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19 feb 2024

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En  Cristo fuimos tentados, en El vencimos al diablo


Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién dice esto? Parece que uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde los confines de la tierra con el corazón abatido. Por tanto, no se trata de uno solo, a no ser en el sentido de que Cristo, junto con nosotros, sus miembros, es uno solo. ¿Cómo puede uno solo invocar a Dios desde los confines de la tierra? Quien invoca desde los confines de la tierra es aquella herencia de la que se ha dicho al Hijo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra.

Por tanto, esta posesión de Cristo, esta herencia de Cristo, este cuerpo de Cristo, esta Iglesia única de Cristo, esta unidad que formamos nosotros es la que invoca al Señor desde los confines de la tierra. ¿Y qué es lo que pide? Lo que hemos dicho antes: Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica; te invoco desde los confines de la tierra, esto es, desde todas partes.

¿Y cuál es el motivo de esta súplica? Porque tiene el corazón abatido. Quien así clama demuestra que está en todas las naciones de todo el mundo no con grande gloria, sino con graves tentaciones.

Nuestra vida, en efecto, mientras dura esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones.

Aquel que invoca desde los confines de la tierra está abatido, mas no queda abandonado. Pues quiso prefigurarnos a nosotros, su cuerpo, en su propio cuerpo, en el cual ha muerto ya y resucitado, y ha subido al cielo, para que los miembros confíen llegar también adonde los ha precedido su cabeza.

Así pues, nos transformó en sí mismo, cuando quiso ser tentado por Satanás. Acabamos de escuchar en el Evangelio cómo el Señor Jesucristo fue tentado por el diablo en el desierto. El Cristo total era tentado por el diablo, ya que en él eras tú tentado. Cristo, en efecto, tenía de ti la condición humana para sí mismo, de sí mismo la salvación para ti; tenía de ti la muerte para sí mismo, de sí mismo la vida para ti; tenía de ti ultrajes para sí mismo, de sí mismo honores para ti; consiguientemente, tenía de ti la tentación para sí mismo, de sí mismo la victoria para ti.

Si en él fuimos tentados, en él venceremos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también a ti mismo victorioso en él. Hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo;

pero entonces tú, que estás sujeto a la tentación, no hubieras aprendido de él a vencerla.

De los Comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos

(Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

1 abr 2023

Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel

 


Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel


Venid, subamos juntos al monte de los Olivos y salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy desde Betania, y que se encamina por su propia voluntad hacia aquella venerable y bienaventurada pasión, para llevar a término el misterio de nuestra salvación.

Viene, en efecto, voluntariamente hacia Jerusalén, el mismo que, por amor a nosotros, bajó del cielo para exaltarnos con él, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación, y de todo ser que exista, a nosotros que yacíamos postrados.

Él viene, pero no como quien toma posesión de su gloria, con fasto y ostentación. No gritará —dice la Escritura—, no clamará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, con apariencia insignificante, aunque le ha sido preparada una entrada suntuosa.

Corramos, pues, con el que se dirige con presteza a la pasión, e imitemos a los que salían a su encuentro. No para alfombrarle el camino con ramos de olivo, tapices, mantos y ramas de palmera, sino para poner bajo sus pies nuestras propias personas, con un espíritu humillado al máximo, con una mente y un propósito sinceros, para que podamos así recibir a la Palabra que viene a nosotros y dar cabida a Dios, a quien nadie puede contener.

Alegrémonos, por tanto, de que se nos haya mostrado con tanta mansedumbre aquel que es manso y que sube sobre el ocaso de nuestra pequeñez, a tal extremo, que vino y convivió con nosotros, para elevarnos hasta sí mismo, haciéndose de nuestra familia.

Dice el salmo: Subió a lo más alto de los cielos, hacia oriente (hacia su propia gloria y divinidad, interpreto yo), con las primicias de nuestra naturaleza, hasta la cual se había abajado Impregnándose de ella; sin embargo, no por ello abandona su inclinación hacia el género humano, sino que seguirá cuidando de él para irlo elevando de gloria en gloria, desde lo ínfimo de la tierra, hasta hacerlo partícipe de su propia sublimidad.

Así, pues, en vez de unas túnicas o unos ramos inanimados, en vez de unas ramas de arbustos, que pronto pierden su verdor y que por poco tiempo recrean la mirada, pongámonos nosotros mismos bajo los pies de Cristo, revestidos de su gracia, mejor aún, de toda su persona, porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo; extendámonos tendidos a sus pies, a manera de túnicas.

Nosotros, que antes éramos como escarlata por la inmundicia de nuestros pecados, pero que después nos hemos vuelto blancos como la nieve con el baño saludable del bautismo, ofrezcamos al vencedor de la muerte no ya ramas de palmera, sino el botín de su victoria, que somos nosotros mismos.

Aclamémoslo también nosotros, como hacían los niños, agitando los ramos espirituales del alma y diciéndole un día y otro: Bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel.

De las Disertaciones de San Andrés de Creta, obispo

(Disertación 9, Sobre el domingo de ramos: PG 97, 990-994)

31 mar 2023

Se entregó por nosotros



 Se entregó por nosotros


Los sacrificios de víctimas carnales, que la Santísima Trinidad, el mismo y único Dios del antiguo y del nuevo Testamento, había mandado a nuestros padres que le fueran ofrecidos, significaban la agradabilísima ofrenda de aquel sacrificio en el cual el Hijo de Dios había de ofrecerse misericordiosamente según la carne, él solo, por nosotros.

Él, en efecto, como nos enseña el Apóstol, se entregó por nosotros a Dios como oblación de suave fragancia. Él es el verdadero Dios y el verdadero sumo sacerdote, que por nosotros penetró una sola vez en el santuario, no con la sangre de toros o de machos cabríos, sino con su propia sangre. Esto es lo que significaba el sumo sacerdote del antiguo Testamento cuando entraba con la sangre de las víctimas, una vez al año, en el santuario.

Él es, por tanto, el que manifestó en su sola persona todo lo que sabía que era necesario para nuestra redención; él mismo fue sacerdote y sacrificio, Dios y templo; sacerdote por quien fuimos absueltos, sacrificio con el que fuimos perdonados, templo en el que fuimos purificados, Dios con el que fuimos reconciliados. Pero él fue sacerdote, sacrificio y templo sólo en su condición de Dios unido a la naturaleza de siervo; no en su condición divina sola, porque bajo este aspecto todo es común con el Padre y el Espíritu Santo.

Debemos, pues, retener firmemente y sin asomo de duda que el mismo Hijo único de Dios, la Palabra hecha carne, se ofreció por nosotros a Dios en oblación y sacrificio de agradable olor; el mismo al que, junto con el Padre y el Espíritu Santo, los patriarcas, profetas y sacerdotes del antiguo Testamento sacrificaban animales; el mismo al que ahora, en el nuevo Testamento, junto con el Padre y el Espíritu Santo, con los que es un solo Dios, la santa Iglesia católica no cesa de ofrecerle, en la fe y la caridad, por todo el orbe de la tierra, el sacrificio de pan y vino.

Aquellas víctimas carnales significaban la carne de Cristo, que él, libre de pecado, había de ofrecer por nuestros pecados, y la sangre que para el perdón de ellos había de derramar; pero en este sacrificio se halla la acción de gracias y el memorial de la carne de Cristo, que él ofreció por nosotros, y de la sangre, que el mismo Dios derramó por nosotros. Acerca de lo cual dice san Pablo en los Hechos de los apóstoles: Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su Hijo.

Por tanto, los antiguos sacrificios eran figura y signo de lo que se nos daría en el futuro; pero en este sacrificio se nos muestra de modo evidente lo que ya nos ha sido dado.

Los sacrificios antiguos anunciaban por anticipado que el Hijo de Dios sería muerto en favor de los impíos; pero en este sacrificio se anuncia ya realizada esta muerte, como lo atestigua el Apóstol, al decir: Cuando estábamos nosotros todavía sumidos en la impotencia del pecado, murió Cristo por los pecadores, en el tiempo prefijado por el Padre; y añade: Siendo enemigos, hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.

Del Tratado de san Fulgencio de Ruspe, obispo, Sobre la fe a Pedro

(Cap. 22, 62: CCL 91 A, 726. 750-751)


28 mar 2023

La Cruz de Cristo fuente de toda Bendiciòn y Origen de toda Gracia

 


La Cruz de Cristo fuente de toda Bendiciòn y Origen de toda Gracia


Nuestro entendimiento, iluminado por el Espíritu de la verdad, debe aceptar con corazón puro y libre la gloria de la cruz, que irradia sobre el cielo y la tierra, y penetrar con su mirada interior el sentido de las palabras del Señor, cuando habla de la inminencia de su pasión: Ya ha llegado la hora en que va a ser glorificado el Hijo del hombre. Y un poco más adelante: Ahora —dice— mi alma está agitada, y ¿qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Pero si precisamente para esto he llegado a esta hora! Padre, glorifica a tu Hijo. Y como llegase del cielo la voz del Padre, que decía: Lo he glorificado y lo glorificaré de nuevo, Jesús, dirigiéndose a los circunstantes, dijo: No por mí, sino por vosotros se ha dejado oír esta voz. Ahora viene la condenación de este mundo; ahora el señor de este mundo va a ser arrojado fuera. Y yo, cuando sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.

¡Oh admirable poder de la cruz! ¡Oh inefable gloria de la pasión! En ella se encuentra el tribunal del Señor, el juicio del mundo, el poder del crucificado.

Atrajiste a todos hacia ti, Señor, a fin de que el culto de todas las naciones del orbe celebrara, mediante un sacramento pleno y manifiesto, lo que se realizaba en el templo de Judea sólo como sombra y figura.

Ahora, en efecto, es más ilustre el orden de los levitas, más alta la dignidad de los ancianos, más sagrada la unción de los sacerdotes; porque tu cruz es la fuente de toda bendición, el origen de toda gracia; por ella, los creyentes reciben, de la debilidad, la fuerza, del oprobio, la gloria y, de la muerte, la vida. Ahora, asimismo, abolida la multiplicidad de los antiguos sacrificios, la única oblación de tu cuerpo y sangre lleva a su plenitud los diferentes sacrificios carnales; porque tú eres el verdadero Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo; y así, en tu persona, llevas a la perfección todos los misterios, para que todos los pueblos constituyan un solo reino, del mismo modo que todas las víctimas ceden el lugar al único sacrificio.

Confesemos, pues, hermanos, lo que la voz del bienaventurado maestro de las naciones, el apóstol Pablo, confesó gloriosamente: Sentencia verdadera y digna de universal adhesión es ésta: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.

En efecto, tanto más admirable es la misericordia de Dios para con nosotros, cuanto que Cristo murió, no por los justos o los santos, sino por los pecadores y los injustos; y, como era imposible que la naturaleza divina experimentase el aguijón de la muerte, tomó, naciendo de nosotros, una naturaleza que pudiera ofrecer por nosotros.

Ya mucho antes amenazaba a nuestra muerte con el poder de su propia muerte, diciendo por boca del profeta Oseas: Oh muerte, yo seré tu muerte; país de los muertos, yo seré tu aguijón. Al morir, en efecto, se sometió al poder del país de los muertos, pero lo destruyó con su resurrección; sucumbiendo al peso de una muerte que no hacía excepción, la convirtió de eterna en temporal. Porque lo mismo que en Adán todos mueren, en Cristo todos serán llamados de nuevo a la vida.

De los Sermones de san León Magno, papa

(Sermón 8 Sobre la pasión del Señor, 6-8: PL 54, 340-342)

17 mar 2023

El Misterio de nuestra vivificación

 


El Misterio de nuestra vivificación

El venerable Job, figura de la Iglesia, unas veces habla en nombre del cuerpo, otras en nombre de la cabeza; y, así, a veces está hablando de los miembros y, súbitamente, toma las palabras de la cabeza. Por esto dice: Todo esto lo he sufrido aunque en mis manos no hay violencia y es sincera mi oración.
Sin que hubiera violencia en sus manos, en efecto, sufrió aquel que no cometió pecado, ni se halló engaño en su boca, y sin embargo padeció por nuestra redención los dolores de la cruz. Él fue el único que dirigió a Dios una oración sincera, ya que en medio de los sufrimientos de su pasión oró al Padre, diciendo: Padre, perdónalos; porque no saben lo que hacen.
¿Se puede, en efecto, pronunciar o pensar una oración más sincera que ésta, por la cual intercede por los mismos que lo atormentan? De ahí deriva el hecho de que la sangre de nuestro Redentor, derramada por la furia de sus perseguidores, se convirtiera luego en fuente de vida para los creyentes, los cuales lo proclamarían Hijo de Dios.
Con respecto a esta sangre, añade con razón el libro santo: ¡Tierra, no cubras mi sangre, no encierres mi demanda de justicia! Al hombre pecador se le había dicho: Eres tierra y a la tierra volverás.
Pero esta tierra no sorbió la sangre de nuestro Redentor, pues cualquier pecador, al beber el precio de su redención, lo confiesa y proclama, y así se hace patente a todos su valor.
La tierra no sorbió su sangre, pues la santa Iglesia ha predicado ya en todas partes el misterio de su redención. Es digno de notarse también lo que sigue: No encierres mi demanda de justicia. La misma sangre redentora que bebemos, en efecto, es la demanda de justicia de nuestro Redentor. Por eso dice Pablo: Os habéis acercado a la aspersión de una sangre que habla mejor que la de Abel. De la sangre de Abel se había dicho: La sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra.
Pero la sangre de Jesús habla mejor que la de Abel, pues la sangre de Abel pedía la muerte del hermano fratricida, mientras que la sangre del Señor impetró la vida para sus perseguidores.
Por tanto, para que dé su fruto en nosotros el sacramento de la pasión del Señor, debemos imitar aquello que bebemos, y anunciar a los demás aquello que veneramos.
Pues su demanda de justicia quedaría oculta en nosotros, si nuestra lengua callara lo que cree nuestra mente. Para que su demanda de justicia no quede oculta en nosotros, sólo falta que cada uno de nosotros, a medida de sus posibilidades, dé a conocer a los demás el misterio de su vivificación.
De los libros de las Morales de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro de Job
(Libro 13, 21-23: PL 75, 1028.1029)


27 feb 2023

Imitemos la Benignidad de Dios

 


Imitemos la Benignidad de Dios


Reconoce de dónde te viene la existencia, el aliento, la inteligencia y el saber, y, lo que es más aún, el conocimiento de Dios, la esperanza del reino de los cielos, la contemplación de la gloria (ahora, es verdad, como en un espejo y confusamente, pero después de un modo pleno y perfecto), el ser hijo de Dios, el ser coheredero de Cristo y, para decirlo con toda audacia, el haber sido incluso hecho dios. ¿De dónde y de quién te viene todo esto?

Y, para enumerar también estas cosas menos importantes y que están a la vista, ¿por gracia de quién contemplas la hermosura del cielo, el recorrido del sol, la órbita de la luna, la multitud de las estrellas y el orden y concierto que en todo esto brilla, como en las cuerdas de una lira? ¿Quién te ha dado la lluvia, el cultivo de los campos, la comida, las diversas artes, el lugar para habitar, las leyes, la vida social, una vida llevadera y civilizada, la amistad y la familiaridad con los que están unidos a ti por vínculos de parentesco?

¿De dónde te viene que, entre los animales, unos te sean mansos y dóciles, y otros estén destinados a servirte de alimento?

¿Quién te ha constituido amo y rey de todo lo que hay sobre la tierra?

¿Quién, para no recordar una por una todas las cosas, te ha dado todo aquello que te hace superior a los demás seres animados?

¿No es verdad que todo esto procede de Dios, el cual te pide ahora, en justa retribución, tu benignidad, por encima de todo y en favor de todo? ¿Es que no nos avergonzaremos, después que de él hemos recibido y esperamos recibir tanto, de negarle incluso esto: la benignidad? Él, aun siendo Dios y Señor, no se avergüenza de llamarse Padre nuestro, y nosotros ¿nos cerraremos a los que son de nuestra misma condición?

No, hermanos y amigos míos, no seamos malos administradores de los bienes que Dios nos ha regalado, no nos hagamos acreedores a la reprensión de Pedro: Avergonzaos, los que retenéis lo ajeno, esforzaos en imitar la equidad de Dios, y así nadie será pobre.

No pongamos nuestro afán en reunir y conservar riquezas, mientras otros padecen necesidad, no sea que nos alcancen las duras y amenazadoras palabras del profeta Amós, cuando dice: Escuchad, los que decís: «¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?»

Imitemos aquella suprema y primera ley de Dios, según la cual hace llover sobre justos y pecadores, y hace salir el sol igualmente para todos; que pone la tierra, las fuentes, los ríos y los bosques a plena disposición de los animales terrestres, el aire a disposición de las aves, el agua a disposición de los animales acuáticos; y que ha dado a todos con abundancia lo que necesitan para subsistir, sin estar en esto sujetos al dominio de nadie, sin ninguna ley que ponga limitaciones, sin límites ni fronteras; sino que lo ha puesto todo en común, con amplitud y abundancia, sin que por ello falte nunca de nada. Y esto lo hizo para hacer resaltar, con la igualdad del don, la igual dignidad de toda la naturaleza y para manifestar las riquezas de su benignidad.

De las Disertaciones de san Gregorio de Nacianzo, obispo

(Disertación 14, Sobre el amor a los pobres, 23-25: PG 35, 887-890 )


26 feb 2023

Nuestra amistad con Dios


 

Nuestra amistad con Dios


Nuestro Señor, aquel que es la Palabra de Dios, primero nos ganó como siervos de Dios, mas para liberarnos después, tal como dice a sus discípulos: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; os he llamado amigos, porque todo cuanto me ha comunicado el Padre os lo he dado a conocer. Y la amistad divina es causa de inmortalidad para todos los que entran en ella.

Así, pues, en el principio Dios plasmó a Adán, no porque tuviese necesidad del hombre, sino para tener en quien depositar sus beneficios. Pues no sólo antes de la creación de Adán, sino antes de toda creación, el que es la Palabra glorificaba a su Padre, permaneciendo en él, y él, a su vez, era glorificado por el Padre, como afirma él mismo: Glorifícame tú, Padre, con la gloria que tenía junto a ti antes que el mundo existiese.

Y si nos mandó seguirlo no es porque necesite de nuestros servicios, sino para que nosotros alcancemos así la salvación. Seguir al Salvador, en efecto, es beneficiarse de la salvación, y seguir a la Luz es recibir la luz. Pues los que están en la luz no son los que iluminan a la luz, sino que la luz los ilumina y esclarece a ellos, ya que ellos nada le añaden, sino que son ellos los que se benefician de la luz.

Del mismo modo, el servir a Dios nada le añade a Dios, ni tiene Dios necesidad alguna de nuestra sumisión; es él, por el contrario, quien da la vida, la incorrupción y la gloria eterna a los que lo siguen y sirven, beneficiándolos por el hecho de seguirlo y servirlo, sin recibir de ellos beneficio alguno, ya que es en sí mismo rico, perfecto, sin que nada le falte.

La razón, pues, por la que Dios desea que los hombres lo sirvan es su bondad y misericordia, por las que quiere beneficiar a los que perseveran en su servicio, pues, si Dios no necesita de nadie, el hombre, en cambio, necesita de la comunión con Dios.

En esto consiste la gloria del hombre, en perseverar y permanecer en el servicio de Dios. Por esto el Señor decía a sus discípulos: No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, queriendo indicar que no eran ellos los que lo glorificaban al seguirlo, sino que, siguiendo al Hijo de Dios, él los glorificaba a ellos. Por esto añade: Quiero que ellos estén conmigo allí donde yo esté, para que contemplen mi gloria.

Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías

(Libro 4. 13—14, 1: SC 100,534-540)

25 feb 2023

La oración es luz del alma

 


La oración es luz del alma


San Juan Crisóstomo, obispo

(Suplemento, Homilía 6 sobre la oración: PG 64,462-466)

El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con Dios: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.

Conviene, en efecto, que elevemos la mente a Dios no sólo cuando nos dedicamos expresamente a la oración, sino también cuando atendemos a otras ocupaciones, como el cuidado de los pobres o las útiles tareas de la munificencia, en todas las cuales debemos mezclar el anhelo y el recuerdo de Dios, de tal manera que todas nuestras obras, como si estuvieran condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un alimento dulcísimo para el Señor. Pero sólo podremos disfrutar perpetuamente de la abundancia que de Dios brota, si le dedicamos mucho tiempo.

La oración es la luz del alma, el verdadero conocimiento de Dios, la mediadora entre Dios y los hombres. Hace que el alma se eleve hasta el cielo, que abrace a Dios con inefables abrazos apeteciendo, igual que el niño que llora y llama a su madre, la divina leche: expone sus propios deseos y recibe dones mejores que toda la naturaleza visible.

Pues la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, ensancha el alma y tranquiliza su afectividad. Y me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras. La oración es un deseo de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el Apóstol: Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables

El don de semejante súplica, cuando Dios lo otorga a alguien, es una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma; quien lo saborea se enciende en un deseo indeficiente del Señor, como en un fuego ardiente que inflama su alma.

Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer hombre, adórnate con la modestia y la humildad, hazte resplandeciente con la luz de la justicia; adorna tu ser con buenas obras, como con oro acrisolado, y embellécelo con la fe y la grandeza de alma, a manera de muros y piedras; y por encima de todo, como quien pone la cúspide para coronar un edificio, coloca la oración, a fin de preparar a Dios una casa perfecta, y poderle recibir como si fuera una mansión regia y espléndida, ya que, por su gracia, es como si poseyeras su misma imagen colocada en el templo del alma.

24 feb 2023

La Purificación Espiritual por el Ayuno y la Misericordia

 



La Purificación Espiritual por el Ayuno y la Misericordia


En todo tiempo, amados hermanos, la misericordia del Señor llena la tierra, y todo fiel halla en la misma naturaleza motivo de adoración a Dios, ya que el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos nos hablan de la bondad y omnipotencia del que los ha creado, y la admirable belleza de los elementos puestos a nuestro servicio exige de la creatura racional el justo tributo de la acción de gracias.

Pero al volver de nuevo estos días, marcados de manera especial por los misterios de nuestra redención, y que preceden inmediatamente a la celebración de la Pascua, se nos intima una mayor diligencia en prepararnos con la purificación de nuestro espíritu.

En efecto, es propio de la fiesta de Pascua que toda la Iglesia se regocije por el perdón de sus pecados, y ello no sólo en los que renacerán por el sagrado bautismo, sino también en los que han sido ya anteriormente agregados a la porción de los hijos adoptivos.

Pues, si bien lo que nos hace hombres nuevos es principalmente el baño de regeneración, sin embargo, como nos es también necesaria a todos la cotidiana renovación contra la herrumbre de nuestra condición mortal, y nadie hay que no tenga el deber de afanarse continuamente por una mayor perfección, es necesario un esfuerzo por parte de todos para que el día de nuestra redención nos halle a todos renovados.

Por tanto, amados hermanos, lo que cada cristiano ha de hacer en todo tiempo ahora debemos hacerlo con más intensidad y entrega, para que así la institución apostólica de esta cuarentena de días logre su objetivo mediante nuestro ayuno, el cual ha de consistir mucho más en la privación de nuestros vicios que en la de los alimentos.

Junto al razonable y santo ayuno, nada más provechoso que la limosna, denominación que incluye una extensa gama de obras de misericordia, de modo que todos los fieles son capaces de practicarla, por diversas que sean sus posibilidades. En efecto, con relación al amor que debemos a Dios y a los hombres, siempre está en nuestras manos la buena voluntad, que ningún obstáculo puede impedir. Los ángeles dijeron: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad; con ello nos enseñaron que todo aquel que por amor se compadece de cualquier miseria ajena se enriquece, no sólo con la virtud de su buena voluntad, sino también con el don de la paz.

Las obras de misericordia son variadísimas, y así todos los cristianos que lo son de verdad, tanto si son ricos como si son pobres, tienen ocasión de practicarlas a la medida de sus posibilidades; y aunque no todos puedan ser iguales en la cantidad de lo que dan, todos pueden serlo en su buena disposición.

De los Sermones de san León Magno, papa

(Sermón 6 Sobre la Cuaresma, 1-2: PL 54, 285-287)

4 mar 2022

La Oración es Luz del Alma

 


La Oración es Luz del Alma

Nada hay mejor que la oración y coloquio con Dios, ya que por ella nos ponemos en contacto inmediato con él; y, del mismo modo que nuestros ojos corporales son iluminados al recibir la luz, así también nuestro espíritu, al fijar su atención en Dios, es iluminado con su luz inefable. Me refiero, claro está, a aquella oración que no se hace por rutina, sino de corazón; que no queda circunscrita a unos determinados momentos, sino que se prolonga sin cesar día y noche.

Conviene, en efecto, que la atención de nuestra mente no se limite a concentrarse en Dios de modo repentino, en el momento en que nos decidimos a orar, sino que hay que procurar también que cuando está ocupada en otros menesteres, como el cuidado de los pobres o las obras útiles de beneficencia u otros cuidados cualesquiera, no prescinda del deseo y el recuerdo de Dios, de modo que nuestras obras, como condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un manjar suavísimo para el Señor de todas las cosas. Y también nosotros podremos gozar, en todo momento de nuestra vida, de las ventajas que de ahí resultan, si dedicamos mucho tiempo al Señor.

La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Por ella nuestro espíritu, elevado hasta el cielo, abraza a Dios con abrazos inefables, deseando la leche divina, como un niño que, llorando, llama a su madre; por ella nuestro espíritu espera el cumplimiento de sus propios anhelos y recibe unos bienes que superan todo lo natural y visible.

La oración viene a ser una venerable mensajera nuestra ante Dios, alegra nuestro espíritu, aquieta nuestro ánimo. Me refiero, en efecto, a aquella oración que no consiste en palabras, sino más bien en el deseo de Dios, en una piedad inefable, que no procede de los hombres, sino de la gracia divina, acerca de la cual dice el Apóstol: Nosotros no sabemos pedir como conviene, pero el Espíritu mismo aboga por nosotros con gemidos que no pueden ser expresados en palabras.

Semejante oración, si nos la concede Dios, es de gran valor y no ha de ser despreciada; es un manjar celestial que satisface al alma; el que lo ha gustado, se inflama en el deseo eterno de Dios, como en un fuego ardentísimo que inflama su espíritu.

Para que alcance en ti su perfección, pinta tu casa interior con la moderación y la humildad, hazla resplandeciente con la luz de la justicia, adórnala con buenas obras, como con excelentes láminas de metal, y decórala con la fe y la grandeza de ánimo, a manera de paredes y mosaicos; por encima de todo coloca la oración, como el techo que corona y pone fin al edificio, para disponer así una mansión acabada para el Señor y poderlo recibir como en una casa regia y espléndida, poseyéndolo por la gracia como una imagen colocada en el templo del alma.

De las Homilías del Pseudo-Crisóstomo

(Suplemento, Homilía 6, Sobre la oración: PG 64, 462-466)

25 oct 2019

Creemos en un Dios que Salva por Amor


CREEMOS EN UN DIOS QUE SALVA POR AMOR

Por Gabriel González del Estal

1.- Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Esta es la esencia del mensaje cristiano: que Dios es amor y salva por amor. Dios padre envió a su Hijo al mundo para salvar al mundo, no para condenarlo, porque es un Dios amor. Creer en Cristo supone creer en un Dios amor, en un Dios que quiere salvar, no condenar. Naturalmente, esto no quiere decir que todos estemos salvados, independientemente de las obras que hagamos. Para que Dios pueda salvarnos, nosotros debemos creer en el Dios amor y, guiados por la luz de este Dios amor, hacer obras de amor. Es el mismo Cristo el que nos dice que, si detestamos la luz y nuestras obras son malas, Dios no podrá salvarnos, porque serán nuestras malas obras las que nos condenen. Creer en Cristo es dejarse guiar por su luz, es decir tratar de vivir como él vivió, haciendo obras buenas, obras de amor. La vida de un cristiano será verdaderamente cristiana si hace obras buenas, obras de amor. El cristianismo no es una teoría, es seguir a una persona, a Cristo, caminar en su luz, tratar de vivir como él vivió. Donde no hay amor no hay cristianismo y donde hay auténtico amor hay auténtico cristianismo. Creer en Cristo no es una simple afirmación teórica, es un compromiso de vida, un propósito continuo de vivir dirigidos por la luz de Cristo, de vivir en el amor de Cristo, practicando obras de amor. Y ya sabemos que el amor de Cristo se verifica en el amor al prójimo, porque si decimos que amamos a Dios, pero no amamos al prójimo, somos unos mentirosos. En este sentido, es verdadera la frase tantas veces repetida, y cantada, de que, al atardecer de la vida, Dios nos examinará en el amor, en nuestras obras de amor.

2.- Así habla Ciro, rey de Persia: el Señor, rey de los cielos, me ha dado todos los reinos de la Tierra… Quien de vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él y suba! El pueblo de Israel había pecado y había despreciado los buenos consejos que Yahvé, su Dios, le había enviado por medio de sus profetas. Yahvé les abandona, el pueblo de Israel es llevado al destierro; el templo es incendiado y Jerusalén es destruido. Todos los días el pueblo clama a Yahvé para que les envíe algún caudillo que les rescate y les lleve de nuevo a su patria. Y Dios escoge a Ciro, rey de Persia, un rey pagano, no judío, para que les libere de la cautividad. Ciro es un rey magnánimo y tolerante, que permite a los israelitas volver a Jerusalén y les ayuda a reconstruir el templo. Los cristianos siempre hemos visto en Ciro un anticipo del Mesías, de Jesús, que vino para salvarnos y liberarnos del pecado que nos tenía esclavizados. Muchas de las frases que la teología cristiana ha aplicado a Cristo fueron aplicadas antes al rey Ciro. Es este un buen ejemplo para convencernos de que Dios no hace distinciones y juzga a cada uno según sus obras, sea de la nación o religión que sea. El que hace obras buenas y practica la justicia misericordiosa es bueno y agrada a Dios, sea de donde sea. No estaría nada mal que nos fijáramos hoy en el rey Ciro, como ejemplo de rey justo y tolerante en lo político y en lo religioso. Dios nos juzgará por nuestras obras, no por nuestro carné de identidad político, o religioso.

3.- Dios, rico en misericordia, por el gran amor con el que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, no ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estáis salvados-. El estar salvados por pura gracia sólo quiere decir, en san Pablo, que no es la Ley la que nos salva, sino el amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús. Las buenas obras son consecuencia necesaria de estar salvados, puesto que Dios nos ha creado en Cristo Jesús para que nos dediquemos a las buenas obras, que Él determinó que las practicásemos. En el conocidísimo Himno al amor, que escribió san Pablo en su primera carta a los Corintios, el santo nos pide que seamos comprensivos, humildes, sacrificados, siempre verdaderos y misericordiosos. Porque el amor es la definición permanente de nuestra relación esencial con Dios y con el prójimo. Por pura gracia estamos salvados y esto lo demostraremos practicando siempre obras de amor, porque creemos en un Dios que nos salva por amor.

15 abr 2019

Oración


Dios todopoderoso, mira la fragilidad de nuestra naturaleza y, con la fuerza de la pasión de tu Hijo, levanta nuestra esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

2 abr 2019

Id tras las huellas de Cristo



Id tras las huellas de Cristo

Lunes santo. La vida no es un camino incierto y sin destino fijo, sino que conduce a Cristo


Por: SS Benedicto XVI | Fuente: www.la-oracion.com 


En este día se conmemora el inicio de la Pasión de Cristo y recordamos hechos como la unción de Betania. Un día para buscar consolar el Corazón de Cristo con el perfume de nuestro amor, de nuestro ofrecimiento, de nuestra opción por él y seguimiento a ejemplo de María de Betania.
Este texto de Benedicto XVI es una invitación a hacer esta opción firme por Cristo y a contemplar su amor marcado por el signo de la cruz.

Id tras Cristo
"Id tras las huellas de Cristo. Él es vuestra meta, vuestro camino y también vuestro premio. En el lema que he escogido para la Jornada de Madrid, el apóstol Pablo invita a caminar, «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (Col 2,7). La vida es un camino, ciertamente. Pero no es un camino incierto y sin destino fijo, sino que conduce a Cristo, meta de la vida humana y de la historia. Por este camino llegaréis a encontraros con Aquel que, entregando su vida por amor, os abre las puertas de la vida eterna. Os invito, pues, a formaros en la fe que da sentido a vuestra vida y a fortalecer vuestras convicciones, para poder así permanecer firmes en las dificultades de cada día.

Os exhorto, además, a que, en el camino hacia Cristo, sepáis atraer a vuestros jóvenes amigos, compañeros de estudio y de trabajo, para que también ellos lo conozcan y lo confiesen como Señor de sus vidas. Para ello, dejad que la fuerza de lo Alto que está dentro de vosotros, el Espíritu Santo, se manifieste con su inmenso atractivo. Los jóvenes de hoy necesitan descubrir la vida nueva que viene de Dios, saciarse de la verdad que tiene su fuente en Cristo muerto y resucitado y que la Iglesia ha recibido como un tesoro para todos los hombres.
(…)

En estos días tan hermosos de la Semana Santa, que ayer iniciamos, os aliento a contemplar a Cristo en los misterios de su pasión, muerte y resurrección. En ellos hallaréis lo que supera toda sabiduría y conocimiento, es decir, el amor de Dios manifestado en Cristo. Aprended de Él, que no vino «a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45). Éste es el estilo del amor de Cristo, marcado con el signo de la cruz gloriosa, en la que Cristo es exaltado, a la vista de todos, con el corazón abierto, para que el mundo pueda mirar y ver, a través de su perfecta humanidad, el amor que nos salva.

La cruz se convierte así en el signo mismo de la vida, pues en ella Cristo vence el pecado y la muerte mediante la total entrega de sí mismo. Por eso, hemos de abrazar y adorar la cruz del Señor, hacerla nuestra, aceptar su peso como el Cireneo para participar en lo único que puede redimir a toda la humanidad (cf. Col 1,24). En el bautismo habéis sido marcados con la cruz de Cristo y le pertenecéis totalmente. Haceos cada vez más dignos ella y jamás os avergoncéis de este signo supremo del amor.”

FRAGMENTO DEL DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LOS JÓVENES, Lunes Santo, 6 de abril de 2006. Texto completo 

Comentarios al autor Contemplando la Semana Santa



31 mar 2019

Una vez más la parábola del hijo pródigo

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UNA VEZ MÁS LA PARÁBOLA DEL HIJO PRÓDIGO

Por Gabriel González del Estal

1.- Los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: ese acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola: un hombre tenía dos hijos… Para entender bien esta parábola debemos fijarnos a quiénes se la dirige y por qué. Se la dirige a los fariseos y escribas, porque ellos eran los que le acusaban de acoger a los pecadores y comer con ellos. Por tanto, lo primero que quiere dejar claro Jesús en su respuesta a los fariseos y escribas es que él hace lo que hace para cumplir la voluntad de su Padre, Dios, y actuar como actuaría su Padre, Dios. Está claro que Jesús lo primero que quiere dejar claro a los escribas y fariseos es que Dios actúa siempre con los hombres con misericordia y compasión, teniendo una especial predilección por los más débiles, en este caso con los pecadores, porque son los que más alejados están de él. Por eso, a esta parábola, creo yo que no deberíamos titularla del hijo pródigo, sino del padre pródigo en misericordia y compasión, porque Jesús lo que quiere es que, los escribas y fariseos después de escuchar esta parábola, saquen la conclusión de que Dios es sumamente misericordioso, pródigo en misericordia. No es en la conducta del hijo menor, del llamado hijo pródigo, sino en la conducta de Dios, en lo que quiere que se fijen en primer lugar los fariseos y escribas, no tanto en la conducta del hijo menor.

2.- Recapacitando entonces, el hijo menor se dijo: cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino hacia dónde está mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Como vemos, la actitud del hijo menor tampoco es en este caso un ejemplo de generosidad y amor al padre, como para dar título a esta parábola. Lo que realmente es maravillosa y pródiga en amor es la actitud del padre que “cuando todavía el hijo estaba lejos y su padre lo vio se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos”. Le vistió con una túnica nueva, le puso un anillo en la mano y sandalias en los pies y celebró en honor de este hijo un banquete, sacrificando al ternero cebado. Realmente, el padre fue pródigo en amor: ni un solo reproche, todo fue alegría y gozo por la vuelta de este hijo que estaba perdido y ahora había vuelto a la casa paterna. En esto quería Jesús que se fijaran los escribas y fariseos y que se dieran cuenta que él, cuando acogía a los pecadores y comía con ellos, lo único que estaba haciendo era imitar a su Padre, Dios. Y esto es en lo que quiere Jesús ahora es que nos fijemos nosotros: que Dios es sumamente misericordioso y que su misericordia es más grande que nuestros pecados. La comprensión de esta verdad en ningún caso debe inducirnos a nosotros a pecar irresponsablemente, sino todo lo contrario, debe inducirnos a amar más a Dios, correspondiendo a su amor con amor y, por amor a este Dios pródigo en misericordia, no hacer nada que pueda ofenderle.

3.- Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Y este le contestó: ha vuelto tu hermano y tu padre le ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud. Este se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo… Le dijo: hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido: estaba muerto y lo hemos encontrado.

En esto es en lo quería Jesús que se fijaran los escribas y fariseos, y en esto es en lo que quiere que nos fijemos hoy nosotros: en que Dios se alegra cuando un pecador se convierte y vuelve al amor de Dios. Esta fue siempre la conducta de Jesús: amaba a los pecadores y comía con ellos, no por el hecho de que fueran pecadores, sino para que se convirtieran. En este sentido debemos hoy también nosotros amar a los pecadores, pobres y marginados, imitando a nuestro maestro, Jesús. Queremos predicar y contribuir con nuestro amor a que nuestro mundo sea cada día un poco más justo y generoso con las personas más necesitadas. Tampoco nosotros, como Jesús, hemos venido a este mundo no para juzgarlo, sino para salvarlo. Esta es nuestra misión aquí y ahora: intentar que este mundo, nuestro mundo, se parezca cada día un poco más al reino de Dios que Jesús vino a predicar y poner en marcha. Para esto se requiere mucho amor, ser pródigos en amor. A esto nos invita en este domingo Jesús, al proponernos esta bellísima parábola del hijo, del Padre, pródigo.

24 mar 2019

Hoy es un buen día para reflexionar

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HOY ES UN BUEN DÍA PARA REFLEXIONAR

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Todo proyecto necesita, en un momento dado, de análisis y prospección del camino recorrido. Sea lo que sea. Y así el esfuerzo de reforma que nos pide la Cuaresma también necesita de examen. Y más ahora que estamos a la mitad de este tiempo fuerte de preparación. Podríamos dedicar la festividad del Tercer Domingo de Cuaresma para ver cómo va todo. No es que quede muy lejano el Miércoles de Ceniza, no; pero es verdad que nuestra vida suele ir muy rápida, con muchas obligaciones y trabajos. Y, desde luego, lo mejor que podemos hacer es atender a esas cuestiones laborales y profesionales que llenan nuestra vida. Pero, igualmente, hemos de tener tiempo para reflexionar sobre las cuestiones de fe que hacen que nuestra vida sea mejor.

2.- La reflexión pausada en torno a la Palabra de Dios que se nos muestra cada domingo es un buen método para esa necesaria introspección analítica de nuestra vida y de nuestra forma de acometer la existencia. No son estas, queridos amigos y amigas, unas palabras grandilocuentes o excesivamente “serias”. No. Hemos de parar y reflexionar. Veamos, pues. ¿Qué nos puede decir a nosotros en este domingo de marzo de 2019 el episodio de la zarza que arde sin consumirse? Sin duda, nos puede llamar la atención como a Moisés la permanencia en la combustión de una zarza seca que suele arder rápidamente, en pocos minutos, sobre todo en terrenos tan secos como los desiertos del Oriente Medio. Un hecho extraordinario nos atrae y nos asusta al mismo tiempo. Y es lo que le ocurrió a Moisés. Y no olvidemos, algunas veces fenómenos no habituales de la propia naturaleza nos hacen pensar inmediatamente en Dios.

3.- Ya tenemos a Moisés ante la zarza que arde y la presencia clara de Dios no se hace esperar. El relato del capítulo tercero del Libro del Éxodo es de gran belleza y nos muestra la relación entre Dios y Moisés, sin duda una de las más asombrosas de toda la Biblia. El propio Señor le enseña a Moisés como ha de comportarse en su presencia. Es, pues, un ejemplo de una insondable belleza y pleno de lógica. Dios anuncia a Moisés que librará a su pueblo de la opresión egipcia y que ha de ser el mismo Moisés quien anuncie a ese pueblo lo que va a hacer el Señor. Y, entonces, la pregunta es sencilla, muy obvia. ¿Y cuál es tu nombre? ¿A quién tengo que anunciar? ¿De parte de quien digo que voy? Lógico, ¿no? Y se produce una grandiosa lección teológica en esos momentos. Dios responde que no tiene nombre, que esta tan grande su realidad que solamente puede ser definido con una frase demasiado obvia y casi oscura: “Soy el que Soy”. Al conjugar ese verbo surge la fórmula del nombre hebreo de Dios “El que es”, Yahvé. Luego, muchos años después, al intentar pasarlo al griego se dio la traducción de una palabra que da una concreción ajena al pueblo hebreo, Teos, Dios. A su vez, Jesús de Nazaret, quien mejor enseñó quien era y como era “El que es”, lo llama Padre, Mi Padre, Vuestro Padre. Quedaba vigente el “sin nombre”. “El que es”. ¿Hermoso, verdad?

4.- Y san Pablo en la segunda lectura, que procede la primera Carta a los fieles de Corinto, relata el camino recorrido por Moisés y el pueblo hebreo diseñado por “El que es”. Y en ese peregrinar por el desierto ya estaba prevista la salvación ejercita por Cristo Jesús. Él era la fuente de agua viva necesaria para subsistir en terreno de zarzas y alimañas y, también, alimento venido del cielo para recorrer el camino hacia la salvación. A veces, a nosotros los cristianos, nos parece exagerado o inapropiado el Antiguo Testamento para nuestro concepto de fe y de religión. Y, sin embargo, todo está relacionado. Dios Padre, “El que es”, procura, intenta, a lo largo de toda la descripción veterotestamentaria, que su pueblo no le olvide, que no adore a ídolos, a dioses extranjeros”. Está, como el Padre de la parábola del Hijo Pródigo, esperando en lo alto del promontorio del camino a que aparezca la figura del hijo perdido. En un momento dado, en un tiempo ya de madurez de la existencia humana, ese Dios totalmente enamorado de un pueblo, siempre díscolo y errático, envía a su propio Hijo –se envía a sí mismo—para lograr la reconciliación definitiva… Y, ¡caramba!, si el esfuerzo de Dios está siempre presente, ¿hemos, nosotros, de darle la espalda?, ¿no hemos de corresponder a ese amor entregado con un estado de cosas más afín a lo que el Señor quiere?

5.- En el evangelio de Lucas, que acabamos de escuchar, se nos pide lo mismo que “El que es” ha ido rogando durante toda la historia de la humanidad: que nos convirtamos a Él, y que sigamos el camino unidos. Jesús nos pide conversión. Pero, además, da una lección importantísima respecto a Dios, Su Padre. Pilato que despreciaba gravemente las creencias de los judíos había derramado y mezclado sangre humana con la animal de los sacrificios. Eso era una gran desgracia. Sin duda, a esos galileos ajusticiados por el gobernador romano habían sufrido un gran agravio final. Y Jesús aclara que no es el pecado lo que produce la muerte, ni Dios, “El que Es”, busca la muerte del pecador, su aniquilación. La enfermedad tampoco es producto del pecado. Ninguna transgresión a la voluntad de Dios se salda con una venganza del Señor. Y, sin embargo, los judíos lo creían así. Y mucha gente de ahora también, cuando evalúa las grandes desgracias de nuestro tiempo, lo hace si fueran castigo divino. ¿Son los terremotos terribles de Haití y Chile un castigo de Dios? Claro que no.

6.- La enseñanza fundamental que nos muestra Lucas en el evangelio de Dios es la misericordia de Dios y su espera permanente a que el pecador se convierta: la higuera sin fruto recibe su oportunidad para que cambie. Una vez más la replantará, la regará y esperará un año más para que dé fruto. Y esta espera es muy oportuna, porque nos dice a nosotros que todavía estamos a tiempo de rectificar y que Dios lo espera. Aprovechemos esta “tregua” que Dios nos ofrece. Apliquemos nuestro mejor ejercicio de reflexión para evaluar cómo marcha el camino de conversión, de vuelta de nuestros ojos a Dios. Eso es, en definitiva lo que nos piden las lecturas de hoy.

21 mar 2019

Sentido del pecado, experiencia del perdón y el amor misericordioso de Dios



Sentido del pecado, experiencia del perdón y el amor misericordioso de Dios

Examen de conciencia.Confesión

El amor de Dios es más fuerte que nuestro pecado y en el sacramento de la reconciliación, la redención de Cristo se hace personal.


Por: Mensaje | Fuente: Mensaje 


La Iglesia nos exhorta siempre a la conversión con las mismas palabras de Jesús: «Conviértete y cree en el evangelio» (Mc 1,15), pues se acerca el tiempo de celebrar el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

El misterio de la redención de Cristo pone de relieve que el amor de Dios es más fuerte que nuestro pecado. Y el sacramento de la reconciliación es uno de esos momentos en los que, de modo más evidente, esta eficacia redentora de Cristo se hace personal y actual en la vida de cada uno de nosotros.

Ofreceremos algunas reflexiones que les ayuden a tomar mayor conciencia del amor de Dios en sus vidas y de la realidad del propio pecado; para, de este modo, valorar y vivir mejor el sacramento de la penitencia.

Después de un período de crisis progresiva de este sacramento en la vida de muchos cristianos, se ha registrado en los últimos años el fenómeno de una mayor conciencia entre los fieles, y aun entre los mismos sacerdotes, de su importancia y necesidad. Lo pudimos constatar en Roma durante la celebración del jubileo del año 2000; de manera especial, en la jornada mundial de la juventud, cuando el Circo Máximo se convirtió en un inmenso santuario de reconciliación para decenas de miles de jóvenes.

Sin embargo, es frecuente encontrar en no pocos cristianos, una mentalidad un tanto superficial en el modo de vivir este sacramento; y, en algunos casos, una concepción deformada de su verdadero significado. Sin llegar al escepticismo o a una postura de abierto rechazo, pueden darse diversas formas de rutina o de indiferencia, postergando frecuentemente esta práctica sacramental por respeto humano o pereza, e incluso abandonándola por períodos más o menos largos. Estas manifestaciones se deben principalmente a la pérdida del verdadero sentido del pecado y a la falta de experiencia personal del amor y de la misericordia de Dios en la propia vida.

1. El verdadero sentido del pecado en nuestra vida
El pecado no es solamente la trasgresión de un precepto divino o la cerrazón ante los reclamos de la conciencia. Pecar es fallar al amor de Dios. El pecado consiste en el rechazo del amor de Dios, en la ofensa a una persona que nos ama. «Contra ti, contra ti sólo pequé; cometí la maldad que tú aborreces» (Sal 51,6).

El pecado de desobediencia de los ángeles y de nuestros primeros padres nació cuando empezaron a sospechar del amor de Dios. Fue entonces cuando la inocente desnudez de un inicio se trocó en vergüenza y en temor de que Dios pudiese descubrirles tal como eran; y el Creador, garante de su felicidad, comenzó a ser desde ese momento su principal amenaza (cf. Gn 3,1-10). Todo pecado, cualquiera que sea su género o calificación moral, es, en el fondo, un acto de desobediencia y desconfianza de la bondad de Dios (cf. Catecismo, 397).

Entre los diversos pecados que podamos encontrar en nuestro pasado descubriremos, como una constante, esa voluntad de preferirnos a nosotros mismos en lugar de Dios; de construir nuestra vida sin Dios o al margen de Él; de anteponer nuestros bienes e intereses personales a su voluntad; de ver y juzgar las cosas según nuestros criterios egoístas, pero no según Dios (cf. Catecismo,Reconciliación y Penitencia, 18). Sólo cuando se comprende el pecado en su verdadero significado, se puede valorar y entender mejor el sentido y la importancia que las normas y preceptos tienen en nuestra vida.

La ley de Dios no es una limitación de la libertad humana, sino una ayuda que la protege y la hace posible, pues sólo quien camina en la verdad es plenamente libre (cf. Jn 8,32). El cristiano, guiado por su razón iluminada por la fe, descubre detrás de una determinada norma del decálogo o de una disposición de la Iglesia, la expresión concreta de la voluntad de Dios que, como buen Padre, busca lo mejor para sus hijos, aun a costa de muchas lágrimas (cf. Hb 12,5-13). Cada una de las normas custodia una serie de valores y de bienes profundamente humanos; en cada una resuena el eco de una llamada de Dios a seguirle, se fija una señal que delimita el camino de la felicidad y la realización del propio destino eterno. La vida moral del cristiano no es, por tanto, la sumisión ciega a un conjunto de leyes, sino la adhesión de la propia voluntad al querer de Dios, como respuesta personal de amor a Él. «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14,15).

De esta consideración se desprende la grave obligación moral de un trabajo serio de comprensión y profundización en las verdades de la fe cristiana y en sus exigencias morales, que sólo se logrará con el estudio, la reflexión y la oración constantes. Sólo entonces se podrá repetir con el salmista: «Hazme entender, para guardar tu ley y observarla de todo corazón (...) y me deleitaré en tus mandamientos, que amo mucho» (Sal 118,34.47). El amor, pues, representa la motivación fundamental que simplifica toda «la ley y los profetas» (cf. Mt 22,34-40), y la única fuerza que suaviza la carga y hace dulce el yugo del seguimiento de Cristo (cf. Mt 11,30).

¡Qué poco nos duele a veces el pecado! ¡Con cuánta facilidad vendemos nuestra primogenitura de hijos de Dios al primer postor que se cruza en nuestro camino! ¿Creemos de verdad en la vida eterna? Nos duelen mucho las ofensas que los demás nos hacen, pero nos importa muy poco el dolor que infligimos al Corazón de Cristo con nuestro comportamiento. Cuidamos demasiado nuestra imagen ante los hombres y olvidamos fácilmente esa otra imagen de Dios que llevamos esculpida en nuestro ser. Buscamos salvar las apariencias, pero nos esforzamos poco por salvar la propia alma y por construir nuestra vida ante Aquel que nos examinará sobre el amor el día de nuestra muerte. Lamentablemente para muchos el pecado no supone una gran desgracia ni un grave problema, como podría serlo la pérdida de la posición social o un fracaso económico.

La mentalidad del mundo materialista y hedonista se nos filtra, casi sin darnos cuenta, y va cambiando poco a poco nuestra jerarquía de valores. Nos preocupan mucho los problemas materiales -el hambre, la pobreza, las injusticias sociales, la ecología y las especies de animales en extinción- y con facilidad nos solidarizamos para remediarlos. Pero pocas veces prestamos la misma atención y nos movilizamos para socorrer a los demás en sus problemas espirituales y morales, que son la causa de la verdadera miseria del hombre. El mundo ahoga nuestra sed de trascendencia en el horizonte de lo inmediato, y nos impide percibir que «el amor de Dios vale más que la vida» (Sal 62,4). ¿Qué pasaría si Dios me llamara a su presencia en este momento: me encontraría con el alma limpia y las manos llenas de buenas obras?

2. La experiencia del perdón y del amor misericordioso de Dios

Contemplar el rostro misericordioso de Cristo
Contemplar el rostro de Cristo: ésta es la consigna que el San Juan Pablo II nos ha dejado en su carta apostólica Novo Millennio Inuente (cf. nn. 16-28). Fijar la mirada en su rostro significa dejarse cautivar por la belleza irresistible de su amor y de su misericordia.

Contemplemos a Cristo, Buen Samaritano, que se agacha hasta el abismo de nuestra miseria para levantarnos de nuestro pecado, que limpia y venda nuestras heridas, que se dona totalmente sin pedirnos nada a cambio (cf. Lc 10,29-37). Cristo, que espera con paciencia nuestro regreso a casa, cuando nos alejamos azotados por las tormentas de la adolescencia y juventud o instigados por el aguijón del mundo y de la carne; y que nos abraza, nos llena de besos y hace fiesta por nosotros, porque estábamos perdidos y hemos vuelto a la vida (cf. Lc 15,11-32). Cristo, el único inocente, que no nos condena ni arroja contra nosotros la piedra de su justicia (cf. Jn 8,1-11). Cristo, que vuelve a mirarnos con amor, como el primer día de nuestra llamada, y que sigue confiando en cada uno de nosotros, a pesar de que el canto del gallo haya anunciado muchas veces nuestra traición (cf. Mc 14,66-72; Jn 21,15-19). Es maravilloso, es emocionante contemplar este amor y misericordia de Dios sobre cada uno de nosotros; su sola experiencia es suficiente para cambiar nuestra vida para siempre. El amor de Dios nos confunde. Nos cuesta pensar que Dios pueda amarnos sin límites y para siempre; que su perdón nos llegue puro y fresco, aunque sí sepamos lo que hacemos; que nos siga perdonando, incluso si nosotros no perdonamos a los que nos ofenden. Él no nos trata como merecemos; su amor no es como el nuestro, limitado, voluble, interesado. Él perdona todo y para siempre. Él nos conoce perfectamente y, aunque cometamos el peor de los pecados, nunca se avergonzará de nosotros. Así es Dios: «Aunque pequemos, tuyos somos, porque conocemos tu poder» (Sab 15,2). Incluso en el pecado seguimos siendo sus hijos y podemos acudir a Él como Padre.

Sólo quien ha contemplado y meditado, quien ha experimentado personalmente este amor y misericordia de Dios es capaz de vivir en permanente paz, de levantarse siempre sin desalentarse, de tratar a los demás con el mismo amor, la misma comprensión y paciencia con la que Dios le ha tratado.

No nos engañemos, sólo quien vive reconciliado con Dios puede reconciliarse, también, consigo mismo y con los demás. Y para el cristiano el sacramento del perdón «es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo» (Reconciliación y Penitencia, 31).

Necesidad de la mediación de la Iglesia
Al igual que al leproso del evangelio, también Cristo nos pide la mediación humana y eclesial en nuestro camino de conversión y de purificación interior: «Vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio» (Mc 1,40-45). Tenemos necesidad de escuchar de labios de una persona autorizada las palabras de Cristo: «Vete, y en adelante no peques más» (Jn 8,11), «tus pecados te son perdonados» (Mc 2,5).

Nadie puede ser al mismo tiempo juez, testigo y acusado en su misma causa. Nadie puede absolverse a sí mismo y descansar en la paz sincera. La estructura sacramental responde también a esta necesidad humana de la que hacemos experiencia todos los días. A este respecto, qué realismo adquieren las palabras que el sacerdote pronuncia en el momento de la absolución: «Dios, Padre de misericordia, que ha reconciliado consigo al mundo por la muerte y resurrección de su Hijo, y ha infundido el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, mediante el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz». Es en este preciso momento, cuando el perdón de Dios borra realmente nuestro pecado, que deja de existir para Él. Sólo entonces brota en nuestro corazón la verdadera paz, que el mundo no pueda dar porque no le pertenece, al no conocer al Señor de la paz (cf. Jn 14,27).

La paz interior fruto del perdón
La paz que nace del perdón sacramental es fuente de serenidad y equilibrio incluso emocional y psicológico. ¡Cuántas personas he encontrado en mi camino que, como la mujer hemorroísa del evangelio (cf. Mc 5,25-34), han consumido su fortuna, lo mejor de su tiempo y de sus energías, buscando en las estrellas la respuesta a sus problemas, o recurriendo a sofisticadas técnicas médicas o de introspección psicológica que, bajo una apariencia científica, han explotado la debilidad de esas personas, dejándolas más vacías y destrozadas que al inicio! No mediando un caso patológico o un problema estructural de personalidad, la verdad de nosotros mismos y la solución a nuestros problemas la encontraremos únicamente en la fuerza curativa que emana de Cristo, cuando se le «toca» con la fe y el amor.

La psicología y las ciencias humanas pueden apoyar o acompañar este proceso de conversión interior, sobre todo ante problemas especialmente complejos o ante casos de personalidades frágiles, pero nunca podrán sustituir ni mucho menos pretender dar una respuesta a aquello que únicamente se puede solucionar con el poder de Dios, pues sólo Él puede perdonar los pecados (cf. Mc 2,6-12).

No duden del perdón infinito de Dios. Dejen que Él transforme sus vidas, que su amor y misericordia sea el objeto permanente de su contemplación y de su diálogo con Él. No se cansen de pedir todos los días la gracia sublime del conocimiento y de la experiencia personal de este amor. Cultiven en su corazón la memoria de la infinita misericordia de Dios frente a sus faltas y pecados; se darán cuenta de que habrá siempre más motivos para agradecer que para pedir perdón.



20 mar 2019

Sentido del pecado y remordimiento



Sentido del pecado y remordimiento

Es el juicio de la conciencia por el cual juzgamos como ofensa a Dios. 


Por: P. Dr. Miguel Ángel Fuentes | Fuente: I.V.E. 


«Al dirigir nuestra mirada ahora al mundo contemporáneo, debemos constatar que en él la conciencia del pecado se ha debilitado notablemente... Es preciso hacer que la conciencia recupere el sentido de Dios, de su misericordia y de la gratuidad de sus dones, para que pueda reconocer la gravedad del pecado, que pone al hombre contra su Creador...

A mediados del siglo pasado, Manzoni nos dejó una fina descripción psicológica del problema del pecado en su caracterización del Ignominato, el "Caballero sin Nombre" de I promessi sposi, esa hermosa novela en que el gran autor italiano recrea una vieja historia del siglo XVI: "Hacía ya algún tiempo que sus fechorías le causaban, si no remordimientos, al menos cierta desazón importuna. Las muchas que conservaba aglomeradas en su memoria, más bien que en su conciencia, se le presentaban vivamente al cometer una nueva maldad, pareciéndole harto incómodo su recuerdo, y abrumándolo su excesivo número, como si cada una agravase sobre su corazón el peso de las anteriores.

Empezaba ya a sentir otra vez aquella repugnancia que experimentó al cometer los primeros delitos, y que vencida después, había dejado de importunarlo por espacio de muchos años. Pero si en los primeros tiempos la idea de un porvenir indefinido y de una vida larga y vigorosa llenaban su ánimo de una confianza irreflexiva, ahora por el contrario, la consideración de lo futuro era la que le presentaba más desagradable lo pasado. ¡Envejecer!... ¡Morir!... ¿Y luego? ¡Cosa admirable! La imagen de la muerte, que en un peligro inmediato, delante de un enemigo, aumentaba el ánimo de aquel hombre, añadiendo el valor a la ira, la misma imagen ofreciéndosele durante el silencio de la noche, en la seguridad de su castillo, le causaba una extraordinaria consternación, porque no era un riesgo que provenía de otro hombre también mortal, ni una muerte que pudiera repelerse con mejores armas y brazos más vigorosos, sino que venía por sí sola, estaba dentro de sí mismo, y aun cuando tal vez se hallase lejana, se acercaba por momentos paso a paso: y cuanto más se esforzaba la imaginación por alejarla, se aproximaba más y más cada día. En los primeros años, los ejemplares sobrado frecuentes, y el espectáculo incesante, digámoslo así, de violencias, venganzas y asesinatos, inspirándole una atroz emulación, le servían al mismo tiempo de disculpa, y aun de autoridad para adormecer los clamores de su conciencia; pero ahora se despertaba en él de cuando en cuando la idea confusa, aunque terrible, de un juicio individual y de una razón independiente del ejemplo.

Por otra parte, el haberse distinguido de la turba de los malhechores, siendo solo en su especie, excitaba en su espíritu la idea de un espantoso aislamiento.

Representábase también la idea de Dios, aquel Dios de quien desde tiempo muy antiguo no pensaba ni en negar ni en reconocer, ocupado únicamente en vivir como si no existiera. Y ahora en ciertas ocasiones de abatimiento, sin causa de terror conocido, sin fundamento, le parecía que en su interior le gritaba: Yo existo.

En el fervor juvenil de sus pasiones, la ley que había oído anunciar a nombre de ese mismo Dios, la hubiera juzgado aborrecible; pero ahora, cuando la memoria se la recordaba, su razón la admitía, a pesar suyo, como cosa practicable y aun obligatoria. Sin embargo, lejos de traslucir ni en obras ni en palabras algo de esta nueva inquietud, la ocultaba cuidadosamente, y disfrazándola con las apariencias de una más intensa y profunda ferocidad, trataba por este medio de ocultársela a sí mismo o de disiparla. Envidiando (ya que no le era dado aniquilarlos ni olvidarlos) aquellos tiempos en que solía cometer maldades sin remordimientos, y sin más cuidado que el de su feliz éxito, hacía los mayores esfuerzos a fin de que volviesen, y de robustecer de nuevo aquella antigua voluntad resuelta, orgullosa, imperturbable, persuadiéndose a sí mismo que era todavía el hombre de entonces" .

Encontramos en este relato lo que llamamos sentido del pecado, conciencia obtusa, remordimiento de las faltas pasadas, angustia moral, etc. Quiero considerar algunos aspectos de estos temas.

El sentido del pecado es el juicio de la conciencia por el cual juzgamos como ofensa a Dios los actos que se oponen a la ley moral; el sentimiento de culpabilidad es el pesar por ser los autores de tal transgresión; se presenta a menudo como remordimiento de conciencia.

La conciencia es un juicio de la razón por el que aplicamos nuestro conocimiento moral a los actos particulares; nos acompaña a lo largo de todo nuestro obrar propiamente humano. Ordinariamente actúa antes de que obremos (conciencia "antecedente") mostrándonos la bondad o malicia de los actos que se nos presentan como posibles de realizar (es decir, la moralidad de nuestros planes, proyectos, tentaciones, deseos) y consecuentemente juzga que debemos realizar tal o cual porque es obligatorio para nosotros, o que debemos abstenernos de tal otro porque pesa una prohibición sobre él, etc. Luego sigue actuando mientras obramos (conciencia "concomitante"); aquí actúa como testigo de nuestro buen o mal proceder según que estemos actuando a favor o en contra de nuestros juicios de conciencia.
Finalmente la conciencia sigue actuando después de realizados los actos (conciencia "consiguiente") tranquilizándonos y aprobándonos si hemos obrado bien; reprendiéndonos si hemos actuado mal.


1. El sentido del pecado

El "sentido del pecado" es la sensibilidad ante el pecado, es decir, la adecuada y delicada percepción del pecado y se sitúa en los tres momentos de la conciencia. El sentimiento de culpabilidad se sitúa en la conciencia concomitante (cuando la conciencia nos reprocha lo que estamos realizando) y sobre todo en la conciencia consiguiente (como tormento por el mal que hemos cometido); en menor grado se verifica en la conciencia antecedente, mientras estamos analizando la posibilidad de realizar acciones que nuestra conciencia nos reprocha.

Tanto el sentido del pecado como el sentido de la culpabilidad admiten diversos grados, según el tipo de conciencia:

1º Hay personas que tienen una percepción clara del pecado, de su gravedad, de sus consecuencias; y, consecuentemente, tienen un sentimiento normal, realista, de su responsabilidad y culpabilidad.

2º Otros parecen ciegos ante la realidad del pecado; consecuentemente parecen insensibles ante sus faltas y crímenes. Se habla generalmente de conciencia "cauterizada", y suele darse en quienes se han habituado y se aferran pertinazmente a sus pecados.

3º Algunos, por el contrario, sufren con una conciencia escrupulosa y angustiada, tal vez por faltas que no existen o al menos por pecados que no tienen la gravedad que ellos les asignan.

4º Finalmente, otros tienen lo que se llama una conciencia "farisaica", que se turba ante actos objetivamente insignificantes, pero se hacen los ciegos ante sus propios grandes crímenes. Así los fariseos del Evangelio que se escandalizaron porque Jesucristo transgredía el descanso sabático para curar enfermos, pero fueron insensibles al juicio inicuo y cargado de injusticias al que ellos mismos sometieron al Señor.

En la génesis de las diversas modalidades de conciencia y de sentido de culpabilidad, juegan como importantes factores (aunque no sean totalmente condicionantes) la civilización en que se vive, la educación recibida, la religión que se profesa, los hábitos buenos o malos contraídos voluntariamente.

El sentido del pecado manifiesta en cierta medida nuestro "sentido de la realidad", porque expresa que vemos las cosas tal como son, y en este caso, los actos deformes como deformes. Guarda cierta analogía con el sentido del humor; nos causa hilaridad lo que resulta extravagante o fuera de lugar, lo ridículo; esto supone que tenemos ciertos parámetros de la realidad, comparados con los cuales tal o cual cosa resulta desproporcionada; una nariz demasiado grande o demasiado chica nos causa gracia, porque al mirar el tamaño de una cara, espontáneamente nos damos cuenta de las dimensiones que tendría que tener una nariz para que resulte armónica en ella. Análogamente, el sentido del pecado se da en quien es capaz de percibir que una acción desfigura la norma moral (no ya estética, como en el caso del humor) a cuya medida debería corresponder. Así, cuando una persona normal percibe la "injusticia" con la que está tratando a un inocente al que le castiga sin que haya cometido delito alguno, percibe antes cómo y cuál debería ser el acto con que debería realmente tratarlo.

Se dice, incluso, que esta conciencia moral tiene una base fisiológica (hablan por eso de "conciencia biológica"). Según esto, nuestro cuerpo responde con cierto "bienestar" cuando es usado según sus fines propios, mientras que produce una depresión incluso biológica cuando es usado contra su propia naturaleza; por ejemplo, cuando se practica la anticoncepción, o en los intentos de suicidio, y especialmente en el aborto.

Ahora bien, como la conciencia moral se limita a manifestar una norma moral que es superior a ella (por lo que se trata de algo subordinado y relativo) resulta ser el portavoz de esa norma (la ley natural y la ley positiva conocida por nosotros) y de su autor. Como el autor de la ley natural y de la ley divina positiva es Dios, la conciencia es la voz de Dios: "La conciencia, dice el Concilio Vaticano II, es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella". John Henry Newman, escribía al Duque de Norfolk en una célebre carta: "La conciencia es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo".

Sin embargo, lo que caracteriza al hombre moderno es la pérdida del sentido del pecado, como decía el Papa Pío XII: "El pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado". Juan Pablo II ha escrito en la Exhortación Reconciliatio et poenitentia que el hombre contemporáneo vive "bajo la amenaza de un eclipse de la conciencia, de una deformación de la conciencia, de un entorpecimiento o de una anestesia de la conciencia". ¿Cuál es la causa? Esta hay que buscarla en la pérdida del sentido de Dios, es decir, "la progresiva ofuscación de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora de Dios". Perdido el sentido de Dios, la sensibilidad ante la ofensa de Dios se amortigua y pierde –valga la redundancia del término– "sentido". Las responsabilidades de este oscurecimiento pesan tanto sobre las ideologías reinantes en el mundo intelectual de los últimos siglos (psicologismo, sociologismo, historicismo ético, antropologismo cultural, etc.) cuanto a verdaderas desviaciones dentro del campo eclesial como ha sido, dice el Papa Juan Pablo II, el combatir la exageración de ver pecado en todo con la exageración de no verlo en ninguna parte, el predicar un amor de Dios incompatible con el castigo por el pecado, el hablar de un respeto por la conciencia que suprimiría el deber de decir la verdad, el ofuscar el sentido y el valor del sacramento de la confesión o darle sólo un significado comunitario, el negar que cada uno pueda conocer en el fondo su realidad pecadora, como afirma, por ejemplo, Rahner: "Jamás sabemos con última seguridad si somos realmente pecadores".

Hay que ver en todo esto una auténtica cadena que amenaza con atenazar al hombre: la violación sistemática de la ley moral amortigua la percepción de Dios (autor de la ley moral); la disminución del sentido de Dios apaga el sentido del pecado y por causa de esto las violaciones se hacen cada vez más crueles e insensibles. "Cuando se pierde el sentido de Dios, dice el Papa, también el sentido del hombre queda amenazado y contaminado... La criatura sin el Creador desaparece... Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida". Y más adelante: "Una vez excluida la referencia a Dios, no sorprende que el sentido de todas las cosas resulte profundamente deformado... En realidad, viviendo ‘como si Dios no existiera’, el hombre pierde no sólo el misterio de Dios, sino también el del mundo y el de su propio ser".

Explica el Papa: "El eclipse del sentido de Dios y del hombre conduce inevitablemente al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo... La sexualidad se despersonaliza e instrumentaliza... La procreación se convierte en el enemigo a evitar en la práctica de la sexualidad... Las relaciones interpersonales experimentan un grave empobrecimiento. Los primeros que sufren sus consecuencias negativas son la mujer, el niño, el enfermo o el que sufre y el anciano... Es la supremacía del más fuerte sobre el más débil". Por eso el Papa ha advertido seriamente contra esta tendencia: "El hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre".

Esta pérdida del sentido del pecado engendra lo que hoy se denomina "cultura de la muerte". "Lamentablemente, dice el Papa con palabras duras, una gran parte de la sociedad actual se asemeja a la que Pablo describe en la carta a los Romanos; está formada de hombres que aprisionan la verdad en la injusticia (Ro 1,18): habiendo renegado de Dios y creyendo poder construir la ciudad terrena sin necesidad de Él, se ofuscaron en sus razonamientos de modo que su insensato corazón se entenebreció (1,21); jactándose de sabios se volvieron estúpidos (1,22), se hicieron autores de obras dignas de muerte y no solamente las practican sino que aprueban a los que las cometen (1,32). Cuando la conciencia, este luminoso ojo del alma (cf. Mt 6,22-23), llama al mal bien y al bien mal (Is 5,20), camina ya hacia su degradación más inquietante y hacia la más tenebrosa ceguera moral".

En otro documento ha escrito: "La pérdida del sentido del pecado es una forma o fruto de la negación de Dios: no sólo de la atea, sino además de la secularista... Pecar no es solamente negar a Dios; pecar es también vivir como si Él no existiera, es borrarlo de la propia existencia diaria".

Sin embargo, "no se puede eliminar complemente el sentido de Dios ni apagar la conciencia, [así] tampoco se borra jamás completamente el sentido del pecado". Si no se puede borrar totalmente el sentido de Dios, entonces éste se hace presente de otra manera: el hombre puede sentirse huérfano de un Dios que no percibe por sus pecados; o bien mirará a Dios como el enemigo de su conciencia pecadora, es decir, pasa a tener un "sentido amenazador" de la Justicia divina.


2. El sentimiento de culpabilidad y el remordimiento de la conciencia

El sentimiento de culpabilidad consiste en la conciencia de que ha sido quebrado el orden moral y de que nosotros somos los responsables de tal quebrantamiento; el remordimiento es el pesar y la angustia que acompañan ordinariamente tal conciencia y recuerdo. A él se refiere el torturado Macbeth de Shakespeare, cuando dice que "nuestros actos son lecciones sanguinarias que, una vez aprendidas, vuelven a atormentar a quien las ha inventado. Y una justicia imperturbable acerca a nuestros labios, una vez y otra, la mezcla emponzoñada de nuestro propio cáliz". Puede presentarse como dolor, como intranquilidad o como angustia por lo sucedido; no tanto por las consecuencias que pueden seguirse sino por el hecho mismo de cuanto ha sucedido y que no debía suceder y no hubiera sucedido a no ser porque con nuestros actos libres lo hemos realizado. El remordimiento o sentimiento de culpabilidad es una realidad a la que toda persona se enfrenta. El signo más claro de esta verdad es el hecho de que han tenido que buscarle una explicación incluso quienes no creen en el pecado, ni en la validez de las normas morales, ni en Dios; como Freud, Marx, todas las escuelas filosóficas y psicoanalistas ateas, etc.

Si hemos dicho antes que la conciencia es la voz de Dios, entonces debemos añadir que también el remordimiento es, de algún modo, un llamamiento de Dios al pecador, una gracia iluminativa; cuya privación en las conciencias, que se llaman cauterizadas (las que dicen no sentir remordimiento) es ya un temible castigo. "En las personas que van de pecado mortal en pecado mortal –enseñaba San Ignacio en el Libro de sus Ejercicios– ... el buen espíritu usa... punzándoles y remordiéndoles las conciencias por la sindéresis de la razón". Este llamamiento de Dios tiene algo de trágico pero también mucho de misericordioso, como se manifiesta en algunos episodios bíblicos. Caín después de matar a Abel exclama: Grande e insoportable es mi pecado (Gn 4,3-16); Judas grita su pecado diciendo: Pequé entregando sangre inocente (Mt 27,3-10). "No hay cosa que más apesgue [agobie] el alma –predica San Juan de Ávila– que tener un pecado en el ánima, agravada la conciencia con remordimiento, y con sentimiento, que te digas tú a ti mismo, viéndote perdido por el pecado: ¡Oh pecador! Malo vas, infierno tienes, perdido te has; justicia tiene Dios, que te condenará por lo que has hecho contra Él. ¿Cómo te puedes sufrir a ti mismo? ¿Cómo cabes en ti? ¿Cómo no revientas?".

Sin embargo, no en todos los que son agitados por el remordimiento éste se desarrolla de la misma manera. En algunos es el primer paso para el arrepentimiento que concluye en la conversión. Tal es el remordimiento fructuoso que Jesús nos describe en la parábola del "hijo pródigo" (Lc 15,11-32). Para otros es motivo de desesperación que puede terminar incluso en el suicidio; ya señalaba Newman: "El remordimiento no es arrepentimiento". El remordimiento no acompañado de la humildad afirma la voluntad del pecador en el orgullo del pecado, por lo que resulta estéril, más aún, agrava la situación. Pero en quien reconoce humildemente su propia responsabilidad, el remordimiento es el primer paso para la contrición.

El sentimiento de culpabilidad puede ser, pues, proporcionado al acto del pecado (sentimiento "justo") o desproporcionado al acto. El sentimiento normal de culpabilidad brota únicamente del pecado personal y ayuda al sujeto a ser perfectamente consciente de su pecado y a dolerse de su acción; de modo consecuente, le ayuda a arrepentirse (pasado), purificarse mediante la confesión (presente) y enmendarse y cambiar de vida si es necesario (futuro). Al ser normal desaparece de suyo al extinguirse la culpa con el perdón sacramental, aunque puede perdurar el dolor intenso de la ofensa hecha a Dios. Puede sentirse la culpa real y normal, aun angustiosamente, cuando el amor a Dios es grande y lo fue también la falta; pero, obtenido el perdón, la posible angustia de la culpa tiende a desaparecer.

El segundo caso es un sentimiento anormal. Como anormal admite dos variantes. La primera es el sentimiento exagerado de culpabilidad; éste puede proceder de una falta real cuyo remordimiento perdura largamente después de haber sido perdonado el pecado, o también de faltas inexistentes. Se trata de un remordimiento amargo, que hunde muchas veces a la persona en estados auténticamente depresivos. En realidad, podemos encontrar aquí lo que algunos llaman "hipermoralismo", es decir, la exacerbación de los sentimientos morales del deber, de la culpabilidad y del remordimiento; y el "dismoralismo", o sea, la exacerbación más aguda que la anterior pero transportada a una zona no ética (es una conciencia de la culpabilidad o del deber con ocasión de hechos que de suyo carecen de carácter moral; es el caso típico de los escrúpulos enfermizos).

Encontramos rasgos de sentimientos enfermizos en gran parte de la literatura contemporánea afectada de cierto morbo existencialista. Ejemplos tenemos en Kafka para quien el hombre es prisionero de sus pecados, o en Graham Green quien, dominado por una verdadera obsesión por el mal, hace proclamar a uno de sus personajes que no hay inocentes ni siquiera entre los niños. Jean Guitton ha hecho notar a este respecto que así como hacia 1880 una encuesta sobre este tema entre los literatos podría haberse resumido en la fórmula "incluso los culpables son inocentes", en torno a la mitad del siglo XX, en cambio, el resultado sería: "hasta los inocentes son culpables". Este sentimiento, especialmente si se trata de pecados no perdonados por la confesión sacramental, si no procede de un natural enfermizo, al menos puede causar un estado enfermizo. Estas personas se sienten perseguidas por la ansiedad, viven en constante tensión y pueden llegar a experimentar una especie de locura persecutoria. Shakespear bosquejó la silueta de este sentimiento en la figura de Lady Macbeth atormentada en sueños por sus crímenes y por sus manos ensangrentadas: "La mancha sigue aquí –exclama entre sueños y sonambulismo mirando sus manos–. ¡Aléjate, mancha maldita! ¡Fuera, he dicho!... ¡Cómo! ¿Es que nunca van a estar limpias estas manos?... ¡Hasta aquí llega el hedor de sangre! ¡Todos los aromas de Arabia no podrían perfumar mis manos!". El gran dramaturgo pone en boca de su galeno: "Más que de médico, de sacerdote está necesitada". El mismo Macbeth, viendo la turbación que va llevando a su esposa a la locura, increpa al médico: "¡Cúrala [de sus visiones nocturnas]! ¿Es que no puedes aliviar a un espíritu enfermo, arrancar los pesares arraigados en la memoria, borrar las inquietudes grabadas en el cerebro y, con dulce antídoto de olvido, vaciar el pecho de materia peligrosa que pesa sobre el corazón?".

A veces toma la forma patológica de angustia existencial. Un ejemplo de esta personalidad la hallamos en las descripciones que de Lutero dan algunos de sus íntimos. Melanchton, por ejemplo, cuenta que el Reformador frecuentemente era víctima de "ataques angustiosos". "Él mismo –dice su compañero de la Protesta– me ha contado, y muchas personas saben, que estos terrores le sobrecogían muy a menudo, cuando pensaba en la cólera de Dios o cuando recordaba ejemplos patentes de su justicia vengadora y ello con tal violencia que poníase a punto de morir". Una vez, al oír en el coro del convento la lectura del evangelio del poseso, cayó convulsivamente gritando: "¡Yo no soy! ¡Yo no soy [poseso]!". Parece que tuvo frecuentes angustias por causa de la predestinación y una verdadera "manía del diablo" u obsesión diabólica.

El segundo caso es el del sentimiento de culpabilidad demasiado débil, el que se encuentra en personas de espíritu obtuso; y como tal puede considerarse, dice Bless, "como fenómeno de degeneración" (de hecho se verifica en muchos psicópatas criminales que toman una actitud de indiferencia cínica ante sus actos). Esta actitud se relaciona mucho con las personalidades psicóticas que presentan precisamente una frialdad afectiva muy típica. Son más o menos insensibles al dolor ajeno y aun al propio. El caso extremo es el perverso, quien carece de conmiseración y puede llegar a causar daño sólo para divertirse. "Hay personas que sin salirse de los parámetros de la normalidad, acusan una estructura de la personalidad en la que despuntan tendencias psicóticas, por ejemplo, ésta de la insensibilidad. Gente dura, sin vibración afectiva social (subrayamos ‘afectiva’ porque pueden ser superficialmente extrovertidos, sociables y divertidos). Dicho déficit afectivo influye, por supuesto, en la esfera moral".

En este campo podemos encontrarnos con diversas desviaciones éticas como el "amoralismo", que consiste en la carencia de sentimientos morales de culpabilidad, deber y remordimiento; el "hipomoralismo", que es algo semejante al amoralismo, pero en tono rebajado; y el "inmoralismo", que añade al amoralismo cierto egocentrismo exacerbado que puede conducir a acciones delictivas e incluso al crimen.

Este sentimiento es hoy "culturalmente masivo", propio de una "cultura de la muerte". Ésta, por lógica interna y para mantenerse, necesita crear una conciencia común que se ajuste a sus principios, y tal es la conciencia "cauterizada". Esta conciencia se manifiesta y se alimenta en la sistemática violación de la ley moral respecto de los valores más fundamentales y sagrados, como, por ejemplo, la vida humana en sus estadios más inocentes y desamparados. Hay que tener en cuenta que se da una interacción entre factores psicológicos y morales: "lo que debe haberse producido en la generalidad de los casos de cegueras y sorderas [morales] es un proceso interactivo de factores psicológicos y morales. Una conciencia encallecida en el mal ya no percibe el bien".

Aquí puede verificarse el efecto feed-back o "rulos de retro-alimentación", es decir: ante el horror natural que causa el cometer un grave delito, la conciencia trata de buscar justificativos o atenuantes para realizarlo; esta amortiguación del sentido moral que es resultado del esfuerzo psicológico por silenciar la voz de la conciencia va creando una psicología dura, que va progresivamente insensibilizándose, la cual va tornando al sujeto potencialmente capaz de cometer delitos cada vez más graves. Tiene mucho que iluminar aquí la doctrina de los hábitos, aplicada al terreno del hábito malo o vicio: los vicios corrompen en cierta medida la disposición de la voluntad respecto de su fin, haciéndole tender connaturalmente a los fines malos; esta tendencia hacia los fines viciosos es la base a partir de la cual el sujeto elabora sus juicios electivos, proponiendo como máximamente elegible (es decir, bueno y conveniente para él) tal fin que, en realidad, es un mal con apariencias de bien. Los vicios, por tanto, terminan "condicionando" en cierta medida nuestros juicios apreciativos sobre la realidad. Esto no es más que la confirmación del dicho popular: "vive como piensas o terminarás pensando como vives".

Así como, según dijimos antes, no puede perderse totalmente el sentido de Dios, tampoco se borra totalmente el sentimiento de culpabilidad. Pero surgirán inevitablemente quienes traten de explicarlo de alguna manera que permita eludir la responsabilidad de los actos realizados.

Freud, por ejemplo, lo reduce a un impulso interior inconsciente, puramente natural, cuyo origen confiesa desconocer; para él se trata de un miedo, una simple fobia sin contenido moral alguno y sin fundamento bien conocido. Para Sartre, el sentido de culpa es efecto de la mirada reprochadora de los demás sobre nuestros actos, confundiendo así el sentimiento de culpa con la vergüenza de verse descubiertos por el prójimo. Lutero consideraba que era una mala pasada de esa "mala bestia" que es nuestra conciencia, enemiga implacable que se esfuerza por convencernos de pecado; para Marx es una alienación de la sociedad capitalista y para Nietzsche se trata de una enfermedad que nos contagia la sociedad por lo cual exige del "superhombre" creado por su imaginación el mantenerse al margen de toda moral, de toda regla, de todo escrúpulo y de toda sensibilidad ante el mal causado por sus propias acciones. Podríamos seguir la lista. Todos ellos tienen en común el querer diluir la realidad del pecado y solucionar los remordimientos con una "explicación-terapéutica" ya apelen al historicismo, a la sociología, al psicoanálisis o al antropocentrismo cultural. A la postre obtienen idénticos resultados: sólo han conseguido crear un monstruo insensible ante el dolor ajeno, resentido y endurecido en sus vicios, apático ante su destino eterno, explotador de la debilidad ajena... en fin, creaturas de barro a las que han convencido de ser "semidioses paganos" y que, como tales hacen su historia marcados por la tragedia de la profunda amargura y desesperación causada por el fracaso de los principios amorales que profesan... ¡Y pensar que una lágrima bien derramada puede purificar tanta miseria!


3. El sentido del perdón

La sana conciencia de la transgresión y el remordimiento posterior no serían una gracia de Dios si no llevaran a experimentar el misterio del perdón divino. Sin duda... es grande el misterio de la piedad, dice San Pablo (1 Tim 3,15). Hay dos expresiones de San Juan que deben complementarse entre sí para que nuestra visión del pecado no reste tullida. La primera dice: Si decimos que estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros (1 Jn 1,8); la segunda es cuanto el mismo Apóstol añade a continuación: Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos y limpiarnos de toda iniquidad (1 Jn 1,9). Más adelante él mismo dice: Si nuestro corazón nos reprocha algo, Dios es más grande que nuestro corazón (1 Jn 3,20).

El verdadero sentido del pecado, así como el sano remordimiento, deben llevarnos a reconocer nuestro pecado y a reconocernos pecadores (responsables de nuestros delitos); como exclama David: Reconozco mi culpa, mi pecado está siempre ante mí; cometí la maldad que aborreces (Sl 51,5ss). Jesús hace decir al hijo pródigo arrepentido: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti (Lc 15,18.21).

Cuando el remordimiento viene de Dios, junto con él, Dios muestra el remedio, es decir la vía para borrar el pecado que lo causa. El remordimiento sano, aun pudiendo llegar a la angustia, no va contra la esperanza (esperanza informe); el pecador sabe qué tiene que hacer para acabar con su estado y tormento. Sólo cuando rechaza esta luz sobrenatural se cierra totalmente sobre sí mismo. Pero Dios es infinitamente poderoso para borrar todos los pecados de los hombres y ofrece su perdón: Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán (Is 1,18). Por boca de Ezequiel dice Dios: ¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado –oráculo del Señor Yahveh– y no más bien en que se convierta de su conducta y viva? (Ez 18,23). Y más adelante lo repite nuevamente: Diles: Por mi vida, oráculo del Señor Yahveh, que yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta de su conducta y viva. Convertíos, convertíos de vuestra mala conducta. ¿Por qué habéis de morir, casa de Israel? (Ez 33,11).

El sentimiento de culpa equilibrado es el que pasa de la autocondenación por el mal cometido al arrepentimiento y del arrepentimiento al pedido sincero de perdón; es decir, el remordimiento auténtico es el que termina destruyendo el pecado y salvando al pecador.

En definitiva, podemos redondear lo dicho con las palabras del Santo Padre: "Restablecer el sentido justo del pecado, ha dicho Juan Pablo II, es la primera manera de afrontar la grave crisis espiritual que afecta al hombre de nuestro tiempo. Pero el sentido del pecado se restablece únicamente con una clara llamada a los principios inderogables de la razón y de la fe que la doctrina moral de la Iglesia ha sostenido siempre".