVIDO DE TI, JERUSALÉN


¡Qué deseables son tus moradas! Mi alma se consume y anhela llegar a los atrios del Señor, es decir, desea llegar a la Jerusalén del cielo, la gran ciudad del Dios vivo. El salmista nos muestra cuál sea la razón por la que desea llegar a los atrios del Señor: "Lo deseo, Señor, Dios de los ejércitos celestiales, Rey mío y Dios mío, porque son dichosos los que viven en tu casa, la Jerusalén celestial". Es como si dijera: ¿Quién no anhelará llegar a tus atrios, siendo tú el mismo Dios, el Señor de los ejércitos, el Rey del universo? ¿Quién no anhelará penetrar en tu tabernáculo si son dichosos los que viven en tu casa?" Atrios y casa significan aquí lo mismo. Y cuando dice aquí dichosos ya se sobreentiende que tienen tanta dicha cuanta el hombre es capaz de concebir. Por ello, son dichosos los que habitan en sus atrios, porque alaban a Dios con un amor totalmente definitivo, que durará por los siglos de los siglos, es decir, eternamente; y no podrían alabar eternamente, sino fueran eternamente dichosos. Esta dicha nadie puede alcanzarla por sus propias fuerzas, aunque posea ya la esperanza, la fe y el amor; únicamente la logra el hombre dichoso que encuentra en ti su fuerza, y con ella dispone su corazón para que llegue a esta suprema felicidad, que es lo mismo que decir: únicamente alcanza esta suprema dicha aquel que, después de ejercitarse en las diversas virtudes y buenas obras, recibe además el auxilio de la gracia divina; pues por sí mismo nadie puede llegar a esta suprema felicidad, como lo afirma el mismo Señor: Nadie ha subido al cielo -se entiende por sí mismo-, sino el Hijo del hombre que está en el cielo. Afirmo que dispone su corazón para subir hasta esta suprema felicidad, porque, de hecho, el hombre se encuentra en un árido valle de lágrimas, es decir, en un mundo que, en comparación con la vida eterna, que viene a ser como un monte repleto de alegría, es un valle profundo donde abundan los sufrimientos y las tribulaciones. Pero, como sea que el profeta declara dichoso al hombre que encuentra en ti su fuerza, podría alguien preguntarse: "¿Concede Dios su ayuda para conseguir esto?" A ello respondo: "Sin duda alguna, Dios concede a los santos este auxilio". En efecto, nuestro legislador, Cristo, el mismo que nos dio la ley, nos ha dado y continuará dándonos sin cesar sus bendiciones; con ellas nos irá elevando hacia la dicha suprema, y así subiremos, de altura en altura, hasta que lleguemos a contemplar a Cristo, el Dios de los dioses; él nos divinizará en la futura Jerusalén del cielo: por esto, allí podremos contemplar al Dios de los dioses, es decir, a la Santa Trinidad en sus mismos santos; es decir, nuestra inteligencia sabrá descubrir en nosotros mismos a aquel Dios a quien nadie en este mundo pudo ver, y de esta forma Dios lo será todo en todo

10 sept 2026

Compromiso del Cristiano con su Iglesia

 



 Compromiso del Cristiano con su Iglesia

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón


Dios es nuestro Padre, tenemos por herencia el cielo, nuestro hermano mayor es Jesucristo y el Espíritu Santo habita en nosotros como su templo. Tenemos la dicha de ser cristianos, hijos de Dios, miembros de la Iglesia, de la cual dice Santo Domingo, ". . . que es una, santa, católica y apostólica." ¡Qué alegría compartir que somos cristianos y lo seremos hasta siempre! 

La Iglesia fue fundada por Jesucristo sobre el fundamento de los apóstoles, cuyos sucesores, los obispos, presiden las distintas iglesias particulares. Ella es peregrina en este continente y está presente y se realiza como comunidad de hermanos bajo la conducción de sus obispos. La Iglesia peregrina es, por naturaleza, misionera puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo según el designio de Dios Padre. La evangelización es su razón de ser, para eso fue fundada. 

San Pablo dice que todos somos miembros importantes de esa Iglesia, del cuerpo de Cristo, así como en el cuerpo humano la cabeza, ojos, pies, corazón, riñones, estómago, y todos sus otros elementos son esenciales para la existencia. Ustedes y yo somos importantes ante los ojos de Dios. Qué hermoso esto y qué dicha pertenecer por el bautismo a nuestra Iglesia, la que conoció a Jesucristo hace ya dos mil años. Jesús dice en la Palabra que Él preparará una morada celestial, un lugar cerquita con Dios en el cielo. Si con Él morimos, con Él resucitaremos y viviremos para siempre. Debemos estar alegres porque tenemos en herencia el cielo, seremos glorificados en Jesucristo. Hermanos, qué hermoso y maravilloso vivir con esa esperanza. ¡Gloria al Señor, gloria a Su Santo Nombre! 

Qué dicha ser hijos de Dios, que Él nos abrace y tenga misericordia de nosotros, nos apriete en Su corazón y nos ame profundamente. Desde siempre, Dios nuestro Padre pensó en nosotros, nos quiere y nos querrá siempre. Ese es Dios, el Rey, el todo bueno, maravilloso y santo. Demos gracias al Señor por haber nacido cristianos, por mantenernos en Su Iglesia, porque somos Suyos para siempre. 

Es verdaderamente hermoso y maravilloso ser cristiano y participar plenamente de todo aquello que es la vida católica a través del bautismo, la confirmación y la vivencia de los demás sacramentos. Pero, no todo acaba con decirse cristiano. Cristiano es el que ora y actúa; el que reza y evangeliza; el que ama a Dios y al prójimo; el que asiste al templo y es misionero. Cristiano es el que lo proclama públicamente en la Eucaristía, porque cuando asistimos a misa estamos pregonando que somos católicos, pero que también dice que es católico en la vida privada, el trabajo, negocio, universidad y colegio. Cristiano en el templo y fuera de él. 

Como cristiano, se vive en Cristo pero se muere para el mundo y ya no se le puede ver borracho en una cantina, maltratar a un empleado o a un hijo ni golpear a la esposa. No se le puede ver en un burdel o haciendo negocio ilícitos. Jovencitas, si viven en Cristo, mueren a toda forma de vestir indecente; muchachos, si viven en Cristo, mueren al lenguaje soez y bajo. Hermanos y hermanas casados, si viven en Cristo, deben ser fieles el uno al otro y nunca más caer en infidelidad o adulterio. Si somos de Cristo, morimos a las cosas malas del mundo, con todas sus idolatrías, para vivir en Cristo para siempre. Este es nuestro compromiso con Cristo hasta el final, ser Sus testigos en cualquier lugar. 

El que se compromete a ser cristiano mira al mundo de manera profunda, descubre la maldad y mira a sus semejantes con respeto. El cristiano no hace distinción de personas, tratando al rico diferente al pobre, despreciando al que tiene plata ni arrodillándose ante el que tiene dinero; atiende y quiere a todos por igual. Por eso el cristiano no es clasista ni tampoco racista. El cristiano ve a todo ser humano como hijo de Dios, lo trata con respeto y amor, ve a la gente de otra manera, como hermanos, más allá de cualquier diferencia humana. En verdad, ya no existen fronteras. Por encima de cualquier patria, nacionalidad o partido político, todo ser humano es su hermano. Somos ciudadanos del mundo con un corazón universal, sin partidismos, clasismos o exclusivismos. Ser católico, que significa universal, es estar abierto a todos, respetando toda religión y manera de alabar a Dios. No estamos en contra de nadie, sino a favor de Dios. Como católicos, no podemos caer nunca en fanatismos y duele la intolerancia que existe en algunas iglesias que no son católicas. Pero un buen católico no es fanático y aprende a respetar a cualquiera que hable de Jesús. 

El que está en Cristo nace de nuevo, es criatura nueva, hijo de Dios. ¡Sabe usted lo que significa ser hijo de Dios: ser miembro de la familia más importante, más poderosa, la eterna, la Santísima Trinidad! Para el cristiano, lo antiguo ha pasado y un mundo nuevo ha llegado. Qué hermoso es ser hijo de Dios y ser amado por Dios Padre, como Él ama a Su Hijo Jesucristo. Para el Señor, usted es un hijo muy querido; para usted, Dios es su Padre que lo ama mucho. Hemos sido reconciliados en Cristo. Cuando uno renace en Cristo, llega un mundo nuevo, lo malo muere para siempre. Las peleas familiares o con los vecinos, los problemas con aquel que nos debía algo en el ámbito moral, en el nombre de Jesús lo perdonamos, se entierra y muere para siempre. Para el cristiano, sus errores y pecados son borrados y enterrados. El pasado ya no interesa, murió; somos criaturas nuevas. Lo único que importa es el presente y el futuro en Jesucristo. No más rabietas ni cóleras por cosas que nos hacen. En Cristo, todo eso debe morir para que seamos más felices. Dios no toma en cuenta lo que hicimos; eso fue borrado con la Sangre de Jesucristo. Pues, en Cristo, Dios reconcilió el mundo con Él. 

Cristo no cometió pecado, pero Dios quiso que cargara con los nuestros para que participáramos en la santidad de Dios. En Jesucristo adquirimos el compromiso de amar a Dios con toda el alma, todo el corazón, todas las fuerzas y de amar al prójimo como a uno mismo. Nos comprometemos a anunciar en todas partes que Cristo vive, que Cristo reina, que es El Señor, que murió por nosotros y por nosotros resucitó. 

¡Pablo era perseguidor de los cristianos! Pero cuando Jesús lo hace caer en tierra y se encuentra con Él, él que era el encargado de meter preso a los cristianos, se convierte en mensajero de Dios e instrumento de la reconciliación. Tenemos un gran compromiso como cristianos porque hemos recibido la gracia de Dios; no la hagamos inútil. Esto significa que Dios está con nosotros y quiere que esa Divina gracia la comuniquemos a otros, constantemente, como fluye un río, invadiendo de agua el caudal para que todo lo que sea tocado por esta agua reciba también la vida que mana de esa fuente. 

San Pablo dice en la segunda carta a los Tesalonicenses, que Dios nos eligió desde el principio para que fuéramos salvados mediante la fe verdadera y la santificación que procede del Espíritu. Con este fin nos llamó mediante el Evangelio que predicamos y nos destinó a compartir la gloria de Cristo Jesús, Señor Nuestro. Hermanos, desde siempre fuimos elegidos para ser salvados. Somos miembros del cuerpo de Cristo, de la Iglesia. Tenemos ese gran tesoro que es la gracia de Dios, en vasijas de barro porque somos débiles, y tenemos defectos y pecados. Pero tenemos la gracia de Dios en nosotros. Recuerden que con Dios, somos . . . ¡INVENCIBLES! 


9 sept 2026

LO ANTIGUO HA PASADO, LO NUEVO HA COMENZADO

 



 De los sermones de san Andrés de Creta, obispo

(Sermón 1: PG 97, 806-810)

LO ANTIGUO HA PASADO, LO NUEVO HA COMENZADO


Cristo es el fin de la ley: él nos hace pasar de la esclavitud de esta ley a la libertad del espíritu. La ley tendía hacia él como a su complemento; y él, como supremo legislador, da cumplimiento a su misión, transformando en espíritu la letra de la ley. De este modo, hacía que todas las cosas lo tuviesen a él por cabeza. La gracia es la que da vida a la ley y, por esto, es superior a la misma, y de la unión de ambas resulta un conjunto armonioso, conjunto que no hemos de considerar como una mezcla, en la cual alguno de los dos elementos citados pierda sus características propias, sino como una transmutación divina, según la cual todo lo que había de esclavitud en la ley se cambia en suavidad y libertad, de modo que, como dice el Apóstol, no vivamos ya esclavizados por lo elemental del mundo, ni sujetos al yugo y a la esclavitud de la ley. Éste es el compendio de todos los beneficios que Cristo nos ha hecho; ésta es la revelación del designio amoroso de Dios: su anonadamiento, su encarnación y la consiguiente divinización del hombre. Convenía, pues, que esta fulgurante y sorprendente venida de Dios a los hombres fuera precedida de algún hecho que nos preparara a recibir con gozo el gran don de la salvación. Y éste es el significado de la fiesta que hoy celebramos, ya que el nacimiento de la Madre de Dios es el exordio de todo este cúmulo de bienes, exordio que hallará su término y complemento en la unión del Verbo con la carne que le estaba destinada. El día de hoy nació la Virgen; es luego amamantada y se va desarrollando; y es preparada para ser la Madre de Dios, rey de todos los siglos. Un doble beneficio nos aporta este hecho: nos conduce a la verdad y nos libera de una manera de vivir sujeta a la esclavitud de la letra de la ley. ¿De qué modo tiene lugar esto? Por el hecho de que la sombra se retira ante la llegada de la luz, y la gracia sustituye a la letra de la ley por la libertad del espíritu. Precisamente la solemnidad de hoy representa el tránsito de un régimen al otro en cuanto que convierte en realidad lo que no era más que símbolo y figura, sustituyendo lo antiguo por lo nuevo. Que toda la creación, pues, rebose de contento y contribuya a su modo a la alegría propia de este día. Cielo y tierra se unen en esta celebración, y que la festeje con gozo todo lo que hay en el mundo y por enésima del mundo. Hoy, en efecto, ha sido construido el santuario creado del Creador de todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en sí al supremo Hacedor.

8 sept 2026

MUCHA PAZ TIENEN LOS QUE AMAN TUS LEYES

  


Del sermón de san León Magno, papa, sobre las bienaventuranzas

(Sermón 95, 8-9: PL. 54, 465-466)

MUCHA PAZ TIENEN LOS QUE AMAN TUS LEYES


Con toda razón se promete a los limpios de corazón la bienaventuranza de la visión divina. Nunca una vida manchada podrá contemplar el esplendor de la luz verdadera, pues aquello mismo que constituirá el gozo de las almas limpias será el castigo de las que estén manchadas. Que huyan, pues, las tinieblas de la vanidad terrena y que ojos del alma se purifiquen de las inmundicias del pecado, para que así puedan saciarse gozando en paz de la magnífica visión de Dios. Pero para merecer este don es necesario lo que a continuación sigue: Dichosos las que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los hijos de Dios. Esta bienaventuranza, amadísimos, no puede referirse a cualquier clase de concordia o armonía humana, sino que debe entenderse precisamente de aquella a la que alude el Apóstol cuando dice: Estad en paz con Dios, o a la que se refiere el salmista al afirmar: Mucha paz tienen los que aman tus leyes, y nada los hace tropezar. Esta paz no se logra ni con los lazos de la más íntima amistad ni con una profunda semejanza de carácter, si todo ello no está fundamentado en una total comunión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios. Una amistad fundada en deseos pecaminosos, en pactos que arrancan de la injusticia y en el acuerdo que parte de los vicios nada tiene que ver con el logro de esta paz. El amor del mundo y el amor de Dios no concuerdan entre sí, ni puede uno tener su parte entre los hijos de Dios si no se ha separado antes del consorcio de los que viven según la carne. Mas los que sin cesar se esfuerzan por mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz jamás se apartan de la ley divina, diciendo, por ello, fielmente en la oración: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Estos son los que obran la paz, éstos los que viven santamente unánimes y concordes, y por ello merecen ser llamados con el nombre eterno de hijos de Dios y coherederos con Cristo; todo ello lo realiza el amor de Dios y el amor del prójimo, y de tal manera lo realiza que ya no sienten ninguna adversidad ni temen ningún tropiezo, sino que, superado el combate de todas las tentaciones, descansan tranquilamente en la paz de Dios, por nuestro Señor Jesucristo, que, con el Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

7 sept 2026

LA SABIDURÍA CRISTIANA

 



 Del sermón de san León Magno, papa, sobre las bienaventuranzas

(Sermón 95, 6-8: PL, 54, 464-465)

LA SABIDURÍA CRISTIANA


Después de esto, el Señor prosiguió, diciendo: Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Esta hambre no desea nada corporal, esta sed no apetece nada terreno; el bien del que anhela saciarse consiste en la justicia, y el objeto por el que suspira es penetrar en el conocimiento de los misterios ocultos, hasta saciarse del mismo Dios. Feliz el alma que ambiciona este manjar y anhela esta bebida; ciertamente no la desearía si no hubiera gustado ya antes de su suavidad. De esta dulzura, el alma recibió ya una pregustación, al oír al profeta que le decía: Gustad y ved qué bueno es el Señor; con esta pregustación, tanto se inflamó en el amor de los placeres castos, que, abandonando todas las cosas temporales, sólo puso ya su afecto en comer y beber la justicia, adhiriéndose a aquel primer mandamiento que dice: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda el alma y con todas tus fuerzas. Porque amar la justicia no es otra cosa sino amar a Dios. Y, como este amor de Dios va siempre unido al amor que se interesa por el bien del prójimo, el hambre de la justicia se ve acompañada de la virtud de la misericordia; por ello, se añade a continuación: Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Reconoce, oh cristiano, la altísima dignidad de esta tu sabiduría, y entiende bien cuál ha de ser tu conducta y cuáles los premios que se te prometen. La misericordia quiere que seas misericordioso, la justicia desea que seas justo, pues el Creador quiere verse reflejado en su criatura, y Dios quiere ver reproducida su imagen en el espejo del corazón humano, mediante la imitación que tú realizas de las obras divinas. No quedará frustrada la fe de los que así obran, tus deseos llegarán a ser realidad, y gozarás eternamente de aquello que es el objeto de tu amor.

Y porque todo será limpio para ti, a causa de la limosna, llegarás también a gozar de aquella otra bienaventuranza que te promete el Señor, como consecuencia de lo que hasta aquí se te ha dicho: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Gran felicidad es ésta, amadísimos hermanos, para la que se prepara un premio tan grande. Pues, ¿qué significa tener limpio el corazón, sino desear las virtudes de que antes hemos hablado? ¿Qué inteligencia puede llegar a concebir, o qué palabras lograrán explicar la grandeza de una felicidad que consiste en ver a Dios? Y es esto precisamente lo que se realizará cuando la naturaleza humana se transforme, y podamos contemplar la divinidad no confusamente en un espejo, sino cara a cara, viendo tal como es a aquel a quien ningún hombre jamás contempló; entonces lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar, lo alcanzaremos en el gozo inefable de una contemplación eterna.

5 sept 2026

¿Como es Ud.?

 



 ¿Como es Ud.?

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón


 Generalmente nos preguntamos: ¿Cómo estás? Y uno dice "bien", o "regular", o también "mal". Pero la clave para saber cómo está usted, que siente, cómo se encuentra, está en saber: COMO ES USTED. Sí, el cómo es usted determina el como está usted. Si usted es una persona intransigente, clavada en su línea férrea de pensar y de actuar, inflexible a los cambios y muy dogmática en sus puntos de vista, generalmente no se sentirá bien, no estará bien. Choques con la gente, deseo de que todos piensen como usted, que todos funcionen como usted quiere. ¿No se da cuenta de que todos no podemos pensar igual? De que cada uno tiene su manera de ver las cosas, de pensar y de que nadie tiene toda la razón? De que aparte de la fe muchas de nuestras verdades son relativas y la intransigencia trae resentimientos, úlceras, iras y buscar convivir solamente con la gente que piensa como usted.

Si usted es una persona perfeccionista y que quiere que todo salga "lo máximo", sin fallas, "nítido", inmaculado, se sentirá muchísimas veces mal. Y lo que es peor contagiando con su estado de ánimo a otra gente. No se puede hacer todo bien, perfecto. Esto lo inmoviliza. Le impide hacer muchísimas cosas simplemente por divertirse, por aprender. Pintar un cuadro, cantar una canción, conocer algo de karate. Simplemente para experimentar algo nuevo. Pero si dice: "Si no pinto como Dali, canto como Julio Iglesias o practico artes marciales como Kung Fu, entonces jamás ..." se quedará sin hacer muchas cosas buenas, gozosas, simplemente por experimentarlas. Dedíquese con todo su corazón a hacer algunas cosas lo mejor posible, y otras muchas, hágalas sin obsesionarse en la perfección. Los perfeccionistas acaban frustrados, con complejos de culpa y problemas de autorechazo. Nadie es perfecto. Se sentirá mucho mejor no siendo tan perfecto.

Si usted es una persona que solo está pendiente de la aprobación de los demás, del sí de otros, del aplauso de aquellos, de la mirada complaciente de alguien para actuar, muchísimas veces se sentirá muy mal. Paralizado cuando no le dan el visto bueno. Hundido cuando hizo algo que siendo para usted bueno, cayó mal a algunos a los que usted ha cedido el dirigir su propia existencia. Cuando usted ha puesto en las manos de otros el decidir sobre lo que es bueno o malo para usted; cuando usted no piensa, decide, analiza, actúa movido por sus propias convicciones, se convierte en un prisionero, en un ser manipulado e infeliz. Y así no se sentirá bien. Solamente se sentirá bien cuando se convierta en el dueño de su propia vida.

Se sentirá mal o bien, de acuerdo a cómo sea usted. Sea libre, espontáneo, alegre, amoroso, creativo, activo. Sea lo mejor de usted mismo. Y sobre todo, sea usted mismo. Siéntase orgulloso de su ser, acéptese, quiérase, ríase un poco de la vida, no se tome tan en serio, sea positivo. No intente hacer que los demás sean como usted. Todos tenemos derecho a la autenticidad. Y no se olvide, con Dios usted será feliz, INVENCIBLE.


DICHOSOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU

 



 Del sermón de san León Magno, papa, sobre las bienaventuranzas

(Sermón 95 2-3: PL 54, 462)

DICHOSOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU


No puede dudarse de que los pobres consiguen con más facilidad que los ricos el don de la humildad, ya que los pobres, en su indigencia, se familiarizan fácilmente con la mansedumbre y, en cambio, los ricos se habitúan fácilmente a la soberbia. Sin embargo, no faltan tampoco ricos adornados de esta humildad y que de tal modo usan de sus riquezas que no se ensoberbecen con ellas, sino que se sirven más bien de ellas para obras de caridad, considerando que su mejor ganancia es emplear los bienes que poseen en aliviar la miseria de sus prójimos. El don de esta pobreza se da, pues, en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el hombre puede vivir, pues pueden ser iguales por el deseo incluso aquellos que por la fortuna son desiguales, y poco importan las diferencias en los bienes terrenos si hay igualdad en las riquezas del espíritu. Bienaventurada es, pues, aquella pobreza que no se siente cautivada por el amor de bienes terrenos ni pone su ambición en acrecentar las riquezas de este mundo, sino que desea más bien los bienes del cielo. Después del Señor, los apóstoles fueron los primeros que nos dieron ejemplo de esta magnánima pobreza, pues, al oír la voz del divino Maestro, dejando absolutamente todas las cosas, en un momento pasaron de pescadores de peces a pescadores de hombres y lograron, además, que muchos otros, imitando su fe, siguieran esta misma senda. En efecto, muchos de los primeros hijos de la Iglesia, al convertirse a la fe, no teniendo más que un solo corazón una sola alma, dejaron sus bienes y posesiones y, abrazando la pobreza, se enriquecieron con bienes eternos y encontraban su alegría en seguir las enseñanzas de los apóstoles, no poseyendo nada en este mundo y teniéndolo todo en Cristo. Por eso, el bienaventurado apóstol Pedro, cuando, al subir al templo, se encontró con aquel cojo que le pedía limosna, le dijo: No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar. ¿Qué cosa más sublime podría encontrarse que esta humildad? ¿Qué más rico que esta pobreza? No tiene la ayuda del dinero, pero posee los dones de la naturaleza. Al que su madre dio a luz deforme, la palabra de Pedro hace sano; y el que no pudo dar la imagen del César grabada en una moneda a aquel hombre que le pedía limosna, le dio, en cambio, la imagen de Cristo al devolverle la salud. Y este tesoro enriqueció no sólo al que recobró la facultad de andar, sino también a aquellos cinco mil hombres que, ante esta curación milagrosa, creyeron en la predicación de Pedro. Así aquel pobre apóstol, que no tenía nada que dar al que le pedía limosna, distribuyó tan abundantemente la gracia de Dios que dio no sólo el vigor a las piernas del cojo, sino también la salud del alma a aquella ingente multitud de creyentes, a los cuales había encontrado sin fuerzas y que ahora podían ya andar ligeros siguiendo a Cristo.

4 sept 2026

De las homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro del profeta Ezequiel

 



 De las homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro del profeta Ezequiel

(Libro 1,11, 4-6: CCL 142,170-172)

POR AMOR A CRISTO, CUANDO HABLO DE ÉL, NI A MÍ MISMO ME PERDONO


Hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel. Fijémonos cómo el Señor compara sus predicadores a un atalaya. El atalaya está siempre en un lugar alto para ver desde lejos todo lo que se acerca. Y todo aquel que es puesto como atalaya del pueblo de Dios debe, por su conducta, estar siempre en alto, a fin de preverlo todo y ayudar así a los que tiene bajo su custodia. Estas palabras que os dirijo resultan muy duras para mí, ya que con ellas me ataco a mí mismo, puesto que ni mis palabras ni mi conducta están a la altura de mi misión. Me confieso culpable, reconozco mi tibieza y mi negligencia. Quizá esta confesión de mi culpabilidad me alcance el perdón del Juez piadoso. Porque, cuando estaba en el monasterio, podía guardar mi lengua de conversaciones ociosas y estar dedicado casi continuamente a la oración. Pero, desde que he cargado sobre mis hombros la responsabilidad pastoral, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría, solicitado como estoy por tantos asuntos. Me veo, en efecto, obligado a dirimir las causas, ora de las diversas Iglesias, ora de los monasterios, y a juzgar con frecuencia de la vida y actuación de los individuos en particular; otras veces tengo que ocuparme de asuntos de orden civil, otras, de lamentarme de los estragos causados por las tropas de los bárbaros y de temer por causa de los lobos que acechan al rebaño que me ha sido confiado. Otras veces debo preocuparme de que no falte la ayuda necesaria a los que viven sometidos a una disciplina regular, a veces tengo que soportar con paciencia a algunos que usan de la violencia, otras, en atención a la misma caridad que les debo, he de salirles al encuentro. Estando mi espíritu disperso y desgarrado con tan diversas preocupaciones, ¿cómo voy a poder reconcentrarme para dedicarme por entero a la predicación y al ministerio de la palabra? Además, muchas veces, obligado por las circunstancias, tengo que tratar con las personas del mundo, lo que hace que alguna vez se relaje la disciplina impuesta a mi lengua. Porque, si mantengo en esta materia una disciplina rigurosa, sé que ello me aparta de los más débiles, y así nunca podré atraerlos adonde yo quiero. Y esto hace que, con frecuencia, escuche pacientemente sus palabras, aunque sean ociosas. Pero, como yo también soy débil, poco a poco me voy sintiendo atraído por aquellas palabras ociosas, y empiezo a hablar con gusto de aquello que había empezado a escuchar con paciencia, y resulta que me encuentro a gusto postrado allí mismo donde antes sentía repugnancia de caer.

¿Qué soy yo, por tanto, o qué clase de atalaya soy, que no estoy situado, por mis obras, en lo alto de la montaña, sino que estoy postrado aún en la llanura de mi debilidad? Pero el Creador y Redentor del género humano es bastante poderoso para darme a mí, indigno, la necesaria altura de vida y eficacia de palabra, ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono.

2 sept 2026

Cómo Enfrentar las Crisis

 



 Cómo Enfrentar las Crisis 

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón

Las crisis son provocadas por situaciones lamentables y dolorosas, como la muerte de un ser querido, una gran pérdida económica, un accidente u otra cosa semejante. Estas situaciones pueden causar un gran trauma, dolor y angustia en nuestra vida y conducirnos a la desesperación y desesperanza. 

Una crisis puede ser producida por alguna situación presente, en la que alguna persona intenta arruinar su vida, quitándole la paz. Pero, algunas veces las crisis no son producto de un problema presente, sino que son cosas del pasado. Por ejemplo, una persona puede recordar una situación pasada en la que falló y al recordar "entra en crisis" y aflora su complejo de culpabilidad. 

La mayoría de la gente no cree o espera que en su vida puedan ocurrir problemas. Esta es una actitud infantil y además peligrosa. Hay que estar preparado para las crisis y esperar los problemas como algo inevitable. Los problemas son parte de la vida y hay que esperarlos como se espera que salga el sol, que oscurezca o llueva. Pero también hay que estar preparado para enfrentarlos con valentía y decisión. 

Las crisis exigen realismo. Hay que darse cuenta de que no se puede volver al pasado para cambiar las cosas. Lo único que se puede hacer es aprender de las experiencias y utilizar estas vivencias para transformar su vida y ser mucho mejor de lo que era antes. El error que haya cometido le servirá de estímulo para superarse. 

Existen situaciones en que alguna persona, movida por las tinieblas, intenta arruinar su vida y quitarle la paz. Contrólese y repita, "Soy superior, fuerte e invencible." No permita que la desesperación, amargura, odio o pesimismo aniden en su corazón. 

Ante las crisis, lo más importante es afrontar lo ocurrido. Levante su cabeza y diga con valentía, "Yo soy superior a esto y no me podrá vencer, pues encontraré la manera de derrotarlo." 

La muerte de un ser querido se puede superar si pensamos en que esa persona tiene que estar más feliz en el cielo. Más importante que la situación económica es su paz e integridad, su armonía con su familia y su relación con Dios. Hay valores muchísimo más grandes que los valores materiales. Cuando comprendemos que esta vida es temporal y pasajera, que existe un más allá, un reino que el Señor nos ha preparado, todo lo demás se convierte en secundario y relativo. Dios nos da la suficiente fortaleza, entereza, lucidez e iluminación para continuar a pesar de todos los problemas. 

Para superar las crisis, pida al Señor serenidad e iluminación: serenidad para estar en paz y, así, con la mente más lúcida intentar resolver el problema; iluminación para que la ayuda divina del Espíritu del Señor le dé una visión más profunda de todo y le permita solucionar los problemas. 

Analice punto por punto todos los elementos del problema y no dude en consultar a personas entendidas que le puedan aconsejar sabiamente. Prepare una estrategia o plan de acción que le permita resolver los puntos claves del problema. Luego, ¡actúe! No se quede paralizado y haga lo que usted considera necesario y adecuado. 

Cuando sienta preocupación o angustia por una crisis, repita la frase, "Esto también pasará." Practique algún método de relajación, haga algún deporte o por lo menos camine y permita que la belleza de la naturaleza inunde sus sentidos y le relaje. No permita que la angustia le domine. 

Tenga muy mala memoria ante las ofensas que le han hecho y perdone. Es clave y fundamental perdonar siempre y olvidar lo ocurrido. Comprenda que aquel que hace daño lo hace porque está invadido por el mal y está enfermo emocional y espiritualmente. Pero, usted tiene todo el derecho a defenderse, utilizando medios decentes, honestos y adecuados para no seguir permitiendo atropellos. Lo que no debe permitir jamás es que algo o alguien dañe su corazón, causando que usted se hunda interiormente y que el odio enferme su alma. 

Después de que usted haya hecho todo lo que ha podido, confíe ciega y totalmente en el Señor y El se encargará de todo lo demás. Las cosas saldrán como tienen que salir. Sobre todo, acuda a la oración, pidiendo la bendición de Dios para las personas que le están haciendo daño. El Señor le dará la paz. 

Prepárese para cualquier crisis en la vida porque toda crisis tiene una solución. Dios le preparó desde la eternidad para solucionar sus crisis. La cuestión es nunca doblegarse ante nada. No olvide que con Dios puede vencer cualquier crisis, porque ¡CON EL, USTED ES . . . INVENCIBLE!


1 sept 2026

EL SEÑOR SE HA COMPADECIDO DE NOSOTROS

 



 De los sermones de san Agustín, obispo

(Sermón 23 A,1-4: CCL 41, 321-323)

EL SEÑOR SE HA COMPADECIDO DE NOSOTROS


Dichosos nosotros, si llevamos a la práctica lo que escuchamos y cantamos. Porque cuando escuchamos es como si sembráramos una semilla, y cuando ponemos en práctica lo que hemos oído es como si esta semilla fructificara. Empiezo diciendo esto, porque quisiera exhortaros a que no vengáis nunca a la iglesia de manera infructuosa, limitándoos sólo a escuchar lo que allí se dice, pero sin llevarlo a la práctica. Porque, como dice el Apóstol, estáis salvados por su gracia, pues no se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. No ha precedido, en efecto, de parte nuestra una vida santa, cuyas acciones Dios haya podido admirar, diciendo por ello: "Vayamos al encuentro y premiemos a estos hombres, porque la santidad de su vida lo merece". A Dios le desagradaba nuestra vida, le desagradaban nuestras obras; le agradaba, en cambio, lo que él había realizado en nosotros. Por ello, en nosotros, condenó lo que nosotros habíamos realizado y salvó lo que él había obrado. Nosotros, por tanto, no éramos buenos. Y, con todo, él se compadeció de nosotros y nos envió a su Hijo a fin de que muriera, no por los buenos, sino por los malos; no por los justos, sino por los impíos. Dice, en efecto, la Escritura: Cristo murió por los impíos. Y ¿qué se dice a continuación? Apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir. Es posible, en efecto, encontrar quizás alguno que se atreva a morir por un hombre de bien; pero por un inicuo, por un malhechor, por un pecador; ¿quién querrá entregar su vida, a no ser Cristo, que fue justo hasta tal punto que justificó incluso a los que eran injustos? Ninguna obra buena habíamos realizado, hermanos míos; todas nuestras acciones eran malas. Pero, a pesar de ser malas las obras de los hombres, la misericordia de Dios no abandonó a los humanos. Y Dios envió a su Hijo para que nos rescatara, no con oro o plata, sino a precio de su sangre, la sangre de aquel Cordero sin mancha, llevado al matadero por el bien de los corderos manchados, si es que debe decirse simplemente manchados y no totalmente corrompidos. Tal ha sido, pues, la gracia que hemos recibido. Vivamos, por tanto, dignamente, ayudados por la gracia que hemos recibido y no hagamos injuria a la grandeza del don que nos ha sido dado. Un médico extraordinario ha venido hasta nosotros, y todos nuestros pecados han sido perdonados. Si volvemos a enfermar, no sólo nos dañaremos a nosotros mismos, sino que seremos además ingratos para con nuestro médico. Sigamos, pues, las sendas que él nos indica e imitemos en particular, su humildad, aquella humildad por la que él se rebajó a sí mismo en provecho nuestro. Esta senda de humildad nos la ha enseñado él con sus palabras y, para darnos ejemplo, él mismo anduvo por ella, muriendo por nosotros. Para poder morir por nosotros, siendo como era inmortal, la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. Así el que era inmortal se revistió de mortalidad para poder morir por nosotros y destruir nuestra muerte con su muerte. Esto fue lo que hizo el Señor, éste el don que nos otorgó: Siendo grande, se humilló; humillado, quiso morir; habiendo muerto, resucitó y fue exaltado para que nosotros no quedáramos abandonados en el abismo, sino que fuéramos exaltados con él en la resurrección de los muertos, los que, ya desde ahora, hemos resucitado por la fe y por la confesión de su nombre. Nos dio y nos indicó, pues, la senda de la humildad. Si la seguimos, confesaremos al Señor y, con toda razón, le daremos gracias, diciendo: Te damos gracias, oh Dios, te damos gracias, invocando tu nombre.

31 ago 2026

Como conseguir buenos amigos

  


Como conseguir buenos amigos

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón


¡La amistad es un gran tesoro! No se puede vivir la vida sólo. Es necesario tener amigos, por eso hoy le daremos 12 pasos para ayudarle a conquistar y mantener buenos amigos:

1.- Tenga una apertura con los demás. Acéptelos con sus defectos y virtudes. Nadie es totalmente perfecto ya que estamos en un proceso de superación.

2.- Sea asequible en el trato. Nunca demuestre una postura de superioridad, ni por su cargo, ni por su posición social. Todos somos esencialmente iguales, diferentes en nuestras funciones. Sea asequible, humilde y sencillo .

3.- Demuestre siempre interés por lo que los demás le quieren comunicar. Atienda al otro con respeto sabiendo que lo merece.

4.- Fuera todo complejo de inferioridad. Nunca demuestre sentirse inferior a los demás. Sienta que usted vale mucho y mantenga la confianza en sí mismo.

5.- Si al conversar con sus nuevos amigos llegan temas impropios o inmorales, recháselos y en última instancia evite esa amistad porque lo empobrece en vez de enriquecerlo. Las formas demasiado familiares en el trato no son convenientes en la amistad. Con el buen amigo hay que mantener una sutil distancia para evitar lo que se llama la ofensa por "excesiva familiaridad".Es importante que usted sepa corregir desde el principio. No dé una imagen de ligereza porque con el tiempo le faltarán al respeto.

6.- Sepa estar presentable en su forma de vestir, en sus gestos y en su vocabulario. Su imagen debe ser correcta, digna y adecuada. Vestir correctamente no significa tener lujos, sino hacerlo con decencia y limpieza. Su imagen exterior dice mucho de usted ; es parte de su personalidad.

7.- Hay cosas en su vida que son sólo suyas. Allí nadie puede llegar, sólo Dios, su consejero espiritual, un psicólogo o alguien de mucha confianza. Nadie puede llegar a las cosas íntimas de su corazón, sino después de un proceso de acercamiento, confianza, diálogo y convivencia. No todo el mundo puede ser su confidente.

8.- Póngase en el lugar del otro. Intente comprenderlo. No haga el papel de juez, sino de amigo. Aprenda a escuchar. Eso es lo que hace Dios con nosotros.

9.- Diga siempre la verdad. Sepa corregir con amor y oportunamente. Un buen amigo es aquél que no detiene la marcha de su amigo hacia la cumbre, pero si lo ve caer sí detiene la marcha para que no caiga más.

10.- Una buena amistad se mantiene si en medio de ella Dios está presente. Ore con su amigo.

11.- Tenga metas en común. Los amigos comparten ideales, luchan juntos, se animan, se ayudan mutuamente para realizar sus metas y nunca detiene al otro en la consecución de sus ideales.

12.- Evite discusiones y resentimientos estériles. Sepa perdonar y olvidar.

Amplíe su círculo de amistades y sepa que la amistad es un gran tesoro, que vale la pena cultivar. Jesús dijo: "Ya no os llamo siervos sino amigos". Además de nuestra relación filial con Dios Padre, cultive la amistad con Jesús que también es nuestro hermano mayor y quien mejor que El Señor con todo su poder para que usted vierta sus preocupaciones y descanse en El. Coloque su dolor, y su frustración a los pies del Salvador y El le ayudará. Jesús es el único en quien hay garantía plena de que le amará, lo comprenderá , guardará sus secretos, y siempre estará con usted acompañándolo en el camino de la vida. Cultive la amistad con El y no se olvide que ¡CON DIOS SOMOS INVENCIBLES!             

30 ago 2026

Carta a un joven

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Carta a un joven

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón


Hola muchacho: 

Una de las cosas que quisiera hoy decirte es que tienes el deber de ir descubriendo tu vocación, tu misión en la tierra. Dios te hizo con un gran propósito, con una tarea que realizar. Y es importante que valores al máximo tu persona, que no te sientas inferior a nadie. No cultives complejos. Valórate por lo que eres: un ser humano, hijo de Dios y con una misión importante que cumplir en la vida. 

Nunca te arrodilles ante nadie. Mantén en alto tu dignidad. Sólo de rodillas ante Dios. Escucha y acepta el consejo de los mayores. La experiencia es sabia. Aprecia el buen ejemplo de ellos y comprende las debilidades y fallos que tengan. No te olvides que somos simplemente seres humanos. 

Ten siempre a Dios en tu corazón. Acostúmbrate a orar. Lee la Palabra de Dios y vive plenamente ese gran sacramento que es la Eucaristía. Ten cuidado con la maldad que hay en el mundo. Abre tus ojos. No seas ingenuo. No todo lo que se presente en tu vida será bueno para ti. No te dejes confundir por malos amigos. Cuidado con los lobos con piel de oveja. Te quieren llevar a la ruina. Sé valiente y di ¡NO! a tiempo. La droga y el licor han hecho estragos en la humanidad y tú no serías una excepción. Mira a tu alrededor. Observa la cantidad de gente que ha destruido su vida envenenándose con el licor, asesinadas muchas de sus neuronas cerebrales, consumido su hígado, fracasando en el trabajo, en la familia, mucha gente que ha caído en la trampa del alcoholismo son todo un mensaje para ti. Cuídate muchacho, muchacha... La ruina mental, emocional y espiritual es espantosa. Di ¡NO! a tiempo. 

Valora el amor. Es un don de Dios. Lo puedes vivir en la familia, con los amigos, siguiendo ideales nobles, adorando al Señor. Pero no confundas el amor con el sexo. Éste es expresión del amor en el marco matrimonial. No profanes tu cuerpo usando tus instintos como los animalitos. Sé dueño de ti mismo. Respétate y haz que te respeten los demás. Y cuando tengas pareja, el gran regalo que puedes darle es tu atención, cariño, compañía y respeto . 

Si tuvieras vocación sacerdotal, te necesitamos. ¡Somos tan pocos! Si en tu alma existe esa llamada, di sí al Señor. Deja todo y síguelo. 

En tus estudios, sé perseverante. Es el estudio tu trabajo ahora. San Pablo dice: "El que no trabaja que no coma". Gánate el pan de cada día estudiando y si ya tienes un trabajo, esmérate en hacer las cosas bien. Sólo así te irás superando y alcanzando poco a poco el nivel que te corresponde en el mundo laboral. El ocio es madre de muchos vicios. Practica algún deporte. Mente sana, cuerpo sano. Esta interrelación entre espíritu y materia es muy profunda. Si tus pensamientos están limpios, en tu cuerpo influirán y si éste está sano, en tu mente tendrá repercusión. El deporte mantiene tus músculos ágiles y tu mente despierta .

Cultiva buenas amistades. Éstas son una bendición de Dios en tu vida. Los que hemos tenido de jóvenes buenos amigos, nunca los olvidamos. Ama la naturaleza. Los montes, los ríos, las excursiones por los verdes campos, el respirar el aire fresco de las montañas, te hace mejor y te humaniza. 

Acostúmbrate a decir la verdad. Que tu lenguaje sea decente. Que tu comportamiento sea ejemplar. Sigue al "Maestro", Jesús de Nazaret. Que Él sea tu modelo y tu guía. Lee historias de hombres y mujeres célebres. Ellos te dirán mucho sobre cómo puede ser tu futuro. 

Y si caes en algún pecado, si te derrumba en algún momento la maldad, ¡LEVÁNTATE! Sí, no te quedes caído en la vida. ¡LEVÁNTATE! y sigue adelante. Sube hacia la cumbre. No te quedes en el camino. Sigue a lo más alto. No te detengas. No te contentes con la mediocridad. Lucha hasta el final por tus ideales.

Quiero que convivas más con tus papás. Ahora los tienes. Aprovecha su compañía. Mírales como tus más grandes amigos ahora, porque mañana ya no estarán. Y quizás te duela no haber estado más con ellos. Y recuerda que también tienes otro papá. Éste es eterno. Él te creó, te dio la vida. Él está contigo, te cuida, te ama y con Él tú serás, ¡INVENCIBLE! 



29 ago 2026

¡OH ETERNA VERDAD, VERDADERA CARIDAD Y CARA ETERNIDAD!

  


Del libro de las Confesiones de san Agustín, obispo

(Libros 7,10.18;10, 27: CSEL 33,157-163. 255)

¡OH ETERNA VERDAD, VERDADERA CARIDAD Y CARA ETERNIDAD!


Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste. Entré, y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella. La conoce el que conoce la verdad.

¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba: "Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí." Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, el que está por encima de todo, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad, y la vida, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría por la que creaste todas las cosas. ¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.


28 ago 2026

Busquemos la reconciliación

 



 Busquemos la reconciliación

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio Web: Un mensaje al corazón

La reconciliación es un elemento necesario para la convivencia humana y significa recuperar o reconstruir lo que se rompe en pedazos o se daña. Reconciliación implica volver a empezar una relación más profunda y restablecer con fundamentos más sólidos lo que se está desmoronando. Significa volver a construir un puente que conduzca a una mejor relación entre dos o más personas. 

La criatura o el hombre viejo ve todo distorsionado desde sus prejuicios o formas negativas de apreciar las cosas que otros provocan en su vida, por interés o manipulación mental, desde el día que nacen y que definitivamente condicionan su manera de actuar. Desde muy pequeñitos nos acostumbran a señalar a otros y a ser jueces, porque también nuestros papás y abuelos fueron educados de esa manera. Desde niños nos acostumbramos a acusar a nuestros hermanos o amiguitos para protegernos, manipulando la verdad para evadir castigo sin importarnos que lo reciba otro. Cada vez que acusamos a alguien, nos constituimos en los buenos, santos e inmaculados. 

Todo el mundo tiene cosas feas y malas, pero rápidamente y sin medir las consecuencias levantamos el dedo para señalar y acusar a los demás. Pasamos por la vida inmaculados e intachables, creyendo que somos los únicos perfectos y esto es muy peligroso. Al convertirnos en jueces, creemos que todos los demás merecen enfrentar nuestra justicia y seguimos por la vida señalando culpabilidades. 

Satanás, quien es el acusador por naturaleza, no quiere que tengamos una visión positiva de los demás, sino que seamos acusadores morbosos. Satanás nos quiere ver siempre señalando a todo el mundo, criticando a la humanidad, dividiendo, intrigando y cuidándonos de éste o aquel. Satanás quiere que seamos como culebras, inyectando veneno, mordiendo la conciencia de otros y manteniéndonos al acecho, a la defensiva, gruñendo y enseñando los colmillos para que nadie se pueda acercar. A Satanás le conviene que existan enfrentamientos, encontronazos, crímenes, batallas y guerras, para que el Reino de Dios no se manifieste. El Señor no quiere un mundo así. 

Cristo Jesús es el único que puede romper el muro que divide, aparta y margina a los seres humanos, y causa que se enfrenten unos a otros, convirtiéndose en rivales. Cristo Jesús vino a eliminar la división y la intriga que nos divide y tanto daño nos hace dentro de nuestras familias. Cristo vino a romper el muro que nos divide en castas sociales y en razas; que nos divide, muchas veces de manera fanática, a nivel político dentro de la vida nacional. Jesús vino para que volviéramos a nacer y nos convirtiéramos en criaturas nuevas. Para poder volver a nacer tenemos que ver las cosas de una manera diferente. El Espíritu Santo nos proporciona esa manera nueva de ver las cosas y, sobre todo, a las personas. 

El Reino de Dios es un mundo de personas reconciliadas, solidarias y en armonía, que respetan la dignidad humana y pueden dialogar. Es un mundo donde podemos convivir, comunicarnos y entendernos; un mundo donde hay justicia social, nos sintamos verdaderamente hermanos y nadie pase hambre física ni de amor. El Señor quiere un mundo donde Cristo Jesús reine y se viva la fraternidad. 

Escuche mi hermano, para que el Reino de Dios se haga presente en nuestra vida, necesitamos reconciliarnos con el Señor. Nadie puede reconciliarse con su hermano si no está previamente reconciliado con Dios. La fuente del amor, la comprensión, la generosidad y la paz es Dios, nuestro Señor. El amor de Dios brota como un ojo de agua que derrama el agua cristalina a borbotones, llevando un caudal impresionante y convirtiéndose en un río majestuoso. Si queremos vivir reconciliados con los demás, reconciliémonos con Dios. Caigamos de rodillas ante el Señor y pidamos perdón por nuestros pecados, para que El arranque de raíz el mal y las sombras que hay en nuestra vida y con Su poder y Su fuerza rompa las cadenas que nos atan al pecado. Reconciliados con el Señor, puestos de rodillas ante El, recibiendo esa paz que solamente El nos puede dar, esa paz que es el mismo Dios, podemos levantarnos y abrir los brazos para acoger a nuestros hermanos. No puede existir reconciliación con los demás si no existe una previa reconciliación con Dios. Cristo es el camino, la verdad y la vida. El nos conduce a un Padre amoroso que está siempre esperándonos para reconciliarnos. 

Ore mucho por la persona con quien usted tiene problemas; bendígala, láncele flechas de amor profundo para que se le ablande el corazón. Pida ayuda a Dios para lograr la reconciliación. No olvide que con Dios todo es posible porque CON EL, USTED ES . . . ¡INVENCIBLE!