29 jun 2019

Santo Evangelio 29 de junio 2019



Día litúrgico: 29 de Junio: San Pedro y san Pablo, apóstoles

Texto del Evangelio (Mt 16,13-19):

 En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».


«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»

Mons. Jaume PUJOL i Balcells Arzobispo de Tarragona y Primado de Cataluña 
(Tarragona, España)

Hoy celebramos la solemnidad de San Pedro y San Pablo, los cuales fueron fundamentos de la Iglesia primitiva y, por tanto, de nuestra fe cristiana. Apóstoles del Señor, testigos de la primera hora, vivieron aquellos momentos iniciales de expansión de la Iglesia y sellaron con su sangre la fidelidad a Jesús. Ojalá que nosotros, cristianos del siglo XXI, sepamos ser testigos creíbles del amor de Dios en medio de los hombres tal como lo fueron los dos Apóstoles y como lo han sido tantos y tantos de nuestros conciudadanos.

En una de las primeras intervenciones del Papa Francisco, dirigiéndose a los cardenales, les dijo que hemos de «caminar, edificar y confesar». Es decir, hemos de avanzar en nuestro camino de la vida, edificando a la Iglesia y confesando al Señor. El Papa advirtió: «Podemos caminar tanto como queramos, podemos edificar muchas cosas, pero si no confesamos a Jesucristo, alguna cosa no funciona. Acabaremos siendo una ONG asistencial, pero no la Iglesia, esposa del Señor».

Hemos escuchado en el Evangelio de la misa un hecho central para la vida de Pedro y de la Iglesia. Jesús pide a aquel pescador de Galilea un acto de fe en su condición divina y Pedro no duda en afirmar: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Inmediatamente, Jesús instituye el Primado, diciendo a Pedro que será la roca firme sobre la cual se edificará la Iglesia a lo largo de los tiempos (cf. Mt 16,18) y dándole el poder de las llaves, la potestad suprema.

Aunque Pedro y sus sucesores están asistidos por la fuerza del Espíritu Santo, necesitan igualmente de nuestra oración, porque la misión que tienen es de gran trascendencia para la vida de la Iglesia: han de ser fundamento seguro para todos los cristianos a lo largo de los tiempos; por tanto, cada día nosotros hemos de rezar también por el Santo Padre, por su persona y por sus intenciones.


«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»

+ Mons. Pere TENA i Garriga Obispo Auxiliar Emérito de Barcelona 
(Barcelona, España)

Hoy es un día consagrado por el martirio de los apóstoles san Pedro y san Pablo. «Pedro, primer predicador de la fe; Pablo, maestro esclarecido de la verdad» (Prefacio). Hoy es un día para agradecer la fe apostólica, que es también la nuestra, proclamada por estas dos columnas con su predicación. Es la fe que vence al mundo, porque cree y anuncia que Jesús es el Hijo de Dios: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Las otras fiestas de los apóstoles san Pedro y san Pablo miran a otros aspectos, pero hoy contemplamos aquello que permite nombrarlos como «primeros predicadores del Evangelio» (Colecta): con su martirio confirmaron su testimonio.

Su fe, y la fuerza para el martirio, no les vinieron de su capacidad humana. No fue ningún hombre de carne y sangre quien enseñó a Pedro quién era Jesús, sino la revelación del Padre de los cielos (cf. Mt 16,17). Igualmente, el reconocimiento “de aquel que él perseguía” como Jesús el Señor fue claramente, para Saulo, obra de la gracia de Dios. En ambos casos, la libertad humana que pide el acto de fe se apoya en la acción del Espíritu.

La fe de los apóstoles es la fe de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Desde la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, «cada día, en la Iglesia, Pedro continúa diciendo: ‘¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo!’» (San León Magno). Desde entonces hasta nuestros días, una multitud de cristianos de todas las épocas, edades, culturas, y de cualquier otra cosa que pueda establecer diferencias entre los hombres, ha proclamado unánimemente la misma fe victoriosa.

Por el bautismo y la confirmación estamos puestos en el camino del testimonio, esto es, del martirio. Es necesario que estemos atentos al “laboratorio de la fe” que el Espíritu realiza en nosotros (San Juan Pablo II), y que pidamos con humildad poder experimentar la alegría de la fe de la Iglesia.

Atraiga Siempre Lo Mejor



Atraiga Siempre Lo Mejor

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.



"Yo sabía que esto me iba a ocurrir y así sucedió". Este comentario lo ha hecho usted muchas veces en el pasado cuando las cosas le han salido mal. Usted temía y anticipaba el futuro atrayéndolo negativamente. Su fe en que la cosas iban a salir mal causó que su potencial interior funcionara contra usted mismo y no en favor suyo. 

Existe una ley por la cual se guían muchas veces sus pensamientos y su conducta. La ley es: Cosas iguales se atraen. Tenga buenos pensamientos y con el tiempo usted atraerá cosas buenas. Tenga pensamientos malos y usted atraerá en última instancia pensamientos malos. Aunque usted conoce las consecuencias de alvergar emociones destructoras y recelosas cuando lo asaltan los temores ¿no le permite usted frecuentemente que existan dentro de su conciencia? Todos desgraciadamente lo permitimos. Por eso, muchas veces no son contestadas nuestras oraciones para liberarnos de una situación difícil o angustiosa; porque se debe disponer la mente para recibir lo que se pide. Usted debe permitir interiormente que el poder de Dios actúe, y dar las imágenes mentales y los sentimientos positivos adecuados. Dios hará maravillas en la medida que usted coopere. 

Si lo que vive en usted es miedo, temor, angustia, amargura, eso es lo que va a atraer, porque dice Jesús en el evangelio: "Que se haga como tu dices que crees"( MT 15,28). - El modo más seguro del mundo de atraer dificultades, es imaginar la posibilidad de que vengan a usted más dificultades - dice Harold Cherman. 

Ahora bien: los problemas son parte de la vida y no van a desaparecer porque tenga una mente positiva. Los problemas serán más fácilmente solucionados con una mente positiva porque usted atraerá las soluciones adecuadas y el señor podrá inspirarle el camino seguro. Si usted está anticipando lo peor mientras dice esperar lo mejor, es muy probable que va a recibir lo peor. Crea que está vencido y lo está. Crea que va a fracasar y fracasará. Las dificultades que encuentra en la vida se solucionarán en la medida que usted esté bien. Enderece su persona y podrá vencer las dificultades. 

Usted no puede pensar en amor y odio al mismo tiempo. Contrólese interiormente y decídase si va a tener una mente positiva o negativa. Una batalla continua está ocurriendo en nuestra conciencia debido a ese juego de sentimientos buenos y malos. Como criaturas que somos de libre voluntad, depende de nosotros crear un control emotivo y mental. Es nuestra misión conquistar nuestros temores y preocupaciones, y dirigir nuestros deseos por canales adecuados. Dice Jesús en el evangelio: "Si tu ojo está sano todo tu cuerpo estará sano". (Mt 6,22-23). La expresión ojo significa mente, yo interior, y cuerpo no sólo lo físico sino nuestros actos. Todo nuestro exterior es consecuencia de nuestro interior. 

Recuerde: usted es el arquitecto y el poder interno que usted tiene es el constructor de la casa que es su propio futuro. Funciona como un magneto, como un imán que atrae todo lo que usted representa mental y sentimentalmente. Las cosas suceden primero en su mente antes que puedan ocurrir en el mundo exterior. Su triunfo o su fracaso está en sus manos. Dígase: -Sé que solamente va a suceder lo bueno porque mi pensamiento es correcto-. Usted se va a convertir en un imán positivo. Busque los medios para que se realice y pídale mucha ayuda al Señor y así atraerá lo bueno. Dice Jesús en la palabra: "El que pide se le da, el que busca halla, aquél que está buscando se le dará lo que busca si con fe pide" (MT 7,7-12). 

Usted internamente tiene un poder increíble que le dio Dios. Por eso hoy le decimos atraiga siempre lo mejor. Sométase a una terapia espiritual donde exista mucha oración y pídale al señor que purifique su mente y su espíritu. Apunte en un papel que es lo que más quiere en la vida en orden de prioridades, y comience a poner los medios para alcanzarlo. Usted empezará a triunfar. El mayor problema que tiene para el triunfo es usted mismo. Sepa que Dios es su Padre y quiere ayudarlo. Piense en el Señor como su mejor alidado, su socio en esta empresa de triunfar, de superarse, de ser mejor. El Señor es maravilloso, el Señor es bueno, el Señor lo ama, el quiere hacer de usted una persona maravillosa, y no se olvide con Dios usted podrá vencer cualquier problema, porque ¡CON EL USTED ES INVENCIBLE!



28 jun 2019

Santo Evangelio 28 de Junio 2019



Día litúrgico: Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús (C) (Tercer viernes después de Pentecostés)

Santoral 28 de Junio: San Ireneo de Lyon, obispo y mártir

Texto del Evangelio (Lc 15,3-7): 

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a los fariseos y maestros de la Ley: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, contento, la pone sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».


«Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido»

Rev. D. Pedro IGLESIAS Martínez 
(Rubí, Barcelona, España)

Hoy celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Desde tiempo inmemorial, el hombre sitúa “físicamente” en el corazón lo mejor o lo peor del ser humano. Cristo nos muestra el suyo, con las cicatrices de nuestro pecado, como símbolo de su amor a los hombres, y es desde este corazón que vivifica y renueva la historia pasada, presente y futura, desde donde contemplamos y podemos comprender la alegría de Aquel que encuentra lo que había perdido.

«Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido» (Lc 15,6). Cuando escuchamos estas palabras, tendemos siempre a situarnos en el grupo de los noventa y nueve justos y observamos “distantes” cómo Jesús ofrece la salvación a cantidad de conocidos nuestros que son mucho peor que nosotros... ¡Pues no!, la alegría de Jesús tiene un nombre y un rostro. El mío, el tuyo, el de aquél..., todos somos “la oveja perdida” por nuestros pecados; así que..., ¡no echemos más leña al fuego de nuestra soberbia, creyéndonos convertidos del todo!

En el tiempo que vivimos, en que el concepto de pecado se relativiza o se niega, en el que el sacramento de la penitencia es considerado por algunos como algo duro, triste y obsoleto, el Señor en su parábola nos habla de alegría, y no lo hace solo aquí, sino que es una corriente que atraviesa todo el Evangelio. Zaqueo invita a Jesús a comer para celebrarlo, después de ser perdonado (cf. Lc 19,1-9); el padre del hijo pródigo perdona y da una fiesta por su vuelta (cf. Lc 15,11-32), y el Buen Pastor se regocija por encontrar a quien se había apartado de su camino.

Decía san Josemaría que un hombre «vale lo que vale su corazón». Meditemos desde el Evangelio de Lucas si el precio —que va marcado en la etiqueta de nuestro corazón— concuerda con el valor del rescate que el Sagrado Corazón de Jesús ha pagado por cada uno de nosotros.

Aprenda del fracaso

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Aprenda del fracaso

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.


Todos hemos experimentado fracasos en nuestra vida familiar, en los estudios, en el trabajo o los negocios, en la formación de nuestros hijos, en nuestra relación con Dios y cuando nos enfrentamos con nuestras propias debilidades y pecados. La mayoría de las veces logramos nuestros objetivos y sentimos gran satisfacción, pero otras veces nuestra experiencia es muy distinta. Piense por un momento en el fracaso del Hijo de Dios. Jesús fue abandonado por sus discípulos, burlado y ultrajado por sus enemigos y finalmente colgado en una cruz como si fuera un criminal. Se ha detenido a pensar que, desde el punto de vista humano, el fracaso de Jesús fue increíblemente grande y desastroso. Pero, ¿cuál fue el resultado de ese fracaso, de esa muerte? Sencillamente, Cristo Jesús murió en la cruz para salvarnos de la muerte, para abrirnos las puertas del cielo y para que resucitáramos con El a la vida eterna. ¡Dios transformó el fracaso de su Hijo en una gran victoria! 

Esta es la mayor lección de nuestra vida. No pueden haber triunfos sin fracasos. Por eso decimos que no hay Domingo de Resurrección sin Viernes Santo. No puede haber gloria sin cruz. Nuestra mayor gloria no consiste en nunca caer sino en levantarnos cada vez que caigamos. 

El fracaso se debe ver como lo que es: un maestro que nos enseña nuestras debilidades y nos indica lo que tenemos que hacer para perfeccionarnos, al igual que cualquier campeón en alguna disciplina deportiva. Los fracasos nos conservan humanos, humildes y nos ayudan a entender que, en verdad, no somos Dios sino simples criaturas. Sólo hay un Dios que es perfecto y santo. El hombre sabio e inteligente acepta la derrota como la lección más valiosa. En cambio, los orgullosos y altaneros nunca aprenden de sus fallas porque no las admiten. 

El fracaso es la escuela del éxito. Una cosa es fracasar en la vida y otra es ser un fracasado. El hombre que no hace nada, que no se propone metas ni lucha por lo que quiere no puede sentir que ha fallado porque simplemente no ha intentado siquiera hacer algo. Sin embargo, es un fracasado total porque el éxito real está en la lucha. Si el fallo ha sido por intentar alcanzar metas elevadas y grandes, ¡bendito sea el fracaso! Eso le hará pensar que tiene metas y razones concretas por que vivir y luchar. 

Cualquiera que sean las circunstancias en la vida, un fracaso no es el fin de la jornada sino solamente un paso a lo largo del camino. Cuando cometa un error, sienta cierta cólera, pero no en contra de usted ni contra nadie, sino contra el obstáculo que se le presentó y no pudo superar. Haga que esa cólera se convierta en agresividad positiva. Lo importante es la actitud, la forma de enfrentarse a los problemas y obstáculos, el ver los errores como lecciones y como escalones para la superación. Si usted es una persona positiva, logrará que cada fracaso se convierta en uno de los grandes bloques que van dando forma a la estructura de su vida. 

Si alguna vez la derrota toca a la puerta de su vida, su tarea va a consistir en no rendirse nunca sino en levantarse y continuar enforzándose para aprender de sus errores y vencer. Toda derrota es una bendición en cierto modo, pues la vida no consiste en una sola oportunidad sino en muchas. Estudie cuidadosamente y analice las razones por las que fracasa y así aprenderá a tener éxito. La derrota es un acompañante cotidiano que nos hace volver a evaluar nuestras metas para decidir si son auténticas y si vale la pena el esfuerzo de seguir luchando por ellas. 

Usted debe aprender a superarse y crecer, porque una cosa es que fracase en algo en la vida y otra es que sea un fracasado. No permita que un fracaso destruya su entusiasmo e iniciativa y acabe con su voluntad para luchar. Comience cada día con un pensamiento motivador. Piense que usted va a llevar a cabo todo lo que pueda proponerse ese día y que Dios lo acompañará a realizarlo. El Señor transformará sus posibles fracasos en grandes éxitos. 

Dios nos ama profundamente con un amor que hace surgir lo mejor de nosotros. El no nos abandona cuando fallamos sino que está siempre con nosotros para que no nos desanimemos. Con Dios podemos cambiar nuestra debilidad en fortaleza porque El nos ama, aún y a pesar de lo que hemos hecho. Esto es algo verdaderamente maravilloso que nunca debemos olvidar para conservarlo siempre en nuestra mente y nuestro corazón. Recuerde que CON DIOS, SOMOS . . . ¡INVENCIBLES! 



27 jun 2019

Aprecie y ame su matrimonio

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Aprecie y ame su matrimonio

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.


Si estudiamos un poco las causas de los problemas matrimoniales que sacuden a tantas familias, veremos que el desconocimiento del valor de la persona humana, la falta de un diálogo profundo, el no saber perdonar, el no tener tiempo para convivir, y el ambiente de inmoralidad reinante, resquebrajan trágicamente la vida matrimonial. 

Cuando se deja de apreciar, valorar y querer a la persona que Dios le dio; cuando uno se hace ciego ante las inmensas riquezas espirituales y humanas que tiene el cónyuge; cuando se desconoce, se olvida el por qué se enamoró uno del que después sería "carne de su carne", poco a poco, se entra en un terreno de tiera movediza y se hunde la estabilidad matrimonial. 

Mucha gente experimentando esta situación dramática, que muchas veces ocurre por descuido, desidia, se encuentra el día menos pensado con un vacío grande ... "desapareció el ser amado", se rompió la vinculación afectiva. No se dieron cuenta de que al no cultivar el jardín, al no cuidar las plantas de la ternura, la escucha, el respeto, el dedicar tiempo al encuentro personal; todo esto produjo un enfiramiento y un triste alejamiento de ambos. Todo esto ocurre gradualamente. Y el día menos pensado se levantan por la mañana y se dan cuenta de que "se les murió el amor". De que ya nada los une. Se fueron alejando, fabricando su muro de indiferencia, creyendo que el amor conyugal se mantenía simplemente porque hubo un tiempo en que sí se amaron intensamente. El descuido en este campo produjo un ambiente peligroso. Ya no había resonancia en las palabras, en los suspiros, en los anhelos ... un frío interno congelaba sus almas. Al final ... dos extraños viviendo juntos. 

¡Todo esto nos anuncia un drama! El divorcio, la soledad, los hijos sin papá o mamá, o en la vida en casa pero llena de tensiones, peleas, gritos ... un infierno. Para que esto no ocurra en su caso le decimos: APRECIE Y AME SU MATRIMONIO. Comience a sembrar una manera nueva de amarse, convivir, como en sus mejores tiempos. ¡Vamos!; a dialogar más, a estar más tiempo juntos, a escucharse más. A aplicar el gran remedio de la ternura y la comprensión. A olvidar los malos momentos del pasado, a perdonar y a querer más a su cónyuge. A valorar más las virtudes y cualidades que tiene. A no desperdiciar momentos para estar más cerca de su ser amado y convivir con él o con ella. A participar de sus sufrimientos e ideales, de sus preocupaciones y triunfos, de sus alegrías y de sus tristezas. A reir juntos, a llorar juntos. A en verdad vivir siendo "una sola carne". Aprecie y ame su matrimonio. 

Juntos arrodíllense, oren al Señor, las manos juntas, imploren al Señor que entre en sus vidas, que sea El quien conduzca su matrimonio, quien los mantenga unidos hasta el final ¡Hasta que la muerte los separe! Y no se olviden, con Dios todo se puede, porque ¡con El son INVENCIBLES! 



Santo Evangelio 27 de Junio 2019


Día litúrgico: Jueves XII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 7,21-29): 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’. Y entonces les declararé: ‘¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!’. 

»Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas.


«No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos»

Rev. D. Joan Pere PULIDO i Gutiérrez Secretario del obispo de Sant Feliu 
(Sant Feliu de Llobregat, España)

Hoy nos impresiona la afirmación rotunda de Jesús: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21). Por lo menos, esta afirmación nos pide responsabilidad en nuestra condición de cristianos, al mismo tiempo que sentimos la urgencia de dar buen testimonio de la fe.

Edificar la casa sobre roca es una imagen clara que nos invita a valorar nuestro compromiso de fe, que no puede limitarse solamente a bellas palabras, sino que debe fundamentarse en la autoridad de las obras, impregnadas de caridad. Uno de estos días de junio, la Iglesia recuerda la vida de san Pelayo, mártir de la castidad, en el umbral de la juventud. San Bernardo, al recordar la vida de Pelayo, nos dice en su tratado sobre las costumbres y ministerio de los obispos: «La castidad, por muy bella que sea, no tiene valor, ni mérito, sin la caridad. Pureza sin amor es como lámpara sin aceite; pero dice la sabiduría: ¡Qué hermosa es la sabiduría con amor! Con aquel amor del que nos habla el Apóstol: el que procede de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera».

La palabra clara, con la fuerza de la caridad, manifiesta la autoridad de Jesús, que despertaba asombro en sus conciudadanos: «La gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas» (Mt 7,28-29). Nuestra plegaria y contemplación de hoy, debe ir acompañada por una reflexión seria: ¿cómo hablo y actúo en mi vida de cristiano? ¿Cómo concreto mi testimonio? ¿Cómo concreto el mandamiento del amor en mi vida personal, familiar, laboral, etc.? No son las palabras ni las oraciones sin compromiso las que cuentan, sino el trabajo por vivir según el Proyecto de Dios. Nuestra oración debería expresar siempre nuestro deseo de obrar el bien y una petición de ayuda, puesto que reconocemos nuestra debilidad.

-Señor, que nuestra oración esté siempre acompañada por la fuerza de la caridad.

26 jun 2019

Santo Evangelio 26 de junio 2019



Día litúrgico: Miércoles XII del tiempo ordinario

Santoral 26 de Junio: San Josemaría, presbítero

Texto del Evangelio (Mt 7,15-20): 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los reconoceréis».


«Por sus frutos los reconoceréis»

+ Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret 
(Vic, Barcelona, España)

Hoy, se nos presenta ante nuestra mirada un nuevo contraste evangélico, entre los árboles buenos y malos. Las afirmaciones de Jesús al respecto son tan simples que parecen casi simplistas. ¡Y justo es decir que no lo son en absoluto! No lo son, como no lo es la vida real de cada día.

Ésta nos enseña que hay buenos que degeneran y acaban dando frutos malos y que, al revés, hay malos que cambian y acaban dando frutos buenos. ¿Qué significa, pues, en definitiva, que «todo árbol bueno da frutos buenos (Mt 7,17)»? Significa que el que es bueno lo es en la medida en que no desfallece obrando el bien. Obra el bien y no se cansa. Obra el bien y no cede ante la tentación de obrar el mal. Obra el bien y persevera hasta el heroísmo. Obra el bien y, si acaso llega a ceder ante el cansancio de actuar así, de caer en la tentación de obrar el mal, o de asustarse ante la exigencia innegociable, lo reconoce sinceramente, lo confiesa de veras, se arrepiente de corazón y... vuelve a empezar.

¡Ah! Y lo hace, entre otras razones, porque sabe que si no da buen fruto será cortado y echado al fuego (¡el santo temor de Dios guarda la viña de las buenas vides!), y porque, conociendo la bondad de los demás a través de sus buenas obras, sabe, no sólo por experiencia individual, sino también por experiencia social, que él sólo es bueno y puede ser reconocido como tal a través de los hechos y no de las solas palabras.

No basta decir: «Señor, Señor!». Como nos recuerda Santiago, la fe se acredita a través de las obras: «Muéstrame tu fe sin las obras, que yo por las obras te haré ver mi fe» (Sant 2,18).